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gratis heildios

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gratis heildios
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11/10/2011
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Spanish
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158
Sinopsis





Una aventura con tintes románticos, momentos entrañables, y un

conjunto de jeroglíficos que nos ha dejado la historia y las mentiras

de la iglesia para reconstruir la profecía del Argamedon.

Una lucha entre un hombre casi común, José de Nazaret, engañado por su

fe, contra un Dios que le robó todo cuanto quería, a su hijo y a su

mujer. ¡Dos mil años esperando la batalla final merece que sepamos la

verdad!

Salvar al mundo, recuperar el amor, y descubrir el misterio de nuestra

existencia, ¡sólo estará disponible para ti!

El novelista Carlos Nevado con su 5º Libro vuelve a asombrar al mundo

con un manuscrito,

que hará temblar las puertas del cielo, y remover las cenizas del

infierno.



José Vs Ratzinger Z ¡HEIL DIOS!

Juan Carlos Nevado Sendarrubias





Prólogo

¡Es oportuno, ahora!

Si me faltaran teorías, no rezagaré, el tiempo me enseñó a

encontrarlas día a día.

Si el cielo se nubla y enferma, si se gasta y nada llega, me denegaré

a voluntad de haber vivido.

No me siento sentido, no encuentro acaecido ahora en estado de

milenios divididos en intervalos de un girar terrenal haberlos tenido.

Veinticuatro horas en la reserva, la recamara malgastada, será

trasmutada por una nueva, una que acabe, que no pueda denegar a

constancia interesada de la conformidad pírrica del empeño por

disponer de la huida en esta perseverancia.

De nuevo un día perdido, solo son pasos que descuento hasta que mi

teoría acelere, crezca hasta convertirse de un delirio real, sólo será

cuestión de esperar en la eternidad. Esa es mi mentira, mi absoluta

realidad.

Así en engaño me enredo en franqueza de autenticidad.

Sin mancillar el corte de los rayos de sol se figura su presencia.

Debe haber un proverbio ideal, se le ha debido figurar andando, al

fijarse en sus pasos profanando al sol en sus directrices lineales. En

esta reciente mañana, los cristalinos rayos llegan traspasando la

vidriera de colores que asoman desde el exterior del edificio,

temiendo resignados que dentro fenece su viaje que partió hace más de

ocho minutos desde el gran astro universal, la piedra angular que

emite la fuente de la vida, ¡o copérnico mintió!

Asomando un nuevo día, callados golpean radios refulgentes contra la

materia construida.

Y anda, y al hacerlo corta la línea de su sprint final de trescientos

mil kilómetros por segundo, sin que ese candor pudiera en ningún

momento asomar aquejándose, pidiendo paso en su desesperado tropiezo

secular.

Así teorías, como romeos escondidos yerro en la vida.

Si fijara metas nada intentaría, si clavara en mi memoria tu mirada,

todo cambiaría.

Si hasta ayer no supe que era el perder los hoy, si te lograra

encontrar y saltar al mañana.

Si ayer no fue ayer, si ayer quedó recóndito en miles de algo sujeto a

una medida temporal, inocua transitoria en su propio rebujo. Debo

palidecer de reencontarme para lograr simplemente ser un paso a hoy en

mi ser.

Está lista, es mi ridícula idea pequeña, debo darme mas prisa. Sin

embargo me maldigo como oración de misa, la alocada dependencia de

desganada risa, de que mi sueño, cuando llegues ante mí me avisaras,

dame un toque a mi cabeza...

Y crecido en la existencia de la mentira, sólo recreativo y siendo una

ficha en una miserable partida, nunca debo parar o moriría, la fábula

forjada, en mi mente demente vacía. ¿De que valdría? Esos cantos, esos

ruegos, esos llantos, de rescatarte de ese cielo en que tú creías.

Y si la crisis me niega llegarte a buscar, doy vuelta, doy puerta, no

dejo que se posicione a estacionar, que el mundo en un hoy se detenga

¿Y que importará? Yo seguiré siempre tu estela en mi soñar, mis

recuerdos me vuelven de ti sonar al despertar.

Y si todo marcha bien, reviviré. Y si fuera retenido, no andara hoy mi

sien, pondré freno, romperé el desconsuelo y lo intentare otra vez, en

un nuevo hoy.

-Dime José, ¿qué ayer querías?

-¡Por María, jamás me rendiría!









Capítulo I Reencuentros



A modo compulsivo, los pasos le llevan por el pasillo del parisino

hotel Madeleine. Unos metros atrás dejó su habitación numero impar

313. No es supersticioso, no tiene excentricidades, se asemeja nítido

caminar a desganas por pasear. Aun medio dormido recién levantado,

vestido arreglado en una moda pasajera, la actual presente. No está

afeitado, no sigue estilos, un poco de dejadez se aprecia en barba de

dos días. Hace stop ante el ascensor. Golpea el botón, o casi, ya que

faltando un centímetro del roce se enciende el indicador de haber

pulsado. Nada que argumentar, detalles insignificantes, reseñas

incontables desechables. El elevador desciende y él siente una extraña

sensación en su interior. Un hormigueo que no responde a nada

subjetivo, su incierto cautivado lo desconoce.

En su bajada hace ¡Alto! en la tercera planta, y las puertas del

montaseres se abre.

Ante las personas que lo ocupan se encuentra él fuera, a media zancada

del paso. Al intentar subir uno de los individuos de dentro le corta

arrogante el acceso, al poner de barrera su brazo- Está completo -

tajante y con muy poco talante lo dice.

Sin prestarle importancia ni atención acepta denegando entrar. Pequeña

mueca de pasotismo, una bajada de ojos en vertical, un mordisco en los

labios, presionadas arrugas en sus frentes detallan una historia

marcada de misterio. No es fácil describirlo, la efemérides le da su

propia magullada identidad.

Las puertas se cierran irreversiblemente. Imán detallo, que catapulta

su mirada hacia las pupilas de la chica, que no había dejado de

observarle desde que apareció tras la puerta del ascensor.

Gesticulando, abriendo los labios intenta, parece decir algo. Sordas

las intenciones quedan al cerrarse por enteras a la bajada. Inútil

ante la adversidad, hasta el gran salto del día de mañana, ha llegado.

¿Preparado? Coherentemente... Aplastantemente...



Cosquilleo siente como cuando...

...La contempló por primera vez. La plaza de Ataner, el mercadillo de

Barusel, estaba a rebosar. De puesto en puesto labiaba las cosas

grandiosas que los vendedores enseñaban. Desde collares coloridos

traídos desde las lejanas rutas orientales, meras llegadas a sus oídos

por medio de mercaderes que se encontró alguna vez, hasta la mas linda

seda que observara nunca. El espectáculo beduino de pitones bailando

al ritmo de la melodía de un músico orientaba a los reptiles con

percusión.

Era su primera visita a una gran ciudad, y se sentía mareado de tanto

alboroto. Razonaba que era mas difícil moverse entre congéneres

semejantes a él, que sortear su rebaño de ovejas.

Chispó algo que sólo él sabe y le hizo mirar hacia atrás. En el puesto

de frutas sirviendo una jovencita regañaba con una vieja que gruñía,

quien sabe porqué desconcertante y estúpida razón.

Imán rebelo, le hizo mirarle, armonizaron bellas almas idiotas, y no

hicieron otra cosa por mucho tiempo. Rompió la violencia, el fuego en

el cuerpo, la ingenuidad de la doctrina, la sutura que cedió...

- ¿Quieres una? -Le ofreció una cereza ella, que atenta, que secuaz de

él le acompañaba en su cruce de mirada.

- Si, -él aceptó. Así lo quiso y se lo hizo saber...

Reaccionando, baja la escalera rápidamente, flotando entre la gente a

la carrera por el templado hall del "Madeleine"

Sale desde las puertas giratorias a la calle. Mira izquierda, mira

derecha, recibe un empujón fortuito de un individuo que abandonaba el

hotel, haciéndole rodar sobre la acera.

Rápidamente hace un revuelo por situarse en pie. La busca y la ve al

fin cuando ella entra en un coche lujoso negro, abrigándola de la

corriente de calle, cerrando al mundo exterior su gracia, el porte de

esa expresión que acaba José de recoger. En décimas quebrantó reglas

de lo que era en su contar un día, si hoy alambicado de lo que él

trató por saltar, hasta ella en un mañana llegar. Que confuso

expresarme en un tiempo que no tiene medida concreta, variable en

sentimientos dimensional y ordenarlas. Traducida del Arameo la modera

en nuestro lenguaje comprensible a, apenas una marca de extensión de

veinte metros de longitud a su alcance. Tras ponerse en marcha el

vehículo, se pierde por la gran avenida lejos de su haz de

visibilidad.

Una fuerza invisible le paraliza en su tanteo de echarse a correr tras

ella. Atempera sus ansias con afán de velocidarse y se amuela

girándose hacia la entrada del hotel.

-¿Conoce la identidad de la señorita de negro que acaba de salir? -Le

pregunta dirigiéndose al botones galardonado de ellos por toda la

guerrera.

-No conozco su nombre caballero. Llegó esta mañana con el príncipe

Masín -dijo el estirado y escuchimizado muchacho amablemente, con

simpleza.

Dudativo, revuelto desequilibrado entra de nuevo en el hotel. Se

dirige a la cafetería, al punto donde se encaminaba desde el principio

cuando salió de su habitación y esperaba el ascensor, antes que fuera

desviado por el encuentro inesperado.

Como anunciando su llegada guiña el ojo a una mujer madura que le

esperaba. En la empalizada de los cincuenta anos serenaba sus

extendidas y progresivas arrugas de la piel con una mirada juvenil,

adolescente en la ingenuidad de sentir sentimentalismo, por la persona

que ansiosa esperaba ver. Se levanta revulsiva y le abraza

cariñosamente. Su bienvenida hace entrever la complicidad del tiempo

que han estado sin verse.

-Me has hecho esperar mucho... tanto tiempo sin saber de ti.

Ambos se sientan, llegados del momento de la bienvenida.

Flor, que era el nombre de la mujer está entusiasmada de verle -¿Cómo

estás José?

Así se llamaba él. Era un nombre, una etiqueta identificativa. Tenía

tantas a lo largo de su existencia que no cabria redamar en una taza

de poleo menta, ni en las leyendas contadas en tertulias de copa y

café. Pero a él le gustaba que le llamaran de este modo, él se auto

proclamó reconocido como José. De esta forma lo decidieron sus padres

de corazón que tuvo...

-Ella está aquí, flor -inflexiona respondiéndola.

La mujer se detracta de echarse para atrás cuando lanzaba su espalda

sobre el respaldo alertada por una noticia que recoge, de la que en su

vida aguardó confiada en que José le transmitiera alguna vez.

Manifiesta percibir quien es ella, no carece necesidad de nombrarla,

su misterio no es un callado secreto. Perpetua presencia residió en

los márgenes que José extendía, en su vivir.

-La he visto, hace un momento -le induce José a escucharla. Su

raciocinio alterado examinaba, comprendido de sí mismo sin medio a

experimentar una conclusión firme al acertijo.

-¿Es posible? -Asombrada de lo que oía le decía ella expresándose

-Es seguro -afirmaba José.

Le cuenta, sin muchos detalles, al no haberlos lo anteriormente

sucedido. Su trazeo de palabras le muerden la garganta, aprisiona

nudos ficticios al expresarse. Maneja meditar ligado a narración, y

más... proceder a desatarse y enlazar cabos sueltos. Gira disimulado

su cabeza hacia la barra del bar.

- A las dos, ese es el príncipe Masín-. Señalaba apuntando con la

vista José. Se deducía la inspección que llevaba a aquel hombre que

aludía, con la mirada a fondo.

- ¿Cómo lo sabes? -Le preguntaba. Aun se sorprende, aun ella, ya

conocedora de las capacidades de sus poderes. Él los hacía llamar

habilidades, tributos naturales, bienes gananciales de secuencias de

trucos de instintos, ardid de idiosincrasia de propia personalidad. No

tenia méritos, no era más que mecanismos para distinta era,

inadmisible lucrarse inhumanamente del privilegio de ventaja. Ataques

de paz, salvaguardia contra el mal. ¿Pero qué mal?

Perjuicios de injusticias de achaques de maldad, padecimiento de

dolencia en la enfermedad y en la perdida, injusticia del estrago bajo

la atenta decisión partidista del destino, la vileza del mandamiento

de iniquidad al daño, la infamia que envuelve la verdad, la malignidad

de la mentira, todo eso, y todo más, todo lo demás. El bien del mal,

el mal del bien. Sin parodias, sin entrelazados pictogramas lleva el

agobio en su designio. Sostener la noción de conocer lo desconocido.

Extranjero al pensamiento del mundo discierne en rebeldía saber que no

existe el mal como tal, únicamente sustentado por el antagónico bien.

¿Qué evidencia tiene el bien? Sino el uso sectario de servirse del

mal. Ying o Yang demasiado mitológico e irreal, tan simple como que se

concibe el mal por el mismo productor que el bien. Intereses unánimes

de un mal bien...

Leyendo los labios, repite José lo que suelta el príncipe Masín a su

acompañante-. "No es un problema, cree que no hay nada que temer.

Simplemente es un espantapájaros asustado por temores de cuervos, que

huye sin saber que va directo al fuego. ¡Nos marchamos! Llévame a la

mansión, y..." -Masín se da media vuelta cortando la narración de

José, dejando la frase en acción construida, medio dictada. El

príncipe se marcha junto al hombre al que hablaba, que aparentaba ser

un súbdito guardaespaldas de él por su pose.

José se fijó en la sombra que proyectaba la llave que colgaba de la

mano del príncipe Masín,

Una pequeña mancha sin forma para cualquier mediocre vista, de

cualesquiera ojos que ven lo que nos hacen dejarnos ver. Ágil, decide

pronto como maniobrar, no hay tiempo para dilucidar...

- Sigue al príncipe, intentaré buscar algo en su habitación. La 457,

iré allí, quizás tengamos suerte y tope con algo interesante.

- ¿Cómo... -Flor le preguntaba asombrada como sabía el número de

habitación.

-Schissss, esto no es ningún juego, pequeña flor. ¡Vamos! -Parco

entendía flor el estado de

José para liturgia triviales. Respetando contenía sus preguntas y

entendiendo que la aparición de la mística ella, es un antes y un

después en la vida de ambos, el santiamén abordado impactaba nuevas

direcciones que tomar. Entereza, determinación y firmeza en el ruego

de José.

Flor deja el lugar y José inicia la misma situación. Tras salir ambos

del bar se despide José momentáneamente de ella acariciándola la mano,

apretándola le impulsa ánimos en su tarea. El se marcha a su cometido,

prefiere y lo hace subir por las escaleras. Cauteloso reflexiona cada

detalle a su paso, correlativo el pensamiento le sigue hasta llegar a

la habitación 457. Ingenuamente gira el pomo. ¡Está cerrado!, y en un

detalle fraccionario de un tira y afloja, la muñeca susurrando un clic

a la cerradura, sin suponer ningún problema, la tima.

Primera vista de entrada, notando el cuarto sobradamente maqueado para

haber pasado alguien allí la noche. Excesivamente temprano para que lo

hallan limpiado. José llevaba dos días instalado en el hotel y

verificaba que el servicio de habitaciones pasaba mucho más tarde que

la hora que actualmente era.

Segundo detalle, los cajones vacíos y el MiniBar, rebosante de bebidas

repleto.

Cree haber sido alquilada para una reunión, que puede haber ya

finalizado, ¿Pudiera ser entre ella y el príncipe Masín? No lo

manifestaba como cierto, ya que el botones le había deducido que al

venir ambos juntos esta mañana y no por separados no tendría mucho

sentido dar valor a este juicio. Echa la vista en los cajones del

aparador obre macizo, mordido en un esquinazo por un patente mordisco

canino. ¡Igualmente vacíos! Revolotea entre las sabanas y demás ajuar

del dormitorio, en el armario empotrado sobre la pared. Cierra

pausadamente, cuando uno de sus instintos le para. Escucha pasos en el

pasillo acercándose. Entra ligero en un cuarto interior, escondiendo

su presencia de quien se aproxima. El ronquido del pasador le acierta

su despierta alarma que tuvo. Cuatro fornidos hombres se meten en la

habitación, bruscos transgrediendo el sigilo que serenaba la única

presencia de José, tal cual fuera un enser más de la estancia en el

lugar.

-No sé por qué debemos hacerlo aquí -hablaba fuerte uno de los sujeto

recién llegado. Apalancaba su cuerpo tosco, apoyándose sobre la pared.

-Porqué lo decidió él. No confiaba en otro sitio en venir, y porqué

así lo quiere el príncipe -le contestaba otro, sentado sobre la cama

replicando molesto le preguntara cosas ya confirmadas de antemano. Su

temple no distanciaba en cuerpo y rostro a aquel que había preguntado.

En serio, los cuatro individuos eran parientes próximos en contextura.

Su anatomía física semejante les valía premio a ser hombres duros.

José tras la puerta no deducía la complexión de ellos, ni le merecía

interés. Apreciaba su hablar burdo, y por lo poco que había podido

escuchar se orientaba a que la cita que presumía no había dado aun

lugar. La espera en el cuarto podría ser larga, descontaba a las dudas

pertinentes.

-Ya, yo sólo quería decir...

-Se paga por el trabajo, no por discurrir -preciso detalla enérgico

otro de los hombres. Acercándose a un bol de frutas toma una manzana,

mordisqueándola seguido.

Llaman a la puerta. El mismo que mordisqueaba la pieza de postre abre

apareciendo un hombre mermado, menudo comparado con la constitución

que rasgaban los cuatro instalados que prevalecían en la habitación.

José escuchaba lo que decían, y confiaba en que no entrara ninguno en

el cuarto donde se cobijaba

-Soy el padre Gaudi -se presentó el recién llegado. Vestido como tal,

calco la imagen a la idea de quien podría ser. Más ellos sabían

perfectamente quien era, causaba ese dato el motivo de estar allí

aguardándole.

Desde arriba, desde la cabeza que le separaba en talla el sujeto que

le abrió, ofreciendo con la palma de su mano entrar le hace pasar,

mientras muerde otra vez la fruta de la pasión. Amor a primer mordisco

parecía.

El menudo personaje, parece nervioso. Encorva la estrecha espalda, y

el largo cuello. Sus ojos hambrientos de luz se esconden en su

pequeñez, agotados de horas de fatiga de múltiples lecturas.

-¿Dónde está...? -Rogaba en palabras, conocer el paradero del

interesado innombrado.

-Nos ha manifestado que le disculpe su ausencia, no ha podido acudir.

De hecho nos ha mandado a nosotros para cerrar el trato.

-¿Trato? No había ninguno. Yo sólo...

Uno de los gorilas le corta su explicación.

Bueno, era un juego de palabras. Trato, tema, pico. ¿Que más da? Ya sé

que es un chiste malo, pero tampoco soy un tipo gracioso, ni lo

intento. Entendámonos mejor, Masín pasa de ti y nosotros te vamos a

liquidar, ¿entiendes?

El hombre reaccionaba sistemático a un modo flemático, su nerviosismo

le entramaba su hablar y carecía del poder de explanarse tras lo oído.

-¿Cómo..? No entiendo... Yo...

-Ni falta que hace -remataba, o premataba con su vocablo otro de los

asistentes a la breve reunión según se columbraba.

Tras la puerta José guarecido, oye el tañido del gatillo de un arma de

fuego presionado, y actúa antes de que sea demasiado tarde. De un

puntapié pasaporta la puerta destrozándola, lanzándose en avalancha

contra quien había tras ella. El hombre que había encañonado a la

incipiente víctima cae rodando al suelo sepultado.

Atónitos quedan todos tras observar la inopinada escena, y sin

incurría, son hombres de acción encallecidos a lo impredecible, y

reaccionan inmutables en resulta.

Prenden maniobra tratando apresarle. Salta uno de los corpulentos

hombres sobre José, que le desvía con un toque y le sacude sobre el

costado, extrayéndole el aire. Su cara porta queja de aflicción,

reventando al caer.

Los otros dos malvados arremeten a la vez. El efecto sorpresa ha

cesado, el reconforte de aventajarle en número les hace fuerte, pero

estos hombres, pobres desgraciados no saben quien es su

contrincante...

Es José, José de Nazaret, el padre del elegido. El pastorcillo

valiente que escuchó una voz, que fue manejado a falsía. Ha hartado

por mil infiernos, ha habitado miles de años, ha progresado medrando

su fuerza, ha experimentado lo sabido y escarmentado lo desconocido.

Un experto en artes marciales, un maestro en la lucha cuerpo a cuerpo.

Todo el arte de la ciencia de las técnicas de combate utilizadas desde

los tiempos mas ascentros reposan en su ser. Aun más, el poder de ser

un semidiós mal llamado, un espíritu superior en discordia, un quejado

llanto poder le hace prácticamente inmunerable. No es inmortal, sólo

es un morador del tiempo eterno.

¿Cuál ha sido el cometido a lo largo de la vida?

Buscarla... sin descanso.

¿Cuál ha sido su vomitivo a lo largo de la vida?

Buscarle... su respiro. Vindicar el odio sin reparo, hasta que cese

sin aliento callado.

Todas esas muertes vanas. Ninguna tiene justificación, ninguna sirvió

para nada.

Sus manos también están manchadas, mestizas entre el color de su piel

y la sangre derramada del horror de batallas. Ya acostumbrado, no

horroriza el matar, sus ojos no destilan, no parece, no lo acepta,

pero él no creó este mundo. No quiere ser el Dios que marque las

pautas, que evangelice una doctrina. Todo fue un error, un fracaso de

razas ya por réquiem anunciado desde el germen divino.

De sendos golpes preciso José acaba con los dos contrincantes,

dejándoles inconscientes.

-He visto a un cura huir corriendo por el pasillo cuando llegaba -le

dice flor, que desde el corte de línea de habitaciones había

contemplado la última parte de la lucha.

-¿Te sorprende? De todas maneras sabemos su nombre, quizás le

necesitemos.

Se agacha sobre uno de los derrotados contrincantes, desgarrándole la

camisa ve tatuado sobre el corazón una cruz roja.

-Los de siempre sacerdotes rojos. ¡Legionarios de Cristo! -comenta

José.

-Este no -dice pequeña flor-. Quitándose del medio hace descubrir ante

los ojos de José, el merchandising del caído, una cruz negra tatuada

sobre el corazón.

José receloso titubea. Inmenso en duelo mental, se aproxima hacia el

gran ventanal de la habitación. Su enésimo sentido le hace cerrar el

ojo por un reflejo que rebota del edificio contrario. ¡No hay tiempo!

Como un resorte da un salto mortal hacia atrás, en el instante en que

una bala atraviesa el ventanal atentando contra él, bailando el sitio

donde estaba hace un segundo José, incrustándose en cuadros. Y hace un

nuevo esfuerzo para superarse, barriendo sobre Flor se arroja

tirándola al suelo, cuando un segundo disparo señalaba el camino de la

muerte de ella.

José agarra del brazo a Flor y salen a trompicones de la habitación al

pasillo- ¡Vamos, corre¡

Flor no dice nada, solo obedece las indicaciones de José bajando por

las escaleras hasta llegar a la salida del hotel a la calle, pero él

antes de salir la asegura -. ¡Cuidado! Puede estar esperando el

francotirador nuestra salida -tras advertir sale primero e intenta

refugiar a Flor detrás suya, y mira hacia arriba por la tanda de

bloques de la acera contraria, buscando al probable enemigo. Hay una

cubierta tranquilidad traicionera, parece ser el actuar cesación que

no está. ¡Mentira! Observan salir presurosos del edificio de enfrente

a varios matones trajeados. Huyen intentando enlatarse entre la gente

que envasan la calle. La estridencia de sirenas de coches patrulla se

idéntica en la escabullida

Se paran dos vehículos policiales a su altura. Emergen de su interior

los dos ocupantes dándoles el alto. Sin mirar atrás José y Flor se

emergen en una boca de metro. Notan al aliento acosador detrás, saltan

las taquillas de peaje y a la carrera ruedan por la escalera sorteando

a los andantes por los pasillos hasta el anden. Fuerzas especiales

próximas están sobre ellos rifando topetazos entre los viandantes en

su marcha. En progresión, pocos metros detrás se les acercan cada vez

mas. Llegan al muelle de mercancía humana, y se lanzan sobre el convoy

que reposaba cargando pasajeros in extremis, antes de que cierre las

puertas eluden las barricadas fronterizas en ciernes.

Sus perseguidores llegan ya demasiado tarde, ¡cerrado!, ya está

vendido todo intento. Furiosamente golpean sobre el vagón, amenazando

saca uno de ellos una pistola sin espacio de exactitud a encañonarle,

perdiendo campo de visión dejan atrás el peligro... Inminente..

escurriéndose como sardinas en aceite

José se apoya en la barandilla suspirando. Flor se tiende sobre él

buscando seguridad.

-Tranquila, ya los hemos despistado -le dice, la alimenta con

palabras, la consuela acariciándola el pelo.

José mira a su alrededor, pocos usuarios hay en el vagón.

Un punky enganchado a un Walkman desechando de adentro para afuera,

una anciana con un cachorro de perro reposando en sus manos, y un

ejecutivo con un maletín que lo agarra confinado.

Al fondo tirado escabroso sobre la puerta de emergencia, un seboso

hombre de camiseta blanca de tirantes marcando celulitis le mira.

Macarrón desviado de ser sardina en tomate. Tras unos segundos de

déspota y vacilante mirada, escupe desafiante al suelo, y se da media

vuelta, reclinando el hombro sobre la pared. Animal demental marcando

territorio.

A Flor le sujeta José sus dos manos e intenta razonar lo sucedido en

la habitación del hotel.

De nuevo, desde lejano desdice lo mas antiguo de su vida, la

reminiscencia de detalles que hubo que negar.

Vlasenica, Croacia, años 1941. El polvo credo fascista pesa menos al

aire frío, se empolvora por el rostro. Las piernas cruzan aceleradas

las calles, los tacones de morteros silban conglomerado sin cuidado.

No hay manera de acallar ese miedo que grita, desencajando la

exculpación, que lloros por decir "yo no... a mi no...". Los por favor

como una permuta de ser un visado están privados, vetados por

autoritaria contundencia seca, sesgan palabras que aun no fueron ni

iniciadas en pensamientos, o debieron permanecer en espera de repetir

memez, abortan, por impedimento beatífico.

Tropas de asalto atrincheran los intentos de gente que huye a la

desesperada, diezmada su confianza otros se cobijan en su hogar, de

poco vale tal amparo. Lugareños, por impulsos salvaguardan socorrerse

en el templo de oración, desamparados desconocen a cobijarse el árido

destino que les depara.

Desbendecida la iglesia alejada del catolicismo es tapiada, y enviada

al infierno mas terrenal. La quema es sobrecogedora, los gritos, los

signos, los paganos que buscaban guarida comparten con ortodoxos la

fechoría de los soldados.

¿Soldados? Ejercito conducido por franciscanos, por la iglesia

católica, por el vaticano, por el gran Dios.. ¡Heil Dios!

Incipientes empalados niños yerguen en suelo de arena en la plaza del

pueblo. Una niña se escurre antes de ser brocheada, y su cautivador no

persiste en la enferma degeneración fisiológica. Apunta su rifle a la

impura criatura, porque quien más que menos que una fulana de tres

años no sería para haber sido sentenciada por aquel brazo emisario de

Dios y de la patria croata.

Suena el disparo, enunciando la muerte, desviada es. La bala gira

sobre si misma, sobre el aire sin avanzar. La niña mantenida en el

suelo mira como si se tratara de un juego de magia. El soldado la

descarta, evoca a la brujería.

Tres Croatas cercanos fascistas a la escena se acercan, se miran e

inquietan. Se insta uno mediando en la oscilación parar satánica

visión. Con la culata de la metralleta toza la bala torbellina,

rasgando la parte del arma se la traga. Se oye rodar la munición hacia

la cámara, y tras chocar con otro proyectil explota cegando al

soldado, quemando su rostro, ¡salvaja en gritos auxilio!

Sus compañeros tienden a ayudarle, dos de ellos le arropan con una

capa deseando aliviarle. El otro servidor del grupeto, encendido de

miedo arranca la anilla a una granada de mano, y parece no bastarle.

Amputa una segunda arandela a otro explosivo, y se la pasa de brazo,

aportando ambas su contundente arrojos de peligro hacia la niña.

-Eres una pequeña zorrita, ¡eh! ¡To...

Antes de que la impulse hacia ella, algo para su propósito. Algo es

alguien, aparecido de no se sabe dónde, nadie le vio. Se interpone

entre el soldado y su objetivo agarrando sus brazos, con una inmensa

fuerza aprieta hasta que el combatiente deja caer una mina al suelo

mientras la otra la abandona abriendo su mano cayendo justo debajo, en

la palma del recién llegado. La agarra, sin dilación antes de que

pudiera explotar, la engancha sobre la nuez del quinto de la fuerza

regular de Nezavisna Drzava Hrvatska" (Estado Independiente de

Croacia) y le arroja a varios metros, hacia donde están los dos

soldados que auxiliaban al cegado, antes de que obren contra él. La

explosión secciona la vida que contenía mitigada en ellos.

Varios soldados se reaccionan ante él venidos por otras calles. José

recoge del suelo una ametralladora de asalto y nutre la muerte de

cadáveres de los malditos soldados etnocidas.

Un blindado hace cabida en la plaza. José lanza en forma de disparos

picaduras de mosquitos para el tanque que los recibe, hasta que acaba

con toda la munición de un arma que robó a uno de los soldados caídos.

José mira a la niña, -calma, ahora vuelvo a por ti -ella no entendía

las palabras de aquel extraño lenguaje extranjero, pero parecía

comprender en parte.

El carro de combate apunta hacia él. En su carrera por desviarlo José

es disparado por un obús que es burlado en un reducto de esquivo. La

niña detrás de un metro de muro asoma su cabeza, escondiendo su cuerpo

detalla curiosa lo que ve.

El cañonero del tanque encarga un proyectil, que otro militante

ideológico da postura e introduce en el cañón. José encuentra un bidón

de gasolina, y lo arroja a un carro de juguete que quedó abandonado en

la calle por algún chiquillo, y subido de auge se lanza dirección al

blindado, tal fuera un monoplaza. De la inercia de la apenas

desnivelada cuesta, recoge al vuelo, mejor expresado al ras de suelo,

una de las granadas que intentaba el militar tirar a la niña y quedó

en espera de sentenciar la acción.

La agarra y la tira al aire dibujando una parábola. El peso hacia el

suelo conduce el mismo tiempo que impulsa su cuerpo hacia el tanque.

Anclando un puntapié en la tabla él cae de costado y rueda a un lado,

y esta, la tabla, embolsa una línea ascendente despegando del suelo,

elevándose hacia el aparatoso vehículo.

La mina detona sobre el artilugio, estallando fuerte y seco sobre el

tanque, dejándolo inservible y con sus ocupantes asfixios.

José corre buscando a la niña, la encuentra enseguida- ¡hola!. -Ella

cautelosa agarra el pedazo de muro derrumbado, donde se ocultaba, como

si fuera un escudo invulnerable. José recoge una flor del suelo y se

la ofrece. -¡Soy tu amigo, pequeña...!

-¡Pequeña flor, sigo siendo tu amigo, y sigo estando a tu lado! -Le

dice José que compartió el presente narrado, y el pasado recordado.

-Gracias -dice ella.

- Spasibo, suena dulce en la niña tras recoger la flor.

- Ne zachto, moya podruga.

-¿Gde naxodyatca tvoi roditeli?

-Etim ytrom soldatu prishli k nam domou i mama spryatala menya v

shkafy .Kogda ya vushla, ix yge ne bulo. "Los soldados vinieron a casa

esta mañana y mama me escondió en una cesta. Cuando salí no

estaban"(Traducido de la lengua de origen eslavo).

José oye ruido de columnas de tropas ligeras acercarse. Se agacha a la

altura de la niña y le dice- ¿Quieres que juguemos a un juego? -Ella

asiente con la cabeza-. Vamos a hacernos invisible, para que no nos

encuentren y darles una sorpresa a quien viene, ¿quieres?

-Si -dice ella.

Él La agarra de la mano dirigiéndose a una casa que tenia la puerta

derrumbada.

-Quédate aquí dentro, yo vuelvo enseguida.

-¿Dónde vas? -Le pregunta curiosa la chiquilla.

A por un regalo, pero no tienes que salir para conseguirlo.

-Está bien, seré buena -aprobaba, con la finura de un rasgo inquieto y

complaciente. Fiada, el conseguir el premio sin alimento que ya

aspiraba ser suyo, en la desconfianza que el miedo le engullía.

La pequeña entró en la casa y José marchó rápido hasta donde estaban

los Croatas recién abatidos. Con el fusil que recupera del suelo,

punza la bayoneta que piqueta al tórax de uno de los militares

degradado a compuesto orgánico, arrancándole el corazón de un tirón

estragónico. Y de vuelta, pareciendo carnicero callejero, portando

carne mufada en ganchera, suspendida cuelga en marcha rápida hacia la

casa donde dejó a la niña. Al llegar se detiene a la entrada y en la

pared restriega el corazón dibujando una señal nazi que elogia que han

cumplido la misión en ese renegado hogar. Arroja el fusil, junto al

órgano descompuesto detrás del tejado y se entromete sin llamar en el

interior.

No encuentra a la joven chica, y teme que halla huido. Dentro de la

vivienda el polvo aísla la poca visibilidad que entra por los

orificios de las arrinconadas, a base de telas, ventanas. Intuido se

arrima a una espuerta de mimbre y levanta el tapete que lo cubría,

donde se ocultaba la pequeña.

-Ya he vuelto -le dice.

-¡No me he movido de aquí, como me dijiste! -La pequeña aprecia que ha

cumplido lo acordado.

-¡Si, tú has ganado! -Intentaba animar a la niña, que a pesar de que

José la endulzaba con tacto en su propósito, estaba dañada por lo que

había visto en el pueblo.

José se dio cuenta de que poco más allá había una esportilla, de igual

parecido al cesto donde se quedó esperando la niña, pero esta tenía

dos asas, y en comparación con la otra un trapo tapaba lo que hubiera,

de haber algo, que evidente parecía porque el cesto anchaba por lo que

guardaba.

-¿No será una amiga tuya? -Preguntó José a la pequeña, señalando la

esportilla.

-¡No! -Dijo ella-, pero hay... -dio unos pasos hasta el segundo cesto,

que era un poco más grande que el otro, y donde podría haberse metido

de estar vacío, y destapó la incógnita-. ¡Manzanas! Fue una suerte

encontrar algo de comida, porque no se apreciaba que hubiera nada

comestible por allí.

La horas abandonan el día, y pasan lenta, muy lentamente para dar

tiempo a José y la chica que cuida él, de que el pueblo sea despejado

por el ejército regular Croata. José no se atrevía arriesgar a la niña

a un fuego cruzado, a dos S.

El cesto de manzanas va bajando su grosor, aumentando el que estaba

vació de los centros de las frutas que los alimentan. Desde la

perspectiva de estar sentados en el suelo, a lomos apoyados en la

pared, el cesto interpreta estar escondida una cobra adentro. Una

serpiente venenosa carnívora que enroscada en sus dos metros de

altura, buscaría el movimiento de la danza de una flauta, o la boca

ensuciada al desnudo del néctar privado de Eva.

La niña formal, alejaba su carácter risueño y bulliciosa de la

formalidad que le era habitual, y reposaba en estado de espera, sin

saber exactamente que plazo se debía aguardar, y a la calma en

paciencia de qué tendría que ocurrir. Movió de un pellizco de su mano

la cazadora de José llamando su atención. Al mirarla, ella le recordó-

. ¿Y mi regalo?

-¡Es verdad, no te lo había dado! -Le dijo sonriente- . Pero no creas

que me he olvidado, está aquí, pero antes de dártelo te voy a contar

un cuento, ¿quieres?

-Si, por favor, -le pidió la niña, gustosa de la proposición que le

hizo José- Me gusta los cuentos mucho! -Abarcaba sus brazos en un

gesto marcando cuanto era ese mucho.

"Para la gata Gatruska era un día especial. Había alcanzado la

madurez, ya no era una niña, lo que significaba que pronto abandonaría

el lugar donde vivía con sus padres para trasladarse a uno nuevo, con

el gato al que se uniera para formar un hogar con la celebración

previa clásica antes obligatoria.

La ceremonia era esperada con deseo vehemente por las gatas que se

encontrasen en este paso que dar, y también, claro, por los gatos. Una

vez al año se celebraba una fiesta en el pueblecito donde vivía

Gatruska. A medianoche se juntaban en un solar amplio, lejos de

curiosos humanos, todos los gatos de aquel pueblo. El sitio elegido

era un sitio abandonado, lejos de las casas donde vivían los hombres,

para no molestarles, y ellos libres, divertirse toda la noche, sin

interrupciones.

Durante esa fiesta los jóvenes gatos y gatas solteros que ya tenían la

edad precisa para considerarse lo suficientemente responsables para

formar una familia, que no para amar, porque todos sabemos que el amor

no tiene edad, y a veces era normal, que muchos gatos y gatas

esperasen este día para por fin alcanzar el sentimiento que le ligaba

a otro ser durante mucho tiempo previo, anterior.

La costumbre habitual era que las gatas que se fueran a prometer

llevaran en su frente, una flor de adorno. No una cualquiera, sino una

elegida por sus padres, aunque lo normal era que las escogieran sus

madres, ya que tenían mejor gusto y más dedicación en el rito que los

gatos machos. Así, durante la fiesta, cuando lenta y dulce la música

cambiase a romántica los gatos harían la petición del honor de bailar

con la gata que hubieran elegido, siempre que esta, claro, aceptada.

En este momento se podía considerar pedida la gata, y el baile con su

gato simbolizaría el enlace entre ellos.

La flor jugaba un privilegiado apunte en el culto de la formalidad, ya

que muchos gatos y gatas no se conocían, otros si, y en secretas

miradas ya habían compartido lo que vendría en la pedida, pero lo

frecuente era que no se hubieran tratado. Para estos gatos imprecisos

de no conocer con anterioridad a su amor, decidir con quien debían

juntarse era difícil elección, a veces mucho más aun. No era un

concurso, ni intentar llevarse el gato más fuerte, o la gata con menos

bigote. Lo que buscaban era estar seguro de que apegado al sentimiento

del amor fuera el verdadero.

Hubo ocasiones, ¡normal!, que tras una pedida poco después algunas

parejas de gatos comprendieran que no sería sensato unirse en verdad

eternamente y que se habían equivocado. Desde el momento de la pedida,

había un intervalo de tiempo hasta que viviesen juntos, donde ambos,

gata y gato, se veían todos los días como si fueran amigos para

conocerse bien y mejor, antes del paso definitivo, de vivir solos.

Cuando ocurría esto, debía dejarse transcurrir para estos gatos y

gatas un año, para acudir nuevamente a la fiesta de la pedida. Como un

año es mucho tiempo, y aun más estar con quien ames, ya que es el

tiempo que no tendrá fin, surgían dudas, y debía tenerse mucha

seguridad a la hora de la pedida. A veces cuando gatos o gatas

dudaban, permanecían quietos, sin los gatos pedir el compromiso, y las

gatas sin aceptar el baile, a pesar de que deberían aguardar durante

doce meses otra tentativa. Y es aquí donde la flor hacía su grandeza

en el rito. En la noche, iluminada por luna llena reflejaba su corola

en los rostros de las gatas, haciéndolas delicadas mininas, a los ojos

de los gatos.

En este día tan representativo, a Gatruska le habían entregado sus

padres la flor que llevaría a la fiesta de la noche. Era una flor

realmente bella, preciosa. Los padres de Gatruska estaban realmente

satisfechos de lo hermosa que se veía. Gatruska se miró en un cristal

la flor sobre su cabeza y se sintió enormemente emocionada. Sus padres

la abrazaron y la flor quedó en un lugar fresco a la espera de que

transcurriera el gran día, para llegar a la esperada noche. Sin

embargo, Gatruska era una gata nerviosa, y la espera le resultaba muy

molesta. Ella ya se imaginaba en el solar mostrando la belleza que

tenía y reflejaría la flor. Se acercaría el gato que ella ya amaba

desde hace tiempo, al dirigirle su mirada y bailarían. El felino que

le gustaba lo conocía de verle por la ciudad. Ella cambiaba de rueda

para verle al pasar, y levantaba su peso a poca altura para que no

pinchara, a la vista del vehículo donde maquinaba su empeño. A veces

le descubría y la risa ronroneaba entre ellos dos. Pero esto a

Gatruska no le daba seguridad de que él sintiera lo mismo por ella,

que lo que ella sentía hacia él.

Imaginando como sería la pedida, y queriendo interpretar su

naturalidad, se atrevió arriesgándose sin pensar a que pasara algo, a

coger la flor del lugar donde reposaba descansando para la noche, y se

fue con ella al bosque, camino hacía el río.

Al llegar al borde del caudal, colocó la flor en la cabeza y presumió

su rostro en la corriente de agua continua. Embelesada fijaba la vista

al bailarle el agua, sin que desembocara en más ocurrencias. Notó y

vio en el reflejo que una mariposa reposaba sobre la flor que adornaba

la cabeza de Gatruska. Le molestó la sospecha de que estropease la

flor, y con la pata se la quiso quitar de en medio, sin que se fuera.

Agitó la cabeza para que se decidiese el insecto alejarse, y así pasó,

pero fue al riesgo de ver como la flor caía en dirección al río.

Cuando Gatruska lo observaba como caía la flor hizo todo el esfuerzo

posible para recuperarla sin dañarla, pero no pudo, y finalmente la

flor cayó al agua. La atolondrada gata permanecía en la orilla, ¡no

sabía nadar! Y sólo pudo quedarse arañando sus gestos al ver como la

flor se separaba dejando agua de por medio.

Tendió la vista hacia la mariposa que cerca aun de ella, le enviaba a

culpabilidad de lo que había pasado, y se entretuvo en despreciar

sentidos al animal volador, para atribuirle el castigo al delito que

se había cometido. Con las zarpas bien afiladas, quería atrapar a la

mariposa, engancharla con las uñas. La mariposa no era tonta y viendo

el peligro de las intenciones de la gata, y sus ojos de combate feroz

procuraba escapar de las uñas curvas de los golpes que asistía el

felino al aire. Sin llevarse el gato al agua, descarada la perseguía.

Puso tanta actitud de entrega para alcanzarla, que durante largo

periodo la persiguió por el bosque sin otro propósito que dañarla por

lo mal que se sentía. No reparó la distancia que había recorrido tras

la mariposa, y que se alejaba demasiado de la parte del bosque donde

sabía perfectamente que no debía entrar, por ser comprometida la

ventura de exponerse al peligro que suponía ir más allá de la zona

marcada para su especie. Omitió alertada razonamiento, cuando fue

demasiado tarde el saber que no era una posibilidad sino ya una

certeza el fallo que había cursado al llegar allí. La mariposa quedaba

atrapada en un similar nombre al de ella, un cazamariposas. Al entrar

por el aro, quedó apresada en la red de gasa de tergal. El cazador

apresó sin posibilidad de escape al insecto volador, quedando

adormecida bajo la asfixia de la red, y la observaba para ver como

era, y su sorpresa no fue minúscula- ¡Es una paradisea galatea! -

Exclamó.

El individuo parecía estar bastante contento de su cacería, pues se

marchó con la reciente captura. La gata que se encontraba en medio del

paso del sujeto, alterada de que la que iba a ser su presa para

castigarla fuese engatusada por un hombre, no le convencía, ni

reparaba su malestar. Al pasar al lado de ella el hombre interpuso

interjección- ¡zape! Y Gatruska se apartó, y a gatas se ocultó entre

caños para divisar como el hombre se iba con la mariposa que había

acosado largo rato.

Gatruska ya no era una niña y sabía lo que le esperaba a la mariposa,

y en parte pensó para conformarse de su actuación de que se lo tenía

merecido, pero Gatruska, aunque traviesa no era mala. Le venía el

pesar de que si la mariposa cayó presa fue a causa de perseguirla

ofuscada, y que si se buscase culpable hallaría irresponsable sus

actos, al coger la flor, al perderla al río, a desear esquivar su

propia negligencia y echarla sobre la mariposa.

Siguió arrastrada entre la maleza por donde se dirigía el trampero de

vuelos. Este llegó a una casa de campo, abrió la valla, y fue a su

encuentro un perro, de raza pitbull. El hombre le apartaba con una

mano al animal para que no causara daño a su captura y se encerró en

la casa, cerrando la puerta y dejando al perro fuera en el patio. El

arisco animal estaba encadenado. Una cadena le sujetaba a la pared, de

la casa de madera en una argolla metálica. Gatruska quería entrar

dentro del patio para ir a la casa, pero la cadena del perro era muy

larga, tanto como que antes llegó hasta casi la entrada de la valla, ¿

y porque lo iba a negar?, ya no era momento de negar nada, le daba

miedo. ¡Mucho miedo!

Gatruska rodeó la valla discreta, se coló por un agujero por la parte

trasera y se encaramó a la ventana de un lateral de la casa ojeando

que estaba pasando.

El hombre tenía a la Mariposa dentro de un bote de cristal,

secuestrada, con el único favor de unos agujeros para mantenerla

fresca. Encima de la mesa parecía tener un instrumental médico, cosas

que Gatruska jamás había visto, pero comprendía que hacían pupa ¡Mucha

pupa! El hombre si sabía como se llamaban e iba en alto haciendo la

lista de lo que preciso necesitaba, o según encontraba y molestaba lo

apartaba a un lado -. Cajas entomológicas, Aguja enmangada, Pinza,

Alfileres, Etiquetas engomadas. Pero... Pero... Este ejemplar es

grandioso, y merece algo especial, un enmarcado de oro. -Miró el reloj

y pensó en alto-. ¡Voy a comprar uno para ti, amiguita! ¡No te vayas a

ir! -Dijo jovial, sin detenerse en darse ni él mismo una respuesta y

se fue fuera de la casa, cerrando seguro con llaves. Gatruska le veía

agazapada, casi en el esquinazo del lateral con el frontal de la casa.

El hombre cogió su vehículo que tras sacarlo fuera de la valla y

ponerla de nuevo en su sitio, se fue.

El perro intentaba seguirle durante toda esta fase antes de marcharse,

pero el hombre no se lo llevó, y volvió sobre el porche a tumbarse y

dormir un rato, para no estar aburrido sin saber que hacer.

Gatruska debía de aprovechar la ocasión de que el hombre no estuviera

en la casa para liberar a la mariposa, ¿Pero cómo hacerlo? Buscó

alguna entrada, algún agujero por los laterales, por la parte trasera,

pero no encontró por donde acceder. Se subió de un salto a la ventana

del otro lado de la casa a la que estuvo antes, y quedó angustiada

intratable para numerar al ver sobre la pared mariposas que colgaban a

cuadros bajo cristales.

"El coleccionista lepidóctero" Ella no sabía que era eso, ni que

significaba esas palabras que daría un entendido. A la comprensión de

entenderlo la gata sentenciaba ser asesino de mariposas, por capricho

puro.

Tenía que ayudarla ya, antes de que fuera imposible, y había de

hacerlo sin dilación. Confundida pensaba, y se puso a meditar todo

cuanto antes ignoró para que no hubiera pasado esto. Al llegar junto a

la valla, al principio, cuando siguió al hombre hasta aquí pudo ver

una abertura cerca de la puerta de la casa, suficiente para pasar

ella, pero estaba el perro al acecho vigilando sobre el patio, y de

cogerla, podría hasta devorarla. Parecía muy peligroso, y los

colmillos que tenía la aterraban de haberlo presenciado antes.

Y Gatruska pensó, pensó, y desgarrando una idea la puso en práctica.

Se tiró al patio, el pitbull se puso en pie, desprevenido por sorpresa

de no haberla visto acercarse. Se repuso firme, atrevido la miraba,

enseñándole su dentadura y esgrimiendo se servía de su gruñir para

apoderarse del terror para paralizar a la gata. Salió hacia ella,

sacudiéndose de encima las malas pulgas del perro prendió a la carrera

seguido por el loco animal, que en vueltas le vaciló llevándole entre

los dos postes que sujetaban el porche, que al girar sobre ellos se

enroscaba la cadena, y ya cuando el perro le costaba trabajo moverse

se metió entre los dos palos, que el perro también al hacerlo quedó

enganchado al intentar volver sobre sí, por debajo cuando la gata

Gatruska echó para atrás su cuerpo.

El perro tonto, peligro de muerte, ahora rechinaba molesto de su

torpeza el estar atrapado, doblemente pillado entre las cadenas que le

retenían desde el principio.

Gatruska se metió por el orificio para entrar dentro de la casa, y

saltó a la mesa. Sacó a la mariposa del bote de cristal y la agarró

sin causarle daño con su pata, para evitar que asustada emprendiera un

vuelo a la nada, sin salida.

Se la llevó fuera de la casa, más allá de la valla y la puso en

libertad al llegar al bosque. La mariposa estaba recelosa, porque

aunque la gata le había calmado al llevársela de la casa presa, el que

se lo dijera no calmaba su temor. Cuando entendió que era verdad

serenó, la gata le maulló disculpas por lo que había hecho al ponerla

en lata del cazador, y su rabia por lo que ocurriría por perder la

flor.

Gatruska se despidió feliz de haber hecho bien, pero triste de las

pocas ganas de fiesta que le quedaban para salir trasnochada por

pensarlo, y regresó sin flor a su hogar.

Durante la noche, el baile para la pedida se anunciaba por la música

romántica que se escuchaba. Las gatas lucían las flores para la

ocasión, excepto una que deslumbraba su rostro de negro y verde, como

miel de luna bajo floral, vivo de entusiasmo doraba el camino hacia el

cuello. Todos, gatos y gatas quedaron admirados por aquel asombroso

adorno que aquella gata reflejaba. Pero a ella, a Gatruska no le

interesaba el perderse en miradas ajenas, sólo se rendía ante una,

hacia el gato que ella amaba y que fue a su encuentro para pedirle su

amor. Al acercarse a su lado, le dijo. Tu flor es maravillosa- , ¿Cómo

se llama? -La gata le sonreía sin rebelar que la flor no era tal, sino

la mariposa que actuó en su favor colocándose en su cabeza la

acompañaba en esta noche mágica"

José le pidió la flor a la niña, que remolinaba por el eje que

sujetaba el tallo. Cogió un corazón de una manzana del cesto pequeño

restregándola suave a la yema de la planta. Abrió la palma de la mano

de la pequeña y la bañó de polen al voltear la flor sobre la parte

inferior de la retoña, la acercó a un filo de luz que escasa entraba

por la ventana, y esperó. La niña le hacía gracia el juego pero no

pensaba que fuera para nada, cuando por el orificio desde la calle

atravesando la rota cortina apareció una mariposa que se posó en el

néctar de la mano de ella, bebiendo en reposo.

Era un momento alegre, pero la verdad fue distinta. Cuando abandonaron

el hogar conoció la destrucción, los muertos por toda la región, la

negación a encontrar a sus padres por la sádica guerra en los Balcanes

y lo peor es que aun le tocaba por perder. El afecto propiciado por su

pronta edad de lo que tuvo que ver y sentir estaba imborrable.

Terribles momentos, secuelas quedaron adheridas en su consciente de

inconsistencia vivida.

- ¡Ustasha, sacerdotes negros! Su orden fue fundada por el gobierno

Croata pro Nazi y el clero-fascista durante la segunda guerra mundial.

Su labor fue llevar al Vaticano el botín que robaban a sus víctimas.

Este dinero fue usado para proteger y enviar a los criminales de

guerra a Sudamérica - le comentaba en un metro del mundo José.

-No hace mucho escuché en la TV algo de un nuevo juicio que habían

formulado contra la iglesia los descendientes de las víctimas.

¡Perdona, sigue! -le dice pequeña flor a ver a José encendido,

destellando rabia por su expresión de tener que describir a los

Ustasha, los mismos que quemaron todas las raíces familiares de Flor.

"De 1941 a 1945, los Ustasha exterminaron a más de 700.000 serbios,

gitanos y judíos tras saquearles las propiedades. A los judíos de

Zagreb le hicieron a la fuerza dar el pago de 1 kilo de oro para

comprar su propia persona, y por el encarecimiento de una vida no aria

acabaron en los campos de exterminio. La Iglesia Católica compartía

intereses con los Ustasha, los sacerdotes católicos gestionaban las

conversiones en masa de serbios entre tanto que los franciscanos

extendían antisemitismo. Varios altos oficiales de la Iglesia fueron

juzgados y condenados por crímenes de guerra.

En 1943, acordaron con la sucursal religiosa el envío del sacerdote y

coronel etnicida Ustasha Draganovic a la sede con entidad en Roma.

Llegó como representante de la Cruz Roja croata y sirvió en un

seminario clandestino de Monjes Croatas. Ayudó proveyendo a los

criminales de guerra pasaportes falsificados de la Cruz Roja, y con la

invención del Ratline, la línea de las ratas, aligeró los trámites de

aduanas en un carril de huida fundado por sacerdotes católicos. Los

Ustasha lograron evadirse gracias a la plana mayor del Vaticano, y se

ocultaron frecuentemente en países centro y sudamericanos con

trayectoria y gran potencial clero-fascista.

Los inmensos ajusticiamientos civiles por los Ustasha fueron

habituales, las víctimas eran degolladas, a veces despedazadas y se

colgaban pedazos de carne en carnicerías con un cartel que rezaba-

Carne humana- . Los crímenes ejecutados por los católicos levantaron

el nivel del mar por fosas comunes. En panazimo fascinaban con orgías

nocturnas clavando clavos al rojo vivo debajo de las uñas y

salándolas, cortando todas las partes humanas concebibles compitiendo

por el reconocimiento de quien era el mejor degollador. Quemaron

iglesias ortodoxas llenas de gente, empalaron niños en Vlasenika y

Kladany, cortaron narices, orejas y arrancaron ojos. El apoyo del

Vaticano hacia los Ustasha durante la guerra no era ningún secreto".

José para en seco su explicación. Teja su ira de la incomprensión de

esta injusticia, como mísera saber que es una cualquiera del total que

ha tenido que recorrer en su vivir.

Pequeña flor le comenta-. Me acuerdo que dijeron que la iglesia

insistía en que no tenían nada que ocultar y al mismo tiempo se

rehusan a cooperar con los investigadores negándoles la entrada a los

archivos...

-¿Por la famosa regla de los 75 años? -Abreviaba preguntando José el

motivo de la negación.

-Sí, así es. 75 años de espera para que la iglesia publique sus

documentos -se articulaba el rostro de flor confusa, despechada

reflejaba su queja.

-¿Cómo fue que no seguiste a Masín? - Le preguntó José.

-No hubo necesidad, oí que iría a la cena que iba a celebrar el

arzobispo Silfredo Rocco veleta. Además conseguí la dirección de su

residencia.

- ¡Buena chica! Allí quizás esté ella. He de ir a buscarla, la

necesitamos a nuestro lado.

- ¿La necesitamos o la necesitas? -Preguntaba flor manifestando

reticencias sin caer en la mordacidad. Puede no sea buena idea.

-Flor, dos milenios sin ella, me han hecho descubrir eso que dicen que

querer es mas fuerte que tener. Lo que se avecina antes o temprano es

la batalla definitiva contra Dios, y ella podría equilibrar la balanza

a nuestro favor.



Recuerdos... ¡Esa balanza está trucada, seguro que nos engañáis! -

bramaba la anciana mujer ante nosotros. La cereza en mis manos, la

mirada en su fuego, mi voz rompió el hielo eterno de la edad glaciar

que entumeció nuestros momentos.

-Está muy buena -la dijo a ella.

-Pero si no la has probado -le detalló su comentario.

-Eh, sí. Sugería a que tiene buena pinta -espontáneo trocó la

conversación-. ¿Me podrías indicar donde hay un zapatero en Jerusalén?

Mis alpargatas están destrozadas del fatigado camino que me trajo a la

ciudad. ¿Sabes, donde está...?

-¡Niña, hazme caso!, me quejaré a los guardias y os cerrarán el

puesto.

-¡Tome! -La chica le entregó varias piezas de fruta a la anciana,

mientras esta las guardaba avariciosa, bajando el tono de voz, no

confundida regañaba ahora para ella. Al fin dio por finalizado su

descontento y se marchó.

-Confió en que no siempre sean así contigo.

-¿Esto? Esto es siempre así, que si las engañamos, que si son

pequeñas, que si son grandes, que si son muy verdes, que si...siempre

es así. Volviendo a la ayuda que le había solicitado el muchacho le

dice - ¿Sabes donde está la Torre Antonia?

-Yo, es que.. ¡No! -Acertó a dar con la respuesta.

-Ya, ¿eres nuevo en la ciudad y no sabes como moverte?

José afirmó con un gesto.

-Me has caído simpático. Espera. ¡Nehemias, salgo un momento a

descansar!

-Vale María, cuidado con el mal vino -sonreía el hombre campechano que

había tras el puesto de frutas.

-Bueno, vente conmigo, que te voy a llevar hasta el zapatero -le

indicaba con la mano la muchacha que le siguiera al chico despistado

que acababa de conocer.

- Yo no quisiera molestar.

-No molestas, necesitaba salir o me hubiera vuelto loca. Eres como un

salvador, a tu modo eres como un mecías.

-¿El mecías? Por el camino a la ciudad, me contaron los viajeros cosas

sobre su aparición.

-Sí, hay mucha fe en él -le contaba y percataba desinterés por este

tema en él- ¿tú no...?

-Yo es que...

-Ya, ¿que aquello que no puedes ver, no puedes creer?

-No, no así, incluso adopto al revés. A veces siento como si mi vida

estuviera marcada por alguien que me indica los caminos a seguir. Una

fuerza extraña que me ayuda a elegir, es muy extraño explicarlo, no

podría decirlo de un modo mejor.

-Quizás seas el elegido -le hacia caritas la chica en sonrisas. José

no decía nada, parecía pensar, o simplemente callar-. Ya sabes, los

textos, de... "que llegará un buen día y salvará a nuestro pueblo del

mal y..."

-Sólo soy un humilde pastor -inocente nombraba llaneza sobre sí mismo.

-Por algo se empieza. Ser pastor de ovejas o de personas no debe

dispar mucho, ¿no piensas así?

Albur casual, le detuvo unos segundos juzgar estas palabras tan

opuestas a tan igual pensamiento que reflexionó apenas minutos atrás.

Como si fuera matriz, copia de ideas repentinas, pura suerte eventual

corrige.

-"Bienaventurados los hombres de buena voluntad, que hacen su camino

labrando su futuro. El hombre que mira desde arriba caerá más alto,

sin embargo el que mira desde abajo le lloverán piedras. Mirar de

igual a igual, de tú a..."

Los dos jóvenes miraban a aquel hombre que elevado sobre una piedra

consignaba designios de proezas que lograr. La chica mostraba de nuevo

sus sonrisas con gestos sonrientes a José, ¿Qué, pugnando por quitarte

el sitio?

El muchacho callaba. Su timidez tajante firmaba su seco hablar, aun

afluía intenciones de hacerlo-.

Yo no, no, no seria capaz de hacer lo que él hace. Con mis ovejas soy

feliz, estoy regusto.

No sé como actuar ante los hombres, eso debe ser el fruto de vivir

rodeado de animales.

-¿De dónde eres?

-Soy de una aldea cercana a Nazaret, en el valle de Galilea, somos muy

pocos allí, apenas hay muchedumbre y menos chi... chicas como...

como... -y retraído cesa disimulando su mirada que le dirigía. Ahora

proseguían otra dirección.

-¿Cómo Como? Normalmente sentada -carcajeaba dulcemente.

-No te burles de mi, por favor -A brío de ruego dijo impulsivo.

-Si no me quería reír de ti, sino contigo. Oh pobrecito si te has

puesto colorado como un tomate.

-¡Pero no me lo digas que es peor! -El muchacho en parte enojado y en

mucho avergonzado acelera el paso, y camina un metro por delante de

ella para simular el tomate y la burla.

La chica le sigue, entonando una melodía que José escucha en

simpatías.

-"La mañana tenia un revés, era parte de mí haber sido sin querer,

un chico que encontré, lo lastimé..."

José miró atrás y le simbolizó con una seña que callara. Ella seguía

recitando, sin hacerle caso.

- "Creo que le dolió, más una piedra no fue la que le

tiré..."¡Izquierda, Izquierda, gira a la izquierda! -Voceando le

indicaba a José el camino que debía marchar, que recorrían juntos pero

separados.

-"...Y él dijo ¡Ay! Y yo le tendré que decir perdón, perdón, te lo

dice mi corazón...

-¡Schsss! -Chispeó José tras pararse mostrándole su ruego-. Cállate

por favor, te perdono, pero no me hagas esto, que es mi primer día en

la ciudad. ¡Ah, que difícil es esto!

-¿El que? -Preguntó ella.

-¡Todo!

-¿Todo el qué?-Insistía la chica en preguntarle

-¡No, solo tú!

-¿Yo? ¿Porqué me dices eso? -María, que era el nombre de la chiquilla

agachó la cabeza haciéndose dolorida.

-Yo no quería decir eso.

-Pero lo has dicho.

-Si, discúlpame.

-Lo ves, no era tan difícil, perdonado -ella le sonríe, mostrando su

disimulo de haber estado enfadada.

José, ya no sabe que hacer, si llorar o reír, y se decide por lo

segundo.

-¿Estas así de loca por tu trabajo?

-¿Quién sabe? Quizás si, quizás no, y quizás... ¡quizás no lo sé! -Le

sonríe, como si se tratara de un pez hinchado sus carrillos de aire-.

Ahí está la zapatería, tengo que volver al puesto, me ha gustado tu

media compañía.

-Yo... yo...

Su yo volvió a la era actual, la instantánea del pasado le trasladó

regresando al tiempo presente.

José mostró su palma de la mano hacia arriba, diciendo- ¡Es hora de

que llegue mi Maríaposa!

Toca la frente de flor y le envía un mensaje filtrado mental. Ella

sonríe.

-Pareces un caudillo. "Hasta que la tenga".

-Hasta que la tenga... para ser suyo -dice encejando, poniéndose

melancólico.

-¡Eh, que vamos a ganar! ¡Somos los buenos! -Advertía flor.

-Sí, pero sólo lo sabemos nosotros -reflexionaba José.

-Y Dios no está con nosotros, le guiñó el ojo pequeña flor ;)

El convoy enlazaba pasando las paradas, encasilladas a los registros

horarios, igual que la vaga independencia de la gente en sus

rutinarias pistas. Torpes formas de itinerarios, sin más cambio que el

adelanto o retraso de una unidad fraccionada por 60. Quizás se note

por algunos una mayor presencia policial en las estaciones. Quizás si,

quizás inmersos en la forma pactada de desinterés en la travesía, el

recorrido sea parejo a lo grabado en pausa anterior. Los cruces es la

enumeración. Los cruces de línea, los cruces de estaciones, los cruces

de cuerpos, los cruces de miradas, cortas, vanas, tediosas enlazan.

Pequeña Flor y Gaudi ya no están en el metro, del Vía Crucis

descabalgaron, pasaron hace mucho de las paradas.









Capítulo II Desconocida

La sonora refriega de pájaros cantando es obvia, del alejamiento de

los grandes edificios. Las calles anchas, las rondas circulan la zona

residencial embellecida por bastante vegetación. Incitante a la

quietud, la armonía va a la derecha de la paz que tranquiliza el

sosiego de estar fuera de lugar. Excitado del apetito que le despierta

de avivar el ahora del ayer José ha llegado a la mansión. Estimulado

lo tiene todo acordado, encontrar a María. Salta el muro de la

residencia señorial, y evita que suene la alarma trucando el hilo del

infrarrojo. En una interfase dirige el rayo de vigilancia con una onda

sin mediación en dos puntos de la línea recta, en el encuentro de él

al pasar está viciado el renglón de intercesión, y la centinela de

alerta en celo de la mansión la burla, de entrada.

Desenvuelto en el jardín se mueve hacia la casa.. Por la zona que ha

entrado no hay nadie que le impida avanzar hacia ella, y dar si le

viera allí el aviso de su interrupción en el recinto. No sabe a qué

puede enfrentarse ni a cuantos, pero por sentido humano le hace ser

precavido. Traído el encuentro esta mañana en el hotel con los

emisarios de fe y la ulterior escapada por el transporte subterráneo

presume que de estar María no estará sola, sino bien protegida.

Se cuela por la ventana de la habitación baja que da a la parte del

jardín por donde llegó, espacia sus pasos procurando no hacer ruido, y

percatar si hubiera personas cerca saberlo.

Busca, rastrea los rincones, los salones, los distintos cuartos. La

mansión a la luz contemplada sería definida por un palacete disimulado

del estilo renacentista, porque elementos de distintas épocas habitan

la decoración, que desinteresada, non grata purga José para llegar a

su María. Oye una voz femenina débilmente. Al acercase al esquinazo

del pasillo donde la había escuchado tiene que evitar ser visto por un

guarda que está situado en puerta de entrada de una de las

habitaciones de la residencia, oyendo presumiblemente peticiones al

estudiar su lenguaje de gestos afirmando. Puja apostando que la figura

que delante del hombre, al que ve medio lateral al dorso y ante la

puerta niega más vista, pueda ser ella. No transcurre largo lapso

antes que el esbirro se marche, al lado opuesto de donde está José.

Cuando desaparece de su vista José se traslada impávido en su

propósito, agitado su corazón removido, azorado en querer. Del todo

parado, del presente estado, del pasado tratado, del todo dolido, del

áspero vivido, del honor caído, acaba llegando por quereres.

Valiendo porte de saqueador abre la puerta sigiloso, y la cierra al

igual cauteloso más entrar, sellando íntima cualidad de ser privada la

visita, de extraños a cada huella impresa al andar se reconoce como

suya en seguirle los pasos.

La habitación está dividida en dos zonas. La que está José, la

entrada, que a modo de recibidor sitúa tres centros de sofás que

rodean en corrillo a una mesa. La rendija que se deja al cierre de

fondo entreabierta desvela la otra ración del cuarto y una sombra en

fragancia. Se dirige José hacia allí, y la encuentra a ella por

inherencia colocando unos libros sobre la mesa sin darse cuenta de que

la estén observando, ni tampoco advertida como la abertura de la

porción de la habitación es comida al abrirse a puerta abierta.

José tiende desprestigio. Vil bellaco se ayuna la alegría de verla,

lamentándose se hace sentir ante María al sujetarla a traición de

espaldas por la boca.

-No grites por favor -a norma de suplica en plegaria le reza-. No voy

a hacerte daño -de este modo indigno le ruega.

Ella en su cabida de la descompresión no está muy católica, se

manifiesta protestante. En su redención brama.

Un vigilante de la mansión cercano al lugar de donde se escuchaba

altercado, alertado por los gritos de María entra decidido en la

habitación, sin que dé tiempo a José a hacerse oír ante ella.

Viendo el custodia a un hombre desconocido frente a la mujer a la que

este ya había soltado al entrar, tosca en su voz- ¡Alto, no intentes

nada! -Sin sonar como advertencia ni calificativo apropiado a su

petición, ya que sin que José moviera músculo en su cuerpo, el recién

llegado, ¡sin bajarla, en guardia!, levantaba su lanza y la movía

intentando alcanzar a José en el pecho. José pudo agarrarla sobre el

palo de madera inmovilizándola antes de que le tocara. Se giró en 180

grados y de una patada certera anestesió al secuaz mandándole a

dormir, después de estar de guardia toda una tensión. Dejando caer al

suelo, arroja la lanza deseando no intimidarla.

-Soy José, ¿no te acuerdas de mí María? -Dirigiéndose le ora, le

implora festejando ante sus ojos el poder tener tangible las

aspiraciones de dejar de ser visionada. Y en duelo de desideratum

abrazarla sin morderla, como un amor que te abandonó, su rechazo es

sagrado para intentarlo. Que te dijo no... que te olvidó.. quiere y no

sabe como, "¿cómo como?" Recordaba revolucionario impreciso, se tiende

preso embriagado, y aprieta para adentro.

-¿Cómo sabes mi nombre? -Le pide explicaciones ella.

-El te ha hecho olvidar -sin detallar, lo dice desanimado, encuna su

pena.

-Has sido enviado por el diablo -consiente pensadilla de encontrar

rápida explicación a los malos sueños que figura José.

Él le enseña una cadena-, ¿era tuya, no eres capaz de recordarlo, ni

de mí? -Quitándosela del cuello se la ofrece con la mano extendida en

suma sumaria, a su mar de días.

- ¡Apártate de mi vista, Satanás! -De un manotazo tira de su mano la

cadena besando la imagen que deposita el suelo.

Aparece en escena, sin advertir lo que ocurría dentro de la habitación

la figura del cardenal Ratzinger. Descubre al guardia tumbado, la

confrontación entre José y María, y se interpola entre ellos para

mediar por la mujer.

José en su sensación no explica el comportamiento del impronunciado

alemán, el emisario de Cristo toma una conducta desconcertante.

Entrante decidido no dice nada, y desafiándole intercede entre él y

María.

José hace ademan de burlar al obispo con un rápido movimiento no

computable para la vista humana, sin embargo Ratzinger le para en seco

poniéndose delante. De esta forma José interviene comprensible lo que

predecía anteriormente, que Ratzinger no es quien representa,

mostrando al momento exacto un poder inexplicable.

De nuevo intenta llegar hasta María, pero Ratzinger le agarra el

brazo, obligándole a ceder en su intento. Haciéndole una llave derriba

al obispo contra el suelo, que ágil al caer impulsa sus piernas con

los pies empujando a José dos metros atrás.

María ya ha salido de la habitación durante la trifulca. A través del

ventanal ve acercarse a varios hombres de la guarda real del príncipe

armados por el jardín, que deberían permanecer en el edificio

adyacente que parecía un cobertizo. Oye ladridos de perros y la sirena

que le anuncia espontáneamente ¡Alarma! Un descuido y Ratzinger se

agarra a él, mientras dice- ¡Deja a María en paz!

José se siente sorprendido por el cáliz que ha tomado el rumbo de las

cosas. Con María huida ante su vista, varios hombres a punto de entrar

ante él, esto no sería mucho contratiempo, pero la inevitable realidad

de sentirse incapaz de hacer frente a Ratzinger le hace modificar sus

planes iniciales.

-Bonita palabra de tu boca, ¡paz Dios! -Ya que José por un remoto

momento pensó que era una función del Obispo.

-Estás equivocado José, yo no soy Dios.

-Entonces adiós -sujetándole las manos le retiene de espalda, dándole

una patada le desplaza y aprovecha para abandonar la pelea,

desistiendo de buscar nuevamente a María, antes de que el reconocido

prelado pueda frustrar su huida

Segundos de meros instantes, y varios vigilantes entran en los

aposentos de María.

-Monseñor disculpe, la señora nos advirtió de que un extraño había

entrado aquí.

-No está aquí, ya se fue.

-Buscaremos por la mansión, por seguridad. Haciéndole reverencia se

marchan -apostillando-. Le avisaremos si diéramos con el extraño.

Dejan a Ratzinger en su celebración de un ritual pagano de

pensamientos lúdicos, diciéndose- No es un extraño, no es un extraño -

ensimismado piensa para que no fuera ministerio.

Fuera de la mansión, en una calle cercana alejada del perímetro de la

residencia del príncipe para no levantar sospecha, una furgoneta

ocupada por pequeña flor espera la llegada de José, en su regreso de

la misión. Hace tiempo que se fue y nerviosa atesora nerviosismo en la

trama del destino. Oye ruido descubriendo a través del retrovisor a

dos guardias del príncipe portando metralletas en mano. Puede apreciar

que señalan al vehículo y como se acerca a ella uno de ellos, mientras

el otro espera a unos veinte metros atento a la requisa a la que su

compañero se dirige.

Pequeña flor discurre rápido, buscando en la guantera arremolina el

surtido de objetos que hay esparcidos a mediana orden, hasta dar con

una vieja pistola Tokarev. La saca, la engancha firme sobre el pecho

tras quitarle el seguro. Cierra los ojos momentáneamente para recoger

fuerzas para emplear el arma de fuego, y espera la inevitable visita

del soldado. Voltea la puerta abriéndose a la derecha, concordia mente

con su pulso y encañona allí, para aliviarse de que quien aparece,

sustituto del peligro, es amigo.

-¡Vámonos! -Acierta a decirle el hombre de nombre José, a la esperada

ganas de alejarse de allí por parte de flor, que guardando la pistola

donde estaba y encendiendo el motor arranca en segunda haciendo

ruedas. Al girarlas puede ver a través del espejo a dos guardias

caídos sobre el asfalto.

-¿Están muertos? -Pregunta flor.

-¿Qué más da? -Responde José drástico. Le impresiona en parte escuchar

flor estas palabras tan duras por parte de él. Sabe perfectamente,

ambos lo saben, que matar o no, no es una cuestión de elegir ética o

religión, ni decidir entre salvación o condena sin doble evaluación.

Sin embargo José ahuyenta ser un déspota evitando ajusticiar a todos

sus enemigos, ya que desde los escalafones de abajo, no son mas que

entes de zombis atrofiados en mentes envueltas en el engaño, creyendo

en una doctrina impuesta. La esclavitud es tomada como liberación, el

arrodillarse y someterse es voluntad apremiada en aplausos de fiestas

santas, muchas de las cuales no tuvieron otro interés que

cristianizarlas ante la repulsa de renunciar el populacho a ellas. Si

sirvieran de ejemplo no se nombrarían a Fiestas de San Juan, donde es

el único santo del que se celebra el nacimiento y no la muerte. La

Iglesia al ver que era imposible suprimir estas fiestas hace una

excepción y le conmemora el día de su nacimiento, porque fue

santificado en el vientre de su madre y vino al mundo sin culpa, y los

demás mortales nacen necios pecadores por haber bebido sangre de sus

madres, intercambiando placenta en su neutro planeta, dejando al

popular adulterar el solsticio de verano tomando posesión la

fecundidad de la verbena, San Juan. Porque fue imposible erradicar las

ancestrales celebraciones solares. ¿E insólita no hubiera ejecución,

¡Por Dios!, que conviniera a mismo día fiesta con muerte a la santidad

carta? Sus actos obras de adoración, sus pecados la mano que mece a

los renegados a demonios, denegados de la obra divina de vida, de la

misma que ellos retiran bendecidos. Rescatados del abismo adoctrinan a

criaturas, de lo afeo les hacen creer en la buena fe de ver como son

en su ser. Ser o no ser, es elección suya, y así también lo piensa

José, y él no desea elegir. Y matar José matará, pero no liberará. No

es un Dios, ni un exterminador. No es un salvador, ni el que todo lo

creó, sólo desea ser tan solo lo que imaginaria siendo yo...

Poco más adelante, pequeña flor gira torciendo por completo la

dirección de la furgoneta tras ver que un camión ocupa todo el ancho

de la calzada al estar descargando un contenedor. Al volver atrás, uno

de los caídos guardias se ha levantado, y ante la inminente vuelta del

vehículo apunta con su arma de repetición hacia ellos.

Pequeña flor vacila en que hacer, y José turbado, ¿de qué más da?

¡Nada da igual! Como hombre, tiene su ira y la comparte. Antes de

calibrar que hará pequeña flor, toma la decisión tensionando la pierna

y pisa enérgicamente el pedal de velocidad, revolucionando el motor.

Tal fuga de furia de llamas de dragón acelera el transporte hacia el

hostil hombre, que no rige entre apuntar y levantar la vista

viéndosele venir la furgoneta. Le impacta en su cuerpo, despidiéndole

acaba con el finiquito de su trabajo, metros allá.

Pequeña flor acompañada de nervios, encendida de la escena desacelera

su ritmo. Sin dejar de apretar a fondo marcha abandonando el lugar de

auto, su comparar viendo la nervadura de José es escasa. Las muestras

de horror, de guerras, de muerte ha sido frecuente en su vida desde

niña, y no es precisamente una Teresa de Calcuta, aunque impresiona lo

que ha visto. Ya te dice que si, y aun hace hincapié, la nervatura de

José irradia como díscolo de firmamento.

Le conoce desde siempre, desde los primeros recuerdos. Considerado

como un padre, después como un amigo, y a cierto modo un hijo, es un

todo en ella. Si tuviera que venerar, sería sin duda todopoderoso

Jesús. Mitificarle sería lo más justo, la estima no tiene fronteras en

su amor. Y nota desasosiego, una confusión que José no puede esconder

allá en donde su talón de Aquiles se descubren sentimientos, ¡en sus

ojos! Su mirada es el punto débil, donde ella es capaz de leer cada

movimiento de sus alegóricos ánimos. Ahora muestra aflicción, y no

puede más, y le pide que lo comparta con ella- ¿Qué ha pasado José,

que pasó en la mansión?

-No me ha reconocido... no sabe quien soy... Yo no...

-Debes inferir, y dar tiempo al tiempo. Sabes de lo que es capaz el

veneno católico, y más en ella como madre de la fe, el idolatrismo del

propio Dios la emana.

-Por favor flor, no me hables más de tiempo -recela y castiga lo que

escucha.

-Yo...

-Lo sé flor, perdóname -lanzándose su propio castigo se maldiga-.

Tienes razón, y no lo aceptaré ¡jamás!, sólo o sólo que todo duele.

Flor no le debe hacer falta mirar a José para entender su callar

repentino tras la frase, y que el mareo tiende a descolocar sus

formas. Hacia el limbo parte, allá donde desgana una salida hacia la

que ir, ya que allí no hay luz, no existe camino, donde murió su

último amigo, por medio de miedo se alimenta, por odio se vela, y de

queja se respira. Y tal disconformidad, no levanta más que desazón de

condenarte eternamente, de no escapar, cuando sin salida te advierten

que sin luz, sin amigos, te retienen sin sentido donde no hay que

marchar. Está allá donde le colocaron pastoral, donde el amor remató.

A lo interior se le escucha- "Demostraré valor, nunca más amor en el

paredón, sólo, y una taza de café..." -Inconsciente tararea una

canción creada en su conmoción, la única sublevación que presume

podría cumplir un adjetivo. Creador de su deseo, si de reflexionar no

se consigue, si por sufrirlo no se atiende, por conmiseración sería

una batalla perdida, y al rezo una estupidez, no hay forma humana de

tener el querer, e inhumanamente en su yo, percance daño.

Si no es fácil desde hoy, tendrá el mundo que recapacitar que son

milenios los instrumentos de segundos de movimientos en sueños que

evitó en sus adentros ser, una presencia suya que seguirá por la vida.

Si única fue siempre la postura, el deforme de cambiar sería

inservible, y lactante mama de Tesón. Ahora que la vio la fuerza es

sublime, de su ordenación no entiende que es una ultima sensación. A

su modo, del biocompuesto encuentra demonios en cielos "sin blue". Su

vida se disculpa así, hablando claro de María y cuanto esté que todo

se suprima.

El cielo no importaría pararlo en instantes a riesgo de vida truncada

por ese color que desvaneció, y debate- ¡Oh cielos, yo jamás te borré!

-Es el lamento de una obsesión. E imagina esa fantasía tenerla al

lado, como el sol que diera alegría, en su rostro enseña de la sonrisa

que le encolore.

Al verle en su caso es escaso saber lo que ha de pensar de él. En

nulidad matrimonial debe recitarla palabras hacia su virtud -¿Donde

estás ahora amiga María mía? Si todavía no lo sabe, no renegará por

serla fiel. Sus palabras, resonarán de tormento, eco del pensamiento.

Su mirada reflejará en apostólicos hombres, guiños en inesperado

encuentros.

Como aquello de ti, como todo, como solo tú-. ¡Ahora dime, dime,

dime!, ¿dónde estás amiga mía? Dios te condenó María, vacía eres en

repulsa. El infame creo contigo mi castigo. Desgraciada entre todas

las mujeres, maldito el provecho de tu vientre. Condenada María, madre

ilusa de la divinidad, no concede perdón por ellos fracasados

inocentes, nunca y jamás en toda nuestra muerte hasta que llegues a

encontrarnos en nuestra vida.

-¡No eres de ellos, y te daré un stop de retorno a mi! -Somete ante su

propia aprobación José.

-Flor, hay algo más. En la mansión estaba el cardenal Ratzinger y me

ha hecho frente. Tenía un nivel de fuerza elevado, tanto que me hizo

frente, hasta diría que mas pero se sentía retenido.

Flor ajena a cualquier interpretación no decía nada. Al fin pregunta-,

¿quizás Dios le halla delegado poderes como otras veces ha hecho?

-La explicación me apabulla, no acepso a que a un Obispo pueda darle

Dios ese tipo de poder, no es su papel-. No se -dice José -no se -

repite.

María después de la calma, ya apartado cualquier personaje de estancia

en la habitación revuelve con ella. Reflexiona de pie sentido común a

qué había llegado lo de antes, y le cuesta el iniciar pensarlo. Libra

por apartar la mirada de la cadena que José le había ofrecido y omite

resignarse, sucumbe ante el impulso que le induce a obrar mal,

recogiendo del suelo caído la fruta del árbol prohibido. Le vienen

detalles de cuando el que fue su marido se la entregó a su hijo y se

asusta de cualquier acople de interpretarlo. Abre un cajón del tocador

y recluye la cadena de eslabones enlazados, por condena a grilletes de

presidio, sin derecho de amparo de libertad de expresión.

El príncipe Masín ha llegado tras saber que un intruso había entrado

en su palacete. Directo va en busca de María. Golpea la puerta y abre

sin espera -¿Qué ha ocurrido aquí? -Interpeló que aclarase las dudas

que traía tras el aviso de la indignante incursión del desconocido

forzando la mansión.

María le cuenta asustada lo ocurrido sin dar nombre de hombre, detalla

lo poco que hubo allí de repentino.

-El mal es fuerte -concilia Masín-. Debemos tener fe.

-Si -resignada dice María sin calibrar nada más.



En la mansión las tinieblas no existen, eso sería una malformada

metáfora diabólica. El juego del movimiento, cabalgando como un gato

en la noche saltando sobre la luna, y a este lado daría pena

divertirse. No son mas que procesos incorrectos de una mente

desquiciada.

¡No, no, y mil veces no! En la mansión se respira quietud, negando en

mayor grado un fantasma absurdo de haber existido alguna inquisición.

Es una benévola casa, malévola lo impide libre.

¿De qué entorno es, esta reflexión?

De una inventiva de que los hombres no fueron mediadores buenos.

Sabiendo, reconociendo paso a paso la historia, este mundo de

contraparidas, en donde no se puede encontrar trazos de

confrontamientos, cuando la búsqueda del saber era cosa de herejes, de

míseros brujos retando al sol en su movimiento. De la eternidad muerta

de Eva y Adán, justo hemos de pagar por saciar bajadas de hemoglobina,

de los azucares de fructosa envenenatada. Y si librarse por clero,

porque tú me lo digas ¡Oh señor, elígeme! ¡Elige tu por mí!, porque

sólo merezco vivir si te da en ganas, si has tenido un buen día... me

comprenderás.

En la mansión cerrada a canto, han dado por finalizada la búsqueda de

los intrusos, tras haber descubierto fuera los cuerpos sin vida de dos

esbirros suyos. En la habitación de María está el príncipe Masín y el

cardenal Ratzinger, uno de los príncipes de la iglesia que se recluirá

dentro de unos días junto a la realeza eclesiástica en la ciudad

pontificia para deliberar elegir a un nuevo rey católico, tras el

duelo oficial por el funeral del antiguo patriarca, fallecido o

rendido por Dios hace dos vueltas terrenales. La clave bajo llave está

en el cónclave ¡Annuntio vobis Gaudium magnum... habemus papam! ¡Urbi

et Orb!!, ¡Tenéis nueva papada!, a la explicación de abultamiento

carnoso anormal que se forma debajo de la piel, daños colaterales de

la buena vida, efectos secundarios de buen tratado. Ambos hombres

hablan de lo acontecido. Los semblantes exaltan inquietud en María,

que sentada desea olvidar lo pasado. Tan inesperado inadecuado

momento, desoportuno, rompiendo un millón de ayunos. No sabe qué, no

quiere pensar ni relatar. No detalla nada que dudar, que fastidie

interpretación, acaece de voluntad, se deja llevar.

-Acompañadme -acercándose a María le pide Ratzinger. Esta expresiona

¡Nada!, exactamente. Su aire regulado desatiende los ojos con que el

obispo la indaga, queriendo encontrar un fallo que resorte. Aspaviento

en el interior la turba temerosa, rechazándose de continuar pensando,

pensando y sintiéndose que engaña al detener sus impulsos de

preguntar. Corcha hilos de cabos retorcidos y echa un velo a callar

acompañando al hombre de Dios a otro aposento. Como le solicitó, va en

camino.

Descorcha indecisiones a filásticas ¿Qué es el camino? No razona, el

desconcierto la invade, una alteración agarra su calma. Manejada de

hilos desea cesar su revuelo. La tierra se pierde a lo lejos de su

vista, el pasillo ancho se desplaza, el ruido de las palabras del

obispo comentándole ciertas notas enajena su retirada del verbo a

adjetivo. Se desplaza del camino, -¿y qué es mi camino? -Desorientada

se pregunta ella. Tantas interpretaciones se retuercen, desbordada

parece alejarse de la vía de tierra, de su recorrido rutea sin topar

la dirección que le lleve a algún lugar. Se resuelve su meta volante

cuando los dos se detienen junto a la entrada de uno de los aposentos

de la residencia del príncipe Masín. Ratzinger pasa sin llamar,

seguida de María a rebujo.

Al entrar, la radiación de luz infinita que dimana sin principio ciega

suave la vista, y nítido se rebaja la claridad hasta un ambiente

natural. La figura eternizada, escondida a la humanidad, tan conocida

por los dos personajes se descubre. Muriéndose la curiosidad de

describirlo, atempera las ganas de un nuevo encuentro. Sin dilación

les habla con resonancia, rebotando el eco en la habitación.

-Hijos míos, son tiempos difíciles. Siempre lo ha sido, y llevar la

cruz supone un largo camino de espinas.

María siente estas palabras tal si se crucificara ella misma,

encaminándose de remordimientos se axioma sin comprenderlo su impedido

insensato pulso.

-La muestra que nos ha tocado vivir aquí mismo, nos da una prueba más

de que el mal no tiene intermedio por conseguir su fin -anunciaba a

los llegados, la afirmación del dogma desde el principio del fondo.

Providencia calla y el cardenal Ratzinger se dirige a él, confirmando

las palabras del propio Dios.

-La consistencia y perseverancia conseguirá lograr el mundo que

deseamos.

Se interrumpe su hablar llegando la quietud. El lugar da instancia a

la relajación, a desahogarse, a calmar ánimos y ser sinceros. María no

puede evitarlo, sin retenerlo a través de un gas de la verdad,

cuestiona en propia indecisión.

-¿Porqué Dios, porqué se dirigió ese hombre a mí presencia, que quería

de mí?

Dios retiene su respuesta, haciéndose rogar, y pide a Ratzinger su

abandono de la habitación - Por favor déjanos solos mi fiel alumno -le

clama mirando al cardenal que se inclina mostrando respeto, y torna

irse de su marcha de la reunión. Al dar vuelta atrás enuncia postura

de superhéroe o supervillano con la capa agitada al viento, ¿pero

cuál? María lo distingue, pero ella no está para acometidas de

trapicheos ligeros.

Quedan María y el mandatario de ella solos en la habitación. María

durante estos últimos casi dos mil años le ha servido incondicional a

Dios, abanderada de la fe, el máximo estandarte de sus palabras en la

tierra. Dios utilizaba varios organismos de estructura simple que

fueran portadores del mensaje confiando una autentica programación de

la metrópolis. Ella sin rivalizar el poder que cada uno de los papas

han configurado la máxima estancia en el programa vaticano, es la

máxima que traslada la santidad por el mundo. Los papas vienen y van,

ella siempre ha estado a su lado desde el principio sin dudar, sin

esperar nada a cambio, ¿o quizás sí? Momentos de reflexionar...

-¿Sabes quién era la tentación que te ha visitado? -Le pregunta Dios a

una María insistente de meditaciones.

-Dios, me esquivo de encontrarle respuesta noble, no creo conocerle

pero...

El instructor curiosea en María, y tras llegar de la profundidad de la

luz se hace estar al lado. El le suaviza la frente conteniendo un

toque divino, María sigue explicándose-. Sin embargo tenia la

apariencia de un ser que hace años am.. amenizó mi vida.



-No receles, sólo es una visión de un ensayo constante. El diabólico

trama perversidad donde más nos puede afectar. La pretensión de ese

ser con apariencia humana la desdeño, y tras un alarde bellaco su

finalidad querer confundirte y sabe si ponerte en contra mía.

María, virtuosa discípula siempre representaba esas palabras divinas

como eran transmitidas, y hoy veleidad en rebeldía destripaba esas

uniones de letras, recreo de saltos de consonantes rodeadas de

históricas vocales y asimilaba de Dios ser el interprete de su propia

idea. Ya atrevida preguntó- ¿No podría ser que sea él mismo tras

condenar por el averno?

Dios no intuía ninguna destemplanza en la consulta de María. Ligero lo

tomaba a duda de adolescente, aunque no era normal que nadie ni por

supuesto ella las presentaran..

-En esta ocasión no -sin darle importancia respondía dando respuesta a

la desorientación que tenía la mujer.

Ella no conforme, osada le sugería procaz a Dios- ¿Estás seguro Dios

Mío? No quiero poner en tela de juicio tus palabras y me arrepiento si

al expresarme cometo sacrilegio, pero si él no llegó posiblemente al

reino de los cielos, ¿no podría vivir en su cuerpo eterno con Satanás?

-¡María! -Aceleró Dios la voz en primer momento. Rebajó su iniciado

vocinglero y discreto prosiguió su réplica-. No debes crearte

suposiciones. Belcebú regodearía en tu conjetura. Su júbilo de dicha

aumenta, en cada hipótesis deleite.

Dios retrocede retirándose de su presencia como humo al viento. A

espaldas se desplaza en dirección al fondo, citándole unas ultimas

líneas-. Fe María, fe, todos los demonios se vencen de esta manera.

La mujer sale de la habitación citada de vacilaciones, la lectura en

resumen son creencias no resueltas. No tuvo más nunca que actual,

especular, que en ningún modo más ahora dudó jamás, ¡Ahora y en la

Hora de Nuestra Muerte!

Una oración de una carta que nunca alcanzó trasmitida por Dios a ella,

y de su parte a los humanos. Jesús es una plegaria incesante, y Dios

no le da descanso en su encomienda de retirarse de este mundo, de

acercarse a su hijo, de reencontrarle de esa huida que tras la muerte

no ha llegado el día de reunise. Y ahora él... y el vacile transgresor

prosigue.

La puerta cerrada de la habitación que reunía anteriormente a Dios y

María, gime por el agarre de su empuñadura marcando la acción de

abrirse, nombrando la entrada del recién llegado.

Ratzinger entra y valúa ante Dios el insospechado suceso, con la

aparición de José.

-Hemos de acabar con él -de entereza se manifiesta ante Dios.

-No supone ninguna amenaza, lleva jugando por los siglos pero está

sólo.

-Pero señor, hoy se ha acercado mucho a María, y si consiguiera....

-El no puede hacer nada. De ella no conseguirá nada, porque es mi

instrumento, ¡igual que tú!, ¡igual que todos! Si él vive es porqué le

regalé la vida, quizás ha llegado el momento de vetarle de compartir

el mundo, pero sabes querido hijo que tenemos una misión más

importante, y no podemos desviar nuestras fuerzas en su búsqueda.

Ahora no es el momento, pero pronto llegará su hora, a todos les

llegará. Ahora retírate y con la decisión firme que te hace gala,

devota.

Ratzinger se ausenta, y la reserva de mutismo cerca el recinto.

En otro lado, enemistado con el anterior también se mantiene una

charla. Mas apaciguada entre ellos, pero no mas serena en la énfasis

de la importancia.

Flor examinó accediendo a los archivos del ayuntamiento desde su

ordenador, a que parroquia pertenece el padre Gaudi, era la iglesia de

la alma en pena. Junto a José ha ido a buscarle allí, por si acaso

dieran con él.

Flor hace rato que entró a la capilla. La iglesia desde fuera era

modesta, contraria al visto del templo de oro de cualquier pueblo

edificado entre casas mediocres. El gobierno eclesiástico formaba la

multinacional en franquicias, llegando y construyendo su todo a fe

donde no lo logró la coca cola.

Entretanto José guarda almas en la espera. Nota por la desfachatez de

las formas, presentarse junto a la puerta de la iglesia un monovolumen

de lujo tintado con los cristales oscuros. La velocidad que traía por

la venida y posteriormente el estacionarlo descarado privando el paso

de cebra a su normalidad cuando había espacio suficiente para

aparcarlo bien, abre una pequeña certeza de tener mucha prisa,

silenciada por no salir nadie del vehículo y/o ser los ultra católicos

legionarios de Cristo, rivalizando monetariamente con la banda del

Opus Dei. No cree que vengan a donar parte de su recaudación diaria

del programa "ayuda por un kilo". Su cartera de valores hecha de

donativos particulares confundidos en la letra grande de limosna a

cotizaciones de especulaciones, de comisiones innegables, subvenciones

otorgadas por los partidos más populares, de una derecha encubierta

centralizada al don del dinero donde no hay tendencias, no existe giro

a la zurda, diestra se compensa por tránsfuga de capitales, y al señor

partidario del parlamento negociado. Dios es un negocio al alza, las

acciones se cambian de manos limpias, protegidas por la santa sede

patronal, por las leyes, por el mutismo, incluso por presidente de

organizaciones republicanas gubernamentales tomateras. La corrupción

está blindada, la razón del mundo, en la vanguardia separatista del

país se compra.

La luz apagada del sol hace ademán de retirarse del día. La calle es

transitada alegre, el flujo de ajetreo se renueva de los ir y venir,

la disparidad de los individuos distrae la espera.

La afluencia a la iglesia es constante a cuentagotas, José se detiene

en cada una de ellas.

Quisiera no pensar, pasar del tema religioso, sin que la obsesión le

indujera a permitir parcial cada situación. La repetición de escenas

fervorosas, las insistencias de peticiones, ruegos, deseos de

creyentes, y la suya propia cae en redundancia.

Desenchufado de una recontra, su causa no iza ningún estandarte. No

mueve antenas copadas de medios, no existe la campaña de

desinformación, no atrapa prisioneros. Los enemigos de él ni siguieran

saben que lo son. Aquellas personas que irrumpen la casa del señor, él

los ve, algunos, muchos ya con el techo de su vida alcanzada, a las

puertas de retirarse. Planear que los tiempos ha cambiado, que la

religión descrece, que el fin vendrá a cada nueva generación

reduciendo los fieles o ser válida para una tapadera socioeconómica

politizada sería un error inmenso, una absurdidad tremenda.

La religión excusa la finalidad del misticismo de Dios. Cristianos,

musulmanes, mormones, tibetanos, la diferencia depara en detalles,

Fariseísmo que al cesar renacería en necedades o en disparates.

Humanos ataviados en vidas simples, se empeñan en salvar almas de

pecaminosos cuerpos. Sentenciados a la condena de Dios, alimentándose

de sus miserables existencias.

José despabila de representaciones teatrales cómicos-dramáticas cuando

pequeña flor baja las escaleras que rige desde la puerta de la entrada

de la iglesia a la calle. La mujer al acercarse al monovolumen lo

rodea para cruzar, y distrae su mirada de lo que piensa. Memoriza la

matricula y prosigue hacia su automóvil. Al llegar no encuentra a José

en el asiento de copiloto. Disimula en su intento de buscarle, con

ojos en la espalda desde los monos descalabrados acechan como se

desplaza. Sin girar la postura abre la furgoneta, y se pierde unos

segundos en tonterías, ganándose el tiempo para discurrir que hacer.

-No mires atrás -oye desde el trasero de los asientos delanteros,

donde se resguarda José. Lo puede ver por el retrovisor torciendo la

mirada, pero inmediato lo evita en su disimulo.

-Haz que te vas, sin detenerte. No digas nada, pueden notar que

hablas.

Pequeña flor arranca el automóvil y sale a la carretera. Se cruza en

el paralelo sentido con el monovolumen donde perceptivos la mirada

dirigían sus ocupantes a la retirada de la mujer, por la vía de dos

carriles. Tras pasarles, pocos metros más adelante José le señala con

su voz-. Metámonos en ese callejón, desde allí no podrán vernos.

Flor cumple la sugerencia de José y sigue sus indicaciones. La noche

aterriza sobre la poca luz que hay del día antes que se vaya

definitivamente. Conculca las intenciones de cotilleos, y la

vigilancia se torna hacia los inquisidores que protegían o

interpretación libre se enclaustraban confinando el lugar santo.

Flor se dirige a José para hablarle, mirando por el retrovisor no le

ve en la parte trasera. Él le habla desde el asiento derecho

causándole sorpresa a la mujer. Ella dice- No hagas eso, por Zeus.

-Ja, muy bueno. Por Zeus u Odín.

-U Odín de Zeus -da la vuelta pesuña flor.

Frívola la conversación retira la tensión apilada desde la temprana

mañana. La noche ha cercado al día, y le embosca para apoderarse de

sus dominios despedidos de tiempo especifico que preciar.

Pequeña flor trajina un ordenador portátil en la parte de atrás del

vehículo tras pasarse desde la parte delantera. Jesús cuida vigilando

la iglesia y la supervisión que aparcada seguía allí. A la vez,

cotillea a intervalos la búsqueda en la red de pequeña flor. Ella le

está contando lo acontecido en la parroquia.

-Los fieles me han contando que no han visto venir hoy al Padre Gaudi,

y de la monja que te he hablado, que me había dicho que no podía

atenderme hoy al estar enfermo, la noté exaltada.

-Quizás tome mucha cafeína -dijo José.

-¡Sí, o micebrina con redbull! -añadió Flor. José la miraba y sonreía,

volviendo a su vigilancia para no perderse en algún despiste-. En

serio José, creo que ella sabe donde está. Puede que en la iglesia

escondido ¿no? -Se preguntaba poniendo alguna posibilidad a su

encuentro.

José no contestó, no sabía si cabría esa opción de hallarse en la

parroquia refugiado el cura.

-¡Vualá¡ -Elevó la voz Pequeña Flor, entusiasmada por hallar lo que

indagaba en el ordenador.

-¿Qué has encontrado? -Le preguntó José.

-He entrado en la base de datos de tráfico y he dado con la placa de

la matrícula de la furgoneta que está esperando. Y no te vas a

sorprender, verás que no, está a nombre de Rocco veleta.

-¡El Obispo! -Ellos mantienen su mirada, sobre el semblante afirman

incorporando sin comprendio, aparte de la trama de la intriga.

Sin dar tregua para cábala irrefutables, José ve salir a una monja de

la parroquia, y se lo hace saber a pequeña flor-. ¡Está saliendo una

religiosa!

Con el barro revestido en las ruedas esperaban en el vehículo

Un pésimo centímetro es capaz de destruir un mundo, quebrar una luna,

y recorrer la vida para llevarla al límite del frío inexplicable.

Una bala lo pudo con todo, y saló al ser de José en humedad sumergida.

Le llegó a su flor la alergia del mundo pasada de humano a humano,

pistola en mano contagia inmunes bronquios por respirar impensable

paz.

En los pequeños detalles se esconde lo más grande. Atacada niña, la

sobresalía tanta sangre que su corazón tallaba XL.

El genocida infantil cargaba de nuevo pasando su fuego a senior.

Eléctrico motor José detiene la afluencia de recursos, apunto de nuevo

¡asesino! Devuelve atestado por la boca esperma de una hilera de

tejidos de rata hinchada por la cloaca del vomito. Son dos cámaras de

aire que se pinchan, pulmones salidos de padre que acaban desinflado,

y separado por no respirar, merecido le consumen al Croata.

José despoja la cubierta, a pecho, y con la camisa quitada procura

inmovilizar la incontrolada sangre que no se detiene en la retención

del torniquete.

La flor se manchó teniéndose del color del corazón. José aspiraba para

que no se secara al sol.

-¡Es con quien hablé, la hermana margarita! -La novicia está

motorizada. Abre un coche gastado por los años y se marcha del

cuadrante que José y Flor pueden llegar a ver desde donde están. El

monovolumen mafioso que esperaba en descansillo ruge el motor, se

encienden las luces conduciéndola detrás del coche de la monja, lo que

hace que José y flor se unan en su persecución como pista válida,

empezando la casería del juego del gato y el ratón, cerrando la

comitiva.

Alejándose por las calles de las grandes avenidas tras dejar una vía

rápida, la monja tuerce hacia una zona más cerrada, además estrecha.

La zona residencial aparece desértica casi de gente y coches

circulando, y la línea imaginaria que pende el equilibrio que forma su

mediatriz se alarga, guardando separación de no ser descubiertos. Los

circulantes de ABC conjuran restringiéndose conminarse de pronto.

La lentitud de la monja al conducir rumorea que busca aparcamiento.

Hallándolo fácil, lo señala para aviso de quien venga detrás. Los

ocultos seguidores se detienen cobijándose en la oscuridad, y salen

del encubrido transporte tres hombres siguiendo sus pasos.

El vehículo donde viene José y pequeña flor retiene su carrera,

calibrando una separación comedida.

José balanza la táctica de forma arbitraria, soportando él todo su

peso-. Espera aquí, pequeña flor. Ahora sabemos si es una pista falsa

-José sale a la calle, y abre la puerta seguido más cerrarla, pidiendo

prudencia a Flor-. Te lo digo en serio, no te muevas de aquí, ¡y si te

descubrieran vete no me esperes!

Tras un nuevo cierre José simula ser un paseante más, en esta calle un

paseante casi único. Logra ver a la monja entrar en un portal antes de

perderla de vista, y a pocos metros de ella los tres presuntos

legionarios de Cristo la igualan entrando en el edificio.

Al aproximarse al monovolumen de sus antecesores perseguidores, José

calibra si ocuparse de los ocupantes que hubiera o librarse rápido

esquivándoles e ir tras la monja.

El discreto silencio se ha adueñado de la calle. No es menos cierto

que esto duda segundos, la quietud se anega tras el escollo golpear

contra el espejo retrovisor derecho, haciéndolo añicos, de una piedra.

Sobresaltados salen los ocupantes delanteros del automóvil, gritando-,

¿qué pasa, qué ocurre? ¡Demonios! -Consigue decir el que bajó por la

parte del copiloto al ver venir un objeto hacia él, antes de descubrir

que es la punta de una bota, más el resto que ya no vería al sufrir un

puntapié del salto que había dado José hacia él, reservándose

contrarréplica a- ¡No a los Demonios!

Antes de que pueda hablar el conductor que ha bajado por su lado, y

estaba sacando su arma de la empuñadura de piel que llevaba en el

pecho, José voltea sobre el capó de la furgoneta, girándose en pleno

revuelo le sacude una patada en los morros acallando las intenciones

que en giro brusco conducía. Este pierde el equilibrio por el impacto

tambaleándose hacia atrás, a la vez que de la parte trasera del piloto

un tercer hombre que permanecía en el interior del vehículo sale

esgrimiendo una pistola. José se escuda agarrando al piloto golpeado,

deteniendo su caída se impulsa junto a él al sentido contrario,

cayendo de espaldas y delante viniéndosele encima el inconsciente

cochero, rebatiendo el desafío de la acusación que le apuntaba el otro

sicario, reprobado detiene en su cuerpo los impactos de bala. José en

su caída, acerca su mano al brazo del ya muerto esbirro a torpeza de

su compañero, y sujetando la pistola que se desprendía de los inertes

dedos insensibles, deriva en un disparo que disgrega las intenciones

de su opresor deteniendo en seco el recorrido de su execrable

existencia

Oculto tras la furgoneta pequeña flor no eleva toda la visión que

tranquilice la lucha que ha contemplado en parte. A flor de piel

alivia tensión, al poco puede ver que José sigue en pasos corriendo

veloz hasta el portal entrando, dejando en la calle tras un pausado,

vuelta a la calma.

Recién llegado, echando iniciativa recoge la idea de plantearse la

situación más acorde. Remiendos a tantas luchas sacando conclusas

recompensas, de personas concretas, de dañar insignificante a Dios o a

sus fanáticos ultras, sabe que son idioteces en lo que representaría

una batalla real contra su enemigo.

Está dureza de juego ante amalgamados hombres sin don. Religiosos,

mercenarios, mixtos o autárquicos. La dura entereza se hace

insoportable tras batallas diarias, por existencia acecha en la

búsqueda insistentemente, por fraude de traiciones indignado de la

verdad, cada liza le hace perder algo más en su condición de humano,

de su menguada mitad humana.

En la quinta planta, el hombre que custodia el piso en forma de cura,

escucha en la puerta unos golpes discretos. La llamada es retenida en

la puerta, dilatante.

-Abra padre Gaudi, soy yo, la hermana Margarita -Anuncia quien es para

convencimiento del hombre interior, que abriendo sus puertas deja

pasar a la conocida providencia. Más abrir, le arrojan a cuerpo a la

novicia y sin dar uso a la razón entran los tres hooligans seguidores

de la monja, arropando juntos hacia dentro.

El padre Gaudi descorazonado palidecía de volver a repetirse la misma

escena que le había abrigado a retirarse a escondidas del peligro que

le seguía. La hermana Margarita no omitía la fuerza de su credo ante

los presentes.

Uno de los corpulentos hombres que la atentaba le instigaba. -Reza

cuanto quieras hermanita, que Dios hoy juega en campo contrario.

Otro de los personajes inspeccionaba la morada que escasa limitaba su

confort a una habitación, una cocina de un fogón, un cuarto de baño

enclenque sin baño, más que con un plato de ducha y la sala donde

estaban todos, que parecía haberse tirado unos tabiques para juntar

salón con habitación, al dividir la mitad del piso sólo en este

espacio. De uno de los armarios empotrados sobresalía lo que parecía

una sabana de lo que estaba recubriendo, el colchón de Sor margarita.

Eran detalles insignificantes, despreciables cuando la importante

tensión sometía toda la emoción fuera del cotilleo absurdo de rumorear

explicaciones detalladas, tales como un vaso de agua sobre el armario,

enjuagado de un producto limpiador de una dentadura postiza, que por

cierto, no estaba. Y era fácil buscar en qué boca chirriaba, y de la

cueva que formaba su concavidad escupía caridad en sintonía de

milagros. Cantidad de reseñas de huecos de rellenos, de mal comida o

de caries, empastes de que la han pillado en jaque, que se erosionan

en detalles.

-Limpio, no hay nadie más -advirtió el marujo que buscó por la

vivienda desprotegida.

-Ok, se acabaron los rezos -anunciaba el fin sin escape para los dos

religiosos, a manos de otros hermanos de fe más traviesos.

Exageradamente maliciosos si la censura omitiera negarlo.

De escalones acelerados ya ha llegado José a la quinta. En el pasillo

manifiesta una puerta abierta que le invita a descubrir donde están

sin embozo. En la entrada del rellano se detiene haciendo constar su

presencia, observando el cáliz de la situación, viendo a tres hombres

guardando en paralelo su similitud de coordenadas. Más atrás está la

hermana Margarita, y el padre Gaudi, que ya lo conocía, de haberle

visto en brevedad por la mañana.

El hombre que parecía el jefe de grupo encañonaba con la extensión del

brazo a los dos profesadores católicos. Giró sobre José, este

permanecía parado. Todos, excepto el apuntador retenían moverse, y

hablar- ¡Llegas tarde, la fiesta ha terminado! -Dijo. El brazo de él

seguía extendido, y José se preparaba para el disparo de la pistola

que llevaba puesto silenciador, pero sin embargó paró en seco lo que

se preveía. El sujeto articuló a la inversa volviendo a sus fueros de

origen, y echó fuego del arma contra el sacerdote. La hermana

Margarita se interpuso entre el objetivo recibiendo el impacto del

proyectil.

En ese instante, si de la comparación de una partida de ajedrez fuera,

en pausa, cambió de canal a una melé de rugby. El que había disparado

no volvió a disparar contra el padre Gaudi, que permanecía arropado

cubierto en su mayor parte por el cuerpo que se le iba a la monja

Margarita. Tiró como un juguete de cuerda hacia el lado de José,

dispusiéndose a dispararle. Los otros dos compañeros intentaban sacar

sus armas que permanecían guardadas, ya que la aparición de José les

había pillado por sorpresa y se habían relajado al apresar al cura,

que debido a su indefensión no les causaba ni risa para preocuparse.

El macabro personaje disparó, pero encontró el punto perdido en el

hueco del descansillo, que tras la puerta se había alejado de su

intención de acabar con José. Este había rodado sobre el suelo, y

llegado en gracia se metió entre las piernas del hombre a su espalda,

la cual ya había de nuevo doblado, queriendo ahora sí, acabar con el

padre Gaudi. La monja ya descansando sobre el suelo frío, descontaba

su presencia y el escudo que le supuso al padre Gaudi anteriormente.

José retuvo la intención al colérico hombre. Agarrándole el brazo

logró desviar el proyectil, asestando el disparo contra su compañero

que a la izquierda intentaba apuntar a José, dando de lleno sobre el

cuerpo, caía postergado. De un manotazo abierto sobre el cuello José

sacude a su confrontario un topetazo en la nuca quitándole la

consciencia. Coaccionado a su derecha, chepudo en su intento de

erguirse, saca su pistola el tercer asaltante, el único que quedaba en

pie de ellos. Antes de conseguir levantar el revólver, de una patada

que le impuso José hace nacerle alas al arma, volando fuera de su

alcance. Al retornar José de su medio salto el equilibrio se pierde,

enredado sus pies al posicionar sobre la alfombra le arruga su firme

pose. Tendiéndole una emboscada al azar, cae.

De este aprieto se aprovecha el supervivido intruso, que saca de su

espalda un gran machete afilado que llevaba envuelto en una cartuchera

especial para guardarlo. Le da la vuelta, y sujeta el filo con

determinación de arrojarle el arma blanca. José perdida la situación

agarra rápido una manzana que junto a otros despropósitos se habían

caído, en la entrada que interrumpió el vacío que compartía el padre

Gaudi hasta el presente lance, que maduraba por el suelo

Sujetándola aparándose en legítima defensa, consigue detener el puñal

que le acaban arrojando, al clavarse sobre la pieza de fruta que

actuaba de cáscara baluarte. José contraataca, y desde el suelo le

plancha una llave para hacer caer al impresionado contrincante. Puede

levantarse de inmediato al igual que José que elevando la pierna le

etiqueta, colocándosela debajo de la barbilla arrastrándole medio

metro, cuerpo entero hacia atrás contra el tabique ejerciendo una

fuerza brutal le sujeta y eleva del suelo, presionándole el cuello

hasta que cesa su anhelo de recoger insistentemente oxigeno que se le

escapaba.

José tras acabar con el último legionario comprobado al arranque de

tirón de camisa, se acerca al padre Gaudi, que sentado sobre el suelo

guardaba el cadáver de la hermana Margarita. Perceptivo de lo que

había pasado, no encontraba una posición a la que acogerse, perdido en

todo este asunto del deseo que tenían de darle muerte.

-¡Hemos de irnos de aquí, pronto vendrán más! -le informaba en

frecuencia modulada al sacerdote que arrugaba su cara, cuando para él

se había detenido la transmisión de señales que escuchar. Ver allí la

hermana postrada, los cuerpos también perdidos acompañándoles por el

pavimento de esos hombres que instantes escasos habían intentando

matarle, y ahora esa voz consejera de un hombre desconocido, que si,

que le había salvado dos veces, no sabe como encajarlo en el tiempo

presente.

-Y no podré retenerles indefinidamente en su empeño de asesinarle -

prosiguió su insistencia José, con una frase tan rotunda que el cura

se lo tomo como un hecho real, práctico, válido actualmente.

Se levantó diciendo- ¡Vayámonos¡ -a un modo pausado acompañando sus

pasos. José salió por delante vigilando la entrada por si hubieran

llegado más contrincantes, pero allí no había nadie más. El silencio

impuesto inhabitado a voluntad dejaba carente el vació del pasillo.

Se dirigió de nuevo al sacerdote, que de pie observaba el plante de la

escena sin inclinarse por salir definitivamente del piso-. Ya no

podemos hacer nada por ella -le comentó agarrando suave el brazo del

Padre Gaudi, queriendo aportarle entereza

Dándole la razón en oculto silencio, el hombre apagado salió de la

casa y bajaron escaleras hasta el portal. José nuevamente conspiró una

posible encerrona de que le esperaran, y se escurrió fuera a la calle,

asegurándose que no corrían peligro.

A la pequeña distancia seguían por los suelos los esbirros, tumbados

por coma mortal. Oyeron de inmediato sirenas de policía que anunciaba

la pronta venida al lugar. José quiso hacer un gesto llamando la

atención de Flor, pero esta ya habiendo visto a ambos hombres salir

del edificio había ido a su encuentro. Deteniéndose sobre ellos les

instan en una de esas dependencias que sobraban al caso-. ¡Subir,

rápido!

José iniciaba entrar por la puerta derecha delantera, cuando el padre

Gaudi sugirió-, ¿no deberíamos esperar a la policía? Se encargaran de

ellos y...

José se detuvo sin entrar en el vehículo. Sujeto sus brazos al techo,

dio vuelta a la cabeza y se dirigió raudo con sus palabras al

intranquilo y confundido sacerdote-. ¡Ellos son la policía! Si quiere

vivir padre -diciéndolo de una forma que le resultaba a José forzada a

calidad de que considerase su confianza en él, añadiendo-, no intente

buscar una razón. Si se queda no obtendrá respuestas, sólo la muerte.

El padre Gaudi, que en básico se había sentado en su decisión de

esperar a la fuerza de ley al oír sus bocinas, la serena explicación

de José le instigó de tal manera, que dándole todo un acertijo era

justo lo necesario para decidir acompañarles.

José ya había entrado en la furgoneta, notificó a Flor la muerte de la

monja y andaba sentado dispuesto a irse. El padre Gaudi abrió la parte

trasera y dijo en humor negro-. Espero que no halla que echar

gasolina, no me he traído la cartera..

José y pequeña flor se miraron y sin malevosidad carcajearon en reposo

ante la expresión tan insospechada que había tenido el clérigo-. No se

preocupe Gaudi, y no evite distenderse. El peligro de hoy ha cesado de

momento.

Algo que cura insignificante no podía calmar religiosamente. Parecía

tenderle un alivio contenido el que la resolución de su tranquilidad

no había llegado. No era sólo los intentos de matarle, no era todo lo

que consistía en él, ahora ya había muerto una persona a costa de

salvarle la vida y era tembloroso no poder cesar revivirlo.

La furgoneta iba por las calles alejándose del punto donde se encontró

el trance, en el piso de la monja. Las sirenas ya no se escuchaban, y

el derroche de evitar hablar aguantando la huida ya cansaba en todos.

Rompió pequeña flor el himen del sigilo-. Padre, ¿dónde estaba, esa

era su casa? -Ellos no lo sabían, quizás tenían puesta su creencia en

que no, pero flor aparte de querer saberlo segura, buscaba complicidad

para formar un diálogo.

-¡No!, era la vivienda de la hermana Margarita. Pobrecilla, era tan

buena. Me refugié en su casa tras lo que pasó esta mañana en el hotel

-No dio detalles de lo que había pasado allí, ya que había visto a

ellos dos, a José en la habitación y a pequeña flor cuando huía en la

misma planta, donde había encontrado el infortunio de su sentencia.

Gaudi inició una de las tantas dudas que se le amontonaban, y varias

donde ambos acompañantes que le antesaban en el vehículo estaban de

por medio-. ¿Vosotros quienes sois? -Preguntó buscando un poco de luz

al sin sentido.

- Yo soy Flor.

- Pequeña flor -sugiere José.

-Y él es José- le da réplica ella.

-¿O pequeño José? Se dice el padre Gaudi, sin esperar comentarios.

-Bruuff -Flor se parte de risa al oír esto, mientras José se lo toma

simpáticamente.

-Ésta podría ser su oportunidad de cambiar de profesión -le sugería a

José dirigiéndose al cura.

Dejar los votos por el reality show.

-Sinceramente, estaba en proceso de descolmugarme y dejar el

sacerdocio. Soy teólogo, si, así es como me considero.

-¿Quiere decir que ya no pertenece a la familia católica? -Le preguntó

Flor.

-Bueno yo... -se retiene primer momento cautelando que decir y

prosigue- a todos los niveles sigo siendo sacerdote, pero desde hace

tiempo mi labor está encaminada en otro sentido que no comparto con la

Iglesia. Sigo sí, quizás de forma egoísta por la oportunidad de poder

ayudar a otras personas, que estando fuera sin hábitos no conseguiría.

-Menos mal, decía flor. Sino a ver como convencer a un sacerdote de

José.

Gaudi no comprendía de que hablaba, siquiera si se trataba ese José

del mismo hombre que le había ayudado a librarse de sus opresores.

Trasladó su indecisión a ella preguntándoselo-, ¿José, pequeño José? -

Señalándole al hombre que le había rescatado..

-¡No, Gaudi! Soy solo José, sin pequeño.

Flor no aguantaba más, y se reía sin poderlo retener. José la miraba y

se sentía salpicado de risa, de tanta que hasta a él le hizo sonreír.

-Ah perdón Don José, usted disculpe mi torpeza.

-Nooooo, esto va a peor -Pequeña Flor que aun no había detenido la

risa del anterior comentario cómico de Gaudi, detuvo el coche entrando

en un camino que encontró en la carretera, escondiendo la furgoneta de

presencia de miradas ajenas. Flor no era apática a la última

valoración oral de Gaudi y no titubeaba en reírse.

Ella Apagó el motor, restreñando el ruido. Las luces ocluyeron su

mirar, quedando en stand by dormían.

Desde luego la coyuntura que obligaba a haberse unido a aquellos tres

personajes en el día de hoy daba por sentado que la carga de pesar era

mal sostenida, y en cambio ante una intervención inoportuna de Gaudi

se retornaba por y aunque fuera instantánea perecedera, hasta su

caduco momento ocurrente, sobre todo para flor, que le había entrado

el baile de san vito.

José explicaba clases de parvulario cívico.

-Usted Gaudi. Ella -señalándola- Flor, y yo José, sólo José, no es tan

difícil.

-Lo he entendido -advertía el cura sin ánimos de debatir, concienciado

de no darle importancia si había habido alguna expresión inapropiada-

No piensen que soy un estúpido. Ya lo tengo claro, tú José, y ella

flor, o chiquita flor -dijo con templarte adusto.

-Eh, pero bueno -se rebelaba flor de lo oído.

-Excúsame hija, era mi forma de quitarme el miedo que tengo.

Dispénsame, me reprocho yo mismo de ser tan infantil.

-Nada, ha sido divertido -oxígeno nitroso alertado por fuego sacudía,

y mediaba de ser singularidades espontáneas sin trasfondo.

-Gaudi, ¿porqué han intentado matarle? -Intentaba José averiguar lo

que estaba ocurriendo, perdiéndose la fugaz relajación.

El rostro del padre se serenaba en querer hablar, respondía su

semblante en no poder explicar muy bien el suceso- ¿No sabéis vosotros

el porqué? -Contrapreguntaba.

José y flor le miraban y no negaron. Esperaban que el párroco les

diera la respuesta, y él distinguía en la callada negación de ellos

que lo confirmaba ese apunte.

El padre intentó sacar algo que exponer, pero se le notaba reticente a

desvelar cualquier dato que no debiera. No se encontraba del todo

seguro, pero sabía al completo que ellos le habían ayudado a salvar la

vida, y si no fuera por la intervención precisa de José, ahora no

estaría destejiendo cuerdas que sujetaban el puente hacia la única

salida despejada. Era un riego adentrarse y caer, pero el obstáculo es

que le habían empujado ya parcialmente atravesarlo, impulsándole de un

modo agresivo. Sin ser atrevido no decide, tan único pasaje se supone

que hasta cruzarlo por inercia se debe, se sigue.

-Yo... -iniciaba en un gran monosílabo su idea que le pedían ambos

personajes que acababa de conocer un rato antes. Yc... - parecía tener

una respiración sibilante o querer volver a la estrecha sobresaliente

monosílaba, pero aceleró en su pasar y saltó en él, conjuntándose a la

vez con nuevas palabras-, no puedo confirmar el porqué de atentar

contra mí. Es cierto que intuyo que debe ser... -amagó a medias y

prosiguió su explicación-. por el desc... -renovó su parada en espera,

y se encaminó sin vuelta atrás al desnudar los cabos que agarraban la

entrada del reforzado portón-, descubrimiento que hice, pero no

entiendo que por ello desearan mi...

José le detuvo para ayudarle en la travesía.- ¿Qué descubrimiento? -le

solicitó que hablara de ello.

Gaudi se escurría entre los tablones. Miró atrás, y la pasarela no

tenia ya entrada. Era perecer o seguir y sortear lo que hubiera que

venir. Se instaló en su continuar agarrando la mano que le tendía

José.

-Una profecía que concierne al mundo religioso, y en global a la

humanidad.

Flor se dirigía a José evaluando lo que había oído, dándole

explicación a su entender-. ¿Las profecías no han sido instrumento del

pasado? Hace siglos que no hay nada relevante en la forma de actuar de

él.

-Sí, tienes razón, pero dejemos que nos diga. Gaudi por favor,

cuéntenos qué tiene de misteriosa esa profecía

-Bueno, sería muy largo de explicar, y necesitaría mis apuntes para

poder dar una visión correcta de ella, aunque se puede simplificar en

una fecha histórica precedida por otras que ya ha habido que dará con

un eventual suceso sin precedente.

-¿No se tratará -le preguntaba flor- de la profecía de los papas,

donde el último de la lista sería ´"Petrus Romanus", y alude a la

destrucción de la ciudad de las siete colinas?

-¿La profecía de Malachy? -Curioseaba en pregunta-respuesta rápida

José.

-San Malachy -Detalla Gaudi, corrigiendo lo que no era un fallo de

José, sino su actitud de anular nombrar santos donde no los hay.

-Sí -dice Pequeña Flor-. Circulaba el rumor por internet...

-El viejo bastado irlandés -denigrando interrumpió José los detalles

que daba la mujer.

Gaudi alzaba su miraba impactado, no acostumbrado a este reproche

malsano hacia personas religiosas.

-Es verdad que existe, ejem, esa profecía, que le fue otorgada por uno

de los propios papas a instancia del mandamás, pero el muy ignorante

apenas sabía leer, ya que mintió en su congregación haciéndose pasar

por escribano, y malinterpretó los escritos que le dieron para formar

la leyenda de los futuros papas -narraba José cuanto sabía.

El padre Gaudi se sorprendía del tema que se hablaba. Le resultaba

insólito los comentarios de José de temas que él, no ya como católico

donde debería aceptarlos ciegamente, sino como historiador de

religiones le obedecían familiares. Ahora separados enemistados, la

historia era su debilidad y la causa de encontrarse desvalido de la

desgracia recogida en la última cosecha del día-. ¿Cómo sabe eso amigo

José, porqué cree que San Malachy interpretó mal la profecía que tuvo

durante su visita a roma?

-No lo creo, lo sé, créame Gaudi, lo sé.

Sin mojarse, a Gaudi no le pareció convincente la respuesta de un José

precavido de la intemperie. Ya que él en cambio pasaba sobre suelo

mojado de un puente escurridizo, lluvioso se añadía a su tarea

difícil. Entendió que había sido sincero con sus compañeros de

travesía, pero sin embargo de ellos no conocía nada, ningún dato que

permitiera poder juzgarles, o al menos adjetivizarles. Así se lo hizo

saber a ambos.

-Creo que deberíais contarme como sabíais que iban a intentar matarme.

Yo he revelado en parte confiando en vosotros, pero necesito lo mismo

que me pedís, respuestas, que ahora me aquejan mi cabeza de tremendas

dudas. Lo necesito -no dijo más, aceptando que ellos habían entendido

perfecto su postura.

-Está bien, sincerémonos. Yo soy José, José de Nazaret, lucho contra

Dios, busco a María. Esta mañana seguía su rastro y me tropecé con

usted en la habitación cuando le iban a despachar. Después le hemos

buscado para que nos pudiera dar una explicación al porqué, de lo que

había pasado. Y nada más. Bueno, y pequeña Flor me acompaña, pero no

tema, ella es normal.

-Si -acepta ella-, así que la kriptonita no me hace nada.

El presbítero ordenaba cuanto había escuchado. En primera instancia

tomaba a José sus palabras por loco, en segunda de cómico, y de vuelta

a la sensación de que aquel hombre estaba chiflado le hizo entender

los complejos.

-¿Estáis locos o qué intenciones tenéis para engañarme de este modo

tan vil?

José agarró el brazo a Gaudi, y este, ambos, partieron en una

retrospectiva que José proyectaba de un momento vivido anteriormente.

Era una de las habilidades que podía conseguir. Cierto modo no era lo

que los ignorantes pensarían como un gran don, un poder absoluto,

simple sólo le valía para volver a vivir su vida si era preciso.

Si olvidar es difícil cuando se quiere, cuando la vida está grabada es

imposible desprenderse de ella. A voluntad él podía regresar, y al

igual uniéndose a otra persona seguirla en el viaje al pasado... en un

retorno de ida y vuelta válido para ocasiones. Ahora José trasladaba a

Gaudi a un recuerdo profano en las entrañas de su mente.

En primeras, revive la escena en la habitación del hotel tras la

puerta. El propio Gaudi oye sus palabras, recorre la escena de José

luchando con los malvados hombres que se encontraban en la sala, los

disparos, los asesinos caídos, y se fija en la cruz roja de uno de

ellos. Se agacha intentando tocarla temeroso, descubriendo que sólo es

una capa en la cinta del tiempo. Una figura que ve, que oye, y siente

tan natural como estar allí sin poder participar. Un espíritu

revelado, velando la película de José. Ve su propia huida, y el

posterior encuentro de pequeña flor llegando por el pasillo hacia la

habitación.

Inmediato saltan en el recuerdo en el frescor del tiempo para

trasladarse a uno histórico, la condenación a la crucifixión de su

hijo Jesús de Nazaret, ajusticiado bajo mandato del procurador romano

Poncio Pilato. José no puede aguantar ni el mínimo comienzo y vuelven

a la realidad, Gaudi impactado recobra la mesura. Ecuánime no concibe

entenderlo, esto tan irreal que seduce de auténtica realidad. Sensato

no es momento de tirarse a ilusiones-. ¿Qué me has hecho José, has

usado hipnosis conmigo?

-¿Eso has sentido, o únicamente eso piensas?

El clérigo procuraba serenarse, y elucidar sentido común-. Esto no es

posible -ese fue su argumento.

-¿Y ahora qué me dices, estás seguro que estás despierto? -Preguntaba

al párroco.

Gaudi lo interpretaba como un deseo de intentar confundirle, pero no

cayó en la táctica que empleaba José-. ¡No, ahora estoy aquí,

despierto, y dueño de mí mismo!

-¿Y como aclaras eso? -Le señalaba hacía él, hacia sus piernas.

Gaudi se miró, y desde las pantorrillas hasta su calzado brillaba,

estando envuelto de polvo.

Manchado con la misma énfasis que tras una caminata donde se recibe

los deshechos menudos del camino de arena y se engancha barro en el

calzado, él lo llevaba refregado. Polvareda de gravilla, nubes de lodo

le impregnaban.

-¿Cómo es posible? -Se decía. José le aclaraba su perplejidad.

-Cuando salto a un recuerdo, el llevarlo a cabo tiene una tasa. En mi

memoria no se pierde, o mejor dicho, estará como en cualquier persona,

pero al querer reemprenderlo como el que hemos tenido no será

recuperado igual, se habrán perdidos detalles -como un filme,

celuloides quemados se desecan, extrayéndole la savia la remembranza

seca-, y por ello ese polvo que tú tienes es capa de mis momentos que

ya no rebrotarán, ¡como este polvo!

José abre la palma de la mano, que desde que llegó del tránsfugo viaje

perpetuaba cerrada resistiéndose a la pérdida de su existencia

elemental.

Abriéndola la deja caer como reloj de arena, irremediable irreparar su

angustia compartida junto a Gaudi, de Jesús.

Quieto en la gran noche Flor y Gaudi obedecían el instinto de dejar

pasar un respiro al alma, al que José tendía un pulso coetáneo,

simple, eterno. Se dio media vuelta, y se encaminó allá hacia la línea

de arboles que entre la espesura y la poca luz que regaba la luna se

perdía su silueta.

El padre Gaudi, sintiéndose castigo y amigo de haber revivido de

instantes pasados y actualmente perdidos de José, tan duros, tan

espectaculares, irracionalmente humanísticos se preocupaba de su ida.

Se interesó alzando la voz- ¿José, a donde vas?

-Una voz acelerada gritona, le llegaba desde la maleza-. ¡Voy a mear!

Gaudi se quedó pillado, avergonzado en parte, no sin saber más si de

la pregunta o de la respuesta.

Flor enmascara su boca tapándola con la mano, sin poder no mediar en

el rostro un simulo de su gracia.

Al poco volvió José. Flor y Gaudi permanecían en silencio, cosa que no

esperaba José, pero la incomoda desligada ultima pregunta le llenó de

rubor al cura. Ya pasó y ahora parecía estar meditando en su cabeza,

calibrando sus propias ideas.

-Imagino que lo que le he contado y ha visto le habrá asombrado -

comentaba José.

-No estoy acostumbrado a que la gente sea tan flanca conmigo a la hora

de hacer a sus necesidades.

El padre le contestaba a su escaso entender que José hablaba de algo

contrario a lo que preguntaba, puesto que se encomendaba en sus

pensamientos haciendo cábalas. José miraba a Flor gesticulando con los

hombros como no entendieron lo que quería decir, y esta ya, en

disimulo total se dio la vuelta mirando a otro lado haciéndose la

desinteresada para esconder su risa.

-José creyó entender, o sin exactitud detallaba a Gaudi-. Me refería a

saber quien soy, y..

-Sí, desde luego, y me gustaría saber tantas cosas de usted, que me

podrían interesar. Ya pienso en las maravillosas confirmaciones que me

podría dar a mis estudios.

El cura hablaba como estudioso matemático complejo, parecía no

alterado de algo tan enormemente sorprendente, de haber conocido a

José Se lo tomaba de forma natural, y no ya por ser un, o un ex medio

religioso como anticipó el mismo, pero no era normal esta falta de

desinterés inicial. A José no le molestaba, era singular el trato.

-José -el sacerdote se inclinó en una duda hacia él, pero no era la

que pensaba por donde podía ir-. Reparé en la habitación de una cosa

que me había llamado peculiar mi atención. Uno de los hombres que

había aporreado en la pelea llevaba una Svástica

-¿Se refiere a la cruz roja tatuada que llevaba?

-Sí, pero era una cruz envuelta en el símbolo...

-Esos símbolos eran normales en los Ustasha, eran religiosos nazis.

-¡Ustasha! -Reaccionó sorprendido Gaudi-. Pe... pero si los Ustasha se

extinguieron con el paso de los tiempos, sólo deberían quedar

auténticos ancianos que hallan sobrevivido.

José buscaba la forma de explicarle el hecho de que los Ustasha

estuvieran presentes en esta época, cosa que él también deslumbraba

como chocante. Podría responder en parte a la existencia en el tiempo

de estas temerosas personalidades, y hacerlo era complejo, era

esclarecer todo o casi todo el revuelo de la religión, de Dios, del

cielo y la tierra, de la vida y la desvivida desviva.

Créame que yo también me he asombrado de su reaparición, ya hace tanto

que no sabia nada de ellos, pero tenga conciencia que no

desaparecieron. Tras la guerra mundial ejercieron algunas operaciones

fastuosas.

¿Cómo... -Gaudi se urdía en el conocimiento. Risa cínica que aplaca la

religión, oprime cualquier suspicacia en la búsqueda de la duda, de

las teorías, de la verdad.

-¿Cómo cuál? -Seguía la tendida pregunta iniciada de Gaudi, José-.

¡Kennedy! - coordinaba queriendo convencer rápido-. Después otras

penetraciones más calladas, pero desde los años 80 apenas se han

registrado incursiones de movimientos, que sepa al menos de ellos, y

ya los daba por una red desmantelada y sus combatientes reclutados en

otras organizaciones

Gaudi se lo tomaba despacio. Demasiadas sensaciones se hacinaban, para

dar cabida a un tenso debate como a él gustaría. Debe omitirlas de

momento, aunque era difícil para él.

-¡Kenendy, es increíble! -reflejaba su sensación Gaudi.

-Nosotros no sabíamos que intentaban asesinarle. Cuando me encontró en

la habitación estaba buscando alguna pista que me dijera algo de la

presencia de María en el hotel.

-¿María... qué María? -Preguntó de no saber de quien se trataba. Ipso

facto, dictada la pena de excomunión se echó la mano a la boca

descorazonado-, ¡María! ¿María Inmaculada? -Averiguaba saberlo en su

irresolución.

-¡María, mi María! -era su suponer. No hace falta ser un escogido, un

diestro de visualizaciones mágicas ni etéreas, para descubrir el ánima

de José sensible ante la nula incruenta de pensar en ella. No es una

falta caer en su pensamiento, no es un error, más maldito corazón que

late, que presume de amor, del negado perdido poderío de sentirse a

escasos niveles vivo.

¡Retenido!, exclama en la lejana existencia vagando mordaz de amenazas

seguidas, de locuaces interveniencias. Las déspotas contiendas, la

aborrecible calamidad que su mundo le tilda faltándole a su

sinceridad, y él tan solo quisiera ser normal, ser vurgal natural, un

callado sin quejarse ni que gritar, un renegado adorador de

estropicios, de hipocricio, todo cambiarlo... por tenerla a su lado.

¡Su María! Sus autoritarias palabras de dueño de una mujer es lo único

que le queda, que pueda considerar suyo. Ni ella está, ni el amor que

siente que le resta, ni los recuerdos que cieno le agarra sus pasos

ciego, ni el bosque que simula existir de un día estar allí, no anima,

en la castiga diaria de ser tan sólo él, él y su María. Si fuera amor

sería un consuelo en un restriego perdido, pero omnipresente la llama

más allá de aquella persona a la que se ama.

-"Esa es mi María -se señala-. Aquella que me nubla, envuelta de almas

pasajeras reprime mi existencia.

Aquella perdida niña de mis ojos, la que ahora lloro, la que me ignora

en sus despojos. Aquella sonrisa viva, la que concede que se adueñen

hombres sin nombre, de su cuerpo efigie, como soberana zorra

libertina, que inocente exculpa los santos demonios que conozca. Y

fumarada de orgullo que revoque el derrotero sentido de que tú, dueña,

elegiste tu fracasado camino, engañada yo no te dejo porque sigo

siendo yo mismo. Y ángeles no lloran por la desdicha, alucinógenos

vuelan al rumbo que no encuentro, porque ya no te tengo".

José vuelve del viaje, del que tiende acercarse, y prende de nuevo

coraje. Le preguntó interesándose por su aparición esa mañana en la

habitación del hotel a Gaudi, procurando encontrar mayor significado

al estancado derrochismo de calibrar el cómo del porqué que le

consternaba- ¿Porqué fue esta mañana al hotel? ¿Cómo había quedado

allí con el príncipe Masín?

-Yo no conozco al príncipe Masín, había quedado con el Obispo rocco.

Este dato, pasaba de ser insignificante a eludir la responsabilidad de

los actos de terrorismo católico, y de nuevo una vez más, hacia su

propia etnia.

Flor comentó-, Gaudi, los hombres que le intentaron matar esta noche

eran esbirros del príncipe Masín. Y el auto que utilizaron para seguir

a la hermana Margarita pertenece al Obispo rocco.

Gaudi Reflexionó, incrédulo atribuyó una teoría incierta-. ¿Los

hombres del príncipe han matado al Obispo?

-No precisamente. Mejor pensar que él le pasó la información de su

encuentro a Masín, y este debía cumplir la liquidación del contrato

que tuvieran negociado.

En parte Gaudi dudaba de esa cábala, conocía al Obispo desde hace

años, y mantenía un trato respetuoso, sin llegar al amiguismo. Le

consideraba un hombre con ideas duras, conservadoras, y a la vez en el

máximo expresionismo de su cargo.

-¿Porqué en el hotel con el Obispo, un poco extraño, no? -deducía

preguntando Flor.

-Yo no pensé eso ya que me informó que tenía una cita importante allí,

y podríamos vernos antes de su reunión en el mismo hotel para poder

tratar lo que concernía.

-¿Y era...? -Preguntaba José. Y seguido ingirió una segunda pregunta-,

¿Tenía que ver con el Príncipe Masín?

-¡No! -Seco y rotundo apuntaló-. Ya he dicho que no conocía al tal

príncipe de donde sea. La reunión tenía que tratar de la profecía que

antes anticipé. Como pensé que era de absoluta necesidad contar lo que

había encontrado, llamé al Obispo por teléfono, y le conté brevemente

mi hipótesis. Era tarde casi medianoche, y me tendió la ocasión de

vernos a la mañana en el hotel. No hay ninguna reseña significativa

que pueda decir.

-Excepto qué nos explique a nosotros la profecía -daba por buena esta

posibilidad José.

-¿La de Petrus Romanus? -Inquirío Pequeña Flor, ya que antes se había

quedado en el aire saber si se relacionaba con este vaticinio.

-No se trata de eso -dijo Gaudi. Pensó para adentro un pis pas, y los

obsequió con lo que ellos estaban esperando.

-Para explicarlo correctamente sería necesario ir a mi casa y coger

todos los apuntes que tengo. Aunque temo que eso sería imposible que

fuéramos allí, si han conseguido seguir a la hermana Margarita habrán

dado con el paradero de mi casa.

-¡Sin duda es lo primero que habrán hecho! -le confirmaba José.

-Entonces debemos desecharlo, estarán esperándome.

-Si fuese necesario podríamos intentarlo. Ir, y ver como está el

panorama. Es fácil que halla únicamente algunos esbirros allí, pero es

mejor comprobarlo -le sugería José.

-De poder os podría explicar que he conseguido descifrar, sería una

lástima perder todo mi trabajo si aun no lo está -Gaudi decaía en su

disposición de ser optimista al pensar en la eventualidad enorme de

que hubieran robado su investigación.

José le echó una mano por el hombro, animándole- Vamos a ver esa

profecía -de esta frase se estimaba y se aprobaba ir a donde vivía el

católico de derecho, y problemática polémica sin resolver de hecho.









Capítulo III - La profecía Z

La medianoche llegó hace rato. En el proceso de relaciones de igualdad

de noches sin luz y días sin sombras interfiere la complejidad de los

elementos no respetando formas. Sombras al acecho y luces provocadoras

de energía propia, limitadas por tiempo.

-Es al final de esa calle -advierte Gaudi desde la parte trasera de la

furgoneta que conduce Pequeña Flor, y a su lado José. Ellos van por

una calle amplia de cuatros carriles, dos en cada dirección, que ahora

se hace inmensa de ancha por la fluidez en la carretera-. ¡Allí, la de

la puerta verde! -avisa señalando con el brazo el dueño de la

vivienda, de donde se encontraba su hogar. En el trecho que falta

antes de llegar a ese punto, pueden localizar como un coche cercano

está presenciando los movimientos que puedan llegar desde la casa de

Gaudi, al estar aparcado delante suya. Se prevé a cierta vista quienes

serán.

-¡Gaudi! -le nombra José.

-¿Sí? -Contesta este

-¿Su casa tiene entrada trasera? -Le pregunta seguido.

-¡Sí! -Veloz le responde el hombre, que llevaba colgando religioso en

su cuerpo los mismos hábitos desde esta mañana en el hotel.

-Está bien, ¡para aquí Flor! -la furgoneta se detiene siguiendo la

indicación de José. Dirigiéndose a sus acompañantes le muestra las

demás instrucciones para que todo marche bien-. Id por detrás y entrar

dentro de la casa sin encender las luces. Yo ahora iré, en cuanto vea

a nuestros visitantes si están en la lista de invitados.

Su amiga acierta con la cabeza confirmándole la petición de José. Este

baja de la furgoneta, prosiguiendo su camino separado que conducirá al

punto de encuentro. Flor rodea la calle, donde antes de girar debió

pasar por donde estaban los hombres que custodiaban en coche la casa

de Gaudi, sin que interpretaran nada extraño cuando les rebasó delante

de ellos. Al estar en una vía de tránsito, el pasar de los coches era

lo más normal.

La furgoneta se frena en una zona tranquila. Bajan Gaudi y pequeña

Flor entrando por la parte posterior de la casa como habían acordado.

Guiándose con el tacto al estar las luces apagadas, apartando caer se

mueven despacio precavidos de hacer ruido, del que si pueden escuchar

provenir de otra habitación. Se contiene cualquier decisión que

realizar por parte de ellos, cuando de pronto las luces de la sala

donde se hallan se han encendido. Pueden respirar más distendidos sin

cambios bruscos de ritmos al saber que era José quien había quebrado

la dominada tranquilidad-. Tenemos un rato. Tenían sensores de calor

para saber en todo momento si alguien entraba en la casa -les

anunciaba a Pequeña Flor y Gaudi, José en el explicado encuentro,

llegado a este otro ahora mismo.

La vivienda está revuelta, el estropicio es descomunal, es lo primero

que pueden advertir al andar por la casa. La longitud dilatada del

pasillo divide las distintas estancias, todas sacudidas por el

destrozo que encuentran en cada mirada nueva. Los peores de los

temores de Gaudi se han confirmado, ¿O quizás no? -¡Ahora veremos si

se han encontrado lo que andaban buscando! -Coge nervio Gaudi en la

incertidumbre más intranquila y rápido marcha dirigiendo a sus nuevos

amigos hasta un armario empotrado.

Al mover la puerta que estaba fragmentada, hallan cascarones de rotos

estropicios del espejo interno, de los distintos estantes, y lo que

queda de una escultura de ébano. José y pequeña flor entendían que

allí había oculto Gaudi sus anotaciones y fueron encontradas al estar

ausente ¡de nada!, todo el armario. Para estimularles, generoso Gaudi

los sorprendía al subirse encima del cuello de la menguada obra

esculpida que representaba un guerrero, que decapitada cabeza cuadrada

rodaba por los despojos, y abrió el techo, empujando para arriba y

después para dentro la madera, para enseñarles-. ¡El trastero!

Gaudi buscaba con los dedos al lado opuesto de la tapa que hacía de

techo y tiró abajo una escalerilla de cuerdas un tanto rara, que

parecía ser hecha propiamente casera por él. Llevaba peldaños de

madera frágiles de confianza, de poder venirse abajo al escalarla.

-¡Vamos Arriba! ¡Allí tengo to.. o lo tenía! -Humilde no apuesta Gaudi

con lo que se va encontrar.

Al subir, es seguido por José primero y después, ayudándola este

último desde lo alto a su pequeña Flor en la tentativa de unirse a la

expedición, consiguiendo alzarla hasta el desván.

Gaudi ya ha hecho luz, y se alegra enormemente sin ocultarlo al

encontrar todo a salvo y sano, tal cual lo dejó.

-No han estado aquí -comentaba-. En esta cueva, como la llamo, es

donde guardo las cosas más importantes que tengo -seguía detallando-

De coste material no tengo nada apreciable, pero hay un gran valor

enriquecedor y sin precio académico en libros, objetos históricos y

mis estudios que desempeño. En este barrio hay que tener cuidado,

todos me conocen pero es mejor estar prevenido y no dejar al demonio

la posibilidad de tentarle, por eso utilizo este lugar desde hace años

para encerrarme al estudio de mi dedicación.

El trastero no era tan pequeño como se podría creer desde abajo,

ocupaba unos veinte metros cuadrados, y lo que más destacaba sin dudas

aparte del polvo, eran los libros. Decenas se albergaban compartiendo

el lugar además con una mesa de escritorio, un flexón, una bombilla

despojada del calor de una lámpara que colgaba solitaria, raquítica

sobre tres hilos de conducción eléctricos, una pizarra, un par de

armarios para el reposo de los libros, y algunos objetos sin meterlo

fijos en una redacción acorde que pintaba en varios, todo cuanto lucía

por el desnudo globo de vidrio que daba una luz adecuada y generaba

múltiples manchas de perfiles negro monocolor de sombras.

-Como podéis ver -señalándoles la pizarra- aquí esta el quid de la

situación -le muestra partidario de que reconozcan en los recargados

eslóganes, invertebrados que ecuacionaban.

-Si, ahora lo tengo clariiisimo - vocalizaba sarcástica flor.

-Gaudi, explíquenos qué significa toda esta fase, no somos adivinos.

Perdón, perdón, desde luego. Rebuscando entre la historia hallé

indicios de una quimera juntando fragmentos de retablos históricos,

datos perdidos, otros encubiertos disimulados, olvidados e incluso

secuestrados por la propia iglesia, que gracias a mis privilegios

otorgados por el Obispo rocco he podido tener acceso a ellos.

-Para que podáis entenderlo de un modo fácil todo se basa y parte de

la cruz como si fuera un camino, marcando pasos por el mundo de hechos

singulares. Teniéndote aquí José sería de gran ayuda tu colaboración

para confirmar mis conclusiones -detallaba Gaudi el interés de que

interpretaran bien sus conclusiones.

Supongamos que la cruz es una Z -les seguía explicando a José y Flor-,

distingue apuntando y señala tres fechas trascendentales con medida en

su principio, rellano y final. Y aun más, como una ecuación lineal,

cada barra de la Z, o siguiendo la cruz en paralelo distinguirían unas

segundas fechas históricas, ¿Vais entendiendo?

-No. -no -le dijeron ambos oyentes.

Bien -dijo Gaudi. Se acercó al encerado y dibujó una cruz. Sobrepuso

trazando por encima una letra Z y a la vez detallaba el avance por

cada paso que daba-. Fecha 1 inicio de la Z, fecha 2 final de la línea

de arriba de la Z, fecha 3 principio barra central, fecha 4 final de

la barra central, fecha 5 comienzo de la barra inferior, y fecha 6

final de la barra inferior.

-La cruz no tiene barra inferior -aclaraba Flor.

-En este caso es la tierra que la sujeta argucia. ¿Entendéis esto? -le

reflexionaba Gaudi la posición de este valor.

En respuesta simbolizaron sin mencionar palabra que le seguían de

entrada, pero sólo vacío entrante sin llegada.

Ahora José esto es una teoría de apoyo, ya que según mis cálculos

necesito la fecha tres y cuatro, la de la barra central para darle

sentido, y no se tiene certeza de que homólogo en la cruz existiera la

correspondiente forma, en modo de barra inferior, o también conocida

por pie de descanso. Es cierto que no fue hacia el siglo X donde nos

dice las escrituras que aparecen las primeras cruces que tengan esta

forma, y son en cruces eslavas. Siento preguntarte esto José, pero

sería importante saber si la cruz de Jesús tenía... -paró dejando que

la frase no esputara en tremendas la arrogancia dañina. No hacía

falta, sus contertulios comprendían lo que Gaudi inquiría.

José en su recuerdo veía la tormenta de terror de aquel día. El

sustento mediano por querer salvar a Jesús, su rabia sujetada por

vecinos y amigos, ante la atenta mirada de centuriones romanos.

-Las crucifixiones nunca tuvieron punto de apoyo -pudo decir José.

-No me esperaba eso -Gaudi encajaba mal este hecho, ya que su

concreción del trayecto central no encajaba y se divorciaba la

constructiva pieza de seis puntos.

José asaltado de oídos no escuchaba lo que le decía. Inmerso en su

memoria seguía relatando, contando con intrínsecos detalles lo que

ocurrió-. La angustia de Jesús era tan penetrante que su pie derecho

clavado torció la parte floja de la cruz cuando empujó un pie hacia

abajo, mientras le clavaban el otro. Desencajado el hueso, partido,

balanceando sin punto de sostenimiento se colgó al pie izquierdo.

José se arrimó a la pizarra y obtuvo una tiza al arrancarla de los

dedos de Gaudi, que utilizó para sombrear sobre la cruz envuelta en la

z que se había representado antes en el tablero. Los pies de Jesús,

los dos que unidos torcidos hacia la derecha, creaba la barra inferior

de la cruz y fratricida lo que se podía considerar pie de apoyo,

cuando el puntal peculiar que le sostenía se lo daba su propio pie que

aguantaba machacado al otro.

José subrayó esta recta con tal ímpetu que levantó chispas la pizarra.

Por un momento Gaudi se atrevería a proclamar que ese fluir era sangre

lineal, que acababa apagado fuego al contacto de perder el oxigeno que

de tanta concentración se debatía en especie, en puntos concretos.

José examinando añadía-. La cruz eslava tiene una barra extra superior

-la rayó de forma tenue al dibujo de la cruz Zeta.

Gaudi se aproximó con la manga de la camisa y la borró-. Si, si, pero

no interviene en el enigma. Esta línea sólo representa lo que siempre

se ha considerado, la réplica de la que plantó el Apóstol San Andrés

cuando mirando hacia el norte, sobre las montañas del Cáucaso,

vaticinó que una gran Iglesia se levantaría en aquella dirección. San

Andrés de este modo se convirtió en el profeta de la Iglesia Eslava-

Bizantina, que para mí detalla que esta profecía es una intervención

final eclesiástica.

-Andrés no sabía ni cual era el norte, pero en fin... -denegaba José

tributos de santo.

-¿Pero no era pescador? -Le preguntaba Gaudi, mientas flor columpiaba

su mirar en el equilibrio de los dos hombres que manejaban la

conversación. Ella, combinaba en piedra su postura casi inmóvil.

-Pecador un rato, pescador lo que podía pillar -comentaba deshonrando

las memorias que Gaudi supiera transmitida por la secta religiosa.

El menudo hombre no quería perderse en detalles ni entrar en una

confrontación de hechos que solo fueron posibles mitos, ante su

postura imparcial desde hace mucho en temas de leyendas

reflexionarias, a las cuales no entregaría su alma ni aceptando

pondría cuerpo en tierra a disposición de la recalcada verdad

ecuánime, y prosiguió contando-. Si entendéis esto continuaré.

José le detuvo ante una duda que creaba-. Nos hablas de la Z contando

esos 6 puntos de apoyo, ¿y no podría ser que fuera la barra vertical

la línea imaginaria de lo que representa la inclinación de la Z y el

pie de apoyo de la cruz la barra inferior? Si fuera así a su favor,

omitiendo que es la tierra el punto 5 y 6.

-Ya razoné eso hace mucho, pero calculando los desfases de tiempo no

cuadraba, y ahora con lo que acabas de contarme no hay duda de que

encaja perfectamente la hipótesis que presumo al conjunto de la dicha.

Dejadme un momento que os lo explique cuanto tengo por favor -el

hombre invocaba la atención de ellos-. El proyecto Z surte del

sustento de distintas fuentes conjuntadas, para lograr formar un mapa

que estaba repartido en acciones ejercidas de distintas épocas.

-Disculpa Gaudi. ¿Esto lo sabe alguien más? -José quería conocer este

apunte.

-¡No!, a nadie he precisado mi alegato. Y ahora por favor no me

interrumpáis hasta que desarrolle mi razonamiento, después me

preguntáis todo cuanto no comprendáis -de nota breve se mencionó a la

petición requerida.

José plagió recogiendo un gesto religioso, al pedirle disculpas.

Agarrándose las manos como forma de rezo se las llevó al rostro

simbolizando respeto y silencio.

-Como decía, son multitud de años estudiando teología e historia del

arte lo que me llevó de un apunte a otro, y a otro, etc..., enroscando

una secuencia en cadena. Un hecho importante que clama luz al asunto

es lo que el matemático griego Euclides comentó, y esto fue 300 años

antes de la era cristiana. Escribió los elementos, representando allí

los cinco postulados. Siglos después, el matemático alemán Bernhard

Riemann en 1859, redactó una conjetura sobre la distribución de los

ceros, conocida como de la función zeta de Riemann Z(s) -Gaudi

subtitulaba cuantos números complejos redactaba sobre el tablero del

encerado-, y constituye uno de los problemas abiertos más importantes

de las matemáticas contemporáneas. En sus conclusiones se podían sacar

distintas secuencias que encajan en la profecía de la Z.

La función zeta de Riemann Z(s) está definida para todos los números

complejos s =/ 1 y adquiere ciertos ceros "triviales" para s = -2, s =

-4, s = -6, ... El indicio de juicio de Riemann hace referencia a los

ceros no triviales sosteniendo: "La parte real de todo cero no trivial

de la función zeta de Riemann es 1/2.

Por lo tanto los ceros no triviales deberían encontrarse en la línea

crítica 1/2 + i t donde t es un número real e i es la unidad

imaginaria".

José y flor se dividían entre ellos la raíz nula de tener completa la

tabla del problema que les planteaba Gaudi. En la cuantiosa

explicación se podía detectar lo que quería expresar, pero ya cuando

entraba en ecuaciones, en números complejos, en ilimitadas sumas y

restas infinitas, quedaba una claridad sin amperios suficientes de

precisión, multiplicándose las ganas de preguntar. El resultado era

igual a que Gaudi seguía la explicativa solución del desarrollo.

-La función zeta de Riemann Z(s) está definida para todo número

complejo s con parte real > 1 -decía y enmarcaba ajustes de lo dicho

en la pizarra. Por momentos parecía elevarse a la máxima potencia sus

detalles-. En la región{s en C: Re(s) > 1}, esta serie infinita

converge. Bernhard Riemann extendió esta función a todos los números

complejos s con s =/ 1. Esta es la función objeto de la hipótesis de

Riemann.

Gaudi paró en seco, notando que se le iba la interpretación del

razonamiento-. Disculpad este embrollo de números, no puedo negar que

me entusiasma.

Ellos veían a Gaudi en el éxtasis del séptimo cielo cuando hacia

adelante contaba sus números, recobrándoles los adornaba de relación

propia. Emisores de renglones con formas definidas, objetos

simbolizando valores propios, y ahora de la profecía en espera... o en

marcha.

-Recapitulando todo lo anterior os inicio más comprensible cuanto sé.

Existen tres fechas y otras tres secuénciales en paralelo que coincide

con la función zeta de Riemann, o casi. ¡Veamos! El nacimiento de

Jesús fecha 1, la muerte de Jesús fecha 2, el ataque a pearl haword

fecha 4, y la ubicación 6 que dará con el exacto momento de la fecha

crucial más importante, ¡El Apocalipsis! Y aquí vienen los peros, no

he hallado todavía la fecha 3 o 5, y es que con encontrar una más

tendría preciso a casi toda seguridad lograr decir la fecha del

Apocalipsis, o quizás necesitase las dos para determinar la fecha fija

o en el peor de los casos variable en su rango. Hasta ahora encaja

todo cuanto he sacado.

-¿Porqué no puede ser una fecha concreta? -Rompió Flor la obediencia

cáustica, del voto del silencio.

-Sencillamente porque la teoría de la Hipótesis de Riemann nunca ha

podido ser demostrada.

Esto ocasionó un malestar en José y flor al atender ellos que la

teoría ni siquiera era una, sino una conjetura basada en otra. Era

turbio interpretarlo de cualquier modo.

-No me miréis así -encarrilaba Gaudi un deseo de amparar confianza-.

Euclides de Megara ha sido puente, -y en su concordancia, reblandecía

cuando meditaba de cruzar la plataforma para contarles lo que

consiguió descifrar, que este si era el vinculo del pontón que le une

a la tierra firme, el que fortifica y confirma los pies donde pisa. En

su metáfora anda-, para las matemáticas, y además de ser un magnifica

herramienta de conceptos deductivo ha sido elevadamente valioso en

muchos campos del conocimiento, por ejemplo en la química, la física,

la astronomía, y numerosas ingenierías. Sin duda en el terreno de las

matemáticas es una valiosísima herramienta. Inspirados por la euritmia

de la exposición de Euclides, en el siglo II se formuló "la teoría

Ptolemaica del Universo", según apuntaba que la Tierra era el centro

del Universo, y los planetas, la Luna y el Sol daban vueltas a su

alrededor. Bueno, olvidar este punto -procuró ignorar lo último

expuesto, prevaleciendo que la idea de este comentario no era muy

saludable por razones obvias.

-¿De esto hay algo que queráis preguntar? -Gaudi dejaba que

inquirieran sobre el tema que trataban.

Flor reseñó-. Una total que no sé ni como empezarla -expresaba

confusa.

-¿Que opinas José? -Gaudi quería conocer lo que pensaba él, de cuanto

había dado a entender hasta ahora.

-¿Tú reflexión, sólo parte del indicio del conocimiento especulativo

de Euclides? -Basó su entendimiento en preguntar

-¡No, no, no! Lo he tomado como un fundamento, pero podría y os haré

detallar...

-¡Más números no, por favor! -Flor no pudo evitar callar su corto

regaño.

Gaudi la miraba sintiéndola aburrida, aunque quizás pensaba que su

intelecto no era capaz de asimilar estas complicadas ecuaciones. Se

revolvió ignorando el séquito y se dirigió reflexionando la respuesta

a la pregunta de José.

-Es una tela de araña, que sigue un cartabón preciso...

-Que sin embargo no has logrado dar con el término -le pausó José la

réplica de continuidad que llevaba Gaudi, el cual no esgrimió

comentario alguno. La búsqueda de intentar explicar su teoría de la

profecía, era preciso concienciarla desde distintas latitudes para

llegar a ella. Detallarlo en minutos el trabajo de cuantiosos años era

enormemente insostenible.

-Lo que sí sabemos, es que sea o no exacta esta hipótesis tiene que

inducir un nexo que considere peligroso la iglesia en ella. El querer

matarle por ello convence a creerlo firmemente, a no ser que halla

algo que aun no nos halla contado -le echó el sonda para averiguar

toda la verdad de Gaudi.

Este resolvió el asunto expuesto en voz alta-. ¡No hay nada más, lo

juro! -Sé sinceraba, al menos parecía en sus gestos definirlo acorde-.

¡Lo juro por Dios y por José! -En estimulo de realce comentó.

Flor esquivó mirar a José, ya que era una mujer de risa fácil, y

tentadora en ese momento la dicha ignoraba el no reír. José seguía sin

exactitud atinar si estos comentarios de Gaudi eran inercia de su

personalidad sin intencionalidad o más bien dando un punto irónico.

Una fuerza impulsora se presentó sin duda a prender indecisión sobre

un matiz pasado por válido. José necesitaba confirmarlo, y preguntó a

Gaudi -Los tiempos que has utilizado para la ecuación Z, si es

correcto que la llame así -Gaudi gesticuló que si, que estaba bien la

forma de definirla-, ¿están hechos a partir de fecha de la era actual

cristiana o has corregido los años diferenciales que lleva la era

presente?

El teólogo matemático, historizaba lo que él intuyó de la pregunta de

José-. Con referencia a las fechas fueron delimitadas anotando con el

nacimiento de Jesús, año 0 D.C, muerte de Jesús año 35 D.C, y así...

-Pero entonces es preciso que sepas que es erróneo los cálculos, ya

que Jesús nació 6 años antes del año cero.

-¿Estás seguro de ello? -Gaudi pedía que le reafirmara esta

corrección, ya que era fundamental.

- Seguro -rotundo José afirmaba en su secuencia.

-Esto demuestra lo que se ha rumoreado en tantas ocasiones -admitía un

Gaudi pensativo. Caminante se dirigió a la estantería, y rebuscó entre

las decenas de libros que se apilaban sin jerarquía. Los estantes

intentaban guardan un orden, pero era fatigoso el deseo por la contra

de tomos atrincherados tapándose entre ellos, y otros que se elevaban

en torres con formas desobedientes.

Rascó entre estos últimos y consiguió dar con el que buscaba. Lo

desenvolvió del polvo que le editaba sacudiéndolo sobre sus lomos.

Buscó entre las paginas y dijo-, "Jesús no nació, como suele decirse,

en el año primero de la Era Cristiana. El sabio benedictino Dionisio

el Exiguo, que en el año 533 empezó por vez primera a contar los años

a partir del nacimiento del Señor, sustituyendo la antigua numeración

que partía de la fundación de Roma, se equivocó en 6 años»(302). Él

hizo coincidir el 1 de enero el año uno, con el 1 de enero del año 754

de la fundación de Roma, en vez de escoger el 748 que hoy se considera

como exacto. Por lo tanto, debemos colocar el nacimiento de Cristo

seis años antes de la Era Cristiana"-. ¿Es así José?

-Ya se me hace difícil memorizar a Dionisio, al calendario Romano y a

sus restos de muertos -respondió severo, rehusando la sensación que

normalmente encajaba José, de la forma de dialogar de Gaudi. Esta vez

era al revés, el historiador matemático no podía medir si su hablar

era una expresión simbólica o una quejada mofa de sublevación antes

sus propios hitos históricos, como dejados muertos en el tiempo

permanecen para ser rescatados o sepultados definitivamente-. Date

cuenta -continuaba elucidando José-, que la historia y sobre todo la

historia religiosa está carcada de mentiras, de incorrecciones, de

fechas y lugares que ni fueron ni estuvieron presentes. Otras

modificadas a pulso de un escribano a su suerte o a permuta de monedas

de oro que enaltecieran al que fuera su pagador. Lo que sí puedo

asegurar es que fueron 6 años antes.

-Tu alusión muda mis apuntes -afirmaba Gaudi-. Se volvió hacia la

pizarra aun con el libro en la mano del que citó a "benedictino".

Sintió que le estorbaba y se lo entregó a Flor, e inició una continua

sesión de numerología desfilando ante sus invitados, con cambios de

guión, ataques en adelanto a planos a tres, bajadas contenidas,

subidas en contraataque. Reseñas que esperaban en circulo ser tomadas

como botín de conjunto, dependía de sus factores de potencia.

Binomios, que por termino común eran elevados, atascados en cuadrados

parapetados tras un segundo grado era su oportunidad, pero acababan

borrados por el plano tangente, la concordancia era un ir, venir, y

esperar. El valor de la incógnita se despejaba.

- Tengo el punto 4 y resuelto el... ¡No puede ser! -fallaba en error

la conclusión de Gaudi.

-¿Qué no puede ser? Preguntaron indistinto Flor y José.

-La fecha que nos da el punto 5, el 20 de abril 2005

-¡Es dentro de una semana, sorprendente! -Decía Flor.

-Y yo vaticinaría que ese día será elegido el nuevo sucesor de la

iglesia -apostaba José en su pensar de cálculo rápido

Gaudi, seguía mientras tanto voceando para sí cuentas de última hora,

y se detuvo al oír lo que había comentado José-. ¡El cónclave! -Tienes

razón, no puede ser de otro modo, o eso espero yo también.

-¿Cuál es la fecha resultante seis, del Argamedon? -Provocó Flor

llegar a la parte más esperada.

-No lo sé -se aseguró Gaudi en avisarlo sin demora.

-¿Cómo que no lo sabes? ¿Pero...pero esto que es? Esto no es serio -

parecía entrar Flor en el juego de comentar para luego tener que

deducir comentarios rítmicos o impulsivos sin doble identidad. No lo

dejó en esa posibilidad y preguntó con una duda más importante que

discernir-. ¿No es una regla de tres? Si tienes todos los demás

puntos, por evidencia debe saberse cual es el punto sexto -certera

proclamaba.

No, Flor.- ¿Te puedo llamar de otro modo? Me siento un poco incomodo

llamándote de esta manera.

-¡No! -Le rotundizó ella con el semblante en espera de lo que

realmente le preocupaba-, A no ser que quiera bautizarme de nuevo -

comentó bajando la autoritaria respuesta que hizo al instante de

llegada la pregunta sin tiempo a reaccionar mejor.

-Escúsame, no quería ofenderte y respeto tus...

José le inducía virilla. -¡Gaudi, por favor!, no nos desviemos en

trivialismos.

-Ah si, disculparme de nuevo -Se captaba en su forma de actuar al

hablar, que era un hombre propicio a la consideración y costumbre de

pedir perdón, sin conocerse si más a los mortales o a frutos actos con

destinos para acogerse en el cielo. -No es como comentas Flor. Todo

son conjunciones, faltan directrices, y falta no olvidemos el punto

tres.

-Pero si antes.. -Flor intentaba comentar que previamente se sabía,

pero el teólogo le respondió previo saltándose este paso.

-Los puntos han cambiado, las modificaciones al igual. Los puntos 1 y

2 continúan en litigio. El tres se pierde, perdón -volvió a excusarse-

al no haberlo comentado antes si era el momento apropiado, y el cuatro

aparece en sustituto del tres modificado.

-¿No puede existir otra forma más elocuente de que fueran otras fechas

y estas...? -José, cierto dudaba de la profecía, que en su conjunto no

le parecía descabellada, pero si quizás las fechas. El proceso de

entenderlo correcto de cómo había sido calculado era una posibilidad

indudable.

-¿Estuvieran erróneas? -Se afirmaban por los demás esta percepción.

Gaudi se sentía desganado de no estar arropado de aprecio, y figuraba

animarse para razonarles. -Como os he dicho todo son conjeturas, y sin

embargo estas nuevas fechas, me dan más razón incluso que antes en mi

desarrollo de la procedía Z, con la aparición del punto cinco que

probable sea la elección del nuevo papa. Y logrado de mérito es el

punto cuatro, ya que es justo y milimétrico el que razonaba con los

anteriores plazos como tres. Idéntico ideado como jeroglífico que deja

detalles para engañar, porque el concordar el mismo día en dos

posiciones de espacio diferentes basados en una formula con unas

variantes mínimas, no entraría en un infinito de posibilidades de que

resultase equivalente. El punto cuatro nos da la fecha 26 noviembre de

1941, que es el ataque y preciso al pearl haword.

Tanto datos precisos como imprecisas confusiones de toda la trama,

embrollaba y se seguía con interés por José y Pequeña Flor, que

estaban dispuesto a escuchar hasta el resuelto último punto. Sobre el

rescatado anterior comentario de Gaudi se complicaba más tanta

maquinación por descifrar.

-¿Y porqué es tan importante este antecedente de guerra en la

profecía? El dato es llamativo, pero es uno más, uno de tantos en los

anales de la historia. ¿Qué relevancia tiene en la idea de esta

conjunción? ¿Qué tiene que ver en sí con la religión? -le envió Flor

una pila de metralla cargada para responder.

-Flor, José -guiaba Gaudi sus palabras indicándoselas a ellos dos,-

quizás no me he explicado coherente. Es que pensar, que os estoy

contando en resumen detalles que han sido años y años de estudio, de

dificultoso trabajo en la recolección de búsquedas de documentos,

muchos de los cuales estaban con los precintos adjuntos clasificados.

El análisis desde varios campos científicos distintos, para que pueda

resolver una certera causa de lo que en sí sería una representación

inverosímil de iluminar detallada. A tu pregunta te digo Flor, que la

profecía no está únicamente ligada a la religión. También interviene

por ejemplo la doctrina del álgebra y el simbolismo, especialmente de

la cruz, o representada en la vida mundana como una Z, Zeta el final,

da escalofríos de pensarlo así. Sin ignorar que proviene del alfabeto

romano que la derivó de una letra griega, la cual tenía su origen en

un jeroglífico egipcio, que como número representa 2000, lo que nos

lleva a nuestro tiempo actual casi milimétrico si descontamos los 6

años de avance que presumía erróneos. Ya os veo con intención de

preguntarme si esa sería la fecha 6 de la profecía, el año 2006 -a

flor se le había subido a la cara por lo visto esa idea al gesticular

sorpresiva, pero fue por un momento nada más, para acabar al escuchar

a Gaudi- y la respuesta es que no, ya que no entra en ningún parámetro

más que en este recuento fácil. Creo que es una treta para desviar la

atención, no imagináis la cantidad de acertijos mordaces he tenido que

desmentir para no arruinar en un punto sin salida la profecía Z. Ahora

os intentaré explicar la relación del punto cuatro.

La batalla de pearl harbor fue bautizada como operación Z. Para

empezar, ya os dais una semejanza de su intervención con tal

designación. No sólo esto, sino que las propias fechas que hay desde

el origen del preparativo, su forma de tramitar la batalla, el ataque

final, es una propia si aislamos únicamente estos datos a la teoría

ptolemaica. Designada por su autor alejandrino Ptolomeo, la teoría

testimonia que el centro del universo era la Tierra, y que los

distintos elementos celestiales, inclusive el Sol, giraban en torno a

nuestro planeta. Obviando esta abominación y fijándonos exclusivamente

en una de sus cartas astrales las fechas son las coordenadas

minuciosas de ataque a pearl hadword. Toda su obra está inspirada por

la armonía de la presentación de Euclides. Cuando menciono toda dejo

insistencia que sólo de las cosas que nos han quedado reseñadas de sus

avatares, ya que escribió un libro que a lo largo del periodo del

tiempo en el mundo se perdió. Es cuanto puedo contaros, sobre lo que

podría ser el nefasto día final.

Gaudi se persigna, José le mira, quisiera sonreír como simpatizando en

su ironía. Sin embargo ese gesto tan simple y desafiante, merma

vanidad de simplificar el deseo.

Perdona José, es la costumbre. Tu aparición es dar una entrada precisa

para certeza de lo que estaba averiguando, y no obstante, me siento

traicionando mis creencias religiosas, si tuviera que llamarlas de

algún modo. Una cosa es la Iglesia y otra Dios.

-No quiero confundirte, ni intentar que creas nada distinto, sólo

reflexiona lo que te ha pasado esta mañana, ¿quién te ataco? No eran

propios cristianos de tu fe los que querían acabar contigo?

-Debe de existir alguna razón para todo esto.

-¿Una lógica?

Gaudi no sabe que responder, tanto lo que le pasó por la mañana como

la presencia ahora de un hombre que decía ser mas que menos que José,

José de Nazaret, opaca caracteriza su definición de todo el porqué.

-Discúlpame José me supera este ensayo de mi fe, no estoy preparado

para ello -ahora mismo Gaudi se había transformado del fugitivo

religioso al fiel testigo de la credulidad del dogma.

-¿Quién más que una persona de fe como tú para poderlo entender? ¿Qué

has hecho con tu vida?

-¡Prepararme!

-¿Prepararte o perderla? -José atacaba sin compasión.

-¡Prepararme sirviendo a Dios!

-¿Para?

-Para enseñar su doctrina y ser fiel merecedor de su gracia.

-Bien, te has ganado una excedencia al cielo. Ahora Gaudi te pido que

olvides lo que te ha enseñado la Biblia y la propia iglesia.

-¿Es esto una prueba?

-No, solo quiero compartir un retablo de verdad

-Yo he sido siempre un buen cirstia...

-Gaudi por favor, no seas una marioneta, ¿no sabes hablar sin un

contexto religioso?

Hiriendo su sensibilidad, que es justo lo que buscaba, el perturbado

hombre se ausenta de las cosas preparando tal capricho de José, y le

cuenta su ser personal.

-¿Quieres saber mi opinión sincera? -José confirma apoyando su

decisión-. A lo largo de mis años he sentido inconveniencias terribles

que todo fuera vano, que sirvieran estériles los deseos para poseer

capacidad de poder dispensar ayuda al mundo y a su gente. Miles de

seres sufriendo día a día, con o sin razón. Y no es una gracia divina

la misericordia... -dejaba su cábala sin pregunta por que sabía que no

existía respuesta.

-"Dreams dreams dreams" -tarareaba José en su cabeza. No sea un

parecer de ignorar lo que estaba escuchando de Gaudi, lo que él quiere

es su fundamento de recogerse integro a la sinceridad. La belleza de

la verdad siempre se la cuestionó y hace mucho que decidió ser

imparcial, y no desvelar excepto ocasiones imperiosas su propia

identidad. No se puede estar preparado para romper un sueño, ¿qué

castigo es mayor que destruyan tu fe? ¿Cuál es el delito que ha

cometido una persona por creer en una quimera? No es posible que él

sea el dueño de la seguridad que abra cada ser a la ponencia verídica.

Si destrozase un sueño, ¿qué le quedaría a quien vivió en sus

márgenes? Tan frágil, cada persona es una mísera gota minúscula sobre

la faz de la tierra. ¿y qué diferencia hay entre esa ridícula gota y

tu oceánico mundo devoto? ¡Nada! Humanos, seres marcados al hierro

frío del vacío existencial, inperfecionados con la capacidad de

razonar, de sentimentalizar la gloria y la miseria. Tan sencillo que

se dificulta descifrar esta presencia de razonar, y debe adecuarlo en

siglos, para darle formar y decidir que es peor conocer una posible

realidad que vivir en tus mas absurdos engaños, muchos impuestos por

propia voluntad.

"¿Pero quien es él? Es una ironía, el perdón al pecado original por el

deshonor y derecho a nacer.

Es una metáfora, la noche que abraza la oscuridad.

Es un extraño, donde su naturaleza está engañada al mundo.

Es la llave, de la puerta a un rumbo que se detiene por soñar girar".

-¿Exactamente, que le contó al Obispo al respecto del este asunto?

Cambió de tema José, ya hastio de todos los apuntes recogidos de la

anterior materia.

-Él conocía desde hace años mis estudios históricos, matemáticos, y

astrónomos en menor medida. Cuando le llamé la pasada medianoche le

dije que había resuelto prácticamente el enigma a una investigación en

la que estaba inmerso, de esto no sabía él nada antes -aclaraba Gaudi-

,que se trataba de una profecía que partía de la cruz y concluía como

final en el Apocalipsis. No entré en concreciones esperando a la

mañana, por lo que desconoce al completo cualquier detalle básico.

Ha sido una suerte que no hallan dado con el trastero -aspiraba

satisfecho añadiendo al comentario.

-Demasiada -apuntillaba José.

-¿Qué quieres decir?

-Que es muy extraño que hallan estado en la casa y no hubieran dado

con este lugar.

-Quizás las prisas -ponía de pega Gaudi-. ¿Aunque prisas para qué? -Se

negaba él mismo aquella justificación e ideó una nueva posibilidad-.

Vosotros lo habéis visto que no era tan fácil encontrar el escondrijo,

¿no? -Miraba a sus compañeros de historia buscando aceptación de

posibles.

-¡Gaudi, tenemos que irnos de aquí! Pronto vendrán nuevos esbirros

cuando intenten sin resultado contactar con los guardias que vigilaban

la casa- apercibía José proponiendo que no permanecieran más segundos

descontando allí, ¿especulaciones?

Gaudi aceptaba su petición-. Necesito llevarme unas cuantas cosas -

advirtió.

-Dese prisa, y procure coger sólo lo imprescindible y con certeza

saber que será del todo imposible volver aquí.

Gaudi reunió un par de libros, varias hojas sueltas documentadas, y

anotaciones personales. Ya dispuesto con los deberes hechos, aceptó

irse. Los tres tras haberse apagado la luz del trastero, lo dejaron

desértico de presencia de vida, y bajaron por la escalera temblorosa a

la planta baja.

José solicitó a sus acompañantes que esperasen dentro de la casa

mientras él iba a echar un vistazo por el vecindario. Salió por la

puerta trasera y volvió a los pocos minutos por la misma entrada,

tiempo que permanecieron Flor y Gaudi expectantes sin hacer menciones,

más que leves tendencias de frases cotidianas de queja.

-No hay peligro, salgamos-aseguró José y se dirigieron todos a donde

se ubicaba la furgoneta, que de nuevo Flor poniéndose al volante los

trasladaba de sitio. Con el cruce de calles cogieron la autopista,

para salir fuera de la ciudad. Durante la travesía Gaudi interesado

preguntó-. ¿Dónde vamos? Si se puede saber -alargó su frase dejando

nota de no desear parecer indiscreto.

-A un lugar seguro, no se preocupe -le tranquilizaba Flor.

Para su acomodo José le extendió la respuesta-. Vamos a la casa de

Flor, o mejor dicho a su laboratorio. Allí estaremos a salvo, ellos no

conocen ese lugar.

-¿Laboratorio de qué? -Fisgón ahora sí, curioseaba Gaudi.

-Flor es Química Bióloga e investiga distintas vías para una solución

que hasta el día no hemos dado con ella.

Gaudi hizo un inicio de preguntar, pero no dijo nada para no resbalar

en la indiscreción, tampoco hubo falta José se apresuro a saciar su

intriga.

-Matar a Dios -le comentó la causa de la investigación y pasó a

detallarle otros aspectos más del preciso lugar mezclando cosas

distintas. Su naturalidad al expresarse era amena - Ya verá como le

gusta el sitio, hay diversos objetos históricos que por lo que creo le

fascinará.

-Lo único que hacen es amontonar polvo. Si por mí fuera los subastaría

por Internet ahora que está de moda -se entremetió Flor quejándose.

-¡Oh, qué aberración! -protestaba Gaudi por el despropósito que

acababa de escuchar. Pararon un momento sus palabras delirando y

sujeto en la curiosidad preguntó- ¿Y de qué épocas son los objetos que

tenéis, son muy antiguos? -se cortó un segundo su hablar para implicar

una nueva pregunta- ¿Y Para qué Matar a Dios? Hizo conveniente conocer

más rasgos sobre la connivencia, del delito que se confabulaba.

-Hay objetos que adquirí por mi vida de trotamundos, de roma, Egipto,

Hispania, algunos de ellos con bastantes siglos.

-Y algunos milenios -especificaba Pequeña Flor- sacando la punta de

lanza. A ella no le producía una satisfacción la recolección de esos

objetos antiguos e inservibles, donde al opuesto, Gaudi era un fervor

incondicional. Para José en un termino medio eran resultados de

detalles pasados cronológicos, y detallado más elocuente, de su

constituida biografía.

Gaudi se entusiasmaba goloso como un niño esperando un regalo, el

llegar a su destino para descubrir los hallazgos que se le presentaba.

-Pregunte Gaudi sin temor, le veo excitado -Tras las conversaciones

que han mantenido los tres al trato dado entre ellos y las propias

observaciones de Gaudi queriendo rebajar a un lado su parte

profesante, al dirigirse a él sus nuevos amigos le tratan con el

nombre únicamente. Su nombre, sin calificaciones fervorosas. Esto

podría valer para Pequeña Flor, porque en José de siempre, era una

trasvase difícil que se dirigiera él de una forma más ortodoxa en

otras circunstancias. La antipatía hacia todo lo relacionado con la

doctrina del clero chocaba con el trato respetuoso con el que humilde

disponía invariable hacia los demás, predicando el ejemplo del

respeto.

-José, te agradezco tu voluntad -Gaudi agradecía-. Déjame darte las

gracias por haberme salvado la vida e intentar protegerme. A ambos os

doy gracias infinitas -hizo esta mención también hacia Flor,

mirándola.

Ella le hizo un saludo militar, sin apartar la vista de la carretera.

Gaudi seguía esforzándose en que le entendieran lo que él estaba

sintiendo-. Es tan repentino que halla pasado a la vez todas estas

cosas tan grandes, que para mi monótona vida se sobrecoge sujetar el

impulso. Imagino que para vosotros mi vida será ridícula.

-Gaudi, ninguna lo es -contrarrestaba José.

-Sí, sólo cómica -dejó suelto Flor, dando la nota de humor para restar

importancia al desencanto de Gaudi de sentirse inferior a ellos.

-Llevaba tantos años tratando conjunciones, hipotéticas profecías, que

al inicio era una quimera de un sueño astral. Ahora lo descubro, y en

doble sentido soy el valedor de malos augurios. El descubrir que la

profecía acaba con un mal mundial, y desearía denegar esta

posibilidad, que estuviera equivocado. ¡Y me han intentando matar ya

por dos veces!, y estas circunstancias me disgustan en la acomodada y

tranquila vida que llevo. Luego aparecéis vosotros, y descubrir que

eres José ¡José! Es inconcebible por mucho que lo admita. No quiero

ser brusco -se serenaba tras declararlo efusivo.

-No, no, tranquilo, sigue por favor -Le pedía José siguiendo con

interés las palabras de Gaudi.

-Ahora tengo en mi cabeza preguntas por doquier, de esas dudas

terrenales que siempre se sienten, de hechos históricos que se han

cuestionado, de otros misterios jamás encontrados, y no sé ni si

debería respetuosamente preguntarlos, y quizás peor, aun el merecer

saberlo.

José apreciaba esas palabras de tal pureza, que le encomendaba en un

prestigio de considerarlo verdad-. No retengas tu deseo ni temas

preguntar, yo estoy dispuesto a escucharte.

-Escena ganadora para los Óscar -bromeó Flor-. José en el papel de su

vida reclama infranqueable la amistad entrañable de los desprotegidos.

-Te voy a dar -dijo e hizo José zarandeándola el pelo.

-Eh, profesionalidad, que estoy conduciendo -le pedía cordura ella,

más como excusa de que no la chinchara.

Fue un momento bastante grato para los tres, por un instante

compartían una sensación que emanaba simpatías. Gaudi después de las

risas recogió el testigo de José, y comenzó a preguntarle cuantas

cosas se le ocurría mientras marchaban a la casa de Flor. La gran

ciudad se quedaba atrás, al igual que la noche. El día a un tercio de

la noche alferecía nítidamente. Se vislumbraría la ciudad por la nube

de impureza que la coronaba, de los habituales malos humos.

José Fue contestando a casi todos los requerimientos de Gaudi,

exceptuando pasar por alto algunos detalles dolorosos o que pensara

que no fuera correcto implicarlos para una persona y que curvara en

una meditación dolorosa e irrecuperable. Contó sobre su existencia, el

paso del largo periodo de vida por el mundo narrando acontecimientos

fabulosos a los oídos de Gaudi, y también de Flor, que prácticamente

conocía todo, absolutamente todo de José.

Le informó de lo que él sabía de Dios y su poder, de la patraña

inventada para conseguir movilizaciones en masas idólatras. Gaudi se

satisfacía de cuanto iba conociendo y por él podría pasar semanas

recopilando anales tan enriquecedores, pero persuadió para convencer a

José que estaba complacido.

Hubo después de esto un momento de perdida de cadencia para proveerse

la conveniente relajación, que muda paraba tan extensa conversaciones.

Por los cristales, como niños amaban los amarillentos campos de

girasoles que les acompañaba en su recorrido.

Tras la interrupción extendida se animó de nuevo a hablar.

-¿Te puedo preguntar por qué te hiciste cura? -Se dirigió José a un

Gaudi mucho más sereno que cuando lo habían encontrado exaltado por el

peligro que le acechaba.

-Pues me da algo de vergüenza contarlo -calló levemente para acabar su

indecisión y reanudó la respuesta- fue por una chica.

-¡¿De verdad?! -Flor no se lo esperaba y se exclamó su frase al

preguntarle

-Sí, yo era muy joven. Era la primera vez que me enamoraba, y me causó

tanto trauma el que me rechazara aquella chica, que me metí en un

convento. Perfectamente en ese momento me hubiera alistado voluntario

si hubiera sido preciso, meterme en una secta satánica, hacerme hippie

o a saber el qué hubiera sido capaz por ella, y después por olvidarla.

Así empezó todo, después me acomodé, y al estar allí pude proseguir y

renovar con bríos nuevos mis estudios que llevaba del colegio, y eran

una pasión para mí, el álgebra y la astronomía. Más tarde hice mis

votos, y hasta ahora.

Contándolo así da la impresión que era una fachada escondida, y quizás

si, pero yo creía en Dios, creía en su obra y quería trasmitirla y

conseguir un mundo mejor.

-Como las misses, comentaba Flor.

-¡Sí! -aprobaba -, ¡No! -Rectificó cambiando donde dijo, sonriendo-.

Mi necesidad estaba cubierta, y mi vida quizás por inconsciencia, por

falta de carisma o de egoísmo de deseos propios encaminaban a ayudar a

otras personas, e ir de la mano de Dios era una garantía. Tras el

tiempo a no ser que uno sea un creyente compulsivo, un farisaico o un

beneficiario te haces preguntas. Preguntas no contestadas, y peor aun,

preguntas donde las respuestas conseguidas no se aceptan.

Mi alejamiento fue progresivo. Reconozco que en mi puesto, en mi labor

que ejercía me sentía a gusto, pero denegaba de lo que la iglesia y su

institución fomenta, y el amar a Dios se alojó en una duda inmensa, en

una pregunta de las que jamás tuve respuesta.

José se inclinó hacia Flor y le chistó con un gesto, como en clave

pidiendo que no dijera nada ahora. No era momento de cortar la

sensibilidad y sinceridad que Gaudi reportaba.

-Quizás otros verían un aprovechamiento personal el seguir en la orden

eclesiástica, y la propia iglesia no toleraría mi actitud. Incluso

vosotros es justo que decidáis que soy un cobarde.

-No seas tan duro contigo mismo -deseaba José estimular la negativa

aceptación que inducía Gaudi de sí mismo-. He conocido muchos hombres

en mi existencia, multitud de religiosos, y bastantes dirigiendo un

mando como el que tú tienes. El creer o no creer ni siquiera yo podría

justificar que es ecuánime, que es lo ideal. Las creencias deberían

tener una base real, que sin embargo es justo por lo que son ideadas,

por la falta de esa realidad que se anhela. El valer o no para una

persona en concreto sería algo muy, muy personal. Yo no lucho contra

eso Gaudi, mi guerra es contra Dios, la manipulación, la iniciativa de

querer apoderarse de personas, de almas, de sentimientos, de un futuro

que no llegará de un presente inútil, y con estas palabras vuelvo a

caer en mi propia duda, de si creer o no es correcto. Yo batallo

porque las personas sean capaces de decidir sus propios deseos

veraces, su propia creencia. Tener la oportunidad de que esas personas

hundidas en países pobres, enfermos, sentenciados por políticos y

religiones, en general sustentada por la voluntad de Dios tengan su

propia oportunidad de decidir después como serian. Si estúpidos o

bondadosos, si broncos o tranquilos, si vivirán un día más, sin

esperar a que llegue un trago de agua con el tiempo.

El tema para José le dolía. La injusticia que deportaba en sus siglos

no lo lleva agusto. El sentenciar que el 90% de la humanidad es

destruida por un 10% de un planeta sediento de maximisarse, de crecer.

Y tan solo ni el 1% es quien tiene poder de decidir, y de ahí, solo el

0,1% la voluntad justa para plantearse los cambios, o los medios que

perdurarán en línea, para que después 1, 2, o 3 personas encandile el

destino del mundo, y como rúbrica Dios induce y juega, apostando a

todos a su favor.

Con la medianoche avanzada llegan a su destino. La habitación

presentada a Gaudi le invita a descansar sobre el lecho de la cama. Él

lo acoge con toda la energía que le queda, pero una cosa es descansar

y otra dormir. Los miedos transitan irremediable por la mente, robando

el sueño claman desembocando en repeticiones inamovibles.









Capítulo IV Imborrable

Igual, repetida escena, cansina en la misma idea, similar narración a

idéntico intento.

La ruidosa riña de aves entonando se manifiesta, apartadas de la urbe

de abarrotadas viviendas. En rúa "sin número" 5, se llega del aledaño

sector 3, poblado de majestuosos chalets y casas palacete, ornadas de

arbustos regalando puro aire. Incitada inquietud le agobia, al caminar

recto al contingente que histérico le abre pasos, llegando al lugar.

Explicado antes de acostar sus sueños si alguien pudiese reconocer su

despierto arrimar, él anoche negó más que el arzobispo a José, que le

animó a ir a donde ya ha llegado. ¡A la mansión! Estipulado lo tiene

todo establecido. ¡Encontrar a María! Salta la vista al muro de la

residencia señorial, y evita su temblequeo, con decisión.

Llama más llegar al soportal. Claustrofóbico deposita el retiemble que

va debajo de la sotana, colegiado para evidencia.

-¿Sí, que quiere?- solicitó una voz lacónica a través del portero

mecánico.

-Soy el padre tenario y recalo la petición de solicitar audiencia con

el príncipe Masín.

-El príncipe no recibe visitas, sino han sido gestionadas previamente.

-Lo entiendo, buen hermano. Sin embargo si hiciera un enclave en su

labor samaritana le ruego amparase mi deber de verle. Sólo comuníquele

que vengo a instancia del Obispo Rocco.

Se hizo un intervalo callado, para oírse seguido-. Espere un momento.

-Que Dios le bendiga -comentó a continuación Gaudi haciendo un papel

frívolo de cura sin cura.

Gaudi guardó espera. Tenue, considerando que por medio de las cámaras

del exterior supervisaban su asistencia, degustaba la columnata del

pórtico sin derribarse de su tranquilo actuar.

Al cabo de unos minutos acudió un individuo plantado en los dos

metros, que pudo ver llegar antes de que abriera la verja de entrada a

través de la separación de los barrotes. Aquel hombre le solicitó que

le acompañar prefijando por delante el camino, por el espacio abierto

y porticado de su interior.

Entrando en el edificio se le hacía difícil rechazar de golpe de vista

los cuadros que engalanaban la mansión. Su guía le redirige a una de

las habitaciones de la planta baja dejándole sujeto a una nueva

dilación de encontrase con Masín-. Espere aquí. El príncipe Masín le

atenderá en unos minutos. Si necesita alguna cosa hágamelo saber.

-Gracias hijo, no se preocupe por mí, esperaré con gusto la llegada

del príncipe

-De acuerdo -el hombre que le acompañó se marchó dejando a Gaudi en la

permanencia de aquella suntuosa sala.

-"Esperare con gusto su llegada", ni que fuera la cenicienta -escuchó

al fondo del pasillo el comentario del hombre que acababa de

marcharse, que se lo estaba diciendo a otro que acababa de llegar a su

lado. A Gaudi le salió una sonrisa sagaz.

-¡Bajemos a la Bodega a por provisiones! -escuchó la resonación por el

pasillo, antes de que dejase el sonido abandonarse ante la llegada de

su contrario.

Sin parárselo, ya no hay nada que pensar. Sale de la sala donde

prorrogaba su espera y se encamina por el pasillo cauteloso hacia las

escaleras que estaban cercanas a la sala de parada. Al fondo se

prendía otra escalera más, que detalló por si era preciso una escapada

por algún posible importuno. Era difícil el escapar si fuera preciso,

nada mas se hacía el valiente en pensarlo, no en llevarlo a cabo.

Siguiendo las orientaciones que le comentó José busca la habitación

donde debe encontrarse María, si permanecía aun en la residencia.

Mientras pasaba cada metro se le urgía cualquier subterfugio.

Necesitaba un plan, una mentira piadosa si le veían visitando aquella

zona. No se le ocurría nada, pisaba sus ideas en cada paso por

encontrar cualquier tontería que sirviera, ¡y la encontró a ella!

Llamó previamente a la habitación cuarta a la izquierda de la

escalera, la que le indujo José como válida, y correcto fue. Entró más

tocar la puerta, sin esperar permiso, único era un gesto, un detalle,

una evasiva.

-¿María? -No encontraba palabras válidas de cómo mostrarse. La

adoración le introdujo un parón en su determinación de hallarla, y

descubrirle a lo que había venido.

-¿Sí padre, me conoce? -Lo siento, pero yo no os recuerdo.

-No, no me conocéis. -Gaudi se persigna ante ella arrodillado, besando

su mano como señal de respeto, y deslumbrado ante su imagen. Mientras

la sujeta, al tacto María recibe un mensaje que José le había

trasmitido previamente escondido en sus carnes.

El hilo conductor que era Gaudi, trasladaba la misiva que José la

enviaba a ella.

María atemorizada quisiera gritar pidiendo auxilio, pero señero

tiembla sintiéndose angustiada, falsa de un delito de desobediencia a

su credo, del mandamiento fidedigno a la cruz y a Dios. Y más al

contrario, tentadora de la verdad parece omitir su intolerancia

desatendiendo este aspecto y se deja seducir por el comunicado de

José.

Remembranzando el remoto pasado lejano José le evoca, la convoca para

que su espíritu se haga perceptible ante su alusión extendida que

comienza...

Indefinido e indiferente año A.C.

-Corazón, corazón, ¿cómo quieres que sea el sueño de tu vida? -

preguntaba María en las murallas de Jericó.

-Mi sueño quiero que sea real -confiado respondía José.

-¿Cómo de real? -retaba en su saber esta chica tan risueña, dejada de

preocupaciones adormecía en letargo su sonrisa pronunciada espabilando

a la llamada de José se levantaba, con la fuerza de un ciclón

-Tanto como mientras permanezcas a mi lado. Si irreal fuera tu no

presencia, mas que pena mi ilusión perecería en mis ansias por que

pudiera existir.

-Si es real no puede ser un sueño -le susurraba adelantándose a las

siguientes palabras de José ella, acercándole sus labios al oído, le

recitaba de brisa calmada y apacigüe.

-¿Quién necesita soñar? Un pez no sueña con volar, su sueño es el mar,

¿y como puede un pez idealizar dormido con lo que ya tiene? Ese soy

yo, sueño contigo. Quizás no me entiendas, pero si ningún pez

naufragaría en su mar porque es su medio de esencia, yo sé como me

salvo cuando sueño contigo María. ¡Como ahora!

Y si... -le iniciaba María un regaño, de un negativo posible irreal

-¿Si no estuvieras aquí? Ya no nadaría, ni volvería a la tierra.

Relleno de plomo me hundiría, y tan ligero es mi mundo que refutaría

reflotando, y el agua me llevaría inmóvil en mi inofensivo pataleo,

estéril sobre el mar. La contracorriente me arrastrará, la marea me

ladea, mi mirada tangente al sol me irritan los ojos de sal y choco

contra el acantilado donde el agua me tira, me suelta, me amaga, me

lleva del viento del norte, me empuja de nuevo contra las rocas

interminables, y me vuelvo en duelo contra el muro. ¡Y no! -Dice y

calla José.

-¿Y nooo? -Inocente Pregunta María, picada en el cebo arrojado por

José.

¡Y no! Y no tengo miedo al choque. Si tus brazos me agarran braceare,

y si mis piernas me flagelan me remolcare a tus sentidos preguntando

tierra adentro a cada codo, me reitero esperando tu encuentro. Y si

mis ojos se cerraran de la arena del desierto, abriré mi pensamiento y

me acercará hasta ti el viento, si persisto llegaré, cuando abra los

párpados de momento. Y si las noches perdieran sus días, miraría a las

estrellas, en la línea que me iluminen me dirigiré, porque si alzas

tus manos, el oasis surgirá en la cúspide de mi cansado andar del

desierto helado.

-No sé que decir -esterilizaba María sin poder repararlo su piel. El

bello se levantaba de las palabras escuchadas. No es fácil disimular

sus ganas de sentirse ligera como un sueño y llegarle a José como

dueño de su cuerpo, como reino dispuesto a ser conquistado deja

ciudadela abandonada a sus brazos.

-Tu sueño ha sido concedido -le besa la frente, despertándole del

mundo le traslada en la gloria de la divinidad.

José cierra los ojos, visionando su alegría está a punto de

evolucionar, y de su narrativo pez hacer un salto al vuelo, y echarse

a volar entre las nubes.

María recobra el presente, y debe sentarse. Gaudi la suelta tras

ayudarla a tomar asiento. Escalando a medida 1:1 a levantarse Gaudi

sigue pareciéndola una emisaria simbólica. El céfiro de su aura es

palpable, y la convierte en una adoración ante sus ojos, admirándola

como Diosa, como virgen inmaculada despoja y derrocha en la vista de

quien la ve, por esa incombustible luz que la prende circundando la

figura del adorado perfil.

María tienta hablar indecisa-. ¿Entonces...?

-Mi señora, no hable -Gaudi le muestra una página, abriendo una Biblia

de bolsillo que se había sacado de su uniforme de Dios. Con el dedo

pulgar, prende la imagen de una postal que muestra astuta escondida

entre las hojas del ejemplar, indicándole la iglesia de Saint-Germain

des Pres, e infiere que le acompañe en la resulta, al sentar su dedo

brújulo por la imagen deteniéndose como señal inequívoca sobre el

reloj del campanario, que marcaba por siempre instantánea parada al

tiempo, las 14.50 h.

La mujer colige lo que entraña esta mímica exégesis. Mira y no habla,

no asienta, tampoco niega. Pura mira, cautivada aparenta recoger del

legado su enviado.

-He de irme -clama que comprenda su brusca apariencia, y dando pasos

atrás venerándola la deja en su habitación.

Al marcharse de allí, una vez estaba en pasillo más salir de la sala

que compartió la presencia de María, oye pasos acelerados, y voces

clamorosas. No desecha que deben haber dado cuenta de su deserción de

la sala que le impusieron cautelar para el encuentro con el príncipe

Masín.

-Rápidamente se aproxima al cuarto de aseo y se cuela dentro. No sin

miedo, ni el condicionante de quedarse por voluntad propia retenido

sin salir, le echa coraje. De pundonor, y la elevada moral que debe

mostrar aparece en el corredor de la planta, tras cerrar rotunda la

puerta del lavabo, dejando nota de su estar allí.

Cuando marchaba hacia la escalera por la que había subido rodea la

cintura mirando atrás con decisión, sin nervios que atempere

resquicios de sospecha. Ve a uno de los guardias privados quieto

mirándole, y hablando por un comunicador privado, lo que será

delatando sin mitigar su paradero. Dicho y hecho, casi sin espera, por

la escalera sale hacia él un hombre, que pudiera ser el Príncipe junto

a otro guardia de seguridad de la Mansión.

-¿Padre, que hace aquí? Le estábamos buscando, ¿pero qué le ha pasado?

-Hablaba quien se suponía ser el príncipe Masín.

El temple de Gaudi recelaba, manejando una pose de angustias ante lo

que mostraba. Empapado de agua pelo y rostro se le relacionaba en

disimulo con un apósito tapando uno de los agujeros de su nariz. El

hábito hace al monje y también mojado pinzaba exagerando la causa

católica al bulo

-Ruego me disculpen. Sufro a menudo de hemorragias nasales, y tuve que

venir raudo a refrescarme y cortar la sangre.

El hombre que le había preguntado por el hecho, y el que le acompañaba

no decían nada. Miraban el rostro mojado de Gaudi sereno, con buenas

dotes de escondidas, y cansado. Ajetreado proseguía en la explicación

el cura ante sus vistas.

-No me dio tiempo de preguntar dónde estaba situado el servicio, y

busqué con atrevimiento, ya que al contemplar su alfombra egipcia

seria vandálico y una autentica expoliación haberla manchado.

-Si, soy un ferviente admirador de rarezas antiguas. Tengo algunas

colecciones interesantes de la era egipcia y anteriores ¿Por

casualidad es usted aficionado al arte antiguo?

Parecía haberse templado la incertidumbre que le reinaba, y ese

dialogo sencillo le hacía ganador de haber funcionado su estrategia.

-Oh no no -se excedió rápido Gaudi negando su apreciación por el arte

vetusto mordiéndose sus gustos y la atrayente incitación a charlar

sobre la materia-. Sólo que me pareció que la alfombra era muy

parecida a una que se halla en el museo egipcio de la ciudad del

vaticano. Eso me pareció recordar de cuando estuve visitando toda la

institución de nuestra gran amada iglesia. Aunque quizás estoy

engañado y la confundiera por otro lugar, mi memoria no es una de las

virtudes de las que Dios me poseyó -recalcó no dando importancia a su

entender de arte, ni intuirle nada que le hiciera pensar.

-Debe ser otra semejante, esta es una pieza única que adquirí en una

subasta de arte - revelaba ser él el dueño y por consiguiente

vaticinar su rango. La relación de la alfombra ya lo sabía Gaudi, que

lo utilizó concurrente para dar a la mentira distracción de inocencia.

Seguido preguntó Gaudi al hombre con el que mantenía la charla, -¿es

usted el Príncipe Masín?

-Que torpeza la mía, discúlpeme padre mi descortesía.

Gaudi le extendió la mano mostrando su saludo, y el príncipe le hizo

una reverencia que Gaudi no presumía.

-Acompáñeme por favor -le ofreció cortés Masín que le siguiera-.

Puedes retirarte -dijo a su guardia personal, que cumpliendo el

mandato se fue acelerando el paso bajando las escaleras. Igual

hicieron ellos dos con más calma, en una discreta conversación nimia.

Cuando llegaron a la planta baja el príncipe le introdujo en la sala,

la misma a cual había sido su comitiva más entrar en el caserío. Cerró

las puertas velando por una discreta conversación, y afable y sin

dilación requirió consultarle su visita.

-¿Cuál es el propósito de solicitar verme?, me trae noticias de parte

del Obispo Rocco según me han dicho -adelantó parte de la respuesta en

su introducción.

-Exacto, como usted ha mencionado. Él me encargó tácitamente que

acudiera a informarle si durante el viaje de su mitrado a la santa

sede, diera con el paradero del sacerdote Gaudi -noticia verdadera que

él mismo conocía hace días de la intención de viajar en este día por

parte del Obispo, donde confiaba que quizás el príncipe estuviera al

tanto.

Al príncipe Masín le surgía un interés inmediato ante lo que

escuchaba, sin aludir si conocía la ausencia del Obispo Rocco en la

ciudad. -¿Sabe donde se encuentra ahora? -Interpelaba solicitando

prontitud de conocer esta necesidad.

El sacerdote se hizo de rogar-. Vino a verme muy temprano. Le encontré

intranquilo, tan sucio que parecía haber pasado la noche a la

intemperie, al menos me impresionaba pensarlo del aspecto tan

desaseado con el que se presentó en mi casa.

-¿Está allí ahora? -demandaba o prácticamente interrogaba al

presentado por párroco, el encontrarle a su propio él, que camuflado

formaba ser otra persona.

-No -comentó para saciar el ímpetu del príncipe-. Me habló de que le

habían atacado unos hombres durante una reunión con el arzobispo

Rocco, e intranquilo por si le hubiera pasado algo a nuestro prelado

hube de llamarle para tranquilizar y aliviarme de encontrarse bien.

Más él, me advirtió que renegara de lo que dijera el hermano Gaudi,

pues estaba al tanto de que sufría bajo el castigo del averno de

crisis nerviosas, y que estaba bajo tratamiento. Yo traté de hacerle

entrar en razón para acudir a un especialista pero él se negó y se

marchó de mi casa sin preciar el intento de ayudarse. El Obispo me

antepuso el deber de acudir en su socorro si diera donde estaba para

poder ponerle en su mano y llevarle a algún centro psiquiátrico para

que le trataran en estos momentos difíciles para nuestro indefenso

capellán.

-Entiendo, y ahora...

Gaudi, ya renegó el espacionar su ejercicio de teatro y manejó

llevarle al énfasis final.

-Apenas media hora hace, que me llamó diciéndome que estaba en Gare de

Lyon y se marcharía a Dijón si conseguía billete, sino quizás se

trasladara a Gare du Nord para coger el tren que partiera hacia Lille,

pues tenía familia próxima a la frontera con Bélgica, aunque se temía

que ya fuera tarde para encontrar embarque y tendría que coger un

autocar regular.

Ante la multitud de datos que recibía, el príncipe predicaba

desoriento en los postulos de encontrar a Gaudi.

-Siento no poder ser preciso, pero siguiendo el mandato del Obispo me

debo a contarle cuanto me dijo.

-¿Dijón, y Lille, no mencionó algún otro lugar? -Preguntaba el

príncipe Masín descartando más posibilidades.

-No, solamente los que le he enumerado. Lille por la familia, y de

Dijón me insinuó sin tomarle en serio que iba por tocar la lechuza de

la suerte, ¿conoce la historia? -Se daba un nuevo ajuste de perderse

en pormenores.

-¿La lechuza que hay en una de las iglesias de Dijón, que la tienen

desgastada de manosearla?

-Si -dijo el sacerdote.

-Claro, ¿quien no conoce la leyenda?

-Eso es cuanto le puedo decir, no sé si le servirá de ayuda para

encontrarle por su bien, ya que me temo que este hombre en sus

condiciones no sé de lo que es capaz. ¡Dios mío, ayúdale a encontrar

el camino! -Argucia su papel postrándose al cielo su favor.

-Le agradezco enormemente su ayuda, padre...

-Padre Notorio -recordaba al príncipe que se quedó a medias buscándole

el nombre.

-Gracias padre Notorio -se esforzó el príncipe Masín en agradecerle

seguido nuevamente su colaboración.

-Si no interfiere en necesitar de mí, debo marcharme para continuar

mis tareas diarias. La obra de Dios es continua y no hay descanso -

dijo el delator de Gaudi solicitando su retirada.

-Sí, padre, puede ir bendecido por Dios -Gaudi se distanciaba cuando

el príncipe le paró en seco-. ¡Espere un momento! -Gaudi no quería

referir a qué debía esta acción y a la suerte esperó para ver qué

ocurría.

-¡Tome! -el príncipe se sacó del bolsillo una cartera, y de ella una

tarjeta de visita que se la entregó al religioso-, por si acaso se

pusiera de nuevo en contacto el padre Gaudi con usted, me puede llamar

a este número de teléfono, para no tener que hacerle venir de nuevo y

alejarle de sus quehaceres.

El disfrazado zorro de Gaudi se la guardó sin caricaturizar una

cruzada Z, acompañándole en un gesto aceptando el recado del príncipe

se despidió de él. Nuevamente el príncipe Masín atento tomó su mano de

forma serena en saludo.

El padre se acercó a su nuca y le comentó en voz baja -entre nosotros,

el Padre Gaudi siempre me ha dado la impresión de estar algo

desequilibrado -le soltó de su boca precisando, y también de su mano

que agarraba tenaz el príncipe y se fue.



La soledad cautiva en su virtud araña rasgos, trazas insignificantes

con forma única de torearlas y liberarse de la capa maciza que

envuelve el carisma. Se puede evitar pensar, sólo es decisión de

conjugar el verbo rezar, pidiendo por mí, por ti, por él, por

nosotros, por vosotros y por ellos.

-Oro, y no deseo que deslumbre recordar a esa quinceañera niña de

quinta esencia que aborda de audacia la evidencia.

Suplico, ante el mas grande que sentencie mi inquilina sumisión, y me

avergüenzo de pensar que tribunal debe juzgar lo máximo. En un último

momento paro, ¿cómo digo esto?, ¿cómo lo retengo lo que trata de

salir?, ¿no es acaso mío? ¿Porqué debo castigarme por quien fui, por

lo que es, y a lo que intento ahora dudoso dilucidar que siento?

Adoro, siguiéndole en un complementario destino nunca visto, ¿y que me

pasa María? Tengo reflexión de borracha del vino, sagrado, no vaciles,

sé firme, no tropieces, eso es lo que él quiere, ¿pero quien de ellos?

A quien yo elegí tengo reverenciado honrando sea ahora o no de mi

gusto, a quien quise lo deje por vacile quizás asiento que así fue, y

ya nunca dudé que se acabó, que mi vida salió, por mi fe yo tal vez le

maté. ¿Qué fe es la que destruye el amor? ¿Qué feo me hace sentir mi

deseo? Y mi extremo de necesito... me detiene. La labor que se

construye edificó en... ¡Mejor calla María! No pienses nada, ha sido

un día turbio, ¡pero no lo entiendo!, ¡y lo quiero entender! ¿Qué hago

cuando lo que dije aprobando infinito se traduce en un mundo destinado

al apego de mí darle todo por cero? Y en esa nada es la que no ha

cambiado el planeta, por cuanto dije, hacia lo que hice, por renunciar

¡A TODO!

Imploro, y me hago daño. El peso de mis lágrimas harán que el mundo

esté triste, y me debo a mis hombres socorrerles, a mis hermanos, a

mis niñas del mal, ¿pero quien le ayudará a él en su oceánico mar al

que yo arrojé? Le endose a su cuello la losa tirándole al fondo. No

puedo ni negarlo ni confundirme de no arrepentirme, de hacerle

destruido a sus sueños de ser tan sólo él.

Ruego me perdones, porque sé que no estuve contigo ayer. Y embarqué

dejando a nado pacto de la devoración mis emociones. Y remé ignorando

el mirar atrás porque no podía soportar verte allí alejado, encharcado

y hundido, profundo flotando agarrado a un letrero, con mi nombre

llamándome.

Rezo, en contra tuya por que no estuvieras en mi cabeza, porque no me

hubieras encontrado, porque no hubieras existido, porque no me

perdones jamás, porque yo no lo haré, por intencionalidad víctima te

dejé sin auxilio, sin amparo, porque yo en mí nunca supe como dejarte

de amar. Y pienso en mi castigo, del que llevo en mis adentros sin

nadie saberlo.

En sus aposentos María, loca, quitándose la vida a lagrimas pierde sus

sentidos. Las confusas ideas que inundan su cabeza la dejan podrida,

estancada séptica. Quiere esconderse, ¡pero si ya estaba escondida!

Quiere olvidarle, ¡pero si ya fue olvidado! Quiere morir, ¡pero si ya

le mató! Y la alternativa, la que seduce en forma de vida no merece

más que llorar por cuanto daño hizo sin piedad, tan rebajada a quimera

de puta barata que se vendió por una adoración al mundo del señor.

Pesada, envuelta en penitentes siglos con la fuerza malgastada, llega

tras urdirlo al cajón de su coqueta. El momento perpetua ganándose el

perdón, interpretando que si pasasen dos mil años más llorándole

quizás podría tener un voto de derecho para recordarle sin ultrajar su

memoria. Si pondera su castigo, se detiene a cada momento

maldiciéndose. Esfuerzos coyuntural para desplazar materiales de entes

inanimados. Cava liberando, encontrando de su descanso letal de sus

miles de días sepultados de la luz el medallón que le encontró José.

Y ya no vuelve a decidir que está mal o que está bien, ya no es dueña

de sí misma, ella parte al pasado de recuerdos, viaja transportándose

en una memoria desplazada temporal en su mente, va sin saber cuando

regresara.

Revive después de morir Jesús, como se apareció Dios en su casa...

-Bendita María -embauca templar la desdicha de una madre.

Ella, mujer rota, ahorcada en sus desfogados respiros, incapaz de

evitar la muerte presente en sus venas. Cacho de su cuerpo

sentenciado, arrancado de las vísceras.

Dios -arrodillada invoca respeto hacia su figura, tendiendo

explicaciones que no calmaran, ¡nada lo hará!-, una madre debería

morir en su lecho rodeada de su familia. No es justo, los hijos deben

sobrevivir a sus padres y no al revés. Elegiste mal Dios Todopoderoso,

es a mí a quien tenían que haber ajusticiado, yo soy la portadora

de...

-Levántate María, he de hablarte -le solicita Dios, partiendo la

venida de la frase, que no su sentimiento resquebrajado, destrozado a

medio día sin sentido. Plañendo, y en cada gota menuda que rezuma la

arde el ácido derretido de sus tripas, revolviéndola dentro de sus

senos deplora destilando furia mal concedida entre ella y la poca vida

que la acompaña. Tormento de angustias en su calvario presume su deseo

de poder coexistir donde fuera, donde estuviera su ser, el que ella

forjó de su cuerpo de mujer.

María hace ademán de querer hablar, de preguntar, de quejarse, y no

hay firmeza. Débil aguanta sin poder el peso del suplicio, y calla

tras sus primeras palabras sintiéndose avergonzada e indigna de llevar

su queja al altísimo.

-Veo en tu rostro la fatiga del dolor, más no te escondas en tu

frigidez. Jesús está conmigo, descansa con el pecado de la humanidad,

y atiende mi necesidad a los mandatos divinos que le hacen

maravillosamente apreciar con gran resignación su muerte. Yo te pido

lo mismo María, y debo rogarte que si crees en mi de corazón vengas

también y te deje salvar de las impurezas.

-Yo aceptaré cuanto me digáis mi señor, soy una humilde sierva

vuestra, mi vida no me pertenece -envuelta en el apuro, el tránsito

del crimen hacia ella misma le valdría, lo aceptaría si por ello

pudiera alcanzar el don de la purificación, de serenar el deceso que

la sujeta queriéndola llevarla de partida.

-Escúchame bien María, tú eres la madre del salvador. Hiciste el

milagro milagroso -redundó adulación, ganándosela en sus sosegadas paz

de palabras- realizado tu papel en el mundo, trayendo en tu cuerpo

celestial al elegido por mí para esta ardua tarea.

-Perdonadme mi Dios, debo confesados que Jesús.... -distante,

renqueante burla seguir adelante en su confesión, atenuada debe mediar

para depurar la limpieza de la que está manchada.

-¿Temes que eres indigna por como fue engendrado?

María humilde mira al suelo, humillada deshonra angustia, corseteada

de manos a su desnudo figurado cuerpo flagelándose, se siente

condenada a un pecado culpable.

Dios blande su posesivo verbo, el que él en siete días creó. Se sirve

en su empeño de robarle sus destrozado ánimo María, la impureza de ese

acto que no deje paso al autocastigo, tu cuerpo esta bendecido por tu

propio hijo, expulsado en su comunión hijo mío se convirtió al igual

que tú. Jesús fue elegido para salvar a todos los hombres sobre la faz

de la tierra, y tú María, debes aceptar ser la madre del salvador,

pero para ello necesitas... una cosa... debes tener fe, es lo único,

fe. Ahora busca en tu corazón y sin vacilaciones ni temores dime si la

tuya se mantiene

María vela su mirada germinando el arrinconado suelo, y medio ojo

ocular levantado viendo nada mas una luz allá donde Dios le

engatusaba. La llama que cubre al señor no daña a María, la deidad

bendecida del compromiso que la pide abocan sinceridad y se echa como

atenuante su caída de la tierra al suelo, la que bañan sus sollozos

ojos, bajo el mismo suelo preciado del río Jordán que baña la mancha

de su culpa al comulgarse, desluciendo del impregnado flujo manchado,

penetrada en la transgresión de la pasión del amor de José.

-Me rebosa mi señor la perdida de mi hijo, y en cambio siento

reconfortamiento en vuestras palabras. Soy fiel mi gran Dios. Os creo,

os amo, y sé que obráis con la mejor de las intenciones, aunque no

alcance a comprender quizás todo, yo os seguiré siempre al lado que

mandéis. Encomendar mi alma a vuestra petición, que acatará en la

fidelidad de querer cumplir la misión de santificados.

-Requiero que dejes tu casa María y vengas conmigo continuando mi

senda segura leal. Jesús ha abierto la luz a los obcecados hombres

incrédulos, pero dispongo que tú, como madre del elegido prediques mi

ejemplo a imagen y enseñanza e invoques mi nombre por el bien de la

cristiandad. En esta tierra áspera que creé hay imperfecciones,

demonios que quieren estropear la pureza, devorar la bondad codiciando

materialismo, omitiendo mandatos, matando, demonios que existen en el

infierno, y en la propia tierra María. ¿Qué sirve ser Dios si el

diablo se adueñara de aquellos hombres y mujeres viciados, rota sus

dogmas, que no hallan seguido el recorrido correcto? Debemos ayudarles

a imponer un mundial orden de bienestar, y debes ayudarme, María, ¡Te

pido por Jesús le veneres, que creas en mi y me acompañes!

Detallar el comentario de Dios de una forma imparcial, alejado del

arbitrario sentimiento hacia la religión sería temeroso, por lo que

callo no levantando el espíritu. Omito ser acarreador de lo que no

comprendo, de lo que no veo, de lo que no soy capaz de decidir, cuando

eligen por mí deben llevar la razón, puntualizo, decide tu por mí,

votos de confianza, en mi esperada esperanza te adueñas de mí, en una

simbólica alianza.

-De corazón me seguirás siempre, sin mirar atrás, sin arrepentirte. La

fe te guiará por encima de las cosas, ¿por los siglos de los siglos? -

Dios erige el brazo confiando en María su mano, mientras la luz que le

predecía se expande, y logra aceptada ver la cara de Dios, que

sobrecogida niña indefensa se postra a sus ojos.

María se levanta- os seguiré mi señor, por los siglos de los siglos -

aferra la mano de su salvador y entra en el aro de luz blanca

envolviéndoles. Al instante medido que José entra en el hogar,

pudiendo ver la tiniebla de la parte final de la escena. Y una fuerza

increíble le hace detenerse, paralizado le niegan el paso del deseo de

llegar a su mujer.

-¡María! -la grita pero esta no escucha, sólo sentida en la intención

del conato de mirar atrás, pero valiente y firme no tantea a la par

que la luz se va cerrando entre Dios y ella.

-Por favor Dios, te llevaste a Jesús, no te lleves María, llévate a mi

pero no a ella, por favor, por favor te lo ruego mi señor -José

imploraba.

Dios le oye, apenas el rostro de él se le puede ver en la casi

desvanecida y degradada luz que habitaculaba en el interior de la

casa, y este le sonríe a José. ¿Una sonrisa?, ¿qué tipo de sonrisa es

esta, que hace sentir a José traicionado en la desgracia? Rota su

doctrina, se siente humillado, burlado, secuestrado en una efímera

voluntad de seguir en el mundo en preguntas contradictorias en las

respuestas dadas.

-¿Qué ha sido de este Dios, que obra a su voluntad? ¿Con qué derecho

ejerce su posesión sobre las personas? ¿Es justo que decida el bien y

el mal?, ¿es real un acto de sabiduría ejercer la muerte a un fiel

cristiano como era María? ¿Es en verdad un buen padre el que castiga a

sus hijos por el propio derecho de serlo? ¿Qué persona, que Dios puede

dar la vida y quitarla a su antojo? Esto no es un Dios, es un déspota

bellaco. ¿Cómo puedes querer un mundo bello cuando doctrinas dolor,

perjurio, arrepentimiento propio, a tu albedrío dar el cielo y quemar

al infierno al que tenga dudas, dudas de qué? ¿De ser un pecador por

haber nacido? ¿Por querer saber? ¿Por comer una estúpida manzana? Eres

el peor de los emperadores romanos, el peor de los Dioses del mundo,

un tirano que matas, ¡y yo te maldigoooooo! -grita, sajando rabia.

Para José no estaba ya a su alcance el poder verlo que toda su ira es

escuchada por María, donde permanece sin partir pareciéndola una

demostración de fe, confinada en la confianza de Dios que la observa y

susurra. -Que tus ojos y oídos no te engañen María, ¿ves a José? No

debes sentir ninguna sensación de encono por él. Las personas de

buenas se destruyen solas ante la adversidad, ¿cómo ser merecedores

del descanso eterno y de mi gracia cuando se me cuestiona mi bondad

divina? Por eso María, tenemos un largo y tedio camino que recorrer de

espinas para oler las dulces rosas de cada ser.

La mujer presa de la incertidumbre recuerda mitigada por el tiempo lo

que sucedió la última vez que le vio al que fuera su esposo.

Minimizados detalles pasan veloz intensos en su rememorar. Tras dejar

Judea, su casa y a José, seguir el camino de Dios dando fuerza ante

todas las instituciones de la iglesia, obispos, sacerdotes, Sumos

Pontífices, y algunos hombres incluso encomendándoles rectitud en el

camino de la salvación o exigiéndole cristiandad para realizar actos

incomprensibles que podían ser paradójicos, sin plantearse meditarlo,

aborreciendo la mentira que se cursaba en la envenenada vida mundana,

perdonando actos impuros, reviviendo a la gente de sus temores,

alejando aquellas posiciones materialistas en palabras, y siendo una

ministra de la fuerza política de Dios... por la eternidad... con la

fuerza del espíritu santo...

Poder hacer nacer palabras nuevas lo crea como un don torpe a su

entendimiento, para sólo ella, asumida la muertemente imagina que

deriva al intenso escalofrío desvivar, al condenar riacho muerto,

viciando vaciando seres quesaran futuros de nada, secos de vidamente,

lo divide sin caer debidamente. No está bien, lo sabe, pero es solo

suyo, sin derecho a que entren nadie en sus juros, a no ser que lo

aceptes y lo entiendas, desde que lo admiras ella sudicirá la

poseadilla en desantológico pillada por ser amiga, torpe si, ¿pero no

la ves que está perdida? ¡Dale un abrazar!, ¡dale mis ganas de que

vuelva a ser ella un alma de alegrar!, tan María como puedas tu

secarla las cruzadas lagrimas. ¡Sal andino!, saca tu tierra peregrino

y santa tu Coránada de la reconquista de tierra de María.









Capítulo V La Svástica Comunista

Se respira sosiego, un hervido sentir de tranquilidad. La frescura del

templo aligera el pesar de la carga de los inquilinos que se acercan

penitentes dejando su mercancía. Traficantes al tributo que le

salvaconducten de virtud, postergando los vicios que manchan su hoja

de ruta.

Ética vanguardistas de adoradores a la pureza de la nobleza que eximen

su propia moral, de sopesar que el fallo se resuelve con la petición

del perdón que solicitan, eximirles por marrar conscientemente en su

mundo habitado de siete capitales pecaminosas.



El estado de la soberbia, el principal, utilizado para el discrimine

de la vanagloria, la que quizás inconsciente la iglesia depara en sus

propios santos, la jactancia de la rectitud de ser menos dañinos el

humo de una fumata que el revelo de 'La Stampa' homosexual, basura de

mentes atrofiadas. El fausto que contradice en ornamentos de oro los

santos lugares, el propio botín de guerra expoliado en la tenencia.

Altanería desdeñando despreciativo a quien ose contrariar sus tesis,

quien reconoce santos por dos presuntos milagros de curas de niños en

la hipocresía, ¿ya que cuantos enfermaron, cuantos murieron tras ser

tocados por su manual miembro santificado? La presunción de

infanticidio, acallada por golpe del aforado primer estado, la

petininacia a la desobediencia civil, a la ley de cuando la violación

del precepto no nace del desprecio sino de otra causa y considerando

la materia y las circunstancias del caso, puede ser considerada una

falta menor. Hijos de un Dios menor, nacidos sin nombre que dar a su

progenitor, llámele tío pues padre será obsequiado por los demás

feligreses, y en la paidofilia, no es un trastorno, que atrevimiento,

es una atracción lingüística a moralmente superada, y es que si

hubiera de existir un presidio para localizar a los derivados de la

práctica llegada a realidad de psiquiatría serían enviados a lugares

donde el mundo supiera de ellos. En la Peste Negra, los leprosos con

cencerro al cuello se les aislaban en Lazaretos, a los ignorados por

Pío XII, se los recreaban recluidos en campos de consumiciones

consumadas, de expiración limitada, dejándolo caducar no le es

reconocido. En la transgresión de la vida infantil, ¿no deberían ser

enclaustrados y ponerle una vestimenta oscura como señal de su

impureza, y larga, escindiendo su vergüenza?

La ambición de ser el único, el Dios verdadero.

El estado de Acidia, en su pereza el más metafísico, La repugnancia y

la aversión por dañarme, por no querer ser tu esclavo. Que no, que no

me gusta que me digan que nací pecador, ni que puedo o no comer, ni a

quien debo querer, y cuando decida que esta, la desesperación mía que

despremia mi vida y me haga verme en la pusilanimidad y cobardía de lo

que tu piensas, la inconsistencia debe equilibrar que no, que no es

justo que mi vida se acabe, que yo no soy dueño de ella para decidir

cuando tener su fin, pero si hubo que alguien en La ociosidad me dio,

¿me regaló?, ¿me jodió?, con la condena a la vida sin preguntarme, sin

yo ser consciente de decidir por mí, si a esta tu vida quería yo

venir. La curiosidad o desordenado prurito no da derecho, y si deberé.

El estado de la lujuria, ¿no fue separatista de esquerra del primer

estado, ¿allá en la parte septentrional colindando las llanuras de la

hipocresía? "appetitus inorditatus delectationis venerae".

Perdónenme no quiero crear la tercera república, ni en el tercer

testamento de ningún nuevo estado colonizador, ni adicionar en un

aslato, más sólo como inútil reflexión, el gozo prohibido donde

prevalece una finalidad preestablecida, única y clara., la

reproducción y la perpetuación de la especie. Pero Dios mío, formula

secreta, maravillosa e inocente para reproducción asistida con mando a

mano. Que toque el hombre cien veces con su dedo índice el ombligo de

la mujer que ama recíproca, y que en su esencia de transmutar el amor

sea rápida, pues no veo en mi mundo, no el que se escribe, ni se

cuenta, ni siquiera en este donde se reproducen, el amor sostenido, la

fidelidad. ¡Oh cielos!, que engañosa es mi diabólica mente, ¿mas como

puedo negar a los hombres respectos a las mujeres?, que la mayoría son

presas simbólicas de la fiebre. Pues si señor, tenía usted razón, que

la lujuria es un estado depositado, ¿pero medio vacío o medio lleno de

fingidos? Se quieren, por joderse.

Rompo el saco, La avaricia, cuarto estado, y menos mal que reza "El

crimen de la avaricia no lo constituyen las riquezas o su posesión,

sino el apego inmoderado a ellas". Y siete reyes tiene el estado, que

no país combatiendo juntos aliados, el fraude, el dolo, el perjurio,

el robo y el hurto, la tacañería y la usura.

El estado de la Gula, vomita sangre de Cristo, barra libre de cuerpo

de mal estomago dolido a hostias. Más no comas en ayuno, más mejor no

ayunen treinta millones de personas, y como hay que dar ejemplo,

tampoco comer ni cenar, sacrificarse hasta cesar exiliados de la vida,

por un pan que no tentó, ya que entre sus manos no alcanzó.

El estado de la ira, "Appetitus inordinatus vindictae", el

maquiavelismo "Porque si Dios no perdonó a los ángeles delincuentes,

sino que amarrados con cadenas infernales los precipito al tenebroso

abismo, en donde son atormentados y tenidos como en reserva hasta el

día del juicio, si tampoco perdono al antiguo mundo, bien que preservó

al predicador de la justicia divina, Noé, con siete personas, al

anegar con el diluvio el mundo de los impíos en su clamor; si

reduciendo a cenizas las ciudades de Sodoma y Gomorra, las condeno a

la indignación del desolamiento, poniéndolas para escarmiento de los

que vivirán impíamente" en notte di sabato. - 2 Pedro 2:4-6

La contumelia dicha y hecha sobre el antisemitismo vaticano, la

blasfemia de Pío XII que instituyó Cáritas para dar escape sin

sospecha hacia Sudamérica a nazis con paradero en secreto de

confidencia profesional. También se desvío a sus aliados utilizando el

pasaporte de Cruz Roja Internacional. La riña, "Pío XII no excomulgó a

ningún nazi, siquiera a Hitler, pero si expulsó a todos los comunistas

de cualquier país de la faz de la iglesia católica". ¡Heil Dios!

El último, el estado de la envidia "tristia de bono alteriusin quantum

est diminutivum propiae gloriae et excellentiae", La mentira de Dios,

la traición de Dios, la intriga de la profecía continua... ¡El espurio

debe claudicar!

María, anunciada por vuelos de palomas negras cristalizadas en

pergaminos del vidriado de las ventanas irrumpe en la parroquia. Las

palomas acechan, María escabechada réproba su venir.

Cementerio el lugar, habita de almas sin cuerpos acercados al mundo

que emerge fuera en la calle, en la ciudad, en la vida real. Anda

despacio e intranquila escondiendo su rostro, como estrella del pop se

oculta bajo un velo del mismo color que su vestido negro, que combina

correteando con rayos blancos que traspasan los ventanales al

prolongarse a recorrer la iglesia.

El sonido de los tacones despierta el sepulcro habitado, donde las

gárgolas observan petrificadas, dirigidas por el taconeo de un andar

femenino los pasos creyendo crear una trama de novela negra, a Grace

Kelly tras el velo, y al mafioso acabando antes con el párroco dentro

del confesionario esperándola. Sus inmoralidades inmortales en tan

aburrida casa rentara por Dios le fricciona para hurgar escenas

fantásticas, mas esta no, dentro del confesionario está el sacerdote,

no ha habido previo ningún muerto y sus frescos cuerpos de piedra

reciben el aire corredizo en las alturas de la bóveda

-Padre, he de liberar mi angustia, pero temo que no sea el lugar

correcto -tras reposar en el asiento, toma palabra confesora.

-"Extra Ecclesia nulla salus", fuera de la Iglesia no hay salvación -

invocaba una voz tras los orificios, que abstracta formaba posterior a

María una imagen confusa del párroco.

Ella se ausenta, le impide hablar su polémica sensación de qué está

bien, si el estar allí ahora disponible a dialogar con flaqueza, o

arrodillada condescender de la gracia infinita del amo del universo.

-¿Porqué ese mutismo, hija mía? Estás entre amigos

-Es difícil explicarlo -asesora bondad al responder la voz femenina

que respiraba embriagado el sacerdote.

-No debes temerte nada. Abre tu corazón, y cuéntame que sientes, ¿qué

te aflige?

Leyéndola el pensamiento le inspira dando causas para llegar a su

indecisión. En su corazón cerrado por raíces trepadoras muertas la

sujetan, impidiendo liberarse abiertamente. Arrinconada prendida por

destellos de un láser invisible han hendido la suficiencia para

dosificar la evasión.

-Padre, yo soy cristiana, llevo... -hace un retardo en su hablar, el

gotero se satura y prosigue-. Llevo mucho tiempo creyendo en Dios, y

en su obra divina. A mi instancia soy una sirviente incombustible de

nuestro adorado Señor, pero...-cautela ante la liberación de fluidos,

tomando su tiempo para formar su cuerpo-, ahora ha aparecido un hombre

del pasado y me ha hecho surgir una duda.

-¿De qué exactamente?

-De mi fe cristiana, tan espiritual como existencial

-¿Y cuál es el motivo para lograr tensionar la inseguridad en tu Dios?

El te ama, a todos nosotros nos adora como hijos.

-La razón es que no se si es correcto, el carácter periódico de la

propia iglesia me obliga a hacer, a actuar sin sentido convaleciendo a

la impunidad momentos que parecen enojos de maldad.

-Hija mía, los caminos de Dios son difíciles de entender a veces, pero

él nos guía en nuestros temores a....

-¿Y cuándo te estrujan al viento chocando contra lo que halla, sin

darse cuenta que una cometa no puede, no va a soportar las tormentas?

Tan harta ahora basto, y una pesada carga como castigo de algo que no

he hecho me aprisiona.

-No debes desfallecer María, los que nos marca Dios tiene su

explicación mas elocuente si entendemos su obra y recapacita...

María al oír su nombre de las manos del cura comete que el padre la

conoce, pero no la podido reconocerla.

-¿José? -Pregunta incrédula, pensando que pudiera ser él-. ¿Eres José?

-Pregunta de nuevo.

Rota las ligas que la aprisionan los músculos, se libera en los gritos

de extremaunción del silencio teñido del sacerdote. Avisándola, la

unción la halla en inminente peligro de muerte, a uno y único segundo

que las campañas retumben la parroquia, como señalizando la señal de

lo que contiene después, en los siguientes.

Cuestionada de que algo pasa, tiende por inercia su cabeza a la

derecha bajándola, oyendo en su trasiego girar el zumbido de un

extraño cuerpo que le araña el oído al pasar a escaso momento de su

destino final, que era la frente de ella. Mira a su espalda

descubriendo lo que le parece un puñal con forma de estrella ninja

clavada sobre la madera del confesionario.

María se siente explosivamente alterada, no contiene sentido aquello,

no reflexiona y como instinto felino sale temerosa asustada de allí.

El cura sale también de la caja de madera y muestra desafiante a María

un puñal extraño de doble filo, que pudiera ser el mismo que la atacó

recuperado por el sacrílego hombre, que ella no clarifica más que un

cuchillo buscando su cuerpo.

María paralizada grita coincidiendo con el cantar continuado de

campañas señalándola su criminología, que amortiguan capturando los

chillidos que emite huérfana de aire, en la pesadilla descrita que

ahoga su querer correr y gritar. La apresan la zozobra de echarse a

perseguir el fondo del pasillo hasta la salida de la iglesia. Su

fuerza al clamar apagó toda su energía, derrochada tiende una

oportunidad al homicidio. En la parroquia no hay nadie, solo están

ellos dos. El cura, coincidiendo en su perfil asesino se acerca a dos

pasos de María, que indefensa no sostiene más que una mirada de

espantada como protección de que se aleje, el resto del cuerpo ya no

le pertenece, ni casi se siente.

Las cosas no suelen llegar solas, y a una bella dama no se la debe

hacer de rogar en una cita.

Muchas veces lo motivos tienen una explicación, que sencillo, ¿qué

hace María allí? Buscándole... Esperándole... Deseándole ver llegar...

La presencia en el lugar atiende la demanda precisa, y rompe la escena

atajando el crimen que las gárgolas en sus alturas saboreaban de un

espectáculo humano, por fin, tras el tedio impuesto pegados al cemento

por opresores cautivadores, dejándose adueñados por seres de carne y

huesos. Un cáliz bordea el cielo del cosmos que le separa desde la

tierra que retiene, hasta su estrella mariática. La estela de un

segundo movimiento detrás del cáliz le persigue. Un copón que en la

extensión universal del lugar dando alcance a su modelo de juego se

fusiona en una mininova, que sin detener su marcha machaca la mano del

capellán que se desprende del arma que agarraba. Tras el impacto está

aturdido, aqueja un gran dolor, que no le impide tras caer al suelo

del impacto arrastrarse hacia el filo que ve del puñal con el que

quería agredir a María, e intenta volver de nuevo a ello. Lo agarra

con su otra mano, malsana yerra por hierro candente al rojo vivo. El

objeto de lucha irradiaba fuego tras el impacto con la mininova que ya

había sido reducida a enana blanca.

La demanda precisa atiende en el lugar la presencia.

Las cosas no suelen llegar solas, y a una bella dama no se la debe

hacer de rogar en una cita.

Muchas veces lo motivos tienen una explicación, que sencillo, ¿qué

hace María allí? Buscándole... Esperándole... Deseándole ver llegar...

Estancada detenida, porque el sol reconocido por él seguía

permaneciendo quieto, inmóvil al movimiento de toda constelación que

desbordaba contorneándola.

El lisiado sacerdote mira hacia el lugar de origen de los meteoros y

se encuentra la figura de José, que de un salto severo se sube al

altar retumbando los cimientos, las columnas de Pompeya tiemblan bajo

sus pies. José busca con su mirada algún objeto del altar, y de un

golpe de talón arroja la patena que halla a sus pies, lo eleva de un

puntapié y usando telequinesis se lo lleva directo a la careta del

falso judas. Este impulsivo se tira al ras del suelo, donde permanecía

herido intentándose levantar. José baja de su status y se encamina

hacia el letargado criminal, que nebuloso ante el encuentro con el

hombre que protegía a María consigue ponerse en pie y salir alma que

lleva el diablo huyendo, arrojando cualquier tentativa de combatir.

Renqueante agarra la mano que soportó el golpe del cuerpo único de

Cristo, ligeramente al tener quemada la palma de la otra mano.

José llega al presente de María y le separa una línea invisible, en

espera de una aprobación se detiene en la puerta de acceso a la Tierra

Prometida. Él cumplió su pacto y consiguió derribar la muralla de

Jericó.

Si hubiera que evangelizar la descripción para el realce de la

historia de los pueblos venideros, encontrar un discípulo, un profeta,

o un novelista sería remoto hallarlo, no podrían, no son merecedores

de tal derecho.

Si se pudiese encontrar en un remoto hombre del mundo animal un

momento estremecedor, uno donde sintió que todo dependía de algo

externo a su control como..., que vueltas para reconocer lo que es

amor. Existencias buscando, existencias deseando, existencias

expulsadas a la condena del desasosiego. Existes y no te halla más que

en extintos sueños. En la pesadilla de sus días le duele el no

tenerte, no saber de ti, ni un hola en tu boca, ni una hora en un

encuentro milenario, ni en una ola que cabalgue hasta ti o le trague

definitivo en el augurio que ya piensa que es tiempo, sólo tiempo,

nada más que cuestión de contar que fallecido guarda reseco. Y en las

noches le trasladan sus repetidas ganas, subconsciente le hace

cociente de que estas ahí a un paso, a un espacio, a un presente que

te encontrará cuando al fin despierte, y al llegar el día te persigue

y no te logra. -Te predico, te elijo, te pido, te predije, te extrañé,

te impuse sobre mí, y por mas que deseo y mas te quiero, soy un fruto

más hecho vano en su caída. Sin descanso los engaños rebusco,

hallándote en la deuda de la huella perdida-. Sólo habría que

reconocer el amor y sobraría tan burda descripción... de escritor

mediocre, de chapucero aventurero, de historiador medianero

inmerecedor del amor callo, me aparto, y dejo espacio al reconocido

amor...

-Gracias por venir María. Ante todo no te asustes, no quiero hacerte

ningún mal, yo...

-No temo José, me reconforta estar contigo -susurra levantando las

palabras, intenciones. Al vuelo las recoge José adueñándoselas, sin

que se traslade y prosperen lejos. Apasionados corazones de piedra se

esfuerzan por escuchar, sensibleros resbalan gravilla por asomarse y

sentirse conquistados. Embelesados, arrebatados, extasiados,

cautivados los sentidos de románticas gárgolas petrifican absorta sus

emociones.

José tiembla. El cuerpo que cubre sentido ser, no contiene el almamoto

que invade los confines donde circula sus sensaciones. Dos mil años

sin ella no es tiempo, es la aborrecidad inmóvil del abatimiento. Que

complicado sería explicarlo, así que deja de callar tan insensata

definición, y piensa un recóndito amor.

No es un tecnócrata ni lo necesita. El nada más que es un espíritu

desunido a su mitad que deambulaba disgregada por la tierra, alejada

aquejaba cada paso por no poder guiarle, cada presentimiento por no

poder decidirle, y a cada respiro, porque cada medio era veneno

infectado de un mundo y medio perdido.

Dos mil años y no sabe que decir, no tiene nada guardado, todo se le

fue escurriendo, sólo le queda para mostrarle él. Mira a María y sólo

puede hacer una cosa, la más impura de las que pudiera imaginar en sus

interminables reencuentros cotidianos que le atormentaban. Dos mil

años sin objetivo para hallar en su busca, desaparecida las

expresiones, ahora llorando aparecen.

No tiene ganas de hablar, no quiere recordar, esperaba ilusa ilusión

en su interior, la vio pasar a cada segundo y es imposible, te lo

jura, dos milenios y sin nada en que creer mas que en esa mirada que

le volviese a brillar en la oscuridad, en un abrazo tras una sombra

renaciendo en la noche que desatienda la eterna lobreguez. Hoy es un

nuevo día alejándose la oscura y eterna noche, encendiendo una vela

tras una ventana ella le avisa de la señal, de que la puerta de Jericó

está abierta. El agotado guerrero vuelve a casa, le duele la espalda

de cargar con tantos sueños muertos, sin haber sido incapaz jamás de

abandonarlos en medio del camino, echado sobre él le pesaban. Sus pies

sangran, de pasos recorriendo el mundo, de cardinal a cardinal

luchando en pedestales camino, en vueltas envueltas en la decisión de

regresar, y corre derrochando la sangre del desamor perdida.

María le mira sin creerse la vuelta del furtivo soldado de Dios. Y

ella desertora de tan sólo y único amor que le entregó todo sin

preguntar, que mataría por ella, que la salvaría si la encontrara en

los cautivados mandamientos irrumpiendo por los siete estados

capitales, matasombra fustiga la llama para que no se apague ¡Jamás!

Puede seguirle y lo quiere, lo desea, es su propia voluntad. Le agarra

de la mano y se la aprieta, es estigmatizada con presión sus milenios.

José aun cerrando los ojos, no para de inundar sobre la iglesia la

prisión que mantuvo alejado de ella, y desoye decir nada. Y ahora

mágico, el exclusivo poder que desearía tener es borrar el tiempo,

deshacer marcha atrás. Si un segundo sin ella fue rotundo, en la rota

y cambiada alianza desdeñando venganza, ¿de esta manera cómo pudo

vivir? Que sus mundos no se calmen en siglos. ¿Y que fue amor? -No

puedo no tenerte, solo quiero estar contigo María, que soy yo mas que

un rayo de pensamientos, un trueno de sentimientos. Déjame acercarme,

no me prives de ti, la separación por mandato de Dios la vida sin

amor, ¿la vida que es? Sin ti, nunca supe contestarla- alisaba José en

su cautivo cuerpo.

-Estoy aquí José, estoy aquí contigo, apriétame fuerte, tanto que me

duela saber que es cierto.

Es inevitable recordar para José, traumatizado, loco de enojo desnuda

sus manos sin que pudieran sostener las de ella.

Tras desaparecer María con Dios, José se pierde. Denegando de la vida

deja pasar las horas deseando que acabe todo, que no sea desgracia más

el contar los años en vano resentido. Sin secuestro no muere, ni

envejece. Ellos, tanto María como José desde que aproximadamente

tuvieron a Jesús, en su piel no progresaba la edad, convencidos que

era un regalo de Dios por el hecho de salvaguardar al electo niño,

profeta de Dios. Y tras su muerte, y el pasar de los años presumía en

su desconocimiento ser un castigo del mismo Creador.

Pero los peligros a la muerte antes o mas tardes vienen, peligrosos

alcances de hojas afiladas, de caídas fortuitas, de mordeduras

venenosas, y su cuerpo inmune no reconoce el deceso. Burla la muerte

sin explicación, y los años se convierten en lustros, en décadas, en

siglos. Y él sigue vagando postrado a la falta necesidad de luchar por

la vida, a la misma que desprecia.

Poco a poco José manifiesta que sigue sin envejecer, no muere y se va

haciendo mas fuerte, descubriendo poderes. Intentando pasar

desapercibido en el tiempo se acordona el calloso deber de encontrar a

Dios, Mordido en su sien, molido a despojos, movido por desprecio

busca en cualquier batalla su vendetta.



En La batalla de Nicópolis. Meses antes, 30 de abril de 1396, fecha de

expedición de cruzados. Partiendo dejaron Dijon ambicionando expulsar

a los turcos de los Balcanes, liberar a Constantinopla, pasar al Asia

Menor e ir sin rodeos hacia Tierra Santa para la reconquista de

Jerusalén y el Santo Sepulcro.

Fecha del recuerdo, El 25 de septiembre de 1396 para combatir dejando

Nicópolis atrás a regreso de cobardes, la caballería francesa avanzaba

a la batalla, donde quedaban en rezaga alemanes y el rey de Hungría

Segismundo, el cual pidió ayuda a los franceses años antes para formar

la cruzada contra los infieles.

Los ejércitos de la cristiandad y del Islam luchaban. José se había

unido como soldado por dinero al ejercito otomano, la paga era buena,

y su ansia de destruir a los aliados de la cruz se sujeta con un odio

mayor, que cualquier antipatía que pudiera tener por su impersonal

ejercito. No rezaba arrodillado ni besaba el libro sagrado. ¡No Hay

Dios fuera de Alá! ¡No Hay Dios fuera de Alá! -canturreaban los

islámicos esperando en envite. José no desgreñaba gritos, tenso

esperaba sesgar vidas en nombre, ¡de Jesús y María!

Con el primer encuentro, los caballeros franceses reducieron a polvo

la horda de contención campesina que conformaba la delantera del

Sultán Bayazid. Pasados por encima, los cruzados superaron la primera

línea de defensa enemiga y embistieron contra la infantería islámica,

sin sopesar en retenerse del aluvión de flechas que los escudos de

franceses adiestrados rezaban en alto por derecho canónico. Rebasados

los estratégicos turcos de a pié fueron vencidos, y huyeron derrotados

hasta la tercera línea, la de los sipahis, el cuerpo de caballería

turca. Crucial se discutía si provisional el ataque detenerlo para

reagrupar las distintas tropas que habían quedado exponencialmente

separadas o acabar arrasando por el espoleo del clamor del éxito

cosechado. En la recogida, no hubo vuelta atrás.

Atrás a la vez se sucedía, que los restos de la primera y segunda

línea turca, con la rápida llegada de algunos sipahis, se habían

organizado y se abalanzaba sin impedimento al reducto de Segismundo y

sus aliados que asomado asombraba desconcertados. Irremediable, se

asistió a una desbandada impetuosa de caballos descabalgados que eran

plan de la caballería de reserva. Los transilvanos y valacos creyeron

que se trataba del preludio del escape y se retiraron de la

conflagración. Aun en detrimento, Segismundo lograba mantenerse sin

retroceder.

Las flechas cruzaban a campo abierto el cielo, el mismo que existe

para mutuas religiones. Compartiendo el mismo aire, la misma tierra,

hasta los mismos nombres venerados se enfrentan excusándose en cambios

desconocidos. Una flecha del enemigo cristiano atenta al punto donde

José sitúa su cuerpo apóstata. Moviéndose rápido se desplaza para que

no de en su blanco e intenta agarrarla impetuoso, y escandalizado la

retiene.

Por un instante se siente majestuoso, sólo por un instante. Suelta su

mano de la flecha y esta permanece quieta, parada en el tiempo,

sujetada en el aire, inconcebible para su pensamiento.

Pero no es lo único que ha sido inmovilizado. En el campo de batalla

todo ha sido detenido formando un sueño desatino, revuelto duda que

está pasando, sintiéndose incompetente no presume qué ha ocurrido.

Anda entre los hombres, mezclados entre islámicos y los europeos,

cruzados de franceses, alemanes, valacos, transilvanos, navarros,

españoles, bohemios, polacos y húngaros. Amalgama misceláneo entre

reposados muertos y embestidos vivos, aun con los delatores rostros

desvirgadores, arremetiendo sus espadas. Las patas inmóviles de

caballos a trote, en pleno salto, o yaciendo derribados son sostenidos

para una alteración que no calcula, ni sabe entenderlo.

Todo quieto, todo muerto, ¡o casi! La visión de la sombra de una

silueta hace girarle.

-¡José, no pensaba encontrarte aquí! -le habla la voz de un ser

aparecido en la clandestinidad de la partida de batalla detenida.

-¡Dios! -se sorprende fragoroso de reencontrarle.

-De esta manera me llaman.

-¿Aun sigues vivo escoria? -amenazante no silencia su sentir.

-¿Te Extraña? -si soy Dios, tendré que vivir siempre -le deducía sin

mostrar aprecio al desprecio de José.

-Igual soy yo Dios, ¿o no ves que llevo siglos aquí?

-Jajaja -Dios reía gravando incisiones onduladas sobre la arena seca

del suelo-, también dicen los testigos que moisés lo has vivido.

-Y matusalén, y crecen disparates, se dicen muchas tonterías en este

mundo de ignorantes.

-¿Y porqué no creer que hallan vivido siglos o lo sigan estando?- le

consultaba curioso el conocer su explicación, el presunto amo de la

densidad imaginable.

-Porque a ambos les vi morir y bien jóvenes, su instrumentación es un

falo de mentiras.

-Jajaja -Dios reía sin preocupaciones enfrente de José, a unos metros

escasos le magnificaba la pose desde la altura, al estar en lo alto de

la ladera. -lo que si tienes razón es que es un mundo de ignorantes,

me digna aunque no creas poder hablar al fin con alguien mas logrado.

-¿Logrado? ¿Para que crear hombres menospreciando la vida ajena? Mira

a tu alrededor, ¿estos hombres que llevan tu emblema y lucha por tu

religión, que propósito cumplen hoy aquí?

-La misma que todos, adorarme.

-¿Para lograr que fin? -preguntaba sin aceptar lo que no podía

comprender ¿Su muerte, como murió mi hijo? –Y lo que comprendía, no lo

aceptaba.

-Jesús no murió en vano, no estaba predestinado su sacrificio, pero

fue su vida y su muerte la que ha servido para llegar a estos seres

tan descarriados.

José seguía sin encontrar respuestas. Dogma, dogma, maldito dogma de

no ser capaz de dar claridad al tema. Confuso, sectario, limitado a

acontecimientos orquestados, a escrituras turbias, renegadas de la

ciencia y del sentido común. -¿Y para que sirvió? ¡Dime y no te

escondas! ¿Para que me arrebataste a mi hijo? Jamás te lo perdonaré

-Jajaja -reia Dios con soberbia- ¿Tu a mi no me vas a perdonar?, ¿no

has leído las escrituras?, -me pareces algo desviado del camino recto

jajaja -seguía carcajeándose de los entremeses dialécticos de un José

airoso, hostil y a pesar de su insistente descaro, edificaba su rostro

una percepción de estar acabado, hastío, repugnado de Dios y de sí

mismo.

-¿De qué te ríes bastardo? -su ineficaz empeño en una contienda donde

sabía que tenía perdida de antemano, le daba el suficiente valor para

bravatear a José.

-¿Eso si tiene gracia -le dijo Dios con una sonrisa mordaz.

José no preguntó, no inquirió al no encontrar sentido para expeler

"¿El qué?"

-Pobre ingenuo -respondía Dios a una pregunta nunca formulada. El

desdén era manejador de anteceder su supremacía y cortarle cuando

apreciara acabar con la destemplanza de José, que él bien sabía que

podría morir en cualquier instante. Hado donde no le importaba este

final, que anduvo buscando hace ni se acuerda, pero si hace memorar

que se siente persistente y le acomete. Dios prosigue su monserga-.

Eres igual al resto, envuelto en tus cimientos de ignorancia. Hay

tantas cosas que no sabes que solo son teorías en tu cabezita ¿Qué te

hace diferente, que te hace creer mejor que todos los demás? Por

seguir una fe que desconoces, que tú mismo te creas, tú eres igual

persistiendo alargarla aun desconociendo la verdad.

-Yo no conozco la verdad, pero sé diferenciar donde está la mentira

-¿Tu dudas que yo sea el creador? -serio reposando altivez preguntaba

seco, imponiéndole ardua contestación a José.

Este callaba pausado, dudativo que contestar. -Me importa poco eso -

respondió al fin-, solo es una facha, fachada recalca.

-Jajaja facha -la risa de Dios colindaba los ecos del recinto de

batalla, que los hombres petrificados de no estarlos hubieran sido

alarmados ante tal carcajeo, incluso en su estado José dudaba que no

pudieran oírle esa malévola risa siniestra, y mantuvieran la

inconsciencia voluntaria de posar en escondite inglés.

-Quería decir fachada -modifica José en lo que dijo explicándolo.

-¡No, no, no! -Le corregía Dios en sintaxis-. Has dicho una palabra

que aun no ha nacido pero surgirá hallándose en un tiempo futuro, si

Dios quiere jajaja -la risa de este ser llamado Dios no estremecía a

José pero le ensombrecía, le hacia palidecer entre la arrogancia y su

ya traída cólera de sentimientos del pasado hacia él.

-Entonces José no te importa que sea tu creador, ¿tampoco estimas tu

vida que no deseas arrepentirte de tus malos pensamientos, no tienes

miedo a mi cólera?

-Si quisieras matarme ya me hubieras matado, que valor no puedo dar a

mi vida de deseo de vivir, sin piedad no la temo.

Dios se pone receloso y serio, cambiando el temperamento grita-. ¿No

temes al purgatorio? -Chocándole la severidad de las palabras, era

tal, que el quieto revivir detenido de cuanto acontecía alrededor de

la pausada batalla, hizo la arena cercana a José saltarle como

estampida de camellos a la carrera, arañándole la cara y purgando la

vista enojosa al entrarle en los ojos.

-Tormenta del desierto sin luz y sin agua en la vida, ¿qué hay que

temer después, cuando no tienes cuerpo?, ¿qué dolor se puede infringir

a un alma que has renunciado a tenerla? -enfrentándose de un modo

inerte le mostraba como era su ser.

-Nadie es dueño de su vida, no repitas una necedad de tal índole. Peca

contra sí mismo el que se quita la vida o se mutila, la pone en

peligro sin necesidad, se embriaga y el que por desesperación se desea

la muerte -le arremetía su quinto mandamiento.

-¿En la autocracia del imperio tirano? -Niego de esas leyes, y reniego

de ti. Me empalaga tu catecismo, mátame si así deseas o mejor muérete

al igual que hiciste con mi hijo -apuntillaba José a la espera de

aceptar las ultimas frases que diría en una tierra maldita que pisaba,

pero no tanta como la tierra santa de la que alejó.

Algo enojado por el desplante, osaba jactándose deducir que intentaba

provocarle, pero Dios apenas siente ese ímpetu de bravosidad, y sin

temor hace lo que sabe que más le molesta a José, lo que no desea y

vuelve a reír-, jaajaja. Mejor te voy a contar cierta verdad, que ha

sido rotundo secreto en el transcurso de tu existencia. ¡Jesús no era

hijo tuyo!

-¿Qué, repite eso? Mejor no menciones atreverte a una calumnia rellena

de desvergüenza, no ensucies el buen nombre de María, pues ella era

una mujer fiel, ejemplar, no la nombres miserable, y no mancilles su

estampa y ultrajes a mi propio hijo de mí. No te lo consiento, ten

dignidad, al menos ten un valor en tu degradada religión.

-¿Lo que no puedes ver, no puedes creer no? -Le preguntaba confiándole

en su saber respuestas desveladoras-. Jesús no es hijo tuyo y lo puedo

afirmar ciertamente. Yo no tengo ninguna determinación en querer

convencerte, tú no eres nada, sólo un pasatiempo encontrado en medio

de muchas nadas, así que evalúa lo que te digo, porque hallarás la

verdad en mis palabras.

-¿Con qué derecho te atreves, como puedes asegurar tal infamia? -

Presumía José contar con la rotundidad, inquiriendo dilucidar la razón

de esa noticia.

-Lo sé, porque Jesús era hijo mío.

José escuchaba preso del escuchar de palabras tediosas. Hasta ese

momento nada consistía su existencia, un recuerdo, mejor, dos

recuerdos llevaba en sus muslos cargando por los siglos, Jesús y

María. No quería creer a Dios, de hecho no le creía, pero el saber su

afirmación, sus deseos de seguridad, encontraban luchas en la escucha

de crecidos temores, y un paso hacia atrás enseñaba ausencias de

comprensión.

Puede apreciar como Dios experimenta en sus ojos una álgida y

repentina escalofriante maldad encaminada a dañar, pero no a José, ¿a

quien entonces? No sabe a donde arroja su destilada malicia de general

inmoralidad.

-¿Te acuerdas José de cuando aparecí ante ti por primera vez y te

envié al desierto a que fueras digno de mí? ¡Claro que puedes

recordarlo! En ese preciso momento mientras tu te deleitabas mirando

estrellas yo me aparecí a María, y creo que sobran los detalles para

confírmate que María engendró un hijo mío, y no precisamente por la

obra del espíritu santo -restregaba Dios a José este hecho indigno.

-¡No! ¡Mientes! -María aun creyendo en ti no hubiera depositado su

cuerpo a tu disposición.

Dios transmuta su aspecto. La imagen de la cara se planta sobre José

haciéndose pasar antes sus ojos como si fuera el propio reflejo de él

sobre un cristal-. Existen muchos métodos de persuasión, apercibía a

José el modo con el que consiguió engañar a la ingenua María,

haciéndose pasar por su Marido.

-¡Nooooo! -José se arrodilló sobre la arena sin darse cuenta de sus

actos, donde seguía del todo el inmóvil medio a su alrededor. Con

furia cerró sus puños sobre la arena congelada, que inmovilizara desde

que se paró el absoluto ver seguía en cuadro estancada sin dividirse

los granos, formando un cuerpo único, tosco, sin resentirse al andar

José sobre ella, no reflejaba las huellas. Y ahora él sin tenerlo en

cuenta la cogía arrancándola del suelo como arena normal, como la que

era y había sido siempre, e igual se le acababa escapando entre sus

puños. José no percibía este hecho, que Dios si, y se fijaba algo

sorprendido, y sin nada inquietarle.

-Debo reconocer que María aun pasándome por ti no estaba dispuesta a

transcurrir con su destino, creo que no pude disimular tu dulzura

jajaja.

-¡Bastardo! -los escasos granos de arena que aun permanecía en las

manos de José, tras levantarse se lo arrojó a Dios- ¡te mataré! -La

arena irrumpió sobre la entidad de Dios que estaba a su alcance. A

pocos metros se tanteaba la conversación, y más parecía ser piedra por

la potencia que impelió José al tirárserla. Apenas Dios lo siente,

pero este hecho no era predecible para él, la capacidad de este ataque

era insospechado para el rey de los hombres cristianos.

Enojado todopoderoso, arroja una ráfaga de viento a José arrastrándole

al suelo con empuje, y lo petrifica, dejándolo lúcido a lo que pasaba

e inerte al movimiento, evitándole maniobrar expedito.

José angustia, su cara aparenta tener autosuficiencia a la rigidez del

cuerpo, y la boca libre al indagar su ocurrir acude a la sublevación-

¿porqué, porqué a ella?

-¿Porqué? Pobre inconsciente, si aun no lo comprendes seguirás vivo,

esa es mi escuela y tu deber de vida.

-Jamás te perdonare que mataras a Jesús y a María.

-¿María muerta? -Dios se le vino que José había hecho su propia

lectura de cuando María se fue con él- Claro, no lo sabes, -deducía el

mismo Dios la comprensión a lo que acababa José de decir- María vive,

aunque para ti está muerta.

Esta reseña causa parada en el tiempo parado, y la doble

incongruencia, de haber asistido tediosos siglos sedado a la idea de

que María no vivía, que tras llevársela Dios la habría dado muerte,

ahora recibe, tras el propio culpado, confesión de desmentir la

ejecución de ella..

En el mundo muerto donde circula, en el recorrido quieto que permanece

todo a su alrededor, recobra vida tras amortiguar la revuelta

cambiada, como formula de dos negaciones es una afirmación que se

apercibe. Quiere saber más sobre María e improvisa la decisión de

exigirlo saber. No hay tiempo, no del parado, ni del revivido, ni del

aceptado o predestinado, el tiempo lo ha denegado Dios, en su ultima

intervención.

-Allí vienen los servios -alerta.

José observa llegar un regimiento numeroso de servios que parecía dar

una avanzada ventaja a favor del ejercito otomano. Inmerso en su

propia lucha no comprendía que al fondo, esos hombres si tuvieran

posibilidad de moverse, y lo asombroso es que eran enemigos de Dios,

los cuales este los había recibido con buenos ojos. Se quedó aturdido

ante la secuencia inquiriendo a Dios la nulidad de su comprendio entre

la arena que se levantaba, pues ya volvía todo a sucederse en vivo.

Los hombres, los caballos, cada gota de sudor, arena y sangre

secuenciaban milimétrico segundo al anterior detenido tiempo, como si

jamás hubiera permanecido inamovible. Este le miró, y sin sentir dijo-

Hay que perder batallas para ganar la guerra. --fue lo último que se

escuchó y solo José parecía oírlo. Nadie a su alrededor daba cuenta de

la dejada última presencia de Dios sobre la tierra, para

posteriormente el desinteresado desvanecerse.

La historia contaría, que en el momento determinante apareció un

regimiento de 1500 servios comandados por el déspota Esteban

Lazarevich, que odiaba a los húngaros más que a los propios otomanos.

Estos servios, que componían el ejército de Bayazid en calidad de

vasallos, decidieron la contienda.

De retorno consciente a la iglesia, aferrado a María le reanuda al

presente. José le cuenta dosificando, acontecimientos vividos,

situaciones esperadas, reencuentros de soñados sentimientos plasmados.

Pormenores de la justa, inquietudes de esta contienda bíblica es

clavada satánica.

María, escucha entre ilusionada de afectos y recelosa de quejas que se

sientan en dudas, pero no es aquella María que aparece tan firme en

los textos sacros. Ella se ha planteado tantas manifestaciones,

doctrinas contradicciones, y solo su fe le hacia no dudar de lo que

estaba bien o mal. Veleta ingeniada al viento soplado por las manos de

Dios.

José recoge del suelo el extraño puñal con el que anteriormente, el

canalla de la facción más ultra de la religión católica había atacado

a María, Ustasha o legionario de Cristo restaba ahora repercusión

desenmascararle. Con el puñal en las manos alcanza traducir sentido,

la parecida simétrica a los bocetos que vio en la casa de Gaudi. A

primer instante, se semejaba a una simple Svástica, pero extraña en su

forma. Nunca había visto algo así, y eran muchas las cosas que ha

podido contemplar en su material esencia.

Se la guardó en el bolsillo y tiró de María llevándosela con la

voluntad de ella afuera del templo maldito, al cielo abierto del

exterior, del mundo al que se le escapó hace... ¡Un día eterno!









Capítulo VI El desangre

-La Svástica es una doble Z en su geometría, y significa bienestar y

en algunas culturas mil Dioses. Eso tiene mucho significado, porque

son en distintas religiones donde aparece este símbolo mítico. Hay

bastantes similitudes entre ellas y relacionadas con lo que nos

concierne, parece estar diseñadas por un mismo cartabón o copiadas de

unas a otras -explicaba Gaudi a José, Pequeña Flor y María.

Después de lo transcurrido en la iglesia José se dirigió con María a

la casa de campo de Flor. La recién llegada ha estado descansando unas

horas, y después ha conocido a sus amigos de aventura. Sería ridículo

no aceptar lo cautivo que eran las impresiones de todos por María.

Gaudi, un teólogo desmesurado, un idolatra de la historia, un fanático

de las religiones, y un traidor evadido de las filas cristianas.

Pequeña Flor, tenía desde su tierna infancia adoración por esta mujer,

que no era su santificado la causa, sino la brillantez, la dulzura con

que José la detallaba al mencionarla, festejando el común ordinario.

Preparativa, de la hermana perdida que jamás dejó de buscar junto a

José, en su empeño hasta conocer su paradero.

Gaudi dibujaba de pie en un cuaderno diferentes ilustraciones de

Svásticas mientras explicaba las aclaraciones aceleradas, de tantas

cosas conjuntas que pensaba y quería trasmitir a los demás, que

alrededor de él circundaban la mesa de reunión.

-En el cristianismo la Svástica simbolizaba el poder de Cristo y esta

sin lugar a dudas tiene tendencia a una Svástica utilizada en la edad

media para representar a los cuatro apóstoles y en medio a Jesucristo,

sin embargo casi descartaría ser de la época donde se utilizaban por

lo que todos podemos apreciar como hecho asombroso, que es la hoz y el

martillo. El simbolismo presume de maniático, pero no podemos ignorar

que no es un capricho. La explicación es imposible deducir, nunca

antes se había conjuntado una unión entre una Svástica con toda la

apariencia hitleriana firme unida a la representación del comunismo.

Si esto hubiera pasado hace siglos, se pensaría sin dudar que se

tratara de brujería, de Belcebú en forma de contagio simbólico, y

ahora no sé que deducción darle. No puedo entenderlo, lo siento, pero

no tengo respuestas a este svasticograma.

-¿Y de las figuras entalladas que aparecen sobre el objeto, puedes

decirnos algo? -preguntaba pequeña Flor.

Gaudi aportaba cuanto sabía-. Los cristianos sincretizaron esta

iconografía representando al tetramorfos, símbolo de los cuatro

evangelistas: El león San Marcos, el águila Santiago, el toro de San

Lucas y el hombre de San Mateo. Las esculturas tetramórficas usadas

comúnmente en los pórticos románicos daban al nuevo creyente una

sensación de continuidad con los viejos ritos paganos.

Flor que había escaneado la figura encontrada por José, inquieta

buscaba en archivos oficiales desde su ordenador portátil por si

hallara algún indicativo que sirviera para desentrañar el enredo

encontrado.

-Creo que he encontrado algo -señalaba atenta Flor. Dobla la pantalla

enseñando lo que acababa de ver a los demás-. Es la iglesia de Iglesia

Sta. María de Azogue, en un pequeño pueblo de España -decía mientras

mostraba la imagen capturada de la red.

-Podríamos ir allí -sugería Gaudi, puede que nos sirviera de ayuda si

encontrásemos alguna otra representación, si descartamos que sea

casual la conjunción de la Svástica con esta iglesia.

-¿Tu crees? -Preguntaba José. Gaudi callaba de no saber la respuesta

que dar.

-Esa pared parece diferente -dijo María acercando el dedo al

ordenador, tanto que inexperta postró su huella en la pantalla. Rápida

apartó la mano creyendo que podría perderse la imagen en la sacudida.

Pequeña Flor se detiene buscando una explicación a la interesante

alusión de María, y dada la comenta-. Tienes razón, obedece a que fue

reconstruida tras el terremoto de Lisboa en 1755, dice aquí-

subrayando la información del amplio texto que la página dictaba. Flor

no se detiene y rebusca exactos, detallada precisa la minucia

separando rápido lo bardo y encuentra algo interesante que menciona-.

Aquí hay unas ilustraciones hechas antes del terremoto -la página web

muestra distintas visiones desde ángulos distintos, realizadas desde

cada punto cardinal.

-¿Esto que es? -advierte María señalando una hebra desgastada en una

de las estampas.

-Parece ser alguna grieta abierta en la pared. Ya se apreciaba que no

estaba en buenas condiciones.

-¿Se puede ampliar la imagen? -preguntó María, seguida por una

corazonada.

-Si claro, -respondía Flor que se acercó al lateral del laboratorio y

encendió una pantalla grande que tenía enlazada a su ordenador. La

imagen mostrada en el portátil aparecía tal cual en el monitor

encendido-. Intentaré aumentarlo sin perder la calidad -comento

pequeña Flor.

La imagen crece, se multiplica la escala de la foto que se va haciendo

a golpes de pixel más grande. La definición se va perdiendo y se

detiene la dilatación, para todos por sorpresa quedar atónitos tras

comparar las grietas que la pared mostraba con la Svástica, pues el

distintivo de la hendidura es ideograma perfecto de la representación

de la hoz y el martillo de la manifestación comunista. Tal encarnación

a la idea de tenerlo en la mente, asustaba.

Todos apreciaban nítido el emblema, y no quebrantaron la mudez que se

acentuó tras el hallazgo.

El sosiego es disimulado con Gaudi echándose las manos a la boca no

creyéndose la igualdad de la imagen que veía y la Svástica que tenían

a su lado- creo que tenías razón Gaudi, será mejor ir allí y

profundizar sobre el terreno -apreciaba José la formulación antes

creada por el otro hombre de viajar a España.

-¡Flor! ¿Has podido examinar el objeto que encontré en la iglesia? -

Cambió de tercios José, convaleciente de la euforia del escenario de

la Svástica hallado.

-Si, José -dijo en una pesada carga. Aparentaba al menos al decirlo,

mirando fijamente a sus tres compañeros-. La he analizado y he

encontrado hechos fascinantes. Las puntas están hechas de un material

que no existe en la tierra, una aleación parecida mezcla al titanio y

al diamante pero con una características muy peculiares. Con frío

alarga como una cuchilla su composición, con calor se dilata y expulsa

microorganismos cortantes que en espiral se abren camino. Si

analizamos la biología molecular de la pieza existen dos grandes

moléculas diferenciales, que como he dicho parecen ser diamante una, y

titanio otro. La comparación no es válida, y es más un acercamiento a

que lo entendáis. Antes he dicho que era un combinado, pero lo que

quería decir es que son dos capas sobrepuestas autónomas que están

unidas por unos vasos conductores que son capaces de arrastrar de una

a otro en indiferente ordenamiento distintos materiales, en variantes

fases. Se arma configurado según la temperatura a la que se halle al

contacto que pinche.

Para mí es fascinante, porque las posibilidades de desarrollar

aplicaciones serían novedosas con estos materiales. Todo lo que he

probado, lo distribuye sin problemas. Y si esto os parece inaudito

¡esperad!- Pedía pequeña Flor algo de paciencia.

Las imágenes de la pantalla grande va cambiando según cambia

impresiones rápida Flor, de su acelerada y aun así, precisa

investigación-. Y a su vez, el contenido que lleva estos canales es

sangre rodando en tubos de venas moleculares.

-¿Más? -preguntaba, por si alguno de los presente quería hacer alguna

intervención de lo escuchado hasta ahora. Ninguno opuso duda, pues la

incertidumbre era la dilación de cualquier trámite para conocer nuevas

impresionantes anotaciones.

-La sangre al ser liberada tras el corte por la punta desarrolla una

molécula, que la Svástica crea en una película destructiva e

infranqueable de defender. Lo curioso, lo más raro es que actúa

preferentemente sobre la sangre procedente de una rama genética

similar, quiero decir, un familiar. He comparado esta sangre con la

tuya José y una muestra que saqué antes a María y proviene de una cepa

muy similar a la suya. Sin lugar a dudas y si siguiera una correlativa

jerarquía paralela a la sangre humana aseguro que es de un familiar de

María. De Jesús podía ser a estar en una línea descendente de

progenitura, y no conocerse ningún descendiente más. Las caras de

María y José se probaban al pasarse sus miradas, desconcertados por el

apunte que se estaba detallando-. Guardando la estructura de ser de la

misma raza la de José y María a su vez con la sacada de la Svástica

puedo confirmar que es variable respecto a la tuya José, y no ejerce

ningún parecido que pueda considerase bastión tuyo.

José entendía que la sangre era de Jesús, hijo de María pero no suyo.

Desde hace siglos, eternos siglos lo llevaba en su mente esa duda que

apesadumbraba contra él, y la esperanza de que su premisa pudiera

fallarle, y haberle mentido Dios. No fue así y ahora confirmado sentía

lo que mantuvo día a día, que Jesús es su hijo, sea de su sangre o no,

y nada conseguirá hacerlo dudar.

María sospechosa, alarmante desgranaba cabezazos al aire buscando

respuesta de la pregunta que le engullía, ¿quien era el padre de

Jesús? José sostenía a un metro con la mirada a María, quería

hablarla, y explicarle lo que jamás le fue rebelado.

Yo... -principiaba José a contar, pero María no esperaba respuestas

que le hicieran un daño desvirgador. Aquejaba templanza de soportar

solo verdades de pureza, no dejaba acercarse el daño que intuía. Tiró

el vaso que sostenía en sus manos y salió corriendo. Explosionó el

estallido al suelo de cristales frágiles, de lagrimas de eternidad, de

gotas de un hielo forjado. Su suelo le había estampado contra la

figura esencial, que sostenía un ser resbaladizo. Causante la base de

la tierra se le acercó, y en mil estropicios tuvo que estallar. No era

un alma de metal, solo vidriado nada más, gotas que caen de un hielo

derretido llegado de las estrellas al desierto. Bautismo al entrar en

la tierra, permanente no cesa su caída. Sin aguantar no se sostiene

firme, y al llegar se arenoga.

José sale en su busca, corriendo al consuelo que serene la

incomprensión, la injuria de la verdad. Eufemismo de un ayer turbio,

impotencia de la esterilidad al llegar al jardín que ve en María,

agarrando una rosa por el tallo. Algo tan hermoso que cede a su

fuerza, incapaz de tacto no la destroza, ella deja que las espinas la

claven en piel. Su cuerpo estático presenta a la luz un fatal gesto,

del camino gotear por la palma de su mano de la perforación del

aguijón de la pequeña flor que la dañó.

José lo tolera en mal medida, un prestigio de actos desobedientes a la

sinrazón de que María tiende un pulso a suerte, a muerte. A suerte de

ser derrotada por el engaño, a muerte de conseguir devolver la vida a

esa rosa que yacía tendida en el jardín. José la agarra, quisiera

callar su llanto, su angustia que él llevó por siglos que María acaba

de descubrirlo, y sabe, y lo sabe, que duele, que muerde, que quema,

que angustia, por mas astucia que empeñe, no hay más que darle todo de

su parte. Y sus brazos respondan y que abracen, que jamás cedan, y

reconocidos sostenidos siempre en él crea.

-¿Cómo, José, como eres capaz de mirarme?, te fallé, y te y me

traicioné -angustiaba desordenes.

-¡Noooo! No María, tú no tienes la culpa.

-¿Quién fue José, tú lo sabes? Dímelo, ¿fue él, fue él? -María

enloquecida parecía desvanecerse de la rabia que impulsaba en

serpentinos ladeos cuerpo y brazos.

-Si María, si -José no podía negarlo, ni decir más. La abrazaba, la

sostenía a la vida, no calmaba su caída del cielo a la tierra, por mas

que bañara esta tierra consumida, de agua que amortiguara el impacto.

-¡Noooooo!, me violaron José, ¡nononononono! Dios me violo. ¡No!,

¡no!,¡no! ¡Nooooooooooo...!

María bailaba en llantos, movía el cuerpo restregando las espinas por

su vida. Las de rosa en una palma, y las de las uñas de la otra mano

que abrazaba a José se clavaban hasta su intrínseca alma. La espalda

de José rasgó y sangre de una taimada herida se exhibía, acompañaba

como ser uno a la del recorrido de María. Si la sangre fue la herida,

la brecha de la humillación, seguía un itinerario que recorría el

tiempo narrando los pasos. De la sangre surgió hijo bastardo de José,

de la sangre se adueño en el día de hoy la acalorada verdad sobre

María desconocedora de ella, y de la sangre en mano, en espalda, en

mente, en alma, en vida y en muerte arrastraba, se atravesaban,

enlazaban un destino que no debía haber empezado, un flujo caído de un

afluente abierto por la mano no natural que provocó despliegue, su

desvío de la vital naturaleza que llevaba esa sangre al mar, del que

José podía rescatarla con su red. Él pescaría y la serenaría en agua,

que haría renacerla una vez mas, como cada día, una nueva brisa que

movería su alma al viento, y no llegó, en desvío la sangre afluyó

entre las rocas, perdiéndose regaba en el camino sembrándolo de

esporas al irse secando la tierra, convirtiéndola en maldita. Y no

llegó a ningún mar, porque sangre muerta se quedó en sus adentros, en

su ser, en Jesús. Y maldita sangre que corre por sus venas, intentaría

ahora escupir toda, y que transfundiera por el mar que José le

arrimaba. Sangre invicta a la muerte, sangre perdida en su suerte,

sangre bendita restregada en la frente. Sangre, sangre en su

desangre...

Torniquete despechano, remiendo efímero, cuenta las gotas que empapa

la gasa, satura y clama brotar a chorros. Cuanto tiempo pasó apretando

José sobre la herida inservible mediar, los cálculos no son de tiempo

pues son temporales, no son de a continuación pues no son

secuenciales, son de sentidos, pues son sentimientos, y debo, lo

aclaro, que estimo en timo el amago de creer resultado de alivio, pero

es mi deber, pues todo se basa en qué uno ha intentado por querer.

Tullida, tras elevada propia conmiseración, tras larga a su pesar

conmoción, apacigua indolándose, y acude de los brazos guiados por

José a la sala donde estaba pequeña Flor, y Gaudi.

Es poco creativo, y automático el querer saber su estado, el de María

por parte de sus nuevos amigos. Estúpido, es un decir ¿Cómo estas, te

encuentras bien? Un poco de estilo les sobra para callarse la inútil e

inservible terquedad de preguntas necias y al menos, en esta vez, y

porque esta escena es única, y nadie se podrá adueñar de ella, actúan

a su modo, al que les han creado, a esforzados corazones de pura

autentica amistad, donde el amor es prioritario, cuando el mundo

muerde como zombi los cerebros, pueden aun ser personas, las que

tienen que ser.

Pequeña Flor la arropa en un abrazo, la embolsa uniéndose a su

necesidad de compartir el momento. Gaudi por su parte se aproxima, y

retraído quiere expresarle su ánimo de confianza, y la da un apretón

de manos, no de señor sino de señorío, de darle cuanto necesite de él,

y es qué ¿Cómo está? Todos los sabemos, entonces no digamos pamemas

como idiotas.

Los momentos pasan, hay que proseguir, aunque se pudiera detallar

momentos terriblemente angustiosos de ternura camuflados en delirios,

amoríos de nunca acabar y dolor de nunca regresar, pero debe seguirse

sin parar, el peligro inminencia en la cúpula de eminencias.

Diatriba pasada que vuelve a llegar, invectiva alejada de la sátira

nos acercan a la realidad, a la cruel y despiadada despreciable

realidad, lo quedamos o no.

Pequeña Flor hace de goma, entrando en liza de lo que intentaba

explicar hasta la eclosión de María. Prosigue su explicación, y

razona-, la sangre de Jesús provocaría en ti María un coagulo si

hubieras sido pinchada por la esvástica junto a la alineación del

material recientemente descubierto, aunque de la manera que me

contaste que te lo arrojaron, ya de por sí su corte sería casi mortal

por el troceo de inquisidora mordedura de cuchillas. He estado

realizando distintas pruebas con sangre de ambos, y a la de José le

afectaría pero no para ser capaz de matarle, más bien aturdirle. Es

como si la sangre de un familiar fuese capaz de matar a los suyos,

pero no a otros.

María aun retraída, iniciaba hablar. Su tanteo le hace decir unas

palabras en tono bajo que nadie oye. Alza la voz para expresarse de

nuevo-. ¿Lo que has dicho, quiere decir en cierta forma como si

nuestra sangre no fuera humana, algo como que perteneceríamos a otra

especie, quizás ni terrícola? -exponía interrogante, mientas se lo

preguntaba ella misma al pensarlo.

-Así es -decía Flor, abierta.

-¿Y os lo tomáis tan natural, no os impresiona? -extrañaba María la

pose de Flor, y de los demás, a los que miraba esperando algún

comentario lógico.

Gaudi al ser mirado se apresuró para decir- Yo soy nuevo, yo no sé

nada de esto, que me lo expliquen a mí también -solicitaba uniéndose a

la petición de María

José resumió las dudas explicando-. No es que no nos sorprenda -

advirtió- lo único es que era una posibilidad que teníamos y nunca

hemos descartado. Basándonos en lo que sabemos, en la autenticidad,

¿de qué hechos concluyentes disponemos? Tú y yo, llevamos viviendo más

de dos mil años, no envejecemos, somos aparentemente inmortales. Yo,

tengo recursos de capacidades que ningún mortal es capaz de conseguir,

ni poderlo obtener de una u otra forma. No sé si tú has tenido alguna

sensación en este sentido y algún poder que hallas ejercitado.

-Poder, poder no, sólo minucias de comportamientos, aunque siempre no

he inducido a querer conocerlos, por..., pero te entiendo lo que

quieres explicarme -decía María, cambiando en último momento en su

frase el porqué de conocer más allá si tenía capacidades, foráneo no

era el motivo.

-Como digo, de nosotros podemos negar que somos humanos, a no ser que

estuviéramos dotados por un poder concedido ¿gracias a una divinidad,

a una patología genética? ¿Quizás proveemos de una raza incluso

anterior a los seres humanos, o puede que vengamos de otro planeta, o

únicamente seamos conejillos de indias creados para ser estudiados? No

quiero volverte loco María, ni tampoco a ti Gaudi -el sacerdote

permanecía atento sin mencionar palabra, predispuesto a todo cuanto se

dijera escuchar sin plantear nada.

-Lo que siempre hemos sabido ha sido nulo -proseguía José en su

intervención- y tus dudas actuales han sido las mías en un rodar

continuo. Acuérdate Flor, cuantas veces hemos tratado este tema -Flor

asentaba gesticulando-. Lo del ADN hace ya mucho que lo sabíamos, que

mi sangre no era precisamente comparable a un ser humano, pero lo que

ha averiguado Pequeña Flor hace reivindicar la tesis de que tú y Jesús

formáis parte precisa de lo que es externo a la raza humana, sin

olvidar que él -José no pronuncia el nombre de Dios, pero naturalmente

todos saben de quien se trata esa tercera persona singular - es

indudable que humano no es, y que su poder es descomunal a comparación

nuestra, y más...-hace un silencio, mientras todos, o particularmente

María y Gaudi esperan el continuar de José pareciendo que va a

desvelar uno de los misterios desconocidos- en el siguiente capitulo -

acaba diciendo embromado ante el desconocimiento popular.









Capítulo VII La muerte de la cruz



Dejándose llevar José y María los recuerdos son innegables, el

palpitar de sus corazones trasmiten como ondas, rebotándoselas entre

ellos. La nulidad de absorberlo libera emociones, demasiada

dependencia del verano que nunca llegó, del maldito abnegado año 35

D.C. Acalorado quema en sus interiores, la separación y unión entre

cuerpo y alma.

Excavaciones milenarias prosiguen en su historia, buscando la verdad.

No es tarde, se ha esperado mucho por volver y estar unidos como

siempre fue.

Hace calor, carboniza este enrarecido clima tan suyo, que si te alejas

de él te sientes extraviado de haber perdido el terreno. Desterrados,

cuerpos malogrados incendiados, calcinan al contacto en esta maldita

tierra santa. Tierra única, punto de partida de guerras étnicas

multinacionales. Tierra pisada estéril con recursos falsos, donde al

excavar fuera donde fuese hallarían pozos, oleoductos de sangre

milenaria de cuerpos de 0 a 100, de cuerpos airados, de cuerpos

odiosos, de cuerpos vengativos, vengados, luchadores, rendidos,

esclavos pasionistas definidos hasta indefinidos, todos traicionados

por un único Dios que les escucha a la izquierda del nulo cero con el

les oye.

José y María simulan, todo el patio de arena está atrincherado de

agujeros. Tantos equipos buscando trozos del pasado sin darse cuenta

que el futuro se le escapa y forman parte del un presente indolente,

subestimando donde medir su exactitud de afincarse en los mundos

personales de cada arqueólogo donde profesan antigüedad. Profanadores,

blasfemados por los vivos, maldecidos por los muertos. Historiadores,

del salón del oeste al salón de té. Salam Aleikum, cuadrilla árabe de

pico y pala, pagada al precio de dólares americanos, de expediciones

"madre en usa", otras propias del reino patente hebreo y del estado

registrado de Israel, comprado por deuda de guerra, asumida por

quilates que se reparten por partes.

Territorio subastado, robada fe de sacrificados arrojos, por la

nulidad de adueñarse de la autentica verdad, la que pasaron por el

lugar destrozando no uno, sino milenios de millares de Dioses

individuales. Dioses grandes de miradas profundas, Dioses enfermos

palidecientes, Dioses pequeños, tanto que nunca lograron a mediar

palabra. Salam Aleikum, "que la paz sea con vosotros" reza, ya que el

pueblo palestino sin papeles, ilegalizado del propio territorio actúa

como ladrón de su cosecha, como vampiro de su vino, y no parara por

punto final, seguro puede que ni coma, porque asquea y vomita de

mortales legitimados por "dios" para borrar a los auténticos Dioses

que existen, las personas.

David, asirios, babilonios, macedonios, seleúcidas, romanos,

bizantinos, árabes, cristianos, saladino, mamelucos, otomanos,

británicos, todos partieron parte a pequeñas minúsculas. El oro pagado

al precio de vidas aniquiladas en el exterminio judío, ¿pero cuantos

ejecutores hay?, ¿cuántas vidas reconocidas para un documental?,

¿cuántas incapaces anónimas? No vale un voto ni un euro, no tienen oro

negro, solo fe, sus vidas no depende de ellos y están arrendadas,

aparceros por viles salteadores imperialistas.

La Basílica del Santo Sepulcro, iniciativa de desayuno obligado

preescolar en periodos fascistas de atrofiar la enseñanza por delante

de las leyes de la física, las reglas de las matemáticas, el lenguaje

comprensible, la historia repetida, la lectura rizada indecisa, la

religión de calla o palo, de pagas por meterla a mano ¿A qué nos

dedicamos hoy? ¡Viva Dios, Viva América! Matadores de nativos,

odiadores de patrias sin barras ni estrellas. La Explanada de las

Mezquitas, ¿o debíamos decir la diezmada voluntad de

ultraterritorionalistas? El Muro de los Lamentos, hecho que quedó del

templo para enjuague mental de los sacerdotes, y duda es la vida,

tanto que por pensar en lo malo porque lo bueno no acude, no llega a

mentes salteadas de vocíferos infectos de apoderarse de almas

impropias. Y si casualidad, urinarios del templo quedasen en pie como

único resquicio construido, ¿podría ser dueño escogido de las nuevas

veneradas plegarias? Purificación de las minerales sedimentadas, y

biopsia al santo óxido rojizo, formado en la superficie del hierro,

por la acción del aire húmedo. Bebe de sus órganos, de las entrañas

purgadas.

Dejando críticas para debates parciales de excremento humano a quien

discute de la autenticidad de dios, María y José han ahondado donde

fue enterrado Jesús. José, tras su asesinato se llevó a su hijo a

escondidas de donde debía descansar, para tener la serenidad que no

tendría de otro modo.

José ha cavado por dos veces su propia tumba, extrayendo tenencias que

sobre tierra han permanecido en la memoria. María profundiza excavando

junto a él sin detenerse en el presente. Escarbando limpian

concienzudamente hasta el cimiento de la ofensa.

En túmulo reposa Jesús. Su imagen está momificada, descompuesta.

Etéreo simplificar cautivas impresiones. María soslaya su pelo, la

melena ladea apartada de rostro protegiendo sencillez, de extraños.

Tímido en la humildad, no conlleva majestuosidad, sencillo como fue,

amado como sigue siendo por sus padres.

Su niño descansa en parte, asienten ambos en el dudo cargar cargante

que la cárcava es traumática, y si descansasen junto a él, no sería un

premio, sería lo más justo, lo más suyo, lo más natural.

Entrañable, entre María y José compinchan afectos. Invocar recuerdos,

memorizados aluden no ser algo nuevo, son parte de los días, y cada

uno tiene veinticuatro horas al evocarlo, sin esquivarlo al segundo.

José simula no intentarlo, pero debe y prosigue su aparente error

parado. Le clava a Jesús una aguja, pero carece de savia en los

tejidos. La paradoja del destino gasta a malas ganas por hacer las

cosas, y ahora será Jesús el elegido para llevar la Svástica hasta la

muerte a ¡Heil Dios! Pensándoselo, y sin mediar decidirlo José acomete

un abanderillado al corazón de Jesús para extraerle la sangre, y

satisfacer la necesidad. María prefiere no mirar, traumática no coloca

donde agarrarse ni dispone suelo donde apoyarse. No acierta donde

encontrar aire que la serene.

Profana el tiempo pasado y arrastra a José en él. Al agarrarse le tira

al remoto lejano ocurrido.

Las manos de Jesús sostenían la eternidad, un medallón que le regaló

su Madre lucía abandonado de respaldo. Los cuervos sobrevolaban el

rumor de carnunidada, el olor putrefacto era llevado en el viento, los

comensales divisaban atentamente su oportunidad. Hace ya tiempo tuvo

que haber llegado a ejercer como panteón de morada, para nutrirse de

parásitos despojos. La fatiga de trasnochar la realidad descubriendo

vil miseria, sincera enemistad de siglos hacia el pueblo judío, hacia

religiones distintas, desee el autoritarismo hacia los pobres

misioneros de paz sembraban vidas pasajeras en un ideal eterno.

-¡Tolle, tolle, crucifige eum! ¡Quítalo, quítalo, crucifícalo!

El Grito no era sordo, el espanto del dolor lo notaba el sol, sudando

rayos miraban hacia el lugar donde se ocultara el día, para no ver

este horror. Momentos antes, días anteriores Jesús fue apresado por

los romanos, ajusticiado por orden de Pilatos, condenado a la

crucificación -¡Madre, no lloréis!, soy un esclavo, un enviado de la

fe divina. Mi existencia es suya, él me dara un nombre, él me hizo

hombre, recordad que debéis perdonad a quien me hizo mal, ya que Dios

a conciencia lo indujo. Creed en mis palabras, soy la voluntad de mi

Dios.

Recuerdos compartidos entre María y José representaban cercanos,

fulgían en ellos, y cada uno a su vez expresaba los suyos propios.

Los de José le hacían a Jesús parecer en sus palabras antes de morir

podría comprender que fue el propio Dios quien le mató, de forma

indirecta. Su pensar es muy subjetivo, una reflexión interpretada a su

modo, como tantas, como antes, como siempre, como ahora no conoce la

extendida realidad, pero reconoce donde está la mentira y todavía

queda una búsqueda en sus días, una que guardar....

Los gritos de los clavos eclosionaban lejanos recuerdos, de todas

aquellas cosas que vuelven a esta tierra testigo de horror. Otros

tiempos que dejaron huella en la humanidad, ella cómplice involuntaria

del autentico culpable de su desdicha. Esos días que vuelven empañado

en arena que se mete en los ojos sin dejar paso a mirar atrás a

aquellos momentos felices que no volverán, aquellos años que Jesús,

José y María no le importaba que nadaran en arena los días, ya que al

anochecer la luna iría a descansar, y ellos cansados del día rogarían

por uno nuevo, insignificante y enriquecedor, ¿dónde está el sentido

de ese amor? Si, llámalo amor, a la unión, al deseo de fortificar su

familia, de cubrir con una manta de buey a su hijo del fresco

atardecer.

¿Dónde está la explicación a miles de años, ser baluarte, bandera

nodriza de una paloma blanca, emisaria de un corrupto engendro que

jugó a ser Dios? ¿En quien confió solemne con palabras de misa le

engañó? No tentada, no quiso saber que significado tenia su redacción

de un reino que nunca se acercó, ni a él ni a un hijo que paciente por

verle esperó, para cubrirle del frío amanochecer.

El percutor mudo percata de existencia en el exterior. José decide

asomarse, y sin necesitarlo se detiene cuando pretendía salir fuera de

la tumba, volviendo hacia atrás. -Tenemos compañía María -anuncia.

-Que comience la fiesta -acepta preparada la invitación. José le

instruyó del ritual con el que posible se hallaran inmersos durante su

travesía. El postit explicativo de enemigos dispuestos a todos, donde

la nada ya es morir sin contemplación, deseosos de su deber cristiano.

Fuera, más de una decena de hombres armados hasta la mochila

ceremonian en concilio a la espera a que salgan a su visita sorpresa.

Llegados en un santiamén prevenidos de algún modo por Corpus Christi,

rodean estratégicamente el cementerio. Hoy Dies Natalis, día natal, no

volverán muchos a encontrar un nuevo amanecer, el que Dios hace

aparecer creando cada día tras la noche. Día natal, el día de la

muerte del que vivió, santamente matasellan su día del nacimiento al

Cielo. No leyeron la letra borrada, las vírgenes bienvenidas no se las

darán, dispusieron entregadas en el preludio, la introducción a la

existencia. La nula necesidad de transcurrir por este mundo de

pruebas, ellos han sorteados todas las tentaciones expresadas, puros

laicos 100%, el pueblo de Dios contra el pueblo de la tierra,

ejerciendo de juez parcial el criterio hemisférico de mente abstracta

En calma áspera se espera sucediéndose heterogénea austera,

aguardándola sacudiéndose aliviada complacida. Entre manos dispares,

sin que se las resbalen de pudor diversas Svásticas boomerang aguardan

ser meneadas, para correrse degustando sangre impregnada

Calma... mucha calma... Una perturbación sorprende la quietud del

ambiente. Viene de las catacumbas, husmeando la salida. Sosegando

subjetivos alternan los hombres despertando excitación, contando la

llegada para meticulosidad para sí mismos, tres... dos... uno... De la

tumba sale una rata, la calentura descarga calma... intranquila.

¡Cero! De saltos prodigiosos se personan José y María surcando la

empalizada de la troposfera. Extienden sus brazos orquestando armas

que vibran al viento.

-¿Queréis fe? Criogénizar la mia -alecciona José intenciones

Si quien pretende dar una sorpresa, encubierto agazapado esconde las

pulsaciones aceleradas al sentir asombro que la confusión ha sido

variara, la recibe ahora histérica. Las venas bombean deprisa, en la

pista se presenta la pareja dispuesta demostrando no acallarse.

Las balas de las escopetas y rifles de asalto de José y María, que

transportaban en la bolsa de contrabando en la que llegaron aquellas

armas esperando lo sospechado, en cobertura rifan boletos

sentenciados, tras coches, árboles y lapidas. Los hombres semi ocultos

esperando pasar el aguacero tocan ahora su turno, y tras asaltar el

tiempo de reposo dirigen sus ametralladoras surfeando de proyectiles

el soplo corriente, hacia ambas figuras universales.

Ambos, José y María respectivamente acometen saltos diagonales,

cambiando sus posiciones en volteretas inverosímiles. No es preciso

pararse a reconocer que las balas de estas armas no se podrán

considerar convencionales, y estarán especialmente hechas para causar

frenadas o acabar mortales llegado al fin.

Dos esvásticas peregrinan el cielo sajando explicaciones. Azorando el

vuelo, dirigen cuerpos oscilantes a por María. Ella esquiva una,

escorando el torso. La segunda se avecina con miramiento fijo a su

cabeza. La ve tan cerca que podría peinarla, la siente tan próxima que

arropa en su ropaje tempestad de susurros de muerte. Sin vacilación,

José de una palomita llega antes de que el arma se incruste en la

frente de María y lo lanza en formación recogiendo desgarres a su

pase. Tres sacerdocios sentenciados en día de duelo, caen ante las

cuchillas de la Svástica.

Los caídos no pueden seguir, pero los combatientes emisarios de Dios

son feroces, y no lo esconden. No tienen miedo a perecer en destino

sin sucumbir los propósitos. Cuatro sacerdotes se emplazan ante ellos

y a una distancia comedida de unos seis metros enseñan sus Svásticas

amenazantes, blandiendo engañadas de tratarse navajas y las arrojan

simultáneas a José y María.

-Dame la mano- apalabrando da figura en idea formal José al agarrar a

María en acuerdo, y se teletransportan unos metros mas allá del punto

donde las destructoras armas debían cercenar. Descartada la parada

prevista, siguen su camino clavándose en el pecho de uno de los

religiosos enemigos, que retorcido cae. Otras dos Svásticas son

maniobradas a voluntad de José, que zigzaguean en el aire vagando

hasta cuajarse en robos los cuerpos combatientes de la cruz,

puliéndoles ultima respiración al sorbo de una pajita que lo emitiera.

Uno de los sacerdotes de los cuatros que atacaron en este último

envite se dirige al todoterreno que estacionaba cerca de él-. ¡Vamos,

dale! -Le gritaba al compañero que estaba en la parte final del

vehículo, que conducía entre sus manos una ametralladora pesada. Al

grito dado vaciaba sus disparos siniestros por doquier. José y María

se encogían, tras la losa diluviaba decenas de casquillos a escasos

centímetros de ellos.

José llama un favor a María- Crea un aura!

-¡¿Qué?! -recelosa le extrañaba tal antojo de José, de duda lo pasaba

a broma sin sentido.

Opuestamente a 180º del todoterreno, había llegado un nuevo carro de

asalto, un semioruga modificado proveniente casi con toda probabilidad

de los utilizados por el ejercito israelí décadas antes, que hacia

dejarles cogidos a grandes claros. Al soltar la lona asoma en el

vehículo acorazado otra torreta igual que la que estaba disparando a

José y María.

-¡Confía en mí! -le arrima José a María el deseo.

María sin encontrar significado, da manera a lo que dice José. Ella

crea un aura, y se sorprende tras abrir los ojos que encerrados a la

visión abstrajeron lo que acaecía, de la transformación que ha hecho

José de su creación. Lo ha ensanchado creando un escudo-. ¡Levántate,

vamos María! -Tras el aura reconvertido en defensa avanzan consentidos

del rocío que se condensa de impactos resbalando gotas de proyectiles

a la vertical de la protección, mientras otras balas remontan en

retroceso a origen tras el choque contra la defendida muralla.

En uno de los rechazos, la munición secesionista acaba con la

vivacidad del que descargaba el chapurreo, que regaba la demarcación

del terreno con pólvora de guerra. El conductor atrevido sale apuesto

voluminoso del vehículo, pero frágil mide el suelo su masa antes de

llegar a la ametralladora. Disminuyendo, caído al peso desciende el

organismo de su entidad. Desde el otro terreno, José oye como silba la

encañonadura de otra arma pesada.

-¡Ahora, gírate! -señala José. El y María así lo hacen, chocando las

balas que les llegaban de traición, los cuerpos de los asaltantes

Sin proceso al descanso se acercan varios vehículos más y reforzando

el ataque un helicóptero cubriendo el espacio aéreo. Dejando titubeos

José agarra a María, y situándose encima de la tapa de una

alcantarilla perdida de una calle adoquinada, empieza emerger hacia

arriba-. Agárrate María.

-¿Sabes José que sufro de vértigo? -en su nerviosismo le comentaba

ella.

-Eso se quita mirando abajo -María mira y se siente alterada, a punto

de desmayarse.

José debe agarrarla con sujeción violento, antes de que pierda el

firme y a un mal paso resbale a la nada cayendo- No hablaba en serio

María, te daba conversación.

María aturdida farfullaba -no has cambiando nada, sigues siendo el

mismo de siempre.

-¿Por? -preguntaba él.

-No, por nada, por nada, tu conduce -aliviaba en té de palabras

hervidas su mareo María, que se dejo rendida de la emoción de vértigo

caer a los brazos de José.

Anclado en el aire, el helicóptero buscaba el lugar donde estaban

ambos personajes. Los perdieron de vista al volver en un giro, y ya no

lo encuentran desconociendo el despegue de ellos. No hace falta

esperar mucho, tras una insospechado topar ante sus propias narices

los descubre. Al lado de la puerta, los dos ocupantes traseros del

aparato desconfían de la aparición. La boca de uno de los adeptos fan

a la cruz ansia modo de caverna a inquietudes de comprender

sorprendido lo que estaba viendo, inseguridad que aprovecha José para

yuxtaponerse a su lado y precipitarle fuera de la nave tirando de él,

aposentado desde la alcantarilla. Quitándole peso que lastre, José le

ayuda del estorbo del fusil, que lo coge prestado para guardarle un

¡PANG! al otro soldado que se acercaba hambriento, con malas

intenciones de comerles a bocados haciéndoles picadillo con una hoja.

Sin corte, le salió cargador tragarse una bala por la boca sin

masticarla antes, y a efecto soluble e instantáneo cae a plomo con el

estómago al vacío.

Abandonando la tapa de despegue entran dentro del helicóptero,

ayudando José a su compañera íntima a recostarse en un lado. El

prosigue su empuje llegando hasta la zona de control del aparato.

Sacude sin saludar una patada al copiloto que le había percatado su

presencia e intentaba levantarse para hacerle frente. Contra el suelo

a la contra, merendando la suciedad del suelo le tiran de los hombros

la camisa, estrechándole para ceder zurcido acaba expulsado, echado

mísero a la calle, punzado de un hilo aloja en el descenso sobre un

olivo. Asustado, antes de la llegada del nuevo inquilino un gato que

no deseaba bajar, armado de uñas fuertes, aguda arañándole el rostro

decidiéndose devaluar ingrávido al cambio de notoriedad, mientras el

hombre caído del cielo se encarama y no soltaba el árbol, viendo la

larga separación de llegar abajo seguro. En terreno llano, llegaban

algunos vehículos rodando deprisa, ante sus vistas los sucesos sobre

el aire.

Desde el asiento desocupado, José daba un decigramo ultimátum en la

espalda al piloto, que le miró. José le da opción- ¿Te bajas o te

bajo?

Una vuelta de respiración después- ¡Ahhhhh! -Gritos en la altura y el

piloto cae a la otra zona del olivo que asentaba a su compañero

acompañándole. Agarrándose cada uno por un lado de la rama del mismo

árbol empieza a ceder fruta prematura ante el peso de ambos

inclinándose mínimamente.

Los vehículos recién llegados hilvanaban a la altura el armamento,

zurciendo a balazos el cacho de aire sin tierra que elevaba al

helicóptero por encima. Estaban por la labor de rellenar de plomo el

pespunte que efectuaban a mira de ojo. Antes que imperar un zurcir a

remiendos de bala José corta, bordado de realce hacia el relieve de

las nubes.

-¿María, estas bien? -Gritaba José desde el asiento del piloto que

había destronado y ocupado.

-Sí, estoy mejor. ¡Mira José! -le señaló a voz al llegar a la cabina.

-No te preocupes por el helicóptero María -creyendo que se refería al

que les llegaba a lo lejos de la policía israelí.

-¡No, no es eso lo que me inquieta!. Es... -la mano fuera de cuartel

buscaba señalizar un punto-. ¡Ahí! -le fija a dedo sobre el cristal

donde mirar.

-¿El mosquitooo? -Apresura José disparatado, cuando el trazo que

señalaba la mujer se agigantaba.

-Peeroooo que mosquito mas gordo, ¡esto es un mosquitón! -Exageraba

José al definir como crecía.

Moviendo urgente los mandos del aparato, haciendo un rectificado en el

aire José evita el choque del misil que venia certificado hacia ellos.

Siguiendo el ataque recto, encamina hacia el olivo donde seguían

presos a media voluntad los dos hombres sujetos a la rama, que rota

cede ante el peso de los esbirros para su suerte. Cayendo, ceden

espacio para que el torpedo pase rasando el árbol sin chocar, y

prosiguiera estrellando ante un todo terreno al llegar a zona de

impacto, que secundaba la permanencía de la persecución iniciada en el

cementerio tras los huidos.

-¡Es un jet José, es un jet! -Aceleraba convulsionada María en su

etapa de nociones de medio desmayos.

-Sí, coge aire -le pedía José. No era una forma de responder, daba una

petición de lo que ideaba hacer.

-¿Qué? -Le preguntó ella eligiendo que era capaz de cualquier cosa.

José no lo vuelve a repetir, de un looping lanza el helicóptero a las

alturas. María encara rostro de maquillaje blanquecer

-Aguanta María -haciendo un tonel avanzado elude un doble torpedo y la

anima entregándole conversación-. ¡Tengo una idea, quédate aquí!

-Vale -dice María -sin mucho animo de hablar- aquí te espero.

José ha desaparecido del pájaro de acero cuando ella levanta la cabeza

buscándole. De golpe María reflota del síncope estando nueva- ¡Pero si

yo no sé dirigir el helicóptero!

En su mente José le hace llegar un misil inteligente teledirigido-

Posdata, esta puesto el piloto automático, vuelvo en un segundo -María

se lo toma frío en el ambientado caliente, pensando que José sirve en

broma destemplada la indebida precaución.

El jet se había colocado enfrente del helicóptero, con aspecto

decidido le tiraba por las ganas hacerle llegar un cohete certero sin

paliativos. Desafiante el piloto del ave de fuego dirigía la mirada

hacia donde creía estar todas sus presas. Al tener el sol dándole en

los morros no llegaba atravesar la retina del pajarito indefenso,

atenuado condenado por decreto real del halcón de metal.

El golpeo provocativo aposta sobre la cabina del avión hace que el

aviador quede prendado a la vista, al ver que un hombre, José, está

adherido al ala. Profeta- ¡Cuidado, que voy!- Dentro de su caparazón

se retuerce sus garras de pelea haciendo ademán de encontrarlas

retráctil en un pliegue. Las saca reconvertidas en una pistola

automática de mira precisa para despejar el cristal. Abierto a

llevarle en alas de victoria extiende el brazo hacia donde está José.

Este utilizando su poder telequinético conmueve en la llama a un

mechero e incipiente antepone en moverse a ralentí un bolígrafo

saliendo derramando quema de tinta negra, rubricando impulso sobre el

botón de salto de expulsión. Repitiendo ejemplo de uso, sillín y

piloto saltan por los aires perdiéndose en el horizonte, mientras José

reconduce el avión bajo un estado de fuego lento ser llevado por las

olas del viento, al baño María.

Regresa a por su sueño real, y con tacto la desplaza saltando en

seguro del helicóptero al avión, dejando al aparato anterior regalado

a ras del suelo ante la atónita mirada de niños palestinos, que

disfrutan simulando ser ellos contraataque Torá. Pedido medio equipo

bueno a pares, los nones hoy tocan al bando del barrio enemigo su ley

llegada por designios de totalidad a la revelación. El génesis

antipalestino, el éxodo de casas por lo visto de propiedad levíticas.

Deuteronomio traducidos del tetrisgramatón ¡Por Yahveh¡ Sólo ellos,

los niños lo pueden ver, antes de ser secuestrados sus cerebros. Por

eso no mutilan el aparato lapidándolo, por ello no matan adosados de

metralla, recrean exclusiones las jugadas disputadas de héroes

escolares, con huesos de dioses frágiles y mortales.

-Vamos María, vamos a España -le invita José al país mediterráneo. El

tour iniciado en Israel les lleva intercontinental a tierra de

herencia islámica reconquistada por cristianos. Al-Andalus sigue en

mente beréber a contiendas estratégicas encima de tableros. Deber de

mente que sigue la escala estival. ¡España¡

Entretanto, unas horas más tarde que acabase la aventura de sus

compañeros en Israel, Gaudi y pequeña Flor no se han olvidado, y se

encuentran atareados en la iglesia de León determinando lo que hasta

ahora es nada que se asemeje a lo que andan registrando. Desde hace

una hora cachearon fuera antes y tanto después como ahora dentro, sin

dar remoto acercamiento a ninguna reválida.

Con tanto estudio de la Iglesia acaban sin más ganas de continuar el

informe académico. Flor aparta la atención, calzando jugar a saltos

las baldosas blancas que revestía el suelo de la iglesia compaginadas

a peleas con baldosas grisáceas, y atrae la de Gaudi, que se fija en

los saltos de extensión, y da creatividad a lo que ha sacado de su

imaginación según parece. Busca altura para verlo mejor desde otro

ángulo, y no le basta haberse subido a uno de los bancos de la

iglesia, que ya vacía por la hora tardía se recogían fieles a sus

casas. Apañado, dejando el decoro asciende arrodillado a la pila

bautismal e hincando los pies para aguantar del tirón se los pasa por

la piedra. Los brazos le aúpan en "oles de torero que te pilla el

toro" a las barras que enrejan a buen recaudo una precisada luz

ambiental. Asido, tomado con fuerza la sujeción, entre barrotes se va

para arriba apuntalando las manos sobre los esquinazos de la columna,

y haciendo frente al pavimento cara a cara confronta sus

aseveraciones. Lo que la vista le da es el uso Cociente.

-¡Ahí esta! -dotado de alborozo, suscitaba incoar la espera resuelta.

Pequeña Flor no sabía de que iba el acierto que usaba Gaudi. El hombre

contaba los cuadrados formales que dibujaban la superficie de la

iglesia. Lo que veía lo tenía ya aprendido de haberlo visto en la

catedral de Amiens, provincia cercana a París. Sin duda era un

parecido alertador, y una cosa no cuadraba. En Amiens el suelo

simétricamente entrelazaba Svásticas. Aquí al igual, exceptuando que

además de las cruces con brazos, transversal cortaba la fraternidad

geométrica de todas las Svásticas una invertida a Z. Bajó de la pila,

sucia, corrida de polvo se flotaba las manos satisfecho. La dicha se

la tiró a qué lado debía dirigirse de la señal que la letra señalaba a

pies juntillas, y ordenó que debe conocerse el principio para llegar

al resolverse un final. Fue hipnotizado a la parte noroeste, la

tachadura gris y negra ante los mismos colores de raza, cambiando

combinación de convicciones alargaba enredadera por la pared hacia la

narcosala que lo ocultaba detrás, donde se donaba a encendidas velas,

alivio que procura preocupaciones insatisfechas, al encendido reposo

de apagarse consumidas.

Ante la pantalla táctil, arrancaba crucigrama a llamas.

Agarró un cirio y enardecía seleccionadas casillas encendiendo

motores, cilindro de cera plegaba fuego a velas. Al abordaje la flota

ideaba la táctica, en un ataque enrojecido al aire avivaba la Z del

Zentriufismo, y sonó, calculado metódico a tecla. Languidecía el

momentáneo visto bueno, improvisado de aplauso al disparatado

casillero con una unitaria letra correcta válida de respuesta.

-¿Has oído? -le comentaba pequeña Flor ajena al entendimiento de

Gaudi.

-¡Si! -le confirmó él-. Pero no sé de donde ha venido el ruido.

-¡Me parece que llegaba de allí -pudo apreciar Flor.

Eso creía también Gaudi que lo confirmaba señalando con el dedo índice

de su mano cerrada aquella dirección-. ¡Sigamos las baldosas de esta

formidable Z!

Pequeña Flor ahora acertaba a comprender parte de lo que había hecho

Gaudi-. ¡Sí, vayamos a ver al Mago de Z! -daba cierta espectacularidad

cómica al detalle.

La parte de la horizontalidad del dibujo finalizaba sin concluir la

raya, al pasar a un escalón de tarima. Dejando liberaciones, no era

más que a ojo añadirle los metros que le faltaran, revisando la

primera horizontal, para matizar llegar en redondeo al altar, justo a

la mesa consagrada al culto. Por insano gaje de oficio, Gaudi se

acercó detrás de la devota encimera blanca piel de naranja cubierta de

formica, y sorprendió lo que se estaba trajinando a escondidas. El

sonido seco y corto abrió al lado de las cajoneras una puerta que

estaba simulada sin pomo ni nada que pudiera parecer lo que simulaba

abiertamente.

Flor contigua agachó la cabeza para tender la vista, e inesperado

soportaba ser apretada cafre de los pechos hacia atrás. Del meneo cayó

al suelo,

-¿Qué estáis haciendo aquí? -El párroco local de las liguillas

inferiores del vaticano los había encontrado merodeando irreverentes

el altar. Gaudi que quedó aturdido de golpe le sobrevino un ostión del

padre, religioso le precipitó encima de la mesa despertándole a

consecuencia. Los elementos simbólicos de la mesa rodaron alrededor.

Gaudi quiso ponerse en pie pero recibió un nuevo revés que le dejo

planchado sobre la tabla de meditación, almidonado listo para el

sacrificio a los dioses. Pequeña Flor apresuraba rehacerse del

zarandeo agarrando la pierna de quien le atacó, pero recibió por

insolente una patada en el estomago que la dejó deshecha, a punto de

echar las tripas. El cura homologado no podía reflensar rápido, se

hacía lío para hablar correcto, y decidió acabar con dudas de quienes

serían matándoles.

Puesto de pie a la altura de Flor, la amargaba poniéndose encima de

ella con cada pie a un lado del cuerpo de la rendida mujer, que la

miraba desde abajo. El cura osciló su brazo sacando de la cintura una

pistola, sin salida para escape Flor no dudaba que era la terminación

de un rito frenético.

-¡Deme las ultimas bendiciones, padre! -le confesaba Flor como última

petición.

El cura prudente no soportó subestimarla y rechazó retardar el balance

de cuentas, antes de echar el cierre al gatillo que maullaba dominado

entre las manos.

Sin dejarla de apuntar la sedujo masoquista la posición de amo

reinante. Con el otro brazo alcanzó haciéndola flexible una cruz que

quedaba a salvo en la mesa de combate, y proclamó- Besa la cruz porque

es tu último minuto de vida -en puro arrojo la envió a la cara de

Flor.

Ella se tapó la cara con la mano para que no le golpeara, y pudo a la

vez que sujetarla erguirse y en una abdominal clavarle la punta de la

cruz de acero en las partes del indigno y censurado sacerdote.

Abarrotando sangre del miembro apuesto de Dios era de cajón tras

chuparle la punta del crucifijo, la necesidad de vivir se escurría en

el charco rojo que formaba su propia corrupta naturaleza. Resbaló

hacia atrás, golpeándose de cabeza no alcanzó la meta.

Flor se levantó dolida, notaba apego al pietazo que recibió

exteriormente- ¡Con un minuto me sobra imbécil, qué pocas películas

has visto! -cabreada no le quedaba más que enviarle de remite con

destino rechazado sus señas personales.

Balanceó a Gaudi, animándole a cargarle despeje a su impercepción de

lo pasado ya tratado.

-¡Ohhh! -me duele la cabeza -sacudía Gaudi consciente de que le habían

tumbado.

-¡Y a mí el estomago! -no le callaba Flor, si era cuestión de

quejarse.

Gaudi emprendió levantarse cauteloso viendo al párroco asesino,

asesinado de estampa navideña diabólica.

-¿Qué ha ocurrido? -preguntó; y cuando lo hizo disputaba como hacia

esa tontería, de lo que se reflejaba por sí en obra tan encomiada.

-Por la parte que le condujo a la muerte ha sido homenajeado con la

cruz ganada

-Querrás decir Cruz Gamada -corregía Gaudi, incipiente de recuperar su

nitidez.

-¡Ganada, ganada! -desmentía tal distinción- Antes de que nos atacara

he podido lograr ver que bajaban a un pasadizo -acudía al momento que

precisaba la situación de ellos allí, refiriéndose a la abertura que

practicaba la mesa, sin confundirse- ¿Es capaz de continuar o prefiere

quedarse aquí? -intentó ser práctica para proceder como actuar.

-¡Estoy casi bien! ¡Dont´t worry, be happy! -comentó el hombre. Hecho

y derecho con el pecho para adelante era muy expresivo al responder.

-¡Entonces Vamos! -pidió sin dulzura Flor.

-¡Espera por favor, hemos de esconder al muerto! -comprendía Gaudi de

hacerlo antes de irse.

-¿Para qué? No podemos limpiar toda esta sangre -Flor razonaba siendo

más precisa.

-La sangre se puede disimular con vino, y viendo que este se ha

derramado -le invitaba a que mirara ella la mesa-, podemos -paró de

hablar y recolectó la bebida de la uva que en el copón milagrosamente

quedaba, bebiéndoselo- que se crea que lo es.

Sujetado por cada brazo llevaron al confesionario al condecorado a do

de pecho, dejándole en secreto dentro.

-¡Ala! -ahí te quedas castigado por malo -impartía Flor enseñanzas de

ciclos deontológicos

Con el paquete entregado impotente y estéril de plena satisfacción,

Flor y Gaudi se cuelan para adentro de la gruta que empezaba detrás de

la mesa del altar. Ella abre la batida portadora de una linterna de

gran potencia, y menos mal, porque el pasillo es irresistiblemente

oscuro, y se pierde toda visión en el transporte del ángulo que no

embarca en su dirección. La estrechez del ancho se cronometra en

décimas de segundo, en la separación de los hombros a dos pulgadas de

la pared, y un peinado punk de quedarse lacrado al techo. La igualdad

equivalente del común denominador da 1,10 metros a la corta, y la

multiplicación de las fracciones comunes, 1,80 en perpendicular al

plano de paso, que sustrayendo la resta topan en metro cerrado con una

puerta.

Se murmuran de cara a un despacho. Intenta acceder y lo consigue, no

esta cerrado con llave.

La sala ceñida no deja selección a muchas maniobras, lo que en parte

también ayuda a no estirar desmesura para guardar secretos que andan

buscando. En la compostura, Gaudi fisga entre un archivador del

reducido despacho del mes en IKEA, y pequeña Flor en los cajones de

una mesa de escritorio de mesura casta metódica.

Gaudi puntea entre medio centenar de carpetas, pasándolas al descarte

al ver las portadas que no le atraen. Llamativa rasca sensatez hacia

una al ver la gráfica un escudo pontificio, que hace cama de reposo a

un apreciable manuscrito, que los saca con cáscara. La holografía la

repasa con cortinas corridas por encima y decide guardárselo dentro de

la camisa, para proseguir la indagación.

Pequeña Flor le llamó su atención- ¡Gaudi mire! -Él miró hacia donde

estaba la mujer que le tendía en sus manos un objeto egipcio, en

concreto era un pequeño Anj. Se acercó a la muestra de Flor, lo cogió

acercándolo a la vista, y-... ¡Fantástico! ¡Increíble! ¡Sublime! -

Gaudi no descartaba halagos relatando confianza de éxito. El grabado

era idéntico al ideograma de la representación de la imagen que

encontraron de la puerta derruida de la iglesia y a la Svástica del

martillo y la hoz. Aguando la fiesta oyeron voces muy cercanas-

¡Apague la linterna! -pidió Flor a Gaudi, que apretó con juicio el aro

de luz ahorcándolo para hacerle callar, hasta que le dio el tiempo

libre para descansar de su bochornosa faena. Flor atragantó a la

entrada del cuádruple despacho de metros cuadrados, y asomó la vista

por la puerta abriéndola mínimamente. Procurando asegurar su

anonimato, cogía el agarrador sin soltarle del cuello para que no

estornudara.

Clarificaba luz por el conducto que les había traído a la sala, y como

el fluido del destello iba cediendo apagándose por completo. Gaudi se

aproximó a Flor, si dar un cuarto al paso se aceptaba poner separación

a la diferencia de acercarse, curioso para conocer de qué diablos era

el sucedáneo que la empalagaba a la vista.

-He apreciado una luz a mitad del pasillo, y después ha cesado de

alumbrar repentinamente. Debe de haber una falsa pared -miraba Flor, y

sin separarse -. ¿Ha encontrado algo más?

-No -le cuchicheó el hombre a su lado, evitando ruidar-. No hay nada

más aquí que sea importante, podemos irnos -reseñó.

Dejaban a espaldas la habitación y linearon el túnel avanzando

redomados, desconfiados ante la adversidad del peligro.

-Por aquí se perdió la luz -comentó Pequeña Flor al sitio que daba por

cierto

Gaudi recurría a la llave de contador, tras tantear la pared-. Debo de

encender la luz, no se puede ver nada así.

-¡Esta bien, espere! -Dando el acierto a la solicitud de su compañero

la mujer decidía que deben afrontar el riesgo que supone seguir

adelante, pero rebajado a la décima de la cuarta parte. Sacó de sus

bolsillos una caja de cerillas y ardió una, intentando disimular mejor

con una luz más débil. La rodeó sobre si misma, en la búsqueda de una

señal que posibilitara la entrada a otro nivel del pasadizo donde

ahora estaban inmersos.

-¡Allí hay algo! -advirtió, creyéndolo ver Gaudi. La cerilla se apagó,

dejándoles al ceder de la mano enfrascados en el oscurantismo del

enigma.

Flor consiguió encender otra cerilla y dirigió la llama hacia donde le

indicó Gaudi. Arañando la brillantez esculpió sacando a la luz un

saliente entallado, de aplique daba escudos de armas al mudo pasaje de

contención

-Mire Gaudi, detrás hay corriente -la llama no resistía el empuje del

aire y se echaba para atrás recelosa de miedo.

-Para entrar debe apretarse algún resorte, quizás... -el lacónico

cuerpo de la segunda cerilla ignora el empleo esforzado, y acaba

rendida en la lucha. Instante que no discierne ni amedrenta a Gaudi,

que fijo en interés se lanza con las manos apretando con un dedo de

cada mano el escudo de armas del emblema, que cediendo atrás lo

aprovecha en la negrura de la ceguera para abrirse una inexplorada

senda. Y se dirige como quid salvador al pueblo que le sigue a Flor

puntillas, que tras él marcha por las escaleras que aparecen del

milagro hecho por el nuevo Moisés.

¿Y qué despreciable argumentación puede justificar estas palabras?

Sacadas de libros sagrados, no de relatos literarios, ¿o fueran los

mismos entonces? Memorizaba viniendo a su pensamiento ideales

cronológicas de enredos.

La presencia innegable de la reducción de la mujer al papel de

posesión comprado por policías regentadores de prostíbulos, la

condonación implícita de la esclavitud, y las leyes de venta de

indulgencias pontifican el edicto a plazo sin vencer de una opaca arca

perdida en una cuenta "offshore" suiza a buen rendimiento, con

titulares eclesiásticos.

"1. El eclesiástico que incurriere en pecado carnal, ya sea con

monjas, ya con primas, sobrinas o ahijadas suyas, ya, en fin, con otra

mujer cualquiera, será absuelto, mediante el pago de 67 libras, 12

sueldos.

"2. Si el eclesiástico, además del pecado de fornicación, pidiese ser

absuelto del pecado contra natura o de bestialidad, debe pagar 219

libras, 15 sueldos. Mas si sólo hubiese cometido pecado contra natura

con niños o con bestias y no con mujer, solamente pagará 131 libras,

15 sueldos.

"3. El sacerdote que desflorase a una virgen, pagará 2 libras, 8

sueldos.

"4. La religiosa que quisiera alcanzar la dignidad de abadesa después

de haberse entregado a uno o más hombres simultánea o sucesivamente,

ya dentro, ya fuera de su convento, pagará 131 libras, 15 sueldos.

"5. Los sacerdotes que quisieran vivir en concubinato con sus

parientes, pagarán 76 libras, un sueldo.

"6. Para todo pecado de lujuria cometido por un laico, la absolución

costará 27 libras, 1 sueldo; para los incestos se añadirán en

conciencia 4 libras.

"7. La mujer adúltera que pida absolución para estar libre de todo

proceso y tener amplias dispensas para proseguir sus relaciones

ilícitas, pagará al Papa 87 libras, 3 sueldos. En caso igual, el

marido pagará igual suma; si hubiesen cometido incestos con sus hijos

añadirán en conciencia 6 libras.

"8. La absolución y la seguridad de no ser perseguidos por los

crímenes de rapiña, robo o incendio, costará a los culpables 131

libras, 7 sueldos.

"9. La absolución del simple asesinato cometido en la persona de un

laico se fija en 15 libras, 4 sueldos, 3 dineros.

"10. Si el asesino hubiese dado muerte a dos o más hombres en un mismo

día, pagará como si hubiese asesinado a uno solo".

El mas aclamado de todos, el Papa León X, máximo corrupto de leyes con

ofertas 2x1 hasta fin de existencias terrenales.

Los descarríos, la pedofilia, afeminados, lesbianismo, perversiones

monosexuales, e inmoralidad a infinito más exculpos de amen son

congénitas parroquiales. La protección violadora de la prohibición

explícita de adorar que se manifiesta en los textos bíblicos fue

presunta de impura casualidad.

Y arrastrando de incestos, sus primos judíos ortodoxos mandan

versículos por stop.

"No hagas amistad con el habitante del país que visites, no sea que

llegue a ser una trampa para ti. Más bien destruye sus altares,

quiebra sus estatuas y corta sus árboles sagrados" (Éx. 34.12).

Dejando enfermedades mentales eclesiásticas descendían inquietados de

dificultad por la escalera. La balaustrada era de madera oscura, se

denotaba al poco detalle al ir resguardado en la oscuridad allá donde

la sombra fenece y no conoce vida. Los peldaños eran de piedra, y se

agradecía que no fueran también amigo del mismo tronco que la

pusilánime barandilla aquejada de estilo hipocondríaco, y es que

resfriado a la humedad que azotaba haría un chirrido estruendoso,

alérgico a pisotones.

En el descenso del camino, se abría el pasaje del temor para dar con

un complejo chiringuito artesanal. Sobre el techo, se proveía luz con

modernos focos que iluminaban una cueva amplia en la apreciable

intensidad, donde a la vista daban cuenta de hasta media docena de

personas, hombres todos tal como afirma democrática jurisprudencia, y

la mayoría atenuados bajo capas de sacerdotes.

Gaudi que bajaba primero torció el cuello queriendo expresar lo que

veían. Pequeña Flor le miró sin detenerse, y le empujó de sobra sin

apreciar retroceder en la marcha adelante.

La cueva podría tener a vista pesada unos cien metros cuadrados, que

cuadrada no era la forma cabal que mas se ajustaba al sitio. Aparte

nacían y descendían varios pasillos sin enumerar, donde no podrían

calibrar proporción.

Depreciando el último escalón se apean de la travesía descendente, y

se ocultan agachándose con soltura dinámica acogidos tras cajas de

madera, evitándoles ser pillados.

Advierten que los individuos que aposenta la cueva tienen el garbo

para no ser meros mercenarios de Cristo, ¡Ustashas| -estima marcada

Flor.

Asentados, esperando en reserva de cautela dejan que pase el

transcurrir del flujo de los contendientes.

Aprovechan un parón relajado para moverse lateralmente detrás de una

carretilla elevadora, que alzaba en parada de batería cajas

empaquetadas de una altura de más de dos metros. Por el desagüe del

palé tienen indubitable manifiesto, que hace poderosamente llamar el

interés de ambos, secuestrados por el reparo circunspecto. De una

singular máquina iban saliendo producidos en cadena crucifijos por el

tubo de descarga. Las cruces de souvenir de D.C. troqueladas o creadas

bajo otro significado abogan por una cinta transportadora donde van

cayendo los crucifijos al salir del torrente mecánico, mientras un

gancho de acero agarra en la avenida del carril de canalización las

piezas enviándolas para su embalamiento en cajas de cartón. Auténtico

taller clandestino, pero no cuaja, esto no son recuerdos hechos en

bodegones, aquí venden muerte, y el precio para conseguirlo lo

desconocen Pequeña Flor y Gaudi, analizando el trabajo que se

desempeñaba en aquel lugar sombrío. Encapotados, cubiertos de nula

idea siguen agazapados, no les vale más consuelo por ahora. Lo más

raro es contemplar el mecanismo que fabrica las cruces. En el tubo de

carga de la tolva, el material que echan es extraño total, que ni

siquiera a primer pensamiento podría deducirse que fuera el material

que han bautizado como raenio, el que encontraron en la Svástica

asignada a María. Este es un elemento transparente, una combinación de

parecer agua en aire, y carbón. Tan incongruente como perturbador.

Pronto encuentran algunas respuestas al desacorde mental.

-¿Qué tal están saliendo? -Preguntaba interesado uno de los secuaces

recién llegado al sujeto que estaba al aparente cargo de la maquina

originaria de la producción en cadena de la confusión.

-Va bien, la producción marcha según se marcó.

El hombre que había preguntado desnutre del transportador mecánico una

pieza y se va con ella a la dirección donde estaban Flor y Gaudi. El

tipo, por fortuna para ellos antes de llegar a su encuentro se desvía

por un pasadizo, y Flor decide que es momento de salir del atolladero

y buscar más respuestas al estigma que les predecía seguir al

distinguido fulano, como dueño y posible confesor de respuestas

sobrenaturales.

Ellos dos, hacen esfuerzo por seguirle sin ser desenmascarados, para

liberar el propósito de los crucifijos. El reclutado sacerdote se ha

detenido ante una mazmorra desvirtuada. Toscos travesaños desfigurando

quitan hierro de condición humana a un hombre de aspecto desnudo,

agotado del presidio donde le tenían retenido acusaba estar derrotado.

Molido de esfuerzo estaba prendido a grilletes, y desgañitaba

compasión.

El sacerdote abrió la jaula, y entró dentro sin temor.

-Creería que la santa inquisición fue cosa del pasado -en la presencia

comentaba pequeña Flor.

-No, no, esto no tiene nada que ver -decía Gaudi en voz de baja,

inquietante sus ganas de saber lo que estaba ocurriendo allí,

expresaba agitado de ansiedad.

El supuesto sacerdote Ustasha dentro del calabozo instigaba malestar

al cautivo sin buscar ninguna finalidad, más que el propio lacerante

despreciativo incordiar. Sujetaba la cruz que trajo de la cinta

magnética y la emprendió dirigiéndola al prisionero evocando unas

oraciones partidarias del latín sin ser concisa, que Gaudi transcribe

mentalmente haciéndose recordar. Todo quedaba ahí, en palabras en

medio de la oblación, cuando a las pocas dudas idiotizar como del

crucifijo salía un rayo metalizado cristalino que desahuciaba la vida

del preso, mientras a la inversa el objeto en forma de cruz tendía a

llenarse de una sustancia que no se podía descifrar de que estaba

compuesta la masa. Huella impresa de la pasión estupefaciente, un algo

inexplicable para Gaudi y Flor.

-Tu fe era buena, -oían decir al individuo que ya había acabado,

condenando al penado. Satisfecho porteó fuera de la jaula conduciendo

marcha atrás a pie, por la gruta subterránea que le había traído.

Pequeña Flor y Gaudi no negaban mirarse sorprendidos sin amasar muy

bien que había pasado, y sin despejarse prosiguieron al sacerdote

acompañándole en rastreo. El individuo que les precedía se detuvo, y

alojó el crucifijo arrojándolo sobre una recipiente. Despegado al

acomodo vuelve a reiniciar la marcha que llevaba. Pequeña Flor y Gaudi

se entretienen, dejando escapar en su seguimiento al cruel asesino, a

la hucha donde depositó la cruz especialmente tratada.

Poderoso les llamo la atención e hizo quedarse allí, el contemplar que

el frasco de la cruz estaba pluralizado al repleto de mismas e

idénticas singularidades. Todas cambiadas en género de lugar, eran

desemejantes a las que se estaban produciendo en la maquina que vieron

al principio de la galería. Si se trataba de una mina era

incuestionable compararlo, lo único que el elemento era pretendido por

algo más codicioso que el dinero, y no pergeñaba valor real

suficiente.

La diferencia de estas piezas con las antecesoras no era en

apariencia, una metalizada capa las envuelve alteradas por una especie

de campo magnético. Flor cleptómana enfermiza de lo pasado, a cobro se

oculta uno de los crucifijos, Gaudi seducido al palpar las cruces, les

ofrecían la tentación de apoderarse personalmente con alguna. No dio

tiempo a que se decidiera, insospechadamente Gaudi es agarrado de los

morros por un brazo sin dejarle que pueda maniobrar. Pequeña Flor

agarra una brida de la mesa que adueñaba la mesa cercana a ella, y se

da la vuelta intentando defenderse con mas coraje que esperanza.

Pero no hace falta, es José quien estaba sujetando a Gaudi.

-Schhh, -entrante chispea guiñándole el ojo a Flor. Gaudi se alivia a

darse cuenta que era José y libera un aliento de sosiego al sentirse

redimido.

-¿Cómo has llegado tan rápido aquí? -le preguntó Flor a José.

-Cogimos un vuelo directo -le contestó.

-Ya, seguro -renqueando en la respuesta que le había dado José gruñía

Gaudi.

-¡Alto! ¿Quiénes sois, que hacéis aquí? -sin dejarse que se apretaran

las manos se dirigió a ellos alzando la voz uno de los habitantes

establecidos en la caverna.

-Somos de congregación alahajá -dijo José abreviando excusas.

El hombre que los preguntó, diluido en interpretaciones exégesis

permanecía retenido en el pensamiento del entendimiento, hasta que

otro sacerdote le despertó del sosiego medievo.

-¡Es un infiel, deténle! -le gritaba su compañero. Desde las alturas

que le situaba una escalera de dos plantas los deslumbraba por encima

de ellos, y pensando rápido cambió orgulloso de orden-. ¡Mátale!

¡Mátalos a todos! -sentencia, finalizando su intervención.

El sacerdote que había sorprendido a los intrusos, junto a un nuevo

sujeto que había llegado alertado por el griterío empujan lanzando los

rayos de sendos crucifijos sobre ellos.

José desconoce que es pues acaba de llegar, pero no apremia reparo

para ahora comprenderlo. Lanza al aire la mesa contigua a ellos,

haciendo de contención detiene el primer envite.

-Cuidado José -advierte Gaudi-. Esos rayos quitan la energía del

cuerpo, matando a quien lo reciba.

-Mas o menos -recalca Flor, queriendo destacar que era una valida casi

compuesta.

Se deslizan en pasos hacia atrás con los rayos lanzándose sobre ellos.

Procurando cubrirse de ellos José los detiene con cualquier cosa que

encuentra a mano o a pie, poniéndolos de escollo que dificulte la

progresión de los radios lumínicos.

Rebatidas sus intenciones de escabullirse chocan contra una gruta

cerrada. Sin vía de escape, la salida está cerrada de par en par

-¡No hay escapatoria! -Pequeña Flor lee en alto el pensamiento de los

tres.

José miraba hacia el tapón de ruta, todos lo hacen queriendo encontrar

un posible escape, que ineficaz haciendo frente común, asumen. Flor se

apañaba en que actuara el crucifico del que se había incautado en la

previa.

Sus enemigos fortalecidos aumentaban el cerco empequeñeciendo la

parcela rival, con una docena de efectivos que no se sabía ni de donde

llegaban. Los aparentes Ustasha hostigaban enviando una y seguidas

después más veces sin cesar los rayos luminosos hacia ellos

comprometiendo la integridad.

Flor rumia -es inútil, no sé como hacer funcionar esto -comentaba de

la cruz que había arrebatado antes.

-¡Déjame a mí! -le pidió Gaudi. Cuando se la pasaron embaucó en latín

las palabras que escuchó anteriormente en la tortura, y se seguía

sufriendo de la ineficacia de poderlo manejar.

-¡De todas formas parece tener limitada su fuerza! -reflexionaba Flor.

Efectivamente tenía razón. Los esbirros que atacaban con aquellos

cacharros, desechaban tras varias descargas contundentes su arma al

suelo, y utilizaban una cruz nueva, recién salida de fábrica. Urdía el

ingenio sin convencimiento, de la creencia sin juicio de ser

monocargadores no recargables al vacío, una vez utilizados.

José amortiguaba el intenso asedio proyectando un escudo que parece

medio aguantar, aunque no es todo lo poderoso para asegurarlo. La

energía de los crucifijos pereciendo en su culminación son

inmediatamente sustituidos por otros de refresco, y el acoso atacante

no limita en ninguna ocasión la intensidad de la embestida.

El empuje no cesa del fusile de rayos, y negando fulminante el brío de

la arremetida se gastan casi por completo los envíos de rayos. -¡Traed

más! -Gritó uno de los combatientes antagonistas al agnosticismo. De

esta detención de una baja munición se aprovecharon los perseguidos

para reponer conjuntas ideas.

-¿La bebida vertida de la fiesta es cosa vuestra? -Preguntó José.

-¿Qué fiesta? -no comprendía Gaudi de que estaba hablando.

-De la sangre a la entrada.

-No, si ya me dijo Flor que era difícil disimular...

-¿Qué fuera vino? Lo parecía, pero su sabor me lo desconfió.

Gaudi sospechaba mal, y se hacía sumiso al maquiavélico accesible de

José.

Este amansó -¡A ver si vas pensar que me la bebo, pero su olor es

terminante!

-¿Y María? -Gaudi, ferió pregunta de fructífera practicidad.

-Se quedó fuera, estaba algo mareada del vértigo de la travesía -decía

sin que pudiera presentar ninguna ayuda.

-¿Y si atacaras ahora José? Podríamos pasar entre ellos los tres con

el escudo -daba de posibilidad Flor.

-¡No me atrevo!, podría entrar un rayo y dar, sobre todo a vosotros.

-¡Entonces debes intentarlo tu sólo!, José, debes irte y escapar -

razonaba Flor.

Gaudi daba la misma aceptación -Creo que si, ¡es lo mejor!

-¡No! -Súbito rechazaba lo que entendía ser intolerable en las

difíciles circunstancias en la que estaban negociando los términos de

rendición Flor y Gaudi.

-¡Escúchame José, nosotros no podemos hacer nada, y esto se va ir

complicando, y como tú...

-¡Mírame Flor! ¡No! ¿Me oyes bien? ¡No! Pensemos otra forma de escapar

¡los tres!

Cabezón de primera, dejó perdida la ocasión de irse y ganó la

confianza en luchar por sus amigos.

Los sacerdotes sin perderse en charlas habían llegado tutelados con

cajas repletas de crucifijos humeantes, radiantes de capa metalizada y

arrojaban nuevamente sus rayos sobre los tres arrinconados.

-No sé si podré contenerlos mucho tiempo -José quería ser sincero, a

pesar de que tal vez debería medir más las palabras que podrían

molestar la sensibilidad de los que le rodeaban-, podría llamar a

María aunque no sé si me escuchará, ni si nos sería de auxilio.

El socorro de José da síntomas de agotamiento, debilitándose se

deteriora cediendo ante los continuos rayos que le llegan lanzados por

los sacerdotes. José, que receloso no quería involucrar a María, teme

que sea la única esperanza de liberarles, y teme también de que sea

una encrucijada mortal para todos.

-¡Llamaré a María! -se decide, regañando entre los dientes.

-Creo que ya no hace falta -dice pequeña Flor. La aparición repentina

de María rapta toda mirada hacia el techo. Su irrupción acoge los

ímpetus del lugar, con entrada violenta ha llegado en un estallido

sobre la techumbre. Bajando en espiral cabeza abajo remolina lanzando

soberanas dosis de hojas planas distribuidas cortantes de la Biblia

minúscula reclutada del piso de arriba, que maniobran en su pecho de

magia magnética. Batallando bajo pose de bibliotecaria, única e

irrepetible, despeña con mucho corte a los sacerdotes que indagaban

asomados a lo alto los anchos movimientos de María, con medio folio

fuera de la impresión general el resto del cuerpo lo atraviesan por

mirones.

Haciéndoles pose de frente caen bajo prosa los contrincantes, del

reverso de la que en deriva sonríe a José. Cabizbajo los sacerdotes

van sucumbiendo al atrevimiento de sacar la jeta. Acongojados por la

contraofensiva de José, desligado del aislamiento mana y emerge

solapazos a sus enemigos a mano de palos, nunca mejor dicho.

Gaudi y pequeña Flor se habían quedado turbados mirando a María

sorprendidos, y contenidos por si podrían ser útiles sin tirarse a la

ruina absoluta.

Despejado el encuadre de la opresión, los Ustasha se echan para atrás

no queriendo quedarse acompañando a sus compañeros ya ateridos,

curvados por el frío suelo

María va yendo al final donde seguían Flor y Gaudi, que permanecían

estáticos sin decidir si salir ya o no -¡Vamos! -dice-, ¿a qué

esperáis? -dándoles la decisión moderados por ella, ellos salen al

salto del interruptor.

Cabeza abajo María les da la salida- ¡Agarrados a mí! -Gaudi y pequeña

Flor se sujetan firmes cada uno a un brazo de ella- ¡Vámonos! -Da la

señal y los tres levantan el vuelo hacia el techo.

Contemplar a María es tarea empeñosa. De tenerla por criatura dócil,

descomunal ha variado en el conocimiento que se tenía por propia y

extraña. Y ahora es ella quien quiere ser, sin que nadie la mande

trabajos forzados. El peso que soporta es ínfimo, la fuerza de

semidiosa libera a Flor de compararla con la conocida por antigüedad

de José.

Con mención a él tras haber llegado María junto a sus refugiados

arriba a la otra planta, José en solitario salta sobre la mesa central

del almacén y en el largo tablero se adelanta en carrerilla.

Prosperando a galopada lanza a puntapié una jarra metálica de cerveza

que molestaba en el recorrido, hacia un Ustasha que llegaba al frente.

Partiéndosela en la cabeza, deja seco el recipiente y húmedo borracho

acostado en el suelo al soldado sacerdocio del golpetazo. Con arrebato

brinca de ímpetu hacia el agujero del techo, conforme lo atraviesa

reposa sobre la base del suelo de la planta base de la engañosa

Iglesia.

-José mira a María sorprendido y orgulloso-, ¿tú no tenias vértigo? -

Le pregunta.

-Ya ves, la evolución de las especies, ¿o no te gusta este cambio?

-Me gusta me gusta -afirma y conforma José repitiéndose las palabras.

En constante éxodo del pueblo perseguido, los Ustasha a trompicones se

les oye llegar hacia ellos. Sin dar ninguno de los cuatro una voz de

carraspera, sin sugerir escape y partir veloz, sincronizados van hacia

la salida de la iglesia. La huida es un instinto humano, sin negarlo

en el momento de peligro.

Gaudi que había salido primero por la puerta giraba hacia la

izquierda, y postró su decisión José que tras él le detuvo-. ¡Por aquí

no! -le confirmó arrimando su brazo de camarada.

Flor que venia detrás ya había adelantado a ambos tras la parada, y al

mover la cabeza por lo que escuchaba de José también se detuvo,

teniendo el temple sereno miraba a su amigo eterno.

-¿Qué pasa, Flor? ¡Poshli tovarich!

María que era la ultima en salir mostró el camino verdadero de la

salvación-. ¡Es por aquí! -"Así, los últimos serán los primeros y los

primeros serán los últimos".

Todos la siguieron esclavos de la devoción por la vida. José hizo

acopio de ganar tiempo cerrando las puertas de madera de la iglesia.

Apoyó su dedo pulgar en la cerradura fundiendo transigente al metal.

El plomo del pestiño era liquido caliente, templario rejuntaba la

puerta sellándola.

Al lo rápido velados por la luna tienen que entenderlo, y precavidos

sería poco para el asombro de Gaudi y pequeña Flor al mensurar el jet

de donde vinieron María y José.

-¿Qué, no os gusta? -les sonreía José.

-¡Es un avión! -Gaudi exclamaba sin dudar apenas.

-¡Ya os lo había dicho! -le comentó José. -¡Venga, subamos antes de

que vengan los malos! -Una regaña leve para menguar el carácter

monstruoso porteado en capítulos que se vuelven en cada era solar

pesadez, repitiéndose clásicos tendenciales.

"Los buenos" escalan por la nave ocurrentes de irse más pronto que

tarde de la clausurada velada santa. Cuando han contado "cuatro"

tornan el vuelo alejándose sin odiar la despedida. A estas alturas no

les sorprende ver salir diminutos puntos de la iglesia, "matamarcianos

en red". Con las cuatro vidas intactas siguen la partida a remolque,

estando a la altura de las circunstancias.

De vuelta a París vuelan pasando por el desfile de nubes, sin contar

el aire fresco en las que andan metidas las ignoran.

Tras indicar al piloto automático las coordenadas que debe seguir sin

despistarse, José decide ir hacia la parte trasera del transporte. Sus

demás compañeros reposan e intercambian información sobre lo vivido

recientemente en ambas aventuras.

Los tres hacen un rápido parar, y acercan su mirada azarados hacia

José al verle junto a ellos, alertados por no haber nadie pilotando.

-Tranquilos, está controlando el mecánico suplente para que nos lleve

a casa.

Los tres cortan precisas atenciones hacia él y siguen en su charla.

José se distrae de tanta tensión acumulada, y se recosta al abrazo de

uno de los sillones que ofrecían deseo de poseerlo.

-Y eso es lo que pasó -oye decir de boca de Gaudi. Parecía que ya

había acabado el pase completo a la explicación, y con tanta faena

desde temprana hora no le apetecía ni preguntar el qué había contado.

Corrompido de bostezos, persuadía quedarse a dos velas por deseo

propio

Gaudi se movió hacia José no queriendo dejarle al margen de la

sociedad-. Le estaba comentando a María como dimos con los explosivos

crucifijos. -Gaudi acabó su desaborida declaración y retornó su hablar

a ambas mujeres presentes.

-También lo curioso fue encontrar- José paró la secuencia, despertado

aposta no conciliaba ya acomodarse de segundas escenas, y cambió de

plató-. ¿Y qué fue, como disteis con las cruces?

Gaudi volvió hacía él, dejó su mente ocupada pensando y rectificó su

anterior aclaración- Perdón perdón si, te cuento- explanándose sin

dejar recodo por conocer a sesión continua. Recostado al suave relax

del sillón, José visualizaba las medidas descripciones que daba Gaudi

junto a la ayuda estimada de Pequeña Flor, aportando detalles de la

película. María como simple concurrente de la ya sabida trama callaba.

El arte del filme no era difícil imaginarlo, la interpretación que se

daba era merecedora del atento interés del suspense.

-El relieve de la cabeza del Anj como veis tiene la misma figura que

ya vimos en la Svástica y en la propia pared derruida de la iglesia de

Azogue. Como ya os estuve afirmando no existe que se sepa públicamente

algo que se parezca, aunque fuera remotamente. ¿Y ya qué decir de la Z

central? -En el relieve del objeto egipcio bajo la hoz y el martillo

lineado en svástico fecundaba una raspadura en Z- ¡Nada, ninguna

reseña sobre esta Svástica Anj! Una Svástica comunista enrolada en una

Anj, parece un juego macabro.

-Algo debe significar -definía Flor.

-Sí, ¿Pero el qué? Creo que hay algo que se me escapa cada vez que lo

repaso -creaba Gaudi progreso de que hay que investigarlo más a fondo.

-¿El Anj realmente es de la época egipcia o es sólo simbolismo? -quiso

conocer José.

Gaudi iba a contestar, pero Flor le gano la baza respondiendo antes a

la lógica pregunta de María

-A la prueba hecha del carbono 14 que he comprobado con el equipo

portátil no miente, y nos cuenta que puede tener bastantes siglos

antes de cristianizarse la era antigua, que sacaría de margen a las

civilizaciones egipcias -era una cuestión que meditaron sin darse

ninguna presumible certeza.

-¿Cómo os financiáis? -daba interés hacía nueva inquietudes María al

ver por ejemplo aquel fabuloso aparato portátil analizador de ADN que

no sabía su valor, y se le hacía difícil añadirle ceros a alguna

numeración.

-Mejor no preguntes, no te gustaría saberlo.

-¿Tan malo es? -se asustaba Gaudi de imaginarlo.

-Bueno, malo -sin perderse en la razón- según se mire -apreciaba Flor,

¿o no José?

-Lo único malo y también beneficioso para nosotros es que todo es

libre de impuestos -explicó dándole más vueltas para hacerse pensar la

forma en que era. José, ya cansado de estar sentado se levantó y

describió más correcto lo que le llegó pedido de duda.

-Mendigando a la puerta de la Iglesia.

-Ja, muy bueno José -reprochaba quedándose sin conocer la verdad

Gaudi.

-¿Habéis visto a los pobres que piden en la Iglesia? Pues ellos son

nuestros recaudadores.

-¡Estas de broma! -se afirmaba Gaudi.

-¡No, así es! La Iglesia da mucho dinero y como parásitos nos

alimentamos del huésped religioso.

¿Hablas en serio José? -era ahora María la que aun no terminaba de

tenerlo seguro, por si se trababa de una guasa.

Flor le confirmó -Reclutamos a nuestra gente, nos hacen de

informadores y cobradores a la vez.

¿Y, y cómo lo hacéis? Me refiero ¿a qué como contactáis con esa gente?

-María se sentía con ganas de conocer más.

-Fácil "¿Buscas dinero fácil?", con anuncios en periódicos, todo a

través de contactos virtuales, llamadas telefónicas.

-¿Y cómo qué la Iglesia no lo sabe? Con centenas de personas -miles-

aclara Flor- con miles de personas haciendo ese trabajo. Yo no lo

sabía -cuenta María,- pero se me hace difícil de esconder algo así

-Sí lo saben, ¿quién crees que es nuestra competencia económica? Lo

que no saben es quien está detrás. Todo está muy bien organizado para

llevarles a distintos nombres, diferentes empresas, cuentas opacas, y

aun llegando a toda esa información no les interesa removerlo mucho al

estar ellos metidos igual en el negocio.

-¿Pero montar una tapadera tan grande es demasiado para vosotros? -

seguía María consultando recelosa.

-Efectivamente, es un trabajo encomiable, pero no estamos solos. Hay

mucha gente detrás que daría la vida y desgraciadamente la han dado

por ayudarnos.

-¿Y cómo esas personas os siguen? -María parecía poco precisa en no

acabar las preguntas.

-¿Con fe? -respondía ironizando José. ¿No preguntas por qué, no

quieres saberlo María? -le pasaba la pelota a ella que escondía

hablar, y es que José no cedió el testigo de fe- Por infé, por desfé,

por haber sufrido a cuerpo algún horror por Dios a ellos o a sus

allegados. Por culpa del engaño religioso, por bendecidles en la

putrefacción de sus esperanzas, de haberle llevado a la muerte en vida

sin más espera que no haber nacido.

María no resistió el empuje tan duro de José, no aguantaron sus ojos

cansados de mirar tan de cerca a su chico rudo, con mal genio, y los

cerró para que no saltara a la vista el desparrame que podía empapar

desconcierto.

José le llegó, molesto del modo de ser sus maneras y la abrazó sin

dejar soltar ninguna palabra que dañara a su sueño dorado.

Para no perderse en emociones Gaudi introdujo algo que se le había

pasado por alto, y comentaba levantando la voz para que estuvieran

pendientes de él.

-¡Escuchad! - Hay curiosidades que podemos comparar y nos ayudará a

aclararnos. El Anj es a nuestro tiempo una cruz, aunque para algunos

egiptólogos lo han detallado como un lazo, otros en cambio han creído

que podría ser la parte superior de una sandalia y también están los

que opinan que representa un cordón umbilical anudado. En las pinturas

egipcia se han hallado representaciones del Anj en la boca o en la

nariz de los muertos y de los dioses, queriendo aportar la afinidad un

soporte de vida.

-¿Un respirador nasal? -preguntaba Flor.

-¡Aliento vital! ¡Fuerza vital imperecedera! -era claro Gaudi

definiéndolo.

José se acercó a la mano de él antes de que siguiera narrando más

hechos. Le retiró el Anj y lo puso de frente a la cara de la cruz que

se habían traído de la Iglesia. La pareja formaban gemelos en

similitud exceptuando la cabeza de Anj, en forma y medida encajaban

como estar paridas por igual maestro hacedor.

-¡La madre del cordero, si son iguales! ¡Perdón, es la emoción! -

rescataba Gaudi sus impulsos más humanos. Todos sonrieron,

especialmente María que estaba cierto lado apagado de un intenso

debate tenido antes con José.

-¿Y si estuvieran hechas las cruces con el mismo fin que los Anj?

-¿Para dar la vida? No es precisamente lo que nos estaban

concediéndonos los Ustashas allá en la Iglesia.

-¿Y si...? -María quería comentar algo pero le pareció tan ridículo

que no lo aportó.

¿Qué, María? Dinos que piensa.

-Nada, era si... nada, una tontura -lo entendía sin decirlo.

-¡No te lo calles por favor, cualquier cosa nos puede valer para

ayudarnos! -le solicitaba Gaudi.

-Qué lo diga... Qué lo diga... - canturreaba Flor, y Gaudi y José en

patio de colegio acompañaba infantiles el estribillo-. "Qué lo diga,

qué lo diga"-, todos pedían en cantos.

-Está bien, sois como niños -sonriendo les decía.

-¿Y sí en vez de dar la vida su propósito fuera lo contrario?

¡Quitarla!

-¿Quitarla? -No le parecía a José muy cómoda esa presunción de María.

-Ya os dije que era una tontería.

-¡No no, tienes razón María, podría ser! -Agradaba Gaudi con este

nuevo enfoque. El rayo de la cruz quitaba la energía del cuerpo y dio

muerte al hombre que vimos de conejillo de indias, y lo que jamás se

pensó, que un Anj hiciera la misma labor en su época.

José, achuchó un beso en la mejilla sonrojada a posteriori de María.

-¿Me lo das por lo qué he dicho?

-¡Sí! ¡Es una excusa perfecta para poder acercarme a ti!

María y José, José y María, se obsequiaban alternos yacimientos de

agrados.

Parecía tener buena aceptación el comentario de María considerándolo

de esta otra practica, y recitándolo como ya fue mirado tantas veces

el Anj por Gaudi, lo que se le ausentaba lo tenía delante de sus ojos,

la Z-. ¡Diossss! -Reclamó el grito pero no la presencia, sino la

ausencia oculta- La profecía me había nublado en los últimos tiempos

quedándome fijo en los periodos trascendentales, e ignorando que todo

parte de mucho más antes. Creo que quizás toda la forma de entender la

religión cristiana ha sido desviada igual que los cepos de plastelina

para averiguar la profecía, distinto camino hecho para proteger el

verdadero. La Z, la misteriosa Z la tenemos aquí en el Anj, y yo era

incrédulo de crear una relación en esa civilización, pero lo que nunca

se me pasó por la cabeza es que el origen de la letra Z está

encontrado en la escritura jeroglífica egipcia, donde se representaba

mediante el dibujo de un carro según algunos, o el de una hoz según

otros pocos. ¿Y esta hoz no será la referencial para la que aparece

como embuste comunista? El martillo es otro desorden sin base

científica, ¿pero el dislate de la hoz, la Svástica, la Z y la

profecía no lo son?

José desnutría el rebuscado desvarío del deseo vivo. Loco se respiraba

arcanos, misterios reservados para no ser conocidos. Enajenado

calculaba inmensas perdiciones arcaicas, y nadie llegó a vaticinar que

las traspasadas fronteras del segundo milenio pudieran hacer

cosquillas de destrucción envuelta en incomprensión.

Ido, en eventual vesánico no imagina, y en cambio presiente el desvelo

futuro del pasado.

Sólo miraba al cielo cuando llovía, como tonto reprimido para agachar

la cabeza por el peso de las gotas. Condenado en la tierra las nubes

se reían de su estancia, de cada paso escupía sus tacones barro,

encaminado de cabeza seguía sin fin al paso previo.



-Los fenicios la llamaron zain, "arma" -enredaba o tal vez aclaraba

con más detalles que iba dando Gaudi-. En el alfabeto griego es una

especie de cetro, ¡de arma!

Contando lo realizado, acaecidos derrochan producción de

particularidades.

-Tendremos que esperar a llegar al laboratorio, a ver que puedes sacar

Flor -le señala en mirada hacia ella, movimiento el objeto a descifrar

que levanta entre las manos, como una carga pesada de maldad.

-Lo que sí pueda ayudarnos es el manuscrito que encontré en los

archivadores del subterráneo de la Iglesia -decía Gaudi mientras

intentaba sacárselo debajo del jersey, donde resistía rapto sin

permiso de ser mostrado. Con el revuelo se me olvidó de que me los

había guardado- la excusa era poco inventiva y sonaba a cierta, tanta

como que lo era. Cómplice Pequeña Flor se solidarizaba junto a él-. Yo

tampoco me acordaba. ¿Contenía algo interesante para traerlo? -

Preguntó desligándose de ser coautora de todo lo que tratara el tema

códice.

-Más que el manuscrito que no detallé por falta de luz, fue como

podéis ver por el escudo pontificio que llevaba. La carpeta es

reciente, años, décadas, no más, y el escudo no respeta ninguno de los

papas de este último siglo, y tampoco de ninguno en concreto.

Flor que parecía tenerle manía a Gaudi procuró no hablar y esta vez

guardó su frenesí de vitalidad. Gaudi no pensaba que le tuviera

tirria, aunque si que era muy impulsiva, lo mismo que le pasaba a él a

veces como ahora, que quería concienciar lo referente- No es que me

sepa de Memoria todos los escudos papales para listarlos, pero si que

este no lo había visto nunca.

¿Será de algún religioso inferior? -pensaba José consultándolo.

-¡No creo! ¡Mirad! -dijo, pero sin enseñar nada-. Tiene figura de

cáliz, que es la forma más utilizada en la heráldica eclesiástica de

los papas.

-¡Déjame ver por favor! -le pidió cortés María a lo que no puso

oposición Gaudi, dejándole la carpeta con lo que contenía sin soltar

en prenda. Lo colocó asentándolo sobre un sillón y en cuclillas lo

exprimió-. Este escudo se parece al que tiene el obispo Ratzinger

-¡Ratzinger! -Sacudió la venida de su nombre en alto.

-Si, pero sólo en parte, no es igual del todo. De esto estoy segura

porque lo vi hace unos días cuando me hospedaba en casa del príncipe

Masín, y Ratzinger estaba también invitado para una congregación que

tuvo lugar en París.

Pequeña Flor se acercó al ordenador, que comunicaba con la red por vía

satélite, y encontró fácilmente lo buscado-. Aquí tenemos el escudo de

Ratzinger como obispo, y...- hizo un leve espera cuenta atrás- ¡Aquí

el escudo anterior como arzobispo de Munich y Freising!

Los cuatro miembros tripulados pegaban latigazos al cuello para

comparar las imágenes virtuales con la física y el parecido llegaba

traídas por las miradas. Ciertos simbolismos predecesores estaban en

la nueva composición, y otros echados por concilio ecuménico se cubre

de impositivo jurídico, ilusismo iuspositivismo, afinando.

-La disposición de las piezas de los escudos parecen seguir un mismo

patrón -dejaba Gaudi su opinión. Los comentarios de los demás les daba

la razón al participar en el coloquio ordenado por historia no común.

Gaudi quería llegar a la parte donde no había estado más que un

entrar, mirar y cerrar. La carpeta que estaba en manos de María

almacenaba más de lo mismo, y era hora de saberlo.

-¿Miramos que hay? -consideró a María que cediera para devolverle los

papeles.

Ella sin tenerlo en cuenta abrió la carpeta sacando el manuscrito.

Cuando lo manoseó, delicado condicionó que no tocaba hacerle este

papel, e inconsistente se lo entregó a Gaudi que buscando intimidad se

lo llevó a escondidas para estudiarlo apartado de lo demás. No era por

disimulo, su careto importaba tendencia de seguirlo aliciente.

-¡Estupendo! Esto esta muy bien, pero si... ¡Ahá, aquí está! -

Desdeñaba frases como conversador loco, atraído al estudio del

ocultismo. Todos querían saber que pasaba, ¿cuál era tan maravilloso

interrogante que entusiasmaba a Gaudi? La intriga que presenciaban de

él rondaba a su cercanía.

Flor, muestra de exculpación, en sigilo le preguntó-. ¿Que dice?

Gaudi que estaba a ras del papel esculcándolo no dijo nada. Tampoco se

giró, e hizo un tentempié de espera con un gesto de su mano levantando

pidiendo un plis. En un tris se levantó, con el escrito se fue hacia

el frontal del avión, y lo colocó a la altura de los pensantes

sujetándolo con un click imantado sobre la puerta de la despensa de

aluminio.

-No sé por donde empezar. Esto que leo es un tremendo salto histórico

que culmina el más grandioso deseo de saber, y es nada más que el

comienzo de lo que parece escapar a nuestro alcance. Da certeza de mi

desvelación de parte de jeroglífico y lo que comentaba José, de ser su

vida no terrestre.

-¿Entonces...? -Se apresuró a saber José lo que intuía.

-Advierto que esta hoja escrita en un griego inusitado está

incompleta, debe corresponder a un tomo, y por lo que relata diría que

se integra en el libro escrito en antaño dado por desaparecido de

Ptolomeo.

Ptolomeo fue un matemático griego...

-Nos hablo de ello en su casa -le ahorraba Flor la explicación

repetida.

-¿Ah sí? Entonces si, eso es, así es -afirmaba entusiasmado de enviar

ya formado el cuento a otra parte, de palabras que recopilaba, de

aciertos en tiros de conocimiento, en las impresiones diversas se

recomendaba un estimulo de la perseverancia.

-Cuenta la llegada de seres provenientes de otros planetas, de Dioses

que regían en aquellos tiempos acá en la tierra, y de un Dios que

veneraban en Egipto los esclavos e incluso los faraones. Indica un

cúmulo de potencia que se servirá para detener el fin del mundo cuando

llegue, para conseguirlo con las siguientes tablas que... ¡y no dice

más!

-¿Quiere decir...? -quedaba en la duda María pretendiendo saber más.

-¡Lo que dice! -Se expresaba Gaudi tajante. El mismo intuyó que su

respuesta era tan seca que desconsiderada a la opinión siguió

contando-. Interpretarlo como todas las escrituras tiene sus vicios y

sus posibles errores, pero esto que dice es un poderoso manuscrito

jamás visto por la fuerza pública.

-¿Y qué valor tiene de autenticidad? -quería María asegurarse de que

fuera tan real como que fuera seguro total.

-Sólo hay que ver como está redactado, el lenguaje, el papel hecho de

hoja cortadas para formar un tomo. Relata datos históricos ya sabidos

que citan unos 400 años antes de la nueva era que concuerdan con lo

que al menos creemos sucedió. Si lo que mencionas que fuera un ardid

con el propósito de conseguir cierta finalidad escapa ya a lo que

puedo sacar de aquí.

Entonces -se dirigía a él ahora pequeña Flor-, ¿por lo que está

grabado se presume conocimiento de que hubo vida extraterrestre en

aquella época?

-Al menos eso creyeron, otra cosa diferente es que se tratasen de

seres ilegítimos manipulándolos a voluntad. No debemos dejar atrás que

los faraones eran para el pueblo llano dioses.

-Quizás podría referirse a Dios, ¿pero el manuscrito habla de seres

no? -administraba Flor esta dosis de apreciación.

-Si, si -confirmaba Gaudi. No pone números pero cita a varios.

-Déjame que le eche un vistazo el carbono 14 -pidió como buen hacer

Flor.

Las preguntas detuvieron el deseo de aparecer quedando en tensión

transitoria callarse, pero fue nula no idearlas donde discurrían en la

incertidumbre mental.

-Si os preguntáis si el resto del libro estaba allí en la iglesia lo

dudo, al menos donde guardaban los documentos no vi nada más, pero no

encuentro significado a que estuviera esta hoja suelta en un archivo.

-Cómo tú dices, era un libro desaparecido, tal vez sólo exista esta

hoja, ¿no lo crees así?

-Dudar o creer José, es una respuesta difícil de decidir, tú lo sabes

bien. Toda la vida se ha confiado que el libro estaba perdido, ahora

encuentro esta hoja y no puedo arriesgarme más que en suposiciones.

Debe servirse que es lo único que queda del escrito o está repartido

en algún lugar diferente el resto, puede que aun peor, en distintos.

No lo sé.

-No te preocupes -rebajaba con ánimos la desganada respuesta de Gaudi

por no ser eficaz en la ayuda que se precisaba.

Repentina pasajera trasmitió José un detalle-. Esta Lámina no ha sido

arrancada del libro, si os fijáis ha sido cortada, ¡Y mirad! -José

prensaba su dedo cerca donde señalaba, sin tapar el sitio del que

detallaba- Hay un valle, como si hubiese sido cortado por unas tijeras

en dos cortes.

-¡Es verdad! -opinó María, que aplaudía con entusiasmo junto a los

demás en su cara la oportuna exploración de José.

-¿Podrías saber con exactitud como fue realizada la separación del

tomo Flor? -le preguntó su amigo del alma.

-Podría intentarlo, y compararlo con la base de datos de materiales e

instrumentos cortantes. Si fuera un corte reciente seguro, si es de la

época de Tutankamon desde luego que no quedará ni maldición si tuviera

-realizaba esta explicación para responder a José-. Me parece que voy

a tener bastante trabajo cuando lleguemos. ¿Quién me va a pagar las

horas extrasssss? -presumían sus palabras ironía.

-Flor, pequeña Flor, ¿no compensaría ese trabajo un masaje que

cautivara tus tensiones, y aliviara el estrés que carga sobre tus

hombros? -Seducía en palabras mientras sus brazos agarraban la zona

del cuello de ella, que a remolque relajada farfullaba con los ojos y

la boca cerrados. -Shiinnn

María miraba, no era un hecho de insegura pero se sentía pobre idiota

en medio del intrépido masajista, y no pudo remediar su sensación -

¡Eh, que yo también quiero un masaje! -dándole lleno que no eran celos

sino el gusanillo de la envidia.

-¡Y yo! -Confirmaba Gaudi que también necesitaba relajarse.

José pudo sonreír a todos, ante tantas peticiones.

Sonó un chirrido por los altavoces del avión-. Es el ávido de que

estamos cerca de casa, voy a la cabina a preparar el aterrizaje -

salvado por la campaña se escaqueaba del empleo que le demandaban.

-¿Y dónde piensas hacerlo? Le preguntaba Gaudi a José.

-No sé, improvisaré -respondió José y se fue a buscar los controles

del aparato.

-Si, si, tan tranquilo me quedo yo con ¡el efecto improvisación!

-Je, je es usted una persona llena de humor, le dijo José en la

despedida que ya había cursado al puente de mando. Gaudi miró a

pequeña Flor y María que sosegaban tranquilas en los sillones, sin dar

apuesta a que estuvieran o no despiertas, para haber preguntado si lo

que decía José era sólo broma o no. Curiosa interpretación opuestas al

contrario de posiciones justas iguales.

José descendió el avión y tiró del tren de aterrizaje para ir

resbalando hasta el hangar, que era lo estrictamente amplio para

aparkinarlo.

La introspección en el rato libre equipara pensamientos de actos a

sentimientos. La emoción contenida en un saco de pulgas con mal

avenidas vecinas termitas, provocan agitación de voracidad por comer

en escape infructuoso las vigas de maneras metálicas.

Cada par a dos pares, cada impar a cuatro individuales, y carentes de

una unión particular se encartaban de ser testigos elusivos a

encausados directos.

El pensamiento de hacer espera tanto tiempo prorrogando en meditados

actos, no relega lo que se aceptó como paréntesis hasta la hora de la

causa llegar. Por cansino sentimiento la tardanza era un desgaste

constante, mucho de lo que no hubo se perdió sin llegar a formar, en

alguna parte.

Tras el descanso necesario vuelven a reunirse los cuatro compañeros de

escapada, tirando a bloque dando todo. Repuestos, enteros de fuerza

van a tope. Hablando en grupitos de dos, por un lado Flor y María, por

otro sin perder rueda de lo que hablaban José y Gaudi esperando entrar

al relevo, cada uno en su parte magistral.

Se hace un parón general tras el rodaje fácil y encaminan el primer

escollo importante, la quebrada de la cruz.

Flor lleva la voz cantante. Ha analizado la ruta que le quedaba y ha

aparecido una energía cósmica que fluye variopinta, dando parte de

ello a los demás, de la dificultad a la que se enfrentan.

-Tenía razón María. Este crucifico está creado con la intención de

retener energía para después liberarla.

-¿Qué energía es la que pueden absorber de un hombre? -dejaba Gaudi su

duda.

Hubo un renglón en blanco, para satinar la correlación intervenida.

-¡El alma de los hombres! -Alguien saltó primero, y se repitió de boca

en boca.

-¡Y transformar esa energía en otra! -daba la nota concordante Flor al

estudio más imaginativo.

-¿En cuál? -le preguntaba José sin andarse con chiquitas

-No lo sé, pero sea cual sea en una inmensa. Yo he sido incapaz de

movilizarla para compararla científicamente, excepto usándolo como si

fuera un arma nuclear atómica o pura gasolina, y por su quema es

excepcional. El alcance puede estar distorsionado, pero poco.

-Para que luego digan que no hay energía sustitutoria al gasoil -dijo

José irónico.

-¡José! -le atontó María que no era esta etapa de risa.

Él, acostumbrado a que nadie le pusiera los pies sobre la tierra

firme, sin que le empujasen palabras con fuerza a la dirección

correcta se equivocaba con fácil decisión de ir por libre hasta donde

llegase, para no acabar como empezó, y dejarlo intacto sin disputarlo.

La idea tonta de pensar que cuanto más sepas menos importa la cosas,

que si se llegara a ser Dios haría que no importara nada y se pasaría

del todo.

-Por cierto, el manuscrito puede tener entre 19 y 25 siglos, un

abanico centenario muy abierto pero sin duda lo importante es saber

que es real, o usando el copy paste por entonces -Flor resolvía

términos breves explicando la fase de la prueba del carbono 14 por

escrito, enseñando el documento del impreso del resultado-. He podido

dar con el filo que seguramente cortó la hoja del libro -cambiaba de

ritmo en plena ascensión a la identificación con codos y señales de la

cruz-. Asombrada me quedé, pero llevamos en continuos tirones

encontrando valiosísimas nuevas conclusiones, que de por sí una sola

sería el estudio de muchos años -sin esperar si le seguían sus

compañeros, ella tiró para adelante-. El corte fue realizado por un

abrecartas, algo rudimentáriamente común y que no da más pista que

pudiera identificarlo más exacto. El filo del corte indica que puede

tener varios siglos de antigüedad por la oxidación del hierro

desprendida en la analítica, pero no se decide por haberse cortado

hace tanto, parece mas reciente al estudio hecho. ¡Ahí algo más! -

marcando los tiempos, Flor daba los concernientes cambios de

desarrollo. En cadena, la asimilación aguantaba maltrecha las acciones

fortuitas-. Que nos dice donde puede haberse hecho el corte, o al

menos donde estuvo esa hoja alguna vez.

Todos esperan pacientes las explicaciones de Flor, cada nuevo logro

era unir una pieza más al rompementes.

-Percaté en la inspección de la hoja un cuerpo distante separando los

puros comunes que podría tener de huellas digitales, cuerpos filosos

como cabello etcétera, y el genosensor electroquímico encontró una

estructura de lino. Aislando esta referencia, saqué que contiene

sangre del grupo AB, que la tela posee quizás ente mil y tres mil años

de antigüedad, siento no poder ser más exacta en este apartado, e

irradiación instantánea de protones con la combinación del deuterio,

presentes en la materia orgánica y formados por un protón...

-¡Y un neutrón!-. Adelantaba Gaudi el final de la combinación de la

formula.

-Y un neutrón, así es- complació Flor el alcance de la comprensión por

Gaudi de lo que ella estaba hablando.

-¿Y? ¿Y qué quiere decir? -Preguntó María que junto a José esperaban

más detalles de aquella significación, aunque a él no le hacía

extraños los comentarios sobre alguna de las cosas que se estaban

dando salida, y que en cambió al igual que ella se sorprendió tras

escuchar lo siguiente de Flor...

-Que tiene la misma composición que la sabana blanca -matizó.

La extrañeza destacaba tras conocerse el alcance de aquella

especulación.

-¡La Real Sabana blanca es un cuento, no es lo que quisieron dar a

entender! -se pronunciaba padre de la conciliación en espíritu

resuelto.

-¡Tiene razón José, nunca existió la sabana blanca, era propaganda! -

apuntaló María aportando valor a lo que había dicho momentos antes él.

-¿Tú sabias eso María, y quizás...? -Gaudi quería preguntar, pero no

se atrevió arrojarse atrevido a marcar la indecisión de cosas que hizo

plantearle Dios, que él se había discutido durante el paso del mundo

ante su vida.

María delicada, raspaba motivos-. Si lo que quieres saber es si

conocía mentiras, las había. Crédula no era importante razonarlo, por

ejemplo si la sabana santa no era real lo primordial era el mensaje

que proporcionaba, que en aquellos momentos daría siempre como cierto-

. Inequívoco Gaudi asentía irrefutable de entenderlo al sentirlo en

lejano auténtico.

-A pesar, no siendo de método el que han querido hacer creer su

naturaleza de haber cubierto el cuerpo de mi hijo Jesús, parece estar

ligada a ser un misterio que podrían unirse al raenio y a la Svástica

comunista, ¿no? -compensaba las afirmaciones y las interrogaciones.

-También es cierto que puede haber sido manipulada toda la información

del estudio sobre la Sabana Blanca que parecía estar hecha de

imparcialidad, aunque era antes de saberme ignorante de lo que estaba

pasando, el pensarlo. Ahora sabiendo y teniendo en mis manos el

raenio, la Svástica de la hoz y el martillo no pongo fronteras a los

limites de nuestro o debo decir más específico, mi desconocimiento -

maquillaba Gaudi el rostro de cómo se miraba.

-¿María, tú has visto la Sabana Blanca? -le preguntó José.

Ella respondió manifestándose sincera en la confianza de la charla-.

Sí, algunas veces, y tengo que admitir que varias ocasiones me paré

buscando lo que su imagen me decía, ¡buscando a mi hijo!¡ A nuestro

hijo! -Rectificó y aposentó alargando su brazo para que José le

ayudara a sostenerla en la palpable evidencia de consternación.

José se impulsó hacia el necesario bienestar que solicitaba María, a

la que premió de sosiego.

-¿Y donde está ahora la Sabana Blanca? -Le pidió José sin parecer

trueque, dominándola de frente la cubría su mirada por entera,

privándola de la vista de Gaudi y Flor a su espalda.

-En el sitio más protegido del mundo ¡En los archivos secretos del

vaticano! -Tan tangible era la reacción de todos como verdadera la

causa, privar la precipitación de veredicto a condena inasequible de

modo de hallarla en contienda.

Capítulo VIII El condenado Vaticano

Aeroporti di Fiumicino e Roma. Sin bultos el equipo formado por Gaudi

y José han desembarcado del directo vuelo de París con llegada 13:45 a

la capital Italiana. El sol pega fuerte en la calle, ¿esto quiere

decir algo? No todo tiene sentido o explicación, ni da significado

para repercusión.

-¡Taxi signori!

-¡No grazie! -apartaba José al taxista que se ofrecía a la carrera,

que no alcanzaría ni los 20 años.

-Puedo llevarles donde quieran signori. Mejores monumentos molto

bello, ¿Vaticano tal vez, o degustar los mejores espaguetis de Roma?

Ristorante Toscano Parlante

-¿Se come bien allí? -interesado José gastronómicamente parecía haber

cambiado de decisión.

-Sì signori, meraviglioso quello migliore, amo suo espaguetis, el

ristorante è della famiglia.

-¿Quiere comer buen hermano pasta Italiana antes de continuar nuestro

camino espiritual? -Le arrimaba José las ganas a Gaudi.

-No me importaría, es que no lo había dicho pero tengo un hambre

atroz.

-¡Buon signori, por aquí per favore -el joven muchacho les dirigía

hasta su transporte privado. Al llegar abrió cortés la puerta trasera

para que entraran, y salió pitando.

El Taxi transitaba por las congestionadas vías romanas.

-¡Signore, coja una guía para conocer más detalles del trayecto! -

decía desde la dirección, el conductor.

José sacó del espinazo del asiento delantero un sobre, que contenía

dos pasaportes- las vistas son estupendas -comentó.

-Si van al museo no se darán cuenta de las buenas falsificazioni de

algunos immagini, sono opere d'arte -detallaba el joven italiano.

-Seguro que pasan por originales- comentó José, para después preguntar

¿Qué tiene de especial el menú Toscano Parlante?

-Il mio papa è morto, ahora yo sigo el negocio della famiglia. Hoy

hago un favore a un amigo que trabaja en la Ciudad del Vaticano.

-Siento enormemente la pérdida de su padre, añoraré las veces que

visité su restaurante -dijo José entristecido de lo que había

escuchado. Repuso la conversación tras el reposo muerto de la noticia

que le llegó-. Me ha dicho que tiene un amigo en el Vaticano, ¿es

difícil entrar allí? A trabajar me refiero.

-Está muy seleccionado el acceso, pero si se acercan pueden pedir,

conociéndole, una estancia. Hay vacante un puesto en el servizio alla

notte -las referencias eran perfectas para José, que entendía correcto

cuanto decía el ragazzo-. Si quieren ir al Vaticano es mejor ir ya,

hay grandes esperas para pasar y llegar a tiempo.

-Sí mejor -confirmaba José.

El joven romano les llevó dejándoles a las puertas del infierno, que

estaba restringida para merecedores.

-¡Ciao Signore, fortuna! -les deseaba el muchacho.

-¡Ciao, grazie mille! -se despedía José.

-José, tengo una gran pregunta que hacerte. ¿Qué pasó con los

espaguetis?

-Jaja -José reía de la gran preocupación de Gaudi- Tranquilo,

encontraré algo para comer mientras te colocas en la entrada.

El hambriento hombre hizo caso a José que se marchó a un puesto

cercano donde adquirió unos paquetes de comida de pasta hecha para

llevar y un par de bocadillos de calamares. Al volver advirtió a

Gaudi- los bocadillos son para la noche, no te lo comas ahora por

favor - aunque no era lo mismo que haber ido al restaurante, no hacían

ascos a la comida que tenían.

El paso se hacía largo de cola ante el santo sepulcro. Infinita fe la

que la mueve, lenta resguardada en el amparo de la creencia súbita.

Gente llegada de todas partes de ambos hemisferios, distinta piel,

distinto idioma, desiguales caracteres y en paz descansan su devoción

por el santo oficio.

La paz radical es la que hace de regreso a José ante la vergüenza de

la humildad que recogen sus ojos. La sencillez de botas desgastadas de

peregrinos sangrándoles llagas secas sus gargantas, llenas sus pupilas

vaciantes a ráfagas, igual a la explicación de la palabra, "tiempo que

dura el menguante de las mareas". Ya ha entrado la luna llena por el

horizonte, dictando que la bajamar de hoy será en máximas.

Los coches han circulado sin parar durante la jornada y siguen

saliendo a la llamada de la selva, a pesar de que el sol se halla ido

del día. Abundantes personalidades llegan, santifican, vienen, dan su

pésame, van teñidos de bendiciones, para seguir el orden mundial como

hasta hoy sin parar por un nombre, avances empujados por mártir.

Se detienen ojos, antes los BMW de grandes cilindradas que conducen

los obispos que acuden al consorcio. Estudiada la rima para repetirla

en la junta de accionistas para elegir un nuevo presidente

corporativo, la administración depende de su política, continuista o

ultra conservadora, fundamentalismo extremista o fascismo capitalista

burgués.

Hombres de poca creencia que incitan a decenas de millones a tenerla.

La fe ni se crea ni se destruye, sólo se transforma, de reformas de

negaciones, de símiles de dolor, de misiles de terror, de esperanza

descorazonada, de corazones desesperanzados, de espera se ruega en

espera apremia, en muerte se recompensa en espera...¡Banal demora!

Respetuosa baja la noche enfundado la calle de negro, luto por el

muerto difunta serenata al viento, adagio, "Cantata de la Ascensión",

al primer soplo del aire es una fantasía coral que rastrea como tal

serpiente venenosa en el triste color, disimulando sus anillos rojos,

negros y amarillos. Contraste el aire y el viento enlazan una lucha

por conseguir en dueto las trompas y el continuo. Por no haberse

consumado aún el reino de Cristo, el ser humano no tiene derecho a ser

representado con trompetas, reniega la corriente de aire orquestada.

¡Hasta siempre!, hubo que poner muestras a Dios, crearle pies de apoyo

para justificarle. Encomendados a lo grande-, "Estoy listo, ven a

buscarme", -escucha el movimiento las palabras de un polaco enfilando

tenor. En medio de las cuerdas que hacen transitar viajera

penitencias, las campanadas suenan. ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!

¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong! ¡Dong!

El reino de Dios por fin ha hablado en aparecido esperado. La aria se

convierte en un sereno recitativo de susurros fracasados al viento-.

"Calla alma audaz, y no intentes comprender el misterio" -musita Polka

Miseria al lado, ¿fuera de una voz, fueran alisios? ¡Fue recibido! El

dúo del polaco tenor y su mujer dramatizando contralto, con amor

corroen su continuo acompañamiento. Ensillan en canon y luego al

unísono una plegaria que es como el comentario sobre las palabras

finales del recitativo- "Ningún ser humano logrará escudriñar la

potestad divina". Mandato de Dios ofuscando las pruebas del crimen

imperfecto. La serpiente coral conclusa se aleja. Calladas las

campanas, las voces congregadas, los instrumentos siervos obedecen,

esclavos ante la ilustración, de estrofa final regalan su alma- "Jesús

mi alegría"-. ¡Y tu condena Dios! -se despide en el retenido enclave,

que amenaza José para su fuero interno.

Gaudi llega a la cadena humana. La vigilia del abuso religioso, exceso

de mente carnal caducada privada por atrofiada cuaresma. Hijos de mala

madre pensarían que piensan, padres de buenos hijos aceptarían

menester porque Dios lo ha querido.

-Los museos abren a las 8:45 horas, la cúpula de la basílica a las

8:00 horas, la basílica a las 7:00, las tumbas de los papas a las 7:00

horas. He comprado antes como dijiste dos entradas, aunque como ves

pone la fecha de hoy.

-¡Está bien! No importa- Sin dar acentuaciones dice José a Gaudi que

le daba los horarios previstos de salida-. Es aun temprano, descansa.

-Me sentaré a tu lado si me lo permite amigo mío -dijo e hizo Gaudi

aceptando que José sentara de buen ver la decisión, comenzando hablar

en Latín para no huir palabras a oídos ajenos.

-Querido José, Flor me contó algunos hechos de tu vida ya que me

intrigaba. Espero que no te lo tomes a mal, ni creas que es cotilleo.

-¡Ya!, ¿sólo interés profesional? -José le devolvía las palabras en la

misma lengua. Hacia bastante que no hablaba, y muy poco le costaba

seguirlo en el idioma nativo del imperio donde ahora repasaban en

historias próximas.

Gaudi no dijo nada más, pensando que José estaba molesto.

-¡Eh Gaudi! No hablaba en serio. Claro que puedes preguntarme lo que

quieras, menos si me gustan las Navidades y el portal de belén, que si

te gustan las anécdotas Belén era una prostituta de Jerusalén y

ejercía en el portal donde acudían los auxiliares romanos-. Le arrimo

confianza del recelo que parecía en principio.

-Gracias José. He estado pensando mucho en todo lo que ha ido

sucediendo desde que os conozco, y sigo muy confuso en tantas cosas.

¿Tú sabes qué necesidad tiene Dios de haber creado este teatro? ¿Lo

sabes José? -preguntaba sin distraer sus ganas de conocer.

-Tal vez todo sea tan sencillo como alegar que el mismo que iguale al

circo romano, por diversión. -Hizo retén en el descansillo para

intervenir sin reservas-. ¿Qué puedo decir? Un no te diría que no sé

nada, y el mostrar un certamen por el enigma detallo demasiadas

hipótesis... El privilegio del poder supremo, el control sobre la

humanidad, decisión a satisfacción sádica. Juega Gaudi, siempre lo ha

hecho, juega con todos nosotros en un macabro tablero real. Coloca sus

figuras tratando cruel su rol ingenioso.

¿Nunca te has figurado la representación de lo divino por

extravagancia? Lo inmaculado en blanco, y el sacerdocio en negro. La

iglesia está sostenida por los pobres, ¿no sería más lógico dar la los

recursos para paliar la hambruna? Todo sigue igual que desde el primer

recuerdo que tuviera de mi vida. Puerta de Jericó, Basílica de san

Pedro, todo es igual, las mismas mentes retorcidas.

-¿Pero se han hecho progresos, no lo crees? La gente es más libre, la

paz cada vez es mayor, la gente tiene un bienestar...

-¿Encubierto?

-...mayor civismo -le pillaba a Gaudi el paso cambiado el último

dicho.

-¿Cinismo? No Gaudi, nada ha cambiado ¿Progreso, qué progreso, de qué

progreso me hablas?

Indiferente se vaga por cajas cuadradas viendo lo que ocurre a una

esquina de tu casa, a unas horas para llegar donde esté la falta de

arroz, a la toma de sobra sabida de artillería donde reina un

dictador.

¿Progreso? En el último siglo las víctimas por guerras han superado

todos los números incontables, jamás hubo tanta muerte, tanta

desolación. Dos guerras mundiales, una cagada de un pájaro destruyendo

Hiroshima. ¡Enola gay! -dijo estas dos palabras José en

desconsideración con el habla del pueblo norteamericano, usurpado por

indios de las tribus forasteras buscadas por delitos crónicos

europeos. Sindicaron una nación desterrando sin pago por la vida a sus

natales naturales, copularon esclavitud para formarse una profesión

USAda libre-, hasta a broma de diarrea mental suena si no fuera real.

Más de 1.300 millones de personas viven sin agua potable, el 40% de la

humanidad no dispone de servicios sanitarios, 840 millones sin comida.

Cada día mueren de hambre en el mundo cien mil personas, 30 mil son

niños de menos de cinco años de edad. 50 mil de enfermedades que

pueden prevenirse. 4 millones de mujeres, mayoría niñas se venden como

esclavas al año. 27 millones de mujeres obligadas a prostituirse, la

gran puta de la vida sigue siendo igual Gaudi. Él le escuchaba

perplejo, siendo un necio impotente de poder decir algo, de poder

rescatar una cifra, una subsistencia. Que barata es la vida, más que

una llamada de socorro, más que una trago de agua, más que un chicle

pegado al culo del mundo para disimular que no existe debajo de la

mesa lo que no quedemos ver ni tocar. La mesa infla contaminada de

goma contagiada por unos y por otros, hasta dar tanto asco que se dé

por perdida, eludiéndola la confirman, y se ocultan en el carrillo del

globo que aun se mastica.

José había hecho trizas, pulverizando la piedra caliza que había

recogido del suelo. Nula su posibilidad al rescate de superhéroe, le

mataba por dentro.

-¿Y Dios tiene la culpa de ello? -Preguntó Gaudi queriendo saber que

opinaba su amigo.

-¿Dios? Dios es el proxeneta de la vida, el traficante de almas, el

vendedor de papelinas mentirosas, el narcotraficante de la droga

religiosa, el capo homicida. ¿Y culpable?

¡Es aclamado por su pueblo! Pero no es sólo él, a veces me cuesta

creer, ¡creer!, que palabra tan ridícula en mi vida, seguir confiando

en que lo que quiero tiene un merecido bien. Lo que ocurre en el mundo

está sostenido por los mismos hombres, que se destruyen unos a otros,

y yo dándome de defensor por las luchas perdidas a manos del

indefenso, y estimo, si esa persona desamparada en idénticas

circunstancias de su opresor actuaría como él, y me pesa Gaudi, pensar

eso por lo que llevo vivido.

-Hay que dar un voto de confianza, que al menos puedan elegir su

destino cada persona -era la postura que le mostraba Gaudi a como

pensaba.

-Por eso sigo, por eso creo, por el credo a la humanidad aun confío en

que llegue a ser así. Pero las palabras no son gestos, son rituales de

conformismo. Los datos que te comentaban tan fáciles de suprimir.

Hablemos del hambre, si solo se aportara un 5% de las riquezas de cada

uno no existiría el no poder comer 800 millones de personas. Y cuando

me digo que me siento decepcionado, no hablo de cientos de personas,

ni defraudado con miles de ellas, son tantas que conforman aceptando

lo que hay imberbes al sentimiento, me anulan.

-Hay gente buena en el mundo José, hay de todo. Quizás el problema es

querer que todo sea perfecto y eso jamás pueda ser. Igual que existen

manzanas maduras, existen otras con gusanos. Las personas somos

iguales, incluso piensa que sólo necesiten un empujón para ser

mejores.

-También me he explicado tantas veces "quizás estén dormidas",

amaestradas a la resignación de someterse a que otros deben actuar

antes que ellos. Y todo gira, y cabreado pido lógica, ¿Cuánta

sensibilidad se derrama viendo "La lista de Bambis" y cambiamos de

canal exasperados desmoralizando a la realidad?

-Puede qué la gente necesita esperanzas y no más carga, la vida no es

fácil para nadie.

-Hablas como Pío XII ante la negación de dar ayuda a los judíos en la

segunda guerra mundial. Pasó aquí hace años, aquí mismo. Es patética

mi actuación, ¿a que sí? -se sopesaba el inseparable enfado que le

irritaba.

Gaudi dejó que siguiera expresándose José sin decir él nada-. Me

permito la capacidad de decidir lo qué está bien y está mal, lo que

debería ser, lo qué deberían ser, lo que deberían hacer. Me tomo el

privilegio de decidir por los demás, ¿qué me separa de ser autócrata?

-No José, no es eso. Tienes la razón, muchos te la darían, pero

humildemente te digo algo que si puede ser recogido de la Biblia

aunque nos pese. Somos ovejas y necesitamos un pastor que nos guíe,

nos perdemos fácilmente y necesitamos valores. Creencia en virtudes,

estimar que tiene un significado lo que se hace abortando que sea una

inutilidad. Una persona que le conduzca los primeros veinte pasos.

-Gaudi, yo fui pastor, y me niego a pensar que tenga alguien que

llevar a los hombres por el sendero. No Gaudi, no son animales, no son

animales, son personas.

-¿Qué diferencia hay José? -Le discutía a su amigo apoyando la mano en

su hombro, confiándole su cariño.

-No lo sé, sinceramente Gaudi, no lo sé, jamás lo he podido entender,

pero un 5, sólo un 5%, tan sólo un 5% -repetía José no queriendo

aceptarlo, la frustración no se la puede permitir, al menos hoy.

La charla les lleva de zancadas por varios cuartos. La huella del

rastro son palabras de arrestos, a los minutos sugestionados en

adelante puestos a la hora de la verdad, por tiempo oportuno.

José saluda al hombre que iba posterior a ellos disimulando que

volverán por la mañana, que se va al hotel junto a su amigo del

camino, y ambos personajes abandonan la fila.

Al llegar a los urinarios del ala norte se detienen por aguante de

José y entran en ellos. En los escalones de bajada chocan con un

hombre fondoso de camiseta blanca mojada. Llevaba la divisa roja de la

escudería ravioles, y los sonrió a su pase por boxes.

Los servicios están admisibles de ver, sin encarrilar una

recomendación para un amigo. El tumulto ordenado por masiva afluencia

de gente ha desbordado las previsiones, y se pormenoriza en la

indigestión de uno de los señores roca, que no puede tragar más y

desboca línea de saturación al derroche del hombre.

José revisa que no halla nadie en los retretes. Al comprobarlo se para

en el último con las intenciones entendidas-. ¡Venga Gaudi! -Este, sin

decidirse no quiere dar un la resbalón en suelo mojado para nada. José

le señala con dos dedos al interior, puede que halla algo escondido,

piensa. José le constata aquella agudeza-. ¡Hemos de entrar por aquí!

Gaudi se acercó y no encontró la diferencia con los demás. Miró arriba

y nada reseñable. Un cuarto de espacio quedaba hueco, por si los

peros. Miró abajo y largó la vista pasajera, ¡mejor no mirar! Aguantó

a que José conociera el panorama y se lo presentara. Estando preparado

José levanto la tapa del depósito de agua, y vertió el sólido de la

comida que llevaba en las manos. Hacia fuera enganchaba las amarras de

un cordel a la bolsa de plástico, que a su manejo ataba los dos

bocadillos. Tiró de la cadena, esperó a que se llenase la cisterna y

volvió a tirar. El exceso de comida, por abuso desniveló el agua

subiéndolo del límite normal y sobrante se desvió por una cañería de

nivel superior que la distribuía por una canalización secundaría, que

jamás se podría pensar para que servía. El elemento líquido era la

llave para que un artilugio por escaso margen abriera la parte desde

el water hasta el esquinazo del fondo derecho. José empujó la baldosa

de la pared, para dentro enseñaba un paso subterráneo pendiente en la

bajada. Del agua se sacó esa conclusión.

-¡Entremos! -Afinó José con señuelo para ir adelante.

Cuando Gaudi conmoviéndose acertó las palabras, -¡Vamos allá! -empujó

a la pared para volver a tapar la hendidura por donde se colaron. Al

cerrarse, parecía que el pasadizo que inauguraban estaba agregado de

oscuridad, pero no era así, una leve claridad se despegaba desde las

lejanas honduras.

Bajaron cautelosos, la visibilidad era suficiente para no desviarse,

aunque tenue e inepta para salvaguardar sus movimientos de tropezar

con alguna piedra o lo que la imaginación pudiera hacerles creer sin

crearlo.

Llegaron hasta abajo, dejando su descenso. La terminal anticipaba a

las alcantarillas que procesaba los residuos del vaticano, nunca mejor

dicho, pero posible destacado escrito. El vino muerto navegaba fuera

del cuerpo para desembocar tras el cauce de la fiesta del concilio. El

trámite de tripas de langostinos que vomitaron hartos, en la orgía del

banquete. La desmesura es un don, el festín un señor, y el cuerno

clavado de púrpura superior riéndose de un chiste converso.

Oyen ruido, convergen en que son pisadas acercándose a donde se

encuentran ellos. El tambor de las zancadas afianza que provienen de

alguien o puede que de varios individuos a un ritmo de nueva usanza.

No se sostiene al rutinario procedimiento de comprobación de túneles

por la guardia Suiza, y pensar que fueran otras personas sin rango por

estos lares, lo declaraban descabellado. El ruido se justificaba con

gran poder de ser visto, primero en sombra, por el paso ante la luz de

una de las bombillas que abastecía al túnel. La aparición, tirado para

adelante del perfil larguirucho sobre el suelo dibujado en

desplazamiento, sombreaba con su silueta la incógnita de que podrían

haber sido descubiertos.

Eso pensaba Gaudi a la sombra, resguardado estaban ellos entre lámpara

y lámpara que se cuidaban de desenmascaran de poco en poco al

subsuelo, para no formar mala sombra. Ante ellos en carne y hueso se

encontraba a cerca de cinco metros de diferencia un guardia suizo, que

podían detallarle a mano hasta la sombra de ojos. Gaudi se inclinó por

hacerse el valiente e inventó, haciéndole sombra al inoportuno

anticipante. Con voz decidida le dijo -¡Detente, o te disparo! -

Guardaba una mano en su pantalón de algodón, componiendo el

encubrimiento de una pistola.

-¿A Sms´s? -mostraba el apuntado de cabeza hacia el bolsillo de Gaudi,

siguiendo los ojos la dirección allí.

Gaudi entendió que no podía haberlo engañado. Se Fijó en que el foco

de carga de su móvil lucía intermitentemente, y en la transparencia

del pantalón al apretarlo con la mano transpiraba

Perdida la improvisación, apretó con más fuerza el móvil para

sacárselo y dar un certero golpe a un guardia que seguramente le

pararía en la distancia que les separaba con la lanza que portaba.

José que en modo silencioso evitaba enviar cualquier vibración, su

tono sonó polifónico al tiro a tres bandas respondiendo al saldo

unísono, para apresurarse a coger el móvil antes de que Gaudi

descolgase su golpe. José pudo retener antes que su compañero

contestara sin preguntar quien era al uniformado, que retuvo la espera

a tres que Gaudi no intuía de la extraña reacción de su amigo.

José se adelantó un paso y se abrazó al robusto soldado, que

congratulado no exageraba estar del lado de él..

-¡Salutacion, no quería asustados! - les propinó cordialidad.

-¡Tranquilo! -Confirmaba José que ya poco importaba. Bien que a Gaudi

le hubiese gustado saberlo de antemano, aunque fuera a base de una

llamada a cobro revertido que salía a recogerles.

-¡Gaudi, este es Markuss! Un viejo amigo, y de quien oíste hablar que

nos ayudaría en el vaticano.

-Los amigos de José son mis amigos -le ofreció la mano el recién

desconocido.

-Yo soy muy amigo de José, ¡y más con esa lanza! -le afianzó con su

mano un saludo de tanto gusto

-Es una figura decorativa, donde esté un kalashnikov que se quiten

estas cuchillas de afeitar -la planta desenvolvía a un hombre

belicoso-. ¡Debéis seguidme, no tenemos mucho tiempo para la visita

guiada!

-Tenemos que ir a los archivos secretos, ¿cómo lo ves? -José cuidaba

los modos para así atenerse sin malentendidos.

-¡Tiene tres niveles de seguridad para pasar, no hay descuido para

llegar allí. Acabo de salir de control y en mi paseo debo confirmar

ante la puerta el que me abran desde el centro de mandos. El problema

será para salir. Mi guardia acaba en 20 minutos cuando vuelva a la

sala y deje la tarjeta de entrada. Me escurro las neuronas pero no

puedo hacer mucho después.

-¿Si dijeras que has extraviado la tarjeta de pase? -sugería José.

-¡Para nada! El acceso se acciona introduciendo una tarjeta en cada

puerta a desactivar, y otra desde control, y sólo hay 5 segundos de

separación para que se valide. Será algo más complicado, pero

confiemos en que se pueda.

-Digo yo que podríamos hacerlo a la fuerza bruta. Ir a ese centro y

apoderarnos del control -era la ocurrencia de Gaudi por ahora.

-¡Nada, eso no! -Negaba Markuss ese intento-. Para pasar hay una zona

de descompresión para dejar las armas. Ningún guardia puede pasar a

control portándolas. No se puede esconder, son detectables, y se

revisa como norma a través de cámara. Mi propósito es volver a por

vosotros a la sala de archivos secretos con la excusa de haber

olvidado algo, pero no confiéis mucho. Lo mejor es esperar a la nueva

ronda dentro de hora y veinticuatro minutos e inmovilizar al guardia

que vaya allí.

-¿Una hora y veinticuatro minutos? -se preguntaba Gaudi dudoso.

-Sí, es una validación para tener horarios cambiados cada día -

explicaba Markuss sus motivos.

-¿Pero cómo podemos salir si se necesita el paso de llave desde

control? -todo era cuestión de conocerse con seguridad en la práctica

tarea programada, definía José el perfil de lo que pensaba.

-¡Sí, os explico, pero acelerar el paso! -lo decía Markuss con gran

interés en forzar la marcha.

Para llegar a los archivos secretos hay que pasar tres puertas, las

dos anteriores son salas intermedias. Cuando yo u otro vigilante ronda

la primera puerta se detecta en el panel un pitido acústico, el

guardia hace una seña a la cámara dando el ok. En ese momento desde

control entran su tarjeta de paso, y hay 5 segundos para introducir la

tarjeta. Si no se hace hay que esperar 15 minutos, por motivos de

seguridad.

Cuando se pasa la primera sala, en la segunda puerta hay que hacer lo

mismo, y en la tercera igual. A cada nivel se dejan uno o dos minutos

en pasar de uno a otro. Las salas se miran por encima, al ser

rectangulares sin columnas no hay que ir mirando cuidadoso. Para

salir, si esperáis a otro vigilante tendréis que reducirle. Hay un

ángulo muerto desde la entrada a la última sala, que te dará José

décimas para que cierre quien vaya y te hagas con él. Cogeréis el

walkie del compañero y diréis clave 34, recordar, clave 34, significa

que necesita que acuda un vigilante para algo sin importancia. Cuando

llegue os hacéis con él, os cambiáis de ropa y salís los dos como si

fuerais ellos. ¿Entendido?

-Comprendo, ¿pero para acceder ahora contigo no nos verán las cámaras?

-Cuando salí de control dejé reproduciéndose una grabación de una

antigua ronda mía.

Por eso las prisas, aparte de que no puede variar mucho el tiempo

medio en la ronda, estamos sujetos a la cinta de vídeo. Como aparezca

yo en imagen y no estemos allí la fastidiamos! De lo demás no tenéis

que preocupados, está inutilizado al completo el sistema de detención

de presión, olfativo, y calor corporal e implícitamente la red

infrarroja vibracional. Las cámaras están congeladas pero volverán a

funcionamiento en la siguiente tanda de vigilancia, menos la de los

archivos secretos para dados el escape de salir. ¡Vamos más deprisa

por favor, tenemos cuatro minutos!

Markuss aceleró más la ya intrépida descarga de pasos. Gaudi y José le

seguía al hombre que les guiaba adelantado por la ruta nocturna del

vaticano. El delgado compañero de José se preguntaba, ¿para qué había

comprado dos entradas, cuando tenían alguien dentro que les iba a

mostrar gratis las dependencias?- ¿Tú amigo es de confianza? -Le

preguntó a José.

-¿Markuss? -Daría la vida por mí, no temas.

-¿Cómo entró en el cuerpo de seguridad de la Santa sede? -se interesó

Gaudi preguntando respecto al compañero que acababa de conocer.

-No fue muy difícil, cumplía todos los requisitos. Católico, suizo,

varón inferior de 30 años, más de 1,74 y con título de Escuela

Superior.

Dejaron sumidero repelente atrás y más de 200 segundos por pasillos y

habitaciones para llegar a la primera puerta, según comentaba Markuss

ya en plena carrera-. Alli está, ¡corred!, no nos queda tiempo. -desde

el panel contemplaron la muestra en imagen de Markus, pero no sonó el

pitido como que estaba en la inserción. Iban a llamarle por el walkie

cuando la luz resolvió a favor y zumbó un pitido por el altavoz de la

correspondencia. El vigilante que estaba al mando de la dirección

golpeó sobre la luz diciendo -seguro que es un aparato japonés,

siempre a destiempo. -aportaba como buen medidor suizo la apreciación.

Metió la tarjeta de control y sonó la puerta donde estaban Gaudi,

José, y Markuss que pasó su tarjeta de seguridad. La puerta se pudo

abrir con prescripción.

-¡Justo a tiempo! -dijo tras poder abrir. Recorrieron la primera sala

despacio, ya no había prisa y había que esperar un par de minutos. Una

vez pasada la hora cautelar se repitió la imagen, el sonido, y la

puesta en llaves de cómo fue en la primera puerta, y mismo

procedimiento ante la tercera para llegar a su objetivo. Más entrar

les acompañó a una zona próxima al lado izquierdo hacia el fondo y les

indicó. ¡No os mováis de aquí cuando entre el siguiente turno, será

cerca de 1 hora y 24 minutos, recordar! -Gaudi amaestraba al reloj

para que avisara del horario.

-¡Te agradezco enormemente lo que estás haciendo! -mostraba José

gratitud por su parte.

-¡Tonterías! ¿Quién tiene que dar las gracias más? -le devolvía

Markuss la pelota. Sin tiempo se fue hacia la puerta, y procedió a su

salida. La puesta en marcha de la hora seguía contando a cada segundo.

El archivo secreto del vaticano, los anales de la historia bajo llave.

Secretos sumarios de gestos nefastos de la iglesia para ser

abandonados, contradicciones a actuaciones autoritarias al estudio del

canon de la iglesia católica de milagros en pretextos para tener su

glorificación a cualquier acción. No importa santo oficio de trabajar

para comer, pero si el verídico muestreo de vino convertido en divino,

o saludable jamón con forma al corte del rostro de Dios, e ineptitud

de tacos a repartir en la ración de comida imprescindible para llegar

a una nueva mañana.

La sala es enorme. En dos pisos literas literales literarias franjan

en dos laterales-. Antiguo y nuevo testamento -diferencia Gaudi. Los

textos de palabras separados por escalerillas en distintos paneles

para cruzar de consonante consonancia a paseante de asonante. Librería

barata catalogada por ciencia-ficción de la Biblia en religión a

callados muertos reales nigromantes, de letra grande en plenitud del

diario de vivir. Pasatiempo destructivo del Cantar de los Cantares, de

Hechos de los Apóstoles. Epístolas de filemón, mortal de los

Sapienciales, de cómica inquieta en conspiración contra las sagradas

escrituras. Diccionario expositivo de más que vencedores del corredor

celestial viviendo la gran comisión de la santa inquisición, a

pecadores en las manos de un Dios encabronado. Hubo un borrón aposta

airado para que soplara contra las hogueras de su condena. La acción

del espíritu santo es la breve historia de excusa resumida de la

iglesia cristiana, las obras esenciales de grandes lideres de la

iglesia. Desenmascarado de la guerra espiritual, rompiendo las

maldiciones en la victoria sobre la oscuridad de los espíritus

malignos con forma de credo, predicaciones del manual de ministros de

pescadores de salmones domingueros. Tesoros en vasos vanos, embarro de

bosquejos de puntos y de pones. La sanidad dicina de una pasión santa

de un arma en busca del poder, responsable ante el Dios soberano la

cruz confrontando las postetades de la oración, de las palabras ¡A

muerte!, contra los enemigos del imperialismo de Dios. Derribando

fortaleza contra las huestes enemigas que de relato del lado bello del

mal, milagros en nombre de Satanás, del nuevo cometido de su maestro

Dios confiándole para la campaña en cultura de crear un mundo hostil.

Muerte de siembra, siembra de Dios. Aguas refrescantes para vivir sin

fruto devoto de lleno espíritu. Instrucciones prácticas de coacción,

de libertad de expresión, de santuamigos, de dar el mayor legado

dinámico, la doctrina sin preguntas de respuestas de formulario.

¡Cuidado con las falacias! Engañadores espirituales procuran atraer al

laico de Dios, manosea José entre sus manos, del confiscado fraude al

que se sometió para afirmar la armonía de los evangelios, el

comprendio manual portavoz tras firmar so pena de muerte, que fue

inducido por Belcebú, bajo amenaza de festejo medieval castillos de

fuegos artificiales, con la muchedumbre en la plaza mayor esperando el

pregón del sermón que limpie al hereje de no engañar la verdad más,

sin que lo manejen debe aceptar a Dios o ¡A muerte!

Propones homilética y supones homilia la instrucción de versículos

desalmados, en salmos desvirtuados. Diccionario enjaular de los

tiempos bíblicos. ¡Miserables Testigos! ¡Aceptar a Dios¡ ¡Y a muerte!

¿Simplemente estúpido o narcotizado de secta? Las buenas nuevas

inconversas solamente por gracia de Dios que dejó completa provisión

al hombre de la salvación, con una ración de suelo y una cuota con

premio al vencimiento de cielo de tasas elevadas, interés inmejorable

del que trae de serie imaginable, estofado canino.

¿Cuál es la diferencia entre la gloria del cielo que espera hogar

celestial, y la condenación a la demora por tierra firme de misioneros

sin misiones? Predicadores en mansiones, propagadores de bendiciones,

evangelizadores asaltantes de tu porción del estafado camino.

Una pasión santa, teología básica de los dóndes sin los dones del

espíritu santo y la deidad de Dios. El esbozo histórico de las grandes

controversias cristológicas, el adversario contra el mudo mundo, la

insuficiente carna y Luzbel en las tinieblas de papel del mudo diablo

alado, cortada la lengua por el jefe aliado para que no consiga

pronunciar verdad que desmentir. El discípulo amado del ministerio

apesta eólico abandonado sobre las alas al viento. El tabernáculo del

burdel, de la taberna de profetas enunciando borderías. Canalladas

fueron escritas por creer, por premio al azar, por consideración

mandataria divina venciendo en tierra de gigantes al huracán de la

fragmentación grupal. Confiando aunque la vida duela en tiempo de

adversidad, hechos reales de autores compartiendo la soberanía de

Dios, la bibliagrafia tras el reconocimiento de santo terco, su

entenderle en sus momentos malignos, con estimación de apego. ¡Eh, soy

Dios! Título de adoración, y escritor cambiado a timonel de galenas,

moviendo a reos devoradores de chicha ¡Punto, punto, coma! Frases

rítmicas ¡Punto, punto, no comas! Frases descritas, apreciadas al

involuntario altruismo de remar donde la embarcación real está echada

a dos manos, para utillaje en navíos de paz de vela blanca, con remos

en filo para cambiar la enseña por oficio a pirata, navío de batalla

para apoderarse de nueva testa, no miento. Mollera de enseña, sesera a

media asta en señal de cráneo bruto, como colofón de condecoraciones

de dos huesos blanquecinos. Darse cuenta ¡Bandera Pirata! De hambre

oculta, que patraña decía "como distinguir entre los distintos

apetitos y cómo satisfacer los más ocultos que son los del espíritu",

sin duda coartada notas de la libreta de un pavo con halcón de buche

que comensal a pollos jóvenes sin cabeza.

Cubo evangélico desenmascarado, el plan maestro de la evangelización

de la inhumanidad de Dios, él escogió los clavos y los cabritos

cánones cabrones. Hermenéutica lumbrera en su camino explorando el

génesis, la magnificencia del templo de personajes de glamour de la

Biblia hills enseñando a los niños valores inmorales, difamo alrededor

de la mesa por no obedecer antes de decir si, reflexión por querella

del gozo del infiel comprometido, Cristocéntrico, carabina del

conflicto creador, todopoderoso consolador estimulante conforta el

cuerpo y el alma del intranquilo, bajo la perspectiva de lo que el

hombre proteo desea de la mujer.

"Si el esclavo tiene esposa (que fue dada por el patrón), luego de

seis años el esclavo quedará libre pero la esposa y los hijos que haya

tenido con ella serán del patrón" (Éx. 21.4).

"Si un hombre vende a su hija como esclava, ésta no podrá recuperar su

libertad como la recuperan los esclavos varones" (Éx. 21.7).

"Si dos hombres pelearan entre sí y la mujer de uno de ellos se

acercara para librar a su esposo de los golpes del otro, alargara la

mano y agarrara a éste por los testículos, sin piedad harás cortar la

mano de la mujer" (Deuteronomio 25.11). Presentes de la forma no

popularizada en los mandamientos a escondidas como los pensamientos de

aquellos machos machotes de palizas a perras, a patadas a puercas, a

viciada femenina del pollo vaciada de sus sesos. Valientes cobardes,

religiosos inmorales, hombres mujeriegos instruidos anormales, amorfos

de prohibidos abortos de padre confesores, y tras el desvío cura al

cantar del gallo. Para que el amor no se apague, comparte la batalla

de cada hombre joven de cinco discípulos contra uno se convierte en

uno contra todas, para mediar en guerrillas de posesión de misionero,

en uno a solas contra princesas premiadas de furcias. Destapa el

frasco de las esencias y entrega su néctar vertido en la boca, ya

sabes cual le gusta más. Su contenido del equilibrio, del trabajo

carcelario a la soltura de las muñecas sumisas por esposas.

No todos, intento que dijo después de reescribir escena de ponerse de

pie, en el papel parece mejor, si tienes fe en cada oración. Con

intención hizo de esquivo al tentador, sabiendo que no era amor de

verde hierba se revolcó, su falda inmaculada blanca pura se manchó.

Apretarse el botón sin decir ni a Dios, agachar la cabeza y la boca

cerrar, todo el daño hace efecto inmediato, casparina de ácido hacia

ti salídico.

El placer traspasado dura un segundo tal vez, para dejar a cambio el

dolor que no destempla de estación. Jamás ya corrió, pues las vías

atentadas impedían el paso del tranvía, y allí sola quedó en manos de

Dios. A miradas la cabeza aparta, cien pasos alejadas de la calle de

buongiorno bambina. Bebiendo llora, y de espaldas calla. Nadie

alrededor le roba la mirada de unas gracias en desgracias de todas por

nada.

Temarios distintos de polígrafos del convencimiento de la creencia de

las ordenes. ¿Cómo enriquecer su vida sin dinero? Responda al ideario

folleto novelista de su esperanza. Héroes de la fe, corramos con los

gigantes, acreciente el fallo que hay en usted. Cómo desarrollar la

perversión, el balón sin inflar, la afluencia de humo y la

provocación. ¿Provocador? Disputero del Dios que está en tejado, a

patada que reviente cuando baje le devuelva al cielo. El diácono

inferior del nuevo travestido, es la guía del erudito. El lado

positivo del fracaso es el poder de aliarse con la iglesia, éxito

diario del liderazgo extremo. Seamos personas sin vergüenza. Visión

400, misión de cómo crear grupos de células integristas en la iglesia

con pastores y laicos, top secret, precintado por sello de la Cámara

Apostólica. ¿Cómo llegar a ser una mujer de ovación? Experimenta el

gozo que viene de vivir a la manera que agrada al Tribunal Supremo, al

fruto del jardín oscuro da las gracias y ama al restriego de Dios con

todo tu cuerpo, al abrigo del calientísimo explora las profundidades

de los bolsillos del omnipotente impotente, y búscale el propósito

apasionado. "¿Dónde estás? ¡Te amo! La lamo ¡Fláccido! Me engañaste

tras la puerta mi carácter de mujer virtuosa". El poder de la esposa

que llora, elástico fresco para madres estiradas enfrentándose a la

realidad junto al ministerio que un católico no es egoísta, comparte

en el monasterio con todo el ministerio la dicha de ser mujer, esclava

de casa adornada. Las mentiras que las mujeres creen no serán las

mías, para comenzar la verdad derrama tu recelo por tu ego en celo.

Mujeres llenas de desgracia, ¿Cómo llegar a ser la mujer de excelencia

que Dios diseño? Facilitándole ser una ramera de robot, dos palabras

en su voz ¡Sí señor!

Cada duda de himnos y cánticos. Tela dura, tapa el descrédito de

letras vendidas por robos a bobos. Una torta así de grande dame madre

por palabrear, sólo soy un corderito tullido, los secretos de la mala

uva de David en la vid dejados atrás de cosecha de almas, el remanente

comando asesina las flores del amor y marca Armagedon, el remanente

poseído del sacrilegio. Los ángeles guardaron silencio engañadores.

José, el libro, nos muestra el corazón y la mente de un hombre formado

en el crisol del rechazo, de la soledad, de la privación y de las

falsas acusaciones. José, el verdadero, abre la palma de su mano y la

aprieta sobre el tomo cargado de rabia, inmortalizando corruptos

actores Hollywoodenses. No es el teatro chino sino el "Memorial

Vaticano". José deposita en su estante la divulgación, insatisfecho de

la lectura. Prólogo, menospreciándola se vuelve de espalda.

Gaudi en atracción fue hacía el libro, lo sacó y no notó nada extraño

en apariencia, pero lo ponderaba eso sí, ligero. Lo abrió y encontró

las paginas troqueladas por la marca estampada de la palma de mano de

José, que había dejado hueco completo todo su interior. Enmarcaba su

acuñe en vacío el contorno de las hojas que hacían de cuadro al

emborrado del libro. "Escribir poesías no es fácil porque es necesario

comunicar con cristianas palabras lo que siente el corazón", sin

embalaje que honra a su Dios, ¡Qué sublime idiotez!

Sin corazón, muerto escribe poesías un Mesías.

Decía algo así, como que si venias el órgano apocado reviviría

y si le traes quinina, lo mantendrías.

Pero amputaron, por su enfermera no llegar,

dejó plaza libre lista para algún pájaro con alpiste,

Que canta boyante, por ser lo más importante.

Poeta inconsciente ya no entiende nada su mente.

Trovador en preparatoria de sueño, sopor profundo componiendo

Rapsoda de letargo, recitador en estado de reposo de versos inactivos

y en la nulidad religiosa catatónica atractivos. Colapso de juglara,

decaimiento brusco del agudo cante grave paralización malabar,

insuficiencia respiratoria para contar el cantar. En coma la

sensibilidad poética, no existe corazón, nubla cielo y huye de la

tormenta hacia el calor, al de las palabras que suturan las heridas de

Dios sin rendición. Faltar con agravios, criticar injuriando, queda

cuerda para rato.

Teatro de títeres. El arrepentimiento de la iglesia al rapto de

señales de su venida del príncipe que hubo de venir. Iglesia y secta,

bajo la seducción de la cristiandad. La clonación humana patentada por

el jerarca. A pesar de todo Dios sigue siendo un desconocido, tantos

documentos, anotaciones, manifiestos, apuntes de misivas de mensajes

¿La respuesta de la iglesia? ¡Titulares de arrebato imperativo!

Ligero de equipaje con actitud de vencedor, ya está dispuesto a ser

nuestra nada. Avergonzados del evangelio rebeldes protestantes,

escupen al rostro de Dios. Camino al calvario, al morir walkirias te

llevarán al paraíso de Valhalla creciendo a través del conflicto

cuando un enemigo ataca, el desafío de servir, el ayuno escogido por

Dios, el beso del cielo, el dador de sueños. El trueno apacible del

poder de la cruz en el resto de tu vida al sacrificio de punto cruz y

raya, del valle de los huesos secos en busca de paz en el ojo de la

tormenta. "Espíritu santo tengo hambre de ti", ética cristiana, fe mas

allá de la razón. Iglecrecimiento imbecilidad integral, la fuente de

aspirada fortaleza con enfoque en el reino de la Iglesia. El campo de

batalla más allá a la cumbre de la mente con pasos dentro de las

aguas.

Por si lo querías saber promesas eternas para ti, promesas

inspiradoras de que Dios Satanás no es mito, date seguridad eterna

señor "¿en qué puedo servirte?" Sin santidad nadie le verá sobre el

yunque controlado temperamentos transformados, que todavía remueven

piedras de un amor que puedes compartir a fuego santo, de una fe

sencilla con una vida con pleno propósito venciendo al adversario.

¿Tiempo del fin, o fin del tiempo? A su Decisión José cerrando

vademécum-... ¡Tiempo de resolver!

Habían repasado el tema durante 40 minutos, y no sabían explicar la

respuesta a la cuestión que se planteó.

Gaudi asciende la mirada al techo de la biblioteca, la tapa del

sarcófago de libros retiene su atención. Va caminando cerrando los

ojos a dispar, y dobla replegando los dos tras los párpados. Inquieto

señala sobre la lámpara central de la fila india que forman todas

halógenas, menos esta que tiene forma de cruz de aluminio inclinada

180 grados. Gaudi se dirige al centro de la sala, justo debajo de la

contradictoria lámpara. José se ha acercado también viendo como Gaudi

se inclina sobre el suelo. La baldosa forma una imagen del vaticano

con el número romano MCMXXIX, sin aportar nada más sensato que

evaluar. Gaudi reputó de nuevo arriba a la lámpara, y siguió cambiando

la vista abajo pensando.

José no entendía muy bien lo que estaba maquinando su amigo, y dejó

que hiciese libre su pensamiento antes de preguntar-. 1.929 fue el año

de la creación del estado de la ciudad del vaticano, gracias al pacto

de letrán -arrojaba sus primeras interpretaciones el estudioso

ilustrado.

-¿Sí, y? Preguntaba José para intentar en la respuesta razonar lo que

Gaudi quería dar a entender.

-Ese año también hubo un eclipse solar, que confirmó las teorías de

Albert Einstein. "Los fotones es pura energía que se mueve a la

velocidad de la luz". Einstein sugirió en 1911 que un fotón con una

energía específica, determinada por su frecuencia o longitud de onda,

posee una masa equivalente. Esto vino determinado por la famosa

ecuación de Einstein, E = mc2, que indica que la masa y la energía son

equivalentes. Por tanto, como las partículas materiales, los fotones

se ven afectados por la atracción gravitatoria de los grandes cuerpos,

lo que hace que se modifique su trayectoria. Una consecuencia de este

concepto es que los rayos de luz que pasan cerca del Sol cambian su

trayectoria debido a su campo gravitatorio. Así, las estrellas, fijas

aparentemente en una parte del cielo, cerca del Sol aparecen en

posiciones diferentes a las que realmente ocupan. Sin embargo, eso no

se puede comprobar normalmente, ya que el Sol impide observar las

estrellas que están cerca de él en el cielo. Por tanto, solamente se

podrá comprobar este fenómeno durante los eclipses de Sol, ya que es

entonces cuando las estrellas que están cerca del Sol se hacen

visibles.

Al principio, Einstein pensó que la solución de Fridman no era

realista. Pero en 1929, el astrónomo estadounidense Edwin Hubble

anunció un descubrimiento que habría de revolucionar todas las

concepciones sobre el Universo. Hubble descubrió que las galaxias se

alejan unas de otras, con una velocidad proporcional a su separación,

¡tal cómo lo había predicho Fridman! Si miramos las luces de la sala

parecen usar la misma densidad que las estrellas.

José intentaba seguir el caso práctico para acertar en el ejemplo que

le mostraba Gaudi, que añadió-. ¿Cuántas luces hay? ¡Diez! ¿Cuántos

planetas básicos a la vista tiene la vía láctea? ¡Diez! ¡Y allí

tenemos al sol! -Exclamó emocionado. Todo el techo era una plataforma

que arrojaba rayos alumbrando la habitación, más las lámparas que la

acompañaban no permitía verlo, por el espejo que creaba-. ¡El centro

es la tierra!, ya que siempre ha sido la creencia de la iglesia, Dios

y tierra, el centro del universo -era el pronóstico de Gaudi.

-¿Estás seguro? -preguntó José de tal liosa lección de medios enteros.

-Sólo es teoría -lo dijo tan sencillo y claro, que José lo entendió

dejándolo en adecuado.

-Entonces según esa solución, para poder ver las estrellas correctas -

Debe haber un eclipse total-, Abrevió para dar la respuesta Gaudi

décimas antes de que José confirmara la propuesta -. debe apagarse la

luz.

José alzó su mano, de la estantería que adosaba contra la pared cerca

de ellos se desprendieron un par de decenas de libros, buscando

auxiliarse de su sitio concedido eclosionaron al aire lejos de la

madriguera. José atrapó uno al vuelo robándole una página, le pegó

mitad del chicle que masticaba, y la lanzó al techo donde quedó

colgando pegada. Las demás hojas de los libros hicieron ídem y se

arrojaron cortándose las franjas al ir enloquecidas hacia luz

tapándola, mientras las portadas caían delicadamente a los pies de

ellos sin causar al oído levantamiento. En el ascenso, se cubrió todo

el campo del techo de retoñas hojas, cesando la fuente de luz que

emitía.

José rompió de la chaqueta de Gaudi un botón triangular, lo tiró con

efecto hacia el cable de la plataforma que lo torció con agresión,

rompiéndolo lo desunió. Dejando desnuda la comunicación de

electricidad hacia el planisferio, provocando que cesara la luz y

quedando sólo las de la hilera de lámparas, que indistintas expedían

unidades de ondas rojas prolongadas al suelo menos una que la mandaba

perpendicular, para detenerse en minúsculo color fuerte contra la

estantería. José y Gaudi subieron de nivel para ir hacia donde el haz

del foco acabó exportado.

Fueron molestados por la entrada del sonido que escuchaban de un abrir

de puertas. Alguien había entrado en la cámara anterior, y era

cuestión de medio minuto que llegaran a la sala del archivo secreto,

si era el propósito. No se era capaz de meditar que se quedarán allí

la persona o las personas que portaban el aviso de llegada, ni ir

fondo del ángulo muerto

Fuera de sitio, zapatos irrumpen golpeando contra el suelo la tabla

sujeta a la calma. La puerta metálica, tanto en la hoja como en el

marco recubierta artesanalmente con duelas de madera antigua, avanza

su apertura tras el desbloqueo de la cerradura de alta seguridad.

Sujetando el bombín acorazado llegan dos guardias suizos. Desde la

puerta el que precede, las pisadas detiene.

José y Gaudi acurrucados encima de la entrada de la puerta, en la

cavidad de apenas un madero de ladrillos hacen pie sujetos a la pared,

evitando ser vistos se retiene la tirantez del oprimido listón a punto

de resquebrajarse y expeler astillas del tronco en su caída.

Si dieran un paso más los guardias les descubrirían. El lugar

tranquilo esconde lo ocurrido hace instantes allí. Las hojas que

empapelaban el techo habían vuelto a sus libros y de enlace a la

estantería de origen. José se percató que una hoja, la que había

adosado el chicle, seguía en el techo apurando desprenderse tras la

orden del retorno. La que adjuntaba la goma de mascar quedó en tierra

de nadie, y no salió precitadamente a no encontrar camino fiable. El

libro del que había salido descompensado se colocó al revés, con el

lomo hacia adentro del mueble esperando las últimas palabras. Gaudi

reflexionaba irónico de que fueran punto y final por ello. La fuerza

del libro tras anunciar José la retirada aclamaba su llamada con toque

de zafarrancho de descanso.



José no quiso actuar hacia ningún lado. Se confiaba presenciando como

el libro se agitaba en su estrechez, con los demás del estante

haciéndole la lectura imposible, la diana causaba conferencia no

aceptada. La cubierta del tomo usando la misma línea de espacio que

sus vecinos libros, y la solapa que esgrimía tonos cortos, ligeros

incesantes de sonido apocado en su ridiculez de terreno para soltar

fuertes castañuelas de abrir y cerrar como desease, pero la hoja no se

daba por perdida, se desunía desnudándose de su entorno y quería

regresar a la tierra. Navegaba desligándose de su atadura y cedía ante

la presión con don, con donoso en su donaire que apretaba la goma, que

ya no intentaba extender las medidas preservativas haciendo caso omiso

a José parecía estar del lado vaticano. En su rectitud cedió,

rebotando severa como era inconfesable contra el íntegro techo caía

traviesa.

-¡Espera, ya lo he encontrado!, ¡estaba aquí! -Era la voz de Markuss

que a su queja de regresar para recoger un descuido le obligaron a

cambiar hora, y llevarse a otro vigilante. No pudo hasta ese momento

en que el otro guardia le secundaba sin saberlo, poniéndose delante de

la cámara pudo tirar el guante blanco que venía buscando, antes de que

entraran en el archivo secreto. Markuss presenció una hoja como

excitada caía insinuándose. Su compañero sujetaba el pomo a espalda de

la gravedad del papel que se estaba manejando, y cerró la puerta sin

admitirlo a tramite de cacheo. Tras el gatillazo de la pareja, el

coito interruptus aplomaba.

La hoja desvirgaba por los aires cayendo sin discreción, manchada de

rojo olía a fresa que de la goma quedó su alocada presencia. Caía y se

detuvo en las manos de José cuando los guardias ya habían dado pasos

atrás, no queriendo ver la desvergüenza que ruborizaba en líneas la

página de su realización.

Volvieron a donde estaban en el preámbulo. Libros vaciados con hojas

colocadas en pósters de plataforma, las luces bajadas, el haz rojo

cautivando escena, y José y Gaudi entregados.

Pegaba la costura del fulgor rojo en un tomo a grosso modo estrecho.

Gaudi lo sacó, vio y enseñó a José que no era el libro que buscaban de

Ptolomeo, lo que al principio les desilusionó, pero a la vez resultaba

interesados en saber que trama reflejaba el mismo y que luz podía dar

a este arsenal de ignorantes de luminosidad.

Era un fascículo más que un libro, y ponía en texto grande "MCMXXIX

Ciudad Del Vaticano", el anverso venía despoblado. Lo abrieron

esperando encontrar alguna clave y sólo hallaron una página con una

fotografía del plano del vaticano, que era sin duda el acuerdo que

habían llegado para la demarcación de la ciudad del vaticano por el

pacto de Letrán.

-¡Aquí no hay nada José! ¡Esto es un fraude! -Dijo desconcertado

Gaudi.

-¡No lo creo Gaudi! Esto es semejante a cuando querían matarte, no

sabias que fuera por ello, y ahora igual, esto -señalaba la onda que

generaba la lámpara hacia donde estaba el libro-, lo demuestra.

-¡Si si, no pongo en duda eso!, pero...

-¿Pero quizás hubiera antes otro libro que ahora no esté? Se

preguntaba José, casi dándole la razón a Gaudi.

-¡Eso es José! ¡Estaba donde no ahora está! -El enredo hacia añicos el

pensamiento de cómo tratarse la postura.

-¡Qué idiota somos José! -Gaudi se dio y regaló un espoletazo.

-¡Gracias por la parte que me toca! Le aceptaba José.

-¡No, no! ¡Si lo somos! ¡Mira José! Los templos del vaticano a vista

de ave son iguales que la cuchara de la constelación de la osa mayor

donde se encuentra Mizar, la estrella doble, la estrella Z.Y es ahí

donde falta el edificio que aquí señala,.

-¿Y cual es? -le pregunta José.

Gaudi impulsa su andar al plano del vaticano que adormece actual en la

pared, y a vista de pájaro muestra la foto a José. -¡No tiene más

sentido! -Decía-. ¡Mira, y traza la recta de los edificios! ¡Son los

jardines, y siguiendo la verticalidad es donde estamos nosotros! ¡Esto

es infarto demoniaco!

-Hay algo que se nos pasa por alto -prestaba José encauzarlo

convencido.

-Hay amplias perspectivas, está la fecha MCMXXIX, la cuchara de la

constelación de la osa mayor, la estrella zeta, el...

-¿Qué peculiaridad tiene esa estrella? -Preguntó José.

-Zeta es la nomenclatura de Mizar la segunda estrella de la cuchara.

Es una estrella doble, su compañera es Mizar 2 que sólo puede verse a

través de un telescopio.

-¿Y no te suena a casual eso de que sólo se pueda ver a través de un

acertijo?

-Si, ¿pero desde donde mirar? Aparte no tenemos lentes, precisaba

Gaudi angustiado.

-No creo que sea todo tan literal. A ver, 1929 ¿no puede ser una

posición, una coordenada?

-Podrían ser tantas cosas, de combinaciones no...

-Creo que ya lo tengo. -José detuvo el negativo contar de palabras a

Gaudi, que le prestó toda la atención.

José sin conciliar el posible dilema satisfecho, se afinaba entre sus

bolsillos buscando algo-. ¿Te queda alguna moneda?

Gaudi se sacó dos euros de su pantalón y se lo ofreció a José, -¿Para

qué la quieres?

-Para comprarte una estrella -le sonrío en su nula explicación.

José sacó la otra mitad del chicle que aun masticaba, y echó a suerte

la moneda arriba. Tendía el valor del cambio en su propio mecanismo de

rotación a dar vueltas sobre sí misma. Tan deprisa y voraz era que

atravesó la pantalla que formaba el espejo de la pared haciendo un

corte perfecto en la operación idéntico a la composición de la moneda,

que bajaba al suelo suelto en metálico y en efectivo la pieza

devuelta. La moneda se situó sobre la cortadura que hizo en su volver

tras el rebote del techo, y unía sus bordes con los de la incisión

soldándose con el chicle. Antes, ante el brutal impacto soltó un

meteorito de papel, igual tamaño, igual forma que moneda daba la cara

a estrella metálica, pero cayó hacia lo alto. Era la primera vez que

Gaudi veía llover hacia arriba.

José le encendió de su mente en pausa-. Aquí tienes tu estrella doble.

Gaudi loco de adivinar esperaba conocer cual era el propósito de este

acto de empeño. José inclinó el recorte del espejo redondo colocándolo

al borde de la librería. Esto sorprendió a Gaudi, que lo desplazó al

detalle que prensaba sin cavilar sobre la base del estante por dentro

justo donde pegaba el rayo, pero al ponerlo a su modo el espejo

enviaba el rayo que provenía de arriba a un lugar remoto, en ocasión

perdida.

-¡No Gaudi, nos seas impaciente! El hombre retiró sus zarpas, al ser

recriminado por José y saber que no era lo que se proponía en idea.

Volvió a levantar José la moneda colocándola de nuevo frente al borde.

Si no corregía el cuerpo dejándolo de lleno junto al anaquel no

llegaba al rayo, se quedaba corto, así que en perfecto ubique tocando

desde fuera del estante ligeramente con la parte baja del espejo,

llegó correcto el rayo para ajustarse a la lente metálica, reflejando

la luz espectroscópica hacia otro parte de la sala.

-¡Sujeta aquí Gaudi! ¡Procura no mover el espejo! -le pidió José ayuda

en su colaboración.

Gaudi Sujetó, y José fue hacia donde apuntaba el cruce de luz. La

estría roja iluminaba hacia un estante, puntual al lado derecho. No

cuadraba llegando en concreto a ningún libro, en zona desahuciada

paraba. Parecía un contratiempo, uno más para ellos y quizás la

ruptura de tanto miramiento de descifrar cuando pudieron estar

equivocados, o al menos en esta última jugada de José. Él, observó que

en el estante había seis libros, pero por la magnitud que dejaba en su

apalancamiento podía y faltaba uno más para cuadrar. Los demás

estantes tenían esta notabilidad, libros ordenados sin apenas huecos.

En ninguno de los que había visto y ahora echaba otra vista

comprobándolo lo tenían. Sacó todos los que enfilaban en la garita del

estante a la izquierda de la luz que pegaba al lado, dejándolos sobre

el suelo-. ¡Gaudi, dirija la luz hacia el interior del cajón! -

Advertido por José, Gaudi le complació con imperfecciones mareando el

rayo en la apariencia de mostrar el juego de la lente reflejando

tratarse de rayos de sol. Cuando pudo aguantar el pulso, la estantería

despejada se cubría de presencia luminiscente. José entonces pudo

echar la mirada al interior bajando su cuerpo para colocarse a la

altura del estante, y descubrió una forma acuñada en el dorso del

cajón. Parecía un escudo del vaticano, y es que la luz no era completa

para tratarlo de certificar. Lo que sí se daba por bueno era un

agujero pequeño, minúsculo, en el centro del emblema. José rebuscó

entre sus bolsillos, no más monedas porque ya tenía lo que necesitaba,

y lo que buscaba y encontró era un bolígrafo. Lo introdujo para

presionar sobre el orificio pero no servía, este era más canijo.

Decidió que había que sacarle punta, entonces retiró el recambio de la

tinta e intentó en segundas conseguir que encajara. El tamaño ahora si

era aceptado, y empujó ejerciendo la presión suficiente que hizo

descubrir un botón de anclaje en boca del ojal del hueco encontrado.

Sonó a destensor y el lado derecho interior del estante se abrió,

dejando de libre extracción de datos a la vista un libro, tan secreto

como empolvado de festividad. El libro había permanecido encubierto

detrás de la estantería, ajustado en el punto donde el rayo les indicó

previamente la localización.

-¿Es él libro? ¿Es el que buscamos? -Le pedía Gaudi saberlo, lo

necesitaba colocado al remate alternativo de la sala.

-¡Compruébalo! - José hizo ademán de tirárselo. Gaudi le respondió-

¡Nooooo! -el grito escandalizó al templo, tanto que se ruborizó. Fue

deprisa, sin pararse, irritado de voz para aceptar gustoso el libro

que le mostraba José, y lo contagió de detritus rebuscando entre las

páginas dando garantía que efectivamente era el tomo que habían estado

intentar localizar.

-¡Sí José, es él! ¡No me lo puedo creer! -Dijo entusiasmado- ¿Crees

que habrán oído mi grito? -Dijo arrepentido.

-¡Sí! -Contestó José con aplomo.

Nula era ya la advertencia de José, porque la alarma ajetreada de

confluencia arrimaba cercana. En la antecámara al archivo secreto,

veinte guardias suizos llegaban con metralletas y pistolas de asalto

haciéndoles de parapeto para cuando saieran los intrusos. No existe

ninguna estrategia nueva, deben seguir el protocolo jurado, matar el

cuerpo y después preguntar para salvar el alma.

La sala anterior es una cámara espaciosa, destinada a la función de

ser un obstáculo más para llegar al archivo secreto si se obvia y no

relega el enorme valor monetario de los lienzos, simples retratos

adueñados para consumo irracional, del pillaje por angelitos con

tenedores de punta láser.

Piezas de la colección circense de la pasarela romana, titiriteros

llamativos de ejercicios de gladiador, de espectáculos elevados de

agilidad, de piruetas cambiadas por las existentes metralletas, y

acrobacias de moda medieval primaveral. Payasos multicolor, oriundos

de alguna cantonada. Mercenarios sedentarios por mil euros mensuales,

y cada reducción de gasto militar será empleado en salvar miles de

vida en equivalencia. Hoy habrá recorte de personal, reducción de

presupuesto militar. ¡Hoy se hará colecta!

La puerta de la cámara secreta se abre. A los soldados elite del

vaticano no les tiembla el pulso, conjugados al desconocimiento del

miedo, conciliados esperando en la puerta...

¡Crédulos! Los fantasmas vuelven del "Sacco di Roma", en nuestros días

en el saqueo del vaticano hallarán la recompensa de la muerte

sirviendo. ¡Su cruz ha llegado mártires!

Estampida de libros salen volteadores, como mariposas al viento

arremolinadas provienen del interior secreto para mudar, formando

oleadas en vuelo horizontal se lanzaban tomos directos el volumen de

su significado ¡Armada invencible, nada los podía detener!

Bombardeaban en picado, comisionaban contra los enemigos, les abatían

y formaban cimas sobre sus perdedores cuerpos. El ulular de los

disparos de los contrariados guardias topaban en los libros que

detenían las balas acogiéndolas en sus senos.

Reducidos a nada, de lleno han pasado cuerpo trasero a tierra. Con la

batalla acabada en el primer asalto salió José, y tras él Gaudi detrás

presenciando la lona del panorama escuchado tras páginas escritas.

Centenares de libros sepultaban a los guardias, algunos heridos y

otros muertos bajo el manto de textos.

Gaudi empezaba a maniobrar, para arrastrarse en las colinas y laderas

que se habían formado para llegar a la primera de las tres salas, pero

José le retuvo- ¡Espera, déjame que abra el paso!

Gaudi se quedó quieto esperando que José encabezada la expedición de

vuelta, pero José no se movía. Elevó los brazos subiéndolos en

vertical despidiendo la original fuerza de su ser, imantando de

energía la sala. Era imposible el desplazar a aquellos hombres

enterrados vivos, su poder no era tal. El no podía mover ni desplazar

a seres vivos, las habilidades de las que disponía le limitaban, pero

si podía empujar objetos y en eso consistía su concentración. Luchando

interiormente regaba el ambiente, los libros iniciaron un temblequeo

de moverse desplazándose. Lento y rigurosa parecía empresa difícil

mover el volumen de no sólo los libros, sino al freno de las personas

tapadas que sumidas ejercían su descanso sin poder reaccionar

atrapadas en el soterramiento. Bastión fortificado de superación por

José que parecía insatisfecho de sus límites, conseguía con todo amor

propio el empuje de los libros abriendo una hendidura central, los

distribuía a izquierda y derecha formando un gran surco.

Gallardo, consiguió mover toda la masa amontonada dejándola agrupada

en dos grupos colaterales. José inició el paso, y Gaudi le siguió sin

dilación- Vamos Moisés, yo te sigo- confirmó Gaudi diciendo lo que tal

escena le parecía.

-Aun quedan 80 prosélitos -contaba José números reales a la cartilla

de catequesis. La Guardia Suiza estaba compuesta por cien soldados,

cuatro oficiales, 23 mandos intermedios, 2 tamborileros, un capellán y

70 alabarderos, que eran los portadores de la alabarda, la arma

tradicional de madera con punta de lanza que se escuda como arma

ceremonial.

Gaudi y José no se detienen en cuentos de catetos catequistas y pasan

lanzados desde la última de las tres salas al pasillo de entrada. Un

contrincante que viene en su contra se lanza con la lanza intentado

penetrarles. De susto la para José tirando de un brazo sin que puede

moverla el soldado, a la vez que con los nudillos apretados ejerce un

puño en su cara, que partiéndole la nariz cae. Golpea palma en mano

contra la barra de madera de la lanza, partiéndola, viendo venir a

otro lacayo que le apunta carne de cañón, se la tira salvaje

barriéndole del medio.

Agarra el arma retenida por el oriundo cantonés helvético al paso.

Caminan ligero casi a trote ellos dos, discrepando con los

combatientes que llegan a galope. Las balas se esparcen de un costado

a otra ala, los guardias vaticanos que se presentan a la llamada del

deber van cayendo ante semejantes por un enemigo ardor sin armadura,

sin alarde, con su cuerpo como sortilegio brama asignando intrépidos

ritmos de golpes, y balas agitadas a chupadores de credo, como

monstruos en la noche son combatidos con todo el bien que le ha sido

designado para tal propósito.

El cazador está dentro de la cueva de las alimañas. El portador de la

profecía de la liberación se ha infiltrado en el campamento base de la

reina madre. La predicción la creó él, la jura de la toma de la ciudad

prohibida la prometio él, y juró a muerte por Dios que le mataría. Hoy

acabará con sabandijas que le cubren su palacete, renacuajos

saltarines en la charca más suntuosa. Racionar en el temple de su

auspicio equivale a asignar a cada soldado una única muerte sin

ensañamiento, sin exasperar el dolor en él, deliberadamente enmienda

la duración del tiempo que se les acaba a los fieles mercenarios de

mil euros de crédito en su convencimiento, eliminados como lo que

fueron, fe de erratas. ¡Exterminados!, en el fuero de sus cuerpos,

competentes privilegiadas ratas mordiendo del queso suizo, del alijo

del tráfico ilegal de corrupción, del transito de influencias al

movimiento lícito del género de mercancías. Lechones cuajados,

apostillan en el archivo público de José su inspección espontánea de

final previsible, fecha de caducidad ¡Hoy!

A cada metro de terreno aparecen nuevos guardias suizos dispuestos a

detener a los entrometidos sin derecho beatíficador, sin éxito en sus

más que codiciados deseos. La ofrenda floral de José no está ligada a

las creencias populares, burladas por los aterradores profesadores de

la fe, fervorosos acuden a la llamada de la iglesia, a la ceremonia

del sacrificio ofreciendo su cuerpo y sangre, fiel entregados a las

precisas palabras. Dádiva floral de José, que no regala flores sino

dona a la vida ¡muerte!, que acumula interesado el dinero no embolsado

de donativos caprichosos de respeto, para dirigirlos al lecho de los

que no tienen para mamar pecho, para las que se los arrancaron, y a

los que no se les parte por decir, ¡Ayuda! ¡Me muero por no comer,

envíame el fruto del grano! -de culo van.

A José se le acaba la munición de la metralleta y la arroja en marcha

a la cabeza de un reventado tras el vestigio, enemigo. Un contingente

de unos diez soldados se echan sobre él, con la intención y única de

santificarlo, para laicos entiendan que santificándolo será

dedicárselo a Dios. ¿Algo que objetar? ¡No creo que no! ¡José arremete

bárbaro!, y lucha ante preparados hombres de gimnasio con palmos de

metros combatidos en tatami, igual casi que José, pero él conoció y

luchó sobre antiguas colchonetas hechas de pajas en el campo abierto,

sin agua, sin viento, sin dudar bregaba allá en la divisoria del nuevo

horizonte, del nuevo testamento, y durante muchos siglos más durante y

después que relatar.

Era poco menos que julio, camino de insurrección, en injurias alzadas

se escuchaba la vulgaridad de gónadas, sobre mercantiles afanadores de

lucro sacado en la contienda. Bravatas esforzadas en que fueran

escuchadas, soberbio afanaban edictos de ley acongojantes por tenerlos

siempre en la boca su despreciable lucidez, de mentirosos enojados por

pillarles a descubierto de la impureza de su corrupto mando. Don

Alonso dícese Guzmán el bueno, de hijo ilegítimo, de capitán de reyes

católicos, Alfonso X, Sancho IV y con apoyo moro por estado

soberanista del Rey de Marruecos. Y prefirió el sacrificio de su hijo

Pedro antes que rendir la plaza de Algeciras. Osado desafió tirando

del asediado castillo el cuchillo con el que su incesante conquistador

le provocaba, e irritado este, degolló al joven ante la insulsa y

arrogante mirada del Juez de arbitraje.

José tuvo una reacción desmedida, sin poder transigir aquel miserable

condolerse, la sarta en deshonra le claudicó tan ruin veneno de

culebra de arroyo escapada al desarrollo de un malogrado pinar. Una

rivalidad de tantas que se avergüenza de haberla vivido. Observando

como Guzmán el bueno despreciaba a su propio hijo, y como el enfermizo

Don Juan maniatando a su propio paje que era el hijo de don Alonso, le

degolló. Para no contento, mandar cortar su cabeza y catapultarla al

castillo.

José enfermado de lo poco en la nada que entendía renegaba de la

supremacía deletreada por humanos. Un padre que dejaba matar a su

propio hijo, mientras otro villano mataba a un sirviente suyo simple

por el hecho de ser del discrepante padre.

Insubordinó su espada, empuñándola cuajó cuantas cabezas a su filo se

acercaron, y descabalgó a zenetes de sus estribos al amputarle

piernas. La sangre regó el árido trozo de tierra donde inspeccionaba

el grupo superior de la octava de infantería de Guzmán el bueno. Su

acabado pusilánime, y la reconquista de sus bríos por ser más

auténtico, sin ideal acampar a sus anchar y buscar su mundo, estaba a

decenas de años de ser encontradas en la batalla de Nicópolis.

Uno a uno acabó con toda una legión de su propio ejército. Este

momento fue interpretado desde el castillo como hora de salir a

defender la ciudad. Jinetes Hispanos atacaron el campamento pero José

no tenía amigos, y aquel que se cruzara era doblado por su endemoniada

espada.

Se dirigió a Pedro, que a pesar de que José divisaba alejada la

amistad en su norma con los demás hombres, había presenciado gran

nobleza en diversos gestos de aquel paje, hijo del propio dueño de la

plaza a conquistar. Se retuvo a su yaciente vida, y le dio un beso en

la frente participando de alguna manera que él sería quien lo

apadrinara como su hijo en la muerte, al no haberlo tenido aquel

muchacho en vida. Le arrancó el puñal, y se levantó aun mirando lo que

quedaba en el destierro del suelo. Compuso su mirada hacia la almena

del castillo, donde permanecía Don Alonso, y le envió de vuelta a casa

el puñal. Habría más de 200 metros de diferencia, pero la distancia no

le imposibilitó que derramando el cuchillo sangre del hijo caído en su

vuelo acabada clavándose en la armadura del rey, justo en el corazón

que no merecía tener. El armazón que cubría a Don Alonso defendió ser

atravesado en defensa del cuerpo, pero sí fue al menos suficiente para

que un centímetro le hundiera debajo de su piel, cicatriz que le quedó

afrenta el resto de la vida. José, violento cruel, arrojaba su fiereza

descomunal sobre oponentes adversarios, e ignorados benimerines de su

división...

Ahora igual, atroz arremetía tan cruel que si se viese le daría miedo

su propio yo, de cómo contendía ante los seguidores de la hincha

vaticana, que Gaudi en sus cuentas matemáticas le decía a su espalda-,

"28" -soldados sentenciados, más los 20 que habían quedado apuntados

en la reserva de los libros. Los rayos vaticanos perdían luces por

truenos presenciales de José.

Se oyó de improviso fuertes explosiones, varias consecutivas sin que

parase la embestida de José, pero si los refuerzos que acudían de

guardias suizos que disminuyeron en venir. Tras librarse de la última

hornada combativa parece que pueden pararse, y no en su caminata, sino

de maniobrar decidir como salir de allí. Habían llegado a un punto

donde partían diferentes canales, uno de ellos era sin duda de donde

habían venido, ¿pero cuál? Y no sonaba absurdo no saberlo, ya que

aparecían exactamente los mismos túneles desde el frontal, que el

reverso de donde se pusieran Gaudi y José. Y no solo esto, aparte

cuando entraron no pudieron tomar señal para su salida, porque en

ambas paredes que delimitaban lo que podría describirse como una zona

central, el punto x de los canales tenía sendos tabiques de entrada,

cada una calcada.

Mediaron en su decisión acertar en la dirección por donde huir, y

antes que optaran una voz les hacía mirar hacia donde les estaban

chispeando. Era Markuss, el guardia suizo amigo de José.

-¿Ha ido todo bien? -Preguntó más llegar a su nivel los dos hombres

que fueron a su encuentro.

-Sí Markuss, hemos conseguido encontrar lo que buscábamos, espero que

sea suficiente.

-¡Me alegro! -Sonrió profundo Markuss a sus dos compañeros de fatiga.

-Vayamos por aquí, os conduciré a una salida segura. Con las

explosiones desconcertaremos a la Policía Italiana que se concentrará

en documentar las inmediaciones del Vaticano -les entregó a cada uno

una linterna para alumbrar el camino. Era lógica la certeza de que

Markuss le llevaría fuera del Vaticano, en territorio italiano.

Por el túnel viajaron adelante sin apenas comentar nada. Tras una

próspera marcha, Markuss la detuvo al llegar a una bifurcación.

-Ir por aquí -mencionó el infiltrado guardia suizo-, por el camino de

la izquierda -hablaba intermitente por la carrera que se habían dado-.

¡Escuchad bien!, cuando lleguéis al final del corredor sobre la pared

encontraréis una argolla, ¡Tirad de ella, y os dará la salida! -Se

detuvo para coger aire y siguió explicándoles-. Yo he de volver,

dentro de diez minutos sonará la tercera carga de explosivos para

distraer a los carabineros italianos en vuestro escape. -José asintió,

le agradeció agarrándose a Markuss de los antebrazos, conservando

durante un segundo el parón del tiempo. Sosteniendo las cinturas de

José y Gaudi, Markuss le dice a este un favor último-. ¡Cuida de José!

-Gaudi aceptó honrado este cariñoso mensaje que le daban.

Markus se dio media vuelta y marchó acelerado distanciándose de ellos

dos. A los pocos segundos las miradas de ellos que retenían su

retirada hacia atrás dejaron de divisar al soldado suizo.

-¿Porqué ha vuelto y no viene con nosotros? -Preguntaba Gaudi- ¿No

correrá peligro...? -De carrerilla le hacia llegar sus dudas a José,

temeroso de qué le pudiera pasar.

-No temas por él, sabe cuidarse. Ahora va a causar un poco de revuelo,

y liar a los carabineros. Un poco más tarde saldrá del vaticano,

quedarse después de lo de hoy sería muy arriesgado. -José paliaba en

parte la sensación que tenía al respecto Gaudi, y le animaba apoyando

hombro en brazo. Al hacerlo José percibió la sensación de miedo que

tenía no por él, era miedo en general por todos y más por Markuss.

José también recelaba, pero debía continuar-. ¿Estás cansado? -le

preguntó a Gaudi.

-Puedo seguir -Le contestó a José, no queriendo lastrar para nada el

escape.

-¡Vamos entonces! -Dijo José, y de nuevo los dos marcharon ligeros a

la carrera por el túnel guiados por las linternas de gran potencia que

portaban, sin tensión a que pudieran tropezar.

Los pasos retumbaban al pisar, haciendo que el silencio hablase. Hacia

la otra recta Markuss había llegado a la banda intermedia de los

túneles donde recogió a los hombres que acababa de dejar, tras guiarle

por donde escapar. Se sobrecoge al hallar de frente al candidato a la

presidencia vaticana, Ratzinger. El guardia del vaticano le saluda

oficialmente, y al hacerlo sin que pudiera verle venir es atacado con

brazos en cruz perdiéndole la vida de un suspiro. El cardenal recoge

su alma, tras matar al cuerpo que moraba en él, con su crucifijo.

Entretanto José y Gaudi sin tener conocimiento han llegado al final

del túnel, y buscan la argolla que les menciono Markuss cuando aun

vivía, sin que ellos puedan saber lo que acaba de pasar. La encuentran

medianamente fácil, que sin conocer que está pasaría desapercibida al

estar cubierta a la pared por una capa de oscurez total, del mismo

tono rojo amarillento del túnel para su disimule. Tiró José de ella y

una abertura se abrió, concediendo la medida necesaria para que

pasaran sin agobios. En este momento midieron sin grado de escala un

corrimiento de tierra, únicamente era la sensación al encontrarse en

la cámara caliza. Ellos saben que el estupor obedece a la tercera

carga de explosivos, de la cual ya estaban advertidos.

Zigzean en el pasadizo que se estrecha cual fuera un embudo, y en la

parte trasera encuentran otra gárgola, que al tirar de ella José debe

hacer la abreviación de contradecir términos y reverenciar empujando.

Al mover la piedra hacia afuera se maquilla para ellos la luz del

manto de estrellas en el púlpito de la anochecida noche. Con la

acalorada marcha Gaudi y José, ambos hombres saltan del agujero donde

encuentran a tierra firme, en apenas un metro de separación ya van

respirando aire fresco del que llenan sus pulmones, del contaminado

aroma de la roma industrial.

Entre paredes orbiculares con varios metros crecidas en su desarrollo

pueden divisar el cielo, pero ahora están pillados en un laberinto que

Gaudi no retiene en querer conocer su lugar-, ¿dónde estamos?

José no desembaraza respuesta de inmediato, y le da a Gaudi la

libertad de pensar que lo desconoce-. Menudo asunto padre- bascula

para incitarle a recibir una respuesta condicionada a la eucaristía

particular, pero José salía del círculo vicioso de entre las paredes

en un desplazamiento por un surco radial, diciéndole-, ¿de verdad no

sabes dónde estamos?

Gaudi salió seguido con alta sugestión. La circunferencia que les

aprehendía era monumental, una plaza de gigantesca relevancia llena de

fieras célebres en antaño centraban su apogeo, hoy decadentes felinos

rugen maullando las ruinas de -El coliseo- Pronuncia Gaudi hallando

sentido por sí mismo en su inconfundible respuesta.

No necesita esta vez que confirme José la apreciación, porque certero

lo sabe que eran las ruinas del Circo Romano.

Prestando gran afición por el Monumento cede al empuje de José y al

propio esperado por él de secuencial el presente, en un rato al futuro

con latidos y respiración calmada en bostezos-. ¡ Arrivederci

Vaticano! ¡ Presto ritorno Coliseo! ¡Ciao Roma!

A pesar de la hora, hay bastante gente por las calles al ser festivo,

y se juntan los foráneos turistas a la fiesta papal. Las sirenas de

coches de policías y bomberos no resulta ocasional para ellos dos, que

en plaza de España toman un café dejando que se escape los minutos

antes de dejar la ciudad. Sonámbulos caminantes calmados de cafeína

cogen un taxi no registrado y les lleva a la estación de cercanías a

las afueras de roma.

Con el billete en reserva, y el engañado equipaje de dos maletas

consignadas automáticamente por algún amigo familiar en la propia

estación, atrapan el tren de camino Roma-París. Estaba planeado

rehusar cogerlo en Roma que estaría atascada de incertidumbre y

subirse en subsiguiente intervalo al destino Francia, sin sospechas.

Capítulo IX Ptolomeo & Ptolomeo

En el coche-cama. Gaudi se había acomodado en que la vida transcurría

en tres días. Uno se pasaba durmiendo, otro soñando, y el tercero

cansado de malos sueños se prefería estar dormido descansando a la

repesca. José llegaba de refrescarse, enjabonado de suprimidos

negativos-. ¿No está viendo el libro? -Le pregunta a Gaudi.

-Me da un poco de temor lo que pueda encontrar y prefería que

estuvieses aquí. Creo que era meritorio que te enterases según lo

viéramos juntos.

-Te lo agradezco Gaudi. ¿Está escrito en griego no? -le preguntó.

-De lo poco que ojeé en la librería, el texto estaba redactado al

igual que la hoja que encontramos en León no exactamente en la lengua

común, parece desviada a un dialecto de raíz griega -pausó y pronunció

la incumbencia- ¿Vamos allá! -Quizás no lo preguntó, y tomaba la

decisión de entrar en la historia.

Para José con pocos precedentes habitaba la opulenta falta de

conocerse, desde sus orígenes.

Gaudi revisaba el libro leyendo para él deprisa, saltando páginas

adelante y atrás, y razonándolo lento en acampadas intermitentes para

digerir el calado intestinal que le apretaba según leía. Para José, la

más pronta explicación era haberse entregado a voluntad el tiempo al

libro, de lo lento que pasaban los siglos esperando propiamente dicho

conocerse.

-¡Pero esto no puede ser! -Actuaba Gaudi excitadamente sorprendido.

-¿Qué ocurre? -preguntó preocupado José de lo que se pudiera haber

hallado.

-No concordaba las fechas, los lugares, los nombres y tanto que este

libro no es de Claudio Ptolomeo.

-¿Entonces nos equivocamos de tomo? -Volvió a preguntar José,

realizando el desmedido pensar que habían fracasado en su actuación en

el vaticano.

Su acompañante lector pasaba el dedo entre líneas, traduciendo lo que

decía.

-No José, este es el libro que queríamos. -Mira- le lleva de la mano a

una pagina del tomo y no encuentran perdida la falta una hoja. -Es la

que encontramos en la iglesia de león. ¡Este es el libro! Pero no está

escrito por Claudio Ptolomeo sino por ¡Ptolomeo I Sóter!

-¿El qué fue rey de Egipto? -Respondió en pregunta José ante tal

revelación.

-Sí -afirmó monosílabo-. Aquí detalla en principio parte de sus

guerras al lado de Alejandro Magno cuando era general de sus tropas,

incluso menciona brevemente cuando vivía en la infancia en Macedonia.

Por eso este inestable griego, allí hablaban un dialecto similar. Por

lo que parece son crónicas de su vida, una especie de diario, y

siempre habla en pasado. Así que serían una especie de memorias.

Gaudi miraba a José tras contarle estas apreciaciones. Los dos se

estudiaban, y podían decir tantas cosas que no dijeron nada. Tenían

tantas dudas que obviaron el preguntar, y actuaban las respuestas que

podría dar ahora este libro que indicasen las acertadas. Gaudi volvió

a fijarse en la lectura y continuó narrando según derivara, contando

los números de las páginas- Ptolomeo I Sóter curiosamente también

tenía un libro desaparecido -dio este detalle a José y continuó en la

forzada realización de incorrecciones paradigmas.

-Nos menciona la tierra, donde fue descubierta por seres superiores de

otro planeta. Dejaron a un dirigente para enseñarles, aprender y

experimentar. En los últimos siglos este ser se creyó un Dios

impartiendo injusticia en su parcialidad. Decididos que era el momento

de controlar su mal desempeño en nuestro mundo descargo de funciones,

se podría traducir como deshabilitarle de su cargo. Llegaron del mundo

lejano a por él, para llevárselo y diera cuenta en su planeta de

origen. El que se denominaba Rey de los humanos fue con ellos con un

presente para su pueblo natal. Un arca, un recuerdo troyano del pueblo

de Egipto por considerarles sus grandes amigos, y se invito a

trasladarlo en un barco volador. Debe querer referirse a una nave -

dejaba su pequeña corrección Gaudi.

-Cuando llegaron al mundo originario le condenaron por su apagada

solidez en los mandatos que debía obedecer en su hacer en el mundo

humano. El condenado se rebelo, ayudado por hombres de la tierra que

viajaron preconcebidos polizontes en el arca. ¡Fíjate en el dibujo! -

le mostró la imagen que enseñaba el libro.

-¡Es una copia del mitológico caballo de Troya! -apreciaba José más

verlo.

-Copia o no, lo utilizaron para sorprenderles. Sigo -paró de parloteo

exquisito y se concentró en leer-. Conseguimos huir en un barco

vola.., ¡en una nave!

-¡Para! -le detuvo José-. ¿Has pronunciado conseguimos?

-¡Sí! -ratificó Gaudi.

-Entonces uno de los hombres que viajaron el arca era el propio

escribano que nos lo entalla de su puño.

-¡Si! -sin condicionarse Gaudi por este aporte que se apreciaba fácil,

lo dejo de corto para seguir transcribiendo la historia escrita-.

Alejándose por barco de vuelo a la Tierra se trajeron adrede por

ocurrencia premeditada dos niños -ahora si Gaudi paró dando prioridad

a la llegada de su pensamiento-. ¿Hablará de Ti y de María?

José compartía prominente la misma ocurrencia, que para darla como

sensata preguntó convincente -¿Qué edades tenían esos niños? ¿Hace

fechas de cuando fue?

Gaudi pasaba página para responder a lo que obedecía-. Menciona niños

de leche hablante, quiere decir menor de seis años y mayor de tres.

José no tomaba esta respuesta como cierta para hacerse acreedor de ser

él uno de los niños que se mencionaban, al haberse memorizado

recuerdos de su niñez, ahora ya extinguidos por distintas edades

vividas.

-La fecha de cuando viajaron entre planetas no la indica pero

sabiendo, o presumiendo que Ptolomeo I Sóter vivió siglo tres A.C.

debe guardar cierta simetría -aportaba Gaudi-. Antes de escapar, por

mandamiento del Dios humano que les anticipó donde y como,

consiguieron inutilizar los parámetros de seguimiento del planeta de

origen para interrumpir la localización de la nave y llegar a la

tierra. Al volver se sirven de la inoperancia en origen para desplazar

la tierra-. ¡José! Aquí habla de que la tierra permanecía quieta, y

ahora no me especules que era un dicho por la ignorancia. Te cuento

que dice, que se localizaba en otro apartado espacial. Hubo

inexcusable por fuerza mayor que trasladar el planeta antes de que

enviaran barcos de guerra para castigar al insurrecto y liberar el

secuestro de los niños. Nuestro Rey del cielo desvió la tierra

poniéndola en otros mundos, en giro medido con otras estrellas ante un

gran astro de luz, ¡El sistema solar! -afina Gaudi al entenderlo-. Así

pudo disimular este planeta, y formó un escudo que impedía verlo en su

giro al camuflarlo detrás de una estrella que distorsionaba si llegara

algún seguimiento del planeta de origen o de cualquier mundo exterior

al que respiramos. ¡La estrella zeta! -acierta en decidirlo, y muestra

a José un gráfico de una constelación que estaba dibujada en el libro.

-¡Es la osa mayor!

-¡Exacto! Y la estrella que brilla con más fuerza, concuerda en la

posición con la estrella zeta, ¡la estrella Mizar! Parece aclarar que

esta estrella junto a una doble, debe habla de Mizar 2, actuaban de

espejo si alguien miraba hacia la tierra desde otro destino sólo

salían espacios de la nada, un vacío apropiado para engaño profundo.

-¡Qué filósofo te pones con tu griego!

-¡No, no! Lo dice aquí, bueno, mas o menos -pillado por sus palabras

sonreía a José, y acude sin dejar solo al hueco a la apertura del

libro que encierra por un dedo, ¡todo!

Al pasar de hoja se detiene explicativo por lo que muestra-. Parece

por la forma una especie de observatorio astronómico o una piedra de

sacrificio -la ilustración antojaba un circulo de piedras-.

Está descrito que era el puente para viajar a la estrella que tenía el

motor impulsor de energía del mundo en caso grave. Fue dispuesta por

el visitante legítimo para administrarla, sin conocerse la totalidad o

parcialidad que usó, y ante una nueva amenaza se conmutaba la clave

credencial. Se accedería grabando el criptograma con las inscripciones

establecidas secretamente por los visitantes estelares. ¡Y están aquí,

son estas! -cuádruples ojos fijan la inscripción a representar.

Eran cinco líneas de caracteres equidistante. La primera-, está en

latín ¡Cero!- acertó José.

-La segunda es una cifra griega, ¡35! -anunciaba Gaudi.

-La tercera es árabe -transleía José- creo que dice 26 11 1941.

-¡La fecha del ataque a pearl haword! -certificó Gaudi.

La quinta -José dejaba sin intentar corregir la frase cuarta, que al

igual que la sexta eran ideogramas sin fundamento conocido-, no sé en

qué lenguaje está escrito.

-Va a ser... ¡Indouropeo! ¡2004 2005! ¿Dos años correlativos? -dudaba

de haber ajustado bien.

-¡Es una sola referencia Gaudi! ¡20 abril del 2005! -era acertada la

afirmación.

-Y se cierra el jeroglífico de arranque, ¡clavándolo con una Z! -decía

Gaudi, aceptando que había mas cosas interesantes que contar, aun no

fueran números-. El hombre que hace el grabado en la piedra -según

observaba en el manuscrito- parece llevar, mejor dicho ¡es una

Svástica! ¡La Svástica comunista era el sello de unión del otro mundo

qué sólo las dos familias que pactaron el cierre de seguridad

conocían! -cogía carrerilla para leerlo del tirón- Me han colmado

José, lo digo con toda la apología que pueda expresar de aspiraciones

por saber.

José callaba reteniendo recopilar cada detalle. Tan disparatada

síntesis para oídos religiosos, enjuiciarían malas dotes para hacernos

chantajistas de amerroneas celulares del cerebro, por anomalía

depravada carente de complementariedad anorgasmica.

-¡Qué locura! -intentaba decir algo de lo que no sabia como

explicarlo-. Una coordinación perfecta en su momento, con claves

numéricas de distintos idiomas -o surgidos del mismo -alternaba José

por si acaso-. Las frases tercera y sexta deben ser signos de los

visitantes espaciales, y aunque no sepamos que cifra son no nos hace

ya falta. La grabación hay que hacerla tal cual es en cada lenguaje.

¡Lo tenemos José! ¡Tenemos todas las claves! ¿Pero a cual entrada se

referirá para acceder a la estrella de energía? Hay varios monumentos

prehistóricos con ese aspecto, y eso en el caso de que no halla

desaparecido el expreso.

-¡Ese es nuestro trabajo Gaudi, descubrirlo! ¡Nos jugamos la vida en

ello!

Gaudi siguió metido hasta la retina confiando en expandir la realidad.

-Cambiando de contenido, el Anj lo utilizaba Dios para recuperar la

vida, ¡no!, la energía a otros dioses menores. Cuando dice dioses

menores podría tratarse de individuos como tú -sin preguntar le decía

a José.

-¡No lo descartaría! Lo del Anj tal como nos dijo María era cierto.

Tiene un sexto sentido.

-¿Por ella o por ser Mujer? -invitaba Gaudi a la cuestión.

-Por las dos cosas -admitía José en respuesta.

Gaudi reemprendió al caso- Nos impresionan en esta imagen de Anj el

enterramiento junto a los difuntos.

-Deberían funcionar como un transmisor entonces.

-¿Pero después que ocurrió? Pasada la civilización egipcia no se

prosiguió con el rito.

-¡No lo sabemos! Si seguimos pensando que Dios robaba la energía de

los cuerpos, la pudo haber sustituido o perfeccionado por cualquier

otra cosa, y la cruz irrumpió en esa etapa de tramite no lo olvidemos.

Ahora sería la versión 2.0

-¿Versión 2000? -calibraba Gaudi.

-Hablaba más bien de una actualización de su programa malicioso.

-Como un virus -alertaba Gaudi.

-Como un troyano estratégicamente insertado socialmente antes del

inicio. ¡Somos colmenas de energía para él! Campos de exterminios para

adueñarse de nuestras almas y utilizar su poder, y de donde más

consume es del mercado negro.

-Pues si que es bicho malo el asunto -daba doble inocencia granuja

Gaudi en su frase.

-Hay algo que tienes que tener seguro, y es que no hay que

menospreciarle ya que corremos el riesgo de morir todos.

-No tengo miedo a la muerte José, ¿cómo puedo temer lo que no conozco?

¿Tú sabes...?

-No Gaudi, no puedo explicarte que ocurre cuando se muere, y es mejor

así. La absurda espera conociendo el final es un definitivo morir en

vida, mejor hacer esperarla rebosante de ella- daba consejo, que no

práctica de maestría José.

Definieron centrándose en la explicativa conclusiones masificadas

-Así ha estado siempre descartada la existencia de este libro, que

permanecido sellado para la humanidad Es un peligro para ellos por

toda la información trascendente que abarca -era un detalle hábil que

daba Gaudi.

-Tal vez Dios hizo que le escribiera la biografía, o guardar el pin de

acceso a la energía.

-¡Push! No te creas que no, hay aspectos que son narrados de boca de

otro, y no sé separar si fue para que lo redactara Ptolomeo, o se lo

apropió para después plasmarlo a su letra. Y bueno, lo que quería

comentarte volviendo a la mención del tiempo que ha estado oculto el

libro, es que entiendo que fue pasando de padre a hijo por distintas

generaciones de Ptolomeo, al menos una, ya que al final hay, si

centras aquí la vista lo verás -enseñaba a José donde mirar- una parte

escrito con distinto pulso, no soy grafólogo pero diría que es

distinto tipo de letra, y se nota en el grosor con el que se ha

escrito.

-Tienes razón Gaudi, parece que es como dices.

-Pues déjame decirte que lo que cuenta es que tras desviar el planeta

Dios apagó bastante su fuerza y casi absoluto desapareció para

reponerse de energía. Los niños que vinieron del mundo lejano fueron

sacrificados al llegar a la edad adulta tras haber tenido relaciones

obligadas con humanos. De cada uno de los extranjeros estelares se

obtuvo un hijo, en un caso un niño y en otro una niña, que alguien

raptó del palacio real para que no corrieran el mismo favor que sus

ascendientes.

En segundo preámbulo, la inyección de apetencia usual de embriones

inhalaba examinar aplicaciones madres y padres de José y María,

asesinados por Dios. Y ellos, niños de laboratorio piramidales, sus

lados de triángulos se juntaron en un solo extremo, Jesús.

-Lo más duro espera siempre al final -abroncaba Gaudi dando por

terminado el libro.

La balada triste se dejaba escuchar por ambos lados. En el exterior no

se tenía forma de contar, en el interior, lo que se lleva dentro

permanecerá por siempre muerto.

La música melódica engañosa le hace sentido de sufrirlo, aunque calle,

no se tendrá ya más tarde apacible, nada.

Lo tenía todo para hacer su poca inventiva canción. Una estación de un

tren del que se escapó, un amor que se prometió, una tristeza de

libro, y una María que no podrá superar asomarse con los ojos cerrados

al infierno que trasluce ante las persianas de los párpados. La misma

estrofa para cada rosa, y la suya personal le hace dedicárselo muy

mal.

Buscando un momento para cambiar de tema, como no te metas nunca te

dejarán-. ¿Para qué querías que comprase las entradas del Museo? -

aprovechaba Gaudi con justificación pasar a un punto aparte.

-Por si acaso hubiéramos tenido que esperar a que abriera y salir como

turistas -le daba la pauta razonable.

-Pues me debes 24 euros, que lo sepas -le simpatizaba Gaudi, que tenía

otra pregunta reservada- ¿Cómo supiste lo de la inclinación del

espejo?

-En 1929 hubo un gran acontecimiento que dejamos pasar, el crack de la

bolsa de Nueva York que formó una línea a la baja, en caída libre.

-Gaudi se asombraba de la causa- ¡Yo jamás hubiera atinado con ello!

-¡Tú has dado con todo, eres el enemigo numero uno de la iglesia! -Le

señalaba José.

Rendidos por la Roma vaticana detienen la charla requisados por el

cansancio, acostándose en las literas que disponían. La sucesión de

sueños dispersan plantaciones irreales, terciando la tregua del

descanso la curva del pestillo de la puerta del vagón parece virar.

Suspendida la lentitud de abrir los ojos, se avivan conectándose tras

la rota cadena del sueño. José incumple una ordenanza, dejarse

sorprender.

-Soy tu amigo José, sólo quiero hablarte -la mano prescribe lo que

dice la voz que le habla al faltar a las palabras, arrestando la boca

con susto y violentando a que quedara echado sobre la litera.

Desengañado de amistad José se azuza para quitarle de en medio

directamente, sin rodeos. Sin más no poder, echándole de su lado

consigue respirar con la mira puesta en su amistoso enemigo-

¡Ratzinger!

-¡Eres muy rencoroso José! ¡Además tengo algo que darte! -Gaudi

reposaba quieto dormido ¡o muerto!, en rápido pensar no dejaba José de

suceder reflexiones. Ratzinger se aprovechó de esa confianza para

engañarle. Sacó lo que sí se podía esperar de él, una Svástica

comunista para cortar por lo sano aquel vínculo esporádico e inseguro.

El mal trato que le sacudía Ratzinger enviándole fortuito el arrojo de

enajenación, privaba de una nueva oportunidad de hacer las paces. José

no quiso liarse en recoger el presente de Ratzinger, y se fue con la

cabeza bien alta atrás. Evitó el encuentro, pero desalentado del

incidente por el golpe que se le vino encima, se hacia daño

rompiéndose en la cabeza parte donde detenían sus sueños, un madero en

el tabique. La Svástica marcó a su lado izquierdo la despedida.

Cuando abrió los ojos, sensitivo relacionaba haber sido un apurado

sueño, empero detenía una corrección el listón de madera donde soñó

que impactaba la Svástica. Había en el sitio una raja profunda, y era

desidioso decir que si, que ya estaba antes. No la había visto, pero

por ello no creería que hubiera sido la presencia de Ratzinger allí

real y se hubiera marchado de haberlo sido sin matarle volviendo a

llevarse el arma. El sueño profundo le tendía una reclusión de la

orientación.

Se levanto y oía como Gaudi roncaba. Se pidió un trago de agua, y se

sirvió salir al pasillo para despejarse. La postal que emitía las

ventanas del tren era de catálogo a pasos deprisa, sujetados por

postes inacabables por el circuito de variación.

La óptica pescaba en la noche luces para distinguir cruces con

niveles, avisado era previsor de andarse siguiendo las señales. A la

parte derecha del vagón vio salir del penúltimo compartimento a un

cura siguiendo la misma dirección. En esta ocasión, es cierto que por

la muerte del anterior papa y la preparación para nominar el sucesor

en el futuro, cónclave la asistencia de seleccionados alistados

soldados rasos de Dios a la ciudad del vaticano. Al caso usual de

ordinario, le despierta suspicaz aligerando preguntarse dónde irá.

Había un servicio en el esquinazo del vagón a la izquierda, y la

cafetería también siguiendo el mismo curso en el primer vagón, en

puertas a la locomotora, que andaría aparte cerrada. Decidía antes de

preguntarse otro qué, atestiguar registro por vocación achuchado por

el traqueteo.

-16B -era el camarote por donde salió el sospechoso, puntúa José sin

prisas.

El sacerdote desmandaba sin suspensión las siglas de la interrumpida

establecida de no fastidiar la segregación de la unidad

constitucionada indivisible incorpórea.

Uno tras tres más, se desliza con calzado de tanqueta aferrando

huellas, fondeando la patria europea al sondeo de ministro

eclesiástico de la derecha conservadora, añorando doctrinas

totalitarias nacionales. Vistiendo de gala su traje de faena, compañía

"camicia nera" del diseñador mussolini, catarsis en la reserva de

cuarto al llegar al último vagón, el de mercancías.

El sacerdote echaba horas extras, polifacético empleado de Dios,

hermano político, soldado piadoso, almacenista fervoroso, y ahora

practicante de contable y aprendiz creyente de monos incubados en seis

días. -Una, dos, tres, cuatro, cinco, y seis, ¡correcto! Se agranda al

comprobar que están todas las cajas que transporta garantizando el

buen aporte a la comunidad.

Al techo colgado de pies haciendo dotes de vigor se columpiaba José,

que había escalado por el exterior del tren, cotilleando al pasajero

achaque del noctámbulo que no tenía cura para dejarle dormir con

pequeños angelitos.

El viajero doblado del crónico trabajo abandonaba la postura molesta

que le ocupaba, y dejó la jornada infernal para retirarse a descansar.

La puerta de salida de entrada se cierra, la de entrada de salida se

abre por José, presentando honores.

-Provisto de atención, en dos trancadas acordona las cajas visitadas

expuestas para hacer balance. Levantando provisional por tirón de

nervio una tabla de la primera, que hacia contrapeso para las otras

metía el ojo, sin tener oportunidad de magrear tocaba renunciar.

Picado, iba de cabeza el brazo y rascó ente la tabla abierta para

revisarla dentro. Cargado por tope sacó la mano, la abrió a la vista y

eran crucifijos como los que le atacaron los supuestos Ustashas en

león. Invadido por nutridos amuletos del mal se le calló en condena

cuando los acunaba en su mano.

Con la custodia moral bajo su habito personal, había regresado el

sacerdote para la revisión que se le paso por alto sin fichar.

Nublado, equivocado de contemplar la evolución de las especies- ¡Es

mentira, no es posible! -encontrar un hombre allí-. ¿De dónde ha

llegado? -¡Malditos eslabones! ¡Monos tenían que ser para que no

escucharan a Dios!

-¡Llamaré al revisor! -no tiene más recurso que el pataleo, bocaza de

amenazas por denunciar al estar sometido al analfabetismo racional.

-¡Creo que no! -Reprimiéndole José paraliza su acción, deteniendo la

continuidad de la insustancial palabra de tutela. El hábito del cura

rasgado de pavor se lanza a por un crucifijo dilapidados imprudentes

por el suelo.

José no acierta al creer que lo armará para atacarle, y al contrario,

busca defensa pidiendo ruegos para que no le hagan daño.

-¡Nadie me puede salvar! ¡Confío en Jesús hoy! -José iba a trenzarle

la cara por nombrar lo que no tenía que decir, habiendo sido enseñado

mal por un foro de familia católica protestaba cuanto le venía en

gana, pidiendo respeto por su entendimiento verdadero. Cruzado de

bruces se cruza crucificado por un crucifijo que se activa y le sorbe

la vida de caramelo desgastado de emporio.

El clérigo sin energía, agotado, se rinde al descanso eterno. José ya

no puede hacer nada por él, ni a favor ni en contra. Teme acercarse a

la cruz homicida, tras haber comprobado que atacó al propio sacerdote

sin tener ninguna explicación. El pequeño arma recupera su estado tras

haber pasado por el encendido vitaminado del alma que se embuchó y

aceptado por el riesgo lo recoge, por la enigmática necesidad.

Descamisa al difunto accidentado por su trabajo para calificarlo de

Ustasha o sacerdote rojo. En blanco asiste al pecho, y no hay cruz que

marque un signo de inscripción para escombrar. El asomo de no tener

contraseñas cuela atender que no era afiliado a alguna de las fuentes

más corruptas y sanguinarias del derecho católico, y no debía conocer

el poder de los crucifijos. Le levanta para limpiarlo a la vista, y

dando fe de testaferro el río recibe la herencia del cuerpo con sus

pertenencias guardadas en varias cajas, por el trasvase de José desde

el puente de la descansada vida.

Quizás no era un mal hombre discute José sin incumbir inclinaciones

cordiales a la rama del árbol donde se saca pócimas de cianuro por

aleluyas.

No tiene palabras de ocasión, revendida toda facultad transige sin

llegar a conocer nunca en palabras lo que siente demostrar. Arruinadas

esquelas no sirven a un Dios decirle que descanse en paz, escasean los

remedios, pura dolencia manchada por juramentos inacabados.

José de marcha al tren, arranca la vuelta a su vagón. Al entrar el

sueño de Gaudi le cuchichea-, ¿de dónde vendrá?

José acopla recopilando cuanto ha estado haciendo y lo demuestra en

esquema ambiguo.

El tren transporta armas succionadoras, y se ha cargado, vendimiando

los jugos, un religioso -lo decía aposta, al opinar José que estaba

arropado en irreflexivo Gaudi.

-¡No pasa nada, hay muchos curas! -estropeó lo que pensaba José de él.

Se reordenó cuando iba a darle más singularidades al darse media

vuelta Gaudi sin retardarlo no prorrogarse en hacer ronco su discurso,

quedando aplazado el caso cuando despertaran ambos en buenas ganas

-¡Buenas noches! -La luz huye asustada del ronquido de Gaudi.



El revisor golpea el sueño a las puertas de los buenos días-. Quedan

50 minutos para llegar a París caballeros -les devuelve los billetes y

sigue repartiendo saludos madrugadores con el pasaje en la mano.

Es primera hora para la capital, y los preparativos de llegada no

aguardan para prevenir aceptarlo. Los pasajeros revisten el tren, los

pasos se encuentran en hora punta, y los w.c. con retención. Muchas de

las puertas cerradas a la noche, se despejan airadas abiertas.

José simula ejerciendo de mirador de ventura, colando la vista por la

rallada numerología 16B. Hay que guardar la espera, una pareja anciana

recoge a última hora bolsas y maletas del número elegido para buscar

premio. Al despejarse el coche-cama del frustrado en su carrera

católico, recibe para él por extravío una cartera que pertenecía al

susodicho.

Apeados del tren, el tumulto es generalizado. Los espigados gendarmes

franceses dan la terrosidad que atrae su seguridad. Un pastor Alemán

que en correa lo rigen, amiga la mirada en José. Es instintivo, él

comprende al perro perfectamente.

Ya en la calle andan despreocupados, cuando una furgoneta gris

metalizada les arrincona a la pared subiéndose al bordillo. A las

puertas averiguan que es Flor saludándoles-. ¿Os gusta como he toneado

la furgoneta?

-Me parece que se dice tunear -enmendaba Gaudi.

-Eso he dicho -apreciaba Flor-.¿Bueno qué, os gusta? -se sentía con

ganas de que la puntuaran,

-¡A mí sí! -aprobó José-. ¿Y esto a qué se debe?

-El otro día viendo los todoterrenos que llevaban los cristianos..., y

ya sabes, la envidia es muy mala.

-Tú eres peor -le contrariaba José amigablemente. Subió al renovado

vehículo, y de rebote le aplacó un beso en la cara.

La marcha alegre ponía la primera para callejear hasta que cogieran

ritmo, y cambiar en A6

-Lo del Vaticano sería cosa vuestra -sospechaba Flor.

-Nosotros no hemos hecho nada, ¿qué ha ocurrido? -era José el que

comentaba y preguntaba negando todo los cargos que le imputaran.

-Poca cosa, varias explosiones dentro de la comarca de los santos, y

un caos enorme.

-¡Yo la única comarca que conozco es la de Frodo! -exageraba José su

argumento.

-Imaginar a la gente que espantada quería salir fuera, y la policía

vaticana cerró las puertas en la frontera con el argumento de rastrear

a los responsables.

-¡Qué patético! - dijo José molesto de chorradas católicas.

-¡Lamentable! -expresionaba Gaudi-. Nosotros nos fuimos por fortuna

antes -era sincero al comentario.

-¿Y María? -preguntó José sin esperar. Su importancia se lo merecía.

-Se quedó allí. Quiso acompañarme pero preferí que no, por si la

detectaban, y patento que algo debe de estar pasando, he visto

bastante agitación religiosa por la estación.

José manejaba la cartera sacerdotal. -debe ser por el comunicado

oficial del Vaticano, ¡Toma Gaudi, lee! -le desvió un albarán para que

lo leyera.

-St-Germain-des-Prés 600 unidades, Notre Dame 600 unidades, Sainte

Chapelle 300 unidades, St-Eustache 500 unidades, La Sorbona 500

unidades, La Madeleine 600 unidades, Sacre Coeur 500 unidades, St-

Augustin 400 unidades. Es una redacción de entregas a distintas

Iglesias de París,

-¿De qué? -preguntó la mujer.

-¡De crucifijos Anj! -respondió Gaudi- ¡Están armando las casas del

señor D! -no era extraño que él lo supiera. Aunque anoche estaba

atolondrado cuando José tuvo el desenlace con el religioso, a la

mañana antes de llegar a París le había contado lo pasado.

-¿Qué es eso del Anj? -desconocía Flor.

José le dio la explicación coherente sobre el objeto egipcio, y lo

relacionado al libro de Ptolomeo. Para no repetirse luego con María,

no lo describió al detalle dejándolo para cuando estuvieran reunidos

los cuatro. Tres marchaban por la carretera, y el complemento era una

cuidando su espíritu en armonía.



María se preparaba para darse un baño de satisfacción, acompañada de

Pachebell, que la emboba en su canon "di mayor". El disfrutar de

simples placeres sin fustigarse la piel, de pecaminos hace murmurarla

en melodía de seducción.

Tolerada al agua, templada de nervios aparta el albornoz, regalando al

ensueño de su dorso cautivadas estrías de beatificación.

Entra en el agua sin bendecidse, cuando oye un ruido que la inquieta.

Mira sin salir que es la ventana golpeando al viento, y cierra a los

frescos aires la puerta del plato de rodaje del baño. Y se conmovería

de trailer en suspense si mostrara público, y se temblaría de miedo si

fuera el gígolo de lectura que acompaña antes de dormir debajo de la

cama, donde permanece hasta que se comprueba que se oculta cuando lo

imaginas, del susto que no le llega a María por la vista. Al vaho de

ser el espejo de la mampara sintetizado había formado una T mayúscula

de terror. El signo de la cruz marcaba territorio.

Pachebell del asombro salta de pletina. El Rock daba acordes

sustanciales de vivencias.

-¿Con esta música puedes pensar José? -le extrañaba a Gaudi.

-La escucho para no pensar -acoplado con estilo le razonaba.

-Bueno, con lo que me habéis contado parece que ¡vamos a por todas! En

estas presidenciales vamos a botar a Dios -satirizaba satanizada

Pequeña Flor.

-Si salgo elegido tú serás la ministra de Tecnología y ciencias de la

Información. Para ti Gaudi la secretaría de educación, o si prefieres

la de religión -ironizaba José.

-Muy gracioso, me quedo con la de educación -práctico era su debate-.

¿Y para María? - pedía favoritismo para convenir la cámara de los

inusuales.

-¡Asuntos sociales! Pero tendrá que hacerlo mejor que hasta ahora -era

el discurso solidario de José. Conciliador de diálogo abierto hasta

las cuatro -Y punto- en boca.

Con poca broma se ganaba puntos de Kilómetros, 53,6 y habían llegado a

la hora de almorzar.

María salió corriendo para recibir a José, y le adelantó un beso de

degustación celestial. El telón se echaba para abandonarse ellos dos

al resto del mundo.

Al paso de los minutos de camino a la hora, seguían metido de lleno

emparejando sus asuntos.

-Me contó Flor como la encontraste, y los años que la mantuviste

congelada hasta poder hacer un transplante de corazón seguro -

comentaba María.

-¡Ya sabes porqué es tan dura, lleva hierro de cosecha en la sangre! -

deseaba José quitar dramatismo al pasado donde fue trágico tener a la

niña criogenizada.

-Te admira y quiere enormemente.

-¿Si hablara con ella me diría lo mismo de ti? -bromeaba José.

-No hace falta. Tú sabes lo que siento, lo que siempre he sentido.

José parece mostrar que sí, y un pretexto le retiene en la ranura.

María le agarra la mano, le quiere hablar, lo necesita, expresar

¡Todo!

-Sé José que te fallé cuando te dejé en Jerusalén, y eso siempre

estará ahí. Y no me digas lo típico de que yo no puedo comprender lo

que pasaste, porque en el mundo que recorrí me faltabas a cada

decisión, no sabía que camino seguir, y sólo obedecía sin tener que

creer si era si o si era no. María a José, José a María eran suyos el

mismo sentir.

María bajó las defensas y brotaban chispeos por mirada. No era un

espejo, en falta contemplaba tendido en aguacero los nubarrones

consternados en la tormenta que encerraba en chaparrón a José, que le

habían paseado por la tempestad sin amainar flojera. Y ella, que le

remolcaba agarrada a una palma sanada incompleta no conseguía detener

como se abnegaba. Tuvo que lanzarse al agua fría, que no porque fuera

sospechada era más fácil atreverse al ser de absoluta realidad, con la

necesidad de ir hasta aquel punto donde le dejó antediluviano.

"¿Pero quien le ayudará a él en su oceánico mar al que yo arrojé? Le

endose a su cuello la losa tirándole al fondo. No puedo ni negarlo ni

confundirme de no arrepentirme, de hacerle destruido a sus sueños de

ser tan sólo él".

Ella gritaba al odio en un suave y dolorido sonar-. "¡Perdóname José!

¡Perdóname José! Ruego me perdones, porque sé que no estuve contigo

ayer, y embarqué dejando a nado pacto de la devoración mis emociones,

y remé ignorando el mirar atrás porque no podría soportar verte allí

alejado encharcado y hundido, profundo flotando agarrado a un letrero,

con mi nombre llamándome". Eran gritos no escuchados por nadie. María

no abrió la boca para decirlo, pero aterradores alaridos huecos

dirigidos a la tierra la levantaría, arrojados al espacio a la luna

desplazaría, y enviados a un hombre le mataría de fobia de lo que es

amar, o le reviviría de descargas eléctricas de darle lo que es amor

en el enconado resentimiento.

Encontrado José arrastrado, despojado de piel le cubre el menosprecio

desaire. Sumido de agua, tendía sobre un islote de madera suavizando

al tacto el nombre manchado de tanto pronunciar, desgastado en el

tiempo sonaba en la locura del alejado piélago donde surcaban gotas de

las profundidades marítimas del océano, de la arrojada lluvia, ¿De

lágrimas? ¿Qué lágrimas pueden echar unos ojos que quedaron ciegos

mirando, besando el nombre de ella en unas letras? No eran lo que

ahora José sacudía mojado, era agua que tuvo que tragar en su

desesperada tierra perdida que pisar, bulimia de la salada saciedad

arrojaba tras llenarse ansias de ansiedad, gula de la amarga lluvia

ácida devuelve deformada de vapor que humedeció las entrañas

quemándole fósil.

María remaba cuanto podía a su rescate para llevarle a tierra firme, y

ya decidida se lanzó al foso del pozo y se fletó a José. Corrompidas

emociones ondeaban en sensaciones de intencionalidad, obsesión de

lamentos despegaba de José mancha negra de carburante, chapapote se

despedía del casco que retenía la cicatriz de él, que jamás, a pesar

de inútiles parches retuvo el terror poseso. Dolor, frustración,

cualquier entumecimiento se despide, abierto el engañado obstruir

libera al agua toda pena que le desconsuela, y María propia dueña de

él le serena, en brazadas de nada le llena, precisa centrifuga

separando los meridianos goteos mezclados de lo que es propio él y de

ella.

Mientras tanto se le va, el estado de un suspiro de un beso que María

le da le alivia. Atento refresca, oxigena su inconsistente naturaleza,

para él le llega de libre libero regazo hasta el alma, libido

incontenida será la mezcla única de fluidos que desean compartir, en

pelea por paletear en su unificaciones de dialécticas lenguas reman en

saliva, besos sacudiendo espuma en la cavidad de la boca, mordiscos

intencionados, restriegas de labios que reportan el vicio verdadero de

amar. Estrechando el espacio, se abrazan cuerpo con cuerpo burlando la

estupidez de retener hacia donde la marea les arrojó. ¡Secos!,

corazones anatomizan la bienvenida al estrujo de las carnes, alas

sensibles enumeran vuelos en lo que giran al cerrar sus ojos. Y por

poco que quieran, eso tan sólo que quieren, es eso único que algunos

mortales afortunados al sentirlo antes del efímero roto lo bautizaron

como ¡Amor Eterno!

Horas que pasaron al pasado por presentes dejados de comida, de

cambios de ropa, de aseo, y ya por sentado reunidos intercambiando

impresiones.

-Creo que debo responder yo a esa pregunta -anunciaba Gaudi a lo que

se había formulado, que ya dicho dijo a continuación-. He transcrito

del manuscrito que antiguamente Dios canalizaba así su fuerza, y ahora

gracias a este nuevo instrumento puede absolver toda la energía vital

de cada alma, ¿Con qué propósito?

Con el libro de Ptolomeo Gaudi sospechaba que lo que intenta es

apoderarse de las almas del mundo, pero solo actúa en las que tienen

fe extrema aférrima.

-Si nos cernimos a lo estrictamente documentado en estos textos, Dios

usaba y necesitaba esa energía para su preponderancia, un poder

cósmico inigualable. Pensaría a deducir que no tendría mucho mas que

José o María sin la energía que depura de cada alma. Ahora con el

poderío de extensión en el mundo como refleja el armamento de

crucifijos en distintos lugares podría dar lugar a que Dios necesitara

una mayor energía, y me temo que mas que necesitar la use con un

propósito terrible, ¡destruir la especie humana!

-Pero si aniquilara de modo apocalíptico, ya no tendría semillas para

más energía en el futuro -exponía Flor.

-Quizás no exterminaría a toda la raza, y jugaría en dos variantes.

Una adquirir el mayor poder posible y dos, advertir a la minoría que

quedara como que todo fue un castigo divino por una vida trivial de la

sociedad actual, pensándolo a este lado -definía-. ¡Como Sodoma y

Gomorra! -ejemplarizaba mirando a José.

-A mi no me mires, yo no había nacido. Quizás si tienes razón, o

quizás todo eso es una fábula...

-¿Fábula?, ¿a estas alturas? -le recriminaba un poco Gaudi la

ingenuidad de José.

-¿No existe alguna forma de neutralizar ese poder? -Preguntaba María,

instigadora de la neutralidad sin tener que luchar ni sufrir.

-Temo que no, la única destruir a Dios directamente -hablaba José-. De

todas formas podría existir una oportunidad tanto para luchar contra

él como para evitar los rayos de los crucifijos si conseguiríamos...

-¡Llegar a la fuente del poder! -respondía Gaudi en apoyo a lo

posible.

-¡Tenemos las claves, pero no el sitio!

-¿Te apostarías algo? -jugueteaba Flor la indecisión de José.

-¿Has...? -José no dijo lo que se apreciaba. Flor había encendido la

pantalla general y mostraba la imagen grabada como zona mágica por el

libro de Ptolomeo.

-He comprobado todas las construcciones megalíticas y no he hallado

ninguna que sea semejante, guardando las distancias 100%, Después,

gracias a la ayuda de Gaudi que se ha estado comiendo el coco -con la

mano él le restaba importancia que no era un logro suyo y devolvía la

concentración en lo que seguía narrando Flor- se ha ecuacionado las

distancias de las piedras representadas en el libro por el número pi,

pero no con el verdadero. Ha sido con el de Claudio Ptolomeo, que se

usaría coincidiendo la fecha del libro con su base matemática para

acordar el gráfico, o lo que le diferencia de Fibonacci 23,56 partes

por millón, y la obra coordinada por exactitud de reforma es la de

Stonehenge.

Flor dividía la pantalla para colocar una foto reciente del

prehistórico megalito y compararla a misma escala con la del libro. La

semejanza era evidente, ignorando algunas piedras menores que se

trasladó por hurto con los años. Sobrepuso las dos imágenes en una, y

no quedaba duda, ¡idénticas similitudes!

Nació la nueva era, la de la meditación. Stonehenge creaba inmensas

sensaciones, muy distintas y tan unidas entre los cuatro.









Capítulo X Stonehenge

Anclaje, y llegan tirados por parapente adiestrado por José y María,

para dar en clave la decisiva fundamental a esta tierra. Fría, verde,

zona inhóspita alejada de actual, el campo abierto retiene historia

pasada con mucho valor y honor, de gente que entregó su vida por un

ideal, y otros por quitar ese bien.

Caídos al complot en un anillo rodeado de un terraplén y un foso que

marca una circunferencia de algo más de 100 metros de diámetro. En el

interior del talud hay 56 agujeros, llamados "Agujeros de Aubrey". En

los extremos de dos diámetros que entrelazan el monumento se

encuentran dos rocas menores y dos montículos, entre los cuatro

componen "las cuatro estaciones". Se hallan de cabeza camuflados por

el césped otras dos circunferencias de agujeros en el suelo, conocidos

de exterior a internos por agujeros Y y Z respectivamente, en Aubrey y

en el mundo entero. Pertenecen al número de piedras del insigne

círculo de Sarsens, rodeada en formación caravana de defensa

comanchera en treinta metros de diámetro por treinta megalitos de

arenisca grisácea.

La circunferencia está dividida en 30 partes iguales. La altura del

dintel (4,925) es igual al sexto del diámetro del círculo.

Interiormente se encierra el círculo de "piedras azules". Adentrando

en el círculo de Sarsens se descubre una herradura formada por cinco

trilitos, un avance adelante y otra herradura más pequeña de piedras

azules, y llegando al meollo se tropieza con la "Piedra del Altar".

Ellos se encuentran empedrados maquinando como hallar el llavín para

abrir la puerta misteriosa, tachando verosimilitud de dar con la

elemental que sirva. Al acercar la Svástica cerca de los trilitos las

piedras rugían el genio retenido.

-¡Deben de ser los puntales para abrir el portón! -Gritaba José.

-Gaudi trazaba el jeroglífico de Ptolomeo dividido en cinco líneas, de

los cuales tres eran números y dos los desconocidos signos, y como

apuntaba el libro encontrado, de solución se cerraba con una Z. Al

comprobarlo se desvanece de golpe en la piedra toda la escritura.

-Puede que halla una específica para aceptar la combinación -era la

sugerencia de María.

El prisma del cielo se iba cambiando a flash de película rápida. En

color del segundero dan segundos en días de entrada y salida por

estacionales trimestrales, las nubes se congregan, se dejan ver

recopilación de soles, ida al sol de vuelta la luna. Figurado de

paranoia se acaba la tira mostrada al tiempo que se detiene.

-¿Qué era eso? -Gaudi no se paraba para preguntarse la sucesión de

ciclos mundanos vistos.

-¡No sé! -alarmaba José no pudiendo disipar la turbación.

-¡No me gusta esto! Siento ser la negativa del grupo -decía María

instruyendo cuidado.

Flor serenaba la auto negatividad de María y particularizaba el

aumento de lo que era un síntoma colectivo.

-María tiene razón, hay algo que no marcha bien y no es cosa nuestra,

nosotros no hemos provocado nada -se preservaba el acaso mea culpa de

ellos con absolución demostrada.

A toda vela desplegaba Flor en su portátil conexión a Internet

buscando entre sus mediciones favoritas de alteraciones sísmicas,

militares, pasantes espaciales, cualquier noticia, y encontró miedo. -

¡Es terrible, el eje de la tierra está inclinado!

-¡No puede ser! -se cantó en más de un timbre de voz distintos

desmentidos.

Pequeña Flor comprobaba la trayectoria con la ayuda de los satélites.

-¡Está confirmado! Girado 23,5 grados al sol.

-¡La posición del solsticio de verano! -clamaba alocado Gaudi.

El equipo informático recibe una alerta- ¡Merde!, con esto no

contábamos -repele Flor lo que encuentra, tan impresentable repulsiva

como manifiesta.

Pasa a primer plano un avance extraordinario de la CNN, y sube el

altavoz para que todos oídos aguanten lo desagradable que se

transmite.

-"Las últimas noticias que tenemos es que son ya cinco ciudades con

Dusserdof las que han sido bombardeadas, presentado todas ellas

ataques aéreos escalonados. Las primeras fuentes no pueden concretar a

quien se pueden atribuir estas matanzas de civiles. Se oye hablar a

los ciudadanos, hecho que no podemos confirmar, haber visto

alienígenas lanzado bombas sobre las ciudades sin ningún objetivo en

concreto. Recordamos que el primer conocimiento tuvo apenas hace 23

minutos en un mercado callejero de Hensilki, y después han ido

sucediéndose el mismo modus operandi de ataque sobre núcleos de

poblaciones en las ciudades de San Francisco, Barcelona, Moscú y

Varsovia. ¡Tenemos ya las primeras imágenes de los atacantes! Se la

mostramos...

Lo que se da en la pantalla es la terrorífica imagen del horror.

Fuerzas enemigas seguidas por ataques aire-aire de cazas de combate

americano no consiguen vulnerar el blanco, al causarle impacto. Tras

el fuego, sale de la nube de la explosión un jinete en el cielo

cabalgando en una montura de animal con aprieto de unicornio,

desplegando bolas incendiadas que naciendo de su cuerpo las propulsa

abajo, a lo parece ser que buscando en la diminutez de la altura donde

discurre gran actividad de personas. La cámara recoge la colisión al

llegar al estancado puente de la ciudad de San Francisco que se

precipita al agua quemado sus agarres de sujeción.

El comentarista veleta de asombro y se queda sin palabras dejando muda

la imagen, que en primer plano se acerca al terrorista aéreo. El

detalle detalla un demonio alado, blanco, vecino anudado de rojo sobre

un unicornio pintado al matiz de la nieve.

-¡Es un arcángel! -Afirma Gaudi conocerle por los textos, antes de ser

lo último que se transmite. Desde la insolencia de conocer la verdad

en el estudio técnico, es cohibida demostración total de terminación

por protestas. Se quedan sin cobertura televisiva, no hay ninguna

señal, han cortado el hilo de vida de la emisora con la relación por

lo que se puede entender.

Los ojos del mundo en cambio reciben testimonio bíblico. Los asesinos

de Dios crean confusión caótica en la globalidad del planeta. Los

distintos ejércitos internacionales intentan eludir los ataques con

sus mas imponentes armas, que derrotadas no les conduce para sacarlos

del plano de la esfera celeste. Un escudo invisible vela por estos

ángeles menores de la jerarquía angelical, chocando contra ellos

implícito una bomba nuclear autorizada desde La India rebota

destrozando en su caída una parte de Islamabad. Creyendo que es un

fuego del fronterizo país, Pakistán responden armamento nuclear en

Nueva Delhi. El informe de los americanos les llega tarde al país

islámico, donde sólo notificarán una disculpa, por ciento y pico de

miles de muertes. Repartida conciencia desnutrida a poco toca nada.

El caos mundial es tan temerario que la gente enloquecida desatina

angustiada en su sensación de ser los últimos minutos del perdido

futuro, cualquier lugar es abusado sin contenerse la esquizofrenia. En

una iglesia católica en pleno parís decenas de fieles tiran abajo la

puerta de la catedral de Notre Dame, que estaba a la orden del obispo

peleada por cerrojo. Los enloquecidos parisinos asustados piden

clemencia-. ¡No tengáis miedo, es solo una prueba de fe. Dios está con

nosotros y Dios nos salvará, y nos llevará a la vida eterna... -el

clérigo sucumbe entre los brazos de sus fieles, se cae por un disparo

de parte innoble ejercitado a cinco metros por un veterano combatiente

de la dura vida, uniformado de repartidor de correos. ¡Hoy se envía

spam a muerte masiva!

-Yo no he hecho nada... para que me lleve Dios -se reparte el

mensajero-. Yo no he hecho nada -les sirve a las demás personas

angustiadas que abarrotan y circunscriben al sacerdote venido a

tierra.

Una de las mujeres recogía el libro que apretaba el perdido católico y

la emprendía a golpes contra el suplicante hombre, que entre los demás

le desconsuelan del todo y le acogen a reveses para que aligere el

bulto de la pistola, ante la avalancha humana que frustra en él sus

propios temores y vergüenza de lo que acaban de ver, por desaprobación

de una ambiciosa alianza popular.

Segundos fuera todo lo malo se pega, y acto seguido las nocivas

acciones se pagan. De una cruz cohibida entre demasiados desconocidos,

incontrolable los amiga abrazando sus almas y besándoles listos sus

cuerpos para la muerte.

Escenas tan terribles desnutren una civilizada humanidad allá donde la

hubiera. En los senderos mas inquietantes del mísero día a día, no

parece valer aquello de estar acostumbrado a la limpieza negra por un

Dios racista.

Cada arena minúscula sortea para que no le trague el agua del mar, no

la emborrone y sea mojada, inundada por el flujo que engulla mar

adentro...

-Mar adentro me llamas, mar adentro voy con ganas.

Mar adentro sé que no hay nada, carencia que temer en tus aguas

renaceré

Mas adentro, no me entretengo y no temo.

Mas pecador, me vuelvo en tu paz de nuevo pescador,

Del consuelo que me arropes con tu amor.

Mar adentro, mas adentro,

Tierra adentro me reitero, esperando tu encuentro.

Llévame Dios... llévanos a todos a tu lado por favor. ¡Arrepentidos

hombres de buen corazón -desde la azotea de un edificio a la altura de

quince pisos se dejaba la garganta un hombre que unía una mujer por

derecho de mano, dirigiéndose abajo como un repentino y esporádico

Mesías se arrojan ambos contra el asfalto, dando a lo que imitar.

El caos anárquico de las calles por las innumerables ciudades, de

distintos lugares recónditos del planeta dicta de broma de mal gusto

alentada por los Cruzados de Dios, que publican ostentados en su brazo

ser ángeles de la doble Z.. Unos verdes pubescente neonazis de San

Petersburgo felicitan a uno de los asaltantes de la guardia roja.

Habían visto por televisión su linaje, y recibidos por una bola de

fuego les firmó festejándoles la alegría eslava.

En los menhir no han escapado al tiempo- ¿Qué significado tiene esto?

-preguntaba María.

-Están siguiendo el dictado del Apocalipsis con una escuadra -precisa

Gaudi.

Y al momento de callar les llegaba comprometiéndoles un arcángel

surcando el cielo aéreo. Los ha visto y va a por ellos.

-¡Destruirá el Crómlech, tenemos que apartarle de aquí! -reclamaba

Gaudi predilección de voluntad por preservarlo a cualquier valía.

Instintivo se echó a correr campo abierto, de costo se ofreció barato

a cambio de una pizca de renta sin calcular en tiempo y en vida.

-¡Vuelve aquí! -le pedía perdida de su favor Flor.

María se resbaló por la hierba tan deprisa como se superaba para

llegar a neutralizar a Gaudi e hilarle con un aro intercesor que

instrumentaba lineal sin cartabón. José inflaba por su parte un escudo

protector ante la hipérbole canica de fuego que manejaba el arcángel

en su confección, y para no excluir que Gaudi y María estuviesen

vendidos por tan flojo arancel de escolta, iba a su ayuda.

-Flor, ponte detrás de mí -José esperaba en la distancia cubrirles a

todos. La fogata del obús neumático explanaba al sacudir la banda

fronteriza entre la vida y la muerte, haciéndole retroceder de

arrastre- A ir marcha atrás José combustionaba ardoroso al tener la

coartada de haber tapado con suficiencia a María y Gaudi que no habían

cogido ningún rasguño. El arcángel tras descargar tiró para arriba sin

importarle el resultado parcial de la consecuencia de su apoderado

episodio.

-Ya ha pasado Flor. ¿Pequeña Flor? -insiste José convencido en

llamarla, ella no responde-. ¿? -le pregunta en silencio sin

respuesta-. ¡! -Exclama abatido, perdedor de un nuevo amor.

Cortada la raíz de la vida, sin respiración, sin aire, sin el caudal

del sol su tacto se mancilla, no huele a primavera, no encarrila en

cara una bocanada de candor. Su pequeña Flor balanceaba entre los

brazos de José. No puede sostenerse por su propia base, tronchada su

raíz ¡partieron!, ¡dejaron la tierra muerta! Las palabras se

retuvieron desecadas, la piel fría de la helada que antepuso al fuego

que quemó cerraron ojos, que cojos miraban aun en la nada de la ya

perdida indivisibilidad de sumar y seguir, de volver con ganas a

emerger legañas en rutinarias mañanas. La pequeña Flor comparecía...

nunca supo decidirse que Flor fue. Si fuera rosa, de los vientos la

llegarían del horizonte al rescate, si fuera jazmín, los pedúnculos

del sustentáculo del labio rojo de carmín ahora sonreiría, pero afirmó

ser margarita deshojada, que él bordaba maquinando invención cada

pétalo para coserla a la vida, al que de un Dios salido de putas le

daba una patada volándola sin rumbo.

Nubes grises, detrás de su perfil llueve en la calle-, no me hagas por

favor salir de ti. Me mojaré al alejarme, dejaré todo al azar -

llegaron en un momento las nubes rugiendo al viento, tanto retorno

imperecedero reteniendo que jamás llegase este instante.

Se acabó, se mojó, se anegó. Caña rota-, y solo yo caminaré hacia el

intento de salvación.

Y se mojó, entre la lluvia se marchitó. Y se alejó, entre la niebla se

perdió. Y se dejó, su suerte a los duendes.

¡Y si, ahora es el irrevocable momento oportuno las descripciones!

-Porque tú ya no estás, porque nunca volverás, ¡Por qué!... ¿Por

queeeé?

Por inconsciencia me detallo en lagrimas, por el espejo quebradizo la

boca simulada erge lamentos obstinados encuadrar, para formar lo que

nunca verán, ya que pasados de vueltas, salidos del eje, lo que hubo,

lo que se usurpó no se puede devolver cuando de mis manos intenté

retenerlo inútilmente, del despoje de mi mundo. Pero no soy Dios, no

me creo que estuviera en mi decisión, cuando llega la despedida me

enloquece, tanto te acompañé a la salida, frustrado en el borde del

precipicio destiento por acorralarme. Cada reflejo es un ultraje, y

para no perderme sigo deciento en las descripciones, de vidriados de

lunas rotas que no soportan mi cara descompuesta, del castigo de verme

así. Y no me quedarán al corte rastros de cicatrices tatuadas en mi

piel, de estreno muda nueva disimula dermis de muestra, pero debajo

las heridas moran, aunque nadie las pueda al mirar escocer. ¿Cómo

fueron travestidas? Arrancándomela a tiras, y funde una nueva capa de

base de ácido de lagrimas, el epitelio tejido por capas y espadas, por

muertos queridos que se unen yuxtapuestos me quemo en mis adentros, y

ya no respiro, solo emito bocanadas de soplos de quejido.

Y a cada regalo de tu tiempo junto a mí que se fue, cada obsequio de

cara a ellos me imploran lloros por volver, y en uno me reviento, en

dos maldigo, y a la de tres me enfundo mi alma al revés y odio todo lo

que me haga recordar, que quisiera en vendetta bastarda acabar con mis

propias manos, dejarlo acabado a ese Dios consentido muerto.

Y están en tragedia cada ser que se entregó a la causa porque yo le

animé, y no les dejaré en un nulo recuerdo, en indultos de acabado

disimulo, porque no consigo revelar la imagen latente en mi mente,

pero con potestad desvelo lo que impide mi sueño de tenerles,

desentrañar lo que estaba oculto. Por sentirles en vida, encarrilo sus

memorias...

Golpe en la sien, para recordar. "¡Suerte, no va más! ¡Calla

insensato!, escucha el relato que el destino erigió".

Vuelven a sonar las campañas, ya es medianoche. No se notará si andas,

tus huellas en suelo arrendado no perdurarán. Tanta suciedad de sangre

venosa que lavar, tanta falsedad, en el color de la niebla la linfa se

incorpora incolora.

Y sólo será una cuestión más, un ego personal, centro toda la

ansiedad. Solitario se verá, es costumbre ya, todo o nada, ¿de qué

dependerá? Señero se notará, sin necesidad en la falta de costumbre

por cambiar. Y vacío, en sólo sinónimos sólo tan vulgar, el viento

decidirá, en que lugar cara o cruz caerá. La cara por volver, la cruz

de Dios tomar el dominio de tu regreso.

Sobre la ciudad templos de oro, y en defensa calles de penuria de

guerra, de morfina inquilina, de rezos embargados, de soldados

atrincherados de la guarnición sin comida, hambrientos del último

bocado de hace dos días de carne de caballo desclasificado.

Campanas suenan, la puerta cerrada siempre queda al toque, de no

dejados pasar. Quizás mañana podáis escalar con ganchos, en puenting

columpiar la ruleta que gira el caldero del aceite hirviendo. Las

flechas confiscadas al plano por carnes de huesos, o músculos en

armaduras presos. Lanzas rotas, degollina que brota, en el campo

contrincantes eliminados por fuera del juego de un dardo incendiado.

La baraja que reparte defunciones desde la torre ya se comió anteayer

al caballo, hoy sólo quedan peones que devorar, y el propósito roe, se

recrea en el pasatiempo de sumar matanzas para historias de terror de

los orgullos de asesinatos festejar.

Frío, o tiemblas sin mimos al distante lejano apego del cariño, hace

que no puedas dormir. Se rumorea que la rebelión interna no se tardará

en cursar, tú lucharás, tu espada a la batalla se unirá, tu vida una

más, en rifa te la jugarás.

Paralelos imaginarios, ejércitos apostados en rodillas se contemplan

separados por castillo que hace de papel, de señal en un terreno, de

llave de entrada, el que representa fingir con destreza que es la

máxima a la mínima restriega, hipotecada de por vidas.

Día arbitrario en pie, trompetas suenan que abren ¡Ya!, la partida.

Los gritos anuncian la lucha por ganar, la sangre que correrá, de

cuerpos que caerán al foso del pantano al lecho del eterno descanso.

Heraldos en la bandera que portas en la triunfal campaña consigues la

honra, si ni siquiera saber cuantas águilas lleva.

Sobre apostar al nacer nadie te dice con tu cuerpo no has de jugar,

¿qué importa en la hora de la verdad? Todo o nada fue siempre tu

bandera, partida se quedó en la arena. Los halcones desayunaron

águilas, tu apuesta se perdió tras la puesta de sol, y deploro por tu

siesta alegre, sabiendo que despiertos en vela los dejaste a ellos

para siempre.

Golpe en mi sien, para no olvidar, que hubo una vez en algún lugar

sangre y dolor por lograr un mundo mejor. Amigos a mi lado entregando

su savia hermanados por ayudar a liberar la libertad, en llamadas de

fuego clamo por dar las gracias, por darme consistencia para guerrear

sin saber donde íbamos a parar. A tu lado yo luché porque en la

intrepidez te encontré, a mi lado creciste porque en mi creíste, y no

te, y no os defraudaré, y en los restos mis palabras clamaran justicia

por reconocerte. Tú en mí no te pierdes, te memoro, y en tu lecho te

incordio para dar a conocer al mundo de ti, que la recompensa será

justa dártela si la serena paz de tenerla no se retrajera. La señalo,

la marco en delirios, la retrato en pintadas que encuadro, en la

retina diapositiva me acuerdo perfecto de nuestros encuentros.

Embarcan sentimentalismos de tantos amigos perdidos, me tendieron la

mano, "simple sin comillas" simple, mejor, obraron el prodigio del

milagro, en lucha, ofreciendo sus presentes por vencer para sus hijos

un futuro que ellos presentían ausentes.

Acuerdos de firmas, de campos de paralelos 38, pueblos se extinguían,

y en la batalla hombres caían sin compasión, sin justificar un metro

por ganar, un nombre de un reino por cambiar, una forma de puerta a un

estilo de cultura de templos religiosos por reformar. Por tu lengua

que no te entienden te despellejaron, por tu color distinto fuiste

esclavo del trashumante delirio, como ganado vendido por señores

ganados vencidos ante vosotros puercos rendidos. Escucho el filo de tu

risa acondicionada de la pérfida alzada de iza, de bandera pasó a

nudillos, a cuellos acorbatados de cuerdas ajusticiados, por

revendedores de daño, de alquilados déspotas sin mediar sonrisas,

enseñando fobia de desprecio fueron el precio al pago de un nulo

juego, que en tablas ha seguido perpetuo, todos perdiendo fichas en el

tablón, retirándoles la combinación del color por la presencia negra

de la ausencia de luz.

Y era de día, y me acuerdo de ti mujer esperando a tu hombre,

incansable aguerrido corazón en un puño que junto a la puerta su

venida jamás sonreía, a la espera de la llegada estabas con el corazón

a pecho a descubierto... rechazando el concluir de noticias

anunciándola de su amor sucumbir

Y era de noche... y no me suena esto a cualquiera de mis reproches,

porque ella sólo sabía llorar de sol a sol en la reglada frustración,

regalada por una hueste sin entrañas que le partió al frente, se le

encogió corazón de nombre hombre, corazón de apellido como el de tu

hijo, corazón que suena en tu vientre a su ritmo, corazón de piedra te

adueñó, de su regalo de vencedor...

Pasando los días se envejecía, sin conocer la alegría. Cortes en la

piel, y las manos viejas te ves, grito al viento, no puedes, deseas,

se acabe ese instante. Tanto orgullo en el mundo, tanta muerte, ¿para

qué? Para los fines de tres, treinta y tres jeon de viudedad por que

no vuelvas a ponerte corazón sonriente en pie.

Y ellos se fueron, no todos pudieron volver como me prometieron,

alzados de convicción dieron su sí por lo que ellos querían dar, por

un mundo mejor, por ti que un día no habrás conocido ni esta vida, ni

sabrás de mí ni de ellos, sueños dueños del reino que tu tienes bajo

tus pies.

Y desgarrarás toda tu ira en lagrimas perdidas, sin saber que ellos no

fueron libres de ese placer, y tuvieron que pagar esa emoción con

sangre en sus manos y un ultimo adiós... de su estirpe se extirpó, de

su sangre desangró, de su linaje sin herencia apadrínalo.



Ido de rabia y de cólera se tiende José hacia arriba, clama al

arcángel, que inflexible no media entre decisiones de uno ser mas

importante que otro en cundir la tierra de inmolados. José le llama

con intención para que regrese contra él, y conseguido, a la carga

atrae con montura arrojándose a tumba abre fácil, aventajando un haz

de calor pernicioso. José quemado de ceja a ceja no pestañea, deja en

frío que se acerque la calorífica digestión y lo detiene en sus manos.

El arcángel sorprendido quedó atañido y le costaba rectificar al

vuelo. Sigue línea recta al suelo en perpendicular a él, poco antes de

llegar a abrazarle se remonta, y es cuando José le devuelve la pelota

de calor que aislada en él se había desarrollado en bola helada de un

chispeante azul cándido, deslucido por un color tan oscuro que si la

muerte tuviera uno no daría referencia al negro, seria al que José

había transformado la bola roja de calor. Lanzándola al ente

espiritual le hace rodar al suelo. No se queda esperando y va a por

él. Cuando le tiene a mano lo levanta como si fuera un niño y le rompe

el espinazo sentándolo en su rodilla. No le basta, y al suelo el

asesino tallado con un pie José grapa el cuello y con el derecho bota

una patada que le arranca la cabeza.

Gaudi y Flor atentos están ya cerca de él. Transcurrió tan deprisa el

empalme de hechos que les costó seguir a José, que afectado decidía-

¡Tengo que detener a todos los engendros antes de que destruyan la

tierra.

Yo... -María quería exponerse a su lado.

-No María, no me servirías de mucho. Mientras tenéis que conseguir

descifrar la clave de entrada al portón, puede que dependamos de ello

al final. No te preocupes por mí, mato y vuelvo -Le monta un beso en

los labios y se da con el unicornio salvado, pasaje al cielo-. Llévame

a donde estén los demás -anima al animal agasajando en lindezas la

crin. Tirita en los ojos y dibuja un mapa en su cabeza con las

variantes del caballo volador, añadiendo al cóctel las fuentes de

calor del planeta. -¡Te equivocaste creando demonios Dios, si ha de

existir uno para ti lo vas a ver acabar... te!

Con una furia emergida de miles de años José está dentro de rabia

incontrolable. Mareando la ira de cataclismo, despedaza apogeo de

revivir una y siempre toda experiencia anulada, cortejada de

impotencia. Mantea barriendo en el cielo impurezas, sembrando su

parterre íntimo discurre ya a la extraordinaria velocidad que la

criatura que la aúpa puede alcanzar. Vuelan literalmente impulsada por

José.

Da alcance a un miliciano de tercera jerarquía, no da frase para

ningún entretenimiento. De un salto tremebundo viniendo desde atrás

José se arroja en caída libre al esperpento género terroritario.

Enmendado de severidad por José, el arcángel sin cupo de actuar no

subsana del cuello que le cruje, y se enmarrona a la vista del cielo.

Ángel caído a la tierra, reparando deformidad fustiga réprobo al

suelo.

En la región del Lazio remedando antiguos presagios de historia, Roma

es acorralada de llamas por dos pirómanas extensiones del Creador,

haciendo horas extras a dueto. Con estado independiente, el vaticano

es protegido por invisibilidad a cualquier imbécil de dar gracias a

Dios de milésimo portento.

A través de la atmósfera irrespirable balsámica de olor a azufre, en

picado arribando por alto llega velocidado un meteoro sin mediaciones

de parar lo que los arcángeles han infringido en alguna estreñida

versión de risa, descatalogada al componer irremediable testigo de

ofuscación que es un modo de ser humano con dúplex cabalgaduras.

Alzada, erguida con cada pie en sendos unicornios pisa a fondo,

desbocando lleva a mano las riendas de brillante de luz. José expanda

los brazos y entrona a respectivos monstruos amaestrados con el reino

de los cielos.

Tribu de que no son nada, vienen enrolados disciplinas castrenses

migratorias, alertados por la ruptura del grupo. Ya han dejado el olor

del viento unos cuantos por un hombre rebelde, que no deja conforme

que la nada le robe su acabe. Cinco execrantes le vienen cercanos a

por él, José modifica el buscarlos y ahora les lleva a su aire, lejos

de poblaciones habitadas. Por el franco de la derecha llega división

de sostén, por el frente columnista de soporte reforzado otro feto

inhumano sale a por el insumiso hombre, que al tenerle cerca le

consigna salva. Respetando por su honor José se inclina al lomo del

unicornio. El clonado aborto de Dios profiere bramidos- ¡Prietas a las

filas!, intensamente al descarrío de tenerle ileso de peligro. José

restablecido de animal, echa un lazo de fuego gélido y ata de un

exhibicionista rodeo a la cruda feria, no curada de espanto le aplica

una rígida contracción correccional. Destituido relegado de su asiento

se revolca afinado por firmamento. La correa que amarra a la cintura

se troca en cabo de soga, al partirse en dos el deforme espécimen

asado por el azote glacial de la cuerda. Con flojedad empuña sin alma

y con gran parte de su ausencia perdida, sin entresijos, el cordel que

espoleado guillotina todos los impropios enganches, dejándolo holgado

de gravedad.

Gaudi y María a miles de Kilómetros se afanaban marcando en piedras la

inscripción del criptograma a punta de Svástica. Todas iban cayendo

borradas en la cuenta a la negativa aceptación de las escrituras.

Contagiados de incredulidad no sabían programar público el secreto.

-Puede que ya no esté la piedra concreta que necesitamos -se rendía

Gaudi hecho polvo, tocado por la china que se había metido en la

plantilla de los pies.

-Las piedras son lo de menos, se podrían mover. Cuando crearon esta

entrada ya contaría que el material usado era inerme perecedero al

tiempo, o eso espero -recelaba María de repente- ¡Tiene que ser algo

distinto a como lo estamos haciendo y tiene que estar aquí!

Se pegó contra el menhir cansada al destino que le atrajo, o ella

atrapó la dicha al colocarla en mano al jeroglífico. Tapaba con los

dedos la horizontalidad de los primeros caracteres de la frase

tercera, redactada de los signos indescifrables. La fortuna que hizo

no dar al enter tras acabar de marcar el pictograma le daba una

ventana de ayuda.

Estrelló la Svástica lineal por el ecuador imaginario de los símbolos

de la tercera y quinta frase. La separación de territorios dejaba

boquiabierta la lingüística. A dos partes del trazo, arriba y abajo

conjugaban textos. En la parte alta seguía siendo ininteligible el

contexto, pero abajo Gaudi leía en indoeuropeo la tercera frase de

izquierda a derecha-. "La voluntad de la unión progresará nuestra

concordia" -y en la quinta separada por mano de María-. "Dos mundos,

dos espíritus diferentes, juntos somos uno. ¡Esta es mi llave! ¡Estas

mis palabras! Que la Z lo enZelle para siempre".

No quedaba más que hacer una X transformativa a una Zelle para encajar

las contraseñas.

Se arrió un muro cristalino con dos circunferencias de luz separadas

por un radio de dos metros. La que tenían delante iluminaba extendida

a la pérdida de la vista humana, y si hubiera mediación comprobarían

como viajaba a casi una centena de años luz, a la plasmada por los

astrónomos ¡Estrella Mizar! ¡Estrella Zeta!

María estaba preparada para partir, era notable demostrar que lo

sentía. Gaudi tampoco podía negarlo. Se movieron adelante pero pararon

en seco, no sabían el paso correcto, un último pedrusco aguardaba por

pulir.

Alterado en estado alejado de este mundo latía croando la vibración

que producía la luz tan de cerca al notar la Svástica. Estaban así a

una sandez de conseguirlo, para ojos que no puedan llegar a donde

estén ellos ahora, deberían pensar que están a un palmo de

transportarse.

María, poco conformada de aguantar la salida nula, derrite la Svástica

mentalmente. Cuajándola líquida, quedando las arterias del plasma

interior flameada sin desangrarse a la herida abierta del órgano

necesario, en mano la vierte a una palma permeable. Se esponja el

raenio por debajo de la piel entre la dermis y la epidermis, reptil

transborda gimiendo visible por las crestas papilares y los surcos

intercapilares, dando diversiformes desviaciones, empalmes,

convergencias, interrupciones, fragmentos surcaban "in crescendo" al

estirar y contraer su impresión dactilar.

Al contacto con la zancadilla de entrada, posa los poros de las

huellas digitales en una capa invisible de aire, dejando un vaho

inalterable de la impresión del dactilograma, y se moldea una vuelta

de mejora al seguro dispositivo ingreso de admisión.

-Faltan más conexiones -aseguraba Gaudi-. Una más -se remangó y

ofreció el brazo al poste de la barricada. María aceptó la petición

del chanchullo que se traía entre manos y le suministró raenio. El

montaje de las gotas batía en crecido infiltración de goteras con

forma y dimensiones variadas, peinaba crestas y cortaba surcos.

Gaudi decantó por retratar su rúbrica al compás debajo de la de María.

Por la otra cara se dibujaba nada más que una fijación de lo que tenía

que ser una inexorable palmada de éxito, pero ayudado por el calco, el

triunfo al menos divulgaba chivatazos. El hombre trajinaba sudor en

mano, hasta activar la aclamación prosperando al prólogo-. No es

suficiente- se enfadaba de pecar sin exceso por defecto.

¡Y clack! María pintó un tripartito apropiado al oportunismo. Agitando

la membrana de la Svástica, dio noción al brazo partido de la derecha

de la bestia matada por José (atraida insinuante al tirón partiendo

cualquier denegación), volcando raenio a las yemas de la falange de

los dedos.

Tolerando medias mangas de santo y seña, el portón valla el corro

menguante de los menhir formando un disco, sacudiendo centelleos en

órbita. Un reflejo de olas ondeando transversales mostraba Stonehenge

sin ningún menhir, ni dintel, nada, ninguna piedra se visualizaba a

cámara rápida.

A la hora del acceso, ya rebrotada taquilla censurada se pierden Gaudi

y María la exclusividad por las malas artes. Se han iniciado en la A

para llegar a la Z, y no queda más que desistir al desahogo al ver

como llegan desde el cielo a por ellos un pelotón de arcángeles

engarzados en blancos unicornios. Hay dos que se diferencian, uno

negro montado por Ratzinger y otro rojo llevado despiadado por Dios,

que hostiliza en una guerra no declarada al centro de la curva cerrada

donde se aseguraban a la defensiva María y Gaudi. Vapuleado por

singular, se desmorona el resguardo que les respaldaba.

¿Qué hacer sin saberse la respuesta? ¿Adelante? Puede ser mortal.

¿Marchar Atrás? Atrás, mejor no regresar ¡jamás! Arriba Dios,

Ratzinger, y monstruosos arcángeles demostrativos de arruinar vidas

dejan los sueños asesinados por un puñal en las entregadas ganas de no

volver a despertar. Alejándose de la realidad abandonan cualquier hizo

o dijo, que torne en una maldad miento.

María toca el redondel de la lumbre templada de luz dispuesta

aventurarse, y se capea olvidando la parte de tierra de la que partió

para juntarse en un nuevo mundo. ¡La estrella Mizar! ¡La estrella Z!

Gaudi se aunó a este lado del portón, habían ganado unos segundos,

¿pero para qué? En un amén la erupción de Dios será repentina.

María aun no compuesta del todo dejó algo suyo en la tierra. Retrasó

la mano para recoger el plasma de Jesús y llevaba algo en la sangre,

el raenio que había configurado la Svástica. Cortando el paso entre

mundos se zanjaba en dos, junto al cuerpo del arcángel que intentaba

pasar, quedando en tierra casi todo menos la extremidad a donde quería

llegar y no consiguió al extremo límite.

Con el portón desvanecido Dios arroja un cableado elixir de

temperamuerte derrumbando uno de los menhir a ceniza.

A este lado de la estrella Z, para los recién llegados parece que todo

es igual, un círculo de menhir rodean el centro de la piedra angular

de entrada. Están contadas tan precisas que al salir del medio no

calibran que se encuentran en la cima verde de un despeñadero feroz.

-¿No estamos en la tierra? -se preguntaba Gaudi.

-¡Creo que no! Decía envolvida María al mirar.

La masa de la gravedad era réplica a la de la tierra, el aire era

limpio y se podía respirar, aunque era extraño porque pesaba. A cada

bocanada de respiro entraba gotas sólidas minúsculas que hacían

cosquillas por la nariz.

Gaudi aplaudió y al mirar la mano tenía aire orgánico de mínimas

burbujas que se desvanecían solas, a su vez María cazaba por su puño

este impropio aire de naturaleza desconocida. El producto era igual,

aire comprimido que se perdía como si fuera arena en caída, con la

diferencia que desaparecía. Polvo de estrella, era la peculiar forma

de entender la química.

La luz llegaba en ondas magnéticas, y no era uniforme. Pegaba claridad

en algunos sitios y entre pasos oscuridad, repetida y

desconcertadamente. No tenía mediación práctica, por poco o por mucho

pasaban de la noche al día. No era sólo esto, sino que en la

perpendicular la luz tocaba varios puntos de un cuerpo donde en otros

no era posible llegar.

-Parece que estamos detrás de una persiana -comentaba María sin

sentido a este fenómeno.

-Creo que la explicación puede ser más sencilla de lo que vemos. El

aire -agarró un poco para soltarlo- es irrealmente compuesto y ligero.

Tal vez por alguna razón que desconozcamos se pegue a una capa alta o

baja de lo que podíamos asemejar con la atmósfera terrestre. Esos

pozos de nubes -señalando al espacio exterior- diría que es un

conjunto sólido de este aire, pegado o en movimiento por lo que

parece. Aunque discúlpame María todo esto que te cuento son teorías de

un charlatán sin ningún carácter científico que lo avale.

María le entregó un gesto de que estaba con él en esa particularidad

hasta que se demostrase lo contrario- ¿Y ahora aquí qué hay que hacer?

-confundida no acertaba en el procedimiento.

-El libro de Ptolomeo no da instrucciones a partir del portón,

deberemos estimular nuestra intuición y hallar lo que se guardaba con

tanta fascinación, lo digo pero... ¿Adónde iremos ahora? Esto es un

desierto sin brújula para nosotros -entrañaba Gaudi preparando la

incertidumbre arraigada.

María no estaba de acuerdo, y destacó apuntando un sitio. Gaudi se

arrimó a donde estaba ella y presenció la cúspide de lo que parecía

una pirámide. Al estar la colina por delante tapaba la certeza.

Fueron allí, no podían tardar en descubrir si era la dirección

correcta a tomar.

Era difícil moverse por las corridas velas del planeta. Molesto en los

ojos daba de mínimo para ir cuidándose en un ascenso por el sendero de

sobrasada petrificada que llevaban. La temperatura al igual que la luz

era contradictoria, un frío próximo a los diez grados peleaba de calor

con los cerca de cuarenta que apuntaba donde daba de lleno la luz.

-Los que vivan de vivir alguien aquí, deben ser inmunes al resfriado -

decía Gaudi. Y es que la exposición ambiental era radical, bastante

inhóspita para una vida terrestre pero no descartada para otras formas

distintas.

La duda era participativa para ambos, y Gaudi lo aplicaba en voz-

¿Habrá vida en este planeta? -sin tener en cuenta la respuesta María

narró los pasos atrás-. Hasta ahora no hemos vistoooooo ¡Ahhhhh!

-Gritó del susto que se había llevado. De cara, un nativo a grandes

rasgos similares a los terráqueos se paseaba de frente. Quiso remediar

para que no se transmitiera el contagio del sobresalto nervioso,

tocando el hombro del hombre que estaba sobre ella pero le traspasó

doblemente. Primero no pudo palpar cuerpo al atravesarlo y consecutivo

el lugareño la pasaba a través sin tacto. Un espíritu que no se

detuvo, y del que María consciente recapituló despierto al fijarse en

la mirada que la echó.

María y Gaudi quedaron al lapso circunstancial del que se iba aquel

hombre por el sendero. translucido más que diáfano. No se dejaba ver a

través de él nada, pero su masa era abusada sin moléculas de cohesión.

-¡¿Era un fantasma?! -de los nervios María dudaba cuanto decía ser

posible.

-En este mundo tal vez tengan distinta composición que la humana. Lo

que ya tiene menos lógica es que no se extrañara a vernos. Al menos

podemos consolarnos de que si no se puede tocar, también no pueda

invertir el atributo que lleva, o no, a saber -echaba quinielas a lo

tonto sin saber qué era lo acertado.

...A las puertas del portón, rodeada de maldad de la buena, se instiga

al mundo perdido. De la mano de Dios recupera raenio que llevaba en

plaquetas acoplada la sangre de Jesús, en su descomposición plantada

en la hierba.

El jefe del clan sujeta al brazo a uno de los no hombres de su

séquito, con la condescendencia del capataz Ratzinger. Al forajido

elegido le injertan absorbiéndolo, gota a gota que le sube desde el

suelo raenio. Como pasó hace rato con María y José, a este endemoniado

angelito tiene ahora la misma naturaleza flotante por debajo de la

piel.

Dios canalizaba de antemano, por la presencia ocular que necesitaba

más de una palma digital. Tan rápido como pensamiento hace fraccionar

la base de la mano del arcángel en tres finas lonchas, que se

colocaron en Zeta en la compuerta para el paso.

El portón generó la bienvenida a la clave circulando el espejo de

mareas onduladas.

-Lávate las manos para que no se te infecte!

-¡Si no es nada! -se recapacitaba Gaudi de la recomendación de María.

El hombre se había hecho un corte insignificante al resbalar en

terreno mantecoso, e intentar sujetarse al caer para no perder la

tierra se la clavó.

Se acercó al arroyo para limpiarse, y menos asombro que de primeras,

aunque sí espectador fotográfico comprobar que el agua no era líquida.

Se explicaba en una pureza pareja al aire, al sostenerla en el hueco

de su mano en gotas sólidas.

-Como le hubiera gustado a Flor ver esto -resentía en el ánimo al

pensarlo.

María daba sin decir lo mismo al pensarla.

-¿Qué estará pasando en La Tierra, y dónde estará José? -no eran

preguntas para María, se esperaba la respuesta a la vuelta.

José está entretenido por varias legiones de arcángeles que intentaban

atajarle. Luchando por supervivencia el instinto implantado a los

destructores celestiales han llegado a la llamada de la manada, para

desesperar al peligro que le ataca.

El hombre rodeado por la mayoría a la que se enfrenta deja de ver

aeropista. Los continuos giros y cambios de frecuencia direccionan la

improvisación que acaba planeando.

Al calor de quintales de fuego que le persiguen, se retira con la

montura en la profundidad vertical al lago Titicaca, que le deglute

sin oponer reticencia. Sumergido al anexo de bolas caloríficas de

grasa combustible caídas a por él, se desvanecen en las mediaciones de

la vista de los gángster empleados de Dios, que a pocos metros

grapados al aire esperan encontrar el cuerpo, o en mayor medida el

alma de José.

Las criaturas no dan para más, aunque no comprendan de lo que se trata

si se sobreentienden que se han puesto muy pesados a la comba, y ahora

en la cuerda de la longitud del contorno del perímetro, esperan

circulando al corro de la patata.

Se equivocaron en los parciales, a los tiempos, no son tan bravas como

se venden. Se quedaron frías, ensopadas desprevenidas por la tromba de

agua. José al enlagonarse había retenido la onda de rebote, la sujetó

llevándola al epicentro de los cuerpos esféricos incendiados que le

seguían, las apareó y por petardo rompió aguas en una ducha fría

creciente que pilló pálidos, a los pardillos enrojecidos enredadores.

José que se nutría de la subida de capacidad del agua, llevaba el

empuje del unicornio traspasando lo que ninguno pudo evitar, que se

les colara de caño entre los sensores rabos que eminenciaban al acabe

del lomo enchufado, por la presión del caudal.

Los ángeles no se iban a quedar fríos, insatisfechos de nadar y

guardar la ropa. Un fósforo de emergencia los había encendido

preparándoles para la borrasca, y la que fue máscara en presencia

exterior, se quemaba por entera finura enseñando el demonio que

llevaban camuflados en pamplinas de santo.

Mas peligrosos que nunca formaron decididos por todos, acabar con el

prohumano antes que ahora, mejor que ya, decir ¡muerto ya!

A los batallones diocesanos con instrucciones clara de hundirle, los

tripulada galgo José en la dirección de la tormenta, que en programa

en abierto descargaban las nubes lluvia. José calado hasta los huesos

valía de carnada de cebo para abarcar la red que ningún tiburón de las

alturas ondaba receptor. El reclamo estaba abordado, y José comprendió

tendiendo los brazos en alto en uno sólo, para instalarlo como antena

móvil para hacerles llegar el mensaje desde el cielo.

Lo que estaba por llegar no se hizo esperar, un trueno lo avisaba.

Caído como un rayo, tanto que era fiel vivo, se incurrió en José, que

con la templanza convencida daba auge al intento que seguía a la

sequía ocular de sus adversarios.

Extendió el brazo izquierdo con forma L, de novato del cielo, y con el

derecho en disimulos dedos que estaban pegados, al aire conducía

atrás. Tensionándo los estiraba sin perder la unión comunicativa entre

diestra y zurda. Soltó tirantez, y adelante una chispa al soplo del

viento encendía de la insustancia una flecha incendiada de

electricidad, que descargaba fundiendo los plomos al tocar a la panda

de los engañosos seres, fulminándolos instantáneamente.

Los restantes arcángeles de la muerte inflexibles anodinos no miraban

la escapatoria, y no se les volvió a presentar. José sprintaba

enflechando en ristras a los apurados infelices. Satinados

santificados de luz, sería la más próxima de sus satanificada vida que

apagaban al bufido por mal pagadores de sus pecados.

Visto y no visto se publicó al cielo tantas luces que celebraban

fiestas patronales de santa jodida del tenebroso. Se clausuró el

torneo de rivalidad, no quedaba más por hacer, y ahora le esperaba en

la siguiente fase un contrincante más duro de roer que las aladas

ratas que fulmigó.

El unicornio ligado a José aguantaba en carrera. La cabeza del héroe

mundial flaqueaba de instintivos desconfíos. Recorría el planeta otra

vez en busca de María. El egoísmo apartado de estar a su lado para el

bien global le provocaba una angustia negativa. El equilibrio le

atiborraba elocuente si el mundo era más importante que ella, que era

su único mundo.

Desechaba pensar, pero no lo podía escaquear, estaba ahí. Acechaba

mirar al aproximarse a Stonehenge, no la podía ver, no estaba allí. No

se encontraba ni ella ni Gaudi, en su lugar un centurión luminiscente

partía al infinito, que ya se sabía por otros que era la estrella

Mizar. Hasta no estar cerca no lo pudo apreciar, y es que a media

distancia simulaba su aparición siendo indetectable en nula opacidad.

Al círculo ondulado le habían hecho un pase triunfal entre las piedras

a Dios. Algunas estaban volcadas, apartadas a un lado, prudente podría

imaginar lo ocurrido. E inseguro inquieto, conteniendo desgarre fue

directo a la corredera luz entrando a matar sin bajarse de la montura,

saliendo a escaramuza en la estrella Zeta.

El forcejeo con la fibra centrífuga le despedía sin control. Le costó

esquivar un dolmen al que del hormiguero le picó en la pierna, pero no

le pudo parar. El oxígeno le llegaba con inexactitud de eficiencia,

pero no le detuvo, la negra sombra y la clara luz le intentaban

engullir cada parte correspondiente en su adicción, pero no le separó.

María no estaba allí esperándole, y no pararía hasta hallarla.

La cúspide que adornaba la colina, cercana descubría una construcción

de naturaleza artificial. Eran monumentos hechos por seres cerebrales,

y lo que iba de relleno era la importancia de tenerlos a un centenar

de metros de los ojos a María y Gaudi. ¡Estaban retenidos,

capturados!. Era claro que Dios estaba detrás de la operación, y esta

vez no estaba sólo. Le acompañaba el enigmático Ratzinger y bastantes

arcángeles bestiales que andaban en las cercanías, con un aspecto

mucho más portentoso que los que había combatido. La raza de estos

ángeles podían llegar superior, por ser ascendidos a querubines

fácilmente. No era predilecto ni mencionarlo el qué fueran lo que

deberían ser, cuando José los moliera a polvo.

Estacionado entre matorrales, le sonaba a su espalda la rotura de una

rama en el suelo. Cuenta los libros satánicos que al volverse un Judas

vendiendo a Dios estaba allí.

Su aspecto era humano, pero ya no le quedaban por hoy acciones de

creer bien, y se preparó para cogerle antes de que abriera la boca.

El hombre que se hallaba en la historia por omisión no indicaba por

donde iba a salir, si correr, gritar, o atacar. Permanecía quieto, y

nada más sentirlo a la tercera presencia que se unía en la viñeta,

paralizado. Un arcángel que eran tres cuerpos al de ellos los había

localizado en la espesa vegetación.

Por ser tercer consistente no considerado agrado, quiso darle José un

leñazo con el tronco que ladeaba entre ellos, y en la pretensión se

quedó, no pudo levantarlo. Se empeñó tanto en removerlo de cabeza

porque no se levantaba, que recibió por descuido un golpe del último

aparecido en la contienda, que había estimado tirársele encima. Cuerpo

a cuerpo peleaban. El contundente físico de su competidor era una

lucha dura contra él. A la fuerza.mental también sacaba

contrariedades, y es que no podía ejercerla para detener la gigantesca

musaraña que le superaba por creces múltiples de masa muscular.

Se intentaba como se podía separar uno de los brazos de la bestia que

le ahogaba, y parecía escollo costoso. No se rendía ni a la de tres, y

le pegó un codazo en la cara primero y tras ello un zurdazo de lleno

en el estómago (o lo que tuviera donde diera), que el gusarapo de

tripas fuera apartaba la monstruosidad atorado.

Separado de él, tan mala pata tuvo que se cayó en la cuenta maestra

para el arcángel, que copiando la idea iniciada por José tomó a lo

bruto roído de raíces el tronco, y colocándoselo a lo largo lo paraba

para ajusticiar a José de un tenedorazo.

Picante, aun quieto con pocos recursos el ángel gemía y no de placer,

a no ser que fuera hermafrodita necrófilico. Se arrodilló sin ser la

hora del rezo. Se tumbaba, cansado de la vida que le mataba. Detrás,

con una estaca fina de gruesa partida estaba el espontáneo que le

había ayudado.

El profundo alarido de la bestia inhumana llamó sospechosamente el

celo de los demás seres de la camada, que estaban a lo que caía.

También había llegado la grave aguda desgañitada a odios de Dios y

Ratzinger, pero ellos tenían otras preferencias. Dios ordenó a los

subalternos que inspeccionaran qué ocurría. No se separó de la celda

de castigo, y continua prospecionaba la construcción que estaban

creando varios reencargados apóstoles. Con tablas de troncos

levantaban una estructura que al estar iniciada no tenía esqueleto.

Serraban con sus uñas los maderos para encajarlos a la arquitectura

que les demandaban. Resbalaba líquido lechoso al extraer el tronco de

algunos árboles, y de cara evidenciaba erupción. No debieron tomar

corticoides para aminorar los efectos del látex.

Varios esculpidos deformes cupidos fueron a donde oyeron el grito del

rezario. José quería liberar a su amor, a su amigo, acabar con Dios y

quien se interpusiera en su deber sagrado, pero el embarazo a frenar

era múltiple. No tenía la Svástica para delitonarle, y juicioso de lo

que había sufrido con sólo uno de los mostrencos dudaba que hacer. El

nativo no esperaba a que recapacitara decidido y tampoco a la llegada

de los grandes peligros. Le indicó a José que le siguiera, el gesto

era significativo de lo que le indicaba, atrapadamente descrito. José

no pudo más que seguir al hombre por si pudiese obtener ayuda de él

para recuperar a los suyos.

Bosqueó por los páramos, que atrás apisonaban para expurgar el terreno

de malas hierbas. El hombre misterioso le llevaba al paso que debía

seguirle. Se introdujeron por el reducto cóncavo de un árbol frondoso,

dispuesto de conejera.

José odiaba muchas cosas, y la fobia de entrar en un sitio oscuro y

estrecho no le estornudaba tanto repelús que el desconocer el dónde,

aunque la lógica le indicara que el interior de la corteza estaría

hueco de serrín, para poder ocultarse al pensar de las cabezas de los

demonios descerebrados.

Estaba más lejos de la realidad el escondrijo. Gatearon más de

cuarenta metros en un reducido túnel que parecía haber sido excavado,

limpiado y asegurado.

José había perdido al hombre al que secundaba en la salvación, y es

que el pozo lateral había cesado. La estrecha mina había pasado a una

imponente y reducida ciudad subterránea, a la que la montaña se

convertía en sus extramuros. En un elevador doméstico les llevaba

abajo.

La metrópolis quedaba a la apariencia de estar anclada en el pasado.

De tendencia antaña, el aspecto definía a una cultura extinguida ya en

la tierra. José prestaba la sabienda de pensar que la civilización de

este planeta estaba a años luz de la tierra.

Al detenerse a la base se bajaron del montículo-. ¡Vo vange! -eran las

primeras palabras pronunciadas de aquel hombre. José lo tradució por

el movimiento de la mano que decía- "ven, vamos, sígueme". José no

tenía otro propósito que este y caminaron por las calles llegando a

una zona urbana.

Los habitantes subterráneos eran de piel rosada pálida, aceptable por

vivir en cueva sin exposición prolongada al sol. La época anidaba

retrospectividad, la ropa que vestían enrolaban relatos de griegos,

romanos, macedonios o sucedáneos. No era igual a ninguno de los

componentes detallados, pero servían referenciales a José al paso

amplio de la palabra. Lo que les desconcertaba era que los lugareños

no se fijaran más en él, al ser extranjero de patria. ¿Estarían

acostumbrado a la presencia humana, habría terrestres allí, o ellos lo

eran para no preguntarse más afinidades?

Una mujer que se le abalanzó sin darle recado para apartarse, le

atravesó cuerpo inocua. El recibimiento por José fue inventado, no

tenía apropiado como reaccionar.

Tenía que comprobarlo. Tocó al hombre que le guiaba y era de carne y

huesos, o si no era así si que era sólido. Con el repaso morfológico

de José le miró sin pararse y volvió a mencionar-. ¡Vo vange!

La experiencia que atravesaba él no sabía dónde iba a parar. Tan sólo

pensaba en regresar a por María y Gaudi. Al cruzarse con otros

ciudadanos de la ciudad encantada, premiaba comprobar de uno en uno

como eran cuerpos trasparentes. No todos, y se diría que se sorprendía

mas cuando uno era habitado de carne, que los espectros sin organismo.

Lo que era otra incomplexión fue como las personas, si hubiera que

denominarlas de alguna manera, al pasarse una atravesando otra

quedaban trabados en goma de mascar. Esto duraba un mínimo hecho y era

peculiar, difícilmente explicable.

No se pasaron por más detalles, para entrar en un edificio con amplias

columnas embebidas. Encontrarlos por otras edificaciones que habían

repasado era sencillo, pero las que estructuraban el habitado palacete

calibraba tener una categoría que no se podía pensar en rápido.

El hombre que le socorrió le arrastró con voluntad a la cámara oval

central. Era amplia, un órgano rector amplio de la sociedad. Casi una

centena de personas se hallaban ocupando los asientos en gradas

semicirculares.

En mayúscula subió el tono de los que debatían en la unísona

generalización al verlos llegar. Dos hombres que ocupaban de pie la

exposición enfrente respecto a los asientos, cambiaron con

preocupación la charla de audiencia reservándola para el que había

traído hasta esta sala a José.

El eco que rebotaba hervía sin tiempo a coacción. Tenía el fuego en la

lumbre a las amistades familiares, y extendía que había desaprovechado

los minutos.

Ocho segundos antes de decidir largarse su rescatador se intentaba

comunicar con él-. ¡Lai maune! -se afanaba en dedicar esfuerzo

interpretario.

El idioma del nativo era tan distinto a cualquiera de los comúnmente

conocidos que quedó sin entender que quería expresarle en su decir.

-¡Raihy Vualk! -afinó cambiando de palabras, y el expósito se

convirtió en un párrafo entero que le dirigía a los otros dos

individuos que permanecían al lado.

-¿Raihny vuelka? -sondeó José.

-¡Raihy Vualk! -repetía el hombre misterioso. ¿Vas yunge?

-¿Vos yange? Brien

-¡Brien!

En un entendimiento inatendido por José, acababa pareciendo un

intercambio de palabras.

¿Puedes entenderme? -le preguntaba directo a José, que le llegaban

expresas. En la cabeza secundaba un recuerdo que nunca pensó que lo

tuviera.

-¡Vas runge mild! ¿Me entiendes mi niño? ¡Claro que sí! ¡No llores más

mi niño! ¡Mamá siempre estará aquí contigo!

La que hablaba no era la madre auténtica que la había adoptado, la voz

del pasado pertenecía a la madre que le había parido. Era la primera

vez que se acordaba de ella, nunca la recordó, si es que fue hasta

siglos después de nacer saber que existía, y ahora la encontraba

repentinamente dentro de él.

-¡Sí! Al principio no pude entender vuestro lenguaje -respondía José

al anfitrión de la velada ceremonia.

-Antes utilicé nuestro idioma autóctono. Con el que estoy hablando es

el lenguaje transmitido por los originarios. ¿Tú eres uno de ellos? -

le preguntó.

José poco asemejaba con quien le estaba comparando- No sé quienes son,

yo vengo de la Tierra.

-¿La Tierra? ¿La estrella azul con un astro gigante de luz y uno

pequeño blanco muerto que se diferencia en la oscuridad viéndose

entero , y otras veces sólo partes?

-¡Sí! El astro de luz es el sol, y la pequeña la luna, que oculta

parte de ella por la rotación, por el movimiento alrededor del sol.

El hombre con el que conversaba elevó la voz para dirigirse a los

demás asistentes. Lo anunció en su idioma paterno, pues José no lo

entendió. La resonancia embalaba el recinto, lo que les hubiera dicho

les levantó de sus asientos.

-¡Nosotros somos de la tierra! -manifestó a José el parlamentario con

la inmensa complejidad que generaba-. ¡Háblanos! Todos conocemos el

lenguaje originario -le solicitaba.

José apalabraba en acuerdo con delicada constancia, repeticiones,

rectificados y expresiones enrevesadas que se quedaban en una zanja

sin dar pujanza por consensuales.

Resumió en alto como había llegado, con qué intención, y varios

conceptos generales sobre Dios, los arcángeles, la profecía, y el

rescate ineludible que procedería.

Entre los tres hombres que ocupaban la parte baja de la cámara al lado

de José, llevaban la voz cantante del coro. A la inversa detallaron a

José hechos insoñables para él, que era la previa para conocerse

mejor.

Contaron que su pueblo era antiquísimo, de una civilización de la

tierra. Sus especificaciones confirmaba que se trataba del querido

planeta azul.

-Nuestro pueblo se llama atgants -dijeron.

-¿Atgants? -nunca había escuchado este nombre José, y no lo

relacionaba. Quedaba muy lejos en sus tiempos.

-Al idioma originario quiere decir Atlántida -le dijeron tan natural

que no ocupó nada.

-¿Atlántida? -Se daba José inquietud de repetirse al conocer tal

conocimiento-. ¡Estamos en la Atlántida! -se sumergía del zambullido

mediático que traía la noticia.

La Atlántida, el continente perdido, buscado en épocas por los

"diálogos" que escribió el filósofo griego Plantón donde escarbaba en

qué moró a este mágico pueblo un cataclismo que les hundió bajo el

mar. Un enigma apoderado por los humanos en busca del dorado, que

nunca prestó atención. ¿Descenderían los griegos de los Atlantes?,

¿quizás Plantón tuviera alguna conexión especial con ellos? Deprisa

atendía que el filósofo enunció que se había sumergido esta

civilización, y era erróneo. No le quedaba más sentido para hallarlo,

y seguía esperando que hacer respecto a la ayuda esperada a María y

Gaudi. La razón que retenía su marcha era comprender que con el

conocimiento sería la única utilidad para ilegitimar a Dios y

derrocarle.

Los hasta ahora nativos, y desde siempre Atlantes seguían detallando

ajustándose carismáticos. La interesante conversación que se mantenía

actualizaba a José precedentes de historia naciente creciente.

La Atlántida era un pueblo rudimentario, vivían cordiales con el fruto

de la agricultura, la pesca y el ganado en una isla. Intentando

acercar más por donde podría estar situada en la tierra, pero los

datos que aportaron no eran firmes para reconocerlos.

Fueron visitados por una raza superior de otra estrella, con un

progreso avanzado en sabiduría, armamento, y poder tanto mental como

en materiales propiciados para consideradas ayudas. Los visitantes les

entregaron parte de ese conocimiento para el progreso Atlante, y quedó

uno de ellos para conocer la forma de vida en la Tierra y administrar

bien esa fuerza concedida.

El pueblo renovó grandioso. Sin perder el equilibrio cordial y humilde

que siempre les caracterizó la vida mejoró en las ramas de la

sociedad. Instrumentos nacidos para facilitar un mejor y más rápido

trabajo con menor esfuerzo, nuevas virtudes de conocer la escritura a

través de números y símbolos, prevenir y curar enfermedades, poder

trasladarse mas rápido. Se construyó barcos capaces de llegar a otros

reinos donde jamás habían estado.

El administrador que cuidaba de ellos exploró nuevas culturas fuera de

la Atlántida. Viajó a distintos lugares y al agasajo le recibían

creyéndole un Dios.

Fue en este momento cuando la vida pacífica de los Atlantes cambió. El

administrador haciéndose pasar por el creador de toda existencia

creaba una religión para su adoración. En la Atlántida cambió el

status (José traducía al toque personal), quería que le idolatraran.

Ellos conocían su procedencia, eran humildes pero orgullosos, y

preferían no tener privilegios que estar a la dicha de la voluntad de

rebajarse a la supremacía absolutista.

Tuvieron ataques consecutivos durante grandes épocas por la conquista

de la Atlántida por reinos exteriores. No reconocieron que eran

enviados por el propio administrador para arrasarles, y quedar inmune

de cargos ante los suyos si eran exterminados de una forma natural.

Resistieron todos los intentos de entrar a la isla, el poder que les

habían entregado en tutela los visitantes era inmenso, y los ejércitos

que le atacaban tenían algún tipo de potencia no natural, pero escasa

para superarles.

Fueron reconvertidos en guerreros de una paz duradera (parecía

adornaba teatral ciertos comentarios).

Se acabó en un instante su historia, un tornado les arrasó y se los

llevó por un interminable viento impetuoso giratorio junto a la isla a

este mundo, tan distinto al que tenían. Tuvieron que adaptarse

refugiándose debajo de la superficie, lo que fue la Atlántida

terrestre estaba fuera. No había mares, el agua de los ríos manaba y

volvía acabarse en el mismo suelo.

Cuanto decían a José, les fraternizaba de haber sufrido al igual que

él represalias por el mismo verdugo. En la inmensidad de la punta del

iceberg, al bajar el agua rayaba que la masa de hielo flotante era

diamante de mantequilla cristalizada.

Cuando el tornado azotó, la mayoría de los Atlantes murieron al

desprenderse cuerpo y alma, les quedó la energía que llevaban

propalados por los originarios. La definición trababa que eran los

espíritus que vivían sin descanso (José ya tenía respuesta a los

fantasmas que halló por la ciudad). Los que estaban en la cámara

llegaron con vida, con cuerpo y sin alma a este mundo. Era tan anormal

recibir la ilación de las tres variaciones que se desviaba de la

facultad de pensar concreto al correcto de que un Atlante era Alma,

Cuerpo y Energía. No comprendió mal y los fantasmas tenían nada más

que Energía, ¿y los del montón restante no tenían Alma? (José dejó que

precisaran).

Sólo menos de doscientos de los cientos de miles aguantaron el

recorrido. Los que veía en cuerpo no conservaban alma, y al morir

renacían tras largos periodos de invida. Era una regeneración

voluntaria del poder que retuvieron, siendo la única capacidad que

tienen permitida en esta estrella. Las demás que disfrutaban en la

tierra estaban invalidadas por la entramada configuración del sistema

de este mundo, que desimantaba las dotes originarias.

En la tierra se comunicaban con los originarios a través de puertas de

piedra, pero el administrador la hizo desaparecer. En la estrella

Mizar les ha sido eternamente imposible poder llamarles, y acabaron

por callar. Tampoco pudieron volver al mundo inicial. El portón no

contenía cerradura, estaba abierto, pero sin alma no se conseguía

regresar.

Recapitulando lo vivido e invivido por los Atlantes había llegado al

fin del inicio. Dios llegó a la tierra como amigo y se convirtió en

conquistador, creando la religión para provecho determinado. José era

descendiente en mitad de aquellos a que llamaban originarios. Pudo

hasta sentir la memoria de su madre olvidada por la historia, y le

hizo crecer repasando el nacimiento.

José disponía de los naipes precisos, debía desenterrar los comodines.

-Dios debe haber venido a destruir el surtidor de energía que puede

hacerle parar según la profecía. ¿Sabéis dónde se encuentra ese poder?

-¡No hay ninguna aquí! Sólo la que trajimos, y carecemos de que

nuestra energía cósmica pueda ser utilizable. ¡Es ineficaz! La

profecía debe estar equivocada.

-¡No puede ser! -negaba José que fuera así. -¿Para qué iba haber

venido entonces si no hay más energía que.. -compilaba inventario de

los datos del manuscrito y las extensas coincidencias que había tenido

en los encuentros de hallar las claves. Agrupó estos hechos, más

cruces aspiradoras de almas, más la construcción que estaban creado

los arcángeles ¡y se encontró engañado! ¡No existía enigma! ¡ERA UNA

TRAMPA!

-¡Estáis en peligro! ¡Dios está aquí por vosotros, para quitados

vuestro poder y usarlo en la tierra!

Los Atlantes se lo pensaron y no lo aprobaban, o no querían suponer

que se estuviera en lo cierto. José quería entrarles en razón -En la

tierra es capaz de robar la energía humana, el alma. Aquí hará lo

mismo con vuestra energía. No se contuvo los comentarios escépticos

por los pobladores Atlantes.

José atendía que como ellos, él tampoco había podido usar su tributo

natural desde que había llegado a la estrella Mizar. No se le quitaba

de la cabeza una pregunta- ¿Por lo tanto Dios tampoco tendrá poder

aquí?

-¡Tampoco!

-¡Entonces he de irme! A quienes amo me necesitan, y la protección de

la tierra ya sólo está confiada en mi. Si Dios alcanza lo absoluto

será el fin de la raza humana.

-¡Te matarán si vas! Incluso sin poderes tiene una legión de guerreros

monstruosos.

-¡Prefiero morir por lo que quiero, que cruzarme de brazos resignado!

-A los Atlantes les molestó el ser indirectamente ejemplarizados

-¡Yo iré contigo, no tengo nada que perder! -había calado las palabras

de José en el primer Atlante que vio con vida-. Será interesante ver

de nuevo a nomadó, que es el nombre verdadero del que se cree un Dios.

¿Alguien más vendrá? -Gritó a las tribunas.

El pabellón se decantaba al silencio para camuflarse, y las quejas de

excusar por razones de razonar.

-¡Vámonos Ya! ¡Siempre fuimos unos cobardes y no habéis escarmentado!

-era aplacador con los propios suyos aquel hombre que encontró en José

un motivo por el que luchar, por el que vivir, o tal vez por el que

morir. Cualquier combinación era mejor que la intacta resignación,

integra de conformismo.

Dejaron a los demás perdiéndose como habían estado milenariamente, en

palabras.

Capítulo XI José vs Ratzinger

-¡Vamos por aquí! -El Atlante que se llamaba Iniger según se había

presentado en un minuto previo, le llevó a un salón armamentístico.

Las armas eran reliquias, y poco intensas para una ofensiva

complaciente, pero mejor que al desnudo poder disponerlas.

José aceptó coger un par de hachas y un sable de hoja curva, que se

iba ensanchando desde la empuñadura. El Atlante eligió una vara de

medio metro, de hierro hueca con corte recto afilado.

Equipados, salieron disimulada con matorrales a la superficie por una

cueva, esta vez si del tamaño para no tener que raptar. No le habían

contado, no hubo tiempo para más lecciones, si en esa estrella

habitaban otras especies, o únicamente se ocultaban del exterior por

el variante clima.

Con gran rapidez recorrían el tránsito que les distanciaba, hasta que

llegaron al campamento de Dios. Presenciaron temerosos que la sospecha

de José formaba cuerpo. Habían construido una cruz de madera, con más

o menos siete metros de altura. Estaba acabada y los arcángeles que

remataban la realización del trabajo iban bajando.

Ratzinger echaba la vista a la construida cruz apreciando estar bien

apuntalada, y golpeaba con el pie en la parte baja para sostenerlo.

Dios estaba caminando desde allí a la poca separación a donde tenían

atrapados en lianas a Gaudi y María, cercados por dos arcángeles que

cuidaban no pudieran tener voluntad propia de decisiones.

José ponía voz a las palabras sin sonido que llegaban de labios de

Dios, de lo que estaba diciendo a los prisioneros.

-Escrita está y escrita y vivida se volvió. El sexto ángel derramó su

copa sobre el gran río Eufrates; y sus aguas se secaron para que fuera

preparado el camino para los reyes del oriente. Y vi salir de la boca

del dragón, de la boca de la bestia y de la boca del falso profeta, a

tres espíritus inmundos semejantes a ranas; pues son espíritus de

demonios que hacen señales, los cuales van a los reyes de todo el

mundo, a reunirlos para la batalla del gran día del Dios Todopoderoso.

... Y los reunieron en el lugar que en hebreo se llama Armagedón.

Nadie saldrá de Argamedon hasta que se este consumada la palabra de

Dios.

-¿Acertáis en descifrar el acertijo? Ah mi María, que difícil es

mantenerse fiel. Lo que se cree cambia de la noche a la mañana, ¿a qué

sí? -Ella intentaba desligarse de las ataduras y le resultaba

imposible. Cerrada su boca al igual que Gaudi no podía expresarse, y

la única manera era el rencor que se mordían los ojos.

-¿Y tú Gaudi? Como el escrito te menciona, el falso profeta, que memo

con "tu profecía" ¿Ya te has dado cuenta que fui yo quien lo planeó?

Os conduje a las claves para que dierais con las que me faltaban, la

tres y la cinco no existen, las falseé. De hecho ninguna clave ha

existido, era un método práctico cambiar la escritura engañosa de la

entrada al portón por ecuaciones numéricas para darla como pasatiempo.

Me ha costado demasiado milenios la espera que acaba hoy. No os

sintáis mal de que era algo personal, como esta profecía hay miles

confabuladas a lo largo de la eternidad para que alguien pudiera

resolverla. ¿Ahora os estaréis preguntando por qué el libro decía que

el portón se abría para salvar al mundo del Apocalipsis? Una mala

transcripción gramatical aposta, bien descrito diría que se abriría

para engordar el poder de dirigir, mutado a los tiempos actuales

destruir al mundo.

Ratzinger humilde siervo se acercó a él, y le comunicó el precepto

cumplido- Mi señor, ya está preparada la plataforma.

-¡He de dejaros para siempre! -Dios se marchó con su mano derecha

hacia la cruz.

José había oído cuanto imaginaba, y tenía que actuar sin el remedio

garantizado para cubrir todo el mal que acechaba. Aparte de los dos

arcángeles que custodiaban a José y María, en la cruz había otros

cuatros y con lo dispersados elevaba la cuenta a más de treinta.

-¿Está seguro de querer hacerlo? -volviéndose le preguntaba al Atlante

la confirmación de lo que iba emprender!.

-¡Estoy contigo!

-¡Entonces, hasta la muerte!- Salieron con la mecha encendida en las

venas con destino al grupeto de cinco arcángeles que guardaban los

unicornios para el recorrido a la tierra. El nuevo amigo de José lanzó

por la vara de hierro al aproximarse un dardo mortal que erradicó a un

diabólico del quinteto. José con la hoja de cortar en la boca, hizo

volar las hachas de sus manos para cuajar el ímpetu de dos ángeles

póstumos. Estaban tan cerca de los que quedaban en pie que llegaron a

luchar tan de cara que podían esputarles. José agarraba firme el sable

al salto de llegarle a su contrincante, que expectoró los ojos al

hacerle la raya en medio de la cara. El último velador de la montura

acababa clavado por la vara de hierro que el Atlante la utilizó como

pincho.

Se habían hecho con las primeras unidades de infantería por sorpresa

en la unicorneriza, y subieron ambos vencedores a sendos cuadrúpedos,

el Ring tocaba el decisivo combate.

A la misma estancia, la cruz comenzaba a girar la noria de sustancias

redamadas en su conducto por los arcángeles cofrades determinados por

la autoridad de Dios. Vertían a una trituradora crucifijos que habían

traído desde la tierra, eran los que estaban atiborrados de almas

robadas. Al echarlo se despedazaba a un lado la madera inútil, y al

canal mecánico entraba el molido flujo del alma humana.

El humano-originario y el humano-atlante deflagraban al vuelo golpes

de sable y vara en el corrillo de anestesiados arcángeles

insensibilizados por expediente de maula.

Dios puso orden al regimiento de su clamor-. ¡Detenedle Amorfo de

fetos! -al menos él los reconocía.

Con la postura decidida del equilibrado paralelo que dominaba su Jefe

guerrearon a por los dos seres inferiores que le discutían su lustrosa

raza ariabótrica.

El orden mundial prevalecía en este a la lógica común, los primeros en

llegar fueron los primeros en caer. Circunvalando daban la signatura

precisa para autografiarles a sablazos y varazos. Cayendo siete

arcángeles, pero el reto daba coletazos al tirar primero al Atlante

Iniger de su montura y después matar de un trinchete el unicornio que

llevaba José.

Quedaron en el suelo, y aunque a la cofradía le faltaba la bocanada

para exhalar bolas de fuego no lloraban, ahora no les llovía la nube

amargadora de Dios. Se copaban acotando en la división de los

diecisiete un cerco 0, a ellos I y I, para conformarles con abrazo de

garras en un 8 y dejarles facturados en el negativo balance de que no

se pudrieran cuadrar una nueva acción.

Dejando a las mascotas infernales para la carnaza, Ratzinger no se

separaba de Dios ayudándole en la ingesta propagación en el

embotellado crucifijo, que estaba en ese momento llegando a la

vertical por un principal segundo rebaje después de haber pasado y

repasado el contorno del armatoste por dos veces.

Al llegar a lo alto del poste vertical evaporó humo translúcido

cristianizado de la cruz, y se esfumaba al hervir al llegar a

determinada altura. De inmediato los efectos se notaban en la

población de la estrella Mizar. A los fantasmas sin cuerpos al

contacto del aire rociado de la incoherente combinación, les sacudía

su energía, porteándola a la cruz dejaba sin presencia a los

espectros, no se continuaba nada en ellos. A los Atlantes les

desembolsaban al igual la energía que estancaban en el pozo de sus

cuerpos, y la entregaba para someterla de vuelta a la gran cruz de

madera.

El pueblo de la Atlántida estaba siendo saqueado como advirtió José, y

notaban disipados como se les iba algo que tenían en esencia sin poder

hacer uso de la fuerza. Quitando la potencia de la resistencia su

fisiología no producía ningún efecto.

José y su compañero de armas plegaban cortes a los arcángeles con

tenacidad, pero el grosor y el número aventajado de sus enemigos

estaba a punto de dejarles sin combustible.

Un arcángel fregando al aire su zarpa arrancó la vara a Iniger, y le

agarró enseñándolo a lo alto el trofeo al que se había hecho

merecedor. ¡Sin milagros el Atlante esta muerto! José no podía

socorrerle al estar prendido de alimañas salvajes que tabicaban su

intento de llegar a por el hombre exhibido.

El milagro en lenguaje Atlante llegó traducido en solidaridad,

camaradería de entrega filántropa.

Un grupo, que era prácticamente la totalidad del pueblo enfabulado en

el tiempo habían acudido al frente de batalla, tomando la decisión

antes de que le hubieran extorsionado la energía de los originarios.

Cuando se produjo tal ruindad estaban a la cabeza de vista de la

guerra, intervenida de vivacidad. Llegaron con aviso de entrada al

campo, la corneta al viento se ejercitaba de una lanzada a la caja

torácica del arcángel petulante que mantenía trabajando los bíceps el

arresto del condenado, que poniéndole en cuadro lo sentaba preparado

para la foto. La cabeza salió cortada por el filo de José, que llegó a

tiempo para no perderse un momento light, dejando a la camarilla

infernal los ojos rojos ante el negativo revelado de la escena.

El avasallo era contundente agradecido por José, y Iniger que ya se

sentía por todos que no se obtendría de él más expresiones se

manifestaba junto a su pueblo reivindicando morir con libertad.

Al ver como estaban en inferioridad numérica, Ratzinger le metía prisa

a Dios, que apuraba las últimas gotas de la energía cósmica Atlante

más la fuerza natural de almas humanas, que la cruz había en líquido

exprimido, y concentrado se apresuró de la urgencia al estar cohibido

por la situación de acogerse a un plan vitalicio.

-¡Coge a María, nos la llevaremos! ¡Será nuestro aval!

Ratzinger obedeció sin formular comentario, su figura era

descaradamente inapreciable que asustaba. Levantó a María y la alforjó

sobre un unicornio de los varios que andaban desperdigados (no estaban

las cosas para elegir), él se montó con ella para ahorrar energía de

buscar otra plaza libre. Dos Atlantes de la avanzadilla se acercaban

veloces a donde estaban para detener su escapatoria. Dios sacó del

árbol la Svástica que habían registrado y reservado al cacheo de

María, y la arrojó fracasando a su paso el de los dos subversivos.

Reprendiendo a los cuerpos de sanción les atravesaba dejándoles

muertos, y la mala educación que sometió a la Svástica se detenía en

una tercera víctima marginal, en Gaudi, al que habían dejado tirado de

lado.

Dios apeó a un arcángel, empleado el unicornio dejándole al designio

del amado jefe, y se marchó tan rufián con su preferido guardián, y

María tendida a la desobediencia que intentaba hacerse rodar.

José corría pero no llegaba a tiempo de impedir que se fueran, y

pagaba al arcángel descalzado el enfado colectivo de su viaje al

paraíso estrellar. Secuestrado por el árbol vio a Gaudi herido. Se

acercó y le deslió de la boca el bozal que le impusieron. Gaudi se

mareaba de ver la sangre del su pecho, y José se aprovechó para

quitarle sin que se diera cuenta la Svástica. La perdida era basta,

pero minimizada al freno de haber pasado por dos capas de contención.

El combativo habitante de Mizar que había luchado a su lado llegaba

junto a él con otros paisanos. En la lucha central tenían acuartelados

a los arcángeles para disponer darles boleto de partida.

-He de parar a Dios antes de que llegue al portón! -afirmaba José

decidido. Echó una mirada a Gaudi, a lo que Iniger entendió como

deber-. No te preocupes, nosotros nos ocuparemos -por este lado más

cómodo, José se subió para salir en marcha.

-¡Mira, han ido por la lluvia de la ceguera! Debes cuidar de que no te

toquen o desaparecerías -le prevenía.

-¡Gracias! -no dijo más José. No había tiempo para dedicarse halagos,

o sensiblería. Dios se había marchado con María, si cruzaba al mundo

terráqueo jamás podría detenerle, e indudable se cerraría el paso a

nivel de los dos mundos quedando atrapado para siempre aquí.

Esforzando al animal legendario le llevada sofocado, a reventar. La

ventaja que les sacaba de adelanto se reducía, y es que sin saber que

era la masa negra que aparecía por el camino que habían tomado,

tragaba a un arcángel junto al animal que arrastraba engullendo a los

dos. La lluvia de agujero negros ralentizaba la carrera precipitada

por ganar el viejo mundo. Del grosor de ventanales se movían

lentamente, cometas de oscuridad imbatidas a la carrera tortugosa.

José vio como se tragaba al infeliz ser, y se arrojó sin achicarse al

circuito revuelto de obstáculos, necesitaba recuperar terreno de su

mala salida. De una arrancada espectacular, cogió al rezagado arcángel

de los fugados, y de un puntapié le sacó fuera de la montura

guardándole en el cajón negro, que se comió el miedo demoniaco.

Las décimas se reducían por vuelta de manteo de riendas, y remontaba

al arcángel que le cerraba el paso para llegar a los jefes de fila. El

gregario componente malicioso del equipo, fortuna en los

entrenamientos que se habría dado, se creía le garantizaría la

victoria. Se pegó a José para desbocarle, y echo la garra para atrás

para ganarse de laurel del ímpetu alejarle de la pista, a vía muerta.

Pero le costó torcida la acometida, porque el inútil había alargado el

brazo al agujero negro detrás suyo, que le tomó la mano. Se miró

atontado lo que le faltaba, aparte de seso, sin conocerse donde

estaba. Tenía un corte seco, como si nunca hubiera estado la parte

abandonada.

José a falta de puntos que darle, en vez de la mano le dio de pie.

Haciendo un ejercicio de potro gimnástico, volteaba en la montura para

endosarle de una patada una llave que sacó en la curva de la ventana

oculta su cuerpo.

Dios se percataba de que José estaba muy próximo, sin refugiados en

medio más que su general Ratzinger para retenerle. El portón estaba

cercano, a menos de una milla de rebasar la línea de entrada y dar

vencedor del mundo a Dios. La mancha negra de aceite la habían pasado

y la velocidad exageraba a tope las revoluciones del corazón de los

cuadrúpedos.

Se estaba llegando tan deprisa a la puerta de piedras, y José no

llegaba alcanzar a ninguno de los dos escapados, que iban de cabeza

sin mirar atrás. Sólo tenía una baza, montó en la mano la Svástica y

apuntaba. No se decidía a quien tirársela, sólo podría detener a uno,

con mucha suerte. Fijó a Dios y en el punto de mira estaba María, no

podía perderla de nuevo. Desvió su intención hacia Ratzinger, y ella

tumbada turbada con las manos atadas señalaba con el dedo a Dios como

blanco limpiador preferencial. José seguía apuntando a Ratzinger y

deseaba a única vez recuperarla, pero presentía que ella no le

disculparía que hubiera sido egoísta, y hubiera elegido quedarse

únicamente con el amor, y perderse al resto del mundo. La decisión que

debía tomar era la más difícil de su vida, renunciar a lo único que le

importaba por ser ella la que se lo pedía. Retener al amor, o librarse

de Dios y continuar el camino separados por un mundo invisible, una

puerta cerrada entre los dos que no se podría pasar una vez cruzada la

separación de dejarla en paz con su alma y desecha al sentir que ya no

estará nunca donde sea su aquí. Cambiante a los tiempos de moda los

nombres de los hombres, ¿cuál será su destino?, que le harán pasar de

brazos ganada de cuerpo, perdida de alma. Sin espero en el desconsuelo

de lo mantenido en recuerdos que en Zeta donde se es, ¿qué le quedará

de ella sin ser capaz de repudiarse, y ser inmortal al tiempo de

despedida que le entregó para desprecio?

Inoportuna conciencia la hablaba del comienzo del fin.

-Si te faltan teorías, no te preocupes, hay tantas como días,

Como romeos escondidos andan en la vida,

Perdidos, ¿y ellos dónde miran?

Si fijaran metas nada harían,

Si clavaran en ti tu mirada, todo cambiaría.

Estas lista pequeña, date prisa.

Nunca pares o moriría, la fábula forjada, en mi mente demente vacía.

¿De que valdría?

Esos cantos, esos ruegos, esos llantos, ese cielo en el que tú creías.

Dime María ¿A quien querías?

Sacrificado te rendiría.

¡¡NO PUEDO PERDERTE!! -Con la entrada en la mano besaba al unicornio

de despedida, pegaba un azote al bello animal bajándose al vuelo, y

lanzaba la Svástica a sus carnes. Le destripó en la locura, y las dos

cabalgaduras adelantadas en reciprocidad retrocedían al instante, por

consenso sintieron torturados en uno el indomesticable sufrimiento. No

resignaron los gritos al dolor y se detuvieron revelándose de riendas

que hizo tirar de la montura a los tres ocupantes.

Dios era el peor parado al haberse frenado contra un dolmen del

circulo central a metros insignificantes de partir. Ratzinger había

ido a parar cerca de donde se detuvo la Svástica. Algo lastimado de

los huesos fue a cogerla, pero José, que no se había quedado atrás

grabando en la retina la secuencia, llegó intrépido para apartarle por

puñetazos. María que seguía atada, caída entre las piedras no parecía

haber sufrido excesivo el percance.

Pero Dios, a pesar de la contusión estaba apunto de conseguirlo. Daba

el primer paso hacia la tierra, desviando la extremidad izquierda de

la pierna le acompañaba el brazo al entrar en el torbellino

luminiscente. En la última jugada se había hecho con la victoria, pero

quedaba aun el suficiente segundo para que al filo de la muerte la

Svástica le seccionara el tronco dejándole talado. Se arqueaba

haciendo una flexión, perdiéndose del resto del organismo divino

parecía estar sujetado por los intestinos para no caerse. José pudo

pararlo antes de que abandonara la estrella Zeta.

Ratzinger aun aturdía del mamporro que se le había entregado a mala

conciencia, José fue a buscar a María antes de hacerse tarde, pero

antes de que pudiera desatarla la vista se giraba hacia la puerta de

embarque. La cintura desligada de Dios se cosía maciza recuperando el

original estado. Cuando entró en el marco de su grandiosidad, por

entero vivo, enojado lanzó un rayo permanente a José que le levantó

dejándolo crucificado contra el dolmen más cercano. Dios sin partir

estaba de vuelta, permanecía en Mizar su contorno, excepto el pie

izquierdo que mantenía fuera de la circunferencia ondulada de luz, con

la huella pisando la tierra.

De este modo podía ser conductora su energía sin suspensión, que había

hecho gala arrojando contra la piedra por fuerza ilimitada a José.

María se removía para librarse de las ataduras, y Dios la sentó a un

dolmen anillándola con un aro de luz el pecho y con otro la boca, del

rayo afluente con el que principalmente neutralizaba a José. Por lo

que se entendía, Dios tenía bastante rabia para que pudiera hablar la

mujer. Repuesto por el corte que le habían dado, ya no pensaba

únicamente en irse lo más aprisa posible, ahora se concentraba en

odio.

Con clavos de luz martilleaba a José por debajo de las muñecas, entre

los dos huesos del antebrazo; el cúbito y el radio, para no

desgarrarle la parte muscular y cayera de inmediato. Quería que

sufriera lentamente, sin conocer que dos mil años llevaba incrustado a

carne viva el dolor-. Insensato, ¿qué intentabas? No eres nada.

Estabais a la caza de una solución para matarme, organizados como boy

scouts, sin saber que desde el principio os manejé a conciencia. ¿Cómo

crees José que encontraste a María? ¿Y la profecía de nuestro esmerado

traidor aventurero Gaudi? Leo en tus ojos -hablaban en José- ¿Cómo es

posible que no halla muerto, si tenía la Svástica la sangre de Jesús?

Ratzinger ya se había despejado del golpe y andaba centrándose en lo

que ocurría-. Fuisteis muy listo hallaron la fórmula para introducir

la sangre de Jesús e intentar matarme, pero nuevamente os perdisteis

en creencias. ¡Jesús era tu hijo!

La noticia se recibía con un respiro que no desintoxicaba la silueta

que se había creado por poros de dolencia.

-¿Porqué? -se autopreguntaba irónico Dios-. Los padres de vuestros

padres -hablaba tanto de José como de María- construyeron esta

estrella-almacén y eran los únicos que conocían como acceder si fuese

necesario una segunda vez, aunque creo que ya habéis sacado muchas

conclusiones a lo detective y sobra comentarios. A sus hijos que

fueron vuestros padres me vi obligado a traérmelos a la Tierra para

sacar de sus genes las claves, pero no hubo manera. La transmisión era

genética, al igual que os la pasaron a vosotros aunque lo ignoréis.

-Cuando nacisteis escapasteis por "coincidencia humana" de algún

alevoso humano, pero fue muy fácil encontrados y vigilados.

Curiosamente, como predestinado estabais hecho una para otro, al igual

que vuestros padres que era juramento el unirse antes de que llegaran

aquí.

Mientras Dios contaba la historia alborozaba al ver a José sufriendo

por doble, ante la cruz y sobre sus palabras. No era una llamada a

darle una oportunidad el quedarse allí y que se improvisara por

infravalorarles una posible consecuencia en su contra. Eso sólo pasa

en las películas, dar palabras para que te maten, nada podía hacer un

mal papel, todos estaban ya repartidos. Dios a pie de la tierra tenía

toda la energía dispuesta de los Atlantes más la de los humanos para

destruir si quisiera la estrella Mizar en un amago de chasquido de

dedos. Únicamente disfrutaba y echaba tripas afuera por algún motivo

especial toda la parafernalia ante sus derrotados enemigos.

-La ejecución de Jesús estaba provocada porque podría conseguir tanto

poder como yo al ser engendrado por vuestra genética. La ocurrencia

para acabar con él fue la corona de espinos hecha del mismo material

que la Svástica, pero su muerte no fue tan predeterminada como puedas

pensar. Es cierto que intenté matarle antes, pero fue por otro motivo.

Miraba a María sin tentarle dar ningún paso en contra de la tierra que

pisaba. -De donde provengo nuestras mujeres sólo pueden quedar

embarazadas una única vez, por eso quise ser yo quien la fecundara de

forma natural -argucia malévolamente- su óvulo.

María tenía ganas de meterse debajo de tierra, pero no le dio esa

satisfacción a Dios y le miraba a los ojos.

-Extrañamente la gestación fue múltiple, venían dos hijos de camino,

uno mío y otro tuyo José -con tantas historias de por medio era

reminiscente a creer a Dios, ¿pero para qué iba a mentirle? -Quise

acabar con Jesús antes de que naciera produciendo un aborto en María,

pero maté a mi propio hijo.

Dios enconaba al acordarse, e intentó mitigar la abominación del mal

recuerdo-. ¿Nunca te contó María lo del aborto espontáneo? ¿No? ¡Si en

el fondo es una santa, siempre reservándose su dolor!

José miraba a María para que no se sintiera sola en la mal dicha que

él, abatido al dolor, colgado de brazos con el cuerpo que le tiraba

hacia abajo, poco podía aliviar. Los clavos de luz iban desgarrando

lentamente la carne de los antebrazos, y los huesos de las muñecas

frenaban el descenso acelerado.

Ella no podía mirarle, no quería hacerle más daño del que ya se hacía

sentir.

-Una triste historia que se perdió el mundo. Ahora ya no me queda nada

más que contados. Bueno si, mi interés por recuperar la energía de los

Atlantes es para destruir al que fue una vez mi pueblo. Voy a ir a

visitarle desde la tierra, y formaremos, quitar el mos por favor, un

nuevo sistema de unión, una vez acabe con ellos. Pero vosotros no os

preocupéis por lo que pase, no estaréis allí para verlo, ni aquí.

Vuestra energía como la de los Atlantes la tengo yo. Cuando muera

vuestro cuerpo dejareis de existir. ¡La inmortalidad se acabó! -Paraba

su extenso resumen de descargos para correctiva sentencia.

-¡Vámonos Ratzinger! Z ya ha pasado a mejor vida, está muerto para

siempre -Dios acabó la cesión de rayo que retenía a José y a María. A

él, al arrancarle los clavos de luz se tambaleaba agonizante al suelo,

ella rastreaba para llegarle como pudiese para sentirle la piel.

-¡Espera que recoja tu fruto mi Dios! -comentaba Ratzinger agachándose

a por la Svástica caída del último lanzamiento de José.

Agradecido dios tanteaba el rostro sádico. Se apartó a los ojos de los

infelices que quedaban tirados, y les demostró de espaldas la salida

para traspasar el portón, por definitivo y no tener que volverse

arrepentir.

Ratzinger, el discípulo consagrado por Dios, su elegido para la

santidad, se lastimaba incomprensible. El mismo se cortó en las venas

con la Svástica, y al quite cuando Dios se codificaba casi al completo

se-, ¡NO ES VERDAD! -la incrustaba al reverso del latigazo enviado,

recorriendo el hiperespacio exterior y el lánguido cuerpo interior de

Dios. La magnanimidad que llena las malas artes a la muerte le flojea,

se marea, y cae cimentando entre la base de la tierra y de la estrella

que rebrilla.

La obertura del diluvio ocurría en los dos planetas por consecuentes.

Del descubierto desmontado Dios, desvanecía los millares de millones

de almas capturadas en vida. Y aun siendo ya consumidas en energía

para su uso pérfido, quedaban los cartuchos de cada una con pozos

aglutinados de darle de cara al nombre de la personalidad.

A cuentagotas se llovía honorando a los muertos, liberando toda la

carga no usada en la existencia. En la tierra eran lágrimas lo que

llegaba del cielo, en Zeta eran gotas de sangre lo que caía. Al igual,

la energía de los Atlantes volvía a ellos, merecedores de

reencontrarse. María y José si la tenían no estaban en condiciones de

uso, al ser planeta maldito para aprovecharlo.

José estaba menguado sin fuerzas, María que ya escapó de las ramas que

la contenían, le abrazaba para no perderle.

Ratzinger se acercó a ellos, y se inclinó para hablar. José que no

podía ni con su alma, le distorsionaba su imagen, María cansada del

camino duradero de espinas no disponía de ganas de seguir luchando.

Abrazaba fuerte a José, porque esta vez si iría con él hasta el final.

-¡No tengas miedo Madre, soy el espíritu santo!, por los siglos de los

siglos...







Daría que pensar, sin renunciar a los detalles que expliquen

estilistas la conversión del modo terráqueo al mundo religioso se

presenta la duda elocuente, ¿quiénes somos? Por esmero no concibo la

propia idea sea real, y matemática enredosa suma por continuar hacia

delante. Se presume inquietud, anulo mi afán por presentir quienes

somos, y me preocupare por turnos preferenciales.

Estos pensamientos, vagan cercanos a José agravado, María diezmada, y

Ratzinger fuera de tono al alejarse hacia el portón. Anhelos por

ignorar respuestas que despuntan la realidad, acondicionado y entre

todos los cuerpos y mentes las sensaciones se vuelven palabras,

estando impresionadas de puños en gotas de letras de sangre.

Particular, cede los intervalos de mutismo. Dios destronado por

Ratzinger, angustia el propósito de qué hará. Aparte de la humanidad,

en el preciso instante que mira a los sentidos adversarios sin ceder

gestos que reflejen cualquier decisión. Atenuante, embelesado, recoge

la Svástica con que sacrilegió parricidio. Transitorias se han ido

preguntas del momento, al ver un rostro desanimado en los ojos de

Ratzinger, José acoge el dolor como suyo. La tristeza que deporta

necesita una mano amiga, que le dé la bienvenida a la vida. Buen

adicto a las cargas multipersonales, ahora sabe que comparte lo que es

sufrir, y vocifera en tristeza lo que le demuestra ser humano.

La densidad del globo, aletargado como el despertar del invierno de un

oso, buscará una vez más consuelo que acopiar, antes que sentirse mal.

La verdad, ¿de verdad importa? La mentira piadosa reconforta en el

frío intenso. Sin cariño de un abrigo, te ruego adorado sol me des tu

calor, aunque me quemes no ceses de cegarme. Mis ojos de ti no

apartaré, no me dejes en la noche gritando el origen de la luz.

¡Guíame hasta allí para olvidar que sin ti me perdí!

Los Atlantes pagaron su ignorancia en castigo, los moradores del

planeta de origen se aproximarán roto el espejo intermedio hasta el

punto que señalen como guerra o como paz, para que conozcan la

realidad. ¡La distinta doblemática realidad!

El mundo viaja por el tiempo del espacio, perdido en los confines.

La tierra descolocada, gira sin conocer cual fue su principio, y sin

fin, de momento que señale el final.


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