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PAREJAS EN CRECIMIENTO

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PAREJAS EN CRECIMIENTO
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11/22/2011
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Spanish
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179
1

2









Presentación

s un signo muy esperanzador que en el año 2002, dentro del



E marco de la celebración de los cincuenta años de nuestra

jurisdicción eclesiástica, salga a la luz esta cartilla como testimonio

documental de una realidad: El surgimiento y la formación de las parejas

que comienzan este año a agruparse en Pequeñas Comunidades de

Parejas.



El camino de la pastoral familiar y matrimonial en nuestra Diócesis ha

sido largo y difícil durante estos cincuenta años: Son testigos los

sacerdotes que de una manera u otra han querido en distintas

oportunidades inventarse ayudas pastorales para salirle al frente a la

cada vez más aguda crisis de la familia y de la pareja. Antes de la

llegada de Monseñor José Agustín Valbuena, su predecesor, Monseñor

Vicente Roig y Villalba, con la ayuda del padre Diego Pérez, misionero

capuchino y de un equipo dedicado a la tarea, logró dar realce a los

cursillos de cristiandad que agruparon a un buen número de hombres y

mujeres, derrotando así la apatía que los varones mostraban hacia las

cosas de Iglesia. No obstante, los cursillos no lograron tocar más que

epidérmicamente nuestra realidad familiar, antes de que ellos mismos

entraran en crisis como movimiento, a nivel nacional y mundial.



Muchos excursillistas varones habían quedado ―tocados‖ y, en los últimos

años de episcopado de Monseñor Vicente fueron rescatados por el

Camino Neocatecumenal que llegó a la Diócesis en 1975 y a Valledupar

en 1976. El Neocatecumenado, en sus 26 años de permanencia en la

Diócesis ha logrado mantener en formación permanente a muchas

parejas, lo cual ha sido un signo muy positivo ya que los varones se han

vuelto menos resistentes a acompañar a sus señoras a las catequesis y a

las reuniones de formación proyectadas por el camino en su formación

integral. Sin embargo ni el Camino ni los Cursillos son propiamente

movimientos familiares, aunque incluyen en sus programas formación

para la vida cristiana familiar.



Durante los años que Monseñor Valbuena ha estado al frente de la

Diócesis, se han hecho muchos intentos de trabajar una pastoral dirigida

directamente a las parejas y a las familias, pero decayeron casi todos por

falta de perseverancia.

3



El Espíritu Santo tiene sus caminos marcados. El Jubileo del año 2000

motivó a muchos matrimonios que recibieron las catequesis preparatorias

para ganar la indulgencia jubilar y la Comisión Diocesana de Pastoral

Familiar aprovechó para seguirse reuniendo con las parejas motivadas.

Surgió de estos grupos la idea de organizar un CONGRESO DIOCESANO

DE PAREJAS en el segundo semestre del 2001, con tal éxito que debió

repetirse el mismo congreso en Abril de este año 2002. Mientras tanto se

estaba gestando la primera Pequeña Comunidad de Parejas en la

Parroquia de la Inmaculada Concepción de Valledupar y se logró

organizar el Segundo Congreso Diocesano con la asistencia de un poco

menos de trecientas parejas.



De esta manera ha emprendico camino en nuestra Diócesis la Pastoral

Familiar organizada bajo la modalidad de Pequeñas Comunidades de

Parejas que se reúnen en el seno de las parroquias bajo la orientación de

la Comisión Diocesana de Pastoral Familiar y con la protección especial

de de Jesús José y María, la Sagrada Familia de Nazareth, modelo y guía

de toda familia que quiera crecer según el plan de Dios.



La cartilla que ponemos en sus manos es el instrumento, el libreto que va

guiando el desarrollo del programa en la primera etapa de formación. La

Comisión Diocesana estará atenta a la marcha de este proceso haciendo

los ajustes que sean necesarios y proyectando, en la medida que crecen

las primeras comunidades, las siguientes etapas de la formación.



Rendimos con esta cartilla y con estos procesos un sentido homenaje a

nuestro Obispo Monseñor José Agustín Valbuena en el año de sus bodas

de plata episcopales y a Monseñor Vicente Roig y Villalba en el

cincuentenario de su nombramiento como primer vicario y luego primer

Obispo de la Jurisdicción eclesiástica de Valledupar.



A Jesús que se sometió humildemente a las normas de una familia en la

tierra, a José el esposo casto, el padre adoptivo de Nuestro Señor, y el

celoso guardián del tesoro que Dios mismo ponía en sus manos y a

María, la esposa fiel, humilde y amante, la Madre del mismo Dios, a

quien el Señor encomendó la marcha de la Iglesia y a todas las familias

que obedientes al plan de Dios han hecho surgir la santidad en el seno de

los hogares y a todos los que con tenacidad y constancia en medio de las

muchas dificultades que sin duda se presentarán, mantengan viva la

llama que se ha encendido, nuestro tributo de veneración y de

admiración.



Valledupar, Octubre de 2002, en el cincuentenario de nuestra jurisdicción

eclesiástica.







PAREJAS EN CRECIMIENTO

PROCESO DE FORMACIÓN

4



INDICACIONES GENERALES

 Se trabaja en un tema durante cuatro semanas y se concluye con una

convivencia.

 Los meses de cinco semanas se puede hacer una celebración penitencial en

la quinta semana.

 Durante las cuatro semanas se puede desarrollar el siguiente ciclo:

PRIMERA SEMANA : Estudio Bíblico y presentación (Cada pareja estudia el

tema en su casa y uno de los grupos se encarga de presentar el tema y

moderar la participación de todos el día de la reunión).

SEGUNDA SEMANA: Celebración de Palabra (el mismo grupo anterior

prepara, organiza y dirige una celebración sobre el tema).

TERCERA SEMANA: Estudio Doctrinal (Inicialmente, hasta cuando se crea

conveniente, el sacerdote o un delegado suyo, suficientemente preparado da

una charla a la comunidad, con la metodología más conveniente sobre la

doctrina de la Iglesia en relación con el tema del mes. De ahí en adelante el

mismo grupo que está presentando el tema se encarga de la charla doctrinal.

CUARTA SEMANA: Celebración eucarística (moniciones, lecturas y

predicación deben hacer referencia al tema mensual- ¿Conviene llevar los

hijos?).

Cuando se vea oportuno se puede iniciar una experiencia de oración y

catecismo familiar con la vigilancia y seguimiento de la comunidad y de la

parroquia.

Cuando la comunidad lo vea conveniente, pueda organizar actividades,

seminarios, conferencias, sobre un tema específico que pueda ayudar en otros

campos al crecimiento de las familias (se pueden invitar psicólogos, médicos,

asesores de familia).

Anualmente o cada dos años se podría organizar un congreso de familias sobre

un tema oportuno, de acuerdo con la diócesis.

Convivencia mensual :

Se puede hacer con la siguiente dinámica:

 Oración (Laudes)

 Lectio Divina (Escrutatio)

 Experiencias de la lectio divina

 Revisión de vida, personal, de pareja y de grupo

 organización del trabajo para el mes que viene.

Esparcimiento: Después del almuerzo se toma un buen rato para descanso y

esparcimiento, pero ojalá en grupo y se continúa con lo que haga falta.



TEMAS MENSUALES

Los temas buscan ayudarnos a comprender a la luz de la Historia de la salvación

y de la teología bíblica los grandes momentos, valores y situaciones del

matrimonio y de la familia como designio de Dios. Durante un mes de estudio y

profundización, las parejas se van abriendo a ese designio y por medio de la

reflexión, la celebración y la aplicación a las situaciones particulares de la

familia y del contexto. En la convivencia mensual se trazan los caminos por

medio de los cuales cada pareja y cada comunidad van avanzando en su

formación.



1. Hombre 5. Amor 9. Padre

2. Mujer 6. Bautismo 10. Madre

3. Corazón 7. Eucaristía 11. Hermano

4. Soledad 8. Familia 12. Hijo

5



13. Niño 21. Libertad 29. Vejez

14. Alianza 22. Responsabilidad 30. Viudas

15. Matrimonio 23. Cuerpo 31. Perdón

16. Esposos 24. Sexualidad 32. Escándalo

17. Vida 25. Fidelidad 33. Adulterio

18. Oración 26. Unidad 34. Bodas del cordero

19. Fecundidad 27. Autoridad

20. Esterilidad 28. Educación







1. HOMBRE



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Cada pareja en su casa debe leer el tema y consultar algunas citas bíblicas que

le llamen la atención. De esa manera cuando se reúna el grupo de parejas todos

tienen un somero conocimiento del tema y puede participar mejor en la

presentación del tema que haga el equipo responsable de hacerlo.



Tema para estudiar1

HOMBRE

Según la concepción antropológica bíblica, tan diferente de la mentalidad común

de nuestros días, que ve en el cuerpo y el alma los dos componentes del

hombre, el hombre se expresa enteramente en sus diversos aspectos. Es alma

en cuanto animado por el espíritu de vida; la carne muestra en él una criatura

perecedera; el espíritu significa su abertura a Dios; el cuerpo, finalmente lo

expresa al exterior. A esta primera diferencia entre las dos mentalidades se

añade otra, todavía más profunda. En la perspectiva de la filosofía griega se

trata de analizar al hombre, este microcosmos que reúne dos mundos, el

espiritual y el material; la Biblia, más bien teológica, sólo mira al hombre frente

a Dios, cuya imagen es. Dios que creó al hombre y que se hizo él mismo

hombre para rescatarlo. La antropología, ya ligada a una teología, resulta

inseparable e de una cristología. En el tiempo profético, Adán y el siervo de

Yahveh; en el tiempo del cumplimiento, Jesucristo; en el tiempo de la historia

que se desliza, el pecador y el hombre nuevo. El tipo auténtico del hombre vivo

no es, por tanto, Adán, sino Jesucristo; no es el que salió de la tierra, sino el

que bajó del cielo; o, más bien, es Jesucristo prefigurado en Adán, el Adán

celestial esbozado por el terrenal.

I. A IMAGEN DE DIOS. 1. El Adán terrenal. El cap. 2 del Génesis no atañe

solamente a la historia de un hombre, sino a la de la humanidad entera, como

lo insinúa el término Adán, que significa hombre; según Gn 2, el hombre

aparece en Adán con sus tres dimensiones mayores: en relación con Dios, con

la tierra y con sus hermanos.

a) El hombre y su Creador. Adán no es ni un dios venido a menos ni una

parcela de espíritu caída del cielo a un cuerpo; aparece como criatura libre, en

relación constante y esencial con Dios. Hablar del hombre sin ponerlo en

relación con Dios sería, pues, un contrasentido.



1

Adaptado de DUFOUR, X. L., Hombre, en DUFOUR, X. L. Vocabulario de Teología bíblica. 17 ed.

Barcelona: Herder, 1997. P. 391-398. En adelante VTB.

6



Al soplo por el que el hombre es constituido en su ser añade Dios su palabra, y

esta primera palabra adopta la forma de una prohibición (Gn 2,16s). En el

transcurso de su existencia continúa el hombre ligado con su Creador por la

obediencia a su voluntad. Este mandamiento le aparece como un entredicho,

un límite. En realidad es necesario para su perfeccionamiento: permite al

hombre comprender que no es dios, que depende de Dios, del que recibe la

vida. La relación que une al hombre con el creador es, por tanto, una

dependencia vital, que se expresa en forma de obediencia (Rm 2,14s).

b) El hombre ante el universo. Dios sitúa al hombre en una creación bella y

buena (Gn 2,9) para que la cultive y la guarde. Presentándole los animales

quiere Dios que Adán exprese su soberanía sobre ellos dándoles nombre

(2,19s; cf. 1,28s), significando así que a naturaleza no debe ser divinizada, sino

dominada, sometida. El deber de trabajar la tierra no sustituye al deber de

obedecer a Dios, al que sin cesar se refiere.



c) El hombre en sociedad. Hombre y mujer, sin vestidos, se hallan desnudos

sin vergüenza el uno delante del otro. Rasgo significativo: la relación social

está todavía exenta de sombras porque la comunión con Dios es entera y

radiante de gloria. Así el hombre no tiene miedo de Dios, está en paz con él,

que se pasea familiarmente en su huerto, es diálogo transparente con su

compañera, con los animales, con toda la creación.

d) A imagen de Dios. Hagamos al hombre a nuestra imagen, como semejanza

nuestra... Sed fecundos ... someted la tierra y dominad sobre todos los

animales (Gn 1,26 ss). El hombre, creado a imagen de Dios, puede entrar en

diálogo con él; no es Dios, vive en dependencia de Dios, en una relación

análoga a la que tiene un hijo con su padre (cf. Gn 5,3); aunque con esta

diferencia, que la imagen no puede subsistir independientemente de aquel al

que debe expresar, como lo dice el término soplo en el relato de la creación.

2. El Adán celestial. Tal es el proyecto de Dios. Pero este proyecto no se

realiza perfectamente sino en Jesucristo, Hijo de Dios. Cristo posee los

atributos de la sabiduría, reflejo de la luz eterna, espejo sin mancha de la

actividad de Dios, imagen de su excelencia (Sb 7,26). Si Adán había sido

creado a imagen de Dios, sólo Cristo es la imagen de Dios (2Cor 4,4; cf. Hb

1,3; Col 1,15-18). La triple dimensión de Adán aparece todavía, neta, pero

sublimada.

a) El Hijo delante del Padre. El Hijo no puede hacer por sí mismo nada que no

vea hacer al Padre... No busco mi voluntad, sino la voluntad del que me ha

enviado (Jn 5,19s.30; cf. 4,34). Lo que debía ser Adán: criatura en constante

relación de dependencia filial para con Dios, Jesús lo realiza perfectamente.

Quien le ve, ve al Padre (14,9).

b) Cristo y la humanidad. Finalmente, es el jefe, la cabeza del cuerpo. Esto

quiere decir en primer lugar que él es quien da la vida, el último Adán (1Co

1,45), ese Adán celestial, de cuya imagen hay que revestirse (15,49). Es el

cabeza de la familia que es la Iglesia, sociedad humana perfecta. Mejor

todavía: es el principio de Unificación de la sociedad que constituyen los

hombres (Ef 1,19).

Así pues, Adán no halla el sentido de su ser y de su existencia sino en

Jesucristo, el Hijo de Dios que se hizo hombre para que nosotros fuéramos hijos

de Dios (Gá 4,4s).

7



II. A TRAVÉS DE LA IMAGEN DESFIGURADA. El ideal que fijó la creación, al

que hay que referirse sin cesar no puede ya alcanzarse, ni siquiera se puede

aspirar a él directamente. Ahora ya debe el hombre pasar de la imagen

mutilada que ofrece el pecador, a la imagen ideal del siervo de Dios.

1. Adán pecador. El autor de Gn 3 no quiso pintar el cuadro de una derrota,

sino anunciar la victoria después de la lucha. Dios, antes de pronunciar el

cambio que va a afectar al hombre en su triple dimensión, siembra la esperanza

en su corazón: el linaje de la mujer será, sí, alcanzado en el talón por su

adversario, pero aplastará la cabeza del engendro de la serpiente (3,15). Este

protoevangelio colorea los sombríos anuncios que siguen y aseguran al hombre

del triunfo final de Dios.

a) Divisiones de la familia humana. Lo que en primer lugar descubre Adán

pecador es su desnudez (Gn 3,7.11). Lo que simbolizaba la separación de los

seres se convierte en realidad: Adán, interrogado por Dios, acusa a su mujer

mostrando así que se desolidariza de ella (Gn 3,12). Entonces les anuncia

Dios a los dos que sus relaciones van a ejercerse bajo el signo de la fuerza

instintiva: concupiscencia y dominio que abocarán a los dolores del parto

(3,16). La sucesión de los capítulos del Génesis muestra cómo esta división

primera tiene su repercusión, entre Caín y Abel, hermanos enemigos (Gn 4),

entre los hombres que, en Babel, no se comprenden ya (Gn 11,1-9). La

historia sagrada es un tejido de divisiones, una sucesión de guerras, entre el

pueblo y las naciones, entre los miembros del pueblo mismo, entre el rico y el

pobre... Pero la promesa de la victoria subsiste, como aurora en la noche, y los

profetas no cesarán de anunciar al príncipe pacífico que reconciliará a los

hombre entre sí (Is 9,5s...).

b) El universo hostil al hombre. Por la culpa de Adán, la tierra es ahora

maldita, el hombre habrá de comer su pan, no como fruto espontáneo de la

tierra, sino a fuerza de fatigas, con el sudor de su frente (3, 17s). La creación

está, pues, a su pesar, sujeta a la corrupción (Rm 8,20)

c) El hombre entregado a la muerte. Por la desobediencia Rompió el hombre

con la fuente de la vida; ya no es sino un mortal (Gn 3,19). Mientras que la

muerte no habría sido sino un sencillo tránsito a Dios, ahora ya no es sólo un

fenómeno natural: hecho fatal, significa el castigo, la muerte eterna. Esto

simboliza también el exilio del paraíso. El hombre, habiendo desechado la ley

interior , queda entregado a sí mismo, a su engañosa autonomía, y la historia,

que se engrana en esta situación, narra los repetidos fracasos del que pensaba

igualar a Dios y se ha quedado en mero mortal.

El hombre, sin cesar en su fuero interno de simpatizar con la ley de Dios,

habiendo dejado que el pecado se instale en él, ve que la carne hace a su

entendimiento carnal (Col 2,18), endurece su corazón (Ef 4,18), tiraniza a su

cuerpo hasta el punto de hacerle producir obras malas (Rm 8,13). Así le

parece que va irremediablemente a la muerte. ¡Desgraciado de mi!, ¿quién me

librará de este cuerpo que me entrega a la muerte? (Rm 7,24).

2. El siervo de Dios. Pablo, como ya la comunidad primitiva, reconoció a este

salvador bajo los rasgos del siervo de Dios anunciado por Isaías (49,4s; Is

42,1ss; 50,4-7; 52,13-53,12). Adán pecador se había visto afligir con penas y

sufrimientos, mientras que el siervo carga con nuestros sufrimientos y nuestros

dolores (Is 53,3); todavía más: el que debía dominar a los animales ha venido

8



a ser semejante a ellos, no tiene ya apariencia humana (Is 52,14), es un

gusano, no un hombre (Sal 22,7).

3. El siervo Jesucristo. La profecía del siervo está latente en numerosos

himnos cristianos primitivos. Éstos resumen la existencia de Jesús en un díptico

que pinta la miseria y la grandeza del hombre: rebajamiento y exaltación (Fp

2,6-11; Hb 1,3; Rm 1,3s; etc.). Jesús, perfectamente obediente, se comportó

como verdadero Adán, entrando en la soledad perfecta para venir a ser el padre

de la nueva raza, fuente de vida para siempre. A él, vestido como rey de burla,

es al que Pilato muestra al pueblo: ¡He aquí al hombre! (Jn 19,5), indicando

cuál es el camino de la gloria. El hombre, a través de esta imagen desfigurada

por su pecado, debe reconocer al Hijo de Dios que fue hecho pecado para que

en él fuéramos nosotros justicia de Dios (2Co 5,21).

III. A IMAGEN DE CRISTO. Los valores reconocidos en el cap. 2 del Génesis

van a reaparecer, traspuestos en la persona de Cristo.

1. Obediencia de la fe a Jesucristo. No es ya a Dios a quien debe ir

directamente la obediencia y el homenaje del hombre, ni tampoco a la ley dada

misericordiosamente al hombre pecador, sino a aquel que vino a tomar figura

humana (cf. Rm 10, 5-13); la única obra que hay que cumplir es la de creer en

el que Dios ha enviado (Jn 6,29). En efecto, los hombres, el hombre Cristo

Jesús (1Tm 2,5). Único es el Padre al que son conducidos los creyentes para

que tengan por el Hijo la vida en abundancia y para siempre.

2. El hombre nuevo es ante todo Cristo en persona (Ef 2,15), pero

también todo creyente en el Señor Jesús. Su existencia no es ya una derrota

ante la carne que la dominaba, sino la victoria continua del espíritu sobre la

carne (Gá 5,16-25; Rm 8,5-13). El cuerpo del cristiano, unido a aquel que

tomó un cuerpo de carne (Col 1,22), ha muerto al pecado (Rm 6,5s); también

su cuerpo de miseria se convertirá en un cuerpo de gloria (Fp 3,21), un cuerpo

espiritual (1Co 15,44). Su entendimiento es renovado, metamorfoseado (Rm

12,2; Ef 4,23); sabe juzgar (Rm 14,5) a la luz del Espíritu, cuyas experiencias

expresa en forma racional: ¿no tiene el entendimiento mismo de Cristo (1Cor

2,16)? Si el hombre no es ya un simple mortal porque la fe ha depositado en su

corazón un germen de inmortalidad, debe, sin embargo, morir constantemente

al hombre viejo, en unión con Jesucristo, que murió una vez por todos; su vida

es nueva.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA

El grupo encargado selecciona tres o cuatro lecturas bíblicas de las que se

estudiaron en la reunión anterior y organiza con ellas una celebración de

palabra que presentará al grupo de parejas el día de la reunión general. Es

importante que el grupo responsable dedique tiempo a la preparación de la

celebración. El esquema para la celebración de palabra es el mismo de la

celebración hecha en la convivencia:

MONICION INICIAL2

CANTO DE INGRESO





2

Esta monición busca preparar a los asistentes para vivir intensamente la celebración, como un

memorial en su vida. Puede recoger algunos elementos de la literatura del tema estudiado la

semana anterior.

9



SALUDO DEL PRESIDENTE

MONICIÓN A LA PRIMERA LECTURA3

PROCLAMACIÓN DE LA PRIMERA LECTURA

CANTO (preferiblemente un salmo)

MONICIÓN A LA SEGUNDA LECTURA

PROCLAMACIÓN DE LA SEGUNDA LECTURA

CANTO O SALMO

MONICIÓN A LA TERCERA LECTURA

PROCLAMACIÓN DE LA TERCERA LECTURA

CANTO O SALMO

MONICIÓN AL EVANGELIO

PROCLAMACIÓN DEL EVANGELIO

RESONANCIAS O ECOS DE LOS ASISTENTES4

HOMILIA

ORACIONES DE LA COMUNIDAD5

PADRE NUESTRO6

SALUDO DE PAZ7

CANTO8

BENDICIÓN

CANTO FINAL Y SALIDA DE LOS PRESBÍTEROS

Si hay algún aviso se da al final, antes de despedirse.



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL

Cada pareja lee y reflexiona en su casa, las lecturas del magisterio que se

asignan para el tema del mes y responden las preguntas del cuestionario, de

modo que se puedan poner en común las respuestas de todos antes de que el

encargado desarrolle el tema doctrinal. Durante un tiempo, mientras los

miembros del grupo adquieren experiencia y un poco de soltura, el tema lo





3

Esta monición y las moniciones a las demás lecturas deben ser breves pero sustanciosas y tocar

el motivo por el cual han sido escogidas como lecturas para esta celebración. La monición debe

ambientar la lectura de tal manera que el grupo pueda escucharla con mayor atención.

4

Esta participación de los asistentes es muy importante ya que no se trata de hacer comentarios

exegéticos ni de hacer reflexiones piadosas sino de dar testimonio delante de los demás de cómo

esta Palabra toca y transforma la vida denunciando lo que en ella está mal y señalando un camino

para hacer la voluntad de Dios manifestada en su Palabra. Los que quieran participar deben

hacerlo por turno sin discusiones ni contraposición de opiniones. Cuando el sacerdote que preside

lo considere oportuno, puede suspender la participación de los asistentes e iniciar la homilía. Si no

preside un sacerdote o un diácono, no hay homilía.

5

El que preside hace la invitación a orar. Los asistentes, uno por uno, de modo espontáneo

pueden manifestar sus oraciones de petición o de acción de gracias y toda la comunidad apoya a

quien presenta oraciones con un responsorio.

6

El que preside concluye las preces y hace la admonición al Padre Nuestro. Todos rezan

pausadamente la Oración del Padre Nuestro.

7

Es oportuno, antes de dar la bendición invitar a los presentes a saludarse con la paz. Este gesto

litúrgico ayuda a los asistentes a sentirse cercanos entre sí, ya que poco a poco se irán

estrechando fuertes lazos de comunidad entre ellos.

8

Terminado el signo de la paz se entona un canto breve mientras la asamblea se recompone.

Terminado el canto el presidente da la bendición.

10



desarrolla un sacerdote o una persona con suficientes conocimientos de la

materia, delegada por el sacerdote.

Sólo a modo de sugerencia, recomendamos al encargado de la charla ser muy ameno,

poner ejemplos sencillos que ilustren los contenidos y desarrollar para cada tema unos

puntos fundamentales, por ejemplo.

 INTRODUCCIÓN AL TEMA

 EL TEMA EN LA SAGRADA ESCRITURA

 PRINCIPALES AFIRMACIONES DEL MAGISTERIO

 HECHOS QUE CONTRADICEN LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

 LO QUE PODEMOS HACER COMO CATÓLICOS A FIN DE PONER EN PRÁCTICA LAS

ENSEÑANZAS DEL MAGISTERIO

 CONCLUSIÓN.



LECTURAS PARA ESTA SEMANA



Dignidad de la persona humana9

12. Creyentes y no creyentes opinan, casi unánimes, que todos los bienes de la

tierra han de ordenarse hacia el hombre, centro y vértice de todos ellos.

Mas, ¿qué es el hombre? Muchas son las opiniones que el hombre se ha dado y

se da sobre sí mismo, variadas o contradictorias: muchas veces o se exalta a sí

mismo como suprema norma o bien se rebaja hasta la desesperación,

terminando así en la duda o en la angustia. Siente la Iglesia profundamente

estas dificultades, a las que puede dar, aleccionada por la divina Revelación,

conveniente respuesta que, al precisar la verdadera condición del hombre,

aclare sus debilidades a la par que le haga reconocer rectamente su dignidad y

vocación.

En efecto, la Sagrada Escritura nos enseña que el hombre fue creado a imagen

de Dios, capaz de conocer y amar a su Creador, constituido por Él como señor

sobre todas las criaturas10 para que las gobernase e hiciese uso de ellas, dando

gloria a Dios11. ¿Qué es el hombre para que tú te acuerdes de él, o el hijo del

hombre, pues que tú le visitas? Lo has hecho poco inferior a los ángeles, le has

coronado de gloria y honor y le has puesto sobre las obras de tus manos. Todo

lo has puesto bajo sus pies (Sal 8,5-7).

(..........)

Tal es la explicación de la división misma del hombre. De donde toda la vida

humana, tanto la individual como la colectiva, se presenta como una lucha

verdaderamente dramática entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas.

Más aún; el hombre se reconoce incapaz de vencer por sí solo los asaltos del

mal, considerándose cada uno como encadenado. Mas el Señor vino en persona

para liberar al hombre y darle fuerza, renovándole plenamente en su interior, y

expulsando al príncipe de este mundo (Jn 12,31) que le retenía en la esclavitud

del pecado12. El pecado es, por lo demás, un rebajamiento del hombre mismo,

porque le impide conseguir su propia plenitud.

A la luz de esta Revelación encuentran su última explicación tanto la sublime

vocación como la miseria profunda que los hombres experimentan.

15. Por participar de la luz de la mente divina, el hombre juzga rectamente que

por su inteligencia es superior a todo el universo material. Con la incesante

actividad de su inteligencia, a través de los siglos, el hombre ha logrado



9

Tomado de la Constitución apostólica GAUDIUM ET SPES del Concilio Vaticano II (Capítulo II).

10

Cf. Gn 1,26; Sb. 2,23.

11

Cf. Si. 17,3-10.

12

Cf. Jn 8,34.

11



ciertamente grandes progresos en las ciencias experimentales, técnicas y

liberales. En nuestra época, además, ha conseguido extraordinarios éxitos en la

investigación y en el dominio del mundo material. Pero siempre ha buscado y

hallado una verdad mucho más profunda. Porque la inteligencia no puede

limitarse tan sólo a los fenómenos, sino que puede con certeza llegar a las

realidades inteligibles, aunque, por consecuencia del pecado, en parte se halla

oscurecida y debilitada.

Finalmente, la naturaleza intelectual de la persona humana se perfecciona y se

debe perfeccionar por la sabiduría, que atrae suavemente al espíritu a buscar y

amar la verdad y el bien; y, cuando está influido por ella, el hombre, por medio

de las cosas visibles, es conducido hacia la invisibles.

Nuestra época necesita esta sabiduría mucho más que los siglos pasados, a fin

de que se humanicen más todos sus descubrimientos. Gran peligro corre el

futuro destino del mundo, si no surgen hombres dotados de dicha sabiduría. Y

conviene, además, señalar que muchas naciones, aun siendo económicamente

inferiores, al ser más ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las demás una

extraordinaria aportación.

Con el don del Espíritu Santo, el hombre llega mediante la fe a contemplar y

saborear el misterio del plan divino13.

17. Mas el hombre no puede encaminarse hacia el bien sino tan sólo mediante

la libertad que tanto ensalzan y con ardor tanto buscan nuestros

contemporáneos, y no sin razón. Con frecuencia, sin embargo, la fomentan en

forma depravada, como si no fuera más que una licencia que permite hacer

cualquier cosa, aunque fuere mala. Al contrario, la verdadera libertad es el

signo más alto de la imagen divina en el hombre. Porque quiso Dios dejar al

hombre en manos de su propia decisión14 de suerte que espontáneamente

busque a su Creador y llegue libremente a su felicidad por la adhesión a Él. Mas

la verdadera dignidad del hombre requiere, que él actúe según su conciencia y

libre elección, es decir, movido y guiado por una convicción personal e interna,

y no por un ciego impulso interior u obligado por mera coacción exterior. Mas el

hombre no logra esta dignidad sino cuando, liberado totalmente de la esclavitud

de las pasiones, tiende a su fin eligiendo libremente el bien, y se procura, con

eficaz y diligente actuación, los medios convenientes. Ordenación hacia Dios,

que en el hombre, herido por el pecado, no puede tener plena realidad y

eficacia sino con el auxilio de la gracia de Dios. Cada uno, pues, deberá de dar

cuenta de su propia vida ante el tribunal de Dios, según sus buenas o sus malas

acciones15.

18. Ante la muerte, el enigma de la condición humana resulta máximo. El

hombre no sólo sufre por el dolor y la progresiva disolución de su cuerpo, sino

también, y aún más, por el temor de una extinción perpetua. Movido

instintivamente por su corazón, juzga rectamente cuando se resiste a aceptar la

ruina total y la aniquilación definitiva de su persona. La semilla de eternidad que

lleva en sí mismo, por ser irreductible tan sólo a la materia, se rebela contra la

muerte. Todas las tentativas de la técnica, por muy útiles que sean, no logran

calmar la ansiedad del hombre; pues la prolongación de la longevidad biológica

no puede satisfacer el deseo de una vida más allá, que surge ineludible dentro

de su corazón.



13

Cf. Si 17,7-8.

14

Cf. Si. 15,14.

15

Cf. 2 Co 5,10.

12



Si toda imaginación nada resuelve ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la

divina Revelación, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un

destino feliz, más allá de los límites de las miserias de esta vida. Además de

que la muerte corporal, de la que se habría liberado el hombre si no hubiera

pecado16 según la fe cristiana será vencida, cuando la omnipotente misericordia

del divino Salvador restituya al hombre a la salvación perdida por el pecado.

Porque Dios llamó y llama al hombre para que se una a él con toda su

naturaleza en una perpetua comunión con la incorruptible vida divina. Victoria

ésta, que Cristo ha conquistado, por su resurrección, para el hombre, luego de

haberle liberado de la muerte con su propia muerte17. Y así, a todo hombre que

verdaderamente quiera reflexionar, la fe corroborada por sólidos argumentos da

plena respuesta en el angustioso interrogante sobre su futuro destino; y al

mismo tiempo le da la posibilidad de comunicar, en Cristo, con sus amados

hermanos ya arrebatados por la muerte, al darle la esperanza de que ellos

habrán alcanzado la verdadera vida junto a Dios.

19. La más alta razón de la dignidad humana consiste en la vocación del

hombre a la comunión con Dios. Ya desde su nacimiento, el hombre está

invitado al diálogo con Dios: puesto que no existe sino porque, creado por el

amor de Dios, siempre es conservado por el mismo amor, ni vive plenamente

según la verdad si no reconoce libremente aquel amor, confiándose totalmente

a Él. Mas muchos contemporáneos nuestros desconocen absolutamente, o la

rechazan expresamente, esta íntima y vital comunión con Dios. Este ateísmo,

que es uno de los más graves fenómenos de nuestro tiempo, merece ser

sometido a un examen más diligente.

21. La Iglesia, por su fidelidad tanto a Dios como a los hombres, no puede

menos de reprobar -como siempre lo hizo en lo pasado18, aun con dolor, pero

con toda firmeza, todas aquellas doctrinas y prácticas perniciosas que repugnan

tanto a la razón como a la experiencia humana, a la par que destronan al

hombre de su innata grandeza.

Se esfuerza, sin embargo [la Iglesia], por descubrir las causas de la negación de

Dios escondidas en la mente de los ateos; y, consciente de la gravedad de los

problemas suscitados por ellos, a la vez que movida por la caridad hacia los

hombres, juzga que los motivos del ateísmo deben examinarse más seria y más

profundamente.

Defiende la Iglesia que el reconocimiento de Dios no se opone en modo alguno

a la dignidad del hombre, puesto que esta dignidad se funda en Dios y en Él

tiene su perfección: el hombre recibe de Dios Creador la inteligencia y libertad

que le constituyen libre en la sociedad; pero, sobre todo, es llamado, como hijo,

a la comunión misma con Dios mismo y a la participación de Su felicidad.

Enseña, además, que la esperanza escatológica en nada disminuye la

importancia de los deberes terrenales, cuando más bien ofrece nuevos motivos

para el cumplimiento de los mismos. En cambio, cuando faltan plenamente el

fundamento divino y la esperanza de la vida eterna, queda dañada gravemente

la dignidad del hombre, según se comprueba frecuentemente hoy, mientras

quedan sin solución posible los enigmas de la vida y de la muerte, de la culpa y

del dolor, tanto que no pocas veces los hombres caen en la desesperación.





16

Cf. Sb 1,13; 2,23-24; Rm 5,21; 6,23; St 1,15.

17

Cf. 1 Co 15,56-57.

18

Cf. Pío XI, e. DR l. c., 65-106; Pío XII. Ad Apostolorum Principis 29 Jun. 1958 ; Juan XXIII,

Mater et Magistra 451-453; Pablo VI, e. Ecclesiam Suam l. c., 651-653.

13



Mientras tanto, todo hombre resulta para sí mismo un problema no resuelto,

percibido tan sólo entre oscuridades. Nadie, de hecho, puede rehuir por

completo la referida cuestión, sobre todo en los más graves acontecimientos de

la vida. Cuestión, a la que tan sólo Dios da una respuesta tan plena como cierta,

cuando llama al hombre a pensamientos más elevados, al mismo tiempo que a

una investigación más humilde.

Sabe perfectamente la Iglesia que su mensaje está en armonía con las

aspiraciones más secretas del corazón humano, cuando defiende la dignidad de

la vocación humana, devolviendo la esperanza a quienes ya desesperan de sus

más altos destinos. Su mensaje, lejos de rebajar al hombre, le infunde luz, vida

y libertad para su perfección, ya que nada fuera de aquél puede satisfacer al

corazón humano: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está sin paz

hasta que en Ti descanse19.

22. En realidad, tan sólo en el misterio del Verbo se aclara verdaderamente el

misterio del hombre. Adán, el primer hombre, era, en efecto, figura del que

había de venir20, es decir, de Cristo, el Señor. Cristo, el nuevo Adán, en la

revelación misma del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el

hombre al propio hombre y le descubre su altísima vocación. Nada extraño, por

consiguiente, es que las verdades, antes expuestas, en Él encuentren su fuente

y en Él alcancen su punto culminante.

Él, que es Imagen de Dios invisible (Col 1,15)21, es también el hombre perfecto

que ha restituido a los hijos de Adán la semejanza divina, deformada ya desde

el primer pecado. Puesto que la naturaleza humana ha sido en Él asumida, no

aniquilada22; por ello mismo también en nosotros ha sido elevada a una sublime

dignidad sin igual. Con su encarnación, Él mismo, el Hijo de Dios, en cierto

modo se ha unido con cada hombre. Trabajó con manos de hombre, reflexionó

con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana23 y amó con humano

corazón. Nacido de María Virgen, se hizo verdaderamente uno de nosotros,

semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado24.



Cordero inocente, Él, con su sangre libremente derramada, nos ha merecido la

vida y, en Él, Dios nos ha reconciliado consigo y entre nosotros25; nos liberó de

la esclavitud de Satanás y del pecado, de suerte que cada uno de nosotros

puede repetir con el Apóstol: El Hijo de Dios me amó y se entregó por mí (Gá

2,20). Al padecer por nosotros, no solamente dio ejemplo para que sigamos sus

huellas26, sino que también nos abrió un camino en cuyo recorrido la vida y la

muerte son santificadas a la par que revisten un nuevo significado.

Así es cómo el hombre cristiano, hecho semejante a la imagen del Hijo, que es

el primogénito entre muchos hermanos27, recibe las primicias del Espíritu (Rm

8,23), que le capacitan para cumplir la nueva ley del amor28. Por este espíritu,

que es prenda de la herencia (Ef 1,14), queda restaurado todo el hombre



19

Cf. S. Agustín, Confesiones 1, 1 PL 32, 661.

20

Cf. Rm 5,14. Cf. Tertuliano. De carnis resurr. 6.

21

Cf. 2 Co 4,4.

22

Cf. Cc. Constantinopla II c. 7: DS 219 (428). Cf. también Cc. Constantinopla III: DS 291 (556).

Cf. Cc. Calcedonia,: DS 148 (302).

23

Cf. Cc. Constantinopla III: DS 291 (556).

24

Cf. Hb 4,15.

25

Cf. 2 Co 5,18-19; Col1,20-22.

26

Cf. 1 Pe 2,21; Mt 16,24; Lc 14,27.

27

Cf. Rm 8,29; Col1,18.

28

Cf. 2 Co 4,14.

14



interiormente, hasta la redención del cuerpo (Rm 8,23): Si el Espíritu de Aquel

que resucitó a Jesucristo de entre los muertos habita en vosotros, el que

resucitó a Jesucristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos

mortales por su Espíritu, que habita en vosotros (Rm 8,11)29.

El cristiano tiene ciertamente la necesidad y el deber de luchar contra el mal a

través de muchas tribulaciones, incluso de sufrir la muerte; pero, asociado al

misterio pascual, luego de haberse configurado con la muerte de Cristo, irá al

encuentro de la resurrección robustecido por la esperanza30.

Y esto vale no sólo para los que creen en Cristo, sino aun para todos los

hombres de buena voluntad, en cuyo corazón obra la gracia de un modo

invisible. Puesto que Cristo murió por todos31 y la vocación última del hombre es

efectivamente una tan sólo, es decir, la vocación divina, debemos mantener que

el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma sólo por Dios

conocida, lleguen a asociarse a este misterio pascual.

Tal es, y tan grande, el misterio del hombre, que, para los creyentes, queda

claro por medio de la Revelación cristiana. Así es cómo por Cristo y en Cristo se

ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que, fuera de su Evangelio, nos

oprime. Cristo resucitó venciendo a la muerte con su muerte, y nos dio la vida 32

para que, hijos de Dios en el Hijo, podamos orar clamando en el Espíritu: Abba,

Padre!33.

Preguntas para reflexionar en pareja:

 ¿Cuál es la naturaleza del hombre, según el Concilio?

 ¿Cómo afecta el pecado la dignidad de la Persona humana?

 ¿Qué es la conciencia y qué papel juega en la existencia del hombre?

 ¿Qué respuesta da la fe cristiana al enigma de la muerte?

 ¿podrías analizar el fenómeno del ateísmo y las formas que adquiere en

nuestro medio y en nuestro tiempo?

 ¿Qué relación se da entre Cristo y la problemática del hombre

contemporáneo?

 ¿Qué es lo que más te ha impactado de la lectura y por qué?





CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA

El equipo encargado prepara la celebración eucarística para el grupo. Cuando

hay varios grupos, se reúnen todos para la Eucaristía y se van turnando la

preparación y presentación de la Eucaristía y en la convivencia se ayudan a

corregir los errores litúrgicos.

Como una ayuda para realizar bien las cosas colocamos un esquema de la

Eucaristía con algunas indicaciones al pie de página que es bueno tener en

cuenta para dar unidad y belleza a la celebración Eucarística.









29

Cf. Fp 3,10; Rm 8,17.

30

Cf. Cc. Vaticano II, c. d. LG 2, 16, l. c., 20.

31

Cf. Rm 8,32

32

Cf. Liturgia Pascual Bizantina.

33

Cf. Rm 8,15; Gl 4,6; Jn 1,12 y 1 Jn 3,1-2.

15



Monición inicial34

Canto de entrada35

Ritos iniciales36

Monición a las lecturas37

Proclamación de las lecturas38

Salmo responsorial39

Aclamación al Evangelio40

Proclamación del Evangelio (la hace sólo el sacerdote o un diácono)

Homilía

Credo (si es domingo o solemnidad)

Oración universal41

Ofertorio42 (silencio o canto)





34

Esta monición, ojalá breve, busca constituir una asamblea celebrante y debe abarcar no solo las

lecturas de la misa sino los diversos momentos y las intenciones de los participantes, así como

llamar a todos a una viva participación. En otros lugares se acostumbra a hacer la monición

después del saludo del sacerdote, pero, sin duda, el mejor momento para esta monición es antes

de iniciar el canto de entrada.

35

Tiene que ser un canto muy solemne y propio para este rito, por tanto un canto que exprese el

sentido de una asamblea que se reúne. Debe ser un canto que todos conozcan para que puedan

participar al menos cantando el estribillo.

36

Durante estos ritos se reza el yo confieso y se canta el Señor ten Piedad y el Gloria (si está

prescrito). El encargado del canto debe estar atento, para entrar a tiempo y llevar la asamblea a

participar.

37

Es conveniente hacer moniciones a las lecturas, bien sea una monición a cada lectura o una

monición general para la liturgia de la Palabra. Si cada lectura lleva monición, esta debe ser

breve, llamar la atención sobre la palabra y no sofocarla, y hecha de tal modo que todos

entiendan de qué se trata la lectura que se va a proclamar y por qué es importante escucharla.

38

Las lecturas, con excepción del Evangelio, son proclamadas por un lector. Este lector debe ser

escogido no por capricho o autoelección sino por designación de la comunidad o de sus

representantes. Téngase en cuenta que el lector debe hacerlo de tal modo que todos escuchen y

entiendan la Palabra de Dios. Si no se escucha, no se crece en la fe y la Eucaristía, puede resultar

pobre e inútil. En toda Eucaristía y en general en la celebración de los sacramentos, son

elementos importantes la buena luz y el buen sonido.

39

El llamado salmo responsorial o interleccional, debe ser cantado o por lo menos proclamado por

un salmista al que la asamblea responde con un estribillo, ojalá cantado. En las asambleas

eucarísticas hay que procurar que el salmista sea distinto del lector y que sepa lo que tiene que

hacer y cómo debe hacerlo.

40

Esta aclamación es un canto que generalmente contiene un aleluya y un estribillo. La función de

este canto es acompañar la procesión del sacerdote o diácono que proclamará el Evangelio, por

eso cuando se hace monición al Evangelio, esta debe ir antes de la aclamación.

41

En la Oración de los fieles hay cuatro peticiones fundamentales: Por la Iglesia, por el mundo y

los gobiernos, por los pobres y por la comunidad que está reunida. A estas se pueden añadir otras

peticiones. Si el sacerdote lo ve conveniente, él introduce las plegarias y alguien del equipo de

preparación lee o hace las peticiones a las cuales responde el resto de la asamblea con una frase

de petición. Se deja al final un tiempo de silencio para que cada uno participe con sus propias

intenciones y el sacerdote concluya con una oración general.

42

Este momento, no es resaltado por el misal y ni siquiera se llama ofertorio sino «presentación

de dones». Aunque a veces, en ocasiones muy especiales, se puede hacer una procesión

acompañada de un canto ofertorial, en la que algunos fieles presentan el pan, el vino y el agua,

no es muy litúrgico recargar este momento con otros elementos, como libros, flores, luces u

otros, ni con discursos de presentación. Se debe mantener para este acto la sobriedad que la

renovación litúrgica del Concilio ha querido imprimirle, precisamente para darle realce a lo que sí

debe tenerlo, que es la Liturgia de la Eucaristía y la Comunión. La Eucaristía misma es lo que Dios

nos concede ofrecerle y la comunión es Jesucristo mismo que se ofrece y se entrega totalmente a

nosotros: «glorioso intercambio de dones».

16



Prefacio y Plegaria Eucarística43

Comunión44

Ritos conclusivos45



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA

La convivencia se hace cada mes, después de haber hecho las reuniones de las cuatro

semanas. En la convivencia no se va a estudiar sino a compartir, a estar juntos, a

evaluar el trabajo del mes que ha pasado y a proyectar el del mes que viene. En la

convivencia se sabe cuánto ha aprovechado y cuánto ha ayudado a cada grupo el tema

mensual. Es importante tener en cuenta que no se evalúan solamente conocimientos

adquiridos, pues a nadie se le califica o se le descalifica. Lo importante es compartir las

experiencias vividas a nivel de grupo y de pareja durante el mes. Después de la ―Lectio

divina‖ o encuentro con la palabra, cada pareja cuenta su experiencia, saca a la luz sus

problemas y hace una crítica sincera a la marcha del grupo, aportando también posibles

soluciones a las dificultades. No se trata de hacer una terapia de grupo sino de

compartir la vida con todo lo positivo y lo negativo que ella tiene para que sea

iluminada a la luz de la Palabra y de la oración de los hermanos. Esta parte es tal vez la

más interesante de la convivencia porque construye poco a poco auténtica comunidad

entre los miembros del grupo. Todos los demás momentos: la oración, la reflexión, la

recreación y el comer juntos son parte importante de la convivencia y no añadidos o

accesorios. Hay que hacer todo lo posible para que la convivencia se realice cada mes,

ojalá un día fijo (sábado, domingo o lunes festivo) y que ninguno falle a ella si no es por

graves motivos.



PROGRAMA DE LA CONVIVENCIA

La convivencia debe empezar por tarde a las 9:00 a.m. y terminar cuando se

haya agotado el programa. El equipo encargado y los coordinadores llegan

primero al sitio y lo arreglan de acuerdo a las indicaciones que den los asesores.

Se comienza con los



1. Laudes46

MONICIÓN INTRODUCTORIA

ENTRADA DEL PRESIDENTE47



43

Este rito es fundamentamente del presidente, que eleva a Dios en nombre de toda la asamblea

un canto de gloria y alabanza. El presidente es interrumpido de vez en cuando por el pueblo que

explota en aclamaciones de alabanza y bendición como el santo, la aclamación después de la

consagración y el amén final. Estas partes de la asamblea son muy importantes y deberían ser

siempre resaltadas con el canto de toda la comunidad.

44

La comunión se expresa de varias maneras: En primer lugar elevamos a Dios la Oración del

Padre Nuestro, llamada también oración dominical. Esta oración es dirigida a Dios y no a la

comunidad. No se prescribe ningún gesto fuera del estar todos de pie, pero si se quiere añadir un

gesto más expresivo debería ser el gesto de oración, es decir las manos levantadas. El tomarse

de las manos es más bien para el momento que sigue: el del rito de paz, que puede enriquecerse

con un fuerte abrazo, pero manteniendo el orden y la dignidad de la celebración. Hay que educar

a los niños en este sentido. Finalmente se hace la procesión hacia el Altar para recibir el Cuerpo

[y la Sangre] del Señor. Esta procesión se acompaña con un canto adecuado. Al final debería

dejarse un espacio de silencio e intimidad con el Señor, para lo que hay que educar también a los

niños.

45

Hay que educar a las personas para que no sean desesperados en su afán de salir. La asamblea

debería comenzar a abandonar el recinto solamente después de que el sacerdote lo haya

abandonado. La salida del sacerdote se puede acompañar también con un canto adecuado.

46

Cada grupo debe aprender a manejar el libro de laudes y a dirigir la oración. Los asesores lo

explicarán bien a los coordinadores y ellos lo explicarán al grupo. No hay que desanimarse por los

errores pues todos los cometemos mientras aprendemos bien. Lo importante es corregirlos e ir

mejorando cada mes.

17



SALUDO RITUAL

SALMO INVITARORIO

HIMNO (si el salmo invitatorio no se canta)

INDICACIONES PARA EL REZO O CANTO DE LOS SALMOS

SALMOS DEL DÍA

LECTURA BREVE48

MONICIÓN Y LECTURA ADICIONAL

EXHORTACIÓN BREVE

TIEMPO DE MEDITACIÓN U ORACIÓN SILENCIOSA

CÁNTICO EVANGÉLICO

PRECES COMUNES E INTENCIONES PARTICULARES

PADRE NUESTRO

ORACIÓN

CONCLUSIÓN



2. Descanso breve mientras los responsables preparan sitio para la ―lectio

divina‖.



3. LECTIO DIVINA

1. Oración invocando al espíritu santo o canto de invocación

2. Indicaciones para realizar la «lectio divina»49 (tiempo mínimo una hora)

3. Compartir las experiencias de la Palabra.50 (tiempo que sea necesario)

4. ALMUERZO

Si ya es tiempo se prepara el almuerzo, que sea lo más comunitario. Si

acabadas las experiencias de la lectio divina aún no es hora de almorzar se

comienza con la evaluación de la vida del grupo. Es importante que todo el

que tenga que decir algo lo diga aunque resulte molesto. Se debe ser muy

sinceros si no se quiere que el grupo se convierta en una experiencia

meramente social y superficial. La caridad no riñe con la sinceridad sino todo

lo contrario.

5. RECREACIÓN COMUNITARIA

Después de almuerzo se dedica un buen rato a la recreación comunitaria. El

grupo encargado puede preparar unas dinámicas o juegos comunitarios y

hacer que ese momento sea agradable y descansado.

6. EVALUACIÓN DE LA VIDA DEL GRUPO

Terminada la recreación se retoma o se inicia la evaluación del grupo.

7. COLECTA





47

Si el que preside es clérigo, lo hace revestido y hace entrada mientras la asamblea está de pie

y en silencio. Si preside un laico no hay entrada sino que quien preside inicia la oración.

48

A la lectura breve se le puede agregar una lectura más sustanciosa que ilumine el día, tal vez

una lectura sobre el tema del mes que pasó (sobre la cual se hará después la ―lectio divina‖). A la

lectura se le puede agregar una monición y una breve predicación del que preside.

49

Véase el anexo: La «Lectio divina en siete pasos». Aquí mismo.

50

Estas experiencias se refieren fundamentalmente a lo que la palabra le ha dicho a cada uno en

relación con su vida personal, con su relación de pareja y con los acontecimientos positivos o

negativos por los que esté pasando en su vida interior, afectiva, laboral, social, etc. La

participación es totalmente espontánea y se le dedica el tiempo que los coordinadores consideren

necesario.

18



Es importante que el grupo tenga un fondo para los gastos propios del

grupo: liturgia, flores, signos propios, como misal, leccionario, atril, etc.

Cada mes en la convivencia se realiza una colecta que debe ser bien

motivada para suscitar la generosidad de los miembros del grupo. Si a la

convivencia van varios grupos, cada uno debe realizar por separado la lectio,

las experiencias, la evaluación y la colecta.

8. PROYECCIÓN DEL MES QUE VIENE

Los coordinadores recuerdan a quiénes corresponde responsabilidades

durante el mes y lo que cada pareja debe realizar en su casa. Si hay ese

mes celebración penitencial se asignan las responsabilidades.

9. ORACIÓN FINAL Y FIN DE LA CONVIVENCIA



ANEXO: LA LECTIO DIVINA EN SIETE PASOS51

Método muy propio para Pequeñas Comunidades Cristianas que pone su énfasis en el

compartir la Palabra. Resulta así un método de Lectio Divina menos complicado y más

fácil que el tradicional de los cuatro pasos (Lectio, Meditatio, Oratio, Contemplatio), que

a veces resulta impracticable para personas como las de nuestras Pequeñas

comunidades de los pueblos y veredas.

No se trata de un método académico o de estudio. Hay que evitar toda

sensación de que estamos estudiando. La Palabra y los signos ambientales, los

cantos y la oración nos deben ayudar a comprender que no podemos acercarnos

a la Palabra de Dios sin una actitud de respeto, de silencio, de recogimiento:

Estamos ante el Santísimo Sacramento de la Palabra.

Evitemos el riesgo siempre presente de convertir la Lectio en reflexiones piadosas sobra

la Palabra. El éxito de este encuentro con la Palabra está en dejar que hable Dios y

hablar nosotros lo menos posible, y que cuando hablemos hablemos con la Palabra de

Dios y no con nuestra vana palabrería. Evitemos en los momentos de compartir, hacer

debates o servirnos de la palabra de Dios para apoyar nuestras propias ideas

(instrumentalizaciones de la Palabra).

Cada paso va medido, para que no demos más importancia a un momento que a otro.

En cada uno de los pasos es absolutamente necesaria la total y completa participación

de todos y cada uno sin distracciones de ningún tipo: Todos debemos estar presentes

de cuerpo, de corazón y de mente. El animador no es un experto que enseña y da

clases sino un participante más del encuentro.

PREPARACIÓN PARA EL ENCUENTRO: Como todo encuentro con alguien de

importancia para mi (mucho más si el encuentro es con Jesucristo, Palabra viviente de

Dios), es necesario prepararnos y disponernos interior y exteriormente. Interiormente

alejando cualquier elemento que nos pueda sacar de la reunión fraterna (llamadas,

celular, objetos distractores, etc). Si la lectio se hace en comunidad el lugar debería

prepararse con algunos signos; El crucifijo, una vela encendida, el trono desde donde se

proclama la Palabra cubierto y adornado sobriamente con unas flores, etc.. puede

ayudar. Si hay capilla del santísimo u oratorio en el sitio, ese sería el lugar más

adecuado.

PRIMER PASO: ACOGIDA Y ORACIÓN INICIAL

El animador (siempre debe haber uno que hace de animador) da la bienvenida,

recuerda las condiciones necesarias para hacer bien el encuentro y hace o pide a alguno





51

Cf. BISSOLI, Cesare. Un incontro a sette passi: Un altro modello di «lectio divina». En:

«CATECHISTA», Mayo de 1995, No. 5, pp. 4-6. Cf. HECHT, A. Passi verso la Bibbia: Primo

accostamento alla Parola di Dio per gruppi, Elle Di Ci, Leumann, 1995. pp. 11-15. Este método ha

sido divulgado por el padre O. Hirmer y fue desarrollado en las pequeñas comunidades de Lumko,

Sud-Africa.

19

de los asistentes que haga una oración inicial. Se puede añadir una sencilla invocación

al Espíritu Santo, si es posible cantada.

SEGUNDO PASO: PROCLAMACIÓN DEL TEXTO SAGRADO

Todos abren su Biblia en la página escogida y ubican el texto, marcando la página y

cerrando la Biblia para disponerse a Escuchar. Es importante cerrar la Biblia y abrir el

oído para darle toda la importancia a la actitud de escucha. Un lector (un buen lector)

proclama despacio y con voz suficiente el texto y luego va a su puesto y se sienta.

Todos entonces abren su Biblia y releen en silencio el texto tratando de prestar la mayor

atención a lo que leen y a lo que ven. El texto es así, proclamado, escuchado y visto,

para tener el máximo contacto con él.

TERCER PASO: RESONANCIA TEXTUAL

El animador invita a los participantes a leer en voz alta una frase: aquella que más les

haya llegado o les haya interpelado. Es importante que el que vaya a participar lo haga

muy consciente de que esa frase le ha llegado profundamente pues más tarde debe

decir por qué escogió esa frase. Por ahora sólo la lee para todos en voz alta. Cuando

todos los que van a hablar han hablado se deja todavía un minuto de total silencio para

lograr un mayor contacto o compenetración personal con el texto. Al final se vuelve a

proclamar de nuevo todo el texto.

CUARTO PASO: MEDITACIÓN SILENCIOSA

Se dejan mínimo cinco minutos de total silencio. Durante ese tiempo cada uno relee

personalmente aquellas frases que le han impactado o trata de repasar mentalmente

con la Biblia cerrada aquellas frases que le han llegado más a la vida, al momento que

está viviendo al problema o acontecimiento que lo está golpeando, etc, o simplemente

ora de corazón movido por el mensaje de la Palabra. Son unos minutos muy

importantes, porque es el tiempo de la intensa conversación con Dios en la que yo

personalmente le respondo a lo que él me ha dicho en su palabra leída, proclamada y

escuchada. El fruto de esa meditación se notará en seguida en el paso quinto.

QUINTO PASO: COMPARTIR EL MENSAJE

Los participantes que quieran, por turno (no se trata de un debate sino de un «eco», o

sea compartir experiencias personales) comparten en voz alta lo que más les ha

impactado y por qué, es decir el significado que han encontrado al pasaje entero o a

alguna de sus partes a partir de la confrontación con las situaciones y circunstancias por

las que está pasando en su vida personal, familiar y/o comunitaria. El animador debe

estar atento a que no se hagan sermones para los demás, o reflexiones piadosas que no

tocan la vida, o desahogos personales de problemas sin la iluminación de la palabra. De

pronto con oportunas preguntas, muy discretas y respetuosas puede ayudar a algún

participante que está algo enredado. Este paso es muy intenso y produce una gran

comunión y consolación en el grupo.

SEXTO PASO: DE LA PALABRA A LA VIDA

Este paso es eminentemente práctico en el que todos pueden participar: a la luz de todo

lo vivido y expresado la comunidad o grupo trata de llegar a ciertos puntos urgentes de

conversión: ¿A la luz de la palabra escuchada que debemos tratar de hacer como

comunidad o personalmente para que esta lectio no se quede solo en un momento

piadoso sin ninguna consecuencia para nuestra vida? Hay que cuidar de no irse por las

ramas sino a lo concreto de la vida y de no proponerse metas imposibles de realizar,

sino cosas muy concretas y realizables. Para llegar a dar correctamente este paso se

necesita que el grupo lleve una vida comunitaria muy intensa y que se practique con

frecuencia esta modalidad por parte del grupo. En el próximo encuentro que haga el

grupo para la lectio divina, sería bueno revisar si se logró hacer lo que se habían

propuesto o no.

SÉPTIMO PASO: CONCLUSIÓN

Como todo encuentro, también este encuentro con la palabra llega a su fin. La

conclusión se puede hacer de varias maneras, dependiendo del grupo. Las Pequeñas

comunidades, que ya están acostumbradas pueden terminar con oraciones

espontáneas, Padre nuestro, saludo de paz y un canto de acción de gracias.

20

NOTA: la familia o grupos espontáneos de personas podrían utilizar este método para prepararse

a la participación de la misa dominical haciendo la lectio del Evangelio del domingo con estos siete

pasos. Con toda seguridad que la vivencia de la misa será mucho más rica que sin ninguna

preparación.



CELEBRACIÓN PENITENCIAL52

La celebración debe tener riqueza de signos y favorecer una buena

participación. El sacramento se celebra según indica el ritual de la penitencia y

por eso es importante que el sacerdote acompañe a los catequistas para la

preparación de la celebración teniendo en cuenta al momento de preparar:

 Lugar de la celebración

 Signos que conviene resaltar

 Lecturas (dos y un salmo)

 Cantos

 Lectores y otros ministerios

Durante la primera parte de la celebración sería conveniente hacer algunas

moniciones a los momentos más importantes: Monición inicial, monición a las

lecturas, monición al rito propiamente penitencial invitando a confesar los

pecados y dando algunas indicaciones prácticas tanto a los que se van a

confesar como a los que ya se han confesado.

Aunque no lo prevé el ritual sería bueno y tiene mucho sentido en este

momento el saludo de paz que se puede hacer después de la plegaria de acción

de gracias y antes de la bendición. Si se hace, conviene hacer una monición

muy clara sobre el sentido de la reconciliación con Dios y las consecuencias en

la reconciliación con nuestros hermanos, de la cual es también signo el saludo

de la paz.

 Qué hacer durante las confesiones?

Se puede hacer el examen de conciencia comunitario (ver No. 4). Entre un

mandamiento y otro se deja un breve silencio y luego se canta un canto

apropiado o se lee un salmo. Es importante crear un clima de oración y de

reflexión que facilite tanto a los penitentes como a los confesores la realización

del Sacramento.



ESQUEMA DE LA CELEBRACIÓN PENITENCIAL



Monición introductoria53

Entrada solemne de los presbíteros y canto de ingreso54

Saludo (ver ritual)

Oración presidencial (ver ritual)

Lecturas55





52

Cuando el grupo o todos los grupos de la parroquia lo vean necesario se realiza una celebración

penitencial. Si la convivencia se hace en día fijo, por ejemplo el último sábado de mes, los meses

que traen cinco sábados sobra una semana. Esa semana, en el día acostumbrado de reunión se

puede hacer la celebración penitencial. Es importante coordinar con el párroco para que él invite

otros sacerdotes que ayuden a las confesiones.

53

Quien vaya a hacer esta monición, prepárela bien, tenga en cuenta las vivencias que se han

tenido durante el mes, sea breve y procure no leer la monición sino hacerla de una manera más

cálida y personal.

54

El salón debe estar arreglado decorosamente como para una celebración litúrgica y se deben

disponer lugares apropiados para las confesiones, que no estén distantes de la asamblea. Los

presbíteros deben llevar su alba y estola morada. El cubreatril debe también ser morado. El

sacerdote que preside debería, si es posible, llevar capa pluvial morada.

21



Homilía

Oración «Yo confieso» (todos pueden hacerla de rodillas)

Letanía penitencial (ver ritual)

Padre Nuestro

Oración (ver ritual)

Confesión individual y absolución individual56

Canto de acción de Gracias

Oración final de acción de Gracias (ver ritual)

Bendición y despedida (ver ritual)

Canto final.



4. EXAMEN DE CONCIENCIA

(se ruega leer despacio, dejando una pausa entre pregunta y pregunta).



ORACION PREPARATORIA:

Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el

fuego de tu divino Amor. Entra hasta el fondo del alma, divina Luz y

enriquécenos; mira el vacío del hombre si tú le faltas por dentro; mira el poder

del pecado cuando no envías tu aliento; lava las manchas, infunde calor de vida

en el hielo; doma el espíritu indómito, guía al que tuerce el sendero. Amén.



Se puede empezar con una lectura bíblica, por ejemplo Hechos 2, 22-40 que nos

recuerda la predicación del Kerigma. Luego se hace una breve meditación sobre la

invitación del texto a abandonar nuestros pecados en Cristo que ha sido enviado para

perdonarnos y reconciliarnos con Dios. Entre uno y otro mandamiento se dejan espacios

para hacer silencio o se pueden entonar cantos penitenciales.



1- Primer mandamiento: Amar a Dios con todo el corazón, con toda la mente y con

todas las obras. ¿Es Dios el primero y el único de mi vida?- ¿lo amo?- ¿le obedezco? -

¿le pido y le doy gracias todos los días? ¿creo en agüeros, supersticiones, aparatos,

mal de ojo, brujerías, horóscopo, lectura de naipes o de cigarrillo u otras cosas

parecidas? -¿Está Dios en mi mente y en mis acciones por encima de otros afectos

como mujer, hijos, madre, padre etc.? -¿Está Dios en mi vida por encima del trabajo,

del dinero o de mis bienes? -¿Acepto como buena para mí la voluntad de Dios aún

cuando no coincide con mis opiniones, mis ideales y mis proyectos? -¿Dudo de Dios,

de su existencia, de su misericordia? -¿Soy agradecido con Dios o por el contrario,

me porto con él indiferente o tibio?

2- Segundo mandamiento: ¿He jurado por cosas falsas o no seguras?- ¿He puesto a

Dios por testigo de cosas sin importancia?- ¿He dicho blasfemias contra Dios, contra

sus santos o contra los sacramentos? He sido infiel a las promesas hechas a Dios?

3- tercer mandamiento: Santificar la fiestas. ¿Me acuerdo de ir a Misa y santificar los

domingos y otras fiestas de guardar?- ¿Dedico esos días a la oración, a las obras de

apostolado y caridad o solamente a realizar actividades, que me puedan llevar a



55

Escoger una del antiguo testamento, un salmo y un evangelio. El ritual trae algunos modelos y

esquemas para escoger las lecturas según el tiempo o las circunstancias.

56

Los sacerdotes se ubican en sus lugares y allí atienden a los penitentes. Antes se puede hacer

una monición exhortando a hacer una buena confesión y a dejarse ayudar por los sacerdotes que

están para ayudarnos y no para avergonzarnos. Mientras unos se confiesan los demás están

orando y haciendo su examen de conciencia o cumpliendo la penitencia que le han impuesto. No

es conveniente retirarse antes de la bendición final. Las confesiones deben ser muy ágiles. Los

catequistas pueden ayudarse del esquema que anexamos aquí para el examen de conciencia y

que puede leerse lentamente, alternando con cantos, mientras la gente se va confesando.

También puede fotocopiarse y repartirlo a la gente para que prepare bien su examen de

conciencia y haga una buena confesión.

22

otros vicios y pecados?- ¿Dedico las fiestas del Señor a transmitir la fe a los hijos a

través de la oración en familia, el diálogo y el ejemplo?- ¿Respeto la santidad de

esos días o los dedico a hacer dinero descuidando los deberes para con Dios y para

con mi familia? -¿obligo a mis empleados o dependientes a trabajar en Domingo o los

condiciono para que lo hagan?

4- Cuarto mandamiento: Honrar a padre y madre. ¿Amo, obedezco y respeto a mis

padres y a mis superiores (profesores, jefes de personal, autoridades)?- ¿He

descuidado a mis padres no dándoles lo necesario para su ancianidad o sus

enfermedades?- ¿Los he abandonado a su suerte y a su soledad argumentando que

soy una persona muy ocupada?- ¿Los maltrato con palabras altaneras; con groserías

o con amenazas?- ¿Los exploto para enriquecerme a costa de ellos, de su ignorancia

o ingenuidad?- los desprecio o los enjuicio inmisericordemente por sus

equivocaciones o debilidades en la educación que me dieron? - ¿Me he puesto

injustamente a favor del uno y en contra del otro cuando han tenido diferencias o

litigios entre ellos? -¿Como padre o madre, soy cumplidor de mi deber y doy ejemplo

a mis hijos?

5- Quinto mandamiento: No matar. ¿He fomentado riñas, peleas o rencores entre

familias?- ¿He deseado el mal para alguna persona?- ¿He alimentado sentimientos de

envidia, venganza o rivalidad?- ¿He dejado a pobres o personas necesitadas,

abandonados a su suerte pudiendo haberles ayudado?- ¿He peleado, usando

violencia contra otras personas?- ¿Hay alguna persona a la que no saludo o no le

hablo o la desprecio?- ¿castigo con ira y con violencia o injusticias a los hijos, solo

por mi comodidad y no por mi deber de educarlos y corregirlos?- ¿He asesinado niños

en el vientre de la madre, o, he aconsejado o ayudado a alguna mujer a hacerlo?

¿Pienso que los enfermos, los inútiles o las personas que cometen crímenes atroces

deberían morir o me alegro de su desaparición?- ¿He perseguido, matado, maltratado

sin necesidad algún animal o bestia?- ¿He destruido, quemado, arrasado la

naturaleza de modo irresponsable? -¿He alimentado la idea del suicidio o lo he

intentado?

6- Sexto mandamiento: ¿Me he detenido en pensamientos impuros?- ¿He cometido

actos contra la castidad o la pureza?- ¿He mantenido relaciones no permitidas? (con

bestias, fuera del matrimonio, fornicación, prostitución, adulterio, homosexualismo,

masturbación?)- ¿He usado de la sexualidad solo para mi satisfacción y placer? - ¿Me

he cerrado a la vida en mi matrimonio mediante el uso de anticonceptivos químicos o

artificiales?- ¿He consentido en imaginaciones o deseos de lujuria o he sido impuro

con la mirada? -¿He participado en conversaciones o asistido a representaciones

pornográficas?.

7- Séptimo mandamiento -¿He robado conscientemente pequeñas o grandes sumas

que no me pertenecían o tiempo en mi trabajo?- ¿He usado fraude en el peso o en

los precios?- ¿He dejado de pagar mis impuestos?- ¿He defraudado a los pobres con

argumentos de distracción para no dar limosna?- ¿He realizado trabajos ilícitos? ¿Soy

justo en el pago de salarios o deudas? -¿soy cumplido en mis promesas y en mis

contratos o tratos? ¿Contrato legal y justamente a las personas? ¿Compro cosas que

sé que son robadas o ilegales?- ¿Consiento en vender o comprar artículos que

atentan gravemente contra la salud de las personas como menjurjes de brujería,

droga, bebidas alcohólicas, material pornográfico o anticonceptivo, juegos de azar,

contrabando, etc.?- ¿Pago cumplida y justamente a mis obreros o empleados o me

aprovecho de su necesidad para pagar salarios de miseria?- ¿Pido prestado y no

devuelvo?- ¿He retenido salarios o cosas de otros necesarias para su subsistencia?

8-Octavo mandamiento: No mentir. ¿Digo mentiras incluso de esas que llamo

―piadosas‖?- ¿He divulgado o inventado cosas injustificadas o probables que

amenazan la honra y la buena fama de los demás?- ¿He sido chismoso o chismosa?-

¿He faltado a la sinceridad con los demás?- ¿He ocultado cosas que Sbía y que

podrían haber ayudado, salvado y hecho justicia a otra persona?- ¿He murmurado o

juzgado temerariamente a las personas o simplemente pensado mal de ellas?

9-Noveno mandamiento: No desear la mujer del prójimo. ¿He sido infiel, de

pensamiento o de obra, en mi matrimonio?- ¿He consentido en deseos contra el

23

matrimonio y la unidad de la familia?- ¿He ido a lugares prohibidos arriesgando la

salud y la estabilidad de mi familia?- ¿He faltado al pudor o escandalizado personas

inocentes con mis actitudes o con mi morbosidad? ¿Uso modas que incitan a la

concupiscencia? ¿No domino mis miradas o mis pensamientos o imaginaciones? ¿Me

dejo llevar por la sensualidad, el placer o el permisivismo?

10-Décimo mandamiento: ¿He sido envidioso de la riqueza o la fortuna de los

demás?- ¿He codiciado o abusado de cosas o dineros ajenos?- ¿He sido avariento,

ventajoso o irresponsable con las cosas que me confían? ¿Me he aprovechado de la

política o de los cargos públicos para defraudar al país, al departamento, al municipio

o a las entidades públicas?

Obras de misericordia: repasarlas brevemente e invitar a reflexionar, si hemos

faltado a alguna o algunas de ellas:

Las Obras de Misericordia son catorce. Siete espirituales y siete corporales:



Las espirituales son estas: Las corporales son estas:

 Enseñar al que no sabe  Visitar a los enfermos

 Dar buen consejo al que lo necesita  Dar de comer al hambriento

 Corregir al que se equivoca  Dar de beber al sediento

 Consolar al triste  Ayudar a los presos

 Perdonar las ofensas  Vestir al necesitado

 Sufrir con paciencia los defectos de los demás  Dar posada al peregrino

 Rogar a Dios por los vivos y los muertos  Dar sepultura a los muertos





Contrición o dolor profundo por haber ofendido a Dios:

Leer pausadamente el salmo 50 (51) si se quiere con el responsorio: ―He pecado

Señor, ten misericordia de mi‖ (Se pueden cantar algunos fragmentos y recitar otros).

Propósito de enmienda y cambio de conducta: Leer pausadamente Josué 24,14-24.

Al final se hace repetir a la asamblea el siguiente responsorio.

 “Lejos de nosotros abandonar al Señor para servir a otros dioses” (R/)

 “Al Señor nuestro Dios serviremos y su palabra obedeceremos” (R/)

ORACION CONCLUSIVA:

Jesús, mi Señor y redentor, yo me arrepiento de todos los pecados que he

cometido hasta hoy; propongo firmemente no volver a pecar y confío que por

tu infinita misericordia, me has de conceder el perdón de mis culpas y me has

de llevar a la vida eterna. Amén









2. MUJER



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Cada pareja en su casa debe leer el tema y consultar algunas citas bíblicas que

le llamen la atención. De esa manera cuando se reúna el grupo de parejas todos

tienen un somero conocimiento del tema y puede participar mejor en la

presentación del tema que haga el equipo responsable de hacerlo.

57

Tema para estudiar

MUJER





57

Adaptado de DUFOUR, X. L., Mujer, en VTB, p. 568-571

24



Pese a la condición de inferioridad real de la mujer en el medio Oriente, Israel

se distingue por su fe en Dios creador, que afirma la igualdad fundamental de

los dos sexos. Sin embargo, la verdadera situación de la mujer sólo fue

revelada con la venida de Cristo.

AT. ESPOSA Y MADRE. 1. En el paraíso terrenal. El hombre fue creado como

varón y hembra (Gn 1,27). Esta fórmula abreviada del redactor sacerdotal

supone el relato yahvista, en el que se expone la doble misión de la mujer con

relación al hombre.

La mujer, a diferencia de los animales, tomada de lo más íntimo de Adán, tiene

la misma naturaleza que él. Además, Adán, respondiendo al designio divino de

darle una ayuda, semejante a él (2,18), se reconoce en ella. En el plano de la

creación, la mujer completa al hombre, haciéndolo su esposo. Esta relación

hubiera debido mantenerse perfectamente igual en la diferencia, pero el

pecado la desnaturalizó sometiendo la esposa a su marido (3,16).

La mujer no sólo da principio a la vida de sociedad; es también la madre de

todos los vivientes. Al paso que numerosas religiones asimilan fácilmente la

mujer a la tierra, la Biblia la identifica más bien con la vida (3,20). Si por causa

del pecado no transmite la vida sino a través del sufrimiento (3,16), sin

embargo, triunfa de la muerte facilitando la perpetuidad de la raza; y para

mantenerse en esta esperanza sabe que un día su posteridad aplastará la

cabeza de la serpiente, que es el enemigo hereditario (3,15).

2. En la historia sagrada. Mientras llega este día bendito, la misión de la mujer

queda limitada. Desde luego, en casa sus derechos parecen igualar a los del

hombre, por lo menos respecto a los hijos, a los que ella educa; pero la ley la

mantiene en segundo rango (Éx 15,20s; Dt 12,12; Jc 21,21; 2Sa 6); no ejerce

función sacerdotal; las peregrinaciones prescritas y el sábado sólo obligan a los

hombres (Éx 23,17; 20,10); fuera del culto pone la ley mucho empeño en

proteger a la mujer, sobre todo en su esfera propia, la vida: ¿no es ella misma

la presencia de la vida fecunda acá abajo (p.e., Dt 25,5-10)? El hombre debe

respetarla en su ritmo de existencia (Lv 20,18); hasta tal punto la respeta que

le exige un ideal de fidelidad en el matrimonio, al que él mismo no se sujeta.

En el transcurso de la historia de la alianza, ciertas mujeres desempeñaron una

misión importante, tanto para el bien como para el mal. Las mujeres

extranjeras desviaron el corazón de Salomón hacia sus dioses (1Re 11,1-8; cf.

Qo 7,26; Si 47,19); Jezabel revela el poder de una mujer sobre la religión y la

moral de su esposo (1Re 18,13; 19,1s; 21,25s). La mujer parece disponer a

su arbitrio de la vida religiosa que ella no ejerce oficialmente en el culto. Al

revés, al lado de estos ejemplos nos hallamos con las mujeres de los patriarcas

que muestran su laudable entusiasmo por la fecundidad. Tenemos también a

las heroínas: mientras les está vedado el acceso al culto, el espíritu de Yahveh

invade a algunas de ellas, transformadoras al igual que a los hombres en

profetisas, mostrando que su sexo no es un obstáculo para la irrupción del

Espíritu: así Miriam (Éx 15,20s), Débora y Yael (Jc 4,4-5,31), Hulda (2Re

22,14-20).

3. En la reflexión de los Sabios. Raras, pero no menos tiernas, son las

máximas sobre las mujeres atribuidas a mujeres (Pr 31,1-9); el retrato bíblico

de la mujer está firmado por hombres; si no es siempre halagüeño, no se puede

decir que sus autores sean misóginos. La severidad del hombre para con la

mujer es el precio de la necesidad que tiene de ella. Así describe su sueño:

hallar una mujer es hallar la felicidad, el apoyo, el consuelo (Pr 18,22; cf. 5,15-

25



18; Si 36,24-27); es hallar, además de la fuerza masculina que le hace

orgulloso, la gracia personificada (Pr 11,16); pero ¿qué decir si tal mujer es

además valiente (Pr 12,4; 31,10-31)? Basta recordar la descripción de la

esposa en el Cantar de los cantares (Ct 4,1-5; 7,2-10).

La belleza no basta (Pr 11,22); es incluso peligrosa cuando se une con la

astucia en una Dalila (Jc 14,15ss; 16,4-21), cuando seduce al hombre sencillo

(Si 9,1-9; cf. Gn 3,6). Las hijas dan no pocas preocupaciones a sus padres (Si

42,9ss); el hombre que se permite no pocas libertades fuera de la mujer de sus

años jóvenes (cf. Pr 5,15-20), teme la versatilidad de la mujer, su propensión

al adulterio (Si 25, 13-26,18); deplora que la mujer se muestre vanidosa (Is

3,16-24), loca (Pr 9,13-18; 19,14; 11,22), pendenciera, desapacible y mohína

(Pr 19,13; 21,9.19; 27,15s).

Pero no es todo pesimismo: La mujer es, en efecto, figura de la sabiduría

divina (Pr 8.22-31); manifiesta además la fuerza de Dios, que se sirve de

instrumentos débiles para procurar su gloria (1Sa 2).

NT. VIRGEN, ESPOSA Y MADRE. Sólo Cristo consagra la dignidad de la mujer.

1. Aurora de la redención. Esta consagración tuvo lugar el día de la

Anunciación. El Señor quiso nacer de una mujer (Gá 4,4). En María se

encarna el ideal de la mujer, pues ella dio nacimiento al príncipe de la vida.

Pero, al paso que la mujer de acá abajo está expuesta a contentarse con

admirar la vida corporal que dio al más bello de los hijos de los hombres, Jesús

reveló que hay una maternidad espiritual, fruto producido por la virginidad de la

fe (Lc 11,28s). A través de María la mujer puede convertirse en símbolo del

alma creyente. Así se comprende que Jesús consienta en dejarse seguir por

santas mujeres (Lc 8,1ss), en tomar como ejemplo a vírgenes fieles (Mt 25,1-

13) o en confiar una misión a mujeres (Jn 20,17). Se comprende que la

Iglesia naciente señale el puesto y la misión desempeñada por numerosas

mujeres (Hc 1,14; 9,36-41; 12,12; 16,14s).

2. En Cristo Jesús. Esta participación supone que se haya descubierto una

nueva dimensión de la mujer: la virginidad. Así Pablo elaboró una teología de

la mujer, mostrando en qué sentido se supera y se consagra la división de los

sexos. Ya no hay hombre ni mujer: todos sois uno en Cristo Jesús (Gá 3,28);

en cierto sentido queda abolida la distinción de los sexos, como las divisiones de

orden racial o social. Se puede anticipar la existencia celestial, la vida angélica

de que hablaba Jesús (Mt 22,30); pero sólo la fe puede justificarla. Aunque

Pablo mantiene juiciosamente que vale más casarse que abrasarse (1Co 7,9),

exalta, sin embargo, el carisma de la virginidad (1Co 7,26). La fe y la vida

celestial hallan en la virginidad vivida un tipo concreto de existencia, en que el

alma se adhiere sin espasmos a su Señor (7,35).

Este ideal de la virginidad que desde ahora puede la mujer fijar y realizar, no

suprime la condición normal del matrimonio (1Tm 2,15), pero aporta un valor

de compensación, como el cielo equilibra y sitúa a la tierra. Finalmente, una

última profundización: la relación natural hombre/mujer está fundada en la

relación Cristo/Iglesia. La mujer es el correspondiente, no sencillamente de

Adán, sino de Cristo, y entonces representa a la iglesia (Ef 5,22ss).

3. La mujer y la Iglesia. Del orden que existe en la creación deduce Pablo dos

de los comportamientos de la mujer. La mujer debe llevar velo en la asamblea

del culto, expresando por este símbolo que su dignidad cristiana no la ha

emancipado de su dependencia frente a su marido (1Co 11,2-16), ni del

segundo rango que todavía ocupa en la enseñanza oficial: la mujer no debe

26



hablar en la Iglesia, es decir, no debe enseñar (1Co 14,34; cf. 1Tm 2,12), tal

es el mandamiento del Señor recibido por Pablo (1Co 14,37).

Pero Pablo no niega a la mujer la posibilidad de profetizar (11,5), puesto que,

como en el AT, el Espíritu no conoce la distinción de los sexos. La mujer, velada

y silenciosa en el culto a fin de que sea mantenido el debido orden, es por otra

parte estimulada a dar testimonio en casa con una vida casta y llena de respeto

(1Pe 3,1s; 1 Tm 2,9); y cuando, ya viuda, ha llegado a una edad avanzada que

la preserva de retrocesos, desempeña una misión importante en la comunidad

cristiana (1Tm 5,9).

El Apocalipsis no pierde de vista el papel típico desempeñado por Jezabel (Ap

2,20) ni los crímenes de la famosa ramera (17,1.15s; 18,3.9; 19,2), pero

magnifica sobre todo a la mujer coronada de estrellas, aquella que da a luz al

hijo varón y que se ve perseguida en el desierto por el dragón, pero que debe

triunfar de él por su progenitura (Ap 12). Esta mujer es en primer lugar la

Iglesia, nueva Eva que da nacimiento al cuerpo de Cristo; luego, según la

interpretación tradicional, es María misma; finalmente, se puede ver también en

ella el prototipo de la mujer de la que toda mujer desea íntimamente ser.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA58

El grupo encargado selecciona tres o cuatro lecturas bíblicas de las que se

estudiaron en la reunión anterior y organiza con ellas una celebración de

palabra que presentará al grupo de parejas el día de la reunión general. Es

importante que el grupo responsable dedique tiempo a la preparación de la

celebración. Véase el esquema en la página 5.



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL59



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

LA MUJER EN LA FAMILIA Y EN LA SOCIEDAD 60

Derechos y obligaciones de la mujer



22. La familia, en cuanto es y debe ser siempre comunión y comunidad de

personas, encuentra en el amor la fuente y el estímulo incesante para acoger,

respetar y promover a cada uno de sus miembros en la altísima dignidad de

personas, esto es, de imágenes vivientes de Dios. Como han afirmado

justamente los Padres Sinodales, el criterio moral de la autenticidad de las

relaciones conyugales y familiares consiste en la promoción de la dignidad y

vocación de cada una de las personas, las cuales logran su plenitud mediante el

don sincero de sí mismas61.

En esta perspectiva, el Sínodo ha querido reservar una atención privilegiada a la

mujer, a sus derechos y deberes en la familia y en la sociedad. En la misma

perspectiva deben considerarse también el hombre como esposo y padre, el

niño y los ancianos.



58

No volverá a aparecer en adelante esta indicación. Ver las indicaciones y el esquema de la

celebración en la página 5

59

Ver las indicaciones en la página 6

60

Tomada de Juan Pablo II: FAMILIARIS CONSORTIO 22-24

61

Cfr. Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 24.

27



De la mujer hay que resaltar, ante todo, la igual dignidad y responsabilidad

respecto al hombre; tal igualdad encuentra una forma singular de realización en

la donación de uno mismo al otro y de ambos a los hijos, donación propia del

matrimonio y de la familia. Lo que la misma razón humana intuye y reconoce,

es revelado en plenitud por la Palabra de Dios; en efecto, la historia de la

salvación es un testimonio continuo y luminoso de la dignidad de la mujer.

Creando al hombre "varón y mujer" (Gn. 1, 27), Dios da la dignidad personal de

igual modo al hombre y a la mujer, enriqueciéndolos con los derechos

inalienables y con las responsabilidades que son propias de la persona humana.

Dios manifiesta también de la forma más elevada posible la dignidad de la

mujer asumiendo El mismo la carne humana de María Virgen, que la Iglesia

honra como Madre de Dios, llamándola la nueva Eva y proponiéndola como

modelo de la mujer redimida. El delicado respeto de Jesús hacia las mujeres

que llamó a su seguimiento y amistad, su aparición la mañana de Pascua a una

mujer antes que a los otros discípulos, la misión confiada a las mujeres de

llevar la buena nueva de la Resurrección a los apóstoles, son signos que

confirman la estima especial del Señor Jesús hacia la mujer. Dirá el Apóstol

Pablo: "Todos, pues, sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús. No hay ya judío

o griego, no hay siervo o libre, no hay varón o hembra, porque todos sois uno

en Cristo Jesús" (Gal. 3, 26.28).

Mujer y sociedad

23. Sin entrar ahora a tratar de los diferentes aspectos del amplio y complejo

tema de las relaciones mujer-sociedad, sino limitándonos a algunos puntos

esenciales, no se puede dejar de observar cómo en el campo más

específicamente familiar una amplia y difundida tradición social y cultural ha

querido reservar a la mujer solamente la tarea de esposa y madre, sin abrirla

adecuadamente a las funciones públicas, reservadas en general al hombre.



No hay duda de que la igual dignidad y responsabilidad del hombre y de la

mujer justifican plenamente el acceso de la mujer a las funciones públicas. Por

otra parte, la verdadera promoción de la mujer exige también que sea

claramente reconocido el valor de su función materna y familiar respecto a las

demás funciones públicas y a las otras profesiones. Por otra parte, tales

funciones y profesiones deben integrarse entre sí, si se quiere que la evolución

social y cultural sea verdadera y plenamente humana.

Esto resultará más fácil si, como ha deseado el Sínodo, una renovada "teología

del trabajo" ilumina y profundiza el significado del mismo en la vida cristiana y

determina el vínculo fundamental que existe entre el trabajo y la familia, y por

consiguiente el significado original e insustituible del trabajo de la casa y la

educación de los hijos62. Por ello la Iglesia puede y debe ayudar a la sociedad

actual, pidiendo incansablemente que el trabajo de la mujer en casa sea

reconocido por todos y estimado por su valor insustituible. Esto tiene una

importancia especial en la acción educativa; en efecto, se elimina la raíz misma

de la posible discriminación entre los diversos trabajos y profesiones cuando

resulta claramente que todos y en todos los sectores se empeñan con idéntico

derecho e idéntica responsabilidad. Aparecerá así más espléndida la imagen de

Dios en el hombre y en la mujer.

Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de

acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo



62

Cfr. Juan Pablo II, Laborem exercens, 19: AAS 73 (1981), 625.

28



estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho

obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar

dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia.

Se debe superar además la mentalidad según la cual el honor de la mujer deriva

más del trabajo exterior que de la actividad familiar. Pero esto exige que los

hombres estimen y amen verdaderamente a la mujer con todo el respeto de su

dignidad persona, y que la sociedad cree y desarrolle las condiciones adecuadas

para el trabajo doméstico.

La Iglesia, con el debido respeto por la diversa vocación del hombre y de la

mujer, debe promover en la medida de lo posible en su misma vida su igualdad

de derechos y de dignidad; y esto por el bien de todos, de la familia, de la

sociedad y de la Iglesia.

Es evidente sin embargo que todo esto no significa para la mujer la renuncia a

su feminidad ni la imitación del carácter masculino, sino la plenitud de la

verdadera humanidad femenina tal como debe expresarse en su

comportamiento, tanto en familia como fuera de ella, sin descuidar por otra

parte en este campo la variedad de costumbres y culturas.

Ofensas a la dignidad de la mujer

24. Desgraciadamente el mensaje cristiano sobre la dignidad de la mujer halla

oposición en la persistente mentalidad que considera al ser humano no como

persona, sino como cosa, como objeto de compraventa, al servicio del interés

egoísta y del solo placer; la primera víctima de tal mentalidad es la mujer.

Esta mentalidad produce frutos muy amargos, como el desprecio del hombre y

de la mujer, la esclavitud, la opresión de los débiles, la pornografía, la

prostitución -tanto más cuando es organizada- y todas las diferentes

discriminaciones que se encuentran en el ámbito de la educación, de la

profesión, de la retribución del trabajo, etc.

Además, todavía hoy, en gran parte de nuestra sociedad permanecen muchas

formas de discriminación humillante que afectan y ofenden gravemente algunos

grupos particulares de mujeres como, por ejemplo, las esposas que no tienen

hijos, las viudas, las separadas, las divorciadas, las madres solteras.

Estas y otras discriminaciones han sido deploradas con toda la fuerza posible

por los Padres Sinodales. Por lo tanto, pido que por parte de todos se desarrolle

una acción pastoral específica más enérgica e incisiva, a fin de que estas

situaciones sean vencidas definitivamente, de tal modo que se alcance la plena

estima de la imagen de Dios que se refleja en todos los seres humanos sin

excepción alguna.





Conciencia de una misión63

30. La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe

por su feminidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma

la verdad sobre la persona y sobre el amor. Sobre la verdad de la persona se

debe recurrir una vez más al Concilio Vaticano II: "El hombre, única criatura

terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia

plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás"64. Esto se

refiere a todo hombre, como persona creada a imagen de Dios, ya sea hombre



63

Tomada de Juan Pablo II: MULIERIS DIGNITATEM, 30.

64

Conc. Vat. II, Gaudium et spes, 24.

29



o mujer. La afirmación de naturaleza ontológica contenida aquí indica también

la dimensión ética de la vocación de la persona. La mujer no puede encontrarse

a sí misma si no es dando amor a los demás.

Desde el "principio" la mujer, al igual que el hombre, ha sido creada y "puesta"

por Dios precisamente en este orden del amor. El pecado de los orígenes no ha

anulado este orden, no lo ha cancelado de modo irreversible; lo prueban las

palabras bíblicas del Protoevangelio (cf. Gn. 3, 15). En la presente reflexión

hemos señalado el puesto singular de la "mujer" en este texto clave de la

Revelación. Es preciso manifestar también cómo la misma mujer, que llega a

ser "paradigma" bíblico, se halla asimismo en la perspectiva escatológica del

mundo y del hombre expresada por el Apocalipsis65. Es "una Mujer, vestida del

sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza"

(Ap. 12, 1). Se podría decir: una mujer a la medida del cosmos, a la medida de

toda la obra de la creación. Al mismo tiempo sufre "con los dolores del parto y

con el tormento de dar a luz" (Ap. 12, 2), como Eva "madre de todos los

vivientes" (Gn. 3, 20). Sufre también porque "delante de la mujer que está para

dar a luz" (cf. Ap. 12, 4) se pone "el gran dragón, la serpiente antigua" (Ap. 12,

9), conocida ya por el Protoevangelio: el Maligno, "padre de la mentira" y del

pecado (cf. Jn. 8, 44). Pues la "serpiente antigua" quiere devorar "al niño". Si

vemos en este texto el reflejo del evangelio de la infancia (cf. Mt. 2, 13. 16)

podemos pensar que en el paradigma bíblico de la "mujer" se encuadra, desde

el inicio hasta el final de la historia, la lucha contra el mal y contra el Maligno.

Es también la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación.

¿No quiere decir la Biblia que precisamente en la "mujer", Eva-María, la historia

constata una dramática lucha por cada hombre, la lucha por su fundamental "sí"

o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre?

Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su

vez, el paradigma bíblico de la "mujer" parece desvelar también cuál es el

verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. Se

trata aquí de la vocación en su significado fundamental, -podríamos decir

universal- que se concreta y se expresa después en las múltiples "vocaciones"

de la mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo.

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que

Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano.

Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin

embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer --sobre todo en

razón de su feminidad-- y ello decide principalmente su vocación.

Tomando pie de esta conciencia y de esta entrega, la fuerza moral de la mujer

se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo

de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días.

La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de

que Dios "le confía el hombre", siempre y en cualquier caso, incluso en las

condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse. Esta

conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que

recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace "fuerte" y la reafirma en su

vocación. De este modo, la "mujer perfecta" (Pr. 31, 10) se convierte en un

apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que





65

Cf. en el Apéndice de las obras de S. Ambrosio, In Apoc. IV, 3-4: PL 17, 876; Ps. Agustín, De

symb. ad catech. sermo IV: PL 40, 661.

30



perciben la gran energía de su espíritu. A estas "mujeres perfectas" deben

mucho sus familias y, a veces, también las Naciones.

En nuestros días los éxitos de la ciencia y de la técnica permiten alcanzar de

modo hasta ahora desconocido un grado de bienestar material que, mientras

favorece a algunos, conduce a otros a la marginación. De ese modo, este

progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la

sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En

este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel

"genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el

hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque "la mayor es a caridad"

(1 Co. 13, 13).

Así pues, una atenta lectura del paradigma bíblico de la "mujer" -desde el Libro

del Génesis hasta el Apocalipsis- nos confirma en que consisten la dignidad y la

vocación de la mujer y todo lo que en ella es inmutable y no pierde vigencia,

poniendo "su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para

siempre"66. Si el hombre es confiado de modo particular por Dios a la mujer,

¿no significa esto tal vez que Cristo espera de ella la realización de aquel

"sacerdocio real" (1 Pe. 2, 9), que es la riqueza dada por El a los hombres?

Cristo, sumo y único sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, y Esposo de la

Iglesia, no deja de someter esta misma herencia al Padre mediante el Espíritu

Santo, para que Dios sea "todo en todos" (1 Co. 15, 28)67.

Entonces se cumplirá definitivamente la verdad de que "la mayor es la caridad"

(1 Co. 13, 13).

Preguntas para reflexionar en pareja:

¿Cuál es el fundamento de la dignidad de la mujer?

¿Qué luces encuentran uds. En relación con el trabajo de la mujer y el ejercicio

de sus deberes domésticos?

¿Existen en nuestro medio ofensas a la dignidad de la mujer? ¿Cuáles?

¿Qué opinan uds. De la relación que hace el papa entre mujer y amor-caridad?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA68



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA69



3. CORAZÓN



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar70

CORAZÓN

Las resonancias que suscita la palabra corazón no son idénticas en hebreo y en

nuestra lengua. En nuestra manera de hablar, el corazón sólo evoca la vida



66

Gaudium et spes, 10.

67

Cf. Lumen gentium, 36.

68

Ver indicaciones y notas en la página 11

69

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

70

Adaptado de DE FRAINE, Jean y VANHOYE, Albert. Corazón, en VTB P. 189-191.

31



afectiva. El hebreo concibe el corazón como lo interior del hombre en un

sentido mucho más amplio. Además de los sentimientos (2Sa 15,13, Sal 21,3;

Is 65,14), el corazón contiene también los recuerdos y los pensamientos, los

proyectos y las decisiones. El corazón equivale a lo que nosotros llamamos

―conciencia‖. Dios ha dado a los hombres un corazón para pensar (Si 17,6); el

salmista evoca los pensamientos del corazón de Dios mismo, es decir, su plan

de salvación que subsiste de edad en edad (Sal 33,11). Anchura de corazón

(1Re 5,9) evoca la extensión del saber, dame tu corazón puede significar

préstame atención (Pr 23,26), y corazón endurecido comporta el sentido de

espíritu cerrado. Según el contexto puede restringirse el sentido al aspecto

intelectual (Mc 8,17), o por el contrario extenderse (Hc 7,51). Con frecuencia

hay que remontarse más allá de las distinciones psicológicas hasta el centro del

ser, allí donde el hombre dialoga consigo mismo (Gn 17,17; Dt 7,17), asume

sus responsabilidades, se abre o se cierra a Dios. En el AT como en el NT, el

corazón es el punto donde el hombre se encuentra con Dios, encuentro que

viene a ser plenamente efectivo en el corazón humano del Hijo de Dios.

I. EL CORAZÓN DEL HOMBRE. 1. Corazón y apariencia. El corazón se sustrae

a las miradas. El exterior de un hombre debe manifestar lo que hay en el

corazón. Así se conoce el corazón, indirectamente por lo que de él expresa el

rostro (Si 13,25), por lo que dicen los labios (Pr 16,23), por lo que revelan los

actos (Lc 6,44s). Sin embargo, palabras y comportamientos pueden también

disimular el corazón en lugar de manifestarlo (Pr 26,23-26; Si 12,16): el

hombre tiene la tremenda posibilidad de aparentar. Al mismo tiempo su

corazón tiene también dobleces. Esta doblez es un mal profundo, que la Biblia

denuncia con vigor (Si 27,24; Sal 28,3s).

2. Dios y el corazón. Dios es un fuego devorador (Dt 4,24): ¿cómo afrontar

sus exigencias tan radicales? El mismo pueblo escogido no cesa de buscar

rodeos. Para dispensarse de una auténtica conversión, trata de contentar a

Dios con un culto exterior (Am 5,21...) y con buenas palabras (Sal 78,36s).

Solución ilusoria: a Dios no se le puede engañar como se engaña a los

hombres; el hombre mira a las apariencias, pero Yahveh mira al corazón (1Sa

16,7). Dios escudriña el corazón y sondea los lomos y riñones (Jr 17,10; Si

42,18; Is 29,31). Así, delante de Dios , se ve el hombre puesto en cuestión en

lo más profundo de su ser (Hb 4,12s). Entrar en relación con Dios es arriesgar

el corazón (Jr 30,21).

3. Necesidad de un corazón nuevo. Israel fue comprendiendo cada vez más

que no puede bastar una religión exterior. Para hallar a Dios hay que buscarlo

con todo el corazón (Dt 4,29). Israel comprendió que de una vez para siempre

debe fijar su corazón en Yahveh (1Sa 7,3) y amar a Dios con todo su corazón

(Dt 6,5), viviendo en entera docilidad a su ley. Pero toda su historia demuestra

su impotencia radical para realizar tal ideal. Este pueblo tiene un corazón

rebelde y contumaz (Jr 5,23; Lv 26,41), doble (Os 10,2). En lugar de poner su

fe en Dios, han seguido la inclinación de su mal corazón (Jr 7,24; 18,12), y así

han cargado sobre ellos calamidades sin cuento. Ya no les queda sino desgarrar

su corazón para presentarse ante Dios (Jl 2,13; Sal 51,12. 19).

II. EL CORAZÓN NUEVO. 1. Promesa. Dios no puede pretender la destrucción

de su pueblo; sólo ante esta idea se le revuelve el corazón (Os 11,8). Si ha

conducido al desierto a su esposa infiel, es para hablarle de nuevo al corazón

(Os 2,16). Así pues, se pondrá término a sus pruebas y comenzará otra época

caracterizada por una renovación interior que obrará Dios mismo (Dt 30,6).

32



Los israelitas no serán ya rebeldes, pues Dios, estableciendo con ellos una

nueva alianza, pondrá su ley en el fondo de su ser y la escribirá en su corazón

(Jr 31,33; 32,39 ; 24,7, comp. Dt 29,3). Yo os daré un corazón nuevo, pondré

en vosotros un espíritu nuevo: quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y

os daré un corazón de carne (Ez 18,31; 36,25s). Así se asegurará una unión

definitiva entre Dios y su pueblo.

2. Don. Esta promesa se cumplió por Jesucristo.

a) En los Evangelios sinópticos, Jesús de Nazaret, volviendo a la enseñanza de

los profetas, pone en guardia contra el formalismo de los fariseos; atrae la

atención hacia el verdadero mal, el que viene del corazón: Del corazón

Provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios...: esto es lo

que hace impuro al hombre (Mt 15,19s). Jesús recuerda la exigencia divina de

generosidad interior: hay que recibir la palabra en un corazón bien dispuesto

(Lc 8,15), amar a Dios de todo corazón (Mt 22,37 p), perdonar al hermano del

fondo del corazón (Mt 18,35). A los corazones puros promete Jesús la visión

de Dios (Mt 5,8). Pero, superando en esto a todos los profetas, esta pureza él

mismo, manso y humilde de corazón (Mt 11,29), la confiere a sus discípulos

(Mt 9,2; 26,28). Resucitado, los ilumina: mientras les hablaba, su corazón

ardía en su interior (Lc 24,32).

b) En adelante la fe en Cristo, adhesión del corazón, procura la renovación

interior, de otra manera inaccesible. Es lo que afirma Pablo: Si tu corazón cree

que Dios lo ha resucitado de los muertos, serás salvo. Porque la fe del corazón

obtiene la justicia (Rm 10,9s). Por la fe se iluminan los ojos del corazón (Ef

1,18); por la fe habita Cristo en los corazones (Ef 3,17). En los corazones del

os creyentes se derrama un espíritu nuevo, el Espíritu del Hijo, que clama:

Abba, Padre (Gá 4,6), y con él, el amor de dios (Rm 5,5). Así la paz de Dios,

que sobrepuja todo entendimiento, guarda nuestros corazones (Fp 4,7). Tal es

la nueva alianza, fundada en el sacrificio de aquel al que el oprobio destrozó el

corazón (Sal 69,21).

c) Juan apenas si habla del corazón, a no ser para desterrar la turbación y el

temor (Jn 14,27), pero proclama en otros términos el cumplimiento de las

mismas promesas: habla de conocimientos (1Jn 5,20; cf. Jr 24,7), de

comunión (1Jn 1,3), de amor y de vida eterna. Todo esto nos viene por Jesús,

crucificado y glorificado: del interior de Jesús (Jn 7,38; cf. 19,34) brota una

fuente que renueva íntimamente al fiel (4,14). Según Juan, Jesús es el corazón

que pone en íntima relación con el Padre y establece entre todos la unidad

(17,23; cf. 11,52; Hc 4,32); que el amor con que tú me has amado esté en

ellos y yo en ellos (Jn 17,26).

SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA71



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL72

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

La educación del corazón, de los sentimientos y de los valores73



71

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

72

Ver las indicaciones en la página 6

73

Tomado de PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA. Sexualidad humana: verdad y significado:

Orientaciones educativas en familia, Nos 50-63.

33



La siguiente lectura trata de la formación del corazón, en el sentido en que la

sagrada escritura entiende el corazón. Es un tema muy interesante que la

pareja debe leer con mucha atención, tratando de sacar consecuencias prácticas

en relación con la formación y crecimiento en los valores, tanto de ellos como

de los hijos



El valor esencial del hogar

50. Las ciencias psicológicas y pedagógicas, en sus más recientes conquistas, y

la experiencia, concuerdan en destacar la importancia decisiva, en orden a una

armónica y válida educación sexual, del clima afectivo que reina en la familia,

especialmente en los primeros años de la infancia y de la adolescencia y tal vez

también en la fase pre-natal, períodos en los cuales se instauran los

dinamismos emocionales y profundos de los adolescentes. Se evidencia la

importancia del equilibrio, de la aceptación y de la comprensión a nivel de la

pareja. Se subraya además, el valor de la serenidad del encuentro relacional

entre los esposos, de su presencia positiva —sea del padre sea de la madre—

en los años importantes para el proceso de identificación, y de la relación de

sereno afecto hacia los niños.

51. Ciertas graves carencias o desequilibrios que existen entre los padres (por

ejemplo, la ausencia de la vida familiar de uno o de ambos padres, el desinterés

educativo o la severidad excesiva), son factores capaces de causar en los niños

traumas emocionales y afectivos que pueden entorpecer gravemente su

adolescencia y a veces marcarlos para toda la vida. Es necesario que los padres

encuentren el tiempo para estar con los hijos y de dialogar con ellos. Los hijos,

don y deber, son su tarea más importante, si bien aparentemente no siempre

muy rentable: lo son más que el trabajo, más que el descanso, más que la

posición social. En tales conversaciones —y de modo creciente con el pasar de

los años— es necesario saberlos escuchar con atención, esforzarse por

comprenderlos, saber reconocer la parte de verdad que puede haber en algunas

formas de rebelión. Al mismo tiempo, los padres podrán ayudarlos a encauzar

rectamente ansias y aspiraciones, enseñándoles a reflexionar sobre la realidad

de las cosas y a razonar. No se trata de imponerles una determinada línea de

conducta, sino de mostrarles los motivos, sobrenaturales y humanos, que la

recomiendan. Lo lograrán mejor, si saben dedicar tiempo a sus hijos y ponerse

verdaderamente a su nivel, con amor.

Formación en la comunidad de vida y de amor

52. La familia cristiana es capaz de ofrecer una atmósfera impregnada de aquel

amor a Dios que hace posible el auténtico don recíproco. Los niños que lo

perciben están más dispuestos a vivir según las verdades morales practicadas

por sus padres. Tendrán confianza en ellos y aprenderán aquel amor —nada

mueve tanto a amar cuanto el saberse amados— que vence el miedo. Así el

vínculo de amor recíproco, que los hijos descubren en sus padres, será una

protección segura de su serenidad afectiva. Tal vínculo afina la inteligencia, la

voluntad y las emociones, rechazando todo cuanto pueda degradar o envilecer

el don de la sexualidad humana que, en una familia en la cual reina el amor, es

siempre entendida como parte de la llamada al don de sí en el amor a Dios y a

los demás: «La familia es la primera y fundamental escuela de socialidad; como

comunidad de amor, encuentra en el don de sí misma la ley que la rige y hace

crecer. El don de sí, que inspira el amor mutuo de los esposos, se pone como

modelo y norma del don de sí que debe haber en las relaciones entre hermanos

y hermanas, y entre las diversas generaciones que conviven en la familia. La

34



comunión y la participación vivida cotidianamente en la casa, en los momentos

de alegría y de dificultad, representa la pedagogía más concreta y eficaz para la

inserción activa, responsable y fecunda de los hijos en el horizonte más amplio

de la sociedad».

53. En definitiva, la educación al auténtico amor, que no es tal si no se

convierte en amor de benevolencia, implica la acogida de la persona amada,

considerar su bien como propio, y por tanto, instaurar justas relaciones con los

demás. Es necesario enseñar al niño, al adolescente y al joven a establecer las

oportunas relaciones con Dios, con sus padres, con sus hermanas y hermanas,

con sus compañeros del mismo o diverso sexo, con los adultos.

54. No se debe tampoco olvidar que la educación al amor es una realidad

global: no se progresa en establecer justas relaciones con una persona sin

hacerlo, al mismo tiempo, con cualquier otra. Como se ha indicado antes, la

educación en la castidad, en cuanto educación en el amor, es al mismo tiempo

educación del espíritu, de la sensibilidad y de los sentimientos. El

comportamiento hacia las personas depende no poco de la forma con que

administran lo sentimientos espontáneos, haciendo crecer algunos, controlando

otros. La castidad, en cuanto virtud, nunca se reduce a un simple discurso sobre

el cumplimiento de actos externos conformes a la norma, sino que exige activar

y desarrollar los dinamismos de la naturaleza y de la gracia, que constituyen el

elemento principal e inmanente de la ley de Dios y de nuestro descubrimiento

de su condición de garantía de crecimiento y de libertad.

55. Es necesario, por tanto, poner de relieve que la educación a la castidad es

inseparable del compromiso de cultivar todas las otras virtudes y, en modo

particular, el amor cristiano que se caracteriza por el respeto, por el altruismo y

por el servicio que, en definitiva, es la caridad. La sexualidad es un bien tan

importante, que precisa protegerlo siguiendo el orden de la razón iluminada por

la fe: «cuanto mayor es un bien, tanto más en él se debe observar el orden de

la razón». De esto se deduce que para educar a la castidad, «es necesario el

dominio de sí, que presupone virtudes como el pudor, la templanza, el respeto

propio y ajeno y la apertura al prójimo».

Son también importantes aquellas virtudes que la tradición cristiana ha llamado

las hermanas menores de la castidad (modestia, capacidad de sacrificio de los

propios caprichos), alimentadas por la fe y por la vida de oración.

El pudor y la modestia

56. La práctica del pudor y de la modestia, al hablar, obrar y vestir, es muy

importante para crear un clima adecuado para la maduración de la castidad, y

por eso han de estar hondamente arraigados en el respeto del propio cuerpo y

de la dignidad de los demás. Como se ha indicado, los padres deben velar para

que ciertas modas y comportamientos inmorales no violen la integridad del

hogar, particularmente a través de un uso desordenado de los mass media. El

Santo Padre ha subrayado en este sentido, la necesidad «de llevar a cabo una

colaboración más estrecha entre los padres, a quienes corresponde en primer

lugar la tarea de la educación, los responsables de los medios de comunicación

en sus diferentes niveles, y las autoridades públicas, a fin de que la familia no

quede abandonada a su suerte en un sector tan importante de su misión

educativa... En realidad hay que establecer propuestas, contenidos y programas

de sana diversión, de información y de educación complementarios a aquellos

de la familia y la escuela. Desgraciadamente, sobre todo en algunas naciones,

se difunden espectáculos y escritos en que prolifera todo tipo de violencia y se

35



realiza una especie de bombardeo con mensajes que minan los principios

morales y hacen imposible una atmósfera seria, que permita transmitir valores

dignos de la persona humana».

Particularmente, en relación al uso de la televisión, el Santo Padre ha

especificado: «El modo de vivir —especialmente en las Naciones más

industrializadas— lleva con frecuencia a las familias a descargar sus

responsabilidades educativas, encontrando en la facilidad para la evasión (a

través especialmente de la televisión y de ciertas publicaciones) la manera de

tener ocupados a los niños y los jóvenes. Nadie niega que existe para ello una

cierta justificación, dado que muy frecuentemente faltan estructuras e

infraestructuras suficientes para potenciar y valorizar el tiempo libre de los

jóvenes y orientar sus energías». Otra circunstancia que propicia esta realidad

es que ambos padres estén ocupados en el trabajo, a menudo fuera del hogar.

«Los efectos los sufren precisamente quienes tienen más necesidad de ser

ayudados en el desarrollo de su "libertad responsable". De ahí el deber —

especialmente para los creyentes, para las mujeres y los hombres amantes de

la libertad— de proteger sobre todo a los niños y a los jóvenes de las

"agresiones" que padecen por parte de los mass-media. Nadie falte a este deber

aduciendo motivos, demasiado cómodos, de no obligación!»; «los padres, en

cuanto receptores de tales medios, deben tomar parte activa en su uso

moderado, crítico, vigilante y prudente».

La justa intimidad

57. En estrecha conexión con el pudor y la modestia, que son espontánea

defensa de la persona que se niega a ser vista y tratada como objeto de placer

en vez de ser respetada y amada por sí misma, se ha de considerar el respeto

de la intimidad: si un niño o un joven ve que se respeta su justa intimidad,

sabrá que se espera de él igual comportamiento con los demás. De esta

manera, aprenderá a cultivar su sentido de responsabilidad ante Dios,

desarrollando su vida interior y el gusto por la libertad personal, que le hacen

capaz de amar mejor a Dios y a los demás.

El autodominio

58. Todo esto implica, más en general, el autodominio, condición necesaria para

ser capaces del don de sí. Los niños y los jóvenes han de ser estimulados a

apreciar y practicar el autocontrol y el recato, a vivir en forma ordenada, a

realizar sacrificios personales en espíritu de amor a Dios, de autorrespeto y

generosidad hacia los demás, sin sofocar los sentimientos y tendencias sino

encauzándolos en una vida virtuosa.





Los padres modelo para los propios hijos

59. El buen ejemplo y el liderazgo de los padres es esencial para reforzar la

formación de los jóvenes a la castidad. La madre que estima la vocación

materna y su puesto en la casa, ayuda enormemente a desarrollar, en sus

propias hijas, las cualidades de la feminidad y de la maternidad y pone ante los

hijos varones un claro ejemplo, de mujer recia y noble. El padre que inspira su

conducta en un estilo de dignidad varonil, sin machismos, será un modelo

atrayente para sus hijos e inspirará respeto, admiración y seguridad en las

hijas.

60. Lo mismo vale para la educación al espíritu de sacrificio en las familias

sometidas, hoy más que nunca, a las presiones del materialismo y del

36



consumismo. Sólo así, los hijos crecerán «en una justa libertad ante los bienes

materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero, convencidos de que

"el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene". En una sociedad

sacudida y disgregada por tensiones y conflictos por el choque violento entre los

varios individualismos y egoísmos, los hijos han de enriquecerse no sólo con el

sentido de la verdadera justicia, que conduce al respeto de la dignidad de toda

persona, sino también y más aun con el sentido del verdadero amor, como

solicitud sincera y servicio desinteresado hacia los demás, especialmente a los

más pobres y necesitados»; «la educación se sitúa plenamente en el horizonte

de la "civilización del amor"; depende de ella y, en gran medida, contribuye a

construirla».

Un santuario de la vida y de la fe

61. Nadie puede ignorar que el primer ejemplo y la mayor ayuda que los padres

dan a sus hijos es su generosidad en acoger la vida, sin olvidar que así les

ayudan a tener un estilo más sencillo de vida y, además, «que es menor mal

negar a los propios hijos ciertas comodidades y ventajas materiales que

privarlos de la presencia de hermanos y hermanas que podrían ayudarlos a

desarrollar su humanidad y a comprobar la belleza de la vida en cada una de

sus fases y en toda su variedad».

62. Finalmente, recordamos que, para lograr estas metas, la familia debe ser

ante todo casa de fe y de oración en la que se percibe la presencia de Dios

Padre, se acoge la Palabra de Jesús, se siente el vínculo de amor, don del

Espíritu, y se ama y se invoca a la purísima Madre de Dios. Esta vida de fe y de

oración «tiene como contenido original la misma vida de familia que en las

diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y actuada como

respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas,

nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas,

alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de

personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia

de la familia, como deben señalar también el momento favorable a la acción de

gracias, para la petición al abandono confiado de la familia en el Padre común

que está en los cielos».

63. En esta atmósfera de oración y de reconocimiento de la presencia y la

paternidad de Dios, las verdades de la fe y de la moral serán enseñadas,

comprendidas y asumidas con reverencia, y la palabra de Dios será leída y

vivida con amor. Así la verdad de Cristo edificará una comunidad familiar

fundada sobre el ejemplo y la guía de los padres que «calan profundamente en

el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores acontecimientos de

la vida no lograrán borrar».

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cómo influye la relación de pareja en la educación de los hijos al amor y la

sexualidad?

¿Cuál es el ambiente más favorable a una recta educación del corazón de los

hijos?

¿Cuáles son las virtudes fundamentales que se deben inculcar en la educación

de los hijos? ¿En qué consiste cada una de ellas?

37



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA74



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA75









4. SOLEDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar76

SOLEDAD

El hombre, creado a imagen de Dios que, como Padre, Hijo y Espíritu Santo, es

fecundidad sobreabundante de amor, debe vivir en comunión con Dios y con sus

semejantes, y de esta manera llevar fruto. La soledad es, por tanto, en si

misma un mal que viene del pecado; puede, sin embargo, convertirse en fuente

de comunión y de fecundidad si se une a la soledad redentora de Jesucristo.

I. SOLEDAD DEL HOMBRE. 1. No es bueno que el hombre esté solo (Gn

2,18). Según Dios, la soledad es un mal. Entrega a la merced de los malos al

pobre, al extranjero, a la viuda y al huérfano (Is 1,17.23); por eso exige Dios

que se les proteja particularmente (Éx 22,21ss); tiene, a los que los protegen,

por sus hijos y les profesa más cariño que una madre (Si 4,10); a falta de

apoyos humanos, se constituirá Dios en vengador de estos pobres (Pr 23,10s;

Sal 146,9). La prueba de la soledad es un llamamiento a la confianza absoluta

en Dios (Est 14,17 [4,19LXX]).

II. DE LA SOLEDAD A LA COMUNION. 1. La soledad asumida por Jesucristo.

Dios dio a los hombres hallaran a través del Emmanuel (=Dios con nosotros, Is

7,14) la comunión con Dios. Pero para sacar a la humanidad de la soledad del

pecado tomó Jesús sobre sí esta soledad, y ante todo la de Israel pecador.

Estuvo en el desierto para vencer al Adversario (Mt 4,1-11; cf. 14,23), oró

solitario (Mc 1,35.45; Lc 9,18; cf. 1Re 19,10). Finalmente, en Getsemaní se

encuentra con el sueño de los discípulos, que se niegan a participar en su

oración (Mc 14,32-41), y afronta solo la angustia de la muerte. Dios mismo

parece abandonarlo (Mt 27,46) En realidad no está solo, y el Padre está

siempre con él (Jn 8,16.29; 16,32); así, como grano de trigo caído en tierra, no

queda solo, sino que lleva fruto (Jn 12,24): congrega en la unidad a los hijos

de Dios dispersos (11,52) y atrae a todos los hombres a sí (12,32). La

comunión ha triunfado.

2. Solo con Jesucristo para estar con todos. Jesús inauguró esta reunión del

pueblo mesiánico, llamando a sus discípulos a estar con él (Mc 3,14). Venido

para buscar a la oveja perdida, sola (Lc 15,4), restaura la comunión rota, con

sus discípulos (Mc 4,10; 6,2), con las pecadoras (Jn 4,27; 8,9). El amor que

exige es único, superior a cualquier otro (Lc 14,26).



74

Ver indicaciones y notas en la página 11

75

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

76

Adaptado de PRAT, Maurice y LEON DUFOUR, Xavier. Soledad, en VTB P. 866-867.

38



La Iglesia, al igual que su Esposo y Señor, se halla sola en un mundo al que no

pertenece (Jn 17,16) y debe refugiarse en el desierto (Ap 12,6); pero ahora

ya no hay verdadera soledad: Cristo, por medio de su Espíritu, no dejó

huérfanos y los discípulos (Jn 14,18), en tanto llega el día en que, habiendo

triunfado de la soledad que impone la muerte de los seres queridos, seamos

reunidos con ellos ... y con el Señor para siempre (1Ts 4,17).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA77



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL78

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

La unidad originaria de varón y mujer79

1. Las palabras del libro del Génesis: 'No es bueno que el hombre esté solo' (Gn

2, 18) son como un preludio al relato de la creación de la mujer. Junto con este

relato, el sentido de la soledad originaria entra a formar parte del significado de

la unidad originaria, cuyo punto clave parecen ser las palabras del Génesis, a

las que se remite Cristo en su conversación con los fariseos: 'Dejará el hombre

al padre y la madre y se unirá a la mujer, y serán los dos una sola carne' (Mt

19, 5). Si Cristo, al referirse al 'principio', cita estas palabras, nos conviene

precisar el significado de esa unidad originaria, que hunde sus raíces en el

hecho de la creación del hombre como varón y mujer.

El relato del capítulo primero del Génesis no toca el problema de la soledad

originaria del hombre: efectivamente, el hombre es desde el comienzo 'varón y

mujer'. En cambio, el texto yahvista del capítulo segundo nos autoriza, en cierto

modo, a pensar primero solamente en el hombre en cuanto, mediante el

cuerpo, pertenece al mundo visible, pero sobrepasándolo; luego, nos hace

pensar en el mismo hombre, mas a través de la duplicidad de sexo. La

corporeidad y la sexualidad no se identifican completamente. Aunque el cuerpo

humano, en su constitución normal, lleva en sí los signos del sexo y sea, por

naturaleza, masculino o femenino, sin embargo, el hecho de que el hombre sea

'cuerpo' pertenece a la estructura del sujeto personal más profundamente que

el hecho de que en su constitución somática sea varón o mujer. Por esto el

significado de la soledad originaria es anterior substancialmente al significado

de la unidad originaria; en efecto, esta última se basa en la masculinidad y en la

feminidad, casi como en dos 'encarnaciones' diferentes, esto es, en dos modos

de 'ser cuerpo' del mismo ser humano, creado 'a imagen de Dios' (Gn 1, 27).

2. Siguiendo el texto yahvista, en el cual la creación de la mujer se describe

separadamente (Cfr. Gn 2, 21-22), debemos tener ante los ojos, al mismo

tiempo, esa 'imagen de Dios' del primer relato de la creación. El segundo relato

conserva, en su lenguaje y estilo, todas las características del texto yahvista. El

modo de narrar concuerda con el modo de pensar y de expresarse de la poca a

la que pertenece el texto. Se puede decir, siguiendo la filosofía contemporánea

de la religión y la del lenguaje, que se trata de un lenguaje mítico.

Efectivamente, en este caso, el término 'mito' no designa un contenido

fabuloso, sino sencillamente un modo arcaico de expresar un contenido más



77

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

78

Ver las indicaciones en la página 6

79

Tomada de Juan Pablo II: Catequesis en la audiencia general del Miércoles 7 de noviembre de

1979. Las notas al pie de página que aparecen dentro de la lectura son también del Papa.

39



profundo. Sin dificultad alguna, bajo el estrato de la narración antigua,

descubrimos ese contenido, realmente maravilloso por lo que respecta a las

cualidades y a la condensación de las verdades que allí se encierran. Añadamos

que el segundo relato de la creación del hombre conserva, hasta cierto punto,

una forma de diálogo entre el hombre y Dios-Creador, y esto se manifiesta

sobre todo en esa etapa en la que el hombre (adam) es creado definitivamente

como varón y mujer (is-issah). La creación se realiza casi al mismo tiempo en

dos dimensiones: la acción de Dios-Yahvéh que crea se desarrolla en correlación

al proceso de la conciencia humana.

3. Así, pues, Dios-Yahvéh dice; 'No es bueno que el hombre esté solo, voy a

hacerle una ayuda semejante a él' (Gen 2, 18). Y al mismo tiempo el hombre

confirma su propia soledad (Cf. Gn 2, 20). A continuación leemos: 'Hizo, pues

Yahvéh Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y, dormido, tomó una de

sus costillas, cerrando su lugar con carne, y de la costilla que del hombre

tomara, formó Yahvéh Dios a la mujer' (Gn 2, 21-22). Considerándolo

característico del lenguaje, es necesario reconocer ante todo que nos hace

pensar mucho ese sopor genesiano, en el que, por obra de Dios-Yahvéh, el

hombre se sumerge, como en preparación para el nuevo acto creador. (...). Si

se admite, pues, una diversidad significativa de vocabulario, se puede concluir

que el hombre ('adam) cae en ese 'sopor' para despertarse 'varón' y 'mujer'80.

Efectivamente, nos encontramos por primera vez en el Gn 2, 23 con la

distinción is-issah. Quizá, pues, la analogía del sueño indica aquí no tanto un

pasar de la conciencia a la subsconciencia, cuanto un retorno específico al no-

ser (el sueño comporta un componente de aniquilamiento de la existencia

consciente del hombre), o sea, al momento antecedente a la creación, a fin que,

desde él, por iniciativa creadora de Dios, el 'hombre' solitario pueda surgir de

nuevo en su doble unidad de varón y mujer81.





80

El sopor de Adán (en Hebreo tardemah) es un sueño profundo (en latín: sopor; en inglés:

sleep) en el que cae el hombre sin conciencia o sueños. (La biblia tiene otro término para definir

el sueño: halom); cf. Gn 15,12; 1 Sam 26,12. Freud, en cambio, examina el contenido de los

sueños (en latín: somnium; en inglés s, dream), los cuales, formándose con elementos psíquicos

"rechazados por el subconsciente", permiten, según él, hacer emerger de ellos los contenidos

inconscientes que, en último análisis, serían siempre sexuales. Esta idea es, naturalmente, del

todo extraña al autor bíblico.

En la teología del autor yahvista, el sopor en que Dios hace caer al primer hombre subraya la

exclusividad de la acción de Dios en la obra de la creación de la mujer; el hombre no tenía en ella

participación alguna consciente. Dios se sirve de su 'costilla' solamente para acentuar la

naturaleza común del varón y la mujer.

81

"Sopor" (tardemah) es el término que aparece en la Sagrada Escritura cuando el sueño o

directamente después del sueño deben suceder acontecimientos extraordinarios (cf. G n 15,12; 1

Sa 26,12; Is 29,10; Job 4,13; 33,15). Los Setenta traducen tardemah por kstasis (un éxtasis). En

el Pentateuco, tardemah aparece también una sola vez en un contexto misterioso: Abraham, por

el mandato de Dios, preparó un sacrificio de animales, ahuyentando de ellos a las aves rapaces.

Cuando ya estaba el sol para ponerse, cayó un sopor (15,12). Entonces precisamente comienza

Dios a hablar y realiza con él una alianza, que es la cumbre de la revelación hecha a Abraham.

Esta escena se parece, en cierto modo, a la del huerto de Getsemaní: Jesús "comenzó a sentir

temor y angustia" (Mc 14,33) y encontró a los Apóstoles" adormilados por la tristeza" (Lc 22,45)

El autor bíblico admite en el primer hombre un cierto sentido de carencia y soledad ("no es bueno

que el hombre esté solo" ó "no encontró una ayuda semejante a él") y aun casi de miedo. Quizá

este estado Provoca "un sueño causado por la tristeza" o quizá, como en el caso de Abraham,

"por un oscuro terror" de no-ser; como en el umbral de la obra de la creación: "La tierra estaba

confusa y vacía y las tinieblas cubrían la haz del abismo" (Gn 1,2). En todo caso, según los dos

textos en que el Pentateuco, o, mejor, el libro del Génesis, habla del sueño profundo (tardemak)

tiene lugar una acción divina especial, es decir, una 'alianza' cargada de consecuencias para la

historia de la salvación: Adán da comienzo al Género humano, Abrahán al Pueblo elegido.

40



En todo caso, a la luz del contexto del Gn 2, 18-20, no hay duda alguna de que

el hombre cae en ese 'sopor' con el deseo de encontrar un ser semejante a sí.

Si, por analogía con el sueño, podemos hablar aquí también de ensueño,

debemos decir que ese arquetipo bíblico nos permite admitir como contenido de

ese sueño un 'segundo yo', también personal e igualmente relacionado con la

situación de soledad originaria, es decir, con todo ese proceso de estabilización

de la identidad humana en relación al conjunto de los seres vivientes (animalia),

en cuanto es proceso de 'diferenciación' del hombre de este ambiente. De este

modo, el círculo de la soledad del hombre-persona se rompe, porque el primer

'hombre' despierta de su sueño como 'varón y mujer'.

4. La mujer es formada 'con la costilla' que Dios-Yahvéh tomó del hombre.

Teniendo en cuenta el modo arcaico, metafórico e imaginativo de expresar el

pensamiento, podemos establecer que se trata de homogeneidad de todo el ser

de ambos; esta homogeneidad se refiere sobre todo al cuerpo, a la estructura

somática, y se confirma también con las primeras palabras del hombre a la

mujer creada: 'Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne' (Gn

2, 23)82.

Y sin embargo, las palabras citadas se refieren también a la humanidad del

hombre-varón. Se leen en el contexto de las afirmaciones hechas antes de la

creación de la mujer, en las que, aún no existiendo todavía la 'encarnación' del

hombre, es definida como 'ayuda semejante a él' (Cf. Gn 2, 18 y 20)83.

Así, pues, la mujer, en cierto sentido, es creada a base de la misma humanidad.

La homogeneidad somática, a pesar de la diversidad de la constitución unida a

la diferencia sexual, es tan evidente que el hombre (varón), despertándose del

sueño genético, la expresa inmediatamente cuando dice: 'Esto sí que es ya

hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada varona, porque del

varón ha sido tomada' (Gn 2,23). De este modo el hombre (varón) manifiesta

por vez primera alegría e incluso exaltación, de las que antes no tenía

oportunidad, por faltarle un ser semejante a él. La alegría por otro ser humano,

por el segundo 'yo', domina en las palabras del hombre (varón) pronunciadas al

ver a la mujer (hembra). Todo esto ayuda a establecer el significado pleno de la

unidad originaria. Aquí son pocas las palabras, pero cada una es de gran peso.

Debemos, pues, tener en cuenta -y lo haremos también a continuación- el



82

Es interesante notar que, para los antiguos sumerios, el signo cuneiforme para indicar el

sustantivo "costilla" coincidía con el empleado para indicar la palabra "vida". En cuanto al relato

yahvista, según cierta interpretación de Gn 2,21, Dios, más bien, cubre de carne la costilla (en

vez de cerrar la carne en el lugar de ella), y de este modo "forma" a la mujer, que trae su origen

de la "carne y de los huesos" del primer hombre (varón).

En el lenguaje bíblico ésta es una definición de consanguinidad o pertenencia a la misma

descendencia: la mujer pertenece a la misma especie del hombre, distinguiéndose de los otros

seres vivientes creados antes. En la antropología bíblica, los "huesos" expresan un componente

importantísimo del cuerpo; dado que para los Hebreos no había una distinción precisa entre

"cuerpo" y "alma" (el cuerpo era considerado como manifestación exterior de la personalidad), los

"huesos" significaban sencillamente, por sinécdoque, el "ser" humano (cf., por ejemplo Sal

139,15: "No desconocías mis huesos").

Se puede entender, pues, 'hueso de los huesos', en sentido relacional, como el 'ser de ser'; 'carne

de la carne' significa que, aun teniendo diversas características físicas, la mujer presenta la

misma personalidad que posee el hombre. En el "canto nupcial" del primer hombre, la expresión

"hueso de los huesos", "carne de la carne", es una forma de superlativo, subrayado además por la

repetición triple: "esta", "esa", "la".

83

Es difícil traducir exactamente la expresión Hebrea cezer kenegdo, que se traduce de distinto

modo en las lenguas europeas; por ejemplo: en latín: "adiutorium ei conveniens sicut oportebat

iuxta eum". Porque el término 'ayuda' parece sugerir el concepto de 'complementariedad', o

mejor, de 'correspondencia exacta', el término 'semejante' se une más bien con el de 'similitud',

pero en sentido diverso da la semejanza del hombre con Dios.

41



hecho de que la primera mujer, 'formada con la costilla tomada del hombre'

(varón), inmediatamente es aceptada como una ayuda adecuada a él.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué conclusiones sacamos como pareja de esta catequesis del Papa Juan Pablo II

sobre la soledad del hombre?

¿En qué sentido, a la luz de la catequesis del Papa es buena la soledad originaria del

hombre y en qué sentido podemos afirmar que la soledad es un mal?

¿Puede uno tener su pareja y al mismo tiempo estar sólo o no tener compañía y no

estar jamás solo? Reflexionemos sobre este tema y saquemos nuestras conclusiones a

la luz de lo visto en el mes.



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA84



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA85









5. AMOR



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar86

AMOR

Dios es amor. Amaos los unos a los otros. El hombre, antes de llegar a esta

cima de la revelación del NT, debe purificar las concepciones totalmente

humanas que se forman del amor, para acoger el misterio del amor divino, el

cual pasa por la cruz. La palabra amor designa, en efecto, gran cantidad de

cosas diferentes, carnales o espirituales, pasionales o pensadas, graves o

ligeras, que expansionan o que destruyen. Se ama una cosa agradable, a un

animal, a un compañero de trabajo, a un amigo, a los padres, a los hijos, a una

mujer. El hombre bíblico conoce todo esto. El Génesis (cf. Gn 2,23s; 3,16;

12,10-19; 22; 24; 34), la historia de David (cf. 1Sa 18, 1ss; 2Sa 3, 16 ; 12,

15-25; 19, 1-5), el Cantar de los cantares son, entre otros muchos, testigos de

sentimientos de todas clases. Con frecuencia se mezcla en ello el pecado, pero

también hallamos rectitud, profundidad y sinceridad bajo palabras

habitualmente sobrias y discretas.

Israel, poco llevado a la abstracción intelectual, da con frecuencia a las palabras

una coloración afectiva: para él, conocer es ya amar; su fidelidad a los vínculos

sociales y familiares (hesed) está totalmente impregnada de arranque y de

espontaneidad generosa (cf. Gn 24,49; Jos 2,12ss; Rut 3,10; Zac 7, 9 ).

Amar (hebr. Ahab; gr. Agapan; los LXX escogieron, entre las palabras que

designan el amor, este verbo menos corriente, que vendrá a ser en el NT una

palabra exclusivamente religiosa) tiene tantos armónicos como en nuestras

lenguas.



84

Ver indicaciones y notas en la página 11

85

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

86

Adaptado de WIENER, Claude. Amor, en VTB P. 75-82.

42



I. EL DIÁLOGO DE AMOR ENTRE DIOS Y EL HOMBRE.

AT. 1. Amigos y confidentes de Dios. Dios, al llamar a Abraham, un pagano

entre tantos (Jos 24, 2s), a ser su amigo (Is 41,8), expresa su amor en forma

de una amistad: Abraham viene a ser el confidente de sus secretos (Gn 18,

17). Si es así, es que Abraham ha respondido a las exigencias del amor divino:

ha dejado su patria siguiendo la llamada de Dios (Gn 12, 1); debe penetrar

más adentro en el misterio del temor de Dios que es amor, pues es llamado a

sacrificar a su hijo único, y con él su amor humano: Toma a tu hijo, al que

amas (Gn 22.2).

Moisés está desgarrado entre Dios, cuyo enviado es, y su pueblo, al que

representa (Ex 32, 9-13.). Si se mantiene fiel, es porque desde su vocación

(3, 4) hasta su muerte no cesó de progresar en la intimidad de Dios,

conversando con él como con un amigo (33, 11); tuvo la revelación de la

ternura inmensa de Dios, de un amor que, sin sacrificar nada de la santidad, es

misericordia (34, 6s).

Los profetas, también confidentes de Dios (Am 3,7), amados personalmente

por un Dios, cuya elección se posesiona de ellos (7, 15), los desgarra a veces

(Jr 20,7ss), pero los llena también de gozo (20,11ss), son los testigos del

drama del amor y de la ira de Yahveh (Am 3, 2). Pero el amor es más fuerte

que el pecado, aun cuando deba sufrir (Os 11, 8); perdona y recrea en Israel

un corazón nuevo capaz de amar (Os 2, 21s; Jr 31,3. 20. 22; Ez 16,60-63;

32, 26s).

El Deuteronomio, promulgado sin duda (2Re 22) en el momento en que el

pueblo parece preferir definitivamente al amor de Dios el culto de los ídolos,

recuerda incesantemente que el amor de Dios a Israel es gratuito (Dt 7, 7s) y

que Israel debe amar a Dios con todo su corazón (6, 5). Este amor se expresa

en actos de adoración y de obediencia (11, 13); 19, 9) que suponen una

elección radical, un desprendimiento costoso (4, 15-31; 30, 15-20). Pero sólo

es posible si Dios en persona viene a circuncidar el corazón de Israel y a hacerlo

capaz de amar (30, 6).

3. Hacia un diálogo personal. Israel, después del exilio, purificado por la prueba

descubre cada vez más que la vida con Dios es un diálogo de amor. Así es sin

duda como relee el Cantar de los Cantares: con alternancias de posesión y de

búsqueda, el esposo y la esposa se aman con un amor fuerte como la muerte

(Ct 8, 6). Se adquiere más convicción de que Dios se dirige al corazón de cada

uno: Dios no ama sólo a la colectividad (Dt 4, 7) o a sus jefes (2Sa 12, 48s),

sino a cada judío, sobre todo al justo (Sal 37, 25-29; 146, 8), al pobre y al

pequeño (Sal 113, 5-9). Y hasta poco a poco se esboza la idea de que el amor

de Yahveh se extiende, más allá de los judíos, también a los paganos (Jon 4,

10s), e incluso a toda criatura (Sb 11, 23-26).

Próximamente a la venida de Cristo, el judío piadoso se sabe amado por Dios.

Este amor debe con frecuencia probarse frente al ejemplo y a la presión de los

impíos (Sal 10; 40, 14-17; 73; Si 2, 11-17); y esto puede llegar hasta al

martirio, el de los Macabeos (2Mac 7) o el de rabbi Aquiba, que muere por su

fe el 135 después de J.C: Le he amado con todo mi corazón, dirá, y con toda mi

fortuna; todavía no había tenido ocasión de amarlo con toda mi alma.

NT. El amor entre Dios y los hombres se había revelado en el AT a través de

una sucesión de hechos: iniciativas divinas y repulsas del hombre, sufrimiento

43



del amor desdeñado, superaciones dolorosas para estar al nivel del amor y

aceptar su gracia. En el NT el amor divino se expresa en un hecho único cuya

naturaleza misma transfigura los datos de la situación: Jesús viene a vivir

como Dios y como hombre el drama del diálogo de amor entre Dios y el

hombre.

1. El don del Padre. La venida de Jesús es en primer lugar un gesto del Padre.

Después de los profetas y de las promesas del AT, acordándose de su

misericordia (Lc 1, 54s; Hb 1, 1) se da Dios a conocer (Jn 1, 18); manifiesta

su amor (Rm 8, 39; 1 Jn 3, 1; 4, 9) en aquel que no es sólo el Mesías salvador

esperado (Lc 2, 11), sino además su propio Hijo (Mc 1,11; 9,7; 12,6), aquel a

quien ama (Jn 3,35; 10,17; 15,9; Col 1,13).

La gratuidad divina, que existía desde siempre (Dt 7,7s), llega a su colmo en

un don sin medida común con el valor del hombre (Rm 5,6s; Tit 3,5; 1Jn 4,10-

19). Este don es definitivo, más allá de la existencia terrenal de Jesús (Mt

28,20; Jn 14,18s); es llevado al extremo, pues consciente con la muerte del

Hijo para que el mundo logre la vida (Rm 5,8; 8,32) y para que nosotros

seamos hijos de Dios (1Jn 3,1; Gá 4,4-7). Si Dios amó tanto al mundo que le

dio a su Hijo unigénito (Jn 3,16), es para que los hombres tengan la vida

eterna; pero a sí mismos se condenan los que se niegan a creer en el que ha

sido enviado y aman más las tinieblas que la luz (3,19).

2. El amor perfecto revelado en Jesús. Ahora ya el drama del amor se

desarrolla no sólo con ocasión del contacto con Jesús, sino también a través de

su persona. Por su misma existencia es Jesús revelación concreta del amor.

Jesús es el hombre que realiza el diálogo filial con Dios y da su testimonio

delante de los hombres. En su persona misma el hombre ama a Dios y es

amado por él.

a) La vida entera de Jesús manifiesta este doble diálogo. Dado al Padre desde

los comienzos (Lc 2,49; cf. Hb 10, 5ss), viviendo en oración y en acción de

gracias (cf. Mc 1,35; Mt 11,25) y sobre todo en perfecta conformidad con la

voluntad divina (Jn 4,34; 6,38), está incesantemente a la escucha de Dios

(5,30; 8,26.40), lo cual le asegura que es escuchado por él (11,41s; cf. 9,31).

Por lo que se refiere a los hombres, su vida se da completamente, no sólo a

algunos amigos (cf. Mc 10,21; Lc 8,1ss Jn 11,3.5.36), sino a todos (Mc 10,45);

pasa por el mundo haciendo bien (Act 10,38; Mt 11,28ss), en un desinterés

total (Lc 9,58) y atento a todos, incluso, y sobre todo, a los más despreciados

y a los más indignos (Lc 7,36-50; 19,1-10; Mt 21,312); escoge gratuitamente

a los que quiere (Mc 3,13) para hacerlos sus amigos (Jn 15,15s).

Este amor exige reciprocidad; el mandamiento del Deuteronomio se mantiene

en vigor (Mt 22,37; cf. Rm 8,28; 1Cor 8,3; 1Jn 5,2), pero se le obedece a

través de Jesús: amándole se ama al Padre (Mt 10,40; Jn 8,42; 14,21-24).

Finalmente, amar a Jesús es guardar íntegramente su palabra (Jn 14,15.21.23)

y seguirle renunciando a todo (Mc 10,17-21, Lc 14,25ss). Consiguientemente,

a lo largo del evangelio se opera una división (Lc 2,34) entre los que aceptan y

los que rechazan este amor, frente al cual no se puede permanecer neutral (Jn

6,60-71; cf. 3,18s; 8,13-59; 12,48).

b) En la cruz revela el amor en forma decisiva su intensidad y su drama. Era

preciso que Jesús sufriera (Lc 9,22; 17,25; 24,7.26; cf. Hb 2,8), para que se

revelara plenamente su obediencia al Padre (Fp 2,8) y su amor a los suyos

(Jn 13,1). Totalmente libre (cf. Mt 26, 53; Jn 10,18), a través de la tentación y

44



del aparente silencio de Dios (Mc 14,32-41; 15,34; cf. Hb 4,15) en la radical

soledad humana (Mc 14,50; 15, 29-32), perdonando sin embargo y acogiendo

todavía (Lc 23,28.3443; Jn 19,26), llega Jesús al instante único del más grande

amor (Jn 15,13). Entonces da todo, sin reserva, a Dios (Lc 23,46) y a todos

los hombres sin excepción (Mc 10,45; 14,24; 2Cor 5,14s; 1Tim 2,5s). Por la

cruz es Dios plenamente glorificado (Jn 17,4); el hombre Jesús (1Tim 2,5) y

con él la humanidad entera merece ser amada por Dios sin reserva (Jn 10,17;

Fp 2,9ss). Dios y el hombre comunican en la unidad, según la última oración de

Jesús (Jn 17). Pero todavía es preciso que el hombre acepte libremente un

amor tan total y exigente, que debe llevarle a sacrificarse siguiendo a Cristo

(17,19). Halla en el camino el escándalo de la cruz, que no es sino el escándalo

del amor. Ahí es donde se manifiesta en su plenitud el don del Esposo a la

esposa (Ef 5,25ss; Gá 2,20), pero también para los hombres la suprema

tentación de la infidelidad.

3. El amor universal en el Espíritu. Si el calvario es el lugar del amor perfecto,

la manera como lo manifiesta es una prueba decisiva: de hecho los amigos del

crucificado lo abandonan (Mc 14,50; Lc 23,13-24); es que la adhesión al amor

divino no es cuestión de encuentro físico ni de razonamiento humano, en una

palabra, de conocimiento según la carne (2Cor 5,16); hace falta el don del

Espíritu, que crea en el hombre un corazón nuevo (cf. Jr 31,33s; Ez 36,25ss).

El Espíritu, derramado en pentecostés (Act 2,1-36), como lo había prometido

Cristo (Jn 14,16ss; cf. Lc 24,49) está desde entonces presente en el mundo

(Jn 14,16) por la Iglesia (Ef 2,21s), y enseña a los hombres lo que Jesús les ha

dicho (Jn 14,26) haciéndoselo comprender desde dentro, con un verdadero

conocimiento religioso; los hombres, testigos o no de la vida terrestre de Jesús,

son aquí iguales, sin distinción de tiempo ni de raza. Todo hombre tiene

necesidad del Espíritu para poder decir Padre (Rm 8,15) y glorificar a Cristo

(Jn 16,14). Así se derrama en nosotros un amor (Rm 5,5) que nos apremia

(2Cor 5,14), un amor del que nada puede ya separarnos (Rm 8,35-39) y que

nos prepara al encuentro definitivo de amor, en el que conoceremos como

somos conocidos (1Cor 13,12).

4. Dios es amor. Dios, dando a su Hijo, revela que él es aquel que se da por

amor (cf. Rm 8,32). El Hijo único que está en el seno del Padre, viviendo con

su Padre en un diálogo de amor absoluto, revelando así que el Padre y él son

uno desde toda la eternidad (Jn 10,30; cf. 17,11.21s) y que él es Dios mismo

(Jn 1,1; cf. 10,33-38; Mt 11,27), nos da a conocer al Dios al que nadie vio

nunca (Jn 1,18). Dios es amor (1Jn 4,8.16).

II. LA CARIDAD FRATERNA. AT. Ya en el AT el mandamiento del amor de Dios

se completa con el segundo mandamiento: Amarás a tu prójimo como a ti

mismo (Lev 19,18). A decir verdad, este mandamiento se presenta en forma

menos solemne que el otro (comp. Lev 19,1-37 y Dt 6,4-13) y la palabra

prójimo tiene un sentido bastante restringido. Pero al israelita se le invita ya a

prestar atención a los otros. En los textos más antiguos es ya una ofensa a

Dios ser indiferente u hostil al prójimo (Gn 3,12; 4,9s) y la ley une a las

exigencias que conciernen a las relaciones con Dios, las que atañen a las

relaciones entre los hombres: así el Decálogo (Ex 20,12-17) o el código de la

alianza, que abunda en prescripciones de atención para con los pobres y los

pequeños (Ex 22,20-26; 23,4-12). Toda la tradición profética (Am 1-2; Is

1,14-17; Jr 9,2-5; Ez 18,5-9; Mal 3,5) y toda la tradición sapiencial (Pr 14,21;

1,8-19; Si 25,1; Sb 2,10ss) van en el mismo sentido; no se puede agradar a

45



Dios sin respetar a los otros hombres, pero sobre todo a los más abandonados,

los menos interesantes. Nunca se creyó poder amar a Dios sin interesarse por

los hombres: practicaba la justicia y el derecho... juzgaba la causa del pobre y

del desgraciado. Conocerme, ¿no es esto? (Jr 22, 15s). El oráculo concierne a

Josías, pero alcanza a todo Israel (cf. Jr 9,4).

Que a este amor se le llame explícitamente amor, esto no se dice con frecuencia

(Lv 19,18; 19,34; Dt 10,19).

Antes de la venida de Cristo, el judaísmo profundiza la naturaleza del amor

fraterno.

NT. 1. Los dos amores. De un extremo a otro del NT el amor del prójimo

aparece indisoluble del amor de Dios: los dos mandamientos son el ápice y la

clave de la ley (Mc 12,28-33 p); es el compendio de toda exigencia moral (Gá

5,22; 6,2; Rm 13,8s; Col 3,14), el mandamiento único (1Jn 15,12; 2Jn 5); la

caridad es la obra única y multiforme de toda fe viva (Gá 5,6.22): el que no

ama a su hermano, al que ve, ¿cómo amará a Dios, al que no ve?...nosotros

amamos a los hijos de Dios cuando amamos a Dios (1Jn 4,20s; 5,2). No se

podría afirmar mejor que en el fondo no hay más que un solo amor.

El amor al prójimo es esencialmente religioso, de un espíritu completamente

distinto de la mera filantropía. En primer lugar por su modelo: imitar el amor

mismo de Dios (Mt 5,44s; Ef 5,1s.25; 1Jn 4,11s). Luego por su fuente, y sobre

todo porque es la obra de Dios en nosotros: ¿cómo seríamos nosotros

misericordiosos como el Padre celestial (Lc 6,36) si no nos lo enseñara el

Señor (1Ts 4,9), si no lo derramara el Espíritu en nuestros corazones (Rm 5,5;

15,30)? Este amor viene de Dios y existe en nosotros por el hecho mismo de

que Dios nos toma por hijos (1Jn 4,7). Y, venido de Dios, vuelve a Dios:

amando a nuestros hermanos amamos al Señor mismo (Mt 25,40), puesto que

todos juntos formamos el cuerpo de Cristo (Rm 12,5-10; 1Cor 12,12-27). Tal

es la manera como podemos responder al amor con que Dios nos amó el

primero (1Jn 3,16; 4,19s).

Mientras se aguarda la parusía del Señor, la caridad es la actividad esencial de

los discípulos de Jesús, según la cual serán juzgados (Mt 25, 31-46). Tal es el

testamento dejado por Jesús: Amaos los unos a los otros, como yo os he

amado (Jn 13,34s). El acto de amor de Cristo sigue expresándose a través de

los actos de los discípulo. Este mandamiento, si bien antiguo por estar ligado

con las fuentes de la revelación (1Jn 2,7s), es nuevo: en efecto, Jesús

inauguró una era nueva que anunciaban los profetas, dando a cada uno el

Espíritu que crea corazones nuevos.

2. El amor es don. La caridad cristiana es vista, sobre todo por los sinópticos y

san Pablo, conforme a la imagen de Dios que da gratuitamente su Hijo por la

salvación de todos los hombres pecadores, sin mérito alguno por su parte (Mc

10,45; Rm 5,6ss). Es, pues, universal, sin dejar que subsista barrera alguna

social o racial (Gá 3,28), sin despreciar a nadie (Lc 14,13; 7,39); más aún,

exige el amor de los enemigos (Mt 5,43-47; Lc 10,29-37). El amor no puede

desalentarse: tiene como leyes el perdón sin límites (Mt 18,21s; 6,12.14s), el

gesto espontáneo para con el adversario (Mt 5,23-26), la paciencia, el bien

devuelto a cambio del mal (Rm 12,14-21; Ef 4,25-5,2). En matrimonio se

expresa en forma de don total, a imagen del sacrificio de Cristo (Ef 5,25-32).

Para todos es finalmente una esclavitud mutua (Gál 5,13), en la que el hombre

renuncia a sí mismo con Cristo crucificado (Fp 2,1-11). Pablo, en su himno a la

caridad (1Cor 13) manifiesta la naturaleza y la grandeza del amor. Sin

46



descuidar en modo alguno sus exigencias cotidianas (13,4ss), afirma que sin la

caridad nada tiene valor (13,1ss), que sólo ella sobrevivirá a todo: amando

como Cristo vivimos ya una realidad divina y eterna (13,8-13). Por ella es

edificada la Iglesia (1Cor 8,1; Ef 4,16); por ella el hombre viene a ser perfecto

para el día del Señor (Flp 1,9ss).

3. El amor es comunión. Desde luego, Juan no ignora la universalidad y la

gratuidad del amor divino (Jn 3,16; 15,16; 1Jn 4,10), pero es más sensible a la

comunión del Padre y del Hijo en el Espíritu. Este amor se difunde en nosotros

y nos invita a participar en él, no sólo amando a Dios, sino viviendo a su imagen

en una intensa comunión religiosa de intercambio y de reciprocidad. La

comunión de los discípulos es un fuego de amor que el cristiano debe animar

con todo su corazón. Frente al mundo, al que no debe amar (1Jn 2,15; cf. Jn

17,9), amará a sus hermanos con un amor exigente y concreto (1Jn 3,11-18),

en el que entra en juego la ley de la renuncia y de la muerte, sin la cual no hay

verdadera fecundidad (Jn 12,24s). Por esta caridad el creyente permanece en

comunión con Dios (1Jn 4,7-5,4). Tal fue la última oración de Jesús: que el

amor con que me has amado esté en ellos y yo en ellos (Jn 17,26). Este amor

fraterno, vivido por los discípulos en medio del mundo al que no pertenecen

(17,11.15s), es el testimonio a través del cual el mundo puede reconocer a

Jesús como enviado del Padre (17,21): En esto conocerán que sois mis

discípulos: si tenéis caridad los unos con los otros (13,35).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA87



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL88

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

El amor es exigente89

14. El amor, al que el apóstol Pablo dedicó un himno en la primera carta a los

Corintios —amor «paciente», «servicial», y que «todo lo soporta» (1 Co 13, 4.

7)—, es ciertamente exigente. Su belleza está precisamente en el hecho de ser

exigente, porque de este modo constituye el verdadero bien del hombre y lo

irradia también a los demás. En efecto, el bien —dice santo Tomás— es por su

naturaleza «difusivo». El amor es verdadero cuando crea el bien de las personas

y de las comunidades, lo crea y lo da a los demás. Sólo quien, en nombre del

amor, sabe ser exigente consigo mismo, puede exigir amor de los demás;

porque el amor es exigente. Lo es en cada situación humana; lo es aún más

para quien se abre al Evangelio. ¿No es esto lo que Jesús proclama en «su»

mandamiento? Es necesario que los hombres de hoy descubran este amor

exigente, porque en él está el fundamento verdaderamente sólido de la familia;

un fundamento que es capaz de «soportar todo». Según el Apóstol, el amor no

es capaz de «soportar todo» si es «envidioso», si «es jactancioso», si «se

engríe», si no «es decoroso» (cf. 1 Co 13, 4-5). El verdadero amor, enseña san

Pablo, es distinto: «Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta» (1 Co 13, 7).

Precisamente este amor «soportará todo». Actúa en él la poderosa fuerza de





87

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

88

Ver las indicaciones en la página 6

89

Tomada de Juan Pablo II: CARTA A LAS FAMILIAS, No. 14

47



Dios mismo, que «es amor» (1 Jn 4, 8. 16). Actúa en él la poderosa fuerza de

Cristo, redentor del hombre y salvador del mundo.

Al meditar el capítulo 13 de la primera carta de Pablo a los Corintios, nos

situamos en el camino que nos ayuda a comprender, de modo más inmediato e

incisivo, la plena verdad sobre la civilización del amor. Ningún otro texto bíblico

expresa esa verdad de una manera más simple y profunda que el himno a la

caridad.

Los peligros que incumben sobre el amor constituyen también una amenaza a la

civilización del amor, porque favorecen lo que es capaz de contrastarlo

eficazmente. Piénsese ante todo en el egoísmo, no sólo a nivel individual, sino

también de la pareja o, en un ámbito aún más vasto, en el egoísmo social, por

ejemplo, de clase o de nación (nacionalismo). El egoísmo, en cualquiera de sus

formas, se opone directa y radicalmente a la civilización del amor. ¿Acaso se

quiere decir que ha de definirse el amor simplemente como «antiegoísmo»?

Sería una definición demasiado pobre y, en definitiva, sólo negativa, aunque es

verdad que para realizar el amor y la civilización del amor deben superarse

varias formas de egoísmo. Es más justo hablar de «altruismo», que es la

antítesis del egoísmo. Pero aún más rico y completo es el concepto de amor,

ilustrado por san Pablo. El himno a la caridad de la primera carta a los Corintios

es como la carta magna de la civilización del amor. En él no se trata tanto de

manifestaciones individuales (sea del egoísmo, sea del altruismo), cuanto de la

aceptación radical del concepto de hombre como persona que «se encuentra

plenamente» mediante la entrega sincera de sí mismo. Una entrega es,

obviamente, «para los demás»: ésta es la dimensión más importante de la

civilización del amor.

Entramos así en el núcleo mismo de la verdad evangélica sobre la libertad. La

persona se realiza mediante el ejercicio de la libertad en la verdad. La libertad

no puede ser entendida como facultad de hacer cualquier cosa. Libertad

significa entrega de uno mismo, es más, disciplina interior de la entrega. En el

concepto de entrega no está inscrita solamente la libre iniciativa del sujeto, sino

también la dimensión del deber. Todo esto se realiza en la «comunión de las

personas». Nos situamos así en el corazón mismo de cada familia.

Nos encontramos también sobre las huellas de la antítesis entre individualismo

y personalismo. El amor, la civilización del amor, se relaciona con el

personalismo. ¿Por qué precisamente con el personalismo? ¿Por qué el

individualismo amenaza la civilización del amor? La clave de la respuesta está

en la expresión conciliar: «una entrega sincera». El individualismo supone un

uso de la libertad por el cual el sujeto hace lo que quiere, «estableciendo» él

mismo «la verdad» de lo que le gusta o le resulta útil. No admite que otro

«quiera» o exija algo de él en nombre de una verdad objetiva. No quiere «dar»

a otro basándose en la verdad; no quiere convertirse en una «entrega sincera».

El individualismo es, por tanto, egocéntrico y egoísta. La antítesis con el

personalismo nace no solamente en el terreno de la teoría, sino aún más en el

del «ethos». El «ethos» del personalismo es altruista: mueve a la persona a

entregarse a los demás y a encontrar gozo en ello. Es el gozo del que habla

Cristo (cf. Jn 15, 11; 16, 20. 22).

Conviene, pues, que la sociedad humana, y en ella las familias, que a menudo

viven en un contexto de lucha entre la civilización del amor y sus antítesis,

busquen su fundamento estable en una justa visión del hombre y de lo que

determina la plena «realización» de su humanidad. Ciertamente contrario a la

48



civilización del amor es el llamado «amor libre», tanto o más peligroso porque

es presentado frecuentemente como fruto de un sentimiento «verdadero»,

mientras de hecho destruye el amor. ¡Cuántas familias se han disgregado

precisamente por el «amor libre»! En cualquier caso, seguir el «verdadero»

impulso afectivo, en nombre de un amor «libre» de condicionamientos, en

realidad significa hacer al hombre esclavo de aquellos instintos humanos, que

santo Tomás llama «pasiones del alma». El «amor libre» explota las debilidades

humanas dándoles un cierto «marco» de nobleza con la ayuda de la seducción y

con el apoyo de la opinión pública. Se trata así de «tranquilizar» las conciencias,

creando una «coartada moral». Sin embargo, no se toman en consideración

todas sus consecuencias, especialmente cuando, además del cónyuge, sufren

los hijos, privados del padre o de la madre y condenados a ser de hecho

huérfanos de padres vivos.

Como es sabido, en la base del utilitarismo ético está la búsqueda constante del

«máximo» de felicidad: una «felicidad utilitarista», entendida sólo como placer,

como satisfacción inmediata del individuo, por encima o en contra de las

exigencias objetivas del verdadero bien.

El proyecto del utilitarismo, basado en una libertad orientada con sentido

individualista, o sea, una libertad sin responsabilidad, constituye la antítesis del

amor, incluso como expresión de la civilización humana considerada en su

conjunto. Cuando este concepto de libertad encuentra eco en la sociedad,

aliándose fácilmente con las más diversas formas de debilidad humana, se

manifiesta muy pronto como una sistemática y permanente amenaza para la

familia. A este respecto, se podrían citar muchas consecuencias nefastas,

documentables a nivel estadístico, aunque no pocas de ellas quedan escondidas

en los corazones de los hombres y de las mujeres, como heridas dolorosas y

sangrantes.

El amor de los esposos y de los padres tiene la capacidad de curar semejantes

heridas, si las mencionadas insidias no le privan de su fuerza de regeneración,

tan benéfica y saludable para la comunidad humana. Esta capacidad depende

de la gracia divina del perdón y de la reconciliación, que asegura la energía

espiritual para empezar siempre de nuevo. Precisamente por esto, los miembros

de la familia necesitan encontrar a Cristo en la Iglesia a través del admirable

sacramento de la penitencia y de la reconciliación.

En este contexto se puede ver cuán importante es la oración con las familias y

por las familias, en particular, las que se ven amenazadas por la división. Es

necesario rezar para que los esposos amen su vocación, incluso cuando el

camino resulta difícil o encuentra tramos angostos y escarpados,

aparentemente insuperables; hay que rezar para que incluso entonces sean

fieles a su alianza con Dios.

«La familia es el camino de la Iglesia». En esta carta deseo profesar y anunciar

a la vez este camino que, a través de la vida conyugal y familiar, lleva al reino

de los cielos (cf. Mt 7, 14). Es importante que la «comunión de las personas» en

la familia sea preparación para la «comunión de los santos». Por esto la Iglesia

confiesa y anuncia el amor que «todo lo soporta», viendo en él, con san Pablo,

la virtud «mayor» (cf. 1 Co 13, 7. 13). El Apóstol no pone límites a nadie. Amar

es vocación de todos, también de los esposos y de las familias. En efecto, en la

Iglesia todos están llamados igualmente a la perfección de la santidad ( Conc.

Vat. II: L.G. 39-41. cf. Mt 5, 48).

Preguntas para reflexionar en pareja

49



¿Qué relación hay entre el amor y el bien?

¿Cuál es el mayor enemigo del amor y cuáles los peligros que lo amenazan con

más frecuencia?

¿Las parejas de hoy –incluídos ustedes—son con frecuencia víctimas de esos

peligros? ¿Podrían citar algunos ejemplos?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA90



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA91









6. BAUTISMO

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar92

BAUTISMO

El nombre de bautismo deriva del verbo baptein/baptizein, que significa

sumergir, lavar. El bautismo es, pues, una inmersión o una ablución. El

simbolismo del agua como signo de purificación y de vida es tan frecuente en la

historia de las religiones que no puede sorprender su existencia en los misterios

paganos.

I. AT Y JUDAISMO. 1. El papel purificador del agua es muy marcado en el AT.

Aparece en diversos acontecimientos de la historia sagrada, que en lo sucesivo

serán mirados como prefiguraciones del bautismo: por ejemplo, el diluvio (cf.

1Pe 3,20s), o el paso del mar Rojo (cf. 1Cor 10,1s). En numerosos casos de

impureza impone la ley abluciones rituales que purifican y capacitan par el culto

(Nm 19,2-10; Dt 23,10s). Los profetas anuncian una efusión de agua

purificadora del pecado (Za 13,1). Ezequiel asocia esta lustración escatológica

con el don del Espíritu de Dios (Ez 36,24-28; cf. Sal 51,9.12s).

2. El judaísmo posterior al exilio multiplica las abluciones rituales. Vienen a

ser de una minucia extremada y no se libran del formalismo entre los fariseos

contemporáneos del Evangelio (Mc 7,1-5 p). Estas prácticas simbolizaban la

purificación del corazón y podían contribuir a obtenerla cuando se les añadían

sentimientos de arrepentimiento. Hacia la época del NT y quizás un poco antes,

los rabinos bautizaban a los prosélitos, paganos de origen que se agregaban al

pueblo judío (cf. Mt 23,15). Parece incluso que algunos consideraban este

bautismo tan necesario como la circuncisión.

II. EL BAUTISMO DE JUAN. El bautismo de Juan se puede comparar con el

bautismo de los prosélitos. Este último introducía en el pueblo de Israel; el



90

Ver indicaciones y notas en la página 11

91

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

92

Adaptado de AMIOT, Francois. Bautismo, en VTB P. 117-120

50



bautismo de Juan realiza una especie de agregación a la verdadera posteridad

de Abraham (Mt 3,8 p), al resto de Israel, sustraído en adelante a la ira de Dios

(Mt 3,7.10 p) y en espera del Mesías que viene. Es un bautismo único,

conferido en el desierto con miras al arrepentimiento y al perdón (Mc 1,4 p).

Comporta la confesión de los pecados y un esfuerzo de conversión definitiva,

expresada en el rito (Mt 3,6ss). Juan insiste en la pureza moral; no exige a los

publicanos ni a los soldados que abandonen sus funciones (Lc 3,10-14).

El bautismo de Juan no establece sino una economía provisional: es un

bautismo de agua, preparatorio para el bautismo mesiánico en el Espíritu Santo

y en el fuego (Mt 3,11 p; Hc. 1,5; 11,16; 19,3s), purificación suprema (cf. Sal

51) que inaugurará el mundo nuevo y cuya perspectiva parece confundirse aquí

con la del juicio.

III. EL BAUTISMO DE JESUS. 1. Jesús, al presentarse para recibir el bautismo

de Juan, se somete a la voluntad de su Padre (Mt 3,14s) y se sitúa

humildemente entre los pecadores. Es el cordero de Dios que toma así sobre sí

mismo el pecado del mundo (Jn 1,29.36). El bautismo de Jesús en el Jordán

anuncia y prepara su bautismo en la muerte (Lc 12,50; Mc 10,38),

encuadrando así en dos bautismos su vida pública. Es también lo que quiere

decir el evangelista Juan cuando refiere que el agua y la sangre brotaron del

costado abierto de Jesús (Jn 19,34s, cf. 1Jn 5,6-8).

2. El bautismo de Jesús por Juan es coronado por la bajada del Espíritu Santo y

la proclamación por el Padre celestial, de su filiación divina. La venida del

Espíritu Santo sobre Jesús es una investidura que responde a las profecías (Is

11,2, 42,1; 61,1); es al mismo tiempo el anuncio de Pentecostés, que

inaugurará el bautismo en el Espíritu, para la Iglesia (Hc. 1,15; 11,16; Ef 5,25-

32; Tit 3,5ss). El reconocimiento de Jesús como Hijo anuncia la filiación

adoptiva de los creyentes, participación en la de Jesús (Gá 4,6).

IV. EL BAUTISMO CRISTIANO. 1. El bautismo de agua y de Espíritu. Juan

Bautista anunciaba el bautismo en el Espíritu y en el fuego (Mt 3,11 p). El

Espíritu es el don mesiánico prometido. El fuego es el juicio que comienza a

verificarse a la venida de Jesús (Jn 3,18-21; 5,22-25; 9,39). Uno y otro son

inaugurados en el bautismo de Jesús, que es el preludio del de los fieles. Este

acto sagrado constituye así al nuevo pueblo; Pablo lo ve anunciado en el paso

del mar Rojo que libera a Israel de la servidumbre (1Cor 10,1s). Su realización

efectiva comienza en Pentecostés, que es como el bautismo de la Iglesia en el

Espíritu y el fuego. Pedro predica inmediatamente a sus oyentes, atraídos por

el prodigio, la necesidad de recibir el bautismo con sentimiento de

arrepentimiento, a fin de obtener la remisión de los pecados y el don del

Espíritu Santo, lo cual se efectúa enseguida (Hc. 2,38-41). Esta manera de

obrar supone una orden dada por Cristo, tal como está anunciado por Jn 3,3ss y

formulado explícitamente después de la resurrección (Mt 28,19; Mc 16,16).

San Pablo profundiza y completa la doctrina bautismal que resultaba de las

enseñanzas del Salvador (Mc 10,38) y de la práctica de la Iglesia (Rm 6,3). El

bautismo conferido en nombre de Cristo (1Cor 1,13) une a la muerte, a la

sepultura y a la resurrección del Salvador (Rm 6,3ss; Col 2,12). La inmersión

representa la muerte y la sepultura de Cristo; la salida del agua simboliza la

resurrección en unión con él. El bautismo hace que muera el cuerpo en cuanto

instrumento del pecado (Rm 6,6) y hace participar en la vida para Dios en

Cristo (6,11). La muerte al pecado y el don de la vida son inseparables: la

ablución de agua pura es al mismo tiempo aspersión de la sangre de Cristo,

51



más elocuente que la de Abel (Hb 12,24; 1Pe 1,2), participación efectiva en los

méritos adquiridos por derecho para todos por Cristo en el Calvario, unión con

su resurrección y, en principio, con su glorificación (Ef 2,5s). El bautismo es

por tanto un sacramento pascual, una comunión con la pascua de Cristo; el

bautizado muere al pecado y vive para Dios en Cristo (Rm 6,11), vive de la

vida misma de Cristo (Gá 2,20; Fp 1,21). La transformación así realizada es

radical; es despojo y muerte del hombre viejo y revestimiento del hombre

nuevo (Rm 6,6; Col 3,9; Ef 4,24), nueva creación a la imagen de Dios (Gá

6,15).

Una enseñanza análoga, pero más sumaria, se halla en 1Pe 3,18-21, la cual, en

el paso de Noé por las aguas del diluvio, ve el anuncio del paso del cristiano por

las aguas del bautismo, paso liberador, gracias a la resurrección de Cristo.

2. Conversión y fe bautismal. El bautismo supone que uno ha confesado su fe

en Jesucristo (Hc. 16, 30s), cuyo artículo esencial, que resume y contiene los

otros, es la resurrección de Cristo (Rm 10,9; Ef 2,17-21). El objeto de la fe

puede sin embargo, ser conocido implícitamente cuando es dado el Espíritu

antes del bautismo (Hc. 10,44-48), y parece que la fe del padre de familia

puede valer para todos los suyos: así para Cornelio y el carcelero de Filipos

(Hc.10,47; 16,33). Pero la fe en Cristo no es sólo adhesión del espíritu al

mensaje evangélico; tal fe comporta una conversión total, una donación entera

a Cristo, que transforma toda la vida. Desemboca normalmente en la petición

del bautismo, que es su sacramento y en cuya recepción adquiere su perfección.

Supone siempre que la profesión de fe es coronada por la recepción del

bautismo (cf. Gá 3,26s).

Por la fe responde el hombre a la llamada divina que le ha sido manifestada por

la predicación apostólica (Rm 10,14s), respuesta que, por lo demás, es obra de

la gracia (Ef 2,8). En el bautismo el Espíritu se posesiona del creyente, lo

agrega al cuerpo de la Iglesia y le da la certeza de que ha entrado en el reino

de Dios.

3. Fidelidad exigida al bautizado. Otros aspectos subrayan la profundidad de la

transformación espiritual realizada en el bautismo. Ha sido para el catecúmeno

un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu (Jn 3,5), un baño de regeneración

y de renovación en el Espíritu Santo (Tit 3,5), un sello impreso en su alma

(2Co 1,22; Ef 1,13; 4,30), una iluminación que lo ha hecho pasar de las

tinieblas del pecado a la luz de Cristo (Ef 5,8-14; Hb 6,4), una nueva

circuncisión que lo ha agregado al nuevo pueblo de Dios (Col 2,11; cf. Ef 2,11-

22). Todo se resume en la cualidad de hijo de Dios (1Jn 3,1) que le confiere

una dignidad incomparable.

El bautizado, unido a la pascua de Cristo con esfuerzos y con una fidelidad

generosa, se prepara para entrar en su reino glorioso (Col 1,12s) y en la

posesión de la herencia celestial, cuyas primicias posee por el don del Espíritu

(2Co1,22; Ef 1,14).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA93



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL94



93

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

52



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

El sacramento del Bautismo95

El santo Bautismo es el fundamento de toda la vida cristiana, el pórtico de la

vida en el espíritu ("vitae spiritualis ianua") y la puerta que abre el acceso a los

otros sacramentos. Por el Bautismo somos liberados del pecado y regenerados

como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a

la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC,

can 204,1; 849; CCEO 675,1): "Baptismus est sacramentum regenerationis per

aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el

agua y la palabra", Cath. R. 2,2,5).

Para la remisión de los pecados...

Por el Bautismo, todos los pecados son perdonados, el pecado original y todos

los pecados personales así como todas las penas del pecado (cf DS 1316). En

efecto, en los que han sido regenerados no permanece nada que les impida

entrar en el Reino de Dios, ni el pecado de Adán, ni el pecado personal, ni las

consecuencias del pecado, la más grave de las cuales es la separación de Dios.

No obstante, en el bautizado permanecen ciertas consecuencias temporales del

pecado, como los sufrimientos, la enfermedad, la muerte o las fragilidades

inherentes a la vida como las debilidades de carácter, etc., así como una

inclinación al pecado que la Tradición llama concupiscencia, o "fomes peccati":

"La concupiscencia, dejada para el combate, no puede dañar a los que no la

consienten y la resisten con coraje por la gracia de Jesucristo. Antes bien `el

que legítimamente luchare, será coronado'(2 Tm 2,5)" (Concilio de Trento: DS

1515).

“Una criatura nueva”

El Bautismo no solamente purifica de todos los pecados, hace también del

neófito "una nueva creación" (2 Co 5,17), un hijo adoptivo de Dios (cf Gá 4,5-7)

que ha sido hecho "partícipe de la naturaleza divina" ( 2 P 1,4), miembro de

Cristo (cf 1 Co 6,15; 12,27), coheredero con él (Rm 8,17) y templo del Espíritu

Santo (cf 1 Co 6,19).

La Santísima Trinidad da al bautizado la gracia santificante, la gracia de la

justificación que :

– le hace capaz de creer en Dios, de esperar en él y de amarlo mediante las

virtudes teologales;

– le concede poder vivir y obrar bajo la moción del Espíritu Santo mediante los

dones del Espíritu Santo;

– le permite crecer en el bien mediante las virtudes morales.

Así todo el organismo de la vida sobrenatural del cristiano tiene su raíz en el

santo Bautismo.

Incorporados a la Iglesia, Cuerpo de Cristo

El Bautismo hace de nosotros miembros del Cuerpo de Cristo. "Por

tanto...somos miembros los unos de los otros" (Ef 4,25). El Bautismo incorpora



94

Ver las indicaciones en la página 6

95

Tomada de CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA Nos. 1213 y 1263- 1274

53



a la Iglesia. De las fuentes bautismales nace el único pueblo de Dios de la

Nueva Alianza que trasciende todos los límites naturales o humanos de las

naciones, las culturas, las razas y los sexos: "Porque en un solo Espíritu hemos

sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo" (1 Co 12,13).

Los bautizados vienen a ser "piedras vivas" para "edificación de un edificio

espiritual, para un sacerdocio santo" (1 P 2,5). Por el Bautismo participan del

sacerdocio de Cristo, de su misión profética y real, son "linaje elegido,

sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de

Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable luz" (1 P 2,9). El

Bautismo hace participar en el sacerdocio común de los fieles.

Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo (1 Co

6,19), sino al que murió y resucitó por nosotros (cf 2 Co 5,15). Por tanto, está

llamado a someterse a los demás (Ef 5,21; 1 Co 16,15-16), a servirles (cf Jn

13,12-15) en la comunión de la Iglesia, y a ser "obediente y dócil" a los

pastores de la Iglesia (Hb 13,17) y a considerarlos con respeto y afecto (cf 1 Ts

5,12-13). Del mismo modo que el Bautismo es la fuente de responsabilidades y

deberes, el bautizado goza también de derechos en el seno de la Iglesia: recibir

los sacramentos, ser alimentado con la palabra de Dios y ser sostenido por los

otros auxilios espirituales de la Iglesia (cf LG 37; CIC can. 208-223; CCEO, can.

675,2).

Los bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a

confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la

Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo

de Dios (cf LG 17; AG 7,23).

El vínculo sacramental de la unidad de los cristianos

El Bautismo constituye el fundamento de la comunión entre todos los cristianos,

e incluso con los que todavía no están en plena comunión con la Iglesia católica:

"Los que creen en Cristo y han recibido ritualmente el bautismo están en una

cierta comunión, aunque no perfecta, con la Iglesia católica... justificados por la

fe en el bautismo, se han incorporado a Cristo; por tanto, con todo derecho se

honran con el nombre de cristianos y son reconocidos con razón por los hijos de

la Iglesia Católica como hermanos del Señor" (UR 3). "Por consiguiente, el

bautismo constituye un vínculo sacramental de unidad, vigente entre los que

han sido regenerados por él" (UR 22).

Un sello espiritual indeleble...

Incorporado a Cristo por el Bautismo, el bautizado es configurado con Cristo (cf

Rm 8,29). El Bautismo imprime en el cristiano un sello espiritual indeleble

(character) de su pertenencia a Cristo. Este sello no es borrado por ningún

pecado, aunque el pecado impida al Bautismo dar frutos de salvación (cf DS

1609-1619). Dado una vez por todas, el Bautismo no puede ser reiterado.

Incorporados a la Iglesia por el Bautismo, los fieles han recibido el carácter

sacramental que los consagra para el culto religioso cristiano (cf LG 11). El sello

bautismal capacita y compromete a los cristianos a servir a Dios mediante una

participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia y a ejercer su sacerdocio

bautismal por el testimonio de una vida santa y de una caridad eficaz (cf LG

10).

54



El "sello del Señor" (Dominicus character: S. Agustín, Ep. 98,5), es el sello con

que el Espíritu Santo nos ha marcado "para el día de la redención" (Ef 4,30; cf

Ef 1,13-14; 2 Co 1,21-22). "El Bautismo, en efecto, es el sello de la vida eterna"

(S. Ireneo, Dem.,3). El fiel que "guarde el sello" hasta el fin, es decir, que

permanezca fiel a las exigencias de su Bautismo, podrá morir marcado con "el

signo de la fe" (MR, Canon romano, 97), con la fe de su Bautismo, en la espera

de la visión bienaventurada de Dios –consumación de la fe– y en la esperanza

de la resurrección.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuáles son los efectos del bautismo en el cristiano?

¿Cómo creen que el bautismo nos pueda ayudar a vivir mejor la vida de pareja?

¿Les da esta lectura luces sobre el bautismo de los hijos y el deber de los padres de

transmitirles la fe?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA96



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA97









7. EUCARISTÍA

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar98

EUCARISTÍA

I. SENTIDOS DE LA PALABRA. 1. Acción de gracias y bendición. Eucaristía

significa de suyo reconocimiento, gratitud; de ahí, acción, acción de gracias.

Este sentido, el más ordinario en el griego profano, se halla igualmente en la

Biblia griega, particularmente en las relaciones humanas (Sb 18,2; 2Mac 2,27;

12,31; Hc 24,3; Rm 16,4). Para con Dios, la acción de gracias (2Mac 1,11; 1Ts

3,9; 1Co 1,14; Co 1,12) adopta de ordinario la forma de una oración (Sb

16,28; 1Ts 5,17s; 2 Co 1,11; Col 3,17; etc.), por ejemplo, al principio de las

cartas paulinas (p.e., 1Tes 1,2). Entonces converge naturalmente con la

bendición que celebra las maravillas de Dios, pues estas maravillas se expresan

para el hombre en beneficios que dan a la alabanza un matiz de

reconocimiento; en estas condiciones la acción de gracias va acompañada de

una anámnesis por la que la memoria evoca el pasado (Jdt 8,25s; Ap 11,17s),

y el eujaristein equivale al eulogein (1Cor 14,16ss). Esta eulogía - eucarística

se halla particularmente en las comidas judías, cuyas bendiciones alaban y dan

gracias a Dios por los alimentos que ha dado a los hombres. Pablo habla en

este sentido de comer con eucaristía (Rm 14,6; 1Cor 10,30; 1 Tm 4,3s).







96

Ver indicaciones y notas en la página 11

97

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

98

Adaptado de BENOIT, Pierre. Eucaristía, en VTB P. 309-314.

55



2. El uso de Jesús y el uso cristiano. En la primera multiplicación de los panes

pronuncia Jesús una bendición según los sinópticos (Mt 14,19 p), una acción de

gracias según Jn 6,11.23; en la segunda multiplicación Mt 15,36 menciona una

acción de gracias, mientras que Mc 8,6s habla de una acción de gracias sobre el

pan y de bendición sobre los peces. Esta equivalencia práctica aconseja no

distinguir en la última cena la bendición sobre el pan (Mt 26,26 p; cf. Lc 24,30)

y la acción de gracias sobre la copa (Mt 26,27 p). Por lo demás, Pablo habla

inversamente de la acción de gracias sobre el pan (1Co 11,24) y de la

bendición sobre la copa (1Co 10,16).

II. INSTITUCIÓN Y CELEBRACIÓN PRIMITIVA. 1. Los relatos. Cuatro textos

del NT refieren la institución eucarística: Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-

20; 1Co 11,23ss. Lo que Pablo transmite así después de haberlo recibido

parece sin duda ser una tradición litúrgica; y lo mismo se debe decir de los

textos sinópticos, cuya concisión lapidaria contrasta con el contexto: reflejos

preciosos de la manera como las primeras Iglesias celebraban la cena del

Señor.

2. El marco histórico. Otro problema del que depende la interpretación de

estos textos es su marco histórico. Para los sinópticos fue ciertamente una

comida pascual (Mc 14,12-16 p); pero según Jn 18,28; 19,14.31, la pascua no

se celebró hasta el día siguiente, la tarde del viernes. Se ha intentado todo

para explicar esta divergencia; sea contradiciendo a Juan que habría retrasado

un día para obtener el simbolismo de la muerte de Jesús a la hora misma de la

inmolación del cordero pascual (Jn 19,14.36), sea pretendiendo que la pascua

se hubiese celebrado aquel año el jueves y el viernes, respectivamente, por

diferentes grupos de judíos, sea imaginando una pascua esenia celebrada la

noche del martes, y a la que se habría unido Jesús.

3. Comida religiosa y comida del Señor. En efecto, en los textos de la

institución late una perspectiva pascual, mucho más que la perspectiva de

alguna comida judía solemne, o la de una comida esenia, con las que se ha

tratado de explicarlos.

En efecto, no se debería descubrir siempre la eucaristía en las comidas

cotidianas que los primeros hermanos de Jerusalén tomaban con regocijo

partiendo el pan en sus casas (Hc 2,42.46). Esta fracción del pan puede no ser

más que una comida ordinaria, religiosa, sí, como toda comida semítica,

centrada aquí en el recuerdo y la espera del maestro resucitado y a la que se

añadía la eucaristía propiamente dicha cuando se renovaban las palabras y los

gestos del Señor para entrar en comunión con su presencia misteriosa mediante

el pan y el vino, transformando así una comida ordinaria en comida del Señor

(1Co 11,20-34).

III. LA EUCARISTIA, SACRAMENTO DE NUTRICIÓN. 1. La comida, signo

religioso. La eucaristía, instituida durante una comida, es un rito de nutrición.

Desde los tiempos más remotos, particularmente en el mundo semita, reconoció

el hombre a los alimentos un valor sagrado, debido a la munificencia de la

divinidad y a su aptitud para procurar la vida.

2. De las figuras a la realidad. En la revelación bíblica alimentos y comida

sirven para expresar la comunicación de vida que hace Dios a su pueblo. El

maná y las codornices del Éxodo, así como el agua que brotó de la roca de

Horeb (Sal 78,20-29), son otras tantas realidades simbólicas (1Co 10,3s) que

prefiguran el don verdadero que sale de la boda de Dios (Dt 8,3; Mt 4,4), la

palabra, verdadero pan bajado del cielo (Éx 16,4).

56



Ahora bien, estas figuras se realizan en Jesús. Él es el pan de vida, primero por

su palabra que abre la vida eterna a los que creen (Jn 6,26-51 a), luego por su

carne y su sangre dados como comida y bebida (Jn 6,51b-58). Estas palabras

que anuncian la eucaristía las dijo Jesús después de haber alimentado

milagrosamente a la multitud en el desierto (Jn 6,1-15). El don que promete y

que opone al maná (Jn 6,31s.49s) enlaza así con las maravillas del éxodo, al

mismo tiempo que se sitúa en el horizonte del banquete mesiánico, imagen de

la felicidad celestial familiar al judaísmo (Is 25,6; escritos rabínicos) y al NT

(Mt 8,11; 22,2-14; Lc 14,15; Ap 3,20; 19,9).

3. La comida del Señor, memorial y promesa. La última cena es como la

última preparación del banquete mesiánico en que Jesús volverá a encontrarse

con los suyos después de la prueba cercana. La pascua cumplida (Lc 22,15s) y

el vino nuevo (Mc 14,25 p) que gustará con ellos en el reino de Dios, los

prepara en esta última comida haciendo que el pan y el vino signifiquen la

realidad nueva de su cuerpo y de su sangre.

IV. LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE UN SACRIFICIO. 1. El anuncio de la

muerte redentora. Muerte redentora, pues el cuerpo será dado por vosotros,

con variantes poco garantizadas); la sangre será derramada por vosotros (Lc)

o por una multitud (Mc/Mt).

Pero hablando Jesús de sangre derramada por muchos con miras a una nueva

alianza, debe de pensar también en el siervo de Yahveh, cuya vida fue

derramada, que cargó con los pecados de muchos (Is 53,12), y al que Dios

designó como alianza del pueblo y luz de las naciones (Is 42,6; cf. 49,8). Ya

anteriormente se había atribuido del papel del siervo (Lc 4,17-21) y había

reivindicado la misión de dar como él su vida como rescate por muchos (Mc

10,45 p; Is 53). Aquí da a entender que su muerte inminente va a reemplazar

los sacrificios de la antigua alianza y a librar a los hombres, no de una

cautividad temporal, sino de la del pecado, como Dios lo había exigido al siervo.

Va a instaurar la nueva alianza que había anunciado Jeremías (Jr 31,31-34).

2. La comunión en el sacrificio. Ahora bien, lo más nuevo es que Jesucristo

encierra la riqueza de este sacrificio en alimentos. En Israel, como en todos los

pueblos antiguos, se acostumbraba percibir los frutos de un sacrificio

consumiendo la víctima; esto era unirse a la ofrenda y a Dios que la aceptaba

(1Co 10,18-21). Los fieles de Jesús, comiendo su cuerpo inmolado y bebiendo

su sangre, tendrán parte en su sacrificio, haciendo suya su ofrenda de amor y

beneficiándose de la gracia que por su parte opera.

En adelante los cristianos, cada vez que reproducen este gesto o se asocian a

él, anuncian la muerte del Señor hasta que venga (1Co 11,26), puesto que la

presencia sacramental que realizan es la de Cristo en estado de sacrificio. Lo

hacen en memoria suya (1Co 11,25; Lc 22,19), es decir, que rememoran con

la fe su acto redentor o, quizá mejor, lo hacen presente al recuerdo de Dios (cf.

Lv 24,7; Nm 10,9s; Si 50,16; Hc 24,7; Nm 10,9s; Si 50,16; Hc 10,4.31), como

una ofrenda incesantemente renovada, que atrae su gracia. Anámnesis que

comporta el recuerdo admirativo y agradecido de las maravillas de Dios, la

mayor de las cuales es el sacrificio de su Hijo para procurar a los hombres la

salvación. Maravilla de amor en la que éstos participan uniéndose por la

comunión al cuerpo del Señor, y en él a todos sus miembros (1Co 10,14-22).

Sacramento del sacrificio de Cristo es la eucaristía: sacramento de la caridad,

de la unión en el cuerpo de Cristo.

57



3. Eucaristía, sacramento escatológico. El cuerpo y la sangre eucarísticos no

son, pues, sólo el memorial simbólico de un acontecimiento ya pasado; son toda

la realidad del mundo escatológico en que vive Cristo. La eucaristía, como todo

el mundo sacramental, cuyo centro es, procura al creyente todavía sumergido

en el viejo mundo el contacto físico con Cristo en toda la realidad de su nuevo

ser, resucitado, espiritual (cf. Jn 6,63).

Los alimentos que la eucaristía asume cambian de existencia y se convierten en

el verdadero pan de los ángeles (Sal 78,25; cf. Sb 16,20), el alimento de la

nueva era. Por su presencia en el altar, Cristo muerto y resucitado está

realmente presente en su disposición eterna de sacrificio. Por esta razón la

misa es un sacrificio, idéntico al sacrificio histórico de la cruz por toda la ofrenda

amante de Cristo que lo constituye, distinto únicamente por las circunstancias

de tiempo y de lugar en que se reproduce. Por la eucaristía une la Iglesia en

todo lugar y tiempo hasta el fin del mundo las alabanzas y las ofrendas de los

hombres al sacrificio perfecto de alabanza y de ofrenda, de eucaristía en una

palabra, único que tiene valor delante de Dios y único que las valoriza (cf. Hb

13,10.15).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA99



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL100

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

El memorial sacrificial de Cristo y de su Cuerpo, que es la Iglesia101

La Eucaristía es el memorial de la Pascua de Cristo, la actualización y la ofrenda

sacramental de su único sacrificio, en la liturgia de la Iglesia que es su Cuerpo.

En todas las plegarias eucarísticas encontramos, tras las palabras de la

institución, una oración llamada anámnesis o memorial.

En el sentido empleado por la Sagrada Escritura, el memorial no es solamente

el recuerdo de los acontecimientos del pasado, sino la proclamación de las

maravillas que Dios ha realizado en favor de los hombres (cf Ex 13,3). En la

celebración litúrgica, estos acontecimientos se hacen, en cierta forma,

presentes y actuales. De esta manera Israel entiende su liberación de Egipto:

cada vez que es celebrada la pascua, los acontecimientos del Exodo se hacen

presentes a la memoria de los creyentes a fin de que conformen su vida a estos

acontecimientos.

El memorial recibe un sentido nuevo en el Nuevo Testamento. Cuando la Iglesia

celebra la Eucaristía, hace memoria de la Pascua de Cristo y esta se hace

presente: el sacrificio que Cristo ofreció de una vez para siempre en la cruz,

permanece siempre actual (cf Hb 7,25-27): "Cuantas veces se renueva en el

altar el sacrificio de la cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se

realiza la obra de nuestra redención" (LG 3).

Por ser memorial de la Pascua de Cristo, la Eucaristía es también un sacrificio.

El carácter sacrificial de la Eucaristía se manifiesta en las palabras mismas de la



99

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

100

Ver las indicaciones en la página 6

101

Tomada de CATECISMO DE LA IGLESIA CATÓLICA, Nos. 1362-1372.

58



institución: "Esto es mi Cuerpo que será entregado por vosotros" y "Esta copa

es la nueva Alianza en mi sangre, que será derramada por vosotros" (Lc 22,19-

20). En la Eucaristía, Cristo da el mismo cuerpo que por nosotros entregó en la

cruz, y la sangre misma que "derramó por muchos para remisión de los

pecados" (Mt 26,28).

La Eucaristía es, pues, un sacrificio porque representa (= hace presente) el

sacrificio de la cruz, porque es su memorial y aplica su fruto:

(Cristo), nuestro Dios y Señor, se ofreció a Dios Padre una vez por todas,

muriendo como intercesor sobre el altar de la cruz, a fin de realizar para ellos

(los hombres) una redención eterna. Sin embargo, como su muerte no debía

poner fin a su sacerdocio (Hb 7,24.27), en la última Cena, "la noche en que fue

entregado" (1 Co 11,23), quiso dejar a la Iglesia, su esposa amada, un sacrificio

visible (como lo reclama la naturaleza humana), donde sería representado el

sacrificio sangriento que iba a realizarse una única vez en la cruz cuya memoria

se perpetuaría hasta el fin de los siglos (1 Co 11,23) y cuya virtud saludable se

aplicaría a la redención de los pecados que cometemos cada día (Cc. de Trento:

DS 1740).

El sacrificio de Cristo y el sacrificio de la Eucaristía son, pues, un único

sacrificio: "Es una y la misma víctima, que se ofrece ahora por el ministerio de

los sacerdotes, que se ofreció a si misma entonces sobre la cruz. Sólo difiere la

manera de ofrecer": (Conc de Trento DS 1743) "Y puesto que en este divino

sacrificio que se realiza en la Misa, se contiene e inmola incruentamente el

mismo Cristo que en el altar de la cruz "se ofreció a sí mismo una vez de modo

cruento"; …este sacrificio [es] verdaderamente propiciatorio" (Ibid).

La Eucaristía es igualmente el sacrificio de la Iglesia. La Iglesia, que es el

Cuerpo de Cristo, participa en la ofrenda de su Cabeza. Con él, ella se ofrece

totalmente. Se une a su intercesión ante el Padre por todos los hombres. En la

Eucaristía, el sacrificio de Cristo es también el sacrificio de los miembros de su

Cuerpo. La vida de los fieles, su alabanza, su sufrimiento, su oración y su

trabajo se unen a los de Cristo y a su total ofrenda, y adquieren así un valor

nuevo. El sacrificio de Cristo, presente sobre el altar, da a todas alas

generaciones de cristianos la posibilidad de unirse a su ofrenda.

En las catacumbas, la Iglesia es con frecuencia representada como una mujer

en oración, los brazos extendidos en actitud de orante. Como Cristo que

extendió los brazos sobre la cruz, por él, con él y en él, la Iglesia se ofrece e

intercede por todos los hombres.

Toda la Iglesia se une a la ofrenda y a la intercesión de Cristo. Encargado del

ministerio de Pedro en la Iglesia, el Papa es asociado a toda celebración de la

Eucaristía en la que es nombrado como signo y servidor de la unidad de la

Iglesia universal. El obispo del lugar es siempre responsable de la Eucaristía,

incluso cuando es presidida por un presbítero; el nombre del obispo se

pronuncia en ella para significar su presidencia de la Iglesia particular en medio

del presbiterio y con la asistencia de los diáconos. La comunidad intercede

también por todos los ministros que, por ella y con ella, ofrecen el sacrificio

eucarístico:

59



Que sólo sea considerada como legítima la eucaristía que se hace bajo la

presidencia del obispo o de quien él ha señalado para ello102.

Por medio del ministerio de los presbíteros, se realiza a la perfección el sacrificio

espiritual de los fieles en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. Este,

en nombre de toda la Iglesia, por manos de los presbíteros, se ofrece incruenta

y sacramentalmente en la Eucaristía, hasta que el Señor venga (Conc. Vat. II:

PO 2).

A la ofrenda de Cristo se unen no sólo los miembros que están todavía aquí

abajo, sino también los que están ya en la gloria del cielo: La Iglesia ofrece el

sacrificio eucarístico en comunión con la santísima Virgen María y haciendo

memoria de ella así como de todos los santos y santas. En la Eucaristía, la

Iglesia, con María, está como al pie de la cruz, unida a la ofrenda y a la

intercesión de Cristo.

El sacrificio eucarístico es también ofrecido por los fieles difuntos "que han

muerto en Cristo y todavía no están plenamente purificados"103, para que

puedan entrar en la luz y la paz de Cristo:

Enterrad este cuerpo en cualquier parte; no os preocupe más su cuidado;

solamente os ruego que, dondequiera que os hallareis, os acordéis de mi ante el

altar del Señor104.

A continuación oramos (en la anáfora) por los santos padres y obispos difuntos,

y en general por todos los que han muerto antes que nosotros, creyendo que

será de gran provecho para las almas, en favor de las cuales es ofrecida la

súplica, mientras se halla presente la santa y adorable víctima...Presentando a

Dios nuestras súplicas por los que han muerto, aunque fuesen pecadores,...

presentamos a Cristo inmolado por nuestros pecados, haciendo propicio para

ellos y para nosotros al Dios amigo de los hombres105.

S. Agustín ha resumido admirablemente esta doctrina que nos impulsa a una

participación cada vez más completa en el sacrificio de nuestro Redentor que

celebramos en la Eucaristía:

Esta ciudad plenamente rescatada, es decir, la asamblea y la sociedad de los

santos, es ofrecida a Dios como un sacrificio universal por el Sumo Sacerdote

que, bajo la forma de esclavo, llegó a ofrecerse por nosotros en su pasión, para

hacer de nosotros el cuerpo de una tan gran Cabeza...Tal es el sacrificio de los

cristianos: "siendo muchos, no formamos más que un sólo cuerpo en Cristo"

(Rm 12,5). Y este sacrificio, la Iglesia no cesa de reproducirlo en el Sacramento

del altar bien conocido de los fieles, donde se muestra que en lo que ella ofrece

se ofrece a sí misma106.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué significa la expresión ―memorial sacrificial de Cristo y de su cuerpo que es

la Iglesia‖, que aparece como título de esta lectura? Podrías explicar las

palabras ―memorial‖, ―sacrificio‖, ―sacrificio de Cristo‖, ―cuerpo de la Iglesia‖,

aplicándolas a la Eucaristía?





102

S. Ignacio de Antioquía, Carta a los esmirniotas. 8,1

103

Conc. de Trento: DS 1743

104

S. Mónica, antes de su muerte, a S. Agustín y su hermano; Confesiones 9,9,27

105

s. Cirilo de Jerusalén, Cateq. mist. 5, 9.10

106

Ciudad de Dios 10,6

60



¿Les ayuda el tema para una mejor vivencia en la eucaristía y para participar

mejor en ella? ¿Cuál ayuda concretamente, han recibido?

¿Cómo ayuda la celebración semanal y/o diaria de la Eucaristía a vivir mejor la

relación de pareja, especialmente el sacramento del Matrimonio?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA107



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA108









8. FAMILIA



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar

La Familia y la Sagrada Escritura109

1. Antiguo Testamento

El libro del Génesis (2,4-3,24) tiene una concepción muy clara de la idea

original de Dios sobre la familia. Dos características básicas muestran la primera

pareja según el plan de Dios. La igualdad de naturaleza que existe entre el

hombre y la mujer, por lo que dice: ―entonces éste (el hombre) exclamó: esta si

que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta será llamada Varona‖

(Gn. 2,23); y la segunda característica es la unidad: ―por eso deja el hombre a

su padre y a su madre y se une a su mujer y se hacen una sola carne‖ (Gn. 2-

24;cf. F.C. 19).

La misma historia de Israel pudo comprobar que en algunos momentos la

situación de inferioridad y esclavitud de la mujer trajo como consecuencia la

pérdida de unidad familiar: ―hacia tu marido irá tu apetencia y el te dominará‖

(Gn. 3,16; cf. F.C. 22-23). El pecado, en suma, fue la causa del deterioro de la

idea original de Dios sobre la familia. La intención de Dios que parece en esta

página del Génesis era justamente restaurar ese orden de su voluntad

suscitando un germen que luchara, ayudado por el Espíritu de Dios, contra el

pecado y enderezar el orden familiar para que así fuera el núcleo fundamental

del pueblo de Dios: ―Enemistades pondré entre ti y la mujer, entre tu linaje y su

linaje y ella pisará tu cabeza‖ (Gn. 3,15; cf. F.C 12). Tal linaje fue precisamente

Israel y luego Jesucristo.

Es profundamente revelador que Dios hubiera plasmado el pueblo escogido a

partir de un tronco familiar, el de Abraham. ―Y le dijo Dios: mira el cielo y

cuenta las estrellas, si puedes contarlas. Y le dijo: Así será tu descendencia‖

(Gn. 15,5). Pero aún más: Israel y sus doce tribus unidas por el vínculo de la

sangre se comprendía a sí mismo como la gran familia heredera de las





107

Ver indicaciones y notas en la página 11

108

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

109

Adaptado de CONFERENCIA EPISCOPAL DE COLOMBIA. Directorio de Pastoral Familiar,

Bogotá: SPEC, 1993 (Nos. 23-35). p. 23-28

61



promesas. Israel reforzó el grupo familiar con una legislación que favorecía

adecuadamente la unidad y organizaba las relaciones de las personas.

Israel en su misma historia recurre constantemente a los troncos familiares de

los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob justamente para ligarse a la misma fe y a

las mismas promesas y sostener así la unidad y la continuidad del Pueblo de

Dios, siempre dentro d las líneas familiares.

Israel, a medida que avanzaba en el conocimiento de Dios y en el obrar de su

propia historia, descubría más hondadamente el propósito divino y entendía

cada vez mejor el valor de la unidad familiar como núcleo fundamental, y único

capaz construir el verdadero Pueblo de Dios.

Es muy importante anotar que para hacer entender el amor de Dios al pueblo

de Israel, se utiliza como imagen el amor del esposo y la esposa. Es más, en

una época en que Israel piensa que el amor de Dios está condicionado al amor

del hombre, se presenta el amor matrimonial ligado a la fidelidad mutua; por

eso v.gr. el Dt 24, 14 prescribe que el marido no tome nuevamente a la mujer

que había repudiado aunque ella ya esté libre. En tiempos de Oseas sucede lo

contrario: el profeta es obligado a buscar a su mujer aunque ella haya sido infiel

con otros amantes; el amor matrimonial será apto para entender el amor de

Dios, si es un amor sin condiciones, perpetuo; el esposo ha de amar como Dios

ama (Cfr. F.C 12).

El mismo vocabulario que se utiliza para expresar las riquezas de las relaciones

de Dios con su pueblo,

Es tomado de la vida familiar. En la salida de Egipto se revela Dios como Padre

de Israel actuando como su protector y dueño, esperando de su hijo sumisión y

confianza (Cfr. Ex 4, 22; Num 11, 11-12; Dt 14, 1-2). Jeremías y Oseas

describe con vivos colores la ternura de Dios, el Padre de Israel (Jr 31,20; Os

11,1-8). La paternidad de Dios tiene su origen en una elección gratuita (Is 45,

10-13; 63,16) descrita como una perfecta adopción (Dt 32, 6-10). El amor de

Dios para con su pueblo es más fuerte que el mismo amor de la madre (Is 49,

14-15- Cfr. F.C. 12).

Los escritos sapienciales fueron escuela de humanismo para Israel.

Naturalmente en la base de un vivir bien, según el querer del Señor, tenía que

encontrarse una serie de enseñanzas sobre la vida familiar. El sabio aconseja al

buen Israelita acerca de la elección de la esposa, para que busque una mujer

que sea realmente su ayuda y lo haga superarse ( Sir 36, 21-27; 25, 13;

26,18); exalta la fidelidad de la vida matrimonial y detesta al adulterio (Sir 9,9;

23,22-27; Prov 7, 1-27); describe los deberes para con los padres, pues los

hijos no pueden olvidar que son gloria y bendición otorgada por el Señor a sus

progenitores (Sir 3, 1-16; 7,27-28; 22, 3-6; Prov 17,6; 22-25); describe cómo

ha de ser la educación impartida a los hijos para que vivan rectamente (Sir 7,

22-25; 30, 1-13; Prov 19, 18); hace la alabanza de la esposa perfecta, centro y

gloria del hogar (Prov 31, 10-31).

En resumen, todo el vocabulario de las relaciones del hombre con Dios está

prestado de la vida familiar; padre, madre, hijos. Se ve claramente que está en

mejores condiciones para captar este lenguaje quien haya tenido la experiencia

de una auténtica vida familiar. (Cfr. F.C. 14).

2. Nuevo Testamento

El acontecimiento Salvador de Jesús es no solo revelador definitivo del plan de

Dios, sino también y principalmente la fuerza única capaz de llevar a efecto ese

plan, o sea el Nuevo Pueblo de Dios. Aquí la familia asume con mayor razón la

función de ser núcleo fundamental. En efecto, el Espíritu del Resucitado, único

62



capaz de transformar radicalmente la interioridad del hombre, hace realidad la

idea original de Dios sobre la familia: la igualdad verdadera de la pareja como

fuente de vida y la unidad existencial de la misma como base segura del

verdadero pueblo de Dios.

Así como en el Antiguo Testamento fue profundamente revelador el hecho de

que Dios hubiera plasmado a su Pueblo a partir de un grupo familiar, del mismo

modo es revelador el hecho de que Jesucristo, el centro del Nuevo pueblo de

Dios, hubiera nacido en una familia y la hubiera santificado con su presencia

durante la mayor parte de su existencia mortal. En estos años llamados de ―vida

oculta‖ El actuó y obró como salvador: son años que tienen sentido para su

misión restauradora de la humanidad. La vida de Jesús con María y José en

Nazaret ofrece una lección de vida familiar; aquí se nos enseña ―el significado

de la belleza, su carácter sagrado e inviolable, lo dulce e irremplazable que es

su pedagogía y lo fundamental e incomparable que es su función en el plano

social‖. (Pablo VI, Alocución en Nazaret, 5 de enero de 1964).

Otro hecho de la vida de Jesús es su presencia junto con su Madre en las Bodas

de Caná (Jn. 2,1-11). Aquí la presencia de Jesús no es simplemente un

compromiso social o un gesto sin trascendencia, sino e reconocimiento de una

institución querida por Dios mismo para asegurar el crecimiento del Reino de

Dios.

Por otra parte, sobre todo en la enseñanza paulina, se indica muy bien que

esposo y esposa representan la unidad entre el Salvador y su Nuevo Pueblo (la

Iglesia) y son como un signo a través del cual se puede ver y comprender cómo

ama Cristo a su Iglesia y qué fidelidad y entrega ha de tener la comunidad para

con El (Ef. 5.22-23).

Más aún, la unión familiar ha de ser una unión Salvadora; la fuerza que tiene la

obra de cristo para renovar a cada persona y para construir la unidad entre los

hombres, tiene que sentirse en la familia. El matrimonio es sacramento, es

camino de salvación; en el hogar, constantemente padres e hijos tienen entre

sí actitudes que traen salvación. El principio de la vida familiar es el amor: el

amor que parte de Cristo y que, por tanto, habrá de ser total y absoluto (Ef.

5,33-6, 4; Col 3, 18-21 Cfr. F.C. 13).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA110



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL111



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Carta de los derechos de la familia112

46. El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre la familia y la

sociedad choca a menudo, y en medida bastante grave, con la realidad de su

separación e incluso de su contraposición.

En efecto, como el Sínodo ha denunciado continuamente, la situación que

muchas familias encuentran en diversos países es muy problemática, si no





110

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

111

Ver las indicaciones en la página 6

112

Tomado de FAMILIARIS CONSORTIO No. 46. Recomendamos leer y releer esta carta de los

derechos de la familia, hasta memorizarla, si es posible.

63



incluso claramente negativa: instituciones y leyes desconocen injustamente los

derechos inviolables de la familia y de la misma persona humana, y la sociedad,

en vez de ponerse al servicio de la familia, la ataca con violencia en sus valores

y en sus exigencias fundamentales. De este modo la familia, que, según los

planes de Dios, es célula básica de la sociedad, sujeto de derechos y deberes

antes que el Estado y cualquier otra comunidad, es víctima de la sociedad, de

los retrasos y lentitudes de sus intervenciones y más aún de sus injusticias

notorias.

Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los derechos de la familia

contra las usurpaciones intolerables de la sociedad y del Estado. En concreto,

los Padres Sinodales han recordado, entre otros, los siguientes derechos de la

familia:

 a existir y progresar como familia, es decir, el derecho de todo hombre,

especialmente aun siendo pobre, a fundar una familia, y a tener los recursos

apropiados para mantenerla;

 a ejercer su responsabilidad en el campo de la transmisión de la vida y a

educar a los hijos;

 a la intimidad de la vida conyugal y familiar;

 a la estabilidad del vínculo y de la institución matrimonial;

 a creer y profesar su propia fe, y a difundirla;

 a educar a sus hijos de acuerdo con las propias tradiciones y valores

religiosos y culturales, con los instrumentos, medios e instituciones

necesarias;

 a obtener la seguridad física, social, política y económica, especialmente de

los pobres y enfermos;

 el derecho a una vivienda adecuada, para una vida familiar digna;

 el derecho de expresión y de representación ante las autoridades públicas,

económicas, sociales, culturales y ante las inferiores, tanto por sí misma

como por medio de asociaciones;

 a crear asociaciones con otras familias e instituciones, para cumplir

adecuada y esmeradamente su misión;

 a proteger a los menores, mediante instituciones y leyes apropiadas, contra

los medicamentos perjudiciales, la pornografía, el alcoholismo, etc.;

 el derecho a un justo tiempo libre que favorezca, a la vez, los valores de la

familia;

 el derecho de los ancianos a una vida y a una muerte dignas;

 el derecho a emigrar como familia, para buscar mejores condiciones de

vida113.

La Santa Sede, acogiendo la petición explícita del Sínodo, se encargará de

estudiar detenidamente estas sugerencias, elaborando una "Carta de los

derechos de la familia", para presentarla a los ambientes y autoridades

interesadas.



Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué opinan de esta carta de los derechos de familia?

¿Cómo está tu familia en relación con esta carta de derechos?







113

Ver Sínodo, proposición No, 42

64



¿Cómo podrían, en eventual diálogo con otras familias hacer la defensa de cada

uno de estos derechos?

¿Cómo podrías dar a conocer estos derechos a otras familias?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA114



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA115









9. PADRE

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar

PADRES Y PADRE116

Al mundo que pretende instaurar una fraternidad sin padre revela la Biblia que Dios es

esencialmente Padre. Partiendo de la experiencia de los padres y de los esposos de la

tierra, a los que la vida familiar proporciona el medio de ejercer la autoridad y de

realizarse en el amor, y en contraste con la forma aberrante en que el paganismo

transfería a sus dioses estas realidades humanas, el AT revela el amor y la autoridad del

Dios vivo con las imágenes del padre y del esposo. El NT las reasume ambas, pero da

cumplimiento a la del Padre revelando la filiación única de Jesús y la dimensión todavía

insospechada que esta filiación procura a la paternidad de Dios sobre todos los

hombres.

I. LOS PADRES DE LA RAZA CARNAL. 1. Amo y señor. En el plano que podría

llamarse horizontal, el padre es el jefe indiscutido de la familia, al que la esposa

reconoce como amo (baal, Gn 20,3) y señor (adon, 18,12), del que depende la

educación de los muchachos (Si 30,1-13), la conclusión de los matrimonios (Gn

24,2ss; 28,1s), la libertad de las muchachas (Éx 21,7), y hasta (antiguamente) la

vida de los hijos (Gn 38,24; 42,37); en él se encarna la familia entera, cuya unidad

realiza (p.e., 32,11) y que consiguientemente se llama beyt ab, casa paterna (34,19).

2. Antepasado de un linaje. En el plano vertical el padre es principio de una

descendencia y eslabón de un linaje. Procreando, él mismo se perpetúa (Gn 21,12;

48,16), contribuye al mantenimiento de su raza, con la seguridad de que el patrimonio

familiar recaerá en herederos procedentes de él (15,2s); si muere su hijo se le

considera a él como castigado de Dios (Nm 3,4; 27,3s).

En el punto inicial del linaje, los antepasados son los padres por excelencia, en los que

está preformado el porvenir de la raza. Así como en la maldición del hijo de Cam está

incluida la subordinación de los cananeos a los hijos de Sem, así la grandeza de Israel

está contenida de antemano en la elección y en la bendición de Abraham (Gn 9,20-27;

12,2). Las etapas de la vida de Abraham, de Isaac y de Jacob están jalonadas por la

promesa de una descendencia innumerable y de un país abundoso; en efecto, la historia

de Israel está escrita en filigrama en su historia, así como la de los pueblos vecinos en

las de Lot, de Ismael y de Esaú, excluidos de las promesas (Gn 19,30-38; 21,12s;

36,1). De la misma manera cada tribu hace remontar a su antepasado epónimo la

responsabilidad de su situación en la anfictionía (Gn 49,4).



114

Ver indicaciones y notas en la página 11

115

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

116

Adaptado de TERNANT, Paul. Padres y padre. en VTB P. 623-630

65



II. LOS PADRES DE LA RAZA ESPIRITUAL. Si los patriarcas son los padres por

excelencia del pueblo elegido, no lo son propiamente en razón de su paternidad física,

sino causa de las promesas que, por encima de la raza, alcanzarán finalmente a los que

imiten su fe. Su paternidad según la carne (Rm 4,1) no era sino la condición

provisional de una paternidad espiritual y universal, fundada en la permanencia y en la

coherencia del plan salvífico de un Dios constantemente en acción desde la elección de

Abraham hasta la glorificación de Jesús (Éx 3,15; Hc 3,13). Pablo fue el teólogo de

esta paternidad espiritual; pero la idea estaba preparada ya desde el AT.

1. Hacia una superación de la primacía de la raza. El aspecto espiritual de la

paternidad de los antepasados adquiere una importancia creciente en el AT a medida

que se va profundizando la idea de solidaridad en el mal y en el bien. La ascendencia

de los padres, que crece con cada generación, no comprende sólo a los patriarcas, y ni

siquiera sólo a los antepasados cuyo elogio se hace en el siglo II (Si 44-50; 1Mac 2,

51-61); incluye también a rebeldes, en cuya primera fila colocan algunos profetas al

mismo Jacob, el epónimo de la nación (Os 12,3ss; Is 43,27).

Nunca apareció Dios tan claramente como el único Padre de su pueblo, como en el

momento mismo en que Abraham y Jacob, cuya herencia es ocupada por intrusos (cf.

Ez 33,24), parecen olvidar a su posteridad (Is 63,16): es que en medio de la prueba

se forma un Israel cualitativo, al que no pertenecen todos los descendientes de

Abraham según la carne, sino únicamente los que imitan su ansia de justicia y su

esperanza (Is 51,1ss) ¿No hay profetas que proclaman la posibilidad de que los

prosélitos se agreguen al pueblo de las promesas (Is 56,3-8; cf. 2Cr 6,32s)? A pesar

de los arranques de nacionalismo, no está lejos el tiempo en que la benéfica paternidad

de Abraham y de los grandes antepasados se actualice por la fe y no ya por la raza

2. De la nación al universo. A medida que la paternidad se va concibiendo más

espiritualmente, se hace también más universal (Gn 17,5; 12,3). Asimismo la promesa

de Gn: Por ti se bendecirán todas las naciones de la tierra se convierte en la traducción

griega en: en ti serán benditas... (cf. Si 44,21; Act 3,25; Gá 3,8).

3. De la predicación a la realidad vivida. La vida de la Iglesia, dando una primera

realización al anuncio de Jesús, permite al doctor de los paganos (1Tm 2,7),

aguijoneado por la crisis judaizante, profundizar los mismos temas. Es cierto que para

Pablo los miembros del Israel según la carne (1Co 10,18), amados a causa de los

padres (Rm 11,28), conservan, precisamente en virtud de las promesas hechas a éstos

(Hc 13, 17,32s) cierta prioridad en el llamamiento a la salvación (Rm 1,16; cf. Hc

3,26), aun cuando muchos se niegan a creer en el heredero por excelencia de las

promesas (Gá 3,16) haciéndose así esclavos como Ismael (Gá 4,25). Pero dentro del

Israel de Dios (Gá 6,16) no hay diferencia entre judíos y gentiles (Ef 3,6): todos,

circuncisos o no, profesando la fe de Abraham, padre de todos nosotros, vienen a ser

hijos del patriarca y beneficiarios de las bendiciones prometidas a su descendencia (Gá

3,7ss; Rm 4,11-18). En el bautismo nace una nueva raza espiritual de hijos de

Abraham según la promesa (Gá 3,27ss), raza cuyos primeros representantes no

tardarán en ser llamados también padres (2Pe 3,4).

III. PATERNIDAD DEL DIOS DE LOS PADRES. 1. De los padres al Padre. La

espiritualización progresiva de la idea de paternidad del hombre hizo posible la

revelación de la de Dios (Is 63,16): pese al contraste, la paternidad puede por tanto

atribuirse a la vez a los antepasados y a Dios. Esto resulta también de la historia

sacerdotal: situando a Adán creado a imagen de Dios (Gn 1,27) y engendrando

también a su imagen (5,1ss) en lo más alto de la escala de las generaciones, sugiere

que el linaje de los ascendientes se remonta hasta Dios. Lucas hará más tarde lo

mismo (Lc 3,23-38). Finalmente, para Pablo Dios es el Padre supremo, al que toda

patria (grupo procedente de un mismo antepasado) debe su existencia y su valor (Ef

3,14s).

66

2. Trascendencia de la paternidad divina. No es, sin embargo, un razonamiento de

analogía lo que condujo a Israel a llamar a Dios su Padre; fue una experiencia vivida, y

quizás, una reacción contra la concepción de los pueblos vecinos.

La idea de paternidad divina pudo pasar a la Biblia Pero da la sensación de que los guías

de Israel querían purificar la noción de paternidad divina vigente entre sus vecinos, de

todas sus resonancias sexuales e idolátricas y míticas, para retener únicamente el

aspecto valedero de transposición a Dios de una terminología social concerniente a los

cabezas de familia y a los antepasados.

3. Yahveh, padre de Israel. En un principio la paternidad divina se concibe sobre todo

en una perspectiva colectiva e histórica: Dios se reveló mostrándose su protector y su

señor; la idea básica que exige sumisión y confianza (Éx 4,22; Nm 11,12; Dt 14,1; Is

1,2ss; 30,1.9; Jr 3,14). Oseas y Jeremías conservan la idea, pero la enriquecen

subrayando la inmensa ternura de Yahveh (Os 11,3s.8s; Jr 3,19; 31,20). A partir del

exilio, mientras se continúa explotando el mismo tema de la paternidad de Dios fundada

en la elección (Is 45,10s 63,16; 64,7s; Tb 13,4; Mal 1,6; 3,17), a la que el Cántico de

Moisés añade la idea de adopción (Dt 32,10), ciertos salmistas (Sal 27,10; 103,13) y

ciertos sabios (Pr 3,12; Si 23,1-4; Sb 2,13-18; 5,5) consideran también a cada justo

como hijo de Dios, es decir, objeto de su tierna protección. Aplicación individual que no

sería en modo alguno una novedad, si estuviéramos seguros de que en los viejos

nombres teóforos como Abiezer (Jos 17,2), el final de ab (padre representa el sufijo de

primera persona), de modo que se podría traducir: Mi padre es socorro.

IV. JESUS REVELA AL PADRE. Al ACERCARSE LA ERA CRISTIANA TIENE Israel Plena

conciencia de que Dios es padre de su pueblo y de cada uno de sus fieles. La apelación

de Padre, desconocida por los Apocalipsis y por los textos de Qumrán, que se precaven

quizá contra el uso que de ella hacía el helenismo, es frecuente en los escritos rabínicos,

donde se halla incluso literalmente la fórmula Padre nuestro que estás en los cielos (Mt

6,9).

Jesús cumple o realiza lo mejor de la reflexión judía acerca de la paternidad de Dios.

Como el pobre del salmo, para quien la comunidad de los hombres de corazón puro,

único verdadero Israel (Sal 73,1), representa la raza de los hijos de Dios (73,15),

Jesús piensa en una comunidad (el orante debe decir Padre nuestro, no Padre mío)

formada de los pequeñuelos (Mt 11, 25 p) a los que el Padre revela sus secretos y

cada uno de los cuales es personalmente hijo de Dios (Mt 6,4.6.18). Pero Jesús

innova, superando incluso el universalismo a que había llegado una corriente del

judaísmo tardío. Si éste ligaba la paternidad de Dios a su cualidad de creador, no por

eso concluía todavía que Dios fuera padre de todos los hombres, y todos los hombres

hermanos (cf. Is 64,7; Mal 2,10). Asimismo, si concebía que la piedad divina se

extendiera a toda carne (Si 18,13), añadía generalmente que sólo los hijos de Dios, es

decir los justos de Israel, experimentan su efecto plenario (Sb 12,19-22; cf. 2 Mac

6,13-16); concretamente sólo a ellos aplicaba el tema deuteronómico (Dt 8,5) de una

corrección de Yahveh inspirada por el amor paterno (Pr 3,11s; cf. Hb 12,5-13). Para

Jesús, por el contrario, la comunidad de los pequeñuelos, limitada todavía a solo los

judíos arrepentidos que hacen la voluntad del Padre (Mt 21,31ss), comprenderá

también a paganos (Mt 25,32ss), que suplantarán a los hijos del reino (Mt 8,12).

A este nuevo Israel, que de derecho está ya abierto a todos, prodiga el Padre los bienes

necesarios (Mt 6,26.32; 7,11), ante todo el Espíritu Santo (Cf. Lc 11,13), y manifiesta

la inmensidad de su ternura misericordiosa (Lc 15,11-32): no hay sino reconocer

humildemente esta única paternidad (Mt 23,9) y vivir como hijos que oran a su padre

(7,7-11), tienen confianza en él (6,25-34), se le someten imitando su amor universal

(5,44s), su propensión a perdonar (18,33; cf. 6,14s), su misericordia (Lc 6,36; cf. Lv

19,2), su perfección misma (Mt 5,48). Si este tema de la imitación del Padre no es

nuevo (así Lc 6,36 se halla también en un targum), es nueva la insistencia en su

aplicación al perdón mutuo y al amor de los enemigos. Nunca es Dios tanto nuestro

Padre como cuando ama y perdona, y nosotros no somos nunca tanto sus hijos como

cuando obramos de la misma manera con todos nuestros hermanos.

67

V. EL PADRE DE JESUS. 1. Por medio de Jesús se reveló Dios como Padre de un Hijo

único. Jesús hace comprender que Dios es su Padre en un sentido único, por su manera

de distinguir mi Padre (p. e., Mt 7, 21; 11,27 p; Lc 2,49; 22,29) y vuestro Padre

(p.e., Mt 5,45; 6,1; 7,11; Lc 13,32), de presentarse a veces como el Hijo (Mc 13,32),

el Hijo muy amado, es decir, único (Mc 12, 6 p; cf. 1,11 p; 9,7 p), y sobre todo de

expresar la conciencia de una unión tan estrecha entre los dos, que él penetra en todos

los secretos del Padre y es el único que los puede revelar (Mt 11,25ss). La oración que

Jesús dirige a su Padre diciendo Abba (Mc 14,36), equivalente de nuestro papá denota

una familiaridad de la que no hay ejemplo antes de él y que manifiesta una intimidad

sin segunda.

2. Dios en el misterio de su paternidad, se da un igual. Los primeros teólogos explicitan

lo que dicen los Sinópticos del Padre de nuestro Señor Jesucristo (Rm 15,6; 2Cor 1,3;

11,31; Ef 1,3; 1Pe 1,3). Con frecuencia hablan de él bajo su nombre de Padre, y en él

también piensan cuando dicen sencillamente o Theós (p.e., 2Co 13,13). Pablo trata de

las relaciones del Padre y del Hijo como protagonistas de la salvación. Sin embargo,

cuando habla del propio Hijo de Dios situándolo con referencia a los hijos adoptivos

(Rm 8,15.29.32) y atribuye a su Hijo muy amado la obra misma creadora (Col

1,13.15ss), esto supone que hay en Dios un misterio de paternidad trascendente.

Juan va todavía más lejos. Nombra a Jesús el unigénito, es decir, el Hijo único y muy

amado (Jn 1,14.18; 3,16.18; 1Jn 4,9). Subraya el carácter único de la paternidad que

corresponde a esta filiación (Jn 20,17), la unidad perfecta de las voluntades (5,30) y de

las actividades (5,17-20) del Padre y del Hijo, manifestada por las obras milagrosas

que el uno da al otro para realizar (5,36), su mutua inmanencia (10,38; 14,10s;

17,21), su mutua intimidad de conocimiento y de amor (5,20.23; 10,15; 14,31;

17,24ss), su mutua glorificación (12,28; 13,31s; 17,1.4s). Los judíos, pasando del

plano del obrar al plano del ser, comprenden las declaraciones de Jesús como

profesiones de igualdad con Dios (5,17s; 10,33; 19,7). Y tienen razón: Dios es

verdaderamente el propio Padre de Jesús; éste existía ya anteriormente a Abraham

(8,57s), como el Logos divino, destinado a manifestar al Padre (1,1.18).

VI. EL PADRE DE LOS CRISTIANOS. Si los hombres tienen el poder de venir a ser hijos

de Dios (Jn 1,12), es que Jesús lo es por naturaleza. El Cristo de los Sinópticos aporta

las primeras luces sobre este punto al identificarse con los suyos (p.e., Mt 18,5;

25,40), diciéndose su hermano (28,10) y una vez incluso designándose con ellos bajo

la común apelación de hijos (17,26). Pero la plena luz nos viene de Pablo. Según él,

Dios nos libra de la esclavitud y nos adopta como hijos (Gá 4,5ss; Rm 8,14-17; Ef 1,5)

por la fe bautismal, que hace de nosotros un solo ser en Cristo (Gá 3,26ss), y de Cristo

un Hijo mayor, que comparte con sus hermanos la herencia paterna (Rom 8,17.29; Col

1,18). El Espíritu, por ser el agente interior de esta adopción, es también su testigo; y

testimonia en nosotros inspirando la oración misma de Cristo, con el que nos conforma:

Abba (Gá 4,6; Rm 7,14ss.29). Desde pascual la Iglesia, al recitar el padrenuestro

expresa la conciencia de ser amada por el amor mismo en que Dios envuelve a su Hijo

único (cf. 1Jn 3,1); y esto es lo que sin duda sugiere Lucas al hacernos decir: ¡Padre!

(Lc 11,2), como Cristo.

Nuestra vida filial, manifestada en la oración, se expresa también por la caridad

fraterna; en efecto, si amamos al Padre, no podemos menos de amar también a todos

sus hijos, nuestros hermanos: Todo el que ama al que lo engendró ama también al que

ha nacido de él (1Jn 5,1).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA117

TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL118



117

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

68



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

1. El hombre esposo y padre119

25. Dentro de la comunión-comunidad conyugal y familiar, el hombre está

llamado a vivir su don y su función de esposo y padre.

El ve en la esposa la realización del designio de Dios: "No es bueno que el

hombre esté solo. Voy a hacerle una ayuda adecuada" (Gn 2,18), y hace suya la

exclamación de Adán, el primer esposo: "Esta vez sí que es hueso de mis

huesos y carne de mi carne" (Gn 2,23)

El auténtico amor conyugal supone y exige que el hombre tenga profundo

respeto por la igual dignidad de la mujer: "No eres su amo -escribe S.

Ambrosio- sino su marido; no te ha sido dada como esclava, sino como mujer...

Devuélvele sus atenciones hacia ti y sé para con ella agradecida por su amor".

El hombre debe vivir con la esposa "un tipo muy especial de amistad

personal"120. El cristiano además está llamado a desarrollar una actitud de amor

nuevo, manifestando hacia la propia mujer la caridad delicada y fuerte que

Cristo tiene a la Iglesia (Ef. 5,25).

El amor a la esposa madre y el amor a los hijos son para el hombre el camino

natural para la comprensión y la realización de su paternidad. Sobre todo,

donde las condiciones sociales y culturales inducen fácilmente al padre a un

cierto desinterés respecto de la familia o bien a una presencia menor en la

acción educativa, es necesario esforzarse para que se recupere socialmente la

convicción de que el puesto y la función del padre en y por la familia son de una

importancia única e insustituible121. Como la experiencia enseña, la ausencia del

padre provoca desequilibrios psicológicos y morales, además de dificultades

notables en las relaciones familiares, como también, en circunstancias opuestas,

la presencia opresiva del padre, especialmente donde todavía vige el fenómeno

del "machismo", o sea, la superioridad abusiva de las prerrogativas masculinas

que humillan a la mujer e inhiben el desarrollo de sanas relaciones familiares.

Revelando y reviviendo en la tierra la misma paternidad de Dios (Ef 3,15), el

hombre está llamado a garantizar el desarrollo unitario de todos los miembros

de la familia. Realizará esta tarea mediante una generosa responsabilidad por la

vida concebida junto al corazón de la madre, un compromiso educativo más

solícito y compartido con la propia esposa122, un trabajo que no disgregue nunca

la familia, sino que la promueva en su cohesión y estabilidad, un testimonio de

vida cristiana adulta, que introduzca más eficazmente a los hijos en la

experiencia viva de Cristo y de la Iglesia.

2. La paternidad responsable123

10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión

de "paternidad responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que

hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos

legítimos y relacionados entre sí.







118

Ver las indicaciones en la página 6

119

Tomado de FAMILIARIS CONSORTIO, 25

120

S. Ambrosio, Exameron, V, 7, 19. Pablo VI, Enc. Humanae vitae, 9

121

Cfr. Juan Pablo II, Homilía a los fieles de Terni, 3-5 (19 de marzo de 1981): AAS 73 (1981),

268-271.

122

Concilio Vaticano II: Gaudium et Spes 52.

123

Tomado de Pablo VI, Enc. Humanae Vitae, 10

69



En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa

conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder

de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana124.

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad

responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la

razón y la voluntad.

En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la

paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación

ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión,

tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo

nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda

con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta

conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los

cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para

consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de

valores.

En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para

proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera

completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben

conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la

misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada

por la Iglesia125.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Tú, mujer, qué le ves de positivo y qué le ves de negativo a tu esposo o

compañero a la luz de las dos lecturas de hoy?

¿Tú, varón, Cómo te ves? ¿Qué piensas del concepto que ha emitido tu mujer?

¿Qué creen los dos que se puede hacer para lograr lo más posible acercarse a lo

que el Magisterio de la Iglesia quiere como esposo y padre amoroso y

responsable?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA126

CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA127









10. MADRE



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar





124

Cfr. Sto. Tomás, Suma Teológica, I-II, q. 94, a. 2.

125

Cfr. Concilio Vaticano II: Gaudium et Spes, nn. 50 y 51.

126

Ver indicaciones y notas en la página 11

127

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

70



MADRE128

La madre, dando la vida, ocupa un puesto distinguido en la existencia ordinaria

de los hombres y también en la historia de la salvación.

I. LA MADRE DE LOS HUMANOS. 1. El llamamiento a la fecundidad. Adán, al

llamar a su mujer Eva significaba su vocación de madre de los vivientes (Gn

3,20). El Génesis narra cómo se realizó esta vocación a pesar de las más

desfavorables circunstancias. Así Sara recurre a una estratagema (16.1s), las

hijas de Lot a un incesto (19,30-38), Raquel a un chantaje: Dame hijos, o me

muero, grita a su marido; pero Jacob confiesa que no puede ponerse en el

puesto de Dios (30,1s). En efecto, sólo Dios que puso en el corazón de la mujer

el deseo imperioso de ser madre, es el que abra y cierra el seno materno: sólo

él puede triunfar de la esterilidad (1Sa 1,2-2,5).

2. La madre en el hogar. La mujer, una vez madre, salta de júbilo. Así Eva en

su primer parto: Por Yahveh he adquirido un hombre (Gn 4,1), júbilo que se

perpetuará en el nombre de Caín (de la raíz hebrea adquirir). Asimismo Isaac

evoca la risa de Sara en la ocasión de este nacimiento (Gn 21,6), y José la

esperanza que abriga Raquel de tener todavía otro hijo (30,24). Por su

maternidad no sólo entra en la historia de la vida, sino que inspira a su esposo

un afecto más estrecho (Gn 29,34). Finalmente, como lo proclama el

Decálogo, debe ser respetada por sus hijos al igual que el padre (Éx 20,12):

las faltas para con ella merecen el mismo castigo (Éx 21,17; Lv 20,9; Dt 21,18-

21). Los Sapienciales insisten a su vez en el deber del respeto para con la

madre (Pr 19,26; 20,20; 23,22; Si 3,1-16), añadiendo que se la debe escuchar

y que se deben seguir sus instrucciones (Pr 1,8).

3. La reina madre. Una misión particular parece incumbir a la madre del rey,

única que, a diferencia de la esposa, goza de un honor particular cerca del

príncipe reinante. Se la llamaba la gran señora: así a Betsabé (1Re 2,19; cf.

1Re 15,31; 2 Cro 15,16) o Atalia (2Re 11,1s). Este uso podría esclarecer la

aparición de la maternidad en el marco del mesianismo regio; no carece de

interés señalarla misión de la madre de Jesús, que ha venido a ser para la

piedad Nuestra Señora.

4. El sentido profundo de la maternidad. Con la venida de Cristo no se suprime

el deber de piedad filial, sino que se le da cumplimiento: la catequesis

apostólica lo mantiene claramente (Col 3,20s; Ef 6,1-4); Jesús truena contra

los fariseos que lo eluden con vanos pretextos cultuales (Mt 15,4-9 p). Sin

embargo, desde ahora, por amor a Jesús hay que saber rebasar la piedad filial

coronándola por la piedad para con Dios mismo. Cristo vino a separar a la hija

de la madre (Mt 10,35) y promete el céntuplo a quien deje por él a su padre o

a su madre (Mt 19,29). Para ser digno de él hay que ser capaz de odiar a su

padre y a su madre (Lc 14,26) , es decir, de amar a Jesús más que a los

propios padres (Mt 10,37).

Jesús mismo dio ejemplo de este sacrificio de los vínculos maternos. De doce

años, en el templo, reivindica frente a su madre el derecho a entregarse a los

asuntos de su Padre (Lc 2,49s). En Caná, si bien otorga finalmente lo que le

pide su madre, le da, sin embargo, a entender que no tiene ya por qué

intervenir cerca de él, sea porque no ha sonado todavía la hora de su ministerio

público, sea porque no ha llegado aún la hora de la cruz (Jn 2,4). Pero si Jesús



128

Adaptado de NEGRIER, Armand y DUFOUR, X. L. Madre. en VTB P. 497-499

71



se distancia así de su madre, no es porque desconozca su verdadera grandeza;

por el contrario, la revela en la fe de María. ¿Quién es mi madre y quiénes son

mis hermanos?, y señala con la mano a sus discípulos (Mt 12,48ss); a la mujer

que admiraba la maternidad carnal de María le insinúa incluso que ella misma

es la fiel por excelencia, escuchando la palabra de Dios y poniéndola en práctica

(Lc 11,27s). Jesús extiende esta maternidad de orden espiritual a todos sus

discípulos cuando desde lo alto de la cruz dice al discípulo amado: He ahí a tu

madre (Jn 19,26s).

II. LA MADRE EN LA HISTORIA DE LA SALVACIÓN. Las características de la

madre se descubren, traducidas metafóricamente, ya para expresar una actitud

divina, ya en el orden mesiánico, o para expresar la fecundidad de la Iglesia.

1. Ternura y sabiduría divina. Hay en Dios tal plenitud de vida que Israel le da

los nombres de padre y de madre (Sal 25,6; 116,5; 49,15). Así Jesús, que

quiere reunir a los hijos de Jerusalén (Lc 13,34).

La sabiduría, que es la palabra de Dios encargada de realizar sus designios (Sb

18,14s) saliendo de su misma boca (Si 24,3), se dirige a sus hijos como una

madre (Pr 8-9), recomendándoles sus instrucciones, alimentándolos con el pan

de la inteligencia, dándoles a beber su agua (Si 15,2s). Sus hijos le harán

justicia (Lc 7,35), reconociendo en Jesús al que desempeña su papel: Quien

viniere a mí no tendrá jamás hambre, quien creyere en mí no tendrá jamás sed

(Jn 6,35; cf. 8,47).

2. La madre del Mesías. El Protoevangelio anuncia ya que es madre la mujer

cuya prosperidad aplastará la cabeza de la serpiente (Gn 3,15). Luego, en los

relatos de esterilidad hecha fecunda por Dios, las mujeres que dieron posteridad

a los patriarcas prefiguran remotamente ala Virgen madre. Esta concepción

virginal se insinúa en las profecías del Emmanuel (Is 7,14) y de la que debe

dar a luz (Miq 5,2); en todo caso los evangelistas reconocieron aquí la profecía

cumplida en Jesucristo (Mt 1,23; Lc 1,35s).

3. La madre de los pueblos. Jerusalén es la ciudad madre por excelencia (cf.

2Sa 20,19), de la que los habitantes obtienen alimento y protección. Como

Rebeca, a quien se desea se multiplique en miles de miriadas (Gn 24,60),

vendrá a ser madre a todos los pueblos: A Sión dicen todos: "Madre", pues

todos han nacido en ella (Sal 87,5), ya sean de Israel o de las naciones.

Después del castigo que la ha alejado de su esposo la vemos de nuevo

colmada: Lanza gritos de alegría estéril, la sin hijos..., porque los hijos de la

abandonada son más numerosos que los hijos de la que tiene esposo (Is 54,1;

Gá 4,22-30). Hacia ella se lanzan como palomas hacia el palomar todos los

pueblos de la tierra (Is 2,1-5; 60,1-8).

Pero Jerusalén, replegándose sobre si misma, desechando a Cristo, fue infiel a

esta maternidad espiritual (Lc 19,41-44), y sus hijos podrán volverse contra

ella para reprochárselo (cf. Os 2,4). Por eso será suplantada por otra

Jerusalén, la de lo alto, que es verdaderamente nuestra madre (Gá 4,26), que

desciende del cielo, de junto a Dios (Ap 21,2). Esta ciudad nueva es la Iglesia,

que engendra a sus hijos para la vida de hijos de Dios; es también cada

comunidad cristiana en particular (2Jn 1). Está destinada a dar a Cristo la

plenitud de su cuerpo y a reunir a todos los pueblos en el Israel espiritual (Ef

4,13).

72



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA129



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL130

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Maternidad131

El don recíproco de la persona en el matrimonio se abre hacia el don de una

nueva vida, es decir, de un nuevo hombre, que es también persona a

semejanza de sus padres. La maternidad, ya desde el comienzo mismo, implica

una apertura especial hacia la nueva persona; y éste es precisamente el "papel"

de la mujer. En dicha apertura, esto es, en el concebir y dar a luz el hijo, la

mujer "se realiza en plenitud a través del don sincero de sí"132. El don de la

disponibilidad interior para aceptar al hijo y traerle al mundo está vinculado a la

unión matrimonial que, como se ha dicho, debería constituir un momento

particular del don recíproco de sí por parte de la mujer y del hombre. La

concepción y el nacimiento del nuevo hombre, según la Biblia, están

acompañados por las palabras siguientes de la mujer-madre: "He adquirido un

varón con el favor de Yahveh" (Gén. 4, 1). La exclamación de Eva, "madre de

todos los vivientes", se repite cada vez que viene al mundo una nueva criatura

y expresa el gozo y la convicción de la mujer de participar en el gran misterio

del eterno engendrar. Los esposos, en efecto, participan del poder creador de

Dios.

La maternidad de la mujer, en el periodo comprendido entre la concepción y el

nacimiento del niño, es un proceso biofisiológico y psíquico que hoy día se

conoce mejor que en tiempos pasados y que es objeto de profundos estudios. El

análisis científico confirma plenamente que la misma constitución física de la

mujer y su organismo tienen una disposición natural para la maternidad, es

decir, para la concepción, gestación y parto del niño, como fruto de la unión

matrimonial con el hombre. Al mismo tiempo, todo esto corresponde también a

la estructura psíquico-física de la mujer. Todo lo que las diversas ramas de la

ciencia dicen sobre esta materia es importante y útil, a condición de que no se

limiten a una interpretación exclusivamente biofisiológica de la mujer y de la

maternidad. Una imagen así "empequeñecida" estaría a la misma altura de la

concepción materialista del hombre y del mundo. En tal caso se habría perdido

lo que verdaderamente es esencial: la maternidad, como hecho y fenómeno

humano, tiene su explicación plena en base a la verdad sobre la persona. La

maternidad está unida a la estructura personal del ser mujer y a la dimensión

personal del don: "He adquirido un varón con el favor de Yahveh" (Gén. 4, 1).

El Creador concede a los padres el don de un hijo. Por parte de la mujer, este

hecho está unido de modo especial a "un don sincero de sí". Las palabras de

María en la Anunciación "hágase en mí según tu palabra" (Lc. 1, 38) significan

la disponibilidad de la mujer al don de sí, y a la aceptación de la nueva vida.

En la maternidad de la mujer, unida a la paternidad del hombre, se refleja el

eterno misterio del engendrar que existe en Dios mismo, uno y trino (cf. Ef. 3,

14-15). El humano engendrar es común al hombre y a la mujer. Y si la mujer,



129

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

130

Ver las indicaciones en la página 6

131

Tomado de Juan Pablo II. Enc. Mulieris Dignitatem, 18

132

Concilio Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 24.

73



guiada por el amor hacia su marido, dice: "te he dado un hijo", sus palabras

significan al mismo tiempo: "este es nuestro hijo". Sin embargo, aunque los dos

sean padres de su niño, la maternidad de la mujer constituye una "parte"

especial de este ser padres en común, así como la parte más cualificada.

Aunque el hecho de ser padres pertenece a los dos, es una realidad más

profunda en la mujer, especialmente en el periodo prenatal. La mujer es "la que

paga" directamente por este común engendrar, que absorbe literalmente las

energías de su cuerpo y de su alma. Por consiguiente, es necesario que el

hombre sea plenamente consciente de que en este ser padres en común, él

contrae una deuda especial con la mujer. Ningún programa de "igualdad de

derechos" del hombre y de la mujer es válido si no se tiene en cuenta esto de

un modo totalmente esencial.

La maternidad conlleva una comunión especial con el misterio de la vida que

madura en el seno de la mujer. La madre admira este misterio y con intuición

singular "comprende" lo que lleva en su interior. A la luz del "principio" la madre

acepta y ama al hijo que lleva en su seno como una persona. Este modo único

de contacto con el nuevo hombre que se está formando crea a su vez una

actitud hacia el hombre -no sólo hacia el propio hijo, sino hacia el hombre en

general-, que caracteriza profundamente toda la personalidad de la mujer.

Comúnmente se piensa que la mujer es más capaz que el hombre de dirigir su

atención hacia la persona concreta y que la maternidad desarrolla todavía más

esta disposición. El hombre, no obstante toda su participación en el ser padre,

se encuentra siempre "fuera" del proceso de gestación y nacimiento del niño y

debe, en tantos aspectos, conocer por la madre su propia "paternidad".

Podríamos decir que esto forma parte del normal mecanismo humano de ser

padres, incluso cuando se trata de las etapas sucesivas al nacimiento del niño,

especialmente al comienzo. La educación del hijo -entendida globalmente-

debería abarcar en sí la doble aportación de los padres: la materna y la paterna.

Sin embargo, la contribución materna es decisiva y básica para la nueva

personalidad humana.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Tú, varón, qué le ves de positivo y qué le ves de negativo a tu esposa o

compañera a la luz de la lectura de hoy?

¿Tú, mujer, Cómo te ves? ¿Qué piensas del concepto que ha emitido tu esposo

o compañero?

¿Qué aspectos nuevos sobre la maternidad han encontrado en este tema? ¿Qué

piensan de estas cosas nuevas?

¿Qué creen los dos que se puede hacer para lograr lo más posible acercarse a lo

que el Magisterio de la Iglesia quiere como esposo y padre amoroso y

responsable?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA133



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA134









133

Ver indicaciones y notas en la página 11

134

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

74



11. HERMANO



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar

HERMANO135

La palabra hermano, en el sentido más fuerte, designa a los hombres nacidos

de un mismo seno materno (Gn 4,2). Pero en hebreo, como en otras muchas

lenguas, se aplica por extensión a los miembros de una misma familia (Gn

13,8; Lev 10,4; cf. Mc 6,3), de una misma tribu (2Sa 19,13), de un mismo

pueblo (Dt 25,3; Jue 1,3), por oposición a los extranjeros (Dt 1,36; 15,2s), y

finalmente a los pueblos descendientes de un mismo antepasado, como Edom e

Israel (Dt 2,4; Am 1,11). Al lado de esta fraternidad fundada en la carne

conoce la Biblia otra, cuyo vínculo es de orden espiritual: fraternidad por la fe

(Hc 2,29), la simpatía (2Sa 1,26), la función semejante (2Par 31,15; 2Re 9,2),

la alianza contraída (Am 1,9; 1Re 20,32; 1Mac 12,10)... Este uso metafórico de

la palabra muestra que la fraternidad humana, como realidad vivida, no se

limita al mero parentesco de sangre, aun cuando ésta constituya su fundamento

natural.

AT. HACIA LA FRATERNIDAD UNIVERSAL. 1. En los orígenes. Al crear Dios el

género humano de un solo principio (Act 17,26; cf. Gn 1-2), depositó en el

corazón de los hombres la aspiración a una fraternidad en Adán; pero este

sueño no se hace realidad sino a través de larga preparación. En efecto, para

comenzar, la historia de los hijos de Adán es la de una fraternidad rota: Caín

mata a Abel por envidia; no quieren ni siquiera saber dónde está su hermano

(Gn 4,9). Desde Adán era la humanidad pecadora. Con Caín se desenmascara

en ella un rostro de odio, que ella misma tratará de velar tras el mito de una

bondad humana original. El hombre debe reconocer que el pecado esta

agazapado a la puerta de su corazón (Gn 4,7): tendrá que triunfar de él si no

quiere que él lo domine.

2. La fraternidad en la alianza. Antes de que Cristo asegure este triunfo, el

pueblo elegido va a pasar por un largo aprendizaje de la fraternidad. Tal es el

ideal definido por la ley de santidad: No odiarás a tu hermano..., amarás a tu

prójimo (Lv 19,17s). ¡Nada de disputas, de rencores, de venganzas!

Asistencia positiva, como la que exige la ley del levirato a propósito del deber

esencial de fecundidad: cuando un hombre muere sin hijos, el pariente más

próximo debe suscitar posteridad a su hermano (Dt 25,5-10; Gn 38,8.26). las

tradiciones patriarcales refieren hermosos ejemplos de esta fraternidad:

Abraham y Lot evitan las discordias (Gn 13,8), Jacob se reconcilia con Esaú

(33,4), José perdona a sus hermanos (45,1-8).

Pero la puesta en práctica de tal ideal tropieza siempre con la dureza de los

corazones humanos. La sociedad israelita, tal como la ven los profetas, dista

bastante de esta meta. Nada de amor fraterno (Os 4,2); nadie tiene

consideraciones con su hermano (Is 9,18ss); la injusticia es universal, ya no

hay confianza posible (Mi 7,2-6); no puede uno fiarse de ningún hermano, pues

todo hermano quiere suplantar al otro (Jr 9,3), y Jeremías mismo es





135

Adaptado de NEGRIER, Armand y DUFOUR, X. L. Hermano. en VTB P. 381-384

75



perseguido por sus propios hermanos (Jr 11,18; 12,6; cf. Sal 69,9). A este

mundo duro hacen presentes los profetas las exigencias de la justicia, de la

bondad, de la compasión (Za 7,9s). El hecho de tener a su creador por padre

común (Mal 2,10), ¿no confiere a todos los miembros de la alianza una

fraternidad más real todavía que su común descendencia de Abraham (cf. Is

63,16)? Igualmente los sabios ensalzan la verdadera fraternidad. Nada más

doloroso que el abandono de los hermanos (Pr 19,7; Jb 19,13); pero un

verdadero hermano ama siempre, aunque sea en la adversidad (Pr 17,17); no

se lo puede cambiar por oro (Si 7,18), pues un hermano ayudado por su

hermano es una plaza fuerte (Prov 18,19 LXX). Dios odia las querellas (Pr

6,19), ama la concordia (Si 25,1). ¡Oh!, ¡qué bueno y agradable es vivir los

hermanos juntos! (Sal 133,1).

3. Hacia la reconciliación de los hermanos enemigos. El don de la ley divina no

basta, sin embargo, para rehacer un mundo fraterno. A todos los niveles se

echa de menos la fraternidad humana. Más allá de las querellas individuales ve

Israel disolverse el vínculo de las tribus (cf. 1Re 12,24), y el cisma tiene como

consecuencia guerras fratricidas (p.e., Is 7,1-9). Al exterior tropieza con los

pueblos -hermanos más próximos, como Edom, al que tiene el deber de amar

(Dt 23,8), pero que por su parte no tiene la menor consideración con él (Am

1,11; cf. Nm 20,14-21). ¿Qué decir de las naciones más alejadas divididas por

un odio riguroso? En presencia de este pecado colectivo, los profetas se

vuelven a Dios. Él solo podrá restaurar la fraternidad humana cuando realice la

salvación escatológica. Entonces reunirá a Judá y a Israel en un solo pueblo

(Os 2,2s.25), pues Judá y Efraím no se tendrán ya envidia (Is 11,13s); reunirá

a Jacob entero (Mi 2,12), será el Dios de todos los clanes (Jr 31,1); los dos

pueblos caminarán de acuerdo (Jr 3,18), gracias al rey de justicia (23,5s), y

ya no habrá sino un solo reino (Ez 37,22).

Esta fraternidad se extenderá finalmente a todas las naciones: reconciliadas

entre sí, recobrarán la paz y la unidad (Is 2,1-4; 66,18ss).

NT. TODOS, HERMANOS EN JESUCRISTO. El Sueño profético de fraternidad

universal se convierte en realidad en Cristo, nuevo Adán. Su realización

terrena en la Iglesia, por imperfecta que sea todavía, es el signo tangible de su

cumplimiento final.



1. El primogénito de una multitud de hermanos. Con su muerte en la cruz vino

a ser Jesús el primogénito de una multitud de hermanos (Rm 8,29): reconcilió

con Dios y entre ellas a las dos fracciones de la humanidad: el pueblo judío y

las naciones (Ef 2,11-18). Juntas tienen ahora acceso al reino, y el hermano

mayor, el pueblo judío, no debe tener celos del pródigo, regresado por fin a la

casa del Padre (Lc 15,25-32). Cristo, después de su resurrección, puede

llamar a sus discípulos (Jn 20,17; Mt 28,10). Tal es ahora la realidad: todos

los que lo reciben se convierten en hijos de Dios (Jn 1,12), en hermanos, no por

razón de la filiación de Abraham según la carne, sino por la fe en Cristo y el

cumplimiento de la voluntad del Padre (Mt 12,46-50 p; cf. 21,28-32). Los

hombres vienen a ser hermanos de Cristo, no en sentido figurado, sino por un

nuevo nacimiento (Jn 3,3). Han nacido de Dios (1,13), teniendo el mismo

origen que Cristo, que los ha santificado y que no se avergüenza de llamarlos

hermanos (Hb 2,11). En efecto, Cristo ha venido a ser semejante en todos a

nosotros, para que nosotros seamos hijos con él (2,10-17). Hijos de Dios en

sentido pleno, capaces de decirle Abba, somos también coherederos de Cristo

76



porque somos ya sus hermanos (Rm 8,14-17), mucho más ligados a él de lo

que pudiéramos estarlo a hermanos según la carne.

2. La comunidad de los hermanos en Cristo. Jesús mismo, mientras vivía, echó

los fundamentos y enunció la ley de la nueva comunidad fraternal: reiteró y

perfeccionó los mandamientos concernientes a las relaciones entre hermanos

(Mt 5,21-26), dando un lugar importante a la corrección fraterna (Mt 18,15ss).

Si este último texto deja entrever una comunidad limitada, de la que se puede

excluir al hermano infiel, en otro pasaje se puede ver que está abierta a todos

(Mt 5,47): cada uno debe ejercitar su amor para con el más pequeño de sus

hermanos desgraciados, pues en ellos encuentra siempre a Cristo (Mt 25,40).

Después de la resurrección, una vez que Pedro ha fortalecido a sus hermanos

(Lc 22,31s), los discípulos constituyen, pues, entre ellos una fraternidad (1Pe

5,9). Al principio continúan, sí, dando el nombre de hermanos a los judíos, sus

compañeros de raza (Hc 2,29; 3,17...). Pero Pablo no ve ya en ellos sino a sus

hermanos según la carne (Rm 9,3). En efecto, una nueva raza ha nacido a

partir de los judíos y de las naciones (Hc 14,1s), reconciliada en la fe en Cristo.

Nada divide ya entre sí a los miembros, ni siquiera la diferencia de condición

social entre amos y esclavos (Flm 16); todos son uno en Cristo, todos

hermanos, fieles muy amados de Dios (p.e., Col 1,2). Tales son los verdaderos

hijos de Abraham (Gá 3,7-29): constituyendo el cuerpo de Cristo (1Co 12,12-

27) han hallado en el nuevo Adán el fundamento y la fuente de su fraternidad.

3. El amor fraterno. El amor fraterno se practica en primer lugar en el seno de

la comunidad creyente. Esta Filadelfia sincera no es una mera filantropía

natural: no puede proceder sino del nuevo nacimiento (1Pe 1,22s). No tiene

nada de platónico, pues si trata de alcanzar a todos los hombres, se ejerce en

el interior de la pequeña comunidad: huida de las disensiones (Gá 5,15), apoyo

mutuo (Rm 15,1), delicadeza (1Co 8,12), limosna (2Co 8-9; 1Jn 3,17). Este

amor fraterno es el que consuela a Pablo a su llegada a Roma (Hc 28,15). En

su carta parece Juan haber dado a la palabra hermano una extensión universal

que otras veces se reserva más bien a la palabra prójimo. Pero su enseñanza

es la misma y el autor sitúa netamente el amor fraterno en los antípodas de la

actitud de Caín (1Jn 3,12-16), haciendo de él el signo indispensable del amor

para con Dios (1Jn 2,9-12).

4. Hacia la fraternidad perfecta. Sin embargo, la comunidad de los creyentes

no se realizó jamás perfectamente ya aquí en la tierra: en ella puede hallarse

indignos (1Co 5,11), puede introducirse falsos hermanos (Gá 2,4s; 2Cor

11,26). Pero sabe que un día el diablo, el acusador de todos los hermanos

delante de Dios, será derrocado (Ap 12,10). La comunidad, en tanto llega esta

victoria final, que le permitirá realizarse con plenitud, da ya testimonio de que

la fraternidad humana está en marcha hacia el hombre nuevo, por el que se

suspira desde los orígenes.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA136



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL137



136

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

137

Ver las indicaciones en la página 6

77



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

El bien común del matrimonio y de la familia138

Es necesario que a las palabras de la sagrada Escritura se añada siempre el

recuerdo personal de los esposos-padres, y el de los hijos y nietos. Mediante la

genealogía de las personas, la comunión conyugal se hace comunión de

generaciones. La unión sacramental de los dos, sellada con la alianza realizada

ante Dios, perdura y se consolida con la sucesión de las generaciones. Esta

unión debe convertirse en unidad de oración. Pero para que esto pueda

transparentarse de manera significativa en el Año de la familia, es necesario

que la oración se convierta en una costumbre radicada en la vida cotidiana de

cada familia. La oración es acción de gracias, alabanza a Dios, petición de

perdón, súplica e invocación. En cada una de estas formas, la oración de la

familia tiene mucho que decir a Dios. También tiene mucho que decir a los

hombres, empezando por la recíproca comunión de personas unidas por lazos

familiares.

«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?» (Sal8, 5), se pregunta el

salmista. La oración es la situación en la cual, de la manera más sencilla, se

manifiesta el recuerdo creador y paternal de Dios: no sólo y no tanto el

recuerdo de Dios por parte del hombre, sino más bien el recuerdo del hombre

por parte de Dios. Por esto, la oración de la comunidad familiar puede

convertirse en ocasión de recuerdo común y recíproco; en efecto, la familia es

comunidad de generaciones. En la oración todos deben estar presentes: los que

viven y quienes ya han muerto, como también los que aún tienen que venir al

mundo. Es preciso que en la familia se ore por cada uno, según la medida del

bien que para él constituye la familia y del bien que él constituye para la familia.

La oración confirma más sólidamente ese bien, precisamente como bien común

familiar. Más aún, la oración es el inicio también de este bien, de modo siempre

renovado. En la oración, la familia se encuentra como el primer «nosotros» en

el que cada uno es «yo» y «tú»; cada uno es para el otro marido o mujer, padre

o madre, hijo o hija, hermano o hermana, abuelo o nieto.

¿Son así las familias a las que me dirijo con esta carta? Ciertamente no pocas

son así, pero en la época actual se ve la tendencia a restringir el núcleo familiar

al ámbito de dos generaciones. Esto sucede a menudo por la escasez de

viviendas disponibles, sobre todo en las grandes ciudades. Pero muchas veces

esto se debe también a la convicción de que varias generaciones juntas son un

obstáculo para la intimidad y hacen demasiado difícil la vida. Pero, ¿no es

precisamente éste el punto más débil? Hay poca vida verdaderamente humana

en las familias de nuestros días. Faltan las personas con las que crear y

compartir el bien común; y sin embargo el bien, por su naturaleza, exige ser

creado y compartido con otros: «el bien tiende a difundirse» (Santo Tomás de

Aquino)El bien, cuanto más común es, tanto más propio es: mío —tuyo—

nuestro. Ésta es la lógica intrínseca del vivir en el bien, en la verdad y en la

caridad. Si el hombre sabe aceptar esta lógica y seguirla, su existencia llega a

ser verdaderamente una «entrega sincera».

La entrega sincera de sí mismo

El Concilio, al afirmar que el hombre es la única criatura sobre la tierra amada

por Dios por sí misma, dice a continuación que él « no puede encontrarse

plenamente a sí mismo sino en la entrega sincera de sí mismo ».25 Esto podría

parecer una contradicción, pero no lo es absolutamente. Es, más bien, la gran y



138

Tomado de Juan Pablo II: CARTA A LAS FAMILIAS, 10-11.

78



maravillosa paradoja de la existencia humana: una existencia llamada a servir

la verdad en el amor. El amor hace que el hombre se realice mediante la

entrega sincera de sí mismo. Amar significa dar y recibir lo que no se puede

comprar ni vender, sino sólo regalar libre y recíprocamente.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Se refiere esta lectura únicamente al trato entre hermanos y hermanas en la

familia?

¿Cómo lograr que cada familia llegue a ser una pequeña fraternidad?

Padre y madre: Intenten explicar este tema de la fraternidad a los hijos y vean

con ellos en qué falla la fraternidad y cómo construirla. Lleven los resultados de

esta experiencia para compartirlos en el próximo encuentro de grupo.



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA139



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA140









12. HIJO



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar

1. Los hijos en la Biblia. «Me ha nacido un hijo varón, con la ayuda del Señor»

(Gn 4,1). Con estas palabras, de alegría y de fe, Eva, la primera madre de la

historia ha acogido a su primer hijo. Esta misma fe la expresa el pueblo de

Israel cuando canta: «Un don del Señor son los hijos, su salario el fruto de las

entrañas» (Sal 126,3). En la Biblia, el nacimiento de los hijos es siempre

recibido como un don y una bendición de Dios y una presencia de gloria y de

esperanza (Gn 1,28). Los hijos son de Dios y no una propiedad de los adultos.

Los padres y madres de Israel ven en los hijos la continuidad de ellos mismos y

del pueblo elegido de Dios y su mayor gozo es verse todos reunidos alrededor

de la mesa (Sal 127,3; Pr 17,6).

En la perspectiva mesiánica de Israel, engendrar un hijo adquiere una especial

importancia religiosa. Ya desde Abraham (Gn 12, 1ss.) y luego los patriarcas,

los hijos no son solamente herederos de los bienes sino de las promesas de Dios

(Gn 17, 19-21; Gá 4,29). No tener hijos, era visto, entonces como un castigo o

un oprobio (1Sa 1,9ss; Lc 1,24s), aunque los sabio enseñan a no dramatizar

tanto la esterilidad, ya que lo importante no es el número de los hijos sino su

rectitud (Sb 4,1). Percibimos en el antiguo testamento una gran solicitud por los

hijos, aunque sin hacer de la infancia un ídolo: Educar los hijos es un arte difícil

y fundamental. Sobre este tema los libros sapienciales tienen páginas de una

sorprendente actualidad (Cf. Si 30,1-13; 42,9-11; Pr 13,1.24; 23,13).







139

Ver indicaciones y notas en la página 11

140

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

79



Los profetas de Israel ven la historia del pueblo bajo la óptica de un padre que

ama y educa a sus hijos. Así ha hecho Dios con su pueblo (Os 11, 1-4.8). Dios

ha sido como una madre que jamás abandona a sus hijos (Is 49,14-15). Las

expectativas mesiánicas también se expresan bajo la figura de un hijo que va a

nacer, cuyo nombre será Emmanuel (Is 7,14).

N.T. «He aquí que la Virgen concebirá y dará a luz». «He aquí que un Hijo se

nos ha dado» (Is. 7,14; 9,5). Los Evangelios de la Infancia nos narran el

cumplimiento de esas promesas con la venida del Mesías, su nacimiento en el

hogar de Nazaret y su sometimiento a sus padres terrenales (Lc 2,51-52) que,

sin embargo se quedan estupefactos frente al misterio de ese hijo tan especial

(Lc 2,49).

2. El hijo en el seno de la familia. ―Honra a tu padre y a tu madre para que se

prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor tu Dios te va a dar (Ex. 20,12).

Este es el cuarto mandamiento del Sinaí que Jesús y san Pablo comentan con

brevedad pero con mucha fuerza (Mc 7,8-13; Ef 6,1-3; Cf. Dt 5,16).

Así como hay deberes de los padres hacia los hijos, hay también deberes de los

hijos hacia los padres, que los hijos aprenderán de sus propios padres y del

comportamiento que ellos tengan con los propios: La piedad filial es la gratitud

del hijo hacia el padre y la madre que lo aman gratuita y entrañablemente (Si

7,27-28) y se expresa mediante el respeto y la obediencia (Pr 6,20-22; 13,1;

Col 3,20; Ef 6,1), no solo mientras se está bajo su tutela, sino también en la

vejez y en las canas (Si 3,2-6. 12-13.16).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA141



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL142

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Los hijos, primavera de la familia y de la sociedad143

Don para los padres.

¿Es verdad que el nuevo ser humano es un don para los padres? ¿Un don para

la sociedad?

Aparentemente nada parece indicarlo. El nacimiento de un ser humano parece a

veces un simple dato estadístico. Ciertamente, el nacimiento de un hijo significa

para los padres ulteriores esfuerzos, nuevas cargas económicas, otros

condicionamientos prácticos. Estos motivos pueden llevarlos a la tentación de

no desear otro hijo. En algunos ambientes sociales y culturales la tentación

resulta más fuerte. El hijo, ¿no es, pues, un don? ¿Viene sólo para recibir y no

para dar? He aquí algunas cuestiones inquietantes, de las que el hombre actual

no se libra fácilmente. El hijo viene a ocupar un espacio, mientras parece que

en el mundo cada vez haya menos. Pero, ¿es realmente verdad que el hijo no

aporta nada a la familia y a la sociedad? ¿No es quizás una "partícula" de aquel

bien común sin el cual las comunidades humanas se disgregan y corren el

riesgo de desaparecer? ¿Cómo negarlo? El niño hace de sí mismo un don a los



141

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

142

Ver las indicaciones en la página 6

143

Tomado de PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA. Jubileo de las familias: Temas de

reflexión y diálogo como preparación al III encuentro mundial del Santo Padre con las familias.

80



hermanos, hermanas, padres, a toda la familia. Su vida se convierte en don

para los mismos donantes de la vida, los cuales no dejarán de sentir la

presencia del hijo, su participación en la vida de ellos, su aportación a su bien

común y al de la comunidad familiar. Verdad, ésta, que es obvia en su

simplicidad y profundidad, no obstante la complejidad, y también la eventual

patología, de la estructura psicológica de ciertas personas.

Duda y perplejidad.

El progreso científico-técnico, que el hombre contemporáneo acrecienta

continuamente en su dominio sobre la naturaleza, no desarrolla solamente la

esperanza de crear una humanidad nueva y mejor, sino que también promueve

una angustia cada vez más profunda ante el futuro. Algunos se preguntan si es

un bien vivir o si sería mejor no haber nacido; se duda de si es lícito llamar a

otros a la vida, los cuales quizás maldecirán su existencia en un mundo cruel,

cuyos terrores no son ni siquiera previsibles.

Otros piensan que son ellos los únicos destinatarios de las ventajas de la técnica

y excluyen a los demás, a los cuales imponen medios anticonceptivos o

métodos aún peores. Otros todavía, cautivos como son de la mentalidad

consumista y con la única preocupación de un continuo aumento de bienes

materiales, acaban por no comprender, y por consiguiente rechazar la riqueza

espiritual de una nueva vida humana. Ha nacido así una mentalidad contra la

vida (anti-life mentality), un cierto pánico derivado de los estudios de ecólogos

y futurólogos sobre la demografía, que a veces exageran el peligro que

representa el incremento demográfico para la calidad de la vida.

Sí a la vida.

Pero la Iglesia cree firmemente que la vida humana, aunque débil y enferma, es

siempre un don espléndido del Dios de la bondad. Contra el pesimismo y el

egoísmo, que ofuscan el mundo, la Iglesia está en favor de la vida: y en cada

vida humana sabe descubrir el esplendor de aquel "Sí", de aquel "Amén" que es

Cristo mismo (Cfr. 2Cor 1,19; Ap 3,14). Al "no" que invade y aflige al mundo,

contrapone este "Sí" viviente, defendiendo de este modo al hombre y al mundo

de cuantos acechan y rebajan la vida. La Iglesia manifiesta su voluntad de

promover con todo medio y defender contra toda insidia la vida humana, en

cualquier condición o fase de desarrollo en que se encuentre. Por esto condena,

como ofensa grave a la dignidad humana y a la justicia, todas aquellas

actividades de los gobiernos o de otras autoridades públicas, que tratan de

limitar de cualquier modo la libertad de los esposos en la decisión sobre los

hijos.

Escuela de humanidad.

La familia es escuela del más rico humanismo. Para que pueda lograr la plenitud

de su vida y misión, se requiere un clima de benévola comunicación y unión de

propósitos entre los cónyuges y una cuidadosa cooperación como padres.

Contribuye mucho la presencia del padre y es insustituible el cuidado y la

atención en el hogar de la madre especialmente para los hijos menores.

La tarea educativa de la familia tiene sus raíces en la participación en la obra

creadora de Dios. Puesto que han dado la vida a los hijos, tienen la gravísima

obligación de educar a la prole, y por tanto hay que reconocerlos como primeros

y principales educadores de sus hijos. Este deber de la educación familiar es de

tanta trascendencia que difícilmente puede suplirse. Es, pues, deber de los

padres crear un ambiente de familia animado por el amor, por la piedad hacia

Dios y hacia los hombres, que favorezcan la educación íntegra personal y social

81



de los hijos. La familia es la primera escuela de las virtudes sociales y del más

rico humanismo, que todas las sociedades necesitan.

Primeros y principales educadores.

El derecho-deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado

como está con la transmisión de la vida humana; como original y primario,

respecto al deber educativo de los demás, por la unicidad de la relación de amor

que subsiste entre padres e hijos; como insustituible e inalienable y que, por

consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros. Pero el

elemento más radical, que determina el deber educativo de los padres, es el

amor paterno y materno que encuentra en la acción educativa su realización, al

hacer pleno y perfecto el servicio a la vida. El amor de los padres se transforma

de fuente en alma, y por consiguiente, en norma, que inspira y guía toda la

acción educativa concreta, enriqueciéndola con los valores de dulzura,

constancia, bondad, servicio, desinterés, espíritu de sacrificio, que son el fruto

del más precioso del amor.

Para los padres cristianos la misión educativa tiene una fuente nueva y

específica en el sacramento del matrimonio que los consagra a la educación

propiamente cristiana de los hijos, es decir los llama a participar de la misma

autoridad y amor de Dios Padre y de Cristo Pastor, así como también del amor

materno de la Iglesia para ayudar en el crecimiento humano y cristiano de los

hijos. Los padres son, pues, los primeros y principales educadores de sus

propios hijos, y en este campo tienen incluso una competencia fundamental:

son educadores por ser padres. Comparten su misión educativa con otras

personas e instituciones, como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe

hacerse siempre aplicando correctamente el principio de subsidiariedad. Esto

implica la legitimidad e incluso el deber de una ayuda a los padres. En efecto,

los padres no son capaces de satisfacer por sí solos las exigencias de todo el

proceso educativo, especialmente lo que atañe a la instrucción y al amplio

sector de la socialización. Cualquier otro colaborador en el proceso educativo

debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento y, en cierto modo,

incluso por encargo suyo.

Valores esenciales.

Los padres deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores

esenciales de la vida humana. Deben ayudarles a crecer en una justa libertad

ante los bienes materiales, adoptando un estilo de vida sencillo y austero,

convencidos de que el hombre vale más por lo que es que por lo que tiene.

Frente a los diversos individualismos y egoísmos, deben enriquecerse con el

sentido de la verdadera justicia, el respeto de la dignidad personal de cada uno,

y más aun el sentido del verdadero amor, la solicitud sincera y servicio

desinteresado hacia los demás, especialmente a los más pobres y necesitados.

Preguntas para reflexionar en pareja

El tema bíblico reflejaba más los deberes de los hijos hacia los padres mientras

que las lecturas de estudio nos presentan los deberes de los padres hacia los

hijos: ¿Qué piensan uds. de todo este panorama? ¿Cuáles son hoy las

dificultades para realizar ese ideal? ¿Cómo podríamos vencer esas dificultades?

¿Al compartir el tema con los hijos, qué piensan ellos? ¿Qué dificultades

encuentran ellos? ¿Cuáles propuestas de solución hacen ellos?

82



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA144



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA145









13. NIÑO, NIÑEZ



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar146

NIÑO

Israel, como todos los pueblos sanos, ve, en la fecundidad un signo de la

bendición divina: los niños son ―la corona de los ancianos‖ (Pr 17,6), los hijos

son ― planta de olivo alrededor de la mesa‖ (Sal 128,3). Los autores bíblicos, a

diferencia de ciertos modernos, no olvidan que el niño es un ser inacabado y

subrayan la importancia de una educación firme: la locura está arraigada en su

corazón (Pr 22,15), su ley es el capricho (Cf. Mt 11, 16-19), y para que no se

vea agitado a todos los vientos (Ef 4,14), hay que mantenerlo en tutela (Ga

4,1ss). Frente a estas observaciones son tanto más de notar las afirmaciones

bíblicas sobre la dignidad religiosa del niño.

1. Dios y los niños. Ya en el AT. Aparece el niño, precisamente por razón de su

debilidad y de su imperfección nativas como un privilegiado de Dios. El Señor

mismo es el protector del huérfano y el vengador de sus derechos(Ex 22,21ss;

Sal 68, 6); manifestó su ternura paterna y su solicitud educadora para con

Israel ―cuando era niño‖, durante la salida de Egipto y su permanencia en el

desierto (Os 11, 1-4).

Los niños no están excluido del culto de Yahvé: incluso participan en las súplicas

penitenciales (Jl 2,16; Jdt 4,10ss.), y Dios se prepara una alabanza de la boca

de los niños y de los pequeñuelos (Sal 8,2s; Mt 21,16). Lo mismo sucederá en

la Jerusalén celestial, donde los elegidos experimentarán el amor ―materno‖ de

Dios (Is 63, 10-13). Ya un salmista, para expresar su abandono confiado en

manos del Señor, no halló mejor imagen que la del niño que se duerme en el

regazo de su madre (Sal 131, 2). Más aún: Dios escoge a ciertos niños como

primeros beneficiarios y mensajeros de su revelación y de su salvación (1Sa 1-

3; 16, 1-13; Dn13,44-50).

Finalmente, una cumbre de la profecía mesiánica es el nacimiento del

Emmanuel, signo de liberación (Is 7, 14ss); e Isaías saluda al niño que

restablecerá, con el reino de David, el derecho y la justicia (9,1-6).

2. Jesús y los niños. Así pues, ¿No convenía que para inaugurar la nueva alianza

se hiciera el Hijo de Dios un niño pequeño? Lucas indicó cuidadosamente las

etapas de la infancia así recorrida: Recién nacido en el pesebre(Lc 2,12), niño

pequeño presentado en el templo (2,27), niño sumiso a sus padres y, sin





144

Ver indicaciones y notas en la página 11

145

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

146

Adaptado de ROY, León. Niño. En VTB p.585-586.

83



embargo, miste-riosamente independiente de ellos en su dependencia frente a

su Padre (2,43-51).

Una vez adulto adopta Jesús para con los niño el mismo comportamiento que

Dios. Como había beatificado a los pobres, así bendice a los niños (Mc 10,16),

revelando de esta manera que los unos y los otros están plenamente

capacitados para entrar en el reino; los niños simbolizan a los auténticos

discípulos, ―de los tales es el reino de los cielos‖ (Mt 19,14p). En efecto, se trata

de ―acoger el reino a la manera de un niño pequeño‖ (Mc 10,15), de recibirlo

con toda simplicidad como don del Padre, en lugar de exigirlo como un débito;

hay que ―volver a la condición de niños‖ (Mt 18,3) y consentir en ―renacer‖ (Jn

3,5) para tener acceso al Reino. El secreto de la verdadera grandeza está en ―

hacerse pequeño‖ como un niño (Mt 18,4): tal es la verdadera humildad sin la

cual no se puede ser hijo del Padre Celestial.

Los verdaderos discípulos son precisamente ―los pequeñuelos‖ a quienes el

Padre ha tenido a bien revelar, como en otro tiempo a Daniel, los secretos

ocultos a los sabios (Mt 11, 25s). Por lo demás, en la lengua del evangelio

―pequeño‖ ―discípulo‖ parecen a veces término equivalentes (Cf. Mt 10,42 y Mc.

9,41). Bienaventurados quien acoja a unos de estos pequeñuelos (Mt 18, 5; Cf.

25,40), pero ¡ay del que los escandalice o desprecie! (18,6.10).

3. La tradición Apostólica. Pablo es sensible sobre todo al estado de

imperfección que representa la infancia (1 Co 13,11; Ga 4,1; Ef 4,14). Incita a

los cristianos a continuar su crecimiento para llegar a la ―plenitud de cristo‖ (Ef

4,12-16). Reprocha a los Corintios su actitud infantil (1co 3,1ss) y los pone en

guardia contra una falsa noción de la infancia espiritual, reaccionando, a lo que

parece, contra una interpretación abusiva de las palabras de Jesús (1Co 14,20,

Cf. Mt 18,38). Pablo, sin embargo, no desconoce el privilegio de los pequeños:

―lo que en el mundo es débil, lo escogió Dios‖ (1 Co 1,27ss). El mismo, en su

caridad apostólica, se comporta espontáneamente con sus neófitos, sus ―hijos

pequeños‖, con la ternura de una madre (1 Te 2,7s; Ga 4,19ss; Cf. 1Co 4,15).

Hb 5, 11-14 y 1Pe 2,2 exhortan a los nuevos bautizados a desear, como recién

nacidos, la leche de la Palabra de Dios.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA147



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL148



LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Derechos del niño149

26. En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención

especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad

personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto

vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño

es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.







147

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

148

Ver las indicaciones en la página 6

149

Tomado de FAMILIARIS CONSORTIO, 26

84



Procurando y teniendo un cuidado tierno y profundo para cada niño que viene a

este mundo, la Iglesia cumple una misión fundamental. En efecto, está llamada

a revelar y a proponer en la historia el ejemplo y el mandato de Cristo, que ha

querido poner al niño en el centro del Reino de Dios: "Dejad que los niños

vengan a mí, ...que de ellos es el reino de los cielos" (Lc 18, 16; cf. Mt 19, 14;

Mc 10, 14).

Repito nuevamente lo que dije en la Asamblea General de las Naciones Unidas,

el 2 de octubre de 1979: "Deseo... expresar el gozo que para cada uno de

nosotros constituyen los niños, primavera de la vida, anticipo de la historia

futura de cada una de las patrias terrestres actuales. Ningún país del mundo,

ningún sistema político puede pensar en el propio futuro, si no es a través de la

imagen de estas nuevas generaciones que tomarán de sus padres el múltiple

patrimonio de los valores, de los deberes y de las aspiraciones de la nación a la

que pertenecen, junto con el de toda la familia humana. La solicitud por el niño,

incluso antes de su nacimiento, desde el primer momento de su concepción y, a

continuación, en los años de la infancia y de la juventud es la verificación

primaria y fundamental de la relación del hombre con el hombre. Y por eso,

¿qué más se podría desear a cada nación y a toda la humanidad, a todos los

niños del mundo, sino un futuro mejor en el que el respeto de los Derechos del

Hombre llegue a ser una realidad plena en las dimensiones del Dos mil que se

acerca?"150.

La acogida, el amor, la estima, el servicio múltiple y unitario -material, afectivo,

educativo, espiritual- a cada niño que viene a este mundo, deberá constituir

siempre una nota distintiva e irrenunciable de los cristianos, especialmente de

las familias cristianas; así los niños, a la vez que crecen "en sabiduría, en

estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (Lc 2, 52), serán una

preciosa ayuda para la edificación de la comunidad familiar y para la misma

santificación de los padres151.

Derechos que lo protegen152

Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien puede llegar a

descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2,14-15) el valor

sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el

derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario

suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia

humana y la misma comunidad política.

Hoy una gran multitud de seres humanos débiles e indefensos, como son,

concretamente, los niños aún o nacidos, está siendo atropellada en su derecho

fundamental a la vida. La vida del hombre proviene de Dios, es su don, su

imagen e impronta, participación de su soplo vital. Por tanto, Dios es el único

señor de esta vida: el hombre no puede disponer de ella. De la sacralidad de la

vida deriva su carácter inviolable, inscrito desde el principio en el corazón del

hombre, en su conciencia.

La vida del hombre es el mayor bien humano que todos hemos de proteger. Por

ello la Declaración Universal de los Derechos Humanos dice que "Todo individuo

tiene derecho a la vida" (art. 3), y la Carta de los Derechos de la Familia de la



150

Juan Pablo II, Discurso a la Asamblea General de las Naciones Unidas, 21 (2 de octubre de

1979): AAS 71 (1979), 1159.

151

Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes,

48.

152

Tomado de PONTIFICIO CONSEJO PARA LA FAMILIA. Jubileo de las familias...

85



Santa Sede (1983) confirma que la "vida humana debe ser respetada y

protegida absolutamente desde el momento de la concepción" (art. 4). Por

tanto los "niños, tanto antes como después del nacimiento, tienen derecho a

una especial protección y asistencia" (art. 4, d). Así pues el fruto de la

generación humana desde el primer momento de su existencia exige el respeto

incondicionado; es decir ser respetado y tratado como persona y reconocerle los

derechos de persona, principalmente el derecho inviolable de todo ser humano

inocente a la vida.

En la familia, comunidad de personas, debe reservarse una atención

especialísima al niño, desarrollando una profunda estima por su dignidad

personal, así como un gran respeto y un generoso servicio a sus derechos. Esto

vale respecto a todo niño, pero adquiere una urgencia singular cuando el niño

es pequeño y necesita de todo, está enfermo, delicado o es minusválido.

Todo cuanto se ha dicho de la dignidad de la persona humana se debe aplicar al

niño aún no nacido, porque no es el nacimiento que le da la dignidad, sino el

hecho de ser un individuo de naturaleza racional, y esto lo es desde el mismo

momento de su concepción. Es ya entonces un ser al que Dios ama por sí

mismo. Pero además, en este caso del no nacido, junto a la misma dignidad se

une la mayor fragilidad.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuál es el fundamento de los derechos de los niños?

¿A la luz de los temas estudiados, cuáles serían los derechos de los niños?

¿Podrías hacer una lista de esos derechos?

¿Cómo podríamos ayudar a una toma de conciencia de esos derechos?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA153



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA154









14. ALIANZA



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar155

ALIANZA

Dios quiere llevar a los hombres a una vida de comunión con él. Esta idea,

fundamental para la doctrina de la salvación, es la que expresa el tema de la

alianza. En el AT dirige todo el pensamiento religioso, pero se ve cómo con el

tiempo se va profundizando. En el NT adquiere una plenitud sin igual, pues

ahora tiene ya por contenido todo el misterio de Jesucristo.



153

Ver indicaciones y notas en la página 11

154

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

155

Adaptado de GIBLET, Jean. Alianza En VTB p.59-66.

86



AT. La alianza (berit), antes de referirse alas relaciones de los hombres con

Dios, pertenece a la experiencia social de los hombres. Éstos se ligan entre sí

con pactos y contratos. Acuerdos entre grupos o individuos iguales que quieren

prestarse ayuda: son las alianzas de paz (Gn 14,13; 21,22ss; 26,28; 31,43ss;

1 Re 5, 26; 15,19), las alianzas de hermanos (Am 1,9), los pactos de amistad

(1Sa 23,18), e incluso el matrimonio (Mal 2,14). Tratados desiguales, en que

el poderoso promete su protección al débil, mientras que éste se compromete a

servirle (Jos 9,11-15; 1Sa 11,1; 2Sa 3,12ss). En estos casos el inferior puede

solicitar la alianza; pero el poderoso la otorga según su beneplácito y dicta sus

condiciones (cf. Ez 17, 13s). La conclusión del pacto se hace según un ritual

consagrado por el uso (Gn 21,33; 31,48ss cf. Jr 34,18).

I. LA ALIANZA DEL SINAI. En el Sinaí, el pueblo libertado entró en alianza con

Yahveh y así fue como el culto de Yahveh vino a ser su religión nacional.

Evidentemente, la alianza en cuestión no es un pacto entre iguales; es análoga

a los tratados de vasallaje: Yahveh decide con soberana libertad otorgar su

alianza a Israel y él mismo dicta sus condiciones.

1. La alianza en el designio de dios. Ya en la visión de la zarza que ardía reveló

Yahveh a un mismo tiempo a Moisés su nombre y su designio para con Israel:

quiere libertar a Israel de Egipto para asentarlo en la tierra de Canaan (Éx 3,7-

10.16s), pues Israel es su pueblo (3,10), al que quiere dar la tierra prometida

a sus padres (cf. Gn 12,7; 13,15). Esto supone ya que por parte de Dios es

Israel objeto de elección y depositario de una promesa. El éxodo viene luego a

confirmar la revelación del Horeb: al libertar Dios efectivamente a su pueblo

muestra que es el Señor y que es capaz de imponer su voluntad; así, el pueblo

libertado responde al acontecimiento con su fe (Éx 14,31). Ahora, una vez

adquirido este punto, puede Dios ya revelar su designio de alianza (Éx 19,5s).

Estas palabras subrayan la gratuidad de la elección divina: Dios escogió a

Israel sin méritos por su parte, gratuitamente (Dt 7,6ss; 9,4ss). Habiéndolo

separado de las naciones paganas, se lo reserva exclusivamente: Israel será su

pueblo le servirá con su culto, vendrá a ser su reino. Por su parte, Yahveh le

garantiza ayuda y protección: ¿No lo había ya en tiempos del éxodo llevado

sobre alas de águila y traído a sí (Éx 19,4)? Y ahora, frente al porvenir, le

renueva sus promesas: el ángel de Yahveh caminará delante de él para

facilitarle la conquista de la tierra prometida; allí le colmará Dios de sus

bendiciones y le garantizará la vida y la paz (Éx 23,20-31). La alianza,

momento capital en el designio de Dios, domina así toda la evolución futura,

cuyos detalles, sin embargo, no se revelan totalmente desde el comienzo.

2. Las cláusulas de la alianza. La primera concierne al culto del único Yahveh y

la proscripción de la idolatría (Éx 20,3ss; Dt 5,7ss). De aquí se desprende

inmediatamente la repulsa de toda alianza con las naciones paganas (cf. Éx

23,24; 34,12-16). Pero también se sigue que Israel deberá aceptar todas las

voluntades divinas: Moisés expuso todo lo que le había dicho Yahveh. Entonces

todo el pueblo respondió: "Todo lo que ha dicho Yahveh, lo observaremos" (Éx

19,7s). Compromiso solemne, cuyo respeto condicionará para siempre el

destino histórico de Israel. El pueblo de Israel se halla en el cruce de los

caminos. Si obedece, tiene aseguradas las bendiciones divinas; si falta a su

palabra, él mismo se condena a las maldiciones (cf. Éx 23,20-33; Dt 28; Lv

26).

87



3. La conclusión de la alianza. El relato complejo del Éxodo conservados

rituales diferentes de la conclusión de la alianza (Éx 24,1s.9ss, distinto de Éx

24,3-8). La sangre de la alianza desempeña un papel esencial en este ritual.

Una vez concluido el pacto, diversos objetos perpetuarán su recuerdo

atestiguando a través de los siglos el compromiso inicial de Israel. El arca de la

alianza (Éx 25,10-22; Núm 10,33-36), La tienda (Éx 33,7-11). Con esto se

indica el enlace perpetuo del culto israelita con el acto inicial que fundó la

nación: la alianza del Sinaí.

II. LA ALIANZA EN LA VIDA Y EN EL PENSAMIENTO DE ISRAEL. 1. Las

renovaciones de la alianza (Dt 27,2-26; Dt 31,9-13.24-27; 32,45ss). Es fácil

comprobar una renovación efectiva de la alianza en ciertos puntos cruciales de

la historia. Josué la renueva en Siquem, y el pueblo reitera su compromiso para

con Yahveh (Jos 8,30-35; 24,1-28). El pacto de David con los ancianos de

Israel (2Sa 5,3) va seguido de una promesa divina: Yahveh otorga su alianza

a David y a su dinastía (Sal 89,4ss.20-38; cf. 2Sa 7,8-16; 23,5), a condición

únicamente de que la alianza del Sinaí sea fielmente observada (Sal 89,31ss;

132,12; cf. 2Sa 7,14). La oración y la bendición de Salomón en el momento de

la inauguración del templo enlazan a la vez con esta alianza davídica y con la

del Sinaí, cuyo memorial conserva el templo (1Re 8,14-29.52-61). Las mismas

renovaciones bajo Joás (2Re 11,17), y sobre todo bajo Josías, que sigue el

ritual deuteronómico (2Re 23,1ss; cf. Éx 24,3-8). La lectura solemne de la ley

por Esdras presenta un contexto muy semejante (Neh 8). Así el pensamiento

de la alianza se mantiene como idea directriz que sirve de base a todas las

reformas religiosas.

2. La reflexión profética. El mensaje de las profecías se refiere a ella

constantemente (cf. Ez 16,6-14). La espiritualidad deuteronómica recoge el

fruto de esta profundización: Si recuerda sin cesarlas exigencias, las promesas

y las amenazas de la alianza, es para subrayar mejor el amor de Dios (Dt 4,37;

7,8; 10,15), que aguarda el amor de Israel (Dt 6,5; 10,12s; se destaca ya la

fórmula fundamental de la alianza: Vosotros sois mi pueblo y yo soy vuestro

Dios. Naturalmente, también aquí el amor de Israel a Dios debe traducirse en

obediencia Dt 30,15...

III. HACIA LA NUEVA ALIANZA. 1. La ruptura de la nueva alianza. Los

profetas no sólo profundizaron la doctrina de la alianza subrayando las

implicaciones del pacto sinaítico. Volviendo los ojos hacia el porvenir,

presentaron en su conjunto el drama del pueblo de Dios que se cierne en torno

a él. A consecuencia de la infidelidad de Israel (Jr 22,9), el antiguo pacto

queda roto (Jr 31,32), como un matrimonio que se deshace a causa de los

adulterios de la esposa (Os 2,4; Ez 16,15-43). Israel sufrirá en su historia el

justo castigo de su infidelidad; tal será el sentido de sus pruebas nacionales:

ruina de Jerusalén, cautividad, dispersión .

2. Promesa de la nueva alianza. A pesar de todo esto, el designio de alianza

revelado por Dios subsiste invariable (Jer 31,35ss; 33,20s). Habrá, pues, al

final de los tiempos, una alianza nueva (Os 2,20-24). Jeremías precisa que

entonces serán cambiados los corazones humanos, puesto que se inscribirá en

ellos la ley de Dios (Jer 31,33s; 32,37-41). Ezequiel anuncia la conclusión de

una alianza eterna, de una alianza de paz (Ez 6,26), que renovará la del Sinaí

(Ez 16,60) y la de David (34,23s), y que comportará el cambio de los

corazones y el don del Espíritu divino (36,26ss). Así se realizará el programa

88



esbozado en otro tiempo: Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios

(Jer 31,33; 32,38; Ez 36,28; 37,27).

NT. I. CONCLUSION DE LA NUEVA ALIANZA POR JESÚS. La palabra diatheke

figura en los cuatro relatos de la última Cena; La Fórmula más breve nos ha

sido conservada por Marcos: Ésta es mi sangre, la sangre de la alianza, que

será derramada por una multitud (Mc 14,24); Mateo añade: para la remisión

de los pecados (Mt 26,28). Lucas y Pablo dicen: Este cáliz es la nueva alianza

de mi sangre (Lc 22,20; 1Cor 11,25), y Lucas sólo: que será derramada por

vosotros. La distribución del cáliz es un gesto ritual. Las palabras

pronunciadas la enlazan con el gesto que Jesús está a punto de realizar: su

muerte aceptada libremente por la redención de la multitud.

En este último rasgo se ve que Jesús se considera como el siervo doliente (Is

53,11s) y comprende su muerte como un sacrificio expiatorio (cf. 53,10). Con

esto viene a ser el mediador de alianza que deja entrever el mensaje de

consolación (Is 42,6). Pero la sangre de la alianza recuerda también que la

alianza del Sinaí se había concluido en la sangre (Ex 24,8): los sacrificios de

animales son sustituidos por un sacrificio nuevo, cuya sangre realiza

eficazmente una unión definitiva entre Dios y los hombres. Así se cumple la

promesa de la nueva alianza enunciada por Jeremías y Ezequiel: gracias a la

sangre de Jesús serán cambiados los corazones humanos y se dará el Espíritu

de Dios.

II. REFLEXIÓN CRISTIANA SOBRE LA NUEVA ALIANZA. 1. San Pablo. El tema

de la alianza, situado por Jesús mismo en el corazón del culto cristiano,

constituye el trasfondo de todo el NT, incluso donde no se indica explícitamente.

Cristo es el cumplimiento de la promesa (Gá 3,15-18). Así pues, por la fe en é

se obtiene la salvación, no por la observancia de la ley. Esta visión subraya que

la antigua alianza misma se insertaba en una economía gratuita, una economía

de promesa, que Dios había instituido libremente. El NT es el punto en que

desemboca aquella economía Gá 4,24ss; 2Cor 3,6ss.; 2Co 6,16; Rm 5,5; cf.

8,4-16; Ef 2,12ss). Pablo, reasumiendo las perspectivas de las promesas

proféticas, que ve cumplidas en Cristo, elabora así un cuadro general de la

historia humana, en el que el tema de la alianza constituye el hilo conductor.

2. La carta a los Hebreos, en una visión un tanto diferente, opera una síntesis

paralela de los mismos elementos. Por la cruz, Cristo sacerdote entró en el

santuario del cielo. Está allí para siempre delante de Dios, intercediendo por

nosotros e inaugurando nuestra comunión con él. Así se realiza la nueva

alianza anunciada por Jeremías (Hb 8,8-12; Jr 31,31-34); una alianza mejor

dada la calidad eminente de su mediador (Hb 8,6; 12,24); una alianza sellada

en la sangre como la primera (Hb 9,20; Éx 24,8), no ya en sangre de animales,

sino en la de Cristo mismo, derramada por nuestra redención (9,11s).

3. Otros textos. Sin necesidad de citar explícitamente el AT, los otros libros del

NT evocan los frutos de la cruz de Cristo en términos que recuerdan el tema de

la alianza. Mejor que Israel en el Sinaí, nosotros hemos venido a ser un

sacerdocio regio y una nación santa (1Pe 2,9; cf. Éx 19,5s). Este privilegio se

extiende ahora a una comunidad, de la que forman parte hombres de toda raza,

lengua, pueblo y nación (Ap 5,9s). Es cierto que aquí en la tierra la realización

de la nueva alianza comporta todavía limitaciones. Hay, pues, que contemplarla

en la perspectiva escatológica de la Jerusalén celestial: en esta morada de Dios

con los hombres ellos serán su pueblo, y él, Dios con ellos, será su Dios (Ap

89



21,3). La nueva alianza se consuma en las nupcias del cordero y de la Iglesia,

su esposa (Ap 21,2.9).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA156



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL157

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

La alianza conyugal158

7. La familia ha sido considerada siempre como la expresión primera y fundamental de

la naturaleza social del hombre. En su núcleo esencial esta visión no ha cambiado ni

siquiera en nuestros días. Sin embargo, actualmente se prefiere poner de relieve todo lo

que en la familia —que es la más pequeña y primordial comunidad humana— representa

la aportación personal del hombre y de la mujer. En efecto, la familia es una comunidad

de personas, para las cuales el propio modo de existir y vivir juntos es la comunión:

communio personarum. También aquí, salvando la absoluta trascendencia del Creador

respecto de la criatura, emerge la referencia ejemplar al «Nosotros» divino. Sólo las

personas son capaces de existir «en comunión». La familia arranca de la comunión

conyugal que el concilio Vaticano II califica como «alianza», por la cual el hombre y la

mujer «se entregan y aceptan mutuamente» 159.

El libro del Génesis nos presenta esta verdad cuando, refiriéndose a la constitución de la

familia mediante el matrimonio, afirma que «dejará el hombre a su padre y a su madre

y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne» (Gn 2, 24). En el evangelio, Cristo,

polemizando con los fariseos, cita esas mismas palabras y añade: «De manera que ya

no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre»

(Mt 19, 6). Él revela de nuevo el contenido normativo de una realidad que existe desde

«el principio» (Mt 19, 8) y que conserva siempre en sí misma dicho contenido. Si el

Maestro lo confirma «ahora», en el umbral de la nueva alianza, lo hace para que sea

claro e inequívoco el carácter indisoluble del matrimonio, como fundamento del bien

común de la familia.

Cuando, junto con el Apóstol, doblamos las rodillas ante el Padre, de quien toma

nombre toda paternidad y maternidad (cf. Ef 3, 14-15), somos conscientes de que ser

padres es el evento mediante el cual la familia, ya constituida por la alianza del

matrimonio, se realiza «en sentido pleno y específico» 160. La maternidad implica

necesariamente la paternidad y, recíprocamente, la paternidad implica necesariamente

la maternidad: es el fruto de la dualidad, concedida por el Creador al ser humano desde

«el principio».

Me he referido a dos conceptos afines entre sí, pero no idénticos: «comunión» y

«comunidad». La «comunión» se refiere a la relación personal entre el «yo» y el «tú».

La «comunidad», en cambio, supera este esquema apuntando hacia una «sociedad», un

«nosotros». La familia, comunidad de personas, es, por consiguiente, la primera

«sociedad» humana. Surge cuando se realiza la alianza del matrimonio, que abre a los

esposos a una perenne comunión de amor y de vida, y se completa plenamente y de

manera específica al engendrar los hijos: la «comunión» de los cónyuges da origen a la

«comunidad» familiar. Dicha comunidad está conformada profundamente por lo que

constituye la esencia propia de la «comunión». ¿Puede existir, a nivel humano, una

«comunión» comparable a la que se establece entre la madre y el hijo, que ella lleva

antes en su seno y después lo da a luz?





156

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

157

Ver las indicaciones en la página 6

158

Tomado de Juan Pablo II. CARTA A LAS FAMILIAS, 7

159

Gaudium et Spes, 11

160

FAMILIARIS CONSORTIO, 69

90

En la familia así constituida se manifiesta una nueva unidad, en la cual se realiza

plenamente la relación «de comunión» de los padres. La experiencia enseña que esta

realización representa también un cometido y un reto. El cometido implica a los padres

en la realización de su alianza originaria. Los hijos engendrados por ellos deberían

consolidar —éste es el reto— esta alianza, enriqueciendo y profundizando la comunión

conyugal del padre y de la madre. Cuando esto no se da, hay que preguntarse si el

egoísmo, que debido a la inclinación humana hacia el mal se esconde también en el

amor del hombre y de la mujer, no es más fuerte que este amor. Es necesario que los

esposos sean conscientes de ello y que, ya desde el principio, orienten sus corazones y

pensamientos hacia aquel Dios y Padre «de quien toma nombre toda paternidad», para

que su paternidad y maternidad encuentren en aquella fuente la fuerza para renovarse

continuamente en el amor.

Paternidad y maternidad son en sí mismas una particular confirmación del amor, cuya

extensión y profundidad originaria nos descubren. Sin embargo, esto no sucede

automáticamente. Es más bien un cometido confiado a ambos: al marido y a la mujer.

En su vida la paternidad y la maternidad constituyen una «novedad» y una riqueza

sublime, a la que no pueden acercarse si no es «de rodillas».

La experiencia enseña que el amor humano, orientado por su naturaleza hacia la

paternidad y la maternidad, se ve afectado a veces por una crisis profunda y por tanto

se encuentra amenazado seriamente. En tales casos, habrá que pensar en recurrir a los

servicios ofrecidos por los consultorios matrimoniales y familiares, mediante los cuales

es posible encontrar ayuda, entre otros, de psicólogos y psicoterapeutas

específicamente preparados. Sin embargo, no se puede olvidar que son siempre válidas

las palabras del Apóstol: «Doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda

familia en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 14-15). El matrimonio, el matrimonio

sacramento, es una alianza de personas en el amor. Y el amor puede ser profundizado y

custodiado solamente por el amor, aquel amor que es «derramado» en nuestros

corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rm 5, 5). La oración del Año de

la Familia, ¿no debería concentrarse en el punto crucial y decisivo del paso del amor

conyugal a la generación y, por tanto, a la paternidad y maternidad?

¿No es precisamente entonces cuando resulta indispensable la «efusión de la gracia del

Espíritu Santo», implorada en la celebración litúrgica del sacramento del matrimonio?

El Apóstol, doblando sus rodillas ante el Padre, lo invoca para que «conceda... ser

fortalecidos por la acción de su Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). Esta «fuerza

del hombre interior» es necesaria en la vida familiar, especialmente en sus momentos

críticos, es decir, cuando el amor —manifestado en el rito litúrgico del consentimiento

matrimonial con las palabras: «Prometo serte fiel... todos los días de mi vida»— está

llamado a superar una difícil prueba.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué implicaciones tiene para la pareja el hecho de que el matrimonio sea una

alianza?

¿A la luz del tema estudiado, qué le falta a la pareja de ustedes dos para hacer

realidad esta alianza?

¿Encuentran en el tema razones para valorar el matrimonio sacramental

(matrimonio por la Iglesia) frente a otras formas de unión de la pareja

(matrimonio civil, unión libre, unión adulterina)?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA161



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA162





161

Ver indicaciones y notas en la página 11

162

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

91



15. MATRIMONIO



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar163

MATRIMONIO

AT. I. EL MATRIMONIO EN EL DESIGNIO DEL CREADOR. Los dos relatos de la

creación terminan con una escena que funda la institución del matrimonio. En

el relato yahvista (Gn 2) la intención divina es explícita en estos términos: No

es bueno que el hombre esté solo, voy a darle una ayuda que le sea apropiada

(2,18).

El hombre, que es superior a todos los animales (2,19s), no podría tallar esta

ayuda sino en la que es carne de su carne y hueso de sus huesos (2,21ss).

Ésta la creó Dios para él; por eso el hombre, dejando padre y madre, se adhiere

a ella por el amor y los dos vienen a ser una sola carne (2,24). La sexualidad

halla, pues, así su sentido traduciendo en la carne la unidad de los dos seres

que Dios llama a darse ayuda mutua. Exenta de todo sentimiento de vergüenza

en la integridad original (2,25), será, sin embargo ocasión de turbación a

consecuencia del pecado (3,7), y la vida de la pareja humana estará en

adelante acechada por el sufrimiento y por las tentaciones pasionales o

dominantes (3,16). Pero, a pesar de esto, la fecundidad de la madre de los

vivientes (3,20) será para ella un beneficio permanente (4,1.25s). El relato

sacerdotal (Gn 1) está menos cargado de elementos dramáticos. El hombre

creado a imagen de Dios para dominar la tierra y probarla es en realidad la

pareja (1,26s). La fecundidad aparece aquí como el fin mismo de la

sexualidad, que es cosa excelente como toda la creación (1,31). Así se afirma

el ideal divino de la institución matrimonial antes de que el pecado haya

corrompido al género humano.

II. EL MATRIMONIO EN EL PUEBLO DE DIOS. Cuando Dios emprende la

educación de su pueblo dándole su educación de su pueblo dándole su ley, la

institución matrimonial no está ya al nivel de este ideal primitivo. La fecundidad

se considera como el valor primordial al que está subordinado todo lo demás.

Pero, una vez asegurado este punto, la institución conserva la huella de las

costumbres ancestrales muy alejadas del matrimonio prototipo de Gn 1-2.

1. Poligamia y monogamia. El ideal de la fecundidad y la preocupación por

tener una familia poderosa hacen desear hijos numerosos (cf. Jc 8,30; 12,8;

2Re 10,1), lo que conduce naturalmente a la poligamia. El autor yahvista, cuyo

ideal era monogámico (Gn 2,18-24), la estigmatiza atribuyendo su origen a

una iniciativa del bárbaro Lamec (4,19). Sin embargo, a todo lo largo de la

Biblia se encuentra el uso de tener dos esposas (1Sa 1,2; cf. Dt 21,15) o de

tomar concubinas y mujeres esclavas (Gn 16,2; 30,3; Éx 21,7-11; Jc 19,1; Dt

21,10-14). Los reyes contraen gran número de uniones, por amor (2Sa

11,2ss) o por interés político (1Re 3,1); así aparecen grandes harenes (1Re

11,3; 2Cró 13,21), en los que el verdadero amor es imposible (cf. Est 2,12-

17).





163

Adaptado de WIÉNER, Claude. Matrimonio. En VTB p.515-518.

92



Pero el afecto exclusivo no es tampoco raro, desde Isaac (Gn 25,19-28) y José

(Gn 41,50) hasta Judit (Jdt 8,2-8) y los dos Tobías (Tb 11,5-15), pasando

por Ezequiel (Ez 24,15-18) y (Jb 2,9s). Los sapienciales evocan los goces y las

dificultades de los hogares monógamos (Pr 5,15-20; 18,22; 19,13; Qo 9,9; Si

25,13-26,19), y en el Cantar de los cantares el amor de los dos esposos es

evidentemente exclusivo. Todo esto denota una evolución real en las

costumbres. En la época del NT la monogamia será la regla corriente de los

matrimonios judíos.

2. Estabilidad del matrimonio y fidelidad de los esposos. La misma

preocupación de tener descendencia pudo también introducir la práctica del

repudio por causa de esterilidad. La ley, reglamentando la práctica del divorcio,

no precisa qué tara puede permitir al hombre repudiar a su mujer (Dt 24,1s).

Sin embargo, después del exilio cantan los sabios la fidelidad para con la esposa

de la juventud (Pr 5,15-19) y hacen el elogio de la estabilidad conyugal (Si

36,25ss). Relacionando el pacto (berit) matrimonial con la alianza (berit) de

Yahveh y de Israel afirma Malaquías que Dios odia el repudio (Mal 2,14ss). No

obstante este encaminarse hacia un ideal más estricto, el judaísmo

contemporáneo del NT admitirá todavía la posibilidad del divorcio y los doctores

discutirán sobre las causas que pueden legitimarlo (cf. Mt 19,3).

3. El ideal religioso del matrimonio. Aun cuando el matrimonio es ante todo

cuestión de derecho civil y los textos antiguos no hacen alusión a un ritual

religioso, el israelita sabe muy bien que Dios le guía en la elección de esposa

(Gn 24,42-52) y que Dios asume en nombre de la alianza los preceptos que

regulan el matrimonio (p.e., Lv 18). El decálogo, ley fundamental de Israel,

garantiza la santidad de la institución (Éx 290,14; cf. Pr 2,17). Después del

exilio, el libro de Tobías da una visión altamente espiritual del hogar preparado

por Dios (Tb 3,16), fundado bajo su mirada en la fe y en la oración (7,11; 8,4-

9), según el modelo que trazaba el Génesis (8,6; cf. Gn 2,18), guardado por la

fidelidad cotidiana a la ley (14,1.8-13). El ideal bíblico del matrimonio, llegado

a este nivel, supera las imperfecciones que había sancionado provisionalmente

la ley mosaica.

NT. La concepción del matrimonio en el NT está inspirada en la paradoja

misma de la vida de Jesús: nacido de mujer (Gá 4,4; cf. Lc 11,27), por su vida

de Nazaret (Lc 2,51s) consagra la familia tal como había sido preparada por

todo el AT. Pero nacido de madre virgen, viviendo él mismo en virginidad, da

testimonio de un valor superior al matrimonio.

CRISTO Y EL MATRIMONIO. 1. La nueva ley. Jesús refiriéndose

explícitamente, por encima de la ley de Moisés, al designio creador del Género,

afirma el carácter absoluto del matrimonio y su indisolubilidad (Mt 19,1-9):

Dios mismo une al hombre y a la mujer, dando a su libre elección una

consagración que los supera. Son una sola carne ante él. La excepción del

caso de fornicación (Mt 19,9) no tiende ciertamente a justificar el divorcio (cf.

Mc 19,11; Lc 16,18; 1Co 7,10s); se refiere o bien al repudio de una esposa

ilegítima, o bien a una separación a la que no podrá seguir otro matrimonio.

De ahí el espanto de los discípulos ante el rigor de la nueva ley (Mt 19,10).

Esta exigencia tocante a los principios no excluye la misericordia con los

hombres pecadores (Lc 7,37; Jn 4,18; 8,3ss; cf. Mt 21,31s; Jn 8,11).

2. El sacramento del matrimonio. Jesús no se contenta con devolver la

institución del matrimonio a la perfección primitiva que había empañado el

93



pecado. Le da un fundamento nuevo, que le confiere su significación religiosa

en el reino de Dios. Por la nueva alianza que funda en su propia sangre (Mt

26,28), viene a ser él mismo el esposo de la Iglesia. Así para los cristianos,

templos del Espíritu Santo desde su bautismo (1Co 6,19), el matrimonio es un

gran misterio en relación con Cristo y con la Iglesia (Ef 5,32). La sumisión de

la Iglesia a Cristo y el amor de Cristo a la Iglesia, a la que salvó entregándose

por ella, son así la regla viva que deben imitar los esposos; esto les será

posible, puesto que la gracia de la redención alcanza a su mismo amor

asignándole su ideal (5,21-33). La sexualidad, cuyas exigencias normales se

deben apreciar con prudencia (1Co 7,1-6), es incorporada a una realidad

concreta que la transfigura.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA164



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL165

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Jesucristo, esposo de la Iglesia, y el sacramento del matrimonio166

13. La comunión entre Dios y los hombres halla su cumplimiento definitivo en Cristo

Jesús, el Esposo que ama y se da como Salvador de la humanidad, uniéndola a sí como

su cuerpo.

El revela la verdad original del matrimonio, la verdad del "principio" (Cf. Gn 2, 24; Mt.

19, 5) y, liberando al hombre de la dureza del corazón, lo hace capaz de realizarla

plenamente.

Esta revelación alcanza su plenitud definitiva en el don de amor que el Verbo de Dios

hace a la humanidad asumiendo la naturaleza humana, y en el sacrificio que Jesucristo

hace de sí mismo en la cruz por su Esposa, la Iglesia. En este sacrificio se desvela

enteramente el designio que Dios ha impreso en la humanidad del hombre y de la mujer

desde su creación (Cf. Ef 5, 32 s); el matrimonio de los bautizados se convierte así en el

símbolo real de la nueva y eterna Alianza, sancionada con la sangre de Cristo. El

Espíritu que infunde el Señor renueva el corazón y hace al hombre y a la mujer capaces

de amarse como Cristo nos amó. El amor conyugal alcanza de este modo la plenitud a la

que está ordenado interiormente, la caridad conyugal, que es el modo propio y

específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de

Cristo que se dona sobre la cruz.

En una página justamente famosa, Tertuliano ha expresado acertadamente la grandeza

y belleza de esta vida conyugal en Cristo: "¿Cómo lograré exponer la felicidad de ese

matrimonio que la Iglesia favorece, que la ofrenda eucarística refuerza, que la bendición

sella, que los ángeles anuncian y que el Padre ratifica?... ¡Qué yugo el de los dos fieles

unidos en una sola esperanza, en un solo propósito, en una sola observancia, en una

sola servidumbre! Ambos son hermanos y los dos sirven juntos; no hay división ni en la

carne ni en el espíritu. Al contrario, son verdaderamente dos en una sola carne y donde

la carne es única, único es el espíritu"167.

La Iglesia, acogiendo y meditando fielmente la Palabra de Dios, ha enseñado

solemnemente y enseña que el matrimonio de los bautizaos es uno de los siete







164

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

165

Ver las indicaciones en la página 6

166

Tomada de FAMILIARIS CONSORTIO, 13

167

Tertuliano, Ad uxorem, II, VIII, 6-8

94

sacramentos de la Nueva Alianza168.

En efecto, mediante el bautismo, el hombre y la mujer con inseridos definitivamente en

la Nueva y Eterna Alianza, en la Alianza esponsal de Cristo con la Iglesia. Y debido a

esta inserción indestructible, la comunidad íntima de vida y de amor conyugal, fundada

por el Creador169, es elevada y asumida en la caridad esponsal de Cristo, sostenida y

enriquecida por su fuerza redentora.

En virtud de la sacramentalidad de su matrimonio, los esposos quedan vinculados uno a

otro de la manera más profundamente indisoluble. Su recíproca pertenencia es

representación real, mediante el signo sacramental, de la misma relación de Cristo con

la Iglesia.

Los esposos son por tanto el recuerdo permanente, para la Iglesia, de lo que acaeció en

la cruz; son el uno para el otro y para los hijos, testigos de la salvación, de la que el

sacramento les hace partícipes. De este acontecimiento de salvación el matrimonio,

como todo sacramento, es memorial, actualización y profecía; "en cuanto memorial, el

sacramento les da la gracia y el deber de recordar las obras grandes de Dios, así como

de dar testimonio de ellas ante los hijos; en cuanto actualización les da la gracia y el

deber de poner por obra en el presente, el uno hacia el otro y hacia los hijos, las

exigencias de un amor que perdona y que redime; en cuanto profecía les da la gracia y

el deber de vivir y de testimoniar la esperanza del futuro encuentro con Cristo" 170.

Al igual que cada uno de los siete sacramentos, el Matrimonio es también un símbolo

real del acontecimiento de la salvación, pero de modo propio. "Los esposos participan

en cuanto esposos, los dos, como pareja, hasta tal punto que el efecto primario e

inmediato del matrimonio (res et sacramentum) no es la gracia sobrenatural misma,

sino el vínculo conyugal cristiano, una comunión en dos típicamente cristiana, porque

representa el misterio de la Encarnación de Cristo y su misterio de Alianza. El contenido

de la participación en la vida de Cristo es también específico: el amor conyugal

comporta una totalidad en la que entran todos los elementos de la persona -reclamo del

cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la afectividad, aspiración del espíritu y

de la voluntad-; mira a una unidad profundamente personal que, más allá de la unión

en una sola carne, conduce a no hacer más que un solo corazón y una sola alma; exige

la indisolubilidad y fidelidad de la donación recíproca definitiva y se abre a la fecundidad

(cfr. Humanae vitae, 9). En una palabra, se trata de características normales de todo

amor conyugal natural, pero con un significado nuevo que no sólo las purifica y

consolida, sino que las eleva hasta el punto de hacer de ellas la expresión de valores

propiamente cristianos"171.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué relación tiene el sacramento del matrimonio con la Alianza del Antiguo

Testamento y con la Nueva Alianza inaugurada por Cristo?

¿Qué significa, en concreto, en la vida de pareja, esa unidad de carne y de

espíritu de que habla Tertuliano?

¿Cuáles son las consecuencias, para una pareja, de acogerse a la voluntad de

Dios y al llamado de Cristo, mediante la realización del matrimonio

sacramental?

¿Qué implica para cada uno de los cónyuges, la unidad, la indisolubilidad y la

fidelidad exigidas por el sacramento?









168

Cfr. Concilio de Trento., Sesión XXIV, can. 1

169

Concilio Vat. II, Gaudium et spes, 48.

170

Juan Pablo II, Discurso a los Delegados del "Centre de Liaison des Equipes de Recherche", 3

(3 de noviembre de 1979)

171

Ibid., 4: l. c

95



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA172



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA173









16. ESPOSOS



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar174

ESPOSO-ESPOSA

El nombre de esposo es uno de los que se da a Dios (Is 54,5) y que expresa su

amor a su criatura.

AT. ―Esposo‖ es uno de los nombres con los que Dios se da a conocer, pero no

en el sentido mítico de las religiones cananeas para quienes dios era Baal (=

Señor y marido: Os 2,18; Jc 2,11s.) y su culto, que permitía la prostitución

sagrada, llevó a Israel a equiparar la idolatría a la prostitución (Éx 34,15s; Is

1,21). El Dios de Israel es esposo, no de su tierra, sino de su pueblo y el amor

que los une tiene una historia: las atenciones gratuitas de Dios y el triunfo de

su misericordia sobre la infidelidad de su pueblo, son temas proféticos.

1. La experiencia de Oseas: la esposa amada e infiel. Oseas toma por esposa a

una mujer a la que ama y le da hijos, pero que lo abandona para entregarse a

la prostitución en un templo. El profeta, sin embargo, la rescata y la conduce de

nuevo a su casa (Os 1-3). Esta parte de la vida del profeta es una especie de

profecía viviente para Israel: Lo que ha pasado con Oseas y su esposa

prostituta es lo que ha pasado entre yahvé y su esposa infiel, Israel: la idolatría

no es solo prostitución sino que se convierte en adulterio, ya que Dios se ha

desposado con su pueblo. La perspectiva del amor de Dios a su pueblo es la de

un retorno al desierto, donde el pueblo se purificará (Os 2,16s) y se preparará

para nuevas nupcias en ternura, justicia y fidelidad (2,20ss).

2. El mensaje profético: El esposo amante y fiel. Jeremías hereda este lenguaje

nupcial de su maestro Oseas (Jr 2,2.20; 31,3). Las imágenes de Ezequiel son un

poco crudas, pero expresan muy bien, la actitud perversa de la Israel infiel a su

amoroso Dios (Ez 16,1-43. 59-63; Cf. Ez 23). Finalmente, el libro de la

consolación halla los acentos más impresionantes para revelar a Jerusalén el

amor con que es amada (Is 54,4-8; 61,10; 62,4s.); y aunque el Cantar de los

cantares no nos revela la clave con la que debe ser interpretado, no hay nada

que impida ver en sus páginas la imagen del inextinguible amor de Dios hacia

su pueblo: Un amor tan fuerte como la muerte (Ct 8,6s) y lo mismo podríamos

decir del salmo 45.

3. Sabiduría y unión con Dios. Si los profetas nos hablan con crudo realismo, los

sabios subrayan el carácter personal e interior de la unión realizada por este



172

Ver indicaciones y notas en la página 11

173

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

174

Adaptado de LACAN, Marc- Francois. Esposo, Esposa. En VTB p.304-307.

96



amor. Dios comunica a su fiel una sabiduría que es su hija (Pr 8, 22) y que se

comporta con el hombre como una esposa (Si 15,2); adquirir la sabiduría es

hacerse amigo de Dios (Sb 7,14); hay que buscarla, desearla y vivir con ella

(7,28; 8,2.9); como esposa que sólo Dios puede dar (8,21), hace inmortal al

que está unido con ella; enviada por Dios como Espíritu Santo (9,17), ella

redondea en nosotros la obra de Dios y engendra en nosotros las virtudes

(8,6s). De esta manera encontramos el ambiente preparado para la encarnación

de quien es la Sabiduría misma de Dios y sus nupcias con la Iglesia, su esposa.

NT. 1. El Cordero, esposo de la nueva alianza. La sabiduría no es solo un don

espiritual sino que aparece en la carne: es Cristo, sabiduría de Dios (1 Co 1,24)

y en el misterio de la Cruz, locura de Dios, acaba de revelar el amor de Dios a

su esposa infiel: salva y santifica la esposa, de la cual es cabeza (Ef 5,23-27).

Se descubre así el velo del AT sobre el significado del binomio esposo-esposa: El

esposo es Cristo, y Cristo crucificado. La nueva alianza se sella en su sangre (1

Co 11,25). Por eso el Apocalipsis no llama ya a Jerusalén esposa de Dios, sino

esposa del Cordero (Ap 21,9).

2. La Iglesia, esposa de la nueva alianza. ¿Cuál es esa Jerusalén, llamada a la

alianza con el Hijo de Dios? No es ya la sierva, representada por el pueblo de la

antigua alianza, sino la mujer libre, la Jerusalén de lo alto (Gal. 4,22-27). Desde

la venida del esposo, al que rindió testimonio el Precursor, su amigo (Jn. 3,29),

la humanidad está representada por dos mujeres, símbolo de las dos ciudades

espirituales; por una parte, la ―prostituta‖, tipo de la Babilonia idólatra (Ap.

17,1.7; cf. Is 47); por otra parte, la esposa del cordero, tipo de la ciudad muy

amada (Ap 20,9), de la Jerusalén santa que viene del cielo, puesto de su esposo

tiene su santidad (21,2,9s).

Esta mujer es la madre de los hijos de Dios, de los que el cordero libra del

dragón por la virtud de su sangre (12,1s.11.17). Aparece, pues, que la esposa

de Cristo no es únicamente el conjunto de los elegidos, sino que es su madre,

por la cual y en la cual cada uno de ellos ha nacido; son santificados por la

gracia de Cristo, su esposo (2Cor 11,2), unidos para siempre con el cordero (Ap

14,4).

3. Las nupcias eternas. Así las nupcias del cordero y de la esposa comportan

diversas etapas, por el hecho de que la Iglesia es a la vez la madre de los

elegidos y la ciudad que los reúne.

a) La primera etapa de las nupcias, el tiempo de la venida de Cristo (Mt. 9,15)

p) se acaba a la hora en que Cristo, nuevo Adán, santifica en la cruz a la nueva

Eva; ésta sale de su costado, simboliza por el agua y la sangre de los

sacramentos de la Iglesia (Jn 19,34; cf. 1 Jn 5,6). El amor que muestra allí el

esposo a su esposa es el modelo de las nupcias cristianas (Ef 5,25-32).

b) A estas nupcias invita Cristo a los hombres, y en primer lugar a su pueblo

(Mt 22,1-10); pero para participar en ellas no sólo hay que responder a la

invitación, cosa a que muchos se niegan, sino que hay también que vestirse el

vestido nupcial (22,11ss). Esta invitación resuena a lo largo del tiempo de la

Iglesia; pero como para cada uno es incierta la hora de la celebración, exige,

por tanto, vigilancia, a fin de que cuando venga el esposo halle dispuestas a las

vírgenes que están invitadas a participar en el banquete nupcial (25,1,34).

c) Por último, al final de la historia, quedará terminada la túnica nupcial de la

esposa, túnica de lino de una blancura resplandeciente, tejida por las obras de

los fieles. Estos aguardan en gozo y alabanza esas nupcias del cordero, a las

que tienen la suerte de ser invitados (Ap. 19,7ss). En esa hora, en que se

juzgará a la prostituta (19,2), el esposo responderá finalmente a la llamada que

97



su espíritu inspira a su esposa: colmará la sed de todos los que, como ella y en

ella, desean esta unión con su amor y con su vida, unión fecunda, uno de cuyos

mejores símbolos es la de los esposos (22,17).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA175



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL176

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

El gran misterio177

La familia misma es el gran misterio de Dios. Como «iglesia doméstica», es la

esposa de Cristo. La Iglesia universal, y dentro de ella cada Iglesia particular, se

manifiesta más inmediatamente como esposa de Cristo en la «iglesia

doméstica» y en el amor que se vive en ella: amor conyugal, amor paterno y

materno, amor fraterno, amor de una comunidad de personas y de

generaciones. ¿Acaso se puede imaginar el amor humano sin el esposo y sin el

amor con que él amó primero hasta el extremo? Sólo si participan en este amor

y en este «gran misterio» los esposos pueden amar «hasta el extremo»: o se

hacen partícipes del mismo, o bien no conocen verdaderamente lo que es el

amor y la radicalidad de sus exigencias. Esto constituye indudablemente un

grave peligro para ellos.

La enseñanza de la carta a los Efesios asombra por su profundidad y su fuerza

ética. Mostrando el matrimonio, e indirectamente la familia, como el «gran

misterio» referido a Cristo y a la Iglesia, el apóstol Pablo puede repetir una vez

más lo que había dicho previamente a los maridos: «¡Que cada uno ame a su

mujer como a sí mismo!» Y añade después: «¡Y la mujer, que respete al

marido!» (Ef 5, 33). Respetuosa porque ama y sabe que es amada. En virtud de

este amor los esposos se convierten en don recíproco. El amor incluye el

reconocimiento de la dignidad personal del otro y de su irrepetible unicidad; en

efecto, cada uno de ellos, como ser humano, ha sido elegido por sí mismo45,

por parte de Dios, entre todas las criaturas de la tierra; sin embargo, cada uno,

mediante un acto consciente y responsable, hace libremente una entrega de sí

mismo al otro y a los hijos recibidos del Señor. San Pablo prosigue su

exhortación refiriéndose significativamente al cuarto mandamiento: «Hijos,

obedeced a vuestros padres en el Señor; porque esto es justo. "Honra a tu

padre y a tu madre", tal es el primer mandamiento que lleva consigo una

promesa: "Para que seas feliz y se prolongue tu vida sobre la tierra". Padres, no

exasperéis a vuestros hijos, sino formadlos más bien mediante la instrucción y

la corrección según el Señor» (Ef 6, 1-4). El Apóstol ve, pues, en el cuarto

mandamiento el compromiso implícito del respeto recíproco entre marido y

mujer, entre padres e hijos, reconociendo así en ello el principio de la cohesión

familiar.

La admirable síntesis paulina a propósito del «gran misterio» se presenta como

el resumen, la suma, en cierto sentido, de la enseñanza sobre Dios y sobre el

hombre, llevada a cabo por Cristo. Por desgracia el pensamiento occidental, con

el desarrollo del racionalismo moderno, se ha ido alejando de esta enseñanza.



175

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

176

Ver las indicaciones en la página 6

177

Tomado de Juan Pablo II: CARTA A LAS FAMILIAS, 19

98



El filósofo que formuló el principio «Cogito, ergo sum»: «Pienso, luego existo»,

ha marcado también la moderna concepción del hombre con el carácter dualista

que la distingue. Es propio del racionalismo contraponer de modo radical en el

hombre el espíritu al cuerpo y el cuerpo al espíritu. En cambio, el hombre es

persona en la unidad de cuerpo y espíritu46. El cuerpo nunca puede reducirse a

pura materia: es un cuerpo «espiritualizado», así como el espíritu está tan

profundamente unido al cuerpo que se puede definir como un espíritu

«corporeizado». La fuente más rica para el conocimiento del cuerpo es el Verbo

hecho carne. Cristo revela el hombre al hombre 47. Esta afirmación del concilio

Vaticano II es, en cierto sentido, la respuesta, esperada desde hacía mucho

tiempo, que la Iglesia ha dado al racionalismo moderno.

Esta respuesta tiene una importancia fundamental para comprender la familia,

especialmente en la perspectiva de la civilización actual, que, como se ha dicho,

parece haber renunciado en tantos casos a ser una «civilización del amor». En

la era moderna se ha progresado mucho en el conocimiento del mundo material

y también de la psicología humana, pero respecto a su dimensión más íntima, la

dimensión metafísica, el hombre de hoy es en gran parte un ser desconocido

para sí mismo; por ello, podemos decir también que la familia es una realidad

desconocida. Esto sucede cuando se aleja de aquel «gran misterio» del que

habla el Apóstol.

La separación entre espíritu y cuerpo en el hombre ha tenido como

consecuencia que se consolide la tendencia a tratar el cuerpo humano no según

las categorías de su específica semejanza con Dios, sino según las de su

semejanza con los demás cuerpos del mundo creado, utilizados por el hombre

como instrumentos de su actividad para la producción de bienes de consumo.

Pero todos pueden comprender inmediatamente cómo la aplicación de tales

criterios al hombre conlleva enormes peligros. Cuando el cuerpo humano,

considerado independientemente del espíritu y del pensamiento, es utilizado

como un material al igual que el de los animales —esto sucede, por ejemplo, en

las manipulaciones de embriones y fetos—, se camina inevitablemente hacia

una terrible derrota ética.

En semejante perspectiva antropológica, la familia humana vive la experiencia

de un nuevo maniqueísmo, en el cual el cuerpo y el espíritu son contrapuestos

radicalmente entre sí: ni el cuerpo vive del espíritu, ni el espíritu vivifica el

cuerpo. Así el hombre deja de vivir como persona y sujeto. No obstante las

intenciones y declaraciones contrarias, se convierte exclusivamente en objeto.

De este modo, por ejemplo, dicha civilización neomaniquea lleva a considerar la

sexualidad humana más como terreno de manipulación y explotación, que como

la realidad de aquel asombro originario que, en la mañana de la creación, movió

a Adán a exclamar ante Eva: «Es hueso de mis huesos y carne de mi carne»

(Gn 2, 23). Es el asombro que reflejan las palabras del Cantar de los cantares:

«Me robaste el corazón, hermana mía, novia, me robaste el corazón con una

mirada tuya» (Ct 4, 9). ¡Qué lejos están, ciertas concepciones modernas de

comprender profundamente la masculinidad y la femineidad presentadas por la

Revelación divina! Ésta nos lleva a descubrir en la sexualidad humana una

riqueza de la persona, que encuentra su verdadera valoración en la familia y

expresa también su vocación profunda en la virginidad y en el celibato por el

reino de Dios.

El racionalismo moderno no soporta el misterio. No acepta el misterio del

hombre, varón y mujer, ni quiere reconocer que la verdad plena sobre el

hombre ha sido revelada en Jesucristo. Concretamente, no tolera el «gran

misterio», anunciado en la carta a los Efesios, y lo combate de modo radical. Si,

99



en un contexto de vago deísmo, descubre la posibilidad y hasta la necesidad de

un Ser supremo divino, rechaza firmemente la noción de un Dios que se hace

hombre para salvar al hombre. Para el racionalismo es impensable que Dios sea

el Redentor, y menos que sea «el Esposo», fuente originaria y única del amor

esponsal humano. El racionalismo interpreta la creación y el significado de la

existencia humana de manera radicalmente diversa; pero si el hombre pierde la

perspectiva de un Dios que lo ama y, mediante Cristo, lo llama a vivir en él y

con él; si a la familia no se le da la posibilidad de participar en el «gran

misterio», ¿qué queda sino la sola dimensión temporal de la vida? Queda la vida

temporal como terreno de lucha por la existencia, de búsqueda afanosa de la

ganancia, la económica ante todo.

El «gran misterio», el sacramento del amor y de la vida, que tiene su inicio en la

creación y en la redención, y del cual es garante Cristo-esposo, ha perdido en la

mentalidad moderna sus raíces más profundas. Está amenazado en nosotros y a

nuestro alrededor. Que el Año de la familia, celebrado en la Iglesia, se convierta

para los esposos en una ocasión propicia para descubrirlo y afirmarlo con

fuerza, valentía y entusiasmo.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cómo entender hoy ese precepto de san pablo que ordena a la mujer respeto y

sumisión a su esposo? ¿Por qué el pensamiento moderno ataca ese precepto y

en qué consiste su equívoco? ¿Entienden por qué el Papa habla de un nuevo

maniqueísmo? ¿En qué consiste ese maniqueísmo? ¿Tu manera de pensar

coincide o difiere de ese maniqueísmo? ¿por qué?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA178



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA179









17. VIDA



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar180

VIDA

Dios, que vive, nos llama a la vida eterna. De un extremo a otro de la Biblia un

sentido profundo de la vida en todas sus formas y un sentido muy puro de Dios

nos revelan en la vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable,

un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad.

I. EL DIOS VIVIENTE. Invocar al Dios viviente (Jos 3,10; Sal 42,3...),

presentarse como el servidor del Dios viviente (Dan 6,21; 1Re 18,10.15), jurar





178

Ver indicaciones y notas en la página 11

179

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

180

Adaptado de VIRAD, André Alphonse. Vida En VTB p.942-946.

100



por el Dios viviente (Jc 8,19; 1Sa 19,6...) es no sólo proclamar que el Dios de

Israel es un dios poderoso y activo, es también darle uno de los nombres que

más estima (Núm 14,21; Jr 22,24; cf. Ez 5,11...), es evocar su extraordinaria

vitalidad, su ardor devorador que no se fatiga ni se cansa (Is 40,28), el rey

eterno... ante cuya ira se es impotente (Jr 10,10), el que perdura para

siempre... que salva y libera, obra signos y maravillas en los cielos y en la tierra

(Dn 6,27s). La estima que la Biblia asigna a este nombre es signo del valor que

para ella tiene la vida.

II. VALOR DE LA VIDA. 1. La vida es cosa preciosa. La vida aparece en las

últimas etapas de la creación para coronarla. El día quinto nacen los monstruos

marinos, los seres vivos que bullen en las aguas (Gn 1,21) y las aves. La tierra

a su vez produce otros seres vivos (1,24). Finalmente Dios crea a su imagen al

más perfecto de los vivientes, al hombre. Y para garantizar la continuidad y el

crecimiento a esta vida naciente le hace Dios el don de su bendición (1,22.28).

Así, aun cuando la vida es un tiempo de servicio penoso (Jb 7,1), el hombre

está pronto a sacrificarlo todo por salvarla (2,4). La suerte del alma en los

infiernos aparece tan lamentable que desear la muerte no puede ser sino el

contragolpe de una desgracia inaudita y desquiciante (Jb 7,15; Jon 4,3). El

ideal es gozar largos años de la existencia presente (cf. Qo 10,7; 11,8s) en la

tierra de los vivos (Sal 27,13) y morir como Abraham en una vejez dichosa, de

edad avanzada y saciado de días (Gn 25,8; 35,29; Job 42,17). Si la posteridad

es ardientemente deseadas (cf. Gn 15, 1-6; 2Re 4,12-17), es porque los hijos

son el sostén de los padres (cf. Sal 127; 128) y prolongan en cierto modo su

vida. También gusta ver numerosos en las plazas públicas a los ancianos de

edad avanzada y a los niños pequeños (cf. Zac 8,4s).

2. La vida es cosa frágil. Todos los seres vivos, sin excluir al hombre, poseen

la vida sólo a título precario. Están por naturaleza sujetos a la muerte. En

efecto, esta vida depende de la respiración, es decir, de un soplo frágil,

independiente de la voluntad y que una cosilla de nada es capaz de extinguir

(cf. espíritu). Este soplo, don de Dios (Is 42,5), depende incesantemente de él

(Sal 104,28ss), que da la muerte y da la vida (Dt 32,39). Efectivamente, la

vida es corta (Jb 14,1; Sal 37,36), sólo humo (Sb 2,2), una sombra (Sal

144,4), una nada (Sal 39,6). Parece incluso haber disminuido constantemente

desde los orígenes (cf. Gn 47,8s). Ciento veinte, cien años, y hasta setenta u

ochenta han venido a ser el máximo (cf. Gn 6,3; Si 18,9; Sal 90,10).

3. La vida es cosa sagrada. Toda vida viene de Dios, pero el hálito del hombre

viene de Dios en forma muy especial: para hacerlo alma viva insufló Dios en

sus narices un soplo de vida (Gn 2,7; Sb 15,11) que vuelve a retirar en el

instante de la muerte (Job 34,14s; Ecl 12,7, después de la vacilación de

3,19ss). Por esto toma Dios bajo su protección la vida del hombre y prohibe el

homicidio (Gn 9,5s; Ex 20,13), aunque sea el de Caín (Gn 4,11-15). Hasta la

vida del animal tiene algo sagrado; el hombre puede alimentarse con su carne,

a condición de que se haya vaciado toda la sangre, pues la vida de la carne está

en la sangre (Lv 17,11), sede del alma viva que respira (Gén 9,4); y por esta

sangre entre el hombre en contacto con Dios en los sacrificios.

III. LAS PROMESAS DE VIDA. 1. Fracaso de la vida. Dios, que no se complace

en la muerte de nadie (Ez 18,32), no había creado al hombre para dejarlo

morir, sino para que viviera (Sb 1,13s; por eso le había destinado el paraíso

terrenal y el árbol de la vida, cuyo fruto debía hacerle vivir para siempre (Gn

3,22). Aun después de haber debido vedar el acceso al árbol de vida al hombre

pecador, que pensaba hallarlo por sus propias fuerzas, no renuncia Dios a

101



garantizar al hombre la vida. Antes de que llegue a dársela por la muerte de su

Hijo, propone a su pueblo los caminos de la vida (Pr 2,19...; Sal 16,11; Dt

30,15; Jr 21,8).

2. La ley de vida. Estos caminos son las leyes y costumbres de Yahveh; quien

las cumpla hallará en ellas la vida (Lev 18,5; Dt 4,1; cf Éx 15,26); verá

consumarse el número de sus días (Éx 23,26); hallará días y vida largos, luz de

los ojos y paz (Ba 3,14). Porque estos caminos son los de la justicia, y la

justicia conduce a la vida (Pr 11,19; cf. 2,19x...), el justo vivirá por su fidelidad

(Hb 2,4), mientras que los impíos serán borrados del libro de la vida (cf. Sal

69,29).

Durante largo tiempo esta vida no es, en la esperanza de Israel, sino una vida

en la tierra, pero, como su tierra es la que Dios ha dado en don a su pueblo, la

vida y los días largos que Dios le reserva, si es fiel (Dt 4,40...; cf. Éx 20,12),

representan una felicidad única en el mundo, superior a la de todas las naciones

de la tierra (Dt 28,1).

3. Dios, fuente de vida. Esta vida, aun cuando se vive enteramente en la

tierra, no se nutre, sin embargo, en primer lugar de los bienes de la tierra, sino

de la adhesión a Dios. Él es la fuente de agua viva (Jr 2,13; 17,13), la fuente

de vida (Sal 36,10; cf. Pr 14,27) y su amor vale más que la vida (Sal 63,4).

Por eso los mejores acaban por preferir a cualquier otro bien la dicha de habitar

toda su vida en su templo, donde un solo día pasado delante de su rostro y

consagrado a celebrarlo vale más que mil (Sal 84,11; cf. 23,6; 27,4). Para los

profetas la vida está en buscar a Yahveh (Am 5,4s; Os 6,1s).

4. Vida más allá de la muerte. Más que de la vida dichosa en su tierra hizo

Israel pecador la experiencia de la muerte, pero desde el seno mismo de la

muerte descubre que Dios persiste en llamarlo a la vida. Desde el fondo del

exilio proclama Ezequiel que Dios no se complace en la muerte del malvado,

sino que lo llama a convertirse y a vivir (Ez 33,11); sabe que Israel es como un

pueblo de cadáveres, pero anuncia que sobre estas osamentas áridas insuflará

Dios su espíritu, y revivirán (37,11-14). Todavía desde el exilio el segundo

Isaías contempla al siervo de Yahveh: Arrancado de la tierra de los vivos... por

el malhecho de su pueblo(Is 53,8), ofrece su vida en sacrificio de expiación y

más allá de la muerte ve una descendencia y prolonga sus días (53,10).

Subsiste, pues, una fisura en la asociación fatal pecado/muerte: uno puede

morir por sus pecados y aguardar todavía algo de la vida, uno puede morir por

otra cosa que por sus pecados y hallar la vida muriendo.

Las persecuciones de Antíoco Epífanes vinieron a confirmar estas visiones

proféticas mostrando que se podía morir para ser fiel a Dios. Esta muerte

aceptada por Dios no podía separar de él, no podía conducir sino a la vida por la

resurrección: Dios les devolverá el espíritu y la vida... Beben de la vida que no

se agota (2Mac 7,23.36). Del polvo en que duermen despertarán...

resplandecerán como el esplendor del firmamento, mientras que sus

perseguidores se sumergirán en el horror eterno (Dn 12,2s). En el libro de la

Sabiduría esta esperanza se amplía y transforma toda la vida de los justos:

mientras que los impíos, apenas nacidos dejan de ser (Sb 5,13), son muertos

vivos, los justos están desde ahora en la mano de Dios (3,1) y de ella recibirán

la vida eterna... la corona real de gloria (5,15s).

IV. JESUCRISTO: YO SOY LA VIDA. Con la venida del Salvador las promesas

se convierten en realidad.

102



1. Jesús anuncia la vida. Para Jesús el alimento (Mt 6,25); salvar una vida

prevalece incluso sobre el sábado (Mc 3,4 p), porque Dios no es un Dios de

muertos sino de vivos (Mc 12,27 p). Él mismo cura y devuelve la vida, como si

no pudiera tolerar la presencia de la muerte: si hubiera estado allí, Làzaro no

habría muerto (Jn 11,15.21). Este poder de dar la vida es el signo de que

tiene poder sobre el pecado (Mt 9,6) y de que aporta la vida que no muere, la

vida eterna (19,16 p; 19,29p). Es la verdadera vida, y hasta se puede decir

que es la vida a secas (7,14; 18,8s p...). Para entrar en ella y poseerla hay

que seguir el camino estrecho, sacrificar todas las riquezas, y hasta los propios

miembros y la vida presente (cf. Mt 16,25s).

2. En Jesús está la vida. Cristo, Verbo eterno, poseía la vida desde toda la

eternidad (Jn 1,4). Encarnado, es el Verbo de Vida (1Jn 1,1); dispone de la

vida en plena propiedad (Jn 5,26) y la da con superabundancia (10,10) a

todos los que le ha dado su Padre (17,2). Él es el camino, la verdad y la vida

(14,6), la resurrección y la vida (11,25). Luz de la vida (8,12), da un agua

viva que en el que la recibe se convierte en una fuente que brota en vida eterna

(4,14). Pan de vida, al que come su cuerpo le otorga vivir por él, como él vive

por el Padre (6,27-58). Lo cual supone la fe: el que va y crea en mí no morirá

(11,25s); de lo contrario no verá nunca la vida (3,36); una fe que recibe sus

palabras y las ejecuta, como él mismo obedece a su Padre, porque su orden es

vida eterna (12,47-50).

3. Jesucristo, príncipe de la vida. Lo que Jesús pide lo hace él el primero; lo

que anuncia, lo da. Libremente, por amor del Padre y de los suyos, como el

Buen pastor por sus ovejas, da su vida (= su alma, Jn 10,11.15.17s; 1Jn 3,16).

Pero es para volverla a tomar (Jn 10,17s) y, después de tomada, hecho

espíritu vivificante (1Co 15,45), hacer don de la vida a todos los que crean en

él. Jesucristo, muerto y resucitado, es el príncipe de la vida (Hc 3,15), y la

Iglesia tiene por misión anunciar osadamente al pueblo... esta vida (Hc 5,20):

tal es la primera experiencia cristiana.

4. Vivir en Cristo. Este paso de la muerte a la vida se repite en quien cree en

Cristo (Jn 5,24) y, bautizado en su muerte (Rm 6,3) y, bautizado en su muerte

(Rm 6,3), retornado de la muerte (6,13), retornado de la muerte (6,13), vive

en adelante para Dios En Cristo Jesús (6,10s). Ahora conoce con un

conocimiento vivo al Padre y al Hijo al que el Padre ha enviado, lo cual es la

vida eterna (Jn 17,3; cf. 10,14). Su vida está escondida con Cristo en Dios

(Col 3,3), el Dios vivo cuyo templo es (2Co 6,16). Así participa de la vida de

Dios, a la que en otro tiempo era extraño (extranjero) (cf. Ef 4,18), y por

tanto de su naturaleza (2Pe 1,4). Habiendo recibido de Cristo el Espíritu de

Dios, su propio espíritu es vida (Rm 8,10). No está ya sometido a la sujeción

de la carne; puede atravesar indemne la muerte y vivir para siempre (cf.

8,11.38), no ya para sí mismo, sino para aquel que ha muerto y resucitado por

él (2Co 5,15); para él la vida es Cristo (Fp 1,21).

5. La muerte absorbida por la vida. Ya en esta tierra, cuanto mayor

participación tiene el cristiano en la muerte de Cristo y cuanto más lleva en sí

sus sufrimientos, tanto más manifiesta su vida aun en su cuerpo (2Co 4,10).

Es necesario, en efecto, que la muerte sea absorbida por la vida (2Co 5,4); lo

que es corruptible debe revestirse de la inmortalidad, cambio que casi para

todos supone la muerte corporal (cf. 1Co 15,35-55). Ésta, lejos de significar

un fracaso en la vida, la fija y la dilata en Dios, absorbiendo a la muerte en su

victoria (15,54s).

103



El Apocalipsis ve ya a las almas de los mártires en el cielo (Ap 6,9) y Pablo

desea morir para estar con Cristo (Fp 1,23; cf. 2Co 5,8). La vida con Cristo,

esperada de la resurrección (cf. 1Ts 5,10), es, pues, posible inmediatamente

después de la muerte. Entonces puede uno ser semejante a Dios y verle tal

como es (1Jn 3,2), cara a cara (rostro) (1Co 13,12), lo cual es la esencia de

la vida eterna.

Esta vida no tendrá, sin embargo, toda su perfección sino el día en que también

el cuerpo, resucitado y glorioso, tenga participación en ella, cuando se

manifieste nuestra vida, Cristo (Col 3,4), en la Jerusalén celeste, morada de

Dios con los hombres (Ap 21,3), donde brotará el río de vida, donde crecerá el

árbol de vida (22,1s; 22,14.19). Entonces ya no habrá muerte (21,4), será

arrojada al estanque de fuego (20,14). Todo quedará plenamente sometido a

Dios, que será todo en todos (1Co 15,28). Será un nuevo paraíso, donde los

santos gustarán para siempre la vida misma de Dios en Cristo Jesús.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA181



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL182

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

Nuevas amenazas a la vida humana y signos de esperanza183

3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho

carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso,

toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón

mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del

Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida

por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15) .

Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante

multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los

pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y

dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las

guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.

Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad, denunció con

fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A treinta años

de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más

y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la certeza

de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta: «Todo lo que

se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el

aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la

integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales

y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la

dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los

encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la

trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo

en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como

personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son



181

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

182

Ver las indicaciones en la página 6

183

Tomada de Juan Pablo II: Evangelium Vitae, 3-4 y 26-28

104



ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más

a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente

contrarios al honor debido al Creador»184.

4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien

agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y

tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser

humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación

cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y --

podría decirse-- aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves

preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos

atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y

sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la

autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad

y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias.

En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender

la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de

muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de

sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena

legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un síntoma

preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes

consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido

moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina,

que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana,

se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra

la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y

degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal,

incluso los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan

sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa

por parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran

expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de

las personas y de las naciones.

El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el

fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a

su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia

misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez

más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor

fundamental mismo de la vida humana.

26. En realidad, no faltan signos que anticipan esta victoria en nuestras

sociedades y culturas, a pesar de estar fuertemente marcadas por la «cultura

de la muerte». Se daría, por tanto, una imagen unilateral, que podría inducir a

un estéril desánimo, si junto con la denuncia de las amenazas contra la vida no

se presentan los signos positivos que se dan en la situación actual de la

humanidad.

Desgraciadamente, estos signos positivos encuentran a menudo dificultad para

manifestarse y ser reconocidos, tal vez también porque no encuentran una

adecuada atención en los medios de comunicación social. Pero, ¡cuántas

iniciativas de ayuda y apoyo a las personas más débiles e indefensas han

surgido y continúan surgiendo en la comunidad cristiana y en la sociedad civil, a

nivel local, nacional e internacional, promovidas por individuos, grupos,

movimientos y organizaciones diversas!



184

Concilio Vaticano II Const. past. Gaudium et spes, 27.

105



Son todavía muchos los esposos que, con generosa responsabilidad, saben

acoger a los hijos como «el don más excelente del matrimonio»185. No faltan

familias que, además de su servicio cotidiano a la vida, acogen a niños

abandonados, a muchachos y jóvenes en dificultad, a personas minusválidas, a

ancianos solos. No pocos centros de ayuda a la, vida, o instituciones análogas,

están promovidos por personas y grupos que, con admirable dedicación y

sacrificio, ofrecen un apoyo moral y material a madres en dificultad, tentadas de

recurrir al aborto. También surgen y se difunden grupos de voluntarios

dedicados a dar hospitalidad a quienes no tienen familia, se encuentran en

condiciones de particular penuria o tienen necesidad de hallar un ambiente

educativo que les ayude a superar comportamientos destructivos y a recuperar

el sentido de la vida.

La medicina, impulsada con gran dedicación por investigadores y profesionales,

persiste en su empeño por encontrar remedios cada vez más eficaces:

resultados que hace un tiempo eran del todo impensables y capaces de abrir

prometedoras perspectivas se obtienen hoy para la vida naciente, para las

personas que sufren y los enfermos en fase aguda o terminal. Distintos entes y

organizaciones se movilizan para llevar, incluso a los países más afectados por

la miseria y las enfermedades endémicas, los beneficios de la medicina más

avanzada. Así, asociaciones nacionales e internacionales de médicos se mueven

oportunamente para socorrer a las poblaciones probadas por calamidades

naturales, epidemias o guerras. Aunque una verdadera justicia internacional en

la distribución de los recursos médicos está aún lejos de su plena realización,

¿cómo no reconocer en los pasos dados hasta ahora el signo de una creciente

solidaridad entre los pueblos, de una apreciable sensibilidad humana y moral y

de un mayor respeto por la vida?

27. Frente a legislaciones que han permitido el aborto y a tentativas, surgidas

aquí y allá, de legalizar la eutanasia, han aparecido en todo el mundo

movimientos e iniciativas de sensibilización social en favor de la vida. Cuando,

conforme a su auténtica inspiración, actúan con determinada firmeza pero sin

recurrir a la violencia, estos movimientos favorecen una toma de conciencia

más difundida y profunda del valor de la vida, solicitando y realizando un

compromiso más decisivo por su defensa.

¿Cómo no recordar, además, todos estos gestos cotidianos de acogida, sacrificio

y cuidado desinteresado que un número incalculable de personas realiza con

amor en las familias, hospitales, orfanatos, residencias de ancianos y en otros

centros o comunidades, en defensa de la vida? La Iglesia, dejándose guiar por

el ejemplo de Jesús «buen samaritano» (cf. Lc 10, 29-37) y sostenida por su

fuerza, siempre ha estado en la primera línea de la caridad: tantos de sus hijos

e hijas, especialmente religiosas y religiosos, con formas antiguas y siempre

nuevas, han consagrado y continúan consagrando su vida a Dios ofreciéndola

por amor al prójimo más débil y necesitado. Estos gestos construyen en lo

profundo la «civilización del amor y de la vida», sin la cual la existencia de las

personas y de la sociedad pierde su significado más auténticamente humano.

Aunque nadie los advierta y permanezcan escondidos a la mayoría, la fe

asegura que el Padre, «que ve en lo secreto» (Mt 6, 4), no sólo sabrá

recompensarlos, sino que ya desde ahora los hace fecundos con frutos

duraderos para todos.

También se debe considerar positivamente una mayor atención a la calidad de

vida y a la ecología, que se registra sobre todo en las sociedades más



185

Ibid., 50.

106



desarrolladas, en las que las expectativas de las personas no se centran tanto

en los problemas de la supervivencia cuanto más bien en la búsqueda de una

mejora global de las condiciones de vida. Particularmente significativo es el

despertar de una reflexión ética sobre la vida. Con el nacimiento y desarrollo

cada vez más extendido de la bioética se favorece la reflexión y el diálogo --

entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas

religiones-- sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la

vida del hombre.

28. Este horizonte de luces y sombras debe hacernos a todos plenamente

conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y

el mal, la muerte y la vida, la «cultura de la muerte» y la «cultura de la vida».

Estamos no sólo «ante», sino necesariamente «en medio» de este conflicto:

todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad

ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuáles son los hechos actuales que causan preocupación en relación con la

vida? ¿Se están dando esos hechos entre nosotros? ¿Cuáles serían las

consecuencias de dar vía libre a esos movimientos? ¿Hay signos de esperanza

con relación a la vida? ¿Cuáles? ¿Se dan estos signos entre nosotros?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA186



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA187







18. ORACION



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar188

ORACIÓN

I. LA ORACIÓN EN LA HISTORIA DE ISRAEL. La constante en las oraciones del

Antiguo testamento es el plan salvífico de Dios y también su contenido

fundamental.

1. Moisés. Domina toda las figuras orantes del Antiguo Testamento:

Intercediendo por el pueblo (Ex 33,17s; cf.32,10.32; 33,13; Nm 11,12) o

simplemente arrobado en la contemplación (Ex 34,29-35). Su oración contrasta

con la del pueblo, marcada por la murmuración (Ex16,7; Sal.78; 106,32; cf. Jdt

8,11-17).

2. Reyes y profetas. Oran ante el anuncio profético (2 Sa 7,25; 1 Re 8,26) o

ante acontecimientos extraordinarios (1 Re 8,10-16.47; Bar 2,1-3.8; Neh 9) y

en diversas ocasiones (2 Re 19, 15-19; 2 Cro 14,10; 20,6-12; 33,12.18).





186

Ver indicaciones y notas en la página 11

187

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

188

Adaptado de BEAUCAMP, Evode. Oración En VTB p.611-618.

107



Por su poder de intercesión Abraham merece ser llamado profeta (Gn 18,22-32;

20,79) y todos los profetas fueron hombres de intensa oración (1 Re 18,36ss; Jr

15,1; Am 7,1-6). La fuerza de oración profética es la relación entre el individuo

y la comunidad, al estilo de Moisés (Jr 45, 1-5; 10,23; 14,7ss.19-22; 4,19;

8,18-23 etc.)

Lo mismo podemos decir de Esdras y Nehemías y de los Macabeos (Esd 9,6-15;

Neh 1,4-11; 1 Mac 5,33;11,71; 2 Mac 8,29; 15,20-28).

Sobre la oración personal nos aportan un precioso testimonio los libros

posexílicos (Jon 2,3-10; Tb 3,11-16; Jdt 9,2-14; Est 4,17), pero ninguna

oración se puede comparar con el salterio.

II. LOS SALMOS, ORACIÓN DE LA ASAMBLEA. Los salmos son la Biblia, es decir,

la historia de la salvación hecha oración y canto.

1.Oración comunitaria y personal. Es la nación entera quien exulta se acuerda o

se lamenta (Sal 44; 74; 77) o una comunidad piadosa (Sal 42,5; 5,8; 28,2;

48,10 etc.). El salterio no es un formulario o devocionario. En él percibimos la

profunda experiencia personal y el grito espontáneo del hombre de fe.

2. Oración en la prueba. La soledad (Sal 55,7;11,1) la guerra (Sal 55; 59;

22,13s.17) el dolor (Sal 69,4; 6,7; 22,2;102,6) recorren las palabras de los

salmos enderezando a Dios la pruebas y sufrimientos del pueblo y de los

individuos.

3. Oración de confianza. Fiarse (Sal 25,2; 55,24) pasando de la risa a las

lágrimas y viceversa (Sal 116,10; 23,4; 119,143) es el tema constante de los

salmos. Incluso se da gracias antes de haberse obtenido algo (Sal 140,14;

22,25ss; cf. Jn 11,41).

4. Oración de Jesús. La trasposición de los salmos a Cristo no es un mecanismo

artificial: Los salmos serán su oración (Mt 26,30).

III. JESÚS ENSEÑA A ORAR. Su enseñanza va más en la línea de la manera de

orar que de la necesidad de orar. Con su ejemplo (Mt 14,23) lo mismo que con

su doctrina, Jesús enseña a sus discípulos el deber y el modo de orar. La

oración ha de ser humilde, sin pretensiones ante Dios (Lc 18,10-14) ni

vanagloria ante los hombres (Mt 6,5-6; 12,40) del corazón más que de los

labios (Mt 6,7) confiada en la bondad del Padre (Mt 6,8;7,7-11) e insistente

hasta la importunidad (Lc 11,5-8; 18,1-8). Será ciertamente oída si se hace con

fe y en el nombre de Jesús (Mt 21,22; Mt 18,19-20; Jn 14,13-14; 15,7.16;

16,23-27) y pide cosas buenas (Mt 7,11; Lc 11,13; Mc 11,25; Mt 5,44; Lc

23,24) sobre todo el reino de Dios (Mt 24,20; 26,41; Lc 21,26; 22,31-32).

Orientada hacia la venida el Señor la oración deberá ser vigilante (Mt 26,41; Lc

21,36). Según la costumbre judía se hace de pie (Mt 6,5; Lc. 18,11.13) y a

veces de rodillas (Lc 22,41; Hc 9,40; 20,36; 21,5). La oración en común (Mt

18,19-20) alcanza su perfección en la oración litúrgica de la tierra (Hc 2,42.46;

20,7-11; 1Co 14,14ss; Col 3,16; Ef 5,19) y del cielo (Ap 4,8-11; 5,8-14; 7,9-

12).

IV. LA ORACIÓN DE LA IGLESIA.

La oración de la Iglesia nace en el marco de la oración de Israel (Lc 24,53; Hc

5,12; 10,9; 3,1; cf. Sal 55,18) se elevan las manos al cielo (1Tm 1,8) de pie y a

veces de rodillas (Hc 9,40) mientras se cantan salmos (Ef 5,19; Col 3,16) la

Iglesia ora en momentos decisivo (Hc 1,24-26; 6,6; 4,24-30) mientras Pedro y

Pablo nos dan ejemplos de oración (Hc 9,40; 10,9; 9,11; 13,3; 14,23;

20,36...). Los que nos hace orar en nombre de Cristo es precisamente el

espíritu de adopción (Rm 8,15) por el que decimos a Dios Abbá, Padre (Gal 4,6;

Mc 14,36; Mt 6,9-13).

108



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA189



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL190

LECTURAS PARA ESTA SEMANA

La plegaria familiar

59. La Iglesia ora por la familia cristiana y la educa para que viva en generosa

coherencia con el don y el cometido sacerdotal recibidos de Cristo Sumo

Sacerdote. En realidad, el sacerdocio bautismal de los fieles, vivido en el

matrimonio-sacramento, constituye para los cónyuges y para la familia el

fundamento de una vocación y de una misión sacerdotal, mediante la cual su

misma existencia cotidiana se transforma en "sacrificio espiritual aceptable a

Dios por Jesucristo" (1Pe 2,5). Esto sucede no sólo con la celebración de la

Eucaristía y de los otros sacramentos o con la ofrenda de sí mismos para gloria

de Dios, sino también con la vida de oración, con el diálogo suplicante dirigido al

Padre por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo.

La plegaria familiar tiene características propias. Es una oración hecha en

común, marido y mujer junto, padres e hijos juntos. La comunión en la plegaria

es a la vez fruto y exigencia de esa comunión que deriva de los sacramentos del

bautismo y del matrimonio. A los miembros de la familia cristiana pueden

aplicarse de modo particular las palabras con las cuales el Señor Jesús promete

su presencia: "Os digo en verdad que si dos de vosotros conviniéreis sobre la

tierra en pedir cualquier cosa, os lo otorgará mi Padre que está en los cielos.

Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en

medio de ellos" (Mt 18,19s).

Esta plegaria tiene como contenido original la misma vida de familia que en las

diversas circunstancias es interpretada como vocación de Dios y es actuada

como respuesta filial a su llamada: alegrías y dolores, esperanzas y tristezas,

nacimientos y cumpleaños, aniversarios de la boda de los padres, partidas,

alejamientos y regresos, elecciones importantes y decisivas, muerte de

personas queridas, etc., señalan la intervención del amor de Dios en la historia

de la familia, como deben también señalar el momento favorable de acción de

gracias, de imploración, de abandono confiado de la familia al Padre común que

está en los cielos. Además, la dignidad y responsabilidades de la familia

cristiana en cuanto Iglesia doméstica solamente pueden ser vividas con la

ayuda incesante de Dios, que será concedida sin falta a cuantos la pidan con

humildad y confianza en la oración.

Maestros de oración

60. En virtud de su dignidad y misión, los padres cristianos tienen el deber

específico de educar a sus hijos en la plegaria, de introducirlos progresivamente

al descubrimiento del misterio de Dios y del coloquio personal con El: "Sobre

todo en la familia cristiana, enriquecida con la gracia y los deberes del

sacramento del matrimonio, importa que los hijos aprendan desde los primeros

años a conocer y a adorar a Dios y a amar al prójimo según la fe recibida en el

bautismo"191.





189

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

190

Ver las indicaciones en la página 6

191

Concilio Vat. II: Declaración Gravissimus educationis, 3; Cf. CATECHESI TRADENDAE, 36.

109



Elemento fundamental e insustituible de la educación a la oración es el ejemplo

concreto, el testimonio vivo de los padres; sólo orando junto con sus hijos, el

padre y la madre, mientras ejercen su propio sacerdocio real, calan

profundamente en el corazón de sus hijos, dejando huellas que los posteriores

acontecimientos de la vida no lograrán borrar. Escuchemos de nuevo la llamada

que Pablo VI ha dirigido a las madres y a los padres: «Madres, ¿enseñáis a

vuestros niños las oraciones del cristiano? ¿Preparáis, de acuerdo con los

sacerdotes, a vuestros hijos para los sacramentos de la primera edad:

confesión, comunión, confirmación? ¿Los acostumbráis, si están enfermos, a

pensar en Cristo que sufre? ¿A invocar la ayuda de la Virgen y de los santos?

¿Rezáis el rosario en familia? Y vosotros, padres, ¿sabéis rezar con vuestros

hijos, con toda la comunidad doméstica, al menos alguna vez? Vuestro ejemplo,

en la rectitud del pensamiento y de la acción, apoyado por alguna oración

común vale una lección de vida, vale un acto de culto de un mérito singular;

lleváis de este modo la paz al interior de los muros domésticos: "Pax huic

domui". Recordad: así edificáis la Iglesia»192.

Preguntas para reflexionar en pareja

Responder las preguntas que hace el papa al final de la lectura anterior.



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA193



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA194









19. FECUNDIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar195

FECUNDIDAD

Dios, cuya plenitud sobreabundante es fecundidad por encima de toda medida,

creó a Adán a su imagen, a la imagen del Hijo único que por sí solo agota la

fecundidad divina y eterna. Para realizar este misterio el hombre, al transmitir

la vida comunica al curso del tiempo su propia imagen, sobreviviendo así en las

generaciones.

I. EL LLAMAMIENTO A LA FECUNDIDAD. 1. La orden y la bendición. Dios, al

llamar da la forma de responder. Gozo de la fecundidad que se expresa por Eva

en el momento de su primer parto: He obtenido un hijo de Yahveh (Gn 4,1).

El libro del Génesis es la historia de las generaciones del hombre: El Señor va

marcando esta historia con bendiciones que, además de la tierra prometida,

anuncian una posteridad tan numerosa como las estrellas del cielo y como las



192

Juan Pablo II: Discurso en la audiencia general (11 de Agosto de 1976)

193

Ver indicaciones y notas en la página 11

194

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

195

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Fecundidad En VTB p. 335-338.

110



arenas a orillas del mar (Gn 22,17). Lo mismo sucedería a la Jerusalén de

después del exilio, que ve a sus hijos venir hacia ella desde lejos (Is 49,21;

54,1ss, 60,4.15, 62,4).

2. La protección de las fuentes de la vida. Dos relatos muestran, entre otras

enseñanzas, el respeto con que se debe proteger los orígenes de la vida. No

debe uno mirar la desnudez de su padre, aunque esté ebrio, so pena de incurrir

en maldición (Gn 9,20-27); Dios en persona interviene cuando se ve

amenazado el seno de las mujeres de los patriarcas (Gn 20; 26,7-12; Gn

38,8ss). La ley viene a su vez a proteger la fecundidad humana: reglas

concernientes a los tiempos de la mujer (Lv 20,18), protección de las

muchachas y de las prometidas (Dt 22,23-29), e incluso sanciones contra

determinados gestos (p.e., Dt 25,11s). Si tú eres fiel a Yahveh, será bendito el

fruto de tus entrañas (Dt 28,4).

A su vez, los salmos repiten a coro: Don de Yahveh son los hijos; es merced

suya el fruto del vientre (Sal 127,3; cf. Sal 128,3; Pr 17,6; Gn 24,60; cf. Rt

4,11s).

II. EN BUSCA DE POSTERIDAD. 1. El profundo deseo de la naturaleza se

expresa en un relato de tenor escandaloso, pero admirado por la tradición

rabínica posterior (Gn 19,30-38). Este relato de un incesto condenado sin

duda por la ley (cf. Lv 18,6-18), quiere ser una sátira contra los moabitas, pero

deja traslucir cierta admiración por la astucia de las hijas de Eva que de esta

manera realizaron el voto del Creador.

2. La ley del levirato (Dt 25,5-10) asume la defensa del que muere sin

sucesión (Rut 4,5.10): el cuñado de una viuda sin hijos debe, bajo ciertas

condiciones, suscitarle progenitura.

El poema de Rut fue escrito para glorificar la fecundidad garantizada a pesar de

la muerte o del exilio. Prolonga la historia de Tamar, que no vacila en pasar por

una prostituta y logra así ser fecunda, a pesar del egoísmo de su cuñado Onán y

la injusticia de su suegro Judá (Gn 38,6-26; cf. Rut 4,12; Mt 1,3).

3. Adopción. Para luchar contra la esterilidad se recurre a la adopción mediante

la estratagema, entonces legal, de hacer que la sierva dé a luz sobre las propias

rodillas, es decir, de considerar como propio el hijo de su esposo (Gn 16,2;

30,3...) o de su hija (Rut 4,16s). Cuando el Génesis cuenta cómo fue poblada

la tierra, las genealogías pueden hacer de un hombre el padre de una ciudad o

de una nación: el autor quiere decir que en los orígenes de los pueblos no se

trataba sólo de la extensión de un tronco, sino que había que tener también

presentes inmigraciones, matrimonios, alianzas, conquistas. Así la historia

bíblica es en primer lugar una genealogía. Concepción de la existencia, en la

que el hombre entero está orientado hacia el porvenir, hacia aquel que ha de

venir: tal es el sentido del impulso puesto en el hombre por el Creador: no

sólo sobrevivir, sino contemplar un día en un hijo de hombre la imagen perfecta

de Dios.

III. LA FECUNDIDAD EN CRISTO. 1. Jesucristo y las generaciones humanas.

Según el AT, la historia de un hombre se actúa en su posteridad (cf. Gn 5,1;

11,10; 25,19...), y la historia entera se orienta ansiosamente hacia el porvenir,

en que se cumplirá la promesa. Jesús mismo no tiene descendencia según la

carne, pero tiene antepasados y una posteridad espiritual.

a) Cristo viene al final de la historia sagrada, en la plenitud de los tiempos (Gá

4,4). Según un cómputo apocalíptico del libro de Henoc, inaugura la séptima

111



semana, la del Mesías, a partir del llamamiento de Abraham. Tal es, quizá, la

intención de Mateo al relatar las 3x14 generaciones que constituyen la

genealogía de Cristo (Mt 1,1-17). Jesús se presenta como el heredero

definitivo, al que esperaban desde hacía siglos las generaciones.

b) Cristo realiza el universalismo esbozado en el AT. Cuatro nombres de

mujeres jalonan las genealogías, nombres que no son de mujeres de patriarcas,

sino de extranjeras o de madres que engendraron en condiciones irregulares:

Tamar (Gn 38) y Rahab (Jos 2,11), Rut 1,16; 2,12) y Betsabé (2Sa 11,3). La

flor de Israel tiene en su ascendencia antepasados que la ligan a un suelo no

judío y no justo, haciéndolo a la vez partícipe de la gloria y del pecado de los

hombres. Contraste entre la fecundidad según la carne y la maternidad

purísima, divina, y de la Virgen, que engendró por obra del Espíritu Santo.

2. Vida de fe y fecundidad virginal. Jesús no juzgó oportuno reiterar el

mandamiento del Génesis relativo al deber de la fecundidad; rompiendo con la

tradición judía, que clamará un día: No procrear es derramar sangre humana,

fomentó incluso la esterilidad voluntaria (Mt 19,12). Pero hizo todavía más,

revelando el sentido de la fecundidad misma.

Jesús lo hizo en primer lugar a propósito de María. No niega la belleza de su

vocación maternal. Pero revela su misterio a la mujer que se extasía acerca de

tal felicidad (Lc 11,27; Mt 12,48ss p). María es bienaventurada porque ha

creído; por su maternidad es el modelo de todos los que por su fe se adhieren

sin reserva a Dios solo.

3. La fecundidad de la Iglesia. Los creyentes, al procurar la fecundidad

espiritual, no hacen sino participar en la fecundidad de la Iglesia entera. Su

obra es la de la mujer que da a luz, la madre del hijo varón (Ap 12). Tal es en

primer lugar el papel del apóstol, vivido y dicho por Pablo en forma

privilegiada. Como una madre, engendra de nuevo en el dolor (Gá 4,19),

alimenta a sus pequeñuelos y se cuida de ellos (1Ts 2,7; 1Co 3,2); como padre

único los ha engendrado en Cristo (1Co 4,15) y los exhorta firmemente (1Ts

2,11). Estas imágenes no son meras metáforas, sino que expresan una

auténtica experiencia del apostolado en la Iglesia.

Todo creyente debe también llevar, en la iglesia, sus frutos, como verdadero

sarmiento de la verdadera vid (Jn 15,2.8). Con estas obras es como glorifica la

fuente de toda fecundidad, al padre que está en los cielos (Mt 5,16).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA196



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL197

LECTURAS PARA ESTA SEMANA198

Métodos de control de la población

27. Es de todos un hecho conocido la existencia de una amplia red

internacional de organizaciones bien financiadas, con el objetivo de reducir la



196

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

197

Ver las indicaciones en la página 6

198

Tomada de Pontificio Consejo para la Familia EVOLUCIONES DEMOGRÁFICAS: DIMENSIONES

ÉTICAS Y PASTORALES, 27-37. Añadimos las notas originales aunque son de difícil comprensión

pero pueden resultar muy ilustrativas para requerir explicaciones especializadas.

112



población. Dichas organizaciones comparten, en medidas diversas, una óptica

parecida y preconizan políticas antinatalistas. Algunas de estas organizaciones

con frecuencia actúan en conexión con compañías que preparan, producen y

distribuyen sustancias y dispositivos contraceptivos (por ej., el «dispositivo

intra-uterino» DIU) o aconsejan la esterilización e incluso el aborto. Dichas

organizaciones promueven, divulgan y con frecuencia aplican, métodos muy

variados para reducir la población.

28. El Santo Padre ha denunciado estas «campañas sistemáticas contra la

natalidad»199. Algunas campañas están organizadas y financiadas por

organizaciones internacionales (públicas o privadas), dirigidas con frecuencia

por los Gobiernos. Estas campañas, frecuentemente, se llevan a cabo invocando

la salud y el bienestar de la mujer y se destinan a los jóvenes bajo forma de

programas de educación sexual antinatalista. Conviene destacar de paso que

entre los factores que controlan la demografía hay uno, en diversos países, que

no por ser indirecto es menos importante: la falta de vivienda adecuada para

las familias. En todo caso, los métodos elaborados para controlar directamente

los nacimientos son actualmente los medios principales en curso en el control

demográfico.

Abordaremos aquí principalmente los métodos recientemente desarrollados,

haciendo notar que los métodos «tradicionales» (mecánicos, coitus interruptus,

p.e.) siguen empleándose todavía hoy abundantemente. Todos estos métodos

artificiales plantean problemas éticos importantes sobre cuanto concierne a la

vida humana y sobre los derechos de la persona y de la familia.

1. Contracepción hormonal

29. La contracepción hormonal figura entre los métodos modernos de limitación

de la población, difundidos en gran escala a nivel internacional. Algunas

relaciones preparadas por organizaciones internacionales publican

periódicamente estadísticas sobre el número de mujeres que realizan este tipo

de contracepción. Otras relaciones dan a conocer asimismo las iniciativas de

ciertas organizaciones para estimular y financiar investigaciones sobre estos

productos y divulgarlos ampliamente.

30. En algunas aplicaciones recientes, la contracepción hormonal plantea

problemas nuevos. En efecto, se sabe que la píldora de la primera generación --

estroprogestativa-- tiene efecto esencialmente anticonceptivo: hace imposible la

concepción al bloquear la liberación del óvulo. Ahora bien, entre las píldoras

presentadas hoy como contraceptivas, las hay que producen efectos diversos

según el caso200. Así, la píldora actúa sea impidiendo la concepción sea

impidiendo la anidación del óvulo ya fecundado, es decir, de un individuo de la

especie humana. En este último caso y no obstante los eufemismos

acostumbrados en estas materias, dichas píldoras provocan el aborto del óvulo

fecundado. La mujer que utiliza una píldora de este tipo o algún otro método

nuevo de contracepción hormonal201, nunca tiene la posibilidad de saber



199

Juan Pablo II, Sollicitudo Rei Socialis, 25

200

1) Modifican la estructura del mucus cervical haciéndolo impenetrable a los espermatozoides.

2) Modifican la movilidad de la trompa de Falopio, impidiendo el paso del huevo fecundado de la

trompa a la cavidad uterina. 3) Alteran el desenvolvimiento normal del endometrio, de modo que

no sea apto para la implantación del embrión. Estos dos últimos efectos son abortivos y

prevalecen cuando la píldora estroprogestativa no llega a bloquear la ovulación y, por tanto, a

funcionar como contraceptivo.

201

Además de la píldora estroprogestativa, hay en el comercio otros productos hormonales

llamados intencionalmente contraceptivos. En realidad actúan impidiendo la continuación del

embarazo, que concluye con el aborto. Se trata de píldoras o sustancias inyectables o

113



exactamente qué está ocurriendo, ni si en concreto se aborta.

2. Esterilización

31. Otro método de control demográfico es la esterilización femenina y

masculina, que está también muy promocionada en numerosos países. El modo

de propagar la esterilización plantea cuestiones graves sobre los derechos del

hombre y el respeto de la persona. Tales cuestiones se refieren especialmente a

la honradez y calidad de la información dada acerca de la esterilización y sus

consecuencias, así como al grado de consentimiento lúcido y libre obtenido de

tales personas. La cuestión de la competencia del consentimiento se plantea con

frecuencia cuando las personas poseen un nivel educativo poco elevado. Como

en otros casos, también aquí se recurre al eufemismo; por ejemplo, a propósito

de la ligadura de las trompas se hablará de «contracepción quirúrgica voluntaria

femenina».

En el plano moral, al ser una supresión deliberada de la función procreativa, la

esterilización no sólo viola la dignidad humana sino que incluso suprime toda

debida responsabilidad en el terreno de la sexualidad y la procreación. Los

programas de esterilización han provocado muchas fuertes protestas, con

repercusiones políticas directas en ciertos casos. De hecho, por ser

habitualmente irreversible, la esterilización quirúrgica, a largo término, puede

tener efectos demográficos más netos que la misma contracepción o el aborto.

3. Aborto

32. No obstante ciertos desmentidos, el aborto (quirúrgico y farmacológico) se

presenta abierta o veladamente como método de control de la población. Esta

tendencia se observa incluso en instituciones que en sus orígenes no habían

incluido en sus programas el aborto. Puede uno preguntarse en qué medida se

ha puesto en práctica después de la Conferencia Internacional de Méjico sobre

la Población, la Recomendación aprobada por dicha Conferencia que rechazaba

el aborto como método de control demográfico.

33. La Recomendación 18 de dicha Conferencia dice: «No se ahorrará esfuerzo

alguno por disminuir la enfermedad y mortalidad maternas». Y, a propósito de

la salud de la mujer, precisa: «Se invita instantemente a los Gobiernos (...) a

tomar las medidas oportunas para ayudar a la mujer a evitar el aborto, que en

ningún caso se ha de aconsejar como método de planificación familiar; y, en la

medida de lo posible, a tratar con humanidad a las mujeres que han practicado

el aborto y proporcionarles servicios de asesoramiento»202.

34. Esta Recomendación fue aceptada por la asamblea de las naciones que

participaban en la Conferencia. Se dirigía a los Gobiernos, algunos de los cuales

destinan fondos a organizaciones de control de la población. Sin embargo, las

actividades e investigaciones efectuadas por cuenta de dichas organizaciones

prueban que en la práctica no se aplica la Recomendación 18. Muchas de estas

organizaciones preconizan, al menos de facto, el aborto entre los métodos de

planificación familiar.

35. En las sociedades desarrolladas, algunas mujeres consideran el aborto una

solución de emergencia en caso de haber fracasado la contracepción. En los





implantables (como el Norplant, p. e.) que alteran el endometrio y la movilidad de las trompas,

sin bloquear la ovulación y, por tanto, actúan como abortivos. Dichas sustancias pueden

administrarse a la mujer continuamente o en el caso de relaciones que se consideran fecundas

(«la píldora del día siguiente»).

202

Relación de la Conferencia Internacional sobre la Población 1984, op. cit., Recomendación 18,

pp. 21 y 22. En el texto francés falta la frase siguiente: «en ningún caso debe estimularse como

método de planificación familiar».

114



países en vías de desarrollo se tiende a facilitar el recurso al aborto en cuanto

método eficaz de control demográfico, sobre todo entre los estratos más pobres

de la población.

36. Además de los diversos métodos quirúrgicos, se han elaborado métodos

químicos para provocar el aborto. Podemos mencionar las vacunas anti-

embarazo203, inyecciones a base de progestativos como la Depo-Provera o el

Noristerat204, las prostaglandinas, la administración de altas dosis de

ostroprogestativos (llamada comúnmente la píldora del día siguiente) y también

la píldora abortiva RU486 preparada por el Laboratorio Roussel-Uclaff, filial de

Hoechst. Además, en el contexto del aborto precoz, puede incluirse el

dispositivo intrauterino (esterilete).

5. Infanticidio

Y, finalmente, hay que recordar que en ciertos países se sigue practicando el

infanticidio a fin de controlar la población. Las niñas suelen ser con más

frecuencia las víctimas inocentes.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué impresión les queda después de leer este artículo? ¿Contrasta la

información que nos da la lectura sobre control de la natalidad con lo que

estudiábamos las semanas anteriores en la Biblia?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA205



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA206









20. ESTERILIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar207

ESTERILIDAD

El pueblo de Dios atribuye un doble valor a la fecundidad del seno: ésta

responde al llamamiento lanzado por su Creador al principio, y permite a la

posteridad de Abraham llegar a ser innumerable según la promesa. La

esterilidad contraría este designio de Dios; es un mal, con el cual lucha Israel

sin tregua, y cuyo sentido Dios revela poco a poco.

I. LA LUCHA CONTRA LA ESTERILIDAD. 1. La esterilidad es un mal, como el

sufrimiento y la muerte; en efecto, parece oponerse al mandamiento del

Creador que quiere la fecundidad y la vida. Es una vergüenza y un orpobio (Gn





203

Vacunas anti-hcg o anti-gonadotropina coriónica humana.

204

Depo-Provera (Acetato de Médroxyprogesterona); Noristerat (Enanthate de Norestiterona).

205

Ver indicaciones y notas en la página 11

206

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

207

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Esterilidad. En VTB p. 307-309.

115



15,2s; 16,4s; Gn 30,1). Solo Dios puede abrir el seno estéril (Gn 30,2; 29,31;

30,22).

2. Contra este mal se debe luchar. Así lo hace Raquel: como en otro tiempo

su suegra Sara (Gn 16,2; Gn 30,3-6; 30,9-13) De este modo el hombre, con

un artificio, triunfa de la esterilidad, confiriendo a sus hijos adoptivos los

mismos derechos que a los que hubieran salido de sus propias entrañas.

3. Dios, vencedor de la esterilidad. Vencer la esterilidad es algo reservado a

Dios que se muestra fiel a su promesa (Éx23,26; Dt 7,14) y con ello anuncia

un gran misterio. Es escritor sagrado subrayó intencionadamente que habían

sido estériles las mujeres de los tres antepasados del pueblo elegido: Sara (Gn

11,30; 16,1), Rebeca (Gn 25,21), Raquel (29,31), antes de que les fuera

otorgada descendencia (cf. p.e., 15,2-5). La cuidada escenificación del

nacimiento de Isaac quiere mostrar a la vez el misterio de la elección gratuita y

de la gracia fecunda. Como lo interpretará Pablo, el hombre debe reconocerse

impotente y debe confesar con fe el poder de Dios para suscitar la vida en una

tierra desierta: la fe triunfa de la muerte estéril y suscita la vida (Rm 4,18-

24). Elección gratuita que ensalza Ana, la estéril (1Sa 2,1-11): Parió la estéril

siete veces y se marchitó la madre de muchos hijos (2,5; Sal 113,9).

III. LA ESTERILIDAD ACEPTADA. Dios visita a las mujeres estériles mostrando

que los hombres se equivocan considerando la esterilidad sencillamente como

un castigo. En cierto sentido lo es, sí, puesto que Dios ordena a Jeremías

guardar el celibato para significar la esterilidad del pueblo en estado de pecado

(Jer 16); y cuando la esposa abandonada vuelva a recuperar la gracia podrá

conformarla el profeta: ¡Regocíjate, estéril, la sin hijos...! Los hijos de la

abandonada son más numerosos que los hijos de la casada (Is 54,1).

Jerusalén, confesando su pecado, reconoció que su esterilidad significaba su

divorcio de Dios; se preparaba para una nueva fecundidad, todavía más

maravillosa: ahora cuenta ya a las naciones entre sus hijos (cf. Gál 4,27).

III. LA ESTERILIDAD VOLUNTARIA. Aunque en figura, el AT anunciaba ya

positivamente la virginidad fecunda. El signo que recibe María en la anunciación

(Lc 1,36s) es precisamente la concepción maravillosa de su prima Isabel

(1,7.25) significa para María la maternidad virginal anunciada. Entonces se

inaugura una nueva era en María, cuyo fruto es el mismo Hijo de dios, plenitud

de la fecundidad.

En esta nueva era llama Jesús en su seguimiento a los eunucos que se hacen

tales con miras al reino de los cielos (Mt 19,12). Lo que se sufría como una

maldición, o a lo más se soportaba como un mal cuyo buen fruto maduraría en

el cielo, se convierte en un carisma a los ojos de Pablo (1Cor 7,7), mientras el

Génesis decía: No es bueno que el hombre esté solo (Gén 2,18), Pablo osa

proclamar, con no pocas precauciones: Es bueno que el hombre esté así (1Cor

7,26), es decir, célibe, solo, sin hijos. Legada a este estadio, la esterilidad

voluntaria puede realizarse en virginidad.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA208



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL209



208

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

116



LECTURAS PARA ESTA SEMANA210

Por la vida y la familia

73. Merecen ser recordados otros dos principios éticos, pues en ellos se basa la

Iglesia cuando se pronuncia sobre las evoluciones demográficas: el primero se

refiere a la condición sagrada de la vida humana y la responsabilidad de los

esposos respecto de la transmisión de la vida. Creados a imagen y semejanza

de Dios, origen de toda vida, hombres y mujeres están llamados a ser

copartícipes con el Creador en la transmisión del don sagrado de la vida

humana. Dentro de la comunión de vida y amor que es el matrimonio,

constituyen la familia, célula básica de la sociedad211. No es concorde con el

designio de Dios que los esposos impidan o destruyan su fecundidad por medio

de la contracepción artificial o la esterilización; y menos aún, que recurran al

aborto para suprimir a sus hijos antes de que nazcan212. La paternidad y

maternidad verdaderamente responsables comienzan por asumir su

responsabilidad de la pareja como tal, ante el Autor y Señor de la vida; se basa,

por tanto, en la generosidad en el matrimonio y en el respeto del derecho a la

vida del niño no nacido.

74. El segundo principio se refiere al intrínseco derecho a la paternidad. En la

Carta de los Derechos de la Familia, la Iglesia afirma: «Los esposos tienen el

derecho inalienable de fundar una familia y decidir sobre el intervalo entre los

nacimientos y el número de hijos a procrear, teniendo en plena consideración

los deberes para consigo mismos, para con los hijos ya nacidos, para con la

familia y la sociedad, dentro de una justa jerarquía de valores y de acuerdo con

el orden moral objetivo que excluye el recurso a la contracepción, la

esterilización y el aborto»213.

75. Por ello, en la misma medida, agencias internacionales que recurren a la

coacción y al engaño, violan no sólo los derechos del hombre y la mujer en

cuanto individuos, sino también los derechos de la familia. La Carta de los

Derechos de la Familia dice así: «a) Las actividades de las autoridades públicas

o de organizaciones privadas que tratan de limitar de algún modo la libertad de

los esposos en las decisiones acerca de sus hijos, constituyen una ofensa grave

a la dignidad humana y a la justicia. b) En las relaciones internacionales, la

ayuda económica concedida para la promoción de los pueblos no debe ser

condicionada a la aceptación de programas de contracepción, esterilización o

aborto. c) La familia tiene derecho a la asistencia de la sociedad en lo referente

a sus deberes en la procreación y educación de los hijos. Las parejas casadas

con familia numerosa tienen derecho a una ayuda adecuada y no deben ser

discriminadas»214.

Más concretamente, independientemente de la licitud moral de las políticas

demográficas que se propongan los Gobiernos, no tienen ningún derecho a

decidir en lugar de los padres, sobre el número de hijos que pueden y deben

tener. Sólo percibiendo el valor intrínseco de la persona humana, del





209

Ver las indicaciones en la página 6

210

Tomada de Pontificio Consejo para la Familia EVOLUCIONES DEMOGRÁFICAS.... Ibid., 73-76.

211

Ver Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 11, 14, 28;

212

Ver Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, 51; Pablo VI, Humanae Vitae, 12-14;; Juan Pablo

II, Familiaris Consortio, 29-31.

213

Carta de los Derechos de la Familia, presentada por la Santa Sede, 22 de octubre 1983,

artículo.

214

Ibid., artículo 3 a), b), c). Sería útil que las Naciones Unidas publicasen una Carta de los

Derechos de la Familia.

117



matrimonio y de la familia, puede estimular los hombres a ser acogedores de

sus hijos con vistas al futuro.

La elección responsable

76. Libres de elegir el número de sus hijos, los esposos han de ser igualmente

libres de adoptar métodos naturales de regulación de la fecundidad de modo

responsable, cuando existen serias razones y en conformidad con la enseñanza

de la Iglesia. Dichos métodos son diversos y merecen ser conocidos y

divulgados215; hay que ofrecer, por tanto, a las parejas el medio de ejercer

libremente su maternidad y paternidad responsable. Los medios artificiales de

control de nacimientos al igual que la esterilización, no respetan a la persona

humana de la mujer y del hombre, pues anulan o impiden la fecundidad que

forma parte integrante de la persona.

Por esto, en 1994, en su Carta a las Familias con ocasión del Año Internacional

de la Familia, el Santo Padre Juan Pablo II explicaba así esta maternidad y

paternidad responsables de los esposos: «Ellos viven entonces un momento de

especial responsabilidad, incluso por la potencialidad procreativa del acto

conyugal. En aquel momento, los esposos pueden convertirse en padre y

madre, iniciando el proceso de una nueva existencia humana que después se

desarrollará en el seno de la mujer. Aunque es la mujer la primera que se da

cuenta de que es madre, el hombre con el cual se ha unido en "una sola carne"

toma a su vez conciencia, mediante el testimonio de ella, de haberse convertido

en padre. Ambos son responsables de la potencial, y después efectiva,

paternidad y maternidad»216.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cómo puede afrontar una pareja cristiana los problemas de esterilidad? ¿Cómo

afrontar cristianamente las dificultades reales de la demografía y la natalidad?

¿Es posible éticamente la esterilización como respuesta a los problemas

demográficos? ¿Por qué? ¿Por qué la Iglesia se opone radicalmente a ciertos

programas Internacionales de control demográfico?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA217



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA218









215

Ver Juan Pablo II, Familiaris Consortio, 35; y véase la Declaración final de la reunión sobre

métodos naturales de regulación de la fertilidad, en L'Osservatore Romano, edición en lengua

Española, n. 19, 7 de mayo 1993, p. 9: Los expertos reunidos entonces decían: «Los métodos

naturales son fáciles de enseñar y comprender. Se adaptan a todos los contextos sociales y no

están condicionados por el nivel de alfabetización. La salud de la madre y del niño resultan

beneficiadas al espaciar los nacimientos, lo cual no daña ni a la madre ni al niño. Los métodos

naturales no ponen en peligro la salud de la pareja. Con estos métodos, centrados en la mujer y

basados en el respeto de la integridad de su cuerpo, quedan respetados los derechos de la mujer

y de su marido».

216

Juan Pablo II, Carta a las Familias, 2 de febrero 1994, 12, y Catecismo de la Iglesia Católica,

nn. 2366-2379.

217

Ver indicaciones y notas en la página 11

218

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

118



21. LIBERTAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar219

LIBERTAD

Jesús vino a anunciar a los cautivos la liberación, a devolver la libertad a los

oprimidos (Lc 4,18). Su intervención es eficaz para todos (Jn 8,33), pero

también masas humanas de hoy día, que aspiran confusamente a una liberación

total.

I. LA LIBERTAD DEL HOMBRE. Ciertos textos bíblicos podrían parecer ignorar

la existencia en el hombre de una real libertad de elección (Is 6,9s; Rm. 8,28ss;

9,10-21; 11,33-36). Por otro lado hay que distinguir diversos grados y

modalidades en la voluntad de Dios: Dios no quiere de la misma manera la

salvación de todos los hombres (1Tm 2,4) y la muerte eterna del pecador

impenitente (cf. Ez 18,23).

En realidad toda la tradición bíblica supone que el hombre es capaz de tomar

decisiones libres: constantemente hace llamamiento a su poder de elección y al

mismo tiempo subraya su responsabilidad, desde el relato del primer pecado

(Gn 2,3; cf. 4,7). Al hombre le toca escoger entre la bendición y la maldición,

entre la vida y la muerte (cf. Dt 11,26ss; 30,15-20), convertirse, y ello hasta el

término de su existencia (Ez 18,21-28; Rm 11,22ss; 1Co 9,27). A cada uno le

toca emprender el camino que conduce a la vida y perseverar en él (Mt 7,13s).

El Eclesiástico rechaza expresamente las excusas del fatalista: No digas: "el

Señor me ha hecho pecar", porque él no hace lo que le causa horror... si

quieres, guardarás los mandamientos: en tu mano está mantenerte fiel (Si 15,

11.15; cf. St 1,13ss). Y Pablo protesta con razón contra las palabras blasfemas

del pecador que pretende tachar de injusto a Dios que lo condena justamente

(Rm 3,5-8; 9,19s)

Los autores sagrados no hicieron desaparecer la aparente antinomia entre la

soberanía divina y la libertad humana, pero dijeron lo suficiente para que se

pueda comprender que tanto la gracia de Dios como la obediencia libre del

hombre son necesarias para la salvación. Pablo lo tiene por cierto en su propia

vida (Hc 22,6-10; 1Co 15,10) como en la de todo cristiano (Fp 2,12s). El

misterio subsiste a nuestros ojos, pero Dios conoce el secreto de inclinar

nuestro corazón sin violentarlo y de atraernos a él sin forzarnos (cf. Sal

119,36; Ez 36,26s; Os 2,16s; Jn 6,44).

II. LA LIBERACIÓN DE ISRAEL. 1. La salida de Egipto. Un acontecimiento

fundamental marcó los orígenes del pueblo elegido, su liberación por dios de la

servidumbre de Egipto (Éx 1-15). El AT emplea a este propósito sobre todo

dos verbos característicos, el primero de los cuales (ga al: Éx 6,6; Sal 74,2;

77,16) es un término de derecho familiar, mientras que el segundo (padah: Dt

7,8; 9,26; Sal 78,42) pertenece originariamente al derecho comercial (liberar

contra equivalente).

2. Dios, el go-el de Israel. Cuando las infidelidades del pueblo de Dios dieron

por resultado la ruina de Jerusalén y el exilio, la liberación de los judíos

deportados a Babilonia fue una segunda redención, cuya buena nueva

constituye el mensaje principal de Is 40-55. Yahveh el Santo de Israel, es su



219

Adaptado de ROY, Leon. Liberación, libertad. En VTB p. 482-487.

119



libertador, su go el (Is 43,14; 44,6.24; 47,4; cf. Jr 50,34).

En el antiguo derecho hebreo, el go'el es el pariente próximo, a quien incumbe

el deber de defender a los suyos, ya se trate de mantener el patrimonio familiar

(Lv 25,23ss), de liberar a un hermano caído en esclavitud (Lv 25,26-49), de

proteger a una viuda (Rt 4,5) o de vengar a un pariente asesinado (Nm 25,

19ss). El empleo del título de go'el en Is 40-55 sugiere la persistencia de un

vínculo de parentesco entre Yahveh e Israel: por razón de la alianza contraída

en tiempos del primer Éxodo (cf. ya Éx 4,22), la nación escogida es, a pesar de

sus faltas, la esposa de Yahveh (Is 50,1).

3. La espera de la liberación definitiva. Sin duda más de un judío aguardaba

sobre todo el Señor la liberación del yugo impuesto por las naciones a la tierra

santa, y quizás era así como los peregrinos de Emaús se representaban el

quehacer del que liberaría a Israel (Lc 24,21). El Señor liberará a Israel de

todas sus culpas. En efecto, la verdadera liberación implicaba la purificación del

resto llamado a participar de la santidad de su Dios (cf. Is 1,27; 44,22; 59,20).

III. LA LIBERTAD DE LOS HIJOS DE DIOS. 1. Cristo, nuestro libertador. La

liberación de Israel era sólo prefiguración de la redención cristiana. Cristo es,

en efecto, quien instaura el régimen de la libertad perfecta y definitiva para

todos, judíos y paganos, los que se adhieren a él en la fe y en la caridad.

Pablo y Juan son los principales heraldos de la libertad cristiana. El primero la

proclama sobre todo en la carta a los Gálatas para que fuéramos libres nos

liberó Cristo... Hermanos, habéis sido llamados a la libertad (Gá 5,1.13; cf.

4,26.31; 1Co 7,2; 2Cor 3,17). Juan, por su parte, insiste en el principio de la

verdadera libertad, la fe que acoge la palabra de Jesús (Jn 8,32.36).

2. Naturaleza de la libertad cristiana. La libertad cristiana, aunque tiene

repercusiones en el plano social, de lo cual da un testimonio espléndido la carta

a Filemón, se sitúa por encima de él. Accesible tanto a los esclavos como a los

hombres libres, no presupone un cambio de condición (1Co 7,21). El creyente

es libre en cuanto que en Cristo ha recibido el poder de vivir ya en la intimidad

del Padre, sin verse impedido por los lazos del pecado, de la muerte y de la ley.

a) El pecado es el verdadero déspota, de cuyo yugo nos arranca Jesucristo. En

Rm 1-3 describe Pablo el rigor de la tiranía universal que ejercía el pecado en el

mundo; pero lo hace para poner tanto más de relieve la sobreabundancia de la

gracia (Rm 5,15.20; 8,2). El bautismo, asociándonos al misterio de la muerte

y de la resurrección de Cristo, puso fin a nuestra servidumbre (Rm 6,6). Con

esta liberación se realiza lo esencial de la espera del AT, tal como la comprendía

la élite de Israel (cf. Lc 1,68-75). Citando Pablo a Is 59,20, según los LXX,

destaca bien el carácter espiritual de esta liberación: De Sión vendrá el

libertador, que quitará las impiedades de en medio de Jacob (Rm 11,26). Y el

Apóstol revela en otro lugar a los paganos el misterio de su pleno acceso a los

privilegios del pueblo elegido; las maravillas de la primera liberación se han

renovado para todos nosotros: Dios nos ha sustraído al imperio de las tinieblas

y nos ha transferido al reino de su Hijo muy amado, la remisión de los pecados

(Col 1,13s).

b) La muerte. La muerte, compañera del pecado (Gn 2,17; Sb 2,23s; Rm

5,12), es también vencida; ha perdido su veneno (1Co 15,56). Los cristianos

no están ya esclavizados por su temor (Hb 2,14s). Desde luego, la liberación

en este punto no será perfecta sino en la resurrección gloriosa (1Co 15,26.54s)

y nosotros estamos todavía en espera de la redención de nuestro cuerpo (Rm

120



8,23). Pero ya en cierto modo se han inaugurado los últimos tiempos y

nosotros hemos pasado de la muerte a la vida (1Jn 3,14; Jn 5,24) en la

medida en que vivimos en la fe y en la caridad.

c) La ley. Por lo mismo nosotros no estamos ya bajo la ley, sino bajo la gracia

(Rm 6,15). Por sorprendente, o trivial, que pueda parecer esta afirmación de

Pablo, no conviene minimizarla, so pena de desnaturalizar el Evangelio de

salvación anunciado por el Apóstol. Puesto que hemos muerto en forma mística

con Cristo, estamos ya desligados de la ley (Rm 7,1-6), y no podemos buscar

el principio de nuestra salvación en el cumplimiento de una ley exterior (Gá

3,2.13; 4,3ss). Estamos bajo un régimen nuevo, y la docilidad al Espíritu

derramado en nuestros corazones constituye ahora la norma de nuestra

conducta (cf. Jr 31,33; Ez 36,27; Rm 5,5; 8,9-14; 2Co 3,3-6).

Es verdad que Pablo habla todavía de una ley de Cristo (Gá 6,2; cf. 1Co 9,21),

pero esta ley se resume en el amor (Rm 13,8ss), y nosotros, bajo la moción del

Espíritu, la cumplimos espontáneamente, porque donde está el Espíritu del

Señor, allí está la libertad (2Co 3,17).

2. El ejercicio de la libertad cristiana.

a) El cristianismo liberado se ve lleno de una confianza intrépida, de un orgullo,

al que el NT llama parresía. Esta palabra designa sin duda una actitud

característica del cristiano y todavía más del Apóstol: delante de Dios, un

comportamiento de hijo (cf. Ef 3,12; Hb 3,6; 4,16; 1Jn 2,28; 3,21), pues en el

bautismo se recibe un espíritu de hijo adoptivo y no un espíritu de esclavo (Rm

8,14-17) y, por otra parte, ante los hombres una seguridad para anunciar el

mensaje (Hc 2,29; 4,13; etc.).

b) La libertad no es licencia o libertinaje. Hermanos, habéis sido llamados a la

libertad; pero que esta libertad no se convierta en pretexto para la carne (Gá

5,13). Desde los principios debieron los apóstoles denunciar ciertas

falsificaciones de la libertad cristiana (cf. 1Pe 2,16; 2Pe 2,19), y el peligro

parece haber sido particularmente grave en la comunidad de Corinto (1Co

6,12ss).

c) El primado de la caridad. Todo está permitido, pero no todo edifica, precisa

todavía el apóstol (1Co 10,23), es preciso renunciar a algunos de nuestros

derechos si lo exige el bien de un hermano (1Co 8-10; Rm 14). Esto no es,

propiamente hablando, un límite impuesto a la libertad, sino una manera

superior de ejercerla. Los cristianos, emancipados de su antigua esclavitud

para el servicio de Dios (Rm 6), se pondrán por la caridad al servicio unos de

otros (Gá 5,13), como les inclina a ello el Espíritu Santo (Gá 5,16-26). Pablo,

haciéndose servidor, y en cierto sentido esclavo de sus hermanos (cf. 1Co

9,19), no cesaba de ser libre, pero era imitador de Cristo (cf. 1Co 11,1), el Hijo

que se hizo servidor.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA220



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL221





220

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

221

Ver las indicaciones en la página 6

121



LECTURAS PARA ESTA SEMANA222

La libertad en nuestra cultura actual

32. En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la

libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente

de los valores. En esta dirección se orientan las doctrinas que desconocen el

sentido de lo trascendente o las que son explícitamente ateas. Se han atribuido

a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio

moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al

presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido

indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho

mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido

la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de

autenticidad, de « acuerdo con uno mismo », de tal forma que se ha llegado a

una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.

Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la

crisis en torno a la verdad. Abandonada la idea de una verdad universal sobre el

bien, que la razón humana pueda conocer, ha cambiado también

inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la

considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la

persona, que debe aplicar el conocimiento universal del bien en una

determinada situación y expresar así un juicio sobre la conducta recta que hay

que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a conceder a la

conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios

del bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética

individualista, para la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la

verdad de los demás. El individualismo, llevado a las extremas consecuencias,

desemboca en la negación de la idea misma de naturaleza humana.

Estas diferentes concepciones están en la base de las corrientes de pensamiento

que sostienen la antinomia entre ley moral y conciencia, entre naturaleza y

libertad.

33. Paralelamente a la exaltación de la libertad, y paradójicamente en contraste

con ella, la cultura moderna pone radicalmente en duda esta misma libertad. Un

conjunto de disciplinas, agrupadas bajo el nombre de « ciencias humanas »,

han llamado justamente la atención sobre los condicionamientos de orden

psicológico y social que pesan sobre el ejercicio de la libertad humana. El

conocimiento de tales condicionamientos y la atención que se les presta son

avances importantes que han encontrado aplicación en diversos ámbitos de la

existencia, como por ejemplo en la pedagogía o en la administración de la

justicia. Pero algunos de ellos, superando las conclusiones que se pueden sacar

legítimamente de estas observaciones, han llegado a poner en duda o incluso

negar la realidad misma de la libertad humana.

Hay que recordar también algunas interpretaciones abusivas de la investigación

científica en el campo de la antropología. Basándose en la gran variedad de

costumbres, hábitos e instituciones presentes en la humanidad, se llega a

conclusiones que, aunque no siempre niegan los valores humanos universales,

sí llevan a una concepción relativista de la moral.

34. «Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia la vida eterna?»

La pregunta moral, a la que responde Cristo, no puede prescindir del problema

de la libertad, es más, lo considera central, porque no existe moral sin libertad:



222

Tomada de Juan Pablo II: Encíclica Veritatis Splendor, 32-34,

122



«El hombre puede convertirse al bien sólo en la libertad»223. Pero, ¿qué

libertad? El Concilio --frente a aquellos contemporáneos nuestros que «tanto

defienden» la libertad y que la «buscan ardientemente» pero que «a menudo la

cultivan de mala manera, como si fuera lícito todo con tal de que guste, incluso

el mal»--, presenta la verdadera libertad: «La verdadera libertad es signo

eminente de la imagen divina en el hombre. Pues quiso Dios "dejar al hombre

en manos de su propia decisión" (cf. Eclo 15, 14), de modo que busque sin

coacciones a su Creador y, adhiriéndose a El, llegue libremente a la plena y feliz

perfección»224. Si existe el derecho de ser respetados en el propio camino de

búsqueda de la verdad, existe aún antes la obligación moral, grave para cada

uno, de buscar la verdad y de seguirla una vez conocida225. En este sentido el

Cardenal J.H. Newman, gran defensor de los derechos de la conciencia afirmaba

con decisión: «La conciencia tiene unos derechos porque tiene unos deberes».

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuáles son las consecuencias de una concepción absolutista de la libertad? ¿A

la luz del evangelio y de la vida cristiana cómo hemos de entender la libertad?

¿Qué nexos se dan entre libertad y verdad y entre derechos y deberes, fruto de

esa libertad en la verdad? ¿Cambia con esta lectura el concepto que tus amigos

y vecinos tienen de la libertad? ¿Cambia la manera de entender anteriormente

ustedes y sus hijos la libertad?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA226



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA227









22. RESPONSABILIDAD

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar228

RESPONSABILIDAD

La toma de conciencia de las propias responsabilidades por un hombre que llega

a ser adulto o por una humanidad que desarrolla su cultura, es uno de los

mayores problemas humanos que dista mucho de ser ajeno a la Biblia.

1. Por un hombre entró el pecado en el mundo (Rm 5,12). El relato del

pecado de Adán (Gn 2-3) es apto para servir de respuesta a una interrogación

fundamental: ¿quién es responsable de la dureza de la vida, de la muerte?

Pablo formula la respuesta: el responsable no es Dios, fue un gesto humano el



223

Conc. Ecum. Vat. II, Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 17.

224

Ibid.

225

Cf. Conc. Ecum. Vaticano II, Declaración sobre la libertad religiosa Dignitatis humanae, 2; cf.

también Gregorio XVI, Carta enc. Mirari vos arbitramur (15 agosto 1832); Pío IX, Carta enc.

Quanta cura (8 diciembre 1864); León XIII, Carta enc. Libertas Praestantissimum (20 de junio

1888).

226

Ver indicaciones y notas en la página 11

227

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

228

Adaptado de GUILLET, Jacques. Responsabilidad En VTB p.770-772.

123



que dejó que se desplegara el poder sobrehumano del pecado. Esta

responsabilidad no es de medida humana. Lo sabe el relato bíblico, que hace

venir el pecado del tentador. Pero sabe también que el hombre, en su condición

pecadora, si bien es desbordado por su responsabilidad, no puede, sin embargo,

repudiarla.

2. Yo no he conocido el pecado sino por medio de la ley (Rm 7,7). La ley fue

para Israel un pedagogo dado por Dios (Gá 3,24). La ley lo formó de manera

muy profunda en el sentido de la responsabilidad. Diciendo: Haz esto... no

hagas aquello, ponía a cada israelita frente a sus responsabilidades y le probaba

que se hallaba en condiciones de asumirlas. Haciendo intervenir la diversidad

de las circunstancias, el influjo de las intenciones, afinaba su conciencia.

Mostrándole que Dios quiere el bien y reprueba el mal, daba a sus gestos un

valor infinito. Vinculando la ley a la alianza, hacía de toda la existencia una

opción por Dios o contra Dios. Es verdad que aun sin la ley hay paganos que

pueden reconocer en su corazón sus responsabilidades (Rm 2,15). Pero la ley

hizo de Israel un pueblo sabio e inteligente entre todos (Dt 4,6), consciente de

la seriedad de los gestos del hombre.

3. Reconoce lo que has hecho (Jr 2,23). Lo que la ley proclamaba de manera

general, los profetas vienen a significarlo concretamente a tal príncipe sin

conciencia o al pueblo que vive en la ilusión y a situarlos frente a sus

responsabilidades. Casi siempre, desde Samuel y Natán (1Sa 3,13s; 2Sa

12,10ss) hasta el último de los herederos de Isaías (Is 59,8ss), los profetas

intervienen a partir de las desgracias ya presentes o previsibles: Porque hacéis

tal mal, tal mal os ha alcanzado también... Cada catástrofe nacional es para

ellos ocasión de dirigir una mirada más penetrante a las responsabilidades del

pueblo. Cada uno debe asumir sus responsabilidades, escoger entre la vida y la

muerte: La justicia del justo le será reconocida, y la iniquidad del malvado

sobre él caerá (Ez 18,20).

4. He pecado contra ti (Sal 51,6). La confesión de los pecados, bajo la forma

que adopta en la Biblia, como eco de la ley y de los profetas, expresa la

conciencia de la responsabilidad. No se trata de establecer la cuenta de las

faltas, de enumerar el máximum de pecados, para tener la seguridad de no

omitir nada. Pone cara a cara la justicia de Dios y la injusticia del hombre (Is

59,9.14; Dan 3,27-31; Sal 51,6...). No sólo para reconocer que el castigo

recibido es merecido, sino, en una visión más profunda y que empalma con la

acción de gracias, para que el peso de la falta recaiga sobre el pecador y Dios

quede disculpado de la misma: Tuya es, Señor, la justicia, y nuestra la

vergüenza (Dan 9,7; Bar 1,15...). Así la oración de penitencia enlaza con la

intuición del relato original: Dios es bueno, el pecador es responsable del mal.

5. El Evangelio es, para san Pablo, la revelación definitiva de esta justicia de

Dios y de la responsabilidad del pecador. Los tres primeros muestran la

gravedad destructora del pecado, el peso de las opciones decisivas, al mismo

tiempo que explican ese destino que desborda la medida humana. Si la ira de

Dios carga de tal peso los gestos del hombre y hace que su responsabilidad

rebase todo lo que él mismo puede prever y querer, este destino paradójico es

el reverso de un amor que tiene las dimensiones de Dios, pues Dios incluyó a

todos los hombres en la desobediencia, a fin de tener misericordia de todos

(Rm 11,32).

Este designio se manifiesta en la pasión de Cristo. Las responsabilidades

diversas que se combinaron para rematar en la muerte del Hijo de Dios no son

124



iguales (cf. Jn 19,11; Hc 3,13s) ni totales (Hc 3,17), pero son reales, y todas

juntas produjeron este crimen monstruoso. Así la predicación del Evangelio en

la Iglesia naciente recuerda siempre a Jerusalén, considerada como un todo, su

responsabilidad: Vosotros le disteis muerte (Hc 2,23; 3,14; 4,10; 5,30...). El

pecador no accede a la fe sino en la penitencia y en la conciencia de su

responsabilidad.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA229



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL230

LECTURAS PARA ESTA SEMANA231

Responsabilidad y autonomía

Gobernar el mundo constituye ya para el hombre un cometido grande y lleno de

responsabilidad, que compromete su libertad a obedecer al Creador: « Henchid

la tierra y sometedla » (Gén 1, 28). Bajo este aspecto cada hombre, así como la

comunidad humana, tiene una justa autonomía a la cual la Constitución conciliar

Gaudium et spes dedica una especial atención. Es la autonomía de las

realidades terrenas, la cual significa que «las cosas creadas y las sociedades

mismas gozan de leyes y valores propios que el hombre ha de descubrir, aplicar

y ordenar paulatinamente»232.

39. No sólo el mundo, sino también el hombre mismo ha sido confiado a su

propio cuidado y responsabilidad. Dios lo ha dejado «en manos de su propio

albedrío» (Eclo 15, 14), para que buscase a su creador y alcanzase libremente

la perfección. Alcanzar significa edificar personalmente en sí mismo esta

perfección. En efecto, igual que gobernando el mundo el hombre lo configura

según su inteligencia y voluntad, realizando así actos moralmente buenos el

hombre confirma, desarrolla y consolida en sí mismo la semejanza con Dios.

El Concilio, no obstante, llama la atención ante un falso concepto de autonomía

de las realidades terrenas: el que considera que «las cosas creadas no

dependen de Dios y que el hombre puede utilizarlas sin hacer referencia al

Creador»233. De cara al hombre, semejante concepto de autonomía produce

efectos particularmente perjudiciales, asumiendo en última instancia un carácter

ateo: «Pues sin el Creador la criatura se diluye... Además, por el olvido de Dios

la criatura misma queda oscurecida»234.

40. La enseñanza del Concilio subraya, por un lado, la actividad de la razón

humana cuando determina la aplicación de la ley moral: la vida moral exige la

creatividad y la ingeniosidad propias de la persona, origen y causa de sus actos

deliberados. Por otro lado, la razón encuentra su verdad y su autoridad en la ley

eterna, que no es otra cosa que la misma sabiduría divina235. La vida moral se

basa pues en el principio de una «justa autonomía»236 del hombre, sujeto

personal de sus actos. La ley moral proviene de Dios y en El tiene siempre su



229

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

230

Ver las indicaciones en la página 6

231

Tomada de Juan Pablo II: Encíclica Veritatis Splendor, 38-41,

232

Concilio Vaticano II: Gaudiurn et spes, 36.

233

Ibid.

234

Ibid.

235

Cf. S. Tomás de Aquino Summa Teológica, I-II, q. 93, a. 3, ad 2um, citado por Juan XXIII,

Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963): AAS 55 (1963), 271.

236

Gaudium et spes, 41.

125



origen. En virtud de la razón natural, que deriva de la sabiduría divina, la ley

moral es, al mismo tiempo, la ley propia del hombre. En efecto, la ley natural,

como se ha visto, «no es otra cosa que la luz de la inteligencia infundida en

nosotros por Dios. Gracias a ella conocemos lo que se debe hacer y lo que se

debe evitar. Dios ha donado esta luz y esta ley en la creación»237. La justa

autonomía de la razón práctica significa que el hombre posee en sí mismo la

propia ley, recibida del creador. Sin embargo, la autonomía de la razón no

puede significar la creación, por parte de la misma razón, de los valores y de las

normas morales238. Si esta autonomía implicase una negación de la

participación de la razón práctica en la sabiduría del Creador y Legislador divino,

o bien se sugiriera una libertad creadora de las normas morales, según las

contingencias históricas o las diversas sociedades y culturas, tal pretendida

autonomía contradiría la enseñanza de la Iglesia sobre la verdad del hombre239.

Sería la muerte de la verdadera libertad: «Mas del árbol de la ciencia del bien y

del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio»

(Gén 2, 17).

41. La verdadera autonomía moral del hombre no significa en absoluto el

rechazo, sino la aceptación de la ley moral, del mandato de Dios: «Dios impuso

al hombre este mandamiento...» (Gén 2, 16). La libertad del hombre y la ley de

Dios se encuentran y están llamadas a compenetrarse entre sí, en el sentido de

la libre obediencia del hombre a Dios y de la gratuita benevolencia de Dios al

hombre. Y por tanto, la obediencia a Dios no es, como algunos piensan, una

heteronomía, como si la vida moral estuviese sometida a la voluntad de una

omnipotencia absoluta, externa al hombre y contraria a la afirmación de su

libertad. En realidad, si heteronomía de la moral significase negación de la

autodeterminación del hombre o imposición de normas ajenas a su bien, tal

heteronomía estaría en contradicción con la revelación de la Alianza y de la

Encarnación redentora, y no sería más que una forma de alienación, contraria a

la sabiduría divina y a la dignidad de la persona humana.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuáles relaciones se establecen entre libertad, responsabilidad y autonomía?

¿Cuál es la manera incorrecta de entender la autonomía del mundo y del

hombre? ¿Riñe la auténtica autonomía con el cumplimiento de los

mandamientos y la Voluntad de Dios? ¿Por qué? ¿Qué es, según eso la

responsabilidad? ¿de qué y ante quién somos responsables de nuestras

decisiones y de nuestras actuaciones?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA240



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA241









237

S. Tomás de Aquino, In duo praecepta caritatis et in decem legis praecepta. Prólogo:

Opuscula theologica, II, n. 1129, Ed. Taurinens. (1954), 245.

238

Cf. Discurso a un grupo de Obispos de los Estados Unidos de América en visita «ad limina»

(15 octubre 1988), 6

239

Cf. Gaudium et spes, 47.

240

Ver indicaciones y notas en la página 11

241

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

126



23. CUERPO



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar242

CUERPO

Contrariamente a una concepción muy propagada, el cuerpo no es

sencillamente un conjunto de carne y de huesos que el hombre posee durante el

tiempo de su existencia terrena, del que se despoja con la muerte y que,

finalmente, recupera el día de la resurrección. El cuerpo tiene una dignidad tal

que en Pablo encontramos toda una teología del cuerpo. El cuerpo es expresión

de la persona en sus mayores situaciones.

I. CUERPO Y CARNE En el AT son designados mediante un término único

(Basar), el griego del NT reserva dos términos distintos: Sarx (carne) y Soma

(cuerpo).

1. Dignidad del cuerpo. Como en todas las lenguas, el cuerpo designa con

frecuencia la misma realidad que la carne. La vida de Jesús debe manifestarse

en nuestro cuerpo lo mismo que en nuestra carne (2Co 4,10s.): El hombre, en

sentido semita se expresa tanto con el cuerpo como con la carne. San Pablo y

otros autores del NT son conscientes de la alta dignidad del cuerpo (Mt

27,52.58s.; Lc 17,37; Hc 9,40) y se guyardan bien de denominar con el mismo

término la palabra cadáver. La más alta dignidad del hombre, la facultad de

engendrar, es reservada al cuerpo (Rm 1,24; 4,19; 1Co 7,4; 6,13-20); pero el

carácter caduco, fruto del pecado en el hombre, es atribuido, no al cuerpo sino

a la carne.

2. El cuerpo dominado por la carne. La carne, habitada por el pecado (Rm

7,20) ha esclavizado al cuerpo y ha hecho un ―cuerpo de pecado‖ (Rm 6,6.16)

que conduce a la muerte (7,24), a la humillación y la deshonra (Fp 3,21; 1Co

15,43; Rm 6,12). Es que el cuerpo también ha sido sometido junto con la carne

a la esclavitud de los tres poderes (Rm 7,5). Entonces el cuerpo ya no es

expresión de la persona humana salida de las manos de Dios (Gn 1,31) sino de

la persona esclava de la carne y del pecado.

II. EL CUERPO Y EL SEÑOR. 1. El cuerpo es para el Señor. ―El cuerpo no es

para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo‖ (1Co 6,13).

Tal es la respuesta que da Pablo a los corintios que pensaban que la fornicación

le era indiferente al cuerpo. Es que el cuerpo también heredará el reino de Dios

(1Co 15,50), también resucitará (1 Co 6,14) porque es miembro de Cristo (1Co

6,15) y templo del Espíritu Santo (6,19). Por tal motivo hay que glorificar a Dios

en el propio cuerpo (6,20).

2. El cuerpo de Cristo. Cristo ha querido asumir un cuerpo como el nuestro y

así el cuerpo ha sido santificado y rescatado (Col 1,22; Gá 3,13; 4,4; 2Co 5,21;

Rm 6,10). Los poderes que crucificaron a Jesús fueron despojados de su poder

mediante la muerte y resurrección (1Co 2,6.8; Col 2,15; Rm 8,3) de modo que

la maldición de la ley se trocó en bendición (Gá 3,13s; Ef 2,15) y nuestro

cuerpo se incorporó al suyo, no quedando ya sino una realidad corporal: el

Cuerpo de Cristo.





242

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Cuerpo En VTB p. 203-205.

127



3. El cuerpo del cristiano. El cristiano, incorporado a Cristo, puede ahora

triunfar de los poderes a los que estaba sometido (Rm 7,4; 6,6; Col 2,11) y

ofrecer su propio cuerpo como sacrificio viviente y ofrenda agradable o culto

espiritual (Rm 12,1ss; cf. Jn 4, 24). Pero la dignidad que alcanza al cuerpo no

llega a su plenitud en este mundo sino que la alcanza plenamente en la gloria

cuando sea transformado en ―cuerpo de gloria o glorioso‖ (Fp 3,21; 1 Co 15,44)

e incorruptible, que llevará la imagen del hombre celestial (1 Co 15,49). Cómo

deseaba san Pablo abandonar este cuerpo mortal para ir a estar junto al Señor

(2 Co 5,8) y esperar la resurrección de nuestro cuerpo.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA243



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL244

LECTURAS PARA ESTA SEMANA245

Carácter nupcial del cuerpo humano

1. El cuerpo humano, en su originaria masculinidad y feminidad, según el

misterio de la creación como sabemos por el análisis de Gen 2, 23-25, no es

solamente fuente de fecundidad, o sea, de procreación, sino que desde 'el

principio' tiene un carácter nupcial; lo que quiere decir que es capaz de

expresar el amor con que el hombre persona se hace don, verificando así el

profundo sentido del propio ser y del propio existir. En esta peculiaridad suya, el

cuerpo es la expresión del espíritu y está llamado, en el misterio mismo de la

creación, a existir en la comunión de las personas 'a imagen de Dios'. Ahora

bien: la concupiscencia 'que viene del mundo' y aquí se trata directamente de la

concupiscencia del cuerpo limita y deforma el objetivo modo de existir del

cuerpo, del que el hombre se ha hecho partícipe el 'corazón' humano

experimenta el grado de esa limitación o deformación, sobre todo en el ámbito

de las relaciones recíprocas hombre mujer. Precisamente en la experiencia del

'corazón' la feminidad y la masculinidad, en sus mutuas relaciones, parecen no

ser ya la expresión del espíritu que tiende a la comunión personal y quedan

solamente como objeto de atracción, al igual, en cierto sentido, de lo que

sucede 'en el mundo' de los seres vivientes que, como el hombre, han recibido

la bendición de la fecundidad (Cfr. Gen 1).

2. Tal semejanza está ciertamente contenida en la obra de la creación; lo

confirma también Gen 2 y especialmente el versículo 24. Sin embargo, lo que

constituía el substrato 'natural', somático y sexual de esa atracción, ya en el

misterio de la creación expresaba plenamente la llamada del hombre y de la

mujer a la comunión personal; en cambio, después del pecado, en la nueva

situación de que habla Gen 3, tal expresión se debilitó y se ofuscó como si

hubiera disminuido en el delinearse de las relaciones recíprocas o como si

hubiese sido rechazada sobre otro plano. El substrato natural y somático de la

sexualidad humana se manifestó como una fuerza casi autógena, señalada por

una cierta 'constricción del cuerpo', operante según una propia dinámica, que

limita la expresión del espíritu y la experiencia del intercambio de donación de

la persona. Las palabras de Gen 3, 16, dirigidas a la primera mujer, parecen



243

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

244

Ver las indicaciones en la página 6

245

Tomada de Juan Pablo II: Catequesis en la audiencia general del 23 de Julio de 1980

128



indicarlo de modo bastante claro ('buscarás con ardor a tu marido, que te

dominará').

3. El cuerpo humano, en su masculinidad y feminidad, ha perdido casi la

capacidad de expresar tal amor, en que el hombre persona se hace don,

conforme a la más profunda estructura y finalidad de su existencia personal,

según hemos observado ya en los precedentes análisis. Si aquí no formulamos

este juicio de modo absoluto y hemos añadido la expresión adverbial casi, lo

hacemos porque la dimensión del don es decir, la capacidad de expresar el

amor con que el hombre, mediante su feminidad o masculinidad se hace don

para el otro, en cierto modo, no ha cesado de empapar y plasmar el amor que

nace del corazón humano. El significado nupcial del cuerpo no se ha hecho

totalmente extraño a ese corazón: no ha sido totalmente sofocado por parte de

la concupiscencia, sino sólo habitualmente afectado. El corazón se ha convertido

en el lugar de combate entre el amor y la concupiscencia. Cuanto más domina

la concupiscencia al corazón, tanto menos éste experimenta el significado

nupcial del cuerpo y tanto menos sensible se hace al don de la persona, que en

las relaciones mutuas del hombre y la mujer expresa precisamente ese

significado. Ciertamente, también el 'deseo' de que Cristo habla en Mt 5, 27-28

aparece en el corazón humano en múltiples formas; no siempre es evidente y

patente, a veces está escondido y se hace llamar 'amor', aunque cambie su

auténtico perfil y oscurezca la limpieza del don en la relación mutua de las

personas. ¿Quiere acaso esto decir que debamos desconfiar del corazón

humano? "No! Quiere decir solamente que debemos tenerlo bajo control.

4. La imagen de la concupiscencia del cuerpo que surge del presente análisis

tiene una clara referencia a la imagen de la persona, con la cual hemos

enlazado nuestras precedentes reflexiones sobre el tema del significado nupcial

del cuerpo. En efecto, el hombre como persona es, en la tierra, 'la única criatura

que Dios quiso por sí misma' y, al mismo tiempo, aquel que no puede

'encontrarse plenamente sino a través de una donación sincera de sí mismo'. La

concupiscencia en general y la concupiscencia del cuerpo en particular afecta

precisamente a esa 'donación sincera': podría decirse que sustrae al hombre la

dignidad del don, que queda expresada por su cuerpo mediante la feminidad y

la masculinidad y, en cierto sentido, 'despersonaliza' al hombre, haciéndolo

objeto 'para el otro'. En vez de ser 'una cosa con el otro' sujeto en la unidad,

más aún, en la sacramental 'unidad del cuerpo', el hombre se convierte en

objeto para el hombre: la mujer para el varón, y viceversa. Las palabras del

Gen 3, 16 -y antes aún, de Gen 3, 7- lo indican, con toda la claridad del

contraste, con respecto a Gen 2, 23-25.

5. Violando la dimensión de donación recíproca, la concupiscencia pone también

en duda el hecho de que cada uno de ellos es querido por el Creador 'por sí

mismo'. La subjetividad de la persona cede, en cierto sentido, a la objetividad

del cuerpo. Debido al cuerpo, el hombre se convierte en objeto para el hombre:

la mujer para el varón, y viceversa. Concupiscencia significa, por así decirlo,

que las relaciones personales del hombre y la mujer son vinculadas unilateral y

reducidamente al cuerpo y al sexo en el sentido de que tales relaciones llegan a

ser casi inhábiles para acoger el don recíproco de la persona. No contienen ni

tratan la feminidad/masculinidad según la plena dimensión de la subjetividad

personal, no constituyen expresión de comunión, permanecen unilateralmente

determinados 'por el sexo'.

6. La concupiscencia lleva consigo la pérdida de la libertad interior del don. El

significado nupcial del cuerpo humano está ligado precisamente a esta libertad.

El hombre puede convertirse en don -es decir, el hombre y la mujer pueden

129



existir en la relación del recíproco don de sí- si cada uno de ellos se domina a sí

mismo. La concupiscencia, que se manifiesta como una 'constricción 'sui generis

del cuerpo', limita interiormente y restringe el autodominio de sí, y, por eso

mismo, en cierto sentido, hace imposible la libertad interior del don. Además de

esto, también sufre ofuscación la belleza que el cuerpo humano posee en su

aspecto masculino y femenino, como expresión del espíritu. Queda el cuerpo

como objeto de concupiscencia y, por tanto, como 'terreno de apropiación' del

otro ser humano. La concupiscencia, de por sí, no es capaz de promover la

unión como comunión de personas. Ella sola no une, sino que se adueña. La

relación del don se transforma en la relación de apropiación.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuál es, en síntesis, el significado profundo del cuerpo en la relación de pareja?

¿Nuestra cultura y nuestra sociedad contemporánea valoran el cuerpo según los

principios enseñados por el Papa? ¿Te lleva esta lectura a replantearte el

significado que le das a tu propio cuerpo, al cuerpo de tu pareja, al cuerpo de

las demás personas? ¿A qué consecuencias práctica te lleva este

replanteamiento?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA246



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA247









24. SEXUALIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar248

SEXUALIDAD

La palabra no se halla en la Biblia, pero la diferencia de los sexos se evoca con

frecuencia para ilustrar el misterio de las relaciones dl hombre y de la mujer.

Aun respetando las aportaciones específicas del AT y del NT, parece preferible

no tratarlas en su orden cronológico, ya que son numerosos los datos del AT

que sólo alcanzan su pleno sentido con la venida de Jesucristo.

I. SEXUALIDAD Y CONDICIÓN HUMANA. Frente a la afirmación del Génesis:

Hombre y mujer los creó (Gén 1, 27), declara Pablo: Ya no hay hombre ni

mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús (Gál 3,28). Se descubre

una tensión entre estas dos afirmaciones, que, sin embargo, no se contradice,

sino que se iluminan y se condicionan mutuamente.

1. Hombre y mujer los creó (Gn 1,27). En el AT, la diferencia sexual está

vinculada primeramente a la convicción de que el hombre fue creado a imagen





246

Ver indicaciones y notas en la página 11

247

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

248

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Sexualidad En VTB p. 850-854.

130



de Dios. El contexto inmediato de este pasaje), se limita a relacionar la

diferencia sexual del hombre y de la mujer con la fecundidad de Dios que

transmite la vida y domina el universo (Gn 1,28). No es bueno que el hombre

esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él (Gn 2,18). A la fecundidad,

no olvidaba por este autor (3,20), se une la relación de alteridad de los sexos.

Estas dos motivaciones sitúan al individuo en un contexto social. Idealmente,

en el clima paradisíaco, el encuentro de los seres tiene lugar en la simplicidad:

Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello

(2,25). Pero el pecado, separación de Dios, introduce aquí distancia y miedo.

Ahora la relación sexual es ya ambigua. No deja de ser fundamentalmente

buena, pro ha caído bajo la influencia de la fuerza de división que es el pecado.

La bondad y el valor de la relación sexual en el matrimonio no fueron nunca

puestos en duda en la Biblia. No sólo en el Cantar de los cantares (Ct 4,1; 5,9;

6,4), sino también en la mayor parte de los otros libros se señalan, a propósito

del matrimonio, estos dos aspectos de alteridad y de fecundidad: Gózate en la

compañera de tu mocedad (Pr 5,18; cf. Ez 24,15; Si 26,16ss; Qo 9,9). ¿Qué

busca el ser único formado por Dios a partir del hombre y de la mujer? Una

posteridad dada por Dios (Mal 2,14ss). Jesús, empleando los mismos términos

del Génesis, subraya la indisolubilidad de la pareja así formada: Ya no son dos,

sino una sola carne (Mt 19,4ss). Finalmente, Pablo, al que a veces se califica

injustamente de asceta hostil a la vida sexual, da a los esposos orientaciones

que siguen teniendo vigencia para nuestros contemporáneos (1Co 7,1-6; 7,5;

cf. 1Tm 4,3; 5,14)

2. Ya no hay hombre ni mujer, pues todos vosotros sois uno en Cristo Jesús

(Gá 3,28). Esta afirmación no reniega de las perspectivas precedentes, sólo

que la venida de Jesús determinó en la situación respectiva del hombre y de la

mujer una mutación que da a la condición sexual su verdadera dimensión.

II. SEXUALIDAD, SAGRADO Y SANTIDAD. 1. Las religiones de los pueblos que

rodeaban a Israel habían transferido la sexualidad hasta al mundo divino. Se

ven pulular las divinidades padres o madres, los dioses del amor que se casan

entre sí o con los humanos, y las prostitutas sagradas que daban figura a la

divinidad. Sin embargo, la lucha contra estas religiones extranjeras terminó

con la victoria del yahvismo, aun cuando, pese a la prohibición formulada en Dt

23,18, todavía se señale la existencia de prostitutas sagradas (1Re 14,24;

15,12; 22,47; 2Re 23,7; Os 4,4; Mi 1,7).

Israel, aun después de haber purificado estos usos paganos, siguió

manteniendo un vínculo entre lo sexual y lo sagrado. Eva, que acaba de ser

madre, exclama: He tenido un varón por merced de Yahveh (Gn 4,1). Una

primer consecuencia de esta forma de sacralización aparece en el empleo de la

simbólica sexual (parental o conyugal) para expresar la relación de Israel con

su Dios. A esto se puede referir el uso de la circuncisión para significar la

alianza con Yahveh (Gn 17,9-14; Lv 12,3).

Otro aspecto de esta sacralización de la sexualidad concierne a los ritos de los

de lo puro y de lo impuro, heredados por Israel de los antiguos ritos orientales.

Cuando nace un niño, la mujer es declarada impura y no puede presentarse en

el santuario (Lev 12,6); igualmente en el tiempo de la menstruación (15,19-

30), y en el caso del hombre con ocasión de una polución nocturna (15,1-17;

Dt 23,11). Las mismas relaciones sexuales incapacitan para el culto (Lv 15,18;

Éx 19,15; 1Sa 21,5s; 2Sa 11,11), lo cual se aplica especialmente a los

sacerdotes (Éx 20,26; 28,42; Dt 23,2).

131



2. Todos estos tabús desaparecieron con la fe cristiana. O más bien se efectuó

un paso de la antigua sacralización a una nueva concepción de la santidad. Así

pueden explicarse ciertas afirmaciones de Pablo: El marido pagano queda ya

santificado por su mujer... De otra manera, vuestros hijos serían impuros,

cuando en realidad son santos (1Co 7,14; 1Ts 4,3ss). Ahora ya el cuerpo está

santificado por el don del Espíritu y no es para la fornicación, sino para el Señor

(1Co 6,13).

Por lo que hace a la simbólica sexual, ésta viene transferida a Cristo y a la

Iglesia. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a la Iglesia (Ef

5,25). Pablo, recordando el mandamiento del Creador: El hombre se unirá a su

mujer y los dos formarán una sola carne, añade: Este misterio es de gran

alcance, quiso decir que se aplica a Cristo y a la Iglesia (Ef 5,21s).

III. LA PRÁCTICA Y LA INTENCIÓN. 1. La moral sexual es objeto de muchas

prescripciones en el AT. Esto no deriva de algún deseo terreno particular, sino

de la sacralización a que nos hemos referido antes. Además, aquí hay una

reacción de defensa contra un mundo pervertido que con frecuencia paliaba su

erotismo con la capa de la religión. Finalmente, no hay que olvidar el papel

educador de la ley, que se cuidaba de la higiene del pueblo de Dios. Sería

fastidioso enumerar exhaustivamente estas prescripciones. Notemos el

catálogo de Lv 20,10-21, donde se condena la fornicación (cf. Dt 22,23-29), las

relaciones sexuales con una mujer durante su regla, el adulterio (cf. Dt 5,18;

22,22; con mención de la codicia en Éx 20,17 y Pr 2,16; 6,25; 7,55ss; Si 9,9),

el incesto (cf. Dt 23,1), la homosexualidad (cf. Gn 28,20; 19,5), la bestialidad

(cf. Éx 22,18).

2. Jesús no dice nada de las prescripciones rituales precedentes. No se detiene

en condenar la falta cometida, por ejemplo, la de la mujer sorprendida en

flagrante delito de adulterio (Jn 8,11), o cuando declara que las prostitutas, por

causa de su fe, entrarán más fácilmente que los fariseos en el reino de los cielos

(Mt 21, 31s; cf. Hb 11,31). Sin embargo, radicaliza las prescripciones del AT,

alcanzando al pecado en su raíz que es el deseo y la mirada (Mt 5,28; 15,19

p).

Jesús vivía entre los judíos. Pablo, en cambio, se halla en medio del ambiente

de disolución del gran puerto de Corinto. Así se dirige con fuerza contra todas

las formas del mal: Ni lujuriosos, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni

homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni calumniadores, ni

salteadores heredarán el reino de Dios (1Co 6,9; cf. Rm 1,24-27); pone

constantemente en guardia contra la prostitución (1Co 6,13ss; 10,8; 2Co

12,21; Col 3,5); con realismo prohíbe las relaciones con los hermanos

impúdicos, pero no con los impúdicos de este mundo, porque de lo contrario,

tendríais que saliros del mundo (1Co 5,10).

El cuerpo es templo del Espíritu Santo y miembro de Cristo; ¿voy entonces a

arrancar los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una meretriz?...

¿No sabéis que el que se junta con la meretriz se hace con ella un solo cuerpo?

(1Co 6,12-20). No pongáis vuestro afán en la carne para satisfacer todos sus

deseos (Rm 13,14; cf. Gá 5,16-19).

Así, con la venida de Jesús y la enseñanza de Pablo, la sexualidad es sustraída

progresivamente a la esfera de lo sagrado. Este movimiento puede y debe

continuarse, con una condición: mantener la dimensión de santidad que

132



transforma la corporeidad del hombre y la hace constantemente presente a un

mundo divino que la cerca por todas partes.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA249



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL250



LECTURAS PARA ESTA SEMANA251

Respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial

11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a

través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el

Concilio, "honestos y dignos"252, y no cesan de ser legítimos si, por causas

independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque

continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como

atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos

conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de

fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin

embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural

interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial

(quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida253.

Inseparables los dos aspectos: Unión y procreación

12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre

la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper

por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado

unitivo y el significado procreador. Efectivamente, el acto conyugal, por su

íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos

para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo

del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y

procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y

verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad.

Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se

encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y

humano de este principio fundamental.

Fidelidad al plan de Dios

13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin

considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto

de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las

relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también

reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a

transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él,

está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la

voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y

su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y

de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir



249

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

250

Ver las indicaciones en la página 6

251

Tomada de Pablo VI: Encíclica Humanae Vitae, 11-13,

252

Conc. Vaticano II: Gaudium et Spes, 49.

253

Cf. Pío XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), p. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), p. 843.

133



también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar en cambio el don del amor

conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no

árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del

plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un

dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo

tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en

virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio.

"La vida humana es sagrada, recordaba Juan XXIII; desde su comienzo,

compromete directamente la acción creadora de Dios"254.

Preguntas para reflexionar en pareja

Explique los tres principios de la sexualidad en el matrimonio: 1) su naturaleza

y su finalidad; 2) La unión del aspecto unitivo y el aspecto procreativo de la

sexualidad; 3) La fidelidad al plan de Dios. ¿A la luz de estos principios que

piensan ustedes de la sexualidad fuera del matrimonio? ¿Creen, sinceramente

que el uso que ustedes como pareja, hacen de la sexualidad es conforme con la

voluntad de Dios y con las enseñanzas de la Iglesia? ¿Por qué?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA255



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA256









25. FIDELIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar257

FIDELIDAD

La fidelidad (hebr. Emet), atributo mayor de Dios (Éx 34,6), se asocia con

frecuencia a su bondad paternal (hebr. Hesed) para con el pueblo de la

alianza. Estos dos atributos complementarios indican que la alianza es a la vez

un don gratuito y un vínculo cuya solidez resiste la prueba de los siglos (Sal

119,90). A estas dos actitudes, en las que resumen los caminos de Dios (Sal

25,10), debe el hombre responder conformándose a ellas; la piedad filial que

debe a Dios tendrá como prueba de su verdad la fidelidad en observar los

preceptos de la alianza.

A lo largo de la historia de la salvación la fidelidad divina se revela inmutable,

frente a la constante infidelidad del hombre, hasta que Cristo, testigo fiel de la

verdad (Jn 18,37; Ap 3,14), comunica a los hombres la gracia de que está lleno

(Jn 1,14.16) y los hace capaces de merecer la corona de la vida imitando su

fidelidad hasta la muerte (Ap 2,10). AT. 1. Fidelidad de dios. Dios es la roca



254

Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447

255

Ver indicaciones y notas en la página 11

256

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

257

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Sexualidad En VTB p. 850-854.

134



de Israel (Dt 32,4); este nombre simboliza su inmutable fidelidad, la verdad de

sus palabras, la solidez de sus promesas. Sus palabras no pasan (Is 40,8), sus

promesas son mantenidas (Tb 14,4); Dios no miente ni se retracta (Nm

23,19); su designio se ejecuta (Is 25,1) por el poder de su palabra que, salida

de su boca, no vuelve sino después de haber cumplido su misión (Is 55,11);

Dios no varía (Mal 3,6). Así la esposa que se ha escogido, quiere unírsela con

el lazo de una fidelidad perfecta (Os 2,22), sin la cual no se puede conocer a

Dios (4,2).

No basta, pues, con alabar la fidelidad divina que rebasa los cielos (Sal 36,6),

ni con proclamarla para invocarla (Sal 143,1) o para recordar a Dios sus

promesas (Sal 89,1-9.25-40). Hay que orar al Dios fiel para obtener de él la

fidelidad (1Re 8, 56ss), y cesar de responder a su fidelidad con la impiedad

Neh 9,33). En efecto, sólo Dios puede convertir a su pueblo infiel y darle la

felicidad haciendo germinar de la tierra la felicidad que debe ser su fruto (Sal

85,5,11ss).

2. Fidelidad del hombre. Dios exige a su pueblo la fidelidad a la alianza que él

renueva libremente (Jos 24,14); los sacerdotes deben ser especialmente fieles

(1Sa 2,35). Si Abraham y Moisés (Neh 9,8; Si 45,4) son modelos de fidelidad,

Israel en su conjunto imita la infidelidad de la generación del desierto (Sal

78,8ss. 36s; 106,6). Y donde no se es fiel a Dios, desaparece la fidelidad para

con los hombres; entonces no se puede contar con nadie (Jr 9,2-8). Esta

corrupción no es propia de Israel, pues en todas partes vale este proverbio:

¿Quién hallará un hombre de fiar? (Pr 20,6).

Israel, escogido por Dios para ser su testigo, no fue, pues, un servidor fiel;

permaneció ciego y sordo (Is 42,18ss). Pero Dios eligió a otro siervo, en quien

depositó su espíritu (Is 42,1ss), al que hizo el don de oír y de hablar; este

elegido proclama fielmente la justicia, sin que las pruebas puedan hacerlo infiel

a su misión (Is 50,4-7), pues su Dios es su fuerza (Is 50,49,5).

NT. 1. Fidelidad de Jesús. El siervo fiel así anunciado es Cristo Jesús, Hijo y

Verbo de Dios, el verdadero y fiel, que quiere cumplir la Escritura y la obra de

su Padre (Mc 10,45; Lc 24,44; Jn 19,28.30; Ap 19,11ss). Por él son

mantenidas todas las promesas de Dios (2Co 1,20); en él están la salvación y

la gloria de los elegidos (2Tm 2,10), con él son llamados los hombres por el

Padre a entrar en comunión; y por él serán las creyentes fortalecidos y hechos

fieles a su vocación hasta el fin (1Co 1,8s). La fidelidad de Dios (1Ts 5,23s),

cuyos dones son irrevocables (Rm 11,29), se manifiesta, pues, en él con

plenitud, y para confirmar en la fidelidad invita a seguir la constancia de Cristo

(2Ts 3,3ss).

Debemos imitar la fidelidad de Cristo manteniéndonos firmes hasta la muerte, y

contar con su fidelidad para vivir y reinar con él (2Tm 2,11s). Más aún: aun

siendo nosotros infieles él permanece fiel, pues aunque puede renegarnos, no

puede renegarse a sí mismo (2Tm 2,13); hoy, como ayer y para siempre, no

deja de ser lo que es (Hb 13,8), el pontífice misericordioso y fiel (Hb 2,17) que

otorga poder acercarse con seguridad al trono de la gracia (Hb 4,14ss) a los

que, apoyados en la fidelidad de la promesa divina, conservan una fe y una

esperanza indefectibles (Hb 10,23).

2. Los fieles de Cristo. El título de fieles basta para designar a los discípulos de

Cristo, a los que tienen fe en él (Hc 10,45; 2Co 6,15; Ef 1,1). Este título

incluye seguramente las virtudes naturales de lealtad y de buena fe que los

135



cristianos deben poner empeño en practicar (Fp 4,8); pero designa además la

fidelidad religiosa, que es una de las prescripciones mayores, cuya observancia

exige Cristo (Mt 23,23) y que caracteriza a los que son movidos por el Espíritu

Santo (Gá 5,22) y que caracteriza a los que son movidos por el Espíritu Santo

(Gá 5,22), y especialmente a los apóstoles, dispensadores de los misterios de

Dios (1Co 4,1s; Lc 12,42); aparece en el detalle de la existencia (Lc 16,10ss)

y domina así toda la vida social.

En la nueva alianza esta fidelidad tiene un alma, que es el amor; y viceversa, la

fidelidad es la prueba del amor auténtico. Jesús insiste en este punto:

Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en i

amor, como yo he guardado los mandamientos de mi padre y permanezco en su

amor (Jn 15,9s; cf. 14,15.21.23s). Juan, fiel a la lección de Cristo, la inculca a

sus hijos invitándolos a caminar en la verdad, es decir, en la fidelidad al

mandamiento del amor mutuo (2Jn 4s); pero añade enseguida: Ahora bien, el

amor consiste en vivir según los mandamientos de Dios (2Jn 6).

A esta fidelidad es a la que está reservada la recompensa de tener parte en el

gozo del Señor (Mt 25,21.23, Jn 15,11). Pero esta fidelidad exige una lucha

contra el tentador, el maligno, que requiere vigilancia y oración (Mt 6,13;

26,41; 1Pe 5,8s). En los últimos tiempos será tremenda la prueba de esta

fidelidad: los santos tendrán que ejercer en ella una constancia (Ap 13,10;

14,12), cuya gracia les viene de la sangre del cordero (Ap 7,14; 12,11).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA258



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL259



LECTURAS PARA ESTA SEMANA260

"El amor conyugal comporta una totalidad en la que entran todos los elementos

de la persona -reclamo del cuerpo y del instinto, fuerza del sentimiento y de la

afectividad, aspiración del espíritu y de la voluntad-; mira una unidad

profundamente personal que, más allá de la unión en una sola carne, conduce a

no tener más que un corazón y un alma; exige la indisolubilidad y la fidelidad de

la donación recíproca definitiva; y se abre a fecundidad. En una palabra: se

trata de características normales de todo amor conyugal natural, pero con un

significado nuevo que no sólo las purifica y consolida, sino las eleva hasta el

punto de hacer de ellas la expresión de valores propiamente cristianos" (FC 13).

Unidad e indisolubilidad del matrimonio

1644 El amor de los esposos exige, por su misma naturaleza, la unidad y la

indisolubilidad de la comunidad de personas que abarca la vida entera de los

esposos: "De manera que ya no son dos sino una sola carne" (Mt 19,6; cf Gn

2,24). "Están llamados a crecer continuamente en su comunión a través de la

fidelidad cotidiana a la promesa matrimonial de la recíproca donación total" (FC

19). Esta comunión humana es confirmada, purificada y perfeccionada por la







258

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

259

Ver las indicaciones en la página 6

260

Tomada de Catecismo de la Iglesia Católica, 1643-1651

136



comunión en Jesucristo dada mediante el sacramento del matrimonio. Se

profundiza por la vida de la fe común y por la Eucaristía recibida en común.

1645 "La unidad del matrimonio aparece ampliamente confirmada por la igual

dignidad personal que hay que reconocer a la mujer y el varón en el mutuo y

pleno amor" (GS 49,2). La poligamia es contraria a esta igual dignidad de uno y

otro y al amor conyugal que es único y exclusivo.

La fidelidad del amor conyugal

1646 El amor conyugal exige de los esposos, por su misma naturaleza, una

fidelidad inviolable. Esto es consecuencia del don de sí mismos que se hacen

mutuamente los esposos. El auténtico amor tiende por sí mismo a ser algo

definitivo, no algo pasajero. "Esta íntima unión, en cuanto donación mutua de

dos personas, como el bien de los hijos exigen la fidelidad de los cónyuges y

urgen su indisoluble unidad" (GS 48,1).

1647 Su motivo más profundo consiste en la fidelidad de Dios a su alianza, de

Cristo a su Iglesia. Por el sacramento del matrimonio los esposos son

capacitados para representar y testimoniar esta fidelidad. Por el sacramento, la

indisolubilidad del matrimonio adquiere un sentido nuevo y más profundo.

1648 Puede parecer difícil, incluso imposible, atarse para toda la vida a un ser

humano. Por ello es tanto más importante anunciar la buena nueva de que Dios

nos ama con un amor definitivo e irrevocable, de que los esposos participan de

este amor, que les conforta y mantiene, y de que por su fidelidad se convierten

en testigos del amor fiel de Dios. Los esposos que, con la gracia de Dios, dan

este testimonio, con frecuencia en condiciones muy difíciles, merecen la gratitud

y el apoyo de la comunidad eclesial (cf FC 20).

1649 Existen, sin embargo, situaciones en que la convivencia matrimonial se

hace prácticamente imposible por razones muy diversas. En tales casos, la

Iglesia admite la separación física de los esposos y el fin de la cohabitación. Los

esposos no cesan de ser marido y mujer delante de Dios; ni son libres para

contraer una nueva unión. En esta situación difícil, la mejor solución sería, si es

posible, la reconciliación. La comunidad cristiana está llamada a ayudar a estas

personas a vivir cristianamente su situación en la fidelidad al vínculo de su

matrimonio que permanece indisoluble (cf FC; 83; CIC, can. 1151-1155).

1650 Hoy son numerosos en muchos países los católicos que recurren al

divorcio según las leyes civiles y que contraen también civilmente una nueva

unión. La Iglesia mantiene, por fidelidad a la palabra de Jesucristo ("Quien

repudie a su mujer y se case con otra, comete adulterio contra aquella; y si ella

repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio": Mc 10,11-12), que

no puede reconocer como válida esta nueva unión, si era válido el primer

matrimonio. Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una

situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden

acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la

misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La

reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida

más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y

de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.

1651 Respecto a los cristianos que viven en esta situación y que con frecuencia

conservan la fe y desean educar cristianamente a sus hijos, los sacerdotes y

toda la comunidad deben dar prueba de una atenta solicitud, a fin de aquellos

137



no se consideren como separados de la Iglesia, de cuya vida pueden y deben

participar en cuanto bautizados:

Se les exhorte a escuchar la Palabra de Dios, a frecuentar el sacrificio de la

misa, a perseverar en la oración, a incrementar las obras de caridad y las

iniciativas de la comunidad en favor de la justicia, a educar sus hijos en la fe

cristiana, a cultivar el espíritu y las obras de penitencia para implorar de este

modo, día a día, la gracia de Dios (FC 84)

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cuál es el fundamento de la fidelidad en la relación de pareja? ¿Cuáles son los

beneficios de la fidelidad en una pareja? ¿Por qué la Iglesia sigue manteniendo

el precepto de la fidelidad aún en los casos de separación? ¿sinceramente, qué

piensan ustedes de esta doctrina? ¿es descabellada, exagerada, anticuada,

inhumana, etc. O es todo lo contrario? ¿por qué? ¿Cómo podríamos ayudar a

tantos amigos y conocidos que se han separado y viven situaciones irregulares?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA261



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA262









26. UNIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar263

UNIDAD

Dios uno y trino, es la fuente misma de la unidad (Rm 8,29; Ef 1,5.10).

I. LA UNIDAD ORIGINAL ES ROTA POR EL PECADO. En la obra divina de la

creación se alían multiplicidad y unidad. Para que la creación llegue a su unidad

bajo el dominio del hombre debe el hombre multiplicarse (Gn 1,28) y para que

el hombre sea fecundo es preciso que llegue a ser uno con su mujer (Gn 2,23s).

Pero para realizar este designio deben, hombre y mujer, mantenerse unidos con

Dios, reconociendo su dependencia de él y manteniendo su fidelidad. Rehusar

esta fidelidad es el pecado fundamental, ya que la unidad se rompe cuando el

hombre quiere ser otro Dios, negando al Único, que es la fuente misma de la

unidad. De este pecado derivan los demás, especialmente el divorcio, y la

poligamia, que rompen la unidad del matrimonio (Gn 4,19; Dt 24,1) y la unidad

del género humano (Gn 11,9).

II. EN BUSCA DE LA UNIDAD PERDIDA: LA ALIANZA264. Dios escoge a algunos

hombre a los que propone la fe como camino de reconstrucción de la unidad.

Por la fe, Dios realiza con ellos un pacto, condición de la unión con él y de la



261

Ver indicaciones y notas en la página 11

262

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

263

Adaptado de LEON DUFOUR, Xavier. Sexualidad En VTB p. 850-854.

264

Véase Atrás, el tema ALIANZA, P. xxxxx

138



colaboración en su obra. Esta alianza se perpetúa a través de los descendientes

de Abraham, el pueblo elegido (Ex 19) y pueblo testigo (Is 43,10ss). Incluso la

dispersión, con la que Dios tuvo que castigar a su pueblo sirvió para que otros

pueblos sintieran el llamado de Dios a este proyecto de unidad (Is 45; 56,6),

Pero será preciso esperar la llegada del Siervo encargado de unificar a Israel y

de salvar con su muerte a la multitud de los pecadores (Is 42,1; 49,6;

53,10ss.), Así el reinado del Hijo del hombre se extenderá al universo (Ez

34,23s; 37,21-24; Dn 7,31ss.27). Sión será la madre común de todas las

naciones (Sal 87,5; Is 54,1-10; 55,3ss.).

III. LA REALIZACIÓN DE LA UNIDAD EN LA IGLESIA. El Hijo único, Cristo Jesús

(Lc 9,35) une a los que lo aman y creen en El dándoles su Espíritu y su Madre

(Rm 5,5; Jn 19,27) y alimentándolos con un solo pan, sacramento de unidad y

vínculo de caridad (1 co 10,16) haciendo de todos los pueblos un solo cuerpo

(Ef 2,14-18) y dotando a sus fieles de carismas al servicio de la unidad de todo

el cuerpo, su cuerpo, que es la Iglesia (1 Co 12,4-7; Ef 1,22ss), insertándolos

como piedras vivas en el único templo de Dios (Ef 2,19-22; 1 Pe 2,4s), redil

único donde el buen Pastor quiere reunir a sus ovejas dispersas (Jn 10,3.14s;

11,15s).

Por El y a través de la Iglesia se restaura la unidad en todos los planos: Unidad

interior del hombre desgarrado por sus pasiones, (Rm 7,14ss; 8,2.9), unidad

de la pareja conyugal, cuyo modelo es la unión de Cristo y la Iglesia (Ef 5,25-

32), unidad de todos los hombres, a los que el Espíritu hace hijos del mismo

Padre (Rm 8,14ss; Ef 4,4ss) y que, no teniendo sino un corazón y un alma (Hc

4,32) alaban a una sola voz al Padre (Rm 15,5; Hch 2,4-11).

Por tanto, hay que promover esta unidad que es desgarrada por herejías (1 Co

1,10; 11,18-19) y fundamentarla en la única fe en el único Señor (Ef 4,5.13; Mt

16,16ss). La unidad se convierte, pues en signo de credibilidad de la única

Iglesia, alrededor de Pedro (Jn 21, 15ss; 13,34ss; 17,21ss) y ha de constituir el

esfuerzo supremo de la Iglesia en todos los tiempos.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA265



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL266



LECTURAS PARA ESTA SEMANA267

Unidad de los dos

Esta «fuerza del hombre interior» es necesaria en la vida familiar,

especialmente en sus momentos críticos, es decir, cuando el amor —

manifestado en el rito litúrgico del consentimiento matrimonial con las palabras:

«Prometo serte fiel... todos los días de mi vida»— está llamado a superar una

difícil prueba.

8. Solamente las «personas» son capaces de pronunciar estas palabras; sólo

ellas pueden vivir «en comunión», basándose en su recíproca elección, que es o

debería ser plenamente consciente y libre. El libro del Génesis, al decir que el

hombre abandonará al padre y a la madre para unirse a su mujer (cf. Gn 2, 24),

pone de relieve la elección consciente y libre, que es el origen del matrimonio,



265

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

266

Ver las indicaciones en la página 6

267

Tomada de Juan Pablo II: Carta a las familias, 8

139



convirtiendo en marido a un hijo y en mujer a una hija. ¿Cómo puede

entenderse adecuadamente esta elección recíproca si no se considera la plena

verdad de la persona, o sea, su ser racional y libre? El concilio Vaticano II habla

de la semejanza con Dios usando términos muy significativos. Se refiere no

solamente a la imagen y semejanza divina que todo ser humano posee ya de

por sí, sino también y sobre todo a una «cierta semejanza entre la unión de las

personas divinas y la unión de los hijos de Dios en la verdad y el amor»268.

Esta formulación, particularmente rica de contenido, confirma ante todo lo que

determina la identidad íntima de cada hombre y de cada mujer. Esta identidad

consiste en la capacidad de vivir en la verdad y en el amor; más aún, consiste

en la necesidad de verdad y de amor como dimensión constitutiva de la vida de

la persona. Tal necesidad de verdad y de amor abre al hombre tanto a Dios

como a las criaturas. Lo abre a las demás personas, a la vida «en comunión»,

particularmente al matrimonio y a la familia. En las palabras del Concilio, la

«comunión» de las personas deriva, en cierto modo, del misterio del «Nosotros»

trinitario y, por tanto, la «comunión conyugal» se refiere también a este

misterio. La familia, que se inicia con el amor del hombre y la mujer, surge

radicalmente del misterio de Dios. Esto corresponde a la esencia más íntima del

hombre y de la mujer, y a su natural y auténtica dignidad de personas.

El hombre y la mujer en el matrimonio se unen entre sí tan estrechamente que

vienen a ser —según el libro del Génesis— «una sola carne» (Gn 2, 24). Los dos

sujetos humanos, aunque somáticamente diferentes por constitución física

como varón y mujer, participan de modo similar de la capacidad de vivir «en la

verdad y el amor». Esta capacidad, característica del ser humano en cuanto

persona, tiene a la vez una dimensión espiritual y corpórea. Es también a través

del cuerpo como el hombre y la mujer están predispuestos a formar una

«comunión de personas» en el matrimonio. Cuando, en virtud de la alianza

conyugal, se unen de modo que llegan a ser «una sola carne» (Gn 2, 24), su

unión debe realizarse «en la verdad y el amor», poniendo así de relieve la

madurez propia de las personas creadas a imagen y semejanza de Dios.

La familia que nace de esta unión basa su solidez interior en la alianza entre los

esposos, que Cristo elevó a sacramento. La familia recibe su propia naturaleza

comunitaria —más aún, sus características de «comunión»— de aquella

comunión fundamental de los esposos que se prolonga en los hijos. «¿Estáis

dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a

educarlos...?», les pregunta el celebrante durante el rito del matrimonio. La

respuesta de los novios corresponde a la íntima verdad del amor que los une.

Sin embargo, su unidad, en vez de encerrarlos en sí mismos, los abre a una

nueva vida, a una nueva persona. Como padres, serán capaces de dar la vida a

un ser semejante a ellos, no solamente «hueso de sus huesos y carne de su

carne» (cf. Gn 2, 23), sino imagen y semejanza de Dios, esto es, persona.

Al preguntar: «¿Estáis dispuestos?», la Iglesia recuerda a los novios que se

hallan ante la potencia creadora de Dios. Están llamados a ser padres, o sea, a

cooperar con el Creador dando la vida. Cooperar con Dios llamando a la vida a

nuevos seres humanos significa contribuir a la trasmisión de aquella imagen y

semejanza divina de la que es portador todo «nacido de mujer».

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Cómo debe ser interior y exteriormente la unidad de la pareja? ¿De qué es

signo esta unidad de la pareja y de la familia? ¿Quién es el autor de esa unidad



268

Cf. Concilio Vaticano II: Gaudium et Spes, 24

140



y por cuáles medios la realiza? ¿Cuáles son las consecuencias de la unidad

matrimonial y familiar para la persona, para los hijos, para la familia, para la

sociedad y para la Iglesia? ¿Encuentras fallas en la vivencia de la unidad en las

parejas que conoces? ¿y en tu propia pareja? ¿Hay manera de superar esas

fallas?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA269



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA270









27. AUTORIDAD



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar271

AUTORIDAD

AT. I. TODA AUTORIDAD VIENE DE DIOS. Este principio, que formulará Pablo

(Rm 13,1), se supone constantemente en el AT: el ejercicio de la autoridad

aparece en él sometido alas exigencias imperiosas de la voluntad divina

1. Aspectos de la autoridad terrenal. En la creación que Dios ha hecho, todo

poder procede de él: el del hombre sobre la naturaleza (Gn 1,28), el del

marido sobre la mujer (Gn 3,16), el de los padres sobre los hijos (Lv 19,3).

Cuando se consideran las estructuras más complejas de la sociedad humana,

todos lo que mandan tienen también de Dios la responsabilidad del bien común

en cuanto al grupo que les está sometido (Gn 16; 1Re 19,15; 2 Re 8,9-13; Jr

27,6; Si 10,4).

2. Condiciones del ejercicio de la autoridad. La autoridad confiada por Dios no

es absoluta; está limitada por las obligaciones morales. La ley viene a moderar

su ejercicio, precisando incluso los derechos de los esclavos (Éx 21,1-6,26s; Dt

15,12-18; Si 33,30...). En cuanto a los niños, la autoridad del padre debe tener

por fin su buena educación (Pr 23,13s; Si 7,22s; 30,1...). Pero una autoridad

pervertida se condena por sí misma al juicio divino, que no dejará de abatirla en

el día prefijado (Dn 7,11s.26).

II. LA AUTORIDAD EN EL PUEBLO DE DIOS. 1. Los dos poderes. A la cabeza

de su pueblo establece Dios apoderados. No son en primer lugar personajes

políticos, sino enviados religiosos, que tienen por misión hacer de Israel un

reino sacerdotal y una nación santa (Éx 19,6). Moisés, los profetas, los

sacerdotes, son así depositarios de un poder de esencia espiritual, que ejercen

en forma visible por delegación divina. Sin embargo, Israel es también una

comunidad nacional, un Estado dotado de organización política. Ésta es

teocrática, pues el poder se ejerce en ella también en nombre de Dios, sea cual



269

Ver indicaciones y notas en la página 11

270

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

271

Adaptado de AMIOT, Francois y GRELOT, Pierre. Autoridad En VTB p. 109-112.

141



fuere su forma: poder de los ancianos que asisten a Moisés (Éx 18,21ss; Nm

11,24s), de los jefes carismáticos, como Josué y los jueces, finalmente de los

reyes.

La doctrina de la alianza supone así una estrecha asociación de los dos poderes,

y la subordinación del político al espiritual, en conformidad con la vocación

nacional. De ahí resultan en la práctica conflictos inevitables: de Saúl con

Samuel (1Sa 13,7-15; 15), de Ajab con Elías (1Re 21,17-24), y de tantos

reyes con los profetas contemporáneos.

2. Frente a los imperios paganos. Cuando el judaísmo se reconstruye después

del exilio, sus estructuras recuperan las formas de la teocracia original. En esta

nueva situación, el pueblo de Dios adopta, según los casos, dos actitudes. La

primera es de franca aceptación: de Dios han recibido el imperio Ciro y sus

sucesores (Is 45,1ss); puesto que favorecen la restauración del culto santo,

hay que servirlos lealmente y orar por ellos (Jr 29,7; Ba 1.10s). La segunda,

cuando el imperio pagano se convierte en perseguidor, es un llamamiento a la

venganza divina y finalmente a la rebelión (Jdt; 1Mac 2,15-28). Pero la

restauración monárquica de la época macabea origina de nuevo una

concentración equívoca de los poderes, que se precipita rápidamente en la peor

de las decadencias. Con la intervención de Roma el año 63, el pueblo de Dios

se halla de nuevo bajo la férula de los paganos.

NT. I. JESÚS. 1. Jesús, depositario de la autoridad. Durante su vida pública

aparece Jesús como depositario de una autoridad (exousia) singular: predica

con autoridad (Mt 7,29 p), tiene poder para perdonar los pecados (Mt 9,6ss),

es señor del sábado (Mc 2,28 p). Poder absolutamente religioso de un enviado

divino, ante el cual los judíos se plantean la cuestión esencial: ¿con qué

autoridad hace estas cosas (Mt 21,23 p)? Jesús no responde directamente a

esta cuestión (Mt 21,27 p). Pero los signos que realiza orientan los espíritus

hacia una respuesta: tiene poder (exousia) sobre la enfermedad (Mt 8,8s p),

sobre los elementos (Mc 4,41 p), sobre los demonios (Mt 12, 28 p). ¿No es

esto indicio, como él mismo lo dirá, de que le ha sido dado todo poder en el

cielo y en dado todo poder en el cielo y en dado todo poder en el cielo y en la

tierra (Mt 28,18)? Su autoridad se extiende, por tanto, hasta a las cosas

políticas; en este terreno, el poder que se negó a recibir de Satán (Lc 4,5ss), lo

recibió en realidad de Dios. Sin embargo, no se prevale de este poder entre los

hombres. Mientras que los jefes de este mundo muestran el suyo ejerciendo su

dominio, él se comporta entre los suyos como quien sirve (Lc 22,25ss). Es

maestro y señor (Jn 13,13); pero ha venido para servir y para dar su vida (Mc

10,42ss p). Y precisamente porque adopta así la condición de esclavo, toda

rodilla se doblará finalmente delante de él (Fp 2,5-11). Por eso, una vez

resucitado podrá decir a los suyos que todo poder (exousia) le ha sido dado en

el cielo y en la tierra (Mt 28,18).

2. Jesús delante de las autoridades terrenas. Tanto más significativo es la

actitud de Jesús frente a las autoridades terrenas. Ante las autoridades judías

reivindica su calidad de Hijo del hombre (Mt 26,63s p), base de un poder

atestiguado por las Escrituras (Dn 7,14). Ante la autoridad política, su posición

es más matizada. Reconoce la competencia propia del César (Mt 22,21 p);

pero esto no le cierra los ojos para no ver la injusticia de los representantes de

la autoridad (Mt 20,25, Lc 13,32).

II. LOS APOSTOLES. 1. Los depositarios de la autoridad de Jesús. Jesús, al

enviar a sus discípulos en misión, les delegó su propia autoridad (el que a

142



vosotros escucha, a mí me escucha, Lc 10,16s) y les confía sus poderes (cf. Mc

3,14s p; Lc 10,19). Pero les enseñó también que el ejercicio de aquellos

poderes era en realidad un servicio (Lc 22,26 p; Jn 13,14s). Efectivamente, se

ve luego a los apóstoles usar de sus prerrogativas, por ejemplo, para excluir de

la comunidad a los miembros indignos (1Co 5,4s). Sin embargo, lejos de hacer

sentir el peso de su autoridad, se preocupan ante todo por servir a Cristo y a los

hombres (1Ts 2,6-10).

2. El ejercicio de la autoridad humana. Por lo que se refiere al valor de la

autoridad humana y a las condiciones de su ejercicio, los escritos apostólicos

confirman la doctrina del AT, pero dándole una nueva base. La mujer debe

estar sometida a su marido como la Iglesia a Cristo; pero por su parte el marido

debe amar a su mujer como Cristo amó a su Iglesia (Ef 5,22-33). Los hijos

deben obedecer a sus padres (Col 3,20s; Ef 6,1ss) porque toda paternidad

recibe su nombre de Dios (Ef 3,15); pero los padres, al educarlos, deben

guardarse de exasperarlos (Ef 6,4; Col 3,21). Los esclavos deben obedecer a

sus amos, incluso duros y molestos (1Pe 2,18) como al mismo Cristo (Col

3,22; Ef 6,5....); pero los amos deben acordarse de que también ellos tienen un

señor en el cielo (Ef 6,9) y aprender a tratar a sus esclavos como a hermanos

(Flm 16).

3. Las relaciones de la Iglesia con las autoridades humanas. Frente al imperio

romano profesa Pablo perfecta lealtad, reivindica su calidad de ciudadano

romano (Hc 16,37; 22,25...) y apela al César para obtener justicia (Hc

25,12). Proclama que toda autoridad viene de Dios y que es dada con miras al

bien común; la sumisión a los poderes civiles es, pues, un deber de conciencia

porque son los ministros de la justicia divina (Rm 13,1-7), y se debe orar por

los reyes y por los depositarios de la autoridad (1Tm 2,2). La misma doctrina

en la 1ª. Carta de Pedro (1Pe 2,13-17). Esto supone que las autoridades

civiles, por su parte, se someten a la ley de Dios. Pero en ninguna parte se ve

reivindicar para las autoridades espirituales de la Iglesia un poder directo sobre

las cosas políticas.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA272



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL273



LECTURAS PARA ESTA SEMANA274

Cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre»

15. El cuarto mandamiento del Decálogo se refiere a la familia, a su cohesión

interna; y, podría decirse, a su solidaridad.

En su formulación no se habla explícitamente de la familia; pero, de hecho, se

trata precisamente de ella. Para expresar la comunión entre generaciones, el

divino Legislador no encontró palabra más apropiada que ésta: «Honra...» (Ex

20, 12). Estamos ante otro modo de expresar lo que es la familia. Dicha

formulación no la exalta «artificialmente», sino que ilumina su subjetividad y los

derechos que derivan de ello. La familia es una comunidad de relaciones





272

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

273

Ver las indicaciones en la página 6

274

Tomada de Juan Pablo II: Carta a las familias, 15

143



interpersonales particularmente intensas: entre esposos, entre padres e hijos,

entre generaciones. Es una comunidad que ha de ser especialmente

garantizada. Y Dios no encuentra garantía mejor que ésta: «Honra».

«Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra

que el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12). Este mandamiento sigue a los

tres preceptos fundamentales que atañen a la relación del hombre y del pueblo

de Israel con Dios: «Shemá, Israel», «Escucha, Israel. El Señor nuestro Dios es

el único Señor» (Dt 6, 4). «No habrá para ti otros dioses delante de mí» (Ex 20,

3). Éste es el primer y mayor mandamiento del amor a Dios «por encima de

todo»: él tiene que ser amado «con todo tu corazón, con toda tu alma y con

toda tu fuerza» (Dt 6, 5; cf. Mt 22, 37). Es significativo que el cuarto

mandamiento se inserte precisamente en este contexto. «Honra a tu padre y a

tu madre», para que ellos sean para ti, en cierto modo, los representantes de

Dios, quienes te han dado la vida y te han introducido en la existencia humana:

en una estirpe, nación y cultura. Después de Dios son ellos tus primeros

bienhechores. Si Dios es el único bueno, más aún, el Bien mismo, los padres

participan singularmente de esta bondad suprema. Por tanto: ¡honra a tus

padres! Hay aquí una cierta analogía con el culto debido a Dios.

El cuarto mandamiento está estrechamente vinculado con el mandamiento del

amor. Es profunda la relación entre «honra» y «amor». La honra está

relacionada esencialmente con la virtud de la justicia, pero ésta, a su vez, no

puede desarrollarse plenamente sin referirse al amor a Dios y al prójimo. Y

¿quién es más prójimo que los propios familiares, que los padres y que los

hijos?

¿Es unilateral el sistema interpersonal indicado en el cuarto mandamiento?

¿Obliga éste a honrar sólo a los padres? Literalmente, sí; pero, indirectamente,

podemos hablar también de la «honra» que los padres deben a los hijos.

«Honra» quiere decir: reconoce, o sea, déjate guiar por el reconocimiento

convencido de la persona, de la del padre y de la madre ante todo, y también

de la de todos los demás miembros de la familia. La honra es una actitud

esencialmente desinteresada. Podría decirse que es «una entrega sincera de la

persona a la persona» y, en este sentido, la honra coincide con el amor. Si el

cuarto mandamiento exige honrar al padre y a la madre, lo hace por el bien de

la familia; pero, precisamente por esto, presenta unas exigencias a los mismos

padres. ¡Padres —parece recordarles el precepto divino—, actuad de modo que

vuestro comportamiento merezca la honra (y el amor) por parte de vuestros

hijos! ¡No dejéis caer en un «vacío moral» la exigencia divina de honra para

vosotros! En definitiva, se trata pues de una honra recíproca. El mandamiento

«honra a tu padre y a tu madre» dice indirectamente a los padres: Honrad a

vuestros hijos e hijas. Lo merecen porque existen, porque son lo que son: esto

es válido desde el primer momento de su concepción. Así, este mandamiento,

expresando el vínculo íntimo de la familia, manifiesta el fundamento de su

cohesión interior.

El mandamiento prosigue: «para que se prolonguen tus días sobre la tierra que

el Señor, tu Dios, te va a dar» (Ex 20, 12). Este «para que» podría dar la

impresión de un cálculo «utilitarista»: honrar con miras a la futura longevidad.

Entre tanto, decimos que esto no disminuye el significado esencial del

imperativo «honra», vinculado por su naturaleza con una actitud desinteresada.

Honrar nunca significa: «prevé las ventajas». Sin embargo, no es fácil

reconocer que de la actitud de honra recíproca, existente entre los miembros de

la comunidad familiar, deriva también una ventaja de naturaleza diversa. La

«honra» es ciertamente útil, como «útil» es todo verdadero bien.

144



La familia realiza, ante todo, el bien del «estar juntos», bien por excelencia del

matrimonio (de ahí su indisolubilidad) y de la comunidad familiar. Se lo podría

definir, además, como bien de los sujetos. En efecto, la persona es un sujeto y

lo es también la familia, al estar constituida por personas que, unidas por un

profundo vínculo de comunión, forman un único sujeto comunitario. Asimismo,

la familia es sujeto más que otras instituciones sociales: lo es más que la

nación, que el Estado, más que la sociedad y que las organizaciones

internacionales. Estas sociedades, especialmente las naciones, gozan de

subjetividad propia en la medida en que la reciben de las personas y de sus

familias. ¿Son, éstas, observaciones sólo «teóricas», formuladas con el fin de

«exaltar» la familia ante la opinión pública? No, se trata más bien de otro modo

de expresar lo que es la familia. Y esto se deduce también del cuarto

mandamiento.

Es una verdad que merece ser destacada y profundizada. En efecto, subraya la

importancia de este mandamiento incluso para el sistema moderno de los

derechos del hombre. Los ordenamientos institucionales usan el lenguaje

jurídico. En cambio, Dios dice: «honra». Todos los «derechos del hombre» son,

en definitiva, frágiles e ineficaces, si en su base falta el imperativo: «honra»; en

otras palabras, si falta el reconocimiento del hombre por el simple hecho de que

es hombre, «este» hombre. Por sí solos, los derechos no bastan.

Por tanto, no es exagerado afirmar que la vida de las naciones, de los Estados y

de las organizaciones internacionales «pasa» a través de la familia y «se

fundamenta» en el cuarto mandamiento del Decálogo. La época en que vivimos,

no obstante las múltiples Declaraciones de tipo jurídico que han sido

elaboradas, está amenazada en gran medida por la «alienación», como fruto de

premisas «iluministas» según las cuales el hombre es «más» hombre si es

«solamente» hombre. No es difícil descubrir cómo la alienación de todo lo que

de diversas formas pertenece a la plena riqueza del hombre insidia nuestra

época. Y esto repercute en la familia. En efecto, la afirmación de la persona está

relacionada en gran medida con la familia y, por consiguiente, con el cuarto

mandamiento. En el designio de Dios la familia es, bajo muchos aspectos, la

primera escuela del ser humano. ¡Sé hombre! —es el imperativo que en ella se

transmite—, hombre como hijo de la patria, como ciudadano del Estado y, se

dice hoy, como ciudadano del mundo. Quien ha dado el cuarto mandamiento a

la humanidad es un Dios «benévolo» con el hombre, (filanthropos, decían los

griegos). El Creador del universo es el Dios del amor y de la vida. Él quiere que

el hombre tenga la vida y la tenga en abundancia, como proclama Cristo (cf. Jn

10, 10): que tenga la vida ante todo gracias a la familia.

Parece claro, pues, que la «civilización del amor» está estrechamente

relacionada con la familia. Para muchos la civilización del amor constituye

todavía una pura utopía. En efecto, se cree que el amor no puede ser exigido

por nadie ni puede imponerse: sería una elección libre que los hombres pueden

aceptar o rechazar.

Hay parte de verdad en todo esto. Sin embargo, está el hecho de que Jesucristo

nos dejó el mandamiento del amor, así como Dios había ordenado en el monte

Sinaí: «Honra a tu padre y a tu madre». Pues el amor no es una utopía: ha sido

dado al hombre como un cometido que cumplir con la ayuda de la gracia divina.

Ha sido encomendado al hombre y a la mujer, en el sacramento del matrimonio,

como principio fontal de su «deber», y es para ellos el fundamento de su

compromiso recíproco: primero el conyugal, y luego el paterno y materno. En la

celebración del sacramento, los esposos se entregan y se reciben

recíprocamente, declarando su disponibilidad a acoger y educar la prole. Aquí

145



están las bases de la civilización humana, la cual no puede definirse más que

como «civilización del amor».

La familia es expresión y fuente de este amor; a través de ella pasa la corriente

principal de la civilización del amor, que encuentra en la familia sus «bases

sociales».

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué implicaciones tiene la autoridad: a del Padre en la familia, del esposo

hacia la esposa, de los padres hacia los hijos, de la familia en relación con Dios?

¿Cuál es el fundamento de una verdadera relación de autoridad y sumisión

obediente? ¿Cuál sería la diferencia entre autoridad y autoritarismo? ¿Se viven

correctas relaciones de autoridad en las familias que conocen? ¿En tu familia?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA275



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA276









28. EDUCACIÓN



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar277

EDUCACIÓN

San Pablo comparó esta economía de la salvación con una educación. Israel

vivió bajo la tutela de la ley, como un niño amaestrado por un pedagogo, hasta

que vino la plenitud de los tiempos; entonces envió Dios a su propio Hijo para

conferirnos la adopción filial: así lo demuestra el don del Espíritu (Gá 4,17;

3,24s). Por lo demás, la educación de Israel no terminó con la venida de Cristo:

nosotros debemos constituir a este hombre perfecto, en el vigor de la edad, que

realiza la plenitud de Cristo (Ef 4,13). Dios es el modelo de los educadores, y

su obra de educación se realiza en tres etapas que marcan una interiorización

cada vez más profunda del educador en el que se está educando (Pr 1,7; Si

1,1).

I. DIOS EDUCA A SU PUEBLO. 1. Como un padre educa a su hijo: la

reflexión deuteronómica comprende, que ―Dios le corregía como un padre

corrige a su hijo‖ (Dt 8,5). El predicador se muestra heredero de los profetas

(Os 11,1-4: Ez 16; Éx 4,22).

Dos aspectos caracterizan la educación de los niños en Israel: la meta es la

sabiduría, el medio privilegiado es la corrección. El maestro debe enseñar a su

discípulo sabiduría, inteligencia y disciplina (Pr 23,23), designando este último

término propiamente el fruto de la educación: es cierta habilidad (1,2), una



275

Ver indicaciones y notas en la página 11

276

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

277

Adaptado de LEON-DUFOUR, Xavier. Educación En VTB p. 257-261.

146



manera de comportarse bien en la vida, que hay que comprender y mantener

(4,13; cf. 5,23; 10,17); para llegar a la vida hay que aplicar el corazón a la

disciplina (23,12s; cf. Si 21,21). Padres y maestros tienen frente a los niños

una autoridad sancionada por la ley (Éx 20,12): hay que escuchar al padre y a

la madre (Pr 23,22), bajo pena de graves sanciones (30,17; Dt 21,18-21). La

educación es un arte difícil, pues la locura está enraizada en el corazón del niño

(Pr 22,15), la sociedad está depravada y arrastrada al mal (1,10ss; 5,7-14;

6,20-35), tanto que los padres están abrumados de cuidados (Si 22,3-6;

42,9ss). Las reprensiones son, pues, necesarias (22,6; 30,1-13; Pr 23,13s).

2. La educación de Israel por Yahveh refleja los dos aspectos de la pedagogía

familiar, instrucción de la sabiduría y corrección, transponiéndolos en función

del pecado (Dt 8,2-6; Cf. 4,36; 11,2-7). Como buen educador, anuncia Yahveh

con una promesa la retribución que sanciona la observancia de la ley. La ley,

como la prueba, debe significar la presencia de la palabra misma del educador:

la palabra no está en los cielos lejanos, ni más allá de los mares, sino muy

cerca de ti, en tu boca y en tu corazón (30,11-14).

Yahveh toma, pues, por la mano a un profeta que es del pueblo (Is 8,11) y que

se convertirá en su propia boca, recordando sin cesar de mañana y tarde con

una paciencia infatigable la voluntad y el amor de Dios. Oseas muestra el

carácter educativo de los castigos enviados por Yahveh (Os 7,12; 10,10),

haciendo alusión a las tentativas infructuosas del esposo que trata así de atraer

a la infiel (2,4-15; cf. Am 4,6-11). Jeremías vuelve a lo mismo sin cesar:

Déjate amonestar, Jerusalén (Jr 6,8). En vano, desgraciadamente: no reciben

la lección, se niegan a dejarse instruir (2,30; 7,28; So 3,2.7), se han hecho

una frente más dura que la roca (Jr 5,3). Entonces la corrección se convierte

en castigo, que cae recio (Lv 26,18.23s.28); pero aun entonces esta corrección

se da con justa medida y no bajo el arrebato de la ira que mata (Jr 10,24;

30,11; 46,28; cf. Sal 6,2; 38,2), y puede seguirse la conversión. Israel debe

reconocer: Tú me has corregido y he recibido la corrección como un todo

indómito y su contrición acaba en oración: Haz que vuelva, y volveré, pues tú

eres mi Dios (Jr 31,18). El salmista a su vez reconoce el valor de la corrección

divina: mis lomos y riñones me instruyen de noche (Sal 16,7), dichoso el

hombre al que Dios corrige; sé dócil a la lección de Saddai (Jb 5,17), que tal es

la manera de Dios en el gobierno de los pueblos (Sal 94,10; cf. Is 28,23-26).

No obstante, la educación no quedará redondeada sino el día en que se ponga

la ley en el fondo del corazón (Jr 31,33s). Para obtener este resultado será

preciso que la corrección caiga sobre el siervo(Is 53,5). Entonces se

comprenderá hasta qué punto estaban conmovidas las entrañas de Yahveh

cuando debía proferir amenazas contra su hijo querido (Jr 31,20; cf. Os 11,8s).

II. JESUCRISTO, EDUCADOR DE ISRAEL. El Siervo se presenta a su pueblo

bajo los rasgos de un rabbí, que educa a discípulos como hijos, y a través de él

Dios en persona revela el cumplimiento de su designio. Además, el siervo toma

sobre sí las correcciones que merecíamos nosotros: es el redentor de Israel.

Para afirmar este doble aspecto no hay ciertamente vocabulario específico, pero

podemos guiarnos por los anuncios figurativos del AT.

1. El Revelador. Su enseñanza se distribuye en dos grandes partes según

Mateo. A partir del día en que Pedro lo confesó por Cristo, modificó su

comportamiento (Mt 16,21). Anteriormente trataba de inducir a sus

contemporáneos a identificar con su persona el reino anunciado (cf. 4,17).

Suscita, pues, una cuestión acerca de él a causa de la enseñanza que da con

147



autoridad (Mt 7,28s; Mc 1,27) y a causa de sus milagros (Mt 8,27; Lc 4,36),

aunque con esto ocasione una duda en Juan Bautista (Mt 11,3); imparte su

enseñanza según la acogida de sus oyentes, por ejemplo, en sus parábolas,

destinadas no sólo a instruir, sino a suscitar una petición de explicación (Mt

13,10-13.36), hasta que se haya comprendido (13,51); hace que los discípulos

realicen, toquen con la mano su impotencia y el poder de él para dar panes en

el desierto (14,15-21), y saca de los panes la lección que ellos hubieran debido

comprender (16,8-12); los asocia a su misión después de haberles dado

consignas precisas (10,5-16), y le hace dar cuenta del trabajo efectuado (Mc

6,30; Lc 10,17). Cuando ha sido reconocido como Cristo, puede revelar un

misterio más difícil de aceptar: la cruz; entonces su educación viene a ser cada

vez más exigente: corrige a Pedro que quería amonestarse (Mt 16,22s), Se

lamenta de la falta de fe de sus discípulos (17,17), pero dando el motivo de su

fracaso (17,19s); saca una lección de la envidia que se manifiesta en el

pequeño grupo (20,24-28). Todo su comportamiento es una educación que

tiende a grabar para siempre las lecciones; así la triple interrogación hecha a

Pedro: ¿Me amas?, con la que quiere sanar en su corazón la herida de la triple

negación (Jn 21,15ss).

2. El redentor. Jesús no se contentó con decir lo que había que hacer; como

perfecto educador, dio ejemplo. Así acerca de la pobreza, pues no tenía dónde

reposar la cabeza (Mt 8,20); sobre la fidelidad a la misión, que le lleva a

enfrentarse con los judíos y sus jefes, por ejemplo, al arrojar a los vendedores

del templo, un celo que lo llevará a la muerte (Jn 2,17); sobre la caridad

fraterna, lavando personalmente los pies a sus discípulos, él que es el maestro

(Jn 13,14s).

Pero este ejemplo se lleva todavía más lejos. Jesús se identifica con los que

debe educar tomando sobre sí la corrección, el castigo que pesa sobre ellos (Is

53,5); cargando con sus flaquezas (Mt 8,17) quita el pecado del mundo (Jn

1,29). Así quiso conocer nuestras debilidades, él, que fue probado en todo, a

semejanza nuestra, fuera del pecado (Hb 4,15), él que aunque era Hijo,

aprendió por sus padecimientos la obediencia... y fue consumado (5,8s). Con

su sacrificio dio Jesús remate a la educación de Israel; aparentemente fracasó;

había anunciado lo que había de suceder (Jn 16,1-4), pero no pudo por sí

mismo hacerse comprender bien por sus discípulos (Jn 16,12s); conviene que

se vaya y que ceda el puesto al Espíritu (17,7s).

III. LA IGLESIA EDUCADA Y EDUCADORA. 1. El Espíritu Santo, educador. El

Paráclito es quien lleva completamente a término la obra educadora de Dios. Ya

no es la ley sino el Espíritu (Gá 3,19; 4,2), que, perfectamente interior a

nosotros mismos, nos hace decir: Abba!, ¡Padre! (Gá 4,6): ya no somos

siervos, sino amigos (Jn 15,15), hijos (Gá 4,7). Tal es la obra que realiza el

Paráclito trayendo ala memoria de los creyentes las enseñanzas de Jesús (Jn

14,16; 16,13ss), defendiendo la causa de Jesús contra el mundo perseguidor

(16,8-11).

2. instrucción y corrección. Sin embargo, hasta el fin de los tiempos conserva

la educación su aspecto de corrección que manifestaba el AT. La carta a los

Hebreos recuerda a los cristianos: Como con hijos se porta Dios con vosotros

(Hb 12,7s); así pues, si somos tibios, tenemos que contar con que la corrección

nos visite (Ap 3,19); estos juicios divinos, que no matan (2Co 6,9), libran de

la condenación (1Co 11,32) y después de hacer sufrir proporcionan gozo (Hb

12,11). También la escritura es fuente de instrucción y de corrección (1Co

148



10,11; Tit 2,12; 2Tm 3,16). Pablo mismo educa a sus corresponsales,

invitándolos a imitarlo (1Ts 1,16; 2Ts 3,7ss; 1Co 4,16; 11,1). Finalmente, los

creyentes deben practicar la corrección fraterna según el precepto de Jesús (Mt

18,15; cf. 1Ts 5,14; 2Ts 3,15; Col 3,16; 2Tm 2,25); es lo que hace Pablo con

vigor, sin temer manejar el palo (1Cor 4,21) y de apenar si es necesario (2Co

7,8-11) reprendiendo y amonestando sin cesar a sus hijos (1Co 4,14; Hc

20,31). Los padres, en la educación de sus hijos, no son sino mandatarios del

único educador, que es Dios: no deben exasperar a los niños, sino practicar

reprimendas y correcciones a la manera del mismo Dios (Ef 6,4).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA278



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL279



LECTURAS PARA ESTA SEMANA280



La educación

16. ¿En qué consiste la educación? Para responder a esta pregunta hay que

recordar dos verdades fundamentales. La primera es que el hombre está

llamado a vivir en la verdad y en el amor. La segunda es que cada hombre se

realiza mediante la entrega sincera de sí mismo. Esto es válido tanto para quien

educa como para quien es educado. La educación es, pues, un proceso singular

en el que la recíproca comunión de las personas está llena de grandes

significados. El educador es una persona que «engendra» en sentido espiritual.

Bajo esta perspectiva, la educación puede ser considerada un verdadero

apostolado. Es una comunicación vital, que no sólo establece una relación

profunda entre educador y educando, sino que hace participar a ambos en la

verdad y en el amor, meta final a la que está llamado todo hombre por parte de

Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

La paternidad y la maternidad suponen la coexistencia y la interacción de

sujetos autónomos. Esto es bien evidente en la madre cuando concibe un nuevo

ser humano. Los primeros meses de su presencia en el seno materno crean un

vínculo particular, que ya tiene un valor educativo. La madre, ya durante el

embarazo, forma no sólo el organismo del hijo, sino indirectamente toda su

humanidad. Aunque se trate de un proceso que va de la madre hacia el hijo, no

debe olvidarse la influencia específica que el que está para nacer ejerce sobre la

madre. En esta influencia recíproca, que se manifestará exteriormente después

de nacer el niño, no participa directamente el padre. Sin embargo, él debe

colaborar responsablemente ofreciendo sus cuidados y su apoyo durante el

embarazo e incluso, si es posible, en el momento del parto.

Para la «civilización del amor» es esencial que el hombre sienta la maternidad

de la mujer, su esposa, como un don. En efecto, ello influye enormemente en

todo el proceso educativo. Mucho depende de su disponibilidad a tomar parte de

manera adecuada en esta primera fase de donación de la humanidad, y a

dejarse implicar, como marido y padre, en la maternidad de su mujer.

La educación es, pues, ante todo una «dádiva» de humanidad por parte de

ambos padres: ellos transmiten juntos su humanidad madura al recién nacido,



278

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

279

Ver las indicaciones en la página 6

280

Tomada de Juan Pablo II: Carta a las familias, 15

149



el cual, a su vez, les da la novedad y el frescor de la humanidad que trae

consigo al mundo. Esto se verifica incluso en el caso de niños marcados por

limitaciones psíquicas o físicas. Es más, en tal caso su situación puede

desarrollar una fuerza educativa muy particular.

Con razón, pues, la Iglesia pregunta durante el rito del matrimonio: «¿Estáis

dispuestos a recibir de Dios responsable y amorosamente los hijos, y a

educarlos según la ley de Cristo y de su Iglesia?». El amor conyugal se

manifiesta en la educación, como verdadero amor de padres. La «comunión de

personas», que al comienzo de la familia se expresa como amor conyugal, se

completa y se perfecciona extendiéndose a los hijos con la educación. La

potencial riqueza, constituida por cada hombre que nace y crece en la familia,

es asumida responsablemente de modo que no degenere ni se pierda, sino que

se realice en una humanidad cada vez más madura. Esto es también un

dinamismo de reciprocidad, en el cual los padres-educadores son, a su vez,

educados en cierto modo. Maestros de humanidad de sus propios hijos, la

aprenden de ellos. Aquí emerge evidentemente la estructura orgánica de la

familia y se manifiesta el significado fundamental del cuarto mandamiento.

El «nosotros» de los padres, marido y mujer, se desarrolla, por medio de la

generación y de la educación, en el «nosotros» de la familia, que deriva de las

generaciones precedentes y se abre a una gradual expansión. A este respecto,

desempeñan un papel singular, por un lado, los padres de los padres y, por

otro, los hijos de los hijos.

Si al dar la vida los padres colaboran en la obra creadora de Dios, mediante la

educación participan de su pedagogía paterna y materna a la vez. La paternidad

divina, según san Pablo, es el modelo originario de toda paternidad y

maternidad en el cosmos (cf. Ef 3, 14-15), especialmente de la maternidad y

paternidad humanas. Sobre la pedagogía divina nos ha enseñado plenamente el

Verbo eterno del Padre, que al encarnarse ha revelado al hombre la dimensión

verdadera e integral de su humanidad: la filiación divina. Y así ha revelado

también cuál es el verdadero significado de la educación del hombre. Por medio

de Cristo toda educación, en familia y fuera de ella, se inserta en la dimensión

salvífica de la pedagogía divina, que está dirigida a los hombres y a las familias,

y que culmina en el misterio pascual de la muerte y resurrección del Señor. De

este «centro» de nuestra redención arranca todo proceso de educación

cristiana, que al mismo tiempo es siempre educación para la plena humanidad.

Los padres son los primeros y principales educadores de sus propios hijos, y en

este campo tienen incluso una competencia fundamental: son educadores por

ser padres. Comparten su misión educativa con otras personas e instituciones,

como la Iglesia y el Estado. Sin embargo, esto debe hacerse siempre aplicando

correctamente el principio de subsidiariedad. Esto implica la legitimidad e

incluso el deber de una ayuda a los padres, pero encuentra su límite intrínseco e

insuperable en su derecho prevalente y en sus posibilidades efectivas. El

principio de subsidiariedad, por tanto, se pone al servicio del amor de los

padres, favoreciendo el bien del núcleo familiar. En efecto, los padres no son

capaces de satisfacer por sí solos las exigencias de todo el proceso educativo,

especialmente lo que atañe a la instrucción y al amplio sector de la

socialización. La subsidiariedad completa así el amor paterno y materno,

ratificando su carácter fundamental, porque cualquier otro colaborador en el

proceso educativo debe actuar en nombre de los padres, con su consentimiento

y, en cierto modo, incluso por encargo suyo.

El proceso educativo lleva a la fase de la autoeducación, que se alcanza cuando,

gracias a un adecuado nivel de madurez psicofísica, el hombre empieza a

150



«educarse él solo». Con el paso de los años, la autoeducación supera las metas

alcanzadas previamente en el proceso educativo, en el cual, sin embargo, sigue

teniendo sus raíces. El adolescente encuentra nuevas personas y nuevos

ambientes, concretamente los maestros y compañeros de escuela, que ejercen

en su vida una influencia que puede resultar educativa o antieducativa.

En esta etapa se aleja, en cierto modo, de la educación recibida en familia,

asumiendo a veces una actitud crítica con los padres. Pero, a pesar de todo, el

proceso de autoeducación está marcado por la influencia educativa ejercida por

la familia y por la escuela sobre el niño y sobre el muchacho. El joven,

transformándose y encaminándose también en la propia dirección, sigue

quedando íntimamente vinculado a sus raíces existenciales.

Sobre esta perspectiva se perfila, de manera nueva, el significado del cuarto

mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20, 12), el cual está

relacionado orgánicamente con todo el proceso educativo. La paternidad y

maternidad, elemento primero y fundamental en el proceso de dar la

humanidad, abren ante los padres y los hijos perspectivas nuevas y más

profundas. Engendrar según la carne significa preparar la ulterior «generación»,

gradual y compleja, mediante todo el proceso educativo. El mandamiento del

Decálogo exige al hijo que honre a su padre y a su madre; pero, como ya se ha

dicho, el mismo mandamiento impone a los padres un deber en cierto modo

«simétrico». Ellos también deben «honrar» a sus propios hijos, sean pequeños o

grandes, y esta actitud es indispensable durante todo el proceso educativo,

incluido el escolar. El «principio de honrar», es decir, el reconocimiento y el

respeto del hombre como hombre, es la condición fundamental de todo proceso

educativo auténtico.

En el ámbito de la educación la Iglesia tiene un papel específico que

desempeñar. A la luz de la tradición y del magisterio conciliar, se puede afirmar

que no se trata sólo deconfiar a la Iglesia la educación religioso-moral de la

persona, sino de promover todo el proceso educativo de la persona «junto con»

la Iglesia. La familia está llamada a desempeñar su deber educativo en la

Iglesia, participando así en la vida y en la misión eclesial. La Iglesia desea

educar sobre todo por medio de la familia, habilitada para ello por el

sacramento, con la correlativa «gracia de estado» y el específico «carisma» de

la comunidad familiar.

Uno de los campos en los que la familia es insustituible es ciertamente el de la

educación religiosa, gracias a la cual la familia crece como «iglesia doméstica».

La educación religiosa y la catequesis de los hijos sitúan a la familia en el

ámbito de la Iglesia como un verdadero sujeto de evangelización y de

apostolado. Se trata de un derecho relacionado íntimamente con el principio de

la libertad religiosa. Las familias, y más concretamente los padres, tienen la

libre facultad de escoger para sus hijos un determinado modelo de educación

religiosa y moral, de acuerdo con las propias convicciones. Pero incluso cuando

confían estos cometidos a instituciones eclesiásticas o a escuelas dirigidas por

personal religioso, es necesario que su presencia educativa siga siendo

constante y activa.

No hay que descuidar, en el contexto de la educación, la cuestión esencial del

discernimiento de la vocación y, en éste, la preparación para la vida

matrimonial, en particular. Son notables los esfuerzos e iniciativas emprendidas

por la Iglesia de cara a la preparación para el matrimonio, por ejemplo, los

cursillos prematrimoniales. Todo esto es válido y necesario; pero no hay que

olvidar que la preparación para la futura vida de pareja es cometido sobre todo

de la familia. Ciertamente, sólo las familias espiritualmente maduras pueden

151



afrontar de manera adecuada esta tarea. Por esto se subraya la exigencia de

una particular solidaridad entre las familias, que puede expresarse mediante

diversas formas organizativas, como las asociaciones de familias para las

familias. La institución familiar sale reforzada de esta solidaridad, que acerca

entre sí no sólo a los individuos, sino también a las comunidades,

comprometiéndolas a rezar juntas y a buscar con la ayuda de todos las

respuestas a las preguntas esenciales que plantea la vida. ¿No es ésta una

forma maravillosa de apostolado de las familias entre sí? Es importante que las

familias traten de construir entre ellas lazos de solidaridad. Esto, sobre todo, les

permite prestarse mutuamente un servicio educativo común: los padres son

educados por medio de otros padres, los hijos por medio de otros hijos. Se crea

así una peculiar tradición educativa, que encuentra su fuerza en el carácter de

«iglesia doméstica», que es propio de la familia.

Es el evangelio del amor la fuente inagotable de todo lo que nutre a la familia

como «comunión de personas». En el amor encuentra ayuda y significado

definitivo todo el proceso educativo, como fruto maduro de la recíproca entrega

de los padres. A través de los esfuerzos, sufrimientos y desilusiones, que

acompañan la educación de la persona, el amor no deja de estar sometido a un

continuo examen. Para superar esta prueba se necesita una fuerza espiritual

que se encuentra sólo en Aquel que «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1). De este

modo, la educación se sitúa plenamente en el horizonte de la «civilización del

amor»; depende de ella y, en gran medida, contribuye a construirla.

La Iglesia ora de forma incesante y confiada durante el Año de la familia por la

educación del hombre, para que las familias perseveren en su deber educativo

con valentía, confianza y esperanza, a pesar de las dificultades a veces tan

graves que parecen insuperables. La Iglesia reza para que venzan las fuerzas de

la «civilización del amor», que brotan de la fuente del amor de Dios; fuerzas

que la Iglesia emplea sin cesar para el bien de toda la familia humana.



Preguntas para reflexionar en pareja



¿Tienen relación la educación y la corrección de los hijos con el cuarto

mandamiento de la Ley de Dios? ¿Por qué? ¿Cuáles son las principales

dificultades que afrontan los padres en relación con la educación de sus hijos?

¿Cuáles de esos problemas les crean dificultades a ustedes? ¿Con cuáles

criterios manejan ustedes la educación de sus hijos? ¿Qué significa para ustedes

la afirmación del Papa de que los padres son los primeros y principales

educadores de sus propios hijos? ¿Cuál debe ser la relación y el control que los

padres deben ejercer sobre otras instituciones educativas, por ejemplo, la

escuela? ¿La lectura y el estudio de este mes les lleva a ustedes a tomar

decisiones nuevas en relación con la educación de sus hijos?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA281



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA282









281

Ver indicaciones y notas en la página 11

282

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

152



29. VEJEZ



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar283

VEJEZ

Vivir largo tiempo es el deseo de quienquiera que se siente feliz en medio de

sus bienes; pero si la vejez puede ser rica en experiencia y sabiduría, también

puede ser pesada para el desgraciado gastado por la edad y que va perdiendo la

paciencia (Si 41,1s). Así la vejez cambia de sentido según que aparezca como

el camino del descenso hacia la muerte o como el del progreso hacia la felicidad

eterna.

1. Larga vida y proximidad de la muerte. La vida, aun amenazada por la

muerte, es un don de Dios; una larga vida es por tanto deseable; prometida a

quien honra a sus padres (Éx 20,12), es una corona para el justo (Pr 10,27;

16,31) que tiene así el gozo de ver los hijos de sus hijos (Pr 10, 27; 16,31)

que tiene así el gozo de ver los hijos de sus hijos (Pr 17,6). Como Abraham

lleno de días (Gn 25,8), el justo, después de una vejez dichosa y floreciente

(Sal 92,15); puede morir en paz, consciente de que su vida ha sido llena (Gn

15,15; Tb 14,1; Si 44,14). Pero también se da el caso de que la muerte sea

una liberación (Si 41,2), cuando el anciano siente declinar su vigor (Sal 71,9;

Qo 12,5) y nota que nada tiene ya sabor para él (2Sa 19,36).

2. Larga experiencia y progreso en la sabiduría. Todos los pueblos han

vinculado la autoridad a la edad y a la experiencia que ésta proporciona;

también en la Biblia están los ancianos a la cabeza de las comunidades (Éx

3,16; 18,12; 2Sa 5,3; Esd 6,7; Hc 11,30; 15,4) Aunque hay algunos ancianos

de una corrupción y de una injusticia escandalosas (Si 25,2; Dn 13,5), las

canas merecen respeto (Lv 19,32; 1Tm 5,1s) y los hijos deben socorrer a sus

padres de edad avanzada (Si 3,12). El anciano, por razón de su sabiduría (Si

25,4s) y como testigo de la tradición, puede hablar con autoridad; debe, sin

embargo, hacerlo con discreción (Si 32,3; 42,8). Un peligro amenaza, en

efecto, a los ancianos: cerrarse a toda novedad en lugar de mantenerse

abiertos a la verdad; esta falsa fidelidad a la tradición (Mt 15,2-6) llevó a los

ancianos del pueblo a unirse a los enemigos de Cristo que lo insultaron en la

cruz (27,1.41). Así pues, los años no son suficientes para hacer al anciano

digno del honor que se le tributa; más aún: la sabiduría puede ser patrimonio

de la juventud (Sal 119,100; Sb 4,8s.16), y para entrar en el reino deben

todos recibirlo como niños pequeños (Mc 10,15). Así pues, los cristianos

avanzados en edad deben seguir los consejos del viejo Pablo (Flm 9) y brillar

por sus virtudes (Tit 2,2-5).

La vejez es símbolo de la eternidad; el Eterno se aparece a Daniel bajo el

símbolo de un anciano (Dn 7,9), y asimismo los veinticuatro ancianos. (Ap

4,4; 5,14...)



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA284



283

Adaptado de LACAN, Marc-Francois. Vejez En VTB p. 922-923.

284

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

153



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL285



LECTURAS PARA ESTA SEMANA286

La Iglesia y los ancianos

«La vida de los ancianos [...] ayuda a captar mejor la escala de los valores

humanos, enseña la continuidad de las generaciones y demuestra

maravillosamente la interdependencia del pueblo de Dios»287. La Iglesia es, de

hecho, el lugar donde las distintas generaciones están llamadas a compartir el

proyecto de amor de Dios en una relación de intercambio mutuo de los dones

que cada cual posee por la gracia del Espíritu Santo. Un intercambio en el que

los ancianos transmiten valores religiosos y morales que representan un rico

patrimonio espiritual para la vida de las comunidades cristianas, de las familias

y del mundo.

La práctica religiosa ocupa un lugar destacado en la vida de las personas

ancianas. La tercera edad parece favorecer una apertura especial a la

trascendencia. Lo confirman, entre otras cosas, su participación, en gran

número, en las asambleas litúrgicas; el cambio decisivo en muchos ancianos

que se acercan de nuevo a la Iglesia después de años de alejamiento, y el

espacio importante que se da a la oración: ésta representa una aportación

invaluable al capital espiritual de oraciones y sacrificios del cual la Iglesia se

beneficia abundantemente y que ha de revalorarse en las comunidades

eclesiales y en las familias.

Vivida en forma sencilla, pero no por esto menos profunda, la religiosidad de las

personas ancianas, hombres y mujeres --determinada también por la mayor o

menor intensidad que ha tenido su modo de vivir la fe en las etapas anteriores

de la vida-- se presenta en formas bastante diversificadas.

A veces lleva las connotaciones de un cierto fatalismo: en tal caso, el

sufrimiento, las limitaciones, las enfermedades, las pérdidas vinculadas con esta

fase de la vida se consideran como un signo de Dios, ciertamente no benévolo,

más bien como castigo. La comunidad eclesial tiene la responsabilidad de

purificar ese fatalismo, haciendo evolucionar la religiosidad del anciano y dando

una perspectiva de esperanza a su fe.

En esta tarea, la catequesis tiene el papel fundamental de disolver la imagen de

un Dios implacable, llevando al anciano a descubrir el Dios del amor. El

conocimiento de la Escritura, la profundización de los contenidos de nuestra fe,

la meditación sobre la muerte y resurrección de Cristo, ayudarán al anciano a

superar una concepción retributiva de su relación con Dios, que nada tiene que

ver con su amor de Padre. Al participar en la oración litúrgica y sacramental de

la comunidad cristiana y compartir su vida, el anciano comprenderá cada vez

más que el Señor no permanece impasible ante el dolor del hombre ni ante el

peso de su propia vida.

Es deber de la Iglesia anunciar a los ancianos la buena noticia de Jesús que se

revela a ellos como se reveló a Simeón y a Ana, los anima con su presencia y

los hace gozar interiormente por el cumplimiento de las esperanzas y promesas

que ellos han sabido mantener vivas en sus corazones (cf. Lc 2, 25-38).





285

Ver las indicaciones en la página 6

286

Tomada de Pontificio Consejo para los Laicos: La dignidad del anciano y su misión en la

Iglesia y en el mundo, 15

287

Juan Pablo II: Insegnamenti III, 2 (1980), p. 539.

154



Es deber de la Iglesia ofrecer a los ancianos la posibilidad de encontrarse con

Cristo, ayudándoles a redescubrir el significado de su propio Bautismo, por

medio del cual han sido sepultados con Cristo en la muerte, para que «así como

Cristo ha resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también

[ellos] lleven una vida nueva» (Rom 6,4), y encuentren el sentido de su propio

presente y futuro. La esperanza, en efecto, hunde sus raíces en la fe en esa

presencia del Espíritu de Dios, «que resucitó a Jesús de entre los muertos» y

hará revivir nuestros cuerpos mortales (cf. ibid. 8,11). La conciencia de una

nueva vida en el Bautismo hace que en el corazón de una persona anciana no

desfallezca el asombro del niño ante el misterio del amor de Dios manifestado

en la creación y en la redención.

Es deber de la Iglesia hacer adquirir a los ancianos una viva conciencia de la

tarea que tienen, ellos también, de transmitir al mundo el Evangelio de Cristo,

revelando a todos el misterio de su perenne presencia en la historia. Y hacerlos

también conscientes de la responsabilidad que se desprende, para ellos, de ser

testigos privilegiados --ante la comunidad humana y cristiana-- de la fidelidad

de Dios, que mantiene siempre sus promesas al hombre.

La pastoral de evangelización o reevangelización del anciano debe estar

enfocada hacia el desarrollo de la espiritualidad que caracteriza esa edad, es

decir, la espiritualidad de ese continuo renacer que Jesús mismo indica al

anciano Nicodemo, invitándolo a que no se deje detener por la vejez y se

empeñe a renacer, en el Espíritu, a una vida siempre nueva, llena de esperanza,

porque «lo que nace del hombre es humano; lo engendrado por el Espíritu, es

espiritual» (Jn 3, 5).

A todos sus discípulos, en todas las etapas de la vida, Cristo hace un

llamamiento a la santidad: «Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es

perfecto» (Mt 5, 48). Los ancianos también, no obstante el transcurso de los

años que puede apagar impulsos y entusiasmos, deben sentirse más que nunca

llamados a medirse con los horizontes fascinantes de la santidad cristiana: el

cristiano no debe dejar que la apatía y el cansancio lo detengan en su camino

espiritual.

Esta tarea pastoral incluye la necesidad de formar sacerdotes, operadores y

voluntarios --jóvenes, adultos y los mismos ancianos-- que, ricos en humanidad

y espiritualidad, tengan la capacidad de acercarse a las personas de la tercera y

de la cuarta edad y de satisfacer esperanzas, con frecuencia muy

individualizadas, de orden humano, social, cultural y espiritual.

Los ancianos, con sus exigencias espirituales, tendrán que ser tenidos en cuenta

también por los distintos sectores de la pastoral especializada: desde la pastoral

familiar --que no puede descuidar su relación con la familia, no sólo en el

ámbito de los servicios, sino en el de la vida religiosa-- hasta la pastoral social,

sin olvidar la pastoral de los agentes sanitarios.

Es indispensable, en la tarea pastoral, la aportación de los ancianos mismos

que, de su riqueza de fe y de vida, pueden sacar cosas nuevas y cosas antiguas,

no sólo en beneficio propio, sino de toda la comunidad. Lejos de ser sujetos

pasivos de la atención pastoral de la Iglesia, los ancianos son apóstoles

insustituibles, sobre todo entre sus coetáneos, pues nadie conoce mejor que

ellos los problemas y la sensibilidad de esa fase de la vida humana. Cobra

especial importancia, hoy, el apostolado de los ancianos con los ancianos en

forma de testimonio de vida. En nuestros tiempos, escribió Pablo VI en la

Evangelii nuntiandi, el hombre «escucha más a gusto a los que dan testimonio

que a los que enseñan, o si escucha a los que enseñan es porque dan

testimonio» (n. 41). No es secundario, por tanto, el anuncio directo de la

155



palabra de Dios del anciano al anciano, y del anciano a las generaciones de los

hijos y de los nietos.

Mediante la palabra y la oración, pero también con las renuncias y los

sufrimientos que la edad avanzada lleva consigo, los ancianos han sido y siguen

siendo siempre testigos elocuentes y comunicadores de la fe en las

comunidades cristianas y en las familias. A veces incluso en condiciones de

verdadera persecución. Como ha sido el caso, por ejemplo, en los regímenes

totalitarios ateos del socialismo real en el siglo veinte. ¿Quién no ha oído hablar

de las «babuskas» rusas? Las abuelas que, durante largas décadas en las que

cualquier expresión de fe equivalía a ejercer una actividad criminal, fueron

capaces de mantener viva la fe cristiana, transmitiéndola a las generaciones de

sus nietos. Gracias a su valor, no desapareció totalmente la fe en los países ex-

comunistas, y hoy existe un punto de apoyo --aunque mínimo-- para la nueva

evangelización. El Año del Anciano brinda una ocasión preciosa para recordar

esas figuras extraordinarias de ancianos --hombres y mujeres-- y su silencioso

y heroico testimonio. No sólo la Iglesia, sino la civilización humana, les debe

mucho.

Un papel importante en la promoción de la participación activa de los ancianos

en la obra de evangelización lo desempeñan, hoy, las asociaciones y

movimientos eclesiales, «uno de los dones del Espíritu a [la Iglesia de] nuestro

tiempo»288. En las varias asociaciones presentes en nuestras parroquias, los

ancianos ya han encontrado un terreno muy fértil para su propia formación, su

compromiso y su apostolado, transformándose en verdaderos protagonistas en

la comunidad cristiana. No faltan tampoco asociaciones, grupos y comunidades

que trabajan específicamente en el mundo de la tercera edad. Gracias a sus

carismas, todas estas realidades crean ambientes de comunión entre las

generaciones y un clima espiritual que ayuda a los ancianos a mantener el

impulso y la juventud espiritual.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿El grupo social al que ustedes pertenecen, qué puesto dan a los ancianos?

¿Qué piensan ustedes de la problemática planteada por los ancianos a las

familias contemporáneas? ¿Cómo viven esa problemática en su propia familia?

¿Qué luces arroja la lectura para una nueva comprensión del problema? ¿Qué

puesto concede la Iglesia a los ancianos en la comunidad y en la familia? ¿Cómo

podríamos recuperar ese puesto en nuestras familias?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA289



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA290









288

Cf. Juan Pablo II, Homilía durante la Vigilia de Pentecostés, L'Osservatore Romano, 27-28 de

mayo, 1996, p. 7.

289

Ver indicaciones y notas en la página 11

290

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

156



30. VIUDAS

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar291

VIUDAS

La viuda, solitaria (Bar 4,12-16), representa un caso típico de desgracia (Is

47,9). Su indumentaria (Gén 38,14; Jdt 10,3) manifiesta un doble luto: a

menos que contraiga de nuevo matrimonio, ha perdido la esperanza de la

fecundidad; está además sin defensa.

1. La asistencia a las viudas. La viuda, como el huérfano y el extranjero, es

objeto de especial protección de la ley (Éx 22,20-23; Dt 14,28-29; 24,17-22) y

de Dios (Dt 10,17s), que escucha su lamentación (Eclo 35,14s), se constituye

en su defensa y en su vengador (Sal 94,6-10). ¡Ay de los que abusen de su

debilidad! (Is 10,2; Mc 12,40 p). Jesús, como Elías, devuelve a una viuda su

hijo único (Lc 7,11-15; 1Re 17,17-24) y confía a María al discípulo amado (Jn

19,26s). En el servicio cotidiano de la Iglesia primitiva se pone cuidado en

atender a las necesidades de las viudas (Act 6,1). Si no tienen ya parientes

(1Tim 5,16; cf. Act 9,36-39), la comunidad debe cuidar de ellas, como lo exige

la verdadera piedad (Sant 1,27; cf. Dt 26,12s; Job 31,16).

Igualmente Pablo que, para evitar los peligros de inmoralidad, tolera hasta las

recomienda a las viudas jóvenes (1Tim 5,13-15), estima mejor la viudez (1Cor

7,8) y ve en ella una indicación providencial de que hay que renunciar al

matrimonio (7,17.24). La viudez, igual que la virginidad, es un ideal espiritual

que dispone para la acción de Dios y hace libres para su servicio (7,34).

3. La institución de las viudas. En la Iglesia todas las viudas deben ser

irreprochables (1Tim 5,7.14). Algunas, verdaderamente solas, libres de toda

obligación familiar y renunciando a toda disposición, se consagrarán a la

oración (5,5s). Existe también un compromiso oficial de viudez permanente

(5,12). En él se admiten viudas que sólo se han casado una vez y han llegado a

los sesenta años (5,9): es probable que ejercieran funciones de caridad, pues

debían haber dado en el pasado garantías desinteresadas (5,10).

El ideal propuesto a las viudas en la última etapa de su vida se resume, pues,

en la oración, la castidad y la caridad.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA292



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL293



LECTURAS PARA ESTA SEMANA294

Conciencia de una misión

30. La dignidad de la mujer se relaciona íntimamente con el amor que recibe

por su femineidad y también con el amor que, a su vez, ella da. Así se confirma



291

Adaptado de SANDEVOIR, Pierre. Viudas En VTB p. 961-962.

292

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

293

Ver las indicaciones en la página 6

294

Tomada de Juan Pablo II: Mulieris Dignitatem, 30-31

157



la verdad sobre la persona y sobre el amor. Sobre la verdad de la persona se

debe recurrir una vez más al Concilio Vaticano II: "El hombre, única criatura

terrestre a la que Dios ha amado por sí misma, no puede encontrar su propia

plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás"295. Esto se

refiere a todo hombre, como persona creada a imagen de Dios, ya sea hombre

o mujer. La afirmación de naturaleza ontológica contenida aquí indica también

la dimensión ética de la vocación de la persona. La mujer no puede encontrarse

a sí misma si no es dando amor a los demás.

Desde el "principio" la mujer, al igual que el hombre, ha sido creada y "puesta"

por Dios precisamente en este orden del amor. El pecado de los orígenes no ha

anulado este orden, no lo ha cancelado de modo irreversible; lo prueban las

palabras bíblicas del Protoevangelio (cf. Gen. 3, 15). En la presente reflexión

hemos señalado el puesto singular de la "mujer" en este texto clave de la

Revelación. Es preciso manifestar también cómo la misma mujer, que llega a

ser "paradigma" bíblico, se halla asimismo en la perspectiva escatológica del

mundo y del hombre expresada por el Apocalipsis. Es "una Mujer, vestida del

sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza"

(Ap. 12, 1). Se podría decir: una mujer a la medida del cosmos, a la medida de

toda la obra de la creación. Al mismo tiempo sufre "con los dolores del parto y

con el tormento de dar a luz" (Ap. 12, 2), como Eva "madre de todos los

vivientes" (Gén. 3, 20). Sufre también porque "delante de la mujer que está

para dar a luz" (cf. Ap. 12, 4) se pone "el gran dragón, la serpiente antigua"

(Ap. 12, 9), conocida ya por el Protoevangelio: el Maligno, "padre de la mentira"

y del pecado (cf. Jn. 8, 44). Pues la "serpiente antigua" quiere devorar "al niño".

Si vemos en este texto el reflejo del evangelio de la infancia (cf. Mt. 2, 13. 16)

podemos pensar que en el paradigma bíblico de la "mujer" se encuadra, desde

el inicio hasta el final de la historia, la lucha contra el mal y contra el Maligno.

Es también la lucha a favor del hombre, de su verdadero bien, de su salvación.

¿No quiere decir la Biblia que precisamente en la "mujer", Eva-María, la historia

constata una dramática lucha por cada hombre, la lucha por su fundamental "sí"

o "no" a Dios y a su designio eterno sobre el hombre?

Si la dignidad de la mujer testimonia el amor, que ella recibe para amar a su

vez, el paradigma bíblico de la "mujer" parece desvelar también cuál es el

verdadero orden del amor que constituye la vocación de la mujer misma. Se

trata aquí de la vocación en su significado fundamental, -podríamos decir

universal- que se concreta y se expresa después en las múltiples "vocaciones"

de la mujer, tanto en la Iglesia como en el mundo.

La fuerza moral de la mujer, su fuerza espiritual, se une a la conciencia de que

Dios le confía de un modo especial el hombre, es decir, el ser humano.

Naturalmente, cada hombre es confiado por Dios a todos y cada uno. Sin

embargo, esta entrega se refiere especialmente a la mujer --sobre todo en

razón de su femineidad-- y ello decide principalmente su vocación.

Tomando pie de esta conciencia y de esta entrega, la fuerza moral de la mujer

se expresa en numerosas figuras femeninas del Antiguo Testamento, del tiempo

de Cristo, y de las épocas posteriores hasta nuestros días.

La mujer es fuerte por la conciencia de esta entrega, es fuerte por el hecho de

que Dios "le confía el hombre", siempre y en cualquier caso, incluso en las

condiciones de discriminación social en la que pueda encontrarse. Esta

conciencia y esta vocación fundamental hablan a la mujer de la dignidad que

recibe de parte de Dios mismo, y todo ello la hace "fuerte" y la reafirma en su



295

Conc. Vat. II, Gaudium et spes, 24.

158



vocación. De este modo, la "mujer perfecta" (cf. Prov. 31, 10) se convierte en

un apoyo insustituible y en una fuente de fuerza espiritual para los demás, que

perciben la gran energía de su espíritu. A estas "mujeres perfectas" deben

mucho sus familias y, a veces, también las Naciones.

En nuestros días los éxitos de la ciencia y de la técnica permiten alcanzar de

modo hasta ahora desconocido un grado de bienestar material que, mientras

favorece a algunos, conduce a otros a la marginación. De ese modo, este

progreso unilateral puede llevar también a una gradual pérdida de la

sensibilidad por el hombre, por todo aquello que es esencialmente humano. En

este sentido, sobre todo el momento presente espera la manifestación de aquel

"genio" de la mujer, que asegure en toda circunstancia la sensibilidad por el

hombre, por el hecho de que es ser humano. Y porque "la mayor es a caridad"

(1 Cor. 13, 13).

Así pues, una atenta lectura del paradigma bíblico de la "mujer" -desde el Libro

del Génesis hasta el Apocalipsis- nos confirma en que consisten la dignidad y la

vocación de la mujer y todo lo que en ella es inmutable y no pierde vigencia,

poniendo "su último fundamento en Cristo, quien existe ayer, hoy y para

siempre"296. Si el hombre es confiado de modo particular por Dios a la mujer,

¿no significa esto tal vez que Cristo espera de ella la realización de aquel

"sacerdocio real" (1 Ped. 2, 9), que es la riqueza dada por El a los hombres?

Cristo, sumo y único sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza, y Esposo de la

Iglesia, no deja de someter esta misma herencia al Padre mediante el Espíritu

Santo, para que Dios sea "todo en todos" (1 Cor. 15, 28)297.

Entonces se cumplirá definitivamente la verdad de que "la mayor es la caridad"

(1 Cor. 13, 13).

"Si Conocieras el don de Dios"

31. "Si conocieras el don de Dios" (Jn. 4, 10), dice Jesús a la samaritana en el

transcurso de uno de aquellos admirables coloquios que muestran la gran

estima que Cristo tiene por la dignidad de la mujer y por la vocación que le

permite tomar parte en su misión mesiánica.

La presente reflexión, que llega ahora a su fin, está orientada a reconocer desde

el interior del "don de Dios" lo que El, creador y redentor, confía a la mujer, a

toda mujer. En el Espíritu de Cristo ella puede descubrir el significado pleno de

su femineidad y, de esta manera, disponerse al "don sincero de sí misma" a los

demás, y de este modo encontrarse a sí misma.

En el Año Mariano la Iglesia desea dar gracias a la Santísima Trinidad por el

"misterio de la mujer" y por cada mujer, por lo que constituye la medida eterna

de su dignidad femenina, por las "maravillas de Dios", que en la historia de la

humanidad se han cumplido en ella y por medio de ella. En definitiva, ¿no se ha

obrado en ella y por medio de ella lo más grande que existe en la historia del

hombre sobre la tierra, es decir, el acontecimiento de que Dios mismo se ha

hecho hombre?

La Iglesia, por consiguiente, da gracias por todas las mujeres y por cada una:

por las madres, las hermanas, las esposas; por las mujeres consagradas a Dios

en la virginidad; por las mujeres dedicadas a tantos y tantos seres humanos

que esperan el amor gratuito de otra persona; por las mujeres que velan por el

ser humano en la familia, la cual es el signo fundamental de la comunidad

humana; por las mujeres que trabajan profesionalmente, mujeres cargadas a

veces con una gran responsabilidad social; por las mujeres "perfectas" y por las



296

Ibid., 10

297

Cf. Conc. Vat. II, Lumen gentium, 36.

159



mujeres "débiles". Por todas ellas, tal como salieron del corazón de Dios en toda

la belleza y riqueza de su femineidad, tal como han sido abrazadas por su amor

eterno; tal como, junto con los hombres, peregrinan en esta tierra que es "la

patria" de la familia humana, que a veces se transforma en "un valle de

lágrimas". Tal como asumen, juntamente con el hombre, la responsabilidad

común por el destino de la humanidad, en las necesidades de cada día y según

aquel destino definitivo que los seres humanos tienen en Dios mismo, en el

seno de la Trinidad inefable.

La Iglesia expresa su agradecimiento por todas las manifestaciones del "genio"

femenino aparecidas a lo largo de la historia, en medio de los pueblos y de las

naciones; da gracias por todos los carismas que el Espíritu Santo otorga a las

mujeres en la historia del Pueblo de Dios, por todas las victorias que debe a su

fe, esperanza y caridad; manifiesta su gratitud por todos los frutos de santidad

femenina.

La Iglesia pide, al mismo tiempo, que estas inestimables "manifestaciones del

Espíritu" (cf. 1 Cor. 12, 4 ss.), que con grande generosidad han sido dadas a las

"hijas" de la Jerusalén eterna, sean reconocidas debidamente, valorizadas, para

que redunden en común beneficio de la Iglesia y de la humanidad,

especialmente en nuestros días. Al meditar sobre el misterio bíblico de la

"mujer", la Iglesia ora para que todas las mujeres se hallen de nuevo a sí

mismas en este misterio y hallen su "vocación suprema".

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Qué concepto tiene nuestra sociedad de las viudas, las solteras maduras, las

ancianas? ¿Qué piensan ustedes al respecto? ¿Nos da la lectura realizada una

luz al respecto? ¿Nuestras comunidades podrían aportar, a la luz del evangelio y

de la doctrina de la Iglesia, derroteros nuevos a esta realidad?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA298



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA299









31. PERDON



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar300

PERDON

En la Biblia es el pecador un deudor cuya deuda condona Dios (Heb, salah:

Núm 14,19); condonación tan eficaz que Dios no ve ya el pecado, que queda

como echado detrás de él (Is 38,17; Éx 32,32; Is 6,7). Cristo, utilizando el





298

Ver indicaciones y notas en la página 11

299

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

300

Adaptado de GILBERT, Jean y LACAN, Marc-Francois. Perdón En VTB p. 680-683.

160



mismo vocabulario, subraya que la condonación o remisión es gratuita y el

deudor insolvente (Lc 7,42; Mt 18,25ss).

I. EL DIOS DE PERDON. El Dios celoso (Éx 20,5) se revela un Dios de perdón.

La apostasía subsiguiente a la alianza, que merecería la destrucción del pueblo

(Éx 32,30ss). Es un pueblo de dura cerviz. Pero perdona nuestras faltas y

nuestros pecados y haz de nosotros tu heredad (Éx 34,6-9).

Humana y jurídicamente no se justifica el perdón. El Dios santo ¿no debe

revelar su santidad por su justicia (Is 5,16) y descargarla sobre los que le

desprecian (5,24)? ¿Cómo podría contar con el perdón la esposa infiel a la

alianza, ella que no se ruboriza por su prostitución (Jr 3,1-5)? Pero el corazón

de Dios no es el del hombre, (Os 11,8s; Éx 18,23; Is 55,7ss). Esto es lo que

hace tan confiada la oración de los salmistas: Dios perdona al pecador que se

acusa (Sal 32,5, cf. 2Sa 12,13); lejos de querer perderlo (Sal 78,38), lejos de

despreciarlo, lo recrea, purificando y colmando de gozo su corazón contrito y

humillado (Sal 51,10-14.19, cf. 32,1-11); es un padre que perdona todo a sus

hijos (Sal 103,8-14; Neh 9,17; Dn 9,9), siempre pronto a arrepentirse del mal

con que ha amenazado al pecador, si éste se convierte (Jl 2,13); pero Jonás,

que es el tipo del particularismo de Israel, queda desconcertado al ver que este

perdón se ofrece a todos los hombres (Jon 3,10; 4,2; Cf. Sb 11,23-12,2;

11,23.26).

II. EL PERDON DE DIOS POR CRISTO. Así pues, como Israel (Lc 1,77), Juan

Bautista aguarda la remisión de los pecados y predica un bautismo que es su

condición: Haced penitencia; es su condición (Mt 3,1-12). Y Juan Bautista se

hace sus preguntas (cf. L, 7,19-23) al oír a Jesús no sólo invitar a los

pecadores a convertirse y a creer (Mc 1,15), sino proclamar que ha venido

únicamente para curar y perdonar.

1. El anuncio del perdón. Jesús fue enviado por su Padre no como juez, sino

como salvador (Jn 3,17s; 12,47). Invita a la conversión a todos los que la

necesitan (Lc 5,32 p) y suscita esta conversión (Lc 19,1-10) revelando que

Dios es un Padre que tiene su gozo en perdonar (Lc 15) y cuya voluntad es

que nada se pierda (Mt 18,12ss). Jesús no sólo anuncia este perdón, al que se

abre la fe humilde, mientras que el orgullo se cierra al mismo (Lc 7,47-50;

18,9-14), sino que además lo ejerce y testimonia con sus obras que dispone de

este poder reservado a Dios (Mc 2,5-11 p; cf. Jn 5,21).

2. El sacrificio para la remisión de los pecados. Cristo corona su obra

obteniendo a los pecadores el perdón de su Padre. Ora (Lc 23,34) y derrama

su sangre (Mc 14,24) en remisión de los pecados (Mt 26,28). Verdadero

siervo de Dios, justifica a la multitud con cuyos pecados carga (1Pe 2,24; cf.

Mc 10,45; Is 53,11s), pues es el cordero que quita los pecados del mundo (Jn

1,29) salvando al mundo. Por su sangre somos purificados, lavados de

nuestras faltas (1Jn 1,7; Ap 1,5).

3. La comunicación del poder de perdonar. Cristo resucitado, que tiene todo

poder en el cielo y en la tierra comunica a los apóstoles el poder de perdonar los

pecados (Jn 20,22s; cf. Mt 16,19, 18,18). La primera remisión de los pecados

se otorgará en el bautismo, a todos los que se conviertan y crean en el nombre

de Jesús (Mt 28,19; Mc 16,16, Act 2,38; 3,19).

Los apóstoles predican por tanto la remisión de los pecados (Act 2,38; 5,31;

10,43; 13,38; 26,18), pero en sus escritos insisten menos en el aspecto jurídico

del perdón que en el amor divino que por Jesús nos salva y nos santifica (p.e.,

161



Rom 5,1-11). Nótese el papel de la oración de la iglesia y de la confesión

mutua de las faltas como medio para obtener la curación y el perdón de los

pecados (San 5,15s).

III. EL PERDÓN DE LAS OFENSAS. Ya en el AT, la ley no sólo pone un límite a

la venganza con la norma del talión (Éx 21,25), sino que además prohibe el

odio del hermano, la venganza y el rencor contra el prójimo (Lev 19,17s). El

sabio Ben Sira meditó sobre estas prescripciones; descubrió el nexo que une el

perdón otorgado por el hombre a su semejante con el perdón (Eclo 28,2-5; Sap

12,19.22).

Jesús reasumirá y transformará esta doble lección (Mt 18,23-35; Mt 6,14s; Lc

11,4; Mt 6,12) y va más lejos: como el libro de la Sabiduría, da a Dios por

modelo de misericordia (Lc 6,35s) a aquellos cuyo Padre es y que han de

imitarle para ser sus verdaderos hijos (Mt 5,43ss.48). El perdón no es sólo una

condición previa de la vida nueva, sino uno de sus elementos esenciales: Jesús

prescribe por tanto a Pedro que perdone sin intermisión, al revés del pecador,

que tiende a vengarse desmesuradamente (Mt 18,21s; cf. Gén 4,24). Esteban

siguiendo el ejemplo del Señor (Lc 23,34), murió perdonando (Act 7,60). El

cristiano, para vencer como ellos el mal con el bien (Rom 12,21; cf. 1Pe 3,9),

debe perdonar siempre, y perdonar por amor, como Cristo (Col 3,13), como su

Padre (Ef 4,32).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA301



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL302



LECTURAS PARA ESTA SEMANA303

El sacramento de la conversión y reconciliación

58. Parte esencial y permanente del cometido de santificación de la familia

cristiana es la acogida de la llamada evangélica a la conversión, dirigida a todos

los cristianos que no siempre permanecen fieles a la "novedad" del bautismo

que los ha hecho "santos". Tampoco la familia es siempre coherente con la ley

de la gracia y de la santidad bautismal, proclamada nuevamente en el

sacramento del matrimonio.

El arrepentimiento y perdón mutuo dentro de la familia cristiana que tanta parte

tienen en la vida cotidiana, hallan su momento sacramental específico en la

Penitencia cristiana. Respecto de los cónyuges cristianos, así escribía Pablo VI

en la Encíclica Humanae vitae: "Y si el pecado les sorprendiese todavía, no se

desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de

Dios, que se concede en el Sacramento de la Penitencia" (HV 25).

La celebración de este sacramento adquiere un significado particular para la

vida familiar. En efecto, mientras mediante la fe descubren cómo el pecado

contradice no sólo la alianza con Dios, sino también la alianza de los cónyuges y

la comunión de la familia, los esposos y todos los miembros de la familia son

alentados al encuentro con Dios "rico en misericordia" (Ef 2,4), el cual,





301

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

302

Ver las indicaciones en la página 6

303

Tomada de Juan Pablo II: Familiaris consortio, 58

162



infundiendo su amor más fuerte que el pecado304, reconstruye y perfecciona la

alianza conyugal y la comunión familiar.

Reconocer los propios errores305

Una catequesis sobre la penitencia, la más completa y adecuada, es

imprescindible en un tiempo como el nuestro, en el que las actitudes

dominantes en la psicología y en el comportamiento social están tan en

contraste con el triple valor ya ilustrado. Al hombre contemporáneo le cuesta

más que nunca reconocer los propios errores y decidir reemprender el camino

después de haber rectificado la marcha; parece muy reacio a decir «me

arrepiento» o «lo siento»; parece rechazar instintivamente, y con frecuencia

irresistiblemente, todo lo que signifique sacrificio aceptado y practicado para la

corrección del pecado. A este respecto, quisiera subrayar que, aunque mitigada

desde hace algún tiempo, la disciplina penitencial de la Iglesia no puede ser

abandonada sin grave daño, tanto para la vida interior de los cristianos y de la

comunidad eclesial como para su capacidad de irradiación misionera. No es raro

que los no cristianos se sorprendan por el escaso testimonio de verdadera

penitencia por parte de los discípulos de Cristo. Está claro, por lo demás, que la

penitencia cristiana será auténtica si está inspirada por el amor, y no sólo por el

temor; si consiste en un verdadero esfuerzo por crucificar al «hombre viejo»

para que pueda renacer el «nuevo», por obra de Cristo; si sigue como modelo a

Cristo que, aun siendo inocente, escogió el camino de la pobreza, de la

paciencia, de la austeridad y, podría decirse, de la vida penitencial.

Preguntas para reflexionar en pareja

Piensa en alguna experiencia de perdón y reconciliación que hayas tenido en tu

vida: ¿Qué has experimentado? ¿cómo la has vivido? ¿Cómo ha marcado tu

vida? ¿Es importante el perdón y la reconciliación para la vida de la pareja y

para la vida familiar? ¿Por qué? ¿Cómo ayuda el sacramento de la reconciliación

y el perdón de los pecados a mejorar la relación de la pareja y de la familia?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA306



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA307









32. ESCÁNDALO



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar308





304

Cf. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 13

305

Tomada de Juan Pablo II: Reconciliatio et poenitentia, 26



306

Ver indicaciones y notas en la página 11

307

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

308

Adaptado de AUGRAIN, Charles. Ecándalo En VTB p. 284-286.

163



ESCANDALO

Escandalizar significa hacer caer, ser para alguien ocasión de caída. El

escándalo es concretamente la trampa que se pone en el camino del enemigo

para hacerle caer. En realidad, hay diferentes manera de hacer caer a alguien

en el terreno moral y religioso: la tentación que ejercen Satán o los hombres,

la prueba en que pone Dios a su pueblo o a su hijo, son escándalos. Pero

siempre es en relación con la fe.

I. CRISTO, ESCÁNDALO PARA EL HOMBRE. 1. Ya El AT muestra que Dios

puede ser causa de escándalo para Israel; Él es la piedra de escándalo y la roca

que hace caer a las dos casas de Israel... muchos tropezarán caerán y serán

quebrantados (Is 8,14s).

Asimismo Jesús apareció a los hombres como signo de contradicción. En efecto,

fue enviado para la salvación de todos y de hecho es ocasión de endurecimiento

para muchos: Este niño está puesto para caída y levantamiento de muchos en

Israel y para blanco de contradicción (Lc 2,34). En su persona y en su vida

todo origina escándalo. Es el hijo del carpintero de Nazaret (Mt 13,57); quiere

salvar al mundo no mediante algún mesianismo vengador (11,2-5; cf. Jn 3,17)

o político (Jn 6,15), sino por la pasión y la cruz (Mt 16,21); los discípulos

mismos se oponen a ello como Satán (16,22s) y escandalizados abandonan a

su maestro (Jn 6,66). Pero Jesús resucitado los reúne (Mt 26,31s).

2. Juan pone de relieve el carácter escandaloso del Evangelio: Jesús es en

todo un hombre semejante a los otros (Jn 1,14), cuyo origen se cree saber

(1,46; 6,42; 7,27) y cuyo designio redentor por la cruz (6,52) y por la

ascensión (6,62) no se llega a comprender. Los oyentes todos tropiezan en el

triple misterio de la encarnación, de la redención y de la ascensión; pero a unos

los levanta Jesús, otros se obstinan: su pecado no tiene excusa (15,22ss).

3. Al presentarse Jesús a los hombres los puso en la contingencia de optar por

él o contra él (Mt 11,6 p). La comunidad apostólica aplicó también a Jesús en

persona el oráculo de Isaías 8,14, que hablaba de Dios. Él es la piedra de

escándalo y al mismo tiempo la piedra angular (1Pe 2,7s, Rm 9,32s; Mt 21,42).

Cristo es a la vez fuente de vida y causa de muerte (cf. 2Co 2,16).

4. Pablo debió afrontar este escándalo tanto en el mundo griego como en el

mundo judío. Cristo, o si se prefiere, la cruz, es locura para los que se pierden,

pero par los que salvan es el poder de Dios (1Co 1,18-25; 2,11-16).

5. El mismo escándalo continúa también a través de todas la historia de la

Iglesia. La Iglesia es siempre en el mundo un signo de contradicción, y el odio,

la persecución es para muchos ocasión de caída (Mt 13,21; 24,10), aun cuando

Jesús anunció todo esto para que los discípulos no sucumbieran (Jn 16,1).

II. EL HOMBRE ESCANDALO PARA EL HOMBRE. El hombre es escándalo para su

hermano cuando trata de arrastrarlo alejándolo de la fidelidad a Dios. El que

abusa de la debilidad de su hermano o del poder que ha recibido de Dios sobre

él, para alejarlo de la alianza, es culpable para con su hermano y para con Dios

(1Re 14,16; 15,30.34; 1Re 21,22.25; 2Mac 4,7). Por el contrario, son dignos de

elogio lo que resisten al escándalo para guardar la fidelidad a la alianza (Jr 35).

¡Ay del que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí (Mt

18,6). Pero Jesús sabe que estos escándalos son inevitables: falsos doctores

(2Pe 2,1) o seductores, como la antigua Jezabel (Ap 2,20), están siempre

actuando.

164



Este escándalo puede incluso venir del discípulo mismo; por eso Jesús exige con

vigor y sin piedad la renuncia a todo lo que pueda poner obstáculo al reino de

Dios. Si tu ojo te escandaliza, arráncatelo y lánzalo lejos de ti (Mt 5,29s;

18,8s).

Pablo, a ejemplo de Jesús que no quería turbar a las almas sencillas (Mt 17,26),

quiere que se evite escandalizar las conciencias débiles y poco formadas:

Guardaos de que la libertad de que vosotros usáis sea ocasión de caída para los

débiles (1Co 8,9; Rm 14,13-15.20). La libertad cristiana sólo es auténtica si

está penetrada de caridad (Gá 5,13); la fe sólo es verdadera si sostiene la fe de

los hermanos (Rm 14,1-23).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA309



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL310



LECTURAS PARA ESTA SEMANA311

Situación de la familia en América Latina

La familia es una de las instituciones en que más ha influido el proceso de

cambio de los últimos tiempos. La Iglesia es consciente- nos ha recordado el

Papa- de que en la familia «repercuten los resultados más negativos del

subdesarrollo: índices verdaderamente deprimentes de insalubridad, pobreza y

aun miseria, ignorancia y analfabetismo, condiciones inhumanas de vivienda,

sub -alimentación crónica y tantas otras realidades no menos tristes» (Juan

Pablo II, Homilía en Puebla 3).

Es preciso reconocer además que la realidad de la familia no es ya uniforme,

pues en cada familia influyen de manera diferente- independientemente de la

clase social-, factores ligados al cambio, a saber: factores sociológicos

(injusticia social, principalmente); culturales (calidad de vida); políticos

(dominación y manipulación); económicos (salarios, desempleo, pluriempleo);

religiosos (influencia secularista), entre muchos otros.

La familia aparece también como víctima de quienes convierten en ídolos el

poder, la riqueza y el sexo. A esto contribuyen las estructuras injustas, sobre

todo los medios de comunicación, no sólo con sus mensajes de sexo, lucro,

violencia, poder, ostentación, sino también destacando lo que contribuye a

propagar el divorcio, la infidelidad conyugal y el aborto o la aceptación del amor

libre y de las relaciones pre -matrimoniales.

No pocas veces, la desorientación de las conciencias se debe a la falta de unidad

de criterios entre sacerdotes en la aceptación y aplicación de la doctrina

pontificia acerca de importantes aspectos de la moral familiar y social.

La familia rural y la suburbana sufren particularmente los efectos de los

compromisos internacionales de los gobiernos por lo que hace a planeación

familiar, extendida como imposición antinatalista y a experimentaciones que no

tienen en cuenta la dignidad de la persona ni el auténtico desarrollo de los

pueblos. En estos sectores populares, la crónica y generalizada situación de







309

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

310

Ver las indicaciones en la página 6

311

Tomada de: puebla: La Evangelización en el presente y el futuro de América latina.

165



desempleo afecta la estabilidad familiar, ya que la necesidad de trabajo obliga a

la emigración, al ausentismo de los padres, a la dispersión de los hijos.

En todos los niveles sociales, la familia sufre también el impacto deletéreo de la

pornografía, el alcoholismo, las drogas, la prostitución y la trata de blancas, así

como el problema de las madres solteras y de los niños abandonados. Ante el

fracaso de los anticonceptivos químicos y mecánicos, se ha pasado a la

esterilización humana y al aborto provocado, para lo cual se emplean insidiosas

campañas.

Urge un diligente cuidado pastoral para evitar los males provenientes de la falta

de educación en el amor, la falta de preparación al matrimonio, el descuido de

la evangelización de la familia y de la formación de los esposos para la

paternidad responsable. Además, no podemos desconocer que un gran número

de familias de nuestro Continente no ha recibido el sacramento del matrimonio.

Muchas de estas familias, no obstante, viven en cierta unidad, fidelidad y

responsabilidad. Esta situación plantea interrogantes teológicos y exige un

adecuado acompañamiento pastoral.

A la inversa, es satisfactorio comprobar que, cada día son más los cristianos que

procuran vivir su fe en y desde el seno familiar, dando un valioso testimonio

evangélico y aun educando con dignidad una familia razonablemente numerosa.

Son también muchos los novios que se preparan con seriedad al matrimonio y

tratan de dar a su celebración un verdadero sentido cristiano. Se nota, además,

el empeño por vigorizar y adecuar la pastoral familiar a los desafíos y

circunstancias de la vida moderna.

En todos los países han surgido iniciativas interesantes orientadas a fortalecer

los valores y la espiritualidad de la familia como Iglesia doméstica, en

participación y compromiso con la Iglesia particular. En todo eso aparece el

fruto de la acción callada y constante de los movimientos cristianos en favor de

la familia.

Podemos visitar en toda América Latina «casas donde no falta el pan y el

bienestar, pero falta quizás concordia y alegría; casas donde las familias viven

más bien modestamente y en la inseguridad del mañana, ayudándose

mutuamente a llevar una existencia difícil, pero digna; pobres habitaciones en

las periferias de vuestras ciudades, donde hay mucho sufrimiento escondido

aunque en medio de ellas existe la sencilla alegría de los pobres; humildes

chozas de campesinos, de indígenas, de emigrantes, etc.» (Juan Pablo II,

Homilía en Puebla 4: AAS 71 p. 186). Concluiremos subrayando que los mismos

hechos que acusan la desintegración de la familia, «terminan por poner de

manifiesto, de diversos modos, la auténtica índole de esa institución»- (GS 47)-

«que no fue abolida ni por la pena del pecado original ni por el castigo del

diluvio» (Liturgia del Matrimonio), pero que sigue padeciendo por la dureza del

corazón humano.

Preguntas para reflexionar en pareja

La lectura de Puebla denuncia algunas situaciones escandalosas que se viven a

nivel familiar y de pareja en América latina. ¿Crees que aún hoy sigue siendo

válida esa denuncia de Puebla? ¿Nuestra Diócesis y nuestra región muestran

todas esas realidades escandalosas? ¿Cuáles de ellas son realmente

escandalosas entre nosotros? Puebla constata también signos positivos que aún

en la precariedad y la pobreza permiten a la familia vivir dignamente. ¿Cuáles

signos positivos encuentras en nuestra realidad diocesana? ¿cuáles cambios

positivos se han venido operando en los últimos años? ¿Cuál es el testimonio

que ustedes como pareja pueden dar?

166



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA312



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA313









33. ADULTERIO

PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN

Tema para estudiar314

ADULTERIO

Si bien el Decálogo y, tras él, los profetas condenan de manera absoluta el

adulterio, la fidelidad exigida a los dos esposos por el matrimonio no será

revelada plenamente sino por Cristo. Pero la fidelidad total exigida a la mujer

desde la antigua alianza puede simbolizar a la que Dios aguarda de su pueblo;

así los profetas condenan la infidelidad a la alianza como adulterio espiritual.

1. Matrimonio y adulterio. El adulterio, prohibido (Éx 20,14; Dt 5,18; Jr 7,9;

Mal 3,5), recibe en la ley una definición restringida: es el acto que viola la

pertenencia de una mujer a su marido o a su prometido (Lev 20,10; Dt

22,22ss). La mujer aparece como una cosa del hombre (Éx 20,17) más bien

que como una persona que forma con él una sola en la fidelidad de un amor

mutuo (Gn 2,23s). Este rebajamiento de la mujer está vinculado a la

poligamia, que se hace remontar a un descendiente de Caín caracterizado por

su violencia (Gn 40,19). La poligamia será tolerada durante largo tiempo (Dt

21,15; cf 17,17; Lv 18,18); sin embargo, los sabios, que muestran la gravedad

del adulterio (Pr 6,24-29; Si 23,22-26), invitan al hombre a reservar su amor a

la mujer de su juventud (Pr 5,15-19; Mal 2,14s). Más aún: condenan la

frecuentación de las prostitutas, aunque esto no hace al hombre adúltero (Pr

23,27; Si 9,3.6).

Jesús, cuya misericordia salva a la mujer adúltera, aun condenando su pecado

(Jn 8,1-11), hace patentes todas las dimensiones de la fidelidad conyugal (Mt

5,27s.31s; 19,9 p), que liga al hombre con la mujer (Mc 10,11); los liga

indisolublemente (Mt 19,6) e interiormente (Mt 5,28); es adulterio casarse

después de un divorcio; es cometer adulterio en el corazón desear unirse a otra

que no sea la propia esposa. San Pablo recuerda que para evitar este pecado

que excluye del reino hay que buscar en el amor la fuente de la fidelidad (Rm

13,9s). Así se evitará mancillar la santidad del matrimonio (Hb 13,4).

2. Alianza y adulterio. La alianza que debe unir al hombre con Dios por un

vínculo de amor fiel es presentada pro los profetas bajo el símbolo de un

matrimonio indisoluble (Os 2,21s; Is 54,5s); así, la infidelidad del pueblo es un

adulterio y una prostitución (Os 2,4), pues el pueblo se entrega al culto de los





312

Ver indicaciones y notas en la página 11

313

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

314

Adaptado de LACAN, Marc-Francois. Adulterio En VTB p. 51-52.

167



ídolos como una prostituta se entrega a sus amantes, por interés (Os 2,7;

4,10; Jr 5,7; 13,27; Ez 23,43ss; Is 57,3).

Jesús llama «generación adúltera» a los incrédulos que exigen signos y a los

infieles que se avergüenzan de él (Mt 12,39; 16,4; Mc 8,38). Santiago a su vez

trata de adúltero todo compromiso entre el amor de Dios y el amor del mundo

(St 4,4). A través de estas condenaciones se pone de relieve la fidelidad

absoluta que es al mismo tiempo fruto y exigencia del amor.



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA315



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL316



LECTURAS PARA ESTA SEMANA317

Divorciados casados de nuevo

84. La experiencia diaria enseña, por desgracia, que quien ha recurrido al

divorcio tiene normalmente la intención de pasar a una nueva unión,

obviamente sin el rito religioso católico. Tratándose de una plaga que, como

otras, invade cada vez más ampliamente incluso los ambientes católicos, el

problema debe afrontarse con atención improrrogable. Los Padres Sinodales lo

han estudiado expresamente. La Iglesia, en efecto, instituida para conducir a la

salvación a todos los hombres, sobre todo a los bautizados, no puede

abandonar a sí mismos a quienes --unidos ya con el vínculo matrimonial

sacramental-- han intentado pasar a nuevas nupcias. Por lo tanto procurará

infatigablemente poner a su disposición los medios de salvación.

Los pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las

situaciones. En efecto, hay diferencia entre lo que sinceramente se han

esforzado por salvar el primer matrimonio y han sido abandonados del todo

injustamente, y los que por culpa grave han destruido un matrimonio

canónicamente válido. Finalmente están los que han contraído una segunda

unión en vista a la educación de los hijos, y a veces están subjetivamente

seguros en conciencia de que el precedente matrimonio, irreparablemente

destruido, no había sido nunca válido.

En unión con el Sínodo exhorto vivamente a los pastores y a toda la comunidad

de los fieles para que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad

que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en

cuanto bautizados, participar en su vida. Se les exhorte a escuchar la Palabra

de Dios, a frecuentar el sacrificio de la Misa, a perseverar en la oración, a

incrementar las obras de caridad y las iniciativas de la comunidad en favor de la

justicia, a educar a los hijos en la fe cristiana, a cultivar el espíritu y las obras

de penitencia para implorar de este modo, día a día, la gracia de Dios. La Iglesia

rece por ellos, los anime, se presente como madre misericordiosa y así los

sostenga en la fe y en la esperanza.

La Iglesia, no obstante, fundándose en la Sagrada Escritura, reafirma su praxis

de no admitir a la comunión eucarística a los divorciados que se casan otra vez.

Son ellos los que no pueden ser admitidos, dado que su estado y situación de





315

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

316

Ver las indicaciones en la página 6

317

Tomada de Juan Pablo II: Familiaris consortio, 84

168



vida contradicen objetivamente la unión de amor entre Cristo y la Iglesia,

significada y actualizada en la Eucaristía. Hay además otro motivo pastoral: si

se admitieran estas personas a la Eucaristía, los fieles serían inducidos a error y

confusión acerca de la doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad del

matrimonio.

La reconciliación en el sacramento de la penitencia --que les abriría el camino al

sacramento eucarístico-- puede darse únicamente a los que, arrepentidos de

haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo, están

sinceramente dispuestos a una forma de vida que no contradiga la

indisolubilidad del matrimonio. Esto lleva consigo concretamente que cuando el

hombre y la mujer, por motivos serios, --como, por ejemplo, la educación de los

hijos-- no pueden cumplir la obligación de la separación, "asumen el

compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos

propios de los esposos"318.

Del mismo modo el respeto debido al sacramento del matrimonio, a los mismos

esposos y sus familiares, así como a la comunidad de los fieles, prohíbe a todo

pastor, --por cualquier motivo o pretexto incluso pastoral--, efectuar

ceremonias de cualquier tipo para los divorciados que vuelven a casarse. En

efecto, tales ceremonias podrían dar la impresión de que se celebran nuevas

nupcias sacramentalmente válidas y como consecuencia inducirían a error sobre

la indisolubilidad del matrimonio válidamente contraído.

Actuando de este modo, la Iglesia profesa la propia fidelidad a Cristo y a su

verdad; al mismo tiempo se comporta con espíritu materno hacia estos hijos

suyos, especialmente hacia aquellos que inculpablemente han sido abandonados

por su cónyuge legítimo.

La Iglesia está firmemente convencida de que también quienes se han alejado

del mandato del Señor y viven en tal situación, pueden obtener de Dios la

gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, en la

penitencia y en la caridad.

Preguntas para reflexionar en pareja

¿Se dan las situaciones descritas en el documento entre parejas que ustedes

conocen? ¿Cuáles podrían ser las causas de ese fenómeno? ¿Por qué estas

parejas, lo mismo que las que caen en infidelidad permanente o las que viven

en unión libre no pueden acceder ni al sacramento de la reconciliación, ni al

sacramento de la Eucaristía? ¿Rechaza la Iglesia a las personas que viven estas

situaciones? ¿Qué podrían hacer ustedes para atraer a la Iglesia a familias y

parejas que viven estas dificultades?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA319



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA320









318

Juan Pablo II: Homilía para la clausura del VI Sínodo de los Obispos, 7 (25 de octubre de

1980)

319

Ver indicaciones y notas en la página 11

320

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

169



34. BODAS DEL CORDERO

Hemos llegado al último tema de esta etapa de nuestra formación. El tema de esta

última semana nos anuncia la esperanza del cielo, que es descrita en el Apocalipsis

como unas bodas: La historia de la salvación que inició con unas bodas que se

contaminaron del pecado, termina con unas nuevas bodas: Las bodas del Cordero,

Cristo, con su esposa la Iglesia, la Ciudad celeste. Signo de estas bodas es el

sacramento del matrimonio que muchos de nosotros hemos encontrado o reencontrado

durantes estos años de estudio.



PRIMERA SEMANA

ESTUDIO BÍBLICO Y PRESENTACIÓN



Tema para estudiar

BODAS DEL CORDERO

Jesús es señalado por Juan como el verdadero cordero que quita el pecado del

mundo (1 Pe 1,18-19; Jn 1,29; Ap 5,6-9; Jn 8,46; 1 Jn 3,5; Hb 9,12-15). El

matrimonio cristiano es el símbolo terreno (sacramento) de lo que será el final

de nuestra vida de fieles: Unión total del creyente con su Señor, un solo cuerpo

en El y con El (Ap 5,8-13; 7,10; 19,7-9; 21,9).

1. Las dos ciudades. La escatología cristiana se construye toda alrededor del

tema de las dos ciudades que recibe de los profetas del AT (Is 47; 54; 60; 62;

Ez 45; Cf. Tb 13): El Apocalipsis anuncia la caída de Babilonia, símbolo de la

Roma perseguidora y de todos los poderes que a lo largo de los siglos atentan

contra la Iglesia (Ap 17,1-7; 18; 19,2) mientras que al final de los tiempos,

después de muchas pruebas y de la consolidación de la fe, la nueva Jerusalén

desciende del cielo a la tierra para que se reúnan en ella todos los elegidos (Ap

21). Acá en la tierra los que habían sido bautizados se habían unida ya a ella

(Hb 12,22) y en ella tenían derecho de ciudadanía (Fp 3,20), es más: La ciudad

de lo alto es ya su madre (Gá 4,25ss; Cf Sal 122,3; 87).

2. La Jerusalén celestial. El Apocalipsis nos invita a contemplar en su perfección

final a la Iglesia, esposa del cordero (Ap 21,1-22,5), maravillosa, fulgurante,

ciudad de ensueño, reasumiendo los textos proféticos que se referían a la nueva

Jerusalén, particularmente los de Isaías, Ezequiel y Tobías. Al final del NT, la

Jerusalén antigua con su templo destruido y no vuelto a construir queda solo

como recuerdo y figura de la Nueva Jerusalén.

3. La Iglesia, esposa de la nueva alianza. ¿Cuál es esa Jerusalén, llamada a la

alianza con el Hijo de Dios? No es ya la sierva, representada por el pueblo de la

antigua alianza, sino la mujer libre, la Jerusalén de lo alto (Gal. 4,22-27). Desde

la venida del esposo, al que rindió testimonio el Precursor, su amigo (Jn. 3,29),

la humanidad está representada por dos mujeres, símbolo de las dos ciudades

espirituales; por una parte, la ―prostituta‖, tipo de la Babilonia idólatra (Ap.

17,1.7; cf. Is 47); por otra parte, la esposa del cordero, tipo de la ciudad muy

amada (Ap 20,9), de la Jerusalén santa que viene del cielo, puesto de su esposo

tiene su santidad (21,2,9s).

Esta mujer es la madre de los hijos de Dios, de los que el cordero libra del

dragón por la virtud de su sangre (12,1s.11.17). Aparece, pues, que la esposa

de Cristo no es únicamente el conjunto de los elegidos, sino que es su madre,

por la cual y en la cual cada uno de ellos ha nacido; son santificados por la

gracia de Cristo, su esposo (2Cor 11,2), unidos para siempre con el cordero (Ap

14,4).

170



4. Las nupcias eternas. Así las nupcias del cordero y de la esposa comportan

diversas etapas, por el hecho de que la Iglesia es a la vez la madre de los

elegidos y la ciudad que los reúne.

a) La primera etapa de las nupcias, el tiempo de la venida de Cristo (Mt. 9,15)

p) se acaba a la hora en que Cristo, nuevo Adán, santifica en la cruz a la nueva

Eva; ésta sale de su costado, simboliza por el agua y la sangre de los

sacramentos de la Iglesia (Jn 19,34; cf. 1 Jn 5,6). El amor que muestra allí el

esposo a su esposa es el modelo de las nupcias cristianas (Ef 5,25-32).

b) A estas nupcias invita Cristo a los hombres, y en primer lugar a su pueblo

(Mt 22,1-10); pero para participar en ellas no sólo hay que responder a la

invitación, cosa a que muchos se niegan, sino que hay también que vestirse el

vestido nupcial (22,11ss). Esta invitación resuena a lo largo del tiempo de la

Iglesia; pero como para cada uno es incierta la hora de la celebración, exige,

por tanto, vigilancia, a fin de que cuando venga el esposo halle dispuestas a las

vírgenes que están invitadas a participar en el banquete nupcial (25,1,34).

c) Por último, al final de la historia, quedará terminada la túnica nupcial de la

esposa, túnica de lino de una blancura resplandeciente, tejida por las obras de

los fieles. Estos aguardan en gozo y alabanza esas nupcias del cordero, a las

que tienen la suerte de ser invitados (Ap. 19,7ss).



SEGUNDA SEMANA

CELEBRACIÓN DE LA PALABRA321



TERCERA SEMANA

ESTUDIO DOCTRINAL322



LECTURAS PARA ESTA SEMANA323

Fortalecidos en el hombre interior

23. Doblo mis rodillas ante el Padre del cual toma nombre toda paternidad y

maternidad «para que os conceda... que seáis fortalecidos por la acción de su

Espíritu en el hombre interior» (Ef 3, 16). Recuerdo gustoso estas palabras del

Apóstol, a las que me he referido en la primera parte de la presente carta. Son,

en cierto modo, palabras-clave. La familia, la paternidad y la maternidad

caminan juntas, al mismo paso. A su vez, la familia es el primer ambiente

humano en el cual se forma el «hombre interior» del que habla el Apóstol. La

consolidación de su fuerza es don del Padre y del Hijo en el Espíritu Santo.

El Año de la familia pone ante nosotros y ante la Iglesia un cometido enorme,

no distinto del que concierne a la familia cada año y cada día, pero que en el

contexto de este año adquiere particular significado e importancia. Hemos

iniciado el Año de la familia en Nazaret, en la solemnidad de la Sagrada Familia;

a lo largo de este año deseamos peregrinar a ese lugar de gracia, que es el

santuario de la Sagrada Familia en la historia de la humanidad. Deseamos hacer

esta peregrinación recuperando la conciencia del patrimonio de verdad sobre la

familia, que desde el principio constituye un tesoro de la Iglesia. Es el tesoro

que se acumula a partir de la rica tradición de la antigua alianza, se completa

en la nueva y encuentra su expresión plena y emblemática en el misterio de la

Sagrada Familia, en la cual el Esposo divino obra la redención de todas las

familias. Desde allí Jesús proclama el «evangelio de la familia». A este tesoro de



321

Ver las indicaciones y el esquema de la celebración en la página 5

322

Ver las indicaciones en la página 6

323

Tomada de Juan Pablo II: Carta a las familias, 23

171



verdad acuden todas las generaciones de los discípulos de Cristo, comenzando

por los Apóstoles, de cuya enseñanza nos hemos aprovechado abundantemente

en esta carta.

En nuestra época este tesoro es explorado a fondo en los documentos del

concilio Vaticano II55; interesantes análisis se han hecho también en los

numerosos discursos que Pío XII dedica a los esposos56; en la encíclica

Humanae vitae de Pablo VI; en las intervenciones durante el Sínodo de los

obispos dedicado a la familia (1980), y en la exhortación apostólica Familiaris

consortio. A estas intervenciones del Magisterio ya me he referido al principio.

Si las menciono ahora es para destacar lo extenso y rico que es el tesoro de la

verdad cristiana sobre la familia. Sin embargo, no bastan solamente

lostestimonios escritos. Mucho más importantes son los testimonios vivos. Pablo

VI observaba que, «el hombre contemporáneo escucha de más buena gana a

los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son

testigos»57. Es sobre todo a los testigos a quienes, en la Iglesia, se confía el

tesoro de la familia: a los padres y madres, hijos e hijas, que a través de la

familia han encontrado el camino de su vocación humana y cristiana, la

dimensión del «hombre interior» (Ef 3, 16), de la que habla el Apóstol, y han

alcanzado así la santidad. La Sagrada Familia es el comienzo de muchas otras

familias santas. El Concilio ha recordado que la santidad es la vocación universal

de los bautizados58. En nuestra época, como en el pasado, no faltan testigos

del «evangelio de la familia», aunque no sean conocidos o no hayan sido

proclamados santos por la Iglesia. El Año de la familia constituye la ocasión

oportuna para tomar mayor conciencia de su existencia y su gran número.

A través de la familia discurre la historia del hombre, la historia de la salvación

de la humanidad. He tratado de mostrar en estas páginas cómo la familia se

encuentra en el centro de la gran lucha entre el bien y el mal, entre la vida y la

muerte, entre el amor y cuanto se opone al amor. A la familia está confiado el

cometido de luchar ante todo para liberar las fuerzas del bien, cuya fuente se

encuentra en Cristo, redentor del hombre. Es preciso que dichas fuerzas sean

tomadas como propias por cada núcleo familiar, para que, como se dijo con

ocasión del milenio del cristianismo en Polonia, la familia sea «fuerte de

Dios»59. He aquí la razón por la cual la presente carta ha querido inspirarse en

las exhortaciones apostólicas que encontramos en los escritos de Pablo (cf. 1 Co

7, 1-40; Ef 5, 21-6, 9; Col 3, 25) y en las cartas de Pedro y de Juan (cf. 1 P 3,

1-7; Jn 2, 12-17). ¡Qué parecidas son, aunque en un contexto histórico y

cultural distinto, las situaciones de los cristianos y de las familias de entonces y

de ahora!

Os hago, pues, una invitación: una invitación dirigida especialmente a vosotros,

queridos esposos y esposas, padres y madres, hijos e hijas. Es una invitación a

todas las Iglesias particulares, para que permanezcan unidas en la enseñanza

de la verdad apostólica; a los hermanos en el episcopado, a los presbíteros, a

los institutos religiosos y personas consagradas, a los movimientos y

asociaciones de fieles laicos; a los hermanos y hermanas, a los que nos une la

fe común en Jesucristo, aunque no vivamos aún la plena comunión querida por

el Salvador 60; a todos aquellos que, participando en la fe de Abraham,

pertenecen como nosotros a la gran comunidad de los creyentes en un único

Dios61; a aquellos que son herederos de otras tradiciones espirituales y

religiosas; a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

¡Que Cristo, que es el mismo «ayer, hoy y siempre» (cf. Hb 13, 8), esté con

nosotros mientras doblamos las rodillas ante el Padre, de quien procede toda

paternidad y maternidad y toda familia humana (cf. Ef 3, 14-15) y, con las

172



mismas palabras de la oración al Padre, que él mismo nos enseñó, ofrezca una

vez más el testimonio del amor con que nos «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1)!

Hablo con la fuerza de su verdad al hombre de nuestro tiempo, para que

comprenda qué grandes bienes son el matrimonio, la familia y la vida; y qué

gran peligro constituye el no respetar estas realidades y una menor

consideración de los valores supremos en los que se fundamentan la familia y la

dignidad del ser humano.

Que el Señor Jesús nos recuerde estas cosas con la fuerza y la sabiduría de la

cruz (cf. 1 Co 1, 17-24), para que la humanidad no ceda a la tentación del

«padre de la mentira» (Jn 8, 44), que la empuja constantemente por caminos

anchos y espaciosos, aparentemente fáciles y agradables, pero llenos realmente

de asechanzas y peligros. Que se nos conceda seguir siempre a Aquel que es

«el camino, la verdad y la vida» (Jn 14, 6).

Que sean éstos, queridísimos hermanos y hermanas, el compromiso de las

familias cristianas y el afán misionero de la Iglesia durante este año, rico de

singulares gracias divinas. Que la Sagrada Familia, icono y modelo de toda

familia humana, nos ayude a cada uno a caminar con el espíritu de Nazaret;

que ayude a cada núcleo familiar a profundizar su misión en la sociedad y en la

Iglesia mediante la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la fraterna

comunión de vida. ¡Que María, Madre del amor hermoso, y José, custodio del

Redentor, nos acompañen a todos con su incesante protección!

Preguntas para reflexionar en pareja

Las palabras del papa sirven de estupenda conclusión a nuestro trabajo y a los

temas tocados en esta cartilla. ¿Cuáles son las conclusiones de ustedes al

llegar, hoy, al último tema de la cartilla? ¿Qué creen que debe seguir a esta

cartilla y con cuál metodología?



CUARTA SEMANA

EUCARISTÍA324



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA325









324

Ver indicaciones y notas en la página 11

325

Ver indicaciones y esquema en la página 12 y sgtes.

173





CONTENIDO



INDICACIONES GENERALES ................................................................................. 4



1. HOMBRE .............................................................................................................. 5



PRIMERA SEMANA .............................................................................................................. 5



SEGUNDA SEMANA ............................................................................................................. 8



TERCERA SEMANA .............................................................................................................. 9



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 14



CONVIVENCIA SOBRE EL TEMA .................................................................................... 16



ANEXO: LA LECTIO DIVINA EN SIETE PASOS ............................................................ 18



CELEBRACIÓN PENITENCIAL ......................................................................................... 20



2. MUJER ............................................................................................................... 23



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 23



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 26



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 26



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 30



3. CORAZÓN .......................................................................................................... 30



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 30



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 32



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 32



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 37



4. SOLEDAD .......................................................................................................... 37



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 37



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 38



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 38



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 41

174



5. AMOR ................................................................................................................. 41



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 41



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 46



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 46



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 49



6. BAUTISMO ......................................................................................................... 49



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 49



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 51



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 51



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 54



7. EUCARISTÍA ...................................................................................................... 54



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 54



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 57



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 57



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 60



8. FAMILIA .............................................................................................................. 60



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 60



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 62



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 62



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 64



9. PADRE ................................................................................................................ 64



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 64



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 67



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 67



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 69



10. MADRE ............................................................................................................. 69

175



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 69



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 72



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 72



11. HERMANO ....................................................................................................... 74



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 74



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 76



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 76



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 78



12. HIJO.................................................................................................................. 78



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 78



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 79



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 79



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 82



13. NIÑO, NIÑEZ .................................................................................................... 82



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 82



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 83



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 83



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 85



14. ALIANZA .......................................................................................................... 85



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 85



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 89



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 89



CUARTA SEMANA .............................................................................................................. 90



15. MATRIMONIO................................................................................................... 91



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 91



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 93

176



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 93



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 95



16. ESPOSOS ......................................................................................................... 95



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 95



SEGUNDA SEMANA ........................................................................................................... 97



TERCERA SEMANA ............................................................................................................ 97



CUARTA SEMANA.............................................................................................................. 99



17. VIDA .................................................................................................................. 99



PRIMERA SEMANA ............................................................................................................ 99



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 103



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 103



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 106



18. ORACION ....................................................................................................... 106



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 106



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 108



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 108



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 109



19. FECUNDIDAD ................................................................................................. 109



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 109



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 111



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 111



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 114



20. ESTERILIDAD ................................................................................................ 114



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 114



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 115



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 115

177



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 117



21. LIBERTAD ...................................................................................................... 118



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 118



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 120



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 120



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 122



22. RESPONSABILIDAD ..................................................................................... 122



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 122



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 124



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 124



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 125



23. CUERPO......................................................................................................... 126



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 126



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 127



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 127



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 129



24. SEXUALIDAD ................................................................................................. 129



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 129



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 132



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 132



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 133



25. FIDELIDAD ..................................................................................................... 133



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 133



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 135



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 135



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 137

178



26. UNIDAD .......................................................................................................... 137



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 137



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 138



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 138



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 140



27. AUTORIDAD ................................................................................................... 140



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 140



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 142



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 142



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 145



28. EDUCACIÓN ................................................................................................... 145



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 145



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 148



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 148



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 151



29. VEJEZ ............................................................................................................. 152



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 152



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 152



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 153



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 155



30. VIUDAS ........................................................................................................... 156



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 156



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 156



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 156



CUARTA SEMANA............................................................................................................ 159



31. PERDON ......................................................................................................... 159

179



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 159



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 161



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 161



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 162



32. ESCÁNDALO ................................................................................................. 162



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 162



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 164



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 164



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 166



33. ADULTERIO ................................................................................................... 166



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 166



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 167



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 167



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 168



34. BODAS DEL CORDERO ................................................................................ 169



PRIMERA SEMANA .......................................................................................................... 169



SEGUNDA SEMANA ......................................................................................................... 170



TERCERA SEMANA .......................................................................................................... 170



CUARTA SEMANA ............................................................................................................ 172


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