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Profetas, Postmodernidad y Carpe Diem

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Profetas, Postmodernidad y Carpe Diem
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11/24/2011
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Profetas, Postmodernidad y Carpe Diem

Arturo Reynoso (México)

http://www.geocities.com/teologialatina/Carpediem.html









La riqueza del mensaje profético es bastante y en este tema siempre queda mucho por

profundizar. Reconozco que este acercamiento a los profetas me despierta muchas

inquietudes respecto al actuar de Dios y al actuar del ser humano. Constato con sorpresa

que la realidad de los profetas es muy distinta a la nuestra, pero al mismo tiempo surgen

bastantes rasgos de aquella situación tan parecidos a los de la nuestra: la injusticia, el

desencanto de la realidad, la opresión, la exclusión, el abuso, la esperanza y la

desesperanza, la necesidad de consuelo, el deseo de romper con la sordidez de la realidad,

la importancia de adentrarse en el momento presente, de aprovechar el día al máximo

porque mañana no tenemos certeza -aunque así lo creemos- de saber qué pasará, la

urgencia de sentir y vivir a fondo esta única vida. Cierto, parece que la historia es la misma y

no es la misma. Parece que el mensaje profético es tan lejano y tan necesario actualmente.

Parece que Dios y el ser humano son y no son los mismos ayer y hoy.

Por esto, en una época tan etiquetada, con o sin razón, de posmoderna, ayudará

mucho preguntarse y analizar si aquellos mensajes proféticos que irrumpieron con fuerza la

vida de varios siglos de un pueblo, Israel, tienen cabida en la realidad de seres humanos de

nuestro tiempo. ¿Será oportuno hoy en día hablar del Dios de los profetas? ¿Valdrá la pena

apostar por un mensaje de conversión y esperanza en un mundo tan complicado, tan

gastado, tan harto de grandes paradigmas y tan globalizado? ¿Sonará esperanzador decir

que Dios actúa en la historia y que su preocupación máxima es el bien del ser humano? ¿

Cómo entra el mensaje profético en una realidad en la parece que lo que importa es el carpe

dime?

Todas estas cuestiones darían para llenar páginas y más páginas de teoría, para

discutir largamente, para concluir -si así fuera- de que es difícil concluir. No pretendo, ni se

trata aquí, hacer una investigación exhaustiva. Razones de tiempo y espacio impiden

hacerlo. Pero hay un elemento importante que quiero abordar: qué historia es la que se está

configurando en la atmósfera posmoderna del carpe dime y cómo el mensaje profético, tan

atento a la historia, al presente, al momento particular, es un mensaje totalmente vigente.

Resaltaré algunos rasgos importantes que considero comunes tanto de la posmodernidad

como del mensaje profético: la sensibilidad, la libertad, la importancia del presente y la

experiencia del amor. Para esto, presento una breve síntesis del fenómeno de la

posmodernidad. Después sintetizo una serie de reflexiones que sobre los profetas hizo

Abraham Heschel, el gran teólogo judío, y que a mi modo de ver dan pistas muy valiosas

para la actualización del mensaje profético hoy en día (a pesar de que estas reflexiones

fueron escritas hace más de 25 años). La tercera parte de este escrito pretende evidenciar

la cercanía y pertinencia del mensaje profético en este tiempo llamado posmoderno.





SÍNTESIS DE RASGOS DE LA CULTURA POSMODERNA

La posmodernidad es un fenómeno del cual, bien a bien, no se precisa el inicio. Para

algunos no se puede hablar de posmodernidad, sino de hipermodernidad. Para otros, ya no

vivimos la posmodernidad, sino la transmodernidad. No pretendo enfrascarme en grandes

teorías filosóficas. Más bien quiero tomar algunos aspectos de este “ estado ” de

posmodernidad que considero reflejan con claridad esta situación de la que tantas personas

hoy en día hablan, viven, critican, defienden, se envuelven. Víctor Codina comenta que los

signos de la posmodernidad aparecen con más claridad en las ciudades y entre los jóvenes,

pero que su impacto llega a todos los rincones de los países latinoamericanos y afecta a las

mismas culturas tradicionales.1

A finales de la década de los 80 se prefigura un nuevo escenario en la humanidad:

caída del socialismo, derrota de gobiernos de izquierdas, falta de alternativas políticas,

triunfo del neoliberalismo; como aseveró Fukuyama, se evidencia “el fin de la historia”. Se

acentúa una crítica a la modernidad ilustrada y se pretende eliminar el predominio de la

razón. Se dice entonces que comienza a manifestarse con fuerza la posmodernidad. Nacida

de las entrañas mismas de la modernidad, la posmodernidad es a la vez una crítica a la

misma modernidad.

Una vez desaparecida la idea de una racionalidad central de la historia, el mundo de la

comunicación generalizada surge con fuerza como una multiplicidad de racionalidades “

locales” -minorías étnicas, religiosas, culturales o estéticas- que, asegura Vattimo, toman la

palabra y dejan de ser finalmente acalladas y reprimidas por la idea de que sólo existe una

forma de humanidad verdadera digna de realizarse, con menoscabo de todas las

peculiaridades, de todas las individualidades limitadas, efímeras, contingentes.2

Por otro lado, José María Mardones cuestiona si en verdad esa es la mejor vía para

defenderse contra el uniformismo tecnocrático y la ley del rendimiento.3 Para Mardones, bajo

el estado posmoderno nos encontramos no libres de las ataduras de lo universal y del

sofocamiento de las diferencias, sino atrapados en el pequeño recipiente de nuestros

contextos y localismos. Una tiranía a menudo mucho peor que el peligro que quiere

conjurar.4

También se dice que la posmodernidad es el paso de la ética a la estética, de

Prometeo a Narciso: disfrutar de la vida, de la privacidad, del presente, del carpe diem. Es

una ética provisional y contextualizada en cada momento, sin compromisos para siempre,

cuando mucho sólo contratos temporales.

Además, esta época manifiesta una reivindicación del sentimiento, un pensamiento

catalogado como light, un abanico de valores para escoger. Se evidencia un retorno a lo “

sagrado”, es el auge del mercado religioso y el boom del esoterismo, del misterio, del new

age.

Se retoma el valor de la vida cotidiana: cuerpo, deportes, música, sexo, arte,

naturaleza, sociedad. Mardones señala que el ser humano posmoderno no percibe la dureza

de la vida, ni la situación de los que en esta sociedad y en nuestro mundo apenas alcanzan

la categoría de seres humanos. Predomina el olvido de los otros y del sufrimiento de los

vencidos de la historia.5 Sin embargo, considero que el ser humano posmoderno,

precisamente por vislumbrar o -en algunos casos- darse cuenta del sufrimiento que se

presenta en la realidad, prefiere evitar cuestionamientos y penas que, finalmente, no

cambiarán la situación del dolor contemplado. ¿Para qué y por qué afectarse del sufrimiento

si eso no solucionará ni cambiará un ápice las cosas, las estructuras sociales, el egoísmo

colectivo, la injusticia a determinado ser humano, a determinados grupos humanos? No

tendría caso, parafraseando a Miguel Hernández, tanto penar para morir un día.

Para Manuel Fernández del Riesgo, el individuo actual vibra sobre un trasfondo

nihilista y una búsqueda inútil de significado. El proceso de personalización que dice

pretender el ser humano posmoderno, anota Fernández, exigiría profundización crítica y

consensualización de una jerarquía de valores, compromiso y apertura al otro. El desarrollo

auténtico de la persona exige la mediación de la relación interpersonal. No hay

personalización sin desarrollo de la alteridad.6

Sin embargo, es necesario entender que el sentido de reacción de la posmodernidad

tiene, obviamente, cierto fundamento. Como anota Luis García Orso al referirse al fenómeno

de la posmodernidad, si no es cierto que mañana las cosas irán mejor, si nunca llegó el

futuro que se esperaba, si esta sociedad ha engañado, defraudado, manipulado,

deshumanizado, explotado, empobrecido, para qué comprometerse si nada es eterno, nada

es absoluto, nada es definitivo. Por eso, cuando se pueda, hacer sólo pequeños

compromisos: particulares, concretos, por un tiempo, modificables o caducables. Pero no se

puede pensar en compromisos definitivos, para toda la vida, o que pretendan abarcar a

muchos.7

El ser humano posmoderno se cansó de recibir relatos sacralizados, ahora busca su

propio relato, sin que le impongan nada. No quiere recibir los ideales de los otros, quiere

hacer los suyos, aunque no sean, ante los discursos anteriores, trascendentes. No quiere

que todo se lo cuenten. Quiere contarse él mismo su historia. Su tendencia a los placebos

muchas veces, como se dijo antes, es una reacción ante la sordidez de la realidad, de la

pérdida de un sentido, de un ideal que parece más una pose de los viejos, una falsa

seguridad, que una verdadera razón de vivir. Hoy no se responde a imposiciones, sólo a

invitaciones.

No obstante, y a pesar de toda supuesta superficialidad, el ser humano posmoderno

necesita, aunque por reacción le pese, de los otros. Necesita de cariño. Necesita de

verdaderos testimonios de vida, más que de rollos. Necesita invitaciones, auténticas

palabras de vida. Y no necesita de etiquetas porque, sencillamente, no le importan. El ser

humano posmoderno no quiere imposiciones, busca lo que haga sentirse bien, busca su

personalidad; además le aterra lo sórdido, detesta el sufrimiento y la sumisión. Necesita

vivir-sentir su propia trascendentalidad. Quiere sentirse libre ya que la libertad es algo que

sacraliza. Busca tener su propia experiencia, sentirla profundamente. Desea vivir al máximo

el presente, el momento, lanzarse con vértigo y a fondo para experimentar, para sentir, para

vivir. No busca definiciones ni abstracciones. Prefiere lo sensible, lo palpable. Sus relaciones

con los demás se limitan al yo-tú; en el yo-tú se busca la novedad y la trascendencia. El

amor le resulta peligroso, pero le atrae. Por tanto: ¡viva la sensibilidad, la libertad, el gozo, el

carpe diem!



Y ante este panorama ¿tiene actualidad el mensaje de los profetas?, ¿de qué sirve hoy

en día una experiencia vivida por los profetas a partir del siglo VIII antes de Cristo?





LOS PROFETAS: REFLEXIONES DE ABRAHAM HESCHEL8

Casi todas las épocas, anota Heschel, se asemejan a la de los profetas: todos nos

volvemos locos, no sólo individualmente, sino también en el ámbito colectivo. Y basta dar un

vistazo para darle la razón. ¿No es una locura acaso que millones de personas mueran cada

día víctimas del hambre, de la guerra, de la exclusión? ¿No es una locura que, como hace

siglos, siga imperando la ley del más fuerte? ¿No es una locura que con una sola arma sea

posible matar a millones de seres humanos en un instante? ¿No es una locura que esta

realidad cruel sea tan común y cotidiana que parece no alarmarnos?

Sin embargo, las barbaridades cometidas por los asirios y los babilonios (s. VIII y s. VI

a.C.) contra un pueblo débil nos suenan irracionales, salvajes, inhumanas: asesinatos,

desaparición de pueblos, esclavitud, deportaciones. ¿Cómo serían hoy los juicios que Amós

proclamaría contra las naciones (Am 1,3-2,16)? ¿Cómo nos reclamaría el olvido de los más

débiles, de la justicia, del amor?



Parecía, dice Heschel, que entonces no había ninguna consideración por el hombre: “

Qué repugnante y horripilante es el mundo: ebrio con la codicia de poder, infatuado con la

guerra, despiadado y triste: Los enviados de paz lloran amargamente, las calles yacen

desoladas [ … ] los pactos están rotos, los testigos son despreciados, no hay ninguna

consideración por el hombre (Is 33,7-8) ” .9 Tristemente, y con no poca vergüenza al

reconocerlo, no estamos muy lejos de aquella realidad. Ciertamente hay distancias,

desgraciadamente hay muchas coincidencias. Antes, la realidad sórdida se hizo presente.

Hoy, esa realidad sórdida no desaparece, sobre todo para los excluidos de la historia. ¿Qué

es lo que realmente importa? ¿Qué es lo que nos está dominando? ¿En qué creemos a final

de cuentas? ¿Qué queremos? ¿Vivimos el exilio en nuestra propia tierra, en nuestro propio

corazón?

No hay límite a la crueldad, continúa Heschel, cuando el hombre comienza a pensar

que él es el amo: “Tal presunción es tan peligrosa como absurda (Is 10,15)”.10 Hoy, una

minoría dominante, siguen creyéndose amos. Esto sería, para algunos, la herencia de la

modernidad; para otros, el resultado de una actitud posmoderna de total indiferencia ante los

demás. Como quiera interpretarse, es un hecho que la mayoría dominada es la que sufre las

consecuencias de esta situación. Esto no es un discurso panfletario; ojalá y así fuera. Pero

entonces ¿dónde quedaba Dios en aquella historia de Israel? ¿Dónde queda ahora?

Heschel nos advierte que no debe confundirse la teología bíblica con la idea mística de

que Dios es todo, y todo es Dios: “Los profetas nunca enseñaron que Dios y la historia eran

uno, que todo lo que pasa en la Tierra es el reflejo de la voluntad de Dios en los cielos. Su

visión es la del hombre que desafía a Dios, y de Dios que busca que el hombre se reconcilie

con Él. La historia es el lugar en donde se desafía a Dios, donde se vence a la justicia”.11 De

aquí se sigue que el ser humano es co-creador de la realidad, tiene una participación en la

modificación de la Historia. En esta época posmoderna ¿qué vamos a hacer con nuestra

historia, con las pequeñas historias que somos cada uno? Queramos o no, estamos

llenando un espacio en la gran historia. ¿Cómo queremos “llenar” nuestro espacio? ¿En qué

o en quién nos apoyamos para esta labor? ¿Hay un mensaje válido que nos sirva para esto?

Según Heschel, al profeta se le puede considerar como el primer hombre universal de

la historia; se preocupa por los hombres y se dirige a todos ellos: “No fue un emperador,

sino un profeta, quien concibió por primera vez la unidad de todos los hombres”.12 Una

particularidad histórica concreta, el profeta, es quien se dirige a los seres humanos de todos

los tiempos. No es desde la cúspide del poder, es volviendo la vista a la realidad “de abajo”,

a la realidad de ese determinado momento, donde el profeta percibe claramente que

estamos llamados a la vida, a la fraternidad, a la libertad, a la unidad y no a la uniformidad, a

ser uno mismo, a ser auténtico. Un mensaje universal que parte de lo particular. Un mensaje

universal que no quiere ser impuesto, quiere ser invitación para todos.

Así, necesariamente desde las historias concretas, desde los testimonios particulares,

desde la autenticidad personal como la de un profeta, se va conformando la historia. Y es en

la conciencia de la historia donde los profetas descubren que hay un único Dios que

interviene en las historias particulares y sociales. Un único Dios que quiere la vida libre,

auténtica, gozosa del ser humano, de su pueblo. Y cuando se tiene la experiencia de este

único Dios inmanente y trascendente, como la ha tenido única y particularmente cada

profeta, surge de lo profundo del corazón el deseo de vivir más hondamente el momento

presente, la realidad de amor, de dolor, de compasión, de solidaridad. No será necesario el

gran relato que dicte cómo vivir y qué hacer con nuestra historia. Bastará con ser

profundamente honestos con el corazón, con los demás, con los pequeños o grandes

hechos históricos, con la realidad. Estar atento al presente es estar atento a la realidad y al

propio corazón, al propio sentimiento, a la propia vida. Esto fue lo que vivieron los profetas.

Esto es lo que el posmoderno dice buscar: la intensidad del momento presente. Habrá que

ver si en verdad está dispuesto a esta intensidad, a estar realmente presente en el presente,

a, verdaderamente, aprovechar el día, la historia que pasa y no se detiene.





EXPERIENCIA Y EL CARPE DIEM

Heschel indica que para el historiador moderno la historia no es el entendimiento de

los hechos, sino más bien de la experiencia que el hombre tiene de los hechos. Lo que

concierne al profeta es el evento humano como experiencia divina. Para nosotros la historia

es el registro de la experiencia humana; para el profeta es el registro de la experiencia de

Dios.13 Ciertamente lo más importante es la experiencia del corazón y el profeta reconoce

sin complicaciones que la experiencia del corazón es experiencia de Dios. Esto lo lleva a

estar totalmente atento al presente, al día, a él mismo y a los otros, a los problemas, a la

esperanza, al sufrimiento. Esto es, insisto, atrapar al día, vivirlo intensamente, sacarle todo

el jugo. Es el carpe diem inmerso en la realidad tal cual es: “Tener conciencia de un

problema significa tener conciencia de un conflicto o una tensión entre dos ideas, fuerzas o

situaciones. En este sentido los profetas consideraron el problema de la historia como una

tensión ente lo que sucede ahora y lo que puede suceder después. El futuro no es la simple

continuación de presente. Así como el presente, a sus ojos, representaba una violación de lo

que se había establecido en el pasado (el compromiso de Israel con Dios), también el futuro

podía trastornar la aparente solidez de lo que se hace en el presente. Más aún, la situación

aquí y ahora no es sino un cuadro en el drama de la historia. Por historia no queremos decir

lo ido o el pasado muerto, sino el presente en el cual el pasado y el futuro se entrelazan.”14

El profeta es, indudablemente, el hombre que vive totalmente en el presente, en la

historia, en su historia. Es ahí donde descubre la esperanza, donde descubre que está

llamado a llamar a los demás a la libertad, a la esperanza, a la vida. Es ahí, donde se da

cuenta que el ser humano está llamado a vivir en una realidad justa, gozosa y -por qué no-

auténticamente placentera. Es ahí donde se evidencia la acción de Dios en una historia

palpable, sentiente. Es la experiencia del Dios inmanente que revela su gran trascendencia

y la del ser humano. Dios se conoce, como el hombre y la mujer, totalmente dentro de la

realidad, del momento presente eterno e instantáneo.





El Sentir, experiencia indispensable para reconocer a Dios

Sin embargo, qué difícil es adentrarse con prontitud en la profundidad de la realidad.

Qué difícil resulta muchas veces encontrar a Dios en el presente, en el rostro presente del

otro. Tal vez lo primero para este “ adentrarse ” consiste en sentir verdaderamente los

sentimientos. Para Ignacio de Loyola, sentir, querer, desear, son experiencias

fundamentales para discernir la voluntad de Dios, para ir encontrando a Dios en el propio

corazón, en la realidad, en los demás. Ignacio no hace a un lado la razón, pero asegura que

“no el mucho saber harta y satisface el ánima, mas el sentir y gustar las cosas internamente”

.15 Así, es importante valorar la sensibilidad con todas las mociones y reacciones que se

susciten en el corazón, y no sólo tener en cuenta unos pocos movimientos internos,

aprovechando los que dan vida, desechando los que la destruyen. El profeta se dejó afectar

por sus sentimientos, por la voz de Dios, por la realidad de los demás. El profeta sintió

profundamente. El posmoderno quiere y busca sentir las cosas. Ojalá y sienta hondamente

su presente, su corazón; así también será más viable reconocer la voz de Dios -la voz de la

vida- en su realidad personal y en la de los otros. Sentir es imprescindible tanto para captar

la voz de Dios como para vivir el anhelado carpe diem. Es importante que, como los

profetas, se mantenga la esperanza de un mejor futuro, pero sólo desde la vivencia de un

corazón de carne en el momento presente.

Una vez que Ciro derrota a los babilonios (597 a.C.) y el exilio ya no es una situación

impuesta a Israel, para muchos israelitas asentados en Babilonia, la Tierra Prometida ya no

representaba una esperanza. Muchos habían hecho, bien o mal, su vida en Babilonia.

Muchos ni siquiera nacieron en Israel. ¿Por qué regresar? Tal vez la Tierra Prometida se

convirtió en una especie de metarrelato. Para volver, era necesaria una exhortación e

invitación apasionada, como la del Deuteroisaías. Lo que convence, a final de cuentas, no

es un gran relato, un gran paradigma. Lo que convence es la invitación que surge del

corazón de carne. Probablemente es lo que el posmoderno espera para adentrarse con

fuerza en el presente: vislumbrar en el otro la fuerza del corazón y no tanto el metarrelato

inmóvil, frío, lejano. Y, ciertamente, antes que el futuro retorno, era importante una

experiencia en ese presente de cariño y cercanía, de estar con, de consuelo: “Consuelen,

consuelen a mi pueblo, dice tu Dios, hablen al corazón de Jerusalén, grítenle que se ha

cumplido su condena y que está perdonada su culpa, pues ha recibido del Señor doble

castigo por todos sus pecados ” (Is 40, 1-2). ¿ Algún día las cosas irán mejor?

Probablemente. Pero primero será necesario el consuelo, la ternura, el amor, la compasión,

la comunicación, la sensibilidad.

Los profetas, ni siquiera Amós con su interpretación del "no de Dios" al pueblo que ha

pecado, vieron la historia como un callejón sin salida. Siempre estuvo el deseo de una vida

mejor. Las posibilidades históricas nunca se cerraron. Esto no significa salirse de la realidad,

por más sórdida que parezca. Significa que al adentrarse en la realidad, en la propia

humanidad, en la de los demás, en la experiencia de Dios, surge la esperanza. Considero

que los posmodernos, en el fondo, tampoco renuncian a esa esperanza de vida más

gozosa, y siempre tendrán el deseo de amar y ser amados, de no sentirse solos, de sentirse

humanos entre humanos. Habrá que saber encontrar, como lo hicieron los profetas, los

deseos del corazón y las esperanzas que se conforman desde la realidad presente.

Sin embargo, descubrir los deseos, la fuerza del corazón, la voz de Dios, y difundir

esta experiencia resulta peligroso. Heschel nos recuerda que al profeta Amós se le prohibió

aparecer en Betel, y Jeremías fue encarcelado porque su mensaje sacudió a aquellos que

tenían el poder. Lo que enfrentaba el profeta era un gran enigma: ¿Cómo es posible no

percibir la majestuosidad del Señor (Is 26,10), no sentir que toda la tierra está llena de su

Gloria (Is 6,3), no comprender la señal de Dios en los acontecimientos de la historia? Lo que

para nosotros es la naturaleza irracional del hombre, los profetas lo llamaron dureza de

corazón.16 Y lo llamaron bien: dureza del corazón, represión del sentimiento, represión para

arriesgarse a amar, a tocar, a querer. Lo importante era sentir la experiencia de libertad,

sentirse cada vez más humano, viviendo y aprovechando profundamente el día, cada día,

cada instante de vida. Esto es darse cuenta de la majestuosidad del Señor, de la maravilla

que es el corazón humano.





CONCLUSIÓN

El profeta supo adentrarse en el presente y aprovechar –atrapar- verdaderamente el

día. Sintió profundamente, hizo caso a los deseos de su corazón y quiso ser fiel a la voz de

Dios. Su mensaje se fundamenta en la realidad, en el presente, en lo que vive su corazón.

Así, su experiencia es invitación para humanizarnos este momento de la historia, en este

estado posmoderno. Ojalá que el ser humano envuelto en la atmósfera de la posmodernidad

sepa vivir con profundidad el carpe diem, la riqueza de su sensibilidad, la fidelidad a su

corazón. En esta experiencia nunca estará solo; siempre existirá la tan anhelada relación yo-

tú.





No temas, pues yo estoy contigo;

no te angusties, pues yo soy tu Dios;

yo te fortalezco y te ayudo,

y te sostengo con mi brazo victorioso.





Isaías 41,10









Arturo Reynoso Bolaños, S. J.





1Víctor Codina, Reflexión sobre la posmodernidad, Bolivia, Trabajo en borrador, 1997.

2Gianni Vattimo, “Posmodernidad: ¿una sociedad transparente?”, en G. Vattimo y otros, En torno a la

posmodernidad, Barcelona, Anthropos,1991, p. 17.

3José María Mardones, “El neo-conservadurismo de los posmodernos”, en G. Vattimo y otros, op. cit.,

p. 23.

4José María Mardones, op. cit., p. 24.

5José María Mardones, op. cit., p. 27.

6Manuel Fernández del Riesgo, “La posmodernidad y la crisis de los valores religiosos” en G. Vattimo

y otros, op. cit., p. 87.

7Luis García Orso, “Ponencia presentada en la primer reunión de la Plataforma de Pastoral Juvenil de

la Compañía de Jesús de Occidente”, Guadalajara, 6 de diciembre de 1992.

8Abraham J. Heschel, Los profetas: concepciones históricas y teológicas, Biblioteca del hombre

contemporáneo Vol. 239, Buenos Aires, Editorial Paidós, 1973.

9Abraham J. Heschel, op. cit., p. 18.

10Abraham J. Heschel, op. cit., p. 20.

11Abraham J. Heschel, op. cit., p. 23.

12Abraham J. Heschel, op. cit., pp. 25-26.

13Abraham J. Heschel, op. cit., p. 30.

14Abraham J. Heschel, op. cit., p. 33.

15San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales [2].

16Abraham J. Heschel, op. cit., p. 59.


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