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revista de letras de la Biblioteca Nacional de la República Argentina
entrega de febrero de 2005
EDITORIAL
En febrero reaparece Abanico con una entrega sustanciosa. El lugar destacado lo ocupa
Gustavo Riccio, un poeta más desconocido que olvidado. Muerto a los veintisiete años,
fue el integrante más joven del grupo Boedo y una de sus más interesantes
sensibilidades. En poesía, también presentamos trabajos de Juan L. Ortiz, Jorge Falcone
y Mario Punzi, nombres que hablan por sí solos.
Incluyen el sumario de este mes un cuento de un narrador de la novísima generación,
Germán Maggiori, que comparte la entrega con tres grandes: Leopoldo Lugones, Ezequiel
Martínez Estrada y Roberto Arlt. Sobre éste último publicamos un ensayo de Carlos
Dámaso Martínez. Para terminar, de uno de los más notables cineastas argentinos, Luis
Saslavsky, presentamos uno de sus cuentos.
En los últimos días de diciembre la Biblioteca Nacional publicó (nuevamente) La
biblioteca, su revista histórica, fundada por Paul Groussac. Es una revista-libro en el
tradicional (y por ahora insustituible) formato impreso, que dedica el primer número al
"archivismo como enigma de la historia". En sus páginas los lectores podrán encontrar un
conjunto de ensayos de valor que logran ser un aporte al debate cultural.
GUSTAVO RICCIO
Gustavo Ángel Riccio nació en Buenos Aires en 1900. Su vida fue breve ya muere de
tuberculosis a los 27 años en 1927. Durante su vida escribió permanentemente.
Quizá fue el poeta más joven del grupo literario Boedo, compuesto, entre otros, por Roberto
Mariani, Roberto Arlt, Elías Castelnuovo, César Tiempo, Álvaro Yunque, quienes se destacaron por
la influencia de ideales anarquistas y socialistas. Poeta, periodista, narrador y traductor, colaboró
en la dirección de Los poetas, editada por Editorial Claridad.
Amaba la música tanto como a la poesía. Sus obras: Lo ineluctable, novela (1919); Antología de
versos para niños (1924); Un poeta en la ciudad (1926) y Gringo puraghei, obra póstuma (1928)
De UN POETA EN LA CIUDAD
CÓMO SE HACE UN POETA
Primero amar, y luego
amar, y luego amar, y luego amar;
y el día que no arda el sacro fuego,
entonces recordar...
Amar a la Elegida, y prolongar
el amor de la Amada
a todo lo que a ella es familiar:
su calle, su casita, su almohada...
Así, amando sus cosas, uno aprende
a amar todas las cosas,
y a vestir de miradas bondadosas
la desnudez de aquello que no esplende.
Hay que ser como el sol: luz que ilumina
con idéntico amor, rosa y espina.
CÓMO SE HIZO ESTE LIBRO
La vida
es una sucesión de pequeñeces;
aquilatar el precio de lo ínfimo
eso es cosa del Arte.
En este libro
se han detenido los instantes
y las cosas minúsculas,
y se han hecho poemas:
como por esos mundos
se han detenido los guijarros
y se han formado las montañas
ORACIÓN DEL POETA DE CIUDAD
Madre Naturaleza: yo quisiera gozarte
sobre el césped sedoso como el dulce Virgilio:
¡Ah, cómo fueran dulces mis versos en el campo,
limpios y naturales como los campesinos!
Madre Naturaleza: yo entre pámpanos verdes
y entre flores y frutos me haría pastorcillo,
y a mis versos humildes no colgara metáforas,
dijes que civilizan los arrebatos líricos.
Pero aquí en Buenos Aires, madre Naturaleza,
yo que te quiero tanto, yo te adoro lo mismo:
te adoro en los tres metros de cielo que a mi patio
bajan en un cuadrado desde el séptimo piso;
y te adoro en los árboles que orillan las veredas
y en las lindas mujeres que turban mis sentidos...
VERSOS A LA CALLE RIVADAVIA
En octosílabos de esos
que se cantan con guitarra,
voy a decir el elogio
de la calle Rivadavia.
A ella le debo el sol
que se me pega en la cara,
el sol que ya no es de todos
y que Dios a todos manda.
Calle de amplitud campestre
y larga, larga, muy larga,
donde el viento, potro suelto,
se arroja como en la pampa.
Eres el cauce de un río
por donde, locas, se lanzan
a conquistar el centavo
estas gentes apuradas.
No eres calle de negocios,
calle de la democracia,
que a partir de Plaza Flores
sueñas y te haces romántica.
Y resucitan los tiempos
del amor en las ventanas,
el cuchillo en la cintura,
la canción y la guitarra.
En los primero de Mayo
llamean por tus calzadas
banderas rojas que gritan
sus protestas sin palabras.
Y, encendidas de canciones
y enjoyadas de esperanzas,
pasan creando el futuro
muchedumbres proletarias.
Hace veinte años que vivo
en la calle Rivadavia.
¡Si habré salido a la puerta
a que el sol me dé en la cara!
Yo no conozco otro patio
que esta vereda tan ancha,
donde jugué cuando pibe
con los chicos de la cuadra.
Y arrimado a este arbolito,
sentí las primeras ráfagas
de inquietud que me traían
las mujeres que pasaban...
Sobre estas mismas baldosas
dejé caer la mirada
cuando a entoldarse de angustia
mi pobre pecho empezaba.
Todo: ensueños y proyectos,
alegrías y esperanzas,
me los mataron los autos
de la calle Rivadavia...
PEQUEÑA TRAGEDIA URBANA
La pantalonera se murió en la calle.
Pasó el automóvil de un rico magnate,
con tacos de goma, silencioso... Nadie
lo oyó que llegaba. Gritos. Pitos. Sangre.
La pantalonera se murió en la calle.
Como al otro día del taller faltase,
tuvo un cartelito la puerta de calle
con estas palabras: ―Hay una vacante‖.
A UN BUZÓN DE UN BARRIO CÉNTRICO
Viejo amigo Buzón, petizo y ñato,
me inspiras compasión
clavado en la pared. ¡Lugar ingrato
para tu ministerio de Buzón!
Me imagino el dolor y la tortura
de nutrirte con cartas comerciales,
catálogos, facturas, memoriales...
¡Qué opinarás de la literatura!
Buzón hermano: Yo en verdad te digo
que tengo el más cristiano y puro móvil:
cuando venga el cartero en automóvil
y te meta la llave en el ombligo
y te cambie el estómago de trapo;
le gritaré: Cartero, ¡por favor!:
¡lléveselo al suburbio, que su boca de sapo
no conoce las mieles de las cartas de amor!...
I — LA LLUVIA SUGESTIVA
Del vidrio para afuera
la lluvia está cayendo.
Ella y yo la miramos
del vidrio para adentro.
La lluvia se deshace
sobre el gris pavimento
y despeina a los árboles,
desnudos bajo el cielo.
Sin pensar, pensativos
nos estamos poniendo;
el agua de la lluvia
nos hunde en el silencio.
—¿En qué piensas?... —En nada.
¿Y tú?... —Si yo no pienso...
(El agua de la lluvia
lava los pensamientos).
Mamá junto a nosotros,
nos contempla sonriendo.
Y pensará: ―¡Este hijo!
Si querrá darle un beso...‖
Madre que me conoces
apasionado y tierno,
tu pensamiento casto
me ha encendido un deseo.
Ella lo ha comprendido,
me ha mirado sonriendo,
y, bajando la vista,
jadearon sus pechos...
II — LA BONDADOSA LLUVIA CIUDADANA
Cae lluvia buena sobre las calles
cortada en lindos flecos de agua,
cae bondadosa lluvia que cuelgas
tus diamantitos en las ventanas.
Cae lluvia buena, que así yo miro
correr contentas a las muchachas
que, frescas como pastoras, huyen
mientras sus manos suben las faldas...
Cae lluvia buena, y hazlos felices
a los que sufren porque se aman:
deja que el beso tiemble en sus labios
bajo la cúpula de los paraguas...
EL CARBONERO Y YO
Bajo el peso de la bolsa
va encorvado el carbonero,
el polvillo del carbón
lo hace negro como un negro.
¡Ay de mí que ando encorvado
bajo el peso del ensueño,
y tiznada llevo el alma
por el polvo del recuerdo!
PARQUE GOAL
Bajo el techo del cielo
se amontonan las mesas;
bebe la gente su vaso de hastío.
Hay hombres y mujeres. Y los vestidos de ellas,
y sus ojos pintados y sus bocas pintadas,
salpican de color la mancha negra
de los trajes de hombre... La luminosa calva
de las lámparas de arco, centellea.
Los mozos van y vienen cual pelotas de goma.
Se quejan los sonidos de la orquesta.
Torciéronse las últimas espirales de un tango,
y sube un payador a la tribuna. Trae
aferrado el gañote de la pobre guitarra,
—sentimental hermana del gauchaje
que transformó en ramera de suburbio el progreso—
y saluda sonriente... Luego hace
erres con la garganta. Después, las seis orejas
del instrumento tuerce. Al final abre
la boca, y canta como bostezando.
Arroja sus ―versadas‖. Todo el ―Parque‖
bajo esa enorme lluvia
de rimados dislates,
abre el paraguas de la indiferencia.
La diestra del cantor hiere, al crisparse,
los tendones que estira la guitarra.
Con la siniestra imprime sus marcas digitales
sobre su cuello flaco
que se levanta como un mástil.
Y arriba, las estrellas,
que en las solemnes noches de la Pampa,
se entrecerraban como los ojos de las chinas
al oír la guitarra;
oyéndole cantar se ponen rojas
como pupilas indignadas.
Y yo que voy en busca, siempre, de poesía,
y en la urbe metálica
en cada esquina encuentro un nuevo verso;
ante este hombre que canta
siento abrirse en mis labios el arco de la burla
y bajo de él mi indiferencia pasa...
Pero allí, oh, ventura,
está la Poesía;
una mujer con ojos de fakir, me contempla,
con ojos que al mirarme no me miran,
porque en ella así es todo: si ríe no se ríe
y si goza no goza... ¡Pobrecita!
Me ha clavado el acero de su mirada fuerte
para poner mi sexo vivo como una herida;
va en busca de un cliente y da con un poeta,
por eso se ha clavado más hondo su cuchilla
Ya, para mi ventura,
en ti encontré, muchacha, poesía;
recibe mi emoción, cóbrate tus miradas
con la moneda de oro de una rima...
CASA DE DEPARTAMENTOS
Monstruo nacido en la ciudad moderna:
cabeza de palacio, cuerpo de conventillo;
tú sabes del dolor más trágico y agudo:
del que debe cubrirse con ricos atavíos.
La miseria que guardas se disfraza de sedas
y el hambre lo guareces tras tu portal magnífico;
¡oh el dolor que tú encierras, que no puede gritarse
y no es rabia de pobres ni es hastío de ricos!
ÉGLOGA DEL 25 DE MAYO
Pasan vestidos de blanco
los chicos de las escuelas;
pasan en filas compactas,
parecen mansas ovejas.
Unos llevan a su lado
jóvenes, lindas maestras;
(son las dulces pastorcitas
que hacían falta en mi égloga).
Otros llevan, ¡pobres chicos!,
de sus filas a la vera,
hoscos maestros forrados
por largas sotanas negras...
¡Horror! Confiar a los lobos
la suerte de las ovejas...
YO, KAPELLMEISTER
Burlando al cuidador, furtivamente,
cojo una rosa que en el Rosedal
se me ofrece con mimos de mujer
He cogido la rosa.
Y me pongo a agitar su tallo al viento
como si fuese una batuta.
En este instante soy
un director de orquesta
de mágico poder:
El viento, el sol, las flores, las hormigas,
los hombres..., todo, todo me obedece;
¡y todo el universo se hace música
porque tengo una rosa entre los dedos!...
AMOR CALLEJERO
Nuestro amor fue una anécdota que duró quince días.
Lo saben cuatro calles y cuatro estrofas mías...
Me buscaste una frase de amor, y tu mirada
me sacó de los labios esa frase buscada.
Y nos amamos luego por esas calles grises;
y —¿por qué no?— vivimos diez minutos felices...
Tú ibas simple y sencilla con tu traje modesto
y tu pelo volcado sobre ti como un cesto.
Tu hablar era sencillo como el hablar de un grillo,
contigo me sentía blando como un ovillo...
Tú no me hablabas nunca de libros ni de autores;
¡ay, contigo he vivido los instantes mejores!
Tú, piadosa inconsciente, me hacías feliz con
tu hablar: vaso de agua sobre mi corazón.
Pasaron quince días, y te cansaste. En vano
te reclamé razones; tú, la simple: ¡otro arcano!...
Me puse un poco triste, me puse reflexivo,
y la duda, más mala que ácido corrosivo,
paralizó al pujante motor de mis acciones
y me envolvió en la niebla de las meditaciones...
Nuestro amor fue una anécdota que duró quince días.
Lo saben cuatro calles y cuatro estrofas mías...
¡Y también cuatro lágrimas!...
Ah, muchacha trivial:
¿verdad que me creías menos sentimental?...
CLAUDIO G. AMOROSO
(in memoriam)
Lo conocí una noche. Me dijo: yo hago versos.
Yo le miré los ojos. Pensé: ¡te compadezco!
También me tuvo lástima, por tal se hizo mi amigo.
Siempre que me veía me daba un cigarrillo.
Con él charlé de versos, de secretos de rima...
¡Yo, pecador, me acuso: yo le amargué la vida!
Por mí no tuvo tiempo de procurarse amores:
¡yo le presté librotes!, ¡yo le presté librotes!
Yo, poeta en la calle, yo lo llevé a la calle,
y le mostré los versos que de las cosas salen.
Yo lo llevé a la calle. Cuando por ella andaba,
en la red de su ingenio caían las metáforas.
Y porque amó la calle, murió en la calle. ¡Pobre!
Y no fueron las Parcas: lo mató un automóvil...
Yo que creí quererlo, yo levanté su túmulo;
¡yo, pecador, me acuso!, ¡yo, pecador, me acuso!
EL JOVEN ESTUDIANTE
El joven estudiante que yo digo, me apena
con su aspecto de anciano. Le sale la tristeza
por sus ojos bovinos sin que le salgan lágrimas,
y un gran peso invisible le encorva las espaldas.
Tiene unas manos finas de enfermo; y sus vigilias
las dice el subrayado de sus ojeras lila.
¡Pobre muchacho! Estudia sobre los grandes textos
indiferente a todo, de todos está lejos;
y en tanto que sus ojos absorben los libracos,
en chorros de oro, el sol, viste de fiesta el patio
e inunda la vereda. Los árboles, alegres,
agitan el plumero de sus pelucas verdes;
los niños hacen música con sus risas de vidrio;
las costureras pasan con graciosos pasitos;
y el joven estudiante, dentro un pobre cuartujo,
aprende cosas graves sobre algún libro inútil...
¿La ciencia? ¿Los librotes? Nada, nada: ¡la vida!
¡Saber vivir! Es toda la gran sabiduría...
El que nada ha aprendido viendo un cielo sereno
o mirando la vida con sus muchos aspectos,
¿para qué estudia?... El libro más sabio y admirable,
más bello, más verídico, no es de papel: la calle
se llama este gran libro que hizo sabio a Sócrates.
Sal a la calle, vive, sé brioso, sé joven;
que sólo en cuerpos sanos y en jóvenes cabezas
amóldase la arcilla de las grandes ideas!
LA LUNA DE BUENOS AIRES
Variaciones sobre el mismo tema
1 — Andante
Nuestra Señora Luna volcó toda su leche
sobre el cuerpo rosado de tu amada,
y le formó los senos cuajándose dos veces.
Si la vida te azota con despiadada fusta,
reclínate en el pecho de la amada
y nutre tus congojas con leche de la luna.
2 — Maestoso
Hombre: ¡yo te conjuro! Date un baño de luna,
lárgate por las calles en las noches que alumbra...
Báñate en sol si quieres ser fuerte, bello y sano;
(no en sangre cual los Césares romanos);
mas si quieres ser músico, pintor, poeta o loco,
húndete en luz de luna como en un río de oro...
3 — Scherzo
La canija chimenea
sube un hilo de humo negro.
Se enreda el hilo en la luna
como un lazo gigantesco.
Apronta tu fantasía
para jugar con tan lindo balero...
4 — Adagio lamentoso
Los árboles sin hojas son brazos descarnados
que salen de la tierra con los dedos crispados.
Y así las noches pasan, esperando que alguna
vez caiga entre sus dedos la bola de la luna...
5 — Allegro con brío
Por atrás de un mapa formado con nubes
saca Madre Luna su redonda faz;
¡qué lindo, qué lindo: sale toda entera!
Oh, atracón de luna que me voy a dar...
6 — Allegretto scherzando
Hoy se enredó entre las ramas
de un árbol la luna mía,
y su luz de ahí caía
rota en pequeñas escamas.
Después la vi en el arado
campo de estrellas del cielo;
como el Diablillo Cojuelo
se entraba por los tejados.
Y a lo largo la seguí
de la calle Sarandí.
Yo iba en medio de la vía
sin importarme el ludibrio,
y ella iba haciendo equilibrio
sobre el hilo del tranvía.
7 — Tempo di minuetto
Luna: marquesa aristocrática
con la elegante Pompadour;
coqueta, frívola, enigmática,
vestida toda de velour.
Luna que en tiempos elegantes
de Couperin, Rameau y Daquin,
tuviste amantes, ¡y qué amantes!,
coquetos, frívolos también;
mi amor, acaso te contrista
porque te ve de un modo actual:
¿con cara blanca de modista
y con vestido de percal?...
8 — Finale-Molto allegro
―Qué me importan los desaires
con que me trata la suerte‖,
si me consuelo con verte,
¡oh luna de Buenos Aires!...
EL VENDEDOR DE GLOBOS
Buen hombre de los globos, me recuerdas
los domingos de antaño;
cuando era un chiquilín de pelo rubio
e iba felicísimo con un globo en la mano.
¡Qué desgraciado soy ahora!
No me contentaría con el globo terráqueo...
ÓMNIBUS
Ómnibus democrático: eres el automóvil
de los que no tenemos automóvil. Tú existes
como una cosa más que contribuye
a darnos la ilusión de que somos felices.
Subidos sobre ti vamos sonrientes
mientras sobre tus gomas echado te deslizas;
y nosotros, seguros de ir en auto,
no vemos que viajamos en tranvía...
PALABRAS A MILONGUITA
Lo sé: tú tienes toda la razón, Milonguita:
eres esbelta, grácil, insinuante y bonita.
A tu paso los hombres quedaban en suspenso,
pues tú los atontabas como un perfume intenso.
Y has hecho bien, ¡qué diablo!: tu cuerpo tropical
no era para el burdo tanteo del percal
ni para recubrirlo de horrible bombasí.
(Las sedas, sí, las sedas son buenas para ti;
su roce es como el roce perverso de una rosa
o como el de una frase que resbala engañosa...)
Yo lo comprendo todo... Está bien lo que hiciste
Mas, escucha un consejo: cuando te pongas triste,
cultiva tu tristeza como una flor querida,
que su perfume casto mejorará tu vida.
Y Dios, que es más humano de lo que creen las gentes
cuando cierres los ojos en la postrer ―dormida‖,
hará que nos veamos en la senda florida
como ahora nos vemos por Suipacha y Corrientes.
UN REGALO
La buena doña Rosa,
la menos lenguaraz de las vecinas,
la que tiene prestigios de buena y de piadosa;
para obsequiarla con alguna cosa,
hoy envió a mi madre dos yuntas de gallinas.
La excelente mujer
habrá creído hacer
una demostración de simpatía,
y adiestró sus plebeyas diplomacias...
—Mamá, es muy natural, le dio las gracias —
Y yo —¡naturalmente!— le diría:
Rechazo su regalo, doña Rosa,
a pesar del cariño que va en él:
de mi madre que es débil como una mariposa,
su maldito regalo hizo un monstruo cruel.
Usté tiñó de sangre sus bondadosas manos,
usté llenó la casa de gritos de dolor,
por usté se durmieron sus deseos cristianos
y dio la muerte a cuatro criaturas del Señor...
Y luego añadiría mi corazón poeta:
¡Y usté pudo haber puesto sus deseos mejores
en la cordialidad de una maceta
alborotada de sencillas flores!...
EL VENDEDOR DE FLORES
Pone un pedazo de jardín este hombre
donde detiene su canasta, roja
de claveles y blanca de jazmines.
Lleva la primavera en la canasta
como en el corazón lleva el invierno;
porque este vendedor es italiano
y sabe que las flores no se cambian
por monedas: se cambian por sonrisas
o se dan, cual las daba en el terruño,
para adornar los rizos de la novia
o el cuello musical de una guitarra.
Y ahora, ¡pobre hombre!, se contiene
si cuando grita su mercadería
pasa a su lado una mujer hermosa:
se queda inmóvil y la mira largo...
¡Qué ganas de arrojarle unos claveles
y la húmeda rosa de un piropo!
ELOGIO DE LOS ALBAÑILES ITALIANOS
De pie sobre el andamio, en tanto hacen la casa,
cantan los albañiles como el pájaro canta
cuando construye el nido, de pie sobre una rama.
Cantan los albañiles italianos. Cantando
realizan las proezas heroicas estos bravos
que han llenado la Historia de prodigiosos cantos.
Hacen subir las puntas de agudos rascacielos,
trepan por los andamios; y en lo alto sienten ellos
que una canción de Italia se les viene al encuentro.
Más líricos que el pájaro son estos que yo elogio:
el nido que construyen no es para su reposo,
el techo que levantan no es para sus retoños...
¡Ellos cantan haciendo la casa de los otros!
CONCIERTO
Ansermet rasgaba el aire con su batuta.
De atrás de las rasgaduras
vino saliendo la música.
En la sala un aire espeso
flotaba, y en ella el Tiempo
se detuvo a escuchar el concierto.
Nuestras miradas perdidas entre la selva
de notas... Nuestras cabezas
y nuestras manos, muy cerca...
De pronto te hiciste a un lado. Muy pequeñito
un hueco entre nosotros se hizo.
Los dos pensamos lo mismo:
en ese hueco algún día se ha de sentar nuestro hijo...
AL CRISTO EXPUESTO EN UNA FIESTA DE BODAS
Ah, Señor Jesucristo,
que en esa cruz de bronce cincelado
eres un pobre cristo
caricaturizado;
te compadezco, oh redentor:
te han condenado
a un suplicio mayor.
En nombre tuyo un hombre
que no sabe de amor, a los esposos
les hablará de amor: ¡y eso en tu nombre!
Y tus santas y líricas verdades
se estrellarán en esos corazones rocosos
y en tanta vanidad de vanidades...
Y cuando ya no bullan en la boca del fraile
las burbujitas del latín,
presenciarás algo peor al fin:
un baile, oh Cristo, un baile...
Frente a tu imagen dolorida,
las mujeres de trajes escotados
frotarán su lujuria contenida
contra los pantalones estirados.
Otras, se excitarán por los rincones...
Sus instintos despiertos
por la cosquilla lúbrica de las conversaciones,
se olvidarán que sufres con los brazos abiertos
la más abominable de las crucifixiones.
Y cuando terminados ya baile y ceremonia
se marchen y te olviden clavado en tu patíbulo,
ellas van a mojarse con agua de Colonia
y ellos, a sosegarse en un prostíbulo...
Quedarás solo. Y cuando
se hayan marchado todos, frente a tu imagen yo
en tu dolor, oh Cristo, me quedaré pensando,
y en tu madre y ¡la pobre madre que me parió!
Pues, oh Maestro, ya lo has visto:
se parecen tu madre con la mía;
porque es tan doloroso parir a un hijo Cristo
como parirle ungido en poesía...
ILUSIÓN Y REALIDAD
Escribo en el patio.
Hay sol y es verano.
Mi cabeza sueña
con cazar estrellas.
Juega una gallina
debajo la silla.
Se sube a la mesa.
Y en la mano me pone la estrella
que en la pata lleva.
COLEGIO NACIONAL
(Exámenes de ingreso)
Por los sombríos corredores
pasan los campanudos profesores,
y en el ambiente grávido y funéreo
flota una espesa atmósfera como de monasterio.
Irrumpen claros grupos de chiquillos
desordenadamente;
y en vez de risa cálida y bullente
sale el terror por sus ojillos.
Abre sus ojos la pavura.
Los escolares, ¡pobrecillos!, son
herejes de la Inquisición
frente a los instrumentos de tortura.
Y uno se da a pensar que en los talleres
marchítanse y son útiles millares de mujeres...
¡Y de aquí saldrán nuevos bachilleres!
EN EL PUERTO
Por las playas más bellas y más remotas
anduvo este navío; cruzó los mares,
recogió en cada puerto nuevos cantares
y lo rozaron siempre nuevas gaviotas.
Luchó con el oleaje que le escupía,
resistió al fuerte viento que lo atajaba;
y en la noche sin astros un faro había
que, guiñándole el ojo, le acompañaba.
Ya anduvo taciturno, ya fue contento,
cortando en dos mitades el agua azul;
alegre sobre el puro mar de Sorrento
y triste junto al puerto de Liverpool.
Ahora está soñando con sus viajes,
y bajo nuestro cielo sueña otros cielos;
recuerda la epilepsia de los oleajes
y las puntas danzantes de los pañuelos...
¡Qué bien nos entendemos yo y el navío!
El me habla en un idioma que no sé hablar,
pero nos comprendemos: su anhelo es mío
y son suyas mis ansias de navegar.
Y a ese viejo marino que está fumando
sobre cubierta un rico tabaco inglés,
si de aquí le gritara: Che, ¿estás soñando?,
él, muy tranquilamente, dijera: Yes...
DESPUÉS DE LEÍDO EL LIBRO DEL GAY VIVIR
Ahora cierro el libro de Luis L. Franco.
¡Quién pudiera hacer otro con tal olor a campo!
Me ha quedado en las manos un olorcillo agreste
y por eso me toco los ojos y la frente.
Al que nos dio alegría no le demos tristeza,
—poetas de la urbe—: que Franco no nos lea...
Él no ve casas grises ni viaja en subterráneo...
¡Por eso encuentra lindo vivir Luis L. Franco!
ANHELO
Oh, la ciudad inmensa con sus altas agujas
que los hilos solares parecen enhebrar;
oh, la ciudad monstruosa con sus paredes grises,
oh, la negra ciudad...
¡Quién me diera seis meses de vida en Yokohama,
en Bagdad, en Tokio, donde las gentes son
como de terracota y viven en pequeñas
casitas de juguete que dejan ver el sol!...
Piedad de mí, que vivo sepulto como un triste
muñeco entre las sombras espesas de un cajón...
EL BURRITO DEL VERDULERO
Con la cabeza baja como un sabio
que vive rumiando pensamientos,
el bueno del burrito filosofa.
Va siempre atado a un carro diminuto
como va un hombre atado a su quimera;
va detrás de él, como su sombra, el carro
hinchado de repollos y tomates
y de frescas manzanas perfumadas
que no están al alcance de sus dientes.
Este burrito vive casi en égloga:
antes del alba llévalo su dueño
al mercado de Abasto; allí sus ojos
ante enormes montañas de lechugas
creen ver colinas de verdor cubiertas,
quiere echarse a correr como en el campo,
mas los brazos del carro lo retienen
con paternal cordura. Se resigna,
y sale por las calles conduciendo
a la rastra la huerta deambulante.
Ya raje el sol los duros adoquines,
ya el agua esponje su paciente lomo,
ya agache el frío sus orejas, siempre
sale el buen burro con el verdulero.
Y a veces, detenido ante una puerta,
mientras disputa el amo diez centavos
con alguna comadre que regaña,
el bueno del burrito filosofa:
―¡Pensar, Señor, que fue de mi linaje
quien te llevó cuando la huida a Egipto!...‖
ELOGIO DE ANTONIO DE MONTE
Mi amigo Antonio De Monte,
que no leyó a Anacreonte
y me leyó a Omar Khayyam;
como el griego y como el persa,
sus breves días malversa
con el goce que le dan.
Mi amigo sabe que el barro
del cuerpo, como un cigarro,
ceniza se ha de volver;
y como el persa y el griego
quiere extinguirse en el fuego
de un sutilísimo arder.
Más útil que Anacreonte
y que Omar, el buen De Monte
sufre una fatalidad:
¡trabaja para ganarse
los pesos con que alquilarse
su poca felicidad!
Mas, como cree que hay peores
dolores que sus dolores,
(¿quién no tiene algún dolor?);
de su dolor no se queja,
y zumba, como una abeja,
de una flor hacia otra flor.
Por las mujeres y el vino
él soporta su destino
penoso de trabajar;
y su boca roja y gruesa,
cuando no sonríe, besa
o está ocupada en fumar.
Él no anhela una casita
pobre y una mujercita
que tenga aspecto monjil;
¿por qué una vulgar esclava
y no la reina de Saba
y un palacio de marfil?
Y cargando su quimera,
Antonio De Monte espera
mientras los días se van...;
hombre feliz con camisa,
sonríen en su sonrisa
el griego y Omar Khayyam!
ROQUE
Es joven, Roque; apenas tiene 26 años,
y sus ojillos brillan como los de un bebé;
porque lo ignora todo, Roque lo sabe todo:
su instinto le sugiero sólo el bien, siempre el bien.
Para elogiar a Roque voy a llamarle burro.
¿Burro? Sí, borriquillo... ¿Cómo elogiarle a él
que es bueno y resignado, que es amigo de pobres,
que trabaja en silencio, que no sabe leer?...
Sí, buen Roque, eres burro porque eres bueno y sabio.
(Sabes que hay que ser bueno, ¿qué más quieres saber?)
Nunca enturbies el vaso de agua de tu alma
con el vinagre negro que exprime el abecé;
ignora que hay filósofos, pensadores, poetas,
ignora qué son versos y qué es prosa también...
Yo soy un convencido: ¡todo el saber del mundo
está en las hojas suaves de un beso de mujer!
DON ZACARÍAS
Poeta de mi barrio, Don Zacarías Arce
cuenta con la sonrisa de todas las vecinas;
y los pájaros todos, cuando sale a inspirarse,
le esperan con sus flautas por todas las esquinas.
Las muchachas le piden sus dulces madrigales;
y como que en sus vuelos sube más que las nubes,
en sus versos escritos en tarjetas postales,
las mujeres son diosas, estrellas y querubes.
Tiene seis hijos niños el lírico trovero.
Y a pesar de sus años y de sus seis chiquillos:
—Ilíada, Idalia, Ondina, Silfo, Homérica, Homero,—
atiende igual su lira que su horno de ladrillos.
Yo he pensado en la gloria frente a Don Zacarías.
Y ya que un mismo olvido nos cubrirá a los dos;
¿no es preferible a todas las inquietudes mías,
vivir entre seis hijos y a la buena de Dios?...
ELLA, FLOR DE LA FLORA URBANA
Mi amada es pequeñita, llena de gracia; es de este
modo: una dueña chica cual las del Arcipreste.
Es chica: de un bocado la traga el corazón.
Un cursi me diría: chica como un bombón.
O sino: es una fina miniatura de Sévres,
un bibelot que hicieron delicados orfebres.
Nada de esto. A mi amada lisonjas no le van.
Ella es buena y es útil: un pedazo de pan.
Es un pan que me nutre de amor y poesía.
¡Que ella por siempre sea mi pan de cada día!
EN EL PATIO LA NIÑA SE HAMACA
Con su pollera rosa
que al viento juega,
en el patio la niña se hamaca,
vuela que vuela.
Y al moverse, la rosa
de la pollera
desnuda sus pistilos:
dos lindas piernas.
Van tras ella mis ojos
cual dos abejas,
para hacer luego mieles
en tres cuartetas.
UNA SIRVIENTA
Tiene los ojos claros y el alma ensombrecida,
va y viene por la casa sin saber dónde va;
mira y no ve las cosas, la regañan, y ella
se repliega en el gesto más heroico: callar.
Llegó ha poco de España, vino en viaje de bodas,
y el mar le dio el arrullo de la marcha nupcial;
vino con el esposo por el oro de América,
¡y aquí encontró una escoba y un trapo de fregar!...
EL BAÑO
La llamaremos Rosa —nombre de flor— a esta
Mireya ciudadana que a bañarse se apresta;
y como no es en égloga como se vive hogaño
no se baña en arroyo sino en cuarto de baño.
Como los sauces faltan, se esconde entre paredes
que la verán desnuda —¡oh, merced de mercedes!—;
y como que el ocaso fuera de hora se halla,
sobre la luz eléctrica lo crea una pantalla.
Encerrada está Rosa. Su primer pensamiento
es mirarse al espejo —codicioso avariento
que no devuelve nunca los tesoros que toma—,
huele después un frasco que rebalsa el aroma,
y con sus dedos finos, color de seda cruda,
la ninfa ciudadana de a poco se desnuda.
Van cayendo las ropas a sus pies, como amantes,
mientras sus dedos viajan, viajan acariciantes...
Ya se quita el corpiño, ya se afloja las ligas,
ya le caen las medias... (sus ojos, como espigas
que se alargan al sol, se alargan al espejo,
quien la mira impasible como el ojo de un viejo.)
Ya está desnuda. Ahora parece, fina y breve,
entre lo blanco, blanca como un sobrerrelieve.
Contémplase gustosa, mientras hace dos lechos
de sus manos mullidas para posar sus pechos.
Destrenza sus cabellos como una diosa antigua,
y el espejo, de nuevo que es hermosa, atestigua.
Mira el agua... Presiente ya el frío que la espera,
y va a mojar dos dedos dentro la bañadera.
Un temblor la estremece. Luego, heroica, se arroja:
ramo de cinco nardos, el pie temblante moja.
Después hunde una pierna, la otra... y se acurruca
temblequeante, friolenta, tal como una viejuca.
El agua, poco a poco, se entibia; y, ¡oh, delicia!,
la esponja la recorre con plácida caricia,
el jabón la perfuma tanto como su nombre,
y ella cierra los ojos, y sueña con un hombre
ROBERTO ARLT
Roberto Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900. Narrador, periodista y dramaturgo, su
producción escrita comprende cuatro novelas: El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) y
Los lanzallamas (1931) —originalmente, primera y segunda parte de una sola novela—, y El amor
brujo (1932); dos libros de cuentos: El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941); varias obras
de teatro: Trescientos millones (1932), Saverio, el cruel (1936), La isla desierta (1937), El
fabricante de fantasmas (1937), África (1938), Separación feroz (1938), La fiesta de hierro (1940),
El desierto entra a la ciudad (1942), y dos recopilaciones de sus artículos periodísticos, aparecidos
principalmente en el diario El Mundo: Aguafuertes porteñas (1933) y Aguafuertes españolas (1936),
además de diversos volúmenes publicados en forma póstuma. Murió el 26 de julio de 1942, de una
afección cardíaca, luego de presenciar el ensayo de una de sus obras en el Teatro del Pueblo.
EL MISTERIO DE LOS TRES SOBRETODOS
De haberse sabido que fue Ernestina la que descubrió al ladrón, probablemente Ernestina
hubiera ido a parar a presidio por un largo tiempo de su vida... Nunca pudo ser aclarado el
misterio de la oficina. Ateniéndose a los sucesos tal me fueron narrados, podría afirmar
que ―el enigma de la oficina‖ fue uno de los tantos dramas oscuros que se gestan en las
entrañas de las grandes ciudades, donde las bagatelas terminan por revestir un contorno
de episodio cruento en la conciencia de las personas que a diario se soportan en un
ambiente estrecho de trabajo y duro de responsabilidades.
La policía realizó investigaciones superficiales en torno del grave suceso, pero acabó por
abandonar la búsqueda del autor o autora, por creer en cierto modo que el asunto no
merecía el tiempo que absorbía a las actividades de los funcionarios, ocupados en
novedades de mayor trascendencia.
He aquí cómo se gestó el suceso conocido entre los empleados de la ―Casa Xenius,
ropería para hombres y mujeres, artículos de confección, etc.‖ bajo el nombre de ―El
misterio de los tres sobretodos‖.
En la oficina de ―Expedición al interior‖ de la casa Xenius comenzaron a desaparecer
prendas de vestir.
Un día fue un cinturón, ¡un cinturón sin hebilla!, lo que demuestra que el ladrón echaba
mano a lo que podía; otra vez fue un sobre con la suma de doce pesos, olvidado en el
cajón de Ernestina; otra vez fue un retazo de seda. Un retazo de un metro, valuado en
ocho pesos...
Semejantes robos, mejor dicho, hurtos, traían revuelta a la gente de la oficina. No se
trataba de la cantidad en sí, aunque sí se trataba. Los valores que el ladrón substraía, por
insignificantes que fueran, estacionaban en la prudencia de los empleados una atmósfera
de inquietud. Allí, entre ellos, se encontraba un ladrón o una ladrona. Cada uno era
responsable directamente de los artículos recibidos, esto sin dejar de tener en cuenta otro
detalle:
Las víctimas de los robos no eran personas a las que se pudiera afectar impunemente en
sus intereses.
Todos ellos vivían sobrellevando estrecheces: sus reducidos sueldos les alcanzaban
apenas para cubrir sus necesidades más inmediatas. La desaparición de un objeto
valuado en cinco o en diez pesos no constituía, precisamente, una desgracia, pero sí
desequilibraba desagradablemente el presupuesto del damnificado. Además, aquel que
había sido robado pensaba que otro día podría volver a ocurrir semejante accidente, y tal
la posibilidad traía alborotado el magín de los empleados, que hasta en sueños se veían
reintegrando indemnizaciones de daños que aún no habían sufrido.
No estaban agotados los comentarios sobre el robo del retazo de un metro de seda,
ocurrido en la semana anterior, cuando una noticia nueva estalló como una bomba, entre
la consternación de todos: ¡Habían desaparecido tres sobretodos!...
El mismo gerente de la casa Xenius no pudo evitar un escalofrío al enterarse.
El robo de tres sobretodos en una casa organizada es motivo más que suficiente para
alarmar a los mismos accionistas. Sin embargo, a pedido de los empleados de la sección
―Ropería de hombres‖, el gerente no dio noticias del escándalo a los accionistas. Los siete
empleados de la sección ―Ropería de hombres‖ desembolsaron el importe de los tres
sobretodos.
Yo podría escribir un libro con los diálogos, respuestas, preguntas, conjeturas y
deducciones que se hicieron sobre aquel suceso, pero tendré que limitarme a escribir tres
líneas.
¿Quién se había llevado los tres sobretodos? La argumentación de los damnificados era
de este tenor:
—¿Puede un empleado o una empleada o el sereno robarse un corte de seda?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse un par de medias?
—Sí, puede.
—¿Puede un empleado, una empleada o el sereno robarse tres sobretodos?
—No; no puede. No puede, porque tres sobretodos son inocultables en un bolsillo. Tres
sobretodos hacen un bulto fenomenal. De consiguiente, el robo de tres sobretodos es
materialmente imposible.
—Pero es que los sobretodos faltan —replicaban los damnificados.
—Se robaron uno a uno —replicaban los más sutiles.
—¿Cómo los sacaron de la sección?
Nadie sabía qué responder. El robo carecía prácticamente de explicación. Carecía de
explicación porque la casa permanecía por la noche estrictamente cerrada. En el interior
de la tienda, aparte del sereno, trabajaban tres hombres en la limpieza. Se hubiera podido
sospechar del sereno, pero el sereno no se movía de la tienda, y al retirarse por la
mañana del comercio lo hacía en presencia del jefe, cuya mirada avizora registraba al
cojo de pies a cabeza. El hombre no hubiera podido envolverse un sobretodo en una
pierna, porque ello era materialmente imposible. Ni ponerse un sobretodo nuevo debajo
del viejo, porque el tamaño saltaría a la vista. Además, hubiera tenido que complicar a la
gente de la limpieza en estos robos, y nadie iba a arriesgarse por una bagatela. Y, en
última instancia, ¿por qué iba a ser precisamente el sereno el ladrón?
Existía otra posibilidad: que los hombres de la limpieza o el mismo sereno pasaran las
prendas robadas por la terraza a una casa vecina. Los empleados preguntaron por la
terraza. La casa Xenius no tenía terraza, el piso inmediato superior estaba ocupado por
escritorios. Quedaba el recurso de las ventanas que daban a un patio oscuro. Las
ventanas estaban enrejadas, además cada piso sobre el patio estaba separado del otro
por una malla de alambre, de manera que si alguien que robaba en el cuarto piso quería
arrojar el producto de su robo a un cómplice que le esperaba en el patiecillo, las redes de
alambre no hubieran permitido pasar los paquetes.
Puntualizo estos detalles porque no trabajaba en la casa Xenius ni un solo empleado que
no los conociera ni los comentara.
Evidentemente, el ladrón o la ladrona estaba allí, entre ellos, era un camarada, quizá un
empleado inferior o superior, un hombre de la limpieza o un chico de mandados, pero el
ladrón o la ladrona estaba allí. Y era de cuidado.
¡Había robado tres sobretodos! ¡Tres sobretodos de sesenta y cinco pesos cada uno! Es
decir, ciento noventa y cinco pesos. Los siete empleados que fueron víctimas del robo
tuvieron que retirar de sus sueldos la suma aproximada de treinta pesos para indemnizar
a la casa, y la noticia del suceso no llegó a los accionistas. El gerente, piadosamente, la
calló. Pero desde el gerente, que esa noche comentó el suceso con su señora, hasta el
chico del ascensor, todos estaban preocupados.
¿Qué iba a ocurrir allí?
Una de las más interesadas con los robos que se cometieron era Ernestina, empleada de
la sección ―Expedición al interior‖.
Esta Ernestina es la muchacha de cuyo cajón el misterioso ladrón substrajo el sobre que
contenía doce pesos.
Ernestina creía tener un hilo que podía llevarla a establecer la identidad del ratero. Esta
empleada merece una referencia, porque su actuación fue importante y curiosa:
Activa como la mujer de un enano, Ernestina, físicamente, era más flaca que un gato
famélico. Cuando se sentía contenta trepaba por los árboles, también como un gato.
Observando su minúscula figura no se imaginara jamás que fuera tan vigorosa y
resistente. Daba puñetazos tremendos.
Ernestina aspiraba a ser. Vaya a saber lo que aspiraba a ser, pero cuando salía de la
oficina, un día sí y un día no, se metía en un montón de academias diferentes. Seguía
cursos de inglés, de estenografía, de francés. Los que la conocían no sabían qué admirar
más: si su flacura, su resistencia o su actividad.
Personalmente estaba indignada contra el ladrón.
—Ese hombre es un canalla —decía—. Nos está robando a nosotros, que somos más
pobres que las ratas.
Lo que no dijo fue esto:
—Es tan ladrón que hasta se roba las ―medialunas‖ que tomamos con el café con leche.
No lo dijo, pero lo pensó.
Efectivamente, el misterioso ladrón de los tres sobretodos, del cinturón sin hebilla, de las
medias de seda, acostumbraba a robarse las ―medialunas‖ que las muchachas no
terminaban de comer con el café con leche que tomaban por la tarde.
Casi todas las empleadas llevaban a la tienda el café con leche en un termo. Ernestina
había observado que cuando no tenía ganas de comerse las ―medialunas‖ y las dejaba en
el cajón de su escritorio, para comerlas al día siguiente, una mano misteriosa que había
revisado el cajón, se había llevado las ―medialunas‖.
Ahora bien: aunque Ernestina no hizo ningún comentario al respecto, dedujo:
1° El ladrón de la tienda no era empleado ni empleada, porque ningún empleado ni
empleada se quedaba después de la hora de salida y, además, ninguno de ellos le
hubiera robado a su compañero una o dos ―medialunas‖ para tomar con el café con leche.
2° Por lo tanto, el ladrón de las ―medialunas‖ era un hombre que merodeaba por las
oficinas después que ellos salían.
3° Un hombre que es capaz de revisar un cajón y robarse una ―medialuna‖ es un ser
humano sin sensibilidad, con la justa mentalidad para robarse un cinturón sin hebilla, un
metro de seda o los tres sobretodos.
4° En consecuencia, el ladrón de las ―medialunas‖ era el ladrón de las prendas anteriores,
y actuaba en el comercio exclusivamente por la noche.
Sin embargo, Ernestina tuvo un escrúpulo. ¿Y si se equivocaba?
He aquí en qué podía consistir su equivocación:
Pudiera ser que, por la noche, uno de los hombres encargados de la limpieza revisara los
cajones, encontrara las ―medialunas‖ abandonadas, y suponiendo que eran desperdicios,
las arrojara a la basura. Si así ocurría, su tesis era equivocada.
Resolvió hacer una prueba.
Aquel día, a la hora de tomar café con leche, comió bollitos en vez de ―medialunas‖, y
después de arrancar un pedazo de un mordisco, dejó el bollito mordido en el cajón.
Pasaron tres días. El bollito mordido continuaba en el cajón, en consecuencia el hombre
que robaba las ―medialunas‖ no era el hombre de la limpieza, porque si no el bollito
hubiera seguido el camino de la otra factura.
Y de pronto estalló otra bomba:
De la sección ―Sombreros para hombres‖ desaparecieron veinte sombreros. Veinte
sombreros no se ocultan entre pecho y espalda, ni tampoco metidos en un bolsillo. El
personal de la tienda Xenius estaba atónito. Uno mencionó la película del ―Hombre
invisible‖, y muchos se sintieron tentados a admitir que el ladrón de la tienda era un ente
de condiciones sobrenaturales. Fue interrogado el sereno, los hombres de la limpieza;
intervino la policía y no se aclaró nada. La situación de los empleados de la tienda se
tornó insoportable. A la salida del empleo tropezaban con vigilantes que les escudriñaban
de pies a cabeza. Muchos de ellos, sin que se enteraran los otros, fueron revisados. Por
supuesto, inútilmente. Ernestina, una tarde, a la hora de salir, fue llamada a la gerencia.
La aguardaba allí una señora que le indicó que debía dejarse registrar. Ernestina llegó a
su casa hirviendo de ira. Aquella humillación era insoportable. Pero ella no estaba en
condiciones de renunciar al empleo, porque su inglés era deficiente. Meditaba aquel
anochecer, apoyada de codos en la mesa, cuando una idea diabólica se detuvo en su
cerebro.
¿Si ella atrapara al ladrón? Al ladrón de los sombreros, de los sobretodos. Al ladrón de las
―medialunas‖. Tenía un plan. Sin vacilar, entró en el laboratorio fotográfico de su hermano.
En un rincón del estante había un bote con cianuro de potasio. Echó aproximadamente un
gramo de veneno en un papel, entró a su cuarto, tomó una ―medialuna, con un
cortaplumas separó delicadamente la corteza, abrió en la masa un agujero, y allí vertió el
veneno. Con un poco de engrudo obturó el agujero, volvió a cubrirlo con su corteza y
metió la ―medialuna‖ en su valijita, junto al termo.
Al día siguiente, por la tarde, antes de salir de la oficina, en un momento que nadie la
veía, dejó la ―medialuna‖ abandonada en el interior del cajón.
Regresó a su casa, emocionada por la calidad de la trampa que dejaba preparada. Pero
era indispensable que procediera así.
Luego, para olvidarse de la magnitud del acto, fue al cine, en compañía de sus hermanas.
A pesar de que trataba de separar su pensamiento del drama en preparación, el drama
latía con violencia en todas sus venas.
Durmió y no durmió aquella noche. Una mano carnuda y fuerte, de dedos gruesos,
pasaba ante sus ojos, le rozaba el brazo y el rostro con su manga tosca, tomaba el cajón
de su escritorio por la anilla, lo entreabría, hurgaba en las tinieblas y retiraba la
―medialuna‖...
El cansancio fue más fuerte que su temor secreto, y al amanecer terminó por dormirse.
Tuvieron que despertarla repetidas veces para que se levantara. Se vistió sobresaltada.
Al llegar a la tienda y entrar al ascensor, le dijo el chico:
—Señorita Ernestina, ¿no sabe que encontraron al ladrón?
Ernestina dejó caer su cartera al suelo. Se inclinó a recogerla, pero ya recobrado por
completo el dominio de sí misma.
—¿Sí?
—Era el sereno.
—¿El sereno?
—Le encontraron una pierna llena de corbatas. Parece que se suicidó.
Al entrar a la sección ―Expedición al interior‖, todos comentaban el suceso:
Resulta que al amanecer, los peones de limpieza encontraron al sereno muerto junto a su
taza de café con leche. Al levantarlo, descubrieron que llevaba una pierna postiza. Vino la
policía. Al sereno le faltaba una pierna. Usaba una ortopédica; en su interior esa noche
había guardado dos docenas de cintas de máquina de escribir y siete corbatas de seda.
La policía allanó la casa donde vivía el sereno. En su habitación encontraron otra pierna.
Una pierna de madera maciza. Cuando el sereno no estaba dispuesto a robar, usaba la
pierna sin trampa. Se comprobó que en la pierna hueca cabía holgadamente un sobretodo
arrollado, siempre que se le descosieran las mangas.
Tal fue la razón por la que la policía no extremó las investigaciones para determinar quién
había hecho llegar a las manos del sereno la ―medialuna‖ cargada de veneno.
Y aquel día todos los empleados de la casa Xenius, incluso Ernestina, se sintieron
enormemente felices.
LA LUNA ROJA
Nada lo anunciaba por la tarde.
Las actividades comerciales se desenvolvieron normalmente en la ciudad. Olas humanas
hormigueaban en los pórticos encristalados de los vastos establecimientos comerciales, o
se detenían frente a las vidrieras que ocupaban todo el largo de las calles oscuras,
salpicadas de olores a telas engomadas, flores o vituallas.
Los cajeros, tras de sus garitas encristaladas, y los jefes de personal rígidos en los
vértices alfombrados de los salones de venta, vigilaban con ojo cauteloso la conducta de
sus inferiores.
Se firmaron contratos y se cancelaron empréstitos.
En distintos parajes de la ciudad, a horas diferentes, numerosas parejas de jóvenes y
muchachas se juraron amor eterno, olvidando que sus cuerpos eran perecederos; algunos
vehículos inutilizaron a descuidados paseantes, y el cielo, más allá de las altas cruces
metálicas pintadas de verde, que soportaban los cables de alta tensión, se teñía de un
gris ceniciento, como siempre ocurre cuando el aire está cargado de vapores acuosos.
Nada lo anunciaba.
Por la noche fueron iluminados los rascacielos.
La majestuosidad de sus fachadas fosforescentes, recortadas a tres dimensiones sobre el
fondo de tinieblas, intimidó a los hombres sencillos. Muchos se formaban una idea
desmesurada respecto a los posibles tesoros blindados por muros de acero y cemento.
Fornidos vigilantes, de acuerdo a la consigna recibida, al pasar frente a estos edificios,
observaban cuidadosamente los zócalos de puertas y ventanas, no hubiera allí
abandonada una máquina infernal. En otros puntos se divisaban las siluetas sombrías de
la policía montada, teniendo del cabestro a sus caballos y armados de carabinas
enfundadas y pistolas para disparar gases lacrimógenos.
Los hombres timoratos pensaban: ―¡Qué bien estamos defendidos!‖, y miraban con
agradecimiento las enfundadas armas mortíferas; en cambio, los turistas que paseaban
hacían detener a sus choferes, y con la punta de sus bastones señalaban a sus
acompañantes los luminosos nombres de remotas empresas. Estos centelleaban en
interminables fachadas escalonadas y algunos se regocijaban y enorgullecían al pensar
en el poderío de la patria lejana, cuya expansión económica representaban dichas filiales,
cuyo nombre era menester deletrear en la proximidad de las nubes. Tan altos estaban.
Desde las terrazas elevadas, al punto que desde allí parecía que se podían tocar las
estrellas con la mano, el viento desprendía franjas de músicas, ―blues‖ oblicuamente
recortados por la dirección de la racha de aire. Focos de porcelana iluminaban jardines
aéreos. Confundidos entre el follaje de costosas vegetaciones, controlados por la
respetuosa y vigilante mirada de los camareros, danzaban los desocupados elegantes de
la ciudad, hombres y mujeres jóvenes, elásticos por la práctica de los deportes e
indiferentes por el conocimiento de los placeres. Algunos parecían carniceros enfundados
en un ―smoking‖, sonreían insolentemente, y todos, cuando hablaban de los de abajo,
parecían burlarse de algo que con un golpe de sus puños podían destruir.
Los ancianos, arrellanados en sillones de paja japonesa, miraban el azulado humo de sus
vegueros o deslizaban entre los labios un esguince astuto, al tiempo que sus miradas
duras y autoritarias reflejaban una implacable seguridad y solidaridad. Aun entre el rumor
de la fiesta no se podía menos de imaginárseles presidiendo la mesa redonda de un
directorio, para otorgar un empréstito leonino a un estado de cafres y mulatillos, bajo
cuyos árboles correrían linfas de petróleo.
Desde alturas inferiores, en calles más turbias y profundas que canales, circulaban los
techos de automóviles y tranvías, y en los parajes excesivamente iluminados, una
microscópica multitud husmeaba el placer barato, entrando y saliendo por los portalones
de los ―dancings‖ económicos, que como la boca de altos hornos vomitaban atmósferas
incandescentes.
Hacia arriba, en oblicuas direcciones, la estructura de los rascacielos despegaba sobre
cielos verdosos o amarillentos, relieves de cubos, sobrepuestos de mayor a menor. Estas
pirámides de cemento desaparecían al apagarse el resplandor de invisibles letreros
luminosos; luego aparecían nuevamente como ―super dreadnoughts‖, poniendo una
perpendicular y tumultuosa amenaza de combate marítimo al encenderse lívidamente
entre las tinieblas. Fue entonces cuando ocurrió el suceso extraño.
El primer violín de la orquesta Jardín Aéreo Imperius iba a colocar en su atril la partitura
del ―Danubio Azul‖, cuando un camarero le alcanzó un sobre. El músico, rápidamente, lo
rasgó y leyó la esquela; entonces, mirando por sobre los lentes a sus camaradas,
depositó el instrumento sobre el piano, le alcanzó la carta al clarinetista, y como si tuviera
mucha prisa descendió por la escalerilla que permitía subir al paramento, buscó con la
mirada la salida del jardín y desapareció por la escalera de servicio, después de tratar de
poner inútilmente en marcha el ascensor.
Las manos de varios bailarines y sus acompañantes se paralizaron en los vasos que
llevaban a los labios para beber, al observar la insólita e irrespetuosa conducta de este
hombre. Mas, antes de que los concurrentes se sobrepusieran de su sorpresa, el ejemplo
fue seguido por sus compañeros, pues se les vio uno a uno abandonar el palco, muy
serios y ligeramente pálidos.
Es necesario observar que a pesar de la prisa con que ejecutaban estos actos, los
actuantes revelaron cierta meticulosidad. El que más se destacó fue el violoncelista que
encerró su instrumento en la caja. Producían la impresión de querer significar que
declinaban una responsabilidad y se ―lavaban las manos‖. Tal dijo después un testigo.
Y si hubieran sido ellos solos.
Los siguieron los camareros. El público, mudo de asombro, sin atreverse a pronunciar
palabra (los camareros de estos parajes eran sumamente robustos) les vio quitarse los
fracs de servicio y arrojarlos despectivamente sobre las mesas. El capataz de servicio
dudaba, mas al observar que el cajero, sin cuidarse de cerrar la caja, abandonaba su alto
asiento, sumamente inquieto se incorporó a los fugitivos.
Algunos quisieron utilizar el ascensor. No funcionaba.
Súbitamente se apagaron los focos. En las tinieblas, junto a las mesas de mármol, los
hombres y mujeres que hasta hacía unos instantes se debatían entre las argucias de sus
pensamientos y el deleite de sus sentidos, comprendieron que no debían esperar. Ocurría
algo que rebalsaba la capacidad expresiva de las palabras, y entonces, con cierto orden
medroso, tratando de aminorar la confusión de la fuga, comenzaron a descender
silenciosamente por las escaleras de mármol.
El edificio de cemento se llenó de zumbidos. No de voces humanas, que nadie se atrevía
a hablar, sino de roces, tableteos, suspiros. De vez en cuando, alguien encendía un
fósforo, y por el caracol de las escaleras, en distintas alturas del muro, se movían las
siluetas de espaldas encorvadas y enormes cabezas caídas, mientras que en los ángulos
de pared las sombras se descomponían en saltantes triángulos irregulares.
No se registró ningún accidente.
A veces, un anciano fatigado o una bailarina amedrentada se dejaba caer en el borde de
un escalón, y permanecía allí sentada, con la cabeza abandonada entre las manos, sin
que nadie la pisoteara. La multitud, como si adivinara su presencia encogida en la
pestaña de mármol, describía una curva junto a la sombra inmóvil.
El vigilante del edificio, durante dos segundos, encendió su linterna eléctrica, y la rueda de
luz blanca permitió ver que hombres y mujeres, tomados indistintamente de los brazos,
descendían cuidadosamente. El que iba junto al muro llevaba la mano apoyada en el
pasamanos.
Al llegar a la calle, los primeros fugitivos aspiraron afanosamente largas bocanadas de
aire fresco. No era visible una sola lámpara encendida en ninguna dirección.
Alguien raspó una cerilla en una cortina metálica, y entonces descubrieron en los
umbrales de ciertas casas antiguas, criaturas sentadas pensativamente. Estas, con una
seriedad impropia de su edad, levantaban los ojos hacia los mayores que los iluminaban,
pero no preguntaron nada.
De las puertas de los otros rascacielos también se desprendía una multitud silenciosa.
Una señora de edad quiso atravesar la calle, y tropezó con un automóvil abandonado;
más allá, algunos ebrios, aterrorizados, se refugiaron en un coche de tranvía cuyos
conductores habían huido, y entonces muchos, transitoriamente desalentados, se dejaron
caer en los cordones de granito que delimitaban la calzada.
Las criaturas inmóviles, con los pies recogidos junto al zócalo de los umbrales,
escuchaban en silencio las rápidas pisadas de las sombras que pasaban en tropel.
En pocos minutos los habitantes de la ciudad estuvieron en la calle.
De un punto a otro en la distancia, los focos fosforescentes de linternas eléctricas se
movían con irregularidad de luciérnagas. Un curioso resuelto intentó iluminar la calle con
una lámpara de petróleo, y tras de la pantalla de vidrio sonrosado se apagó tres veces la
llama. Sin zumbidos, soplaba un viento frío y cargado de tensiones voltaicas.
La multitud espesaba a medida que transcurría el tiempo.
Las sombras de baja estatura, numerosísimas, avanzaban en el interior de otras sombras
menos densas y altísimas de la noche, con cierto automatismo que hacía comprender que
muchos acababan de dejar los lechos y conservaban aún la incoherencia motora de los
semidormidos.
Otros, en cambio, se inquietaban por la suerte de su existencia, y calladamente
marchaban al encuentro del destino, que adivinaban erguido como un terrible centinela,
tras de aquella cortina de humo y de silencio.
De fachada a fachada, el ancho de todas las calles trazadas de este a oeste se ocupaba
de multitud. Esta, en la oscuridad, ponía una capa más densa y oscura que avanzaba
lentamente, semejante a un monstruo cuyas partículas están ligadas por el jadeo de su
propia respiración.
De pronto un hombre sintió que le tiraban de una manga insistentemente. Balbuceó
preguntas al que así le asía, mas como no le contestaban, encendió un fósforo y
descubrió el achatado y velludo rostro de un mono grande que con ojos medrosos parecía
interrogarlo acerca de lo que sucedía. El desconocido, de un empellón, apartó la bestia de
sí, y muchos que estaban próximos a él repararon que los animales estaban en libertad.
Otro identificó varios tigres confundidos en la multitud por las rayas amarillas que a veces
fosforecían entre las piernas de los fugitivos, pero las bestias estaban tan
extraordinariamente inquietas que, al querer aplastar el vientre contra el suelo, para
denotar sumisión, obstaculizaban la marcha, y fue menester expulsarlas a puntapiés. Las
fieras echaron a correr, y como si se hubiera pasado una consigna, ocuparon la
vanguardia de la multitud.
Adelantábanse con la cola entre las zarpas y las orejas pegadas a la piel del cráneo. En
su elástico avance volvían la cabeza sobre el cuello, y se distinguían sus enormes ojos
fosforescentes, como bolas de cristal amarillo. A pesar de que los tigres caminaban
lentamente, los perros, para mantenerse a la par de ellos, tenían que mover
apresuradamente las patas.
Súbitamente, sobre el tanque de cemento de un rascacielos apareció la luna roja. Parecía
un ojo de sangre despegándose de la línea recta, y su magnitud aumentaba rápidamente.
La ciudad, también enrojecida, creció despacio desde el fondo de las tinieblas, hasta fijar
la balaustrada de sus terrazas en la misma altura que ocupaba la comba descendente del
cielo.
Los planos perpendiculares de las fachadas reticulaban de callejones escarlatas el cielo
de brea. En las murallas escalonadas, la atmósfera enrojecida se asentaba como una
neblina de sangre. Parecía que debía verse aparecer sobre la terraza más alta un terrible
dios de hierro con el vientre troquelado de llamas y las mejillas abultadas de gula
carnicera.
No se percibía ningún sonido, como si por efectos de la luz bermeja la gente se hubiera
vuelto sorda.
Las sombras caían inmensas, pesadas, cortadas tangencialmente por guillotinas
monstruosas, sobre los seres humanos en marcha, tan numerosos que hombro con
hombro y pecho con pecho colmaban las calles de principio a fin.
Los hierros y las cornisas proyectaban a distinta altura rayas negras paralelas a la
profundidad de la atmósfera bermeja. Los altos vitriales refulgían como láminas de hielo
tras de las que se desemparva un incendio.
A la claridad terrible y silenciosa era difícil discernir los rostros femeninos de los
masculinos. Todos aparecían igualados y ensombrecidos por la angustia del esfuerzo
que realizaban, con los maxilares apretados y los párpados entrecerrados. Muchos se
humedecían los labios con la lengua, pues los afiebraba la sed. Otros con gestos de
sonámbulos pegaban la boca al frío cilindro de los buzones, o al rectangular respiradero
de los transformadores de las canalizaciones eléctricas, y el sudor corría en gotas
gruesas por todas las frentes.
De la luna, fijada en un cielo más negro que la brea, se desprendía una sangrienta y
pastosa emanación de matadero.
La multitud en realidad no caminaba, sino que avanzaba por reflujos, arrastrando los pies,
soportándose los unos en los otros, muchos adormecidos e hipnotizados por la luz roja
que, cabrilleando de hombro en hombro, hacía más profundos y sorprendentes los
tenebrosos cuévanos de los ojos y roídos perfiles.
En las calles laterales los niños permanecían quietos en sus umbrales.
Del tumulto de las bestias, engrosado por los caballos, se había desprendido el elefante,
que con trote suave corría hacia la playa, escoltado por dos potros. Estos, con las crines
al viento y los belfos vueltos hacia las apantalladas orejas del paquidermo, parecían
cuchichearle un secreto.
En cambio, los hipopótamos a la cabeza de la vanguardia, buceaban fatigosamente en el
aire, recogiéndolo con los golpes en vacío de sus hocicos acorazados. Un tigre
restregando el flanco contra los muros avanzaba de mala gana.
El silencio de la multitud llegó a hacerse insoportable. Un hombre trepó a un balcón y
poniéndose las manos ante la boca a modo de altoparlante, aulló congestionado:
—Amigos, ¡qué pasa, amigos! Yo no sé hablar, es cierto, no sé hablar, pero pongámonos
de acuerdo.
Desfilaban sin mirarle, y entonces el hombre secándose el sudor de la frente con el
velludo dorso del brazo se confundió en la muchedumbre.
Inconscientemente todos se llevaron un dedo a los labios, una mano a la oreja. No podían
ya quedar dudas.
En una distancia empalizada de fuego y tinieblas, más movediza que un océano de
petróleo encendido, giró lentamente sobre su eje la metálica estructura de una grúa.
Oblicuamente un inmenso cañón negro colocó su cónico perfil entre cielo y tierra, escupió
fuego retrocediendo sobre su cureña, y un silbido largo, cruzó la atmósfera con un cilindro
de acero.
Bajo la luna roja, bloqueada de rascacielos bermejos, la multitud estalló en un grito de
espanto:
—¡No queremos la guerra! ¡No..., no..., no!...
Comprendían esta vez que el incendio había estallado sobre todo el planeta, y que nadie
se salvaría.
De Aguafuertes porteñas
LOS CHICOS QUE NACIERON VIEJOS
Caminaba hoy por la calle Rivadavia, a la altura de Membrillar, cuando vi en una equina a
un muchacho con cara de ―jovie‖; la punta de los faldones del gabán tocándole los
zapatos; las manos sepultadas en el bolsillo; el ―fungi‖ abollado y la grandota nariz pálida
como lloviéndole sobre el mentón. Parecía un viejo, y sin embargo no tendría más de
veinte años... Digo veinte años y diría cincuenta, porque esos eran los que representaba
con su esgunfiamiento de mascarón chino y sus ojos enturbiados como los de un antiguo
lavaplatos. Y me hizo acordar de un montón de cosas, incluso de los chicos que nacieron
viejos, que en la escuela ya...
Esos pebetes... esos viejos pebetes que en la escuela llamábamos ―ganchudos‖—¿por
qué nacerán chicos que desde los cinco años demuestran una pavorosa seriedad de
ancianos?— y que concurren a la clase con los cuadernos perfectamente forrados y el
libro sin dobladuras en las páginas.
Podría asegurar, sin exageración, que si queremos saber cuál será el destino de un chico
no tendremos nada más que revisar su cuaderno, y eso nos servirá para profetizar su
destino.
Problema brutal e inexplicable porque uno no puede saber qué diablos es lo que tendrá
ese nene en el ―mate‖; ese nene que a los quince años va al primer año del colegio
nacional enfundado en un sobretodo y que hasta mezquino y tacaño de sonrisa resulta, y
después, algunos años más tarde, lo encontramos y siempre serio nos bate que estudia
de escribano o de abogado, y se recibe, y sigue serio, y está de novio y continúa grave
como Digesto Municipal; y se casa, y el día que se casa, cualquiera diría que asiste al
fallecimiento de un señor que dejó de pagarle los honorarios...
No se hicieron la rata. ¡Nunca se hicieron la rata! Ni en el colegio ni en el Nacional. De
más está decir que jamás perdieron una tarde en el café de la esquina jugando al billar.
No. Cuando menos o cuando más, o a lo más, las diversiones que se permitieron fue
acompañar a las hermanas al cine, no todos los días, sino de vez en cuando.
Pero el problema no es éste de si cuando grandes jugaron o no al billar, sino por qué
nacieron serios. Los culpables, ¿quiénes son; el padre o la madre? Porque hay purretes
que son alegres, joviales y burlones, y otros que ni por broma sonríen; chicos que parecen
estar embutidos en la negrura de un traje curialesco, chicos que tienen algo de sótano de
una carbonería complicado con la afectuosidad de un verdugo en decadencia. ¿A quiénes
hay que interrogar?, ¿a los padres o a las madres?
Fijándose un poco en los susodichos nenes, se observa que carecen de alegría como si
los padres, cuando los encargaron a París, hubieran estado pensando en cosas amargas
y aburridas. De otra forma no se explica esa vida esgunfiada que los chicos almacenan
como un veneno echado a perder.
Y tan echado a perder que pasan entre las cosas más bonitas de la creación un gesto
enfurruñado. Son tipos que únicamente gustan de las mujeres, del mismo modo que los
cerdos de las trufas, y en sacándolos de eso no baten ni medio.
Sin embargo las teorías más complicadas fallan cuando se trata de explicar la psicología
de estos menores. Hay señoras que dicen, refiriéndose a un hijo desabrido:
—Yo no sé a ―quién‖ sale tan serio. Al padre, no puede ser, porque el padre es un
badulaque de marca mayor. ¿A mí? Tampoco.
Chicos pavorosos y tétricos. Chicos que no leyeron nunca El corsario negro, ni Sandokan.
Chicos que jamás se enamoraron de la maestra (tengo que escribir una nota sobre los
chicos que se enamoran de la maestra); chicos que tienen una prematura gravedad de
escribano mayor; chicos que no dicen malas palabras y chicos que siempre entraron a la
escuela con los zapatos perfectamente lustrados y las uñas limpias y los dientes lavados;
chicos que en la fiesta de fin de año son el orgullo de las maestras que los exhiben con
sus peinados a la cola y gomina; chicos que declaman con énfasis reglamentado y
protocolar el verso A mi bandera; chicos de buenas clasificaciones; chicos que del
Nacional van a la Universidad, y de la Universidad al Estudio, y del Estudio a los
Tribunales, y de los Tribunales a un hogar congelado con esposa honesta, y del hogar
con esposa honesta y un hijo bandido que hace versos, a la Chacarita... ¿Para qué
habrán nacido estos hombres serios? ¿Se puede saber? ¿Para qué habrán nacido estos
menores graves, estos colegiales adustos?
Misterio. Misterio.
DIVERTIDO ORIGEN DE LA PALABRA ―SQUENUN‖
En nuestro amplio y pintoresco idioma porteño se ha puesto de moda la palabra
―squenun‖.
¿Qué virtud misteriosa revela dicha palabra? ¿Sinónimo de qué cualidades psicológicas
es el mencionado adjetivo? Helo aquí:
En el puro idioma del Dante, cuando se dice ―squena dritta‖ se expresa lo siguiente:
Espalda derecha o recta, es decir, que a la persona a quien se hace el homenaje de esta
poética frase se le dice que tiene la espalda derecha; más ampliamente, que sus espaldas
no están agobiadas por trabajo alguno sino que se mantienen tiesas debido a una
laudable y persistente voluntad de no hacer nada, más sintéticamente, la expresión
―squena dritta‖ se aplica a todos los individuos holgazanes, tranquilamente holgazanes.
Nosotros, es decir el pueblo, ha asimilado la clasificación, pero encontrándola
excesivamente larga, la redujo a la clara resonante y breve palabra de ―squenun‖.
El ―un‖ final, es onomatopéyico, redondea la palabra de modo sonoro, le da categoría de
adjetivo definitivo, y el grave ―squena dritta‖ se convierte por esta antítesis, en un jovial
―squenun‖, que expresando la misma haraganería la endulza de jovialidad particular.
En la bella península itálica, la frase ―squena dritta‖ la utilizan los padres de familia cuando
se dirigen a sus párvulos, en quienes descubren una incipiente tendencia a la vagancia.
Es decir, la palabra se aplica a menores de edad que oscilan entre los catorce y diecisiete
años.
En nuestro país, en nuestra ciudad mejor dicho, la palabra ―squenun‖ se aplica a los
poltrones mayores de edad, pero sin tendencia a ser compadritos, es decir, tiene su
exacta aplicación cuando se refiere a un filósofo de azotea, a uno de esos perdularios
grandotes, estoicos, que arrastran las alpargatas para ir al almacén a comprar un atado
de cigarrillos, y vuelven luego a su casa para subir a la azotea donde se quedarán
tomando baños de sol hasta la hora de almorzar, indiferentes a los rezongos del ―viejo‖,
un viejo que siempre está podando la viña casera y que gasta sombrero negro, grasiento
como el eje de un carro.
En toda familia dueña de una casita, se presenta el caso del ―squenun‖, del poltrón
filosófico, que ha reducido la existencia a un mínimo de necesidades, y que lee los
tratados sociológicos de la Biblioteca Roja y de la Casa Sempere.
Y las madres, las buenas viejas que protestan cuando el grandulón les pide para un atado
de cigarrillos, tienen una extraña debilidad por este hijo ―squenun‖.
Lo defienden del ataque del padre que a veces se amostaza en serio, lo defienden de las
murmuraciones de los hermanos que trabajan como Dios manda, y las pobres ancianas,
mientras zurcen el talón de una media, piensan consternadas ¿por qué ese ―muchacho
tan inteligente‖ no quiere trabajar a la par de los otros?
El ―squenun‖ no se aflige por nada. Toma la vida con una serenidad tan extraordinaria que
no hay madre en el barrio que no le tenga odio... ese odio que las madres ajenas tienen
por esos poltrones que pueden enamorarle algún día a la hija. Odio instintivo y que se
justifica, porque a su vez las muchachas sienten curiosidad por esos ―squenunes‖ que les
dirigen miradas tranquilas, llenas de una sabiduría inquietante.
Con estos datos tan sabiamente acumulados, creemos poner en evidencia que el
―squenun‖ no es un producto de la familia modesta porteña, ni tampoco de la española,
sino de la auténticamente italiana, mejor dicho, genovesa o lombarda. Los ―squenunes‖
lombardos son más refractarios al trabajo que los ―squenunes‖ genoveses.
Y la importancia social del ―squenun‖ es extraordinaria en nuestras parroquias. Se le
encuentra en la esquina de Donato Álvarez y Rivadavia, en Boedo, en Triunvirato y
Cánning, en todos los barrios ricos en casitas de propietarios itálicos.
El ―squenun‖ con tendencias filosóficas es el que organizará la Biblioteca ―Florencio
Sánchez‖ o ―Almafuerte‖; el ―squenun‖ es quien en la mesa del café entre los otros que
trabajan, dictará cátedras de comunismo y ―de que el que no trabaja no come‖; él, que no
ha hecho absolutamente nada en todo el día, como no sea tomar baños de sol,
asombrará a los otros con sus conocimientos del libre albedrío y del determinismo; en fin,
el ―squenun‖ es el maestro de sociología del café del barrio, donde recitará versos
anarquistas y las Evangélicas del latero de Almafuerte.
El ―squenun‖ es un fenómeno social. Queremos decir, un fenómeno de cansancio social.
Hijo de padres que toda la vida trabajaron infatigablemente para amontonar los ladrillos de
una ―casita‖, parece que trae en su constitución la ansiedad de descanso y de fiestas que
jamás pudieron gozar los ―viejos‖.
Entre todos los de la familia que son activos y que se buscan la vida de mil maneras, él es
el único indiferente a la riqueza, al ahorro, al porvenir. No le interesa ni importa nada. Lo
único que pide es que no lo molesten, y lo único que desea son los cuarenta centavos
diarios, veinte para los cigarrillos y otros veinte para tomar el café en el bar, donde una
orquesta típica le hace soñar horas y horas atornillado a la mesa.
Con ese presupuesto se conforma. Y que trabajen los otros, como si él trajera a cuestas
un cansancio enorme ya antes de nacer, como si todo el deseo que el padre y la madre
tuvieron de un domingo perenne, estuviera arraigado en sus huesos derechos de ―squena
dritta‖, es decir, de hombre que jamás será agobiado por el peso de ningún fardo.
LA TRISTEZA DEL SÁBADO INGLÉS
¿Será, acaso, porque me paso vagabundeando toda la semana, que el sábado y el
domingo se me antojan los días más aburridos de la vida? Creo que el domingo es
aburrido de puro viejo y que el sábado inglés es un día triste, con la tristeza que
caracteriza a la raza que le ha puesto su nombre.
El sábado inglés es un día sin color y sin sabor; un día que ―no corta ni pincha‖ en la
rutina de las gentes. Un día híbrido, sin carácter, sin gestos.
Es día en que prosperan las reyertas conyugales y en el cual las borracheras son más
lúgubres que un ―de profundis‖ en el crepúsculo de un día nublado. Un silencio de tumba
pesa sobre la ciudad. En Inglaterra, o en países puritanos, se entiende. Allí hace falta el
sol, que es, sin duda alguna, la fuente natural de toda alegría. Y como llueve o nieva, no
hay adonde ir, ni a las carreras, siquiera. Entonces la gente se queda en sus casas, al
lado del fuego, y ya cansada de leer Punch, hojea la Biblia.
Pero para nosotros el sábado inglés es un regalo modernísimo que no nos convence. Ya
teníamos de sobra con los domingos. Sin plata, sin tener adonde ir y sin ganas de ir a
ninguna parte, ¿para qué queríamos el domingo? El domingo era una institución sin la
cual vivía muy cómodamente la humanidad.
Tata Dios descansó en día domingo, porque estaba cansado de haber hecho esta cosa
tan complicada que se llama mundo. Pero ¿qué han hecho, durante los seis días, todos
esos gandules que por ahí andan, para descansar el domingo? Además, nadie tenía
derecho a imponernos un día más de holganza. ¿Quién lo pidió? ¿Para qué sirve?
La humanidad tenía que aguantarse un día por semana sin hacer nada. Y la humanidad
se aburría. Un día de ―fiaca‖ era suficiente. Vienen los señores ingleses y, ¡qué bonita
idea!, nos endilgan otro más, el sábado.
Por más que se trabaje, con un día de descanso por semana es más que suficiente. Dos
son insoportables, en cualquier ciudad del mundo. Soy, como verán ustedes, un enemigo
declarado e irreconciliable del sábado inglés.
Corbata que toda la semana permanece embaulada. Traje que ostensiblemente tiene la
rigidez de las prendas bien guardadas. Botines que crujían. Lentes con armadura de oro,
para los días sábado y domingo. Y tal aspecto de satisfacción de sí mismo, que daban
ganas de matarlo. Parecía un novio, uno de esos novios que compran una casa por
mensualidades. Uno de esos novios que dan un beso a plazo fijo.
Tan cuidadosamente lustrados tenía los botines que cuando salí del coche no me olvidé
de pisarle un pie. Si no hay gente el hombre me asesina.
Después de este papanatas, hay otro hombre del sábado, el hombre triste, el hombre que
cada vez que lo veo me apena profundamente.
Lo he visto numerosas veces, y siempre me ha causado la misma y dolorosa impresión.
Caminaba yo un sábado por una acera en la sombra, por la calle Alsina —la calle más
lúgubre de Buenos Aires— cuando por la vereda opuesta, por la vereda del sol, vi a un
empleado, de espaldas encorvadas, que caminaba despacio, llevando de la mano una
criatura de tres años.
La criatura exhibía, inocentemente, uno de esos sombreritos con cintajos, que sin ser
viejos son deplorables. Un vestidito rosa recién planchado. Unos zapatitos para los días
de fiesta. Caminaba despacio la nena, y más despacio aún, el padre. Y de pronto tuve la
visión de la sala de una casa de inquilinato, y la madre de la criatura, una mujer joven y
arrugada por las penurias, planchando los cintajes del sombrero de la nena.
El hombre caminaba despacio. Triste. Aburrido. Yo vi en él el producto de veinte años de
garita con catorce horas de trabajo y un sueldo de hambre, veinte años de privaciones, de
sacrificios estúpidos y del sagrado terror de que lo echen a la calle. Vi en él a Santana, el
personaje de Roberto Mariani.
Y en el centro, la tarde del sábado es horrible. Es cuando el comercio se muestra en su
desnudez espantosa. Las cortinas metálicas tienen rigideces agresivas.
Los sótanos de las casas importadoras vomitan hedores de brea, de benzol y de artículos
de ultramar. Las tiendas apestan a goma. Las ferreterías a pintura. El cielo parece, de tan
azul, que está iluminando una factoría perdida en el África. Las tabernas para corredores
de bolsa permanecen solitarias y lúgubres. Algún portero juega al mus con un lavapisos a
la orilla de una mesa. Chicos que parecen haber nacido por generación espontánea de
entre los musgos de las casas-bancas, aparecen a la puerta de ―entrada para empleados‖
de los depósitos del dinero. Y se experimenta el terror, el espantoso terror de pensar que
a estas mismas horas en varios países las gentes se ven obligadas a no hacer nada,
aunque tengan ganas de trabajar o de morirse.
No, sin vuelta de hoja; no hay día más triste que el sábado inglés ni que el empleado que
en un sábado de éstos está buscando aún, a las doce de la noche, en una empresa que
tiene siete millones de capital, ¡un error de dos centavos en el balance de fin de mes!
NO ERA ÉSE EL SITIO, NO...
Hoy, pasando por Garay y Chiclana, he visto la estatua de Florencio Sánchez... Unos
perros se husmeaban mutuamente al pie del zócalo, y la desolación del cielo agriamente
azul sobre la melenuda cabeza del escritor, se sumaba a la tragedia descolorida de un
cartelón amarillo del Ejército de Salvación. Y mirando en torno, las humildes casitas de
una planta, con cocinita delantera, me impregnaba de tristeza proletaria. Me dije:
—No; no era ése el sitio, no.
Si el alma vive y conserva sus facultades de discernimiento después de la muerte, se me
ocurre que al alma de Florencio Sánchez le hubiera gustado que su estatua la pusieran en
la calle Corrientes. En cualquier esquina, frente a algún café.
Sí, a él le hubiera gustado allí.
Para que lo contemplen todas las aprendizas de bataclanas, para que su metal y su
espíritu se impregnen del perfume de las hetairas que pasan, y para que lo observaran
con amabilidad de viejos amigos las actrices que a la una de la madrugada van a tomar
un chocolate en cualquiera de los mil cafés que decoran la calle.
Y se me ocurre que el trágico Florencio Sánchez de Riganelli hubiera terminado de
sonreír.
Sí... hubiera sonreído al amanecer, cuando el sol alumbra las cornisas de los rascanubes
y la calle, repleta de sombras azules y cajones de basura, ostenta mozos que con delantal
de carpintero barren los zaguanes y friegan los mármoles de las ―botiglierías‖.
Hubiera sonreído cuando, a las once de la mañana, salen las muchachas de las
―maisones‖, y las trasnochadoras, con ojos todavía hinchados de sueño, asoman a los
balcones de sus departamentos para ―ver cómo se presenta el día‖.
Y Florencio Sánchez no hubiera estado solo.
Le haría compañía el tráfico fenomenal de la calle típica. Los muchachos cabelludos,
desde el interior de algún café, lo mirarían pensando: ―Algún día seremos como vos‖, y las
viejas actrices, las que están laminadas y trasijadas de escenario y descoloridas por las
candilejas, recordándolo pasarían diciendo: ―Cómo le gustaban las mujeres. Y más que
las mujeres, el arte.‖
Y Florencio Sánchez no hubiera estado solo.
Tendría la compañía de sus hermanos los canillitas, los canillitas de la calle Corrientes,
que cuando ofrecen una revista a una bataclana lo hacen con el mismo gesto que si le
regalaran un ramo de flores. Tendría la compañía de los vigilantes de la calle Corrientes,
que cuando ven pasar a sus habituales vecinas, las muchachas de ―las cinco de la tarde a
las cinco de la mañana‖, las saludan amablemente, como si ellos fueran sus amigos.
Tendría la compañía de los solemnes vagos y ―squenunes‖ de la urbe, que desde las tres
de la tarde a las cuatro de la mañana, se atornillan en las mesas a charlar de nada, de
todo, de mucho y de nada.
Y Florencio estaría contento. Me jugaría la cabeza que estaría contento. En su cuerpo de
bronce penetraría el calor de tanta mirada de mujer emperifollada y perfumada, tanta
sonrisa amable de milongueras y malandrines despertaría su sonrisa. Y estaría siempre
acompañado. De sol a sol y de luna a luna escucharía el estrépito de los automóviles
bacanes, el ruido de la multitud que entra y sale de los veinte cines y teatros de la calle;
recibiría el saludo de los autores noveles, que recién estrenan y que al pasar le dirían:
—Chau, hermano. Algún día te haremos compañía.
Y Florencio estaría contento.
Contento de escuchar las discusiones de los actores que van a tomar el vermouth a la
una de la tarde, para almorzar a las dos; regocijado de oír a las tres de la tarde, en la
vereda, el taconeo de las grelas que van a comprar yerba para cebarle mate a sus
señores de horca, palo y leña; y su espíritu toleraría festivamente el discurso que un poeta
borracho, regoldando vino, le largaría un amanecer. Sí, sonreiría. No les quede duda
alguna. Porque él amaba la sustancia rea de esta ciudad tan macanuda.
No era un hombre serio que mereciera tener estatua en la avenida Alvear, o en la plaza
Constitución. Ni tampoco allí, en Chiclana, junto al desolado cartón amarillo del Ejército de
Salvación. No, ¡por Dios! Si Florencio pudiera resucitar, protestaría. Diría que no quiere
salvarse. Que si le quieren poner estatua, que... bueno, que lo ubiquen: pero en la calle
Corrientes, en la calle más linda del mundo... a la sombra de los teatros, a la vista de las
muchachas que se pintan los ojos, los labios y el corazón, y que noche tras noche
florecen a la luz de aluminio de la luna y a la luz verde, roja y azul de los cientos de
letreros luminosos invitando a pensar que la vida es linda, que las mujeres son buenas y
los hombres fraternos.
Sí. A Florencio le hubiera gustado allí... (y si me guardan el secreto), a diez metros del
Politeama de ladrillos chocolate y techo complicado, como el puente de un navío.
CARLOS DÁMASO MARTÍNEZ
Carlos Dámaso Martínez es licenciado en Letras, escritor y periodista cultural. Sus libros más
recientes son El informante (novela), El amor cambia (cuentos) y La seducción del relato (ensayos
sobre literatura, 2003). Es colaborador en revistas culturales argentinas y del exterior, profesor
universitario, investigador en el Instituto de Literatura Hispanoamericana, de la Facultad de
Filosofía y Letras de la UBA y editor de la revista Espacios, publicación de esta misma facultad.
ROBERTO ARLT: LO FANTÁSTICO Y LA "OMINOSIDAD" DE LO REAL
Adolfo Prieto fue uno de lo primeros críticos que advirtió hacia la década del sesenta la
importancia de la narrativa fantástica en Roberto Arlt. En su estudio no sólo contempla
algunos relatos donde Arlt explora el género, sino que lo considera un aspecto relevante
de la obra del autor de Los siete locos. En ese sentido destaca que lo sobrenatural ―juega
alucinantes contrapuntos con la experiencia de lo real‖ y su intromisión en una novelística
realista contribuye a acentuar en el lector una ―sensación de que el mundo es una
fantasmagoría‖.1 En el libro El jorobadito (1933) hay dos cuentos que expresan esta
1
Adolfo Prieto: "La fantasía y lo fantástico en Roberto Arlt", en Estudios de literatura argentina.
Buenos Aires, Galerna, 1969.
tendencia de Arlt: ―La luna roja‖ y ―El traje del fantasma‖. En El criador de gorilas (1941)2
se agregan otros (como "Los hombres fieras" y "Odio desde la otra vida") y
particularmente en su producción teatral lo fantástico se fusiona con la farsa y el
grotesco.3 Pero es quizá en uno de sus últimos textos, Un viaje terrible, publicado como
una nouvelle en 19414, en el que las estrategias narrativas fantásticas alcanzan su mejor
expresión, conjugadas con un evidente registro paródico. En realidad, este relato largo es
el resultado de la fusión y reescritura de dos cuentos anteriores ―¡S.O.S.! Longitud 145"
30’, latitud 29" 15’5 y ―Prohibido ser adivino en este barco‖6.
Teniendo en cuenta estos dos cuentos y en la nouvelle que escribe posteriormente es
posible realizar una serie de reflexiones sobre la poética narrativa de Arlt, como también
considerar la importancia que la búsqueda de lo fantástico tiene en este momento de su
vida y en esta etapa de su trayectoria como escritor.
El hecho de que Arlt escriba Un viaje terrible utilizando los dos cuentos mencionados
revela ese ritmo casi vertiginoso de su creación literaria. Su rol de escritor profesional y su
relación con la industria cultural en auge hacia 1930, concretamente con el periodismo y
las publicaciones folletinescas, lo condicionan como escritor y le imponen una actividad
constante propia del funcionamiento de la prensa escrita. Un perfil que comparte con otros
escritores de su momento y que en este sentido tanto se parece al de Horacio Quiroga.
Son conocidas las tensiones que Arlt tiene con los códigos de lo que se puede o no puede
hacer en su labor como periodista cuando escribe las aguafuertes diarias en El Mundo7.
Si bien hay también algunos condicionantes para escribir cuentos, como la brevedad o la
simpleza, por parte de los medios periodísticos, las leyes de la invención y las búsquedas
formales son más libres en la escritura narrativa. Esto permite pensar por qué esos dos
primeros cuentos publicados, en El Hogar uno y el otro en Mundo Argentino, vendrían a
ser algo así como los borradores que hacen posible el relato más largo, la nouvelle Un
viaje terrible.
En "¡S.O.S¡ Longitud....." está lo fantástico, el fenómeno sobrenatural, el modelo del relato
de viaje, de aventura. En realidad, la narración de una travesía en barco por el Océano
Pacífico y la presencia catastrófica de un remolino gigantesco, que, en el continúo
movimiento hacia el fondo del mar, arrastra lentamente hacia sus profundidades a la
nave. Por su parte, "Prohibido ser adivino en este barco", conjuga esa admiración y
rechazo de Arlt por los astrólogos y profesadores de ciertos poderes ocultistas con una
trama construida sobre la base del despliegue de un enigma casi policial, que se resuelve
irónica y paródicamente hacia el final: una pasajera es la que ha realizado varios delitos y
atentados para lograr que se cumplan los pronósticos del supuesto adivino que viaja en el
barco. Un viaje terrible toma estas dos historias, las amplía, las transforma, es decir,
modifica las acciones, busca otro orden de los sucesos, cambia también algunos nombres
de los protagonistas y agrega otros, desarrolla y completa sus personalidades. En suma,
enriquece la trama y produce un nuevo relato, tal vez más eficaz, más logrado e
interesante que los anteriores. En un momento en que el género del cuento está bien
definido y arraigado en la producción narrativa rioplatense, Arlt no sólo busca la
representación fantástica sino también ensaya las formas de la "nouvelle". Si bien está
motivado por la exigencia de la colección folletinesca de la empresa editora de Un viaje
terrible, en el sentido de que le piden un relato de esa extensión, esta nouvelle aparece en
un momento en que se están cuestionando los presupuestos estéticos de la novela
contemporánea. El mismo Arlt participa de este debate con varios artículos que publica en
el diario El Mundo. En uno de ellos dice: "La novela actual carece de aventuras porque el
novelista profesional, aunque parezca una paradoja, carece de profesión"8. Para él la
supuesta decadencia de la novela radica en que los escritores tratan al personaje de un
modo estático, y cree que la acción narrativa es fundamental. Sin ella, dice: "no podemos
determinar la constante psicológica del personaje"9. En otro artículo reitera esta opinión y
acusa a Marcel Proust de ser "el responsable directo de que la novela contemporánea
2
Editorial Zig-Zag, Col. Aventura No. 165. Chile. 1941.
3
Ya está presente en obras como 300 millones, Saverio el cruel(1936) y especialmente en El
fabricante de fantasmas(1936), Africa(1938) y La fiesta de hierro(1940).
4
Colección Nuestra Novela, No.6, Buenos Aires, 1941.
5
El Hogar 21-1-1937.
6
Mundo Argentino, 27-11-1939.
7
Veáse en prólogo de Sylvia Saitta a Aguasfuertes porteñas: cultura y política. Losada, 1994.
Buenos Aires.
8
―Aventura sin novela y novela sin aventura‖, El Mundo 13 de agosto de l941.
9
―Confusiones acerca de la novela ―,El Mundo, 22 de agosto de 1941.
haya devenido una galería de retratos"10. Tales ideas coinciden con lo que manifiesta
Borges en el prólogo a La invención de Morel (1940), de Adolfo Bioy Casares, que entre
sus argumentos contra la novela psicológica y el realismo dice que "hay páginas y hay
capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo,
nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día." Y al igual que Arlt propone
novelas de fuertes argumentos y rescata la narración de aventuras. Desde esta
perspectiva Borges aprecia las "ficciones de índole policial" como llama al género y la
narrativa fantástica. Bioy Casares también en esa década va a manifestarse en el mismo
sentido en varios escritos.11 Arlt sin expresarlo tan directamente, a partir de su
cuestionamiento de la novela por esos años también ha incursionado en el relato
policial12 y escribe, como venimos diciendo, narraciones fantásticas. Sin duda los tres
escritores rechazan el realismo. Arlt sobre todo lo que él llama "la medianía del realismo",
aclarando que éste no "es un género sino una técnica que se limitó a describir lo que se
hallaba debajo de sus narices con fidelidad de pantógrafo". Mientras Borges propone para
su programa narrativo la "imaginación razonada" de lo fantástico, Arlt cree que hay que
buscar la seducción del relato en los conflictos que deben generar los personajes, con la
misma "desmesura" que él reconoce que existe en los héroes de la novela clásica.13
Decíamos que en Un viaje terrible, su autor toma el hecho sobrenatural del primer cuento
y la trama policial humorística del segundo. La nouvelle narra un viaje en un trasatlántico
que sale del puerto de Antofagasta y navega por el Pacífico. En esa travesía, llamada del
―Terror‖ en el texto, Arlt reúne una serie de personajes caricaturescos. Es como si aquí
estuvieran todos los temas y las obsesiones de su literatura. Los personajes son los
típicos de su obra: hay adivinos, astrólogos, predicadores, estafadores, tahúres,
borrachos, fanáticos, religiosos, mujeres bellas y apasionadas y ninguno de ellos es lo
que aparenta ser. Conforman así una visión que concibe al mundo como un confuso
simulacro. Lo fantástico en ―La luna roja‖ encarna la inminencia de la catástrofe, es un
fenómeno increíble que irrumpe en la dimensión de lo real; lo mismo sucede con el
gigantesco remolino que, en pleno océano, comienza a succionar al barco de la travesía,
el Blue Star, y a otros que se encuentran navegando en la zona. El temor a un suceso de
esa naturaleza pone a los pasajeros al borde de la demencia. Sin embargo, la locura, más
específicamente junto a la pasión por los inventos (las famosas telas engomadas e
impermeables .....), se reúnen en el personaje de Annie. Ella es presentada con una
belleza similar a las de las divas del cine de la época y a la vez como una ingeniera
química. En este personaje, según lo dice Prieto, Arlt traspone sus propias obsesiones por
los inventos. Pero a pesar de ser el objeto del deseo amoroso del narrador protagonista,
ella tampoco escapa a ese mundo de simulaciones. Lo aparente y lo real se alternan y,
como una trampa narrativa, se hace creer hasta el final del relato que ella no es una
enferma mental. El gran remolino tiene una reminiscencia de ―Un descenso al Maelström‖,
de Edgar Alan Poe, aunque aquí el extraño fenómeno se explica con razones geológicas,
obviamente inventadas y seudo científicas.
El relato ofrece también un plano paródico, fundamentalmente en relación con la
narración de aventura y la crónica de viaje, ya que elige esta última forma discursiva para
narrar los fabulosos sucesos. Como en ―La luna roja‖, en ―Un viaje terrible‖ la intención
alegórica parece ser desbordada por lo fantástico14 y es a través de este modo que la
significación del texto se impone. Así como ―lo fantástico permite volver sobre la historia
una mirada inquisidora‖ y puede ser ―una vía alternativa para contarla‖, como afirma Silvia
Molloy, en su ensayo ―Historia y fantasmagoría‖15 es probable que, también sea una
forma literaria capaz de representar el sentimiento latente de los conflictos de una época.
Roberto Arlt escribe este relato un año antes de su muerte. En 194l el poder del nazismo
amenaza a Europa, en ese momento las tropas del Tercer Reich invaden el territorio de la
URSS y la Segunda Guerra Mundial continúan su marcha de horror y muerte. Son una
serie de acontecimientos concretos y amenazantes, que provocan la sensación
generalizada de una catástrofe inevitable. Esa atmósfera de desesperación y
10
―Galería de retratos‖, El Mundo, 16 de setiembre de 1941. Otros artículos publicados en el mismo
diario donde reitera estas opiniones son: ―Irresponsabildad del novelista subjetivo ― (2 de octubre
de 1941); ―Acción, límite de lo humano y lo divino‖ (7 de octubre de l941); ―Literatura sin héroes‖
(13 de octubre de 1941)
11
Por ejemplo, en el prólogo a la Antología de la literatura fantástica, que publica con Borges y
Silvina Ocampo. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, l940.
12
Entre los cuentos policiales podemos destacar "Un crimen casi perfecto", publicado en Mundo
Argentino, 29-5-1940-
13
―Galería de retratos‖. Ob. cit.
14
Así lo interpreta Adolfo Prieto en la obra citada.
15
Publicado en El relato fantástico en España e Hispanoamérica, Colección Encuentros, Edición
del Quinto Centenario, Madrid, l992.
"ominosidad" trasmite Un viaje terrible. Hacia el final de su vida, Arlt escribe esta nouvelle
en clave fantástica, la que a su vez pareciera resumir su mundo narrativo. En estos años
el escritor vive con gran preocupación los hechos que protagoniza el nazismo y sigue
paso a paso la violencia desatada por la guerra en Europa. Se sabe que deseaba ser
enviado como corresponsal de guerra, pero debe resignarse a escribir sus columnas
cotidianas en El Mundo, en una sección que seguramente él mismo titula Al margen del
cable. Este sentimiento y estas preocupaciones por la conflagración mundial, no sólo van
a estar presente en su literatura, en su teatro y, particularmente, como hemos observado,
en ―La luna roja‖ y en Un viaje terrible, sino también en varias de las aguafuertes que por
ese entonces escribe.16 En ―Un argentino piensa en Europa‖, que publica el 16 de
setiembre de 1938 en El Mundo, expresa su preocupación por el modo en que vive el
ciudadano común la inminencia de la guerra. "Este es el hombre -dice- de quien ningún
corresponsal se acuerda de escribir (...) Este es el hombre de la calle. El hombre que vive
pensando, desde la mañana en que se levanta hasta la noche, en la catástrofe de una
guerra próxima". Unas frases más adelante generaliza la situación y termina afirmando: "Y
todos hablan de la guerra. Con rabia sorda. Con bocas torcidas. Con puntas de dientes
visibles. Todos hablan de la maldita guerra." Dos años después en otra aguafuerte,
―Clausura del diario íntimo‖17, ante los hechos bélicos consumados dice categórico: "...El
tiempo escribe en el cielo con flamígera tizona esta palabra Hoy. Es decir, final de una
época. Nacimiento de horrores. Guerra. Cifra astronómica en los presupuestos. Europa
barrida por un simún de fuego. Hitler convertido en sinónimo del Anticristo. Hoy."
La actitud de Arlt es de repudio a la guerra y al nazismo. Esta convicción que expresa en
sus crónicas periodísticas -donde los procedimientos ficcionales como la construcción de
personajes y situaciones prevalecen cada vez más- está presente también en sus relatos
fantásticos. Ya sea de una manera más directa en ―La luna roja‖, donde hacia el final de la
narración la multitud estalla en un "grito de espanto" diciendo que no quieren la guerra, o
de un modo más sugerente en Un viaje terrible, apelando al desarrollo de una serie de
acciones desesperadas e irracionales que los personajes realizan ante la inminencia de
una catástrofe inaudita.
Evidentemente, el interés por lo fantástico es un indicio de que hacia fines de la década
del treinta y comienzo de los cuarenta se está produciendo un cambio en la literatura
argentina. Al parecer los modelos del "realismo psicológico" comienzan agotarse en la
búsqueda estética de Arlt y otros escritores contemporáneos y lo fantástico es un
paradigma seductor y poco explorado. Por lo tanto ante la pregunta por la presencia de la
imaginación fantástica en estos años en la literatura rioplatense, ya sea en algunos
escritores que terminan su trayectoria literaria, como Quiroga y Arlt, y en otros que inician
esa tendencia como Borges, Bioy, y el joven Cortázar que escribe hacia 1939 en Chivilcoy
su cuento Casa tomada (donde la alusión a la ominosidad de la realidad es también
palpable), probablemente haya que buscar una posible respuesta en la capacidad de lo
fantástico de plantear literariamente un interrogante sobre la incertidumbre de lo real, en
un momento en que esa incertidumbre se acentúa en el orden de lo social, lo político y lo
ético ante a la irracionalidad y la violencia destructora del nazismo y la guerra.
LEOPOLDO LUGONES
Leopoldo Lugones ha sido uno de los poetas, ensayistas y narradores argentinos más
influyentes. Nació en Córdoba en 1874, y murió en Tigre en 1938.
Su constante oscilación entre los extremos opuestos en cualquier ámbito de la vida (el político, el
cultural, el literario) quedaron plasmados en la riqueza y variedad de su obra poética, considerada
como una de las que más influyeron en las generaciones de poetas hispanoparlantes.
En su actividad profesional, Leopoldo Lugones desempeñó diferentes cargos como inspector de
enseñanza normal y secundaria en su país natal, donde también se hizo cargo durante algún
tiempo de la dirección del prestigioso suplemento literario del diario La Nación, de Buenos Aires.
Además, trabajó algunos años como bibliotecario del Consejo de Educación.
En su faceta política, se inició como un firme partidario de la ideología socialista. Entre 1896 y 1903
integra, con Roberto Payró, Alberto Gerchunoff y Miguel Ugarte, el grupo de asaltos rebeldes
contra el orden social y político. Este grupo se disoció pronto. Sin embargo, poco a poco fue
retrocediendo hacia posturas más conservadoras: tras un breve período de adscripción al
pensamiento liberal, se inclinó decididamente hacia la derecha, sobre todo a partir de 1924, fecha
16
Véase ―La guerra frente a las pizarras para los indiferentes‖(El Mundo, 21-5-1940); La guerra
frente a las pizarras: sainete en tiempos de tragedia (El Mundo, 23-5-1940); en Aguafuertes
porteñas: cultura y política, compilación de Sylvia Saitta. Losada, Buenos Aires, 1992. También ―El
terrorista Hess aterrorizado‖, El Mundo, 15-5-1941; ―Hitler lo dijo...‖ El Mundo, 18-3.1940;
―Setiembre en el horóscopo de Hitler‖, EL Mundo, 1939..
17
El Mundo, 4-6-1941.
en la que proclamó que había llegado "la hora de la espada". Seis años después, colaboró
activamente con el golpe de Estado del general José Félix Uriburu (6 de septiembre de 1930).
Hombre de innegable influencia, entre sus cuantiosas obras podemos citar: Los muchachos, La
guerra gaucha, Las fuerzas extrañas, Lunario sentimental, La limadura de hiphaestos, Odas
seculares, Historia de Sarmiento, El libro fiel, Elogio de Ameghino, El payador, Hijo de la pampa, Mi
beligerancia, El libro de los paisajes, Las industrias de Atenas, La torre de Casandra, El tamaño del
espacio, Las horas doradas, Cuentos fatales, Romancero, La organización de la paz, Nuevos
estudios helénicos, La patria fuerte, La grande Argentina, Romances del Río Seco, Roca,
Diccionario etimológico del castellano usual.
LA ESTATUA DE SAL
He aquí cómo refirió el peregrino la verdadera historia del monje Sosistrato:
Quien no ha pasado alguna vez por el monasterio de San Sabas, diga que no conoce la
desolación. Imaginaos un antiquísimo edificio situado sobre el Jordán, cuyas aguas
saturadas de arena amarillenta se deslizan ya casi agotadas hacia el Mar Muerto, por
entre bosquecillos de terebintos y manzanos de Sodoma. En toda aquella comarca no hay
más que una palmera cuya copa sobrepasa los muros del monasterio. Una soledad
infinita, sólo turbada de tarde en tarde por el paso de algunos nómades que trasladan sus
rebaños; un silencio colosal que parece bajar de las montañas cuya eminencia amuralla el
horizonte. Cuando sopla el viento del desierto, llueve arena impalpable; cuando el viento
es del lago, todas las plantas quedan cubiertas de sal. El ocaso y la aurora confúndense
en una misma tristeza. Sólo aquellos que deben expiar grandes crímenes, arrostran
semejantes soledades. En el convento se puede oír misa y comulgar. Los monjes que no
son ya más que cinco, y todos por lo menos sexagenarios, ofrecen al peregrino una
modesta colación de dátiles fritos, uvas, agua del río y algunas veces vino de palmera.
Jamás salen del monasterio, aunque las tribus vecinas los respetan porque son buenos
médicos. Cuando muere alguno, lo sepultan en las cuevas que hay debajo a la orilla del
río, entre las rocas. En esas cuevas anidan ahora parejas de palomas azules, amigas del
convento; antes, hace ya muchos años, habitaron en ellas los primeros anacoretas, uno
de los cuales fue el monje Sosistrato cuya historia he prometido contaros. Ayúdeme
Nuestra Señora del Carmelo y vosotros escuchad con atención. Lo que vais a oír, me lo
refirió palabra por palabra el hermano Porfirio, que ahora está sepultado en una de las
cuevas de San Sabas, donde acabó su santa vida a los ochenta años en la virtud y la
penitencia. Dios lo haya acogido en su gracia. Amén.
Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su vida en la soledad con
varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién convertidos a la religión del
crucificado. Pertenecía, pues, a la fuerte raza de los estilitas. Después de largo vagar por
el desierto, encontraron un día las cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas.
El agua del Jordán, los frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común,
bastaban para llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas
grutas surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante bóveda
de los cielos próxima a desplomarse sobre los pecados del mundo. El sacrificio de
aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de sus carnes y la pena de
sus ayunos a la justa ira de Dios, para aplacarla, evitaron muchas pestes, guerras y
terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen con ligereza de las penitencias de los
cenobitas. Y, sin embargo, los sacrificios y oraciones de los justos son las claves del
techo del universo.
Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato y sus compañeros habían
alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los
santos monjes. Éstos fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato
se quedó solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente.
Oraba arrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas,
traíanle cada tarde algunos granos de granada y se los daban a comer con el pico. Nada
más que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el
viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de ramas, una copa
de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis
inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el
Señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascensión a la
bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta,
ningún caminante había pasado por allí.
Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas, asustadas de
pronto, echaron a volar abandonándolo. Un peregrino acababa de llegar a la entrada de la
caverna. Sosistrato, después de saludarlo con santas palabras, lo invitó a reposar
indicándole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese
anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su
alforja, oró en compañía del monje.
Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesárea a las
orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó a
Sosistrato.
—He visto los cadáveres de las ciudades malditas —dijo una noche a su huésped; he
mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto a la mujer
de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he
escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía.
—Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado De Sodoma, dijo en voz baja Sosistrato.
—Sí, conozco el pasaje, añadió el peregrino. Algo más definitivo hay en él todavía; y de
ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he
pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena...
—Es la justicia de Dios, exclamó el solitario.
—¿No vino Cristo a redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo?,
replicó suavemente el viajero que parecía docto en letras sagradas. ¿Acaso el bautismo
no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?...
Después de estas palabras, ambos entregáronse al sueño. Fue aquella la última noche
que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición
de Sosistrato; y no necesito deciros que, a pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido
peregrino era Satanás en persona.
El proyecto del maligno fue sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el
espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal, libertar de su suplicio aquel espíritu
encadenado! La caridad lo exigía, la razón argumentaba. En esta lucha transcurrieron
meses hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le
ordenó ejecutar el acto.
Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de
acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero
sus piernas cansadas apenas podían sostenerlo. Así marchó durante dos días. Las fieles
palomas continuaban alimentándolo como de ordinario, y él rezaba mucho,
profundamente, pues aquella resolución afligíalo en extremo. Por fin, cuando sus pies
iban a faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.
Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco a poco desvaneciéndose. Algunas
piedras quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos de arcos, hileras de adobes
carcomidos por la sal y cimentados en betún... El monje reparó apenas en semejantes
restos que procuró evitar a fin de que sus pies no se manchasen a su contacto. De
repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir hacia el sud, fuera ya de los
escombros, en un recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta
de la estatua.
Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El
sol brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa
salobre que cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación
meridiana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas
dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en
ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades.
Sosistrato se aproximó a la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia
cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente
inmóviles bajo la invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida
salía de aquella roca. El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde
hacía miles de años; y sin embargo, ¡esa efigie estaba viva puesto que sudaba!
Semejante sueño resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había
pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad
el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el
insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez
una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló a orar en la sombra de
un bosquecillo...
Cómo se verificó el acto, no os lo voy a decir. Sabed únicamente que cuando el agua
sacramental cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y a los ojos del solitario
apareció una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de lividez de
ceniza, flaca y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo,
sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella.
¡Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la
ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los camellos de
Lot; esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa mujer le habló
con su voz antigua.
Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa
despertada a la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido
mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión
de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión
reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo aquello se
desvanecía en una clara visión de muerte. Iba a morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el
monje quien la había salvado!
Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado
acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y
sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: ¡la mujer de Lot estaba allí! El sol
descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días
trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo,
reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de
retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa
mujer le era conocida!
Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose a la
espectral resucitada:
—Mujer, respóndeme una sola palabra.
—Habla... pregunta...
—¿Responderás?
—Sí, habla; ¡me has salvado!
Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que
incendiaba las montañas.
—Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar.
Una voz anudada de angustia, le respondió:
—Oh, no... Por Elohim, ¡no quieras saberlo!
—¡Dime qué viste!
—No... no... ¡Sería el abismo!
—Yo quiero el abismo.
—Es la muerte...
—¡Dime qué viste!
—¡No puedo... no quiero!
—Yo te he salvado.
—No... no...
El sol acababa de ponerse.
—¡Habla!
La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba,
agonizando.
—¡Por las cenizas de tus padres!...
—¡Habla!
Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y
Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos a Dios por
su alma.
LA LLUVIA DE FUEGO
Evocación de un desencarnado de Gomorra
―Y tornaré el cielo de hierro y la tierra
de cobre‖. Levítico, XXVI –19.
Recuerdo que era un día de sol hermoso, lleno del hormigueo popular, en las calles
atronadas de vehículos. Un día asaz cálido y de tersura perfecta.
Desde mi terraza dominaba una vasta confusión de techos, vergeles salteados, un trozo
de bahía punzado de mástiles, la recta gris de una avenida...
A eso de las once cayeron las primeras chispas. Una aquí, otra allá —partículas de cobre
semejantes a las morcellas de un pábilo; partículas de cobre incandescente que daban en
el suelo con un ruidecito de arena. El cielo seguía de igual limpidez; el rumor urbano no
decrecía. Unicamente los pájaros de mi pajarera, cesaron de cantar.
Casualmente lo había advertido, mirando hacia el horizonte en un momento de
abstracción. Primero creí en una ilusión óptica formada por mi miopía. Tuve que esperar
largo rato para ver caer otra chispa, pues la luz solar anegábalas bastante; pero el cobre
ardía de tal modo, que se destacaban lo mismo. Una rapidísima vírgula de fuego, y el
golpecito en la tierra. Así, a largos intervalos.
Debo confesar que al comprobarlo, experimenté un vago terror. Exploré el cielo en una
ansiosa ojeada. Persistía la limpidez. ¿De dónde venía aquel extraño granizo? ¿Aquel
cobre? ¿Era cobre?...
Acababa de caer una chispa en mi terraza, a pocos pasos. Extendí la mano; era, a no
caber duda, un gránulo de cobre que tardó mucho en enfriarse. Por fortuna la brisa se
levantaba, inclinando aquella lluvia singular hacia el lado opuesto de mi terraza. Las
chispas eran harto ralas, además. Podía creerse por momentos que aquello había ya
cesado. No cesaba. Uno que otro, eso sí, pero caían siempre los temibles gránulos.
En fin, aquello no había de impedirme almorzar, pues era el mediodía. Bajé al comedor
atravesando el jardín, no sin cierto miedo de las chispas. Verdad es que el toldo, corrido
para evitar el sol, me resguardaba...
¿Me resguardaba? Alcé los ojos; pero un toldo tiene tantos poros, que nada pude
descubrir.
En el comedor me esperaba un almuerzo admirable; pues mi afortunado celibato sabía
dos cosas sobre todo: leer y comer. Excepto la biblioteca, el comedor era mi orgullo. Ahíto
de mujeres y un poco gotoso, en punto a vicios amables nada podía esperar ya sino de la
gula. Comía solo, mientras un esclavo me leía narraciones geográficas. Nunca había
podido comprender las comidas en compañía; y si las mujeres me hastiaban, como he
dicho, ya comprenderéis que aborrecía a los hombres.
¡Diez años me separaban de mi última orgía!
Desde entonces, entregado a mis jardines, a mis peces, a mis pájaros, faltábame tiempo
para salir. Alguna vez, en las tardes muy calurosas, un paseo a la orilla del lago. Me
gustaba verlo, escamado de luna al anochecer, pero esto era todo y pasaba meses sin
frecuentarlo.
La vasta ciudad libertina, era para mí un desierto donde se refugiaban mis placeres.
Escasos amigos; breves visitas, largas horas de mesa; lecturas; mis peces; mis pájaros;
una que otra noche tal cual orquesta de flautistas, y dos o tres ataques de gota por año...
Tenía el honor de ser consultado para los banquetes, y por ahí figuraban, no sin elogio,
dos o tres salsas de mi invención. Esto me daba derecho —lo digo sin orgullo— a un
busto municipal, con tanta razón como a la compatriota que acababa de inventar un
nuevo beso.
Entre tanto, mi esclavo leía. Leía narraciones de mar y de nieve, que comentaban
admirablemente, en la ya entrada siesta, el generoso frescor de las ánforas. La lluvia de
fuego había cesado quizá, pues la servidumbre no daba muestras de notarla.
De pronto, el esclavo que atravesaba el jardín con un nuevo plato, no pudo reprimir un
grito. Llegó, no obstante, a la mesa, pero acusando con su lividez un dolor horrible. Tenía
en su desnuda espalda un agujerillo, en cuyo fondo sentíase chirriar aún la chispa voraz
que lo había abierto. Ahogámosla en aceite, y fue enviado al lecho sin que pudiera
contener sus ayes. Bruscamente acabó mi apetito; y aunque seguí probando los platos
para no desmoralizar a la servidumbre, aquélla se apresuró a comprenderme. El incidente
me había desconcertado.
Promediaba la siesta cuando subí nuevamente a la terraza. El suelo estaba ya sembrado
de gránulos de cobre; mas no parecía que la lluvia aumentara. Comenzaba a
tranquilizarme, cuando una nueva inquietud me sobrecogió. El silencio era absoluto. El
tráfico estaba paralizado a causa del fenómeno, sin duda. Ni un rumor en la ciudad. Sólo,
de cuando en cuando, un vago murmullo de viento sobre los árboles. Era también
alarmante la actitud de los pájaros. Habíanse apelotonado en un rincón casi unos sobre
otros. Me dieron compasión y decidí abrirles la puerta. No quisieron salir; antes se
recogieron más acongojados aún. Entonces comenzó a intimidarme la idea de un
cataclismo.
Sin ser grande mi erudición científica, sabía que nadie mencionó jamás esas lluvias de
cobre incandescente. ¡Lluvias de cobre! En el aire no hay minas de cobre. Luego aquella
limpidez del cielo no dejaba conjeturar la procedencia. Y lo alarmante del fenómeno era
esto. Las chispas venían de todas partes y de ninguna. Era la inmensidad
desmenuzándose invisiblemente en fuego. Caía del firmamento el terrible cobre —pero el
firmamento permanecía impasible en su azul. Ganábame poco a poco una extraña
congoja; pero, cosa rara: hasta entonces no había pensado en huir. Esta idea se mezcló
con desagradables interrogaciones. ¡Huir! ¿Y mi mesa, mis libros, mis pájaros, mis peces
que acababan precisamente de estrenar un vivero, mis jardines ya ennoblecidos de
antigüedad, mis cincuenta años de placidez, en la dicha del presente, en el descuido del
mañana?...
¿Huir?... Y pensé con horror en mis posesiones (que no conocía) del otro lado del
desierto, con sus camelleros viviendo en tiendas de lana negra y tomando por todo
alimento leche cuajada, trigo tostado, miel agria...
Quedaba una fuga por el lago, corta fuga después de todo, si en el lago como en el
desierto, según era lógico, llovía cobre también; pues no viniendo aquello de ningún foco
visible, debía ser general.
No obstante el vago terror que me alarmaba, decíame todo eso claramente, lo discutía
conmigo mismo, un poco enervado a la verdad por el letargo digestivo de mi siesta
consuetudinaria. Y después de todo, algo me decía que el fenómeno no iba a pasar de
allí. Sin embargo, nada se perdía con hacer armar el carro.
En ese momento llenó el aire una vasta vibración de campanas. Y casi junto con ella,
advertí una cosa: ya no llovía cobre. El repique era una acción de gracias, coreada casi
acto continuo por el murmullo habitual de la ciudad. Ésta despertaba de su fugaz atonía,
doblemente gárrula. En algunos barrios hasta quemaban petardos.
Acodado al parapeto de la terraza, miraba con un desconocido bienestar solidario, la
animación vespertina que era todo amor y lujo. El cielo seguía purísimo. Muchachos
afanosos, recogían en escudillas la granalla de cobre, que los caldereros habían
empezado a comprar. Era todo cuanto quedaba de la grande amenaza celeste.
Más numerosa que nunca, la gente de placer coloría las calles; y aun recuerdo que sonreí
vagamente a un equívoco mancebo, cuya túnica recogida hasta las caderas en un salto
de bocacalle, dejó ver sus piernas glabras, jaqueladas de cintas. Las cortesanas, con el
seno desnudo según la nueva moda, y apuntalado en deslumbrante corselete, paseaban
su indolencia sudando perfumes. Un viejo león, erguido en su carro, manejaba como si
fuese una vela una hoja de estaño, que con apropiadas pinturas anunciaba amores
monstruosos de fieras: ayuntamientos de lagartos con cisnes; un mono y una foca; una
doncella cubierta por la delirante pedrería de un pavo real. Bello cartel, a fe mía; y
garantida la autenticidad de las piezas. Animales amaestrados por no sé qué hechicería
bárbara, y desequilibrados con opio y con asafétida.
Seguido por tres jóvenes enmascarados pasó un negro amabilísimo, que dibujaba en los
patios con polvos de colores derramados al ritmo de una danza, escenas secretas.
También depilaba al oropimente y sabía dorar las uñas.
Un personaje fofo, cuya condición de eunuco se adivinaba en su morbidez, pregonaba al
son de crótalos de bronce, cobertores de un tejido singular que producía el insomnio y el
deseo. Cobertores cuya abolición habían pedido los ciudadanos honrados. Pues mi
ciudad sabía gozar, sabía vivir.
Al anochecer recibí dos visitas que cenaron conmigo. Un condiscípulo jovial, matemático
cuya vida desarreglada era el escándalo de la ciencia, y un agricultor enriquecido. La
gente sentía necesidad de visitarse después de aquellas chispas de cobre. De visitarse y
de beber, pues ambos se retiraron completamente borrachos. Yo hice una rápida salida.
La ciudad, caprichosamente iluminada, había aprovechado la coyuntura para decretarse
una noche de fiesta. En algunas cornisas, alumbraban perfumando, lámparas de incienso.
Desde sus balcones, las jóvenes burguesas, excesivamente ataviadas, se divertían en
proyectar de un soplo a las narices de los transeúntes distraídos, tripas pintarrajeadas y
crepitantes de cascabeles. En cada esquina se bailaba. De balcón a balcón cambiábanse
flores y gatitos de dulce. El césped de los parques, palpitaba de parejas...
Regresé temprano y rendido. Nunca me acogí al lecho con más grata pesadez de sueño.
Desperté bañado en sudor, los ojos turbios, la garganta reseca. Había afuera un rumor de
lluvia. Buscando algo, me apoyé en la pared, y por mi cuerpo corrió como un latigazo el
escalofrío del miedo. La pared estaba caliente y conmovida por una sorda vibración. Casi
no necesité abrir la ventana para darme cuenta de lo que ocurría.
La lluvia de cobre había vuelto, pero esta vez nutrida y compacta. Un caliginoso vaho
sofocaba la ciudad; un olor entre fosfatado y urinoso apestaba el aire. Por fortuna, mi casa
estaba rodeada de galerías y aquella lluvia no alcanzaba las puertas.
Abrí la que daba al jardín. Los árboles estaban negros, ya sin follaje; el piso, cubierto de
hojas carbonizadas. El aire, rayado de vírgulas de fuego, era una paralización mortal; y
por entre aquéllas, se divisaba el firmamento, siempre impasible, siempre celeste.
Llamé, llamé en vano. Penetré hasta los aposentos famularios. La servidumbre se había
ido. Envueltas las piernas en un cobertor de biso, acorazándome espaldas y cabeza con
una bañera de metal que me aplastaba horriblemente, pude llegar hasta las caballerizas.
Los caballos habían desaparecido también. Y con una tranquilidad que hacía honor a mis
nervios, me di cuenta de que estaba perdido.
Afortunadamente, el comedor se encontraba lleno de provisiones; su sótano, atestado de
vinos. Bajé a él. Conservaba todavía su frescura; hasta su fondo no llegaba la vibración
de la pesada lluvia, el eco de su grave crepitación. Bebí una botella, y luego extraje de la
alacena secreta el pomo de vino envenenado. Todos los que teníamos bodega
poseíamos uno, aunque no lo usáramos ni tuviéramos convidados cargosos. Era un licor
claro e insípido, de efectos instantáneos.
Reanimado por el vino, examiné mi situación. Era asaz sencilla. No pudiendo huir, la
muerte me esperaba; pero con el veneno aquél, la muerte me pertenecía. Y decidí ver eso
todo lo posible, pues era, a no dudarlo, un espectáculo singular. ¡Una lluvia de cobre
incandescente! ¡La ciudad en llamas! Valía la pena.
Subí a la terraza, pero no pude pasar de la puerta que daba acceso a ella. Veía desde allá
lo bastante, sin embargo. Veía y escuchaba. La soledad era absoluta. La crepitación no
se interrumpía sino por uno que otro ululato de perro, o explosión anormal. El ambiente
estaba rojo; y a su través, troncos, chimeneas, casas, blanqueaban con una lividez
tristísima. Los pocos árboles que conservaban follaje retorcíanse, negros, de un negro de
estaño. La luz había decrecido un poco, no obstante de persistir la limpidez celeste. El
horizonte estaba, esto sí, mucho más cerca, y como ahogado en ceniza. Sobre el lago
flotaba un denso vapor, que algo corregía la extraordinaria sequedad del aire.
Percibíase claramente la combustible lluvia, en trazos de cobre que vibraban como el
cordaje innumerable de un arpa, y de cuando en cuando mezclábanse con ella ligeras
flámulas. Humaredas negras anunciaban incendios aquí y allá.
Mis pájaros comenzaban a morir de sed y hube de bajar hasta el aljibe para llevarles
agua. El sótano comunicaba con aquel depósito, vasta cisterna que podía resistir mucho
al fuego celeste; mas por los conductos que del techo y de los patios desembocaban allá,
habíase deslizado algún cobre y el agua tenía un gusto particular, entre natrón y orina,
con tendencia a salarse. Bastóme levantar las trampillas de mosaico que cerraban
aquellas vías, para cortar a mi agua toda comunicación con el exterior.
Esa tarde y toda la noche fue horrendo el espectáculo de la ciudad. Quemada en sus
domicilios, la gente huía despavorida, para arderse en las calles, en la campiña desolada,
y la población agonizó bárbaramente, con ayes y clamores de una amplitud, de un horror,
de una variedad estupendos. Nada hay tan sublime como la voz humana. El derrumbe de
los edificios, la combustión de tantas mercancías y efectos diversos, y más que todo la
quemazón de tantos cuerpos, acabaron por agregar al cataclismo el tormento de su hedor
infernal. Al declinar el sol, el aire estaba casi negro de humo y de polvaredas. Las
flámulas que danzaban por la mañana entre el cobre pluvial, eran ahora llamaradas
siniestras. Empezó a soplar un viento ardentísimo, denso, como alquitrán caliente.
Parecía que se estuviese en un inmenso horno sombrío. Cielo, tierra, aire, todo acababa.
No había más que tinieblas y fuego. ¡Ah, el horror de aquellas tinieblas que todo el fuego,
el enorme fuego de la ciudad ardida no alcanzaba a dominar; y aquella fetidez de
pingajos, de azufre, de grasa cadavérica en el aire seco que hacía escupir sangre; y
aquellos clamores que no sé cómo no acababan nunca, aquellos clamores que cubrían el
rumor del incendio, más vasto que un huracán, aquellos clamores en que aullaban,
gemían, bramaban todas las bestias con un inefable pavor de eternidad!...
Bajé a la cisterna, sin haber perdido hasta entonces mi presencia de ánimo, pero
enteramente erizado con todo aquel horror; y al verme de pronto en esa oscuridad amiga,
al amparo de la frescura, ante el silencio del agua subterránea, me acometió de pronto un
miedo que no sentía —estoy seguro— desde cuarenta años atrás, el miedo infantil de una
presencia enemiga y difusa, y me eché a llorar, a llorar como un loco, a llorar de miedo
allá en un rincón, sin rubor alguno.
No fue sino muy tarde, cuando al escuchar el derrumbe de un techo, se me ocurrió
apuntalar la puerta del sótano. Hícelo así con su propia escalera y algunos barrotes de la
estantería, devolviéndome aquella defensa alguna tranquilidad; no porque hubiera de
salvarme, sino por la benéfica influencia de la acción. Cayendo a cada instante en
modorras que entrecortaban funestas pesadillas, pasé las horas. Continuamente oía
derrumbes allá cerca. Había encendido dos lámparas que traje conmigo, para darme
valor, pues la cisterna era asaz lóbrega. Hasta llegué a comer, bien que sin apetito, los
restos de un pastel. En cambio bebí mucha agua.
De repente mis lámparas empezaron a amortiguarse, y junto con eso el terror, el terror
paralizante esta vez, me asaltó. Había gastado, sin prevenirlo, toda mi luz, pues no tenía
sino aquellas lámparas. No advertí, al descender esa tarde, traerlas todas conmigo.
Las luces decrecieron y se apagaron. Entonces advertí que la cisterna empezaba a
llenarse con el hedor del incendio. No quedaba otro remedio que salir, y luego, todo, todo
era preferible a morir asfixiado como una alimaña en su cueva.
A duras penas conseguí alzar la tapa del sótano que los escombros del comedor
cubrían...
... Por segunda vez había cesado la lluvia infernal. Pero la ciudad ya no existía. Techos,
puertas, gran cantidad de muros, todas las torres yacían en ruinas. El silencio era colosal,
un verdadero silencio de catástrofe. Cinco o seis grandes humaredas empinaban aún sus
penachos; y bajo el cielo que no se había enturbiado ni un momento, un cielo cuya
crudeza azul certificaba indiferencias eternas, la pobre ciudad, mi pobre ciudad, muerta,
muerta para siempre, hedía como un verdadero cadáver.
La singularidad de la situación, lo enorme del fenómeno, y sin duda también el regocijo de
haberme salvado, único entre todos, cohibían mi dolor reemplazándolo por una curiosidad
sombría. El arco de mi zaguán había quedado en pie, y asiéndome de las adarajas pude
llegar hasta su ápice.
No quedaba un solo resto combustible y aquello se parecía mucho a un escorial
volcánico. A trechos, en los parajes que la ceniza no cubría, brillaba con un bermejor de
fuego, el metal llovido. Hacia el lado del desierto, resplandecía hasta perderse de vista un
arenal de cobre. En las montañas, a la otra margen del lago, las aguas evaporadas de
éste condensábanse en una tormenta. Eran ellas las que habían mantenido respirable el
aire durante el cataclismo. El sol brillaba inmenso, y aquella soledad empezaba a
agobiarme con una honda desolación, cuando hacia el lado del puerto percibí un bulto
que vagaba entre las ruinas. Era un hombre, y habíame percibido ciertamente, pues se
dirigía a mí.
No hicimos ademán alguno de extrañeza cuando llegó, y trepando por el arco vino a
sentarse conmigo. Tratábase de un piloto, salvado como yo en una bodega, pero
apuñaleando a su propietario. Acababa de agotársele el agua y por ello salía.
Asegurado a este respecto, empecé a interrogarlo. Todos los barcos ardieron, los
muelles, los depósitos; y el lago habíase vuelto amargo. Aunque advertí que hablábamos
en voz baja, no me atreví —ignoro por qué— a levantar la mía.
Ofrecíle mi bodega, donde quedaban aún dos docenas de jamones, algunos quesos, todo
el vino...
De repente notamos una polvareda hacia el lado del desierto. La polvareda de una
carrera. Alguna partida que enviaban, quizá, en socorro, los compatriotas de Adama o de
Seboim.
Pronto hubimos de sustituir esta esperanza por un espectáculo tan desolador como
peligroso.
Era un tropel de leones, las fieras sobrevivientes del desierto, que acudían a la ciudad
como a un oasis, furiosos de sed, enloquecidos de cataclismo.
La sed y no el hambre los enfurecía, pues pasaron junto a nosotros sin advertirnos. Y en
qué estado venían. Nada como ellos revelaba tan lúgubremente la catástrofe.
Pelados como gatos sarnosos, reducida a escasos chicharrones la crin, secos los ijares,
en una desproporción de cómicos a medio vestir con la fiera cabezota, el rabo agudo y
crispado como el de una rata que huye, las garras pustulosas, chorreando sangre —todo
aquello decía a las claras sus tres días de horror bajo el azote celeste, al azar de las
inseguras cavernas que no habían conseguido ampararlos.
Rondaban los surtidores secos con un desvarío humano en sus ojos, y bruscamente
reemprendían su carrera en busca de otro depósito, agotado también; hasta que
sentándose por último en torno del postrero, con el calcinado hocico en alto, la mirada
vagorosa de desolación y de eternidad, quejándose al cielo, estoy seguro, pusiéronse a
rugir.
Ah... nada, ni el cataclismo con sus horrores, ni el clamor de la ciudad moribunda era tan
horroroso como ese llanto de fiera sobre las ruinas. Aquellos rugidos tenían una evidencia
de palabra. Lloraban quién sabe qué dolores de inconsciencia y de desierto a alguna
divinidad oscura. El alma sucinta de la bestia agregaba a sus terrores de muerte, el pavor
de lo incomprensible. Si todo estaba lo mismo, el sol cotidiano, el cielo eterno, el desierto
familiar, ¿por qué se ardían y por qué no había agua?... Y careciendo de toda idea de
relación con los fenómenos, su horror era ciego, es decir más espantoso. El transporte de
su dolor elevábalos a cierta vaga noción de provenencia, ante aquel cielo de donde había
estado cayendo la lluvia infernal; y sus rugidos preguntaban ciertamente algo a la cosa
tremenda que causaba su padecer. Ah... esos rugidos, lo único de grandioso que
conservaban aún aquellas fieras disminuidas: cuál comentaban el horrendo secreto de la
catástrofe; cómo interpretaban en su dolor irremediable la eterna soledad, el eterno
silencio, la eterna sed...
Aquello no debía durar mucho. El metal candente empezó a llover de nuevo, más
compacto, más pesado que nunca.
En nuestro súbito descenso, alcanzamos a ver que las fieras se desbandaban buscando
abrigo bajo los escombros.
Llegamos a la bodega, no sin que nos alcanzaran algunas chispas; y comprendiendo que
aquel nuevo chaparrón iba a consumar la ruina, me dispuse a concluir.
Mientras mi compañero abusaba de la bodega —por primera y última vez, a buen
seguro— decidí aprovechar el agua de la cisterna en mi baño fúnebre; y después de
buscar inútilmente un trozo de jabón, descendí a ella por la escalinata que servía para
efectuar su limpieza.
Llevaba conmigo el pomo de veneno, que me causaba un gran bienestar, apenas turbado
por la curiosidad de la muerte.
El agua fresca y la oscuridad, me devolvieron a las voluptuosidades de mi existencia de
rico que acababa de concluir. Hundido hasta el cuello, el regocijo de la limpieza y una
dulce impresión de domesticidad, acabaron de serenarme.
Oía afuera el huracán de fuego. Comenzaban otra vez a caer escombros. De la bodega
no llegaba un solo rumor. Percibí en eso un reflejo de llamas que entraban por la puerta
del sótano, el característico tufo urinoso... Llevé el pomo a mis labios, y...
LOS CABALLOS DE ABDERA
Abdera, la ciudad tracia del Egeo, que actualmente es Balastra y que no debe ser
confundida con su tocaya bética, era célebre por sus caballos.
Descollar en Tracia por sus caballos, no era poco; y ella descollaba hasta ser única. Los
habitantes todos tenían a gala la educación de tan noble animal; y esta pasión cultivada a
porfía durante largos años, hasta formar parte de las tradiciones fundamentales, había
producido efectos maravillosos. Los caballos de Abdera gozaban de fama excepcional, y
todas las poblaciones tracias, desde los cicones hasta los bisaltos, eran tributarios en esto
de los bistones, pobladores de la mencionada ciudad. Debe añadirse que semejante
industria, uniendo el provecho a la satisfacción, ocupaba desde el rey hasta el último
ciudadano.
Estas circunstancias habían contribuido también a intimar las relaciones entre el bruto y
sus dueños, mucho más de lo que era y es habitual para el resto de las naciones,
llegando a considerarse las caballerizas como un ensanche del hogar, y extremándose las
naturales exageraciones de toda pasión, hasta admitir caballos en la mesa.
Eran verdaderamente notables corceles, pero bestias al fin. Otros dormían en cobertores
de biso; algunos pesebres tenían frescos sencillos, pues no pocos veterinarios sostenían
el gusto artístico de la raza caballar, y el cementerio equino ostentaba entre pompas
burguesas, ciertamente recargadas, dos o tres obras maestras. El templo más hermoso
de la ciudad estaba consagrado a Arión, el caballo que Neptuno hizo salir de la tierra con
un golpe de su tridente; y creo que la moda de rematar las proas en cabezas de caballo,
tenga igual provenencia; siendo seguro, en todo caso, que los bajos relieves hípicos
fueron el ornamento más común de toda aquella arquitectura. El monarca era quien se
mostraba más decidido por los corceles, llegando hasta tolerar a los suyos verdaderos
crímenes que los volvieron singularmente bravíos; de tal modo que los nombres de
Podargos y de Lampón figuraban en fábulas sombrías; pues es del caso decir que los
caballos tenían nombre como personas.
Tan amaestrados estaban aquellos animales, que las bridas eran innecesarias;
conservándolas únicamente como adornos, muy apreciados desde luego por los mismos
caballos. La palabra era el medio usual de comunicación con ellos; y observándose que la
libertad favorecía el desarrollo de sus buenas condiciones, dejábanlos todo el tiempo no
requerido por la albarda o el arnés, en libertad de cruzar a sus anchas las magníficas
praderas formadas en el suburbio, a la orilla del Kossinites, para su recreo y alimentación.
A son de trompa los convocaban cuando era menester, y así para el trabajo como para el
pienso eran exactísimos. Rayaba en lo increíble su habilidad para toda clase de juegos de
circo y hasta de salón, su bravura en los combates, su discreción en las ceremonias
solemnes. Así, el hipódromo de Abdera tanto como sus compañías de volatines; su
caballería acorazada de bronce y sus sepelios, habían alcanzado tal renombre, que de
todas partes acudía gente a admirarlos. Mérito compartido por igual entre domadores y
corceles.
Aquella educación persistente, aquel forzado despliegue de condiciones, y para decirlo
todo en una palabra, aquella humanización de la raza equina, iban engendrando un
fenómeno que los bistones festejaban como otra gloria nacional: la inteligencia de los
caballos comenzaba a desarrollarse pareja con su conciencia, produciendo casos
anormales que daban pábulo al comentario general.
Una yegua había exigido espejos en su pesebre, arrancándolos con los dientes de la
propia alcoba patronal y destruyendo a coces los de tres paineles cuando no le hicieron el
gusto. Concedido el capricho, daba muestras de coquetería perfectamente visible.
Balios, el más bello potro de la comarca, un blanco elegante y sentimental que tenía dos
campañas militares y manifestaba regocijo ante el recitado de hexámetros heroicos,
acababa de morir de amor por una dama. Era la mujer de un general, dueño del
enamorado bruto, y por cierto no ocultaba el suceso. Hasta se creía que halagaba su
vanidad, siendo esto muy natural por otra parte en la ecuestre metrópoli.
Señalábase igualmente casos de infanticidio, que aumentando en forma alarmante, fue
necesario corregir con la presencia de viejas mulas adoptivas; un gusto creciente por el
pescado y por el cáñamo cuyas plantaciones saqueaban los animales; y varias rebeliones
aisladas que hubo de corregirse, siendo insuficiente el látigo, por medio del hierro
candente. Esto último fue en aumento, pues el instinto de rebelión progresaba a pesar de
todo.
Los bistones, más encantados cada vez con sus caballos, no paraban mientes en eso.
Otros hechos más significativos produjéronse de allí a poco. Dos o tres atalajes habían
hecho causa común contra un carretero que azotaba su yegua rebelde. Los caballos
resistíanse cada vez más al enganche y al yugo, de tal modo que empezó a preferirse el
asno. Había animales que no aceptaban determinado apero; mas como pertenecían a los
ricos, se difería a su rebelión comentándola mimosamente a título de capricho.
Un día los caballos no vinieron al son de la trompa, y fue menester constreñirlos por la
fuerza; pero los subsiguientes, no se reprodujo la rebelión.
Al fin ésta ocurrió cierta vez que la marea cubrió la playa de pescado muerto como solía
suceder. Los caballos se hartaron de eso, y se los vio regresar al campo suburbano con
lentitud sombría.
Media noche era cuando estalló el singular conflicto.
De pronto un trueno sordo y persistente conmovió el ámbito de la ciudad. Era que todos
los caballos se habían puesto en movimiento a la vez para asaltarla; pero esto se supo
luego, inadvertido al principio en la sombra de la noche y la sorpresa de lo inesperado.
Como las praderas de pastoreo quedaban entre las murallas, nada pudo contener la
agresión; y añadido a esto el conocimiento minucioso que los animales tenían de los
domicilios, ambas cosas acrecentaron la catástrofe.
Noche memorable entre todas, sus horrores sólo aparecieron cuando el día vino a
ponerlos en evidencia, multiplicándolos aún.
Las puertas reventadas a coces yacían por el suelo, dando paso a feroces manadas que
se sucedían casi sin interrupción. Había corrido sangre, pues no pocos vecinos cayeron
aplastados bajo el casco y los dientes de la banda en cuyas filas causaron estragos
también las armas humanas.
Conmovida de tropeles, la ciudad oscurecíase con la polvareda que engendraban; y un
extraño tumulto formado por gritos de cólera o de dolor, relinchos variados como palabras
a los cuales mezclábase uno que otro doloroso rebuzno, y estampidos de coces sobre las
puertas atacadas, unía su espanto al pavor visible de la catástrofe. Una especie de
terremoto incesante hacía vibrar el suelo con el trote de la masa rebelde, exaltado a ratos
como en ráfaga huracanada por frenéticos tropeles sin dirección y sin objeto; pues
habiendo saqueado todos los plantíos de cáñamo, y hasta algunas bodegas que
codiciaban aquellos corceles pervertidos por los refinamientos de la mesa, grupos de
animales ebrios aceleraban la obra de destrucción. Y por el lado del mar era imposible
huir. Los caballos, conociendo la misión de las naves, cerraban el acceso del puerto.
Sólo la fortaleza permanecía incólume y empezábase a organizar en ella la resistencia.
Por lo pronto cubríase de dardos a todo caballo que cruzaba por allá; y cuando caía
cerca, era arrastrado al interior como vitualla.
Entre los vecinos refugiados circulaban los más extraños rumores. El primer ataque no fue
sino un saqueo. Derribadas las puertas, las manadas introducíanse en las habitaciones,
atentas sólo a las colgaduras suntuosas con que intentaban revestirse, a las joyas y
objetos brillantes. La oposición a sus designios fue lo que suscitó su furia.
Otros hablaban de monstruosos amores, de mujeres asaltadas y aplastadas en sus
propios lechos con ímpetu bestial; y hasta se señalaba una noble doncella que sollozando
narraba entre dos crisis su percance: el despertar en la alcoba a la media luz de la
lámpara, rozados sus labios por la innoble jeta de un potro negro que respingaba de
placer el belfo enseñando su dentadura asquerosa; su grito de pavor ante aquella bestia
convertida en fiera, con el resplandor humano y malévolo de sus ojos incendiados de
lubricidad; el mar de sangre con que la inundara al caer atravesado por la espada de un
servidor...
Mencionábanse varios asesinatos en que las yeguas se habían divertido con saña
femenil, despachurrando a mordiscos las víctimas. Los asnos habían sido exterminados, y
las mulas subleváronse también, pero con torpeza inconsciente, destruyendo por destruir,
y particularmente encarnizadas contra los perros.
El tronar de las carreras locas seguía estremeciendo la ciudad, y el fragor de los
derrumbes iba aumentando. Era urgente organizar una salida, por más que el número y la
fuerza de los asaltantes la hiciera singularmente peligrosa, si no se quería abandonar la
ciudad a la más insensata destrucción.
Los hombres empezaron a armarse; mas, pasado el primer momento de licencia, los
caballos habíanse decidido a atacar también.
Un brusco silencio precedió al asalto. Desde la fortaleza distinguían el terrible ejército que
se congregaba, no sin trabajo, en el hipódromo. Aquello tardó varias horas, pues cuando
todo parecía dispuesto, súbitos corcovos y agudísimos relinchos cuya causa era imposible
discernir, desordenaban profundamente las filas.
El sol declinaba ya, cuando se produjo la primera carga. No fue, si se permite la frase,
más que una demostración, pues los animales limitáronse a pasar corriendo frente a la
fortaleza. En cambio, quedaron acribillados por las saetas de los defensores.
Desde el más remoto extremo de la ciudad, lanzáronse otra vez, y su choque contra las
defensas fue formidable. La fortaleza retumbó entera bajo aquella tempestad de cascos, y
sus recias murallas dóricas quedaron, a decir verdad, profundamente trabajadas.
Sobrevino un rechazo, al cual sucedió muy luego un nuevo ataque.
Los que demolían eran caballos y mulos herrados que caían a docenas; pero sus filas
cerrábanse con encarnizamiento furioso, sin que la masa pareciera disminuir. Lo peor era
que algunos habían conseguido vestir sus bardas de combate en cuya malla de acero se
embotaban los dardos. Otros llevaban jirones de tela vistosa, otros collares; y pueriles en
su mismo furor, ensayaban inesperados retozos.
Desde las murallas los conocían. ¡Dinos, Aethon, Ameteo, Xanthos! Y ellos saludaban,
relinchaban gozosamente, enarcaban la cola, cargando enseguida con fogosos respingos.
Uno, un jefe ciertamente, irguióse sobre sus corvejones, caminó así un trecho
manoteando gallardamente al aire como si danzara un marcial balisteo, contorneando el
cuello con serpentina elegancia, hasta que un dardo se le clavó en medio del pecho...
Entretanto, el ataque iba triunfando. Las murallas empezaban a ceder.
Súbitamente una alarma paralizó a las bestias. Unas sobre otras, apoyándose en ancas y
lomos, alargaron sus cuellos hacia la alameda que bordeaba la margen del Kossinites, y
los defensores volviéndose hacia la misma dirección, contemplaron un tremendo
espectáculo.
Dominando la arboleda negra, espantosa sobre el cielo de la tarde, una colosal cabeza de
león miraba hacia la ciudad. Era una de esas fieras antediluvianas cuyos ejemplares,
cada vez más raros, devastaban de tiempo en tiempo los montes Ródopes. Mas nunca se
había visto nada tan monstruoso, pues aquella cabeza dominaba los más altos árboles,
mezclando a las hojas teñidas de crepúsculo las greñas de su melena.
Brillaban claramente sus enormes colmillos, percibíanse sus ojos fruncidos ante la luz,
llegaba en el hálito de la brisa su olor bravío. Inmóvil entre la palpitación del follaje,
herrumbrada por el sol casi hasta dorarse su gigantesca crin, alzábase ante el horizonte
como uno de esos bloques en que el pelasgo, contemporáneo de las montañas, esculpió
sus bárbaras divinidades.
Y de repente empezó a andar, lento como el océano. Oíase el rumor de la fronda que su
pecho apartaba, su aliento de fragua que iba sin duda a estremecer la ciudad
cambiándose en rugido.
A pesar de su fuerza prodigiosa y de su número, los caballos sublevados no resistieron
semejante aproximación. Un solo ímpetu los arrastró por la playa, en dirección a la
Macedonia, levantando un verdadero huracán de arena y de espuma, pues no pocos
disparábanse a través de las olas.
En la fortaleza reinaba el pánico. ¿Qué podrían contra semejante enemigo? ¿Qué gozne
de bronce resistiría a sus mandíbulas? ¿Qué muro sus garras?...
Comenzaban ya a preferir el pasado riesgo (al fin era una lucha contra bestias civilizadas)
sin aliento ni para enflechar sus arcos, cuando el monstruo salió de la alameda.
No fue un rugido lo que brotó de sus fauces, sino un grito de guerra humano —el bélico
¡alalé! de los combates, al que respondieron con regocijo triunfal los hoyohei y los
hoyotohó de la fortaleza.
¡Glorioso prodigio!
Bajo la cabeza del felino, irradiaba luz superior el rostro de un numen; y mezclados
soberbiamente con la flava piel, resaltaban su pecho marmóreo, sus brazos de encina,
sus muslos estupendos.
Y un grito, un solo grito de libertad, de reconocimiento, de orgullo, llenó la tarde:
—¡Hércules, es Hércules que llega!
JORGE FALCONE
Jorge Falcone nació en La Plata en 1953. En la actualidad es asesor audiovisual de la Secretaría
para la Ciencia, la Tecnología y la Innovación Productiva y Docente en la Universidad de Palermo.
Jurado de numerosos concursos literarios. Director de Relaciones Públicas de la Sociedad
Argentina de Escritores. Discípulo del cineasta Gerardo Vallejo (cine Liberación), fundó el grupo de
cine Martín Fierro, participando de la realización documental ¨El otro país¨. Primer Premio
UNCIPAR (1988).
Poeta, Periodista, Ensayista, Comunicador audiovisual, publicó: Piedra libre para todos mis
compañeros (1985); Te sigo buscando liberación (1987); Bitácora (1988, Primer Premio Editorial
Amaru); Arre! potrillo de los pobres (1990); Memorial de guerralarga – un pibe entre cientos de
miles (2001) e Itaka.
EL HOMBRE QUE SE LLAMÓ A SILENCIO
El hombre que se llamó a silencio
nació a la luz y al color
de la mano de Da Vinci
y de José María Sert.
No eligió
montar su caballete en atelier.
Buscó más bien
el cielo abierto,
como Van Gogh.
El hombre que se llamó a silencio
—vasco, rústico, y angelical—
bocetó la lucha de su pueblo en papel croquis.
Más de una vez
la represión le dejó su firma con sanguina.
El hombre que se llamó a silencio
no creyó en arte de catacumbas
y se hizo a La Plaza
con Las Madres de Todos
enseñando
—como un mago de cumpleaños—
papirología con siluetas
del tamaño de nosotros.
El hombre que se llamó a silencio
no tuvo
curadores, galerías, ni catálogos.
Odió visceralmente
con incendiario amor
a toda la humanidad.
Un día reventó de bronca
y amaneció
vacío de palabras.
Dejó constancia de que no escogía
ser ogro de cuentos de hadas
montando una calesita
en el barrio Las Cañitas.
Le dio la pera al pibe más triste
y después
se enclaustró
(dicen
que rigoreando
—en su final—
al ser que más amaba).
Más tarde
se lo tragó el olvido.
Este poema
sale a buscarlo.
(7/1/03)
A la memoria del maestro Rodolfo Aguerreberry,
ideólogo de las siluetas de papel
que reclamaron por las víctimas de la dictadura
durante la transición democrática.
AMOR SIN RECIPIENTE
La tierra no entierra a los muertos,
los entierra el trabajo de duelo que, con palabras,
categoriza al existente real en no-existente real,
pero sí en recuerdo existente
Alfredo Moffatt
Hoy preciso que me expliques
cómo puede crecer lo que está quieto...
O —al fin y al cabo—
quién resuelve que está muerto.
Porque sucede que yo
ni te tengo ni te veo.
No me alienta tu palabra
ni me contiene tu abrazo.
Sin embargo te visito
en comarca innominada.
Ahí habitás como nunca
(y a la vez como siempre).
Y yo te estoy queriendo tanto
que no sé
a quién le pertenece tamaño sentimiento.
Gestito de ternura que devuelven los espejos.
Mi cariño se ensancha inundando tu ausencia.
Y como no soporta su peso mi osamenta
vengo a la casa de los que tantos que te extrañan,
vengo y lo sirvo sobre la buena mesa.
(12/9/00)
A la memoria de Guillermo Di Bastiano,
capitán del equipo de fútbol de mi escuela
primaria, detenido-desaparecido por la
dictadura del general Videla.
POLLERA DE BAMBULA HINDÚ
Te recuerdo llegando.
Flotando en tu sexualidad oronda
agitada por la brisa.
El tiempo me quitó tu nombre.
Apenas entrabas en la adolescencia
y yo
ya estaba ―en edad de merecer‖.
Te fijaste en un padre joven
que tomaba sol al borde de la pileta.
No sabías que llegaría a la cita
enfundado en cuero negro y
luciendo una estrella federal.
Plaza Congreso fue testigo de ese encuentro
entre generaciones y circunstancias diversas.
Cada uno a su modo
rompió alguna caparazón.
Yo me acerqué con un deseo curioso,
vos me cabalgaste con soltura.
Recuerdo esa maravilla
como ocurrida en la vida de otro.
No quieras saber lo que me costó
aprender tu juego.
Y —más aún—
dar con quien sepa
de qué se trata.
EL ARGENTINO QUE FALTA
Dos décadas han pasado y
las larvas afanadas
en roer la democracia colonial
se empeñan en convencernos de que
librándonos de su sombra
(soltando apenas ese lastre
el globo aerostato de nuestra prosperidad
volverá a remontar vuelo)
como por arte de magia
nos abrirán su puerta
los medios.
Cómo se explica entonces
esta contumacia
de aceptar el abrazo del oso
pudiendo usufructuar un patrimonio
que no posee ningún otro,
negándonos neciamente
a las ventajas de la telefonía celular
y las delicias
de la secretaria ejecutiva.
Por qué bancar a ese político sin fuste
(que en vez de agradecer su suerte
elaboró un modelo de país posible),
por qué firmar al lado de ese cadáver
(que ante la anemia de las ideas
todavía encuentra qué decir).
Por qué cartearse con el traidor
que (como El Chacho o Varela)
mandó al muere a una generación entera...
Ocurre, señores roedores
de la carroña que dejó un pasado muerto,
que se puso a resguardo el tal sujeto
cuando lo decidimos todos,
y cuando hubo un alto el fuego
—mal que le pese a sus jueces—
le puso el cuerpo a las nuevas reglas de juego:
Autocrítica sin grandilocuencia
la del que va a la sombra por
debatir la historia de todos
y carpe el surco de la falacia
mientras otros
invertimos nuestro tiempo en
reconstruir hogares;
la del que duerme entre comunes
a merced de un fleje
afilado por la reacción;
la del que, bastardeado,
le hace hijos al calabozo.
¡Dáme otro de esos,
oligodemocracia de la resignación!
Pero que sea uno que sueñe
con un futuro sin descalzos,
ahora que tus personeros
se acalambran ondeando
la dócil bandera de la rendición.
SUEÑOS ESTRELLADOS A LOS PIES DE LA GITANA MARLÉN
―Los días de la gente
como nosotros están contados.
Un solo Dios va a expulsar
a todos los demás.‖
Merlín a Morgana,
durante el casamiento cristiano de Arturo,
en el filme Excalibur, de John Boorman
No me basta con lo que existe,
lo saben todos:
Llevo medio siglo concentrado,
tratando de interpretar la borra de café.
En tren de aburrimiento
hago fuerza por levitar
pero el cielorraso
siempre queda igual de lejos.
Ya no visito el camposanto
porque ningún habitante
de la bóveda familiar
me dice nada desde hace tiempo.
Apenas los anormales
que me tuvieron paciencia
saben que yo no miento
si digo que busco fantasmas
desde que existo.
De madrugada
me alejo del grupo
y clavo la vista en lo oscuro
por ver si lo que se mueve
tiene otra naturaleza.
Pero no.
Pasa la sombra de un gato,
linyera me suelta un pedo...
Nunca más que eso.
Nunca el habitante
traslúcido de las lóbregas mansiones
que sabe de algún tesoro o avisa
que ha sido mal matado y busca
ser vindicado.
Nunca Bien Boa, el fantasma actor
que divertía contertulios
unidos por la fe en Alan Kardec...
Nunca
la mano de Napoleón 2°,
materializada en un teatro
por Federico Antonio Mesmer
a la vista de todos los presentes
(de todos
menos yo...)
Nunca la dama que,
después de hora,
recorre la dependencia en que trabajo
seguida de un halo frío
(los hombres de la guardia le temen,
a mí
no me pasa ni pelota).
Nunca en la vida la fútil ventura
del sheriff que llegó primero
al accidente de Roswell
y chamuyó con los cabezones...
Ni siquiera la chance
de ser boleta como testigo
o tragado por el mítico
Triángulo de las Bermudas
para habitar Atlantis por siempre
y cagarme en la gilada...
Es así:
Soñé despierto pero nunca vi
las naves-cigarro
que describió Francisco Atienza,
ni compartí el sobreentendido
del que baja de Uritorco...
No se ha hecho para mí
la fortuna de ser abducido
como la hermana de Fox Mulder...
Conocí el Castillo de Hamlet
pero en la foresta escandinava
no me esperaron
—o no tuvieron paciencia o
conmigo no transan—
ni trolls, ni duendes, ni farfadets.
Ni los subdesarrollados elementales
que —según cuenta
mi amiga más New Age—
pueblan un árbol añoso
en la bahía de San Borombón...
De qué vale ver el sol
—pregunto—
si se nace sabiendo
que no se montará al Pegaso,
o que ninguna lamia nos robará el aliento
con su beso apasionado y letal...
Ahora vos, Marlén...
Decíme qué te costaba,
gitana turra de Villa Devoto,
hacérmela más larga...
Sacarme un poco más de vento
a mí,
que llegué a vos regalado
y buscando
atrapar a esa mujer
que me habitó más de la cuenta,
como una sirena
en las redes del misterio.
Por qué tuvo que tocarme
una hechicera senil
—me cago en vos—
a mí
que venía tan dispuesto
a serte incondicional, Marlén...
¿No puse morlaco sobre morlaco
acaso...?
¿No anudé el repasador con el nombre de ella
debajo de la almohada,
no escribí el de ambos
en la cáscara de un huevo
que se pudrió bajo la cama...?
¿No compré tus velas rojas
sin preguntar
para qué se usaban
y volví al mes, Marlén,
como recomendabas...?
Por qué tuviste que barajarme,
vieja puta,
en la segunda visita,
preguntando
―¿y...?
cómo va llevando el cáncer...‖.
(13/12/02), y viernes, para colmo...)
A mi amigo Guillermo Silva,
por ―Las tertulias de sir Abelardo‖
(que sí curan el dolor)
GERMÁN MAGGIORI
Germán Maggiori nació en Lomas de Zamora, Buenos Aires, en 1971. Es odontólogo y docente
de la Facultad de Odontología de la Universidad de Buenos Aires. En 1997 obtuvo el segundo
premio en el Concurso Nacional de Cuentos organizado por "Desde la Gente". Su relato "De
Revolutionibus Orbium Caelestium" fue incluido en el volumen Las Fieras, Antología del género
policial en la Argentina, con selección y prólogo de Ricardo Piglia (1999, Alfaguara). Entre
hombres, su primera novela, salió por Alfaguara.
DE REVOLUTIONIBUS ORBIUM-CÆLESTIUM
Camaleón había vuelto de pasar otra temporada criando conejos. Su vieja —humanoide
resultado de la combinación de una señora mayor con un barril de silicona y colágeno—
hizo una crisis grosa cuando lo encontró medio violeta con la cabeza adentro del bidet.
Así se fueron algunos minutos —dos comprimidos de Lexo y un vaso cargado de
Absolut— hasta que pudo llevárselo al hospital, donde un matasanos lo despachó, con el
mismo asco y velocidad que a un tarro de mierda caliente, al consultorio de un psiqui, que
tampoco estaba como para andar rompiéndose los sesos con ningún palero compulsivo, y
que por lo tanto indicó, sin más vueltas, una granja de esas donde meten a los faloperos
cuando ya no saben dónde meterlos.
No conozco a nadie que se haya curado en una granja. En esos lugares, la vida se pasa
entre drogones pesados y tan limados que lo hacen sentir a uno como el Quaker de
bueno. Todo parece ir en cámara lenta; no hay nada que hacer aparte de acariciar
conejos y curtir las falopas caras y muy cortadas, que mueven los punteros de la granja,
unos malparidos que lucran con la abstinencia de los demás. Por eso no fue ninguna
novedad encontrarme a Camaleón con cinco kilos menos, el pelo como un casco de brea
tibia, sus camaleónicos ojos enmarcados por horribles ojeras hepáticas y unas marcas,
más que sugerentes, en el brazo izquierdo.
Era la época en que Brando y el Muerto se agarraban a esas chicas. La de Brando, una
auténtica Codorniz —nariz de cóndor y cuerpo de codorniz—, daba lástima de tan fea. El
Muerto, en cambio, había ligado un poco de jamón, y cuando digo un poco quiero decir
muy poco; la suya era de ese tipo de minas que parecen haberse pegado una ducha con
la ropa puesta. Todo llovido el pelo, la cara, la ropa, las tetitas, el culito; una tendencia a
responder exageradamente a la ley de gravedad. En fin, las chicas no eran la gran cosa
pero aportaban unos mangos para el tanque del Torino y las narices de los pibes, así que
el asunto podía pasar como un buen negocio.
Estaba pensando en ellos cuando le pedí a Ríos otro fernet. Un gesto de profundo
desprecio en sus ojos de ardilla con fiebre acompañó la llegada del trago.
—Tus amigos. —No recordaba haberle preguntado nada que motivara esa respuesta;
sentí que Ríos podía leerme la mente—. Tus amigos tienen la entrada suspendida hasta
que no arreglen el quilombo con Abel.
¿Me había perdido un par de capítulos de la novela de la tarde?
—No pongas esa cara de boludo que vos sabés bien de qué hablo —agregó.
Discutir con un tipo como Ríos era casi tan inevitable como meterle un cachetazo. Lo dejé
de garpe, como de costumbre, con el labio colgándole de la boca como una corbata
mojada, y mientras volvía a la mesa sentía que los huesos se me disolvían por la súbita
transformación de mi sangre en ácido muriático. A veces creo que los demás saben todo
lo cagón que soy y se aprovechan, pero un día..., un día de éstos... ¡Esa mosca de Ríos!
Agarré el taco y en vez de partirlo contra el paño, como realmente quería, le puse tiza.
—¿Conocés a un tal Abel? —le pregunté a Camaleón, pero pensaba en mis huesos
hechos una masa viscosa y amarillenta.
—Había un conejo, o sea, había un montón de conejos, pero había uno especial.
—Boludo, te pregunté si conocés a Abel. —Veía en Camaleón a una persona fuera de
foco, alejándose. Era apenas un puntito negro que me hablaba desde otro continente.
—Sí, esperá un cacho. Dejáme que te cuente lo del conejo, quiero decir, es algo que
todavía no lo puedo creer, ¿me entendés, loco? ¡Tengo que contarte la historia del
conejo! —Se me deformó la cara en una mueca llena de cansancio y resignación.
—¿Con qué jugaba? —preguntó.
—Lisas —contesté.
—El conejo este tenía muy buen pelo, es decir, no era de esos blancos con los ojos rojos
que ves en todos lados. —Camaleón se inclinó sobre la mesa y antes de pegarle a la bola
blanca me puso cara de conejo chupándose las mejillas y abriendo y cerrando el piquito
que formaban sus labios. Lo más parecido a un monstruo del espacio—. Tenía el pelo
largo, así, grisecito jaspeado, ¿viste?, ojos celestes medio saltones, o sea, era de otra
raza, de Angora que le dicen. Además tenía cara de guacho con los dientes de adelante
sobresalidos, ¿te imaginás más o menos? Un conejo cara de hijo de puta.
Le pegó a su bola pero erró el tiro; movió la cabeza como un yupi en la quiebra y vino
hasta donde yo estaba. Me sacó el vaso de la boca.
—Lo quería de veras a ese guacho —suspiró—. Cuando estás tanto tiempo lejos,
viviendo con desconocidos, ves tanta mierda, o sea, te agarrás de cualquier cosa y nada,
bueno, quiero decir, a mí me había pegado por ese lado. Me habían encajetado con
Punky.
—¿Punky?
—Sí, bueno, no sabía cómo carajo ponerle y un día que andaba medio chiflado me pegó
hacerle un corte de pelo. Algo raro, o sea, quería que mi conejo fuera distinto, ¿cazás? Le
hice unos rebajes con la afeitadora y le pinté la cresta de verde. ¡De puta madre quedó
Punky! Pero viste cómo es, enseguida te encariñás con los bichos, y a mí se me empezó
a cagar un poco la cabeza pensando que al final me lo iban a cepillar, porque en esos
lugares los conejos son ―animales de producción‖ que le dicen, y el Punky iba a terminar
hecho rodajas en una cacerola si no hacía algo.
Los martillazos del Camaleón se me incrustaban en la sien pero no lograba reaccionar. La
palabra Abel crecía en mi cerebro y se fundía en imágenes con las que la asociaba. Se
me apareció un tipo muerto a palazos, una novia muy puta que se llamaba Mabel, una flor
amarilla, un juguete a cuerda made in China, un rebaño de ovejas negras, una postal de
Miami y un conejo punk.
—Dale, Max, tenés que tirar —interrumpió Camaleón mientras mi fernet desaparecía en
su estómago.
—Una noche me lo afané —dijo al toque—. Fue toda una historia, es decir, en ese lugar
vigilan una bocha y hay que tener huevos para meterse un conejo que pesa como cinco
kilos, o bueno ponéle cuatro, o tres y tres cuartos, entre el buzo y el pantalón, o sea, una
onda Copperfield, ¿entendés? Vos podés pegarte un tiro en el medio de un bajón de
merca que nadie te va a joder, pero donde les tocás el culo con el tema de la guita, esos
hijos de puta son capaces de darte máquina un mes seguido sin que se les mueva un
pelo. Sí, me mandé una movida jodida, y digamos que Punky no entendió que le estaba
salvando el culo porque cuando llegué a mi jaula, o sea, te dan habitaciones pero son
chiquitas como las conejeras y sin una puta ventana. ¿Sabés lo que es eso?, como el
infierno pero un poco más choto todavía.
Le pifié a la bola que había apuntado y le regalé dos tiros. Camaleón era un experto en el
arte de la desconcentración.
—Y entonces te agarraron con el conejo y te metieron seis meses en el pozo ciego —
largué. Ya me había olvidado completamente de Abel.
—Ni en pedo. —Le puso una gota de suspenso mientras preparaba el taco—. Ese guacho
me cagó y me meó todo encima, o sea, mucho no importaba, pero en realidad sí porque
después no se le fue más la baranda a la ropa, y la gente un poco me esquivaba por
sucio, pero la historia no termina ahí.
Le pegó un tacazo infernal a la bola roja, hizo dos bandas, empujó a la celeste y ésta a la
verde que entró limpita en la buchaca que estaba abajo del vaso de fernet. Como si fuera
un dibujito animado se me salieron los ojos de las órbitas y la mandíbula se me quedó
rebotando contra el piso.
¡No se podía creer el culo de este hijo de puta!
—Golazo, papi. —Camaleón guiñó la bola de su ojo y puso cara de James Bond.
—¿Puede ser que tengas tanto ojete? —estallé. Inmediatamente empecé a creer que
existía una conexión fuerte, pero muy, muy fuerte, entre la palabra suerte y la palabra
muerte. Una conexión que excedía lo puramente fonético para pedirme a gritos que
rompiera el taco sobre la cabeza de mi amigo. Suerte, muerte, suerte, muerte. ¿Es la
muerte mala suerte? ¿O es la suerte que nos aleja de la muerte? ¿O es una suerte que
haya muerte? ¿O es la suerte un tipo de la muerte?... ¡Basta! Qué mierda, me estaba
trastornando; abandoné la idea por otra más optimista: lo que estaba precisando no era
tener suerte sino fe en mi habilidad; necesitaba creer en el triunfo para que esa posibilidad
tomara forma adentro mío y se estableciera otra conexión fuerte, pero esta vez entre
mente, bola y buchaca. Un hilo de fe me recorrió la espalda como una geisha y me subió
el aliento de la hinchada alucinada.
—¡FE, FE, FE! —gritaba el público descontrolado—. ¡FE, FE, FE! —se avalanchaban las
neuronas.
—Sí, yo tenía fe en Punky. —Las cosas se complicaban, Camaleón también podía leerme
la mente—. Era mi salvación, o sea, tenía que preocuparme por algo, quiero decir, yo no
me preocupaba un carajo por nada y esto..., bueno, esto fue un flash, man. Por primera
vez en la vida sentí que tenía algo que hacer: mi misión en el mundo era salvar a Punky
de la parrilla; tenía que estar pendiente del chabón, o sea, tenía que conseguirle el morfi,
limpiar los soretitos que dejaba por la pieza, cortarle el pelo, pintarle la cresta. Eran una
bocha de cosas, pero me tenía ganada la cabeza, y lo más grosso era que me había
colgado tanto que hasta había dejado de curtir. Casi ni fumaba, o sea, un porrito cada dos
días o así, ¿te das cuenta?. Cada vez que me acuerdo...
Hizo su juego y volvió a meter otra bola lisa, el muy conchudo.
—Le faltaba hablar nada más, todavía me parece que lo estoy viendo comer pan duro con
esas manitos —había entrado en la fase depresiva de la historia—, ¿entendés?, o sea,
¿ves lo importante que es darte cuenta que servís para algo? Éramos la pareja perfecta,
como B. J. y el chimpancé ese que le tocaba la bocina del mionca. A la mierda las charlas
en grupos con los otros faloperos, a la mierda los otros faloperos y los psiquis
rompepelotas. Lo único que me mantenía al margen era Punky, o sea, había entendido
que no tenía que darle más vueltas a las cosas. ¡Tenía que ocuparme de las cosas!
Hubiera querido analizar el contenido de la última máxima, pero Camaleón erró ese tiro
que podría haber metido hasta Punky con los ojos vendados y no pude controlar la
alegría. Tomé lo que quedaba del fernet y enseguida se me dibujaron las posibilidades
que tenía de ganar el partido. Sobre el paño quedaban —además de la negra y la
blanca— tres bolas mías contra una de Camaleón. Cualquiera hubiera dicho que la tenía
jodida. Pero no era así, mis bolas estaban estratégicamente ubicadas; hasta para un
jugador mediocre hubiera sido un trámite, aunque ése no era mi caso, claro.
Imité a los boxeadores cuando caminan hacia el ring dando saltitos y moviendo el cuello
como si quisieran destrabarlo; me concentré para coordinar los músculos con la imagen
que enfocaban los ojos y producir la trayectoria exacta que, una y otra vez, se me
aparecía ante la bola blanca. Igual que se me aparecía, cuando era pendejo y estaba
adelante de una hoja en blanco, la misma imagen de un sol con cara de bueno, dos
árboles y un camino que terminaba en una casita.
—Quise hacerle una casita —comentó en el mismo momento que hacía mi tiro. El shock
hizo que la bola saliera con la mitad de la fuerza que había esperado. Me puse rígido de
los nervios; podía escuchar el ruido que hacía cada pelo mientras se me caía—. Pero
entonces Punky empezó a tener problemas para comer. —Con el último soplo de vida la
blanca tocó a la tres y, no entiendo cómo, la tres llegó al borde de la buchaca y se
zambulló antes de que mi calvicie fuera total. Largué el aire—. O sea, no es que no quería
comer, era como si tratara y algo no lo dejara, o como si la comida no le gustara, es decir,
había algo que..., que no sabía qué carajo era pero que lo estaba jodiendo.
—Que mal, che, lo que me estás contando —dije. Le hice una sonrisa burlona. Quería
demostrarle que era inmune a sus maniobras de desconcentración y a su poder para
leerme la mente. Me sentía fuerte y listo para terminar el asunto.
—Pero, fue mucho peor, loco. —Camaleón me ignoraba.
¿Estaría hablando en serio? ¿Tanto rollo por un conejo de mierda? Al carajo, Camaleón
parecía uno de esos actores de cuarta que terminan su carrera contando chistes, duros
hasta las pelotas, en algún puterío del microcentro. En cambio yo estaba hecho todo un
campeón; lo único que tenía que conseguir era mantener la cabeza fría como un rolito y
hacer de mi cuerpo un reloj suizo a prueba de camaleones. Ni una gota de la mierda con
la que me salpicaba tenía que filtrarse. Puse cara de Maradona antes de patear un penal
y metí un zurdazo violento que mandó a guardar mi anteúltima bola al estómago de la
mesa.
—Entré de fumarme un cohete y lo encontré tirado en el medio de la pieza. Era como un
mensaje satánico, onda laburito de secta religiosa o algo así. Nunca vi nada tan triste en
toda mi puta vida, ¿sabés lo que es eso viejo?
¡Mierda, pura mierda!, eso pensé que era. Le hice una mueca que no significaba nada, no
quería mostrarle un solo lado flaco por el que pudiera entrarme. Decidí no dirigirle la
palabra hasta que terminara el partido, de esa forma mi concentración sería total.
—Le salía una sangre marrón de la nariz —siguió—. Tenía los ojos en blanco como si
hubiera sufrido bocha, ¡la cresta!, la cresta, loco, era algo satánico que me apuntaba.
Todo era un símbolo, ¿entendés?, de lo hijo de puta que soy. —Supliqué a la virgen que
me hiciera sordo por un rato, pero como no creo en nada de toda esa mierda me tuve que
aguantar a Camaleón—. En el medio, no en un rincón, el chabón la quedó en el medio de
la pieza, o sea, cuando entré reloco, lo vi como estaba y... flashé, flashé mal.
Cargué el rifle y pum, a cobrar. La última de mis bolas se había ido por un agujero, simple
y maravillosamente como un mago que saca un conejo.
—¡Un conejo! Nada más que un conejo. —El destino me estaba haciendo la cama,
pensé—. Pero era lo único que me ponía pilas. Nos habíamos hecho amigos, o sea, no es
que un animal pueda ser igual que un amigo, era como si fuera un... un compañero de
celda..., un copiloto...
Ya la cosa me rompía las pelotas, el pibe hablaba y parecía que el partido le chupara un
huevo. Bueno, era natural, en su lugar hubiera hecho lo mismo; cuando se está al borde
del precipicio hay que hacerse el superado, el que está por encima de boludeces como un
partido de pool, un tipo al que le interesa encontrar el sentido íntimo de la vida en vez de
ganar un partido de mierda. Pero a mí no me engañaba, no, no y no, sabía que Camaleón
estaba representando una comedia, capaz que mejor que otras veces, pero era nada más
que una comedia.
—Se le habían clavado los dientes de abajo en la nariz y había hecho gusanos, o sea,
todo podrido por dentro, pobre Punky, podrido, ¿entendés? Estoy tan limado que no me
había dado cuenta que lo estaban jodiendo esos dientes malos que tenía.
La repugnancia que sentí cuando imaginé al conejo con cresta verde y los dientes
enterrados en la nariz y lleno de gusanos, fue rápidamente desplazada por una vibración
en todo el cuerpo, la vibración del golpe de victoria. La bola blanca chasqueó a las ocho,
ambas recorrieron el paño casi copiando el recorrido de la última bola. Como si ésta las
estuviera llamando desde adentro para empezar otra vida lejos de nuestra vista, se
perdieron por el mismo agujero. La bola celeste de Camaleón, sola sobre la mesa como
un pitufo barrigón tomando sol en una cancha de golf, parecía ajena a mi triunfo, y sin
embargo, todo me decía que había un sentido oculto en las trayectorias caprichosas que
habían seguido las esferas en su paso por la mesa. La absurda coherencia del caos que a
veces parece darle vida a una bola de marfil me dejó un mal presentimiento. ¿Qué taco
nos empuja por la vida? ¿Qué manos lo mueven? Bah, me importaba una mierda; a veces
me sorprende como se me va la vida en preguntas pelotudas. Lo único que quería era
disfrutar el momento de gloria. ¡Había ganado! ¡Le había roto el culo a Camaleón! Me
vinieron dos o tres frases contundentes para gastarlo. Lo miré con ojos de King Kong y...,
y ahí todo se fue a la mierda. El tipo se había quebrado, no podía parar de llorar como
una señora que plancha mirando novelas.
—Estoy hecho para cagar las cosas, Maxi. Lo único que tenía lo cagué, estoy hecho para
cagar todo —puchereaba—. No puedo zafar.
—No, loco, te estás haciendo mal la cabeza... —No tenía la más puta idea de qué decirle;
la verdad es que empecé a sentirme un poco para el carajo yo también. Sentía que era
culpable por haberlo ignorado. ¡Carajo!, Camaleón estaba pasado de rosca y no me había
enterado.
—Me chupa todo un huevo. Hace días que vengo de gira, arrancado hasta las pelotas, y
no puedo parar. Mirá, mirá, loco, si hasta me estoy haciendo ganchos. ¡Ganchos!, yo, que
odiaba las agujas... Pero me gana la cabeza, Max, me gana la cabeza pensar en todo lo
hijo de puta que soy, y no me quiero acordar...
—Estoy cagado de miedo —dijo al final y como si se le hubiera escapado.
Sentí en mi carne su miedo; era el miedo que tenemos todos, el miedo a estar solos, a
quedarnos solos. Ese miedo que me camina por los huesos en las peores noches, el de
estar viviendo una pesadilla, cada uno en nuestra celda con nuestro conejo muerto. Solos;
sin poder contarle a nadie la mierda que nos carcome porque los otros tienen su propia
mierda que no pueden contar. El miedo de que algún día las palabras pierdan el sentido,
de que llegue ese día del fin de la conexión, el día que quedemos desenchufados para
siempre, varados en nuestra estupidez. ¿Y todo por qué? Porque vivimos creyendo que el
universo gira a nuestro alrededor, que somos el centro de la puta fiesta cuando en
realidad todos damos vueltas alrededor de algo mucho más grosso. Algo que no sé qué
es exactamente, pero que tendríamos que encontrar si queremos sobrevivir al miedo, a la
soledad y al dolor.
Me llevé a Camaleón a dar una vuelta. Salimos del Club —y así se lo conté, un par de
meses después, a una putona paraguaya de las de treinta minutos por treinta pesos, un
caramelito media hora que les digo—, como del velorio de nosotros mismos: pálidos,
desubicados, con las manos vacías y las cabezas llenas de conejos muertos.
EZEQUIEL MARTÍNEZ ESTRADA
Ezequiel Martínez Estrada es, sin dudas, uno de los más importantes ensayistas argentinos del
siglo XX. Nació en San José de la Esquina, pequeño pueblo de Santa Fe, en septiembre de 1895,
y murió en Bahía Blanca, en noviembre de 1964. Hijo de padres humildísimos, fue un verdadero
autodidacta que, durante largas décadas, trabajó en un puesto burocrático del Correo Central de
Buenos Aires. Entre 1950 y 1955 una cruel enfermedad desconocida lo mantuvo postrado en
camas de hospitales.
A fines de 1927 viajó a Europa con su mujer, Agustina, y recorrió Italia, Francia y España. Desde
1933 a 1940 una crisis íntima le impidió escribir y se dedicó al estudio del violín y el ajedrez, temas
sobre los cuales compuso más tarde sendos volúmenes inéditos. En 1959 viajó a México y en 1960
a Cuba, donde permaneció un año trabajando en su obra sobre Martí.
Un discurso pronunciado en esas islas del Caribe, con motivos de los 18 años de la revista
Cuadernos Americanos, hizo que cayera sobre él la calumnia de haber renunciado a su
ciudadanía. Varios escritores argentinos lo atacaron duramente y él se defendió escribiendo en
Marcha de Montevideo que "la libertad para el pueblo de Cuba consiste en decidir su destino y no
en cambiar de amo" y que su patria no estaba determinada por el Registro Civil. Además, declaró
públicamente que no aceptaba ninguna acusación de comunismo porque "no quiero mancillarme
admitiendo la dictadura del proletariado ni la dictadura de ninguna otra clase". Pocos meses antes
de morir se definió a sí mismo como "un cristiano fuera de la Iglesia… esto es, un partidario de la
libertad y la dignidad humana". La lluviosa tarde de su entierro en Bahía Blanca, acompañaron su
féretro treinta personas.
Toda la obra en prosa de Martínez Estrada refleja su visión del mundo contradictoria y pesimista.
Cultivó el teatro, el cuento y la poesía, con éxito dispar. Pero sus libros fundamentales son los que
testimonian su actividad de ensayista: Radiografía de la Pampa (1933), La cabeza de Goliath
(1940), Sarmiento (1946), Invariantes históricos en el Facundo (1947) y Muerte y transfiguración de
Martín Fierro (1948).
La magia de su estilo comunica al lector un peculiar estado de ánimo: la conciencia indignada de
un moralista descontento que enfrenta con tristeza y pesimismo una realidad agria, manejada por
fuerzas que niegan la justicia, la verdad, el amor, la belleza y la fe.
La Radiografía es una ácida exposición de los males argentinos: fallas éticas, pobreza espiritual,
falsedad de los valores y carencia de autenticidad.
LA INUNDACIÓN
Nadie imaginó que en aquella iglesia cupiera tanta gente ni que alguna vez hubiesen de
ser invadidas sus naves por una horda de vecinos pacíficos, capaces ahora de los
mayores excesos. Lo cierto es que no menos de mil doscientas personas, contando los
niños de pecho, estaban allí hacinados, durmiendo en el suelo, sobre bancos y al pie de
los altares, preparándose sus comidas en improvisados hornillos, satisfaciendo con
naturalidad las necesidades apremiantes de la vida y abandonándose a extremos y
desórdenes de la promiscuidad y la desesperación. Todavía estaba sin terminar el interior
de la iglesia y las fachadas sin revestir; paneles, columnas, zócalos, mostraban como
tejidos desollados los ladrillos y el grosero material de la construcción que habría de
desaparecer pronto bajo mármoles y estucos. Pendían aún los andamios contra las
paredes y se notaba que el trabajo se interrumpió en forma inesperada.
Sin embargo, estaban colocadas ya en sus hornacinas y peanas las imágenes y concluida
la instalación del inmenso órgano, que abarcaba toda la pared testera, cerrando el coro
una baranda de cedro labrada y esculpida con primor. Los colosales tubos plateados
brillaban a semejanza de blandones en un candelabro apocalíptico. El altar mayor y el
púlpito estaban concluidos también. Desde el año anterior se oficiaba misa, y en aquel
púlpito del padre Demetrio se quejó infinidad de veces de la endeble y tibia fe de los
habitantes de General Estévez. Le era imposible congregar los domingos a más de
cincuenta personas, siempre las mismas. Ahora estaba ahí el pueblo entero, con lo que
habían podido llevar consigo, aglomerados, forzosamente guarecidos bajo la triple y
enorme bóveda del templo, tal como lo presagiara un día de cólera el sacerdote; es decir,
impelidos por un desastre de bíblica magnitud.
Ornaban los vitrales, iluminadas por la tenue luz del exterior, escenas de la vida de San
Julián, a quien se consagró la iglesia grande y suntuosa como una catedral. Lo demás era
un horror. Familias íntegras formaban pequeños campamentos, separadas entre sí por
cortinas hechas con frazadas o sábanas tendidas de cuerdas y alambres, que
aprovechaban para secar la ropa. El humo de los braseros y del tabaco y el vaho de las
cacerolas y de las ropas que se usaban, todavía húmedas, formaban una densa
atmósfera que oprimía el pecho, bien distinta de la nube angélica del incienso que solía
quemarse, fuera de las ceremonias, para amortiguar la acritud de las emanaciones de
tantos seres y objetos apiñados.
Hacía una semana que estaban allí, refugiados de la inundación, que había cubierto casi
completamente el pueblo. El agua formaba una inmensa laguna y no se veían pájaros, ni
siquiera cerca de la iglesia. Tras una sequía de tres meses, que obligó a llevar los
ganados muy lejos, desbordó el río Largo como desde cincuenta años no se tenía noticia.
A los tres días de lluvia diluviana salió del cauce y se volcó en la hondonada, donde
alzábase la población. A la distancia se veían los techos y los molinos, las copas de los
árboles y maderas y enseres boyantes.
Los vecinos huyeron despavoridos, a pie, transportando en carros y jardineras lo que
pudieron cargar en el apuro. No menos de sesenta vehículos cargados de víveres, ropas
y vituallas de toda clase. De muchos sólo quedaban las ruedas y los herrajes, porque les
arrancaron la madera para hacer fuego. Los caballos pastaban sueltos, sin que se
apartaran mucho de los carros, debajo de los cuales los perros se guarecían en lo más
recio de los chaparrones.
Al ir llegando a la iglesia la caravana, el padre Demetrio quedó aturdido. En vano intentó
oponerse a que tuvieran asilo en ella los fugitivos. Al principio rogaron con humildad, y al
fin exigieron. Bajo la llovizna que caía lenta, insistentemente, hombres y mujeres
comenzaron a rugir con igual fiereza. El padre Demetrio, anciano de setenta años, y el
sacristán, don Pedro, más viejo todavía decidieron abrir de par en par las puertas. Tuvo la
impresión el anciano sacerdote de una profanación en masa y como si la turba pasara con
los botines cubiertos de barro sobre su cuerpo y sobre los santos objetos del culto. El alud
penetró y fue ocupando los espacios libres, según la importancia que cada cual se
atribuía. Las familias principales se instalaron en la sacristía, junto al altar mayor o en el
coro; las más humildes en las naves laterales. Separados o contiguos, los vecinos de
General Estévez conservaban incólumes sus viejos enconos, rivalidades y desprecios.
Por lo cual encontrábanse en situaciones muy embarazosas cuando, por motivos
apremiantes, habían de dirigirse la palabra aquéllos que durante años se negaron el
saludo. El agua invadió las casas por igual, y el mismo instinto de conservación los reunió
sin reconciliarlos. Otros, en cambio, reanudaron el trato, especialmente las mujeres. Y
como los días y las noches eran interminables, hasta trabaron una segunda amistad.
La iglesia había sido construida sobre una colina, a tres kilómetros de General Estévez,
yendo hacia Felipe Arana, que distaba cinco leguas, más o menos. Don Julián Fernández
dejó un legado de toda su fortuna, al morir octogenario, para que se elevara allí mismo
ese templo, que costaba dos millones de pesos, y para cuyo sostenimiento destinó los
réditos de un millón, depositados en títulos. Allí, allí mismo, recibió él, volviendo de un
viaje, una prueba inequívoca de la protección de su santo patrono. Al desbocarse los
caballos de la volanta y destrozarla y matarse ellos, quedó ileso. Nadie se explicaba el
hecho sino como un milagro, y él, poco a poco, fue aderezándolo, sin proponérselo, con
presagios y ulteriores sueños que le confirmaron que era así.
Para edificar la iglesia, empezada cinco años antes, hubo de llevarse todo desde Buenos
Aires: materiales y operarios. El envío de gente y de cosas ocupó casi totalmente las
líneas férreas en todo ese lapso, y aún seguían llegando vagones y vagones con
materiales. Ingenieros, arquitectos, artistas y artesanos vivían consagrados a la obra con
una especie de obcecada devoción. Había albañiles de toda especialidad, carpinteros,
cerrajeros, pintores, mosaiquistas, un mundo de personas constantemente en
movimiento, como hormigas. Al comienzo se pensó que jamás se acabaría todo lo que se
proyectaba hacer; ahora estaba hecho y en tres años más esplendería como una joya en
la soledad del campo.
Aquella invasión de seres que parecían haber perdido el pudor y la razón, fue
contemplada por el sacerdote como castigo del cielo y resultado natural de los pecados
de incontinencia que todo el mundo sabía muy bien que cometió el testador. El primer día
el padre Demetrio cayó en un estado de agobio y permaneció en su habitación, rezando
de rodillas. Cuando don Pedro le ofreció el almuerzo, no contestó. Prorrumpió en insultos
y en mutiladas frases en latín, que tanto podían ser fragmentos de oraciones como de
invectivas dignas de los profetas. Don Pedro no atinaba a explicarse ese estado de
abatimiento, acostumbrado a verlo más bien jovial y agradecido del Señor hasta por los
sucesos más insignificantes. Le conocía desde muchísimos años, veinte al menos; desde
cuando peregrinaba de un pueblo a otro con su bolsa de ―linyera‖. Un buen día se avino a
la paz y al sosiego eclesiásticos, sin soñar que de la humilde capilla irían a residir en una
iglesia que todos admiraban con estupor. El padre Demetrio lo acogió de buen grado,
aunque con los años comenzó a tomarle aprensión por considerar excesivo su fervor en
algunos días y venírsele a la memoria aquella antigua vida de andariego solitario, nunca
explicada. Pero apóstoles y santos hubo que hicieron lo mismo, y de ahí que el padre
Demetrio nunca se decidiese a despedirlo, ni siquiera en aquellos otros días en que era
indudable que los diablos les desbarataban el humor. Se toleraban con indulgencia,
convencidos de que se podía convivir sin afectos de ninguna especie. Nadie simpatizaba
con ellos, y menos con el padre Demetrio, por su carácter irritable y huraño. La
consecuencia era que muy pocos hombres concurrían a la iglesia, excepto en los
funerales y ceremonias de pompa, y que las mujeres consideraban el deber de oír misa el
domingo como uno de los ineludibles menesteres domésticos.
Ahora la desgracia los había obligado a pedir que se los albergara allí, quién sabe por
cuánto tiempo, y a permanecer reunidos, como en una casa común, amigos o enemigos.
Trajeron víveres la semana pasada, principalmente galleta, y el carro volvió vacío a Felipe
Arana. No pudo obtenerse que ni una de las familias se decidiera a partir cuando pudieron
hacerlo; tal era la confianza en que pronto cesaría de llover. Ya no podían marchar ni
recibir alimentos, porque los caminos y sobre todo el río Largo, que se interponía entre los
pueblos más próximos y que había que vadear, lo imposibilitaban. Consumidas las pocas
vacas lecheras, que era lo único que quedó de los rebaños, sacrificaron la mayor parte de
la caballada que trajeron, y pronto tendrían que matar la restante. Aunque dos días antes
cesara la lluvia, el cielo continuaba nublado, y a ratos se oía algún lejano y prolongado
trueno, que parecía restallar en otro cielo separado de la tierra por la capa espesa de
nubes.
Los primeros días rara vez entró el padre Demetrio en la iglesia. Sólo una mañana dijo
misa y no obtuvo el respeto debido: muchos hablaban en voz alta; otros reprendían a los
hijos; los menores chillaban y lloraban, y el alboroto crecía, amagando convertir el
sagrado sacrificio en una pantomima. Hasta el sacerdote tuvo la sensación de que
realizaba un simulacro sin sentido, si bien continuó el sacrificio hasta el final. Impartió la
bendición y se fue, decidido a no repetir tan inútil auxilio espiritual.
Como coincidió que durante la misa arreciara la lluvia con furioso ímpetu, los ateos
atribuyeron al padre Demetrio, un poco en broma, pero tomándolo en serio al final, la
causa de tal calamidad. En los siguientes días olvidó esa mortificación y frecuentó las
naves, movido por la piedad, por la curiosidad y por el deseo de comprobar cuál era el
grado de destrozos que iban haciendo los huéspedes en los bancos y en las
instalaciones. Removía las cortinas sin avisar y permanecía mudo ante cualquier escena,
siempre inesperada, o contestaba con alguna frase lacónica de reproche más bien que de
consuelo.
—Este chico está afiebrado, padre. ¿Cree que estará enfermo?
—El hijo con fiebre y el banco en el redondel de la cacerola. Pregúntele al médico.
A lo largo de los pasillos y entre los bancos y los altares se agolpaban los mayores,
apretujados, en mangas de camisa los más y descalzos casi todos. Los zapatos no
llegaban a secarse bien, cuando no quedaban encogidos, y era cosa de quitárselos y
ponérselos, tanto iban al campo a mirar al cielo. Muchísimos bancos se apilaron para
dejar mayor espacio libre, otros se acumularon contra las paredes de la entrada, donde
había también tablas de andamios y cajones con mosaicos y lajas de mármol. Allí
pusieron a secar maderas arrancadas de los carruajes para leña. Acercábanse los
refugiados al padre Demetrio y porfiaban por hablarle; no tanto porque necesitaban
respuestas reconfortantes, cuanto porque les parecía que no se portaba con solicitud y
bondad suficiente. El padre amonestaba, compadecía o fijaba su mirada en el pecho de
interlocutor con la misma remota indiferencia con que los observaba desde el púlpito. Al
tercer día de asilo se mezclaron mujeres y hombres, que hasta entonces permanecieron,
conforme lo hacían en la misa, unas a derecha y otros a izquierda, y eso fue para el
sacerdote la prueba desfachatada de que habían olvidado hasta los escrúpulos
elementales.
Afuera quedaron los perros, temblando de frío y empastados de barro hasta el lomo.
Serían como doscientos, bajo la lluvia, enflaquecidos por el hambre y achicados por el
agua. Iban de acá para allá, prorrumpían casi al mismo tiempo en lúgubres quejidos,
arañaban con sus patas las paredes y las puertas o se peleaban sin necesidad. Cantidad
de ellos, heridos a dentelladas, seguían gruñendo, desafiadores, después de lastimados.
Buscaban amparo hasta en los lugares más absurdos: en los contrafuertes y en los
quicios, contra los tapiales y en los restos de los carros desmantelados o se tendían con
la cabeza entre las patas cavilando su abandono. En cuanto creían oír una voz conocida
se levantaban y empezaban a ladrar o a aullar de nuevo, reiniciando la carrera habitual en
torno de la iglesia. Terminaron por tomar cierto color plomizo, y los que murieron no
estaban más flacos que los vivos. Emanaban un hedor que parecía penetrar en la iglesia
a través de los anchos muros, porque no había otra ventilación que por la sacristía, que
daba al patio, y los olores que entraban se adherían a las cosas, a los cuerpos, y
persistían mucho tiempo en el ambiente, pegados a las mucosas de la nariz. Cuando por
la noche rompían a aullar desde adentro les contestaban las mujeres con rezos para
conjurar cualquier triste augurio o con imprecaciones que los hombres pronunciaban con
más estentórea y nítida voz.
Entre los refugiados, y apartados de todos, estaban doña Ramona y su nieto Ángel, los
mendigos del pueblo. La abuela tendría ochenta años y el nieto veintiuno. Éste
representaba doce a lo sumo, porque el tifus, que lo atacó de chico, fue alelándolo y
reteniéndolo en la niñez. Era demasiado corpulento para la edad que aparentaba, y el
cabello lacio daba la impresión de que se le hubiera mojado y secado muchas veces.
Hablaba poco y parecía que miraba con toda la cara, como los ciegos. De muchacho
estudió en un colegio de jesuitas y era muy inteligente, pero los estragos del mal eran tan
sensibles en su alma como en su cuerpo. Abuela y nieto se ubicaron en un rincón, entre
los bancos y los tablones de los andamios. Proseguían allí su vida de pordioseros, casi
indiferentes a lo que ellos y a los demás les ocurría. En el pueblo retiraban de las casas
de comercio lo indispensable para subsistir, nunca dinero. De modo que, más o menos,
estaban como antes, participando de las privaciones de todo el mundo. Junto a ellos,
también en el rincón y tras un confesionario, se instaló un matrimonio extranjero, María y
Bronislao, con una nena de seis meses. Eran húngaros, pero en el pueblo los conocían
por ―los rusos‖. Llegaron dos años antes, y él trabajaba como repartidor de pan.
Doña Ernestina, la mujer del carpintero, lamentaba la pérdida de sus aves de corral, que
creía reconocer flotando en la inmensa laguna y entre los heterogéneos objetos que
sobrenadaban inmóviles.
No se hubiera creído que un pueblo tan chico y aparentemente deshabitado contuviera
tanta gente. Hasta se sospechaba que estuviesen allí innumerables forasteros que nadie
había visto, llegados acaso para aumentar las tribulaciones y el recelo. Con el trato
obligado averiguaban quiénes eran y el mucho tiempo de residencia. Al fin, la impresión
general fue de que todos se conocían o detestaban desde época remota. Con ellos, y en
un rincón del crucero, se albergaba un médico español al que las autoridades locales
permitieron ejercer la profesión sin revalidar su título. Se le respetaba porque atendía con
amable asiduidad a sus enfermos, no reparando en velar toda la noche junto a ellos si el
caso lo exigía, y porque era moderado en el cobro de honorarios. Tenía conciencia de la
responsabilidad y orgullo de la profesión. Era un hábito elegante en él, siempre
correctamente vestido, sostener el cigarrillo con tres dedos mientras hablaba, como si lo
ofreciera al interlocutor. Las yemas de esos dedos estaban doradas por la nicotina.
Lo poco que hablaba el marido de doña Ernestina referíase a la clase de las maderas
empleadas en la iglesia y a la obra de mano y a los trabajos rústicos: peldaños,
andamiaje, pues poco le interesaban las tallas y taraceas. Aludía con ese motivo a sus
herramientas y a las maderas de su taller, que sin duda habrían salido flotando por
encima de los alambrados o estarían oxidándose en sus cajas. Su conversación con la
esposa giraba en torno de tales temas, y si no hubiera sido porque la aflicción general
tenía de sí sobrada importancia, habría explicado al pormenor lo que eso significaba para
él.
En contraposición al carácter dócil de doña Ernestina, la esposa del jefe de la estación
estaba constantemente malhumorada, como si supiera que el culpable de la calamidad
era su marido y no encontrara la forma de decirlo. En general, eran las mujeres quienes
estaban más mortificadas. Tenían que atender a todas las faenas, como de costumbre,
aunque con menos comodidades, y a las exigencias de los maridos, que no consideraban
el lugar en que se encontraban ni tenían miramientos de ninguna especie.
Comenzaba a preocupar la escasez de víveres, racionados ya al extremo y perjudicados
por la humedad, y se presentía el próximo agotamiento. Sacrificaron las reses que les
cedieron en las chacras vecinas y casi todos los caballos.
—Va escaseando la comida —aventuraba alguno—. Pronto tendremos que carnear los
perros.
—Los perros nos van a comer a nosotros.
Casi convirtióse en un hábito salir a mirar en dirección a Felipe Arana, a pesar de que
sabían muy bien que ningún socorro podía llegarles de aquella población mísera. ¿Y de
dónde si no? ¿De Jagüel Viejo? Estaba a veinticinco leguas. Finalmente las miradas se
levantaban desde los caminos fangosos y desde la laguna que sepultaba al pueblo, para
recorrer el cielo siempre oscuro. A la izquierda, en dirección de la iglesia al pueblo
inundado, circuido de una tapia de ladrillos sin revoque, estaba el cementerio.
Destacábanse los ángeles, exactamente iguales todos, y los fastigios de los panteones.
Desde la iglesia alcanzaban a verse las cruces sobre el agua.
El jefe de la estación conservaba sus flemática importancia. Padecía de jaquecas
intermitentes que lo obligaban a permanecer horas y horas tendido, con compresas que le
abarcaban la frente y los ojos. Cuando no lo postraba el mal, salía, aunque lloviznara, a
contemplar el vasto campo anegado y a respirar aire puro. Mas era imposible permanecer
fuera largo rato, ya porque la tregua de la lluvia duraba poco, ya porque los perros se
echaban sobre quienquiera que saliese, colocándoles las patas embarradas encima,
implorantes y feroces. Dos días antes carnearon un caballo para ellos, y, sin esperar a
que fuera trozado, arrebataron enormes pedazos que devoraban en tropel acometiéndose
entre sí a mordiscos.
Cada vez resultaba más difícil abrir las puertas, pues los perros porfiaban por entrar,
acosados por el hambre y la intemperie. Habían tragado ya los cueros y los huesos de los
caballos y hasta los cadáveres de sus compañeros, respetados bastante tiempo.
Ladraban, aullaban y escarbaban desesperados en el barro impregnado de sangre, como
si hubiesen escondido antes su presa y no recordaran dónde. Al gritar en torno de la
iglesia, iban en un remolino silencioso batiendo el barro hasta formar un picadero de lodo
liso como una pista.
El padre Demetrio vino a las naves y fue rodeado por la muchedumbre que acaso
esperaba de él cualquier milagro, o noticias que pudieran reanimarlos. Él mismo sintió
como culpa suya el no poder prestar ningún auxilio a los desgraciados, el no tener nada
que decirles y el carecer de valor para invocar los bienes de la fe en ese trance.
—Más duró el diluvio, que duró cuarenta días —dijo.
Ángel, el idiota, que escuchaba atentamente cada frase del anciano sacerdote, replicó con
insólita vehemencia:
—Cuarenta días y cuarenta noches, hasta que el Señor acabó con los pecadores—
—¡Cuarenta días! —afirmó doña Ernestina—. Llevamos doce ¡Si volverá el diluvio!
—Por algo será —contestó el cura—. Saque usted a su chico de ese banco. Está
ensuciando y echando a perder la iglesia entera.
—Padre, ¿cree usted que será un castigo de Dios?
—Hasta las velas de los altares han quitado. Vea usted: ese cirio es del altar.
—Tenemos que alumbrarnos. Casi ni de día se ve.
—La humedad echa a perder los fósforos.
—Nos ponemos la ropa todavía mojada.
—Pero para fumar y llenar el templo de asperosidades sí hay fósforos.
—De noche no hay con qué alumbrarse.
—De noche hay que dormir y no meter el escándalo que ustedes hacen, ni comportarse
como cerdos más bien que como cristianos.
—Entre los gritos de los chicos y los aullidos de los perros, vamos a enloquecernos, si
usted no nos ampara.
—Siempre hay algún chico que se descompone de noche. Ya ve, padre, cómo estamos.
—¿Para qué se han metido ustedes aquí? Esta es la casa del Señor. Vean el piso...
Caminando sobre los restos de la comida...
—Es un hueso.
—Ni las mondaduras de las papas han tirado afuera.
—Padre Demetrio, ¿no tendría usted un poco de alcohol? Rafaela tiene cólicos.
—Que la vea el médico.
Detrás del cura iba don Pedro, sin contestar a los que los interrogaban, con cierta
solemne convicción de que también él había llegado a ser persona importante. La gente
agolpábase, y era de temer que concluyera por agredirlos.
—Padre, usted podría hacer algo por nosotros —exclamó una anciana.
—¡Es un pecador, es un pecador, es un pecador! —irrumpió el idiota—. Por eso nos
castiga Dios a todos.
El padre Demetrio se sobresaltó, lo miró fijamente, no con mirada tan firme y segura como
la de su agresor, y juntó las manos con fuerza. Se hizo silencio y todos ciñeron al
sacerdote, como si lo hubieran herido de muerte. Pero nadie habló en su defensa ni
apartó al ofensor.
—Dios te perdone, porque eres un insensato. Y el sacerdote le hizo la señal de la cruz
casi rozándole la cara.
—Es un pecador contra la Iglesia y el Evangelio —prosiguió Ángel, y comenzó a santiguar
al cura. Este reaccionó en igual forma y parecía que ambos se disputaban, por la rapidez
de los movimientos y el ahínco, la gloria de ver caer fulminado por Dios al adversario.
—Día llegará en que la cólera del Señor se manifestará con espanto.
—¡Afuera, afuera con Satanás! ¡Afuera este loco de la porra!
—Hará crujir los dientes a los perversos, y los sacerdotes impuros pagarán por ellos y por
sus fieles.
El padre Demetrio proseguía sus exorcismos en latín y retrocedía en una retirada
dificultosa. Muchos se le habían puesto detrás y no lo dejaban irse.
—Tiene Satanás, tiene Satanás, puerco hereje.
—Por algo lo dirá —se oyó a una mujer desde un ala de la nave.
—Quiso echarnos de aquí como a los perros.
—Escondió las velas para dejarnos morir a oscuras.
—Ayer nos maldijo a todos, porque los muchachos se metieron en su pieza.
—Ahí esconde la comida.
—¿Qué dices infeliz? —rugió el padre Demetrio, lanzándose sobre el idiota, que había
cesado de hablar y, asiéndolo por los hombros:
—¡Vade retro!
El idiota había cambiado súbitamente de actitud. Con la cara lampiña de bobo, los ojos
muy abiertos, comenzó a sollozar sin lágrimas, mirando siempre con fijeza al sacerdote,
que mascullaba frases en latín, rojo y empañado el rostro de sudor. Sin soltar al idiota,
miraba a uno y otro lado, comprendiendo que estaba sin protectores, solo entre la jauría
humana. Alguien que había trepado al coro silbó y el silbido restalló como una víbora en el
ámbito del templo. Otro produjo un ruido agraviante, soplándose con fuerza la palma de la
mano. Las mujeres y los chicos lloraban; todos hablaban a la vez y, desde afuera, los
perros, al oír la grita, levantaron aullidos lastimeros. Había quien increpaba al padre
Demetrio y quien lo defendía. Pero don Pedro continuaba inmutable, firme y mudo, como
si no supiera qué tenía que hacer en tales inusitadas circunstancias. El alboroto
retumbaba en las bóvedas y en las paredes, rebotando y cayendo sobre los nuevos
tumultos como olas sobre olas en la playa. El sacerdote fue conducido a la sacristía,
sostenido del brazo por don Pedro. En la iglesia todos hablaban a un tiempo, culpando
ahora al idiota que, protegido por la anciana, parecía ignorar por completo lo que había
dicho. La abuela gritaba mientras le pasaba la mano por la cabeza: ¡Déjenlo, déjenlo; no
son palabras de él, son palabras inspiradas!
Por unos segundos los refugiados se miraron entre sí como si se les hubiera dado una
explicación satisfactoria del incidente; bancos atrás, el jefe de la estación, con sus
compresas de agua fría en la frente y los ojos, seguía tendido e inmóvil, mojando a cada
rato la toalla en un jarro colocado en el suelo.
Varios vecinos salieron para aplacar a los perros, y resultó que, aprovechando el
descuido, entraron atropellando bancos, equipajes y personas con diabólica alegría.
Cuando pudieron cerrar las puertas, casi todos los perros estaban dentro. Corrían
gritando, en busca de sus amos. Saltaban por encima de los obstáculos y atravesaban
como flechas los compartimientos formados por las cortinas de frazadas y sábanas. Se
produjo un nuevo tumulto, peor que el anterior. Acometieron a puntapiés a los perros, más
éstos se echaban sumisos ante los agresores sin reparar que fueran seres conocidos o
no. Lamían la cara a los chicos y dejaban pegado el barro en todas partes. Los que no
encontraron a sus amos se agazapaban bajo los bancos, o se refugiaban detrás de los
andamios y los cajones, o penetraban en los confesionarios, para salir inmediatamente
con renovados bríos. Si se intentaba echarlos con palos o tirándoles cosas, mostraban los
dientes, y hubieran mordido de insistirse en el castigo. Muy pronto volvieron a sus
jubilosas demostraciones, pasando del furor al regocijo inocente. Comenzaron a oliscar
con apresurada ansiedad, a lamer las cacerolas, a husmear las valijas y las cestas, y
acabaron por arrojarse contra ellas sin que nadie intentara contenerlos.
Era el atardecer. La luz difusa entraba suavemente por los vitrales, y las imágenes
resplandecían en sus oros y piedras de colores con un fulgor mortecino. Humos y vahos
esfumaban las vastas, nebulosas bóvedas velándolas con una niebla sucia y gris, muy
semejante a la que cubría a veces el campo. Tan densa era la atmósfera, que parecía
hacer vibrar los perfiles de los objetos lustrosos. En el altar mayor, a los lados del crucifijo,
ardían dos cirios que constantemente se renovaban, pues los substraían antes de arder
por completo. Se los mantenía encendidos día y noche como súplica silenciosa para que
cesara la lluvia. La iglesia quedó inundada de un vago rumor, impregnada del olor de los
perros mojados, que paulatinamente se aquietaban. Ese olor llegó a predominar sobre
todos los demás, acres y punzantes, hasta provocar náuseas. Por momentos formábanse
silencios compactos y abismales. En seguida oíase levantarse, como una ola ancha y
oscura, el murmullo de las voces contritas o el musitar de las plegarias o el comentario de
los hechos increíbles. Deploraban la afrenta al sacerdote y esperaban verle para pedirle
perdón en nombre del idiota. Muchos temieron que el disgusto ocasionara la muerte del
anciano, y no se sabía dónde estaba escondido.
Fuera, los perros que no pudieron entrar, ladraban sin cesar, rondaban la iglesia corriendo
en tropel y raspaban con las patas y los hocicos las paredes y las puertas.
—Hay que echar a estos perros, o matarlos.
—Más bien hay que entrar a los otros. Llevan diez días bajo el agua.
En fin, se abrieron las puertas y entraron.
Ante la sorpresa de todos, se vio al anciano sacerdote subir, con fatiga de pena y vejez, la
escalera que conducía al coro. Allí arriba permaneció unos minutos inmóvil; después se
arrodilló para rezar. Todo el mundo lo observaba con curiosidad y respeto; hasta con
simpatía. En seguida avanzó hacia el teclado del órgano, e inesperadamente resonó en la
iglesia un canto profundo y trémulo, de sombrías y reverberantes voces que se fueron
afinando y elevando, en un vuelo místico, hasta alcanzar las notas más altas del
instrumento y de las posibilidades de la humana audición. La música sonó entonces como
nunca se había oído, y las manos del ejecutante creaban un cántico de unción celestial,
improvisado bajo las dolorosas emociones de la afrenta y del perdón. Los sonidos
expurgaban lo que la voz del sacrílego mancó: las imágenes, las paredes, las columnas,
las figuras coloreadas de los vitrales, corazones y objetos por igual. Extendíase la música
sobre cada cosa y cada ser como un bálsamo, y purificaba el ambiente de tanto miasma y
pecado, y superponía en la turbia luz crepuscular un fino epitelio vivo a todo lo sólido e
inerte.
Luego todo quedó en sombra, apenas quebrada por el fulgor vibrante de las hachas del
altar mayor; y al cesar las voces del órgano se percibió de nuevo aquel silencio compacto,
húmedo, sombrío. Apenas se distinguían las imágenes de los vitrales, donde se historiaba
la vida del santo hospitalario, y la lluvia reanudaba su precipitación con furia.
Una mujer, con voz muy apagada, le dijo a otra:
—Ernesto tiene fiebre, su frente quema la mano. ¿Quiere usted tomarle el pulso?
La otra mujer se aproximó al niño tendido sobre un cobertor, boca arriba, y le puso la
mano en la frente. Más lejos se oía una voz: Moja esta toalla en el agua de la lluvia y
tráemela pronto.
—¿Qué tienes? —preguntó la mujer al niño.
—Acá —contestó el chico tocándose la garganta.
Doña Ernestina se acercó:
—¿Tiene vinagre aromático?
—¿Para qué?
—Necesitaba.
—No traje ningún medicamento. Miel rosada, si usted quiere.
—Nadie ha traído medicamentos. A mí sólo se me ocurrió traer un frasco de yodo.
—Yo traje un frasco de jarabe. ¿Lo quiere?
El médico iba de un compartimiento a otro, pasando por debajo de las cortinas, revisando
a los niños, pálido y agitado. No contestaba ninguna pregunta. Sólo decía como para sí:
No hay elementos, no hay elementos. Es increíble. Al rato se lo vio sentado en el escalón
de uno de los altarcitos, con la cabeza entre las manos. Cuando iban a buscarlo las
mujeres, musitaba: Ya fui, ya fui; y no levantaba los ojos. Se llevaba las manos al cuello
como si algo le molestara. Después se encaminó a la sacristía abriéndose paso entre la
gente que, en voz baja, parecía inculparlo, como antes al cura, de todas las desdichas.
Llamó a don Aniceto y le dio una hoja del recetario escrita, urgiéndolo a que partiera a
caballo hasta jagüel Viejo. Era imposible vadear el largo para ir a Felipe Arana. Jagüel
Viejo era un pueblo de sólo la estación y algunas casas.
Se oía conversar en lo alto, en el coro. Allí estaban numerosos hombres, que se retiraron
de las naves para dejar mayor espacio. Los dos cirios de la súplica ardían con llamas
rojizas, y alguna que otra vela iluminaba cuerpos de personas y de perros tendidos en el
suelo. Hacía un calor inusitado. Las imágenes de cera, apenas alumbradas, parecían
parpadear y tener las mejillas encendidas de fiebre. El Cristo del altar mayor, por la
humedad que todo lo impregnaba, relucía como si lo bañara entero un mador que con la
sangre de su Faz corría por los hombros, el pecho, los flancos brillantes y el vientre
hundido, a lo largo de los muslos hasta los pies. La atmósfera oprimía las gargantas, la
brasa de los cigarrillos se levantaba, ardía más vívida y bajaba de nuevo. Percibíase la
respiración fatigada de los ancianos y de los niños, como un jadeo febril. Las noches eran
peores que los días, infinitamente más largas y desoladas, aunque no ocurrieran escenas
de desesperación. Así pasó la noche. La lluvia amainó.
Los húngaros, María y Bronislao, estaban despiertos, con la nena entre ellos. Se les había
muerto mientras alborotaban el cura, el idiota y todos los demás. Todavía la madre, de
vez en cuando, vertía en la boca de la criatura una cucharadita de té muy dulce. Los
padres no hablaban y se habían unido, con la hija en medio, ocultándola. La madre la
envolvió en una frazada, y así estuvieron toda la noche sin decirse una palabra. Había
una agitación muy grande, aunque silenciosa. Mujeres y hombres iban de un lugar a otro
con inquietud.
A la mañana siguiente dos criaturas habían fallecido. También ese día tuvieron que
sepultar, algo más lejos de los niños, al médico. Lo encontraron detrás del altar mayor
tendido y con el bisturí entre los dedos, como si sostuviera un cigarrillo ensangrentado. A
todos se los sepultó cerca de la iglesia, donde los perros habían escarbado y enterrado
comidas. A un metro de profundidad, la tierra estaba casi seca. Los sepultaron sin ataúd;
a los niños amortajados con sus ropitas, las mismas que usaron.
El padre Demetrio subió al púlpito. Todos esperaban mortificados un largo sermón de
reproche o de consuelo.
—Hijos míos: Dios nos prueba hasta el fin.
Fue lo único que dijo, y se tapó la cara con las manos. Sollozaba. Ángel lo miró desde el
rincón de los andamios, con su mirada fija y blanda. Quiso hablar, pero sólo pudo balbucir
palabras incoherentes, acaso injuriosas. La anciana repetía mecánicamente: Si tiene que
hablar, hablará.
Mas el idiota sólo atinaba a mover la mandíbula inferior, como si estuviera bajo el influjo
hipnótico de la figura del padre Demetrio, que permanecía aún en el púlpito cubriéndose
el rostro. Después, el sacerdote se dispuso a descender, indeciso. La gente hablaba en
voz baja; palabras y sollozos se ahogaban con pañuelos y manos. Los perros husmeaban
constantemente, yendo y viniendo veloces. El padre Demetrio rogó con voz débil,
mientras bajaba por la escalera del púlpito.
—Hijos míos: es preciso sacar del templo a los perros. Esto es un castigo de Dios por la
nueva profanación de su casa.
Todos se miraron con estupor. Afuera estaban recién cubiertas, las tumbas de los niños
sepultados horas antes. Un escalofrío recorrió el cuerpo de las mujeres. Los muchachos
en particular trataron de asir sus perros, o los que tenían más cerca, para que no los
sacaran. En el mismo sitio, los húngaros continuaban en igual actitud, sentados y sin
hablarse. Contestaban lacónicamente a quienes se les acercaban, y nadie advirtió que la
madre no tenía en sus brazos a la hijita.
El día fue deslizándose lento, como luz que se extinguiera con infinita languidez. A la
entrada de la noche, se oyó a la abuela del idiota:
—¡Quiere profetizar, quiere profetizar!
Ángel echó a andar decidido, atrayendo por la mano a la abuela. No quería dejarlos
avanzar hasta la escalera del púlpito.
—La maldición de Jehová sobre los pecadores —decía el muchacho y su labio imberbe
dejaba caer esas palabras como una baba amarga. Pero al llegar ante el altar mayor, vio
al sacerdote que se levantaba de orar y quedó como petrificado.
—¡Hablará, hablará! —exclamaba la anciana, que ahora tiraba de la mano del nieto, rígido
y atónito.
Los perros continuaban su incesante búsqueda, familiarizados ya con el templo, las
escaleras, la sacristía y las habitaciones interiores.
Esa noche también pasó.
A la mañana siguiente, antes de amanecer, estaban fuera del templo muchos hombres,
mirando en dirección a Felipe Arana y a Jagüel Viejo, por si veían llegar algún socorro.
Sabían perfectamente bien que no era posible hacer ese camino sino a caballo. Pero don
Aniceto podría traer ya las inyecciones y los medicamentos, siempre que los hubiera allá.
No se percibía en el cielo sobre las lagunas, cada vez mayores, sino algunas gaviotas y
pájaros aislados, a lo lejos, cerca de los árboles cubiertos por el agua. Las gaviotas
volaban alto sobre la iglesia, de horizonte a horizonte.
Los húngaros, sentados todavía, tenían a su alrededor no menos de cincuenta perros. Sin
moverse ni hablar, con los pies desnudos trataban de ahuyentarlos. Apenas se movían,
los perros se retiraban para aproximárseles de nuevo, callados, estirando la cabeza hacia
ellos. Entre marido y mujer estaba el envoltorio, enorme ahora, formado con todas las
cobijas que tenían. Las usaron para cubrir el cuerpecito de la hija, porque no querían
dejarla sepultar como a las otras criaturas.
De pronto comenzó a aclarar el cielo y pareció que hacia el Este abríase contra la tierra
una franja azul, precursora del fin de aquel diluvio. Se aprovechó la tregua para enterrar a
los niños y a tres mayores que murieron la noche anterior, entre ellos doña Ernestina. El
cura pronunció los responsos, y cuando penetró en la iglesia siguió asperjando cuanto
hallaba a su paso con el hisopo, como si se tratara de la misma ceremonia, ya concluida.
Terminada la tarea, los ojos se dirigieron hacia el pueblo de Felipe Arana, hacia el de
General Estévez, bajo las aguas, y vagamente hacia el de Jagüel Viejo. No se veía llegar
a nadie. Únicamente las gaviotas, que surgían de largo en vuelo altanero. El cielo, menos
oscuro, no dejaba abrigar muchas esperanzas.
—El Señor nos oirá —dijo el sacerdote cuando salió, luego de haber recorrido la iglesia
con el hisopo—. No ha de llover más. Por allá se ve que aclara.
—Pero es por el Este, padre.
—La tormenta sigue recostada al Sur y al Oeste.
—Hace tres días que también estaba así.
Reingresaron todos al templo. Muchos se habían quedado dentro, junto a sus hijos,
auxiliándolos como podían, ayudándolos a respirar. Bronislao y María continuaban aún
como dos días antes, rodeados por los perros. Comenzábase a percibir olor a carne
descompuesta, más penetrante que el husmo habitual. Todos siguieron con la mirada al
sacerdote, que se encaminó al altar mayor para rezar en voz alta. Los cirios seguían
ardiendo y las imágenes de los vitrales traslucían, mejor que nunca a esas horas, la
claridad esfuminada de la tarde. Entró de pronto un joven que gritó en un arranque de
alegría:
—¡El arco iris, el arco iris! ¡No llueve más!
Todos se apresuraron a salir de la iglesia, y el sacerdote echó a caminar tambaleante y
firme a la vez. Miró al cielo para descubrir algún vestigio del arco iris.
—Allí, ven. ¿Ven?
Nadie veía nada. Quedaron callados, en suspenso, esperando más bien el milagro que el
más lejano indicio razonable. Mucho tiempo estuvieron así, sin que nadie se atreviera a
desmentir al iluso. Las paredes de la iglesia iban oreándose. Sólo hilos de agua caían de
las altas gárgolas. De pronto se oyó, muy lejos, por el fondo del cielo, hacia el Sur, un
trueno que rodaba ancho como el firmamento.
—Dios hará el milagro de salvarnos y no permitirá que muramos así.
Al poco tiempo, algo más destacado de la vaga oscuridad de las nubes, otro vasto trueno
resonó henchido de sombra y humedad. El cielo se adensó, seguramente porque caía la
tarde, y en seguida, como cuando empezó, después de tres meses de sequía, la lluvia
precipitaba sus gruesas gotas sobre los rostros levantados.
(1943)
JUAN L. ORTIZ
Juan Laurentino Ortiz nació el 11 de junio de 1896 en Puerto Ruiz, Departamento de
Gualeguay, Provincia de Entre Ríos. Su poesía, espiritual, de decir delicado, convive
con una infinita piedad hacia la condición humana. Su poética es, a la vez, localista y
universal. No necesitó viajar demasiado a lo largo de su vida, había comenzado en
Gualeguay, continuó en Mojones Norte, enclavado en plena selva de Montiel, donde su
padre fue capataz de estancia, continuó luego en Villaguay, para regresar, a los diez
años, a su amada Gualeguay. Entre estos pocos kilómetros, sin embargo, se fue
conformando un niño contemplativo inclinado a la soledad, actitud que se constituirá
en una de sus marcas indelebles. Tanto, que a pesar de recordar con afecto sus
escapadas a Buenos Aires (de la que rescataba la bohemia de una pobreza enriquecida
por sus estudios libres en Filosofía y Letras, las clases de literatura en la Universidad
de La Plata, su relación con algunos amigos entrañables y, sobre todo, la lecturas de
poetas que le fueron abriendo su propio camino) nunca pudo soportar el movimiento
vertiginoso y agitado de la gran ciudad.
Era dueño de una formación literaria envidiable, no obstante —o precisamente por
ello—, su primer libro, El agua y la noche, apareció recién en 1933, gracias a la
insistencia de Córdoba Iturburu, César Tiempo y de su gran amigo Carlos Mastronardi.
En su segundo libro, El alba sube, publicado en 1937, no sólo el paisaje cobra mayor
protagonismo sino que va afirmándose con más fuerza su despojamiento de las cosas
materiales. Pero ha de ser en “Fui al río”, de su tercer libro El ángel inclinado (1938),
donde Juanele celebra con incontenible alegría su fusión con la naturaleza
En La rama hacia el este (1940) y en El álamo y el viento (1947), muestra el conflicto
anidado en su alma: vivía en la natural serenidad de su entorno y, a la vez, sentía una
desgarrada impotencia por el espanto que significó la Segunda Guerra Mundial. Los
temas insisten sobre el dolor, la angustia y el mal, como odiosos contaminantes.
En sus libros posteriores, El aire conmovido (1949), La mano infinita (1951), La brisa
profunda (1954), El alma y las colinas (1956) y De las raíces y del cielo (1958), la red
se va haciendo más compleja y sus visiones más despojadas.
En 1942 se radicó en Paraná hasta donde llegaban, a manera de una peregrinación
laica, amigos entrañables, estudiosos de su poética y poetas de todas las.
En 1971, con prólogo de Hugo Gola, apareció en Rosario En el aura del sauce que
incluye diez libros editados más dos inéditos: El junco y la corriente, producto de lo
vivenciado en su viaje a China y otros países de Oriente y La orilla que se abisma. En
1996, El Centro de Publicaciones, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe, edita Obra
Completa.
El 2 de setiembre de 1978 Juanele murió, y su cuerpo fue llevado de regreso a
Gualeguay.
LOS ÁNGELES BAILAN ENTRE LA HIERBA
Los ángeles bailan entre la hierba.
Ondula un frío que relampaguea
y que cortaría la tarde.
La tarde dura como un diamante
que desvalora de pronto una nube efímera.
Los ángeles de Cocteau sentados en las cornisas
miraban caer la tarde con ojos violetas.
Es dura la vida. La vida es triste.
Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol.
Los ángeles bailan entre la hierba
y sonríen con una sonrisa filosa,
un poco lúgubre ¿cierto?
Sí, lúgubre, y breve.
AROMOS DE LA CALLE...
Aromos de la calle.
Qué dicha flotante,
inmediata,
casi palpable!
No la siente el pobre,
no puede sentirla,
y tan cerca de él
el alma embriagada
del aromo!
Vergüenza de ser
el único en la fiesta
fragante
bajo la mirada
—celeste a destiempo—
del cielo que abren
nubes tibias.
Pero yo sé que un día
los frutos de la tierra
y del cielo, más finos,
llegarán a todos,
a todos, a todos.
Que las almas más
ignoradas
se abrirán a los
signos más etéreos
del día, la noche,
y de las estaciones...
LUNA DESHOJADA EN EL VIENTO...
Luna deshojada en el viento de la medianoche
que ha apagado el río
y da a aquellos árboles
cercanos de la isla
una forma huyente
casi desesperada
hacia el sur.
Gráciles mujeres con sus agitadas vestiduras de ceniza,
hacia dónde?
sobre el flotante y casi inquieto
infinito que se corona allá abajo de estrellas.
La noche, sin embargo, da una ligera paz al corazón.
La noche se busca más allá de sí misma en el viento que la deshoja,
sin detenerse demasiado en el repentino camino de lirios
que la luna reintegrada hace brotar un momento en el agua.
Seguir la noche sentado en la barranca,
una ligera paz en el corazón...
Pero la noche se busca más allá de sí misma, amigos,
y aquellas huyentes criaturas que no alcanzarán las estrellas...
Pero hay otras criaturas que huyen esta noche bajo el fuego de los hombres
porque los suyos defienden las formas inmediatas y sencillas
de su acuerdo con el universo: su paisaje y su casa,
con todo lo que surgiera de su inocente y honda amistad con éstos,
destacándose o disolviéndose en su sangre cantante;
porque ellos defienden las formas de su alma, o estetas,
o la eternidad viva de su alma, o poetas amantes de una eternidad rígida,
muerte mezquina que os impusieran a vuestros sueños que creíais soberanos.
Las criaturas que huyen bajo el fuego de los hombres,
esta noche, esta misma noche, en que el viento aquí deshoja la luna
y agita hacia el sur fantasmas grises sobre un infinito palpitante!
Esta noche, esta misma noche aquí deshecha en una búsqueda angustiada!
Esta noche, esta misma noche, con transversal y efímero florecimiento de luna líquida.
Esta noche, esta misma noche, las criaturas que huyen bajo alas de espanto,
mientras los suyos entre la tormenta
de hierro, bien derechos, bien derechos se yerguen sobre las cimas del ser.
NO, NO ES POSIBLE...
No, no es posible.
Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca, bajo la lluvia.
¡Fuera la delicia del fuego, con Proust entre las manos,
y el paisaje alejado como una melodía
bajo la llovizna
en el atardecer perdido del campo!
Fuera, fuera, Brahms flotando sobre los campos!
No, la muerte mágica de la música,
ni la turbadora sutileza,
mientras bajo la lluvia
hombres sin techo y sin pan
parados en los campos,
vacilan al entrar a la noche mojada!
DIANA
Tenías una pureza tal
de líneas,
que emocionabas.
¿Desde dónde venían
tu fuerte pecho,
tus remos finos,
tus nervios vibrantes,
y esos ojos sesgados,
húmedos de una inteligencia
casi humana?
¿Desde dónde tus gentiles actitudes,
esa manera tuya, aguzada, de echarte,
y ese silencio,
y esa suavidad felinos,
acaso llenos de visiones,
que ennoblecían las alfombras,
y daban la inquietud de un alma,
un alma gótica encarnada en ti?
Oh, ya hubieran querido muchos hombres
tu auténtica aristocracia.
Fuerza contenida
que raras veces temblaba
en tu latido profundo.
Y eras a la vez humilde y tímida,
y sensitiva,
lo que no impedía que te disparases con impulso heroico
cuando tu instinto se abría como una fiesta sobre el campo.
Recuerdo, recuerdo...
¿Qué compañía mas discreta que la tuya?
En el atardecer
íbamos
a la orilla del río.
La cabeza baja,
apenas si pisabas.
Yo casi no respiraba.
Oh, vuelos últimos en la palidez hechizada!
Yo me sentaba en la barranca.
Tú te tendías a mi lado,
el hocico hacia el río,
esculpido en un gesto de caza hacia las estrellas del abismo.
¿Era hacia las llamas tímidas del abismo?
Temblaba tu hocico,
me mirabas,
y caías de nuevo en el éxtasis.
Acaso, al fin, eran tu presa
las imágenes
con que yo volvía luego:
tímidas, asustadizas,
de piel suave,
pero de mirada pura,
como la de tus liebres, oh Diana,
ida ya para siempre,
con mucho de mi alma y de mi casa.
A LA ORILLA DEL RÍO...
A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
A la orilla del río
dos soledades
tímidas,
que se abrazan.
¿Qué mar oscuro,
qué mar oscuro,
los rodea,
cuando el agua es de cielo
que llega danzando
hasta las gramillas?
A la orilla del río
dos vidas solas,
que se abrazan.
Solos, solos, quedaron
cerca del rancho.
La madre fue por algo.
El mundo era una crecida
nocturna.
¿Por qué el hambre y las piedras
y las palabras duras?
Y había enredaderas
que se miraban,
y sombras de sauces,
que se iban,
y ramas que quedaban...
Solos de pronto, solos,
ante la extraña noche
que subía, y los rodeaba:
del vago, del profundo
terror igual,
surgió el desesperado
anhelo de un calor
que los flotara.
A la orilla del río
dos soledades puras
confundidas
sobre una isla efímera
de amor desesperado.
El animal temblaba.
¿De qué alegría
temblaba?
El niño casi lloraba.
¿De qué alegría
casi lloraba?
A la orilla del río
un niño solo
con su perro.
ELLOS...
Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí.
Ellos viven, viven? junto al arroyuelo
de aguas pobres que quisieran ser puras
y que sólo el mediodía, el diáfano mediodía, viste de azul y plata.
—La sombra de las barrancas en casi todo el día
les roba esta única, esta celeste gracia...
El camino blanco en la alta luna
fosforece y fluye para nadie
entre una soledad rasgada, aunque espectral, de ceniza...
Pero el hilo de estaño cambiante y apenas sonreído
por algunas frágiles flores de jabón, se transfigura,
y es el despertar, en la crecida, de noche,
ante un monstruo repentino y terrible todo lívido de espumas.
Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos viven allí. Con el sueño amenazado
y un posible abrir de ojos aún más trágico que el de las albas habituales
sorprendido en su inocencia por un castigo todavía más incomprensible.
Ellos están allí porque solamente allí pueden estar.
Porque solamente allí pueden plantar sus latas y sus lonas.
Olvidados como los otros, desconocidos como los otros,
los del horror lento o rápido o brutal de aquí y allá...
Ellos están allí porque solamente pueden estar.
¿Es cierto que se sonríe ante los lindos pliegues de las telas exhibidas
y las copas de vino claro y las volutas gráciles de los ―problemas eternos‖?
¿Es cierto que se está contento de sí entre las luces
y que se cree que el mundo termina en el radio de las luces
y de las palabras seguras y del sentimiento medido por las uñas delicadas?
¿Es cierto, es cierto? Ellos están allí entre las altas barrancas.
En lo hondo. Ellos están allí. Ellos viven allí.
¿Por qué esas manos graves, en el aire, sobre ellos,
ligeramente bendicientes a pesar suyo, por qué?
Ellos están allí entre las altas barrancas. Ellos viven allí.
Y una mañana cualquiera, ellos mismos, y acrecidos de otras aguas,
de lo hondo, y con los hombros ligeros esta vez, a pesar de todo,
y libres esta vez, y para siempre, de la infamante bolsa familiar,
ellos, ellos, con otras manos y otros gestos, subirán, oh, subirán, hacia su día...
PUEBLO COSTERO
Ved ese niño oscuro que mira como desde otro mundo,
el blanco de los ojos más blanco, medio amarillo, mejor.
Oh, la niñita ya de anteojos que lo guía o lo alza,
barro leve ella misma sobre palillos aún más leves.
Ved aquella en un carrito, tan frágil,
con esa flor monstruosa de las rodillas casi terminales,
conducida por los suyos, más pequeños, hacia la orilla de qué estrella?
Ved esa cabeza pálida, de diez años, de pescado imposible,
que por poco os fijará desde los mismos oídos...
Ved esa rama vieja, sobreviviente de ―las canteras‖,
doblada sobre otra rama corta que se hinca
con una cadencia cada vez más seguida:
sobre ella y sus iguales, anónima ceniza, allá,
más bien que sobre las piedras,
se elevaron algunas casas aladas y algunas pilas de billetes...
y con su sangre, ay, tan roja, alquimia ―misteriosa‖,
se azularon algunos apellidos que luego dieron chapas por ahí...
Ved ese fantasma seco, seco, salido de una noche de vidrios, larga...
sin sexo, sí, a pesar de la ―falda‖
y de la lana fluida sobre el filo de los hombros...
oh, su voz venida de la caverna de la edad, profunda,
desde aquellos desafíos, quizás, a la intemperie y al hambre...
Ya en ésos, ved, con todo, un no sé qué tenaz de zarza
aguda hacia arriba o hacia alguien por entre los ramos abatidos...
Mas ved este canoero de metal con más óleo que la luz,
plantado en medio de la calle, adánico, como para dar reglas a la tarde...
Y esta lavandera densa pero de pies de plumas listas
danzando casi con los tachos sobre el tapiz de su vida...
Y estas muchachitas que sacan su risa a veces como el agua,
ligeramente inclinadas sobre un río increíble:
sólo, soplo, sus años morenos, o el ágata un poco oblicua de los ojos,
o esa espera en el portón cuando empiezan a volar, súbitas, otras joyas...
Y estos mozos sin nada que abrazan las ondas últimas lo mismo que a novias,
luego de herir las otras, durante todo el día, por las islas...
Y este pescador de silencio que llega de una fiebre de silencio,
y aún demora, nocturno, sobre los nácares grasos y la leña,
para abrir su sueño, al fin, al primer contacto, igual que un irupé...
Y estos chicos del arca ―en seco‖, viajando con sus bestezuelas,
en un contrapunto de cristal y de hojalata, que sube...
hasta que, sobre la hierba anochecida, de ahí, cantando,
ellos también, tomados de la mano, dan la vuelta al mundo, descalcitos...
Y esta ―abuela‖ toda envuelta que busca todavía los velos de la hora
para destocar su plata y diluirla entre lirios de jabón, en cuclillas....
mientras sus polluelos, cerca, enloquecen blondas ya celestes...
Y esta madre que acarrea hasta la noche piedras de la orilla,
y quiebra su vida con ellas, luego, para la mesa menos mala,
pero no su sonrisa, ah, de todos, en una ofrenda unida de jazmín...
Y esta otra, discreta, que templa su propia alma más que el horno,
y así sale cocida esa flor de la harina que ―hace la compañía‖ por aquí...
Y estos diablillos que son flechas sobre la negación desconocida,
evocados como alas por el suceso más ligero,
con todos los iris del asombro y todos los rostros del té,
y los cabellos, todos, más alegres, y las breves ropas más caídas...
¿En dónde todos ellos, todos estos hijos de la costa,
se nutren, a pesar de todo, de esa fuerza gentil,
profundamente gentil, contra la humillación oscura que parece dormir?
Arrojados hacia las cosas por los otros que no saben,
las cosas, madres, les dan de su leche y de su hálito.
Oh, cierto, en la aventura del pan o en la muda pesadilla,
a merced de las peores armas del aire y de los humores peores de la tierra
y del río extraño, extraño, que quisiera, salido, devolverlos a aquéllos,
dejándolos así medio flotar, entre los dos rechazos, bajo los ciriríes de la noche...
No se supo, no, pensar en los poderes de esos regazos,
ricos de rayos blancos en la misteriosa espiración,
numen que no se invoca, y unción que no se pide, para los seres a ellos acogidos.
Pero hubieran podido quitarles también esto?
Y helos ahí, en los fluidos de los tiempos del río
como en melodías que no se oyen pero que ordenan, puras, los ritos.
Helos ahí, ajenos o fundidos a las horas leves de los sauces,
o al amor de lo suyo increíble de decoro o de honor bajo los vientos,
increíble de gusto y de atención, aún, en la luz de algunas flores...
Helos ahí, puros del suelo puro, en la línea de las cañas del sol,
de pie, en la propia nada, por el mismo sol profundo...
Helos ahí, con ese acero de los hierros secretos y de los carbones secretos,
sobre el ―punto de angustia, inefable y absurdo‖, del minuto sin salida...
Y helos ahí, en la grande, en la gran salida que hallarán,
con ese acero alineado, guay, con los demás, para la jornada sin fin,
en la columna que irá, enorme, hasta el otro lado de la estrella:
zarza en marcha esta vez, desde sí misma ardiendo ―sobre un aire de acordeón...‖
SÍ, MI AMIGA...
Sí, mi amiga, estamos bien, pero tiemblo
a pesar de esas llamas dulces contra Junio...
Estamos bien... sí...
Miro una danzarina en su martirio, es cierto,
con los locos brazos, ay, negando la ceniza
y el crepúsculo íntimo...
Estamos bien... Cummings que se va, muy pálido,
al país que nunca ha recorrido,
mientras Debussy enciende el suyo, submarino...
Estamos bien... Pero tiemblo, mi amiga, de la lluvia
que trae más agudamente aún la noche
para las preguntas que se han tendido como ramas
a lo largo de la pesadilla de la luz,
con la vara que sabes y la arpillera que sabes,
en las puertas mismas, quizás, de la poesía y de la música...
Estamos bien, sí mi amiga, pero tiemblo de un crimen...
Cuándo, cuándo, mi amiga, junto a las mismas bailarinas del fuego,
cuándo, cuándo, el amor no tendrá frío?
YO ADORO...
Yo adoro una mujer de aire.
La sentíamos bastante como el aire,
brillante o secreta esencia, ah, de lo que nos tocaba;
alma del tiempo, sí, más allá de las formas,
sin forma siempre como el aire?
Cuando la mujer de aire se va,
no, no me digáis que las flores son flores y que la luz es luz,
que la colina sube hacia la nubes y que la tarde baja hasta las aguas
y que el anochecer viene de espejos por las lejanas islas, por las islas...
Ni menos me digáis, oh, no me digáis, que la luna de julio se ha entibiado entre las
ramas...
No, no me digáis nada, que cuando la mujer de aire se va
el aire, el aire?, es una asfixia oscura,
y hay manos, muchas manos, tendidas hacia nosotros desde otras sombras como raíces
invertidas...
Pero verdad que la mujer de aire siempre vuelve?
—Siempre regresa, sí, pero no basta adorarla porque ella es la libertad.
LUIS SASLAVSKY
Luis Saslavsky (Santa Fe, 1908 – Buenos Aires, 1994). Escritor y traductor, director, productor,
argumentista y adaptador cinematográfico, ha sido uno de los realizadores más refinados del cine
argentino. Fue corresponsal en Hollywood del diario La Nación, cargo que abandonó para trabajar
como asesor costumbrista de la Metro Goldwin Mayer y otras empresas norteamericanas. Su
incorporación definitiva al cine argentino fue con su película Crimen a las tres (1935), que interesó
a la crítica por sus hallazgos formales. Luego seguirían algunos títulos que se cuentan entre los
clásicos del cine nacional: La fuga (1937), Puerta cerrada (1939), La casa del recuerdo (1940), La
dama duende (1945), Historia de una noche (1941) y, entre otras, Las ratas (1964). A comienzos
de los ’50 viajó a Europa y realizó en Francia y España importantes películas, como La nieve
estaba sucia (1953) y la remake de Historia de una noche (1964). En sus filmes son notables su
dominio de la narración, la capacidad para crear climas y las minuciosas reconstrucciones de
época. Entre otros libros, publicó La fábrica lloraba de noche (1972) donde reúne los recuerdos de
su rica trayectoria cinematográfica.
EL MANCHAO Y LOS FLAMENCOS
Creo que tenía seis o siete años cuando la policía nos echó del rancho que habían
levantado junto a la casa. Sin embargo recuerdo todo, desde que oí llegar los caballos y el
tuerto Mascias gritó: —¡Los milicos!— hasta que entraron atropellando a la patrona.
En la casa trabajaban cuatro mujeres. Mamá era una de las putas. Los clientes quisieron
escapar por la puerta del patio y uno saltó la tapia del fondo. El que estaba en el cuarto
con mamá salió abrochándose los tiradores, pero tenía la camisa en la mano. Los policías
no se metieron con los hombres sino con las mujeres.
—Hay que rajarlas a todas —dijo el auxiliar, sin hacerle caso a la patrona que gritaba
exhibiendo un permiso, pero le explicaron que la habían estafado. Al parecer, el tuerto
siempre lo supo y no dijo nada, ni antes ni después. No se dejaba trabajar a las putas en
una casa, tenían que hacerlo en la calle. Mamá juntó su ropa y la mía en un bolsón de
lona azul que le había regalado Laureano, y con lo que no cabía hizo un atado.
—Vamos —me dijo, mientras las mujeres continuaban a los insultos y a los chillidos
repitiendo que tenían la patente. Nos fuimos muy despacio, cruzamos el puente,
alejándonos del pueblo. Me pareció que eso ya nos había sucedido antes. Estaba
angustiado. A veces los clientes me daban unas monedas, que yo le entregaba a mamá,
pero ella me dejaba siempre un restito para comprarme caramelos. Por otra parte me
alegré que nos marchásemos. No me gustaba ir al almacén. Los hombres me miraban y
don Bruno decía:
—Es el hijo de la puta de las trenzas. —Mamá usaba trenzas sueltas, sin horquillas.
Nunca le gustó tener el pelo corto.
—No soy un macho —contestaba— para andar de melena, como Juan Moreira. Lo había
visto en el biógrafo.
—¿Qué es una patente? —le pregunté.
—Un permiso, un permiso para el trabajo. Desde entonces, cuando oigo esa palabra, la
veo siempre con su atadito de ropa, que cambiaba de mano al cansarse, y me parece
estar caminando a su lado, con el bolsón de lona azul. Veo también las vías del tren, los
alambres cubiertos de campánulas violetas y me acuerdo del Manchao.
No sé por qué ciertas palabras, algunos olores o una música me traen de pronto a la
memoria la imagen de cosas sucedidas años antes. La tarde en que Bebé Villant me
compró el Isotta, salimos a dar una vuelta para probarlo:
—Aquí tiene la patente —dijo el vendedor al volver. Quedé mirándolo, perdido. Me pareció
escuchar los gritos de las putas, vi a mamá cruzando el puente detrás del rancho, y ¡hasta
me pareció oír el viento! Bebé agitaba su mano delante de mis ojos. Riéndose, me
preguntó:
—Mingo, Mingo, ¿qué te pasa? —Me asusté. Creía que ella también la había visto. Por
supuesto que no fue así. Nadie ve nuestros pensamientos. Sin embargo, a veces he
encontrado gente que parece saber lo que se está pensando: Simón Kramer. En más de
una oportunidad, contestaba algo que nada tenía que ver con lo que hablábamos, sino
con mi vida más oculta. Empecé a odiarlo, y mi odio fue creciendo cuando comprendí que
se complacía en reconstruirla. Permanentemente al acecho, controlaba mis palabras, mi
ropa, los detalles más inesperados. Era una lucha secreta entre él y yo. ¿Por qué le
interesaba mi pasado? Al final triunfé. No previó, ni adivinó, ni siquiera sospechó que
Samos y yo fuimos los que le robaron los dólares. La policía seguía investigando cuando
Samos ya se había ido a Caracas con Nancy Brest. No he sabido de él. ¿Se habrá
casado con una rica heredera, o estará en la cárcel? Me despierto de noche y sonrío en la
oscuridad: Samos. ¡Cómo nos hemos reído a veces! No olvido esa risa que parece subir
del vientre y estalla en la boca, casi con gusto a fruta. Bebé Vaillant nos presentó en la
playa. Un muchacho buen mozo, acompañando a una mujer llamativa de unos treinta y
cinco años, americana, muy rubia, muy celeste y muy tostada por el sol. Yo vivía con
Bebé. Las francesas no tienen esos cuerpos trabajados por el deporte, ni esa piel
lustrada. Pero Bebé no estaba mal. Así que nos miramos sonrientes. Es posible que ya
supiésemos. La gente de ciertos clanes más o menos secretos se reconoce a primera
vista. Sin embargo, en nada nos diferenciábamos de los otros mil muchachos de Cannes.
Bronceados, atléticos, los ojos y los dientes brillantes. Luego, en el bar esperándolas,
Samos dijo la palabra: ―remar‖. Cuando comprendí que no se refería especialmente al
acto sexual, como creí al principio, sino a su vida entera, a la continua atención, a la
amabilidad ininterrumpida, al permanente dedicarse y esforzarse, ir al teatro, a los
dancings, a ponerse y sacarse el smoking, a todo... a remar, comencé a reírme, y nos
reímos juntos. Los dos remábamos.
Bebé y la americana entraron al bar. De pie, separamos las sillas de la mesa y comenzó
la conversación. Él hablaba como yo, tres o cuatro idiomas. Me divertía escucharlo,
comparándolo conmigo. Su francés era agradable pero con asperezas mediterráneas o
griegas. En cambio su inglés era oxfordiano, y el mío, después de los dos años pasados
con Vanessa Corrigan en Green Hills, se había contagiado de ese tono nasal que hace
imposible disimular cierta vulgaridad americana. En cuanto a su español, aprendido en
Mallorca, tenía un dejo catalán, y yo, desde que Simón Kramer me observó que no sólo
decía palabras que sonaban a bajo fondo sino que todo mi léxico revelaba una falta de
refinamiento que no condecía con mi persona, me cuidaba, pero creo que sin resultado.
En Domodossola, Luz Fitz-Patrick riéndose al descubrir que era argentino, opinó: —
¡Hablás como un peón de estancia!— Posiblemente hablo como mamá y como
Candelario. Habíamos vivido un año en ―La Atalaya‖ y en los ranchos donde parábamos
caminando a campo traviesa para llegar al mar. Mamá no quería ir a Buenos Aires sin
haber visto la playa y las olas, que nos dijeron tenían hasta tres metros de altura. Me lo
prometió. Hacíamos señas a los camioneros, pero nadie viajaba en esa dirección, ni
tomaba el camino hacia la costa. Era una idea fija. Nuestra obsesión: ver el mar. Por fin,
un tipo, en un automóvil viejo que de a ratos echaba humo como una locomotora,
respondió a nuestras señas. Mamá le contó que papá acababa de morir y que íbamos
hacia el arenal de Puerto Blanco, a casa de una hermana. Mamá siempre mintió con una
facilidad maravillosa. Lloraba cuando quería y sus cuentos eran tan convincentes que
jamás vi dudar a nadie de sus palabras. Cuando sus historias eran inventadas fui, desde
chico, el único que siempre se dio cuenta. Engañaba a quien quería, pero a mí nunca me
pudo mentir. El hombre nos llevó todo un día y una noche, y nos convidó con parte de su
comida. Unas albóndigas de carne y arroz, envueltas en hojas de parra. Dijo que era
turco, que así se comía en su tierra, y al despedirnos nos regaló un postre que traía en
otra canasta preparada por su madre, que era una santa. Una masa muy dulce, bañada
en almíbar. De tanto en tanto, intentaba propasarse con mamá, pero ella le suplicaba que
tuviese cuidado, que yo podía darme cuenta. Viajábamos por un camino de tierra y a
veces el turco tenía que bajar a echarle agua al motor con una regadera que llevaba en el
auto. Otras tomaba por entre el pasto, saltando de lo lindo. Yo me divertía y me reía a
carcajadas, pero mamá no se reía ni cuando él contaba cuentos verdes. Con los ojos fijos,
parecía que iba a llorar, repitiendo que se acordaba de su marido enterrado detrás del
rancho, y describió cómo nosotros mismos —ella y yo— hicimos una cruz de madera
para la tumba.
A la madrugada, el hombre nos dejó cerca de un cruce porque se quedaba en el pueblo.
Encontramos un pajonal y nos acostamos a dormir. Ninguna mujer ha sabido abrazarme
como abrazaba mamá. Nunca me molestaron sus brazos. Apoyaba tan suavemente su
cabeza contra la mía que apenas llegaba a sentirla, y eso que dormíamos el uno apretado
contra el otro, para no tener frío. Soplaba un viento helado. Mamá dijo que era el viento
del mar.
Nos despertamos con el sol alto porque un perro nos estaba olfateando. Después no se
quiso separar de nosotros y aunque le tirábamos piedras, seguía trotando detrás de mí.
Mamá pensó que él también andaba con ganas de ver las playas y revolcarse en la arena.
Era negro, con unas manchas blancas en la cabeza y otras en el lomo cerca del trasero.
Le gritábamos:
—¡Fuera chicho! ¡fuera manchao!, —huía unos metros con la cola entre las patas, pero se
volvía, nos miraba con unos ojos entre asustados y tiernos, y recomenzaba a seguirnos.
Finalmente, al caer la noche, llegamos exhaustos a unas casas y unos galpones. Nos
recibió de mala gana una mujer muy gorda, rodeada de hijos, todos rubios y colorados
como ella. La mayor era una muchacha de unos quince años y el menor apenas sabía
gatear. La mujer caminaba con dificultad. Estaba preñada, y mamá se ofreció para
ayudarle, pero no quiso. Tuvimos que esperar, sentados en un patio, que llegaran el
marido y un hermano. Entonces mamá repitió la historia, ya muy mejorada, de la muerte
de papá. Unas cuñadas nos habían hecho desalojar por medio de un escribano. Nosotros
éramos pobres, pero de muy buena familia. Los Irala. Podía mostrar los papeles. Mamá
abrió el bolsón y sacó una caja floreada en la que tenía escondida su cédula, envuelta en
papel plateado. En cambio, las cuñadas eran unas chusmas. Todo lo que le dijeron al
comisario fueron mentiras, hasta que habían pagado las deudas del finado... Cuando
mamá contó cómo el perro aulló toda la noche, mientras ella con dos ramas de sauce
hacía la cruz para la tumba, y cómo después de rezar echamos una última mirada al
rancho y nos fuimos seguidos por el Manchao que no quiso dejarnos, la mujer y sus hijos
comenzaron a lagrimear. También los hombres estaban emocionados. Papá había
perdido todo por meterse en negocios con un turco que comía arroz envuelto en hojas de
parra y que resultó ser un ladrón. Ahora, agregó mamá, íbamos a Puerto Blanco, a la
casa de su hermana, casada con un oficial de policía. ¡Vaya a saber cómo la iba a recibir
el cuñado! Pero mamá no le tuvo nunca miedo al trabajo y hasta iría de sirvienta, por
hacer de mí un hombre de bien.
El dueño de casa decidió que sus hijos durmiesen en el galpón y nosotros dormimos en el
cuarto de los muchachos.
Durante la noche me desperté y fui a ver qué hacía el Manchao. Así lo llamó mamá y así
seguimos llamándolo. Estaba al lado del pozo. ¿Esperándome? Me lamió las manos y,
alzándose en dos patas, llegó a lamerme las orejas. Después de acariciarlo, volví a la
cama. Él me siguió, entró al cuarto y durmió con nosotros.
A la mañana siguiente, la mujer nos dijo que los patrones del tambo buscaban una
muchacha para todo trabajo, pero mamá, entristecida, contestó que no podía quedarse.
Había prometido ir a ayudar a su hermana, que estaba por dar a luz y era primeriza.
Después del desayuno nos dieron unas milanesas para el viaje y partimos.
—Antes que ir de sirvienta prefiero ser puta —me dijo mamá. El Manchao corría
alegremente a nuestro lado como si de verdad hubiese estado siempre con nosotros.
A veces yo le preguntaba a mamá: —¿Falta mucho para llegar al mar?— deseando no
encontrarlo nunca, continuar por el camino, durmiendo bajo el cielo estrellado, pegadito a
ella y oyendo roncar suavemente al Manchao. Ya no me acordaba de don Bruno, el dueño
del almacén, ni del quilombo y los gritos de la patrona, ni de la vergüenza cuando la gente
hablaba de nosotros.
Nunca he vuelto a encontrar la paz de aquellos días, la felicidad de esas noches. Lo creí
posible en California, después de recorrer la plantación de naranjos de Vanessa. Green
Hills... Hoy me parece que Vanessa me contagió su angustia. Habíamos empezado por
trasladarnos del Lido a Venecia, a un hotel de segundo orden, en piezas contiguas y
simulando no conocernos. Pensé que, como con otras mujeres, ese período duraría poco.
El tiempo que tardan en acostumbrarse. Vanessa fue diferente. Al principio trató de
disimular su inquietud, pero yo la veía crisparse cuando salíamos de la habitación,
controlando sin cesar las reacciones en las caras de la gente que cruzábamos en el hall
del hotel, en la calle, en los negocios. Nunca soportó que yo fuese más joven que ella,
pero sobre todo no se admitía a sí misma el tener que mantenerme. No era avaricia. Eran
prejuicios y cobardía. El temor de que se supiese y naturalmente, también era amor
propio y vanidad. Sin embargo la diferencia de edad entre nosotros casi no era
perceptible. Al llegar a Green Hills yo acababa de cumplir veinticuatro años pero
aparentaba más. Vanessa no tenía aún cuarenta. Los ojos y la nariz operada la
rejuvenecían extraordinariamente, aunque le daban ese aire impersonal y de fábrica al por
mayor que da la cirugía estética. Éramos una pareja equilibrada, agradable de mirar.
Nunca he sido el muchacho escoltado por una vieja. No lo fui, por sentido del ridículo y
porque no tuve necesidad.
La tensión creada cuando nos conocimos en el Lido no disminuyó nunca. Nuestra unión
fue una continua lucha. ¡Pobre Vanessa! Desde que se entregó, sin disimular sus
lágrimas, hasta que la dejé y volví a París con Betsy Hagen, su mejor amiga.
Yo conocía esas escenas desesperadas de escrúpulos que se termina siempre por
vencer. Había visto llorar a otras mujeres porque era tanto más joven que ellas y, sobre
todo, porque temían que fuese un chantajista o un ladrón. No podían luchar con ellas
mismas y se entregaban mezclando al placer, el miedo y el llanto. Sí. Conocía el sabor de
esas lágrimas que no me emocionaban. Las he contemplado fríamente. Forman parte del
ritual. Después, cuando se daban cuenta de mi incapacidad para realizar cualquier acción
o gesto que hubiese podido perjudicarlas, deslumbradas recuperaban su tranquilidad y
era yo quien tenía que recurrir a mil recursos para sacármelas de encima, si terminaban
por no convenirme.
La historia no se repitió con Vanessa. Como muchas americanas, desconocía la vida
sexual, y sobre todo, se desconocía a sí misma. A medida que le revelaba los placeres
que su cuerpo podía proporcionarle, y que, lógicamente, se ataba a mí, aumentaba su
angustia. Finalmente, hizo crisis. Me dejó una de esas cartas escritas al amanecer. Esas
cartas tiernas y tristes. También me dejaba una suma de dinero. Más de lo que yo la creía
capaz.
Cuando una situación se repite en mi vida, actúo como un títere, o un actor. Puedo volver
a sentir una cierta emoción, es cierto, pero algo ha muerto dentro de mí. Me parece que
represento un papel. ―Conozco el argumento, y sólo lloro una vez‖, dijo Simón Kramer.
Decidí volver a París. Venecia estaba llena de aventureros a la pesca de una mujer rica.
Siempre evité cuidadosamente parecerlo.
Fui a Roma para comprarme ropa. Tacinelli me había enviado su catálogo con fotografías
de la última colección. Un smoking de seda negro, que ya le había visto a Dede Amstrong,
me obsesionaba, y lo encargué junto con una serie de camisas, medias y chalecos, pese
a sus precios exhorbitantes.
Al regresar a París me encontré con Vanessa en el coche comedor. También ella había
pasado unas semanas en Roma. Largo rato nos estuvimos mirando en silencio. Cuando vi
que comenzaba a llorar me levanté y volví a mi camarote. Me siguió y por supuesto todo
volvió a empezar.
Durante los primeros quince días en París pareció haber cambiado. Finalizaba el verano,
pero con el regreso de los turistas, tropezábamos con sus amigos en los restaurantes, en
el cinematógrafo o en el teatro. Nuevamente, veía a Vanessa crisparse nerviosa. Evitaba
presentarme, o lo hacía con una tal mal fingida desenvoltura que su turbación saltaba a la
vista. Volvimos a vivir escondiéndonos. Siempre sin hablarlo. Un acuerdo tácito. Cuando
Vanessa encontraba algún conocido yo me apartaba, como si no hubiese estado con ella.
A veces parecía un gesto natural, otras resultaba forzado, y las más era evidente que sus
amigos se daban cuenta. Después los dos nos sentíamos incómodos y avergonzados.
Fue comiendo en un restaurante en Neuilly, que la situación se hizo insostenible. Como
de costumbre, habíamos elegido un lugar alejado y poco conocido. Bruscamente,
Vanessa pareció paralizarse. Una mujer y un hombre avanzaban hacia nosotros. Los
había visto retratados muchas veces en las revistas elegantes: F. D. Robbins y su mujer,
Minka Vokitzine. Noté el esfuerzo de Vanessa por sonreír y parecer natural. Me presentó
como el hijo de Maggie. Comimos los cuatro juntos. No sabía quién era Maggie, así que
casi no me atreví a hablar. Vanessa no tenía habilidad para orientarme. Finalmente
comprendí que Maggie era una de sus primas. Vivía en Honfleur, casada con un francés y
tenía un hijo de mi edad. Regresé casi temblando al hotel. Apenas podía manejar. En la
habitación comenzamos a discutir. No sé si ella se daba cuenta exacta de mi estado. Su
preocupación fue que esa gente descubriría, tal vez muy pronto, que yo no era el hijo de
Maggie. Se desesperaba. Había dicho una mentira absurda, pero acaso, ¿podía decir
quién era yo? No contesté. Ella siguió hablando hasta que notó mi desazón. Era
insensible, aunque no tanto como yo creía. Tartamudeó: no, no quiso humillarme, no
quiso herirme. Me abrazó. Su cuerpo pegado al mío me excitaba pese a todo; el amor
físico había adquirido para ambos una importancia extrema. Me desprendí de sus brazos.
Nuevamente, trató de justificarse. Comencé a hacer mis valijas. Vanessa, temblorosa,
continuaba, tenía que comprenderla, ella era protestante, de una familia muy puritana.
¡Ah, si yo no hubiese sido tan joven! ¡Si ella no habría tenido que mantenerme! Perdí la
cabeza y comencé a pegarle. Como no se defendió, me sentí paralizado y caí a sus pies:
—Soy una puta —le dije—, haceme echar por el portero. Ella me besaba, pidiéndome
perdón. Me emocionó que me besara las manos, y terminamos como teníamos que
terminar: haciendo el amor.
Al cabo de una semana partimos para Green Hills, su propiedad en California. Vanessa
era inmensamente rica. Fue la seguridad que tanto he anhelado siempre. Odio cambiar de
mujer y tener aventuras banales. Tampoco me dejo arrastrar por amoríos que nada me
proporcionan. Esa sensación de desamparo que experimento si no estoy con una mujer
de dinero es tan intensa que todo lo que me gusta pierde de inmediato su atractivo. El
mar, la playa, nadar, la gimnasia, los autos, la nieve y esquiar. Todos los deportes y los
juegos. Siento que dejo de existir. Nunca he jugado por dinero. No comprendo a los que lo
pierden en las carreras, la ruleta, el póker o en cualquier otra de esas formas. ¿Cómo se
puede jugar con el dinero? Para mí, por qué no decirlo, es sagrado.
Simón Kramer, cuando trataba de penetrar en mi vida a lo largo de esa incomprensible e
infatigable investigación que realizó, se detenía en Ville d’Avray. Al verlo sorprenderse por
mis conocimientos de todo lo concerniente a los judíos, le dije que era gracias a los
Gottlieb. Siempre juego con la verdad. El barón y la baronesa habían muerto en el
accidente de aviación, así que nada podía averiguar por ese lado, ni saber cuál fue mi
verdadera relación con ellos. Pero me resultaba inexplicable que Simón, siendo judío,
pudiese creer que yo había adquirido el respeto por el dinero en mi trato con los Gottlieb.
Un día le dije: —Simón, los judíos no valorizan el dinero más que los católicos. ¿Cómo
siéndolo te han hecho tragar esa premisa antisemita? Para la humanidad entera, el
mundo se divide en ricos y pobres, y sólo se respeta a los primeros.
Eso ya lo supe de chico en la Argentina. En parte era verdad. Mamá lo repetía cuando
llegábamos caminando a una ruta pavimentada y algún automóvil grande y lujoso pasaba
a nuestro lado, sin detenerse aunque le hiciéramos señas. Sin embargo, hubo uno que se
detuvo. Un packard verde. Debía ser un modelo antiguo. A mí me pareció algo
sobrenatural. Lo manejaba una mujer de unos cuarenta años, con el pelo rubio, casi
blanco y tan corto que al principio creímos que era un hombre. Además, unos anteojos
negros, sobre una nariz corta pero en pico de loro, le tapaban media cara. La voz era
ronca y para hablar no se sacaba el cigarrillo de la boca, le quedaba pegado al labio
inferior. Fumaba sin parar, encendiendo otro con el que terminaba. No tuvo inconveniente
en que subiéramos con el Manchao, pero nos dijo que por el camino que habíamos
tomado nunca llegaríamos al mar, sino al Río de la Plata. Ella nos podía llevar hasta su
campo, antes del Cañadón de Olano. Bajando después, pero en sentido contrario al que
andábamos, tropezaríamos con el mar.
La mujer manejaba en silencio. Casi no escuchó a mamá, que empezaba a contar
―nuestra historia‖, pero, al ver la poca atención que le prestaba, interrumpió su relato y
quedó callada. Era la primera vez que subíamos a un automóvil así. El Manchao debió
haber andado antes en un modelo como ese, porque estaba muy tranquilo. Se acurrucó a
mi lado, puso su cabeza sobre mi pierna y se durmió. Mamá también terminó por
dormirse. Yo miraba, fascinado, manejar a la mujer. Al caer la noche llegamos a su
campo. Pasamos unas tranqueras que me ordenaba abrir y cerrar y, al fin, vimos las
casas. Tres perros de policía nos salieron al encuentro ladrando. Cuando ella les gritó,
llamándolos por sus nombres, nos dejaron bajar, olfateando al Manchao. Una mujer bajita
y gorda, casi una enana, me dio una soga para atarlo y entramos al comedor.
Las dos mujeres comenzaron a discutir y a pelear en un idioma extranjero. La gorda se
había puesto colorada de rabia. La otra se sacó los anteojos para leer el diario. Descubrí
que era bizca. Apenas se le veía un ojo, de tan metido que lo tenía contra la nariz, pero la
gorda no la dejaba leer. Me pareció que la insultaba y creí que se iban a agarrar a
trompadas. Felizmente, no pasaron de vociferar. Los perros entraron, uno tras otro, sin
cansarse de olfatearnos y de oler. La gordita, ya más calmada, iba y venía de la cocina al
comedor, poniendo la mesa y trayendo comida que no ofrecía. Uno de los perros subió a
una silla y se comió el fiambre. La alta recuperó su diario, pero antes de leer fue a un
armario, sacó una botella de ginebra y, sirviéndose un vaso lleno, nos convidó a mamá y
a mí. Mamá tomó una copita, y nuevamente la enana comenzó a discutir y a gritar.
Golpeaba la mesa y los platos, pero la otra no le llevaba el apunte. Leía el diario fumando.
Como los perros no se iban del comedor, lo busqué al Manchao, y pronto intimó con ellos.
Por fin, estuvo lista la comida, que nosotros y los perros parecíamos esperar
pacientemente. Nos sentamos a la mesa. Ellas, más cordiales, preguntaron cómo nos
llamábamos y dijeron luego sus nombres. La grandota se llamaba Karin y la otra Régula.
Los perros comieron lo mismo que nosotros. Las dos les daban lo que quedaba en sus
platos, y yo, al terminar, lo dejé comer al Manchao en el mío. Era un guiso muy rico que
parecía tener de todo, hasta compota. Nuevamente las oí discutir, y como la miraban a
mamá pensé que ella era la causa de la pelea, pero no sospechábamos por qué. Con el
postre, una torta de limón que me pareció la de la fiesta de año nuevo de don Bruno, cada
una se sirvió un vaso de ginebra. Bebieron en una forma impresionante y, ya sonriendo,
Régula trajo un acordeón. Tocó bailando alrededor de la mesa. Al girar se le levantaba la
pollera y veíamos que no tenía calzones. Karin aplaudía entusiasmada. Se puso un gorro
de capitán de barco, y Régula uno de marinero americano. Debían estar borrachas, pero,
por suerte, más simpáticas. Régula, haciendo una reverencia, convidó con una copa ya
servida a mamá, que me dejó probar a mí. No me gustó. Era como beber fuego. Ardía en
la boca y en la garganta. Cuando yo dejé la copa, las mujeres se rieron a carcajadas y
Régula me imitaba, pero mamá se enojó y les dijo que no le gustaba que se burlasen de
mí. Karin trajo unas nueces y unas almendras. Las rompía de un puñetazo, comía y nos
convidaba, diciendo que era para tener más sed. A las dos las ahogaba la risa, al repetir
esa frase, hasta que mamá bebió otra copa y Régula anunció que iba a tocar la canción
más sentimental de Holanda. Cantó sentada sobre la mesa, con las piernas cruzadas. No
la entendíamos, pero era un canto muy triste. Karin fumaba, mirando a lo lejos. las
lágrimas brillaban en los ojos de Régula. Los perros se habían dormido. Yo luchaba con el
sueño cuando, a pedido de mamá, que también parecía emocionada, Régula tocó un
tango. Karin quiso bailarlo con mamá, pero Régula, enojada, comenzó a gritar,
terminando por echarse sobre Karin y pegarle con el acordeón. Ésta le dio una trompada
que la desmayó. Pensé que al caer se había golpeado la cabeza contra la pared, aunque
no vi sangre. Entre todos, la transportamos a su cama y la dejamos acostada. Después, al
volver al comedor, Karin se sentó junto a la mesa hundiendo la cabeza en sus brazos.
Creí que lloraba. De pronto la oímos roncar. Se había dormido. Mamá y yo anduvimos por
la casa hasta encontrar otro cuarto con una cama y nos acostamos a dormir. Al rato, el
Manchao subió de un salto y durmió pegado a mí. Con el alba, mamá me despertó. —
Vamos —me dijo—, no quiero líos. Esa frase me ha quedado en la memoria, y después,
cuando nos interrogó la policía, nunca confesé habérsela oído. Pero aún hoy me pregunto
si mamá supo que Régula había muerto. Creo que ese miedo irracional que le tengo a la
policía y a todo lo que se le parezca —las aduanas, los consulados— arranca de
entonces. Es cierto que después tuve más razones para temerla, pero es siempre de un
modo casi enfermizo. Lo único que le vi llevarse a mamá fue la caja de fósforos, que
figuró en el sumario y salió retratada en un diario.
Al llegar a Nueva York con Vanessa Corrigan no pude disimular mi nerviosidad en la
aduana. Creo que hasta me temblaban las manos. Asombrada, me miró con
desconfianza. Una mirada fría, sin ternura.
— ¿Por qué? —me dijo—. ¿Tus papeles no están en orden? —Tomó mi pasaporte y leyó
mi nombre con cierto respeto: Domingo Irala de Gómez. Le debió parecer un título de
nobleza. No podía sospechar que ese nombre era la consecuencia de un error. Siendo
hijo natural, me llamaba como mi madre: Irala. Cuando ella se casó en París con
Candelario Gómez, el empleado del consulado, de acuerdo con la costumbre argentina, la
inscribió como Rosa Irala de Gómez. El barón Gottlieb, al anotarme en Ville d’Avray, creyó
que era mi nombre, y en la mairie copiaron Irala de Gómez. Fue el apellido que quedó en
todos mis papeles. No sé por qué desde entonces temía que se descubriera, pero
también temía que se destapara el asunto del contrabando en Tanger, o que continuara la
investigación del robo a Simón Kramer o, lo peor, la muerte de Laura Visconti. Nunca
dudé que Patrice la ahogó en la bañera del Troya-Palace en Atenas.
Si un policía me mira con insistencia, me siento palidecer, y cuando hojean mi pasaporte
en una aduana me parece que el tiempo se detiene y que mi corazón deja de latir.
Me humilló que Vanessa lo notase y la odié en ese instante. Comprendí que en ningún
momento de peligro podía contar con ella: era de la raza de los justos, de los que
castigan, los que tienen razón.
No sé cómo aguanté dos años en Green Hills. No fueron los bosques de naranjos que
había imaginado. Los naranjos estaban plantados en fila y en orden. Unos árboles
pequeños, achaparrados, para facilitar la recolección de la fruta. Pero, con todo, esa tierra
ondulada, esos grandes espacios tenían su belleza, y yo depositaba mensualmente en el
Los Ángeles National Bank la suma que habíamos estipulado con Vanessa. En ese
sentido fue siempre extremadamente correcta. Yo también. Era una suma elevada. Al
cabo de esos años había logrado lo que siempre soñé: la seguridad. y fuimos realmente
felices los primeros tiempos. Poco a poco, fui conociendo la organización del
establecimiento y llegó un momento en que, si el administrador se hubiese ido, todo
podría haber quedado a mi cargo. Durante un tiempo creí que sería así. A veces, de
noche, pensaba por primera vez en el futuro, sin angustia. Esa vida tranquila me gustaba.
Madrugar. Salir a caballo recorriendo la propiedad. Las vacas, la venta de la leche, la
recolección de las naranjas. El invierno y la primavera. El verano en la playa. Creí haber
encontrado mi camino, la organización de mi vida. Mi pobre vida. Llegué a pensar que un
día, terminado lo de Vanessa, quedaría allí, al frente de todo. Discreta pero firmemente se
me hizo comprender que nada era mío. Vanessa había cambiado. Me pregunté por qué.
Intuí que la autoridad que yo iba tomando le desagradaba. Comenzamos a salir. Íbamos a
San Francisco, a Hollywood, a las playas, o al desierto. Y entonces, naturalmente, ella
volvía a espiar en los ojos de la gente la reprobación que, siempre creyó, causaba nuestra
unión. No, Vanessa no quiso verme al frente de Green Hills. Me tenía clasificado, quizás
inconscientemente: yo vivía de las mujeres, era un aventurero de la peor calaña. Jamás
podría salir de ese encasillamiento. Y creo que también necesitaba castigarme, vengar su
amor propio. Vanessa Corrigan tenía que pagar el amor. No me lo perdonaba. Le cobré
cara esa falta de caridad. Cada viaje a San Francisco o a Los Ángeles era pretexto para
gastos cada vez mayores. Un negocio con Dicky Blumenfeld me dejó una casa de
departamentos en Sunset Avenue. La pagó Vanessa y de su renta vivo. Desde entonces
lo nuestro empezó a fermentar y pudrirse. Comprendí mi posición y ella sintió que yo
había comprendido. Curiosamente, volvía siempre a mi memoria el momento en la
aduana de Nueva York, cuando tomó mi pasaporte y preguntó: ―¿Tus papeles no están en
orden?‖ Creo que era lo que esperaba. La prueba de mi canallería. Le era imposible
admitir que yo fuese correcto. Estaba contra sus principios. Un hombre no puede vivir
mantenido por una mujer y ser una persona decente. Ese fue el escándalo que Vanessa
nunca aceptó. Era inmoral que me transformase en el administrador de Green Hills, en un
hombre trabajador y respetado. Sobre todo respetado. No. Yo tenía que permanecer en
mi lugar en mi posición de canalla y creo que además, y por encima de todo,
experimentaba la necesidad de castigarse también ella.
En esos días llegó Betsy Hagen. Debía ser diez años mayor que Vanessa. Regímenes,
operaciones, masajes y drogas no conseguían disimular el paso del tiempo. Como gran
parte de las alemanas, aunque había nacido en los Estados Unidos, era toda ella, una
mezcla apretada de histeria, principios, orden y sexualidad reprimida a veces.
—¡Esto ha durado demasiado! —le oí decir una mañana, entrando bruscamente al
comedor. Supe que hablaban de mí. Betsy había iniciado una campaña para que Vanessa
saliese del pozo de indecencia en que yo la había sumido. Ella escuchaba sin decidirse,
pero pensaba que moralmente la situación era inaceptable, y por debajo de su dignidad.
Pese a sus tres o cuatro divorcios, la vida de Betsy fue siempre perfectamente honorable.
En la playa descubrí que me miraba de cierta manera. No podía creerlo. Casi la mayor
parte de las mujeres ignoran la belleza del hombre. Este es sencillamente un hombre. Se
enamoran por lo que él es: médico, artista, inteligente o tierno, pero también las hay que
son sensibles a la armonía de sus músculos, al color de su piel, a su cuerpo. Y las hay
particularmente fijadas y atraídas por el sexo del hombre, por el órgano sexual. Me acordé
de los ―Marchetta‖ en Roma. Supe que era cuestión de esperar mi oportunidad. Fue una
mañana que comenzó sofocante, y pesada desde las primeras horas. Salimos a caballo,
muy temprano, pero Vanessa tuvo que regresar para reunirse con el mayordomo: era el
día de los pagos. Yo ya me había desinteresado totalmente de la administración de Green
Hills. Seguimos con Betsy hacia la playa. Un inmenso arenal, absolutamente desierto. El
calor se había hecho insoportable. La convencí de que podíamos bañarnos. Nadie nos
vería. Nos desvestimos, lejos el uno del otro, cada uno púdicamente escondido detrás de
su caballo, y nos encontramos en el mar. Había visto a Betsy entrar corriendo al agua con
calzoncito rosa y el corpiño haciendo juego. Yo me bañé con mi slip. A la salida nos
extendimos al sol. Creo que los dos sabíamos a lo que íbamos. Nuestro encuentro fue
perfectamente animal. Mi slip mojado era transparente y revelador. Cuando vi los labios
temblorosos de Betsy y su mirada detenida en mi sexo en erección, me saqué lentamente
el slip.
Sólo vivimos juntos quince días en París. Quería mandarle a Vanessa una foto que, con
toda alevosía había dejado tomar en Orly, al bajar del avión, Betsy y yo abrazados.
Finalmente no se la envié. ¿Para qué? Después de romperla le escribí una carta breve y
dura. Le pedía que no juzgara a Betsy. Betsy era, como ella, puritana y de una familia
protestante. En cuanto a mí, ella sospechó siempre lo que yo debía ser. Su ojo frío, de
cazador al acecho, me detectó desde el primer momento. El tiempo le daba la razón.
Pese a esos años sin un tropiezo ella podía estar satisfecha: yo era un canalla.
En el baile de Benvenuto Machaty conocí a Bebé Vaillant. Poniéndome delante de uno de
los espejos de la galería, me hizo notar que nos parecíamos. Los ojos, los pómulos y la
boca demasiado grande, pero con una dentadura blanca y brillante. El parecido no debía
ser solamente físico. Bebé era hija de unos vagabundos italianos y empezó a trabajar a
los trece años en una casa de costura. Después de haber sido maniquí, modelo y actriz,
se casó con Lord Algernoon, pero se divorció y puso una casa de decoración. Fue la
amante del marajah de Antola y vivió largos años en la India. Tenía una famosa colección
de esmeraldas. Era millonaria, ya no muy joven y le gustaban los muchachos de mi edad.
Algo fundamental nos diferenciaba: Bebé contaba todo. Hasta los detalles más íntimos de
su vida. Era una narradora maravillosa y todo la divertía. Relataba sus aventuras, como a
borbotones, riéndose a carcajadas de ella misma. Describía a su madre, cuyo sueño fue
ser florista, y lo realizó a los sesenta y cinco años, cuando Bebé ya era rica. Su padre que
se emborrachaba y desaparecía días, a veces semanas, meses y hasta años. Todo eran
temas inagotables, sus amantes, sus amores, sus maridos, sobre todo el último, Günter
Vaillant, aviador y paracaidista que era analizado y expuesto prolijamente. La gente
reservada y secreta le resultaba incomprensible. Había descubierto un complejo más, el
complejo de Lohengrin: —Nunca debes interrogarme—, es lo primero que le ordena
Lohengrin a Elsa, al llegar sobre su cisne. A mí no me importaba que me interrogasen. Ya
lo he dicho. Tenía todas mis respuestas preparadas. Una mezcla de mentiras y verdades.
Cuando la policía nos detuvo, antes de llegar al Cañadón, coincidí en todas mis
contestaciones con mamá. Sin embargo no nos habíamos puesto de acuerdo. Régula fue
hallada muerta y a Karin le pegaron un tiro en la cabeza...
Bebé se burlaba de mí. —El rey de los tabús—, me decía. Pero jamás trató de investigar
mi pasado, o de penetrar en mi vida. Creo que la he querido de verdad. La medida en que
yo puedo querer. Nunca me confié a ella. Sin embargo, hubiese comprendido todo. No
pude. Una noche, antes de dormirnos, me dijo haber conocido un boxeador que le habló
de mí. ―Fuimos compañeros en el gimnasio de la Place des Ternes‖, le confesé: ―A los
diecisiete años había comenzado a boxear‖. Me besó interrumpiéndome:
—No sigas, un día me contarás todo... —Quedé despierto mucho tiempo, recordando.
Bebé dormía y la besé agradecido. El Gimnasio... No tardé en darme cuenta de que
jamás sería un campeón. Siento horror por las narices aplastadas, las orejas en coliflor, a
menos de compensarlas ganando mucho dinero. No, no debía arruinarme la cara, si no
era para ser una figura mundial. Al quitarme la salida de baño, todos me miraban. Miraban
mis piernas, mis espaldas, mis bíceps, y yo casi me sentía fuerte y seguro. Tenía buena
pinta. Tener buena pinta me afirmó en la vida. Pude caminar tranquilo por la calle. Tenía
buena pinta. Las mujeres, y los hombres dejaban resbalar con disimulo sus ojos por mi
pecho, mi vientre y mis muslos, pero yo lo notaba y me sentía como el que ha pagado su
entrada a las primeras filas del match. Tiene un asiento privilegiado, nadie lo ha de mover
de su sitio y puede estirarse a gusto. Sí, tenía buena pinta. Cuando a fin de año nos
retrataron en el Gimnasio, para Paname Sportif ampliaron la fotografía y sólo mi cara salió
en la carátula de la revista. Durante días mis compañeros se burlaron de mí,
amistosamente, pero yo les oía la admiración y, a veces, hasta la envidia entre sus
bromas.
Supe que mi cara tenía algo especial a los ocho años. Al verme, la baronesa Gottlieb me
tomó de la mano, me llevó al salón y me mostró a sus visitas. Debe haber dicho: ―Es el
hijo del peón del haras que ha traído los caballos de la Argentina‖. Las mujeres pegaban
gritos de admiración. Aunque hablaban en francés, y me pareció que cacareaban, algo les
entendía. Me besaban, me dieron dulces y pasaron sus dedos por mi pelo. Mi piel era
muy oscura, los ojos inmensos y claros. Pronto me acostumbré a que la gente mire mis
ojos con asombro. ¿Mi padre habrá sido sueco o finlandés? Me parezco a mamá, salvo
los ojos celestes y la dentadura. La mía es perfecta. Mamá nunca tuvo buenos dientes. Le
faltaban dos de un costado. Según ella, por una trompada del gallego Espíndola, poco
antes de nacer yo.
En el Gimnasio descubrí que mi destino era ser un empleado. No tenía pasta para
campeón. Sería empleado de banco, probablemente. El pobre caracol que sube
penosamente su escalafón. O sino jefe de sección en una tienda. La sección modas, o la
de artículos para hombres. Mientras tanto, otros muchachos, ni más inteligentes ni más
capaces que yo, por haber tenido padres ricos, poseían automóviles, dinero, casas y
mujeres espléndidas. Esta injusticia no podía, no puedo soportarla. Y si no era por sus
padres ricos, sino por sus condiciones personales, ¡tampoco! ¿Por qué? ¿Por qué tenía
que ser yo el que queda abajo, luchando, pisoteado, oliendo mal? De noche me
despertaba sudando de angustia. Imaginaba caminos y salidas a mi medianía. Estaba
dispuesto a todo. A pesar de mi miedo irrazonado a la policía, de tener que elegir, hubiese
preferido la cárcel a la pobreza. Fue entonces que conocí en el gimnasio después de una
pelea con público a Madame Rousillon. Odette Rousillon. Odette. No supe, ni quise
ocultarle que nunca me había acostado con una mujer. Que era virgen. Desde chico tenía
enterrada en lo más profundo y secreto de mí mismo la imagen más sucia del amor. Los
clientes, las bromas de las putas, mamá... Después, en el colegio, las explicaciones de los
compañeros: el amor era una cloaca incansablemente comentada. Yo hablaba como
ellos, pero sin mencionar jamás el pasado: ni al confesor, a pesar de que iba
regularmente a la iglesia desde pequeño.
Gracias Odette, transformaste el amor en un gesto sano, normal y limpio. Una de esas
primeras noches me acordé, no sé por qué, de Beaudruche diciéndome, cuando le
ayudaba a limpiar la caballeriza:
—Cuidado con la mierda. Hay que irla guardando hasta la primavera. Los caballos hacen
eso mejor que nosotros. Mirá, hasta el olor es rico y ella nos permitirá tener flores para las
recepciones del barón. —Se lo conté a Odette, mintiendo en parte como siempre: Yo era
el hijo del socio del stud. Odeette reía conmigo dulcemente. Refugiado en sus brazos, por
primera vez desnudo contra los pechos, el vientre y los muslos de una mujer, en la amplia
cama de seda rosa, me sentía protegido y seguro. El fuego crepitaba en la chimenea y
también, como siempre y sin decirlo, me acordé de mamá y de la hoguerita en la que yo
cocinaba la carne para el Manchao y para mí, esperándola, detrás de la comisaría.
Creo que todo se puede olvidar, menos las cosas de la infancia. A veces no recuerdo
acontecimientos recientes. ¿Con quién fui al baile de Marie Simone de Weil? ¿Por qué se
enojó Irina con Brasesco en lo de Lady Murdock, en Versalles? Mi memoria no ha
guardado esos acontecimientos, esos rostros, esas imágenes. En cambio recordaré toda
mi vida cómo nos detuvieron en el camino al Cañadón de Olano, y cómo nos llevaron a la
comisaría. Nunca olvidaré esa noche, mis lágrimas y el miedo por mamá. A veces me
parece que al morirme encerrarán esos recuerdos conmigo en el cajón, y allí continuarán
haciéndome sufrir.
Decían que un hombre había entrado con nosotros a la casa de las holandesas. Sólo un
hombre pudo matar a Régula de una trompada. En vano mamá contestaba que la
trompada se la había pegado Karin, que también rompía nueces de un puñetazo. El error
fue que primero negamos conocerlas. Al revisar el bolsón azul, encontraron la caja de
fósforos. ¿Cómo había llegado esa caja a nuestro poder?
Después pude salir para darle de comer al Manchao, pero no me permitieron volver a
entrar. Lo dejamos detrás de la comisaría, en un baldío, y allí nos esperaba. Lo veíamos
por una ventana y él se paraba en dos patas, apoyado a un tapialcito, y ladraba
mirándonos.
Debe haber otros hombres y otros chicos que han pasado alguna noche abrazados a un
perro y para llorar han hundido la cabeza en su cogote. El perro comprende cuando se
llora y trata de consolar lamiendo la cara y las manos.
Trepándome a la misma tapia que el Manchao ahora yo veía a mamá, detrás de la
ventana. Debe haber estado a unos cincuenta metros y no entendía sus señas ni ella las
mías.
El carnicero me regaló carne. Ya me conocían todos, y se callaban cuando yo entraba, sin
embargo, oyendo algunas palabras, podía reconstruir los acontecimientos. Dos o tres
familias quisieron ayudarme ofreciéndome un lugar para dormir, pero permanecí siempre
en el baldío. Estaba acostumbrado a dormir al aire libre, y el Manchao no se separaba de
mí. Unos muchachotes jugaban al fútbol en un terreno vecino. Por ellos supe que habían
detenido a dos hombres y los careaban con mamá. Uno debía ser el asesino de la
machorra: así llamaban a Karin en el pueblo. Después dijeron que un médico comprobó
por el ángulo del disparo, la herida y el revólver que Karin se había suicidado. Los días
pasaban y no soltaban a mamá. ¿Por qué no fui nunca a la comisaría a preguntar por ella,
o a pedir que me dejasen verla? No lo sé. Permanecí en el baldío y desde lejos miraba
horas y horas su carita en la ventana. Creo que nunca volveré a amar como entonces... y
creo que esas noches no lloré de miedo, sino de amor.
Un muchacho jorobado, que a veces jugaba conmigo, dejó de venir, pero volvió una
madrugada y me despertó para decirme que su padre le había prohibido verme. En el
pueblo se supo que mamá era una puta echada de un quilombo en Massini. No volvió
más, pero el domingo aparecieron los del fútbol. Yo los escuchaba hablar, acurrucado
detrás de la tapia. Mientras que se cambiaban la ropa, entre empujones, bromas y
carcajadas, uno comentó que a la puta la habían becerreado en la comisaría y que, como
los vecinos la oyeron gritar, se formó una comisión que fue a ver al Intendente. No
entendí, pero supe que mamá sufría. No sé cuánto tiempo pasó. A la fuerza me llevaron a
una casa. Pude escapar de noche y volví al baldío. Mamá estaba esperándome con el
Manchao. Me pareció más flaca y con la cara hinchada.
—Es una muela —dijo—, siempre sufrió de las muelas. Tenía el bolsón azul, pero le
habían robado el atadito. Nos fuimos en seguida por unas calles oscuras, hasta encontrar
un ancho camino de tierra, y anduvimos toda la noche. De tanto en tanto mamá se daba
vuelta y gritando puteaba a los policías. Cuando empezó a clarear y vimos cerca del
alambrado una arboleda, nos metimos entre los árboles y mamá empezó a llorar. Yo
también lloré.
A veces me parece que mi vida, mejor dicho mi forma de ganarme la vida, se decidió en el
gimnasio. En parte, por los comentarios de los compañeros, que me decían bromeando:
―¿Con esa cara y ese cuerpo, para qué vas a trabajar?‖ Quizás también por Odette que,
sin saberlo, me llevó por este camino. Pero en lo más hondo de mí mismo sé que todo
estaba ya decidido muchos años antes. Puede ser que en el baldío, junto al Manchao
detrás de la tapia, o en la arboleda, cuando lloré con mamá.
Fui un pésimo estudiante. El peor en el colegio de Ville d’Avray. Hoy no comprendo por
qué permanecía como ajeno durante las clases, por qué me era imposible prestar
atención y cuál fue el muro que me separaba del mundo. No tenía nada que ver con mis
compañeros. Viví solo, como si los otros hubiesen podido crecer y hacerse hombres, pero
no yo. Algo, paralizado dentro de mí, impedía que funcionara mi cerebro. No sé cómo
terminé mis estudios. Quedó establecido entre los profesores y mis compañeros que
servía únicamente para el deporte, en particular para el box. Que era bruto. Estoy seguro
de que no lo fui. Es cierto que mi mundo no se parecía al de los otros chicos. Mi posición
era falsa: enviado a ese colegio por el barón Gottlieb, alternaba con muchachos ricos y
mentía. Mentía al hablar de mi familia, mi nombre y de mí. Pero también es cierto que
había otros chicos de origen muy modesto y, ya más grande, un compañero me contó que
la madre de René Pelletier y la de Alain Rondeau eran cocottes. Fueron amigos de todo el
mundo, jugaban, eran invitados y, además de descollar en sus estudios, nunca tuvieron
un conflicto... visible.
La herida estaba, pues, dentro de mí. Tenía miedo, un miedo indominable. ¿Miedo de
qué? ¿De que se supiese? Jugaba al fuerte y al peleador. Nunca tuve un amigo. El
colegio fue un mundo vacío. Era tímido. Una timidez que me impedía todo acercamiento,
toda confidencia. Tampoco encontré un maestro que se ocupara de mí. Salvo el padre
Langlois, pero descubrí que lo hacía movido por otros sentimientos. Los maricas me han
dado siempre un asco invencible. Además los odio. Odio sus risas, sus gestos, sus frases.
Es más fuerte que yo. Invariablemente, he resuelto la situación con una trompada. No lo
puedo evitar. El padre Langlois secó la sangre que corría por su boca hinchada y se
marchó. En el colegio no se supo y yo quedé solo como antes.
Años después, un marica más insolente que sus congéneres, quizás porque era
inmensamente rico, me increpó al terminar el baile celeste de Lady Dougherty. Como en
todos esos bailes, ellos habían sido los reyes, mejor dicho las reinas. Respondí a su
invitación para continuar la fiesta en Chez ma Tante empujándolo con disimulo, y
siguiendo de largo, con intención de ganar la salida. Pero con ese coraje que a veces
tienen ellos alzó la voz aullando delante de los invitados, los sirvientes y los músicos de la
orquesta:
—¡Cuando se es un vulgar rufián que vive de las mujeres, no se pone esa cara de asco,
porque te invitan a un local de pederastas! —Le contesté en voz baja:
—Ustedes me repugnan —y él me dijo:
—¡Tienes que encontrar alguien a quien puedas despreciar! —Vi lo que iba a suceder, lo
que estaba eludiendo pero que él buscaba: iniciar una discusión que pronto nos llevaría a
estar sentados alrededor de una mesa conversando. Perdí la cabeza. No supe lo que
hacía y le di un puñetazo. Sin embargo, nunca abuso de mis fuerzas. Sólo los maricas me
hacen proceder así. Es más fuerte que yo. También las arañas me dan asco y las aplasto
con el pie, casi temblando. No sé si de miedo o repugnancia.
Podría creerse que los odio porque he sido muy perseguido por ellos, que he tenido que
defenderme de sus avances, y no es así. Ellos se apartan de mí. No les gusto. Uno de
ellos dijo, describiéndome: ―Con los pómulos salientes, la piel pegada a los huesos y esa
boca enorme parece una calavera‖. Despectivamente, agregó: ―Es un físico que le gusta a
las mujeres‖. Los pederastas sienten que no tenemos nada que ver. Más aún: pienso que
aquellos que se quejan de que los maricas los asedian, es porque en el fondo los buscan
y los desean. El pederasta sabe por instinto cuál es su campo de acción. Con los años
descubrí que es más extendido de lo que se cree y terminé por desconfiar de muchos
hombres que parecían insospechables. Cuando a Pino Sagesse el éxito con las mujeres
lo había transformado en una figura casi legendaria, tuvo un escándalo con un muchacho
en Portofino que lo llevó a la cárcel. Bruce Hester y Patrice La Bougle parecían muy
mujeriegos, pero alternaban sus aventuras con hombres. Supe que a Vittorio Crolla lo
mantiene un viejo y Halban Brachter me confesó una noche, borracho, que cuando perdía
todo a la ruleta encontraba siempre ―un amigo‖ que lo sacaba de apuros. Dijo que le daba
asco, pero era su única salida.
Odette me hizo dejar el gimnasio y el cuarto de la Rue le Duc, en Montmartre, para
instalarme en un departamento, cerca de la Closerie des Lilas. Estaba tan sorprendido y
maravillado que la dejaba hacer. Era un duplex compuesto de un saloncito, el dormitorio,
su baño y una cocina. Creí soñar. Acostumbrado desde mi infancia a la propiedad de los
Gottlieb, con sus muebles de época, sus tapicerías medievales y su refinamiento en los
menores detalles, el departamento no me parecía de un particular buen gusto, pero era
limpio, confortable y sobre todo era mío. A las doce llegaba Odette, con los ojos brillantes,
la risa fresca y tan violentamente perfumada que dejaba impregnados el pasillo, el
ascensor, mi ropa y mi cuerpo. Había nacido en Marrakech, de padres franceses. Sin
embargo su físico era totalmente oriental. El cabello enrojecido le suavizaba los rasgos.
Tenía veintiocho años, diez más que yo, y daba no sé qué sensación de plenitud y
alegría. Llegaba trayendo siempre paquetes y comida, sobre todo dulces. Madame
Anatole preparaba el almuerzo y después nos quedaba toda la tarde para nosotros. A
veces salíamos al campo en la coupé sport, que yo manejaba, pero apresurados por
regresar: esclavos del amor físico, imperioso amo de los amantes jóvenes. Odette no me
ocultó su vida. Había viajado durante años por el Mediterráneo, casado con el capitán de
un barco. Un marsellés borracho. Conocía todos los puertos de ambas costas, Europa y
África. Al fin cansada, decía riéndose, necesitó ver una ciudad en el interior, lejos del mar,
y se vino a París. El capitán la esperaba desde entonces, cultivando verduras aromáticas
en un quintón de los suburbios de Beyrouth.
Salomón Lafitte, el productor cinematográfico, era el amante de Odette. Muy pronto me lo
iba a presentar porque ella creía en mis dones de actor. Las sumas de dinero que me
daba, eran sólo adelantos, aseguraba para tranquilizar mis escrúpulos. Al triunfar y
enriquecerme le devolvería todo. Entretanto, comprábamos trajes, corbatas, pañuelos y
las mil cosas y accesorios que pueden perturbar a un muchacho de dieciocho años.
—¿Qué dirá Salomón Lafitte cuando me conozca, no sospechará? —Odette se rió con su
risa amplia:
—Lafitte tiene más de sesenta y cinco años, su mayor placer será conocerte y vernos
hacer el amor.
Se produjo un largo silencio. ¿Quién era yo para escandalizarme? Ella, a medio vestir,
seguía pintándose los labios, frente al espejo. Yo, en la cama, continué fumando...
Me aferré con desesperación a mi carrera de actor. Comenzaron los cursos, los ensayos.
Declamaba por la mañana y por la tarde, leía en voz alta, con y sin lápiz entre los dientes.
Frente al espejo, el profesor de dicción e interpretación me hacía repetir paciente, las
mismas frases, las mismas actitudes. Por supuesto, me cambiaron el nombre. Domingo
Irala no servía para el cinematófrafo: así debutó Tino Roland en un pequeño papel. Creo
que nadie tuvo tan pocas condiciones como yo. Al segundo o tercer fía de filmación, un
actor joven —se llamaba Jacques Forestier— viéndome deprimido, conversó muy
amistosamente conmigo en el bar.
—El principio es difícil —dijo—, pero la profesión se aprende, no eres más incapaz que yo
al empezar hace unos años —y agregó, guiñándome un ojo:
—¡La época en que hacía cuadros vivos en la cama, con Odette, para el viejo Lafitte...!
Odette entró en ese momento. Se besaron con la ternura fingida y superficial que es
corriente en los estudios y entre la ―gente de sociedad‖. Luego, como en el auto yo
permanecía silencioso, ella preguntó:
—¿Jacques te ha dicho algo? —No contesté.
—Fue mi amante. Es un buen chico —y suspirando—: ¡No tiene ningún talento, el pobre
no hará la menor carrera!
Se produjo la misma situación de mis años en Ville d’Avray. Algo dentro de mí, algo
crispado, como una mano agarrotada, me impedía estudiar, aprender y desenvolverme. A
veces, el esfuerzo tratando de memorizar los diálogos era tal que, exhausto, no concurría
al estudio.
Sufría cuando en la sala de proyección todos me observaban, como a una vaca o a un
ternero en el mercado. Era difícil reconocerme en esa estatua inexpresiva, que
efectivamente tenía cara de calavera.
El léxico de la profesión se me hizo pronto familiar e insoportable. Las frases: No pasa las
candilejas, Tiene personalidad, pero no es actor o viceversa. Tiene sexo, pero no misterio
o Tiene misterio, pero no sexo me parecían estúpidas y sin sentido a fuerza de oírlas
repetir.
Ya en mi tercera película, hacía un pequeño papel, apenas accesorio pero con un diálogo
dramático, lo que llamaban una ―buena situación‖ frente a la primera actriz, y la oí decir, al
entrar al set:
—¿Eso también? ¡Ah no! ¡Si ahora vamos a tener que trabajar con los amantes de la
turca! —Comprendí que se refería a Odette. Felizmente la escena se filmó con rapidez, a
pesar de que ella hizo todo lo posible por marearme y confundirme. La esperé en la
puerta de su camarín sin que nadie lo notase. Entré detrás de ella. No tuvo ni tiempo de
sorprenderse cuando comencé a besarla. Se defendió unos instantes, pegándome y
tratando de gritar. Pero mi boca contra la suya se lo impedía. La sentí ceder vencida por
el deseo. Fue la única vez que engañé a Odette. A la actriz no le debo haber parecido
mal, porque comenzó a llamarme tentándome con extrañas propuestas y ofrecimientos.
Le prometía, le juraba verla y no iba a las citas. Una noche la escuché llorar por teléfono.
Vengaba en ella mi fracaso. Se repitió lo del gimnasio, comprendí que no había nacido
para ser actor. Más aún, todos ellos, actores y actrices, me daban asco. Casi el mismo
asco que los homosexuales. Verlos pintarrajeados, poniéndose pelucas, ensayando
posturas delante del espejo, me repugnaba y, en el mejor de los casos, me hacía reír. Y a
ellas las hallaba más despreciables y más absurdas. Oírlas declamar, fingir lo que no
sentían, me incomodaba hasta lo inimaginable. Decidí que eran unos pobres seres, me
parecían inferiores, unos bufones miserables, aunque tuviesen dinero y fuesen
importantes. Así se lo dije a Salomón Lafitte cuando me propuso ir a los Estados Unidos
para probar mi suerte en Hollywood. Estaba visto que en Francia no tenía nada que
hacer. Y no lo dije con amargura, ni por despecho. Era verdad. Sabía que no era cuestión
de cambiar de país. Hollywood no me tentaba. Por último, no fue Odette quien me invitó,
sino Lafitte. Todo había terminado. Después de casi dos años de seguridad veía abrirse el
abismo tan temido: el desamparo. Odette llegó para despedirse. Hablamos largamente, y
no sé qué atroz frialdad parecía entretejerse con nuestras palabras. ¿Alguna vez creí
acaso ser amado? No. Sabía que le gustaba y nada más. Que como yo, Odette era
incapaz de amar pero, mientras que ella fue mi primera aventura, más aún, la revelación
de mil cosas que podían parecerse al amor, yo para Odette era uno de tantos. Me conocía
bien, imaginó mi angustia, mi temor, mi inseguridad, y trató de tranquilizarme. El
departamento estaba pago por seis meses. Ella regresaría un poco antes. Yo no ignoraba
que con otro amante. Pensé que después me iba a ver espaciando cada vez más
nuestros encuentros. Trató de alentarme diciendo que todos los jefes de producción le
habían prometido asignarme papeles. Con un poco de tesón y de suerte bien pronto podía
ser una estrella. ¡Con mi físico! Simulé creerle y nos despedimos sin una lágrima. Odette
se fue. Me sentí transformado en una estatua fría. De piedra. Ni creo haber estado
angustiado. Fue una decepción total. Un gran cansancio y una terrible vergüenza. No sé
por qué, comencé a guardar mi ropa en las valijas, cuando llamaron a la puerta. Era
Odette. Odette que volvía desesperada y se apretó contra mi pecho. Nos abrazamos
llorando. Algo pareció haberse derretido dentro de nosotros. Enternecidos, nos
reencontramos. Ninguno tenía que reprocharle nada al otro, esa era la verdad. Bajé con
ella y caminamos por el boulevard, los tilos estaban en flor. París nos brindaba uno de sus
largos y más dulces atardeceres, esos en que todo parece esfumarse y disolverse.
Siempre había envidiado a las parejas de enamorados que andan por las calles de París
olvidadas del mundo. El que caminaba ahora así era yo, pero para una despedida. Mi
primer adiós a una mujer. Contra la reja de un parque nos besamos por última vez,
temblorosos.
Al regresar, hallé el cheque que Odette había dejado sobre mi almohada: un cheque por
cien mil francos. En esa época, era mucho dinero. Comprendí que ella había vuelto por
eso, pero, ¿por qué no me lo entregó y por qué se marchó para regresar con el dinero? Mi
primer movimiento fue llamarla por teléfono, mas al marcar los números, pensé que no
sabría qué decirle. ¿Agradecerle? Volví a salir a la calle y caminé por la misma avenida
con sus tilos en flor. Aún no había anochecido. Era la hora en que las ventanas y las
vidrieras se tiñen de rosa primero, de violeta luego y finalmente desaparecen en la
sombra. Tenía el cheque en el bolsillo. De tanto en tanto lo palpaba, o lo volvía a mirar.
Me sentí fuerte y joven. Lloré un poco, ¿porqué no confesarlo?, pero aliviado de no sé qué
tensión, qué angustia. Me pareció que Odette caminaba nuevamente junto a mí. Llegué a
la reja en que nos habíamos besado y fue como si nos volviésemos a besar. Permanecí
largo rato viendo llegar la noche. El sol se puso abandonando un cielo oscuro, y en el
horizonte una franja pálida. Una franja transparente y plateada...
... Los flamencos vuelan por última vez a la caída de la tarde. Vuelan en silencio.
Despliegan sus enormes alas y parecen detenidos en el cielo. Todo se ha coloreado de
rosa, las nubes, los juncales y el agua. Mamá, el Manchao y yo quedamos absortos.
Habíamos llegado cansados y aquello nos parecía un sueño. Aún hoy, cuando lo
recuerdo, no sé lo que fue imaginación y lo que fue realidad. El Cañadón de Olano era un
inmenso bajo, lleno de plantas acuáticas, lianas y enredaderas. Empezó a oscurecer y los
flamencos bajaban en bandadas y desaparecían entre las ramas, las hojas y las cañas.
Antes de que fuese totalmente de noche, los vimos, cada uno parado en una pata,
doblando sus cuellos y siguiéndonos con la mirada. Eran cientos y cientos. El cielo se
llenó de estrellas que se reflejaban en el agua y parecían brillar entre sus patas. Aún los
flamencos más rosados se aclaraban hasta ponerse blancos. No podíamos dormir
deslumbrados por su belleza. Esperábamos ansiosos la madrugada...
Mamá me despertó. No sé cómo me dormí. Nuevamente todo estaba teñido de rosa.
hasta los cañaverales. Aclaraba. Los flamencos caminaban a grandes zancadas. Cuando
el Manchao comenzó a ladrar, levantaron el vuelo y se posaron más lejos. Los seguíamos
sin cansarnos alrededor del cañadón. Algunos tenían las alas rojas como sangre. No sé
cuánto tiempo los estuvimos mirando. En una loma encontramos una casita que parecía
abandonada. Después supimos que era el refugio para cazadores, construido por los
dueños de ―La Atalaya‖. Rompí el vidrio de una ventana, entré y les abrí la puerta a mamá
y al Manchao. Mamá se acostó en el piso y no pudo levantarse más. Tampoco comió un
poco de carne fría que nos quedaba. Sólo tenía sed. En la cacerolita le llevaba agua del
cañadón, que era fresca y pura. Cuando oscureció, hablaba sola y no me reconocía,
entonces encerré al Manchao con ella y salí corriendo a buscar ayuda, pero el Manchao
se escapó no sé por dónde, y de pronto lo sentí correr al lado mío. Por suerte, porque
olfateando encontró el camino de ―La Atalaya‖. Vi las casas desde lejos y los perros
comenzaron a ladrar. Un hombre gritó para que se callasen. Era Candelario Gómez.
Siempre tuve suerte en los momentos difíciles. Cuando ya creo todo perdido, llega alguien
que parece esperarme. No sé qué hubiese sido de nosotros sin Candelario. Así fue
también como encontré a Laura Visconti después de la partida de Odette. Aunque en
realidad Laura me encontró a mí. Era escultora. Algún ministerio le había encargado un
David para el nicho en el muro reconstruido al fondo de la Piazza Torlonia, en Siena.
La verdad es que Laura me había dibujado miles de veces sin conocerme. Todos los
adolescentes semidesnudos, de frente, de perfil y de espaldas, luchando o durmiendo que
dibujaba, se me parecían, tanto los destinados al David, como cualquiera de los otros que
trazaba prolijamente con su lápiz sepia o con carbonilla en grandes cartulinas blancas.
Nunca puede saber quien le habló de mí en París. Sé que la descripción era la peor. Un
rufián que explotaba mujeres. A Laura no le importó. Quería ver en carne y hueso al
modelo de los dibujos que ella ejecutaba incansablemente por una especie de mandato o
premonición. París es grande y es chico. Finalmente cayó en sus manos la fotografía que
Paname Sportif había publicado. Laura y sus amigos no cabían en sí de asombro. Era el
David viviente. Dieron conmigo por Jacques Forestier. Me había mudado del
departamento de la Closerie des Lilas. Subalquilándolo, me quedaba una buena renta
mensual. No vi la necesidad de continuar en el salón y el dormitorio con sus falsos
muebles Luis XVI y los grabados semipornográficos.
Encontré un cuartito en Suresnes, en casa de unos americanos. Estaba en un pabellón
separado, al fondo del jardín, encima del garaje. Tenía mi baño y mi cocina. La habitación
era apenas más grande que un camarote de barco y daba al Sena. De noche oía pasar
los remolcadores, las barcazas y unos autos veloces con destinos misteriosos. Aprendí a
cocinar, a limpiar todo, y planchaba mi ropa durante la mañana. A las once iba a un
gimnasio en Neuilly, una institución elegante, con gente del seizième, convencional, tonta
y adinerada. Entre esas mujeres podía encontrar una candidata. También concurría
mucha clientela norteamericana, la más interesante. Sin apresurarme, la observaba
estudiándola meticulosamente. Por las tardes asistía a las clases y conferencias
organizadas en la fábrica de aviones y helicópteros Bassault. Los autos, los aviones, los
motores siempre me apasionaron. Creí poder terminar una carrera y obtener un brevet de
piloto. Por primera vez estudiaba con placer. Mis compañeros me respetaban. Eran casi
todos muchachos sencillos y me esforzaba por no diferenciarme en nada de ellos. Con mi
físico no era fácil. Los cursos se estiraban hasta las diez de la noche. Cansado, volvía
caminando a mi cuarto. Tejiendo proyectos preparaba la cena, llevaba los platos, y al
acostarme quedaba dormido leyendo mis libros de mecánica. Era feliz. El problema
sexual, mi único problema, porque necesitaba hacer el amor todos los días se resolvió en
el gimnasio. Danièle Vattier era la profesora de natación en la sección femenina.
Conservaba de la época en que había sido campeona europea, un cuerpo espléndido. No
sé por qué, me pareció al principio una rubia fría, un poco desteñida y desinteresada de
todo amor. Una estatua dedicada a la enseñanza. Hasta que la sorprendí observándome
nadar. Una mirada perfectamente profesional, es cierto, y al parecer sólo intrigada por lo
silencioso de mi crawl. Sin embargo no me engañó. El instinto percibe ondas, efluvios,
matices que escapan al razonamiento. Me gustaba y supe que la atraía. Al terminar la
gimnasia, yo nadaba regularmente una media hora, o más. Era de los últimos en irme. Un
día Danièle salió por casualidad conmigo. Conversamos. Tenía treinta y tres años. Poco
después me invitó a almorzar. Vivía cerca del gimnasio. Un departamento chico, lleno de
copas, trofeos y fotografías. En cierto modo, el departamento de un hombre, si no hubiese
sido por la habitación de su hija, una chica de ocho años, que estaba en el colegio. El
almuerzo fue perfecto con su pâté de lièvre, el ragout aux champignons, su buen vino
tinto, el camembert a punto y la tarta de frambuesas comprada en la crémerie.
Después, no tuvimos que explicarnos nada. Hicimos el amor tan bien como habíamos
comido. Nuestros cuerpos se ajustaban como si hubiesen sido hechos el uno para el otro.
Los dos éramos grandes, fuertes y exigentes. Creo que para ambos el amor fue una
gimnasia más, sana y necesaria.
Terminé por almorzar siempre con ella. Era divorciada y su hija regresaba a las seis del
colegio. Nuestras horas eran pues de una a cinco, y lo nuestro fue casi como una amistad
entre dos muchachos. Sin embargo, Danièle no tenía en su carácter ni en sus modales
absolutamente nada masculino. Quizás el hecho de que todo su amor y su ternura
estaban volcados en su hija, la alejaba de la posibilidad de querer a un hombre. Yo le era
necesario sexualmente y nada más. Como ella a mí. Pero para ambos de una manera
imperiosa. En el gimnasio nunca se sospechó nuestra vinculación. Terminados sus
cursos, ella regresaba a la casa, y poco después llegaba yo. Como casi todas las
francesas, era una espléndida cocinera que preparaba con placer platos especiales y
sabrosos. Un placer parecido al que ponía en el amor; algo goloso, sediento y vital. A
medida que me fue conociendo creció su confianza en mí. Vio que ese almuerzo y esa
larga siesta amorosa era todo lo que yo pedía. Que mi discreción era absoluta, fuera y
dentro del gimnasio. Una tarde la observé preparar y arreglar la casa. Era el cumpleaños
de su hijita, a la que yo no conocía. Le envié una cadena de oro con una cruz de
pequeñas perlas. No sé por qué, Odette la había dejado un fin de año en mi mesa de
noche. Por supuesto le dije que era de mi madre. Al día siguiente la chica llegó a la hora
de almorzar y me agradeció el regalo. Parecía tierna y emocionada. Danièle tenía los ojos
llenos de lágrimas. Comenzó a humanizarse y por un momento temí que fuese a
quererme más de lo que yo pedía. Me convencí de lo contrario al ver su indiferencia
cuando en el gimnasio mi aventura con Mrs. Tremblett pareció tomar forma. Allí hubiese
podido tener cuanta mujer quería. Lo que Danièle no sospechó nunca es que como un
ave de rapiña yo estudiaba a mi presa.
No me interesaban las niñas casaderas. Aparentemente, era un buen candidato. Veía sus
ojos y los de sus madres, espiándome con la misma cautela con que yo las observaba.
Empezaron a llegarme invitaciones y a veces las acepté. No debía prodigarme, pero
tampoco parecer extraño. Luego conocí a Minna Tremblett, una viuda americana que
―sudaba alcohol‖ en el gimnasio.
Reconozco a la gente rica en mil pequeños detalles, sin equivocarme jamás. Minna
Tremblett lo era, y nunca ocultó su interés por mí, pero no tengo confianza en los
borrachos y menos aún en las borrachas. Seguí esperando, hasta que apareció Laura
Visconti. A través de los vidrios de la piscina, vi a Jacques Forestier que me hacía señas.
Recién al salir del agua noté a dos mujeres a su lado, observándome. Extrañado, me
acerqué al cristal. Gesticulaban, muy nerviosos, y no los entendía. A las mujeres les
estaba prohibido entrar a la piscina después de las once. Me vestí para salir. Conozco el
impacto que produzco, pero esa vez sentí que era algo distinto. Laura me alcanzó una
carpeta con sus dibujos. No comprendí. Era imposible haberme dibujado tantas veces en
tan poco tiempo. En muchos croquis estaba desnudo, y como algunos eran pornográficos
quedé incómodo y cortado. Me invitaron a almorzar, pero no acepté. Tenía que ver a
Danièle; además no me gustaba el tono con que me hablaba Laura. Me despedí en la
puerta, disimulando la impresión que me causaba la Hispano-Suiza gris perla. Jacques
volvió al día siguiente, para explicarme todo: Laura, su fortuna, la escultura, el David. Y
por la noche, al regresar de la fábrica, la encontré con su Hispano-Suiza y su chofer
esperándome en el portoncito del jardín. La hice pasar, previendo su desconcierto. Ella
observaba mi cuarto con asombro y curiosidad. El cuadro no coincidía. El rufián que le
habían descrito era casi un obrero que estudiaba de noche. No podía sospechar la
existencia de mis baúles en el sótano, con los treinta trajes de Burns de Londres, mis seis
abrigos, los zapatos de Kolb, mis relojes, mis gemelos y algunos objetos de Cartier, o de
Mauboussin. Laura me propuso posar para el David. Tenía que ir con ella a Roma. Por el
dinero no habría dificultades. La contemplaba callado, tratándome como a una mercancía,
y le prometí pensarlo. Mi negativa fue perfectamente deliberada. Cuanto más insistía, más
fuerza cobraba para negarme, y di por terminado el asunto. Quería que tanto ella como
Forestier supiesen que yo no era un objeto en venta.
Estaba ofendido, furioso y lastimado. Pensé que sólo siendo insensible podía no darse
cuenta de que yo apenas había cumplido veinte años, que recién empezaba a vivir, que
me sentía solo, y tenía miedo...
Creo que siempre tuve miedo. Cuando entre Candelario y doña Jacoba la llevaron a
mamá al dormitorio, la acostaron en la cama y creí que se iba a morir, comencé a llorar.
Ellos no lograban consolarme. Fueron dos noches terribles. Dos noches sin dormir, con
un dolor dentro del pecho, como si en lugar de corazón hubiese tenido una comadreja
perseguida por los perros. Dos noches de ese miedo que se me quedó metido adentro
para siempre, pese a todo, pese a que al amanecer del tercer día mamá me reconoció.
Después quiso acariciar al Manchao. A mediodía le dieron un caldo y se durmió tranquila,
respirando suavecito, como cuando estaba sana.
—Se ha salvado —dijo después doña Jacoba. Salí a la puerta. Era un atardecer tibio y
celeste. Caminé hasta el Cañadón para ver los flamencos. Volaban muy bajo, muy
lentamente, sin hacer ruido. A veces me pregunto si no los habré imaginado. Pero sé que
no es así. Sé que los miraba y que se producía dentro de mí algo mágico, inexplicable.
Algo muy sereno, casi musical. Una calma desconocida que no he vuelto a encontrar. El
mismo Manchao se acostaba apoyando la cabeza en sus patas delanteras, sin dormirse.
Como yo, parecía hipnotizado. Creo que a los dos nos dejaron un recuerdo imborrable.
No sé por qué. Después de todo, ¿qué eran? Unos pájaros extraños, de movimientos
duros, casi mecánicos. Caminaban. Volaban. Quedaban inmóviles y parecían
contemplarse en el agua. Sencillamente flamencos, es cierto. Pero sería el silencio, las
nubes, o el cielo: mirarlos era como espiar a los ángeles.
Después, poco a poco, mamá empezó a levantarse. Cuando la oí contarle a doña Jacoba
nuestra historia, con el entierro del marido y la cruz de ramas de paraíso, supe que estaba
bien. Pero no quiso seguir por el camino para ver el mar. Prefirió quedarse y volver
conmigo al Cañadón. Miraba los flamencos.
No. No nos fuimos de ―La Atalaya‖, aunque doña Jacoba nos echó de las casas. Volvimos
con Candelario al refugio, hasta que los patrones vendieron los caballos para el haras en
Francia. Los caballos los cuidaba Candelario y nos explicó que tenía que llevarlos por
barco atravesando el Océano. Casi creímos que también lo habían comprado a él. Hacía
más de un año que vivía con mamá. Yo iba al colegio. Aprendí a leer y escribir, a sumar,
restar, multiplicar y dividir. Mamá pensaba que, olvidado de todo, dormía tranquilo, pero a
veces me despertaba ahogándome, con un solo grito de miedo. Entonces el Manchao
trepaba a mi cama, me lamía las manos y las orejas meneando su cola, clavaba en mis
ojos los suyos, llenos de amor. Los dos esperábamos, hasta oír levantarse a mamá, y con
ella, ir a espiar a los flamencos. Candelario no comprendía, pero no preguntaba.
Siempre he tratado de estar rodeado de gente que no interroga. Cuando Simón Kramer lo
hacía, creí en el primer momento que era un detective. Después jugué con él como un
gato con un ratón. Por algo estaba acostumbrado desde chico a eludir las respuestas.
Laura era de las que no preguntan. Sólo se interesaba en ella misma. Probablemente
parezca imposible pero nuestra relación fue platónica. Casi desde el principio. A Laura no
le importaba mayormente el amor. El amor físico. No estábamos constituidos el uno para
el otro. Yo quedaba insatisfecho y enervado por las caricias con que ella pretendía
sustituir el acto sexual. Poco a poco las fuimos olvidando. ¿Qué nos unió entonces tanto
tiempo? No lo sé. ¿Algo más profundo? Creí que Laura me necesitaba, como yo a ella.
Tampoco seguí posando. Los modelos profesionales lo hacían mejor que yo y, de todos
modos, ella me dibujaba incansablemente, antes y después de conocerme. A veces
trabajaba días y días sin salir de su estudio, y otras dejaba pasar largos períodos
desanimada, leyendo revistas o novelas policiales. Yo tenía que estar a su lado. Y me
gustaba. Me gustaba quedar quieto y silencioso en su taller, mirándola dibujar, modelar,
golpear, destruir todo y recomenzar. Si salíamos, mi mayor placer era conducir la
Hispano-Suiza, conversando con ella casi pegada a mí, o verla fumar serena. Vivíamos
en Roma, en Siena y en el Lido. Estar el uno sin el otro se nos hizo imposible. Nuestros
dormitorios eran contiguos. Laura no conciliaba el sueño si yo no llegaba. Decía que uno
de los períodos más desgraciados de su vida fue aquel en Suresnes, cuando me negué a
seguirla. Entonces, al ofrecerme cada vez más dinero, me perturbaba y me enloquecía.
Una noche estallamos frente a la casa en una discusión tan violenta que ambos nos
asustamos y nos tuvimos miedo.
—No me hable de dinero —grité—, no lo quiero. Idiota. ¡No comprende que si fuese
dinero lo que busco lo tendría a raudales!
—¿Qué quieres entonces? —me preguntó en voz baja. La miré tan conmovido y desolado
que sólo pudo murmurar:
—Perdóname —y se alejó rápidamente. Todo terminó. Ni yo mismo me comprendía. ¿Por
qué la rechazaba? Había aceptado el dinero de Odette, los almuerzos y el lecho de
Danièle, sin el menor escrúpulo o resistencia. Profundamente dentro de mí, no me sentía
pagado. Me daban lo que yo busco: protección, amparo, seguridad. Es un sentimiento
difícil de explicar. Todo eso puede parecer lo mismo que el dinero y no lo es.
A los pocos días, Laura me mandó pedir la carpeta de sus dibujos, que había dejado en
casa. Regresaba a Siena. Le llevé todo al hotel. Volvimos a vernos, no sé por qué
emocionados. La habitación estaba llena de valijas, cajas y paquetes. Nos despedimos.
Bruscamente, ella me abrazó. También yo la abracé con desesperación.
—Si no hubieses venido —dijo— me habría parecido siempre que encontré un ángel, para
perderlo.
No pude menos que reírme:
—¿Un ángel, yo?
—Sí, un ángel de la guarda —sonrió ella.
No sé cómo, tomé en serio mi papel y, por supuesto, hice el ridículo. Aunque Laura no
bebía, estaba rodeada de borrachos. No tomaba drogas, pero éstas circulaban entre los
que frecuentaban su casa. No era homosexual, pero casi todos sus amigos lo eran. Es
cierto que también era amiga de escritores, pintores y personajes célebres. Empezando
por los sirvientes, todo ese mundo la explotaba, vivía a costa de ella y con frecuencia la
robaba. Me odiaron porque poco a poco fui terminando con ellos. Desalojándolos y, a mi
parecer, dejando la casa limpia. Hasta que una tarde particularmente fructuosa, le había
hecho comprender a Lady Herz una decoradora venezolana, y a sus amigos, dos mulatos
sodomitas parecidos a dos aves de paraíso, que no eran personas gratas. Laura me
preguntó sonriente:
—¿No temes que me aburra, qué me darás en cambio?
—Quiero eliminar de tu vida todo lo que te perjudica; el vicio, esa gente indigna de ti,
borrachos y drogados. —Laura comenzó a reír a carcajadas. Su risa me impresionó.
—No eres ni un rufián, ni un ángel, ¡eres un pastor protestante! ¿Pero por qué? ¿De
dónde? ¿Cómo...?
Aunque parezca extraño, descubrí entonces que me quería. Otra mujer no hubiese
permitido mi intromisión y me habría mandado a paseo. Ella entró a su taller y se puso a
trabajar. Permanecí toda la tarde a su lado, mirándola. De vez en cuando me sonreía.
¿Sospechaba que hubiese querido abrazarla llorando? Cuando lo hice, me llamó por
primera vez: ―Father Domingo‖. Así me siguió llamando a veces, y luego Peggy Lloyd
adoptó ese nombre. Laura no ignoraba mi aventura con Peggy, como tampoco mis otras
aventuras. No sólo nunca pareció sentir celos de ninguna especie, sino que se divertía
cuando le narraba prolijamente todos los detalles. Le dije que era para ella como su gato
Wladimir: lo único que nos pedía era que después de correr por los tejados volviésemos a
acurrucarnos junto a ella. Me mostró la fotografía de un chico de unos dos o tres años. Su
hijo. —Murió—, murmuró. —Ahora sería un muchacho como tú—. Pensé lo que nunca
había pensado: que Laura tenía la edad de mamá. Recordé el bar de la Rue Lepic en
Montmartre, donde vi entrar a una rubia platinada con dos hombres. Mamá. La reconocí
de inmediato, pero ella, sin darme casi tiempo de levantar los ojos, volvió a la calle. Corrí
detrás de ellos. Habían desaparecido. Las veredas estaban llenas de marineros
canadienses, de árabes, de prostitutas y turistas. Corrí en vano de grupo en grupo. Creo
que hasta grité: ―¡Mamá, mamá!‖ Regresé al bar, como borracho. Mantuve largo tiempo
un aviso en dos o tres periódicos. Nunca contestó. Tampoco la pudo hallar una agencia
policial que la buscó durante un año.
Ahora me parece que todo el período de mi vida con Laura se vuelve poco a poco
comprensible. Al terminar el David fuimos a Tanger, siguiendo a Peggy. Laura me reveló
lo que la otra me ocultaba: El contrabando de diamantes. Quise dejar de verla.
—Father Domingo —dijo Laura burlona—, Peggy ha vivido siempre así, o roba o hace
contrabando —y decidió que partiríamos de Tanger a Algeciras a buscarla. Había
alquilado una casa sobre la playa, detrás del Miza-Haj, pero yo insistí en ir a Siena para
ver el emplazamiento del David en la piazzetta. No había gustado a los críticos, Laura se
decía insensible a los diarios, pero la sentí herida y desconcertada por los artículos en
contra. Leí casi todos atentamente, y aunque la envidia se transparentaba entre líneas —
Laura vivía como le daba la gana y era inmensamente rica— lo ofensivo era que no
tomaban en serio a la escultora. Una revista, con el título: Insolencia publicaba una
fotografía del David de Miguel Ángel y otra del de Laura.
¿Pero acaso ella pretendía competir con Miguel Ángel?
El día de la inauguración estuve entre el público, contemplándome. La estatua era más
grácil y ligera que yo. Ni aún adolescente fui así. Apenas franqueada la pubertad, tenía ya
cara de hombre. La conciencia de ser casi desagradable me persiguió hasta los diecisiete
años. Recién entonces mis rasgos comenzaron a ajustarse a mi edad. Esa virilidad, en
cierto modo excesiva, se tradujo en mi cuerpo y en mis actitudes. La estatua reflejaba un
no sé que de ambiguo, algo casi femenino, que nunca tuve.
Sorprendido, encontré a Peggy entre los que contemplaban el David. Había vuelto
especialmente de Algeciras, también con la esperanza de verme. Haciendo un esfuerzo
inimaginable, le dije que lo nuestro había terminado. Me miró aterrada. Yo le era tan
necesario como ella a mí. No podíamos vernos, acercarnos el uno al otro sin sentir que no
nos pertenecíamos más. Nuestros encuentros duraban horas, tardes, mañanas, noches
enteras. Era feliz con Peggy, feliz como sólo podía serlo cuando encontraba una mujer
que respondía con la misma violencia a la violencia que la naturaleza me había
prodigado, y que además ¿por qué no decirlo? era rica. La dejé perdida entre el público,
sin darle el tiempo de contestar.
¿Por qué y cómo logró Laura que cambiase de opinión? No fue difícil. A los ocho días de
estar en Tanger, a pesar de otras aventuras, mi deseo de ver a Peggy fue insuperable. No
sólo nos reconciliamos, sino que al poco tiempo, ―trabajaba‖ con ella. El tráfico era entre
Algeciras, Gibraltar y Tanger. Gané mucho dinero, y lo depositaba regularmente en el
Banco de Londres en Gibraltar. Hasta que una mañana al retirarme de la ventanilla,
observé a un hombre que me seguía. En el vaporcito continuó vigilándome y al
desembarcar fui cuidadosamente revisado en la aduana, pese a que me conocían. El
paquete con los diamantes lo había dejado en el depósito del W. C. en el barco. Apenas
llegué, se lo dije a Laura. Recién entonces me enteré que existía Patrice. Él los recuperó,
pero Peggy fue detenida esa misma noche. Alarmada, Laura decidió partir y volvimos a
Roma. Su actitud no me pareció muy elegante y yo tampoco tuve un gesto. ¿Qué podía
hacer? Laura era rica. Yo no. No me atreví a hablar hasta que dos meses después, en
Cannes, encontré a Patrice. Vino a vernos al hotel y mientras Laura terminaba de vestirse,
me informó entre otras cosas que era el amante de Peggy. Laura no sólo no lo ignoraba,
sino que lo mantenía desde que vivió en Tanger.
Esa noche, Laura y yo tuvimos nuestra primer discusión después de casi dos años. Ella,
riéndose, me contestó:
—¿De quién estás celoso, de Peggy porque se acostaba con él, o de mí, porque le paso
una pensión?
—¿Por qué no me dijiste que Peggy me engañaba?
—¿Para qué...?
Seguimos en Cannes y Patrice no se despegaba de nosotros. Era evidente que a Laura le
gustaba, pero como le gustaba yo, de una manera puramente afectiva.
——Otro gato, otro Wladimir—, dije una vez, no sé por qué despectivamente.
—¡Así es!— me contestó Laura. Algo inesperado, violentamente agresivo en su voz, hasta
en su mirada, me sorprendió: —pero él es un gato verdadero, míralo—.
Entraba en ese momento al bar. Tenía cara, cuerpo y movimientos de gato. No podía
dejar de reconocer que era atrayente, pero yo le veía algo turbio y equívoco. Lo que
menos puedo comprender es cómo se transformó luego en un gran actor. No sospeché
que le gustaba el teatro o el cinematógrafo. Ni le descubrí tampoco esas características
grotescas e inconfundibles de los actores. Sin embargo, estudiaba en unos cursos de
dicción y arte dramático, actuaba en una compañía de aficionados y había hecho algunos
papeles en películas inglesas. Estaba rodeado de la peor gente, hombres y mujeres con
antecedentes policiales, traficantes clasificados por la Interpol. Su confidente era un
portero del hotel Riviera. Se parecían y algunos decían que eran hermanos, pero a pesar
de todo era buscado por el grupo más elegante de Cannes, y lo invitaba quien él quería.
Por él conocí a Rondha Peters, a Elliane Saint-Hilaire y a los mellizos Vila-Nova. Todo ese
mundo, con sus amigos, se instalaba en la suite de Laura para beber, comer y hasta
dormir. Yo tenía una aventura por noche. Me emborrachaba cada vez más
frecuentemente, ―enterrando a Father Domingo‖, decía Laura riéndose, y pareció florecer
en ese clima.
Una tarde, reapareció Peggy Lloyd en el bar. Había bebido. Yo también, y la cacheteé en
el hall del hotel. Ya en su habitación, me juró llorando no haber sido nunca la amante de
Patrice. En cambio Laura sí lo era. Mientras ella continuaba presa en
Tanger, sin que Laura ni yo hiciésemos nada por ayudarla. Patrice sí. Patrice encontró un
abogado, destruyó todas las boletas del Banco en su habitación, y coimeó en la cárcel y
en los tribunales a quien pudo, pero porque la deseaba sin que ella le hubiese dado la
más mínima esperanza. Laura estaba contenta de saberla entre rejas. Probablemente fue
ella quien la denunció. Confundido, avergonzado y furioso, ignorando quien mentía y
quien decía la verdad, seguí bebiendo. Pasé la noche y el día siguiente con Peggy. Sabía
que el amor con ella era más que una satisfacción carnal, pero después de ese período
de aventuras, me pareció encontrarme a mí mismo, encontrar mi verdad. Entonces la
redescubrí definitivamente. Odiaba esa vida, cambiar de mujer, emborracharme, la
promiscuidad y el vicio. Finalmente, deseando dejar todo aclarado, volví a la habitación de
Laura. La encontré cerrada. Cerrada también la puerta de su cuarto al mío. El conserje
me informó que ya no estaba en el hotel. Fue un golpe tan inesperado que apenas pude
colgar el auricular y caí sobre mi cama tiritando. Durante la noche logré reflexionar y
tranquilizarme. Al amanecer llegó Peggy. Sabía todo: Laura y Patrice bogaban rumbo a
Grecia, invitados en el Jacht de los mellizos Vila-Nova. Era un inmenso party, al parecer
con el grupo en pleno.
Junté mi ropa, mis valijas y partí para Roma. Esperaba encontrar allí una carta, unas
palabras de Laura. Peggy quiso acompañarme, pero le rogué que me dejase solo.
—Adiós Father Domingo —me dijo llorando en el andén. Ella volvía a Tanger.
Yo necesitaba tranquilidad. Necesitaba recapacitar y comprender. Conocía a Laura. La
sabía incapaz de haber obrado sin alguna razón poderosa. Algo inesperado y que ella me
iba a aclarar.
En Roma no hallé nada, ni una línea. Saqué de su casa todo lo que era mío y no sé por
qué decidí ir a Suiza. Averigüé en una agencia cual era el punto en que ya podía haber
nevado en esa época del año, a mediados de septiembre. Me hablaron de un pueblito
llamado Neueret a más de dos mil metros de altura. No había hotel, pero sí una pensión.
La pensión Edelweiss, naturalmente. Todo estaba blanco, con esa paz serena y callada
que parece desprenderse de la nieve. Después de una semana caminando, oyéndola
crujir bajo mis botas, de acostarme al anochecer y de estar tirado al sol en la soledad más
absoluta, bajé en el funicular a Wissigrad, imaginando que Laura angustiada por saber de
mí habría escrito a Roma. Compré los diarios, vi su retrato y leí la noticia de su muerte en
el Troya Palace de Atenas, Patrice detenido, acusado de haberla ahogado en la
bañadera, era descrito como un anormal. Tenía veintidós años, decía el periódico y ella
cuarenta y uno. Unas grandes fotografías del David, ilustraban los artículos, pero a mí no
se me nombraba. Permanecí otra semana en la pensión Edelweiss. Después comencé a
decirme que lo peor era quedarme en ese pueblito, donde fácilmente podía ser
identificado. Seguí viaje a Zurich. Perdido entre la gente no recobraba la tranquilidad. ¿El
miedo?
Caminé por las orillas del lago. Los cisnes comen en la mano de los niños el pan que
estos les alcanzan. Unas rejas alambradas separan de tanto en tanto, a distintas aves
acuáticas. Bruscamente, descubrí a los flamencos. Unos flamencos blancos y rosados, sí,
pero tristes, empequeñecidos, pobres pájaros de jardín zoológico, sin la grandeza salvaje
de los otros. Los del cañadón. No quería llorar en la calle, así que luché con las lágrimas,
mirándolos...
La angustia de mamá comenzó cuando Candelario dijo que debía dejarnos. La mía,
después, pensando en el Manchao. Doña Jacoba, desesperada, vino a vernos para
reconciliarse con mamá. Candelario decidió que se quedaba. No iría con los caballos a
París. Pero llegó el patrón de la estancia, y hablaron toda la noche. Nuevamente se
cambiaba lo decidido. Candelario aceptó con la condición de poder llevarnos a mamá y a
mí. El patrón estuvo de acuerdo. Probablemente los creyó casados. ¿Y el Manchao? No
puedo hablar de él. Es otro de los secretos de mi vida. Mi traición. Nunca lo mencioné a
mis compañeros de clase. Nunca lo volví a nombrar frente a mamá o a Candelario. A
veces, aún hoy me despierto y no puedo volver a dormir, pensando que lo abandoné.
Camino por la habitación como caminaba de chico. Entonces me mordía las manos para
no gritar. Ahora tomo unas pastillas y caigo abombado sobre la cama. Me veo esa
mañana, escondido en el auto. Creí que lo oiría ladrar. Ni siquiera. Hay un silencio que
sólo conocen los traidores...
No quise pensar en él. Lo incomprensible es que lo conseguí. Conseguí borrarlo, como si
el Manchao no hubiese existido, hasta el día en que llegó la carta de doña Jacoba y él se
instaló en mis sueños y en mi desvelo.
¿Será también por eso que todo pareció cerrarse en mi vida? Que no podía estudiar, que
quedé como imposibilitado, como un inválido casi, y que luego...
Mamá se despidió de él. Me lo contó por la noche. Esa mañana fue a ver los flamencos
por última vez. De pronto el Manchao se paró a su lado. Ella se arrodilló lo abrazó y lo
besó...
¡Manchao. Ese abrazo era mío. Ese beso era mío!
La baronesa tenía una pareja de caniches enanos. Tristán e Isolda. Nunca jugué con
ellos. No he vuelto a jugar con otro perro como jugaba con el Manchao.
El día que supimos la caída del avión y la muerte del barón y la baronesa, mamá escondió
a los caniches en su dormitorio. Al irse se llevó a Tristán. Isolda quedó con los Baudruche.
Ellos me avisaron que mamá y Remy se habían marchado juntos. Fue una muerte más.
Hasta me pareció que así debía ser. La acepte, como acepté el accidente de los Gottlieb.
Acepté que todo depende de un segundo, de una tuerca que se afloja, de un resorte que
no funciona, de una palabra que no se pronuncia.
Remy debía ser bastante más joven que mamá. De empleado en un taller mecánico pasó
a ser chofer del barón. Tenía una sonrisa amplia pero, como en muchos franceses, esa
sonrisa era una pared. Acumulan su vida dentro de ellos mismo, sin dejar que nadie se
asome y mire al interior del pozo. En él puede haber riquezas, canallería o nada. ¿Y
Candelario? Candelario como yo, parecía la hoja de un árbol en la tormenta.
A veces me pregunto como habría sido mi vida si el barón y la baronesa no hubiesen
muerto. ¿De qué me sirve? De nada.
Se remató el haras. Se remató la casa, los cuadros, las tapicerías, hasta la colección de
cajas de música de la baronesa. También la de los ángeles del siglo XVIII con que me
dejaba jugar de chico y que me regaló cuando cumplí los doce años. Nadie intentó
probarlo. Los Beretrand Singer vendieron todo. Necesitaban dinero para volver a los
Estados Unidos. No querían vivir más en Francia. Apenas escucharon cuando el notario
les habló de mí. De las intenciones de sus tíos, aunque intervino Thérèse olvidó la
audiencia.
Finalmente mi adopción no pasó de haber sido una plática de sobremesa del barón, su
mujer y unos amigos. No quedé desamparado, porque seguí con Candelario, viviendo en
lo de los Baudruche. Los dos esperábamos saber algo de mamá. Nunca escribió. La
policía afirmaba que no debía estar en Francia. Sin embargo la vi dos veces. Una, años
después, esa noche en Montmartre, y la otra en la pantalla de un cinematógrafo. El
noticiario de la botadura de un barco en Cherburgo. Estuve seis horas en la sala, mirando
la proyección. Tenía que esperar el pase total de otra película de gangsters y de un
documental, tres veces. Sí, esa rubia platinada, todavía joven, pero ya algo rellenita, con
una blanca sonrisa de dientes postizos era mamá. Tenía a Tristán en sus brazos y estaba
junto a la mujer que golpeaba la quilla del barco con una botella de champagne. Las dos
se reían al ser salpicadas. Ninguna de ellas parecía ―una señora‖. ¿Por qué estaba mamá
allí? ¿De quién era amiga?
Candelario empezó a beber. Cuando ya se emborrachaba todos los días, a los Baudruche
les dio por hablar del regreso a su tierra. ¿Para qué? Doña Jacoba había muerto. Aunque
nunca supimos nada de mamá, él no perdía la esperanza de encontrarla. Sin embargo
volvió. Quiso morir en su casa, dijo, en su campo. Mucha gente no sólo espera la muerte,
sino que le sale al encuentro. La busca. También Laura. Yo la decepcioné: Era Father
Domingo. Incapaz de matar. El modelo del David no era un rufián asesino, sino un
muchacho ordenado, casi puro. Recuerdo su inmensa ternura, como también su risa, que
entonces no entendía, y que hoy me parece demasiado comprensible. Estallaba al
descubrirme moralista o con prejuicios. Evidentemente, en mi caso era cómico, sobre
todo, lo contrario de lo que ella deseaba. Se reía de mí, de ella y de su error. Después
comenzó mi desmoralización. No creo que haya sido consciente de todos esos procesos.
Tampoco olvido el día en que discutimos por Patrice y ella gritó descontrolada, con una
agresividad desconocida:
—Sí ¡Pero él es un gato verdadero! —¿Un asesino? ¿El asesino verdadero que ella
buscaba? Patrice fue absuelto. La policía no pudo probar nada. Laura había tomado
demasiados somníferos. Quedó dormida en la bañera y se ahogó. Patrice dormía en su
habitación. Su error fue —así lo mantuvo el abogado defensor— no llamar a un médico al
descubrirlo. El pánico lo hizo huir. Se comprende. Pero nunca lo he creído totalmente.
Con todo, buscó de inmediato un abogado. La explicación era perfecta. No supe si se
encontraron los diamantes. Laura llevaba siempre consigo una caja de grandes piedras,
las más puras, algunas sin engarzar.
Patrice salió retratado en mil revistas: Haciendo Waterplaining en Portofino. Bailando en el
yacht de los Vila-Nova. Había sido campeón de sky en Sestriere y jugado en el Casino de
Tanger. Se supo que era actor. Una de las películas inglesas en que intervino, se estrenó
en París. Era un papel pequeño, pero se lo veía y gustó. Gustó al público y a la crítica.
Poco después trabajaba ya en películas francesas. Pareció llegar con facilidad a los roles
protagónicos, a ser ―estrella‖, y finalmente fue contratado por Hollywood.
Lo fui a ver en su último film. Era él. Un ángel canalla. El personaje se lo habían escrito a
medida. Al promediar la película actuaba en una escena particularmente tierna. Un gran
primer plano en el que debía llorar. Vi subir su emoción del pecho a los ojos, pasar por su
garganta, su boca, su nariz y asomar fundida en lágrimas a sus párpados. Yo también
lloré. De admiración, de envidia y de pena por mí mismo. ¿Por qué tenía él talento y yo
no? ¿Por qué era un actor y yo no? ¿Por qué poseía el don de hacer creer que esa
ternura, todos los sentimientos que simulaba, eran verdaderos? Para consolarme pensé
en su vida. Rodeado durante años de amigos, mujeres y amores. Cada vez más
envanecido y sin dudar de la fortuna, que debía mostrarle eternamente su cara dorada.
Imaginaba como, con lentitud al principio y en precipitada pendiente luego, comenzaría a
faltarle el dinero, a encontrarse cada vez más solo. Y el fin. Una noche al salir de un bar,
donde ya nadie lo habrá reconocido, caminando por una calle desierta, pensará en el
suicidio. La película continuaba mientras yo rumiando mi envidia no dejaba de prestar
atención...
Veía sus ojos claros, azules bajo las cejas rectas oscuras y pobladas. Los pómulos
separados y anchos, la nariz corta, el labio superior un poco largo —la cara de gato— y el
mentón no muy fuerte, pero voluntarioso. El gato verdadero, había gritado Laura. Su
sonrisa, que de tan dulce casi llegaba a ser femenina, podía ser acerada y cortante.
Patrice...
A la salida, apretujado por la gente, me encontré caminando al lado de Silvia Fonseca.
Los hombres y las mujeres la miraban. No podía pasar inadvertida. Me vio, estaba sola,
tan conmovida como yo y nos hablamos. No éramos amigos, pero algunas veces visitaba
a Laura con los Saint-Hilaire. Yo recordé haber bailado con ella y coincidido en cocktails y
salidas en barco. La emoción compartida del triunfo de Patrice nos unió inesperadamente.
Lo supimos sin decirlo. Los dos escondíamos la misma cicatriz, el sueño fracasado del
cinematógrafo y el teatro. En ella no me sorprendió. Posaba para revistas de moda. Era
una de las modelos más solicitadas y en todas las esquinas sus ojos estaban
reproducidos en el cartel de publicidad de unos cigarrillos. Quedé desconcertado al
enterarme que lo veía a Patrice con la misma claridad que yo. Me afirmó además que
nunca fue su amante, como creí al principio., y que tampoco estuvo enamorada de él.
Apenas eran amigos. Sencillamente lo miró vivir. Como a mí, ese triunfo la desequilibraba,
quería aceptarlo con admiración, pero la envidia y el dolor se adivinaban agazapados
detrás de sus palabras. Enfrentó la situación.
Lo mejor es hablarlo, escupirlo, dijo riéndose, y tomar una copa. Entramos a un bar.
Empecé a sentirme incómodo al darme cuenta que conocía toda suerte de detalles del
―asunto‖. Mi vinculación con Laura, la llegada de Patrice, la partida de ambos en el yacht
de los Vila-Nova. Silvia fue del party y viajó con ellos hasta Corfú. Luego, llegó a Atenas el
día de la muerte de Laura. ¿Era Patrice culpable? ¿Era un asesino? Conversamos hasta
la madrugada, analizando a todos ellos. Los Vila-Nova, los Saint-Hilaire, Rondha Peters y
Marco Schlumber. De tanto en tanto cambiábamos de local o de bar y caminábamos.
Silvia no disimuló que había sido la amante de Stanley Bayul. El sol nos sorprendió
sentados junto al Sena. Yo le estaba hablando de Laura, del David y de nuestra extraña
relación. Después de tomar el desayuno en un bistró, la dejé en la embajada. Silvia era la
hija de un diplomático brasileño.
Antes de dormirme —eran las nueve de la mañana— me arrepentí de haber hablado
tanto. Pensé que bebí más de la cuenta y descontrolado había dicho mil cosas
innecesarias. No me sucedía nunca y resolví evitar otro encuentro. Pero Silvia me llamó
por teléfono. Recordé con fastidio haberle dado mi número y, aunque no quería verla, la
seguí viendo. No encontraba el modo de negarme, pese a mi horror a las muchachas
solteras, de buena posición social y que piensan en casarse. ¿Por qué ese horror? Lo
tuve desde que las mujeres empezaron a interesarme. Creo sentir que esas muchachas
buscan lo definitivo y no ignoro que conmigo todo es transitorio...
Hay mujeres que en la cama pierden la cabeza y prometen cualquier cosa. Nunca he
exigido que cumplan. Sé que esas promesas no valen. Tampoco tienen validez las que se
les hace a los niños. ¿La baronesa creyó en lo que prometía? Muchas veces me lo
pregunto. ¿Por qué no cumplió? Conocía mi desamparo. No pudo prever, es cierto que la
muerte la esperaba en ese avión, en el viaje a Israel que repetía todos los años al
comenzar el invierno, pero nadie ignora al embarcarse, en un vuelo que puede ser el final.
¿Habrá consultado alguna vez a un abogado? ¿O se preocupó por conocer el
procedimiento? Y no pienso sólo en la cacareada adopción, pienso en cómo el barón y
ella perturbaron mi infancia. ¿Se dieron cuenta que sus caricias y sus besos significaban
tanto para mí? No les guardo rencor, sé que me querían de verdad. Sobre todo la
baronesa. Sé que no hubo la menor cuestión racial o religiosa. Sé que les debo mucho.
Sin embargo, no puedo respetarlos. Eran, es cierto, gente de buen corazón, pero como lo
son los ricos. En el corazón no les circula sangre. Se cree que viven, y no, no viven. Están
secos. A menos que la baronesa haya sentido muy profundamente que le era imposible
reemplazar a mamá. No lo intentó tampoco, pero quizás fue esa la causa de su dejarse
estar. Puede que sin saberlo no me lo perdonase. Mamá nunca me acarició o me besó
delante de ella. Apenas llegados al haras, nuestra unión fue un amor secreto y oculto. No
recuerdo que lo hayamos hablado y decidido alguna vez. Era otro de nuestros acuerdos
tácitos. Los dos sentíamos que así debía ser. Indiferentes, pasábamos durante el día el
uno al lado del otro. Casi parecíamos no vernos. Pero al decirnos las buenas noches,
cuando yo estaba en la cama, nos abrazábamos y nos besábamos ―como dos novios‖
decía mamá riendo. Pero entonces también estaba Candelario, y luego, solo en mi cuarto,
recordaba los días y las noches en que dormíamos ella y yo, abrazados bajo el cielo, con
el Manchao roncando suavecito a mi lado.
Silvia siguió llamándome. Era cada vez más difícil negarse. Fue una de las muchachas
más atractivas que he conocido, pero mi inquietud crecía, al ver los lazos cada vez más
firmes, con que nos íbamos atando. Aunque no era inquisitiva, no se borraba de mi
memoria el cuadro exacto que tenía de Laura y Patrice sólo por haberlos visto vivir. ¿Qué
sabía de mí? Ese interrogante era como un pulso persistente e imposible de ser
silenciado. A veces lo olvidaba, vivíamos una o dos semanas de felicidad perfecta y luego
la causa más inesperada, una palabra al azar lo hacía presente, hasta la tarde en que
descubrí aquello que todavía temo y apenas me atrevo a escribir.
¿Seré loco? En poco tiempo Silvia me presentó a sus amigos. Nada me diferenciaba de
ellos. Era recibido con curiosidad y vencía de inmediato las reservas que a veces creí
sentir. Todo fue producto de los celos. Silvia acababa de romper una larga relación, un
largo noviazgo. Nunca me habló y nunca le pregunté cómo, ni quién era Stanley Bayul.
Pero éste alertó a la familia. No le debe haber sido difícil obtener de la policía informes
sobre mí. Esa tarde encontré a un hermano de Silvia, esperándome en el hall del hotel.
Era muy prudente, pero la conversación fue penosa y ridícula, hasta que habló de ―mis
aventuras‖. Ni Silvia ni su familia eran ricos, dijo, y agregó que no ignoraba que yo había
vivido mantenido siempre por mujeres. Luché con esa atroz angustia que casi me hace
temblar si se toca mi infancia o mi pasado. Por unos momentos, temí lo que podía saber,
pero me di cuenta de que su informe comenzaba después de Ville d’Avray. Ni se
remontaba al barón Gottlieb. Respiré tranquilizado, y cuando llegó Silvia, momentos
después, puso fin al encuentro con su serena autoridad. Pero yo no podía disimular mi
depresión. Como un ratero pescado in fraganti. Traté de sonreír y le dije que desde un
punto de vista objetivo, su hermano tenía razón. Mi sonrisa debe haber sido una mueca
parecida a esa mueca atroz con que están retratados en los periódicos los ladrones y a
veces los asesinos. Supe que algo se había roto y terminado. Ella también debió sentirlo
porque veía en sus ojos una desesperación infinita. Pálida, parecía un ahogado. Las
lágrimas le mojaban las mejillas sin que sollozase. Impresionado, traté de abrazarla. Se
separó de mí y me miró en silencio. Tuve miedo de sus ojos. No sospechaba que me
quería a tal extremo. De todos modos, yo no la quería así. La besé y su angustia pareció
disiparse un poco. Temblaba al punto que yo apenas entendía lo que intentaba decirme,
hasta que pudo gritar:
—¿Por qué me miras así? ¿Acaso no sabes que te quiero, que te querré siempre? ¿No
sabes que sé todo, todo? —nos separamos bruscamente. Creo que dejé de respirar, sentí
que me ahogaba.
—¿Qué temes, pero qué temes? —siguió gritando y empezó a hablar de mí. Me pareció
oír entre un ruido de olas ensordecedor el nombre de mamá, de Candelario, La Atalaya...
Te quiero, te quiero, gritaba...
Sólo recuerdo el terror de sus ojos cuando se produjo aquello. ¡Aquello que pareció un
ataque de locura, cuando el oleaje me golpeó el pecho y me arrastró! No me he atrevido a
consultar un médico. Tengo miedo de hacerlo. No me explicaré jamás esos estertores, el
temblor de mis manos, ese jadeo que no podía dominar. Me parece que caí del sillón y
me revolqué por el piso. No sé. Recuerdo haberme recobrado completamente empapado.
No sé tampoco si eran lágrimas, sudor, o ambas cosas. Silvia me secaba la cara...
Aún hoy pienso a veces, que ella sabía efectivamente todo y que, al verme en ese estado,
aterrada, lo negó.
De todos modos comprendí que lo nuestro había llegado a su fin. Poco a poco me fui
tranquilizando. No sé lo que es amar. Forma parte de mi enfermedad. La que me impidió
estudiar, concentrarme, buscar otro camino. Nunca más he tenido ni tendré una aventura
con una muchacha joven. Sin embargo, mi vida sería más fácil. Menos repudiada por la
gente. Uno de los tantos hombres que se casa con una rica heredera. Al principio se los
critica, sin mucha malevolencia y luego se olvida. Se han incorporado al mundo de la
gente correcta y respetable.
Mi despedida de Silvia fue poco después. Esa noche caminamos hasta el amanecer,
como aquella en que nos encontramos a la salida del cinematógrafo. Hablamos,
hablamos de ella, del amor, no de mí. Silvia se había propuesto no llorar y no lloraba, pero
me parecía una estatua caminando a mi lado. Una estatua tibia pese a todo, y pequeña,
yo la abrazaba de tanto en tanto como se abraza a un amigo, al único compañero que la
vida me había deparado.
Cuando empezó a verse una franja clara en el horizonte, llegamos frente a la puerta de la
embajada. Silvia me besó y vencida por las lágrimas me dijo:
—Cuéntame algo de cuando eras chico...
Todo se había teñido de rosa, el cielo, la calle, las casas, hasta las pizarras grises de las
mansardas... empecé a hablarle del cañadón, y los flamencos. Su vuelo silencioso y su
largo contemplarse en el agua, inmóviles, empalidecidos por la aurora. Cómo me parecían
seres de otro mundo... y también hablé del Manchao, ese amigo que nunca nombré hasta
entonces... mientras hablaba me dije que algún día iba a encontrar a mamá. Entonces
tendría dinero para comprar un campo cerca de ―La Atalaya‖. Iríamos los dos a vivir allí
tranquilos...
Silvia lloraba y yo también me puse a llorar. Las lágrimas como la risa son contagiosas.
ORLANDO MARIO PUNZI
Orlando Mario Punzi nació en Buenos Aires en 1914. Es maestro normal, ingeniero militar,
coronel (R) y abogado. Poeta en los tres principales géneros de la poesía: lírico, épico y popular.
Punzi es también historiador y ensayista.
Sus obras principales en poesía son: Las crines de bronce (1966), El gorrión y la luna (1977), La
rosa de cristal (1978), El balero de lata (1981), Poemas para la voz ausente (1982), El conventillo
de los catorce pájaros (1986), El dos de copas (1988), Los caballos de niebla (1990), La barra de
oro (1992), Siete segundos y la eternidad (1993) y La tierra encendida (1998). En prosa: Historia
del Aconcagua (1953), San Martín, el primer montañés de América (1978), Itinerarios de la poesía
popular argentina (1978), Historia del Desierto (1983), La tragedia patagónica (1985), La Argentina
en la época de Gardel (1986) y Poetas del lunfardo (1987). Entre sus ensayos históricos figuran: El
camino de Los Patos (1978), Las campañas al Desierto (1979), Moreno periodista (1979) e Historia
de la Conquista del Chaco (1997).
De INFINITO BUENOS AIRES
OCHENTA
A Dios, compañero de hilera,
que me colmó de bienes.
¿Mis ochenta pirulos? Un afano...
Los gasté con amor, a mi manera,
pero siempre lustroso y en carrera.
A Dios, conmigo, se le fue la mano.
Me dio todo: la mamma de primera,
los amigos en tanda y un hermano,
y ya de pibe le saqué temprano
cien sonetos —o más— de la galera.
Nunca yugué de contra y a desgano
ni me salí del riel: toco madera.
Cinché de buey, como mi nono tano.
Fui maestro, doctor, portabandera,
sufrí y amé... Lo digo de antemano:
qué bronca me va a dar cuando me muera...
HIGH LIFE
Con esta pinta de pashá, delato
mi vida de bacán, monda y lironda:
jardín, pájaros, sol a la redonda.
Ni altillo, ni pensión, ni inquilinato.
Mimado por mujeres, plato a plato,
menú y amor... Después, siesta cachonda.
(Y afuera, con el tráfico, la ronda
del bónex, del reloj, del colifato)
Y qué fiestas nocturnas en la fronda
y en el lecho de flores inmediato
con alguna congénere sabihonda.
¿Que dónde vivo? Ni cubil barato,
ni albergue, ni geriátrico, ni fonda:
‖Botánico‖... Pregunten por el Gato.
SONÉTICO
Soneto con 42 palabras esdrújulas.
Al ubérrimo Críspulo, prostático,
—diáfano vate, pájaro mayúsculo—
sacáronle mortífero pedrúsculo
que hinchábale los núcleos del simpático.
Pincháronle cual mísero neumático;
hurgándole la línea del crepúsculo;
zurciéndole de a músculo por músculo
y aviáronle translúcido y estático.
Y obviándole su nódulo minúsculo,
renácele su síntoma maniático:
égloga, prosa, fábula u opúsculo.
Y álzase, pues, cual águila del Ático,
—póstumo ya su ríspido corpúsculo—
eufórico, libérrimo y enfático.
VERANO
Qué papa Buenos Aires en verano:
rajes, piantadas, piros, najamientos.
No quedan ni los gaitas de los cuentos
ni la grey del choreo y el afano.
Los relojes, a ritmo campuzano.
Chau los bónex, los fax, los vencimientos;
y está sin avenegras ni chimentos
el búnker de la calle Talcahuano.
El hotel de Cevallos al trescientos
labura de cancel, a contramano.
¿Bar, feca, subte? Sobran los asientos.
Fiaca, linuya, lasitud, desgano...
Griten, vecinos, a los cuatro vientos:
¡qué papa Buenos Aires en verano!
GRUPO DE POESÍA BUENOS AIRES
—¿Quiénes son los poetas?
—Los agrupo:
Peña, Rodríguez, Reami, de este lado;
y allá Frieiro, Díaz Vélez, Obligado,
Gallo y Ostuni y otros más del grupo.
—¿Otros?
—Casadevant, según se supo,
más Leoni y Soler, hoy alejado,
Himschoot Oscar en el Secretariado...
—¿Ninguno Luppo ni Bacigaluppo?
—No. Gracias por la rima...
—No hay cuidado.
—Y de entrada, no más, a mí me cupo
la Presidencia del Seleccionado.
Los convoco, los llamo, los aúpo:
club, simposio, clan, círculo cerrado...
—¿Y eligieron un nombre?
—Sí, de Grupo.
MALA PRAXIS (I)
Doctor Napolitano:
—¿Qué receta,
qué pócima, qué gasto de saliva
le cuesta cada verso que cultiva
dentro de su hipócrática croqueta?
¿Les da por inyección la rima neta?
¿Usa fórceps o péñola de escriba?
¿Anestesia la décima furtiva?
¿Pone, galeno, la emoción a dieta?
Doctor Napolitano:
Mientras viva
sume y siga cuarteta tras cuarteta.
La inspiración no tiene recidiva.
Luche, transpire, bregue, ponga, meta:
no hay terapia profunda e intensiva
para la mala praxis del poeta.
De LA BARRA DE ORO
JUEVES DE VINO Y TANGO
El tango junta rodeo
de escabio con jarangón
en Juan Domingo Perón
esquina Montevideo:
troesmas de bordoneo,
fuelle, teclado, violín.
Y en el nervioso trajín
de la tarde que se brinda,
se llena de gente linda
la cantina ―Chiquilín‖.
Es jueves. Los minuteros
marcan las dos y monedas;
ya viene por las veredas
la barra de milongueros.
Campanean los letreros,
el bramaje del lugar,
y entran por fin a morfar
como ―frágiles doncellas‖
entre bosques de botellas
y los saludos de Oscar.
Afuera, bombonería,
farmacia, bar ―Pippermint‖,
y de este lado del güín
café, zaguán, lotería.
Adentro, la cofradía:
clan de los cien lastradores.
Vienen y van tenedores
en un viaje sin regreso
y un show de fuentes de queso
como platos voladores.
Unos prefieren parrilla,
otros se van al churrasco,
y alguien le mete sin asco
los dientes a la morcilla.
Pollos, bifes de costilla,
tallarines a granel,
salames en carrusel,
jamones que se abren cancha,
en tanto que el vino mancha
los manteles de papel.
Y así, parecen hermanos
poetas, reos, señores,
unidos con los doctores
y músicos y escribanos.
El pan endulza las manos
como baraja de truco.
Y entre el aroma del tuco
con el óleo y con el ajo,
la farra hierve debajo
del relieve de Pichuco.
De pronto, se oyen sonidos
que llegan del más allá
como un tango que se va
desovillando gemidos.
Todos callan, sacudidos
de la zabeca a los pies.
¿Quién es —preguntan— quién es?
Y Dios, desde su platea
dice:
—Troilo, que fuellea
‖Sur, paredón y después...‖.
ESCALAFÓN
El jefe brama con furor creciente
y al punto de explotar como un cartucho:
—¿Qué me decís? ¿Que laburaste mucho,
que merecés un cargo prominente,
y que ayer debutó de subgerente
un chanta que llegó de juntapucho?
¿Que a pesar de tu pinta de flacucho
sos químico, maestro, subteniente,
ingeniero, doctor y sobre el pucho
te designaron inspector docente?
¿Que hay otros de currículo feúcho
que ascienden en avión constantemente,
mientras vos la remás en el falucho?
¿Y cómo te olvidaste justamente
del método mejor? Hablá, te escucho...
—¿Y de qué me olvidé, señor gerente?
—Del serrucho, vichenzo, del serrucho...
INFORME RUSOLUNFA A LA BARRA SABATINA
INTROITO
Informe que da las pistas
de las costumbres herméticas
que rigen en las Soviéticas
Repúblicas Socialistas.
Resumen de cosas vistas
con estilo de sainete.
El melodrama promete:
‖cámara, luces, acción‖.
Firmado:
Punzi, ―Gorrión‖,
alias ―Gris el Treinta y
Siete‖.
4-VII
I. ANTECEDENTES
Un sábado de ragú
la barra me despidió
cuando le dije que yo
piantaba para Moscú.
Y un gomía vulevú
—pintón, pelicano, fino—
propuso:
—Larguen el vino.
Y con aires de sultán
ordenó:
—Traigan champán.
¿Saben quién era?
Lentino.
Orgeira brindó moqueando
por la amable recepción,
y resumió la cuestión:
—Que te vaya bien, Orlando.
Discursos del otro bando.
Abrazos. Mutuo respeto.
D’Abramo (no estaba Cueto)
pidió con ansia suprema:
—Venite con un poema...
Yo respondí:
—Lo prometo.
Y aquí estoy con mi perramus,
mi maleta, mi valija.
Salud, Buenos Aires, huija.
Misión cumplida, chochamus.
7-VII
II. LA PARTIDA
Yo, poeta del argot,
lunfa, slang o lo que sea,
me embarco por Tolforea
que es el vesre de Aeroflot.
Como bolita de repe
que corre por la banquina,
a las seis de la matina
llega Fernández, el Pepe.
Con sonrisa de julepe
transita por la ―vedera‖.
Y con galaica manera
comenta sin alboroto:
—Vengo con un vidrio roto.
Me ―hicieron‖ la casetera.
Después, maneja sencillo.
Y en un locuaz intervalo,
comenta:
—Como regalo
me dejaron el martillo.
El alba sube sin brillo
sobre las calles durmientes.
Y luego (gestos sonrientes
y sin urgencia ninguna)
me bate:
—Voy a Laguna.
Dejé, qué raro, los lentes.
Manejando con acierto
y minga de firulete,
a los diez para las siete
llegamos al aeropuerto.
Ezeiza parece muerto.
El Pepe y yo, dos intrusos.
Atentos, raudos, confusos
como naipes de tarot
arribamos a Aeroflot
y está repleto de rusos.
Se amontonan valijines,
bultos, maletas ahítas,
ukranianos, moscovitas
y bielorrusos y afines.
Buscando mejores güines
me escurro por los costados.
Y detrás de los tablados
atienden a los viajantes
tres soviéticas galantes
robustas como soldados.
Y mientras tanto reviso
mis papeles personales,
me sacuden veinte australes
como derecho de piso.
Pago con gesto sumiso,
hurgando mi maletín.
Hay un nervioso trajín
(que pasaportes, que visa)
y entre todos, la sonrisa
del gerente Bariquín.
Después del trámite ―breve‖.
—Pasen (ordenan) delante
por la escalera rodante
y ubiquen la Puerta Nueve.
—―Del nueve nadie me mueve‖
pienso con aire festivo.
Y uno con cara de chivo
y ademanes de gusano,
pasa mi bolso de mano
por el túnel radiactivo.
Entre tantos alborotos
cruzo un portal alcahuete,
mientras digo:
—Carajete,
se me velaron las fotos.
Jadeando chotas y chotos
van suspiros y resuellos.
Y en otra mesa, dos bellos
ejemplares de ―oso pando‖
al pasaporte de Orlando
le meten cuarenta sellos.
Gritan:
—Deténgase, vaya,
por aquí no, por ahí,
no señor, señora sí,
no se pasen de la raya.
Qué trato, pibe, malhaya:
tajante, cáustico, breve.
Y entre rostros sin relieve,
apuros, quejas, sosiegos,
anclamos como borregos
en el ―gueit‖ número nueve.
Una rusosky de fino
perfil de vaca sagrada
que parece el rey de espada
vestida de azul marino,
sin diplomacia ni tino,
ni ―toque de distinción‖
manda con tono chillón
(poniendo cara de jefe):
—Los de la fila del ―efe‖
pasen con dentro d’avión...
Con saludos de pierrot,
sin eufemismos ni trabas,
me reciben dos eslavas
en la nave de Aeroflot.
Dulces como clericot
aunque escasanys de pecho.
Y en un corredor estrecho
con fundas color de lila,
en seis asientos en fila
me ponen de güín derecho.
Un jovato medio grata
que manotea manijas,
tropieza con mis valijas
y se plancha de culata.
Otro colifa comenta
con eufórico arrebato:
—Le paso, señor, un dato:
aquí caben ciento ochenta.
(Y a mí, ¿qué corno me cuenta?,
carburo con descontento).
Y sin ningún miramiento
y entre corcovos de zambas,
me tira contra las gambas
el respaldo del asiento.
Y el vuelo tres-cinco-dos,
al cabo de cien rutinas,
va descargando turbinas
por los caminos de Dios.
7/8-VII
III EL VUELO
La procesión amarilla
de la forma de las nubes
me pinta raros querubes
detrás de la ventanilla.
Es martes. Por qué caminos
del recuerdo desvaría
la fraternal cofradía
de los morfis sabatinos.
Razono... Varios vecinos
apoliyan a destajo.
Cuán pequeño soy: un gajo,
una molécula viva.
(El sol luce por arriba
y el cielo va por debajo).
Cierro los ojos, enfermo
de nostalgias por Alicia.
Ya su nombre me acaricia,
y lentamente me duermo.
Inane, vacío, yermo,
el cansancio me invalida.
Y al fin, una sacudida
me despierta y arrebata,
y aparece la azafata
con un kilo de comida.
En el centro del menú
un omelet se florea.
Tres panes, fruta, jalea.
(¡Qué lejos queda Moscú!)
Son las dos. Medio nocáu,
atornillado de mufa
ceden mis párpados... Ufa,
me tira la siesta. Chau.
De pronto, sorpresa. ¡Guau!
¡Qué golazo ganador!
Al cruce del Ecuador
nos obsequian con champán.
(Aprendan los de ―Trazan‖
y los del ―Cid Campeador‖).
En las nubes, un trirreme
y un ángel de gracia plena.
Y en el asiento, la cena.
Son las cuatro de ―post-eme‖.
Huelo, percibo y asomo
la nariz sobre la fuente,
y advierto furtivamente
la jardinera de lomo.
—¿Agua, refresco?
—No tomo,
prefiero, niña, café.
Rebanadas de paté,
lechuga, galleta, pan,
y zanahorias que van
con un extraño puré.
Y más allá de la esquina
con un resto de tomate,
hay un ―mouss‖ de chocolate
con un queso de fontina.
A las seis, según mi bobo,
hacemos una parada
en plena noche cerrada
como una boca de lobo.
La cosa parece globo.
¿Estoy en Africa? Yes...
Y allí ponemos los pies
con un calor infernal
en Dakar, de Senegal,
donde parlan en francés.
Hay cada grone que pasma.
Cada napier es un zanco,
y alguien vestido de blanco
la labura de fantasma.
En el aire, olor a miasma.
Veinte kioscos en hilera
venden marfiles, maderas,
collares, aros, fetiches,
platas, medallones, chiches,
dijes, máscaras, pulseras.
Con ademán importuno
piden treinta, quince, diez,
nueve, cuatro, cinco, tres,
y al fin lo venden por uno.
Túnicas, país moruno,
‖manos maestras, Agrest‖.
Del africano far west
y al par que el reloj asedia,
ya sobre las siete y media
zarpamos a Budapest.
A las nueve justas, man,
sirven la segunda cena
y es, lo compruebo con pena,
de africano restaurán.
Ni en papel de celofán,
ni agrediéndolo de flanco,
este menú no lo banco
por mil quinientas razones,
pues viene con dos jamones:
uno rojo y otro blanco.
Yo quisiera saber cuál
es el porcino, ¿cuál es?
¿Acaso chancho burgués?
¿Será jamón radical?
Tiene tufo marginal
y sabor a la violeta.
No pregunto la receta
porque no da dividendo,
y todos siguen comiendo
sin pan y sin servilleta.
Mientras manduco sin ganas
pasan carritos al trote,
y un ―azafato‖ grandote
va repartiendo manzanas.
Rigen todas las etapas
del soviético circuito,
el infaltable lomito
con su cohorte de papas.
El sueño le pone tapas
a mi vecino bamboche.
Y mientras a troche y moche
la turbina bufa y bufa,
adentro manda la mufa,
afuera sigue la noche.
Tras un fatigoso test
de sueños y de entresueños,
ya con los ojos pequeños
llegamos a Budapest.
Mi reloj y mi paciencia
marcan ―dos‖ con bonhomía,
pero tiene con Hungría
siete horas de diferencia.
La nostalgia me silencia.
La siesta se queda trunca.
La sabiola no me funca
por el extraño sopor
de este viaje matador
que no se termina nunca.
Entre polleras —doy fe—
(dame la rima D’Abramo)
qué violento desparramo
de bramaje me mandé.
En Hungría —qué tupé—
doy con Dora y su dorima.
Se me vino Dios encima:
en Budapest anda Dora,
por alias ―la gata Flora‖
(y aquí se acaba la rima).
Nos ofrecen al pasar
una bebida caliente;
y topamos plenamente
con el verano magiar.
Por el calor singular
nos quedamos turulú.
La piel como canesú,
herrumbrada la osamenta,
ya son las tres y cincuenta.
Y enfilamos a Moscú.
La gente viaja rendida
y a la grupa del infarto,
y a las cinco menos cuarto
nos zampan otra comida.
Hay una luz desleída,
sensual, untuosa y opaca.
Y este menú se destaca:
fiambres, queso, guindas, pan.
(Aprendan los de ―Trazan‖,
los de ―La Veda‖ y el ACA).
Y sin que ocurriese nada,
ni hubiera nuevo menú,
descendemos en Moscú
‖a la hora señalada‖.
8-VII
IV. MOSCÚ
Me recibe un escritor
de presencia cortesana
con la intérprete Tatiana:
Yuri Greyding, asesor.
Bien ruso. Bien ―sí, señor‖.
Delgado, gris de copete.
Y sin otro firulete
me arrean entre valijas:
ella, con cuatro sortijas;
él, con rostro de chupete.
Él, inventor del trabajo
—categoría primera—
pelo de barba choclera
llovido de arriba a abajo.
Rubio, seco, cabizbajo.
Profesor de la gamuza.
Con un jet en la cocuza,
nervioso como los cuises
y dos ojos medio grises
como bolita cachuza.
Ella, fría, sin colores,
soltera sin atenuantes
y detrás de los mirantes
flechazos inquisidores.
Peinados con dos sectores
al uso de las nodrizas.
Gruesos cristales, huidizas
fichaduras de costado
y un corpachón afirmado
sobre las piernas macizas.
La enigmática rusita
—uno ochenta de estatura—
me alarga con gracia pura
un sobre lleno de guita.
—Chas gracias, niña bonita—
exclamo con un mohín.
Y al término del trajín
y del chamuyo a granel,
me embarcan para un hotel
denominado ―Pekín‖.
Más que hotel es un teatro:
alfombras y marquesinas,
colgajos, pinturas chinas.
¿La pieza? Quinientos cuatro.
¿Los cuartos? Un anfiteatro
de estilo ropavejero,
muebles olor a severo,
desarreglos a patadas,
cortinas deshilachadas,
bañera del año cero.
Me ducho de abajo a arriba
‖comm’il faut‖ a mi manera,
y a las siete de la sera
se me apersona la piba.
Le noto cara de ortiba,
de botona, de deidad.
Tatiana (―Tania‖): ―beldad‖
de soviético linaje,
el rostro sin maquillaje,
veintitrés años de edad.
¿Reír? Difícil trabajo
de dudas y desconfíos.
Habla poco. Labios fríos.
Pollera azul, taco bajo.
Piso trece del ―Pekín‖.
Cena. Final de jornada.
Mayonesa y ensalada
y un plato de escalopín.
No me da mucho piolín.
Tampoco le tengo fe.
—Hay un sol alto, ¿por qué
tan temprano va la cena?
—Es una costumbre buena.
(Postres, helados, café).
Salimos. Más adelante
se despide. Tonos quedos,
y en el apretón de dedos
su mano parece un guante.
Camino. Moscú: talante
de metrópolis vulgar.
(En el fondo de la mar
suspiraba un pajarito,
y el teléfono maldito
no me deja apoliyar).
9-VII
Nueve de Julio. Gran día
de la Patria liberada,
pero voy a la embajada
y advierto que está vacía.
¿No festejan? Quién diría...
Bandera triste y un cana.
Y a las diez de la mañana
y alegre como un clarín
a las puertas del ―Pekín‖
se me aparece Tatiana.
Un peinado sentador,
otros aros, nueva ropa.
La beso, y ella se copa
con un extraño rubor.
Pone gesto de estupor,
se defiende, se separa,
le vuelve ―ceca‖ la ―cara‖.
Y nos vamos. Se precisa
gestionar visa de visa
para volar a Bukara.
Y volvemos al Kremlín
a concretar un deseo:
visitar el mausoleo
con los restos de Lenín.
La cabeza y el cojín,
el recinto funeral
me lo muestran natural
como bañado de cera,
en la solemne catrera
de su caja de cristal.
De negro total el traje
con finos ribetes rojos,
sueña, cerrados los ojos,
en su larguísimo viaje.
Me quedo sin embalaje,
absorto, duro, polar.
Y en el solemne lugar,
a ultranza del tiempo breve
—cobre sutil— me conmueve
su perita triangular.
Son dos palomas sin alma
sobre las pilchas oscuras
las manos como molduras:
una, puño; y otra, palma.
¿Es real, es embeleco?
¿Es maniquí, marmolina?
¿Esa piel es la genuina?
¿Es cadáver o es muñeco?
Absorto, captado, seco,
cavilo presagios nulos.
No me banco disimulos
y me gusta lo directo:
es demasiado perfecto
para sesenta pirulos.
10-VII
Gente, verano, paseos,
parques, Universidad,
bosques, estatuas, ciudad,
túnel, colinas, museos.
—¿Qué sapa con Estalín?—
inquiero con tono grave.
—¿Cómo? ¿Por qué? ¿No lo sabe?—
me agrede con un mohín.
Con gesto de birriquín
pongo cara de arrorró.
Se disgusta. Digo:
—No.
Y me sacude de plano:
—Era déspota, tirano;
pero se le descubrió...
Una sospecha me acucia:
¿esta naifa pensará
que en Buenos Aires, allá
nos desvivimos por Rusia?
¿No ve que vengo de ―tours‖,
desenchufado, sin bríos,
para tomar como míos
los problemas de la ―urss‖?
Por la tarde voy al cuete
a comer una ensalada,
pero ya no queda nada:
se las pican a las siete.
Moneda, papel, billete,
marco, libra, dracma, reis...
Cambio dólares. Ya véis:
miro la cuenta, me nublo.
Me fajan por cada rublo
un dólar cincuenta y seis.
Diez de julio. Tania manda
desde la primera vez:
—Hoy salimos a las diez,
de excursión a Samarcanda.
10/11-VII
V. SAMARKANDA
Un poco más, sin bizcocho.
Y sin excursión el ñorse:
el avión de las catorce
zarpa recién a las ocho.
El sol aparece mocho;
las nubes, en zarabanda.
Listos para Samarkanda,
el viaje al Asia Central
por la lluvia torrencial
casi se va por baranda.
Tanta paciencia y afán,
tanto calor y demora,
y hacia las tres de la aurora
tocamos Uzbekistán.
Crónicas de Abderrahmán,
historias de Benarés.
Estoy poniendo los pies
en el país del hechizo,
cuando, sin más, aterrizo
en la pieza tres-dos-tres.
En tierra de Tamerlán
la capital es Tashkent.
(Entre nos, hay otro Kent.
Pero se llama Julián).
¿Es un cuento musulmán
de dónde, de qué, de cuándo?
Y me quedo meditando:
¿este lugar de alta fama,
realmente, cómo se llama?
¿Samarcanda o Sagarcando?
Samarkanda, la ciudad
de mi niñez fascinanate,
‖Mil y Una Noches‖ mediante
como Bangkok o Bagdad.
En vano busco los miles
de genios, magos, rituales,
y los reinos orientales
de mis sueños infantiles.
¿Qué fue —pregunto— de aquellos
cuentos, fábulas, consejas
y el tránsito de las viejas
caravanas de camellos?
¿En qué turbio más allá
mueren al fin del camino
junto a Simbad el Marino
los chorros de Alí Babá?
¿Dónde los brujos y emires,
las raras hechicerías,
eunucos, reyes, espías,
magos, princesas, visires?
¿En qué calle larga queda,
en qué rincón bizantino
la lámpara de Aladino
o el Mercado de la Seda?
Nada: rusos, gaitas, tanos,
turcos, judíos, mormones,
yonis, árabes, teutones,
japoneses, mejicanos.
¿En que remotos arcanos
yacen las trovas marchitas?
Musulmanes y chiítas
—este, oeste, norte, sur—
de Tamerlán a Timur
me rellenan de mezquitas.
Ayer, las flores del té.
Hoy, taxis, buses, fleteros.
¡Samarkanda con rockeros
y con semáforos, che!
Siento —por hache, por be—
que el almanaque desanda.
Se esfuman en la zaranda
como derrame de aljibe
mis ilusiones de pibe.
¡Hasta nunca, Samarkanda!
12-VII
VI. BUKARA
Hoy, domingo, plena acción.
Hasta Bukara, señores,
en un avión de motores
y de retropropulsión.
Queda detrás, ilusión.
En el frente, Solimán.
Ya van tres vuelos que dan
tres golpes a la gramática.
Yo, partido por la ciática
y siempre en Uzbequistán.
Hotel: herrajes de bronce.
Las nueve de la mañana,
y me toca la bacana
pieza cuatrocientos once.
Bukara: ciudad-alfombra.
Templos por los cuatro güines.
En las almenas, moasines.
Cuarenta y dos a la sombra.
Folklore: cinco percantas
se deslizan como gatos
llenas de sedas, brocatos,
tapices, tafetas, mantas.
Y detrás, con panderetas,
dos uzbecos en camisa
marcan la pausa precisa
del ritmo de las pebetas.
Un violín de cacerola
—tal vez el hijo del cello—
y un acordeonista lelo
que se las tira de piola.
Hay tres cantores erguidos
lo mismo que minarete.
Un xilofón de juguete
va comandando los ruidos.
Las bayaderas en fila
bailan ―a mejor y a más‖
y se mueven al compás
de una guitarra de axila.
¿Por qué lloran? ¿Qué moasín
les llena los lagrimales?
¿O les pagan en australes?
¿O se acuerdan de Lenín?
13-VII
El desayuno me chilla:
¿por qué soviética idea
primero dan la jalea
y de postre la tortilla?
Devoro milla tras milla,
sin pausas, a la ligera.
Como de cualquier manera
y el apuro me constipa,
y siento blanda la tripa
como colchón de linyera.
La guía —Lola— perfila
verdes ojos, manos tiernas
y dos elásticas piernas.
Pero no se las depila.
Chamuya con voz tranquila
entre ademanes novatos.
Tania, que luce recatos
y ensaya frases difusas,
cambia polleras y blusas.
Siempre los mismos zapatos.
Los sultanes, a vasallos
y enemigos prisioneros
los meten en agujeros
y los mojan con caballos.
¡Cuán salomónicos fallos,
qué chiste, qué baile posta!
Y si en la cárcel angosta
salen gritos a granel
va por otro andarivel
una carrada de bosta.
¡Qué flor de pelafustán,
no se para con bemoles,
cómo apaga los faroles
el camarada sultán!
Desayuno: mazapán,
huevo, yogur de ricota.
(Que D’Abramo tome nota
si volvemos a ―Trazan‖).
Cuatro gordos panasiáticos
lastran en todos los credos,
y se rechupan los dedos
con ademanes fanáticos.
Dominan sus gran-simpáticos
en admirable pelea.
¿Son vecinos de la aldea
de la Pochita Morfoni?
(No los cura Perriconi
por más Humberto que sea).
La memoria es un desván
de mil nombres de leyenda
por una mágica senda:
Ulughbek, Tadzhikistán,
Nurulaeva, Babadzhán,
Jashimov, Kariev, Nazir,
Kosh-madrasá, Guri-Emir,
Ibi-Kanin, Samarkanda
y el Registán que comanda
lo de ayer, lo porvenir.
Y cuando el avión dispara
por el espacio infinito,
miro la luz y musito
mi voto:
—Salud, Bokara.
14-VII
VII. TASHKENT
Tania va de lado a lado,
recorre nicho por nicho,
y yo atrás como un pichicho
con el pendorcho mojado.
En cada tiro de dado
desfilan las siliconas:
mil turistas, mil machonas
llenan los cuatro costados.
Los tipos, todos tarados.
Las jermus, todas panzonas.
15-VII
Folklore: por las zabecas
pilchas de todos colores.
¿O son cheques voladores
las bailarinas uzbecas?
El coro danza, se agita,
flamea, ríe, provoca
con las banderas de Boca,
San Lorenzo, Chacarita.
¿Es un replay, una cita
del campeonato mundial?
El colorido tendal
gira, sube, se adelanta
con las casacas de Atlanta
y de Rosario Central.
Por derecha, por izquierda,
por debajo, por la altura,
¿es una loca cordura
o es una locura cuerda?
Sin tirármelas de snob,
traigo de tierras heroicas
de ―glásnost‖ y ―perestroikas‖,
saludos de Gorbachov.
Estufo de los Karpov,
de genios y de menofes,
quedo largando los bofes
de Natalias y Tatianes,
de Vladimires e Ivanes,
de Dimitris y Popofes.
16-VII
Y hoy, dieciséis. Tobogán
de los días al garete.
Partimos como chijete:
chau, Tashkent de Uzbekistán.
Aquí todo se concilia
con la prole, sin engorros:
si no cuentan diez cachorros
aquí no existe ―familia‖.
Avión. Caray, porca musa,
cruz mandinga, Gran Bonete:
me ponen de cotelete
doscientos kilos de rusa.
Meten (¿por calor de hogar
o por exceso de hormonas?)
ciento catorce personas
en un cajón de lustrar.
Una bronca medular
me filtra, me desconsuela.
Mamma mía, qué franela.
Qué fragoteo, mi mamma.
¿Es un avión-calorama
o una parrilla que vuela?
Y mientras tomo valor
—por Dios, por Alá, por Buda—
la gorda suda que suda
por la popa y a babor.
16/17-VI
VIII. MOSCÚ 2°
Moscú. Llueve. La tristeza
moja de gris su pincel.
‖Budapest‖, tal el hotel.
Cuatro-uno-seis, tal mi pieza.
Hay rusos a la cabeza
y a los premios del millar.
Atrás, Marina, de andar
convincente de gacela
y una luz que se le cuela
por el oro del molar.
Es jueves. Lindo pensar
en los amigos lejanos
que se juntan como hermanos
en las puertas del Alvear.
Entra Soledad Silveyra
a la casa de Tolstoy.
Cien turistas en convoy:
es viernes de ―sexta feira‖.
Como Cascelli y Orgeira
coinciden en sus modales.
Se misturan a raudales,
fuleras, escrachos, feos
y atropellan los museos
como moscas de orinales.
Orquesta. Cenamos papas.
Tres chivatos con un rubio
por las ―Ondas del Danubio‖
se tiran como yosapas.
Gentes de todos los mapas
fagocitan como enanos.
Juntan los cuatro gitanos
dos guitarras y un violín
y un pianito tan pianín
que es el nieto de los pianos.
En cualquier rincón, acá
te pudren el salsifí:
Maradona por aquí,
Maradona por allá.
¿Que sos argentino? Bah...
¿Carlos Gardel? Infrasónico.
¿Raúl Alfonsín? Afónico.
¿Jorge Luis Borges? Cretino.
Yo no soy más ―argentino‖.
—¿De qué país?
Maradónico.
Hotel ―Budapest‖. La mesa
se integra con un caucásico,
facha tosta, turco clásico,
que pone cara de fesa.
Se larga la milanesa:
que patatín, patatán.
Chamuya del Turquestán,’
y culmina sus sermones
obsequiándonos bombones.
Y brindamos con champán.
Sábado. La mente queda
confusa, débil, opaca.
¿Irán al ―Trazan‖ o al ACA?
¿Irán al ―Cid‖ o a ―La Veda‖?
El tren ya rueda que rueda
por tierras de Nureiev.
Al Dnieper de Surovtsev
arrancamos con Tatiana
y a una ciudad ukraniana
que figura como Kiev.
17-VII
IX. KIEV
Camarote. Dos colchones.
—¿Dormimos juntos? No sé.
Tania no tiene con qué:
carece de condiciones.
Me cruzan los electrones
del químico Mendeleev.
Pienso en Lenín, en Brezhnev,
en Perón, en Leslie Howard.
Y al fin duermo con un forward
de la ―Dynamo‖ de Kiev.
Se declara jugador
y le mando mi pregunta:
—¿Full back, marcador de punta?
—Número nueve, señor.
Un ―aroma‖ de sudor
me deja medio sentido.
Y habla de un gol preferido
mientras carburo con saña:
—Este coso no se baña
desde el último partido.
Kiev. ―Dnieper‖ , tal el hotel.
Cuatro dieciocho, el bulín.
La ciudad es un jardín
de parques en desnivel.
¿Turistas? Un carrusel.
Mil semblantes de Kievita.
Y al término de la cuita
y de cinchar como bueyes
nos reciben como a reyes
‖Ño‖ Jaco y ―Ña‖ Margarita.
Jaco, la cara de oruga,
con cien condecoraciones,
las manos como porrones,
la piel una sola arruga.
Espera, charla, se fuga.
Franco de voz y ademán.
Yo lo defino —sin plan—
con una palabra: ruso
(que rima con Impelluso,
pero no con Sebastián).
Tatiana luce mufada,
celosa de Margarita,
vieja, feúcha, gordita,
pero que gusta y agrada.
Un español con tonada
le sale con el chamuyo.
Adora Kiev como suyo:
paisaje, colinas, gente,
montañas, bosques, ambiente,
la flor, el árbol, el yuyo.
18-VII
Por la mañana museo
de trabajos campesinos:
ranchos, tahonas, molinos,
parvas, sembrados, rodeo.
Y en medio del campo veo
—y al aire libre sonoro—
rojos, verdes, carmín, oro
conque se visten eufóricas
veintidós pibas folklóricas
con doce rubios en coro.
Los más raros instrumentos:
castañuelas de cucharas
puntean las algazaras
entre saltos y espamentos.
Marcan los ritmos violentos
cuatro fuelles gardelitos.
Guitarras, violas y gritos
preceden a tres ricuras
que tantean las ―blanduras‖
con soviéticos deditos.
Vienen de un pueblo central
cuyo recuerdo me aferra:
Ekaterinoslav, tierra
del César Tiempo natal.
Kiev por la tarde. Retreta
de sábado junto al río.
Solazo. Plaza. Gentío.
Música, Strauss, opereta.
Sudando la camiseta
y el esmoquin y el balero
el ―dire‖ se juega entero:
bracea con fuerza bruta,
y ataca con la batuta
vestido de funebrero.
La lluvia, de malos modos,
con baldazos de torrente
se descuelga de repente.
Y salen rajando todos.
19-VII
En esta Kiev medioeva
los monjes en cautiverio
le cavan al monasterio
diez kilómetros de cueva.
Cada catacumba lleva
cadáveres a rolete.
Algunos, hechos chijete.
Otros, de charque fetén.
Y todos, de cien en cien,
tapados con un birrete.
Qué desfile shomería:
tibias, cráneos, calaveras
exhibidos en hileras
por la negra galería.
Salimos, ya mediodía.
Tatiana se rechifló
y agriamente —¿cuándo no?—
por su bla-blá (o por kievita)
a la javie Margarita
—de bronca— la despidió.
Tarde. Baile folklorista.
Jetras de miles de tonos,
y ocho tipos como monos
rodando sobre la pista.
Presume de cancionista
la prima donna vedet.
Y veinte chicas del set
—pájaros o mariposas—
llenan de pilchas lujosas
las figuras del ballet.
20-VII
Museo del Broli. Quía
que nos da la perorata:
tomos forrados en lata
con adornos de herrería.
Esmaltes, chafalonía
de fierro, madera y oro.
El punto, con voz de loro,
sacude al monologar
una chiva circular
como tapa de inodoro.
Como gentes del sultán
cargados en un trirreme,
pasan los hijos de Neme
venidos del Turquestán.
Diez yonis, un capitán,
tres chinos, un mandarín.
Me confunden el bochín
—quizá de puro zopenco—
a Jmelnitsky con Shevchenko
y a Kabul con Vatutín.
Chau, Kiev, ciudad siempre viva,
despelote de jardines
con sus cuarenta lenines.
Me voy tragando saliva.
A mi cuenta regresiva
ya le resta poca historia.
Y el tren hace más notoria
mi drama de seudopiojo:
duermo con un pelirrojo
con cara de zanagoria.
Salud, tres veces, Ukrania
—pampera, gaucha y agreste—
por tu bandera celeste
y olor de Roma e Hyspania,
por el rechifle de Tania,
por tu aire criollo-cosaco.
Parto, Kiev. Y lo destaco
con Shevchenco en la solapa
—poeta, pintor de yapa—
como regalo de Jaco.
21/22-VII
X MOSCÚ 3°
Hasta el mismo caracú
repleto de rusería,
a las nueve —qué manía—
nos bajamos en Moscú.
(La pampa tiene el ombú,
cinco por ocho cuarenta).
Una neblina polenta
desciende copo por copo.
Me siento medio dridopo.
Tatiana viene contenta.
Ocupan el alma mía
Rawsi —señor del habano—,
Cervantes Luro, Villano
‖e tuta la compañía‖.
¿dónde andarán? Qué sé yo
quién fue Zulfiá, Shukruló;
si a Moscú lo fundó Cueto,
Papo, Laurens o Corleto,
de la Fuente o Abregó.
¿Las namis? Muy pocas dan
las doce minutos antes,
‖jugosas y estimulantes‖
como sánguche de pan.
Nunca jugué de Don Juan
ni me cuesta la lisonja.
Embroco —lonja por lonja—
aire, pinta, sugestión:
más sexapil que un ratón
pero menos que una monja.
Moscú. Pronóstico: llueve.
Hotel: ¿colmena o insania?
Habitación del ―Ukrania‖,
la quinientos veintinueve.
Tania, ya fule, se mueve
con sutil irritación.
Discute por el plantón,
y le sacude a tres viejas
en el libraco de quejas
un solo de bandoneón.
En las torres de Moscú
viene cayendo la tarde.
Suerte, Rusia. Dios te guarde
si ya ―non te veddo piú‖.
Da cappo: ni fa ni fu.
Con los pies en el umbral,
me llaman el arrabal,
una barra y una mina,
y a las tres de la matina
me doy al raje total.
Chau, ―Ukrania‖, corralón
con estilo de Kremlín.
Muros color de aserrín
del tiempo de Napoleón.
Pasajeros en malón,
redil, establo, corral.
Turístico carnaval.
Caos, babel, despelote,
leonera, la mar en bote,
y hormiguero general.
23-VII
Las dos antemeridiano
de una velada serena,
y el teléfono que suena
como puntín en el ano.
Valijas. Raje inhumano.
Aeropuerto, último set.
Embarque, codazos, jet.
Mañeros, vivos, astutos,
y a las seis y once minutos
arrancamos del Soviet.
23-VII
XI. BUENOS AIRES
Diez cuarenta (hora soviética)
primera escala del vuelo.
Arden el aire y el suelo
con una lorca frenética.
Una negrada patética
nos acosa bis a bis.
¿En qué caliente país
estamos, porca miseria?
Dicen los mapas: Algeria
(no, por supuesto, París).
Van tres horas de plantón
tiradas a la bartola
por un punto gorgonzola
que se piró del avión.
Lo chapan. ¿Revolución?
Pifiada —dicen— de hangar.
Nos invitan a lastrar
dos azafatas gentiles,
y ya a cubierto de giles
enfilamos a Dakar.
África siempre. Muy quedo,
nos sacude por el lomo
una ráfaga de plomo,
está Dakar al ―espiedo‖.
El verano mete miedo:
fuego, brasas y tizones.
Un cana rompeportones
del ―transit‖ cierra las puertas,
y con las fauces abiertas
transpiramos como grones.
Es jueves: el berretín
del tango, fiebre, manía.
Va con Garello y García
la barra del ―Chiquilín‖.
Nichele con su violín.
Montes, tal vez. O los dos.
Aquí son las veintidós;
en Buenos Aires, las tres.
Avión, el mar y después
vamos del Brasil en pos.
Una ya de la mañana
según el horario ruso.
Cinco las horas que puso
el avión a contragana.
Desde la costa africana,
oceánica travesía.
Con soviética maestría
toca la pista la nave
y está —lo mismo que un ave—
en Salvador de Bahía.
Dos horas, y la salida.
Y Buenos Aires espera.
El corazón acelera
los latidos de la vida.
¿Me darán la bienvenida?
Miro la noche. Sonrío.
Veo luces. Caserío.
Estoy gil, sin ansias, harto.
Bajamos. Las once y cuarto.
Salud, Buenos Aires mío.
Como ganado vacuno
que se junta sin control,
miro la gente del ―jol‖.
Observo, recorro, juno.
Ningún amigo. Ninguno.
Sigue, detrás, el gaudeamus.
Y salgo con mi perramus,
mi maleta, mi valija.
Salud, Buenos Aires, huija.
Misión cumplida, chochamus.