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Capítulo del libro Cronobiología Humana. Golombek, D.A. (editor).

Editorial Universidad de Quilmes, Buenos Aires, en prensa, 2002.





EL CICLO SUEÑO-VIGILIA

Dr. Ennio A. Vivaldi V.

Facultad de Medicina

Universidad de Chile



El ciclo sueño-vigilia es probablemente el más conspicuo de nuestros ritmos

circadianos. Recíprocamente, entre los factores que determinan el sueño, su

conexión al reloj biológico es uno de los más relevantes. El ciclo sueño-vigilia

representa una sucesión ordenada de estados conductuales. El concepto de estado

conductual subraya que el conjunto de la fisiología, y particularmente del

funcionamiento del sistema nervioso central, si se observa desde la perspectiva de

múltiples variables, tiende a permanecer en un número discreto de configuraciones

posibles. Estas configuraciones o estados conductuales no son dos, sueño y vigilia,

sino más bien tres, pues al interior del dormir alternan dos estados, el sueño NREM y

el sueño REM, tan diferentes entre sí como lo es cualquiera de ellos con el estado de

vigilia.

Las principales variables que caracterizan los estados conductuales son la modalidad

de conciencia o actividad mental (incluyendo la capacidad de interacción con el

entorno), la actividad eléctrica observada en diversas áreas del encéfalo, el tono

muscular, la regulación neurovegetativa y la motilidad ocular. Esta última es la que

determina el nombre con que se denomina a los estados del dormir, pues la sigla REM

de la literatura anglosajona se refiere a la presencia de movimientos oculares rápidos

(Al sueño REM también se le conoce con los nombres de “desincronizado”, “activo” y

“paradojal” y al NREM con los de “sincronizado” y “quieto”; además en la literatura en

castellano se pueden utilizar las siglas MOR y NMOR).

Los mecanismos neurales que configuran al conjunto del encéfalo en los tres estados

conductuales se manifiestan en dos grandes contextos temporales: el circadiano, que

modula la conducta a los predecibles, y biológicamente críticos, cambios que ocurren

en el ambiente a lo largo de las 24 horas, y la arquitectura interna del ciclo

sueño-vigilia, que se refiere a la sucesión y distribución de los estados y etapas del

dormir a lo largo de una noche de sueño. A la inscripción del CSV en estos dos

contextos temporales han de corresponder mecanismos que por una parte vinculen

aquellas áreas estratégicamente localizadas y conectadas que son responsables de

la orquestación de los estados conductuales con los osciladores circadianos y claves

ambientales; y, por otra, expliquen el desencadenamiento, mantención y sucesión de

los estados, en términos ya sea de interacción entre poblaciones neuronales o de

mecanismos homeostáticos intrínsecos a un generador de estado conductual.



El orden temporal interno

La pregunta por qué dormimos puede ser concebida de formas diferentes. Por una

parte, es factible enfrentar la pregunta intentando dilucidar cuáles son los mecanismos

que desencadenan y orquestan los estados conductuales, y que permiten (con

transiciones sorprendentemente cortas) que el conjunto de nuestro encéfalo pase de

un estado a otro. Este enfoque neurofisiológico, orientado a determinar áreas

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anatómicas, circuitos neuroquímicos y mecanismos neurales, ha resultado

heurísticamente muy exitoso. Por otra parte, la pregunta por qué dormimos puede

abordarse poniendo el énfasis en la especificidad de las funciones de cada uno de los

estados del dormir, evidenciada en el hecho de que tenemos una necesidad absoluta

de ambos estados. Este enfoque ha sido relativamente menos exitoso. Qué es aquello

que, al menos en cantidades suficientes, sólo puede ocurrir cuando estamos en REM

y aquello otro que sólo puede ocurrir cuando estamos en las etapas profundas del

NREM, sigue siendo una pregunta con respuestas insatisfactorias. Sin embargo, hay

una tercera forma de encarar la pregunta, y es la que nos refiere las razones por las

cuáles estados que aparentemente nos dejan desconectados del entorno e

indefensos, hayan aparecido y exitosamente perdurado en la evolución. Desde esa

perspectiva evolutiva, la razón “última” por la cual dormimos está probablemente

ligada a su carácter adaptativo en cuanto ritmo circadiano. Efectivamente, el sueño

determina una “inmovilidad forzada” que restringe la actividad del organismo a aquella

fase del ciclo luz-oscuridad a la que se ha adaptado: el día en un primate visual o la

noche en un roedor nocturno (el día y la noche constituyen verdaderos ecosistemas

temporales que pueden ser concebidos de modo análogo a un ecosistema espacial).

El sueño contribuye así de modo decisivo a un “orden temporal interno”.

La alternancia de estados conductuales representa un gran sistema ordenador del

conjunto del funcionamiento de nuestro cerebro y del conjunto del organismo, y

contribuye marcadamente a la estructuración de un orden temporal interno, un

concepto central para la fisiología. Este orden temporal interno surge como

consecuencia de que prácticamente cualquier variable que se monitoree, va a

presentar un curso temporal y una fase que son fijas para ella y probablemente

distintas para otras variables; y como todas siguen un período de 24 horas, existe una

relación o diferencia de fase fija entre dos variables cualquiera. Por ejemplo, la

hormona de crecimiento tiene un alza más bien de corta duración que coincide con las

primeras horas del dormir, mientras el cortisol presenta un ascenso más lento desde

antes del despertar. Por lo tanto, parte de nuestra “normalidad” es que secretamos

hormona de crecimiento cuando estamos durmiendo, y parte de nuestra “normalidad”

es que despertamos con los niveles de cortisol en alza. Las variables presentan una

ritmicidad porque directa o indirectamente están vinculadas a un oscilador circadiano.

Ese vínculo bien puede, para algunas de ellas, constituirlo en mayor o menor medida

el propio ciclo sueño-vigilia. De los dos ejemplos recién mencionados, el ritmo de

hormona de crecimiento está muy importantemente determinado por la presencia del

sueño NREM de ondas lentas que ocurre al comienzo del dormir, al contrario de lo que

sucede con el de cortisol, cuyo vínculo con el reloj es más bien independiente del

sueño. El concepto de orden temporal interno tiene amplias e importantes

implicancias que van desde la etiopatogenia de la depresión endógena y el manejo de

pacientes en las unidades de tratamiento intensivo, hasta el jet-lag y las

consecuencias de los regímenes de turnos laborales.



Los estados conductuales

Si bien los estados del dormir representan configuraciones de las distintas variables

fisiológica que comprometen al conjunto del cerebro y al conjunto de la fisiología del

organismo, históricamente, las variables paradigmáticas utilizadas para determinar

el diagnóstico de estado son el electroencefalograma (EEG), el electroculograma y

el electromiograma. Estas variables, más las actividades cardíaca y respiratoria,

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son las que habitualmente se monitorean para estudiar el sueño en el registro

polisomnográfico. Sin embargo, debe insistirse en que el concepto de estado

conductual comprende al funcionamiento del conjunto del sistema nervioso. Las

más diversas variables han sido estudiadas en cómo ellas son afectadas o aportan

a la organización de los estados conductuales, entre muchas otras: sistemas

sensoriales y potenciales evocados (Velluti 1997), termorregulación (Parmeggiani

1987, Parmeggiani et al. 1984), expresión de genes de inducción rápida (Cirelli &

Tononi 2000, Cirelli et al. 1995, Merchant-Nancy 1995), neurotrasmisión sináptica

(Gillin et al. 1993, Jones 1991, Jouvet 1999, Monti 1993, Portas et al. 2000),

plasticidad neuronal y aprendizaje (Tononi & Cirelli 2001), consolidación de

memoria (Wilson & McNaughton 1994), función inmunitaria (Bergmann et al. 1996,

Opp & Imeri 1999), control de la ventilación (Orem 1996, Weil 1985).

El EEG en el sueño REM es de baja amplitud y alta frecuencia, muy semejante al

que está presente en la vigilia alerta. A este tipo de EEG se le denomina

“desincronizado” (de ahí uno de los nombres alternativos del sueño REM). Las

señales del EEG registradas con macroelectrodos desde la superficie se deben a la

ocurrencia sincrónica de potenciales sinápticos en las dendritas apicales de las

células corticales. El hecho de que sean de gran amplitud durante el NREM se debe

a que los potenciales postsinápticos excitatorios e inhibitorios están ocurriendo

simultáneamente en muchas células. Esto a su vez se fundamenta en la puesta en

marcha de circuitos sincronizadores tálamo-corticales en los que juega un rol

primordial el núcleo reticular del tálamo. (Steriade et al. 1990, 1993).

En el NREM hay dos tipos de actividades electroencefalográficas principales: los

“husos de sueño” así llamados por constituir trenes de ondas de 12-14 Hz (banda

sigma) con envolvente fusiforme, y las ondas delta que son ondas de gran voltaje y

frecuencia inferior a 4 Hz. Según la presencia de estos dos tipos de actividad el

NREM se subdivide en cuatro etapas de progresiva “profundidad”, donde la Etapa 1

es de transición de vigilia hacia NREM con desaparición del ritmo alfa, en la Etapa 2

aparecen los husos de sueño y en las Etapa 3 y 4 hay una cantidad

progresivamente mayor de ondas lentas. La función restauradora del dormir

probablemente se vincula a las etapas 3 y 4 del NREM o “sueño de ondas lentas”.

Los movimientos oculares son lentos o están ausentes en el NREM y ocurren

característicamente en salvas muy rápidas en el REM. La actividad ocular en el

REM se vincula a circuitos bien definidos que participan en la activación fásica de

este estado (Nelson 1983). La actividad cardiaca y la respiratoria son lentas y

regulares en el NREM, mientras que en el sueño REM ocurren aceleraciones y

pausas. Los estados conductuales son entonces muy relevantes para el operar de

los mecanismos regulatorios que controlan estas funciones neurovegetativas (Lydic

1987), así como para la incidencia de apneas o arritmias cardíacas. El tono

muscular en el NREM está disminuido respecto a la vigilia, pero esa situación

resulta mucho más marcada en el REM, cuando hay una atonía muscular activa y

centralmente inducida, a diferencia de la simple relajación muscular del sueño

NREM (Morrison & Pompeiano 1965, Morales et al. 1987). La atonía impide que

actuemos nuestros sueños y no es infrecuente que ocurran las denominadas

“parálisis del despertar” en las que se recupera parcialmente un grado de lucidez

que permite percatarse, literalmente en carne propia, de la atonía muscular.

La actividad mental también presenta cambios notables: es en el REM donde

tenemos actividad onírica lúcida y vívida, lo que representa una más que

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interesante correspondencia con la gran activación cortical representada por la

desincronización electroencefalográfica análoga a la del alerta. Uno de los mayores

incentivos para el estudio del ciclo sueño-vigilia ha radicado en que se nos aparece

como un experimento natural y cotidiano de la relación entre mente y cerebro, entre

modalidad de conciencia y funcionamiento neural. Esta connotación es más llamativa

en el estudio de las bases neurales de la génesis del sueño REM, donde se han

intentado aproximaciones a una explicación de la experiencia onírica desde una

perspectiva más neurofisiológica. Un ejemplo lo constituye la hipótesis de la

activación y síntesis, formulada por Hobson y McCarley a partir del conocimiento de

las bases celulares y bioquímicas del control que células colinérgicas reticulares

pontinas ejercen sobre el gatillamiento y mantención del sueño REM (Hobson &

McCarley 1977). Sin embargo, la identificación entre el sueño REM y la actividad

onírica ha sido probablemente exagerada en la literatura clásica del sueño, pues en el

sueño NREM también puede existir una experiencia semejante al soñar. Cuán

diferente son entre sí la actividad mental que acompaña al REM y la del NREM es un

tema de debate que abarca desde la neurobiología y las ciencias cognitivas hasta el

psicoanálisis (Foulkes 1993, Reiser 2001).

La relación entre actividad onírica y sueño REM alcanza máxima connotación en los

experimentos en gatos donde se lesionan las áreas involucradas en la atonía

muscular del sueño REM, pero no las responsables de propiamente generar el

estado. (Sastre & Jouvet 1979) En esta situación la conducta de los animales parece

representar su actividad onírica. Este modelo experimental resulta altamente

relevante para una patología humana denominada “Trastorno conductual del sueño

REM”, caracterizada por la pérdida intermitente de la atonía durante el REM y la

aparición de una elaborada actividad motora asociada con la actividad onírica.

Estudios recientes con registro simultáneo de múltiples neuronas señalan que

secuencias temporales prolongadas sugerentes de un procesamiento mnémico se

reactivan durante el REM y podrían representar el discurso onírico (Louie & Wilson

2001).

La forma orquestada en que las múltiples variables se comportan durante la transición

de un estado a otro, hace inescapable la presunción de que hay áreas

estratégicamente localizadas y conectadas en el encéfalo que juegan un rol crítico en

la transición y mantención de cada estado. La neurofisiología ha sido bastante exitosa

en develar esos mecanismos, utilizando la sección del neuroeje, la ablación, la

estimulación eléctrica y el registro con macroelectrodos en la etapa clásica del estudio

del sueño, y, posteriormente, técnicas como el registro unitario extracelular, el registro

intracelular o los marcadores de actividades metabólica. La comparación entre las

secciones cerebro aislado y encéfalo aislado evidenció la presencia en el tronco

encefálico de estructuras claves para el control del ciclo sueño vigilia. La formación

reticular se caracteriza por neuronas de gran tamaño y proyecciones extensas y

muy divergentes, y constituye un sistema ascendente polisináptico paralelo a los

sistemas específicos. La formación reticular mesencefálica, base del concepto de

sistema reticular activador, juega un rol crítico en el alerta. Los sistemas aferente

específicos afectan la vigilia indirectamente en la medida en que sus colaterales

llegan a la formación reticular. Por otra parte, la microinyección de agonistas

colinérgicos en la formación reticular pontina constituye un modelo experimental que

mediante una manipulación muy localizada es capaz de generar un estado global

indistinguible electrográfica y conductualmente del REM fisiológico, probablemente

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replicando su mecanismo natural (Vivaldi et al. 1980). Es particularmente llamativo

que durante la excitación generalizada que acompaña al sueño REM, las células

monoaminérgicas del locus coeruleus y el rafe dorsal estén conspicuamente silentes.

Este hecho llevó a proponer la teoría de interacción recíproca entre estas estructuras

y la formación reticular pontina parta explicar la alternancia cíclica entre REM y NREM

(McCarley & Hobson 1975) Por otra parte, en el gato las lesiones del rafe dorsal del

tronco y del hipotálamo anterior, región preóptica y cerebro anterior basal interfieren

con el NREM. Estas últimas, más el núcleo del tracto solitario y el tálamo inespecífico

contribuyen a la sincronización cortical (Steriade 1992, Siegel 1990).

Los estados conductuales cumplen funciones específicas, demostrables por los

efectos de su privación. Existe una necesidad de ambos tipos de sueño, y las

privaciones selectivas provocan recuperaciones selectivas (Rechtschaffen 1999).

En cualquier caso, la función restauradora que la intuición atribuye al sueño parece

cumplirse en relación a las etapas del NREM ricas en ondas delta. Por su parte, la

regulación del REM conlleva un mecanismo homeostático lo suficientemente refinado

como para que se exprese al interior del ciclo sueño-vigilia, donde el intervalo hasta el

próximo episodio de REM se relaciona con la duración del episodio anterior (Vivaldi et

al. 1994a, Barbato & Wehr 1999, Ocampo-Garces et al. 2000).



La arquitectura del sueño

El concepto de arquitectura del dormir se refiere a la distribución de los estados y

etapas desde que se concilia el sueño hasta el despertar. En el adulto la transición

de vigilia a sueño siempre es a NREM. Lo que caracteriza precisamente a la etapa 1

es la desaparición del ritmo alfa propio de la vigilia relajada. El paso a la etapa 2, con

la aparición de husos y otros grafoelementos propios, marca propiamente el

comienzo del período de sueño. Posteriormente se transita a las etapas 3 y 4, con

un progresivo aumento de actividad de ondas lentas o “profundización” del sueño.

Enseguida este proceso se revierte, se vuelve transitoriamente a la Etapa 2 y,

cuando se cumplen alrededor de 90 minutos desde el comienzo del dormir, se

produce la primera transición a sueño REM. El primer episodio de REM es mucho

más corto, alrededor de 5 minutos, y menos denso en movimientos oculares que los

que vendrán hacia el final de la noche. Durante un período de sueño habitual de

unas 7.5 horas la alternancia entre NREM y REM se materializa en unos 4 o 5 ciclos

de alrededor de 90 minutos. Así como el REM se concentra en la segunda mitad de

la noche, al interior del NREM los primeros ciclos se caracterizan por una gran

cantidad etapas 3 y 4 o sueño de ondas lentas, mientras que los últimos presentan

solamente etapa 2.

La arquitectura del ciclo sueño-vigilia es el resultado de diversas influencias, entre las

que destacan factores homeostáticos y circadianos. Los factores homeostáticos

explican que, en ausencia de un estado, se acumule una "presión" para ese estado.

La gran cantidad de sueño de ondas delta al comienzo de la noche representaría el

cumplimiento de una homeostasis relacionada con la función restauradora del dormir.

Análogamente, un sujeto privado selectivamente de REM, apenas se le permite

dormir, pasa inmediatamente a un período prolongado de ese estado. La modulación

circadiana del dormir es ejercida por uno o más sistemas de osciladores,

probablemente de modo diferencial sobre sus estados. Notablemente, la incidencia de

sueño REM al final de la noche coincide con el alza de temperatura corporal y está

fuertemente determinada por el oscilador circadiano.

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La arquitectura del sueño cambia drásticamente durante la ontogenia. El recién

nacido pasa alrededor de dos tercios del día en sueño, la mitad de lo cual

corresponde a REM (Roffwarg et al. 1966), en contraposición al adulto que duerme

un tercio del día, de lo cual un 20-25 % corresponde a REM. El sueño en lactantes

prematuros constituye un modelo para estudiar el desarrollo funcional precoz del

sistema nervioso central (Curzi-Dascalova et al. 1988, Peirano & Curzi-Dascalova

1995). El EEG de sueño del recién nacido es marcadamente diferente al del adulto.

Alrededor de las ocho semanas aparecen los husos de sueño y después las ondas

delta, estructurándose los estados y etapas. Se piensa que el REM, que está

presente ya en la vida intrauterina, juega un rol crítico en la ontogenia, pues provee

una energización generalizada que permite el establecimiento de conectividad

sináptica y la ejercitación de los circuitos neuromusculares que aparecerán como

conductas innatas (Roffwarg et al. 1966, Jouvet 1998). Lo esencial del REM es que

representa una capacidad de estimulación endógena del sistema nervioso central, lo

que juega un rol crítico en la ontogenia precoz y luego aporta un sustrato a la actividad

onírica. El preescolar tiene mayor cantidad de etapas 3 y 4 que el adulto, con ondas

deltas más densas y de mayor amplitud. Esto explica que a esa edad sean más

frecuentes el sonambulismo y algunos otros parasomnios que corresponden a

estados de activación durante el sueño de ondas lentas. En el adulto mayor hay una

disminución de las etapas 3 y 4 y mayor fraccionamiento del sueño que en el adulto

joven, lo que hace que, con razón, se queje de que el sueño no cumple con la

misma eficiencia que antes su función restauradora. Estos problemas pueden

empeorar con el uso crónico de benzodiacepinas que a mediano y largo plazo

interfieren con las etapas 3 y 4 del NREM. Una fracción importante de insomnios se

debe al uso indebido de fármacos irónicamente administrados para dormir.



Modulación circadiana del ciclo sueño-vigilia

En humanos la regularidad en el horario de conciliación y duración del período sueño;

su consolidación en un bloque nocturno y la estereotipia de la arquitectura del sueño

son factores que en conjunto contribuyen a que las Etapas 3 y 4 del NREM y el REM

se contextualicen dentro del orden temporal interno. En la rata ocurren notables

semejanzas con el dormir humano: el sueño se concentra en una de las fases del ciclo

luz-oscuridad, el NREM rico en ondas lentas se concentra en la primera mitad del

período de sueño y el REM en la segunda mitad. Al observar su distribución dentro de

las 24 horas (Vivaldi et al. 1994b), el NREM con alta densidad de ondas delta alcanza

su máximo al comienzo del período de sueño y luego decae exponencialmente. La

distribución del REM por su parte tiene una distribución marcadamente sinusoidal

alcanzando un máximo en la segunda mitad del período de sueño.

La regulación del ciclo sueño-vigilia es el resultado de la interacción de dos factores

principales: el homeostático y el circadiano (Borbely 1982, Daan et al. 1984). El

mecanismo homeostático se refiere primariamente a algún proceso para el cual existe

un valor de referencia con el cual puede ser comparado, proceso que va en aumento

durante la vigilia y en disminución durante el sueño. Como consecuencia, mientras

más tiempo en vigilia, mayor propensión a dormir, mientras más tiempo en sueño,

menor propensión a dormir. Se acepta que el indicador fisiológico de la homeostasis

del sueño (más precisamente, de la homeostasis del sueño NREM) es la actividad de

ondas lentas en el EEG, la que disminuye exponencialmente a lo largo de la noche

(Dijk et al. 1990).

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En ratas se han diseñado experimentos de conflicto entre ambos factores

programando una privación de sueño de 24 horas que termina al comienzo de la fase

de oscuridad (fase de sueño para ese animal). Se observa que una parte considerable

de la recuperación del sueño de ondas lentas se posterga para el comienzo de la

próxima fase de luz (Borbely & Neuhaus 1979). Otros experimentos han demostrado

que la homeostasis del sueño es relativamente independiente del control circadiano,

como lo sugiere el que la destrucción de los núcleos supraquiasmáticos no interfiere

con la capacidad de compensar la privación de sueño NREM y REM (Tobler et al.

1983, Mistlberger et al. 1987). La ablación del núcleo supraquiasmático en monos

ardilla, primates diurnos, no produjo cambios en la cantidad total de REM ni de etapas

3 y 4 del NREM, pero sí aumentó la cantidad total de sueño y disminuyó la

consolidación de la vigilia diurna en períodos prolongado. Estos hallazgos se

interpretaron como indicadores de que el supraquiasmático juega un rol activo en la

facilitación del inicio y mantención de la vigilia, y por lo tanto un rol en oponerse a los

efectos del factor homeostático que aumenta la tendencia al sueño a lo largo del día

(Edgar et al. 1993).

En humanos en condiciones de aislamiento de claves ambientales puede

producirse una desincronización interna espontánea entre el ritmo de temperatura y

el ciclo sueño-vigilia (Weber 1979, Kronauer et al. 1982, Ortega et al. 1992). Como

en esas circunstancias el momento en que los sujetos se duermen ocurre en

distintas fases del ritmo de temperatura, se puede constatar la marcada modulación

que el factor circadiano ejerce sobre el inicio y duración del período de sueño y, muy

particularmente, sobre el sueño REM (Czeisler et al. 1980). Estos trabajos también

han evidenciado la existencia de un ventana, que se extiende entre una y tres horas

antes del horario habitual del dormir en condiciones habituales de ciclo

sueño-vigilia, en la que es muy díficil conciliar el sueño (Strogatz et al. 1987). Otro

paradigma experimental que ha permitido estudiar la interacción de los factores

circadianos y homeostático llegando a conclusiones semejantes es la denominada

“rutina constante”. En este paradigma a los sujetos se les permite dormir sólo

durante un tercio de un ciclo actividad-reposo impuesto de 1.5 o 3 horas (Weitzman

1974, Carskadon 1980). Estos y otros trabajos han consistentemente concluido que

el REM y la propensión al sueño están fuertemente modulados por un factor

circadiano, alcanzando un máximo alrededor del nadir de la curva de temperatura.

Por el contrario, el sueño de ondas lentas tiene escasa modulación circadiana y está

principalmente determinado por el factor homeostático, es decir, es mayor mientras

más tiempo se haya permanecido en vigilia y decae a lo largo del episodio de sueño.

La interacción entre el control homeostático y circadiano del sueño REM fue

estudiada en ratas con ablación del supraquiasmático y en oscuridad constante,

observándose la respuesta compensatoria a la privación selectiva de REM de 24

horas a diferentes fases circadianas (Wurts & Edgar 2000). El objetivo era distinguir

si el el rol del supraquiasmático consiste en inducir el REM en determinadas fases,

en inhibirlo, o en afectarlo indirectamente mediante un desplazamiento temporal por

parte de otros estados conductuales. El estudio concluyó que, durante la privación,

el supraquiasmático promueve la propensión al REM en la fase de reposo y no la

inhibe en la fase de actvidad, y que, posteriormente, el factor circadiano no

interactúa con los mecanismos homeostáticos responsables del rebote del REM

que sigue a la privación.

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En un estudio en humanos diseñado para separar los factores homeostático y

circadiano (Dijk & Czeisler 1995), se obligó a un desacoplamiento de ambos factores

al forzar un ciclo actividad-reposo de 28 horas (9.33 horas de sueño) en individuos

viviendo en ambientes sin claves horarias o “carrera libre”. De ese modo, el inicio del

período en que se permite dormir rota por las distintas fases del curso temporal del

oscilador, pudiendo analizarse así la influencia de los factores homeostático y

circadiano y la interacción entre ellos. El sueño REM presentó una robusta

modulación circadiana con su máximo poco después del nadir de temperatura y

también, aunque menor, una dependencia homeostática (o “sueño-dependiente”) que

lo hacía aumentar en función del tiempo transcurrido desde el comienzo del período

de sueño. La densidad de husos de sueño (banda sigma de la actividad EEG)

dependía significativamente de ambos factores, su máximo circadiano era anterior al

del REM y también presentaba un aumento sueño-dependiente. La actividad de

ondas lentas en el NREM presentaba una muy débil modulación circadiana y una

marcada caída exponencial sueño-dependiente. La interacción entre los

componentes circadiano y sueño-dependiente no resultaba aditiva. Se puede

contextualizar esta interacción considerando la distribución del ciclo sueño-vigilia, no

en carrera libre, sino comandado y enmarcado por el ciclo luz-oscuridad como ocurre

en condiciones habituales. En ese contexto, la propensión circadiana al sueño decae

durante el período usual de vigilia, y de hecho, pocas horas antes del horario habitual

de dormir ocurre una ventana temporal en la que es muy difícil conciliar el sueño. De

este modo, se contrarresta el aumento homeostático de la propensión al sueño de

ondas lentas, el que deterioraría el alerta. Así, la interacción de los factores

homeostático y circadiano promovería la consolidación del sueño y la vigilia en dos

bloques y facilitaría los procesos de transición.



Sueño y ritmos circadianos en medicina.

El orden temporal interno es un concepto de amplias connotaciones para la medicina.

En su forma más elemental, nos llama a reconocer los cambios que ocurren

endógenamente en las variables clínicamente relevantes (Moore-Ede et al. 1983). Así

como en la valoración e interpretación del nivel de glicemia, debe obviamente tomarse

en cuenta un factor exógeno como es la ingesta previa de hidratos de carbono, en la

valoración e interpretación de múltiples variables deben de modo no menos

importante considerarse factores endógenos como la fase circadiana y el ciclo

sueño-vigilia. El nivel “normal” de cortisol depende de la fase circadiana, y así también

el recuento de eosinófilos en el hemograma. La cronofarmacología estudia cómo la

acción terapéutica y los efectos colaterales de los medicamentos varían a lo largo de

las 24 horas, lo que ayuda, por ejemplo, a optimizar la terapia oncólogica por la distinta

modulación circadiana de ciclo mitótica de células normales y cancerosas. La hora de

aparición de síntomas como el dolor y la fiebre puede tener un significado para su

diagnóstico diferencial. La incidencia y gatillamiento de trastornos cardiovasculares es

dependiente de factores circadianos (Muller et al. 1989), del ciclo sueño-vigilia

(Verrier & Kirby 1988), y de patologías propias del sueño como la apnea obstructiva

(Stoohs & Guilleminault 1992, Roux et al. 2000). Recíprocamente las patologías

neurológicas se expresan en alteraciones de la funciones regulatorias durante el

sueño (Culebras 1992, Nogues et al. 1999). La función inmunitaria está

estrechamente vinculada tanto con el ciclo sueño-vigilia como con variables

circadianas (Moldofsky 1995, Pollmacher et al. 2000).

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Si bien aún es muy insuficiente el conocimiento de cómo las eferencias del

supraquiasmático afectan al ciclo sueño-viglia, sí sabemos que, esperablemente, una

lesión que involucra al núcleo supraquiasmático tiene serias consecuencias tanto para

la regulación del ciclo sueño-vigilia, como para la función cognitiva (Cohen & Albers

1991). La tripanosomiasis africana conlleva una ostensible perturbación en la

alternancia sueño-vigilia, y se han descrito marcadas alteraciones en la actividad

neuronal espontánea y en la expresión de receptores gabaérgicos en el núcleo

supraquiasmático de ratas experimentalmente infectadas (Lundkvist et al. 1998).

La etiopatogenia de muchos de los trastornos del ciclo sueño vigilia se entiende

fácilmente constatando cómo interfieren con la arquitectura del sueño fisiológico. El

síndrome de apnea-hipopnea obstructiva del sueño, típicamente una etapa ulterior

de pacientes roncadores, ocurre por colapso del lumen de la vía aérea superior

cuando la relajación muscular se hace más intensa, es decir, en las etapas 3 y 4 y

en el REM. Esto obliga a los pacientes a continuos microdespertares nocturnos de

los cuales no toman conciencia, aunque sí de su efecto, la somnolencia diurna

excesiva por la privación crónica de sueño de ondas delta y de REM. Algunos

trastornos reumatológicos, como la fibromiositis, se caracterizan por cansancio

diurno y una apreciación subjetiva de que el sueño no está cumpliendo su función

restauradora. Muy interesantemente, en estos pacientes se ha descrito el síndrome

alfa-delta, es decir, la intrusión de la actividad alfa, propia de la vigilia relajada,

durante la actividad delta de las etapas más profundas del sueño NREM (Moldofsky

1989, Roizenblatt et al. 2001).

La depresión mayor se vincula a procesos cíclicos en diversas escalas temporales: en

su expresión característicamente alternan períodos sintomáticos y de remisión;

presenta predominio horario, frecuentemente matinal; y estacional, pues

epidemiológicamente aumenta su incidencia en primavera. Los trastornos del sueño

son muy marcados, presentándose dificultad en su continuidad, despertar temprano,

disminución en la cantidad total de sueño y disminución de etapas 3 y 4 del NREM.

Los principales cambios corresponden al sueño REM constatándose una disminución

de la latencia al primer episodio de REM y aumentos de la duración de este primer

episodio, de la densidad de movimientos oculares y de la fracción del total de sueño

ocupada por el REM. La corta latencia al REM ha sido considerada como un marcador

biológico de la propensión a la depresión. Más aún, debe subrayarse que los fármacos

antidepresivos consistentemente disminuyen el sueño REM y que la privación de

REM tiene un efecto antidepresivo. Entre los diversos modelos que se han presentado

para explicar la relación entre depresión y REM, se ha propuesto un avance de fase

del ritmo de temperatura respecto al de actividad-reposo, lo que explicaría la corta

latencia al REM, pues éste estaría controlado por el primero de ellos (Wehr et al.

1979). En conjunto, los modelos han postulado que, más allá de que síntomas de la

depresión se vinculen al sueño y a los ritmos circadianos, la interacción entre estos

dos sistemas juega un rol crítico en la etiopatogenia de esta enfermedad afectiva.

La clasificación internacional de trastornos del sueño distingue entre las disomnias,

además de los trastornos intrínsecos y extrínsecos del sueño, un subconjunto de

diagnósticos a los que agrupa bajo el subtítulo de trastornos del sueño relacionados

a ritmos circadianos. Estos trastornos pueden obedecer a factores intrínsecos,

extrínsecos o de acoplamiento entre ambos. Los factores intrínsecos se refieren a

alteraciones en la generación del ritmo que se traducen en una carencia de ritmo

observable o en una dificultad por coordinar el período de sueño con los horarios

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biológica y socialmente convencionales, de modo que el sujeto tiende a acostarse y

levantarse ya sea desusadamente temprano (síndrome de avance de fase de

sueño) o desusadamente tarde (síndrome de retardo de fase de sueño). El

síndrome de retardo de fase de sueño es frecuente en adolescentes, así como en

portadores del Trastorno afectivo estacional (“S.A.D.” en la literatura anglosajona).

Estas patologías responden bien a luminoterapia, la aplicación de unos 10.000 lux

por 45 minutos, temprano en la mañana. El retardo de fase del sueño también es

tratado con cronoterapia, la que consiste en desplazar progresivamente el horario

de conciliación del sueño, retrasándolo en una tres horas por día, hasta llevar al

sujeto a dormirse a la hora deseada y estacionarlo ahí.

Los factores extrínsecos se refieren a cambios primariamente ambientales que

colocan al sujeto en una situación de desincronización con las claves externas. Dos

ejemplos notables son el “jet-lag” consecutivo a los vuelos transmeridianos y la

sujeción a sistemas de turnos laborales donde el horario de trabajo, y en

consecuencia de sueño, cambia periódicamente. Los cambios en el alerta y el

desempeño cognitivo en función de la fase circadiana y de la somnolencia (Monk et

al. 1989, Carrier & Monk 2000) hacen que los turnos laborales representen una

seria fuente de estrés, morbilidad y riesgo de errores y accidentes. Es notable la

superposición de las curvas de distribución a lo largo de las 24 horas de, por una

parte, el número de accidentes en carretera (Parsons 1986) y, por otra, de la

somnolencia en un individuo. Ambas curvas muestran una bimodalidad con un

máximo nocturno y un segundo ascenso después del mediodía. El conjunto de

datos invita a reflexionar acerca de si no resulta un eufemismo hablar de

“accidentes” cuando se obliga a conductores u otros operarios a trabajar en horarios

que no respetan ni su ciclo sueño-vigila ni su sistema circadiano. Es evidente que

una aplicación sistemática de nuestros conocimientos sobre sueño y ritmos

circadianos mejoraría la calidad de vida de quienes trabajan en turnos

(Menna-Barreto et al. 1993, Monk 2000).

En gran medida los efectos del jet-lag y de los turnos laborales se deben a una

desincronización interna en la que se pierde transitoriamente la armonía

representada por esa organización temporal en la que participan el ciclo

sueño-vigilia y los demás ritmos circadianos. Un primer corolario debiera ser

entonces que el respeto a las personas bien puede empezar por respetar su

fisiología.

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Este trabajo ha sido apoyado por proyectos Fondecyt y Andes/Antorcha



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LEYENDAS DE LAS FIGURAS



Figura 1.

Distribución a lo largo de 24 horas de la arquitectura del sueño y sus estados y etapas (V = vigilia, R

= REM, 1-4 = etapas 1 a 4 del NREM), la temperatura interna, y los niveles plasmáticos de hormona

de crecimiento y cortisol. El concepto de orden temporal interno responde a la permanencia día a día

de una relación de fase fija entre éstas y múltiples otras variables. (Modificado de Moore-Ede et al

1983).



Figura 2.

Trazados electroencefalográficos característicos de vigilia alerta (Va) y relajada (Vr), de las cuatro

etapas del sueño NREM (N1-N4) y del sueño REM.



Figura 3.

Hipnogramas que ilustran la arquitectura del sueño característica de un adulto joven (a), un

preescolar (b), un adulto mayor (c) y un paciente con depresión mayor (d).


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