El Peor Viaje del Mundo - Angela Posada-Swafford by cuiliqing

VIEWS: 57 PAGES: 32

									90 Grados de Latitud Sur
Angela Posada-Swafford




                                El Peor Viaje del Mundo


    La exploración polar es la forma más limpia y más aislada de pasarla mal que se haya inventado en el
    mundo. Es la única forma de aventura en la que te pones la misma ropa durante meses y, salvo por
    una capa de grasa natural del cuerpo, cuando te la quitas está como nueva.

    Hay quienes comparan las penurias y privaciones de Palestina o Mesopotamia. Sería interesante
    contrastar el grado de incomodidad de Antártida con el resto del mundo. Pero no veo cómo. Yo
    simplemente no creo que nadie en la Tierra la pase tan mal como el pingüino emperador.

    El emperador es un ave fantástica que no puede volar, y se alimenta de peces que atrapa en el mar.
    Todos los años, este animal extraordinario debe salir del agua y marchar cientos de kilómetros para
    poner sus huevos en medio de la oscuridad, el frío y los vientos más infortunados del invierno polar.
    Cada ave -macho y hembra a la par- posee un excesivo instinto maternal implantado en su corazón,
    que lo impele a pasar meses enteros sin comer, y le confiere el valor de aguantar lo inconcebible. Si la
    vida del pingüino Adelia en las colonias costeras antárticas es difícil, la del emperador es,
    sencillamente, horrible.

    La posibilidad de que el emperador sea una forma primitiva de ave, significa que estudiar sus
    embriones es de la mayor importancia. Pero sabíamos que llegar hasta su colonia a recoger huevos
    implicaría el riesgo de viajar en trineo en la ausencia total de luz. Para lograrlo, un grupo de por lo
    menos tres personas completamente equipado para acampar en condiciones adversas debería
    atravesar 400 kilómetros de barrera congelada, y cruzar el caótico campo de grietas frente a Cape
    Crozier. Un lugar que además es foco constante de las peores tormentas y ventiscas. Esos
    expedicionarios se enfrentarían a permanecer días enteros dentro de sus húmedos y tiesos sacos de
    dormir. Y habrían de tener en cuenta que las temperaturas posiblemente bajarían a –60 grados
    centígrados.

    Dos días después de una magnífica despedida que nos dieron nuestros compañeros de la Expedición
    Antártica Británica en el refugio de Cape Evans, tres hombres –por lo menos uno de los cuales iba algo
    asustado- estábamos parados en el hielo frente a dos trineos sobrecargados. Fue así como nos
    embarcamos en la más extraña expedición al sitio de anidamiento de un ave que se haya llevado a
    cabo jamás.

      Apsley Cherry-Garrard, zoólogo y explorador antártico
      Adaptado de El Peor Viaje del Mundo *
      Londres, 1922

    *Escogido por National Geographic como “uno de los 100 mejores libros de aventuras de todos los
    tiempos”
                                                   1



                                            90 Grados Sur


                                           “Todos llevamos dentro nuestro propio Sur Blanco”
                                                       Ernest Shackleton, explorador antártico


El rugido de los motores anunció la llegada inminente del Hércules proveniente de McMurdo.
Zeta se apresuró a ponerse la chaqueta de lana sintética negra, el cortavientos impermeable, el
cuello protector y por último la gruesa parka roja rellena con cuatro centímetros de plumas de
ganso y capuchón enmarcado en pelaje. Había tomado su tiempo acostumbrarse a la sensación
de estar embutida entre todas estas capas de ropa, pensó recogiéndose el cabello rubio en una
trenza y subiendo la cremallera del chaquetón completamente hasta arriba. No sólo porque
hacían muy incómodo cualquier movimiento, sino porque todo eso pesaba una barbaridad sobre
su menudo cuerpo. Finalmente se puso un grueso par de guantes de cuero amarillo encima de
otro par de lana sintética, y salió de la estación calándose unas gafas de esquiar que le cubrían
la mitad de la cara.


       El lente le daba un tinte naranja al cielo despejado y a la zona de construcción a su
alrededor, cuya estructura principal era el edificio de dos pisos en zancos del cual acababa de
salir. La sofisticada estación de investigaciones polares Amundsen-Scott, casi enteramente
terminada, tenía forma de E y estaba suspendida a tres y medio metros del suelo por treinta y
seis gruesas columnas de acero. Era un edificio alargado con ventanas más bien pequeñas cuyas
paredes recubiertas de paneles azules oscuros estaban encargadas de no dejar pasar al interior
algunas de las temperaturas más bajas registradas en el planeta: -83 grados centígrados.


       La estación se alzaba en medio de una monótona planicie de nieve que se extendía en
todas direcciones con rigurosidad geométrica y sin ninguna interrupción. A su lado estaba el
viejo domo geodésico, que había albergado la estación antigua hasta el verano pasado. Era una
hermosa estructura futurista plateada hecha de paneles hexagonales. Pero estaba casi totalmente
cubierta por la nieve porque en el Polo la nieve que caía nunca se derretía. Como consecuencia,
todo lo que uno colocara sobre su superficie era eventualmente devorado por el hielo. De ahí el
genio de los arquitectos de la nueva estación: al estar montada sobre zancos, la nieve pasaba
por debajo de la estructura, sin llegar a cubrirla.


       El Polo Sur Geográfico, a 90 grados de Latitud Sur, era el sitio más remoto, más frío,
desolado y seco del mundo, en medio del continente más alto, ventoso y hostil de todos. Un
desierto de hielo totalmente plano sin una sola montaña, un río, un valle, o un montículo que le
diera un alivio a los ojos. Un lugar donde había seis meses de luz y otros seis de noche
perpetua. Donde hacía tanto frío que el acero se partía en trozos como una galleta y el corazón
de la maquinaria dejaba de latir. En realidad, vivir y trabajar en este lugar era lo más parecido a
hacerlo sobre la superficie de otro planeta.


       —El Polo Sur es demasiado frío para un mamífero, demasiado desolado para una
planta, demasiado alto para un pingüino y demasiado remoto para un ave de vuelo —le había
dicho su jefe años atrás.


       Estaban en Colorado, donde quedaban las oficinas de la gigantesca empresa encargada
de construir y operar las bases polares que Estados Unidos mantenía en Antártida. Mirando por
la ventana hacia las montañas de Denver, a Zeta le parecía que le estaban hablando de otra
galaxia. El puesto que le ofrecían era uno de asistente general en el domo, la estación de ese
entonces.


       —¿Aún quieres el trabajo? —dijo él observándola con interés.


       Zeta no lo dudó un instante. Toda su vida había buscado la manera de trabajar en
Antártida, el Continente Blanco. El sueño nació en primaria, el día en que su padre le regalara
una tarjeta postal de un pingüino muy joven con las plumas aún sin mudar. El pequeñuelo
estaba empapado y a Zeta le parecía que tenía el aspecto de un mendigo despelucado y
terriblemente infeliz. Todas las noches miraba su tarjeta postal pegada a la pared del baño, y
mientras se cepillaba los dientes se hacía creer a ella misma que podría llegar hasta el fondo del
mundo.
       Lo complicado había sido encontrar cómo. Su padre le había sugerido estudiar
ingeniería, biología, astronomía o quizás geología. Porque la razón de ser de las bases polares
era la ciencia. Antártida era un continente tan puro y aislado, que resultaba ser el laboratorio
ideal para estudiar la atmósfera, las estrellas y la estructura del Universo, le decía él. Un sitio
tan blanco que era perfecto para hallar los meteoritos que caían del cielo; y tan frío, que las
criaturas que vivían en sus mares habían desarrollado los trucos más extraños para sobrevivir,
incluyendo no tener sangre sino una especie de sustancia anticongelante en las venas. Pero Zeta
sabía que su cerebro no estaba conectado para ello.


       En cambio era una líder nata y le sobraba valor. Así que decidió enfocar su carrera
entera hacia el manejo de campamentos en lugares complicados, dirigir expediciones y realizar
rescates en varios escenarios al aire libre. Comenzó trabajando como guía de montaña en los
parques nacionales de Alaska, donde había aprendido a abrir caminos en la nieve tanteando en
busca de grietas. Se había convertido en una escaladora de tiempo completo, esquiaba como
campeona olímpica, y sus nudos eran los mejores entre todos los guardaparques. Después había
complementado esas destrezas con estudios en sicología y administración. Todo, con el único
objetivo de poder algún día dirigir una estación de investigaciones en Antártida.


       Y comenzar como asistente general en el mismísimo Polo Sur era más de lo que podía
pedir. Dieciocho años después, Zeta se había convertido en una de las personas con mayor
experiencia polar en el mundo. Ahora vivía el mayor desafío de su carrera: garantizar que la
construcción de la estación del Polo Sur —que ya estaba habitada— y de los mega telescopios
astronómicos a su lado, se llevaran a cabo sin contratiempos ni demoras. La cosa era
complicadísima porque todos los materiales de construcción debían viajar 17 mil kilómetros
desde California hasta la estación de McMurdo, en el borde del continente antártico, a bordo de
un buque. Después eran cargados en un avión para ser transportados tres horas de vuelo hasta
aquí. Y ella pasaba todo el año elaborando listas de cosas que iban a necesitar para la
temporada de construcción durante el verano austral, que iba de noviembre a mediados de
febrero. Porque una vez aquí, no había manera de correr a una ferretería a buscar un tornillo. Y
sin ese tornillo la construcción se podría varar, y entonces ella no sólo tendría que vérselas con
sus jefes, sino con una manada de científicos y de obreros furiosos. Y ay donde llegaran a faltar
mermelada de fresa, galletitas Oreo, servilletas de papel o las últimas películas de Tom Cruise
para la videoteca. Por eso la llamaban la Alcaldesa del Polo Sur. Estaba a cargo de una
comunidad de 150 personas.


       El Hércules LC-130 había perdido altura y el gemir de sus cuatro motores cambió de
tono a uno más ronco. El aparato de carga era tan gordo y corto que no parecía aerodinámico.
Se recortaba contra el celo intensamente azul y Zeta podía ver claramente su gran cola roja, la
redonda nariz y el perfil de sus esquís de nieve.


       En la cabina del avión, que tenía una doble hilera de ventanas, Eric el joven piloto
rubio, estaba concentrado en el procedimiento de la aproximación.


       —Flaps 30, velocidad 130 nudos, ILS en NAV1 y NAV2, desconecte piloto automático,
orientación 190—, le dijo al copiloto, que parecía salido de la secundaria, y diestramente guió
la nariz de la aeronave hacia la pista de hielo compactado.


       —No es justo —volvió a decir Peter Blake, el ingeniero británico que había sido
cortésmente invitado a sentarse en la cabina para ver el memorable aterrizaje, ya que esta era su
primera visita al Polo Sur—. Nosotros dependemos de un buque de carga para construir nuestra
estación Halley VI, que está junto al mar. Si tuviéramos uno de éstos hay que ver el tiempo que
nos ahorraríamos.


       Eric sonrió y acarició el timón con ternura. Estos Hércules del gobierno estadounidense
que servían las bases antárticas eran prácticamente los únicos del mundo con esquís, capaces de
aterrizar en las planicies polares. Y aunque eran antediluvianos, para no mencionar lo
incómodos y fríos, todas las demás naciones polares morían de la envidia.


       Pero dentro del círculo de aviadores Eric defendía a los Hécules acaloradamente durante
las sesiones de chistes en las que se embarcaban los pilotos militares de otros modelos más
modernos. “Es un salchichón con alas”, decían. “En cambio mira la línea tan elegante que tiene
mi Starlifter”. Pues para que lo sepan, contestaba él, de no ser por éstos “salchichones”, en el
Polo Sur no habría nada más que nieve y una bandera en un palo.


       En sus pocos años de volar para Alaska Airlines nunca se le había pasado por la cabeza
que algún día estaría aterrizando en el Polo. Pero una mañana escuchó que el programa
antártico necesitaba pilotos de la reserva de la Fuerza Aérea para estas misiones, que cuadraban
durante sus vacaciones con la aerolínea. Cuando le avisaron que había sido aceptado porque su
experiencia en regiones de hielo y su perfil sicológico encajaban a la perfección, Eric volaba
entre San Francisco y Anchorage. Y las azafatas se lo contaron a los pasajeros, que habían
armado un escándalo a bordo con todo y champaña en su nombre.


       —¡Hey, Eric! Vientos 270 a 10, sin ráfagas, ¡tienes permiso para aterrizar! —casi gritó
la voz femenina de la torre de control del polo en sus auriculares. En realidad la “torre” era una
pequeña estructura móvil montada en esquís.


       —Pista enfrente, desconectando el piloto automático, tengo el control —dijo él
pensando que éste era el único sitio del mundo donde las formalidades del intercambio entre la
torre de control y la cabina no existían. Puesto que sólo había una pista, a la cual sólo llegaban
los mismos Hércules procedentes de McMurdo todos los días con los mismos pilotos, el
ambiente era bastante familiar. Era como esperar al chico de los periódicos en su bicicleta.


       Cuando los esquís tocaron la pista, levantaron nubes de nieve muy seca que envolvieron
a la aeronave hasta que ésta se detuvo frente al operador vestido de amarillo que hacía las
señales de tráfico. Dos vehículos de carga que parecían cajas rojas montadas sobre un sistema
de ruedas estilo tanque de guerra se aproximaron al avión por la parte trasera. La rampa de
carga del Hércules se abrió en ese instante, y la tripulación comenzó a entregar contenedores de
todos los tamaños a los chóferes de los vehículos.


       Después se abrió la puerta delantera y los pocos pasajeros que venían fueron guiados a
punta de señas hacia otros vehículos que esperaban a un lado. Zeta se sabía la escena de
memoria: los que trabajaban aquí todos los veranos desembarcaban como sintiéndose en su
casa, felices de volver, y eran recibidos a punta de abrazos y algarabía por sus compañeros de
la temporada pasada. Aquellos que venían al Polo Sur Geográfico por primera vez en su vida se
bajaban del avión desorientados. Tenían una gran sonrisa congelada en la cara y estaban
desesperados por tomar fotografías de lo que fuera. Se veían sumamente incómodos porque aún
no sabían manejar bien su complicada vestimenta y se detenían a mirar en todas direcciones,
sin caer en cuenta que a pocos metros detrás de ellos aún rugían las hélices del avión. Casi
siempre había que llevarlos del brazo hacia los vehículos, mientras se les explicaba
pacientemente que los motores del Hércules no se apagaban en ningún momento porque el Polo
era tan frío que era probable que no se pudieran volver a encender. Después había que
explicarles que por eso mismo los aviones se regresaban a McMurdo inmediatamente.


       Zeta sabía que en este vuelo sólo venía un persona nueva. Era el ingeniero británico que
había pedido ser invitado para estudiar la forma en que la nueva estación de EE.UU. se las
arreglaba para no ser sepultada por la nieve, como sucedía en otras bases antárticas, incluyendo
la de ellos. El papel de Zeta era recibirlo y ponerlo al cuidado de alguien que lo llevara a su
habitación mientras ella chequeaba el inventario de la carga.


       “Afortunadamente, a -30 grados centígrados, hoy no hace tanto frío, y se ve que éste
tiene experiencia polar”, se dijo viendo a Peter caminar resueltamente hacia el vehículo con un
bolso de tela naranja en la mano. Tras unas breves palabras recordándole que tomara mucha
agua porque a casi tres mil metros de altura la planicie polar no era como estar en la costa, Zeta
se encaminó hacia el avión y le hizo un gesto de saludo a Eric, quien seguía sentado en la
cabina, detrás de unas gafas de vidrio azul reflector.


       Eric le devolvió el saludo desde lo alto, y le hizo un puchero cómico. Zeta sabía
exactamente de lo que se trataba: Eric nunca había podido bajar del avión y visitar la estación,
ni mucho menos quedarse un día en el polo. Era irónico que él viniese hasta aquí casi todos los
días durante tres meses del año, y no había pisado la nieve del lugar por primera vez. Eric decía
que era como si lo dejaran suelto dentro de una tienda de chocolates y cuando estiraba la mano
para alcanzar uno, se encontraba con un vidrio. “Algún día lo harás” pensó ella, y él asintió,
leyéndole los pensamientos.
       Zeta sacó una lista del bolsillo de la parka y se dirigió hacia los vehículos de carga que
se habían alejado del estruendoso ruido del avión. Estaban estacionados al lado de una de las
muchas filas de cajas de madera que había ordenadamente asentadas sobre la nieve.


       —¿Está todo, Mario? —le preguntó a un hombre vestido con overoles café claro y
chaqueta del mismo color, que parecía llevar puesta encima la mitad de la ropa que los demás.
Se había quitado las gafas y el intenso resplandor del sol en la nieve tampoco parecía
molestarle.


       —Creo que sí —dijo éste—. Están los últimos paneles de las paredes, toda la ferretería
para el Ala B, y la pintura para el interior del gimnasio. También llegaron cinco detectores para
el observatorio de neutrinos IceCube. Los físicos se van a poner felices... Y todos los snaks que
no llegaron la semana pasada están en este cargamento. Pero hay marcas de cereal y de galletas
que no estaban en la lista, y en cambio otras que sí estaban pedidas no llegaron...


       —Humm —dijo ella pensando en formas creativas de presentar los nuevos productos
ante sus malcriados ciudadanos.


       Un sonido como de trompeta chillona y algo desafinada proveniente de una de las cajas
le hizo girar la cabeza abruptamente. Zeta lo reconoció en un instante.


       —¿¿Es eso lo que me imagino?? —exclamó asombrada viendo que la caja tenía huecos
a través de los cuales podía ver algo moviéndose—. ¡Pero no puede ser!


       —Era lo que te iba a decir... y esa caja no está en nuestra lista. No tiene el nombre de la
persona que la envió desde McTown, ni del destinatario aquí —se quejó Mario.


       —¡Pero si este lugar es demasiado alto y seco para ellos! y, ¿qué van a comer si aquí no
hay mar?
       Zeta abrió el guacal. Seis cabezas de terciopelo negro adornadas con una coma naranja
en las mejillas y un elegante pico curvo la miraron con perplejo. Eran seis pingüinos
emperadores de un metro de alto, como vestidos de esmoquin. Y parecían tan sorprendidos de
verla a ella como era para Zeta verlos a ellos. Tenía que ser la primera vez en la historia que un
pingüino pisara los 90 Grados de Latitud Sur.
Parte de la lista de campamento para su distribución en dos trineos que serán halados por tres
personas:

   Galletas „antárticas‟
   Pemmican [mezcla de carne molida y grasa]
   Mantequilla
   Sal
   Té
   Aceite
   Velas
   Licor
   Lámparas de aceite
   Fósforos
   Carpa doble
   Pala
   Piolets, o picos de alpinismo
   Equipos científicos
   Caja de primeros auxilios
   Crampones [suelas metálicas con púas]
   Esquís
   Arneses
   Cuchillo
   Cocineta
   Bolsas de dormir de piel de reno
   Cuerda alpina

   Peso total: 343 kilos

   Apsley Cherry-Garrard, zoólogo y explorador antártico
   Adaptado de El Peor Viaje del Mundo
   Londres, 1922
                                                      2


                                          El vampiro cibernético




—El Polo Sur, Lucas, viejo amigo... ¡Todavía no lo puedo creer! —exclamó Simón poniéndose
unos delgados pantalones y camiseta de tela térmica que sacó de una intimidante montaña de
ropa doblada a su lado—. Es algo que no me había imaginado en mi vida. Porque no negarás
que es la madre de todos los viajes que hemos hecho con la tía Abi.


       —Sí, que lo es... es decir, hasta ahora... —respondió su primo pensando que para él la
madre de todos los viajes sería ir al espacio. Pero bueno, Antártida quedaba de segundas. Y
nada superaba los viajes de aventuras que hacían regularmente con la tía mientras ésta escribía
libros y reportajes de ciencia por todo el planeta.


       —¿Te das cuenta de lo que esto significa? ¡Seremos los primeros del colegio en pisar
los 90 Grados de Latitud Sur. ¡El eje de rotación de la Tierra! ¡El punto donde convergen todos
los meridianos! ¡El lugar donde no hay hora! —siguió Simón enfundándose en un overol negro
con tirantes y cremalleras en las piernas, similar al de los esquiadores en la nieve. Un destello
de emoción iluminó sus ojos verde-miel.


       —Querrás decir los únicos, Simón. Y no sólo del colegio, sino te apuesto a que los
únicos de la ciudad y hasta del país —añadió Lucas quitándose un oscuro mechón de cabello
liso de la frente, que estaba sudorosa por el arduo trabajo de medirse todas y cada una de las
piezas de ropa de su propio montículo. —¡Es decir, si antes logramos desenredar todo este
complicado equipo! —dijo observando la alucinante colección de ropa apilada sobre dos bolsas
naranja marcadas como EFE (Equipos para el Frío Extremo).


       Había cualquier variedad, color y sabor de gorros, guantes, gafas, medias, pantalones,
chaquetas, camisetas y otras piezas no identificables, coronadas por un formidable chaquetón
sumamente grueso. Sus propios nombres estaban marcados en una tira de caucho blanco
pegada con velcro al bolsillo izquierdo del pecho de esa gran parka roja. El otro bolsillo tenía
prendido un hermoso sello de tela con el mapa de Antártida y las palabras United States
Antarctic Program/National Science Foundation rodeándolo. Los chicos sintieron una oleada
de orgullo al verlo.


       Había que ponerse todo aquello en cierto orden específico, siguiendo unas instrucciones
que les había dado Madeleine a la entrada, frente a un tablero donde había pegadas muestras de
cada una de las piezas. El problema era que ninguno de los dos había alcanzado a entender el
acento neozelandés de la instructora, quien, después de amenazar con las terribles
consecuencias que ocurrirían si confundían el orden de las capas de ropa protectora contra el
frío, terminaba cada fase con un “¿íss?”.


       Y ahora estaban en una amplia bodega que rebosaba de infantes de marina probándose
cosas. La bodega estaba dentro del Centro Antártico de Estados Unidos en las afueras del
aeropuerto de Christchurch, en Nueva Zelanda. Y la postura de la ropa era la señal inminente
de que al día síguete saldría un vuelo para la estación de investigaciones de McMurdo, en
Antártida.


       —Te pusiste el overol al revés, Simón. ¡Te digo que así no es! Antes debías haberte
puesto la chaqueta de lana sintética. Esa de allá. La gris. Y después el cortavientos rojo, el
delgado...


       —¿Estás seguro? ¿Pero y entonces qué sucede si uno se acalora demasiado? ¿Se tiene
que quitar todo el overol?


       —Mira a los demás tipos, todos lo llevan así —dijo Lucas probándose unos extraños
mitones de cuero y pelo de foca tan grandes que le subían por encima del codo.


       —Tienes razón —dijo el apuesto y fuerte chico con un rápido vistazo a su alrededor.
Después vio a Lucas con los mitones y lanzó una sonora carcajada. Su primo era un año menor
y no tan alto y musculoso como él—. Camarada, yo sé que éstos deben ser grandes ¡pero no
tanto! ¿Por qué no los cambias?


       Lucas se dirigió a un mostrador que daba a un gigantesco almacén de ropa con prendas
de varias tallas apiladas en repisas. Aquello era como para vestir a un regimiento militar con
soldados de todos los tamaños. Del otro lado, en un recinto más pequeño cubierto con
alfombras y aislado por una cortina, una mujer de cuarenta y pico de años y corto cabello rubio
se había puesto toda la vestimenta y ahora se esforzaba por meter los pies entre un par de botas
de caucho blanco con un sinfín de abotonaduras.


       —Abi, recuerda que no hay que apretártelas para que no se te corte la circulación con el
frío —le dijo Juana, la compañera de clase de Lucas. Era un chica pelirroja tan valiente como
voluntariosa, e inseparable parte del grupo.


       —Por favor, ¡pero esto es como tener dos ladrillos bajo los pies! —se quejó Abigaíl
dando unos pasos—. ¿Y así esperan que conquistemos el Polo? ¡A duras penas puedo caminar
hasta el otro lado del salón!


       —No te quejes, tía, que el Capitán Scott tuvo que usar unos simples botines de lona y
piel de foca para andar cientos de kilómetros sobre el hielo —sentenció Isabel, una delicada
niña rubia con gafas cuadradas de marco azul—. Y además iba halando su propio trineo. Y no
tenía qué comer.


       Abigaíl frunció el ceño. No estaba como para una lección de historia ahora que no le
quedaba bien nada de lo que se estaba midiendo. Últimamente se había puesto unas libras de
más, lo cual de cierta manera era regia protección para ir al Polo. Pero con todo este equipo
encima se sentía como un choricillo en el mercado. Después sonrió. Su sobrina de diez años, la
hermana menor de Simón, se había convertido en una biblioteca de dos patas desde que les
anunciara que habían sido invitados por la Fundación Nacional de Ciencias, o NSF, para
pasarse varios días en el continente antártico. Isabel era la lectora incansable del grupo.
También era la más interesada en el pasado. Cualquier cosa que hubiese sucedido décadas,
siglos y milenios antes, le atraía porque le parecía un misterio fascinante. Desde los afanes de
un navegante, hasta las desventuras de un dinosaurio.*


       Por eso meses antes, Abi le había regalado el diario de la última expedición del
explorador británico Robert Falcon Scott, quien saliera de Londres a principios del siglo 20 a
conquistar el Polo Sur, el último gran premio geográfico que quedaba por reclamar en la Tierra.
Isabel había quedado desolada al darse cuenta de los inmensos sufrimientos de Scott y sus
hombres, bastante mal preparados para enfrentarse al clima más feroz del planeta. Heridos por
el frío, el hambre y el cansancio, habían finalmente llegado al Polo geográfico para darse
cuenta que el explorador noruego Roald Amundsen les había ganado la partida un mes antes. Y
cuando Isabel leyó que luego los infelices habían perecido dentro de sus carpas en una tormenta
memorable mientras escribían cartas de despedida a sus familiares, se le había roto el corazón.


       Desde entonces devoraba todo lo que caía en sus manos acerca de éstos y otros héroes
de la conquista polar. Aprendió que la expedición de Scott tenía varios objetivos científicos.
Con él viajaban zoólogos, geólogos y biólogos, con la intención de describir este nuevo mundo
para la ciencia, y no simplemente “llegar hasta allí”. Y que en los tres años que permanecieron
en Antártida, llevaron a cabo varias valiosas expediciones, la del Polo Sur siendo una de ellas y
desafortunadamente la última. Isa soñaba con el momento de sentarse en el refugio de madera
construido por Scott hacía cien años. Un lugar donde, según Abi, todas las pertenencias de los
exploradores seguían intactas, conservadas por el frío, como si las hubiesen dejado ayer.


       —A ver, cómo va eso —dijo Madeleine sonriente devolviéndola a la realidad e
inspeccionándolas a ella y a Juana de pies a cabeza—. Déjenme asegurarme de que todo está en
orden: primero, ropa térmica, que no debe quedar ni floja ni ajustada; después pantalones de
dulce-abrigo; encima, camiseta de manga larga; luego chaqueta de lana sintética. Encima,
overol... ajá... Después, cortavientos, y finalmente... ¡la gran parka! ¡Muy bien pequeñas!
Ahora, no olviden que siempre deben tener puesto el cuello... no... este, que parece un tubo.
       —Qué barbaridad, ¡cómo pesa! —exclamó Juana subiendo la última cremallera y
sentándose pesadamente en la banca—. ¿De verdad tendremos que usar todo esto cada vez que
salgamos?


       —¡Íss! —declaró Madeleine doblando la mano en forma de garra y acercando su nariz
aguileña a dos centímetros de la cara de Juana—. El frío polar les puede cortar la piel como un
cuchillo. ¡Zás! Es como una criatura viva, que piensa por sí misma —añadió mirándola
fijamente. Juana sintió un ligero escalofrío en la espalda—. No le den a esa bestia la
oportunidad de tocarlos con sus garras—. Después añadió con tono más casual, —no olviden
los guantes: dos capas interiores, guantes de cuero amarillo, mitones delgados, mitones
gruesos... Y siempre lleven el frasco de agua a donde quiera que vayan.


       Empeñada en no dejar que les fuera a suceder lo mismo que al desdichado Scott, Isabel
se tomó la responsabilidad de chequear las bolsas de las tres. Cuando estuvo satisfecha, las
marcó con sus nombres y las dejó en una fila india junto a todas las demás.


       Al salir del edificio notaron que Lucas y Simón las estaban esperando dando bostezos.
El viaje desde Miami hasta Christchurch les había tomado 18 horas de vuelos, cinco horas de
espera en aeropuertos, y dos aviones. Apenas se habían podido desplomar medio día en un
sencillo hotel cercano al Centro Antártico, cuando los había despertado el teléfono anunciando
su turno de venir a medirse la ropa.


       —No sé si tengo hambre, sueño o jet lag —anunció Juana sintiéndose trastornada—.
Tendrías que haber visto a Abi, Simón: parecía una salchicha ahumada con esa parka rellena de
plumas.


       —Y tú, seguro que te veías como una granada de mano —intervino Lucas ante la
hilaridad del resto.


                                           ***
       —¿Es que no se piensa mover de allí? —preguntó alguien.


       —Nu.


       Vlad llevaba dos horas acomodado frente a la pantalla del computador y hacía caso
omiso de los ácidos comentarios de los estudiantes que esperaban su turno bebiendo cerveza.
Por más música y billar, la verdadera acción del Café Internet Florin estaba allí atrás, en torno a
los cuatro ultramodernos equipos de computadores con conexiones a Internet de alta velocidad
que había en un oscuro rincón. Por menos de un dólar la hora, los chicos podían chequear e-
mail, escuchar música y entregarse a violentos juegos de vídeo.


       Florin estaba perfectamente situado en la plaza principal del centro de Sibiu, una
hermosa ciudad medieval en el centro de Rumania. Rodeada de las montañas Cárpatos, en
plena Transilvania, Sibiu era famosa en la literatura por ser la región que había dado origen al
Conde Drácula y a su corte de vampiros. No obstante, últimamente Transilvania se había hecho
famosa en el mundo por otra cosa: el ciberterrorismo y los crímenes por Internet. La región se
perfilaba como el lugar que había generado algunos de los más sofisticados hackers del mundo,
capaces de penetrar los computadores del Pentágono, la NASA y hasta el Departamento de
Defensa en Estados Unidos, borrando archivos e introduciendo toda clase de virus. La parte
positiva era que Rumania entera era una potencia en computación y programación, y los
estudiantes de sistemas estaban entre los mejores de Europa. Era una tradición que se
remontaba a los días del dictador comunista Nicolae Ceausescu, quien había sido programador
por muchos años. Pero el lado oscuro se dejaba entrever cada vez que salía a la luz la noticia de
un nuevo caso de hacking.


       Vlad no había cumplido los 15 años pero podía pasar por un estudiante universitario de
17, lo cual le servía para dos cosas: comprar cerveza y evitar ser molestado durante sus
sesiones de computador en Florin. Tenía el cabello muy negro cortado al rape, los labios
gruesos y siempre vestía con un buzo de cuello alto adornado con una cadena de oro de la que
pendía un dije en forma de microchip. Su físico era de un jugador de fútbol, aunque nunca llegó
a serlo porque en una ocasión se había lastimado las rodillas de mala manera. Durante su larga
recuperación descubrió que poseía un raro talento con las computadoras y poco a poco los
juegos habían dado paso a su “carrera” de pirata cibernético. Pronto se dio cuenta de que podía
extraerle dinero a las corporaciones en el mundo entero entrando a sus sistemas más íntimos y
amenazando con borrarlos a cambio de un pago. Estaba en las listas negras de la Interpol y el
FBI, pero operaba de tal forma que nunca dejaba huellas electrónicas.


       De no ser porque el hombre de acento norteamericano que lo contactó telefónicamente
le pagó una montaña de dinero por adelantado para trabajar en su nuevo objetivo, jamás se le
habría ocurrido “ordeñar” ese lugar. Pero debía reconocer que el blanco era interesante.
Aunque era un sitio que normalmente no guardaba ningún secreto, su localización extrema lo
convertía en un punto valioso. Vlad había derribado sus débiles paredes de seguridad iniciales
sin mayor esfuerzo. Sería como quitarle un caramelo a un niño.


       “He penetrado dentro del servidor de la Estación de Investigaciones Amundsen-Scott en
el Polo Sur”, escribió en el mensaje electrónico. “La temperatura exterior es de menos 40
grados centígrados. Sigan la lista de instrucciones a continuación, o comenzaré a causar daños
en los sistemas de soporte vital de la base: El invierno que se avecina podría ser muy frío para
sus científicos. A continuación verán datos íntimos de la estación para que se convenzan de que
esto no es una broma”.


       Vlad releyó el mensaje, firmó con las palabras “ZmeuVampir”, y oprimió enviar.


                                           ***


       El corazón de la Antártida es un lugar helado pero vivo. Lejos de ser algo estático, el
hielo del polo se mueve más de dos centímetros diariamente, desplazándose en todas
direcciones hacia los bordes del mar, como una gran cinta rodante. El continente entero tiene la
forma de un tazón invertido, un domo que es más alto en el centro y va cayendo hacia la costa.
El hielo, en su migración eterna, se derrama por entre las grandes cadenas montañosas
formando ríos lentísimos llamados glaciares, hasta caer en las planicies de la costa. Estas
plataformas son lenguas de hielo planas como una mesa y alcanzan el tamaño de países. Y
cuando llegan al mar se rompen en enormes fragmentos, creando los témpanos que rodean al
continente como un cinturón de asteroides blancos.


       Esa mañana, una ligera brisa se estremeció de pronto sobre el manto de la Planicie Polar
y comenzó a fluir perezosamente hacia las Montañas Transantárticas. El frío que irradiaba el
hielo se mezcló con el tenue calor de la atmósfera y el viento aumentó de velocidad, recogiendo
algunos cristales de nieve a su paso. Dos horas más tarde, la inocente brisa se había
transformado en el equivalente a un niño malcriado que gatea hacia el borde de la cordillera,
con la intención de derramarse a toda velocidad por sus empinadas laderas.


       Había nacido una nueva camada de vientos catabáticos. Uno de los fenómenos naturales
más temidos en Antártida.


       *Ver: Dinosaurios Sumergidos
El horror de los diecinueve días que nos tomó viajar desde Cape Evans hasta Cape Crozier tendría
que vivirse para poderse apreciar. Y sólo un tonto querría repetirlo. No es posible describirlo. Y esa fue
sólo la mitad del viaje.

La cosa fue la oscuridad. No creo que temperaturas de -56 C serían tan malas durante el día, cuando
puedes ver por dónde vas. Cuando puedes ver que las bolsas de comida están bien aseguradas.
Cuando puedes leer tu brújula sin tratar de encender tres cajas de fósforos mojados. Cuando no te
toma cinco minutos cerrar la puerta de tu carpa.

El problema además era el sudor, que en lugar de pasar a través de la lana porosa de nuestra ropa y
secarse en el exterior, se congelaba y acumulaba por dentro. Salía de nuestra piel y se convertía en
hielo. Y cuando nos metíamos en los sacos de dormir, si teníamos suerte nos calentábamos durante la
noche y el hielo se derretía. Pero parte se quedaba en nuestra ropa y parte pasaba a las bolsas de
dormir, y pronto ambos se convertían en armaduras sólidas.

Por otro lado estaba el aliento. Porque era demasiado frío para mantener abierto un agujero para
respirar en el saco de dormir. Y entonces nuestro aliento se congelaba dentro de las bolsas durante
toda la noche. Y nuestra respiración se aceleraba a medida que se deterioraba el aire dentro de los
sacos de dormir.

Apsley Cherry-Garrard, zoólogo y explorador antártico
Adaptado de El Peor Viaje del Mundo
Londres, 1922
                                                   3


                                        ¡Rumbo a la Antártida!


En el colmo de la emoción y expectativa, los cuatro chicos y Abigaíl se presentaron la
madrugada siguiente en el Centro Antártico, donde tuvieron que vestirse nuevamente con los
Equipos para el Frío Extremo. Esta vez el proceso fue un poco más rápido porque ya sabían qué
ponerse y cómo. Era obligatorio vestirse con gran parte de la ropa polar. La razón, descubrieron
todos con los ojos abiertos como platos, era que si el avión sufría alguna emergencia sobre el
hielo, estarían abrigados desde el primer instante. Y estos preciosos minutos eran la diferencia
entre la vida y la muerte. Lo que no llevaban puesto iba dentro de las dos bolsas naranja, y eso
incluía por lo menos dos botellas de agua, las cámaras, grabadoras, libros y cuadernos de notas,
más el sinfín de guantes, gorros y pares adicionales de medias y pantalones interiores. Los
pasajeros tenían que pesarse con todas sus bolsas y vestimenta sobre una báscula controlada por
personal de la Fuerza Aérea de Nueva Zelanda. Los militares revisaban los pasaportes y
anotaban el peso de cada persona para sumarlo a un gran total del cual no se podían pasar
porque era la capacidad tope del avión de carga que estarían abordando esa mañana.


       Después iban pasando a un salón para ver una corta película sobre las medidas de
seguridad que había que tener presentes en Antártida, la región más peligrosa del mundo. Un
sitio donde el clima era tan feroz e impredecible, que un día maravilloso podía convertirse en
un infierno sobre ruedas en menos de un minuto, haciendo invisible una carpa a dos metros de
distancia.


        “En Antártida”, decía el narrador, “el frío es tan sólo uno de los enemigos. El sol, la
altura, la sequedad y el aislamiento extremo conspiran para robarse el título del más temible. Y
juntos, son un ejército formidable de problemas para un ser humano, causando insolaciones y
quemaduras, mal de altura, deshidratación, hipotermia, ceguera temporal y congelamiento de la
piel y extremidades. Todo esto sin que uno se alcance necesariamente a dar cuenta”.
       Los chicos y Abi se miraban entre sí con nerviosismo. Por eso, continuó el narrador,
“aquí en el fondo del mundo no se debe andar solo, ya que sus compañeros de trabajo serán los
primeros en notar si algo anda mal con usted. Y más vale hacerles caso porque el hospital más
cercano queda a 2,200 kilómetros de distancia, en Christchurch”. El video terminaba, para
consternación de Isabel, con el recuento del desastroso viaje de Robert Scott hacía casi cien
años, y su famoso pasaje en su diario, al llegar al Polo Sur: “Por Dios, qué lugar tan espantoso
y más aún por no haber obtenido la recompensa... Y ahora debemos regresar a casa en medio de
una lucha desesperada. Me pregunto si lo lograremos”.


       —Sé que llevo queriendo ir a ese continente desde que estaba en la escuela primaria,
pero ahora... ¿me quieren recordar por qué exactamente nos estamos yendo para allá? —
preguntó Abi con el ceño fruncido. Pero a los otros cuatro les parecía que entre más peligroso,
el viaje sonaba más atractivo.


       Había mucha gente viajando hoy rumbo a McMurdo, la capital de las estaciones de
investigaciones en Antártida. Era una ciudadela que muchos comparaban con un pueblo
minero, situada sobre un isla volcánica, en el borde de la Barrera de Hielo Ross. Esta a su vez
era la parte del continente que quedaba más cercana de Nueva Zelanda. McMurdo era el lugar
donde aterrizaban los vuelos intercontinentales. Y a donde atracaban los buques de carga.


       Justamente por esto último la mayoría de los pasajeros esta mañana eran infantes de la
Marina estadounidense: su misión era descargar las toneladas de provisiones que estarían
llegando a McMurdo en un par de días a bordo del buque de carga Estrella Polar, el cual había
salido de California, el mes anterior. El arribo del buque era absolutamente crucial para el
funcionamiento de las bases antárticas porque sólo sucedía un vez al año. Y llevaba desde
barras de jabón y rollos de papel higiénico, hasta generadores de electricidad, componentes
para los talleres de mantenimiento de las estaciones, y comida en cantidades industriales. A
partir de finales de febrero, cuando terminaba oficialmente el verano antártico, el hielo volvería
a cerrar el canal por el cual el buque se había abierto paso gracias a la valiosa ayuda de un
rompehielos. Y en mayo, la oscuridad se cerniría sobre el continente durante seis meses,
aislándolo del resto del mundo, ya que nadie podría entrar o salir de él en ningún medio de
transporte. Así pues, las provisiones tendrían que durar casi el año completo.


       —¿Ven esos otros infantes de marina con sudaderas azules oscuras? —les dijo David, el
barbado representante de la NSF que los habría de acompañar durante el viaje—. Son un
destacamento especial de buzos que van a reparar una de las hélices del rompehielos ruso, que
tuvo la mala pata de dañarse justo ahora que tanto necesitamos abrir el canal. Este año, el hielo
está tan grueso, que contratamos la ayuda de ese otro buque, además del nuestro. Y estos
infantes serán llevados en helicóptero hasta la embarcación, que está en medio del mar
congelado, para que cambien la enorme hélice por el repuesto.


       —¡Radical! —exclamó Lucas—. Ni nos imaginemos el frío tan espantoso de tener que
sumergirse bajo el hielo!


       —Seguro que usarán trajes secos —dijo Juana, que era experta en los temas
submarinos, ya que sus padres eran excelentes buzos y ella misma pensaba serlo algún día. Aún
así, la idea de bucear entre témpanos le parecía algo asustadora y miró a los jóvenes buzos con
admiración.


                                            ***


       Nuevamente en el Café Florin, Vlad estiró los dedos como un pianista a punto de dar un
concierto y abrió un servidor de Internet. Sus manos volaban expertamente sobre el teclado y
sus gruesos labios se movían al compás de los pasaportes de seguridad que iba decodificando
uno tras otro. Era como abrir un corredor lleno de puertas sin llave porque él era capaz de
escurrirse por entre las cerraduras como el agua. Vlad sonrió y a pesar de la temprana hora,
tomó un largo trago de cerveza. A veces escribía alguna palabra que no era aceptada por el
sistema, pero entonces se detenía un par de minutos, estudiaba la situación y arremetía de
nuevo con otra estrategia. Invariablemente funcionaba.


       “Vampir, eres un genio”, se decía.
        Cuando llegó a donde quería hizo una pausa y abrió un morral negro lleno de libros de
la escuela secundaria. Estaba decorado con parches de los equipos de fútbol rumano y
calcomanías de los jugadores George Hagi y Dan Petrescu. Sacó un CD que tenía dibujada una
calavera y lo insertó en el computador. Esta vez no había necesidad de enviar un mensaje de
advertencia. El hombre de Washington había sido claro al respecto la noche anterior. Y había
pagado por adelantado.


        Vlad abrió el contenido del CD y arrastró uno de los archivos a una ventana en la
pantalla.


        Descargando...


        En lo más profundo del corazón de las computadoras centrales de McMurdo, el virus
comenzó a montarse a cuestas de otros programas para invadir el sistema. Igual que un virus
biológico infecta el organismo humano insertándose dentro del ADN de sus células, la
infección electrónica creada por Vlad se había convertido en un ejército de guerreros en
miniatura. Un ejército de “1s” y “0s” disfrazado de programa legítimo, pero con la misión de
enceguecer la red local, derribar las comunicaciones de radio y confundir las conexiones
satelitales.


                                           ***


        En el Centro Antártico de Christchurch, un autobús condujo a los pasajeros por turnos
hacia el avión gris que los esperaba en medio de la pista. Era un monstruo de grande. Sus alas,
de las cuales colgaban cuatro poderosas turbinas, se extendían cincuenta y un metros de punta a
punta y de la nariz a la cola medía otros cincuenta y tres metros. Lucas y Simón estaban
transportados.


        —Cooool..... Un C-17 Globemaster en todo su esplendor —susurró Lucas con
reverencia—. Uno de los tres aviones más grandes del mundo.
       Cuando penetraron en su interior, los cinco lanzaron un silbido de asombro. Aquello
parecía una catedral. El fuselaje se abombaba hacia el techo altísimo, que estaba recubierto de
tuberías y cables de todas clases. No había ventanas, salvo dos pequeños redondeles en las
salidas de emergencia, y para ir a la cabina de los pilotos había que subir unas empinadas
escaleras. Las sillas de los pasajeros estaban agrupadas de a cinco en fondo, con dos amplios
pasillos a los lados. Y pegadas al fuselaje había unas bancas de lona como las que usaban los
paracaidistas militares. De la mitad del avión hacia atrás había una montaña de cajas que subía
hasta el techo, cubierta con una gruesa red atornillada al piso.


       —Me siento como dentro del estómago de una ballena —dijo Juana observando el
costillar metálico de las paredes y quitándose la gran parka de plumas. Simón hizo lo mismo y
Juana no pudo evitar pensar en lo apuesto que se veía con la ropa térmica negra de mangas
largas. Le recodaba a esos comandos en las películas que se embarcaban en expediciones
secretas con la misión de salvar al planeta de algo terrible.


       —¡No olviden abrir la válvula de aire de las botas! —exclamó el chico manipulando un
pequeño botón de metal en los tobillos. Era lo más raro que habían visto en su vida: puesto que
las botas de caucho tenían una gruesa capa de aire en las suelas, dejar cerrada la válvula de
escape haría que las botas literalmente se reventaran con los cambios de presión dentro del
avión. Una vez en tierra había que cerrar las válvulas para mantener adentro el aire que ayudaba
a aislarlos del terreno congelado.


       Entonces Abi les hizo señas de que se colocaran los tapones de los oídos. Este era un
bicho ruidoso. El vuelo iba a tomar cinco y media horas y David había pedido que los sentaran
a todos en la primea fila, justo frente a las escalerillas de la cabina, con la promesa de dejarlos
subir más adelante. Cuando el avión se comenzó a mover sobre la pista, los chicos se miraron
con los ojos brillantes. Era una sensación rarísima, la de sentir movimiento y no poder mirar
hacia afuera. ¡¡Iban rumbo a la Antártida!!
       “Valieron la pena las toneladas de exámenes médicos que tuvimos que pasar para estar
hoy entre este avión”, pensó Abigail. “Nunca me habían evaluado cada centímetro cuadrado de
cuerpo con tanta precisión. Esto rivaliza con el examen de astronauta... Pero es que el lugar a
donde vamos rivaliza con la Luna...”


       Cuando se elevaron, Juana sacó un cuaderno de notas nuevo y comenzó a escribir su
diario de viaje, titulándolo Terra Australis Incógnita. “Voy volando rumbo al Polo Sur dentro
de una ballena metálica, con 16 kilos de ropa encima y la promesa de sentarme entre
pingüinos”, escribió.


       Abi la observó y asintió complacida. La descarga de sensaciones que traería esta jornada
pedía a gritos ser escrita. Además, tanto ella como los chicos tenían encargados varios artículos
para revistas y el periódico del colegio. Al cabo de un par de horas la gente se comenzó a parar
de sus sillas para desperezarse. Un hombre muy alto y delgado de cabello y barbas grises bien
recortadas, se acercó a Abigaíl.


       —Abigaíl, soy Connor —dijo suavemente extendiendo la mano.


       —¡Ah! doctor Mawson, qué gusto, ¡finalmente nos conocemos personalmente, tras dos
años de correos electrónicos! Chicos, les presento al doctor Connor Mawson, una de las
autoridades mundiales sobre la glaciología (es decir el hielo), la geografía y el clima antárticos.


       —No me llamen doctor. Me siento como en un hospital, a punto de iniciar una cirugía
—rió el científico saludándolos por tuno a cada uno—. Así que van para el Desierto Blanco.
¿Saben la suerte que tienen? Es el sitio más hermoso del globo. Y muy pocas personas han
tenido la gloria de posarse sobre él. Esta es una adivinanza para los su colegio: Es más seco que
el desierto del Sahara y sin embargo, alberga el 70 por ciento del agua dulce del globo. ¿Qué
es? Antártida, ¡claro!
       —También tiene el 90 por ciento de todo el hielo del planeta, si contamos el hielo que
se forma sobre el mar, es decir, un total de 29 millones de kilómetros cúbicos —dijo Simón
cruzándose de brazos.


       —La capa de hielo antártica es tan gruesa que en algunas partes tiene más de cuatro mil
metros de espesor. Y si derritiésemos todo ese hielo, nos veíamos sobre un archipiélago de islas
—anotó Juana imitando a Simón.


       —Tiene una y media veces el tamaño de Estados Unidos y cada invierno crece el doble
porque el mar se congela, aumentando su superficie —intervino Lucas.


       —En Antártida había dinosaurios hace millones de años, porque no siempre estuvo
cubierta de hielo. Y el Polo Sur fue descubierto por el explorador noruego Roald Amundsen en
diciembre de 1911 —terminó Isabel enderezándose las gafas ladeadas.


       Los cuatro se miraron entre sí riendo, y dijeron simultáneamente, pues lo habían
ensayado varias veces en broma:


       —Antártida es el continente más frío, más árido, más ventoso y más alto del mundo.


       Connor y Abigail rieron.


       —¿Cómo los debo llamar? —preguntó el glaciólogo asombrado—. ¿Los cuatro Ninjas
antárticos? O mejor ¿los jinetes del hielo? ¿De dónde sacaste a esta tropa, Abi? Saben más que
mis propios estudiantes universitarios.


       —Es lo que sucede cuando juntas un viaje fantástico como éste, cuatro cabezas ávidas
de aprender y muchos libros y videos —contestó Abi feliz haciendo un movimiento de cabeza
hacia los cuatro. Esos eran sus chicos.
        —Y a una tía que hace chasquear el látigo... Nos tiene bien entrenados, ¿cierto? —
bromeó Simón—. Lo que sucede es que Abi lleva planeando este viaje desde hace años. Y
hemos tenido tiempo para aprender.


        —Connor es asesor del Presidente de Estados Unidos en materias polares y consejero de
varios gobiernos en lo que concierne al famoso Tratado Antártico—, siguió Abi.


        —¿El que declaró que Antártida no pertenece a ningún país y sólo se puede usar para
hacer ciencia? —interrogó Lucas.


        Connor asintió. Su cara se había puesto seria de repente.


        —Eso fue en 1959. A raíz de un evento que se llamó el Año Geofísico Internacional. Y
entre los primeros doce países que firmaron ese tratado estuvieron Argentina y Chile. Lo cual
era apenas lógico...


        —...porque son los dos países que están más cerca del continente, casi tocando a la
Península Antártica —completó Isabel que era un mapamundi ambulante.


        Uno de los tripulantes del avión se les acercó para entregarles bolsas de papel con el
almuerzo. Y de paso les informó que estaban llegando al “punto de no regreso”.


        —¿Qué es eso? —peguntó Isabel algo intimidada con el término.


        —Que de ahora en adelante contamos con el combustible justo para seguir hacia nuestro
destino. Es decir, que no nos podemos devolver ya. Nuestra única alternativa es seguir hacia
delante —explicó Lucas—. Ahora hay que rezar para que el clima no cambie porque de lo
contrario...


        —Había que aterrizar sobre un témpano —rió Simón.
       Los chicos atacaron las bolsas de comida. Descubrieron que había dos emparedados
para cada uno, barras de chocolate, bolsas de papitas, un muffin de banano y manzanas rojas,
más dos botellas de agua. Allí había suficiente para dos almuerzos por cabeza.


       Abi notó que Connor seguía preocupado por algo.


       —El Tratado Antártico... está a punto de expirar, ¿verdad? —preguntó entre bocados.


       —Sí. En menos de un mes.


       —Bueno, pero va a ser ratificado por los 44 países signatarios, durante la ceremonia en
las Naciones Unidas, ¿o no? —dijo Abi sentándose sobre una rodilla en su asiento y atacando
la manzana.


       —En teoría... hay presiones de parte de algunos países y empresas privadas que quieren
explorar la búsqueda de yacimientos de metano, un gas natural que existe bajo el casco polar.
Otros proponen buscar petróleo.


       —¿¡Petróleo!? Pero ¿cómo, debajo de todo ese hielo? ¡Un derrame en el hielo o el mar
sería catastrófico! —exclamó Lucas molesto.


       —No sería fácil perforar, pero tampoco imposible: la tecnología existe —repuso Abi
con furia repentina—. Antártida es el único continente donde nunca ha habido una guerra.
Donde la naturaleza está protegida al cien por ciento. Allí no se descargan venenos en el aire o
el agua. Toda la basura se saca anualmente del continente, o se procesa. Es un lugar puro, libre,
que no pertenece a nadie. Donde la comunidad científica internacional convive en armonía
ayudándose mutuamente. Y el Tratado, mal que bien, lleva protegiendo todo eso desde hace
cincuenta años. ¿Y ahora me dices que ese escudo podría desaparecer?


       Connor no contestó. La gente en general no sabía que el propio Estados Unidos vacilaba
ante la presión de quienes querían abrir el continente a toda clase de explotaciones mineras.
Para no mencionar el turismo descontrolado, que podría crear pequeños desastres locales por
todas partes.


         Hacía un par de días el Presidente había llamado a Connor a la Casa Blanca. Como
experto en la Antártida, le dijo, debía saber sobre las amenazas que un hacker había hecho a la
base de Amundsen-Scott.


         —¿Cómo es eso posible, Señor Presidente? ¿Qué puede ganar alguien atacando nuestras
estaciones antárticas? No tiene sentido.


         —Inteligencia piensa que podría estar contratado por alguien que quiere que no
firmemos el Tratado Antártico. En su lógica retorcida, es la forma de empujar a este gobierno a
eso. Pero no saben con quién están tratando. Connor, necesito que seas mis ojos y oídos allá
abajo.


         Connor Mawson había salido de la Casa Blanca agobiado por la nueva información. Las
dos bases antárticas dependían de computadoras y satélites prácticamente para todo:
comunicaciones y sistemas de soporte vital que incluían la calefacción y la electricidad. Pero
también le preocupaba que los cibercriminales borraran datos científicos cruciales de
investigaciones que no se podrían repetir nunca más.


         Dejó escapar un suspiro. Las cosas eran más sencillas cuando sus preocupaciones
profesionales se centraban en descubrir la forma en que se desplazaba el hielo.


                                             ***


         En la Planicie Polar, los vientos catabáticos recién nacidos se deslizaron pendiente abajo
por las Montañas Transantárticas. Se fueron canalizando a través de las gargantas y fiordos de
los valles cubiertos de nieve seca. Estar encajonados entre montañas les dio una tremenda
velocidad. Y la nieve que iban recogiendo los hacía cada vez más densos y fríos. Era el
comienzo de una de las ventiscas más poderosas que había visto la región de la Barrera de
Hielo Ross en una década.
Esa noche la temperatura era de –60C. Era la lectura más baja obtenida hasta el momento en toda la
expedición antártica. Fue cuando descubrí que batir récords no vale la pena.

Para mí fue una mala noche: oleadas de temblores imposibles de parar tomaron posesión de mi
cuerpo por varios minutos a la vez, hasta que pensé que se me iba a romper la espalda. Uno de los
dedos gordos de mi pie estaba congelado y ampollado.

Durante esos días las ampollas en los dedos [causadas por el congelamiento de los tejidos] eran muy
dolorosas. Y la materia que tenía bajo la piel también estaba sólida. Agarrar las manijas de las ollas o
tratar de abrir un paquete era agonía pura. Encender la lámpara de aceite, peor. Me pinchaba las
ampollas y el alivio era enorme. Pero a veces era difícil no aullar.

Sin embargo, una de las dichas de halar un trineo es que uno podía dejar la mente volar a miles de
kilómetros de distancia. Mi imaginación inventó una pequeñísima repisa giratoria que contenía el
pemmican [una mezcla de carne molida con grasa], el chocolate, las galletas y el azúcar, y que
siempre iba a estar lista para calmarme el hambre cuando llegara a casa. Y me veía visitando
restaurantes y teatros y chicas bonitas.

Apsley Cherry-Garrard, zoólogo y explorador antártico
Adaptado de El Peor Viaje del Mundo
Londres, 1922

								
To top