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La soledad

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La soledad
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11/24/2011
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Spanish
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La soledad



Salvarnos de nosotros mismos.



Repelida y anhelada, inspiración de artistas, analizada por especialistas en conducta

humana, clasifica entre los males de la postmodernidad.



Por: Juan Carlos Rivera Quintana

Colaboración para la Revista Rumbos.



Las históricas campanas de la Catedral de la Ciudad de Córdoba, repiquetean atonales y

desgastadas por los siglos y la intemperie inundando con sus ronquidos metálicos la

peatonal de Rivera Indarte y sus alrededores: las calles Deán Funes y San Martín.

En la “Manzana Jesuítica” la gente camina como fantasmas sin reparar en los otros

transeúntes. Un enorme cartel, ubicado al costado del atrio de la iglesia de la Catedral,

invita a recorrer la monumental obra arquitectónica, orgullo de todos los cordobeses.

Al cruzar el patio de las Higueras se puede divisar una inmensa pared blanca, pintada con

cal viva, repleta de graffitis, de todos los tipos y colores, que buscan un resquicio, un

acomodo en el impenitente muro: “No quiero cargar sólo con mi soledad”; “Hombre, te

busco y no te encuentro”; “Claudia, Marcelo aún te busca”; “Te padeceré hasta el último

naufragio (y un correo electrónico)”; “Te quiero, pero no me ahogues”; “Ya me las

pagarás, Roberto”, junto a una decena de números telefónicos y nombres de seres

humanos que buscan compañía. Sin dudas, “el muro de la soledad y los lamentos”, como

ha bautizado mucha gente en la ciudad, a ese pedazo de pared, que cada día, se puebla

más de llamadas de auxilio, de abandono. Son textos cortos, escritos con susto, con

amor, con furia, con bronca, con infelicidad; destacados con fibras, con aerosoles, con

tizas de colores... con desesperación.



Un tema de este planeta

Cada día son más numerosos los sociólogos y psicólogos que se dedican a estudiar lo

que hasta hace muy poco fue una de las anomalías menos analizadas de nuestro siglo.

Aunque para muchos constituye una soterrada epidemia, la soledad, en la actualidad, es

más perceptible, rompe las barreras del anonimato y las generaciones convirtiéndose en

una de las plagas de la postmodernidad.



Ancianos, viudos, divorciados, abandonados e impedidos físicos dejaron de constituir los

grupos más vulnerables a este mal, al que se suman, actualmente, adolescentes, jóvenes,

hombres y mujeres. Sin hablar de las personas solas que viven en pareja.

Definida por los diccionarios de Lengua Española como “la carencia de compañía, el

estado del que vive lejos del mundo, el pesar, la melancolía que se siente por la pérdida

de un ser querido o su ausencia y el retiro”, la soledad es en definitiva un deseo no

satisfecho.



Sobre el tema, el Lic. Claudio A. Alonso Moÿ, psicólogo clínico y laboral, director de la

Escuela para el Desarrollo de la Autoestima, ubicada en la Ciudad de Buenos Aires,

expresa que la soledad “no es una patología, sino más bien un sentimiento que notifica

una carencia de contacto afectivo o social. Este sentimiento es producto de creencias que

la persona tiene y valoraciones que realiza acerca de su situación emocional y/o social;

además el problema no es el sentimiento (que es una señal), sino qué se hace con ella,

en tanto puede impulsar a la persona a buscar relaciones afectivas y/o sociales o bien

puede retraerla y aislarla más”.

Si la autoestima individual está deteriorada y la persona se autocalifica como incapaz,

inútil o ineficaz y piensa que no puede valerse constantemente por sí misma, la soledad

puede durar décadas. Para el Lic. Alonso “las conductas de aislamiento y retraimiento son

adaptativas pero inadecuadas e insatisfactorias para la persona y la conducen a una

sensación de desasosiego o desesperación por falta de contactos afectivos, de vacíos y

abandonos generalizados, que conducen a la tristeza, la depresión e indefensión”. Por

ese camino si se puede llegar a una sicopatología o insanidad mental.



No sin razón, Charles Chaplin, uno de los más célebres actores británicos y hombres más

acompañados de todos los tiempos, dijo: “La soledad repele, lleva consigo un sutil halo de

tristeza, una barrera que aleja el interés o la atracción por los demás; se siente uno

levemente avergonzado de ella. Pero, en mayor o menos grado, es un tema común a todo

el mundo”.



Se sabe que el 50 por ciento de los suecos y 7 de cada 10 norteamericanos viven solos.

Unos años atrás, de cada tres franceses mayores de 18 años, uno vivía solo.

Actualmente, hay 18 millones de solitarios en el país galo. En tanto, en las naciones del

llamado Tercer Mundo las cifras suelen ser menores, al predominar los cánones

tradicionales de familia y cierta dependencia monetaria; aunque en los últimos tiempos

este esquema parece quebrarse.



Los seres humanos suelen, en algunos períodos de tiempo, sentirse circunstancialmente

solos. La salida a esta coyuntura está en la búsqueda de nuevas amistades que amplíen

los círculos de relaciones sociales y el frecuentar grupos afines a nuestros intereses.

También un paliativo es la práctica de algún deporte o hobby, que puede contribuir a

vencer estas etapas. Hoy día está muy de moda el tener alguna mascota (perro, gato,

algún ave) que nos acompañe y entretenga.



Existe, además, el solitario crónico que pasa sus horas frente al televisor o la pantalla de

su computadora, busca salidas en el consumo de alcohol, come desesperadamente, se

sume en constantes crisis de autoestima y llantos, duerme más horas de lo normal y hace

compras compulsivas, porque considera que los vacíos existenciales los puede llenar con

objetos materiales. Son individuos propensos al sentimiento de culpabilidad, al desánimo

y al pesimismo. Se le suma la timidez, el egocentrismo y las expectativas poco realistas

que le impiden trabajar seriamente para encontrar vínculos de intimidad con otras

personas. Todas estas particularidades (agravadas) los puede conducir a intentos de

suicidios y desequilibrios mentales mayores.



“Existe una soledad „sana‟ que responde esencialmente a ese diálogo íntimo que tenemos

todos los seres humanos cuando hablamos con nosotros mismos”, sentencia el Dr. en

Psiquiatría, Pablo Rispo, quien trabajó en el Hospital Neuropsiquiatrico “Dr. José T. Borda,

fue docente de la carrera de Psicología en la UBA y actualmente es presidente de la

Fundación Centro de Actividades Psicológicas Asistenciales Comunitarias (CAPAC), cuya

tarea es cuidar la salud mental individual, familiar y comunitaria para lograr mejorar la

calidad de vida estimulando vínculos basados en la afectividad, la libertad, la solidaridad y

el respecto mutuo a la diversidad. “Es la soledad del ocio productivo, de los momentos de

crear o recrear la lectura de un libro, el escuchar una música, de la misma manera que

poder disfrutar de ideas, fantasías que pueden terminar siendo proyectos realizables de la

propia vida; esta soledad es una necesidad de existencia para reencontrarnos con nuestra

propia intimidad”, afirma el experto italiano, quien habla, además, de otra soledad medio

nostalgiosa o de añoranza de tiempos pasados con otros seres, que en Brasil es

denominada “saudades”,y son reconocidas en nuestro país en la letra de los tangos o en

una copla salteña; también es identificada en la música del altiplano boliviano, los bailes

colombianos, el quejoso bolero cubano.



Según el Dr. Rispo, “si consideramos la soledad como psicopatológica es cuando ya se

manifiesta en los más variados síntomas como la angustia, los miedos o fobias, las crisis

de pánico, de tristeza, la depresión, el desgano y la abulia. Todos estos síntomas y

muchos más encierran siempre un sentido de aislamiento solitario, resultando ser la

expresión de una verdadera incomunicación con sus allegados y con el prójimo en

general. Todos los seres humanos, no importa su sexo y su edad, cuando se hallan ante

la ausencia de sentido de sus vidas, cuando ya no pueden o no quieren proyectar sus

existencias, cuando el futuro se desvanece o no existe ya más, tienden a caer en el

aislamiento y la soledad enfermiza que puede llevar hasta la pérdida de identidad y la

invalidez social”, sentencia.



Al indagar con algunos especialistas acerca de cómo combatir este mal, suelen coincidir

que lo primero es saber identificar las causas que originan este sentimiento, sólo así la

persona tratará de superar aquellas en las que es necesario algún tipo de iniciativa. Es

preciso prestar debida atención a las técnicas comunicativas y desterrar la sensación de

que vendrá alguien a rescatarnos de nuestro ensimismamiento. La búsqueda de la

empatía entre quienes nos rodean y conocen, el saber escuchar y sensibilizarnos con los

problemas ajenos, a menudo, nos ayuda a encontrar relaciones y amigos/as para

siempre.



Azares de la vida

En un mundo donde la incomunicación parece ser uno de los males peores, la soledad

también afecta al argentino común. Las causas aún sin definir enteramente tienen que ver

de cierta forma con la crisis o transición que atraviesa la familia argentina en su desarrollo

y sus índices de desintegración. Actualmente, en todo nuestro país las cifras de

separación y divorcio ascienden alarmantemente. Tan sólo en la Ciudad Autónoma de

Buenos Aires (por citar un ejemplo), según datos de su Registro Civil, de enero a junio de

2002, se concretaron 2509 divorcios, pero el número de desuniones es significativamente

mayor si se tienen en cuenta las separaciones, aunque no hay cifras al respecto.



En Argentina, la mayoría de los matrimonios ocurre antes de los 30 años (aumento de la

edad media de casamiento) y más del 50 por ciento de esas uniones no sobrevive los 5

años. Se considera que 53 de cada 100 matrimonios termina en divorcio y la quinta parte

de los jóvenes que acuden a él lo hacen pensando, de antemano, en la separación.

Asimismo la cantidad de matrimonios evidencia una tendencia negativa, en franco

retroceso. Como contraparte, aumentan las uniones consensuales (parejas estables que

no legalizan su matrimonio en el Registro Civil).



Los estudios psicológicos en nuestro país revelan que los sujetos divorciados o separados

muestran mayor estrés, caen en sentimientos de soledad emocional por la pérdida de una

figura de apego tan importante como es un cónyuge y empiezan a carecer de una relación

afectiva significativa. La insatisfacción de estas necesidades de contención, de escucha y

afecto también proviene de la red social. Entonces, comienzan los sentimientos de

alienación, la falta de una relación íntima, de empatía y los hombres y mujeres solos se

sienten rechazados, no queridos y abandonados por los otros. Todo parece indicar que de

los dos tipos de soledad definidas: la social y la emocional, es la segunda la que más

golpea a los argentinos que logran, poco a poco, sobreponerse a la primera.

Claudia R (no quiere ser identificada) hace una mueca de fastidio cuando le pregunto qué

es para ella la soledad. Tiene 75 años y vive en un geriátrico de la Ciudad de Mendoza,

sin visitas familiares ni de amigos/as. “Es más un estado de ánimo. Mi único hijo está muy

ocupado trabajando y mis nietos estudian (justifica). Nunca me llevé bien con mi nuera y

mis pocas amistades están tan grandes que no pueden venir a visitarme; converso alguna

que otra vez por teléfono con una compañera de escuela, que tiene 73 años, y ella

también se queja del abandono en que se encuentra. Los viejos somos una carga para la

sociedad”, afirma, erróneamente, con resignación y tristeza.



Para Diego K, de la Ciudad de Córdoba, estudiante de fotografía y periodismo, de un

terciario superior, “se puede estar acompañado y sentir cierta soledad porque se tiene una

relación mediocre. A lo mejor encuentras alguien que te llena una parte de tu vida, un

amigo, una amiga que te aporta más. Me he preguntado hasta dónde puede uno

adaptarse a la soledad. Por ella hacemos concesiones y entablamos relaciones cobardes,

pero hace tiempo que he decidido perder el miedo a enfrentar lo nuevo y sobrellevar la

vida con dignidad. Ya aparecerá quien me cope física y espiritualmente. Mientras tanto,

pienso que mis problemas no son los peores”, confiesa.



“¿Soledad? No me vengas con ese cuento”, aseguró un adolescente de Berisso, en el

conurbano bonaerense, a la salida de una rosticería. “Eso es cosa de intelectuales, de

músicos, de esos que viven del sentimiento y las penas, de los artistas, pero no de los

pobres”, dijo mientras trataba de mantener en perfecto equilibrio su botella de cerveza y

una bolsa con el pollo, que pronto comenzaría a devorar, con sus amigos, en un banco en

la plaza del centro de la ciudad.



El Lic. Sebastián A. Vázquez, psicólogo y director de la Asociación Civil “Adolescentes por

la Vida”, encargada de la investigación, desarrollo de proyectos, actividades y materiales

educativos en relación directa con las problemáticas de niños, adolescentes y jóvenes

argentinos, (que trabaja temas como las drogas, el VIH-Sida, la sexualidad, la violencia y

los trastornos alimentarios), plantea “otra mirada” sobre ese agujero negro, que

denominamos soledad. Él dice que “si bien en la actualidad podemos identificar

claramente la cooperación y solidaridad social argentina frente a situaciones límites, como

por ejemplo, el atentado a la AMIA, las inundaciones en Santa Fe y la tragedia de

Cromañòn, son intentos que dan cuenta de una necesidad de retorno a la búsqueda de

los valores „pendientes‟ de unión y ayuda que forman parte de la naturaleza humana, pero

que teníamos olvidados. La soledad no existe, sería imposible pensar objetivamente el

aislamiento y la incomunicación totales. Lo que hay son momentos en la existencia en los

que uno se percibe solo, donde se experimentan situaciones de incertidumbres. Hay

veces el exceso de compromisos y actividades también puede llevar a sentir esa

impresión de soledad, de angustia. Ese sentimiento subraya un replanteo, una necesidad

de cambiar los derroteros, nuestros objetivos existenciales. También debemos considerar

que muchas veces el refrán que dice: „mejor solo, que mal acompañado‟ es

absolutamente real. En muchas oportunidades en el afán por llenar nuestro vacío

buscamos compañías y vínculos conflictivos, sufrientes o no gratificantes. En esa

cartografía vincular, entonces, podemos pensar y replantearnos si verdaderamente la

soledad es algo estrictamente negativo. Hay instancias de transformaciones y

cuestionamientos personales en los que precisamos estar con nosotros mismos para

meditar; ello resulta óptimo”, acota el experto.

Solos o acompañados, soledad impuesta o necesaria para el respiro. ¿Mujeres u hombres

a la delantera ? ¿O ambos? ¿Mal del alma o mal del siglo? Lo cierto es que el futuro de

la existencia humana parece transitar por etapas alternativas de soledad o compañía que

uno va acomodando a la medida de sus urgencias o su suerte.



Para más información:



claudioalonsomoy@escuelaautoestima.com.ar

ceba_rispo@fibertel.com.ar

licvazquez@adolescentesxlavida.org.ar


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