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									¿Qué pasa con la juventud actual?

Desde un tiempo hacia acá se ha observado en la juventud nicaragüense, un
comportamiento que deja mucho que desear, por no decir que es censurable, y esto lo
podemos atribuir, entre otras cosas, a la pérdida de valores que se está dando en la
sociedad y a la influencia que se recibe de otros países a través de los medios de
comunicación como la televisión o la Internet. En esos países “desarrollados” se
observa claramente la forma de actuar de los jóvenes, donde prácticamente los valores
como el amor y el respeto a los padres, maestros e instituciones, es inexistente o
escaso, o está en franco proceso de extinción.
Como consecuencia de la pérdida de esos valores básicos, también se han perdido el
respeto o aprecio a los compañeros de estudio, a los amigos y hasta entre las personas
que comparten el diario vivir, como los novios o los matrimonios, y también en las
relaciones padre-hijos.
Una considerable parte de la sociedad se ha vuelto violenta, vulgar, fría y calculadora,
y casi se ha despojado del sentimiento de solidaridad. En consecuencia, es triste ver
cómo se tratan los jóvenes entre ellos mismos en la actualidad. El lenguaje soez, el
trato chabacano y grosero, el tono burlesco, el alto volumen de la voz y los gestos
procaces y explícitos, son la forma corriente y “natural” con la que los jóvenes se
comunican, no importándoles ser observados y escuchados por la gente mayor,
profesores, funcionarios, o cualquier otra persona que merezca respeto. Este
comportamiento es más frecuente entre los jóvenes de mayor nivel académico -
universitarios - (¡Qué ironía!), pero también se está generalizando entre los estudiantes
de secundaria e incluso hasta en los del nivel primario, como un vivo espejo o ejemplo
de sus mayores.
Por otro lado, muchos jóvenes piensan que el mundo les debe todo a ellos, a cambio
de nada, es decir que exigen todas las prerrogativas “porque sí” y no quieren aportar
nada o esforzarse por adquirir un mejor status a través del estudio. Cuando fracasan
en sus clases, lo atribuyen a que el maestro es “malo” y no se dan cuenta o no quieren
creer que los únicos dueños de su destino son ellos mismos. Tienen una predisposición
natural para el ocio, y no hay cosa que más les alegre que, cuando por algún motivo,
sea cual sea, se suspenden las clases. Muchos, por no decir la mayoría, no estudian-
antes, sino hasta que ya tienen encima los exámenes, de tal manera que no cumplen
con su deber de estudiantes.
Sin embargo no es necesario enumerar aquí todas las otras cosas negativas en las que
incurre nuestra juventud, pero sí tenemos que pensar en cómo corregirlas. En
necesario entonces, que la sociedad en su conjunto establezca estrategias para
encauzar a los jóvenes, ya que estos serán dentro de poco tiempo los futuros
presidentes de la república, o diputados, o ministros, o funcionarios de alto nivel que
regirán los destinos del país... y Dios salve a Nicaragua si nos toca uno de estos
actuales “estudiantes” que no haya cambiado en su adultez, su comportamiento y su
manera de ver la vida.
La tarea es difícil, el camino es largo y está lleno de obstáculos, pero el reto es vencer
todas estas dificultades para lograr el objetivo de que nuestra juventud de hoy, sean
los hombres y mujeres que mañana conduzcan el barco de la nación hacia puerto
seguro. Así sea.
Humberto Rivera Altamirano
Junio del 2011




Cuando tenía más o menos 14 años, en 1978, para mí sólo existía la curiosidad un
poco de lo que era eso que se llamaba la Revolución, algo en contra de algo que se
llamaba Dictadura. Para mí era algo que estaba en contra de los Guardias.
Los Guardias para mi eran aquellos hombres morenos, de pelo chirizo cuando se
quitaban el casco y vestidos de verde olivo, que pasaban diariamente por mi barrio
montados en un Jeep, marca según se decía Pulman; no sé de dónde venían pero si
sabía que venían, según decían los viejos, de los Estados, y que habían estado en un
país muy largo de aquí donde se decía que los gringos habían perdido una guerra, y
que se llamaba Viet Nam.
Las personas que montaban esos jeep o sea los guardias no eran como los gringos,
                                      cheles, de ojos azules y vistiendo grandes
                                      uniformes; eran personas igual que yo, pelo
                                      chirizo, de ojos achinados, negros, pero no
                                      realmente negros, sino de color canela oscuro,
                                      vestidos de caqui flojos muy flojos y un madre
                                      rifle que en algunas ocasiones eran más grandes
                                      que quienes los usaban.
                                      Para entonces yo no jugaba en el cerro del
                                      barrio a los policías y a los ladrones; yo jugaba a
                                      los guardias y a los guerrilleros: odiaba jugar
                                      como guardia, pero, algunas veces me tocaba
                                      jugar como tal y entonces trataba de
                                      representar muy bien mi papel como guardia;
                                      hacía que mis amigos se arrodillaran frente a mí,
                                      pues éramos los que mandábamos; hacía que
                                      mis amigos algunas veces lloraran para que nos
                                      dijeran los escondites; el cerro era inmenso para
                                      nuestra edad, sin árboles, pero lleno de monte,
                                      zacate tan alto que nos escondía fácilmente y
                                      podíamos hacer en él            cuevas de zacate,
                                      grandísimas que sólo algunos grupos sabíamos
dónde estaban, y cuando encontrábamos las cuevas de nuestro enemigo las
destruíamos con la satisfacción de haber ganado el juego.
Jugábamos con bombas de a peso (un córdoba), unas bombas grandes de color rojo
pero pirotécnicas que se usan en navidad, con triquitracas, o con rifles de palo que
lanzaban piedras y las más sofisticadas lanzaban balines impulsados por pólvora. Esos
eran mis juegos favoritos.
Me sentía feliz cuando jugaba como un guerrillero, pero igual hacía si agarraba al
enemigo. Los hacía llorar. Doña Toya me llamaba como: Negro Diablo, Negro tizón del
infierno. No era malo, solo jugaba mi papel y la guerra es la guerra, pero no de
juguete.
Fue entonces cuando conocí o mejor dicho me encontré con Ciro Molina. La fecha
exacta realmente no la recuerdo, pero si sé que fue antes o después que mataron a un
famoso periodista que se llamaba Pedro Joaquín Chamorro y ya la gente se levantaba
con más fuerza; eran unas manifestaciones grandísimas aquí nunca vistas en
Matagalpa: no sé si realmente sería por la muerte de ese periodista o antes, pero la
gente ya no aguantaba. Y yo también grité.
En una de esas ocasiones me doy cuenta que hay una concentración en lo que en ese
entonces se llamaba Teatro Matagalpa, uno de los teatros que no eran teatros, sino
donde se presentaban películas; la diferencia es grande, pero bueno, se anunció que
ahí se iba a presentar una obra de teatro con actores y actrices de la Universidad de
Managua.
Me llamo la atención y decidí ir a escondidas de mis padres para saber qué realmente
era el teatro; no tenia noción de ello, quería conocer, curiosear y me fui casi como a
dos kilómetros de mi casa, de mi barrio; una gran aventura para mi edad, sobre todo
por el riesgo, pero me fui. Llegué y una plaza cerrada por cuatro paredes estaba llena
de gente joven mayor que yo, cantando y gritando consignas en contra del
Presidente. Y me gustó.
En cierto momento alguien pidió silencio, pues a lo que habían llegado era a ver una
obra de teatro y no querían molestar a los guardias; yo busqué a la persona que
hablaba y no la podía ver, era difícil. Había mucha gente, hasta que logré subirme a
                                                  una de las sillas del teatro (cine) y
                                                  pude ver entonces a un hombre de
                                                  pelo largo, sentado en una silla de
                                                  ruedas que daba las indicaciones. Y
                                                  dijo (si mal no recuerdo):
                                                  Compañeros, (me dio escalofrió esa
                                                  palabra; sabía de qué se trataba) esta
                                                  tarde (eran como las 4 y 30 de la
                                                  tarde) vamos a ver una obra de
                                                  teatro sobre nuestra realidad; la he
                                                  escrito yo, y mis compañeros la
                                                  representarán, así que pido por favor
                                                  toda la atención posible.
                                                  Hacía un calor insoportable con toda
                                                  esa multitud apretujada y con la
                                                  mayoría de las puertas cerradas. La
                                                  obra empezó y contaba la historia de
                                                  un muchacho que era maltratado por
                                                  un guardia cuando salía de la
                                                  universidad, por el simple hecho de
                                                  andar con el pelo largo y luego
                                                  entonces el joven se rebelaba en
                                                  contra de los guardias y los guardias
                                                  se daban cuenta de dónde vivía su
familia y apresaban a su familia. El joven no se rendía y seguía luchando y cuando el
está arengando a un grupo de jóvenes (que lo hacía dirigiéndose hacia nosotros
mismos, el público) aparece la Guardia.
El asunto es que detrás de mí, o sea, detrás del público aparecen en el teatro un grupo
de Guardias diciendo que estamos detenidos, que nadie se mueva o si no, disparan. Es
en ese momento cuando todos los que estamos como público reaccionamos, unos con
miedo, con pánico, y otros con valor para enfrentar a los guardias, para enfrentarse a
ellos.
Es entonces cuando aparece de nuevo, aquel hombre de pelo largo con el megáfono
en la mano y gritando que nos calmáramos, que eso era parte de la obra de teatro.
Sentí un gran alivio, frente al miedo que tenia.
La obra continuó.
Más tarde apareció un nuevo grupo de guardias, pero esta vez diferentes; lanzaron
bombas de gas e hicieron tiros al aire y sólo pude ver que se llevaban al hombre de
pelo largo en la silla de ruedas, cargado por varios de sus actores corriendo en
dirección al Río Grande de Matagalpa. Esa fue la primera vez que vi a Ciro Molina; yo
tenía 14 años.
Luego me lo encontré en un Taller de Teatro en 1979 o 1980 en los Centros Populares
de Cultura (CPC) en Matagalpa, en el lugar donde ahora es el Municipal del FSLN,
dando capacitaciones a jóvenes interesados en hacer teatro; fue solamente cosa de
una semana, seguro que algo aprendí en ese entonces, pero me sentía orgulloso de
estar con alguien que ya hacía teatro desde antes del triunfo.
A Ciro lo volví a ver después en el Festival Nacional de Teatro, dentro del Movimiento
Cultural Leonel Rugama de la Juventud Sandinista de esa época, 1981 en Managua,
que se realizó en el Instituto Ramírez Goyena.
Para mí era el mismo hombre de pelo largo que había visto en el 78, en su silla de
ruedas, dirigiendo a un grupo de jóvenes en una obra de teatro con un gran reparto
sobre la historia de Nicaragua, muy seguro y exigente en su quehacer. Ahí me conoció
más de cerca.
En ese festival mi grupo de estudiantes de la secundaria del Instituto Nacional Eliseo
Picado de Matagalpa, (el Sofana) ganaría el primer lugar y él se acerco a felicitarnos
por el triunfo y creo que ahí no sólo me sentí más orgulloso de tenerlo cerca, sino de
apretar la mano de alguien que conocía desde años atrás, aunque él no me conociera.
Y después nos conocimos más.
Nos encontrábamos rutinariamente en talleres de los CPC, de la ASTC y hasta nos
lanzábamos una que otra cerveza juntos y nos reíamos de sus anécdotas o de sus
ocurrencias desde su silla de ruedas, que aún a pesar de ello, nunca dejó de
acompañarnos en diferentes momentos. La última vez que le vi, fue durante una gira
de mi grupo, el Quetzalcóatl. Fue en 1993 en
Ocotal, presentábamos Naranja Dulce.
Pasábamos por una calle, muy cerca del parque
central, y en un cuartito de unos 5 por 5 metros
cuadrados, vimos a un hombre en una silla de
ruedas sentado en la puerta leyendo un libro. Era
Ciro Molina. Reconoció a la mayoría de los
integrantes del grupo y nos invitó a pasar a su
casa, o su cuarto, el cual estaba rodeado de
libros. Era una inmensidad de libros y en ese
momento empezó a sacar sus escritos, obra tras
obra, a recordar de lo que él había hecho en su
vida, de las obras que había montado, de sus
talleres, de sus enseñanzas, de su vida, de su
pasado, llorando por la situación que él estaba
pasando.
Pero sentía al mismo tiempo una gran alegría de
encontrarse con gente de Teatro que él conocía y
con los que tenía años de no encontrarse; eso lo
llenó de satisfacción.
Su tristeza era más fuerte que la alegría de
encontrar gente de teatro. Estaba muriendo de una enfermedad terminal y nadie se
acordaba ya de él. No reclamaba. Sólo lo decía. Murió. No sé si con ayuda o sin ayuda,
simplemente sé que murió. Sólo recuerdo de algo que dijo esa noche: “Yo no espero
de los administradores de la cultura que nos reconozcan nuestro trabajo en un valor
monetario; yo sólo espero que los que administran la cultura algún día reconozcan lo
que los artistas hemos creado”.
Hoy su rostro está plasmado en un mural en la ciudad de Estelí, que estoy seguro
algún día se va a borrar, como muchos murales se han borrado.




Nicaragua vive sumida en las modas. Pero no en las modas de las pasarelas en que
beldades juveniles exhiben sus encantos bajo el pretexto de lucir trajes para tal
ocasión, sino en otras modas, trágicas e interminables, pues se repiten tan a menudo,
o a la par de nuestros repetitivos ciclos históricos. Son las modas de la reiteración de
los problemas sociales y su supuesta solución.
En los últimos días a raíz del asesinato de un universitario por unos adolescentes, se
ha puesto de moda el tema de la delincuencia juvenil. Los universitarios managüenses
ripostaron en la única forma que parecen saber hacerlo: cabalgando sobre sus cascos
se tomaron algunas calles, paralizaron el tráfico y secundados por algunas autoridades
universitarias, que en ese momento me parecieron unos trogloditas, exigieron el
endurecimiento de las penas contempladas en el Código de la Niñez y la Adolescencia.
Como tal problema es una moda más, como las violaciones, los abusos de menores, la
deforestación, los abusos del poder, etc, antes que se lo trague el paso de los días,
valga tener presente algunas cosas.
La delincuencia juvenil es un tema tan viejo como las sociedades modernas y es difícil
descubrir sus causas y encontrar medios adecuados de control, por lo que la propuesta
de los universitarios y sus catedráticos no es solución. La abundantísima literatura
sobre este tema, como causas de la delincuencia y en ella obviamente se incluye la
delincuencia juvenil, propone factores hereditarios, maldad innata, la pobreza, el
desarraigo juvenil, desajustes psicológicos, anomia, es decir, un desajuste con escalas
de valores que ayudan a controlar la conducta antisocial, el desarraigo familiar
(familias problemas), hasta la ausencia de Dios en nuestras vidas y la evidente
presencia de Satanás en la vida social, y también se incluye el encarcelar o no a los
jóvenes delincuentes y suavizar o endurecer las penas. Estudios actuales de criminales
en serie en los países desarrollados han conducido a averiguar que varios de ellos
sufren de lesiones en el lóbulo frontal del cerebro y se afirma que esto pudiera ser una
de las causas de su conducta criminal. El endurecimiento de las penas y el
encarcelamiento es lo que hubieran preferido nuestras abuelitas y es la solución que
más escogeríamos por impulso, ya que barre de las calles a los delincuentes e ipso
facto aumenta la seguridad ciudadana y terminamos durmiendo mejor. Y a fin de
cuentas por qué habríamos de preocuparnos de los delincuentes (los comunes claro,
pues a los otros, a los de cuello blanco que delinquen desde las excelsas cumbres del
poder político, además de rendirles los honores del caso, los hacemos y elegimos
presidentes de la republica, diputados, ministros, alcaldes and so on).
Además, en Nicaragua, desde hace unas décadas, en consonancia con enfoques
importados de países desarrollados, se ha percibido al joven delincuente no como un
paria sino como un enfermo que necesita comprensión y tratamiento. Y en este orden,
instituciones como la Policía Nacional y otros dentro del poder judicial, con todo y los
inmensos defectos que tenga cualquier organismo gubernamental, han realizado
algunas labores positivas en la prevención y control de la delincuencia juvenil que
desde 1999 hasta la fecha se logró reducir el número de pandillas (callejeras, claro),
de 110 a unas 49 (casi en un 50%). Y la propuesta universitaria choca con esta
tendencia moderna.
No pertenezco a ese tipo de personas que culpan a los demás de lo que hacen o lo que
les sucede. Podría hasta concluir que se es delincuente porque se escogió serlo, pero
tal vez sólo tenga razón parcialmente. Pascal escribió que hay razones del corazón que
la razón no comprende y bien podría haber razones del medio social, de las
circunstancias de la vida de una persona, razones de los instintos más bajos que la
razón tampoco entiende. Entonces vayamos a un hecho que podría tenerse como un
factor que incide en la delincuencia, juvenil o no, y es el mal ejemplo que recibe la
población desde las elevadas esferas del poder. Pablo Antonio Cuadra, uno de nuestros
pensadores más notables, refiriéndose a un personaje inescrupuloso de nuestra
historia (Medio Real, retratado por Squier) lo menciona así: " Es de arriba, de la
cátedra del Poder, de la Autoridad, de la cátedra de los dirigentes, de donde el Pueblo
recibe la lección y el ejemplo que le hace cambiar sus virtudes en defectos”. Este es un
factor criminógeno ignorado en cualquier libro que se consulte sobre las causas de la
delincuencia, pero para el caso de Nicaragua, un país pequeño y al fin y al cabo tan
grande como una nuez, es un factor que no debería desestimarse.
La cátedra del poder, ¿Cuándo? A las autoridades del país se les ha designado con
calificativos respetuosos, de tal manera que a los Presidentes de la República se les
llama Primer Mandatario de la Nación; a los funcionarios de otros poderes se les
denomina Magistrados y Ministros. La palabra Magistrado viene de magister, maestro,
el que enseña y así también se le llama ahora ¡Hasta a los titulares del poder electoral¡
Y un mandatario es un apoderado, un representante, sujeto a la voluntad, a las
instrucciones del mandante, es decir la Nación. Lo de manda-tario no es que da mando
ilimitado, sino que lo mandan. Me sorprendió ver a esos catedráticos exigiendo que se
endureciera la pena para los jóvenes delincuentes. Y cuántas veces, los medios de
comunicación serios, en fecha reciente responsabilizaban a estos catedráticos de ser
promotores de actos vandálicos con fines políticos. Y los funcionarios que todos los
días son marcados como malversadores de fondos y enriquecimiento ilícito con bienes
del Estado y no hay sanción alguna que se imponga. ¿Qué ejemplo, que conclusiones
extrae la juventud de este magisterio desde el poder. No contribuirá a sembrar la
desesperanza, la apatía y la frustración?
Las preferencias políticas, el fanatismo, el servilismo, la vocación de fámulos, pueden
llevar a asumir como un deber el encubrir los desmanes cometidos desde el poder en
cualquier época. ¿No contribuirá esta actitud de gobernantes y gobernados a elevar el
clima de la delincuencia en el país por la depreciación de los valores?. ¿Nosotros, un
pueblo que se dice cristiano y que hasta vivimos dentro de una ¡"Revolución
cristiana"¡, ¿Hemos inventariado los actos que cometemos y cometen nuestros
gobernantes (sea quien sea), que rozan y violan las leyes vigentes incluyendo las
penales ? Para que nos hagamos una idea de lo que digo, ayer, apenas ayer, un
coterráneo comentaba a un periodista sobre las malversaciones de fondos en el
gobierno y este, como todo un naive, le respondió: Es que el Presidente no se da
cuenta. Y sentimos que lo dijo de corazón, sin asomo de cinismo o complicidad. ¡Y
cuantos en algún momento habremos salido con una coartada similar¡
Bertrand Russell, un prominente filósofo inglés, escribía que entre otros fines, un
gobierno debería tener como propósitos: La justicia, la seguridad y la conservación. La
prevención y el control adecuado del delito y un magisterio adecuado desde el poder,
caen dentro de esa esfera indicada por el filósofo. El gobierno y resto de instituciones
y ciudadanos a quienes concierne cumplir esos propósitos deberían asumir con mayor
responsabilidad sus funciones. Ya es hora que el Pancho Villa que este gobierno lleva
muy dentro de su corazón, se baje del caballo y que el próximo gobernante que lleve
las riendas de los asuntos públicos actué como un verdadero estadista.




Caminaba con su breve paso de niña, apenas asomando sus catorce años a la
incipiente adolescencia.
Andaba en todas partes, en las ferias, en las calles, en los comedores y bares
ofreciendo con su voz atiplada, infantil, las bisuterías que tanto gustan a los
nicaragüenses sin pensar en el daño que la mayoría de ellas causan al organismo, y el
drenaje severo, innecesario a las divisas del país. El canasto sobre su cabeza parecía
inmenso por el contraste con su pequeña cabeza coronada por un cabello casi rubio.
Sentí un pesar muy grande al ver a esa niña esbelta en su proceso de cambio
biológico, con el rostro acusando aún los mohines de la infancia, sin desarrollar aún los
caracteres que la harían a corto plazo una mujer sin duda muy atractiva y
posiblemente bella.
                                        Los      parroquianos,       indiferentes     unos,
                                        compasivos otros y unos pocos vulgarmente
                                        insinuantes y odiosamente zafios y groseros,
                                        compraban o simplemente miraban el
                                        deambular esperanzado de la niña.
                                        Por muchos meses la vi en diferentes sitios del
                                        actual centro       popular de Managua, cuyo
                                        Mercado Oriental, envidia de cualquier zoco de
                                        El Cairo o Bagdad, ya se ha tragado dos
                                        colonias construidas para habitación de familias
                                        de clase media inferior; dos colonias más están
                                        poco a poco sucumbiendo a las exigencias de
                                        un mercado que se agranda constante y
                                        desordenadamente sin que los supermercados
                                        ni las pulperías, ni los otros mercados populares
                                        le arrebaten ese liderazgo.
                                        Prácticamente, una ciudad dentro de otra
                                        ciudad con múltiples vendedores viajeros que,
                                        al estilo del tiangue primitivo y originario, traen
sus productos desde pueblos vecinos para ofrecerlos en las atestadas calles del
monstruo. Por las tardes, el desfile de regreso a sus ranchitos y sus parcelas es igual
que hace 300 años, solamente que ahora el viaje a pie por los polvorientos caminos ha
sido reemplazado por el viaje en desvencijadas camionetas.
En ese mundo, y más frecuentemente en los alrededores donde se ubican los
comedores y bares, ejercía su doloroso oficio de vendedora ambulante la frágil
muchachita cuyo nombre conocí circunstancialmente cuando otra niñas vendedora la
llamó varias veces en una ocasión.
Se llamaba Nadine, un nombre de telenovela que su madre, posible aficionada a esas
sentimentales y a veces ridículas historias, le habría puesto al nacer; tal vez por ser
blanquita y rubia, merecía un nombre así. ¡Ah, la terrible herencia de la Malinche!
Pasaron unos meses, no muchos, en que frecuentemente observaba en uno que otro
lugar a la atareada niña ofreciendo su mercancía.
Un día, en la popular Rotonda de Bello Horizonte, hasta donde parece querer alargar
sus tentáculos el “Oriental” y donde la niña solía circular entre los numerosos bares,
casinos, Mc Donald, Pizza Hut, etc. Etc., con sorpresa - una penosa sorpresa - vi a
Nadine con una carterita de colegial colgando del hombro y un traje provocativo
ridículo sobre sus formas aún
infantiles paseándose por las
aceras del enorme círculo.
Incrédulo le pregunté ¿Y la
canasta?
-Ya no, me dijo, ahora mi tía me
está cuidando.
Creí no entender bien de qué se
trataba; curioso le pregunté a
una      su    compañera      que
usualmente deambulaba con
ella.
- ¿Y Nadine?
- Ya no vende - me dijo - ahora hace otra cosa.
- ¿Qué cosa? pregunté
Con fastidio y torciendo la boca me dijo: ahora llega al bar X, por El Oriental; una
señora la maneja; ya no vende.
Con tristeza medité sobre el destino de Nadine que es el de miles de adolescentes de
Nicaragua- pobres ilusas- engañadas por proxenetas y de cuyo doloroso destino pocos
se preocupan. Un reto para el Gobierno, para una sociedad que cada día es más una
sociedad de mercado, para todos los que creemos en el derecho sagrado de crecer sin
traumas, con seguridad y protección social.




Matagalpa.- (mx.) Cabecera del Departamento del mismo nombre. Su etimología es.
matlatl, red, calla, casas: pan, lugar; que quiere decir “en las casas de las redes.” La
                                        comunidad indígena de Matagalpa desde tiempo
                                        inmemorial     estaba     dividida  en     cuatro
                                        parcialidades:       Molagüina,       Solingalpa,
                                        Hueyaltepe y Naboríos, cada una con su alcalde,
                                        regidores, capitán y tenientes, todos bajo la
                                        autoridad de un capitán general: organización
                                        abolida a raíz del triunfo del conservatismo, en
                                        1910. El dialecto matagalpa se habló hasta fines
                                        del pasado siglo, y es el mismo dialecto que se
                                        habló en El Salvador en el pueblo de Cacaopera.
                                        Matasano.- (sm.) Un valle de Matagalpa y otro
en Jinotega tienen ese nombre, que es el de una fruta, especie de manzana silvestre
de gran tamaño y buena de comer. El nombre correcto es Maká asang, que significa
“fruta de montaña”: makká, fruta: asang, montaña.
Matiwas.- (ulúa) Pequeño pueblo a orillas del
Río Bulbul, afluente del Río Grande, en el
Departamento de Matagalpa, Matis, ratas: was,
río; o sea “río de ratas.”
Metapa.- (mx.) Ciudad y Distrito del
Departamento de Matagalpa. Etimología: metlatl,
piedra de moler: pan, lugar; es decir donde hay o
se fabrican esas piedras. Se llamó posteriormente
Chocoyos, que significa “lugar que tiene árboles
frutales”: xocoyo, expresado en un jeroglífico
azteca por un árbol, con frutas, xocotl; y una huella humana que denota acción verbal.
                                                  Por último, hace poco más de un cuarto
                                                  de siglo fue bautizada con el nombre de
                                                  Ciudad Darío, en homenaje a la memoria
                                                  del más alto poeta de América, Rubén
                                                  Darío, gloria de las letras hispanas, que
                                                  fue a nacer en Metapa. Esta ciudad en
                                                  más de una ocasión ha sido lugar de
                                                  episodios bélicos.
                                                  Molagüina.- (mx.- maya) Una de las
                                                  cuatro parcialidades en que desde
                                                  tiempos remotos estaba dividida la
                                                  Comunidad indígena de Matagalpa.
Hibridismo azteca maya: amolli, jaboncillo o pacón. (Sapindus saponaría, L.) güina,
gente.
Molás.- (mx.) Amolli atl, que significa agua de pacón o jaboncillo. Nombre de lugar.
Musún.- (mat.) Montaña Al N. E. del Dep. de Matagalpa. Alrededor de ella se cuentan
muchas leyendas nacidas de la fantasía de los indígenas. Etimología: musu: pozol; y la
m final, que indica lugar. “En el pozol.”
Moyoá.- (mx.) Pequeña laguna al Sur de Matagalpa, es lugar de antigüedades
indígenas. Significa “agua de zancudos” moyotl, mosquitos; atl, agua.
Naborios.- San Nicolás de los Naborios, luego Pueblo Nuevo y posteriormente, hasta
hoy, Villa de La Paz. La denominación de Naborios procede de lenguas antillanas y se
aplicó en Nicaragua y otros dominios de los españoles en América; a los indios que sin
ser por derecho esclavos estaban obligados a restar servicio doméstico por turno a los
gobernadores, alcaldes, parroquias y conventos. En Matagalpa había una parcialidad
indígena que es hoy barrio, y en León otro barrio que se llama Naborios; aunque allá y
aquí se dice Laborío.
Okalka.- Entre el valle, o cañada, como se dice en Matagalpa, de San Pablo y el
Pueblo de San Ramón de aquel Dep. se encuentra la cañada o valle de Ocalca, en el
cual se alza a considerable altura el cerro de Ocalca, cuya cima la forma un gran peñón
puntiagudo. El nombre tiene la particularidad de que en el dialecto ulúa Wakalk leer
como se le antoje”.a se traduce por
“pelado como hueso”; mientras que en el
idioma azteca que en aquella región
también dejó huellas. O            calla    ca,
significa “en las casas del camino.”
Olama.- (mx.) Extensa llanura y caserío
en jurisdicción y al Este del pueblo de Muy
Muy, de Matagalpa. Significa “lugar donde
se juega a la pelota con las manos”
Olamaloni, jugador de pelota, yan,
terminación verbal.
Oyanca.- (mx.) Paraje en jurisdicción del
pueblo de San Isidro, Dep. de Matagalpa.
Etimología probable, “En nuevo camino.” Otli, camino; yancuic, nuevo; can, adverbio
de lugar.
Pacsila.- (mat.) Sitio al N. W. de Matagalpa. El nombre significa “Fríjol esmirriado, mal
desarrollado.” Pac, frijoles; silac, flaco, enclenque.
Pankasan.- (sm.) Cerro muy alto, en jurisdicción Muy Muy. Significa “Cerro de las
dantas”: Pomka, danta: asang, montaña, cerro. Tiene todas las trazas de un volcán.
Payakuka.- (sm.) Sitio y cerro al Sur de Matagalpa. Significa “Nidos de urraca”: uka,
casa; payak, urraca. Esta última es el pájaro clasificado Psilorinus mexicanus. (Rupp.).
Pasle.- (mat.) Valle de Matagalpa, significa “lugar desierto.”
Sabalar.- Río afluente del Río Rama en el Departamento de Matagalpa. El nombre
significa “abundancia de sábalos.” No es nombre indígena, pero se incluye por vía de
información geográfica.
Samulalí.- (mat.) Valle de Matagalpa y río que corre por aquel lugar. Significa “río de
petates”: sámulu, etate; lí, río.
Sasacalí.- (mat.) Valle y río de Matagalpa. Significa “río verde”: Sásaka, verde; lí, río.
Sébaco.- (mx.) Antiguo pueblo del Norte de Nicaragua. Durante la dominación
española fue cabeza de corregimiento; y ahora pertenece al Departamento de
Matagalpa. El origen del nombre de Sébaco es mitológico. En este lugar se rendía culto
a la diosa Cihuacoalt, y para designarlo se tomaron solamente parte de cada una de
las dos palabras que forman el nombre: cihua, mujer; y co de coatl, serpiente: “Mujer
serpiente.” En el transcurso del tiempo se alteró el nombre: cronistas españoles
escribieron Ceuaco, Cévaco.
Siare.- (mat.) O Yare, que significa “cumbre.” Es una alta serranía al Este de
Matagalpa, entre esta ciudad y el
pueblo de San Ramón.
Solingalpa.- (mx.) Nombre de
una de las cuatro parcialidades
en que desde época inmemorial
estaba     dividido    el   núcleo
principal de las tribus indígenas
de     Matagalpa.    El    nombre
significa “en los nidos de
codornices”: Zollin, codorniz;
calla, casas o nidos: pa, adv, de
lugar.
Sunicayán.-       (mat.)    Cerrito
puntiagudo a medio camino
entre Matagalpa y Muy. Suni,
caracol; cayán, cerro.
Totumbla.- (msk.) Paraje en jurisdicción de Ciudad Darío, al pie de la serranía del
Güisisil. Significa “camino de alfareros”: ta, camino; saúmbla, alfarería. En la
proximidad a Ciudad Rama hay unas lomas del mismo nombre.
Tuma.- (pipil) Río que cruza el Departamento de Jinotega y con el río del Sabalar
afluye al Río Grande en el Departamento de Matagalpa. Significa “espeso, grueso”:
tuma c.
Tumarin.- (msk.) Correctamente Tumaring. Río de Chontales. Significa “Achiote.”
Uluse.- (mat.) Valle de Matagalpa. Sitio en Nueva Segovia, en el cual abunda la cera
vegetal. El nombre significa: ulu, navajuela, una especie de zacate de hojas muy
afiladas: usi, campo.
Umure.- (mat.) Paraje en el Departamento de Matagalpa. Significa “casa de la
meseta”: U, casa, muru, meseta.
Upá.- (ul-sm.) Significa “puerta.” En un valle al W. de Muy Muy, Matagalpa.
Waslala.- (sm.) “Río de la plata.” Was, río; lala, plata; Departamento de Zelaya,
actualmente bajo la jurisdicción de Matagalpa.
Yaguare.- (mat.) Quebrada que baja de la serranía del Apante al S. E. de la ciudad de
Matagalpa y afluye al Río Grande. Significa “Río de Hachas”: yahua, hacha; li, río.
El Libro Interpretación de Nombres Geográficos Indígenas de Nicaragua, del Maestro
Leones ALFONSO VALLE, es un notable esfuerzo por interpretar los nombres
geográficos indígenas de Nicaragua que pertenecen a nueve idiomas y dialectos, de los
cuales solamente cuatro o cinco sobreviven. Hay unos pocos nombres pertenecientes a
las lenguas antillanas, tarasca, quechua y a dialectos hondureños y costarricenses; sin
contar los hibridismos procedentes del inglés, del francés y particularmente de
nuestras lenguas indígenas matagalpa, mexicanos, sumos y miskitos, del cual tomamos
los nombres que están relacionados con Matagalpa, y que pueden ser de importancia
para los estudiosos de estos temas conectados con las toponimias.
Matagalpa, 13 de Abril del 2011




Presentamos este artículo, con la autorización de su autor, el cual fue
publicado originalmente en El Nuevo Diario el 27 de julio del 2002.
Homenajeamos así al Profesor Augusto C. Büschting, quien cumplió 78 años
el pasado 17 de abril, y al INEP, en ocasión de celebrarse el 4 de julio del
corriente, su 74 Aniversario.

El Instituto Nacional Eliseo Picado, nuestra Alma Mater, fue construido al pie de una
colina llamada por unos “Cerro El Calvario” y por otros “Cerro La Virgen”. Situado
frente a la ciudad de Matagalpa, de cara al oriente, viendo cada mañana la salida del
sol, me imagino que hoy está triste observando el crecimiento desordenado de su Perla
del Septentrión y la calvicie prematura del Cerro Apante, provocada por miles de
piojos-leñadores.
El INEP fue la segunda cuna de revoltosos estudiantes que tuvimos el orgullo de pasar
por sus aulas, muchos jóvenes matagalpinos de diferentes épocas y generaciones que
ahora lo recordamos con la nostalgia propia del que añora su juventud como la etapa
más vertiginosa de su vida. En este mes de julio se celebra su aniversario, ahora con
un nuevo nombre: Instituto Nacional Autónomo Eliseo Picado (INAEP). Supongo que
sus nuevas siglas serán difíciles de corear, para las porras de los tradicionalmente
fuertes equipos de baloncesto de nuestro centro.
Cada año, por estos días, al encontrar a algún ex - compañero de clases me
preguntaba: ¿Y fuiste a la fiesta de aniversario? Generalmente la respuesta era
positiva; luego venían los comentarios sobre el conjunto musical, el ambiente, los
amigos, pero lo que más llamaba la atención era la indefectible pregunta: ¿Viste el
montón de chigüines que andaban, puros cipotes? Pregunta con la cual yo coincidía,
pareciéndome realmente muy extraño el ambiente poco agradable de la fiesta, pero
ahora caigo a la razón de que en la fiesta no andaba tal cantidad de chigüines, nada
de eso, sino que nosotros ya estábamos un poco viejos para esos lances, lo cual
disimuladamente tratábamos de justificar con semejante comentario.
En el INEP, estimado lector, aprendimos como en cualquier otro centro de educación
secundaria- todas las ciencias exactas, como las matemáticas, la química y otras
menos exactas como la educación física y la psicología, pero además, conocimos a sus
profesores, cada uno impartiendo materias diferentes, cada uno en su aula particular,
con     caracteres    distintos,    algunos
conocidos por sus apellidos, como la
profesora Tellería; otros identificados por
su nombre como el profesor Germán, pero
la mayoría de las veces, fuera de su
presencia claro, eran llamados por sus
apodos muy populares, de los que
recuerdo a “Marañón”, “Pate Yanke”,
“Quincho”, “Modus Lento”, “Caneto”,
“Tulipán”, etc.    Es bueno aclarar, mi
estimado lector, que existen otros apodos,
no menos pintorescos y divertidos, pero
me limito a enumerar solamente los
anteriores, por el lógico miedo a que los
editores censuren la publicación de este
artículo, quemándolo en la hoguera.
Y hablando de ciencias exactas, hoy me
quiero referir a mi estimado profesor
César Augusto Büschting, quien impartía
sus clases de química en el aula No. 22,
situada en la segunda planta del edificio
central, el que contaba con un pasillo-
balcón donde se podía “jalar” mientras se disfrutaba del singular paisaje integrado por
la cancha de baloncesto del Instituto, más allá la ciudad de Matagalpa y en la lejanía el
mítico Cerro Apante, el mismo del que dice la leyenda contada por nuestras abuelas,
está lleno de agua, pues en su gran panza alberga una laguna subterránea donde
habita una descomunal serpiente, privada de movimiento gracias a la misericordia de
la Virgen de la Merced, Santa Patrona de los matagalpinos, por encontrarse amarrada
por tres pelos de su cabellera, de los cuales hace mucho tiempo la serpiente logró
reventar uno, provocando en la ciudad tal inundación que sobre los tejados de los
asustados pobladores llovieron cangrejos, tortugas y peces. Actualmente la serpiente
está sujeta por dos cabellos de la Virgen, que todos los matagalpinos esperamos no se
revienten, porque de moverse semejante monstruo, agitaría las aguas de la laguna con
tanta violencia, que el cerro estallaría       inundando la ciudad entera, catedral
incluida…Dios no lo permita.
Volviendo al aula No. 22, que era el salón de clases del profesor Büschting, desde que
entrábamos se apagaba el bullicio de los pasillos; adentro no se oía ni siquiera el
zumbido de una mosca, debido a la seria personalidad y la solemnidad de su cátedra.
Ahí nos enseñó el dominio de la química, la composición del átomo y de la molécula, la
reducción y la oxidación, pero también nos relató entre muchas otras cosas, algunas
de sus memorias…Él decía que Carlos Fonseca era muy estudioso, el mejor alumno, un
tipo más bien callado…que jamás le prestaba sus cuadernos a nadie.
A nuestro profesor de química le gustaba impartir sus clases, paseándose lentamente
en el aula, en el espacio entre el pizarrón y las primeras filas de asientos, siempre
serio; nunca le vimos reír, ni siquiera de cosas divertidas que en algunas ocasiones él
mismo relataba, de las cuales nosotros sí nos reíamos discretamente, volviéndonos a
ver. Tenía un viejo carro de color indefinible, un espacioso y clásico lanchón
norteamericano, como los que aparecen en las películas de mafiosos de la época de Al
Capone, en el cual apenas se le miraba la cabeza. Llegaba al Instituto, siempre solo,
manejando su carro muy despacio; aquél era un carro muy grande.
El profesor Büschting tenía una figura delgada y menuda, su pelo canoso peinado
hacia atrás y siempre miraba hacia el frente; tenía una voz gruesa y sonora, con una
modulación que transmitía la seguridad de quien maneja perfectamente el tema del
que habla y la calma propia de un hombre maduro, seguro de sí mismo; nunca alzaba
la voz, jamás un alumno recibía grosería alguna de su parte y a pesar de su serio
carácter, era muy accesible a nuestras ingenuas preguntas, que nunca se quedaban
sin respuesta; nadie le tenía miedo, todos sin excepción le guardábamos mucha
admiración y respeto.
Una tarde del invierno de mil novecientos ochenta y tres, fura del aula llovía
torrencialmente; al impacto de cada trueno todos nos estremecíamos y él nos enseñó
pacientemente a no temer a la tormenta, pues en el momento de sonar los truenos,
hacía ya mucho tiempo que el rayo había caído en otro lugar, descargando sus miles
de voltios en la tierra. Nos dijo que era muy fácil comprobar a qué distancia había
caído el rayo, con sólo multiplicar la velocidad de traslación del sonido (360 metros por
segundo) por la cantidad de segundos que transcurrían entre el relámpago y el trueno.
Alegaba fríamente ante casi tres docenas de ojos incrédulos, que en el remoto caso de
que el rayo nos cayera encima, de cualquier forma, ya calcinados, no escucharíamos
nada. Otro día nos explicó que las primeras lluvias que caen a inicios del invierno,
generalmente son ácidas, que no estaba de más la precaución de no consumirla, para
evitar una úlcera debido a la posibilidad de incrementar la acidez o PH del estómago,
                                                              de por sí, un medio
                                                              naturalmente ácido.
                                                              El profesor Büschting no
                                                              leía sus lecciones, se las
                                                              sabía todas de memoria; no
                                                              se auxiliaba en sus libros y
                                                              solamente     utilizaba    la
                                                              pizarra como un espejo que
                                                              reflejaba   su     prodigiosa
                                                              memoria. A diferencia de
                                                              todos los demás profesores
                                                              que tenían su despacho en
                                                              la Sala de Profesores, el
                                                              profesor Büschting tenía su
                                                              estudio dentro del aula de
                                                              clases. En un rincón de la
                                                              misma había una puerta
que daba acceso a un cuartito donde él tenía su oficina. No entré nunca, y lo dudo
que alguien alguna vez lo hubiese hecho; solamente recuerdo una oportunidad en la
cual realicé un examen de reparación por haber reprobado la clase de química, en que
pude ver parte de lo que había dentro del cuartito ése: libros, objetos extraños
colgados de las paredes y encima del escritorio; realmente aquello estaba atestado de
cosas; era un lugar muy pequeño y repleto de sus curiosos instrumentos.
Entre la realidad y el mito que rodeaba a mi profesor de química, en los pasillos se
decía que el cuartito era utilizado para realizar experimentos; se rumoraba entre los
estudiantes que entre otras cosas, ahí se fabricaban perfumes y lociones, que una vez
impregnadas en el pañuelo aún lavándolo y planchándolo- su fantástico aroma
permanecería a lo largo de los años. Decían que experimentaba con cierta sustancia
que aplicándola a la tierra de los jardines y aporcando el tallo de los rosales, de éstos
florecían increíbles rosas azules… Pero lo que más carcomía nuestra insaciable
curiosidad, era la noticia que allí, en ese cuartito, mi profesor de química destilaba en
alambiques, para su uso y consumo personal, una exquisita cususa, que poseía la
mágica cualidad de no despedir su olor característico al ser procesada, lo que hubiera
sido nefasto para la estabilidad laboral de mi estimado profesor, porque su estudio se
encontraba a escasos diez metros de distancia de las oficinas de la administración y
dirección del Instituto, ubicada en la planta baja del mismo edificio central. Creo que
nunca fue posible su descubrimiento debido a la perfección de tan portentoso invento.
Nuestro profesor se quejaba de que sus alumnos, su servidor incluido, no hacíamos
honor a la misión de ser estudiantes. Nos decía mientras se paseaba lentamente entre
el pizarrón y la primera fila de pupitres, siempre serio, con sus pantalones flojos y las
manos entrelazadas en su espalda- que nuestro trabajo era estudiar, que a él le
pagaban para enseñarnos, que nuestros padres también nos pagaban ropa, comida y
calzado para que hiciéramos nuestro trabajo, el cual era estudiar, y que lamentaba que
nosotros no cumpliéramos a cabalidad con nuestra parte, con nuestro deber, ya que
para él nosotros no éramos estudiantes, porque según su concepto, estudiante
sencillamente es quien, como la palabra lo dice, estudia antes, y nosotros
estudiábamos hasta la hora de llegada del examen, lo que no le agradaba para nada.
Matagalpa 14 de julio de 2002




El comienzo de la dictadura somocista

Somoza llegó a ser Jefe Director de la Guardia Nacional, después de haber sido
intérprete en la legación americana del Mayor L. Miller y ganado las simpatías del
condescendiente Ministro Hanna, que escuchó atentamente las recomendaciones de su
esposa, la cual dispensaba una especial amistad al entonces joven Somoza. En el
gobierno de Moncada fue Secretario de la Comandancia General, Ministro de la Guerra,
Ministro Plenipotenciario ante el Gobierno de Costa Rica y Subsecretario de Relaciones
Exteriores. El 14 de noviembre de 1932 es nombrado Jefe Director Auxiliar de la G. N.
y el 1º. de enero de 1933 recibe la jefatura de la misma, sustituyendo al general yanki
Calvin B. Matthews. Ese mismo día asumía la presidencia de la República su tío político,
el Doctor Juan Bautista Sacasa.
Ya para entonces Somoza había iniciado las bases de su caudillismo. Logró que, a
pesar de que por ley, los miembros de la G. N. estuvieran impedidos de pertenecer a
partidos políticos, se hiciera excepción del Jefe Director. Esto le permitió gobernar
hasta 1956 a través del Partido Liberal, aunque por razones formales de disposiciones
constitucionales, haya tenido que recurrir por brevísimos períodos a presidentes
sumisos a su voluntad.
                                     El presidente Sacasa estaba entendido de la fuerza
                                     de Somoza y dispuesto a gobernar con su apoyo.
                                     El asesinato de Sandino en 1934 fue lo que
                                     cambió el rumbo de las relaciones entre Sacasa y
                                     Somoza. Ante el cuestionamiento de la población
                                     sobre la participación o por lo menos tolerancia de
                                     Sacasa en esa muerte, éste tuvo que pronunciarse
                                     condenando el hecho. Así se iniciaron las
                                     diferencias con Somoza que al final terminaron
                                     con la renuncia de Sacasa. Las dificultades que le
                                     presentó Sacasa al mando de Somoza, llevaron a
                                     éste a iniciar una campaña electoral con el apoyo
                                     de la Guardia, para asumir directamente la
                                     presidencia, a pesar de los impedimentos
                                     constitucionales.
                                     El Presidente Sacasa dio a conocer a la opinión
                                     pública nicaragüense e internacional, el siguiente
Manifiesto: “En la noche del 21 de los corrientes, un grupo de militares en actual
servicio en esta capital, contrariando mis órdenes expresas sobre completas garantías
ofrecidas al General Augusto C. Sandino, aprehendió a éste, a sus dos ayudantes
Francisco Estrada y Juan Pablo Umanzor, junto con el señor Ministro de Agricultura
Don Sofonías Salvatierra y don Gregorio Sandino, padre del General, que iban en un
automóvil. Poco tiempo después, el mismo grupo de militares de la Guardia Nacional,
ultimó al General Sandino y a sus dos ayudantes, Estrada y Umanzor, e igualmente fue
muerto el señor Sócrates Sandino, al querer efectuar su captura en casa del Señor
Ministro Salvatierra. Repruebo enérgicamente, a la faz de la Nación, tan injustificable
crimen que sólo ha podido cometerse en mi gobierno a causa del funcionamiento
defectuoso de la Guardia Nacional; y me esforzaré con firmeza porque se esclarezcan
los hechos a la luz de una rigurosa investigación, y sean debidamente castigados sus
autores, por el honor del Ejército nicaragüense, en el cual va entrañado el honor
nacional. Confío en que contaré para este fin, y para el mantenimiento del orden
público, con la obediencia decidida de mis subalternos militares y civiles y con la
cooperación de todos mis conciudadanos”. Casa Presidencial 23 de febrero de 1934.
Somoza también dio a conocer su versión de los hechos, lavándose las manos, como a
continuación se ve:
“Ante los rumores tendenciosos que circulan, poniendo en tela de duda la lealtad del
Ejército al Gobierno Constitucional del Exmo. Sr. Presidente Dr. Juan B. Sacasa, con
motivo de los deplorables acontecimientos ocurridos la noche del 21 del corriente,
debo declarar con énfasis, en mi nombre y en el de todo el Ejército, que la Guardia
Nacional, unánimemente mantiene inquebrantable y afirma su adhesión sincera al Jefe
Supremo de la Nación, el Exmo. Sr. Presidente Dr. Sacasa y a su inalterable devoción a
las instituciones y al orden de la República, que en todo momento defenderá y
garantizará con absoluta lealtad. Al mismo tiempo, debo aclarar que se está siguiendo
una investigación, en cumplimiento de las órdenes inmediatas del Sr. Presidente, ya
que al ser establecidas las verdaderas responsabilidades, se procederá con la energía
que el caso requiere, pero, desde ahora, al lamentar esos sucesos y aunque los
antecedentes formales y la hombría de bien de nuestro caballeroso gobernante lo
alejan de la más ligera sospecha de responsabilidad, he de dejar constancia ante la
Nación, que nuestro gobernante ha sido absolutamente ajeno a ello. El pueblo
nicaragüense debe estar seguro de que el Ejército, bajo ningún concepto faltará al
juramento de fidelidad que tiene al eximio mandatario Dr. Sacasa y que presentará
siempre obediencia a sus órdenes. Anastasio Somoza G. Mayor General, Jefe Director
G. N.
Confesión de Somoza sobre el asesinato de Sandino
En el libro publicado por James Saxon, Sailing South American Skies, editado en1936,
relata lo que le confesó Somoza así: “Bueno señor, dijo el General Somoza alzando los
                                                         hombros y extendiendo los
                                                         brazos, se lo diré a usted. Ya
                                                         es tiempo de que el mundo lo
                                                         sepa. Estas habladurías no
                                                         hacen bien a nadie. Se lo voy
                                                         a decir, pudiendo usted
                                                         escribirlo. Sandino en el norte
                                                         quemaba, mataba y arrasaba.
                                                         Mataba nicaragüenses, sus
                                                         compatriotas,              mis
                                                         compatriotas, cuyas vidas era
                                                         mi deber proteger. Bajo
                                                         cualquier ley y en cualquier
                                                         país, merecía la muerte. Pero
                                                         por razones políticas, aquí en
Nicaragua no podía ser aprehendido y ejecutado. Por eso es que yo, Jefe Director de la
Guardia Nacional, ordené su ejecución, por lo cual mis hombres lo capturaron y
ejecutaron. Lo hicimos por el bien de Nicaragua. “
Con esta acción, entonces, prácticamente comienza la larga dictadura somocista que
duró hasta el año 1979, cuando fue derrocada por la Revolución Popular Sandinista.




A continuación presentamos la última entrega de esta gustada sección
“Anécdotas Matagalpinas de Juan Matagalpa”. En la próxima edición, otro
matagalpino nos contará sus historias, las cuales esperamos sean del agrado
de todos los lectores.

   El partido de fútbol - La propiedad es un robo - El mudo de “Las Brisas”
De las últimas vacaciones que pasé en Matagalpa, sólo recuerdo un partido de fútbol
en que tomé parte como centro delantero. Nuestro grupo de estudiantes de afuera,
contra el club local. Como jugadores no valíamos gran cosa ninguno de los dos bandos,
pero el partido se desarrolló muy reñido y parejo, cosa bastante rara. Al final del
segundo tiempo, faltando unos dos minutos para terminar, se produjo un “corner”, a
favor nuestro y la bola casi me vino a pegar en la cabeza, de manera que no hice más
que inclinarme un poco para que la pelota se metiera por una esquina y causara un gol
                                                     sensacional. Yo fui el héroe de la
                                                     tarde y no el que lanzó el corner,
                                                     que hubiera sido lo justo. Pero la
                                                     suerte es la que más injusticias
                                                     conecta para favorecer a sus
                                                     mimados.
                                                     De los cuatro años de mi
                                                     internado en el Pedagógico,
                                                     cuando se verificó en mí la
                                                     completa transformación del
                                                     adolescente al hombre, no
recuerdo mucho; nada más que me volví un muchacho un poco triste que hacía
versos, y que los demás muchachos me pusieron por apodo “el poeta”. Y recopilé
varios poemas para editar mi primer libro. Hasta me hacía ilusiones de que iba a ser
escritor y leía mucho; todo lo que llegaba a mis manos era de la biblioteca de los
Hermanos, donde no había libros prohibidos por Roma en el Índice. No obstante, yo
leía de otras fuentes, de libros prestados a algunos de mis compañeros que los
obtenían de las bibliotecas de sus padres.
Recuerdo haber leído en uno de esos libros, creo que en El Capital, de Marx, “La
Propiedad es un robo”. La frase me impresionó tanto que la imprimí con tiza en el
interior de la tapadera de mi baúl, que se guardaba en la ropería. Escribí otros rótulos
en esa misma tapadera, como “El débil no tiene razón de existir”, “El mundo es de los
audaces” y otros por el estilo, de manera que todos los muchachos se divertían
leyendo los tales rótulos y hasta se burlaban de mí.
En una ocasión, una tía mía de León que le enviaba pinolillo y rosquillas a su hijo muy
a menudo, me envió también a mi una bolsa de ellas. Pero solamente pude probarlas,
pues me robaron el resto, y al quejarme, el hermano inspector me dijo que yo tenía la
culpa por haber puesto aquél rótulo de “la
propiedad es un robo”, y que si yo era
propietario de las rosquillas era porque me las
había robado, y el que roba a un ladrón tiene
cien años de perdón. Que el ladrón no era
más que un audaz, a quien la fortuna le había
ayudado a robarme las rosquillas, y que los
débiles y tontos no tienen razón de existir.
Luego me consoló y me dijo que no tomara
en cuenta esas burlas pero que borrara
aquellos rótulos estúpidos que tenía en mi
baúl.
Otra anécdota que recuerdo como estudiante es la siguiente: Había en la Managua de
entonces una sorbetería que se llamaba “Las Brisas”, la cual tenía un rótulo con un
gran número 6, lo que significaba que la copa de sorbete costaba seis centavos; los
muchachos del Pedagógico llegábamos los domingos a tomarlas. Esa refresquería tenía
un trabajador y mesero que era mudo; además tenía como propaganda del negocio,
un reto para todos los clientes y muchachos. El reto consistía en poner un servicio de
sorbete en una copa y al lado un platillo con galletas de soda simple. Entonces le
daban a escoger a uno, las galletas o el sorbete. Una vez hecha la elección, sentado el
mudo frente al muchacho retador, se contaba hasta tres y ambos comenzaban a
comer. El que terminaba primero ganaba y no pagaba nada; el perdedor pagaba todo.
Los muchachos del Pedagógico nunca habían podido ganar la apuesta, pues todos sus
candidatos habían sido derrotados. Un domingo de tantos, me escogieron a mí para ir
a retar al mudo de “Las Brisas”. Por supuesto que yo no iba a pagar nada, ganara o
perdiera, así que acepté con la condición de que el mudo me diera la revancha, es
decir que si me ganaba la primera vez, yo podría escoger de nuevo. Todos los
muchachos aceptaron creyendo que yo no me iba a
dejar humillar por aquel mudo a quien nadie había
podido ganarle. Llegamos e inmediatamente pusieron
sobre la mesa una copa de sorbete, y en mi prisa de
comérmelo rápido, me metí dos cucharadas grandes a la
boca, que se me congeló y me causó mas bien dolor,
mientras el mudo tranquilamente terminó sus galletas
antes que yo.
Todos los muchachos quedaron decepcionados, pero me
instaron a la segunda prueba. Yo empecé con las
galletas esta vez, y al quererlas tragar me faltó saliva y
se me hicieron polvo en la boca. El mudo,
tranquilamente se comió su sorbete y yo perdí por
segunda vez. Los muchachos me reclamaban que yo era un infeliz, que en el colegio
era un gran tragón y que terminaba primero que todos, pero ahí el mudo me había
humillado.




En el submundo de los oficiales, clases y soldados, en tiempo libre se relacionaban con
“chivos” proxenetas y prostitutas y algunas jovencitas que habían llegado compradas
o cambiadas en otros prostíbulos del resto del país, llegadas hasta allá desde otras
ciudades. Ya puestas ahí no se podían ir, pues poco a poco las iban enjaranando con
ropa y zapatos, hasta que llegaban a deber mucho y quedaban generalmente
esclavizadas. Su acreedor era su dueño y por eso, las podían cambiar por otras más
jóvenes o “de mejor calidad”.
Ese angelito, mal vestido y que vende enchiladas por aquellas calles peligrosas,
ignorando el peligro que corre, tiene que ser auxiliada ya por una mano divina. ¿Dónde
esta Dios en ese momento? Realmente no sé que estaba haciendo Dios. ¿Dónde
                                                   estaban las once mil vírgenes o
                                                   todas las legiones de Ángeles,
                                                   destinados a salvaguardar a las niñas
                                                   que van por el mundo abriéndose
                                                   paso entre ramazones del maligno?
                                                   En aquel estado de cosas, una niña,
                                                   una nueva niña, está a punto de
                                                   dejar abandonada la rueca para
                                                   ingresar al valle de la muerte. Sí la
                                                   mamá de Luisa o el papá hubieran
                                                   sabido el peligro que ella corría,
                                                   jamás la hubieran mandado sola a
                                                   vender, acompañada únicamente por
                                                   su raquítico y pequeño hermano.
                                                   Una tarde de extraña brisa, entró
                                                   Luisa a una casona abandonada
donde había una vieja letrina. Iba a hacer sus necesidades. Se bajó su ropita interior,
sin percatarse que por detrás era observada con mucha lascivia por unos ojos rayados
en verde-amarillo. Eran los ojos del Sargento, jefe de toda la guarnición, quien la había
seguido silenciosamente. Le había regalado un peso a su hermanito para que comprara
en una pulpería que estaba alejada y aprovechó aquella ingenuidad de Luisa de creer
que la Guardia era para cuidarla. Ágilmente, el sargento entró a la letrina, la toma de
un brazo delgadito y frágil, la tumba al suelo. Ella quiere gritar, pero le tapa la boca.
Ella se arrastra como una culebra apaleada por el tambo oscuro de aquella casa
abandonada; se mezcla su inocencia con el dolor de la impotencia. Aprieta sus
dientecitos y resiste. Recuerda las palabras de un guardia misquito que la enamoraba
de vez en cuando y que le decía: “Mujer que se aguanta una cubeta de agua, se
aguanta un hombre”. Ese recuerdo le ayuda a soportar su dolor. Luisa fue
tremendamente violada aquella tarde húmeda.
Cuando su padre la vio llegar, desgarrada su ropa y su inocencia, cayó de rodillas
llorando con ambos brazos abiertos al cielo como pidiendo Justicia. Lloró aquel trágico
suceso, donde su pequeña era la victima. Lloró desconsolado al no poder hacer nada
en contra de aquel infame sargento, enviado hasta allá para salvaguardar nuestras
fronteras.
La mamá, por el contrario, empezó a gritarle; le pegó con varillas de “pata de paloma”,
que duelen mucho. La arrastró por el patio, y si no ha sido por su papá, la mata. Allá
en el cuartel, el sargento, tal como si había alcanzado su máxima victoria amorosa,
comentó: “la rompí.” -Los guardias guardan silencio, con una sonrisa estúpida-
Queda la pequeña sin saber adónde ir. Su propia madre la había corrido y su papá,
para no contradecir a su mujer, la dejó ir sin hacer nada. Poco a poco, la familia se
fue acostumbrando y guardó silencio prudente, más por miedo que por otra cosa. La
comunidad, temerosa, también guardó silencio.
Luisa se fue al pueblo fronterizo buscando a una señora que parecía buena, pues
siempre le compraba enchiladas y le regalaba comida. Esa señora, a pesar que era
dueña de uno de los prostíbulos más
importantes del lugar,      al darse
cuenta de la situación de aquella
infortunada niña, se hizo cargo de
ella. Ahí tenia alimento asegurado,
dormida, ropa de cama y consejos.
La fue criando, la fue cuidando.
Hasta dos años después, empezó a
pintarla, a ponerle vestidos de
colores chillantes, tacones altos,
como para verla más alta, y una
buena tarde la metió al redil de las
prostitutas.
Ahí Luisa aprendió todos los secretos
del oficio. A respetar al chivo del
negocio. A apartar el peso del comandante. A robar relojes, cadenas de oro, a pedir
jugos a los clientes y no bebérselos, para inventariarlos entre sus ganancias del día.
Acompañaba en fila india al resto de sus compañeras de trabajo, los lunes a la sanidad
municipal, para ser revisadas por los doctores del pueblo. Una vez revisadas, recibían
un papelito que las autorizaba a seguir “trabajando”
Luisa no era ninguna tonta; iba ahorrando, ahorrando, ahorrando y así, cuando aquella
buena señora, murió, le compró el negocio a su único hijo, que era un borrachito que
la miraba como una hermana, pues aún en esos desolados parajes, existe la
hermandad y el compañerismo. Ella le compró el negocio y le guardó los reales. Lo
dejó viviendo con ella y lo puso en tratamiento. Pero como este era un enfermo, una
vez en tratamiento, “rompía los fuegos”. Luisa lo tuteaba, lo regañaba, pero él no
paraba de beber. Hasta que una noche se quedó dormido en el suelo y ya no despertó
jamás.
Después de darle cristiana sepultura, Luisa recordó que su papá estaba enfermo y
mandó por él para cuidarlo desde su negocio, pero su papá tenía más de un año de
muerto y ella no lo sabia; Entonces mandó a traer la vieja rueca donde hacía con sus
manitas, fibra vegetal, cabuya, mecate y sombreros. Pintó de colores la rueda de la
rueca y la colgó de la viga principal del negocio, como un símbolo de respeto al trabajo
honrado.




Publicamos nuevamente este artículo en vista de que, por motivos ajenos a
nuestra voluntad, en la edición anterior (mayo 2011) salió incompleto.
Pedimos disculpas a nuestros lectores por esta omisión.

¿Existen los ángeles? ¿Esos seres alados, etéreos, translúcidos, níveos, de caras
bondadosas y dulces sonrisas, lo mismo que los aguerridos, con corazas y espadas
incandescentes listos a defendernos del mal? Sí. Claro que existen, aunque nuestros
ojos mortales no aciertan a verlos.
Tan materializados e imbuidos en nuestros problemas, faltos de                 esperanza,
                                                        espiritualidad y caridad, nos
                                                        privamos de esa experiencia
                                                        maravillosa de ver en ellos la
                                                        gloria del Creador. Millones de
                                                        ellos en forma humana existen
                                                        en nuestro vasto mundo con la
                                                        noble misión de ayudarnos en
                                                        nuestras tribulaciones, animarnos
                                                        y darnos vida. Yo los he
                                                        conocido, pero no como seres
                                                        alados. Tuve la bienaventuranza
                                                        de recibir la misericordia divina
                                                        sin siquiera merecerla.        Fui
                                                        llevada paso a paso hasta el
lugar donde era esperada por ellos, cuya misión era darme una segunda oportunidad
de vivir. Pensarán que mi mente afiebrada deambula en un mundo existencial. No.
Esto es solo un preámbulo de mi testimonio real.
Están aquí, en el corazón de nuestra capital, desconocidos totalmente por mí hasta
hace dos meses y creo que para muchísimas personas. Ellos se cobijan bajo la
Fundación Ortiz-Gurdián, institución altruista creada para dar vida a cientos de
mujeres nicaragüenses que han sido y siguen siendo atacados por ese terrible mal: el
cáncer de mamas y el cérvico-uterino, que como furtivo ladrón aguarda en la
oscuridad, listo para atacar sin previo aviso, y en muchos casos, sin dar lugar a la
victima a defenderse.
Siempre pensamos que este tipo de mal no nos atacará y cuando eso sucede nos
preguntamos ¿Por qué a mí? Esto lo experimenté yo. Sin previo aviso, sin siquiera
poder captar el enorme significado de la terrible realidad, a escasas tres semanas de la
primera cirugía de la cual creía había salido bien librada, fui enfrentada con el horrible
diagnóstico de: “Tiene células malignas y debe someterse sin demora a una segunda
cirugía”.
¿Qué se siente en esos momentos?
¿Angustia? ¿Miedo? ¿Negación? No lo
recuerdo. Solo sé que grité: “No, no, no
me opero”. Mi hija me miró con firmeza
y tomó mi mano en las suyas y sin
alterarse me dijo: “Si mamá, lo harás; el
Señor a quien tú clamas te está dando
otra oportunidad de vida”. En esos
momentos recordé un artículo escrito
por mí recientemente sobre la
desesperanza y cité al Reverendo
Charles Allen, quien sostiene que
“pensar que alguien está fuera de toda
esperanza es darle un portazo a Dios”. Entonces me dije “bueno Señor en tus manos
estoy en Ti confío”. Los ángeles que me devolvieron la vida trabajan con amor,
paciencia y una enorme comprensión del sufrimiento humano. Día a día devuelven
sonrisas de esperanza o cuando el mal ha tomado dominio del cuerpo, dan el paliativo
con medicamentos, y al alma con la palabra dulce de la consejería emocional.¿Cómo
llegué allí? Sin temor a equivocarme sostengo que de la mano de la Divina Providencia.
Una pequeña fractura en el pie dio lugar a un chequeo general no previsto, hasta dar
                                           con un pequeño nódulo en mi seno derecho.
                                           Consulté con algunos Centros Médicos hasta
                                           dar con la persona providencial que me puso
                                           en contacto con la Fundación Ortiz-Gurdián.
                                           Sé de varias fundaciones altruistas en
                                           Managua y el resto del país y estoy segura
                                           que también moran ángeles de misericordia
                                           que no sólo curan el cuerpo sino también el
                                           alma.
                                           ¿Soy una sobreviviente? No lo sé. El tiempo
                                           lo dirá. Actualmente estoy libre, pero ahora
                                           tengo la certeza que el Señor de la
                                           Misericordia siempre nos da una segunda
                                           oportunidad, valiéndose muchas veces de
                                           sus hombres-ángeles para darnos una
                                           misión. Ruego poder escuchar su voz. Por
                                           el momento creo que debo divulgar Su
                                           Misericordia y hacer pública la labor de estas
                                           maravillosas personas que desde el amable
                                           portero,     recepción,    cuerpo     médico,
enfermeras, terapeutas hasta la Administración, transmiten a la aterrada paciente el
calor, el amor, la dulzura y su verdadera vocación de servicio.
Conozcamos su callada labor y ayudemos de acuerdo a nuestras posibilidades a la
Fundación Ortiz-Gurdián para que más mujeres nicaragüenses que sufren este terrible
mal y no cuentan con las posibilidades económicas suficientes, puedan seguir teniendo
una segunda oportunidad.
Mayo 2011
A partir de esta edición. la Revista Vox Pópúli publicará por entregas, parte
del Diario del recordado y notable periodista Pedro Joaquín Chamorro C.
Director del Diario La Prensa, el cual lo escribió cuando estuvo prisionero en
las ergástulas somocistas, después del intento fallido de derrocar al Dictador
Luís Somoza, en lo que se conoció como la Invasión de Olama y Mollejones,
en 1959. Esta aventura bélica fue una de las primeras acciones que
emprendió el Mártir de la Libertades Públicas en su lucha contra la
dictadura.

PRÓLOGO
Este es un diario auténtico. Lo escribí durante tres o cuatro meses, primero en las
celdas de la Tercera Compañía y después en las del Primer Batallón Presidencial, Loma
de Tiscapa. Lo iba haciendo en pequeños trozos de papel que escondía
cuidadosamente en mil lugares, hasta que podía trasladarlo a manos de mi esposa,
por medio de algún abogado o de las personas que esporádicamente me visitaban. Ella
lo copió íntegramente, y por esa razón y porque sufrió conmigo los azares de esta
aventura, puedo decir que el diario también es suyo. Que ella lo ha hecho y lo ha
vivido junto conmigo.
Muchos de sus capítulos no tienen hilación con los demás, pero todos ellos están
construidos dentro de un marco de autenticidad que revela el estado de un hombre
recluido, aislado del mundo y juzgado con infamia y arbitrariamente. Son como las
pequeñas luces de una calle oscura, que aunque no describen todo el trayecto de lo
que se ha dado en llamar la “Invasión de Olama y Mollejones”, marcan el gran
trazo que siguió ese momento de nuestra vida.
Cronológicamente hablando, lo de Olama y Mollejones comenzó en una playa
costarricense llamada “La Llorona”, lugar inhóspito pero de gran belleza natural, donde
más de 100 jóvenes nicaragüenses se concentraron durante mes y medio con el objeto
de entrenarse, armarse y trasladarse
luego a Nicaragua para formar parte
de una revolución, en la cual debían
de participar muchas otras fuerzas
vivas del país.
La Llorona es un sitio bordeado de
palmeras y cocos. Sus noches
cálidas dentro de una latitud tropical
bien definida, hacen que el monte
inexplorado esté lleno de toda clase
de insectos. Allí no hay comida, sólo
agua.     Allí   se   estableció    un
campamento        rudimentario   pero
provisto de todo lo que el hombre
necesita para subsistir en la civilización, aunque sin ninguna clase de comodidades.
Había una estación de Radio clandestina para comunicarse con San José, y la comida,
el vestuario, las armas, las municiones, etc., todo, se llevaba desde la capital
costarricense en aviones que aterrizaban en la playa.
El secreto de este establecimiento militar fue guardado en absoluta reserva durante
mes y medio, a través de cuyo tiempo los nicaragüenses que vivieron allí sufrieron
cansancio, enfermedades y un régimen disciplinario al cual casi ninguno de ellos
estaba acostumbrado. Caminaron cuatro a seis horas diarias en el lodo, abrieron sus
propias veredas a través de la montaña, hicieron sus alimentos y practicaron el manejo
de las armas.
De La Llorona fuimos transportados en avión a Nicaragua. Una cálida mañana de
mayo, los primeros sesenta en quienes recayó la obligación de iniciar el viaje,
marchamos sobre la costa interminable de La Llorona hasta el punto en el que el DC-
46 que había de traernos iba a aterrizar. Antes de subir, cada pasajero fue pesado en
una romana con todo lo que llevaba, y uno de los compañeros marcó en una hoja de
papel los totales. Luego, quienes tenían que ir a bordo se despidieron de los demás,
simple y sencillamente.
El avión permaneció con los motores encendidos para no atascarse en la arena,
vibrando y moviéndose lenta, lentísimamente, hasta que se dio la señal de que el cupo
estaba completo; se cerró la puerta y Víctor Manuel Rivas Gómez envió hacia adelante
los aceleradores del aparato. Era el 31 de mayo de 1959. Volamos primero sobre
Puntarenas y luego en medio del Gran Lago. El piloto escuchaba constantemente a
través de los audífonos del radio, y en la cabina de pasajeros todos iban sentados en el
suelo enmarañados en pequeñas pláticas sin importancia. Nadie preguntó adónde lo
llevaban, nadie curioseó el paisaje a través de las ventanas y del ambiente exterior.
Sólo tuvimos contacto con una niebla fina que se colaba por algunos vidrios rotos del
avión. Parecía que todos íbamos fumando, pero nadie fumaba.
El aparato aterrizó dando saltos mortales. Parecía que iba a quebrarse en dos y
                                                   durante unos segundos casi cayó al
                                                   fondo de un barranco. Nicaragua
                                                   estaba ese día llena de sol. Encima
                                                   de Santo Tomás y los otros
                                                   pueblecitos de Chontales no había
                                                   nubes;     se     podían     ver   los
                                                   campanarios de las iglesias y la curva
                                                   plácida de la carretera al Rama.
                                                   Allí abajo, en un mínimo punto de
                                                   nuestro mapa, se adivinaban unas
                                                   mantas blancas extendidas y unos
                                                   hachones de fuego marcando el llano
que se ha llamado siempre de Mollejones. Bajamos. Anduvimos caminos y andurriales;
fuimos perseguidos, bombardeados, ametrallados y atacados por la infantería de la
Guardia Nacional, y después de 15 días, obligados a rendirnos.
Después que nos capturaron en el sitio llamado Banadí, fuimos llevados a Managua,
donde se nos siguió un proceso por “traición a la Patria”, resultando los principales
implicados con sentencias de 8 años de prisión.
Cumplido un año de prisión, parte del cual pasé enfermo en el Hospital Militar, junto
con Reynaldo A. Téfel, fuimos amnistiados por una ley del Congreso. Al salir de la
cárcel, encontré copiado por mi esposa, todo lo que había escrito a lápiz en pequeños
papeles. Sólo se han modificado algunas frases, palabras, quizá, por razones de estilo.
Se trata del diario de un preso, que pasa hoy directamente de la cárcel, a quien desee
leerlo.
Junio de 1961




En la próxima Edición: Los derrotados - La acusación
                                   Cuando el gran Harry Houdini visitó Nicaragua,
                                   invitado por el Presidente Zelaya para la inauguración
                                   del ferrocarril, toda la sociedad se vistió de gala para
                                   su recibimiento. La banda del Ejército lo recibió en la
                                   estación nuevecita, con estructura de metal bruñido y
                                   bancas de cedro. Era un cruel martes de un sol
                                   cegador que caía a plan sobre la ciudad pero, a pesar
                                   del calor, la gente vistió su ropa de domingo; los
                                   hombres con sus linos y sus corbatas y las mujeres
                                   con sus sombreros y largas enaguas. El palillón de la
                                   banda del Ejército hacía malabares con su bastón,
                                   mientras los músicos interpretaban marchas militares
                                   de los marines de Estados Unidos.
                                   No más bajar del vagón presidencial, cedido por el
                                   propio Zelaya, Houdini le pidió prestado al palillón su
bastón, hizo también unos cuantos malabares y al final lo tiró muy arriba y el bastón se
convirtió en una blanca paloma que salió volando y se perdió en la distancia. Toda la
muchedumbre lanzó una profunda exclamación de asombro y admiración. El palillón,
con una gran tristeza, se quedó viendo
desaparecer la paloma sin saber qué hacer
ahora con sus manos vacías. Houdini,
mostrando una gran comprensión y
solidaridad humana, le dio su sombrero de
fieltro y en cuanto el palillón, extrañado, lo
tocó, el sombrero se convirtió de nuevo en
su querido bastón. Del asombro y la
admiración, el público pasó a la apoteosis.
Llevaron a Houdini en hombros hasta la
casa presidencial donde lo esperaba el
presidente Zelaya, y éste lo recibió con un
largo discurso en el que aprovechó para
exaltar los logros de su gobierno y la
inauguración del ferrocarril, por supuesto.
A pesar del quebranto a causa del largo
viaje por mar y tierra, esa misma tarde, en
un potrero con árboles adornados con
papelillos de colores y donde pastaban mansas vacas, el mago y escapista Harry
                               Houdini dio su primera presentación. Los diarios de la
                               época recogieron para la historia este día glorioso. Y no
                               era para menos; Houdini permitió que lo encadenaran
                               con dos o tres vueltas, y ante la mirada atónita del
                               público, los candados se abrieron solos, y las pesadas
                               cadenas cayeron a sus pies como grandes y mansas
                               serpientes de metal. Después regaló a los presentes con
                               manzanas y peras. Ochocientas sesenta manzanas y
                               ciento ochenta peras fueron obsequiadas esa tarde, y
                               todas las sacó de su sombrero ante la mirada incrédula y
                               maravillada de los asistentes. Por la noche fue invitado
                               por el presidente Zelaya a unas copas de champaña en
                               compañía de sus ministros; además, el presidente le
                               preparó una habitación en su propia
                                                            residencia. El Gobierno de los
                                                            Estados Unidos decía que era
                                                            un dictador y el propio
                                                            presidente Tafft lo había
                                                            llamado        “un     déspota
                                                            ambicioso y cruel”, pero
                                                            Houdini encontró en él a un
                                                            hombre ilustrado, progresista
                                                            y de una gran cultura.
                                                            Al día siguiente Zelaya lo
                                                            llevó a visitar a Rubén Darío,
                                                            poeta nicaragüense de quien
                                                            había oído hablar cuando
                                                            ambos       coincidieron    de
pasada por Nueva York. Cuando estaba en su país, Darío era una visita obligada.
Rubén estaba con su amigo, el Doctor Luís M. Debayle. Houdini era escritor también,
autor de un par de libros. Uno de ellos, “A magician among the spirits”, había tenido
una gran demanda y Rubén le dijo
que eso también era una liberación y
que era una proeza mayor que la
que realizaba con los candados y las
cadenas.
La velada fue en mucho placentera y
se prolongó hasta altas horas de la
noche. Houdini regaló a los tres
amigos con varias botellas de whisky
que sacó de la chistera. “Este le dijo
el presidente Zelaya es el mejor
acto que has hecho en tu vida”.
Rubén era un dandy y esa noche
derrochó bromas y buen humor, y el doctor Debayle le diagnosticó al mago que esa
manchas en la cara eran clara señal de un hígado graso. Ya para marcharse, Rubén
propuso: “Harry, my good friend, ¿no podrías hacer un último acto de magia para tus
amigos y sacarte del sombrero una última botella?”. Todos celebraron la ocurrencia.
                                       La limusina presidencial esperaba y el chofer de
                                       librea gris y quepis negro les abrió la puerta.
                                       Zelaya y Houdini se acomodaron en el asiento
                                       trasero y el auto partió levantando una
                                       polvareda. Houdini reconoció en el chofer al
                                       flaco palillón que lo había recibido en la estación
                                       y lo saludó como a un viejo amigo. La próxima
                                       presentación sería a la mañana siguiente, en el
                                       lago Xolotlán, y todos los managuas desde muy
                                       temprano abarrotaron la costa. Bajo los árboles
                                       y parasoles de colores esperaron impacientes el
                                       arribo del gran mago, quien llegó en la limusina
                                       presidencial a la hora señalada. El presidente no
                                       podía asistir porque tenía un asunto de Estado,
                                       una tal Nota Knox. Estaba molesto y le dijo que
                                       debía responderla lo más pronto posible. Houdini
                                       vestía un impermeable negro de la cabeza a los
pies y se encaminó a la orilla del lago con el chofer, quien, por órdenes directas del
Presidente se había convertido en su edecán, en su ayudante personal.
En el muelle habían colocado una jaula de metal, y dentro de ella, otra jaula, y dentro
de esta, otra más. Houdini abrió las tres puertas y el edecán, que se llamaba Enrique,
se encargó de atarlo con las cadenas y enllavar los doce candados y después, con
redoble de tambores de la banda del ejército que el presidente Zelaya nuevamente
había cedido, lo bajaron lentamente dentro del lago. A los tres minutos exactos, según
sus orientaciones, subirían la jaula. El redoble de
tambores continuaba y Enrique empezó a comerse
las uñas. A los tres minutos exactos la jaula fue
subida pero estaba vacía. ¿Dónde estaba Houdini?
Unos remeros buscaron en las aguas y debajo del
muelle y nada. Una señora que se protegía con
una toalla, oyó una voz a sus espaldas que decía:
“Señora, ¿sería tan amable de prestarme su
toalla?”.   La    señora    se   volteó    molesta,
preguntándose quién sería este fresco. Entonces
vio que era el mismo Houdini en carne y hueso,
con su impermeable negro y el agua chorreándole
de la cabeza y los pies.
La gente rompió en aplausos y bravos y Enrique
derramó lágrimas de alegría. En apenas unos
pocos días había aprendido a querer a este
hombre, se había asomado a su corazón,
descubrió en él su grandeza y supo entonces que
era un hombre humilde, generoso y bueno.
Houdini se quedaría sólo una semana más, el
tiempo se le terminaba. Al final de uno de los actos, Enrique le dijo que quería
acompañarlo en su viaje de regreso a los Estados Unidos. “Pero, ¿y tu familia”? “Sólo
vivo con mi madre y una hermana y ya hablé con ellas. Yo quiero ser su ayudante
personal y tal vez algún día me enseñe los secretos de su magia”. A la mañana
siguiente partieron. La misma orquesta del ejército que lo llegó a recibir, también lo
                                           llegó a despedir, pero el palillón era otro
                                           ahora.
                                           Enrique acompañó a Houdini en sus giras
                                           por la Unión Americana y compartió sus
                                           grandes éxitos, pero un día el mago
                                           enfermó de muerte y regresaron a Detroit,
                                           su ciudad natal. Houdini miraba a Enrique
                                           como a un hijo fiel que nunca lo había
                                           abandonado y lo premió con un estipendio
                                           para que viviera el resto de su vida.
                                           La agonía fue breve, como tiene que ser
                                           para los hombres buenos y nobles. Antes de
                                           morir, le prometió que su último gran acto
                                           sería escapar de su ataúd, y Enrique le
                                           creyó como le había creído todos desde
                                           aquel lejano día cuando convirtió su bastón
                                           en una blanca paloma. Desde la muerte del
                                           mago, Enrique, con otros admiradores de
                                           Houdini, iban al cementerio para estar
                                           presentes cuando este abriera la tapa de su
ataúd y saliera de la bóveda. La espera se prolongaba pero ellos perseveraban.
Una noche, cuando regresó a a su apartamento, Enrique encontró una carta de su
madre. “Hijo mío. Sé que quisiste al mago como a un padre y que le creíste hasta
cuando dijo que se iba a escapar de su ataúd, pero la muerte no ata con eslabones de
metal y de sus ataduras sólo uno pudo escapar. Además, alma inocente y pura, ¿diez
años no son suficiente espera?
Revista 7 Días Edición 524 de Agosto de 2007- Título original del articulo:
Esperando a Houdini.




Ephraim G. Squier fue diplomático, periodista, arqueólogo, abogado,
profesor, ingeniero, etc. pero sobre todo fue un viajero. Estuvo en Nicaragua
un año justo, de 1849 a 1850. Llegó a nuestro país como Encargado de
Negocios de los Estados Unidos en Centroamérica. Su misión oficial era
disputarle a Gran Bretaña, en representación de los U. S. A. el dominio que
aquella nación ejercía entonces sobre La Mosquitia nicaragüense. El
resultado de su gestión fue el Tratado Clayton-Bulwer. De su libro,
“Nicaragua, sus gentes y paisajes” extraemos este relato acerca de los
carreteros leoneses de esa época, donde demuestra su gran capacidad
descriptiva.

En las zonas pobladas de Nicaragua, en donde el terreno es completamente llano o
ligeramente anfractuoso, utilízase casi sólo la carreta para transportar mercaderías
importadas y productos del país. Son artefactos de construcción muy tosca, pero
parecen ser lo más apropiado para el caso. La cama consiste en una sólida armazón de
madera, y las ruedas, como ya lo he dicho, son de una sola pieza, cortadas de
cualquier árbol de madera fina, más comúnmente de caoba. No son aserradas; se
labra a punta de azuela, pensando más en su utilización que en su simetría o belleza. A
los bueyes, animales vigorosos y duros para el trabajo, no se les unce a un yugo, sino
que se les coloca una barra de madera sobre la parte delantera superior de la testuz,
atándosela fuertemente a los cuernos. Es corriente poner dos yuntas a las carretas y a
veces hasta tres.
Cuando los carreteros hacen largas jornadas con carga pesada, llevan una o dos
yuntas más sueltas por delante o mancornadas detrás de las carretas, tanto para
servirse de ellas en caso de atascarse, como para relevar a los animales cansados. Con
cada carreta van dos hombres; uno armado de machete o fusil- va delante
desembarazando el camino y guiando a los bueyes; el otro marcha a pie atrás, o
montado en la carreta, llevando en las manos un largo chuzo con el que “toca” a los
animales cuando flojean. Este género de exhortación va acompañado de gritos que
bien pueden ir dirigidos a uno solo o a todos los bueyes en conjunto ya que todos
tienen su propio nombre-, y de epítetos, más fuertes que galanos. De esta suerte, la
proximidad de una carreta puede advertirse desde media milla o más. Y no sólo por los
gritos y maldiciones de los carreteros, sino también por los rechinidos de las ruedas y
los barquinazos del armatoste, lo que infaliblemente pone de punta los más reposados
nervios.
A la orilla de los caminos nicaragüenses se ven siempre fragmentos de carretas
destrozadas: ya una rueda hecha trizas, ya un eje partido en dos. Y puesto que lo
primero que se rompe son los ejes, cada carreta lleva de reserva dos o tres. Pero si el
carretero no ha sido previsor, en caso de necesidad corta en el camino el primer árbol
de madera fina y tamaño apropiado que encuentra, hace un nuevo eje, y en media
hora va de viaje otra vez.
El peso de la carga que se pone a estos rudos vehículos es casi increíble. El promedio
es de dos mil quinientas libras, y hacen de veinticinco a cuarenta millas por día,
dependiendo, en parte, del tiempo que haga. De las tres o cuatro de la mañana, hasta
las ocho o diez, y luego de las cuatro de la tarde hasta las nueve de la noche son las
horas corrientes de viajar, ya que entonces la brisa es relativamente fresca. Cada
carreta lleva cierta cantidad de zacate y maíz para los animales, y los carreteros,
cuando les coge la noche, acampan en cualquier parte del camino. Los hombres
amarran los bueyes a los árboles cercanos, encienden una fogata y hacen su café.
Luego se atan un pañuelo a la cabeza y, si es verano, cuelgan sus hamacas de dos
árboles y se echan a dormir.
A menudo, dos o más
carreteros viajan en
compañía            para
ayudarse mutuamente
en caso de accidente, y
entonces sí que sus
campamentos al darse
uno de boca con ellos
en la noche          son
sumamente
pintorescos. En tales
ocasiones se ve a unos
hamaquearse
pausadamente, a otros en el suelo y a otros más ocupados alrededor del fuego,
mientras todos fuman con inquebrantable energía. Algunas veces llegan hasta
medianoche jugando a las cartas a la orilla del fuego; y sus ruidosas risotadas y ecos
de canciones, más los gruñidos de las fieras y los ronquidos de los congos, alarman al
somnoliento viajero que cruza la montaña.
Son peones musculosos y joviales estos carreteros, y, al igual que los arrieros
mexicanos, honrados a carta cabal. Los comerciantes jamás temen confiarles sus más
valiosas mercancías, y no creo que se registre un sólo caso en que hayan abusado de
la confianza depositada en ellos. Por el contrario, estas pobres gentes, cuando los
ladrones los asaltan cosa que suele ocurrir- pelean hasta la muerte en defensa de sus
cargas y carretas. Lo mismo que los marineros del lago, constituyen un tipo de
ciudadano casi diferente, y viven en al barrio leonés de San Juan. Algunos son dueños
de muchos bueyes y carretas, que alquilan a miembros más pobres de la fraternidad
de carreteros, entre quienes existe un sprit de corps que no les permite conceder
rebajas ni cometer ninguna otra deslealtad.
El primer productor de café en el norte de Nicaragua fue una mujer; se trata de
Katharina Braun de Elster, esposa del minero Luís Elster; ella en 1854 sembró
café en el huerto de su finca La Lima en las inmediaciones del pueblo de San Ramón.
Los Elster iban en ruta a California atraídos por la “fiebre del oro”, pero decidieron
venir a probar suerte a las minas de San Ramón; él buscaba oro y ella sembró café
que su marido le trajo de las Sierras de Managua; curiosamente, ahora ellos son más
conocidos por el café, que por el oro. El café entonces era visto como una planta de
jardín y como una bebida medicinal y exótica, solo apreciada por los pocos mineros
extranjeros que aquí vivían.
No fue sino hasta a partir de 1882, que inmigrantes europeos y norteamericanos
fundaron las primeras haciendas de café en Matagalpa y Jinotega, con fines
comerciales. Muchos de estos pioneros, así como nicaragüenses, recibieron tierras del
gobierno con la condición de sembrar café. Ellos escogieron las montañas más altas
porque sabían que a más de 1,000 metros de altura el café se desarrollaba de mejor
calidad; nombraron muchas veces a estas haciendas con nombres de su lugar de
origen y así todavía vemos nombres sugestivos en los picos más altos de las cordilleras
Dariense e Isabelia.
Al comienzo acarreaban el café desde sus fincas a Matagalpa a lomo de mula, o en
carreta de bueyes desde Matagalpa hasta la ciudad de León, donde transbordaban la
carga al Ferrocarril del Pacifico, ya existente en esa época, para llevarlo al puerto de
Corinto.
                                                                     Este camino de
                                                                     carretas de León a
                                                                     Sébaco había sido
                                                                     construido        en
                                                                     1832 durante el
                                                                     gobierno del Jefe
                                                                     de Estado don
                                                                     Dionisio Herrera.
                                                                     En 1883 se abrió
                                                                     el     ramal      de
                                                                     ferrocarril de León
                                                                     a     León     Viejo
                                                                                  (Puerto
                                                                     Momotombo). En
                                                                     1902,              el
                                                                     Presidente Zelaya
                                                                     inauguró           el
                                                                     servicio de tren
                                                                     entre     León     y
                                                                     Managua.
                                                                     En 1907, Rubén
Darío nos cuenta que viajó en el nuevo ramal de tren de Masaya a Jinotepe. Sin
embargo la comunicación entre León y Matagalpa continuó siendo en carretas de
bueyes hasta 1903, año que se inauguró el servicio del “Terrocarril”, o tren sobre
tierra.
Fundan la Compañía de Transportes de Matagalpa.
A iniciativas del inmigrante americano William De Savigny, quien reunió en Matagalpa
a un grupo de accionistas nicaragüenses e inmigrantes europeos y norteamericanos
para fundar una sociedad que llamaron “Compañía de Transportes de Matagalpa”,
ampliaron y mejoraron parte de la trocha que ocupaban las carretas de bueyes entre
Matagalpa y León e hicieron un desvío que lleva directamente a La Paz Centro.
Importaron una máquina locomotora a vapor con ocho vagones. Trajeron las piezas
hasta La Paz Centro, donde Otto Kühl (alemán) y Gus Frauenberger (norteamericano)
armaron la maquinaria con los vagones, y la trajeron en triunfo a Matagalpa;
posteriormente vino Nicholas Delaney, de Filadelfia a ayudarles. El primer vagón
llevaba la leña necesaria para la caldera, el resto llevaba la carga. Fue en una
memorable ocasión del 5 de Abril de 1903, cuando la máquina entró triunfante en la
ciudad de Matagalpa, por sus propios medios. Llevaba al frente de las máquinas cuatro
banderas: Nicaragua, Alemania, Inglaterra y Estados Unidos. Contaban los testigos
que la ciudad de Matagalpa se vistió de gala ese día para recibir a estos pioneros que
trajeron la primera máquina automotora en su historia.
“Terrocarril” lo llamaban porque era como un ferrocarril, pero que rodaba sobre tierra
en vez de rieles de acero; viajaba de Matagalpa hasta La Paz Centro, donde se
conectaba con el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua que habían comenzado los
gobiernos conservadores del período “de los treinta años”. El gobierno del general
Zelaya en 1902 continuó el ramal del ferrocarril de Managua a Mateare, conectándolo
con el tramo hasta Corinto; de ese puerto el café era embarcado a puertos de
Europa.
Como no existía el canal de Panamá, el cual no fue terminado sino hasta 1914, los
barcos salían del puerto de Corinto por el Océano Pacífico por la ruta del Cabo de
Hornos en Sur América, de allí pasaban al Océano Atlántico hasta llegar a los puertos
de Nueva York, Londres, Bremen, Hamburgo, Rotterdam y Trieste. El “Terrocarril”
hacía su viaje de Matagalpa a La Paz en cuatro días en verano de ida y cinco días de
                                                          regreso. La empresa tuvo
                                                          poca duración porque la
                                                          pesada máquina se hundía en
                                                          los arcillosos caminos de
                                                          entonces; mulas cargadas de
                                                          carbón y agua le tenían que
                                                          asistir para que prosiguiera
                                                          su aventurado camino. Por un
                                                          tiempo el administrador fue
                                                          Jorge Schmidt y después
                                                          Franz Puschendorf.
                                                          Cuando la aventura fracasó,
                                                          la locomotora y algunos
vagones fueron traídos a Matagalpa y estuvieron guardados en el patio de la compañía
“Matagalpa Power”, de John Willey, localizada en la entrada a Matagalpa, cerca del
puente de la salida a León; otros restos quedaron en Chagüitillo y otros en El Barrial,
lugar cercano a Mina La India.
El Terrocarril, recordado por escritores.
Los miembros de la “Sociedad de Amantes del Ferrocarril en Nicaragua” deberían
incluir en sus récords este esfuerzo matagalpino, llamado Terrocarril, quizás único en
el mundo. En un artículo de don Santiago Delgado sobre la historia del café en
Nicaragua, en la Revista Conservadora # 13, de Octubre de 1961, escribe en la página
39, lo siguiente:
“Como curiosidad histórica, es oportuno narrar que esos primeros plantadores de café
en el norte del país, en el afán de solucionar el problema del transporte, formaron la
“Compañía de Transportes de Matagalpa” y emprendieron la construcción de un
tranvía sin rieles, el cual consistía en una locomotora a vapor que usaba como
combustible la leña del camino y la que arrastraba varios vagones de ruedas anchas
que hacían posible su circulación sobre caminos de tierra. El único maquinista de dicha
locomotora era el señor Otto Kühl, fundador de apreciable familia nicaragüense, quien
efectuó varios viajes entre la ciudad de Matagalpa y León, vía el Jícaro, o sea la misma
ruta del actual proyecto de carretera del Ministro de Fomento, don Enrique Fernando
Sánchez. Este tranvía tuvo como principal problema, además de los troncos
descubiertos por las lluvias en la vía, el del suministro de agua para la caldera, y esto
se debía a la aridez de la zona que cruzaba el convoy. Para obviar esta última
dificultad, su abastecimiento se hacía por medio de un tren de mulas cargadas con
cántaros de agua, mulas que corrían detrás del pintoresco transporte”
Humberto Aráuz falleció en 1997, a los 94 años de edad; contaba que cuando era un
niño había jugado encima de los vagones del Terrocarril en el patio de los Willey. A las
ruedas posteriormente les quitaron los rayos y usaron sus fuertes aros para forrar
paredes de pozos.
Jaime Castro Cano, padre del médico que fue alcalde de Matagalpa, me refirió haber
visto restos del Terrocarril en la Cuesta de La Tinajas, cerca de la Mina La India,
cuando él viajaba de Matagalpa a León montado a caballo, en los años 1935-40.
N d A.
1. Refiere Bill Hawkins que Federico Fley era ayudante de maquinista del Terrocarril;
los Fley tienen una fotografía en la que aparece Federico echando leña a la caldera.
Ellos viven, de la casa de Guy Rourk media cuadra al este, por las bodegas de Eric
Smith Robleto. Guy Rourk era muy inventivo; hizo una prensa para comprimir ladrillos
de tierra, que usó para construir su casa en la salida a Guanuca; esa casa tiene más de
70 años y todavía se encuentra en buen estado.
Escapando (1876-1881)
Indeciso recuerdo conservo del año en que regresamos a Nicaragua; me parece que
fue a principios de 1876. Mi padre, Doña Clara con su hijo Toño, que no tendría un
año de edad, su niñera y yo, nos venimos embarcados en un pailebote hasta Corinto,
de allí al Barquito en una lancha, y de este lugar a León en carreta. Mi padrino Vital se
vino por tierra en bestias propias, acompañado de un sirviente bobalicón llamado
Chicho. Nos reunimos en León y de esta ciudad marchamos para Chontales a caballo.
La niñera del hijo de Doña Clara regresó a La Unión.
Al llegar a Chontales, mi padre y yo nos quedamos en Juigalpa, y mi padrino con Doña
Clara y su hijo se fueron para San Pedro de Lóvago, llevando mi padrino el
nombramiento de Cura de ese pueblo, en donde vivían los padres de Doña Clara. Poco
tiempo después de haber llegado a Juigalpa, mi padre se dedicó al comercio
ambulante y yo le servía como criado, ayudándole en todos sus negocios. En un viaje
que hicimos a San Pedro de Lóvago, como mercachifles, tuve la oportunidad de
conocer a mi madre. Ni el más remoto recuerdo conservaba de ella. ¡Pobre madre
mía! Era una india de pura raza; todavía se reflejaba en su apacible semblante la
gracia y hermosura de su lejana juventud. Habitaba en una miserable choza de paja
en los suburbios de aquel pueblecito. Con ella vivían algunos de sus hijos, Josefa (ya
viuda), Pedro, Santiago y Simona, que era la cumiche. Todos ellos me abrazaron con
cariño.
                                                     Con frecuencia íbamos a Granada a
                                                     comprar mercaderías para ir a
                                                     venderlas, de casa en casa por
                                                     todos los pueblos y andurriales de
                                                     Chontales. En dos ó tres ocasiones
                                                     fuimos hasta San Miguel (El
                                                     Salvador), a las ferias de Ceniza y
                                                     de Noviembre. De allá traíamos
                                                     telas de lana, guatemaltecas, y
                                                     otros artículos que tenían buena
                                                     demanda en la clientela.
                                                     Mi vida en todo ese tiempo era
                                                     bastante amarga: sometido a toda
                                                     clase de trabajos corporales, no
tenía distracciones, ni una sola hora de descanso; si en mis quehaceres cometía alguna
falta, el ramal de cinco látigos caía sin misericordia sobre mis flacas espaldas. Una
vez, rajando leña en el patio de la casa, por impericia o descuido, me herí con el
gavilán del hacha, el dedo gordo del pie izquierdo; ni un gemido lancé siquiera, por
temor de que lo supiera mi padre. Me fui a la cocina y pedí a la cocinera (una indiota
bonachona llamada Secundina) un poco de sal para echarme en la herida. La cocinera,
al ver la abundancia de sangre que me salía, gritó despavorida. Acudió Doña Inés y mi
hermano Pancho, y a la bulla que hicieron, llegó también mi padre, y cosa extraña
para mí, no me castigó; sólo se limitó a exclamar diciendo "¡que muchacho tan bruto!"
y dio la vuelta y se fue.
El único consuelo y alivio de mis penas que entonces tenía, era ir de vez en cuando a
casa de mi abuelita Isabel, quien me acariciaba con sus manos temblorosas. Mientras
tanto, en el transcurso de más de dos años, mi padre había prosperado en sus
negocios; tenía una tienda bastante surtida de mercaderías y había comprado varias
mulas de carga, que yo manejaba en unión de un sirviente de apellido López, cojo de
la pierna derecha, pero muy apto para el recio ajetreo de manejo de bestias de carga.
Con él iba a Granada a traer las mercaderías de mi padre. En otras ocasiones, en la
época de lluvias, íbamos a traerlas de los puertecitos de Guapinolapa (mal llamado
ahora Puerto Díaz), y San Ubaldo. También íbamos a San Pedro de Lóvago a traer
dulce (panela). Allá pasaba horas placenteras al lado de mi pobre madre y de mi
hermano Pedro, que mucho me quería.
Al regresar de un viaje que hicimos a San Miguel (El Salvador), como a mediados de
Diciembre de 1878, mi padre celebró su matrimonio con Doña Inés Arteaga,
legitimando así a los dos hijos que con ella tenía, Pancho y Lastenia. Ese matrimonio
desagradó mucho a mi abuelita Isabel, y contribuyó bastante a que ella me alentara
para salir del poder tiránico de mi padre. En efecto, la noche del 31 de Diciembre de
aquel año, resolví abandonar el hogar. Mi abuelita me suministró unos pocos reales y
en compañía de José Blas Castilla, con quien me trataba como hermano, tomé el
camino de San Ubaldo, pues hasta allí había ofrecido aquel acompañarme. En San
Ubaldo me embarqué en una piragua que me condujo a Granada. En esta ciudad me
junté con Domingo Ramírez, muchacho de Juigalpa muy amigo mío. Lo invité a que
nos fuéramos para Costa Rica, y con entusiasmo aceptó.
En la madrugada del 6 de enero de 1879, salimos de Granada, Ramírez y yo, y a
trotecito largo tomamos el camino de Rivas, formando una buena pareja de
vagabundos, cuyo capital no ascendía ni a tres pesos. Pernoctamos a orillas del río
Ochomogo, bajo un gran árbol de chilamate. Bien dormidos estábamos, muy
avanzada la noche, cuando nos despertó un ruido tremendo: un furioso huracán
sacudía los árboles; quebró una gruesa rama del chilamate, cayendo con estrépito el
tronco de la rama como a media vara distante de nuestras cabezas; si nos cae sobre
ellas, no habríamos sentido la muerte. Clareaba el alba, sacudimos la modorra, y nos
pusimos en marcha. Llegamos a dormir en el corredor de una casa de hacienda
cercana a Rivas. Al otro día pasamos por esa población y fuimos a pernoctar en una
casita en que nos dieron hospedaje, en los suburbios de San Juan del Sur. El día
nueve seguimos por el camino que conduce a la frontera de Costa Rica. A la salida de
San Juan del Sur, vimos a una cuadrilla de operarios que empezaba a abrir el carril o
abra para tender la línea telegráfica entre Nicaragua y Costa Rica. Llegamos a dormir
a un caserío llamado El Ostional, y al otro día pernoctamos en La Cruz. Allí vendí un
pañuelo se seda (comprado en Granada por catorce reales), en real y medio, para
comprar qué comer, pues nuestro tesoro se había agotado.
Al sexto día de nuestra peregrinación, llegamos a dormir a Sapoá. De allí salimos muy
de madrugada, porque nos informaron que teníamos que pasar por una extensísima
llanura completamente desierta. Por toda provisión llevábamos una tapa de dulce y
una tortilla de maíz. A medio día todavía caminábamos por las estériles llanuras de
Sapoá. La sed nos devoraba. Tan luego divisábamos una fila de arbustos un tanto
verdes, apresurábamos el paso creyendo encontrar el anhelado líquido; pero
llegábamos al lugar de la esperanza y sólo señales encontrábamos en los pequeños
cauces, de que allí había corrido el agua en la estación lluviosa. Por fin, ya casi
desfallecidos por la sed y el cansancio, encontramos en uno de aquellos zanjones, un
charco todo cubierto por una capa de lama verdosa ¡Con qué ansia sorbimos aquella
agua cenagosa! Después nos fijamos en que a una de las orillas del charco estaba el
esqueleto de una res devorada por los zopilotes. También encontramos allí cerca del
charco el resto de un racimo de coyoles, con cuyas almendras completamos nuestro
almuerzo: dulce, tortilla de maíz y coyoles. Ya empezaba a oscurecer cuando llegamos
a una choza, en un lugar llamado Potrerillos. Allí nos obsequiaron con un par de
plátanos asados, y nos echamos a dormir. Al día siguiente nos pusimos en marcha,
cabistidos y pensabajos, con el estómago en un hilo y andando, llegamos como a las
once de la mañana a orillas del río Colorado, y con agradable sorpresa nos
encontramos allí con unos conterráneos nuestros que tranquilamente almorzaban a la
margen del río. Era Don David Báez que llevaba una partida de ganado para el interior
de Costa Rica. Con él iba su hermano Carlos, Ubaldo Calero, muy amigo mío, y otros
muchachos de Juigalpa. Nos invitaron a almorzar y lo que no nos faltó fue el apetito
¡Que hartazgo nos dimos de tasajo con totoposte! Con pocas palabras referimos a
Don David nuestra odisea y él nos sugirió que podíamos agregarnos al número de
arreadores de la partida; así fuimos hasta llegar a Liberia. Cuatrocientos eran los
novillos de la partida.
Pernoctamos como a una legua más allá de la población, en un llano sin zacate. Yo
había cogido por el camino un cusuco (armadillo), bien gordo, y tan luego terminó el
arreglo de vigilancia del rodeo del campamento, nos pusimos, Calero, Ramírez y yo, a
descuartizar al cusuco, a cocer la carne en un caldero y a freírla después en una
cazuela. Terminadas esas operaciones culinarias de alta escuela, formamos rueda los
tres y con toda gana pusimos a funcionar nuestras mandíbulas. ¡Pantagruélico fue
aquel atracón de cusuco! Pero al pobre Calero le fue mal: por la madrugada se estaba
muriendo de una fuerte indigestión. Por ese motivo se vió obligado a quedarse en
Liberia, y yo también asistiéndolo. Fuimos a hospedarnos en casa de un Señor Urbina,
recomendados por Don David Ramírez, mi compañero de peregrinación, quien siguió
como arriero en la partida de ganado y nunca supe más de él. A los dos o tres días de
                                                      estar en Liberia, Calero se
                                                      restableció completamente.
                                                      En uno de esos días se nos
                                                      presentó un amigo y paisano, Luís
                                                      Munguía.      Los tres dispusimos
                                                      irnos para Puntarenas; pero como
                                                      no teníamos el dinero necesario
                                                      para el viaje, resolvimos trabajar
                                                      unas dos semanas al jornal, como
                                                      macheteros, en una finca del dicho
                                                      Señor Urbina, ganando cuatro
                                                      reales al día y la comida.
                                                      Terminado      ese   tiempo,   nos
                                                      pusimos en marcha y llegamos a
                                                      Bagaces.        Allí tuvimos que
permanecer dos días, esperando que llegara embarcación al Bebedero, puertecito
fluvial, que está a pocas millas de Bagaces. Recuerdo que uno de esos días que allí
pasamos, fue domingo; buscando en qué distraernos, nos acercamos a un billar.
Calero y Munguía se pusieron a jugar treintaiuno. Yo estaba de mirón, y uno de los
concurrentes me invitó a jugar dominó. De ese juego yo no sabía más que lo que
llaman cubrir las fichas; sin embargo, acepté la invitación y nos pusimos a jugar.
Después de dos o tres partidas, perdía como cuatro reales, y ya estaba dispuesto a
abandonar el juego, cuando empecé a ganar y a ganar, sin darme cuenta de lo que
hacía; hasta que por fin los otros jugadores se fueron retirando, todos ellos
perdidosos. Yo gané como cuatro o cinco pesos, y aquellos ticos quedaron creyendo
que yo era un gran jugador de dominó.
Al día siguiente nos fuimos para el Bebedero. Cuando llegamos aún no estaba allí el
vaporcito que nos conduciría a Puntarenas. Calero y Munguía se fueron en una canoa
al otro lado de uno de los dos ríos que allí se juntan, con el objeto de comprar comida.
Por la tarde regresó Calero y me dijo que, habiendo encontrado una rueda de
jugadores de dado con mucho pisto, se les despertó la ansia loca de adquirir dinero sin
trabajar y se habían puesto a jugar y perdieron todo lo que tenían; por lo cual me
suplicaba le diera mis ahorros para ir a recuperar lo perdido, pues tenían fundadas
esperanzas en el desquite. No le hice objeción ninguna y le entregué hasta mi último
centavo. Al anochecer llegó al puertecito el Señor Urbina, que iba para San José, vía
Puntarenas. Me preguntó por mis compañeros, y le dije que habían ido en busca de
comida al otro lado del río. Tan luego el señor Urbina bajó de la bestia en que llegó,
yo me acomedí a desensillarla. Enseguida él sacó de sus alforjas un buen parque de
apetitoso bastimento y me invitó a que lo acompañara en la manducatoria, para lo cual
no me hice rogar. Serían los ocho de la noche cuando regresaron mis compañeros, sin
un centavo en los bolsillos; todo lo habían perdido en el maldito juego. Para salir del
apuro, Calero, que tenía carta blanca de Don David para el Señor Urbina, le pidió unos
cuatro o cinco pesos, con lo que pagamos nuestro pasaje. Más noche llegó el
vaporcito, y muy de madrugada zarpó para Puntarenas a donde llegamos no recuerdo
a qué horas. Nos hospedamos en la fonda de unos chinos, recomendados por el Señor
Urbina. Enseguida cada cual buscó trabajo; yo lo encontré en las bodegas de la
aduana. Allí trabajé unos cuatro o cinco días, estibando sacos de café. La siguiente
semana fui a trabajar a un depósito de licores, trasegando ron de unas grandes pipas a
unos garrafones. En uno de esos días me junté con Calero a la hora del almuerzo en
la fonda. Acabábamos de almorzar cuando se nos presentaron unos Agentes de la
Policía y nos llevaron, manu-militari, a trabajar en una bodega de carbón. Durante dos
días y sus noches nos tuvieron en aquel infiernito llenado sacos de hulla y
acarreándolos a lomo hasta un muellecito del estero, de donde eran conducidos en
lanchas al costado del Irazú, vapor de guerra nacional. Bien negros y mal molidos
quedamos de esa carboneada que nos proporcionó la Policía de aquel puerto.
Dos o tres días después de ese incidente (principios de Febrero de 1879), fondeó en el
puerto el vapor "Granada". Yo no tenía que hacer y fui al muelle en busca de trabajo.
Allí supe que a bordo de aquel vapor enganchaban operarios para ir a trabajar al
ferrocarril de Guatemala. Inmediatamente resolví ir a engancharme. Regresé a la
fonda, liquidé mi cuenta de hospedaje, me despedí de Calero y Munguía, recogí mis
trebejos y me fui otra vez al muelle, donde arreglé mi transporte a bordo, yendo como
remero en un bote. Allá me enrolé en el enganche. Zarpó el vapor y dejé a
Puntarenas, recordando siempre la carboneada que allí me habían dado.




                                                   Don Pánfilo Canales era un
                                                   carretero muy trabajador, honrado,
                                                   cumplidor y muy responsable con
                                                   todos, en especial con su familia,
                                                   que era muy numerosa. Se había
                                                   casado con Melbita del Rosario
                                                   Juárez, una joven muy bonitilla,
                                                   morenita, ojos achinados, delgadita
                                                   y caderudita; era un bombón de
                                                   chocolate. Lógicamente, recibieron
                                                   la visita de la cigüeña 14 veces.
                                                   Anualmente venía un nuevo
miembro de la familia Canales Juárez.
Don Pánfilo contaba con sus cuatro bueyes de trabajo, a los que bautizó con los
nombres de: El Tripudo, El Esqueletoso, El Gordo y El Llorón, los que trabajaban día de
por medio, para no fregarlos mucho, ya que el trabajo era muy pesado y comenzaban
desde muy de mañana hasta la tardecita y descansaban hora y media para la comida
del mediodía que preparaba su mujercita del alma. Con sus bueyes y la carreta
trasladaba muchas cosas, vendía piedra cantera, arena de río, enseres domésticos y
muchos tereques más.
Cuando hacían viajes largos, siempre compraba algún tereque para su mujercita y
llegaba alegre diciéndole: aquí te traigo este lindo tereque para que lo usés. Luego
daba la vuelta y seguía en sus trabajos para luego descansar en su hamaca que
mantenía colgada en los horcones del patiecito que daba al solar que estaba sembrado
de árboles frutales y un jardín maravilloso que su mujercita cuidada con mucho esmero
y era la niña de sus ojos.
Los carreteros en el poblado no eran muchos, pero don Pánfilo conservaba muchas
amistades en todos los contornos y era conocido más que la pobreza. Cada sábado por
la tardecita se juntaba con algunos amigos y se dirigían a la cantina de La Pelona, que
servía unos chimbombazos de a peso con su boquita de pájaro; también ofrecía sopita
de frijoles con huevo y chile, chicharrones con tortilla caliente, aguacatito con sal,
mondonguito amanecido y muchas boquitas más al gusto del cliente. En la cantina no
podía faltar la gran roconola que funcionaba echándole un chelín por cada pieza
musical. Algunas veces se aparecían unos guitarristas con su mandolina, los que
animaban a la concurrencia con sus tonadas rancheras que quebraban el silencio de la
noche y comenzaban los gritos de algunos parroquianos, los que con sus buenos
tragos entre pecho y espalda, descargaban sus penas con gritos que cortaban el hielo
de la madrugada. Don Pánfilo, cuando llegaba con sus bolillazos adentro, se quitaba
los zapatos y entraba muy quedito, para no despertar a su Melbita, la que se hacía la
                                                     chancha haciendo creer a su
                                                     marido que estaba dormida y hasta
                                                     medio roncaba la bandidita. Don
                                                     Pánfilo la empujaba despacito
                                                     hacia el rincón de la cama y luego
                                                     se acomodaba para dormir la mona
                                                     y levantarse muy tempranito a la
                                                     jornada del día.
                                                     Eso era todos los sábados y muy
                                                     religiosamente. Nada ni nadie
                                                     podía cambiar ese sistema de hace
                                                     mucho tiempo y lógicamente, su
                                                     mujercita del alma comenzó a
emberrincharse con las tomaderas sabatinas de don Pánfilo. Y comenzó a regañarlo. Le
decía: Mirá Pánfilo, de repente te quedás solito con tus mocosos; de repente te mando
a la chingada grande con todos tus tereques para que nunca más en la vida volvás a
verme, ¿oíste aaaah? - Sí, mujer, ya te oí; ni modo, algún día me voy a componer,
¿tamos claros?...y cada quien salía a sus quehaceres.
Un día de tantos le salió un viaje a Masaya, trasladando a la familia Jiménez. De
regreso, don Pánfilo le compró unas cosas a su mujercita para quitarle la arrechura por
sus bolencas. Le compró unas sillas abuelitas, un espejo mediano, unas chinelas de
cuero y otras de hule, una kimona rosadita y varias jícaras con adornos típicos, una
hermosa luna y un sol y unas campanillas que sonaban cuando el viento las movía.
Aparte de estos tereques, compró unas mudadas para sus catorce chigüines. Cuando
los chavalos divisaron la carreta de don Pánfilo, salieron a su encuentro gritando muy
alegres:” Ahí viene mi papito, ahí viene, qué alegre; mama venga, vamos a recibirlo y
ver qué es lo que nos trae. Sí, vamos, dijo la Melbita del Rosario y fueron a topar la
carreta que venía repleta de tereques.
Y siguieron las visitas a la cantina de La Pelona y después finalizaban donde La
Peluda, nueva cantinera que se había instalado en el poblado, donde servían tragos
más hermosos, con sus boquitas floreadas y calientitas, y lo mejor era que daban
crédito para ocho días, ¿qué tal? Ni modo, a morir dende La Peluda porque atendía
nítido y al fiado. Salían de la cantina como siempre, de madrugada.
Así llegó don Pánfilo a su casa, de madrugada y de la misma forma, muy despacito y
sin hacer bulla, se acostaba al lado de la Melbita. Pero no contaba con que ésta estaba
bien arrecha y le dijo: “Mirá Pánfilo jodido, ya no aguanto más borracheras; mejor
aliñá todos tus tereques y te vas a la chingada grande ahora mismo, ¿oíste, aaah? Don
Pánfilo, del gran susto, se le fue el guaro al diablo al escuchar los gritos de su mujer.
Era una chachalaca y había sacado la caja de lustrar; seguía gritando: llevate todos tus
tereques, no me dejés ni juco, ya Dios me va a ayudar. Los pobres chavalos se
miraban los unos a los otros sin poder decir nada; entonces don Pánfilo, con tono
grave, dijo: está bien, ni modo, me largo con todos mis lindos tereques a la joroba
grande, y llamó a todos sus hijos, diciéndoles: vamos todos, saquemos los tereques de
la casa, no dejemos ni juco, ¿oyeron, aaah? Síi papito, dijeron a coro los muchachos, y
comenzaron a meter los tereques en la carreta. Casi dos horas les tomó en dejar
pelona la casa. En el umbral de la puerta estaba la Melbita viendo que Pánfilo subía a
la carreta, diciendo: Vamos Tripudo, vamos Flaquetoso, vámonos. Y comenzaron a
jalar la carreta, pero de repente don Pánfilo miró hacia su casa donde estaba su mujer
y dio la orden a los bueyes: soo, soo, Tripudo; soo Flaquetoso; y los bueyes detuvieron
la marcha. Se encaminó a su hogar, diciendo: cómo va a ser posible que yo deje mi
mejor tereque, y agarrando a su mujer por la cintura se la echó a tuto y la montó en la
carreta, diciendo: ahora sí voy completo con toditos mis tereques, ¿verdad Melbita?.
Ella se tiró una gran carcajada y le ordenó a sus hijos: bajen todos los tereques y
métanlos a la casa. Ni modo, genio y figura hasta la sepultura…y tomó de la mano a
su Pánfilo. Si no me creen este cuento, pregúntenle a la Melbita del Rosario.




                                                              En el año 1860 vino a
                                                              Nicaragua un español
                                                              llamado     don     Ramón
                                                              Espíndola,    que    había
                                                              residido en Cuba, todavía
                                                              colonia de la Madre
                                                              Patria, y levantado una
                                                              regular fortuna. Aquí en
                                                              Granada instaló un gran
                                                              negocio de botica, en la
                                                              casa que ahora ocupa el
                                                              Banco      Nacional,    ya
                                                              reedificada              y
                                                              perteneciente     a    mi
                                                              madre, Virginia Pasos de
                                                              Quadra. Como el negocio
de medicina abarcaba a toda Nicaragua, y no tenía competencia, vientos muy
prósperos le soplaron y en unos diez años reunió un fuerte capital.
El señor Espíndola trajo a su familia, que se formaba de su esposa, de un hijo varón y
una hija. La señora Espíndola tenía a su servicio una esclavita negra, que ella compró
en una subasta de esclavos de La Habana, cuando tenía sólo doce años de edad. No
descuidó la señora la educación de su esclava, que estimaba altamente. La bautizó, y
fue ella una buena cristiana. Le enseñaron a leer y a escribir y nociones de primaria
que la negrita absorbió con mucha inteligencia.
Cuando el señor Espíndola se sintió muy rico, resolvió regresar a Cuba. La esclavita no
quería de ninguna manera volver a Cuba porque espantaba su ánimo muy tristes
recuerdos de sufrimientos en esa localidad. El señor Espíndola vendió su negocio a mi
tío, el doctor Agustín Pasos, asociado de su hermano José Pasos, para hacerle frente al
precio. Mi madre vivía enfrente de los Espíndola en la casona de los Quadra,
reconstruida en parte. Por el contacto permanente de esquina a esquina, le era muy
conocida la esclavita a mi mamá. La llevada a Cuba de la esclava tenía sus dificultades
para la señora de Espíndola porque en Nicaragua ella era libre y resueltamente se
oponía al viaje. Conocedora de todas estas circunstancias, mi mamá recomendó a mi
tío José Pasos conversar con la señora de Espíndola para ver si quería cederle a la
                                                   esclavita, pagándole el precio que
                                                   había dado por ella en La Habana.
                                                   La señora de Espíndola aceptó la
                                                   propuesta y mi madre pagó por la
                                                   esclavita quinientos duros españoles,
                                                   suma considerable que calculo
                                                   significaría en la actualidad más o
                                                   menos un mil dólares.
                                                   El nombre de la esclava era Ana y su
                                                   destino era dedicarse al cuido de los
                                                   niños, principiando por mi hermana
                                                   Ana Norberta, mayor que yo quince
                                                   años; después se agregó a su cuido
                                                   Eulogio,     más     tarde     Miguel,
                                                   enseguida Margarita y por ultimo yo.
                                                   Así fue ascendiendo en la casa hasta
                                                   llegar a ser ama de llaves con
autoridad sobre todo el resto del servicio. Le pusieron su pieza en el lugar principal de
la casa, su muebles eran buenos y su ropa siempre muy limpia. En sus negocios de
ama de llaves, ella firmaba con el nombre de Negritana, aún a pesar que mi padre la
autorizó para usar el apellido Quadra.
Su historia que ella nos contaba era bien triste y conmovedora. Su madre era esposa
del rey de un estado de negros; por una traición de los negros de la costa, fueron
capturadas ella y su hija predilecta, que gozaba de muchas prerrogativas y halagos.
Despertaba mi fantasía lo que ella me contaba de sus largas cabalgatas sobre
avestruz, que le servía de dócil montura. La madre y la hija fueron embarcadas en un
buque negrero y traídas para Cuba que era centro de venta de los esclavos. Me
contaba el horror del trato que les daban a los esclavos en esos buques. Los flagelaban
por cualquier motivo, y les tiraban la comida como a perros. Pero ella misma nos decía
que a su madre y a ella nunca las maltrataron, dormían en lugares separados sobre
cubierta y participaban del rancho limpio de los marineros. Era que los vendedores
comprendían el buen precio que podían obtener por la madre y la hija.
Llegados a La Habana, y con gran humillación de su madre y de ella, las pusieron
desnudas en una subasta de esclavos. Un norteamericano rico compró inmediatamente
a la madre y se la llevó para los Estados Unidos. Nos decía: fue ese el día más triste de
mi vida, y lloré día y noche sin consuelo. Acto continuo la compró el señor Espíndola
para servirse de ella y aún para un adorno lujoso de su casa.
No tenía queja alguna de la familia Espíndola y la recordaba siempre con afecto. Le
gustaba mucho Nicaragua y su gente, por la libertad de la que se gozaba, abolida para
siempre la odiosa esclavitud y por lo tanto sentía repugnancia hacia Cuba, donde
estaba en plena actividad ese cruel negocio. Todos los pupilos le fuimos muy dóciles,
inclusive el rebelde de Eulogio, pero conmigo extremó su influencia, sobre todo
después de la muerte de mi padre. Ella colaboraba con mi madre de manera admirable
en la tarea de enaltecer ante mí la figura de mi papá. Recuerdo que un día de tantos
estaba en mi casa don Santiago Morales, primo hermano de mi papá, y ella me dijo:
“Fíjate en ese señor, que se parece bastante a tu papá, pero tu padre era mucho más
airoso”. Años de años después, cada vez que recordaba el episodio, me ponía a pensar
qué significaba la palabra “airoso”. ¿Sería fachendoso? ¿Sería un vocablo callejero
cubano? Hasta ahora, al escribir este cabo suelto, mi secretaria, para sacarme de duda
buscó la palabra en un diccionario Larousse ilustrado y he encontrado que era
admirativo para mi padre. Lo copio textualmente: “Airoso-sa: adj. Dícese del tiempo o
lugar en que hace aire. Fig. Garboso, elegante. Fig. Dícese del que ejecuta alguna cosa
con lucimiento: salir airoso de un empeño”. Todo era sobre el plan de presentarme el
modelo permanente de mi padre junto con mi madre: “Anda sucio el niño; tu papá
siempre andaba muy limpio; tu papá nunca andaba agachado; tu papá era muy fino en
su trato y no tenía esos arrebatos tuyos de malacrianza”.
Tenía yo un perro de raza especial que me había regalado una anciana llamada doña
Pascuala Dávila, muy amiga de mi casa y dueña de un gran solar donde iba algunas
tardes con mi niñera a comer
jocotes, por cierto muy ricos de
sabor. El perro era negro, no
muy alto, pero imponente, largo,
sin cola y se llamaba Otelo. Era
mi compañero de toda clase de
juegos, me divertía sorteándolo
como un toro. Otelo tenía sólo
tres amores, mi madre, la
Negritana y yo. A mi madre la
esperaba todas las mañanas
echado en el zaguán de la casa
para recibirla a su regreso de la
iglesia; la acariciaba y mi madre
le pagaba esos halagos con unas
sopas de pan con leche; la Negritana cuidaba de su alimento y cuidaba de que lo
bañaran, y yo, su íntimo camarada de juegos.
Seis años de edad tenía yo, cuando la Negritana enfermó y mi tío Agustín Pasos, su
médico, le diagnosticó cáncer incurable y mortal. Con ánimo cristiano se preparó para
la muerte, y cuando ésta llegó toda la casa se consternó. Velaron el cadáver en la sala
principal, tendida en el suelo sobre una alfombra de merino negro, según era la
costumbre de entonces. El Otelo inmediatamente se echó al lado del cadáver y allí
permaneció durante toda la vela. A mi me enviaron en depósito a la casa de mi tío
Vicente, porque estaba sumamente impresionado. Mi madre convidó por tarjeta para el
entierro. Pero cuando llegaron los del servicio fúnebre y trataron de echar el cadáver
en el ataúd, Otelo, enfurecido, se les iba encima. Mi madre, por la actitud de Otelo, me
mandó a llamar para atarle, porque era el único que podría dominarle. Llegué con la
correa que usábamos ordinariamente para atarlo. Se la prendía del collar, pero al
ejecutar la operación yo me deshice en llanto, y debo confesar que me vinieron
tentaciones de juntarme con Otelo para oponerme a que se llevaran a la queridísima
Negritana. Por la orden estricta de mi madre, me llevé a Otelo para la casa de mi tío
Vicente. Todo el vecindario asistió al entierro, tuvo honras fúnebres solemnes en la
iglesia de La Merced y la sepultaron en el mausoleo de nuestra familia.
Me pasó el dolor más pronto a mí que a Otelo. Más constante en su amor, sólo vivía
triste bajo la cama de la difunta. Se fue enflaqueciendo, y un día de tantos, apareció
con una nube blanca en unos de sus ojos; después se le cubrió el otro ojo y quedó
ciego; pocos días después murió. Mi madre mandó cavar una sepultura de un metro de
hondo al pie de un arbolito de campanillas rojas que estaba en una de las esquinas del
jardín. Ahí fue sepultado Otelo. Sirvió de abono a las campanillas rojas. Llegaban en
bandadas los pajarillos moscas a chupar la miel de las campanillas, y en mi fantasía de
niño me parecía que era cosa de la Negritana: mensajeritos que me enviaba desde el
cielo.




A muchas mujeres modernas no les gusta el papel de la mujer presentado en la Biblia,
pues creen que la mujer deber ser independiente del hombre, que debe tener su
propia carrera. Creen que la mujer debe tener sus propios ingresos para que no tenga
que pedir nada al marido. De esta manera, ella tiene su propio automóvil, compra su
propia ropa, y gasta su dinero como ella misma desee.
Elizabeth, la esposa de Eduardo es una mujer moderna, profesional, tiene su propio
trabajo y su propio automóvil, y ella se puede comprar lo que desee, pero eso no es lo
más importante para ella. Para Elizabeth es más importante obedecer la palabra de
                                        Dios y someterse al sacerdocio de su esposo;
                                        de esta manera Dios la exaltó y la convirtió
                                        en mujer triunfadora.
                                        En su primer matrimonio, Elizabeth estaba en
                                        el grupo de las mujeres modernas descritas
                                        arriba; era una mujer absoluta e
                                        independiente y aunque fue casada por la
                                        iglesia, no estaba convencida de las verdades
                                        bíblicas y su primer matrimonio fracasó. En
                                        segundas nupcias con Eduardo, y en un
                                        seminario al cual asistieron juntos, decidieron
                                        creerle a Dios y ella se sometió al sacerdocio
                                        de su marido, con resultados insospechados
                                        para ambos cónyuges. Elizabeth trabaja,
                                        gana su dinero, tiene su propio carro y puede
                                        comprarse lo que desee, pero eso no es
                                        motivo para hacer contrapeso al esposo; ella
                                        ha entendido que es mil veces mejor ser
                                        obediente a la palabra de Dios que tratar de
vivir la vida a su manera.
Como vemos, la obediencia a los mandatos divinos es condición para ser bendecido.
¡Claro!. Pero el hecho de obedecer para someterse al sacerdocio del esposo no quiere
decir que la mujer sea menos que el marido, pues como ya vimos en Gálatas 3: 27 y
28, en Cristo Jesús todos somos iguales. Los evangelios establecen que toda persona
debe someterse a toda institución humana: “Por causa del Señor someteos a toda
institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores como por él
enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien”, (1 Pedro
2:13 y 14). El hecho de que un ciudadano se someta a la autoridad de un policía, no
significa que el ciudadano sea menos que el policía; el ciudadano se somete por que el
policía tiene autoridad delegada de una institución humana. El matrimonio es una
institución divina y humana establecida por Dios, quien delegó en el hombre el
sacerdocio del hogar. Si, delegó al hombre para que lleve el liderazgo del hogar. Pero
ser el sacerdote del hogar es una gran responsabilidad que muchos no la toman y el
hogar queda al garete y se destruye. Eduardo, en su primer matrimonio, amaba a su
primera esposa, pero no sabía del valor trascendental del matrimonio; el mundo lo
arrastró y como perrito faldero siguió a “Raimundo” buscando la fama, el licor, los
estudios, las damas, como si no hubiese
estado casado. ¿Y no es esa la historia de
miles de nicaragüenses por no decir millones?
Muchos hombres nos preciamos de ser muy
responsables       porque    somos     buenos
proveedores del hogar. Eduardo también lo
era. Pero el ser buen proveedor no es
suficiente. Dios nos manda como primera
prioridad amar a Dios y dedicarle el primer
tiempo a él. Como segunda prioridad nos
manda ocuparnos de nuestra esposa:
“vosotros, maridos, igualmente vivid con ellas
sabiamente, dando honor a la mujer como a
vaso más frágil, y como a coherederas de la
gracia de la vida, para que vuestras oraciones
no tengan estorbo”. (1 Pedro 3:7)
 La mujer fue creada para ser la ayuda idónea de su marido. Pero en ninguna parte de
la Biblia dice que el papel del hombre sea más importante que el de la mujer. La
sujeción de la mujer no requiere que ella simplemente le diga a su esposo: “lo que tú
quieras”, porque el marido no es infalible. Si el esposo anda mal y está llevando a sus
hijos por camino equivocado, la mujer fiel le exhorta con palabras sabias, citándole
textos apropiados para hacer que reflexione. Los dos son una sola carne y deben estar
unidos en sus propósitos y planes: en enseñar, en guiar y en disciplinar a los hijos.
Los movimientos feministas del mundo acusan a Dios de ser machista porque según
ellos, en la cultura Judea- Cristiana prevalece el machismo. Yo no conozco ni una sola
nación en el mundo donde el papel de la mujer sea más predominante que el del
hombre, con excepción de la leyenda de las amazonas. El rol del hombre y la mujer se
definió desde el principio, cuando vivían en una cueva. La mujer se quedaba en la
cueva para alimentar a su bebé, mientras su hombre salía a cazar. El machismo viene
desde la antigüedad por tradición, y ha sido más bien la palabra de Dios la que ha
servido de base para que las naciones legislen y evolucionen en favor de los derechos
del hombre y en favor de la igualdad de derechos de la mujer, como vimos en la
primera parte de este artículo. La tradición machista es un muro que se opone a los
postulados bíblicos. Sin embargo, la igualdad de derechos de la mujer ha venido
avanzando en las naciones de la cultura Judea Cristiana, teniendo como base tales
postulados. Veamos.
En ningún país de la antigüedad se dio a la
mujer tanto valor como el que Dios le dio en las
sagradas escrituras. En Adán y Eva, la primer
pareja, se revela el carácter monógamo del
matrimonio; y en los textos siguientes se exalta
el rol de la mujer : “Honra a tu padre y a tu
madre, para que se prolongue tu vida sobre la
tierra que Jehová tu dios te da (Éxodo 20:12)”;
“la mujer que teme a Jehová, ésa será alabada;
“se levantan sus hijos y la llaman
bienaventurada y su marido también la alaba
(Proverbios 31:28-30)”. Las naciones de Egipto,
Asiria y Persia eran más adelantadas que el
pueblo judío en los tiempos del viejo
testamento, pero aún hoy, en esos países, los
derechos de la mujer siguen tan marginados
como antes; mientras que las naciones que
abrazaron el Judaísmo y el Cristianismo, hoy son
las más desarrolladas del mundo y los derechos de la mujer los más avanzados. Ello
demuestra que el cristianismo, vino a mejorar progresivamente las condiciones de la
mujer en todas aquellas naciones convertidas a la nueva fe. Jesús mismo reitera y
refuerza el carácter monógamo del matrimonio (Marcos 10: 1-12) y viene a dar a las
mujeres, participación activa en el culto a Dios (Lucas 8:1-3). La proclamación de la
igualdad de los derechos de la mujer es común denominador de las naciones de la
cultura Judea-Cristiana, a la que pertenece toda Europa y el continente Americano.
Japón no forma parte de esa cultura y, aunque es una de las naciones más
desarrolladas del mundo, tiene una bajísima posición en el ranking (94/134) de
igualdad de géneros, que mide el Foro Económico Mundial en 134 países. Aún las
naciones menos desarrolladas de América Latina tienen mejor índice que Japón.
Muchos de los logros alcanzados en la lucha por la igualdad de los derechos de la
mujer, van acordes con el evangelio, como la igualdad en los puestos de trabajo, en
los salarios, en los puestos de gobierno, y otros que van en contra del evangelio,
basadas en intereses egoístas de algunas minorías como la despenalización del
aborto, la aprobación de matrimonios entre homosexuales, la adopción de niños por
este tipo de parejas etc. Felicitamos a todos los padres y madres en su día y pedimos a
Dios que el Espíritu Santo siempre nos guíe para caminar en justicia y rectitud.
Managua 8 de Junio 2011 -semillashorteco@turbonett.com.ni




Esa primera semana, como estaba viviendo donde mi primo en la Colonia de Villa de
Cortéz, me levantaba a las 6 AM, me desayunaba en un carretón con un jugo de
naranja y con dos blanquillos, (así le dicen en México a los huevos); tomaba el Metro
hasta la estación de Hidalgo y luego tomaba otro hasta Tlatelolco; allí tomaba un bus
(le dicen camión en México) y ese me dejaba a la entrada del Hospital en donde
realizaba mi Especialización.
Usé la misma táctica que cuando roté por el INSS, en el Hospital: me gané a la Jefa de
enfermeras, siempre ellas manejan todo el papeleo de los pacientes, además que se
conocen el reglamento del Hospital al dedillo; este papeleo era similar al que usábamos
en el Hospital del Seguro Social de Managua, así que no tuve problemas; también nos
tocó irnos a matricular a la UNAM, y tal como nos dijo el Jefe de Enseñanza, el Dr. Ruiz
Velasco, nos hicieron un examen de idiomas; yo lo presenté en francés, y me tocó una
traducción sobre el Manejo de los Tumores de Ovarios en Francia, y gracias a Dios no
tuve problemas, así que me matriculé en el Primer año de mi Especialidad.
                                                          Ya tenía dos semanas de
                                                          estar rotando por este
                                                          servicio, cuando recibí una
                                                          llamada     de    Marsha mi
                                                          esposa,     que    ya    había
                                                          negociado la tienda con su
                                                          mamá, había vendido todo lo
                                                          de la casa y estaba lista para
                                                          juntarse conmigo en México;
                                                          yo mientras tanto, ya había
                                                          conseguido un apartamento a
unas 10 cuadras del Hospital; era un edificio de apartamentos de 5 pisos y el de
nosotros quedaba en el segundo piso. Tenía sala, comedor dos dormitorios, cocina,
servicio de gas para agua caliente y enfrente del edificio quedaba la Avenida
Insurgentes Norte, de tal manera que tomaba el auto bus y me dejaba frente al
Hospital.
Aquí el suegro de mi primo hermano me sirvió de fiador; una vez firmado el contrato,
me entregaron las llaves así que llamé a mi esposa y le dije, ya tenemos apartamento;
ella me contó que en Sears le habían dado una hoja de crédito para que todo lo que
necesitáramos de esta tienda lo sacáramos a plazo. Hoy mismo voy a comprar los
boletos, porque ya tengo las visas y los pasaportes listos, me dijo. La verdad es que
sentí una alegría inmensa, que no podría describir porque ya nos íbamos a juntar de
nuevo la familia, y a iniciar una nueva vida en un país extraño y hasta este momento
muy acogedor.
En la noche que llegué, les conté a Enrique y a su esposa, que Marsha me había
llamado, que ya tenía todo listo para venirse a juntar conmigo. Bueno. me dijeron
ellos, sólo nos avisas para irla a traer al Aeropuerto y apenas venga, amueblas el
apartamento y se trasladan. Mi esposa me confirmó que el viernes a las 4 PM en un
vuelo de Taca estaría arribando a Ciudad México. Marisela, una de las hijas de
Enrique me ofreció su carro para llevarme y ella ese fin de semana tenía libre; todo me
salió de maravilla porque ese viernes pedí permiso al Jefe de Enseñanza por la tarde;
así que desde la 1 PM llegué a la casa de mi primo y me alisté para irme con Marisela
al Aeropuerto. Llegamos exactamente a las
3.30 PM y a las 4.25PM, por la salida No 10
(Gate) venía saliendo Marsha cargando a
Margarita, y con la otra mano, asida de ella,
Marcia Georgina más un maletín que traía en
la mano. Le pedí permiso al Policía y me
permitió entrar para ayudarle; ya había
pasado por aduana, así que le di la niña
mayor a Marisela; yo tomé a Margarita y le
quité el maletín y nos fuimos al parqueo
donde teníamos el carro de Marisela.
¡Qué momento más bello!, hasta llore de la emoción cuando abracé a mi amada y a
mis niñas. A las 6.30 PM llegamos a casa, allí nos estaban esperando Enrique y
Carolina, las otras dos hijas de mi primo, Violeta y Norma y el único hijo varón de él,
Enrique, que a lo sumo tendría entre 12 y 13 años; saludamos, pusimos las maletas en
el dormitorio que tenía asignado y ya Doña Carolina había arreglado dos camitas para
las niñas; más tarde llegó la hija mayor de Enrique, Yolanda, que estaba casada con un
español, con sus dos hijitas, y nos dispusimos a cenar.
Como Marcia venía muy cansada y teníamos que sacar lo que traía en las valijas;
temprano nos retiramos al dormitorio; además que Margarita que solo tenía un año,
venía llorona y solo quería estar en brazos de mi esposa; Marcia Georgina que tenía 3
años, esa se pegó conmigo; bueno le dije, ya el apartamento está listo, mañana vamos
a Sears para ver cómo lo amueblamos y nos pasamos lo más pronto que podamos;
entonces me contó que la casa la dejó alquilada y que con ese alquiler sus padres iban
a estar pagando la mensualidad, que el carro Ford Cortina lo había vendido, así que
traía algo de dinero; bueno le dije, aquí te entrego mi primer mensualidad; hay que
saberla administrar para que salgamos adelante; ahora lo más importante es que ya
estamos juntos
La realidad fue que esa primera semana
que compartí con mi familia y aún viviendo
donde Enrique, yo salía a las 5 PM del
Hospital, y como me venía en el Metro, a
las 5.20 ya estaba con Marcia. Fuimos a
Sears y de allí sacamos los muebles de la
sala y la cocina y nos dieron el crédito sin
problemas; las otras cosas nos fuimos a
comprarlas al Mercado La Lagunilla donde
regateamos los precios del resto de las
cosas. Parece mentira, pero en ese mercado
mexicano hay que saber comprar; si uno se
va al primer precio, lo revientan. Mi primo y su esposa nos entrenaron, de tal manera
que logramos buenos precios y logramos amueblar el apartamento y ese fin de
semana siguiente, lo ocupamos para trasladarnos.
Las Cuatro Esposas

                                             Había una vez, un rey que tenía 4
                                             esposas... Él amaba a su cuarta esposa
                                             más que a las demás; la adornaba con
                                             ricas vestiduras y la complacía con las
                                             delicadezas más finas... ¡Solo le daba lo
                                             mejor!
                                             También amaba mucho a su tercera
                                             esposa; a ella siempre la exhibía en los
                                             reinos vecinos. Sin embargo, temía que
                                             algún día ella se fuera con otro. También
                                             amaba a su segunda esposa...
                                             Ella era su confidente, siempre se
mostraba bondadosa, considerada y paciente con él. Cada vez que el rey tenia un
problema, confiaba en ella para ayudarle a salir de los tiempos difíciles...”
La primera esposa del rey era una compañera muy leal, ya que había hecho grandes
contribuciones para mantener tanto la riqueza como el reino del monarca...Sin
embargo, él no amaba a su primera esposa; aunque ella le amaba profundamente;
apenas se fijaba en ella.
Un día, el rey enfermó y se dio cuenta de que le quedaba poco tiempo...Pensó acerca
de su vida de lujo, y caviló: “ahora tengo cuatro esposas conmigo, pero cuando muera,
estaré solo...” . Así que le preguntó a su cuarta esposa: "te he amado mas que a las
demás, te he dotado con las mejores vestimentas y te he cuidado con esmero; ahora
que estoy muriendo..."¿Estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía...?" "¡Ni
pensarlo!", contestó la cuarta esposa, y se alejó sin decir más palabras. Su respuesta
penetró en su corazón como un cuchillo filoso.
El entristecido monarca le preguntó a su tercera esposa: "Te he amado toda mi vida;
ahora que estoy muriendo, ¿estarías dispuesta a seguirme y ser mi compañía?" “¡No!”,
contesto su tercera esposa. “la vida es demasiado buena !cuando mueras, pienso
volverme a casar!” Su corazón experimentó una fuerte sacudida y se puso muy frío...
Entonces preguntó a su segunda esposa: "siempre he venido a ti por ayuda, y siempre
has estado allí para mí... ¿Cuando muera, estarías dispuesta a seguirme y ser mi
compañía...?" “!Lo siento, no puedo ayudarte esta vez!", contestó la segunda esposa.
"lo más que puedo hacer por ti, es enterrarte". Su respuesta vino como un relámpago
estruendoso que devastó al rey...
“Me iré contigo y te seguiré doquiera tú vayas...” El rey dirigió la mirada en dirección
de la voz, y allí estaba su primera esposa. Se veía tan delgaducha... sufría de
desnutrición. Profundamente afectado, el monarca dijo: “!Debí haberte atendido mejor
cuando tuve la oportunidad de hacerlo!”
En realidad, todos tenemos cuatro esposas en nuestras vidas...Nuestra cuarta esposa
es nuestro cuerpo; no importa cuanto tiempo y esfuerzo invirtamos en hacerlo lucir
bien... “nos dejará cuando muramos...”
Nuestra tercera esposa, son nuestras posesiones, condición social, y riqueza... que
cuando muramos, “irán a parar a manos de otros...” Nuestra segunda esposa es
nuestra familia y amigos; no importa cuánto nos hayan sido de apoyo a nosotros aquí;
lo más que podrán hacer es acompañarnos hasta el sepulcro...
Y nuestra primera esposa es nuestra alma... frecuentemente ignorada en la búsqueda
de la fortuna, el poder y los placeres del ego... Sin embargo, nuestra alma es la única
que nos acompañará doquiera que vayamos...Así que, cultívala, fortalécela y cuídala
ahora! Es el más grande regalo que puedes ofrecerle al mundo. ¡Déjala brillar!

Pensar creativamente

Se te plantea el siguiente dilema
moral:Estás conduciendo tu coche
en una noche de tormenta terrible.
Pasas por una parada de autobús
donde se encuentran tres personas
esperando:
1. Una anciana que parece a punto
de morir.
2. Un viejo amigo que te salvó la
vida una vez.
3. La mujer perfecta o de tus
sueños.
¿A cuál llevarías en el coche, habida
cuenta que sólo tienes sitio para un pasajero?
Piensa la respuesta antes de seguir leyendo.
¿Lo has pensado?
Este es un dilema ético-moral que una vez se utilizó en una entrevista de trabajo.
Podrías llevar a la anciana, porque va a morir y por lo tanto deberías salvarla primero;
o podrías llevar al amigo, ya que te salvó la vida una vez y estas en deuda con él. Sin
embargo, tal vez nunca vuelvas a encontrar a la amante perfecta de tus sueños.

El aspirante que fue contratado (de entre 200 candidatos) no dudó al dar su respuesta.
Me encanta, y espero poder utilizarlo alguna vez en alguna entrevista.
¿Qué dijo?
Simplemente contestó: "Le daría las llaves del coche a mi amigo, y le pediría que
llevara a la anciana al hospital, mientras yo me quedaría esperando el autobús con la
mujer de mis sueños."
Moraleja: Debemos superar las aparentes limitaciones que nos plantean los problemas,
y aprender a pensar creativamente.




Ernesto (El Loco) Brenes fue un personaje matagalpino que murió en los
años sesenta. Para el Centenario de Matagalpa en 1962, fue nombrado “Rey
Feo” del carnaval, y cuando falleció, en 1967, el Poeta Julio C. Rivera
escribió el artículo que a continuación les presentamos, titulado:
Inventario de un pobre millonario

Este último doce de julio, Ernesto Brenes Z. entre dos blancas sábanas, sobre una
almohada azul amaneció estupefacto. La simpática muerte le quitó su vorágine, su
sublime locura, su cordura también.
Los amigos llegamos para hacer su inventario. Le encontramos tendido, ya bien rígido
y pálido. Y le vimos atónito, con sus ojos aún tibios mirando su esqueleto. Y se entró
en regocijo, pues supo que la muerte no ase corva guadaña ni tiene faz de angustia,
cual dijo Darío, sino que simplemente es semejante a Diana, casta y virgen como ella.
Y su asombro duraba y dura todavía, aunque pasen las horas, ¡Ay, las horas eternas!
Y llegamos los hombres de negro o de azul vestidos para hacer su inventario, pues
corría la fama de que aquel hombre era rico, poderoso en dinero, que regaba por
doquier. Le encontramos todo esto, solamente todo esto: un pantalón de dril con
amor remendado y del color del día, de los días de julio que nos dan su complejo de
ser tristes y alegres. Y también le encontramos, sobre aquel pantalón, una faja muy
fuerte, de tan fuerte que era que en los muchos ayunos la apretaba a su ombligo,
estirándola siempre a la primera esquina y nunca reventó. Y también le encontramos
sus zapatos antiguos, sobre los que volaba a brindar su bondad. Y también le
encontramos, debajo de su faja, una bolsa pequeña, ¡y que bolsa tan amplia!, donde
su economía un billete dobló para abrirlo enseguida, multiplicado todo, cual billete
prodigio para cubrir un dolor. Y también encontramos que pendía de un clavo, una
alegre corona de cuando fue Rey Feo para las fiestas del centenario de nuestra ciudad.
La corona estaba compuesta de chiles picantes y rojos y de las tusas blancas con que
se empacaba nuestro maíz. Yo no puedo acordarme de quién oficialmente amarró a
sus sienes su corona de rey y más bien creo que, como Napoleón lo hiciera, él mismo
se coronó. Y también encontramos una viuda llorando y a cuatro hijos bien tristes, con
los ojos nublados, con los ojos llorosos como si acabasen de mirar hacia arriba, donde
el sol poderoso, si lo quedan mirando…pues castiga los ojos haciéndolos llorar.
Y cuando lo llevamos ocho brazos en alto debajo de cuatro hombros, en una tarde gris
a su última mansión, para que allí tuviera vara y media de tierra debajo de la tierra,
pues cuando la trotaba ni una vara adquirió, se llenó de alegría con semejante estreno;
se acostó pecho arriba a encenderse de luz y posó sus mil canas sobre la almohada de
tierra, toda plena de negro, toda llena de sol. Preocupados los hombres por qué
brindaba tanto el que en lecho de pobre su bondad derramó, antes de sepultarle
decidieron practicarle una autopsia y cuando le rasgaron el corazón de todos, debajo
de su camisa escucharon aún un palpitar de piano, un sonar de violín y bellamente
escrita sobre aquel corazón, una palabra-seda
que decía bondad. Olvidaba deciros que también
encontramos al hacer su inventario, en su bolsa
prodigio, un a flor inmarchita desparramando
aromas, ostentando un blancor.
Aquel loco sublime, con su eterno billete, compró
un metro de guinga, y sentado a su puerta con
aguja en mano, con hilo de oro y seda tejió su
camisa, con la risa en los labios para que luciera
en su pecho loco. Cuando regresábamos del
cementerio, comprendimos que con Ernesto
Brenes habíamos enterrado la camisa del hombre
feliz…
Matagalpa 19 de julio de 1967


A mi estimado amigo, Luís A. Olivas (El Bizconde) con todo cariño en su
cumpleaños.

Buenos días señor Luís,
de la Musún Director.
Su emisora es nuestro güis
que canta los mañaneros
bajo el cielo azul turquí

¿Dónde está todo su amor
con su feliz compañera?
Onomástico o cumpleaños,
¿Qué a cuántos llega este día?

Que lo sepan las montañas,
¿Para qué contar el tiempo?
Alegremos el momento,
que vuele la fantasía,
que sea feliz Bizconde
con nosotros este día.

Con todo afecto
Carlos R. Barillas
21/06/67

								
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